X
#Un poco de derecho civil.#
Era mañana de gran trajín en las oficinas de Salabert. Se hacían unos pagos de consideración. El duque había ido en persona a la caja a presenciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los billetes. A pesar de los años que llevaba manejando dinero, nunca le tocaba pagar una cantidad crecida que no le temblasen un poco las manos. Ahora estaba nervioso, atento, mordiendo crispadamente el cigarro y sin escupir. Tenía las fauces resecas. En varias ocasiones llamó la atención al empleado creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; pero se equivocó en todas. El cajero era diestrísimo en su oficio. Cuando terminaron, el duque se retiró a su despacho, donde le estaba esperando M. Fayolle, el famoso importador de caballos extranjeros, proveedor de toda la aristocracia madrileña.
—Bonjour, monsieur—, dijo rudamente el duque dándole una palmada en la espalda—. ¿Viene usted a encajarme algún otro penco?
—Oh, señor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no. Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted—, respondió con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle.
—Los desechos de París es lo que usted me trae. Pero no crea usted que me engaña. Lo sé hace tiempo, monsieur; lo sé hace tiempo. Sólo que yo no puedo ver esa cara tan frescota y tan risueña sin rendirme.
M. Fayolle sonrió abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos dientes grandes y amarillos.
—La cara es el especo del alma, señor duque. Puede tener confiansa en mi, que no le daré nada que no sea superior. ¿Es que Polión ha salido malo?
—Medianejo.
—¡Vamos, tiene gana de bromear! El otro día le he visto por la calle de Alcalá enganchado al faetón. Bien de mundo se paraba a mirarlo.
Hablaron un rato de los caballos que el duque le había comprado. Este ponía tachas a todos. Fayolle los defendía con entusiasmo de aficionado y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj:
—No quiero molestarle más…. Venía a cobrar la cuentesita última.
La faz del duque se oscureció. Luego dijo entre risueño y enfadado:
—¡Pero, hombre; que no estén ustedes jamás contentos sino sacándole a uno el dinero!
Y al mismo tiempo echó mano al bolsillo y sacó la cartera. M. Fayolle sonreía siempre, diciendo que lo sentía, porque el señor duque era un pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una porción de bromitas que el banquero no parecía escuchar, atento a contar los billetes. Contó siete de quinientas pesetas y se los entregó, oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese el recibo. Fayolle también los contó y dijo:
—Se ha equivocado, señor duque. El presio del caballo era cuatro mil pesetas. Aquí no hay más que tres mil quinientas.
El duque no dió señales de oir. Con los párpados caídos, bufando y paseando el cigarro de un ángulo a otro de la boca, se mantuvo silencioso y guardó de nuevo la cartera después de haberla apretado con una goma.
—Faltan quinientas pesetas, señor duque—, repitió Fayolle.
—¿Cómo? ¿Faltan quinientas pesetas? No puede ser…. A ver; cuente usted otra vez.
El comerciante contó.
—Hay aquí tres mil quinientas….
—¡Ya lo ve usted! No me había equivocado.
—Es que el caballo cuesta cuatro mil: así lo hemos acustado.
La cara del duque expresó admirablemente el asombro.
—¿Cómo cuatro mil? No, hombre, no; el caballo cuesta tres mil quinientas. En esa inteligencia lo he comprado.
—Señor duque, está usted equivocado—dijo Fayolle poniéndose serio—.
Recuerde usted que habíamos quedado en las cuatro mil.
—Recuerdo perfectamente. El que tiene mala memoria es usted…. A ver (dirigiéndose al dependiente que vino a extender el recibo), uno de vosotros que baje a la cochera y pregunte a Benigno en cuánto se ha ajustado el Polión.
Al mismo tiempo, aprovechando el momento en que Fayolle miraba al empleado, le hizo un guiño expresivo.
El cochero respondió por boca del dependiente que el caballo se había ajustado en tres mil quinientas pesetas.
Entonces el comerciante se irritó. Estaba segurísimo de que habían quedado en las cuatro mil. En ese supuesto lo había entregado. De otro modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la cuadra. El duque le dejó hablar cuanto quiso, lanzando sólo algún gruñido de duda, pero sin alterarse poco ni mucho. Sólo cuando Fayolle habló de quedarse otra vez con el caballo, le dijo con sorna:
—Por lo visto, ha encontrado usted quien dé las cuatro mil y quiere deshacer el trato, ¿verdad?
—Señor duque, juro a usted por lo más sagrado que no hay nada de eso…. Solamente que estoy seguro de que es como digo.
Al banquero le acometió entonces oportunamente un recio golpe de tos. Se le pusieron los ojos encendidos, las mejillas carmesíes. Luego se limpió sosegadamente con el pañuelo la boca y las narices, y dijo con acento campechano:
—Hombre, no sea usted tacaño. No se altere usted por esas miserables pesetas.
Pero él no las soltó. El comerciante quiso llevarse el caballo. Tampoco pudo lograrlo. Hubo un momento de silencio. Fayolle estuvo a punto de echarlo todo a rodar y desvergonzarse; pero se reprimió considerando que nada adelantaría: menos con llevar el asunto a los tribunales. ¿Quién iba a pleitear por quinientas pesetas y más con un personaje como el duque de Requena? Resignado, pues, con las mejillas encendidas aún, se despidió no sin que el duque le llevase hasta la puerta muy cortésmente, dándole afectuosas palmaditas en la espalda.
Cuando el prócer volvió a ocupar su sillón frente a la mesa, por debajo de sus párpados fatigados brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al cabo de unos minutos apretó el botón del timbre otra vez:
—Vaya usted a ver si la señora duquesa está sola en su habitación o tiene visita—dijo al criado que se presentó al punto.
Mientras desempeñaban la comisión permaneció inactivo, con el cuerpo echado hacia atrás y las manos cruzadas, en actitud reflexiva.
—La señora duquesa está de visita con el padre Ortega—entró a decir el criado.
Salabert hizo un gesto de impaciencia y volvió a quedar sumido en sus reflexiones. Estaba decidido a celebrar una conferencia con su esposa acerca de intereses. Esta jamás le había hablado nada de dinero. El no se creyó jamás en el caso de darle cuenta de sus especulaciones y negocios. D.ª Carmen tampoco entendería nada si se la diese. Creíase dueño absoluto de su fortuna sin que se le pasase por la imaginación los derechos que sobre ella tenía su mujer. Pero últimamente un amigo le abrió los ojos. Hablando de la enfermedad que aquejaba a la duquesa, le preguntó con naturalidad si tenía otorgado testamento. Este amigo, que era abogado, daba por resuelto que la mitad de la hacienda pertenecía a D.ª Carmen. Salabert quedó hondamente preocupado. Viendo a su esposa descaecer le entró miedo. A su muerte los parientes le exigirían la mitad de lo que él había adquirido, meterían la nariz en sus asuntos, hasta en los más íntimos…. ¡Un horror! Consultó con su abogado. El medio más sencillo de desvanecer aquellos temores y dejar en la impotencia a los parientes de su esposa, era que ésta hiciese testamento a su favor. El duque lo encontró naturalísimo. En la conferencia que iba a tener con ella, se lo propondría del modo más diplomático que le fuera posible, a fin de no alarmarla respecto a su enfermedad.
Aguardó, pues, entretenido en revisar papeles hasta que creyó llegado el momento de enviar nuevamente el criado a saber si el padre Ortega había despejado. Mas cuando iba a hacerlo entraron a avisarle que estaban allí unos cuantos señores, entre ellos Calderón, que deseaban verle. El banquero frunció el entrecejo.
—¿Habéis dicho que estaba en casa?
—Como el señor duque no se niega nunca por la mañana….
—¡F….! ¡malditos seáis!—murmuró con horrible expresión de disgusto. Pero alzando la voz en seguida y adoptando las maneras campechanotas y bruscas que le eran peculiares, gritó:
—Que pasen, que pasen esos señores.
Se presentaron Calderón, Urreta y otros dos banqueros no menos importantes y conocidos en Madrid. La expresión de todos ellos era seria y hasta hosca. Salabert, sin reparar en ello, empezó a repartir abrazos y palmaditas en la espalda, haciendo un ruido formidable con sus voces y risotadas.
—¡Buen negocio! Buen negocio secuestrar ahora a los cuatro y exigir un millón de pesos por cada uno…. ¡Oh! ¡oh! Se me han colado en el despacho los cuatro peces más gordos que tiene Madrid … ¡cuatro tiburones!… ¿Cómo va de ese reuma, Urreta? Me parece que usted también necesita una buena carena como yo…. Y tú, Manuel, ¿cuándo piensas reventar?… Ya ves que a tu sobrino le corre mucha prisa.
Los banqueros se mostraron corteses y reservados, procurando cortar con su actitud grave aquel flujo de chanzonetas. El caso no era para menos. Hacía cosa de un año que Salabert les había vendido la propiedad del ferrocarril de B*** a S***, ya en explotación y con todo su material. Aunque no se determinó en la escritura, convínose entre ellos que cuando saliese a subasta el ferrocarril desde S*** a V***, como quiera que estaba enlazado con el otro, material y económicamente, Salabert no presentaría pliego de licitación, dejándoles el negocio a ellos. Pues bien; acababan de saber que el duque, faltando a su palabra, se lo trataba de birlar decaradamente: había presentado el correspondiente pliego en la subasta. El primero que habló fué Calderón.
—Antonio, venimos a reñir contigo seriamente….
—No puede ser. ¿Reñir con un hombre tan inofensivo como yo?…
—Recordarás muy bien que al realizar la compra de tu ferrocarril se ha convenido, o por mejor decir, nos has prometido solemnemente no presentarte en la subasta de la línea de S*** a V***.
—Ya lo creo que me acuerdo … ¡admirablemente!
—Pues hoy hemos visto con sorpresa que hay un pliego tuyo….
—¡Cómo! ¿Un pliego?—exclamó lleno de asombro, abriendo desmesuradamente sus grandes ojos saltones—. ¿Quién les ha contado semejante patraña?
—No es patraña: yo mismo he visto su firma de usted—dijo uno de ellos, el marqués de Arbiol.
—¿Mi firma? No puede ser.
—Amigo Salabert, le digo a usted que yo mismo he visto la firma: "Antonio Salabert, duque de Requena"—replicó Arbiol con firmeza y muy serio.
—¡No puede ser! ¡no puede ser!—repitió el duque poniéndose a dar vueltas por el despacho, presa al parecer de violenta agitación—. Me habrán suplantado la firma.
El marqués de Arbiol sonrió desdeñosamente.
—Traía el sello de su casa.
—¿Traía el sello?—replicó parándose de pronto—. Entonces me la han suplantado dentro de mi misma casa. ¡Sí, sí!… Aquí me la han suplantado…. No sabéis entre qué canalla estoy metido. Necesito tener cien ojos….
Y cada vez más enfurecido fué a apretar el botón del timbre.
—¡Ahora verán! Ahora verán ustedes si me la han robado o no…. A ver (dirigiéndose al dependiente que entró), que se presenten inmediatamente Llera y todos los empleados de la oficina…. ¡Al instante!
Arbiol dirigió una mirada a sus compañeros y alzó los hombros con desprecio. Pero el duque, que vió perfectamente el ademán, no quiso hacerse cargo de él: siguió gruñendo, resoplando, dejando escapar interjecciones violentas y paseando furiosamente por la estancia. Hasta que se presentó Llera y con él un grupo de sujetos encogidos, mal trajeados, de fisonomía vulgar. Salabert se plantó delante de ellos cruzando los brazos con energía:
—Vamos a ver, Llera: es necesario averiguar quién ha sido el tuno que ha presentado un pliego en mi nombre, suplantando mi firma, para la licitación del ferrocarril de S*** a V***. ¿Tú sabes algo de este asunto?
Llera, después de haberle mirado fijamente a la cara, bajó la cabeza sin contestar.
—¿Y vosotros sabéis algo? ¿eh? ¿sabéis algo?
Los empleados le miraron también con fijeza. Luego miraron a Llera y también bajaron la cabera al fin sin despegar los labios.
Salabert paseó varias veces sus ojos saltones por ellos con expresión teatral de cólera, y exclamó al fin dirigiéndose a los banqueros:
—¿Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre éstos se esconde el culpable ¡o los culpables! porque sospecho que ha de ser más de uno. Pierdan ustedes cuidado, que yo daré con ellos y haré un escarmiento…. ¡Sí, un terrible escarmiento! No he de parar hasta que los mande a presidio…. Retiraos vosotros (dirigiéndose a los empleados), y ya podéis temblar los delincuentes. Muy pronto caerá sobre vosotros el peso de la justicia.
Los criminales debían de ser bien empedernidos a juzgar por la absoluta indiferencia con que recibieron aquellas siniestras palabras pronunciadas con acento patético. Cada cual se retiró sosegadamente a su departamento y reanudó su tarea, como si la terrible espada de Némesis no estuviese aparejada a segarles el cuello.
Los banqueros se miraron entre risueños y coléricos. Al fin uno de ellos, mordiéndose los labios para no soltar la carcajada, le tendió la mano con ademán desdeñoso:
—Adiós, Salabert; hasta la vista.
Los demás hicieron lo mismo sin decir otra palabra del asunto. El duque no se desconcertó. Fué a despedirlos solícito hasta la escalera, dirigiendo todavía al pasar miradas iracundas a sus empleados que las recibieron con la misma punible indiferencia. Al volver a su despacho ya no les hizo caso alguno. Pasó por entre ellos como un actor que atraviesa los bastidores después de haber estado un rato en escena.
Unos minutos después tornó a salir bajando a las habitaciones de su esposa. Hallóla sola, entretenida en leer un libro devoto. D.ª Carmen, que siempre había sido muy piadosa, en los últimos tiempos se había entregado por completo a las prácticas religiosas. La enfermedad la separaba cada vez más de las ideas mundanas, la entregaba triste y sumisa a los curas. Salabert nunca había puesto obstáculo a esta devoción: la miraba con indiferencia compasiva, como una manía inocente. Pero en los últimos tiempos, algunas limosnas harto crecidas de la duquesa le alarmaron un poco y le obligaron a reprenderla paternalmente. Acostumbrado a hallar a su mujer sometida, apartada de toda ambición, ajena enteramente al éxito de sus especulaciones, la trataba como a una niña, si no como a un perro fiel a quien de vez en cuando se pasa la mano por la cabeza. Nunca le había estorbado aquella infeliz señora, ni en sus trabajos ni en sus vicios. Aunque sus queridas, sus extravagancias en el orden erótico eran conocidas de todo el mundo, D.ª Carmen o las ignoraba o fingía ignorarlas. Sin embargo, la última infidelidad del duque, la relación con la Amparo habíale acarreado disgustos. Aquella mujer dominante y soez se gozaba en vejarla de mil modos, cosa que no había hecho ninguna de sus antecesoras. En el paseo, cuando iba con su marido en coche, el de la Amparo se colocaba a su lado: con cínico descaro la ex florista cambiaba con el duque sonrisas de inteligencia. Cuando la buena señora se quejó suavemente de este proceder, Salabert negó en redondo, no sólo sus miradas y sonrisas, sino toda relación con aquella mujer. No la conocía más que de vista. Jamás había hablado con ella. En el teatro Real lo mismo. Amparo se obstinaba en mirar toda la noche al palco del duque. Luego en los toros, en las carreras de caballos, ostentaba un lujo escandaloso que llamaba fuertemente la atención pública. Algunas amigas bien intencionadas, que nunca faltan, compadeciéndola muchísimo enteraban a D.ª Carmen de las cuantiosas sumas que aquella mujer costaba al duque, de todas sus extravagancias y caprichos.
Esta serie de alfilerazos padecidos en secreto, sin confiarlos a nadie más que a su confesor, habían labrado la salud de la señora, reduciéndola a un estado de flaqueza tal que por milagro se sostenía. Salabert tenía más que hacer que reparar en tales sufrimientos. Pensaba que con el título de duquesa, y tantísima riqueza acumulada en aquel palacio, D.ª Carmen debía de ser la mujer más feliz de la tierra.
—¿Qué hace la viejecita? ¿qué hace?—entró preguntando en tono medio brutal medio cariñoso, que revelaba bien la profunda indiferencia que su mujer le inspiraba.
D.ª Carmen levantó los ojos sonriendo.
—Hola ¿eres tú? Milagro, por aquí a esta hora.
—Antes hubiera venido a saber de ti, si no me hubieran dicho que estaba el padre Ortega. ¿Cómo has pasado la noche? Bien ¿eh? Ya lo creo…. Tú no estás tan mala como te figuras. ¿A qué viene eso de rodearte de curas como si fueses a morirte?
—¿Los curas no hacen falta más que cuando uno se muere?
—Sí, los curas son indispensables para dar respetabilidad a las casas—dijo repantigándose en una butaca y extendiendo groseramente las piernas—. Sin un poco de paño negro, los palacios recién pintados como éste chillan demasiado…. Sólo que a la larga se hacen muy molestos: no se cansan de pedir. Tienen tantas tragaderas como las ballenas…. Yo los compraría de buena gana figurados, de cera o de cartón, y harían el mismo efecto….
—Calla, calla, Antonio; no empieces a soltar disparates. Cualquiera que te oyese te juzgaría un hereje, y gracias a Dios no lo eres.
—¡Vaya una ganga el ser hereje! ¿Qué utilidad trae el ser hereje?…—Y cambiando bruscamente de tema preguntóle:—¿Cómo va ese aquelarre que habéis hecho en los Cuatro Caminos?
Se refería al asilo de ancianas, del cual era D.ª Carmen la principal protectora.
—Va muy bien. Sólo que la marquesa de Alcudia no quiere continuar siendo tesorera. No sabemos a quién se ha de nombrar.
—Por supuesto, los sábados se despoblará aquello.
—¿Pues?—preguntó inocentemente la señora.
—Porque se marcharán a Sevilla todas sobre escobas.
—¡Bah, bah! No hagas burla de las pobres ancianas—replicó riendo—.
También tú y yo somos dos viejos….
—Verdad, verdad—dijo el banquero poniéndose afectadamente grave y triste—. Somos un par de trampas que el día menos pensado nos escurrimos para el otro barrio, sin sentirlo.
Había visto una entrada oportuna para la conversación que apetecía: se apresuraba a aprovecharla.
—No; tú estás fuerte y robusto. Aún puedes dar mucha guerra en el mundo…. Pero yo, querido, ya tengo un pie en el estribo.
—Los dos lo tenemos, los dos. En pasando de los sesenta no hay día seguro….
—Si esos pensamientos te sirviesen para acordarte más de Dios y trabajar en su santo servicio, me alegraría de que los tuvieses.
—¿Te parece que no trabajo bastante por él, y me lleva todos los años más de cinco mil duros en misas y novenas?
—¡Vamos, Antonio, no hables así!
—Hija mía; bueno es pensar en lo de allá, pero es también prudente pensar en lo de acá…. Mira, precisamente estos días estaba yo imaginando que si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese le quedarían bastantes enredos….
—¿Por qué?
—Porque el marido y la mujer no son herederos forzosos el uno del otro, y, como es natural, si nos muriésemos sin testamento, nuestros parientes vendrían a molestar al que quedase.
—Eso tiene fácil remedio. Con hacerlo se arregla.
—Precisamente es lo que yo pensaba—dijo el duque resollando mucho para mostrar indiferencia y aplomo, que no sentía—. Había imaginado que en vez de testar cada uno por su parte, hiciésemos un testamento mutuo.
—¿Qué es eso?
—Un testamento en el cual nos instituímos mutuamente por herederos.
D.ª Carmen bajó la vista al libro que traía en la mano y guardó silencio un rato. El duque, inquieto, la observaba con atención por debajo de sus párpados medio caídos, mordiendo con impaciencia el cigarro.
—No puede ser—dijo al cabo gravemente la señora.
—¿Que no puede ser? ¿Y por qué?—replicó con viveza incorporándose un poco en la butaca.
—Porque yo pienso en dejar por heredera de lo que tenga, poco o mucho, a tu hija. Así se lo he prometido ya.
No creía Salabert tropezar con aquel obstáculo. Juzgaba cosa hecha lo del testamento mutuo. Quedó tan sorprendido como turbado. Pero recobrándose instantáneamente, adoptó un continente grave y digno para decir:
—Está bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi voluntad a la tuya. Eres dueña de dejar tus bienes a quien te parezca, por más que estos bienes hayan sido ganados por mí a costa de muchos trabajos. En los años que llevamos unidos, las cuestiones de intereses jamás han producido ninguna reyerta entre nosotros. Deseo que continuemos siempre lo mismo. El dinero, comparado con los afectos del corazón, no tiene ningún valor. Lo único que siento es que otra persona, por más que sea una hija queridísima, me haya perjudicado hasta tal punto en tu cariño, me haya desterrado de tu corazón….
Al pronunciar estas últimas palabras su voz se alteró un poco.
—No, Antonio, no—se apresuró a decir D.ª Carmen—; ni tu hija ni nadie puede arrancarte el cariño que te pertenece…. Pero considera que tú eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y que ella la necesita.
—No; no trates de desfigurarlo…. El golpe está dado: lo siento en el fondo del corazón—replicó Salabert en tono patético llevándose la mano al lado izquierdo—. Treinta y cinco años de vida matrimonial, treinta y cinco años compartiendo pesares y alegrías, temores y esperanzas, no han bastado a conquistarme la primer plaza en tu cariño. Todo lo que se diga es inútil ya. Pensaba que nuestro matrimonio, la vida de felicidad y de amor que hemos llevado tantos años, debía cerrarse por medio de un acto que la resumiese, instituyéndonos herederos de lo que juntos hemos ganado…. El cariño de los esposos nunca se demuestra mejor que en la última voluntad….
El discurso de Salabert adquiría un tono de elevación moral que pareció preocupar por un instante a su esposa. Sin embargo, replicó al fin con dulzura y firmeza a la vez:
—Aunque no la he llevado en mis entrañas, yo quiero a Clementina como si fuese mi hija; la he mirado siempre como tal. Me parece una injusticia privar a una hija de su parte de herencia.
—¡Pero mujer!—exclamó con viveza el duque:—yo ¿para quién quiero lo que tengo sino para mi hija? Déjame por heredero, que yo te prometo transmitírselo íntegro y aun con aumento….
D.ª Carmen guardó silencio limitándose a hacer un signo negativo con la cabeza. El duque se levantó como si fuese presa de una violenta emoción.
—Sí, sí; bien lo comprendo. Tú no me perdonas algunos leves extravíos hijos del capricho y la tontería. Aprovechas la ocasión que se te presenta para vengarte. Está bien: satisface tu venganza; pero sabe que yo no he querido de veras a ninguna mujer más que a ti. En el corazón no se manda, Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazón, mi corazón diría: "No, no puedes arrancarla sin que yo me rompa…." Es triste, muy triste llevar al fin de la vida este terrible desengaño…. Si mañana te murieses tú, lo que Dios no consienta, ¡cuántos disgustos, cuántas penas me esperan además de la pérdida de una esposa adorada! Acaso este pobre anciano se viera precisado a salir de la casa donde ha vivido, que ha fabricado con ilusión para morir en ella en brazos de su esposa.
La voz del duque se alteraba por momentos; sus ojos se arrasaban de lágrimas. Todavía siguió en este tono patético un rato. Al fin cayó como desfallecido en la butaca, llevándose el pañuelo a los ojos.
Pero D.ª Carmen, aunque caritativa y sensible, no dió señales de hallarse conmovida. Antes, con firmeza, dijo:
—Bien sabes tú que nada de eso es cierto. Ni soy capaz de vengarme, ni sería fuerte venganza dejar cuanto tengo a una hija tuya, que sólo es mía por el cariño que la tengo.
El duque cambió de táctica. Miró un rato a su esposa con ojos compasivos. Al cabo dijo sonriendo con amargura:
—Tú quieres mucho a Clementina, ¿verdad?… Pues mira; lo mejor que puedes hacer para darle un alegrón es reventar cuanto más antes. El pobre Osorio está con el agua al cuello. Ahora me explico por qué sus acreedores no acaban de tragárselo. Sin duda tú le has hablado a su mujer algo de testamento, y como estás un poquillo delicada aguardan tu muerte como agua de Mayo. Conque no te descuides.
D.ª Carmen se puso mucho más pálida de lo que estaba al oir estas sangrientas palabras. Necesitó agarrarse a los brazos del sillón para no desfallecer. Lo que decía su marido era horrible, pero muy verosímil. El, que advirtió su emoción, se apresuró a ofrecerle todos los datos necesarios para confirmar la sospecha. Le expuso en un cuadro completo la situación económica de Osorio, insistiendo en lo raro de que sus acreedores aguardaran si no contasen con alguna esperanza positiva, que no podía ser más que la muerte de ella.
Entonces aquella infeliz mujer tuvo una frase sublime.
—Pues aunque Clementina desee mi muerte, yo la quiero lo mismo, con todo mi corazón. Para ella será cuanto tengo.
El duque salió de la estancia furioso, bufando como un toro con banderillas de fuego, o como un actor a quien acaban de propinar una silba.
D.ª Carmen permaneció inmóvil largo rato, en la misma postura que la había dejado, con los ojos clavados en el vacío. Dos lágrimas temblaron al fin en sus ojos y rodaron silenciosamente por sus mejillas marchitas.
XI
#Baile en el palacio de Requena.#
Transcurrieron los días y los meses. Clementina pasó el verano, como siempre, en Biarritz. Raimundo la siguió, dejando a su hermana confiada a unos parientes, y regresó cuando aquélla a últimos de Septiembre. Por la casa de los huérfanos soplaba un viento tormentoso que la había removido por completo. Raimundo, abandonando en absoluto sus estudios y costumbres metódicas, se había lanzado con ardor de neófito a los placeres mundanos. Su hermana, aterrada por este cambio, le hizo suavemente algunas advertencias, sin resultado. El joven se enfadaba como niño mimoso. Cuando la reprensión era más dura, se echaba a llorar desconsoladamente, llamándose desgraciado, diciendo que no le quería, que más le hubiera valido morirse cuando su madre, etc., etc. Aurelia, en vista de esto, había determinado callarse, padeciendo en silencio, llena de aprensiones y presentimientos tristes. Bien adivinaba la causa de aquel cambio; pero en sus conversaciones ninguno de los dos osó hacer referencia a ella: Raimundo, porque no podía dignamente declarar a su hermana las relaciones que sostenía con Clementina: aquélla, porque creía indecoroso darse por advertida.
Aquellas relaciones obligaron a nuestro joven a hacer gastos extraordinarios que no permitía su renta. Para seguir el carruaje de su amante entre la balumba de ellos en los paseos del Retiro y la Castellana compró un bonito caballo, después de dar previamente algunas lecciones de equitación. Los teatros, las flores y los regalitos a su ídolo, las francachelas con sus nuevos amigos del Club de los Salvajes, los trajes y las joyas, todo lo que constituye, en suma, el tren de un lechuguino en la corte, le hicieron desembolsar sumas enormes con relación a su hacienda. Para ello hubo necesidad de echar mano del capital. Este consistía, como ya sabemos, en acciones de una fábrica de pólvora y en títulos de la Deuda. Unos y otros documentos guardábalos su madre en un cofrecito de hierro dentro de su armario. Cuando murió, el pariente de los chicos a quien correspondía la tutela vino a examinarlos y tomó nota de ellos. Pero como Raimundo gozaba tal fama de muchacho formal, de conducta intachable, como hacía ya tiempo que manejaba y cobraba los cupones, y como en fin no le faltaban más que tres años para llegar a la mayor edad, su tío no quiso recogerlos. Los dejó en el mismo cofrecito que estaban. Pues bien; Raimundo, necesitando a toda costa dinero, y no atreviéndose a pedírselo a nadie, faltó a esta confianza vendiendo poco a poco algunos títulos. Y es lo raro del caso que siendo un chico hasta entonces tan puro de costumbres, tan recto en el pensar y tan honrado de corazón, llevó a cabo esta villanía sin grandes remordimientos. Hasta tal punto su desatinada pasión le había desequilibrado y aturdido.
No sólo hizo esto sino otra cosa peor, si cabe. Su curador, al enterarse de sus gastos excesivos y de la vida que llevaba, s presentó un día en su casa, encerróse con él en el despacho y le interpeló bruscamente:
—Vamos a cuentas, Raimundo. Por lo que me han dicho y por lo que veo, estás haciendo unos gastos que de ningún modo puedes sostener con tu renta. El caso es grave. Yo, como curador, necesito saber de dónde sale ese dinero, no sólo por ti, sino principalmente por tu hermana….
Experimentó una violenta emoción. Se puso pálido y balbució algunas palabras ininteligibles. Luego, viéndose apurado, comprendiendo rápidamente que de aquella entrevista dependía su salvación, esto es, la salvación de su amor, no tuvo inconveniente en mentir descaradamente.
—Tío, es cierto que hago gastos considerables, muy superiores a los que podría hacer con mi renta…. Pero nada tiene que ver en ellos el capital que heredé de mis padres.
—¿Entonces?…
—Entonces—… dijo bajando la voz y como sí le costase trabajo hablar—, entonces … yo no puedo decirle a usted el origen de este dinero, tío…. Es una cuestión de honor.
El curador quedó estupefacto.
—¿De honor?… No sé lo que quieres decir; pero mira, chico, yo no puedo quedar conforme…. Mi posición es delicada. Si no velo como debo sobre vuestros intereses, mañana se me puede pegar al bolsillo y no tiene gracia.
Raimundo guardó silencio unos momentos. Al fin, vacilando y tropezando mucho, dijo:
—Puesto que es necesario decirlo todo, lo diré…. Usted habrá oído hablar quizá de mis relaciones con una señora….
—Sí, algo he oído de que haces el amor a la hija de Salabert.
—Pues ya tiene usted explicado el misterio …—dijo poniéndose fuertemente colorado.
—¿De modo que esa señora?…—replicó el tío haciendo resbalar la yema del dedo pulgar sobre la del índice.
Raimundo bajó la cabeza y no dijo nada, o, más exactamente, lo dijo todo con su silencio. Él, que había rechazado con indignación y tristeza los billetes de Banco de su querida, confesábase ahora culpable, sin serlo, de tal indignidad, bajo la influencia del miedo.
Su tío era un hombre vulgar, un almacenista de la calle del Carmen. La confesión de su sobrino, lejos de sublevarle, le hizo gracia.
—¡Bien, hombre!… Me alegro de que hayas salido del cascarón y sepas lo que es el mundo. ¡Ah, tunante, qué callado te lo tenías!
Pero como todavía se quedase en el despacho adivinándose en su actitud un resto de inquietud, Raimundo, con esa audacia peculiar de las mujeres y de los hombres débiles en las circunstancias críticas, dijo con firmeza:
—El capital de mi hermana y el mío está íntegro. Ahora mismo va usted a ver los títulos….
Y sacó la llave y se dirigió al armario. Su tío le detuvo.—No hace falta, chico…. ¿Para qué?
Así salió, casi milagrosamente, de aquel terrible compromiso, que de otro modo hubiera producido una catástrofe. Sin embargo, la victoria le costó muchos momentos de cruel amargura, un gran desfallecimiento físico y moral que por poco le hace enfermar. No es posible romper bruscamente con nuestras ideas y sentimientos, con lo que constituye nuestro carácter, sin que la ruptura produzca vivo dolor.
Por esta época vino a visitarle un caballero chileno, aficionado a la zoología y dedicado también a la especialidad de las mariposas como él. Venía de Alemania y se disponía a regresar a su país. Había leído algunos de sus artículos científicos, y teniendo además noticia de su colección, no quiso pasar por Madrid sin verla. Raimundo le recibió con alegría y un poco de vergüenza también. Hacía ya algunos meses que no se ocupaba poco ni mucho en asuntos de ciencia, que tenía su colección abandonada. A pesar de eso el chileno la halló muy notable y simpatizó extremadamente con él. Le dijo que tenía encargo de su Gobierno para llevar algunos jóvenes de valer que se pusiesen al frente de las cátedras recién creadas en Santiago de Chile. Si quería venirse, una de ellas sería para él. El sueldo que se le ofrecía era bastante crecido, la posición brillante en un país nuevo y ansioso de instrucción. En otras circunstancias, Raimundo, que ya no tenía más vínculo en España que su hermana, quizá se hubiera decidido a emigrar con ella. Más ahora, enloquecido por el amor, encontró tan absurda la proposición que no pudo menos de sonreír con cierta lástima al rechazarla cortésmente, como si fuese un millonario o un hombre colocado en la cima de la sociedad española.
Para costear su viaje a Biarritz necesitó enajenar más papel de la Deuda. Llevó en metálico a Francia unas cinco mil pesetas, cantidad más que suficiente para pasar el verano. Sin embargo, a los pocos días, arrastrado del ejemplo de sus amigos, se le antojó jugar en el Casino a los caballitos. En dos sesiones perdió todo el dinero. No estando avezado a estos lances, lo único que se le ocurrió fué regresar precipitadamente a Madrid, vender más títulos y volverse otra vez. Su hacienda mermaba de día en día. Cuando empezó el invierno tenía ya de menos algunos miles de duros; mas esto no le impidió seguir gastando lindamente. Aurelia, que tal vez por indicación de su tío y curador, o por propias sospechas, creía saber de dónde procedía aquel dinero, andaba melancólica, recelosa. No podía menos de mirar a su hermano con ojos donde se reflejaba la pena, la lástima y la indignación también.
Así continuaran las cosas hasta Carnaval. La duquesa de Requena había mejorado bastante en unos baños de Alemania, adonde su marido la había llevado. Desde que tenía hecho testamento a favor de su hijastra, éste la prodigaba extremados cuidados, sabiendo cuánto le importaba su vida. Los negocios del célebre especulador marchaban también prósperamente. La mina de Riosa se había comprado como él pretendía, al contado. Desde entonces, sordamente, había comenzado a hacer guerra a las acciones, vendiéndolas cada vez más baratas para depreciarlas. Llevaba buen camino para conseguirlo. En pocos meses habían bajado desde ciento veinte, a que se habían puesto poco después de la venta, hasta ochenta y tres. Salabert esperaba de un momento a otro, por medio de una gran oferta que tenía preparada, introducir el pánico en el mercado y hacerlas bajar a cuarenta. Entonces, por medio de sus agentes en Madrid, en París y en Londres, se haría dueño de la mitad más una, y por lo tanto del negocio.
Porque le interesaba para sus fines políticos y económicos y por satisfacer al genio fanfarrón que, a pesar de su avaricia, habitaba dentro de él, resolvió dar un gran baile de trajes en su magnífico palacio, invitando a toda la aristocracia madrileña y a las personas reales. Los preparativos comenzaron dos meses antes. Aunque el palacio estaba espléndidamente amueblado, el duque hizo desterrar de los salones algunos muebles demasiado grandes y pesados y traer de París otros más sencillos y ligeros. Se quitaron algunos tapices; se compraron muchos objetos de arte, de los cuales estaba un poco necesitada la casa. Veinte días antes del designado para el baile, se enviaron las grandes tarjetas de invitación. Era necesario todo este tiempo para que los invitados pudiesen preparar sus disfraces. Exigíase traje de capricho: a los caballeros, cuando menos, la talmilla veneciana sobre los hombros. La prensa comenzó a esparcir el anuncio del baile por todos los rincones de España.
Como su madrastra ni entendía mucho en estos asuntos, ni estaba en disposición, a causa de su quebrantada salud, de tomar parte activa en los preparativos, el alma de ellos fué Clementina. Pasaba el día en casa de su padre, robando sólo algunos ratos que dedicaba a Raimundo. Osorio tuvo la mala ocurrencia de traer a las dos niñas que tenía en el colegio de Chamartín, una de diez y otra de once años, a pasar unos días con ellos. Las pobrecitas tuvieron que marcharse antes de lo que les había prometido su padre, porque Clementina estaba tan ocupada que apenas podía fijar en ellas la atención. Esto indignó tanto a Osorio, que un día, sin que se despidiesen de su madre, las metió en el coche y las llevó él mismo al colegio. Por cierto que a la noche, cuando Clementina regresó, hubo con este motivo una escena violenta entre los esposos. Raimundo también padecía con las ocupaciones de su amante. Pero no dejaba de gozar puerilmente con la perspectiva del baile, al cual pensaba asistir vestido de paje de los Reyes Católicos. Fué una idea que le suministró Clementina. El modelo lo sacaron de un célebre cuadro que había en el Senado. Ella estaba enamorada del retrato de D.ª Margarita de Austria, esposa de Felipe III, hecho por Pantoja. Se mandó hacer un traje igual de terciopelo negro muy ajustado al talle, con saya interior color de rosa recamada de plata. Este traje era muy a propósito para realzar la gallardía de su figura y la belleza majestuosa de su rostro.
El duque trabajaba también en la parte menos delicada de los preparativos, en la erección del estrado para la orquesta, que hizo colocar adosado a la pared medianera de los dos grandes salones de baile contiguos, rodeándolo de plantas y arbustos, en el arreglo del guardarropa, en la colocación de alfombras, en la traslación de muebles, etc. Salabert era un terrible sobrestante para sus operarios, un verdadero mayoral de ingenio. No los dejaba reposar: les exigía un cuidado incesante: jamás se le daba gusto en nada. Se trataba un día de trasladar cierto armario de ébano tallado, desde el salón que iba a ser de conversación, a la sala destinada a jugar. Los obreros, dirigidos por el maestro carpintero, lo llevaban suspendido, mientras el duque los seguía recomendándoles atención con una sarta de interjecciones que dejaba escapar oscuramente entre el cigarro y sus labios sinuosos, nauseabundos.
—¡F…., despacio!… ¡Despacio tú, papanatas, el de las narices largas!… Cuidado con esa lámpara…. Baja un poco tú. Pepe … ¡F…., no seas jumento, baja más!… ¡Eh! ¡eh! arriba ahora….
Al llegar al hueco de una puerta, el maestro, viendo que era fácil lastimarse, les gritó:
—¡Cuidado con las manos!
—¡Cuidado con los relieves, F….!—se apresuró a gritar el duque—.
¡Lo que menos me importa a mí son vuestras manos, babiecas!
Uno de los obreros levantó la vista y le clavó una mirada indefinible de odio y desprecio.
Cuando el mueble estuvo en su sitio, el duque mandó enganchar y se dirigió a sus habitaciones a quitarse el polvo. Poco después bajaba por la gran escalinata del jardín y montaba en coche, dando orden que le condujesen al hotel de su querida.
La pasión brutal del banquero por la Amparo había crecido mucho en los últimos tiempos. Todavía fuera conservaba su razón; pero en cuanto ponía el pie en la casa de la hermosa malagueña, la perdía por completo, se transformaba en una bestia que aquélla hacía bailar a latigazos. Ni se crea que esto es enteramente figurado. Contábase en Madrid que el duque traía un aro de hierro con una argolla al brazo en señal de esclavitud, y que la Amparo le ataba con cadena cuando bien le placa. Algunos amigos, para cerciorarse, le habían apretado el brazo burlando y certificaban que era cierto. La ex florista, aunque de inteligencia limitadísima y de cultura más limitada aún, tenía suficiente instinto para remachar los clavos de esta esclavitud. Con su genio arisco y desigual, aumentaba el fuego de la sensualidad en aquel viejo lúbrico. El duque había llegado a persuadirse de que su querida, a pesar de las sumas fabulosas que con ella gastaba, era muy capaz de dejarle plantado si un día se atufaba. Esta convicción le tenía siempre sobresaltado y rendido, dispuesto a humillarse, a cometer cualquier bajeza por complacerla. Aunque muy sagaz, su lascivia le cegaba hasta el punto de no comprender que la Amparo era más interesada y astuta de lo que él se figuraba.
Cuando llegó al hotelito de mazapán, serían las tres de la tarde. Amparo estaba conferenciando gravemente con la modista; de modo que se vió obligado a esperar un rato leyendo los periódicos. Al salir del gabinete, la joven exclamó:
—¡Ah! ¿Estaba usted ahí duque?
—Sí; no he querido sorprender secretos de Estado.
—¡Y que lo diga! ¿Verdá usté?—dijo la ex florista echando una mirada significativa a la modista.
Esta sonrió discretamente y se fué. El duque abrazó por el talle a su querida y la llevó al gabinete.
—¿Cómo te va, chiquita? ¿Bien, eh?
—¡Al pelo, hijo! ¿Cómo quieres que me vaya con un hombre tan retrechero?
Al mismo tiempo se colgó de su cuello y le dió un largo y sonoro beso en la mejilla. Los párpados del duque temblaron de placer; mas por sus ojos pasó al mismo tiempo un reflejo de inquietud. Siempre que la Amparo se le colgaba del cuello era para darle un sablazo formidable, una entrada a saco en el bolsillo.
—¡Y que no tiene quita el gachó! ¡Y que no sabe lo que son mujeres!—siguió la hermosa contemplándole con admiración.
"¡Malo! ¡malo!" dijo para sí el banquero. Sin embargo, las caricias de su querida le hacían feliz.
—Mira, Tono, no hay cosa que más me guste que decirles por lo bajo a todas las sin vergüenzas que pasean por el Retiro: "¡Andad, andad, hambronas, que si a mí se me antoja os puedo enterrar en billetes de Banco!…" ¿Verdá tú, salao?
"¡Malísimo!" volvió a decir el duque en su interior; y en voz alta:
—Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa.
Y llevando la mano al bolsillo para sacar la cartera, dijo brutalmente:
—¿Cuántos necesitas?
—¡Ninguno, canalla!—exclamó ella soltando a reir—. Pensabas que me estaba preparando para darte un sablazo, ¿eh?
—¡Claro! No te veo cariñosa sino cuando necesitas dinero.
—¡Habrá embusterazo, marrullero! Cualquiera que te oyese, pensaría que es cierto. Confieso que soy un poco bruta y testaruda, ¡pero no siempre, hijo, no siempre!… Además, no me sienta mal este geniecillo agrio, ¿verdá tú?
La hermosa odalisca se había sentado sobre las rodillas del duque y le daba fuertes palmadas con entrambas manos en sus carrillos de trompetero recién rasurados. Vestía una bata de color azul oscuro con adornos más claros, que le sentaba admirablemente. Su tez era cada día más fina, más tersa, más nacarada. Era un milagro de la naturaleza. Y sobre aquella tez lucían sus grandes ojos negros sombríos, salvajes, con un fuego misterioso y sensual. Sus cabellos, que daban en azules de tan negros, caían ondeados sobre la frente ocultándola a medias. Su garganta, amasada con leche y rosas, pedía a gritos el homenaje de los labios. El duque estaba contentísimo desde que había conjurado el peligro: se derretía en caricias, que la Amparo aceptaba sumisa contra su costumbre.
—Espera un poquito. Hoy quiero que tomes café conmigo.
—Ya lo he tomado, hija.
—No importa, lo vas a tomar otra vez. Hace ya muchos días que no lo tomamos juntos. ¡Claro, con ese dichoso baile te van a saltar los sesos!
Al mismo tiempo se levantó y comenzó a maniobrar con los enseres de hacer café, que estaban dispuestos sobre la mesa.
—Yo mismita te lo voy a hacer para que te relamas, so canalla: y voy a echar en él unos polvitos que me ha vendido una gitana para ponerte blandito, ¿sabes?… Porque tengo que pedirte una cosa.
Los ojos del duque volvieron a reflejar inquietud. Pero se apresuró a disimularla riendo.
—¡Ya lo decía! ¿Qué tienes que pedirme, rubita?
—En tomando el café lo sabrás.
No pudo arrancarle antes el secreto. Arrimó una mesilla japonesa a la butaca donde estaba el duque. Para sí trajo una sillita dorada. Y charlaron con animación o, por mejor decir, charló ella mientras él la escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia atrás, acercando de vez en cuando con su mano trémula de hombre gastado la taza a los labios.
—Oye, Tono—dijo ella cuando terminaron, poniendo con decisión los codos sobre la mesa y mirándole fijamente:—¿qué te parece de ir yo a tu baile?
Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco al oir semejante atrocidad. El no hizo más que abrir los ojos repentinamente, para dejar caer los párpados otra vez quedando en la misma actitud soñolienta.
—No me parece mal.
—¿De modo que puedo ir?
—¡Ya lo creo que puedes ir! Lo que no podrás será entrar.
—¿Pues?—exclamó ya encrespada la bella.
—Porque no te recibirían.
Amparo se levantó furiosa.
—¿Y por qué no me recibirían, dí, por qué?—profirió sacudiéndole un brazo y acercando su cara a la de él.
—¡Calma, chica, calma! Porque mi hija no puede soportar a su lado una mujer más bonita que ella. Si te presentases en mi casa, todas las miradas se irían tras de ti: serías la verdadera reina del baile…. Ya comprendes que eso no le haría maldita la gracia.
Amparo miró al duque fijamente para averiguar "si se estaba quedando con ella". La fisonomía de aquél permanecía inalterable.
—Bien; pues de todos modos quiero ir—dijo con mal humor y recelosa—.
Me traerás una invitación.
—¿Qué más quisiera yo, querida, que traerte una invitación? Si sabes de alguna persona a quien yo deseara más ver en el baile que a ti, dilo…. Pero mi mujer y mi hija me sacarían los ojos, ¿sabes?
—¿Y qué tengo yo que ver con tu mujer y tu hija?—preguntó la irascible malagueña—. Tú eres el amo. Yo quiero una invitación y la tendré. Quedamos, pues, en que mañana me la traerás….
—Dispensa, chiquita….
—¡Ah! ¿Conque no quieres? ¿Conque te niegas a darme ese gusto? Entonces, grandísimo gorrino, embustero, ¿por qué no hablas claro? Es decir que yo te estoy aguantando, viejo sucio, te estoy siendo fiel como si fueses el chico más guapo de Madrid, y cuando se trata de complacerme en una cosa insignificante te llamas andana. ¡Ay, que tío! La tonta es una en guardar consideraciones a quien no las merece. Y luego, ¿quién me va a rechazar? ¡La de Osorio! ¡Olé mi vida!… Siento mucho decírtelo, hijo, aunque bien debes saberlo. Clementina, en cuanto a conducta, vale tanto como yo … menos que yo, porque al fin y al cabo soy libre, y ella no…. Pero tú tienes menos vergüenza que ella…. ¡Qué se puede esperar de un hombre que se pone de rodillas delante de una p… y se deja abofetear por ella! Lo mismo que de todos esos pendones viejos que irán a tu baile y que nos pueden poner a nosotras escuela de porquerías.
La bella soltaba o mejor vomitaba estos y otros insultos acompañados de interjecciones de cochero, paseando furiosa por la estancia. De pronto se paró delante del duque y le gritó hecha una hiena:
—¡Sal de aquí, so gorrino! Sal de mi casa. Me escupo yo en tí y en tus millones.
Salabert soltó una carcajada.
—Amparito, nunca te he visto tan enfadada, ni tan guapa tampoco….
Aquí está la invitación—dijo sacando la cartera.
—Métela en …—exclamó la sultana con desprecio.
Fué preciso que el banquero se humillase a rogarle que la aceptara. Al cabo de muchas súplicas se dignó tomarla.
—Bien; déjala ahí y vete al pasillo por haberme puesto tan nerviosa.
Esto de mandarle al pasillo era un castigo que la Amparo había inventado últimamente. Cuando el duque la impacientaba o la aburría, echábale de la habitación y le tenía a veces horas enteras en la antesala o en el pasillo esperando como un perro. Ahora no tardó tanto en abrirle de nuevo. Estaba sonriente y serena y le abrazó cariñosamente.
—Oye, Tono, ¿estaría bien, disfrazada de María Estuardo?
—Estarías admirablemente. Creo que debes encargarte el traje en seguida.
Amparo sonrió maliciosamente
—Ya está encargado y ya está hecho. Mira.
Y abriendo el cuarto guardarropa le mostró un maniquí vestido de reina de Escocia.
Llegó al fin el día del baile. Los periódicos lo anunciaron por última vez haciendo resonar fuertemente el bombo y los platillos. El duque de Requena había gastado en los preparativos más de un millón de pesetas, según contaban los revisteros a sus lectores. Decían además ¡oh caso inaudito! que las flores habían venido casi todas de París. Y era cierto. El duque, nacido en Valencia, el más hermoso jardín de Europa, para su baile hacía traer las flores de Francia. Un capital de algunos miles de duros en flores. Las camelias rodaban por el suelo sirviendo de alfombra en la antesala y los corredores. Centenares de plantas, casi todas exóticas, adornaban aquélla, el vestíbulo y los dos salones de baile. Legiones de criados con calzón corto y vistosas casacas aguardaban apostados estratégicamente en todos los puntos necesarios. Una pareja de guardias de caballería permanecía al lado de la verja del jardín manteniendo el orden en los coches, ayudada de algunos agentes de orden público. El guardarropa, construído nuevamente, era una estancia lujosa donde todo estaba prevenido para que los magníficos abrigos, sereneros o salidas de baile, como ahora se nombran, no sufriesen el más mínimo desperfecto. La gran escalinata estaba iluminada con luz eléctrica: el vestíbulo y el comedor con gas: los salones de baile con bujías. En la sala de conversación y en la de juego había algunas lámparas de petróleo con enormes y artísticas pantallas. En éstas ardía además un fuego claro y brillante en las chimeneas.
Clementina recibía a los invitados en el primer salón, cerca de la antesala. Sustituía a su madrastra porque ésta, a causa de su debilidad, no podía mantenerse tanto tiempo en pie. La duquesa estaba en la sala de conversación rodeada de algunas amigas: allí recibía a los que iban a saludarla. El duque y Osorio, a la puerta de la antesala, ofrecían el brazo a las damas que iban llegando y las conducían hasta Clementina. El atavío de ésta realzaba, como había presumido bien, su espléndida belleza. Su gallarda figura parecía aún más fina y más esbelta con aquel traje ajustadísimo. Su linda cabeza rubia resaltaba sobre el terciopelo negro como una rosa blanca. El rey Felipe III hubiera trocado de buena gana su Margarita auténtica por ésta contrahecha. Un pormenor que comenzó a correr por los salones y que al día siguiente noticiaron los revisteros, era que había venido un peluquero de París en el sud-exprés exprofeso a peinarla.
La abigarrada muchedumbre comenzó a invadir los salones. Todas las épocas de la historia, todos los pueblos de la tierra mandaron su representación al baile de Requena. Moras, judías, chinas, damas godas, venecianas, griegas, romanas, de Luis XIV, del Imperio, etc., etc.; reinas, esclavas, ninfas, gitanas, amazonas, sibilas, chulas, vestales, paseaban amigablemente del brazo o formaban grupos charlando y riendo entre caballeros del siglo pasado, soldados de los tercios de Flandes, pajes y nigrománticos. La mayoría de los hombres, no obstante, había limitado el disfraz a la talma veneciana. La orquesta había tocado ya dos o tres valses y rigodones; pero nadie bailaba. Se esperaba la llegada de las personas reales para dar comienzo.
Raimundo se deslizaba por todos los salones con cierta seguridad de favorito. Hablaba con los conocidos, sonriendo a todo el mundo con su especial modestia, que le hacía más extraño que simpático en una sociedad donde los modales fríos y levemente desdeñosos son signo de elevación y grandeza. Vivía el joven entomólogo, desde hacía tiempo, en un delicioso aturdimiento, una especie de sueño de oro, como algunas veces suelen tenerlos las personas de condición más humilde. Su atavío de paje de los Reyes Católicos le sentaba muy bien. Más de una linda joven volvió la cabeza para contemplarle. De vez en cuando se acercaba al sitio donde Clementina se hallaba cumpliendo sus deberes, y sin dirigirle la palabra cambiaban algunas miradas y sonrisas amorosas. Una de las veces, al tiempo que lo hacían, se aproximó a la dama Pepe Castro, disfrazado de caballero de la corte de Carlos I.
—¿Qué es eso?—le dijo al oído—. ¿No te has cansado aún de tu bambino?
Cuando se encontraban solos. Pepe se autorizaba el tutearla y Clementina lo admitía.
—Yo no me canso de lo bueno—repuso ella sonriendo.
—Muchas gracias—replicó él irónicamente.
—No hay de qué. ¿Por qué me buscas la lengua?
—Porque me gusta. Ya lo sabes.
La dama alzó los hombros, hizo un mohín de desdén, y pugnando por no reir se dirigió a la condesa de Cotorraso que en aquel instante pasaba cerca.
Raimundo los había contemplado mientras hablaron. El tono confidencial en que lo hicieron le hirió. Permaneció un instante inmóvil. Por delante de él pasó, sin que lo advirtiera, la niña de Calderón, que acudía por vez primera a un baile. Traía un lindísimo traje de joven veneciana color carmesí, y escote bajo. Su madre otro riquísimo de dama holandesa; saya de color noguerado recamada de oro y plata, voluminosa gorguera con puntas de encaje y doble collar de diamantes y perlas. ¡Cuánta hiel habían hecho tragar aquellos vestidos al bueno de Calderón! Al principio, cuando se habló del baile de trajes, pensó que con cualquier disfraz de mala muerte cumpliría y no tuvo inconveniente en otorgar su permiso. Cuando vió los trajes y la cuenta de la modista, quedó estuperfacto: estuvo por gritar ¡ladrones! Maldijo de su colega Salabert, de la hora en que se le había ocurrido dar aquel baile y de todas las damas venecianas y holandesas que habían existido. Lo que más hondamente trabajaba su espíritu abatido era la consideración de que aquellos trajes costosos no servirían más que para una noche. Cuatro mil pesetas tiradas a la calle, como él dijo más de cien veces aquellos días.
Esperancita dirigió una mirada a Alcázar buscando su saludo; pero viéndole distraído volvió los ojos al grupo de Clementina y se hizo cargo inmediatamente de lo que ocurría. También por su frente pasó una nube de tristeza como por la de Raimundo. Mas, repentinamente, se iluminó; sus ojos brillaron; todo su rostro, que era asaz insignificante, se transfiguró adquiriendo cierto encanto indefinible. Era que Pepe Castro se acercaba a saludarla.
—¡Preciosa, preciosa!—dijo el adonis en tono distraído, inclinándose con afectación.
La niña se puso fuertemente colorada.
—¿Quiere usted bailar el primer vals conmigo?
Justamente en aquel instante se acercó a ellos un grupo de pollastres de los que revoloteaban en torno de los millones de Calderón, felicitando calurosamente a la niña. Entre ellos estaba Cobo Ramírez. Todos se apresuraron a pedirle bailes, apuntando en el primoroso librito de Esperanza la inicial de su preclaro nombre. Ramoncito Maldonado, que se hallaba a unas cuantas varas de distancia, no se acercó al grupo, fiel a la consigna de no prodigarse, de hacerse desear, que hacía más de un año le había dado su amigo y mentor Pepe Castro. Hasta entonces de poco o nada le había servido aquella táctica. Esperancita permanecía insensible a sus asiduos y rendidos obsequios. Pero no lo atribuía él a deficiencia del método, sino a su falta de valor para seguirlo rigurosamente sin desmayos ni contemplaciones. En cuanto la niña le ponía los ojos dulces, le dirigía alguna palabra afectuosa, ¡adiós, plan estratégico! Ahora echaba miradas torvas al grupo contestando distraídamente al conde de Cotorraso, que desde hacía algún tiempo le mostraba una terrorífica predilección cogiéndole de la solapa dondequiera que le hallaba para explicarle su nuevo método de destilación del aceite. Con su lujosa casaca y peluca blanca de caballero del siglo pasado, el joven concejal no había ganado en dignidad. Parecía un lacayo.
Hubo gran agitación, de pronto, en los salones. Llegaban las personas reales. La muchedumbre se agolpó en las inmediaciones de la puerta. El duque, la duquesa, Clementina y Osorio bajaron la escalinata del jardín para recibirlas. La orquesta tocó la Marcha Real. Los soberanos pasaron lentamente, sonriendo, por entre las apretadas filas de los invitados, deteniéndose cuando veían alguna persona de su conocimiento para dirigirle una palabra afectuosa. Esta se inclinaba profundamente y les besaba la mano con emoción, que se traslucía en la cara. Particularmente las señoras se humillaban con un deleite que no eran poderosas a disimular, con un sentimiento de ternura y adoración que las ponía rojas. Organizóse poco después el rigodón de honor. Clementina abandonó su puesto para tomar parte en él. El monarca bailó con la duquesa, que hizo un esfuerzo por contentar a su marido. Una triple fila de curiosos formaban círculo viéndoles bailar.
Salabert triunfaba. El granuja del mercadal de Valencia traía los reyes a su casa. Sus ojos saltones, mortecinos, de hombre vicioso, brillaban con el fuego del triunfo. La explosión de la vanidad hacía volar en pedazos las inquietudes sórdidas que aquel baile le había causado, la lucha a muerte que había sostenido con su avaricia. Mañana tal vez estos pedazos se volverían a juntar para darle tormento. Pero ahora, ebrio de orgullo, aspiraba a grandes bocanadas el aire de grandeza y de fuerza que sus millones le daban. Tenía las mejillas encendidas, congestionadas por la vanidad satisfecha.
—Mirad qué cara resplandeciente tiene Salabert en este momento—decía
Rafael Alcántara a León Guzmán y a otros íntimos que formaban grupo—.
¡Qué felicidad respira por todos los poros! Gran ocasión para pedirle
diez mil duros prestados….
—¿Los daría?—preguntó uno.
—Sí, al siete por ciento con buena hipoteca—replicó el perdis—. Mirad, mirad, ahí viene Lola Madariaga…, la mujer más graciosa y más remonísima que ha pisado el salón hasta ahora—añadió elevando un poco la voz para que lo oyese la interesada.
Lola le envió una sonrisa de gratitud. Su marido, el mejicano de las vacas, que también oyó el piropo, saludó al grupo con afabilidad. Aquélla estaba realmente muy linda disfrazada de dama de Luis XIV; vestido rojo recamado de oro, y manto amarillo, también bordado; el cabello empolvado, y al cuello una cinta de terciopelo negro con brincos de plata.
Terminado el rigodón de honor, los jóvenes comenzaron a bailar. Pepe Castro vino a recoger a Esperancita, que paseaba con su íntima la última de Alcudia. Ambas asistían por vez primera a un baile de importancia. Estaban alegrísimas contemplando con viva emoción el mundo bajo su aspecto más risueño, gorjeándose discretamente al oído sus dulces y recónditas impresiones. Paseó un instante con ellas, hasta que un pollo vino a invitar a Paz, y ambas parejas se lanzaron a la vez en la corriente del baile. El mundo desapareció para Esperancita. Un delicioso y vago sentimiento de dicha y libertad, como el que tendría un pájaro al volar si estuviese dotado de alma, penetró en su corazón y lo inundó de alegría. Era también la primera vez que Pepe Castro le apretaba la cintura. Sentíase arrebatada por él en medio del torbellino de parejas y se creía sola. ¡Ella y él!, y la música acariciando los oídos y el corazón, interpretando dulcemente las inefables impresiones que palpitaban en el fondo de su alma. Al descansar unos instantes, su rostro expresaba de tal modo intenso este divino sentimiento del primer amor, que su tía Clementina, al cruzar del brazo del presidente del Congreso, no pudo menos de sonreír dirigiéndole una mirada mitad cariñosa, mitad burlona que la hizo enrojecer. Pepe Castro se esforzaba por sacarle las palabras del cuerpo. Aquella noche, el exceso de la emoción la tenía semimuda. La dicha que embargaba su alma se traducía, como casi siempre acontece, en un sentimiento de benevolencia hacia todo el mundo. El baile le parecía encantador. Todos los hombres eran chistosos. Todas las mujeres estaban admirablemente vestidas. Hasta Ramoncito, que acertó a pasar por delante, pudo recibir algunas gotas de este rocío bienhechor.
—¿No baila usted, Ramón?—le preguntó con una sonrisa tan amable, que el ilustre concejal se sintió desfallecer de felicidad.
—Me ha entretenido el conde de Cotorraso hasta ahora.
—Pues a buscar pareja…. Mire usted: allí está Rosa Pallarés que no baila.
El futuro estadista se apresuró a invitarla, pensando con su penetración característica que Esperancita le daba esa pareja porque era bastante fea. Mecido en este grato y dulcísimo pensamiento pasó un rato feliz bailando con la hija del general Pallarés, "uno de nuestros más bellos bacalaos", al decir de Cobo Ramírez. Creía estar cumpliendo con un mandato de su adorada, dándole un testimonio irrecusable de que sus celos, si los sentía, eran infundados.
Cuando terminó el vals, vino, como un caballero de la Edad Media que sale del torneo, a recibir el galardón de las manos de su dama. Pero como no hay dicha completa en este mundo, al mismo tiempo que él se acercó a la niña Cobo Ramírez. Ambos se sentaron a su lado y la atosigaron a requiebros y atenciones. El uno le pedía el abanico, el otro el pañuelo. Los dos procuraban atraer su atención sacando conversaciones divertidas, lisonjeando su orgullo por todos los medios que podían. En honor de la verdad hay que confesar que, aunque Ramoncito era mucho más profundo y político, la conversación de Cobo era más amena. Sin embargo, por uno de esos caprichos inexplicables de las jóvenes, Esperancita mostrábase más afectuosa y deferente con Maldonado, contra su costumbre. Y los tres ofrecían un espectáculo curioso y divertido.
Los criados circulaban con bandejas llenas de sorbetes, jarabes, confites y frutas heladas. Ramón llamó a uno para ofrecer a Esperanza ciertas yemas a las cuales sabía que era aficionada. Al mismo tiempo invitó con empeño a su antagonista a que tomase un helado. Cobo lo rehusó. Le apremió con tal afán, que el conde de Agreda, Alcántara y otros varios que estaban cerca lo notaron.
—Mirad a Ramón qué empeño tiene en que Cobo tome un helado—dijo uno.
—¡Claro! Le ve sudando y quiere matarlo. Es lógico—repuso León.
Pepe Castro, cuando vió acercarse a Cobo y Ramoncito, se había retirado discretamente. En el camino tropezó con Clementina, que parecía multiplicarse. Acudía a todos los sitios donde hacía falta, volviendo a cada instante junto a los soberanos, que se habían retirado con la duquesa, el duque y las personas de su servidumbre a una sala donde nadie osó entrar.
—Ya te he visto bailando con mi sobrinita—le dijo—. ¿Por qué no le haces el amor?
—¿Para qué?
—Para casarte.
—¡Horror! Pero chica, ¿qué te he hecho yo para que me aborrezcas tanto?
—Vamos, ven aquí. Has de ser formal—dijo ella poniéndose grave, adoptando un aire maternal—. Esperanza no es hermosa, pero tampoco desagradable. Tiene la frescura de la juventud y está enamorada de ti … me consta….
—Sí; lo mismo que tú—manifestó el gallardo salvaje, sonriendo con un poco de amargura.
Ella lo advirtió y quiso dejarle satisfecho.
—Lo mismo que yo … si te hubiese conocido a los diez y seis años. Te digo que te quiere, y mucho. Nosotras las mujeres cogemos al vuelo estas cosas. Cásate, no seas tonto…. Calderón es muy rico….
Cuando Pepe quiso contestar, la dama ya se había alejado con pie rápido. Quedó unos instantes inmóvil y pensativo. Luego, a paso lento, balanceándose, comenzó a dar la vuelta a los salones, deteniéndose ante las mujeres hermosas, examinándolas con mirada impertinente, como un bajá en el mercado de esclavas.
Lola Madariaga se había apoderado de Raimundo. Le tenía a su lado allá en un ángulo de la gran sala de conversación, y desplegaba uno tras otro, con arte infinito, todos los recursos de su coquetería para conquistarle. Esta era la manía de la graciosa morena. No podía cualquiera de sus amigas tener un galán sin que al momento no se le antojase arrancárselo. Importaba poco que fuese guapo o feo, airoso o encogido. Para ella, lo interesante era satisfacer la violenta necesidad que siempre había sentido de ser idolatrada, de triunfar de todas las demás. Tenía unos ojos de mirar suave, inocente, que engañaban. Nadie creyera que detrás de aquella mirada se ocultaba una voluntad tan firme y tan astuta. Alcázar la encontraba linda y su conversación placentera; pero influía mucho en esta simpatía la consideración de ser amiga íntima de Clementina y la de versar la plática casi siempre acerca de ésta. No pudiendo bailar con su adorada ni hablar a solas, tanto por prudencia como por las muchas obligaciones que aquella noche pesaban sobre ella, se consolaba oyendo a Lola relatar pormenores referentes a su amiga. Todo le interesaba al mancebo; el vestido que había llevado al baile de la embajada francesa; los menudos accidentes que le habían ocurrido en la cacería de Cotorraso; las escenas que había tenido con su marido, etc. La linda morena seguía el plan de atraer primero su atención, captarse su simpatía a fin de ponerle blando.
Clementina llegó a la sala cuando más enfrascados estaban en la charla. Quedóse un instante a la puerta mirándoles sorprendida e irritada. Hacía tiempo que Lola cayera de su gracia. Aunque Pepe Castro ya no le interesaba, cuando su amiguita trató de birlárselo, se produjo cierto enfriamiento en sus relaciones. Luego observó que Lola miraba a Raimundo con buenos ojos y bromeaba con él en cuanto se le presentaba ocasión. Esto despertó en su pecho un odio, que le costaba trabajo disimular.
Les clavó una mirada intensa y colérica: avanzó hasta el medio de la estancia y dijo con voz un poco alterada: