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La Espuma / Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7. cover

La Espuma / Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Chapter 10: IX
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About This Book

Una mujer elegante de rasgos severos recorre la ciudad despertando admiración y miradas, mientras mantiene un aire altivo que provoca tanto elogios como desprecio. Un joven mucho más joven la sigue con apasionada atención, generando en ella impaciencia y rechazo. La narración combina escenas de paseo, viajes en tranvía y reuniones sociales para mostrar clases de comportamiento, pequeñas humillaciones y silencios dolorosos; personajes variados experimentan inquietud, orgullo y resignación en ambientes urbanos y domésticos, explorando tensiones entre deseo, vanidad y las convenciones sociales.

Se tostó por delante y por detrás, en tal forma, que, cuando Rafael fué a coger la silla, quemaba.

—¡Qué atrocidad! Mirad, chicos, cómo ha dejado Amparo la silla.

Todos pusieron las manos sobre ella y se admiraron.

—¡Cómo tendrá esa mujer el cuerpo! Vamos a verlo—dijo Castro avanzando hacia ella.

—¡Eh, niño, alto! que yo soy de mírame y no me toques…. Bueno, si queréis tocad la espalda—añadió generosamente.

Y uno tras otro fueron poniendo la palma de la mano en la espalda de aquel hermoso animal que, efectivamente, casi quemaba.

—Ahora vais a ver cómo me las compongo con los boquerones—dijo sentándose—. Porque supongo que te habrás acordado de mí—añadió levantando la vista hacia Pepe Castro.

Este hizo una señal afirmativa y empujó suavemente a Manolito Dávalos para que se sentase al lado de su ex querida. Era curioso ver la extraña turbación que se apoderaba del tocado marqués cuando se ponía cerca de la Amparo. Esta mujer le fascinaba de tal suerte que se mostraba confuso, ruborizado, sin saber qué decir ni hacer. Los compañeros, que lo sabían, mirábanle con disimulo y enviaban sonrisas y guiños a la joven, la cual adoptaba un continente protector, maternal, con él. Se reía como los demás de aquella extraña y furiosa pasión; pero en el fondo se sentía halagada por ella.

Rafael Alcántara, que ya había pellizcado en todos los platos de entremeses, volvió a gritar:

—Señores, que venga por Dios esa cena, porque voy a pillar una indigestión de aceitunas.

Acomodáronse todos, al fin. Dos mozos comenzaron a servir los platos. Amparo desdeñó el consommé; pero cuando trajeron unos filetes de boeuf macédoine se colmó de tal modo el plato que los amigos comenzaron a darse de codo y a reir.

—¡Ah! ¿vosotros pensáis que soy una niña tísica de las que cantan La
Stella confidente
?… ¡Ya veréis, ya!

Rafael sacó la conversación del duque de Requena, pero la Amparo cortó las bromas.

—Vamos, dejadle en paz. Ya que paga, que se divierta el pobre como pueda.

Aunque todo el mundo sabía que tenía esclavizado al archimillonario, no gustaba que se rieran a su costa. Del duque pasaron a su hija. Rafael contaba pormenores terribles, repugnantes. Las mujeres se ensañaron con ella vengándose de su hermosura, su elegancia y su orgullo. Castro, en vez de acudir a la defensa, contentóse con sonreír discretamente y exclamar con negligencia:

—¡No sabéis lo que decís!

Aquella sonrisa, aquel tono superior y desdeñoso, querían sin duda significar que era ridículo hablar de las interioridades de Clementina en presencia de él. Pusiéronse sobre el mantel las honras de otra porción de señoras y caballeros. Entre copa y copa de borgoña, entre bocado y bocado de salmón con mayonesa quedaron todas perfectamente arregladas. Manolito no terciaba en la conversación. Feliz con sentir el traje de Amparo rozando con sus piernas, echándole de vez en cuando miradas intensas de apasionado deseo, acudiendo a servirla con solicitud de esclavo medroso, se apretaba a veces más de la cuenta contra su ídolo, acometido de rabiosa pasión. Cuando esto sucedía, el ídolo le arrimaba por debajo de la mesa crueles taconazos y pellizcos que le volvían a la razón. Fuera de esto se mostraba amable con él, le trataba como a un niño, le daba bocaditos del plato en que ella comía y le hacía mimos cogiéndole la barba con la punta de los dedos. Pero el pobre, antes de terminar la cena, se vió acometido de un golpe de tos; se puso rojo; quería echar, con grandes esfuerzos de su cuerpo, algo que no acababa de salir. Este algo era nada menos que una sarta de rails de ferrocarril que al loco marqués se le antojaba que tenía dentro del cuerpo. Los demás, que sabían de esta alucinación, sonreían con expresión de lástima y burla. Rafael Alcántara exclamó cínicamente:

—¡Dale, dale, que es lagarto!

El pobre Manolo se volvió hacia él, sudoroso, encendido, y le dijo con acento de reproche:

—Si tú te encontrases como yo, no te reirías, Rafael.

—¡Tiene razón, tiene razón!—exclamó la Amparo indignada—.Vaya una gracia, burlarse de un amigo enfermo.

Y para indemnizarle de aquel agravio le ayudó a sentarse en un diván, le limpió el sudor con su pañuelo y le dió unos cuantos besos. Luego vino a sentarse de nuevo y siguió devorando lo que le ponían delante. Llegó el turno a los boquerones preparados expresamente para ella. Era uno de los gustos plebeyos que conservaba. Tantos engulló, que excitó la admiración y la risa de los comensales. Socorro dijo, sin embargo, por lo bajo a su querido, "que daba asco verla comer". Creía de buen tono padecer de dispepsia y comer poco. Amparo remojaba los bocados con tantos y tan formidables sorbos de borgoña, que dejaba siempre la copa temblando. Comía y bebía como un labrador en día de boda, y hacía gala de ello.

Ramoncito no se hallaba en disposición de experimentar los goces de la nutrición animal. Dijo que había tomado chocolate en casa de Osorio; pero no era cierto. Lo que había tomado era veneno, con los obsequios que su amigo, el conde de Agreda, tributó por más de una hora a Esperanza.

—Oye, feo, ¿por qué no comes?—le dijo Amparo volviéndose de repente hacia él—. ¿Es verdad que la chiquilla de Calderón no te hace caso? Te doy la enhorabuena, hijo, porque debe de tener mucho humor herpético.

Maldonado, que estaba ya desabrido con ella desde la frase de la tarde, se puso encendido. Conteniéndose a duras penas le dijo con voz ronca:

—Lo que te prevengo seriamente es que no vuelvas a ocuparte delante de mí de esa niña….

Amparo le miró fijamente con aire de desafío.

—¿Y por qué, rico mío?

—Porque las mujeres como tú no pueden hablar de ciertas cosas sin profanarlas—dijo temblando de cólera el concejal.

—¡Ja, ja! Abrid los balcones, chicos, porque este chavó tiene calor—dijo con risa sarcástica; y enfureciéndose de pronto:—¡Mira, niño, no me vengas con infundios! Tú eres un mamarrachillo y ella un saco de pus. ¿Lo oyes bien?

La noble faz de Ramoncito se descompuso al escuchar estas pesadas palabras. Todo su cuerpo se estremeció de furor. No se sabe qué acto bárbaro e insano hubiera realizado a no sujetarle Castro por la manga del frac, diciéndole:

—Déjala, hombre. ¿No ves que tiene ya mucho alcohol en la cabeza?

Castro tenía del otro lado a la Nati. Sin saber por qué razón, pues nunca le había sido muy simpática, le dió toda la noche por servirla y requebrarla en voz baja. Cuando se puso un poco alegre, le dijo a Alcántara que estaba del otro lado:

—Con tu permiso, Rafael, voy a dar un beso a Nati.

Y se lo dió sin aguardar respuesta.

Rafael no hizo maldito el caso. Poco después volvió a decir:

—¿Permites, Rafael?

Y ¡zas! le encajó otro beso. La bromita le pareció tan bien, que no se pasaban cinco minutos sin que la repitiese. Nati la encontraba deliciosa; se reía, presentando la mejilla a los labios del hermoso salvaje. Rafael, al principio, también la encontró graciosa y respondía gravemente a la pregunta de su amigo:

—Lo tienes. Pene, lo tienes.

Pero al cabo fué pareciéndole pesada, y entre bromas y veras concluyó por decirle:

—Basta, Pepe; no abuses del físico.

A los postres, el mozo les dijo que un señorito que cenaba en un gabinete próximo con una señora, bebía una copa de champagne a su salud.

—¿Quién es ese señorito? ¿Le conoces?

El mozo sonrió discretamente.

—Me ha prohibido decir su nombre.

—¿Es un amigo?

—Sí, señor conde: es un amigo.

—Pues allá voy—dijo León.

Y salió de la estancia. A los pocos instantes volvió a entrar con Alvaro Luna y su querida la Conchilla. Les hicieron una ovación. Rafael se adelantó con la copa en la mano y cantó:

      —Murió Alvarito,
      Dios le tenga en gloria;
      Bebamas una copa a su memoria.

Hizo gracia la ocurrencia porque Alvaro se había batido por la tarde.
Pepe Castro le abrazó.

—Ya sabíamos que habías salido bien. ¿Has pinchado al coronel?

—Sí, en un brazo.

—¿Cómo fué eso?

—Verás tú….

Y le contó los pormenores del lance. Todas se acercaron para escuchar. El coronel se había levantado los pantalones al llegar al jardín y se había remangado la camisa como un carnicero. Atacó furiosamente; pero se fatigaba en seguida, como hombre obeso que era y algo tocado del corazón. Descansaron seis veces. Al fin, harto ya de tanto bregar, le había tirado con decisión una estocada al pecho amagándole antes un tajo a la cabeza. No tuvo tiempo más que a poner delante el brazo izquierdo, que quedó atravesado.

—Creí que le había matado, porque cayó redondo al suelo.

—Así, así. No hay cosa más ridícula que andar dibujando tajos en el aire y haciendo ruido con los sables como en el teatro. Un buen golpe recto, partiendo de la inmovilidad, ¡esa es la manera de concluir pronto!

      —Murió Alvarito,
      Dios le tenga en gloria;
      Bebamos una copa a su memoria.

volvió a cantar Rafael con voz engolada levantando la copa de champagne.

—Vamos, a este chavó ya se le ha subido San Telmo a la gavia—dijo la
Amparo.

Pepe y Alvaro sonrieron y continuaron comentando el lance. Los demás, menos Conchilla, les fueron dejando; se pusieron a charlar con animación, trincando a la vez de lo lindo. Rafael estaba empeñado en que Ramoncito les contara sus amores. ¿Se había declarado ya a la hija de Calderón? ¿Le había dado esperanzas? La verdad es que la niña no encontraría, por mucho que buscase, partido tan ventajoso como el de Ramoncito, un muchacho formal, en buena posición, con un porvenir en la política….

Aunque Alcántara parecía que hablaba en serio y expresaba las mismas ideas que al propio Ramoncito le bullían constantemente en la cabeza, éste recelaba, y con razón, de su buena fe. Además, la presencia de aquellas mujeres, y más especialmente la de León, le molestaba mucho. Rechazó, pues, con mal humor todas las instancias que le hicieron para que abriese su pecho, y les rogó, muy fruncido y encrespado, "que hiciesen el favor de no romperle más la cabeza". Con esto desistieron de reirse a su costa y la emprendieron con Manolita Dávalos. El joven marqués, desde un diván donde yacía solitario, contemplaba sin pestañear en extática adoración a su ex querida.

—Ven acá, Manolito; acércate un poco, hombre—le dijo León.

—¿Para qué?—preguntó el marqués aproximándose con semblante avergonzado.

—Para que charlemos un poco…. Y para que estés cerca de lo que más quieres…. Haces bien en estar enamorado de esta barbiana. Todo se lo merece. No hay en Madrid una mujer que le ponga el pie delante en hermosura, en garbo, en salero…. ¡Qué ojos! ¡qué cejas! ¡qué boquita de rosa!… ¡Hasta las orejas! ¡Mira qué primor de oreja!… Me las comería cada una de un bocado…. ¡Uy! ¡uy! ¡uy!

Nati le había echado un feroz pellizco en el brazo.

—Para que no vuelvas a echar piropos a nadie delante de tu mujer—dijo medio en serio, medio burlando.

—Chico, si me hubieses dicho todo eso por la mañana me hubiera durado todo el día—le dijo Amparo riendo—. Pero ahora … ya ves, nos dormiremos en seguida….

—Pero vamos a ver. Amparo—manifestó Rafael afectando seriedad—. ¿Por qué has dejado a Manolo, un chico joven, simpático, de las primeras familias de España, por un tío asqueroso, viejo, baboso como Salabert?

El chiflado marqués hizo un gesto de contrariedad.

—Déjanos en paz, Rafael.

Amparo, poniéndose seria también, le contestó:

—Yo no le he dejado. Nos hemos dejado mutuamente, por conveniencia de ambos. No dirá él que yo le he despedido….

Manolo asintió con la cabeza por no contrariar a su ídolo, aunque otra cosa le constase.

—Pues es una lástima, porque él sigue más chalao por ti que nunca…. Y tú, aunque aparentes lo contrario, creo que algo te queda allá en el fondo.

León se mordió los labios para no soltar el trapo.

—Mira, tú, niño—expresó la Amparo con tono y ademanes persuasivos—; vosotros nos juzgáis peores de lo que somos. Yo no diré que algunas veces no obremos por capricho, y que no seamos ligeras e interesadas…. Pero hay ocasiones en que las circunstancias nos arrastran. Una mujer se pone en tren de vestir con elegancia, de tener palco en los teatros, de gastar coche, y llega a acostumbrarse a estas cosas como vosotros a fumar y tomar café. Llega un día en que si quiere dar gusto a su corazón, va a verse privada de todo esto, y a caer en la miseria. Tú comprenderás que se necesita mucha virtud y más amor que el de Romeo y Julieta para echarlo todo a rodar y sacrificarse a vestir de percal otra vez y a vivir en una buhardilla. Chico, por lo mismo que nosotras hemos conocido bien la pobreza, sabemos mejor que vosotros lo agradable que es. Yo me he comprometido con Salabert porque tiene mucho dinero y puede satisfacer todos mis caprichos. No necesitaba decírtelo…. Por lo demás, si fuera a dar gusto a mi corazón demasiado sabéis, y demasiado lo sabe él, que yo nunca he querido a nadie de verdad más que a Manolo.

Escuchando estas palabras, al loco marqués se le arrasaron los ojos de lágrimas. Tomó la mano de su ex querida y la besó con la misma devoción y ternura que una reliquia. León se levantó de prisa porque no podía tener la risa en el cuerpo. Las mujeres, siempre compasivas con los extravíos de la pasión por ridículos que sean, le contemplaron con curiosidad y lástima. Sólo Rafael permaneció grave.

—Francamente, no puedo presenciar ciertas escenas sin conmoverme—dijo levantándose de la silla afectando una tristeza que hizo sonreír a la misma Amparo.

Justamente en aquel momento, Alvaro Luna se despojaba del frac para mostrar a Castro y a su querida una pequeña herida que el sable del coronel le había hecho. Rafael, León, Nati, Ramoncito y Manolo Dávalos se acercaron. El noble salvaje se remangó la camisa y dejó ver el antebrazo, donde había una señal roja bastante larga.

—Diablo; ha sido un golpecito regular—dijo Castro.

—Un planazo—manifestó Alvaro.

—No; más bien parece que ha sido con el corte. Lo que hay es que pegando enteramente a plomo y no tirando un poco del sable al mismo tiempo, el corte suele embotarse. Por eso no ha rajado la piel, y en vez de herida resultó contusión.

Conchilla, que miraba el brazo de su amante con tristeza y sobresalto, se precipitó al fin sobre él y le besó la cicatriz con transporte, sin importarle las risas y las cuchufletas que esto produjo.

Amparo y Socorro se habían quedado sentadas al lado de la mesa, una frente a otra. Si se ha de decir la verdad, Amparo, naturaleza violenta, irascible, sin pizca de imaginación y de inteligencia limitadísima, habíase olvidado enteramente del desabrimiento que con la Socorro había tenido; le dirigía la palabra con la misma confianza y desenfado que antes. Mas ésta, porque su carácter fuese más receloso y susceptible, o porque el vino la privase del juicio, o por ambas cosas a la vez seguía mostrándose taciturna y hostil hacia su amiga. Respondía con marcada frialdad a sus observaciones y hasta algunas veces se advertía en sus labios cierto gesto de desdén. La Amparo, que no tenía un temperamento observador, concluyó sin embargo por observarlo.

—Oyes, chica, ¿qué es lo que tienes? ¿Te dura todavía el enfado?

—¿A mí? ¡Ca! Yo no puedo enfadarme contigo.

Estas palabras parecían un testimonio de cariño y confianza. Sin embargo, las pronunció en un tono tan extraño, que la Amparo se la quedó mirando fijamente antes de replicar.

—Pues hija—dijo al cabo—, yo te confieso que puedo enfadarme con todo el mundo y contigo también si me llegases a hacer alguna ofensa.

—Pues yo, contigo, no—replicó con una sonrisa particular la Socorro.

Amparo volvió a mirarla fijamente y con sorpresa.

—¿Qué quieres decir con eso, que me desprecias?

—Lo que tú quieras—profirió con el mismo gesto de desdén.

Una arruga profunda apareció en el entrecejo de Amparo; señal de tormenta.

—Mira, chica, tengamos la fiesta en paz. Te vas haciendo muy picante y ya sabes que tengo muy poca paciencia—dijo con voz sorda.

—De lo que menos caso hago yo es de tu paciencia, hija mía. Te he venido a decir bien claramente que no quiero trato contigo. Al parecer, no quieres acabar de entenderlo. Tú y yo no hemos mamado la misma leche ni hemos tenido los mismos principios. Por eso no nos entendemos. Si algún resentimiento tienes conmigo, como yo jamás te he tenido miedo ninguno, podemos resolverlo cuando quieras. Mira, aquí traigo este juguete para castigar a los desvergonzados.

Al mismo tiempo sacó del bolsillo una llave inglesa y la puso sobre la mesa.

Verla Amparo, apoderarse de ella con ímpetu feroz, y dar un terrible golpe en la cara a su dueña, fué instantáneo. La Socorro cayó de la silla soltando cuatro chorros de sangre por los cuatro agujeros que los pinchos del instrumento la hicieron. El susto, para los que allí estaban fué grande, pues no habían advertido la disputa. Todos corrieron presurosos a levantar a la herida. Hubo unos instantes de confusión en que nadie se daba cuenta de lo que en realidad había pasado. La Amparo se había puesto terriblemente pálida y aún murmuraba sordamente denuestos. En cuanto León Guzmán averiguó, viendo en sus manos la llave, lo que había pasado quiso arrojarse sobre ella, y lo hubiera hecho faltando a lo que se debe un caballero, si Pepe Castro y Rafael no le hubieran sujetado. No pudiendo realizar sus propósitos comenzó a increparla.

—¡Esto es una infamia! ¡Una vileza! ¡Es la acción de un asesino! Desde aquí debes ir a la cárcel, porque has cometido un delito.

Los mozos, que habían acudido a los gritos, viendo tanta sangre y oyendo las palabras del conde, se dispersaron. Alguno de ellos bajó al café a dar parte a un inspector de policía que allí estaba el cual se presentó inmediatamente: otros corrieron a avisar a un médico. Subieron dos. La herida era de importancia y de consecuencias, porque quedarían señales en el rostro. Ordenaron que llevasen acto continuo a la enferma a la casa de socorro. Allí no disponían de medios para la cura. El inspector manifestó que se veía en la necesidad de conducir la agresora a la prevención y tomar el nombre de los presentes. Entonces todos intervinieron con ruegos para que dejase a la Amparo libre, respondiendo ellos de las consecuencias. El inspector se negó resueltamente. Lo único que podía hacer era conducirla al Gobierno civil en vez de la prevención y detener el parte al juzgado algún tiempo. Aunque casi todos pertenecientes a familias muy distinguidas, ninguno de los presentes era un personaje político (con paz sea dicho de Ramoncito) que pudiese desviar ni contener el curso de la justicia. Pero el duque de Requena sí lo era. Por eso Rafael le dijo en voz baja a la Amparo:

—Mira, chica, lo mejor que puedes hacer es pasar un aviso a Salabert.
Si no, estás perdida.

—Ya se habrá acostado. ¿Te encargas tú de llevárselo?

El perdulario vaciló un instante, pero al fin se decidió a prestarle aquel servicio, contando sacar de él buen partido.

La herida fué conducida a la casa de socorro en el coche de Pepe Castro, acompañada por León y un guardia. Amparo fué al Gobierno civil en su propio carruaje, con el inspector y Manolito Dávalos, que se lo pidió a éste por favor con lágrimas en los ojos. Alvaro Luna, la Conchilla, Nati, Pepe Castro y Ramón les prometieron seguirlos inmediatamente y acompañar a la hermosa agresora en su odisea. Pero ya a la puerta de Fornos hubo deserciones. Alvaro declaró que le dolía un poco el brazo y que iba a curárselo. Conchilla, como es natural, le acompañó. La Nati, con Castro y Ramón, siguieron a pie hasta el Gobierno. Una vez allí, antes de entrar celebraron consejillo. Ramoncito presentaba algunas dificultades. El era concejal y no podía "meterse en ruidos", máximo cuando las relaciones del Gobernador con el Ayuntamiento venían siendo un poco tirantes. Por su parte. Castro declaró lacónicamente que todo aquello era ridículo. Naturalmente, siendo ridículo ¿qué iba a hacer un hombre como él allí? Además, anunció que tenía sueño y éste era ya un argumento sobradamente poderoso sin necesidad del primero. La Nati tal vez hubiera desistido también de subir; pero se creía en la obligación de aguardar a Rafael.

En una habitación bastante sucia del Gobierno esperaban la Amparo y Manolito Dávalos cuando Nati se les juntó. El maníaco marqués estaba tan tembloroso, tan desencajado y lívido como si sobre él pesase una terrible desgracia. Su confusión y dolor se aumentaron cuando Amparo le ordenó marcharse. No convenía que le viese Salabert allí. Rogó con los mayores extremos que le permitiese aguardar el fin de la aventura; pero fué en vano. No pudiendo conseguirlo salió al cabo de la estancia, pero fué para rondar por los alrededores del edificio como un perro fiel. Pocos momentos después, la Amparo fué llevada al despacho de uno de los oficiales, que la recibió sin miramiento alguno, sin levantarse del sillón y hablándola en un tono autoritario que la produjo gran irritación. La bilis se le revolvió en el estómago. En poco estuvo que no se desvergonzase con aquel mequetrefe; pero el temor de la cárcel la contuvo. Sin embargo, a pesar de su paciencia, no estuvo en mucho que fuese. Si no llegan a la sazón el duque de Requena y Rafael hubiera sido más que probable.

Salabert entró resoplando como de costumbre. A este resuello debía, quizá, parte del respeto que en todas partes inspiraba. Sólo un hombre con cien millones de pesetas de capital se podía autorizar tanto resoplido y escupitajo. El oficial se turbó un poco a su vista. El banquero, con la perspicacia que le caracterizaba, supo aprovechar este predominio.

—¿De qué se trata, eh? Disputas de chicas…. Algunos golpes…. Nada entre dos platos…. Esto se arregla en dos segundos…. Tú, chiquita, a la cama…. Mañana le darás un beso; la regalarás un brazalete…. Todo arreglado, todo arreglado—comenzó a gruñir con el desenfado del que está en su casa.

El oficial apenas tuvo valor para murmurar:

—Señor duque, tendría mucho gusto en complacerle … pero mi obligación….

—A ver, ¿dónde está Perico? ¿Anda por ahí Perico?—preguntó con el mismo despotismo.

—El señor Gobernador se ha retirado ya—manifestó el oficial.

—Pues el secretario…. ¿Dónde está el secretario?… A ver, el secretario.

Condujéronle a su despacho y se encerró con él. Al cabo de unos minutos salió con las mejillas un poco más amoratadas. El secretario le despidió a la puerta con una fina sonrisa burlona. La Amparo se acercó y le preguntó:

—¿Está arreglando el asunto?

—Por ahora, sí—respondió mordiendo el sempiterno cigarro.

—Pues quiero irme en tu coche—dijo, bajando la voz.

La fisonomía del banquero se oscureció.

—Demasiado sabes que no puede ser.

—¿Que no puede ser?… Ahora verás…. Dame el brazo…. En marcha.

Y cogiéndose con fuerza de su brazo le empujó hacia la escalera seguido de Nati y Rafael entre las miradas atónitas del oficial, del inspector y de los tres o cuatro empleados que allí había a tales horas.

Una vez en la calle, la hermosa tirana ofreció su coche a Nati y Rafael, y se metió sin vacilar en el del duque, que la siguió taciturno pero sumiso. Los nervios de la antigua florista se desataron así que se vió a solas con su querido. Las palabras más soeces del repertorio de los cocheros de punto brotaron a sus labios temblorosos. Pateó, juró, rechinó los dientes, profirió mil estúpidas amenazas. Por último, cogiendo al banquero por la solapa de su gabán de pieles, le dijo atropellándose por la ira:

—Por supuesto; esos dos puercos, el empleado y el inspector, quedarán a escape cesantes.

—Veremos, veremos—respondió el duque, inquieto y confuso.

—Ya está visto. Hasta que me traigas su cesantía no te presentes en mi casa, porque no te recibo.

IX

#Los amores de Raimundo.#

La nueva aventura amorosa de Clementina se desenvolvía de un modo tan pueril como grato para ella. Después de aquella inoportuna vuelta de cabeza, que tanto la había avergonzado, se guardó bien, durante algunos días, de mirar hacia atrás, aunque el saludo que enviaba a Raimundo fuese cada vez más expresivo y afectuoso. El capricho (por no darle mejor nombre, pues no lo merecía) fué echando, no obstante, tanta raíz en su imaginación, que concluyó por volverse otra vez; al día siguiente también; al otro igual, encontrando siempre los gemelos del joven clavados sobre ella. Por fin, un día se volvió desde la esquina y le hizo un nuevo saludo con la mano.

"Vamos, he perdido la vergüenza", murmuró después poniéndose colorada. Y tan verdad era, que desde entonces no pasó otra vez sin hacer lo mismo.

Pero aquella situación, aunque graciosa y original, iba pareciéndole pesada. Su temperamento fogoso no le permitía gozar jamás con tranquilidad del presente, la impulsaba a buscar con afán un más allá, a precipitar los acontecimientos, aunque muchas veces, en lugar del placer apetecido, quedase envuelta en los escombros del alcázar que su fantasía había levantado. En esta ocasión, sin embargo, tenía mejores motivos que otras veces para desear salir de ella. Era tan falsa, que tocaba en los lindes de lo ridículo. A solas consigo misma solía confesárselo.

"La verdad es que, bien mirado, yo le estoy haciendo el oso a ese muchacho. Parezco una dama de la isla de San Balandrán."

Mas, aunque todos los días se proponía dar un corte a aquella aventura no saliendo más a pie, o cruzando por delante de la casa de Raimundo sin levantar la mirada o, a todo más, dirigiéndole un saludo frío, es lo cierto que no tenía fuerza de voluntad para llevar a cabo su propósito. Ni siquiera para dejar de enviar el consabido adiós desde la esquina. Una cosa la preocupaba sobremanera. Y es que el joven, viendo las claras señales que ella daba de arrepentimiento, las pruebas un tanto humillantes de su simpatía hacia él, no se apartase de la obediencia, no la siguiese jamás ni buscase ocasión de encontrarse con ella en el paseo. Esto, a la larga, iba irritando su amor propio. Parecía que aquel señor tomaba con demasiada afición el papel contrario. Pensando en esto, algunas veces llega a encolerizarse. Mas al cruzar de nuevo por delante de él le veía tan risueño, tan feliz, con tales deseos de saludarla, que el negro fantasma de la soberbia se desvanecía y entraban de nuevo en su pecho a torrentes la simpatía y el caprichoso deseo de amar y ser amada de aquel niño.

¿En qué pararía todo aquello? En nada probablemente. Sin embargo, hacía lo posible por que siguiese adelante y cuajase; no cabía duda. Al ver paralizado su deseo por causas que no podía definir claramente, crecía y se transformaba poco a poco en áspero apetito. Una tarde en que el desencanto y la amargura habían invadido su pecho en que iba pensando seriamente, al caminar por la calle de Serrano, en abandonar por completo aquella ridícula aventura, al pasar por debajo del mirador después de haber saludado al joven, sintió caer sobre ella un puñado de flores deshechas. Levantó la vista y le envió una afectuosa sonrisa de reconocimiento. Aquella lluvia refrescó su alma, reanimó su desmayado capricho. Entonces se puso a buscar con afán un medio de acercarse nuevamente a Raimundo. Pensó en escribirle pidiéndole perdón de su visita y sus palabras severas; pero ya era tarde para ello. Después imaginó que acaso entre sus amigos, particularmente entre los periodistas, hubiese alguno que le conociera y por el cual le podía enviar un recado de atención. Lo desechó como peligroso. Hasta se le pasó por la cabeza hacerle seña para que bajase y darle una explicación de palabra; pero tampoco osó hacerlo. Era demasiado humillante.

La casualidad vino en su ayuda resolviendo el asunto a su placer, cuando menos lo pensaba. Una noche se encontraron en el teatro de la Comedia. Raimundo, que transcurrido el año de luto solía ir de vez en cuando, estaba con su hermana en las butacas. Ella ocupaba un palco bajo frente a ellos. Se saludaron cariñosamente, y durante largo rato hubo entre el joven y la hermosa dama un tiroteo de miradas y sonrisas que llamó extremadamente la atención de Aurelia.

—¿Pero, qué es esto? ¿Has vuelto a hablar con esa señora?

—No.

—Entonces, ¿qué significa tanta sonrisa? Parecéis amigos íntimos.

—No sé—replicó el joven algo confuso—. Se manifiesta muy afectuosa conmigo. Quizá suponga que me ha ofendido cuando fué a casa y quiera desagraviarme.

En el primer entreacto Aurelia recibió un hermoso ramo de camelias que le trajo una florista.

—De parte de aquella señora que está en el palco número once.

La niña alzó los ojos y vió a Clementina que la miraba risueña. Los dos hermanos dieron las gracias con fuertes cabezadas. Aurelia se puso muy colorada.

—¿No te parece—le dijo su hermano—que debo subir a dar las gracias a esa señora?

Era natural. Raimundo, cuando bajó el telón por segunda vez, la dejó por unos instantes sola y subió al palco de la dama. Una sonrisa feliz iluminó el semblante de ésta al ver al joven en la puerta. Le recibió como a un antiguo amigo; le mandó sentarse a su lado; entabló con él plática reservada, dejando en completo abandono a su obligada compañera Pascuala. Por fortuna para ésta no tardó en llegar Bonifacio, que no tomaba jamás butaca cuando sabía que la familia de Osorio tenía palco en algún teatro.

—Veo con satisfacción que no me guarda usted rencor—le dijo en voz baja dirigiéndole una larga mirada insinuante—. Hace usted bien. Eso prueba que tiene usted corazón y talento. Le confieso con toda ingenuidad que me equivoqué de medio a medio en la apreciación de su conducta y su persona. Es tan cierto esto que cuando salí de su casa de buena gana me hubiera vuelto a pedirle a usted perdón…. Si no de palabra, con los ojos y el gesto debió usted comprender que se lo he pedido después muchas veces….

Todavía le dió otros tres o cuatro pases superiores, de verdadero maestro, con los cuales arregló la cabeza al pobre Raimundo, esto es, le dejó inmóvil, confuso, fascinado, como ella le quería, en suma. Al mismo tiempo explicó con habilidad aquellas manifestaciones de simpatía un poco extrañas cuyo recuerdo la avergonzaba.

Sin dejarle tiempo a reponerse le preguntó con interés por su hermanita, por su vida, por sus mariposas. Raimundo contestaba a sus preguntas con sobrado laconismo, no por frialdad, sino por su falta de mundo. Pero ella no se desconcertaba. Seguía cada vez más cariñosa envolviéndole en una red de palabritas lisonjeras y de miradas tiernas. Cuando más embebida y aun puede decirse entusiasmada se hallaba reconquistado a su juvenil adorador, he aquí que aparece en el pasillo de las butacas Pepe Castro, correctamente vestido de frac, las puntas del bigote engomadas, finas como agujas, los bucles del cabello pegados coquetamente a las sienes, el aire suelto, varonil, displicente. Derramó primero su mirada fascinadora, olímpica, por las butacas, dejando temblorosas y subyugadas a todas las niñas casaderas que por allí andaban esparcidas: después, con arranque sereno como el vuelo de un águila, alzóla al palco número once. No pudo reprimir un movimiento de sorpresa. ¿Con quién hablaba Clementina tan íntimamente? No conocía a aquel joven. Le dirigió sus diminutos gemelos. Nada, no le había visto en su vida. Clementina, que advirtió la sorpresa de su amante, después de responder al saludo redobló su amabilidad con Raimundo, volviéndose enteramente hacia él, acercando el rostro para hablarle, haciendo mil monerías destinadas a llamar la atención del noble salvaje y a preocuparle. Sentía un goce maligno en ello. Castro había llegado a serle indiferente. Dirigió éste por largo rato los gemelos a Raimundo de un modo impertinente y hasta provocativo. Nuestro joven le pagó con algunas inocentes miradas de curiosidad, porque no tenía el honor de conocer al terror de los maridos.

Comprendiendo que su hermana estaría impaciente, aunque desde el palco no la perdía de vista, se alzó de la silla para despedirse.

—Seremos amigos ¿verdad?—le dijo la hermosa dama reteniéndole por la mano—. Muchos recuerdos a su hermanita. Necesito darle una satisfacción de aquella brusca y extraña visita, y se la daré. Dígale usted que uno de estos días la voy a sorprender en medio de sus faenas caseras…. Me interesan ustedes muchísimo, dos hermanitos tan jóvenes viviendo solos…. Adiós, Alcázar: lo dicho.

Cuando bajó del palco un poco aturdido y se sentó de nuevo al lado de
Aurelia, le dijo ésta:

—¡Qué hermosa es esa señora!… Pero yo sigo creyendo que no se parece a mamá.

Raimundo, que no se acordaba en aquel momento de tal parecido, sintió un leve estremecimiento y balbució:

—Pues yo le encuentro un cierto aire….

Ahora ya no era más que aire. El joven comenzaba a sentir remordimientos. La impresión que Clementina le causaba no era la misma de respetuosa devoción que antes de haber trabado de tan singular manera conocimiento con ella.

Pepe Castro, así que le vió en las butacas, comenzó a mirarle con fijeza tratando sin duda de analizarle. Como quiera que aquel muchacho rubio no pertenecía a la elevada sociedad que él frecuentaba, pasósele por la imaginación (porque tenía imaginación y todo), que bien pudiera ser el mismo perseguidor de quien tanto se había quejado en otro tiempo Clementina. Como es natural, esta sospecha no le excitó a mirarle con más simpatía. Raimundo estaba tan atento a contemplar el palco de la señora de Osorio, que no reparó en la provocativa insistencia del tenorio. Este, cansado al fin, subió a saludar a su querida. Sentóse a su lado, en la misma posición que un momento antes había estado Raimundo, quien al verle de esta suerte sintió un extraño malestar, cierta vaga tristeza que no trató de definir. Sin embargo, observó que la dama estaba muy risueña y el gallardo caballero muy serio, y que a ella no le faltaba tiempo para echar frecuentes miradas a las butacas, lo cual ponía al otro cada vez más enfurruñado y sombrío.

—¿Has reparado cómo te mira esa señora?—preguntó Aurelia a su hermano—. Parece como si le gustases.

—¡Qué tontería! exclamó él ruborizándose—. ¡Vaya un buen mozo que soy yo! Si fuese el caballero que ahora tiene al lado….

Aurelia protestó riendo. No; su hermano era más guapo que aquel soldado de cromo con rosetas en las mejillas como las bailarinas.

Cuando terminó la representación, Raimundo pudo ver, no sin cierto sentimiento de celos, a Clementina aguardando en el vestíbulo su landó en compañía del mismo caballero. Saludóle aquélla con tanto afecto, que Castro, cada vez más inquieto, volvió a dirigirle una larga e intensa mirada de análisis.

Por espacio de algunos días el joven entomólogo esperó con zozobra que Clementina se detuviese a la puerta de su casa y subiera a cumplir la promesa. Sus esperanzas quedaron defraudadas. La dama cruzaba como siempre con su pasito vivo y menudo, le saludaba cariñosamente primero, y desde la esquina volvía a hacerle el consabido adiós con la mano. Cada vez que salvaba la puerta, el corazón de Raimundo se encogía, se ponía de mal humor. "Vaya, se le ha olvidado, decía para sí: no volveré a hablar más con ella, como la casualidad no nos vuelva a juntar en algún sitio". Empezó a ayudar a la casualidad asistiendo con más frecuencia al teatro de la Comedia, pero no logró verla. Al teatro Real, donde seguramente estaba, no se atrevía a ir por el temor de que pensase que aún duraba la persecución. Por qué se le había metido en la cabeza que había de subir a su casa precisamente a aquella hora y no a otra, no lo podemos explicar. Lo que sí afirmaremos es que fueron inmensos su asombro y turbación cuando una mañana Clementina se dejó entrar por la casa. Preguntó desde luego por la señorita. Aurelia la recibió en la sala y pasó inmediatamente recado a su hermano. Cuando éste se presentó, la dama se hallaba instalada en el sofá charlando con el desembarazo de una amiga que el día anterior les hubiese visitado.

—Conste que esta visita no es para usted—le dijo sonriendo y tendiéndole su mano enguantada.

—No me atrevería yo a imaginarlo, señora—replicó él apretándosela tímidamente.

—¡Por si acaso! No le creo a usted fatuo, pero las mujeres debemos siempre vivir prevenidas.

En la soltura y en el tono jocoso que adoptaba se podía advertir cierta afectación. Su voz estaba ligeramente alterada. Alrededor de los ojos había esa palidez que denuncia siempre la emoción que embarga el espíritu. La visita fué corta, pero en ella tuvo tiempo para lisonjear a la niña con muchas palabras delicadas, con efusivos ofrecimientos. La hizo prometer que iría a verla algún día. Si no le gustaba la sociedad, que fuese por la tarde y charlarían un rato solitas. Le enseñaría su casa y algunas labores. La orfandad y la juventud de Aurelia la impresionaban. Ya que ella tenía la dicha de parecerse a su madre un poco, como afirmaba Raimundo, se creía con cierto derecho a su afecto.

—Nada; cuando usted se aburra aquí sola, se viene usted a mi casa que está cerquita, y nos aburriremos juntas, que siempre es más llevadero.

La pobre Aurelia, confundida por aquella amabilidad y charla mundanales, no hacía más que sonreír. Cuando se levantó para despedirse, dijo:

—Queda usted encargado, Alcázar, de recordar a Aurelia su palabra. En cuanto a usted puede hacer lo que guste. Con los sabios no me atrevo a insistir porque se les molesta cuando menos se piensa….

Habiendo recobrado por completo su aplomo les hablaba en un tono amable, protector, un poco maternal. Todavía en la escalera les entretuvo unos momentos con su conversación desenvuelta e insinuante a la vez y les reiteró con gracia todos sus ofrecimientos. No consintió que Raimundo la acompañase. Se fué sola dejando una estela perfumada que éste aspiró con más placer que su hermana. Porque Aurelia luego que cerraron la puerta guardó silencio. A las frases de elogio que Raimundo tributó calurosamente a la dama, asintió en un tono lacónico que le apagó los fuegos.

Hay que confesarlo. La impresión primera de adoración filial que Clementina inspiró al joven entomólogo se había ido desvaneciendo poco a poco o, por mejor decir, confundiendo con otra inclinación menos santa, aunque guardando algo de ella. Como en todos los hombres alejados del trato de mujeres, dedicados exclusivamente al estudio, la visión del sexo y el reconocimiento de la ley divina del amor fueron vivos e intensos. Al día siguiente de la visita de Clementina ya quería que Aurelia se la pagase, manifestando por supuesto tal deseo tímidamente y con palabras embozadas. Pero su hermana le demostró la conveniencia de aguardar algún tiempo y él se resignó. Al fin se realizó la visita. Aurelia pasó una tarde en el boudoir de la señora de Osorio. Raimundo, después de muchas vacilaciones, no se atrevió a ir con ella.

A los tres o cuatro días se presentó de nuevo Clementina en casa de los jóvenes a convidarles para ir por la noche al Real. Fué un verdadero apuro para ellos. Raimundo no tenía frac, Aurelia no poseía tampoco un guardarropa muy provisto. Sin embargo, fueron. Un pariente prestó al joven su frac: Aurelia se puso los mejores trapitos del armario. Al día siguiente Raimundo se encargó un traje de etiqueta en la mejor sastrería de Madrid. No sólo hizo esto, sino que también, sin dar parte a su hermana, fué a la contaduría del teatro Real y tomó un abono de butaca cerca de la platea de Osorio, en el mismo turno.

La intimidad creció pronto entre ellos, gracias a los esfuerzos de Raimundo. Porque su hermana, aunque elogiaba también la amabilidad de su nueva amiga, oponía una resistencia sorda y pasiva a frecuentar su trato. Por más que hacía no lograba borrar de su espíritu la manera extraña de comenzar aquella amistad, ni se le podía ocultar el fondo de falsedad que en ella existía. Conociéndolo Raimundo procuraba con afán desvanecer sus aprensiones, unas veces directa, otras indirectamente. Era Aurelia una muchacha más bien fea que linda, como ya hemos dicho, de buen sentido y de honrado corazón. La adoración que sentía por Raimundo, inculcada por su difunta madre, no le impedía conocer las partes flacas de su carácter, débil, impresionable con exceso y pueril. Realmente en este aspecto ella representaba el elemento masculino y él el femenino dentro de la casa. Lloraba él con extremada facilidad; ella difícilmente. Sentía él extrañas aprensiones, desfallecimientos, a veces verdaderas alucinaciones; ella tenía el sistema nervioso perfectamente equilibrado. Era sana y maciza; él, enfermizo y lacio. En los meses que siguieron a la muerte de la madre, Raimundo, sacando fuerzas de flaqueza con la idea de proteger a su hermana, se había mostrado más resuelto y varonil. Andando el tiempo el temperamento recobró sus derechos, cayó de nuevo en sus manías pueriles, en su impresionabilidad femenil, al paso que ella se crecía descubriendo un temperamento firme, equilibrado y recto.

No le costó mucho trabajo a Clementina someter, fascinar enteramente al joven naturalista. Unas veces yendo los chicos a su hotel, otras yendo ella a casa de los chicos o llevándolos consigo al teatro o al paseo, se veían la mayor parte de los días. Pepe Castro, la primera noche que encontró a Raimundo en el salón de Osorio comprendió perfectamente lo que pasaba, y se llenó de despecho.

—A esta grandísima … le da ahora por los bebés—murmuró rechinando los dientes—. Todas las perdidas concluyen por estas extravagancias.

Pensó en dirigirse al joven y provocarle. No tardó en persuadirse de que este paso sería para él desastroso. ¿Qué iba ganando en ello? Absolutamente nada porque Clementina le detestaría. El escándalo pondría de manifiesto su derrota, tanto más vergonzosa cuanto que el vencedor era un chicuelo absolutamente desconocido. Determinóse, pues, prudentemente a no dar su brazo a torcer ante el mundo y a alejarse de su querida temporalmente, dejándola que satisficiese su capricho. Quizá más adelante, cansada de triscar con aquel corderillo, volvería la oveja al redil.

Raimundo no era tan niño como Castro le suponía, pues contaba veintitrés años cumplidos: pero tenía una figura infantil y delicada que no le dejaba aparentar más de diez y ocho. Su salud era vacilante y quebradiza. Padecía frecuentes ataques, sobre todo desde la muerte de su madre, en que perdía unas veces la vista, otras el habla, con otra variedad de fenómenos extraños que por fortuna duraban poco tiempo. Además se veía acometido de profundas melancolías, crisis violentas que terminaban por un llanto copioso y prolongado corno en las mujeres histéricas. La vista de las arañas le producía espasmos; el bisturí de un médico le estremecía. La aprensión de volverse loco le hacía padecer horriblemente algunas veces: otras era el temor de suicidarse contra su propia voluntad. Jamás tenía armas al alcance de la mano, y por el miedo de arrojarse desde el balcón llegó a cerrar de noche el de su cuarto con candado, entregando la llave a su hermana, única testigo y confidente de estos desvaríos. Su temperamento y la educación afeminada que había tenido eran la causa de ellos. Guardábalos, sin embargo, con cuidado como todos los que los padecen, que son más de los que se piensa: procuraba con grandes esfuerzos refrenarse comprendiendo el ridículo que cae sobre los hombres así constituidos.

Cualquiera se representará bien lo que pasaría por este muchacho cuando una mujer tan hermosa, tan coqueta y tan experimentada como Clementina se resolvió a hacer su conquista. Primero su extremada timidez le impidió darse cuenta de la conducta de la dama. Pensaba que aquellos saludos afectuosos, aquellas sonrisas no eran más que la expresión de una súbita simpatía que su orfandad había excitado en ella. Todavía, cuando trabó amistad con ellos y se multiplicaron las señales de su inclinación, y su hermana le dió la voz de alerta, no pudo imaginarse que pudiera existir entre ambos otra cosa que una amistad más o menos estrecha protectora y maternal por parte de ella, rendida y fervorosa por la de él. Sin embargo, el elixir de amor que gota a gota iba dejando caer Clementina en sus labios, llegó al fin al corazón. Cuando menos lo pensaba se encontró enamorado, loco. Pero al tiempo que hizo este descubrimiento le acometió una vergüenza inmensa; pensó que jamás tendría el valor de declarárselo. Por un lado la conducta de su ídolo con él, los constantes testimonios de simpatía que le prodigaba, se prestaban a forjarse ilusiones. Pero le parecía tan extraño e inverosímil que un hombre tímido, inexperto, desprovisto de atractivos mundanos pudiese obtener los favores de señora tan rica y tan hermosa, que al instante las abandonaba o se mecía en ellas dulcemente a sabiendas de que eran pura quimera. Además, no podía librarse de los agudos remordimientos que de vez en cuando le asaltaban. Aquella señora se parecía a su madre, no cabía duda. Por esto sólo se había fijado en ella, y había sido su perseguidor callejero algún tiempo. ¿No era una verdadera profanación, una cosa abominable que la imagen de su madre le inspirase deseos carnales?

Pues a despecho de estos remordimientos, de su invencible timidez y de los clamores de la razón, Raimundo se sentía cada día más subyugado por aquella mujer. Verdad que Clementina puso en juego todas las armas de que disponía, que no eran pocas ni mohosas todavía. A medida que aumentaba la timidez de su juvenil adorador crecía en ella la osadía y el aplomo. En el amor esto pasa casi siempre; pero aquí, por las circunstancias especiales de ambos, adquiría mayor relieve. La timidez en él llegó a ser una enfermedad, una cosa extraña, de cuya ridiculez se daba perfecta cuenta sin que por medio alguno pudiese vencerla. Al contrario, cuantos más esfuerzos hacía para adquirir aplomo y desembarazo delante de ella, mejor se mostraba la emoción que le embargaba. Al principio la hablaba con cierta serenidad, se autorizaba alguna bromita o frase ingeniosa; después esta serenidad se fué perdiendo, las bromas cesaron. No se podía acercar a ella sin turbarse, no podía darle la mano sin un leve temblor. Si la dama le miraba fijamente, sus mejillas se encendían.

Clementina no podía menos de sonreír ante esta inocente alborada de amor. Gozaba con ella llena de curiosidad, alegre de sentirse aún bastante hermosa para inspirar a un niño tan rendida pasión. Unas veces se entretenía malignamente en atortolarle, en ponerle colorado, mostrándose viva y desenvuelta como una chula: otras se placa en seguirle el humor apareciendo melancólica, dirigiéndole miradas tímidas como una colegiala: otras, en fin, le trataba con tierna familiaridad, enterándose de su vida, de sus actos y sus pensamientos, como una madre o una hermana cariñosas. Entonces era cuando Raimundo recobraba un poco de libertad y osaba mirar a la diosa cara a cara. Clementina le embromaba a menudo por sus aficiones científicas, entraba en su despacho y dejaba esparcidos por la mesa o por el suelo los cartones de las mariposas. Esto, que si otra persona lo ejecutase produciría en la casa una catástrofe, hacía reir al joven naturalista.

Comenzaba a susurrarse entre los íntimos de la dama algo sobre estos sus nuevos y extravagantes amores, adelantándolos, por supuesto, mucho más de lo que en realidad estaban. Una noche de comida y tresillo, decía Pepa Frías a tres o cuatro elegantes salvajes que estaban en torno suyo discutiendo el asunto:

—Desengáñense ustedes. Clementina concluye enamorándose de un perro de
Terranova o de un periodista.

Cuando entraba Raimundo en el salón con su cabeza de querubín rubia y melancólica, con su aspecto humilde y embarazado, todas las miradas se posaban sobre él con curiosidad. Había sonrisas, murmullos, frases ingeniosas y estúpidas. Se le discutía. En general, entre los hombres sobre todo, juzgábase ridícula la conducta de la esposa de Osorio: pero algunas damas miraban con simpatía al mancebo, encontraban muy agradable su aire candoroso, y comprendían el capricho de Clementina. Hubo entre ellas quien procuró seducirlo.

Era ya nuestro joven considerado como amante oficial de Clementina, cuando aún no la había rozado con los labios la punta de los dedos ni soñaba con ello. Sin embargo, el amor iba haciendo tales progresos en su pecho que temía caer el día menos pensado de rodillas ante ella como los galanes de comedia. Sufría horriblemente a la menor señal de desdén, y gozaba como un ángel cuando la dama le expresaba de cualquier modo su afecto. Clementina no tenía prisa en hacerle amante afortunado, aunque estaba decidida a ello. Le gustaba prolongar aquella situación, observando con secreto placer la marcha de la pasión y los fenómenos que ofrecía en el joven. Hastiada de los devaneos cortesanos, encontraba vivo atractivo en ser adorada de aquel modo frenético y mudo, en desempeñar el papel de diosa. Una mirada suya hacía empalidecer o enrojecer a aquel niño; una palabra le alegraba o le entristecía hasta la desesperación.

Raimundo iba al Real todas las noches que le tocaba el turno a Clementina. Subía al palco a saludarla, y muchas veces, por exigencia de ella, se quedaba allí uno o dos actos. En estas ocasiones solía la dama retirarse al antepalco y charlar con él íntimamente a la sombra discreta de las cortinas. Cuando se cansaba, o en la escena se cantaba una pieza de empeño, guardaba silencio, volvía la espalda al joven y escuchaba un rato. Raimundo, guardando en los oídos el eco de su voz y en su corazón el fuego de sus miradas, quedaba también silencioso, más atento, en verdad, a la música que sonaba dentro de su alma, que a la que venía del escenario. Seguro de no ser observado, contemplaba con religiosa atención la alabastrina espalda de su ídolo, los finísimos y dorados tolanos de su cuello, acercaba la cabeza con pretexto de mejor escuchar y aspiraba el perfume que se desprendía de ella, cerrando los ojos y embriagándose durante unos instantes. Una noche, tanto pegó el rostro a la cabeza de la dama, que ¡oh prodigio! se arrojó a rozar con los labios sus cabellos peinados hacia abajo en trenza doblada. Después que lo hizo se asustó terriblemente y escrutó con anhelo si Clementina lo había sentido. La dama continuó impasible, extática, escuchando la música. Sin embargo, por sus claros y hermosos ojos resbalaba una leve sonrisa que el joven no pudo advertir. Alentado con este éxito, siempre que ella traía el cabello peinado de tal forma, con mucho disimulo y después de largos preparativos y vacilaciones osaba posar los labios sobre él. Aquella sensación era tan viva, tan deliciosa, que la guardaba muchos días en la boca y le hacía feliz. Pero una noche, o porque la dama estuviese de mal humor, o porque se gozase en mortificarle un poco, le trató con bastante despego mientras estuvo en el palco, le dejó abandonado a Pascuala mientras ella charlaba placenteramente con uno de sus jóvenes y aristocráticos amigos. El pobre Raimundo se abatió con este desprecio de un modo horrible. Ni siquiera tuvo fuerzas para despedirse. Estaba pálido, demudado. Una arruga dolorosa surcaba su frente. Clementina le echaba de vez en cuando miradas furtivas. Cuando el joven aristócrata se levantó para irse, también quiso hacer lo mismo. La dama le retuvo por la mano.

—No: quédese un momento, Alcázar. Tenemos que hablar.

Y se retiró como otras veces al antepalco y comenzó a charlar con la amabilidad y franqueza de siempre.

El joven cobró aliento. Pero cuando ella le volvió la espalda para escuchar la ópera, estaba tan alterado aún y confuso que no se atrevió a besar el cabello, aunque el peinado era bajo y la ocasión más propicia que nunca.

Al cabo de un rato, Clementina se volvió de pronto y le dijo en voz baja:

—¿Por qué no besa usted hoy el pelo como otras noches?

La emoción fué inmensa, abrumadora. La sangre se le agolpó toda al corazón y quedó blanco como un cadáver. Después le subió al rostro y se puso como una amapola.

—¡Yo!… ¡El pelo!—balbució miserablemente.

Y tuvo que agarrarse con fuerza a la silla para no caer.

—¡No se asuste usted, hombre!—exclamó ella posando cariñosamente su mano sobre la de él—. Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me desagradaba.

Pero viendo que la miraba con ojos extraviados, como si no comprendiese, añadió con desenfado y riendo:

—¿Acaso se figura que yo no sé que me quiere un poquito?

—¡Oh!—dijo el joven con un grito comprimido.

—Sí; lo sé hace tiempo—continuó bajando más la voz y acercando la boca a su oído—. Pero usted puede que no sepa una cosa, y es que yo también le quiero a usted….

Y echando una rápida mirada hacia fuera para cerciorarse de que no los observaban, se apoderó de sus manos, y le dijo caldeándole con su aliento las mejillas:

—Sí; te quiero, te quiero más de lo que te puedes imaginar. Ven mañana a las tres a casa.

Clementina no contaba con la femenil impresionabilidad de su adorador. La violenta emoción que acababa de experimentar unida a la dicha que estas palabras evocaron en su pecho le trastornaron de tal modo, que se echó a llorar como un niño. Entonces ella le empujó hacia un rincón y se alzó vivamente, tapando con su gallarda figura el espacio que la cortina dejaba descubierto. Su rostro hechicero resplandecía de felicidad. Si un pintor tuviese la fortuna de sorprender aquel momento y el don de fijarlo en el lienzo, podría representar, como nadie hasta hoy, a Dánae recibiendo en su prisión la conocida lluvia de oro.

Fueron unos amores tiernos y poéticos, cándidos y voluptuosos a la par los de la hermosa dama y el joven naturalista. Para ella fué una resurrección de las impresiones dulces de la adolescencia maduradas de pronto, transformadas en felices realidades. Hasta entonces los devaneos que había tenido se parecían unos a otros tanto, que ya desde el comienzo llevaban dentro un germen de aburrimiento. Siempre le quedaba en el fondo del corazón un sentimiento de despecho contra aquellas relaciones que no le traían ninguna viva emoción, ni siquiera nuevos placeres. La de ahora ofrecía una originalidad que la encantaba. Su amante era un niño a quien casi doblaba la edad. Había comenzado a adorarla por el parecido que la hallaba con su madre. Aquel respeto y amor filiales se transformaron con un soplo en pasión y deseo. Todo esto era gracioso, original; tenía un fondo estético que en ninguno de sus amores anteriores había encontrado. Además, no pertenecía a la raza de los lechuguinos y petimetres con quienes tropezaba a todas horas en los sitios que frecuentaba, seres cortados por un patrón, sin espontaneidad alguna, con los mismos vicios, las mismas vanidades y hasta los mismos chistes. Raimundo se apartaba de ellos, no sólo por su posición modesta y retirada, no sólo por su ilustración y talento, sino también, particularmente, por su carácter. ¡Qué alma tan adorable la de aquel chico! ¡Qué inocencia, qué sensibilidad, qué delicadeza y qué fuerza para amar al mismo tiempo! Acostumbrada a la monotonía de los Pepes Castro, cada nueva fase psicológica, cada sacudimiento de entusiasmo, cada desmayo o alegría o pena que sucesivamente advertía en su enamorado doncel le producían una grata sorpresa. Escrutaba su espíritu, se metía dentro de él con afanosa curiosidad y a la vez con apasionado cariño. Le confesaba, le hacía narrar y describir cien veces sus sentimientos, sus recuerdos, sus propósitos y sus esperanzas. A veces le acometían dudas sobre aquel extraño amor.

—¿Pero de veras estás enamorado? ¿No consideras que soy una vieja?… ¿que puedo ser tu madre?

Raimundo respondía siempre con alguna caricia apasionada, con una húmeda mirada donde se leía el infinito de su pasión.

Desde el primer día, Clementina le había tuteado a solas, acostumbrada a aquellas transiciones y conciertos secretos de mujer galante, que ahora favorecía la diferencia de edad. Raimundo no podía acostumbrarse a darla el tú. Hacía esfuerzos por conseguirlo; pero a lo mejor volvía al usted y seguía la plática tratándola de este modo, hasta que la dama se irritaba y le reprendía ásperamente. "No; por más que lo negase, él la consideraba como una vieja. En todo se estaba echando de ver. Si continuaba de este modo perdería con él la confianza". Sin embargo, Clementina estaba equivocada en este punto. No tenía bastante penetración y delicadeza para comprender que el amor en Raimundo era, como en todos los seres verdaderamente sensibles, adoración extática más que deseo, esclavitud voluntaria, un enajenamiento de su propia vida para mejor vivir en la soberana de su corazón. Hay que hacerse cargo, además, de que hasta entonces no había experimentado jamás tal sentimiento. Alejado de la sociedad de las mujeres y sin echarlas de menos, quizá porque dentro de su casa tenía lo más grande y exquisito que ellas pueden dar, el cariño tierno, vigilante, la dulzura en la palabra, la abnegación en todos los momentos: dedicado en absoluto al estudio y a su magnífica colección de mariposas, el encuentro con Clementina fué para él la revelación de ese mundo encantado, poético, que a casi todos se aparece más temprano. Aquel primer suspiro de Venus al salir de la espuma del mar que repitió el Universo entero, sonó entonces en su alma y la estremeció dulcemente. Su alma, que estaba muda y triste como la Naturaleza antes que la diosa de la hermosura suspirase. Muy pocos hombres alcanzan una dicha parecida: poseer la primera mujer que se ama, llegar a tiempo para recoger el fruto sazonado del amor. Para Raimundo, esa inclinación tímida y anhelante del adolescente llena de zozobras y melancolías, se fundió con el amor de la edad viril, apetitoso y sensual. ¿Qué extraño, pues, que absorbiera toda la energía de su ser, toda su inteligencia y todos sus sentidos?

Desde aquella noche memorable no volvió a pensar más que en Clementina. Para él, el Universo se redujo de pronto al tamaño y a la forma de una mujer. No sólo se creyó obligado a vivir y respirar para ella, sino también a pensar en todos los instantes del día y hasta a soñar con ella por la noche. En un principio la dama le recibía en su casa. Esto le pareció en seguida peligroso y feo, y alquilaron un cuarto en la calle del Caballero de Gracia, un entresuelo pequeñito que amueblaron con elegancia. La vida de Raimundo experimentó un cambio radical. De aquel retiro absoluto en que vivía, pasó súbito al bullicio del mundo aristocrático; teatros, bailes, comidas, carreras de caballos y partidas de caza. Clementina le arrastraba sujeto a su carro, le exhibía en todos los salones sin desdeñarse de él. Porque nuestro joven, de figura delicada y elegante, de carácter apacible y clara inteligencia, se hacía simpático dondequiera que entraba. A nadie le importaba gran cosa si era rico o pobre, noble o plebeyo.

Aurelia le acompañaba algunas veces, pero siempre contra su gusto. Aunque no usaba contrariar la marcha adoptada por su hermano, era fácil de adivinar que la condenaba en el fuero interno, que se hallaba fuera de su centro en el hotel de Osorio. Se había hecho reflexiva y taciturna. Su mirada, cuando la posaba en Raimundo, era profunda y melancólica, como si temiese una catástrofe. Clementina la agasajaba cuanto podía; pero no lograba entrar en su corazón. Al través de las sonrisas de la niña, de su modestia y rubor, creía observar un sentimiento de hostilidad que a menudo la desconcertaba.

La esposa de Osorio continuaba desplegando el mismo boato, esparciendo profusamente el dinero a despecho de la ruina inminente de su esposo, que tanto había alarmado a Pepa Frías. Esta ruina no había estallado como se pensaba. El banquero logró conjurarla hábilmente, haciendo entender a los que tenían valores en sus manos, que de nada les serviría arrojarse repentinamente sobre él, pues no salvarían ni un veinticinco por ciento del capital. En cambio, si aguardaban lo recuperarían entero y con su rédito. Su mujer iba a heredar una fortuna inmensa en breve plazo. Los acreedores entraron en razón; guardaron secreto acerca del estado de sus negocios: sólo exigieron que Clementina firmase, en unión con su marido, los pagarés renovados. Poco después, la suerte favoreció un poco en la Bolsa a Osorio y pudo aletear como antes, aunque bajo la mirada recelosa de los hombres de dinero, que le pronosticaban unánimemente la quiebra más tarde o más temprano. Su esposa, viéndose en salvo, no volvió a pensar en estos enojosos asuntos. Tan sólo cuando iba a casa de su padre y veía el rostro pálido y demudado de D.ª Carmen, sentía su corazón agitado por una extraña emoción que ella misma huía de definir, apresurándose a ahogarla con el ruido de los besos y las palabritas cariñosas.

El amor de Raimundo le hizo gozar extremadamente. Veíase envuelta, como nunca lo había estado, en una ola de pasión devota y exaltada que la cariciaba dulcemente. El papel de diosa la seducía. Gustaba de mostrarse unas veces amable y tierna, otras terrible, haciendo pasar a su adorador por todas las pruebas posibles a fin de cerciorarse bien, decía ella, de que era suyo, enteramente suyo. La costumbre de tratar con hombres muy distintos, no obstante, la hizo incurrir en fatales equivocaciones que atormentaron mucho al joven. Un día, después de haberse hecho servir el almuerzo en su cuarto del Caballero de Gracia, le dijo sonriendo:

—Voy a hacerte un regalo, Mundo (así le llamaba por más cariño).

Se levantó a buscar su manguito y sacó de él una cartera muy linda.

—¡Oh! Es muy bonita—dijo él tomándola y llevándola a los labios—. La traeré siempre conmigo.

Pero al abrirla quedó consternado. Dentro había un montón de billetes de
Banco.

—Te has olvidado aquí el dinero—dijo alargándole otra vez la cartera.

—No me he olvidado. Es para tí también.

—¿Para mí?—exclamó él poniéndose pálido.

—¿No lo quieres?—preguntó ella con timidez poniéndose encarnada.

—No; no lo quiero—replicó él con firmeza.

Clementina no se atrevió a insistir. Tomó de nuevo la cartera, sacó de ella los billetes y la volvió a entregar al joven. Hubo unos instantes de silencio embarazoso. Raimundo apoyó el codo sobre la mesa, puso la mejilla sobre la mano y quedó pensativo y serio. Ella le observaba con el rabillo del ojo entre colérica y curiosa. Al fin una sonrisa iluminó su rostro, levantóse de la silla, y cogiendo el del joven entre sus dos manos, le dijo en tono alegre:

—Bien; este acto te enaltece; pero de mí podías tomar ese dinero sin desdoro. ¿No soy tu mamá?

Raimundo se contentó con besar las manos que le aprisionaban. No se volvió a hablar de dinero entre ellos.

Aquél conservaba en los modales y en las palabras, a pesar de sus veintitrés años, un sello infantil que a Clementina le placa sobremodo. La educación afeminada y solitaria que había tenido era la causa principal. Engañábasele con suma facilidad y divertíasele lo mismo. No tenía esos aburrimientos negros de los hombres gastados: no se le ocurría jamás una frase irónica, incisiva, de las que aun entre enamorados suelen usarse. Sus alegrías eran bulliciosas y pueriles hasta rayar en ridículas. Divertíase en correr por las habitaciones del pequeño entresuelo detrás de Clementina, o en esconderse de ella y asustarla. Otras veces la entretenía con juegos de prestidigitación, en que era un poco inteligente. O bien jugaban ambos a los naipes con extraordinaria atención o empeño, como si disputasen algo de provecho. O bien bailaban al son de algún piano mecánico que se paraba en las cercanías de la casa. Poníanse a comer confites y hacían apuestas a quien engullía más. En una ocasión quiso hacer sorbete de piña: se decía muy perito en la fabricación de helados. Le trajeron todos los enseres de un café vecino. Después de bregar con afán bastante tiempo, salió al fin una quisicosa fea y desabrida, lo cual le entristeció tanto, que Clementina, para alegrarle, tomó sin deseo alguno una gran copa del brebaje. Le gustaba imitar los gestos y las palabras de las personas que veía en casa de ella, y lo ejecutaba tan a la perfección que la dama reía con verdadera gana. A veces le suplicaba por favor que cesase, pues le hacía daño tanta risa. Raimundo poseía este don de observar los más insignificantes modales de las personas y reproducirlos después admirablemente. Se creía estar oyendo a la persona que imitaba. Pero sólo en el seno de la confianza le gustaba mostrar esta habilidad.

Algunas veces, cuando estaba de humor, inventaba una recepción palaciega. Hacía sentar a Clementina en un trono que armaba rápidamente en medio de la sala. Los ministros, los altos personajes de la política desfilaban por delante de la reina y pronunciaba cada cual su discurso. Clementina, que a todos los conocía, gozaba en adivinarlos a las pocas palabras. Raimundo, que había asistido con frecuencia a las tribunas del Congreso, les había cogido bastante bien, a casi todos, el acento, la acción y los gestos. Particularmente imitando a Jiménez Arbós, a quien trataba por verle en casa de Osorio, estaba graciosísimo. Por supuesto, después de cada discurso se inclinaba reverentemente y besaba la mano de la soberana, volviendo a ponerse el tricornio de papel que se había hecho para el caso. Estas niñerías alegraban a la dama, dilataban su corazón, casi siempre encogido por la soberbia o el hastío. De aquellas largas entrevistas salía rejuvenecida, los ojos brillantes, el pie ligero, saludando con afecto a personas a quienes en otra ocasión hubiera dirigido una fría y desdeñosa cabezada.

Luego Raimundo la llenaba de asombro, a lo mejor, con algún acto inconcebible de candor infantil. En una ocasión, habiendo entrado sin hacer ruido en el cuarto de la calle del Caballero de Gracia (los dos tenían llave), le sorprendió barriendo afanoso la sala. El muchacho quedó confuso al verla delante; se puso colorado hasta las orejas. Clementina, entre alegres carcajadas, le abrazó y le cubrió el rostro de besos, exclamando:

—¡Chiquillo, eres delicioso!