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La Esfinge Maragata: Novela

Chapter 24: XXIII PAÑO DE LÁGRIMAS
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About This Book

Un joven viajero encuentra en un trayecto a una mujer enigmática procedente de una comarca rural; su atracción inicial desencadena una sucesión de encuentros y revelaciones que exponen pasiones personales, secretos familiares y normas sociales. La narración alterna episodios íntimos y descripciones costumbristas, mostrando tensiones entre deseo y honor, tradición y cambio. A medida que se desentrañan misterios del pasado, aparecen conflictos morales y consecuencias trágicas o redentoras que afectan a la comunidad. El estilo combina observación psicológica y detalle paisajístico para explorar identidad, destino y las complejas relaciones humanas.

XXIII

PAÑO DE LÁGRIMAS

—¡AYMÉ!

—¿Qué le pasa, tía Gertrudis?

—Estoy cansosa, niña.

—¿Y no va a decir aquella relación?

—¿La de la locecica?

—Esa.

—En cuanto repose; todo el día anduve por ribas y cuestos atropando carrasca antes que cerrase la nieve; y atollecí.

—En l’intre—propuso entonces Maricruz—jugaremos a los acertijos, ¿queréis?

Mozas y viejos aceptaron. Una ligera curiosidad alzó los ojos y animó los semblantes.

Tenía lugar el clásico «filandón» en la espaciosa cuadra que antaño albergó las «llocidas» reses de la tía Dolores: un mantillo de bálago, a modo de tapiz, prestaba calor y blandura al renegrido suelo, y un candil de petróleo, cebado a escote, daba, pendiente de una viga, más tufo que luz.

Toda labor de mujer tenía allí su escuela y ejercicio: hilaban, por lo común, las más viejas; «calcetaban» y cosían algunas, tejían otras a ganchillo refajos y gorros infantiles. La tertulia, que se acomodaba por turno en los establos mejores de la aldea, en el santo suelo y entre el vaho de los animales, solía terminar cristianamente con el rezo del rosario. Pero antes se narraban historias, se proponían adivinanzas y hasta se dejaba correr sobre ruecas y agujas algún airecillo picante de murmuración.

Aunque la cuadra de este pobre lar, venido tan a menos, aloja hogaño muy pocas reses, disfruta por céntrica y espaciosa las preferencias de Valdecruces, y esta noche la invade un buen número de tertulianas, sin más compañía de varón que la del tío Rosendín, el viejo sacristán. Allí parecen también sus hijas Felipa y Rosenda; las nietas del tío Fabián, con su madre; Ascensión con la suya; Maricruz Alonso y sus hermanas, las de Crespo, la Chosca y otra porción de mujeres de distintas edades y parecidas condiciones.

Mientras fueron llegando, hablóse del temporal, haciendo memoria del último, que cubrió las casas con trousas formidables, verdaderos montes de nieve. Felipa dijo que a prevención tenía muchos fuyacos para alimentar a las ovejas, y el tío Rosendín profetizaba que aunque arreciase el mal tiempo, aún se podían aprovechar los piornos para el ganado durante una quincena. Las de Salvadores preguntaron con mucho interés por el tío Chosco, que, según el sacristán, «iba ya mejorcico». Se comentó en seguida el fallecimiento de la tía Mariana, lamentando que las de Paz no asistiesen al «filandón».—Velarán el cadáver de su agüela—opinaron algunas mujeres—. Y otras dijeron compasivas:—¡Biendichosa!...

Pero ya juntas las que esta noche se reúnen, piden los acertijos, y la misma iniciadora lanza el primero:

«Enas iglesias estoy

entre ferranchos metida,
cuándo allende, cuándo aquende,
cuándo muerta, cuándo viva...»

—¡La lámpara!—dice riendo el sacristán.

—¡Usté no vale!—protesta Maricruz.

En aquel momento Florinda le pregunta con sigilo:

—¿Cómo no fuiste al velatorio?

—No acuden mozas cuando fallece una vieja—responde—. Fué mi madre.

Algunos pretenden averiguar cuántos años tendría la difunta, y Ascensión dice que no se sabe a punto fijo, porque en los libros parroquiales sólo consta que «nació el día que se amojonó Fumiyelamo».

—No había yo nacido—apunta la tía Dolores, muy despierta y con cierto orgullo.

Y el tío Rosendín, sonriendo malicioso, coloca otra adivinanza:

«¿Qué cosa yía

la que no has visto nin vi
que no tien color ni olor,
pero mucho gusto sí?»

Un aire de perplejidad inmoviliza al auditorio. El anciano detiene el gesto de una contemporánea suya que intenta responder.

—¡Que acierten las mozas!

—¡El agua!—prorrumpe una voz juvenil.

—¡Avemaría!... ¡Tien que ser una cosa que nunca hayas visto!

Crece la incertidumbre y se suspenden las labores. Después de algunas respuestas disparatadas, el sacristán dice triunfante:

—¡El beso!

—¡Josús!—pronuncian las zagalas, ruborosas.

Todos ríen, y el viejo, embaído, añade en seguida:

«Blanco fué mi nacimiento,

verde lluego mi niñez,
mi mocedade encarnada,
negra mi curta vejez.»

—¡La mora! ¡La mora!—repiten alegres las muchachas. Y como ya suponen que la tía Gertrudis ha descansado, solicitan otra vez la prometida narración.

Mientras la anciana sacude un poco su pensamiento, se oye al aire gemir y a las ruecas zumbar: algún suspiro acaricia los copos blancos de las hilanderas.

—Erase—principió la narradora—una noche muy triste, hace ya cuántos siglos. Por el mar que le llaman de la muerte, cerca de La Coruña, navegaba un lembo gobernado por el turco más temido nestas historias de piratas. Con él iba prisionera una pobre doncellica que el capitán robó en un castillo principal. Era hija de un señor de salva, tan hermosa y fina como las febras del oro. Quería el turco esconder a la moza tierra adentro, y esperaba un señal, una locecica de algunos de sus piratas que por la riba aquende le buscaban cobil, pero en toda la ledanía de los mares no pareció ninguna luz... Conque navegaba la embarcación roncera, en calmería de viento, apocado el velaje y cansos los marinos, cuando va y luce una flama en una torre que le decían la Torre del Espejo y se encendía en las noches oscuras para las naos que llegasen de paz. Dió un brinco el pirata cabe la moza, tomando por seña de su gente la lumbre del fogaril. Y la infelice doncella clamó al Dios de los cristianos, que era el suyo, pidiéndole que le sacase de aquella amaritud...

Hace una pausa la tía Gertrudis para recordar las frases conmovedoras de la cautiva, y aunque la misma leyenda se ha repetido muchas veces en los «filandones», un devoto silencio la circuye ahora, y un aroma de mar y de aventura la engrandece y ensalza entre sutiles asombros: la evocación de ese otro llano, inmenso y libre, desconocido y atrayente, se presenta en los labios de la anciana con imágenes desoladoras, en que una mujer sufre cautiverio. Y las maragatas sienten batir contra sus corazones las olas de aquel mar lejano que les lleva los padres, los hijos y los esposos, fascinándoles con su prometedora anchura, para engañarles al fin y cautivar la ilusión de infinitas mujeres.

También para Florinda la llanura amiga de su niñez suena ronca y extraña en los acentos pavorosos de la tía Gertrudis. Todas las ilusiones de la moza naufragaron en la amada ribera, y el recuerdo de su bien perdido se le ofrece como una pálida visión de naves que huyen y de espumas que gimen: apenas si el perfil de un marino se agita en estas membranzas como símbolo del primer sueño de amor que la muchacha tuvo. Por un instante se sorprende ella al caer desde la nube de sus evocaciones al fondo del establo donde la tertulia aguarda a que se termine el cuento. Mira absorta a su alrededor y le parece que Marinela está muy descolorida y que Ramona oculta mal su incertidumbre.

Pero ya la anciana sigue el relato:

—...Y en esto que partían el ánima las voces de la inocente, los mareantes de la embarcación dieron en complañirse y maldecir del capitán...

Un estrépito medroso dejó rota la leyenda y en angustia las atenciones.

—¿Fué tronido?—balbuce una voz.

Y al mismo tiempo Marinela se dobla desmayada encima de su madre.

Recíbela Ramona con un ¡ay! tan brusco, que parece un bramido de su corazón. Deslizando hasta el suelo el cuerpo inerte de la niña, se arrastra, súbita y fiera, y sacude a la tía Gertrudis por los brazos en una cruel explosión de frenesí.

—¡Conjúrala, conjúrala agora mismo—dice tuteándola con menosprecio—bruja de Lucifer!

—¿Yo?... ¿Yo?...

—¡Tú, tú, sortera!

—Yo non sé conjurar. ¡Soy cristiana y nunca tuve poder con el diañe!

La voz senil plañía con menos asombro que amargura; aparecía en todos los semblantes la congoja del pánico, y sólo Florinda se acordaba de aflojar el corpiño a Marinela.

—¡Traed vinagre para los pulsos!—pidió vivamente.

Olalla, levantándose indecisa, declaró:

—¡Tengo miedo d’ir sola!

Después de algunas vacilaciones y consultas, encendió un cabo de vela en el candil y dirigióse con Maricruz hacia el postigo medianero de la cocina. Pero, sin alcanzarle, se volvió espantada:

—¡Sonan pasos!

—Es el viento y la truena—dijo Maricruz más valiente.

Y apremiaba Florinda:

—¡Pronto, pronto!

Ramona, que no había soltado a la tía Gertrudis, trocó de improviso en súplicas sus delirantes voces:

—¡Por Dios me la conjure!... ¡Por Nuestra Señora la Blanca!... Daréle a usted cuanto me pida; mire que va a morir. ¡Aguante, por la Virgen!

La vieja parecía no escucharla, murmurando llorosa:

—¡Al cabo los años que non fice mal nenguno, me temen los vecinos como los rapaces al papón!...

Unos brazos nerviosos la levantaron de repente, y de un salto la posó Ramona junto a la enferma, ya reclinada en el regazo de Florinda:

—¡Dele remedio!... ¡Aplíquele talismán!—gimió de hinojos la madre, con las manos en cruz.

—¡Si non gasto sorterías, mujer!

Alguien aconsejaba:

—¡Dígale mas que sea una oración!

—¿Tién fístola?

—No lo sabemos...

La tía Gertrudis acercó sus cansadas pupilas al semblante de Marinela, húmedo y descolorido como si estuviese lavado por los últimos sudores: había sido inútil la aplicación del vinagre en las sienes y en los pulsos.

Suspiró compasiva la anciana y recogióse un momento en solemne actitud mientras aguardaban todos con ansiedad. De pronto comenzó a decir:

—«En el nombre del Padre, e del Hijo e del Espíritu Santo: tres ángeles iban por un camino; encontraron con Nuestro Señor Jesucristo. ¿Dónde vais acá los tres ángeles? Acá vamos al monte Olivete y yerbas e yungüentos catar para nuestras cuitas e plagas sanar: los tres ángeles allá iredes; por aquí vendredes; pleito homenaje me faredes, que por estas palabras precio non llevaredes esceto aceite de olivas e lana sebosa de ovejas vivas... Conjúrote, plaga o llaga, que no endurezcas ni libidinezcas por agua ni por viento ni por otro mal tiempo, que ansí hizo la lanzada que dió Longinos a Nuestro Señor Jesucristo, ni endureció ni beneció...»

Abrió los ojos Marinela, tan asombrados y tristes como si girasen ya tocados por la muerte. Una impresión de maravilla inmovilizó a la tertulia, y Ramona, febril fluctuando entre el odio y la gratitud, preguntó a la vieja con ensordecido acento:

—¿Está ya liberada?

—¿De quién?

—Del diablo.

—Non tornes con embaucos, criatura, que paeces una orate: yo dije la oración porque está bendita y es buena pa sanar si Dios la acoge. Agora hay que levar aspacín a la rapaza, aconchegarla bien caliente y darle un buen fervido. ¿Oyísteis?...

Bajo las dulces manos de Florinda iba Marinela recobrando el calor y el pensamiento...

Aún permanece en mitad de la sala el lecho de la niña. Le comparte la enfermera, abandonando, por difíciles de cumplir, las órdenes del médico.

Ya Mariflor no tiene bríos para cuidar a su prima en lucha con la miseria y la ignorancia a todas horas; pero allí está vigilante junto a ella, luego de haber tranquilizado a la familia.

Cuando ya la tempestad hubo cesado, abrió los postigos del balcón para asistirse con la claridad de la noche: la luna, baja y fría, reverberante sobre la nieve, iluminaba a Valdecruces con fantástica luz.

—¡Agua!—pedía ansiosa Marinela, y después con las manos en la garganta, se dolía:

—¡Tengo un ñudo aquí!

Nerviosa y balbuciente hablaba del convento: sentía correr el agua del jardín por los claustros, y le mareaba el olor penetrante de las flores.

—¿Quieres una?—murmuró—. Son para la Virgen... pero te daré esta purpurina... ¿Oyes los cánticos?... Caen en acordanza... Atiende:

Yo soy una mujer, nací pequeña

y por dote me dieron
la dulcísima carga dolorosa
de un corazón inmenso...

¡Esa es la voz de la madre Rosario!... Tengo miedo a la luna... ¡mira qué cara pone!... Vamos a laudar a Dios también nosotras; canta conmigo.

Y con tonos de diferentes canciones compuso una muy extraña, cuyo estribillo se empeñaba en repetir:

Yo soy una mujer, nací pequeña...

El acento exaltado de la cantora resonó tristísimo en la estancia, y Mariflor, saturándose de recuerdos y pesadumbres, logró persuadirla de que no era religioso aquel cantar:

—Acuérdate que le trajo la farandulera.

—¡Ah, sí, sí...; una que tenía el corazón roto como yo!... Ven... ¡escucha!

Y ciñéndole a su prima los brazos al cuello, Marinela suspiró:

—¿Tienes escondido algún romance?

—No, mujer, ninguno.

—Pues oye mi secreto...

Yo tengo un corazón...

Esto no te lo digo a ti; se lo digo a Dios, ¡a Ése!

Volvióse la niña hacia la Cruz, alzada en el muro con la doliente imagen del Señor, y quiso rezar; pero su entendimiento, obsesionado, sólo conseguía dar forma a las endechas de la figuranta; y como una ráfaga de lucidez alumbrase la disparatada oración, Marinela, acusándose de herejía, acabó por llorar rostro a la Cruz.

Blanco de aquella lucha, la sagrada efigie atrajo también las miradas de Florinda, que las estuvo meciendo desde el dolor humano hasta el dolor divino, con fuertes emociones de piedad. Cerrando los ojos para mirarse la alterada conciencia, imaginó que volvía a henchírsele de lágrimas el pecho como en los días en que su desgracia era toda compasión y ternura: creyó juntar su llanto con el de la enferma y le pareció que sentía levantarse en su alma el infinito poder del sacrificio, libre ya de egoístas propósitos, santo y puro, a humilde semejanza del que probó Jesús agonizante.

Pero cuando un gemido la hizo recordar, halló sus párpados enjutos y rebeldes sus pensamientos: ¡sin duda había soñado!...

Marinela, otra vez delirante, musitó:

—¡Mira qué volada echó aquella estrellica!... ¿a ver si aflama el cielo?... Agora la planura es un mar de nieve...

Tuvo después miedo al gato que maullaba, y estremecióse con los toques del reloj. Al amanecer, un perro lastimoso la hizo gritar de espanto, un perro que gañía desesperadamente.

También se alarmó Florinda con los aullidos lúgubres, pero sin manifestarlo; puso mucha persuasión en sus palabras tranquilizadoras, consiguiendo al fin que se durmiese la niña.

Entonces el frío y el cansancio la inmovilizaron, envuelta en un chal junto a los cristales: otra vez cerró los ojos abismándose en desconsoladas meditaciones. Ya estaba allí el cano invierno con su amenaza de pesadumbres: los lobos a la puerta, el hogar miserable, dolientes un padre y una hija, cerrados los caminos, yertas las esperanzas.

Poco a poco fué rodando la cabeza de Mariflor hasta quedar vencida sobre el pecho y apoyada en los vidrios. Oía la moza llorar, llorar mucho a la abuela, a las primas y a los rapaces: una voz, triste y oscura, clamaba también, entre condolida y furiosa. Mariflor quiso levantarse para saber el motivo de los llantos aquellos; pero la detuvo un aire de tempestad que soplaba desde sombría nube. ¿Volvían los huracanes de la nevasca?... ¡Ah, no!; este viento y esta sombra eran pliegues alborotados en el manteo de un cura. Don Miguel llegaba agitadísimo:—¿Oyes llorar?—preguntó—. ¿Quieres tú ser el paño de todas esas lágrimas?... ¿Di?... ¿quieres?—. Iba la moza a responder y, como antes Marinela en su delirio, sólo acertó a balbucir el romance de la comedianta:

En este corazón, todo llanuras

y bosques y desiertos,
ha nacido un amor...

Por suerte, la desatinada respuesta quedó ahogada en unos gañidos resonantes que despertaron a Florinda.

—¡Otra vez el perro!—murmuró anhelosa. Y aún dominada por la pesadilla reciente, llevóse las manos al rostro que sentía húmedo: ¿habría llorado?...

La blancura del paisaje llamó a las ensoñadas pupilas, que al punto se nublaron de lástima: todo el bando de palomas, hambriento y alicaído, esperaba en el carasol, y el gesto de la muchacha, al sorprenderle, inició un arrullo largo y hondo, humilde como el de los niños cuando piden una caridad por el amor de Dios...

Cerca de dos meses guardó en su bolsillo don Miguel una carta de Rogelio Terán. Solía decirse todas las mañanas: «Hoy se la enseñaré a Mariflor». Y luego sentía una piedad inmensa por aquella esperanza muda que a veces resurgía en los labios de la moza.

Ultimamente la pobre enamorada había cambiado mucho. Aparte de aquel fuego sombrío de sus pupilas y algunos éxtasis profundos que iban a sorprenderla cuando menos lo esperaba, fué envolviéndola un abatimiento implacable y empujándola al fatalismo un cansancio lleno de trágicas inquietudes.

Y al verla hundirse en el infortunio, dudaba el sacerdote si la lectura de aquella carta cruel sería un cable salvador tendido por el desengaño a las últimas energías de la infeliz, o un golpe definitivo para quebrantárselas sin remedio.

Esta duda acomete a don Miguel una vez más cuando se dirige hoy a casa de la tía Dolores. Le acaban de decir que Marinela ha sufrido la víspera un grave desmayo, y aunque los detalles del suceso le escandalizan un poco, acude a consolar en lo posible las cuitas de aquella gente.

En el portal encontró a Olalla, que le dijo:

—Voy por el médico.

—¿Tan mal sigue la enferma para que te arriesgues así?

—No está el día tempestuoso como ayer.

—Pero los caminos se han borrado.

—Acertaré por la lindera del regajal.

—Aguarda, al menos, que yo suba, y si es preciso buscaremos quien te acompañe.

Apareció Ramona, que bajo la mirada severa del sacerdote abatía la suya enrojeciendo.

—De modo—pronunció don Miguel—¿que es imposible curarte de la superstición?... ¡No esperaba yo eso de ti!

Ella, sin defenderse, comenzó temblorosa a relatar las noticias de América: el esposo tornaba moribundo y el hijo había de partir agora mesmo.

—En l’intre—añadió sollozante—peyora la zagala... y yo dejo la cordura no sé onde.

—¡Vaya, vaya por Dios!—compadece el párroco.

Y suben todos detrás de él, mientras Ramona va diciendo:

—Anoche la coitada non quiso junto a sí más que a la prima, y hubimos de acostarnos. Yo acodí madruguera y las hallé a las dos adormentadas: andamos a modín pa non las recordar.

—Pues mira tú si duermen.

Asomó la mujer en la salita y volvióse al punto con un gesto negativo.

—Pase, pase.

Don Miguel halló a Marinela con los ojos febriles clavados en la Cruz y a Florinda con los suyos vueltos al carasol. Ambas se estremecen al sentir pasos en la estancia y, luego de saludar al sacerdote. Marinela, descubriendo las palomas, prorrumpe:

—Vélas, vélas ende... Las pobreticas no encuentran onde pacer: andai por una cachapada de cebo para echárselo aquí.

Apresúranse a obedecer los niños, y Florinda, presa de extraña emoción, se enjuga los ojos murmurando:

—El hielo de los cristales me humedeció la cara... Dormí y creo que soñé.

—¿Algo triste?—pregunta el sacerdote, reparando en la honda inquietud de las palabras.

—¿Triste?... Era una cosa tremenda: usted venía a preguntarme... ¡ya no me acuerdo!—balbuce sordamente.

Y de pronto don Miguel, con la precipitación de quien realiza un acto contra su voluntad, busca en el bolsillo una carta y se la entrega a Florinda:

—Entérate: ya hace tiempo que la recibí.

—¿Es de su padre?—dice Ramona.

—No.

Un silencio involuntario se establece, y aunque el cura trata de hablar mientras la muchacha desdobla trémula el papel, sólo consigue que la tía Dolores ensarte letanías a propósito del hijo viajero:

—¡Aymé! ¡Si en un santiguo le podiese yo recibir en mis brazos... ¿Arribará para la Pascua?... ¿Nevará en los mares tamién?... Voy dejarle mi lecho, señor, y las frazadas mejores... Cuando quiera hojecer la primavera ya estará en siguranza la curación, ¿noverdá?...

Había salido el sol, pálido y frío. Marinela, al borde de su cama tendíase hacia él como si le pidiese una limosna de alegría: en realidad, lo que deseaba era acercarse a Mariflor, en cuyas manos se estremecía la carta de Rogelio.

Leía la muchacha en el foco de luz:

«Miguel, amigo mío: No el poeta ni el camarada, el penitente es quien acude a ti. Cúlpame cuanto quieras; que me castiguen tus indignaciones, si al fin me absuelve tu piedad. Yo te confieso contrito mi pecado de inconstancia, mi estéril codicia de emociones, de ternuras y novedades. Harto me duele esta triste condición: de todas mis culpas, soy, a la par que el reo, la primera víctima... Tú bien conoces el corazón humano y, aún mejor, conoces mi voluntad, donde toda flaqueza tiene su asiento. Quise, fervorosamente, hacer feliz a Mariflor, sin comprender que nunca, nunca lograré la felicidad, ni para mí ni para nadie. Me engañó la fantasía; hoy reconozco la pequeñez de mi espíritu que, enamorado de los sueños, se rinde cobardemente al afrontar las realidades... Perdona mi error, tú, tan seguro, tan cabal, tan heroico... Perdona también la tardanza de estos renglones que mi mano te escribe mucho después que los dictase mi conciencia; luché antes de escribirlos; vacilé y sufrí muchas veces con la pluma sobre el papel: puedes creerlo. Y también que me falta valor para escribirle a «ella»: dile que me perdone; que acaso nunca la olvide; que si fuese a buscarla sería sin duda más culpable que apareciendo hoy a sus ojos como ingrato y perjuro. Dile...»

—¿Viene en romance?—preguntó Marinela, impaciente por la prolongación de la lectura.

Florinda volvió el rostro, blanco igual que un lirio. La rodeaban los rapaces, y también Olalla se le iba aproximando; en el fondo de la salita las dos mujeres cruzaban los brazos sobre el pecho. Ya la enferma tenía entre las manos el cebo de las palomas. Quejóse de «asperez» en la garganta, y tornó a preguntar:

—¿Viene en romance, di?

—No; ¡viene en prosa!

Vibró ardiente y sombría la respuesta. Aún quedaba por leer una parte del pliego, mas, la lectora alzó los ojos, perdidos en una fugitiva imagen, se pasó una mano por la frente, dobló la carta y, alargándosela al cura, dijo:

—Puede usted escribirle a mi padre que me caso con Antonio.

Su voz era firme, firme también su actitud. Una ráfaga de tragedia, de tragedia sin sollozos ni palabras, atravesó la salita y puso en todos los pechos repentino estupor. Tras un silencio angustioso, preguntó el sacerdote con grave solemnidad:

—Hija, ¿lo has pensado bien?

—Sí, señor—repuso ella, altivo el gesto y serena la mirada—. Y a mi primo... usted hará la merced de darle en mi nombre el sí que estaba esperando.

No dijo más. Volvióse hacia el carasol para abrir las vidrieras, tomó el centeno en su delantal y todo el bando de palomas acudió a saciarse en el regazo amigo, envolviendo la gentil figura con un manso rumor de vuelos y de arrullos. La luz del sol, más fuerte al crecer la mañana, rasgó las brumas y fingió una sonrisa en el duro semblante de la estepa...