IX
¡SALVE, MARAGATA!
AQUEL jinete que cruzaba la estepa en un mulo, a pleno sol, vagoroso y audaz, con aires de aventura, parecía, de lejos, Don Quijote; cenceño, flexible, impaciente, exploraba los horizontes y caminos ensoñando quimeras, igual que el caballero de la Triste Figura. Un pobre Sancho de a pie le acompañaba, ni gordo ni contento, alquilado en Astorga a la par del mulo; no iban de palique el criado y el señor, como sucede en las novelas, donde un hidalgo curioso cabalga por país desconocido a la vera de un guía, y todo se le vuelve al intruso preguntar al indígena por esto, por lo otro y por lo de más allá.
Este espolique de ahora no era muy explícito que digamos: corto de palabras y largo de piernas, quizá pretendiese economizar en saliva lo que derrochaba en pasos, y así holgaba su boca mientras sudaban sus pies.
Tampoco las preguntas del caballero parecían a propósito para quebrantar la pasiva reserva del peón: interrogaba aquél, confusamente, sobre agricultura, historia, costumbres y privilegios de la tierra, y el pobre maragato encogíase de hombros bajo su parda almilla, con ruda perplejidad.
—Aquí, de agricultura—supo al fin responder—, pues... el centeno; de costumbres... nacer, emigrar, morirse, ¡como en todas partes! De historia... los cuentos de las viejas, patrañas de godos y romanos... ¡vaya usté a averiguar! y de eso otro que usted dice... ¡diájule! non lo oí mentar nunca...
Era el espolique un hombre, tosco por su innata rudeza, condenado a servidumbre, que a la sazón padecía en una posada de la capital.
El andante caballero, visto de cerca, había trocado el yelmo de Mambrino por un jipi, y la célebre lanza por un vástago de roble; llevaba un maletín a la grupa, finos guantes en contacto con las bridas, y áureos lentes sobre los ojos azules; era joven y parecía feliz.
Según iba creciendo la mañana, aparecíase, bajo la fuerza del sol, más vasto el erial, más estéril y solitario. Caía la luz con arrogancia, en toda la plenitud del mes de junio, y extendía el purísimo celaje su amplia curva sobre la planicie con una majestad acogedora, llena de resplandores. Los cascos de la caballería alzaban un eco sordo al herir el camino polvoriento, y en la orilla de tímidos bancales algunos brezos violados desfallecían de sed y de tristeza.
Cansado ya el viajero de pretender la esquiva conversación del espolique, iba poblando de visiones y recuerdos aquella muda soledad. Comenzó por discurrir, con acalorada fantasía, si a tales senderos confusos, todos aridez y desolación, haría referencia aquel fiero relato de una lucha terrible en que el godo Teodorico destruyó las tropas del rey suevo, Rechiario, en las llanuras parámicas, un célebre día 3, antes de las Nonas de octubre... Apenas evocada esta bárbara memoria, un nuevo relámpago de la imaginación encendía delante del viajero las recordaciones caballerescas de cierto famosísimo hecho de armas que en el siglo XV tuvo lugar a la orilla del Camino francés, en el ancho país de «los pueblos olvidados».
Y ya no eran indómitas mesnadas las que en sangrientas imágenes cruzaron la llanura en torno del jinete soñador: los más bizarros adalides de la Edad Media, en marcial apostura de torneo, acudían ahora a las brillantes justas del Paso honroso, mantenidas por Suero de Quiñones y otros nueve gentiles caballeros; hasta sesenta y ocho de lejanos reinos y ciudades sorprendieron con el trote bravo de sus corceles el silencio profundo de la estepa, codiciando un puesto en la peregrina lid, donde los defensores se proponían correr trescientas lanzas, rompidas por el asta con fierros de Milán...
Un caliente arrebato de bravura agitó el renuevo de roble en las ancas del mulo; dió la bestia un respingo cobarde, y el viajero creyóse transportado a la famosa liza sobre las relucientes crines de un potro andaluz. Le enardecieron con singulares bríos los sones de aguda trompetería en tono rasgado para romper en batalla, y vislumbró en el marco de la insigne fiesta la hermosura exquisita de doña Inés, doña Beatriz y doña Sol: iban a rescatar sus guantes empeñados por la galantería de los combatientes.
De pronto una imagen viva, cándida y humilde, alzó en el polvo del camino su miserable silueta; llevóse el visionario la mano al jipi con rendimiento cortés, y una pobre maragata, cabalgadora en lenta burra, pasó con los ojos bajos, murmurando apenas:
—Buenos días.
Al tímido rumor de tal saludo quedó roto el encanto del caballero, el cual en aquel mismo instante imaginaba descubrirse ante doña Mencía, la celebrada esposa de don Gonzalo Ruiz de la Vega, dama ilustre cuyo guante había de rescatar en el Paso honroso el conde de Benavente...
Suspiró Don Quijote, sonriendo; volvió en torno suyo la mirada y quedó atónito, como sobrecogido por la austeridad infinita del paisaje: ni una nube corría por el cielo, ni un átomo de vida palpitaba en el llano. La tierra infecunda se resquebrajaba a trechos, rugosa y amarilla como el cadáver de una madre vieja en cuyo rostro las lágrimas dejaron surcos hondos y fríos.
Al roce súbito de aquella trágica impresión, la fantasía del ecuestre viajero volvió a encresparse lo mismo que una ola, y tornaron a poblar la gris llanura un tropel de personajes, surgentes de leyendas y becerros, códices y archivos; desfilaban en la más pintoresca de las confusiones; algunos tan despacio como si les adormeciese el son remoto de antiguos cantares. Mezcláronse las preces sordas de una bárbara religión primitiva con los salmos rudos del pueblo romano y con las cristianas oraciones de aquellos devotos que, viviendo en la tierra la Madre del Salvador, le mandaron desde Astorga un mensaje verbal a Palestina... La figura pálida y lastimera del «Rey Monje», iba, con los ojos vacíos y los hábitos en túrdigas, arrastrando su pesadumbre junto al brutal perjeño del rey Mauregato, legislador en fabuloso tributo de las cien doncellas. Después, en la desnuda lejanía, se perfiló el fantástico ejército que en vísperas de la batalla de las Navas acudió a las puertas del monasterio de San Isidoro, en la ciudad de León, a llamar con recios golpes: capitaneaban la hueste romancesca el Conde Fernán González y el Cid, buscando en su sepulcro al rey Fernando I para que asistiese con ellos al combate... A la par de estas visiones legendarias, amacos, asturicenses, celtas, iberos y romanos, judíos y moros, surgían en quimérico rolde, edificando y destruyendo con febril ansiedad. Augusto, Vespasiano, Teodorico, Witiza, Tarik, Almanzor, una apretada nube de conquistadores y vencidos posaba su ambición y su ideal en los solares rotos, hundiendo bajo la tierra lanzas y semillas, regándola con lágrimas y con sudores. Mas el yermo, silencioso, inmutable como la eternidad, no sintió la herida de los hierros ni la amargura de los llantos; no fecundó una sola grana de simiente ni ablandó su dureza con el sudor de las audaces generaciones. Sin amansar su esquivez ni merecerle una sonrisa, le anduvieron de hinojos ilustres obispos y fervientes misioneros; rudo campo de penitencia donde sólo florecían sacrificios y austeridades, le santificaron legiones de creyentes en pos de anacoretas y de apóstoles: Jenadio, Fructuoso, Valerio, Froilán, Domingo (aquel que se llamó de la Calzada, porque ayudó a labrar con sus manos el Camino francés), santos eran que en el «desierto» de León y de Castilla, con abundantes compañeros y discípulos, clavaron la Cruz y la oración en gloriosa campaña espiritual. Y ¿no hubo, entre tantos amores, heroísmos y proezas, bastante calor humano para dar vida a los eriales solariegos, para resucitar la muerta llanura?... ¿Cuántos siglos yacía yerto, insensible como un cadáver, el pobre suelo, hendido igual que un viejo rostro donde el llanto labró surcos?... ¿Qué pretéritas edades, qué desconocidas criaturas le sintieron latir rico y preñado como fecunda tierra del corazón de una patria?...
¡Eran éstas demasiadas interrogaciones! Aunque el viajero había refrescado sus memorias y lecturas antes de ponerse en camino, ya le faltaban a su mental soliloquio documentos y recursos para discutir las causas de aquella perpetua desolación. Quiso hurtar el fatigado pensamiento a la sutil y complicada red de tales raciocinios, pero su noble conciencia de hidalgo y de patriota le acusó de un tanto de culpa en el abandono y la ingratitud que lamentaba sobre el muerto camino. ¿Quién mejor que un poeta para abrir a las modernas corrientes de cultura y piedad un ancho cauce, y fundir en mieses de oro las entrañas estériles del páramo?
Alzó el jinete la juvenil cabeza con arrogante impulso, y posó la caricia de sus ojos azules sobre los escobajos del sendero: quería enamorarse de aquel vago propósito que de repente le asaltaba; sentir fuerte y grande el entusiasmo por la liberación de aquella tierra, solar de una raza insigne, testigo y campo de una historia inmortal, madre eternamente condenada a la esclavitud de la miseria en el mismo seno de su floreciente nación.
Que era empresa de locos aquel sueño, le decía al hidalgo su prudente egoísmo. Pero las ansiedades del artista y las inquietudes del quijote respondieron al punto: ¿Acaso con la pluma no tiene una palanca invencible cada escritor moderno?... ¿No son ahora el libro y el periódico los vencedores propagandistas de la idea?...
El mulo se había parado: lanzó un sordo relincho; olfateaba, y tenía en los belfos una ligera espuma.
—¿Qué le sucede?—preguntó el caballero mientras arreaba el espolique.
—Le desazona el secaño—respondió el aludido parcamente.
Y a la sola noticia de que el animal tenía sed, cambiaron de rumbo los pensamientos del poeta: sintió el desamparo de la ruta con una sensación de punzante disgusto; un antojo violento de agua viva, de agua corriente y bienhechora, le secó las fauces y le enardeció la frente. Desconcertado y pesaroso, escudriñó la monotonía de los horizontes con la angustia del náufrago que persigue una vela salvadora en las desiertas lontananzas del mar. Pero en la vibrante luz ni las alas de un insecto se mecían; hasta el aire parecía dormido en la llanura, y la llama del sol, derramando su lumbre en el erial, semejaba una lámpara encendida sobre enorme sepulcro.
En vano buscó el jinete algún semblante amigo donde poner con beatitud la mirada, sedienta de piedad; por toda respuesta a tan ávida pesquisa, dió el implacable suelo una gris vegetación de cardos marchitos y de rastreras gatuñas.
Entonces al poeta le asaltaron enjambres de visiones fugitivas: cortes y ejércitos, potentados y magnates, artistas y labradores, huían hacia los valles, hacia los ríos y las costas; buscaban la dulzura de los bosques y la riqueza de las mieses. Los reyes castellanos, Ordoños y Bermudos, Urracas y Berenguelas, Fernandos y Alfonsos, sentían en la pujanza de su corona temblar el espanto del yermo como un trágico soplo de muerte y exterminio. Y por fin abdicaba—con el abandono y la expatriación—su omnímodo poder sobre la estepa aquel noble señor de diez mil vasallos, siete villas y ochenta y tres pueblos, Alvar Pérez Osorio, marqués de Astorga, alférez mayor del Rey, mantenedor valiente de la bendita Seña en la batalla de Clavijo, el que a los veintiséis títulos de sus blasones unió la singular grandeza de poderse llamar «Señor del Páramo»... La solariega casa de Osorio, descendiente de emperadores orientales, prima de reyes, madre de los condados de Altamira, de Luna, de Guzmán, de León, de Trastamara y de Cabrera, raíz y origen de los más puros abolengos españoles, árbitra de las libertades de Castilla, levantó su hidalgo señorío de los cabezos del erial, y olvidando la aspereza de tal cuna, indómita y fuerte como el destino, huyó también a refugiarse en más hospitalario país...
Allá lejos, donde el cielo y la tierra parecen confundidos en infinita comunión de inmensidades, aparecióse un punto blanco. Viéndole flamear distintamente, veloz en el aire con arrogancia majestuosa, murmuraba el quijote «modernista» en la embriaguez de sus evagaciones:
—¿Será el lienzo de un barco?... ¿Será la bandera de Clavijo?...
Historia, fantasía y leyenda, bailaban, locas de remate, bajo la frente rubia del mozo soñador; preso en la terrible pesadilla del llano, confundido entre realidades y quimeras, sentía vagamente la sombra del ensueño, el cansancio del viaje y la amargura del lugar. Quiso vencer aquel estado de modorra, sacudir el delirio y la fatiga; hizo al cabo un esfuerzo para recobrar su aplomo, y advirtió, al conseguirlo, que tenía hambre y que le dolía un poco la cabeza. Miró el reloj: iban a dar las once. Había salido de Astorga con muy ligero desayuno, y el camino y el sol estimulaban ahora sus buenas disposiciones para el almuerzo.
—¿Qué se ve allí?—preguntó al guía, señalando la única mancha del horizonte.
—Es la cigüeña—dijo el maragato, y añadió—: Ya no está lejos Valdecruces.
—Ni lienzo navegante, ni enseña heroica—pensó el joven, burlándose de su visionaria turbación—; son unas alas potentes; por su destino libres, cautivas por su fidelidad.
Y quedóse el viajero sumergido en regalada laxitud, en el sedante baño de poesía que la contemplación del ave le brindaba.
Todo era manso y fuerte en la vida singular del enorme pájaro: la reciedumbre de su nido, centenario a veces, puesto en la torre parroquial debajo de la Cruz, en el apacible corazón de las aldeas; la ternura delicadísima para con los hijuelos; aquella gracia seria y noble con que vigila las sembraduras y convive entre los campesinos; la rara y firme condición de su boda sexual para toda la vida; de su vuelta al mismo terruño para todos los años, y la reposada actitud de la figura, el paso y el vuelo, que componen armoniosa grandeza con el matiz austero del paisaje... Cuanto del animal amigo de los hombres pudo enaltecer el curioso viajero, parecióle conmovedor y simbólico.
—Una maragata y una cigüeña me han «hecho los honores» del páramo—meditó, engolfándose en la repentina emoción.
En aquel momento la breve caravana, doblando una ligera loma, alcanzó al ave, quieta en el camino; tenía el largo cuello ondulante, y el pico un poco inclinado hacia la tierra; miraba pensativa los áridos terrones, como la mujer que al paso del caballero musitó humildemente: «buenos días». Y siguió esperando, inmóvil en su habitual postura de meditación y reposo, hasta que llegaron los caminantes: alzó entonces lentamente sus ojillos de indefinible color, pardos y cenicientos igual que la estepa; dió algunos pasos con dignidad y compostura, erguido el cuerpo, mesurado el ademán, y abrió, por fin, las espléndidas alas con un vuelo fácil y gracioso, desapareciendo del horizonte en majestuosas espirales.
No tuvo tiempo el poeta para glosar con sus admiraciones tan peregrino espectáculo, porque al rendir la imperceptible cumbre, mostró el duro sendero repetidas señales de dulzura.
Se alzaba un poco en aquel sitio y por él descendían las tierras en suaves ondulaciones, amansadas y humildes, con recientes señales de cultivo y amigables surcos de senderos.
A preguntas curiosas del jinete dijo el peatón que allí empezaba la mies de Valdecruces, y que aquellos «bagos» ya tenían hecha la tercera labor para recibir la simiente «en la semana de los Remedios», al nacer el otoño.
Y acosado por nuevas preguntas, explicó el maragato cómo la pobreza del país no permitía cosechar anualmente en los mismos terrenos, y así quedaban en fuelga los unos mientras fructificaban los otros.
—Éstas—añadió en el tecnicismo agrícola del país—estuvieron «de aramio» siete meses.
Y señalaba las glebas recién movidas junto a los profundos roderones del espacioso camino. El cual iba estrechándose con la disimulada lentitud de un prisionero que al evadirse quiere ocultar su prisa y su esperanza. De ambos afanes pudiera suspirar el triste fugitivo del barbecho, buscando la ilusión de una mies, la gracia bienhechora de un arroyo y el caliente regazo de una aldea.
Y esta sorda inquietud que parecía latir en la pálida ruta, comunicóse a los viajeros con impaciencia viva, sin excepción del mulo, apresurado ahora, olfateador y relinchante por demás. Habían torcido su rumbo por la estepa, a indicaciones del caballero, que la quiso recorrer toda, y entraban en Valdecruces por un transitorio vergel de centenos maduros.
Pocos pasos adelante, columbró ya el jinete la verdosa masa de hojas y de espigas, un imprevisto oasis que, acosado de cerca por el erial, parecía surgir inseguro y tembloroso como un atrevimiento de furtivo amor hacia la esquiva ingratitud.
Pasó un hálito caliente de primavera sobre el áspero dorso de la llanura, y las espigas estalladas exhalaron dulcísimo perfume.
Comenzaban a palidecer las anchas hojas lineales en torno al granado fruto, muertas ya las sutiles flores en el raquis henchido. Pero aún flotaba en el ambiente esa especie de niebla azul, producida por aromas y glumas de la flor.
Hundiéndose de pronto el forastero en tan inesperado paraíso, imaginó escuchar una plegaria vehemente y armoniosa en el rumor de aquel vaivén de espigas, verdes y rubias, con degradaciones de admirables tonos.
Fuera ya del camino central, guiaba el espolique por las honduras de un sendero, delicadísima estela de los crecidos centeneles, agitados con inquietud de marejada. Latía el perfume como un aliento en torno del jinete, y se asomaban al horizonte, más visibles que en el transcurso del viaje, los bravos picos del Teleno y Fuencebadón.
Bien sabía el poeta que la maravilla sorprendente de aquella mies, rescatada al páramo como botín de durísimo combate, era obra y tormento de la mujer maragata; que bajo aquel fugitivo mar de espigas naufragaban oscuramente la juventud y la belleza de unas abandonadas criaturas, por débiles tenidas en el mundo; que ni la heroica satisfacción del noble sacrificio acompañaba en su naufragio a las infelices cautivas de la tierra, del instinto y la ignorancia. ¡Y era el hondo caudal de su ternura, inconsciente, la única fuerza humana bastante poderosa para hacer vivir y fructificar los indomables terrones del yermo!
En la hidalga paramera de León, solar de los más castizos de la raza, teatro y reliquia de inmortales memorias, duerme el pueblo maragato, incógnito y oscuro, desprendido con misterioso origen de una remota progenie. Siglos enteros supervivió a la desolación de los eriales, solitario en toda la integridad de su rara pureza, embarrancando en la llanura como un pobre navío que encalla y se sumerge, y al cual se abandona y olvida en el turbulento mar de la civilización. Pero, al fin, en la tragedia de este «buque fantasma» se salvaron los fuertes. Más duros los códigos en los mares de tierra que los que rigen en los mares de agua, consintieron que en las bárbaras olas del erial se quedasen cautivos para siempre las mujeres y los niños, mientras los hombres útiles pedían remolque a la vida del progreso para explotar sus riberas. Y las pobres maragatas se encontraron solas, condenadas a no extinguirse nunca, porque los maridos arribaban a menudo hasta la callada flota que extendieron por el llano estas graves mujeres de Maragatería: acuden ellos potentes y germinadores a imponer como un tributo la propagación de la especie, a dejar la semilla de la casta en las entrañas fecundas de unas hembras, tan capaces, que hasta en el páramo cruel han producido flores...
Así discurría con ansia y pesadumbre el andante poeta, enervado por la fragancia de los centenos, peregrino entre las espigas que palpitaban con dulce temblor.
Sentía el mozo levantarse otra vez su inquieta voluntad con el generoso estímulo de las redenciones. Si era una locura soñar con la liberación del yermo, no lo era tanto apetecer la de aquellas mujeres miserables. Y, si aun este propósito fuese desmesurado para acometido por un corazón, un estro y una pluma, le quedaba al artista la certidumbre de poder esgrimir con gloria aquellas nobles armas, para rescatar del mar de tierra, libre y dichosa, a una sola mujer.
A cada paso del mulo tomaba más cuerpo esta ilusión en los bizarros sentimientos del joven.
Si acaso a Valdecruces le empujaban—seguía meditando—la curiosidad y el antojo, sobre aquellos humanos impulsos labraría con arte y con misericordia el cauce de ternura por donde corriese el definitivo amor a formar un sereno remanso.
Ráfagas de ocultos fervores le sacudían, enardecido y ambicioso, con las manos trémulas de fiebre, la memoria llena de secretos y el porvenir cuajado de esperanzas. Todas sus emociones del camino se condensaron, vibrantes, en aquella última; de cuantas quimeras y memorias le acompañaron hasta allí, sólo quedaba en su imaginación, como cifra y símbolo, una bella figura de mujer: adornábase con un traje regional, acaso descendiente de góticos briales o de gentiles paños morunos; tenía dulce el rostro como la ilusión del viajero, y el alma heroica lo mismo que la raza leonesa.
Reinó esta solitaria imagen como dueña absoluta de tantos pensamientos impacientes, cuando, ya surcada la mies, se acercó en el paisaje la arcillosa giba del caserío y una mansa barbechera corrió a confundirse con las rúas del pueblo.
En la primera de las cuales se extendía ancho lugar, parecido a una plaza, decorado en medio con una fuente. Al borde del pilón una mujer aguardaba que su cántaro se llenase. Iba compuesta al uso del país, de mucha gala, sin duda por ser domingo, y parecía absorta en la contemplación de la corriente.
A este sitio llegaban los viajeros cuando, desde muy cerca, un toque grave de campana avisó en la parroquia el mediodía.
Descubrióse el espolique para rezar las oportunas oraciones y le imitó el caballero, distraído. Mas de pronto, al encontrar junto la fuente, viva y hermosa la imagen de sus recientes pensamientos, adelantóse hacia ella enajenado y feliz.
La sorprendida aguadora levantó su mirada y le brillaron los ojos como topacios al llenarse de luz; era una mozuela pálida y triste, de agraciada figura. Advertida por el aviso parroquial, iba a santiguarse, cuando apareció el forastero y, mirándole con ébria admiración, trazó aturdidamente la señal de la cruz.
En la boca del jarro, ahito, rió entonces el agua cantarina, vertiéndose con dulce murmullo, mientras Rogelio Terán y de la Hoz, hidalgo montañés, novelista romántico, poeta lírico, hombre sentimental, mozo gentil, con el jipi en la diestra, declamó reverente:
—¡Salve, oh maragata, augusta Señora del Páramo, salve!
Con lo cual la aludida, escandalizada ante una oración nueva, no escuchada jamás, tuvo al viajero por hereje o por loco; le envolvió un instante en la mirada de sus ojos verdes y profundos, y abandonando el cantarillo, echó a correr con las mejillas pintadas de arrebol.
Aún resonaba la fuga de aquellos pies menudos en la calzada vecina, cuando el desairado galán sintió con repentinos apremios el aguijón del hambre, y más sensible la pesadez del dolor de cabeza. Pero en atravesando la plaza ya le ofreció el reparo apetecido la casita del cura, puesta con vigilante devoción enfrente de la iglesia.
Mudo estaba el lugar, como deshabitado y misterioso. La campana piadosa había cesado de tañer y la cigüeña asomaba sus alas extendidas en la torre, protegiendo el nido debajo de la cruz.
Dió el maragato dos recios golpes en el conocido portal de don Miguel, y bajo el tejaroz de la parroquia volaron con alarma unos vencejos...