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La Espuma / Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7. cover

La Espuma / Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Chapter 13: XII
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About This Book

Una mujer elegante de rasgos severos recorre la ciudad despertando admiración y miradas, mientras mantiene un aire altivo que provoca tanto elogios como desprecio. Un joven mucho más joven la sigue con apasionada atención, generando en ella impaciencia y rechazo. La narración combina escenas de paseo, viajes en tranvía y reuniones sociales para mostrar clases de comportamiento, pequeñas humillaciones y silencios dolorosos; personajes variados experimentan inquietud, orgullo y resignación en ambientes urbanos y domésticos, explorando tensiones entre deseo, vanidad y las convenciones sociales.

—Alcázar, le necesitamos para bailar. ¿Está usted muy cansado?

—¡Oh, no!—se apresuró a decir el joven levantándose—. ¿Con quién quiere usted que baile?

No respondió. Lola le había enviado una sonrisita sarcástica que acabó de exasperarla. Se dirigió a la puerta.

—Siento mucho haberle molestado a usted—le dijo fríamente cuando estuvieron lejos.

Raimundo la miró sorprendido. Cuando nadie los oía acostumbraba a tutearle.

—¿Molestia? Ninguna.

—Sí; porque, al parecer, estaba usted muy a gusto al lado de esa señora….

Y no pudiendo refrenar sus ímpetus más tiempo, le dijo sordamente:

—Ven conmigo.

Le llevó al comedor donde las mesas estaban ya esperando a los invitados. Allí, en el hueco de un balcón, desahogó su ira. Le llenó de insultos y dió por definitivamente rotas sus relaciones. Llegó a sacudirle violentamente por el brazo. Alcázar quedó tan estupefacto, tan aterrado, que no supo contestar. Esto le salvó. Al ver su rostro descompuesto donde se pintaban el dolor y la sorpresa, Clementina no pudo menos de comprender que la ira la engañaba. En Raimundo no había existido intención de coquetear. Sosegándose un poco, admitió las disculpas que aquél le dió al fin.

—Si precisamente, para hablar de ti es para lo que yo me acerco a ella.

—¡Ah! ¿Para hablar de mí?… Pues mira, de aquí en adelante no hables de mí. Basta con que me quieras.

Los criados, que por allí andaban, los miraban con el rabillo del ojo y se hacían guiños maliciosos. Al salir tropezaron con Pepa Frías. La frescachona viuda estaba muy bien ataviada: había oído infinitos requiebros. Vestía de princesa extranjera del tiempo de Carlos III, de lama plata con recamos de oro, y manto de terciopelo azul. Un escote cuadrado dejaba ver con harta claridad lo que Pepa debía de considerar mas interesante en su persona, a juzgar por la predilección con que lo mostraba.

—¡Chica, tengo un hambre de lobo!—entró diciendo—. ¿Cuándo acabáis de abrir el buffet? ¡Ah! ¿Conque os vais por los rincones? ¡Prudencia, Clementina, prudencia!… Hija, yo no puedo aguardar más: dame algo de comer, o me caigo.

Clementina la llevó riendo a un rincón y le hizo servir algunas viandas. Alcázar se volvió a los salones muy alegre, pero tembloroso aún por la violenta emoción que su querida le había hecho experimentar. Nunca la había visto tan furiosa.

La amistad de ella con Pepa se había remachado desde la escena que hemos descrito más atrás. La viuda se había persuadido de que la salvación de su fortuna se fundaba en este cariño y procuraba fomentarlo. Gracias a él había rescatado ya, poco a poco, una gran parte de ella. El resto no le apuraba. Sabía que Da. Carmen tenía hecho testamento a favor de su hijastra, y aunque esta señora había mejorado un poco, era segura su muerte en plazo breve. Los médicos habían descubierto en ella un tumor. No se atrevían a operarla a causa de su extremada debilidad.

A Clementina le hacía muchísima gracia el desenfado, mejor aún, el cinismo de Pepa. Ambas se entendían admirablemente. Ambas eran chulapas, dos manolas nacidas demasiado tarde y en condición social poco acomodada a su naturaleza. Por supuesto, Pepa lo era mucho más legítima que Clementina, quien no lo llevaba en la masa de la sangre: veníale de afición.

—Mira, Clemen, que te estás desacreditando—le decía aquélla, mientras engullía vorazmente un pedazo de pavo en galantina—. Deja ese niño que no vale un perro chico…. Para capricho ya ha sido bastante.

—¿Qué sabes tú lo que vale?—replicaba riendo Clementina.

—Por las trazas, hija…. Parece hecho en la Dulce Alianza. Lleva más de un año en relaciones contigo, y todavía se pone colorado como un pavo cuando le miras.

—Pues eso es precisamente lo que a mí me gusta.

Pepa alzó los hombros con indiferencia.

—¿De veras? Para mí sería una calamidad, hija.

—Y Arbós, ¿qué tal se porta?

—Ese es un tonto de capirote, ¿sabes?—dijo con la boca llena—; pero al menos tiene fachada. En diciéndole que es un gran hombre se tira de cabeza al agua por ti…. Tú no sabes…. Me ha colocado en el Ministerio más de dos docenas de parientes…. Luego da gusto tener cierta influencia en la política y que los diputados la mimen a una. Ayer, precisamente, tuve la visita de Mauricio Sala, que quiere a todo trance ser subsecretario. Al parecer, está seguro de que, siéndolo, Urreta le dará su hija.

—Yo detesto la política…. ¿Sabes que Irenita está monísima con su traje de cazadora?…

—¡Ps! vistosilla….

—No, no, monísima. ¿Dónde anda su marido, que no le he visto más que al entrar?

—¿Su marido? ¡Valiente tuno está su marido!—exclamó levantando furiosa la cabeza—. ¡Ay qué disgustos, querida, qué disgustos tan grandes tengo sobre mí—añadió con la boca llena.

—¿María Huerta?—preguntó Clementina en tono confidencial.

—La misma—dijo entre dientes la viuda, mirando fijamente al pavo. Luego encrespándose de pronto:—Es un bribón ¿sabes? un sinvergüenza, que no sabe siquiera guardar el decoro de su mujer. La mayor parte de los días la espera a la salida de San Pascual y la acompaña a pie hasta su casa. En el teatro no le quita los gemelos de encima. ¡Una porquería! Aunque sea un mal marido, que tenga dignidad. Y la pánfila de mi hija, loca, perdida por él. ¡Has visto qué imbécil! No hace más que llorar y pedirle celos…. ¡Qué más quiere ese monigotillo que verla humillada!… Si yo estuviera en su caso ¡ya le diría!… Le ponía en seguidita un armatoste en la cabeza que no cabía por esa puerta.

La exaltación de su espíritu no le impedía engullir lindamente.

—Dios te lo pague, hija—concluyó por decir levantándose—. A ver si este corazón se está quieto un rato.

Pepa pretendía padecer de cierto mal de corazón que sólo se le calmaba comiendo.

Pocos minutos después de salir ambas amigas del comedor, Clementina dió las órdenes oportunas y el buffet se abrió solemnemente. Las personas reales entraron primero acompañadas de su servidumbre y de los amos de la casa. Salabert había echado el resto en la cena. El gran comedor de techo artesonado parecía un ascua de oro. Las flores de vívidos colores, las frutas exóticas, la vajilla de plata, la cristalería, bajo las poderosas lámparas de gas titilaban como el cielo estrellado, producían un fuerte deslumbramiento. Los criados con casaca y peluca blanca, aguardaban inmóviles, pegados a la pared, tiesos y solemnes. En las dos cabeceras del salón ardían enormes troncos de encina dentro de sendas chimenas con retablos de roble tallado, cuyos adornos casi llegaban al techo. Todos los manjares que estaban sobre la mesa habían venido de París acompañados de una comitiva de criados y marmitones. Se exceptuaba el pescado, que procedía del Cantábrico, y un pudding llegado por la tarde de Londres. Eran fiambres en su mayoría. No obstante, había consommé caliente para el que lo pedía.

Las personas reales estuvieron muy cortos momentos en el comedor. Así que salieron precipitóse en él la ola de la muchedumbre con harto poca ceremonia. Los salones quedaron silenciosos en poder de los criados, que con la regularidad y precisión de soldados cambiaron las bujías próximas a extinguirse por otras nuevas, mientras el comedor resonaba con el campanilleo de los platos y las copas, la charla y las carcajadas de los convidados.

Cobo Ramírez abandonó por un rato a Esperancita dejándola en poder de su rival, para sentarse en un rincón delante de una mesita volante y devorar algunos trozos de boeuf d'Hambourg y jamón. Naturalmente, Ramoncito aprovechó este desahogo para poner de manifiesto el contraste entre su parquedad poética y la glotonería prosaica de Cobo; hasta que Esperancita le paró los pies diciendo con mal humor a su amiguita Paz, que estaba del otro lado:

—Pues a mí me gustan los hombres que comen mucho.

—A mí también—repuso Pacita—. Al menos indica que no tienen enfermo el estómago.

—Yo no lo tengo tampoco—se apresuró a decir el concejal, sofocado y molesto por la actitud hostil en que las dos amiguitas se habían colocado.

Paz se contentó con sonreír desdeñosamente.

El general Patiño, fatigado de enviar mortíferos proyectiles a la esposa de Calderón sin que la plaza se diese siquiera por enterada, había levantado el cerco para sitiar a la marquesa de Ujo, que a las primeras granadas había capitulado abriendo las puertas al enemigo. Sin embargo, el general, como estratégico consumado, no perdía de vista a Mariana, esperando cualquier incidente favorable para caer de nuevo sobre ella. Se decía en los periódicos que iba a ser nombrado ministro de la Guerra. Este cargo, sin duda, le daría más prestigio y autoridad para entrar a rebato en cualquier parte. La marquesa de Ujo vestía de turca y le sentaba tan bien, que, según Alcántara, apetecía soltarle un tiro. Su languidez era tanta aquella noche, que apenas tenía fuerzas para articular las palabras. A cada paso el ilustre general se veía en la necesidad de ayudarla en tan ímproba tarea. Mientras roía con sus dientes desvencijados algunas pastas, pues no admitía otra cosa su estómago, también un poquito averiado, disertaba, mejor dicho, exhalaba una serie de exclamaciones acerca de cierta novela recién publicada en Francia.

—¡Qué escena!… ¡Ah! ¡pero qué cosa tan linda!… Cuando ella le dice: "Entrad en el cuarto si queréis: podréis manchar mi cuerpo, pero no mi alma…." ¡Ah! ¡Y cuando va al lugar del duelo y recibe la bala que iba dirigida a su marido!… ¡Qué cosa más linda!…

Pepe Castro caracoleaba (perdón por el símil) en torno de Lola Madariaga. Esta le contaba con risa maligna lo acaecido hacía un rato, cuando Clementina se presentó de improviso donde ella estaba con Alcázar. Hablaba como si le hubiese arrancado el galán a su amiga, con acento protector y desdeñoso que hubiera hecho dar un salto a la orgullosa hija de Salabert si por ventura la hubiese oído.

—¡Pobre Clemen! Se está haciendo vieja, ¿verdad? ¡Qué figura tiene todavía! Claro que es a fuerza de apretarse, y esto tarde o temprano le va a hacer daño; pero de todos modos…. La cara no corresponde a la figura, ¿no cree usted? Sobre todo ahora que se le está empañando el cutis de un modo horroroso. Siempre ha tenido la fisonomía muy dura.

Y al mismo tiempo sus ojos claros y suaves miraban a Castro con tal dulzura, que realmente era para empacharse. Le habían dicho siempre (y era cierto) que tenía el semblante muy dulce. Para dar más realce a esta cualidad ponía cara de idiota.

Castro asentía a todo, tanto por lisonjearla como por la mala voluntad que tenía a Clementina. No sentía interés por Lola, pero a raíz de su ruptura con aquélla se había consolado un poco festejándola: aunque en ello había tenido no poca parte el deseo de no aparecer derrotado a los ojos del mundo.

—¿Y usted cree que está enamorada realmente de ese niño que parece una colegiala del Sagrado Corazón?

—¡Vaya usted a saber! Clementina presume mucho de original. Esta última aventura la acredita de ello…. Mire usted qué miraditas tiernas le está echando el bebé desde lejos.

Raimundo, en pie, allá en el extremo de una de las mesas, no quitaba ojo a su amada, que iba y venía de un sitio a otro previniendo los deseos de aquellos invitados a quienes más deseaba complacer. De vez en cuando le enviaba una imperceptible sonrisa de inteligencia que transportaba al joven al séptimo cielo.

Pepa Frías, si no comía porque estaba ahita, pellizcaba en las frutas y confites, teniendo detrás de su silla a Calderón, Pinedo, Fuentes y otros tres o cuatro caballeros maleantes que gozaban en tirarle de la lengua. No se la mordía, en verdad, la fresca viuda. Se defendía admirablemente de todos ellos parando y contestando los golpes con maestría.

—¿Dónde dice usted que tiene gota, Pepa?

—En los pies, Pinedo, en los pies … donde tiene usted el talento.

—Aunque usted me insulte, quisiera que me traspasase esa gota … ¡por tener siquiera una gota de usted!

—¡Pocas gracias! Sería una gota de esencia aromática—dijo un consejero de Estado harto dulzón.

—¿Y usted qué sabe, hombre, si no ha metido la nariz más que en el coro de ambos sexos?

El consejero se puso colorado. Todos rieron de la alusión.

—¡Pero qué cruel es usted, Pepa!—exclamó Fuentes riendo todavía—. Los que aquí estamos no sabemos nada … (digo, señores, yo hablo por mí), del olor, del color, ni del sabor de usted; pero no nos quitará el derecho de figurarnos que es usted una cosa apetitosa y tierna.

—¿Tierna?… Está usted en un error lamentable.

—Yo lo digo por lo que veo …—dijo acercando el rostro al exuberante seno de la viuda …—Y a propósito: ¿qué lleva usted en ese alfiler? ¿es un retrato de familia?

El alfiler representaba un mono.

—No. Fuentes—replicó furiosa—, es un espejo.

De todo el grupo salió una carcajada espontánea que hizo volver la cabeza a los que estaban cerca.

Fuentes quedó acortado un instante; pero como hombre de ingenio que era supo reponerse.

—Yo seré mono, Pepa, pero usted es monísima.

—¡Bravo, Fuentes, bravo!—exclamó Calderón, a quien, como hombre exclusivamente de debe y haber, causaba asombro cualquier frase oportuna.

El tiroteo siguió aun después de haber salido la mayor parte de la gente a los salones. El grupo se había reforzado con algunos pollastres. Esta fué la razón de que Pepa se levantase bruscamente al cabo, diciendo:

—Me voy. Por mi causa están ustedes escandalizando a estos seres tiernos y candorosos.

Los pollos protestaron con algazara.

Poco después de poblarse nuevamente los salones de baile se retiraron las personas reales. Hubo para despedirlas el mismo ceremonial, esto es, las filas apretadas a la puerta de la antesala, la Marcha Real por la orquesta y la despedida de los dueños hasta la escalinata.

Clementina respiró con libertad. A paso lento, gozando el placer del que ha terminado una tarea difícil, atravesó los salones dirigiendo sus ojos risueños a todas partes, dejando fluir de sus labios palabritas amables a los amigos con quien tropezaba. Aquel baile espléndido, quizá el más suntuoso que hubiese dado jamás un particular en España, era obra suya casi exclusivamente. Su padre había suministrado el dinero: pero ella la actividad, el gusto, el artificio. Escuchaba las enhorabuenas que todos al paso la murmuraban, mecida en una embriagadora satisfacción del amor propio. La felicidad le hizo pensar en el amor, su complemento indispensable. Acometióle un deseo penetrante de cambiar con Raimundo, a solas, algunas tiernas palabras de cariño, algunas caricias fugitivas. Y buscóle con los ojos entre la muchedumbre.

Raimundo había vagado toda la noche por los salones casi siempre solo. Había esperado el baile con deseo pueril, prometiéndose vivos e ignorados placeres. Jamás había asistido a una de estas fiestas brillantes de la sociedad aristocrática. La realidad no correspondió a su esperanza, como siempre acontece. Toda aquella vana ostentación, el lujo escandaloso desplegado ante su vista, en vez de acariciar su orgullo lo hirió cruelmente. Nunca se sintió tan forastero en aquel mundo que hacía tiempo frecuentaba. Sus pensamientos, encaminados hacia la melancolía, representáronle su pobre hogar, donde por su culpa iba a faltar muy pronto lo necesario, la modestia de su santa madre, que no vacilaba en desempeñar las tareas más humildes de la casa, y la de su inocente hermana, que con ella había aprendido a ser económica y trabajadora. Un remordimiento feroz le mordió el corazón. Observaba, además, que en los jóvenes salvajes que le rodeaban existía contra él cierta hostilidad latente. Tenía a muchos por amigos, le recibían agradablemente, jugaba con ellos, les acompañaba en algunas excursiones de placer: pero había llegado a comprender que para ellos no tenía otra personalidad que la que le daba el ser amante de Clementina. En casi todos los que trataba, percibía, o su exagerada susceptibilidad le hacía percibir, un dejo desdeñoso que le humillaba horriblemente. El amor frenético que profesaba a Clementina le compensaba bien de esta tortura y hasta se la hacía olvidar muchas veces. Pero aquella noche su dueño adorado, aunque no le olvidase, andaba lejos. Y le pasaba lo que a los místicos cuando Dios no les tiende la mano: acometíale una gran sequedad, un tedio abrumador. Bailó por compromiso dos o tres veces; conversó un poco. Harto al fin de dar vueltas se retiró al más oscuro rincón de una de las salas, y sentándose en un diván quedó sumido en tristeza profunda.

Clementina le buscó en vano durante algunos minutos, hasta impacientarse. Cuando entró en la sala de juego le vió al fin venir hacia ella con la faz radiante. Toda su tristeza se había disipado al verla y al observar que le buscaba.

—Si quieres que hablemos un momentito, vente al despacho de papá. Saliendo al corredor lo hallarás a mano derecha—le dijo rápidamente y con acento cariñoso.

Y se fué. Raimundo, por disimular, se acercó a una de las mesas de juego: estuvo algunos instantes mirando.

Clementina se deslizó disimuladamente por los salones, salió al corredor y se dirigió al despacho del duque, una pieza regia que sólo tenía de respeto, pues siempre trabajaba arriba. Estaba profusamente iluminada, como todas las estancias del piso principal. Al poner el pie en él creyó percibir un sollozo ahogado, que la llenó de sorpresa y temor. Derramó la vista por todo el ámbito y percibió, allá en el fondo, a una señora tumbada en el sofá, ocultando el rostro con el pañuelo, en actitud de llorar. Acercóse, y por el traje la conoció en seguida. Era Irenita.

—¡Irenita! Hija mía, ¿qué tienes?—exclamó inclinándose sobre ella con solicitud.

—Ay, perdón, Clementina…. Me he metido aquí sin saber lo que hacía…. ¡Soy tan desgraciada!

Y las lágrimas brotaron con abundancia de sus ojos.

—Pero, ¿qué te ha pasado, criatura?

—¡Nada, nada!—replicó la niña sollozando.

Hubo unos segundos de silencio. Clementina la contemplaba con lástima.

—Vamos—dijo acercando la boca a su oído—. Emilio te ha dado algún disgusto esta noche.

Irenita no contestó.

—No te aflijas, tonta. Con eso no adelantas nada. Procura, aunque sea haciendo un gran esfuerzo, aparecer indiferente. Ese es el medio mejor de que no te desprecie…. Digo … el medio mejor es otro … pero no te lo aconsejo, porque no está bien aconsejar ciertas cosas…. Si estás enamorada de él no des tu brazo a torcer, por Dios…. Que no sepa estas penas tuyas, porque eres perdida…. Déjale que satisfaga su capricho, que él volverá a ti.

Irenita levantó su rostro bañado de lágrimas.

—¿Pero ha visto usted lo que ha hecho hoy? ¡Es horrible!

En aquel momento Clementina oyó pasos en el corredor. Sospechando de quién eran fué rápidamente a la puerta, diciendo:

—Espera un poco: déjame cerrar.

Fué bien a tiempo. En aquel instante llegaba Raimundo. La dama puso el dedo en los labios haciéndole seña de que se alejase. Irenita no advirtió nada. Cuando Clementina volvió a su lado le dió cuenta, entre lágrimas y suspiros, de los agravios que su marido le había inferido aquella noche. En primer lugar, Emilio se vistió de húngaro para venir al baile. Irene había observado en cuanto entró, que María Huerta vestía también de húngara. Debían de estar convenidos, lo cual era una afrenta, que más de una persona había notado. Luego bailaron un vals y un rigodón. Mientras duró éste, Emilio no había cesado de hablarle al oído. Toda la noche la había estado sirviendo lo mismo que un criado, presentándole él mismo las fuentes de confites y frutas heladas. Una vez, al darle una de éstas, le había apretado los dedos; bien lo había visto. ¡Esto era una indecencia! Irenita quería suicidarse. Prefería morir mil veces a padecer semejantes tormentos. Clementina la consoló como pudo. Emilio la quería muchísimo: le constaba. Sólo que los hombres tienen a lo mejor estos sofocos, lo que llaman los toreros, extraños. Como el corazón no está interesado, dejándoles sueltos un momento se hastían y vuelven a lo que verdaderamente aman.

Para arreglarse un poco y lavar los ojos no quiso llevarla al tocador del baile: subióla al de la duquesa. Al cabo de unos minutos bajaron ambas. Irenita prometió no dar a conocer su pena. En cuanto Clementina enteró a Pepa de lo que había pasado, se sulfuró de tal modo que tuvo necesidad de contenerla para que no fuese a arañar a su yerno.

—Bien, si no le araño ahora, le arañaré después—dijo alzando los hombros con indiferencia. Tan resuelta estaba a ello—. Suceda lo que suceda, yo no puedo consentir que ese tití mate a mi hija, ¿sabes?… Y en cuanto a esa pendona desorejada, no he de parar hasta que la escupa en la cara … y al cabronazo de su marido, lo mismo…. ¡Pues estamos aviados!

—¿No será mejor que procures desembarazarte de ellos? Huerta está en el
Ministerio. Mira a ver si le mandas de gobernador a cualquier parte….

—¡Pues es verdad! Ahora mismo voy a hablar a Arbós…. ¡Pero lo que es a mi señor yerno no le perdono!… Esta noche me las ha de pagar, o no me llamo Pepa.

El duque, rodeado siempre de un grupo de fieles, se dejaba atufar a golpes de incensario, soltando a largos intervalos algún gruñido espiritual que los electrizaba, les hacía prorrumpir en exclamaciones de alegría. Las señoras eran las que más se distinguían por su entusiasmo. El genio especulador de Salabert les infundía vértigos de asombro, como si se pusiesen a calcular cuántos vestidos podrían comprarse con sus millones. Y él, tan flexible generalmente, que había llegado al puesto que ocupaba, según propia confesión, a fuerza de puntapiés en el trasero, al hallarse entre sus adoradores los maltrataba sin piedad. Sus chistes brutales, lo mismo caían sobre los hombres que sobre las señoras. Gozaba en la ostentación bárbara de su fuerza. Si aquellos sus devotos admiradores se dejaban humillar tan pacientemente no dándoles nada, ¿qué no sucedería si repartiese entre ellos sus millones, si el becerro de oro comenzase a vomitar monedas?

En la sala de juego, adonde se fué después de haber despedido a los soberanos, le tenían materialmente bloqueado una porción de especuladores de segunda y tercera fila.

—¿Cómo van las acciones de Riosa, duque?—se atrevió a preguntarle uno.

—No me hable usted de eso—gruñó el prócer poniendo los ojos torvos.

El plan de Llera se estaba desenvolviendo puntualmente: esto es, el duque, después de haber tomado un número crecido de acciones, se ocupaba en producir el pánico entre los accionistas. Hacía ya algunos meses que por medio de agentes secretos compraba acciones para venderlas al instante con pérdida. Gracias a estas operaciones, el papel había bajado considerablemente. Ahora preparaba el golpe definitivo, comprando mayor cantidad para lanzarlo repentinamente al mercado, aprovechar la baja que esto produciría y adquirir la mitad más una de las acciones.

—No todos los negocios han de salir bien—replicó el otro sonriendo con mal disimulada satisfacción—. Usted ha sido siempre afortunado….

—No es a la fortuna a quien debe sus éxitos el duque. A su genio, a su habilidad inconcebible es a quien los debe—manifestó un tercero arreándole una tufarada de incienso.

—Sin duda, sin duda—se apresuró a decir el otro tratando a su vez de apoderarse del incensario—. El duque es el primer genio financiero que ha salido en nuestro país. Yo no comprendo cómo no se le entrega la Hacienda española. Si él no la arregla, no hay que esperar salvación para nosotros….

—Pues si acierto a salvarla como he acertado en el negocio de Riosa, aviados quedan los españoles—profirió estoposamente el duque con acento de mal humor.

—¿Pero ha salido tan malo el negocio?

—¡F….! para el Gobierno, no; pero para mí, que he tomado a la par las acciones, me parece que no ha sido bueno.

El duque echaba la culpa de haberse metido en él al animal de su administrador, a Llera, que se lo había metido por la cabeza contra todos sus presentimientos.

—Los hombres como usted no deben fiarse de nadie más que de su instinto—le decían—. Cuando se tiene el genio de los negocios….

Y la palabra genio venía a cada instante a los labios de los fieles idólatras del becerro.

Súbito apareció en la puerta de la sala Clementina seguida de Osorio, de Mariana y de Calderón. Los cuatro traían el semblante inquieto y asustado. Sus ojos se clavaron a la vez en Salabert, hacia el cual avanzaron precipitadamente.

—Papá, escucha una palabra—le dijo Clementina.

Salabert se destacó del grupo y fué a reunirse con los otros en el opuesto rincón.

—¡Esa mujer está ahí!…—dijo aquélla con voz alterada, los ojos relampagueantes de ira.

—¡Es un escándalo!—manifestó Osorio.

—Algunas personas ya se han ido, y en cuanto se enteren, se irán todas—apuntó con más sosiego Calderón.

—¿Qué mujer está ahí?—preguntó el duque abriendo mucho sus ojos saltones.

—¡Esa mujer!… esa Amparo la malagueña—replicó su hija buscando el tono más despreciativo.

—¡Cómo!—exclamó el duque con profundo estupor—. ¿Se ha atrevido esa z—— a presentarse en el baile? ¿Quién la ha dejado pasar? Mañana mismo despido al portero.

—No; a quien hay que despedir ahora mismo es a ella … ¡en seguidita!—dijo Clementina atropellándose por la cólera.

—¡Sí, sí … ahora mismo! ¿Cómo es eso? ¡Atreverse esa desvergonzada a poner los pies en esta casa y en un día semejante! ¿Ya no hay pudor? ¿Ya no hay vergüenza? ¿En qué país estamos? ¿Pero cómo ha podido pasar? ¡Una fiesta que había comenzado tan bien!

—Traía invitación, al parecer.

—Pues la ha robado o estará falsificada.

—Bien, bien; concluyamos pronto—dijo Clementina con voz irritada—. Está en los salones. Es necesario que vayas a allá y la notifiques que haga el favor de salir, del modo que mejor te parezca…. ¡Pero pronto! antes que lo perciba la gente … y sobre todo, mamá….

—No, chica; yo no voy…. Me conozco bien y sé que no podría contener mi indignación. No nos conviene llamar la atención en este momento…. Ve tú, ve tú … y que se largue pronto….

Clementina, sin pronunciar otra palabra, se alejó con paso rápido, el rostro pálido y contraído, los labios trémulos. Lanzóse en el torbellino de los salones y buscó ansiosamente a la intrusa. No tardó muchos minutos en hallarla ¡oh vergüenza! del brazo del marqués de Dávalos.

Estaba espléndidamente hermosa la ex florista con su traje de María Estuardo. Llevaba un sobretodo acuchillado de mangas abiertas, color carmesí recamado de oro; un elegante prendido de encaje y menudas florecillas de esmalte y perlas. Su incomparable belleza irritó aún más la ira de Clementina.

La hermosa odalisca de Salabert, aunque de inteligencia limitadísima, había tenido tiempo a reflexionar que su presencia en el baile podría acarrear un conflicto. Pero su antojo era tan vivo y desordenado, que de ningún modo quiso dejar de satisfacerlo, de lucir su costoso vestido de reina de Escocia. Pensó que podría sortear aquella difícil situación yendo a última hora, dando un par de vueltas por los salones y retirándose en seguida. Hizose acompañar de una amiga vieja de aspecto venerable. Amargo desengaño debió de experimentar cuando al penetrar en los salones y tropezar con una porción de distinguidos salvajes a quienes trataba con intimidad, Pepe Castro, el conde de Agreda, Maldonado y otros, observó que todos le volvían la espalda y se apresuraban a alejarse. Tan sólo el fiel Manolo, el loco marqués de Dávalos, la reconoció y consintió en la mengua de ofrecerla el brazo.

Pocos minutos pudo disfrutar de su apoyo la malagueña. Cuando una sonrisa de triunfo plegaba ya sus labios y a paso lento y majestuoso iba dando su apetecida vuelta por los salones, se encontró repentinamente frente a Clementina. Sin previo saludo ni la más leve inclinación de cabeza, ni hacer caso alguno de su acompañante, ésta le puso la mano en el hombro, diciéndola:

—Tenga usted la bondad de escuchar una palabra.

María Estuardo empalideció, titubeó unos instantes, y por fin dijo con firmeza y ademán orgulloso:

—Nada tengo que hablar con usted. A quien deseo ver es al dueño de la casa, al duque de Requena.

Margarita de Austria le clavó una mirada iracunda, que la otra sostuvo sin pestañear. Luego, acercando la boca a su oído, le dijo con rabioso acento:

—Si usted no me sigue ahora mismo, llamo a dos criados para que la saquen del salón a viva fuerza.

La reina de Escocia se estremeció; pero tuvo aún ánimos para contestar:

—Deseo ver al señor duque.

—El señor duque no está visible para usted…. ¡Sígame, o llamo!

Y al mismo tiempo echó una mirada en torno como en ademán de cumplir su promesa.

La Estuardo empalideció aún más. Desprendiéndose del brazo de Dávalos la siguió al fin.

Esta escena había sido observada por varias personas; pero nadie osó seguirlas si no es el demente Manolo, que lo hizo de lejos. La esposa de Felipe III se dirigió a la antesala y allí dijo a un lacayo:

—El abrigo de esta señora.

No se habló otra palabra. El lacayo entregó el abrigo. María Estuardo se lo puso sin ayuda de nadie, con mano temblorosa. Luego avanzó unos cuantos pasos, y volviéndose de pronto, dirigió una mirada de odio mortal a D.ª Margarita de Austria, que se la devolvió acompañada de una sonrisa de desprecio.

Estaba de Dios que la desgraciada reina de Escocia había de ser humillada siempre. Primero lo fué por su tía Isabel de Inglaterra. Ahora la reina Margarita la ponía sin miramientos de patitas en la calle. Donde encontró a su venerable amiga dentro ya del coche. Al ver el comienzo de la escena pasada se había escabullido prudentemente. Antes que partiesen, el marqués de Dávalos se juntó a ellas. No sabemos lo que los salones de Requena ganaron en su aspecto moral con la marcha de María Estuardo; pero sí podemos afirmar que perdieron mucho en el estético. Porque, a la verdad, estaba lindísima.

El baile tocaba a su fin. Comenzaron los preparativos para el gran cotillón. La muchedumbre se había aclarado un poco. Algunos se fueron antes de terminar el baile, viejos en su mayoría a quienes hacía daño el trasnochar. Entre las damiselas hubo la agitación y el movimiento que precede siempre al cotillón. En esta última etapa el baile adquiere un aspecto de recreo familiar muy grato. El arte y la imaginación intervienen para arrancarle sensualidad y hacerle un pasatiempo inocente, al estilo de las hermosas fiestas que en el siglo XIV se celebraban en los palacios de Inglaterra y Francia. Para las niñas casaderas suele ser también el momento en que termina el primer acto de la comedia amorosa que han empezado a representar.

Pepe Castro había recibido el consejo de su ex querida Clementina referente a la conveniencia de festejar a la niña de Calderón, con risa como ya hemos visto. Sin embargo, no le cayó en saco roto. Mientras bailaba y bromeaba con otras jóvenes, no dejó de acordarse más de una vez. Al llegar el cotillón se acercó a Esperancita preguntándole si quería ser su pareja, a sabiendas de que esto no podía ser, pues todos los pollastres se apresuran a pedir tal merced a las damas así que entran en el baile. Pero le convenía para el plan que comenzaba a desenvolverse en su cerebro, fecundo en abstracciones. La niña lo tenía, en efecto, comprometido con el conde de Agreda; mas al oir la demanda de Castro, sintió tales deseos de acceder a ella, que con sorprendente audacia respondió que sí.

La duquesa designó como dama directora a la condesa de Cotorraso, a la cual se unió Cobo Ramírez. Este se imponía en todos los bailes como habilísimo director de cotillones. Tan era así, que muchos días antes del baile ya había celebrado largas conferencias con Clementina acerca de este punto esencialísimo.

Formóse el corro de sillas. Pepe Castro fué a sacar a Esperanza, que tomó su brazo de buen grado. Mas antes de dar un paso llegó el conde de Agreda.

—¡Cómo, Esperancita! ¿No me había usted concedido el cotillón?—preguntó sorprendido.

La audacia no abandonó a la niña, la audacia de la mujer enamorada.

—¡Ay, perdóneme usted, León! Cuando se lo concedí a usted no me acordaba que ya lo tenía comprometido con Pepe—respondió en un tono que podía envidiar la más consumada actriz.

El conde se retiró diciendo algunas palabras de cortesía, que no pudieron ocultar su mal humor. Cuando quedaron solos, Esperancita, asustada de aquel testimonio de interés que había dado a Castro, se apresuró a disculparse ruborizada.

—La verdad es que no me acordaba de que lo tenía comprometido con León…. Y como ya había tomado el brazo de usted … y además el conde baila de un modo que me fatiga mucho….

Pepe Castro no abusó de su triunfo; se manifestó modesto y sumiso. En vez de galantearla descaradamente, adoptó un temperamento más insinuante, colmándola de atenciones delicadas, estableciendo mayor confianza entre ellos, mostrándola, en una palabra, mucho cariño, pero sin hablarla de amor. La niña rebosaba de dicha. Espezaba a sentirse adorada. Creía que la simpatía y el afecto con que siempre se habían tratado Pepe y ella se transformaban al fin en amor. Su corazón empezó a saltar alegremente dentro del pecho.

También Ramoncito estaba satisfecho con aquel trueque. El conde de Agreda le era de poco tiempo atrás muy antipático, casi tan antipático como Cobo Ramírez, porque empezó a sentir de él los mismos celos que del otro. En cambio, a Pepe Castro considerábalo como su mismo yo; otro concejal más esbelto. Las atenciones que Esperancita le guardase, las tomaría como dirigidas a su propia persona. Así que, al verlos del brazo, se conmovió profundamente, y al acercarse a ellos para decirles algunas palabras insignificantes no pudo menos de ruborizarse. Pepe le hizo un guiño malicioso como diciendo: "Has triunfado en toda la línea". El joven concejal sintió que se acercaba a pasos de gigante el logro de sus esperanzas y el apogeo de su dicha.

El cotillón fué digno remate de aquel baile brillantísimo. La fantasía de Cobo Ramírez, apretada por la gravedad del caso, fascinó a los invitados con peregrinas trazas y artificios delicados: los tuvo enajenados cerca de una hora. Llamó la atención, y le valió unánimes aplausos, un juego de sortija que se organizó en el medio del salón. Cobo dividió a los caballeros en dos cuadrillas, que tiraron alternativamente flechas con unos primorosos arcos dorados a la sortija suspendida por una cinta del techo. Los vencedores tenían derecho a bailar con las damas de los vencidos, mientras éstos los habían de seguir dándoles aire con el abanico. Organizóse después otro juego de cintas para las damas. La vencedora salió un momento del salón y apareció en seguida en un magnífico carro tirado por cuatro lacayos vestidos de esclavos negros: dió así una vuelta rodeada de todas las demás, al compás de una marcha triunfal. Estas y otras invenciones no menos famosas, dejaron para siempre sentada sobre bases sólidas la fama del hijo de los marqueses de Casa-Ramírez.

Terminado el cotillón, comenzó el desfile de la gente. Fué una retirada estrepitosa. Toda aquella muchedumbre se agolpó en el vestíbulo y en la escalinata, charlando en voz alta, riendo, gritando alguna vez en demanda del coche. El vasto jardín, iluminado por algunos focos de luz eléctrica, ofrecía un aspecto fantástico, inverosímil, como los paisajes de los cosmoramas de feria. Aquellas luces blancas, intensas, hacían aún más negro y profundo el follaje, borraban los linderos del parque extendiéndolo desmesuradamente. La noche era despejada. En el oriente azuleaba ya la aurora. Hacía un frío intenso. Envueltos en sus gabanes de pieles, los jóvenes salvajes quemaban los últimos cartuchos de su ingenio en honor de las hermosas damas que tenían cerca. Los costosos y pintorescos abrigos de éstas chillaban debajo de las bombillas eléctricas. Los caballos piafaban, los lacayos gritaban, y los coches, al acercarse lentamente a la escalinata, hacían crujir la arena de los caminos. Sonaban golpes de portezuelas, ruido de besos, voces de despedida. La rueda de los coches, al pasar por delante de la gran escalinata, iba arrebatando poco a poco a los que allí estaban para dispersarlos por todo Madrid en busca de reposo.

Pepe Castro se había colocado al lado de Esperancita y la hablaba dulcemente al oído. La niña, embozada hasta los ojos, sonreía sin mirarle. Cuando su coche llegó al fin, se estrecharon las manos largamente.

—Supongo que no nos tendrá tanto tiempo olvidados como hasta ahora; que irá por casa más a menudo—dijo ella teniendo aún su mano entre las del gallardo salvaje.

—¿Usted quiere de verdad que vaya a menudo por su casa?—dijo mirándola fijamente como un magnetizador.

—¡Ya lo creo que quiero!

Al decir esto se ruborizó fuertemente debajo del embozo, y desprendiendo bruscamente su mano, siguió a su mamá que entraba en el carruaje.

Pepa Frías había dicho a su hija:

—Mira, chica, cuando nos vayamos, deseo que Emilio me acompañe. Estoy nerviosa y no podría dormir si no le ajustase antes las cuentas. No quiero más escándalos, ¿sabes? Le voy a dirigir el ultimatum. Si persiste, tú te vienes conmigo y él que se vaya al infierno.

Estaba furiosa. Su hija, aunque quisiera poner reparos a esto de la separación, pues adoraba a su infiel marido, no se atrevió. Bajó sumisa la cabeza. Cuando llegó el momento de marchar, Pepa se dirigió a su yerno:

—Emilio, haz el favor de acompañarme. Deseo hablar contigo.

"¡Malo!" dijo para sí el joven.

—¿E Irene?

—Que vaya sola. No se la comerán los lobos—respondió ásperamente.

"¡Malísimo!" tornó a decirse Emilio.

En efecto, Irenita dirigiendo ojeadas de temor y ansiedad a su mamá y su marido, se metió sola en su berlina, mientras ellos subían a la de la primera.

Cuando el carruaje comenzó a rodar, Emilio, para desarmar a su suegra, quiso, como un chiquillo que era, desviar el rayo sacando una conversación que pudiese entretenerla.

—¿Ha visto usted qué audacia la de Amparo? La creía capaz de muchos desatinos, pero no de uno semejante.

Y habló de la Amparo con gran verbosidad sin conseguir que su suegra desplegase los labios. Lo mismo sucedió cuando principió a hacer comentarios acerca de la fortuna de Salabert, de los gastos del baile, del extraordinario honor que había merecido de los soberanos aquella noche, etc., etc. Pepa reclinada en su rincón, guardaba un silencio feroz que no anunciaba nada bueno. Pero Emilio, sin desanimarse, tocó con habilidad la tecla que responde en todas las mujeres.

—¿Sabe usted, Pepa (así la seguía llamando, lo mismo que cuando era novio de su hija), que en un grupo donde estaba el presidente del Consejo, oí, sin querer, grandes elogios de usted? Elogiaban mucho el traje; pero más aún la figura. Decían que no había ninguna niña en el baile que pudiera competir con la frescura de usted; que tenía usted un cutis como raso, cada día más terso y brillante.

—¡Jesús, qué tontería! Esas son payasadas, Emilio. En otro tiempo, no digo….

—No, Pepa, no; el cutis de usted es proverbial en Madrid. Ya daría
Irene algo por tenerlo como usted.

—¿Es mejor que el de María Huerta?—preguntó con tonillo irónico, donde no se adivinaba, sin embargo, gran irritación.

Pepa había cambiado de plan: pensó que sería mucho mejor adoptar la vía diplomática. A un chiquillo como Emilio, que no había sido indócil hasta entonces, era fácil atraerlo con el cariño. Aquél, en la oscuridad del coche, se había puesto colorado.

—El de María Huerta no vale nada.

—Por eso te gusta. Todos los hombres sois lo mismo en eso de cambiar las orejas por el rabo. Mira, Emilito—añadió cogiéndole una mano,—yo tenía que reñirte mucho, hablarte muy seriamente, decirte cosas muy amargas … pero no puedo, tengo un corazón tan estúpido que para todas las ofensas encuentra disculpas. Hoy has hecho una barrabasada de marca, lo bastante para que Irene se separase de ti; pero a mí se me antoja que no es tan grande como parece, porque eres un chiquillo aturdido. Estoy segura de que tú mismo no te explicas la gravedad de ella….

Pepa continuó su sermón en tono dulce y persuasivo. Emilio, que esperaba una rociada de injurias, quedó gratamente sorprendido. Escuchólo con sumisión, y después, con voz conmovida, empezó a disculparse. Verdad que había coqueteado un poco con María Huerta, pero juraba que no estaba interesado por ella. Era una cuestión de amor propio. Cuando él se había casado con Irene, esta María había dicho en casa de Osorio que no comprendía cómo Irene aceptaba por marido un chico tan feo y tan insustancial. Entonces juró que se tragaría aquellas palabras: ya estaba conseguido. Por lo demás ¡qué amor ni qué calabazas! Nunca había estado enamorado de María Huerta ni pensaba estarlo.

—Yo no podía creer que estuvieses enamorado, porque siempre has tenido buen gusto…. Porque en resumen, esa mujer no es más que un paquete de trapos…. Si vistes el palo de la escoba como ella, puede muy bien hacer sus veces…. Pero ya ves, Irene lo cree y tienes la obligación de evitarla esos disgustos. Si yo estuviese en su caso no me los darías, monigote—añadió cogiéndole cariñosamente de la oreja—. Ya sabría yo tenerte bien amarradito a mis faldas.

—Lo creo—repuso el joven dirigiéndola una larga mirada que nada tenía de filial—. Usted tiene más recursos que Irene.

—¿Pues?—preguntó ella con otra mirada poco maternal.

—Porque usted es una mujer más complicada; que necesita más estudio.
Por lo mismo, no me dejaría tiempo a aburrirme seguramente.

—¿Qué sabes tú de eso, mamarrachillo? Hablas de mí como si me supieses de memoria.

—¡Qué más quisiera yo!

—¡Vaya, Emilio, no seas payaso! Mira que me estás faltando al respeto.

La conversación siguió en este tono alegre y cariñoso mientras el carruaje rodaba por las calles sombrías. En aquel rincón oscuro, sacudidos por el vaivén de los resortes y aturdidos por el estrépito de las ruedas al saltar sobre el pavimento, el cuchicheo se hizo cada vez más íntimo, más insinuante, animado a cada momento por risas ahogadas y palabritas dulces. De ambos se había apoderado un suave enternecimiento; de Pepa por haber hallado a su yerno tan dócil; éste por ver a su suegra tan cariñosa y transigente, creyendo encontrarla hecha una furia. Animado con su éxito, acariciado por aquella dulce confianza que repentinamente se estableció entre ellos, no cesaba de piropearla. Pepa se enfadaba o fingía enfadarse, le daba pellizcos feroces, le llamaba hipócrita, coquetón, desvergonzado. Concluyó por decir:

—Todo eso que me dices es una farsa tuya. Si fuese verdad me alegraría, porque así tendría cierta influencia contigo para hacerte un buen marido.

Al salir del coche, con el rostro encendido, más hermosa que nunca, le dijo:

—Sube un momento: tengo que darte el reloj de Irene, que se le ha olvidado ayer.

Emilio la subió del brazo y entró con ella en su gabinete.

Mientras tanto, Irenita llegaba a casa en un estado de agitación fácil de comprender en una niña tan sensible y enamorada de su marido. La conducta de Emilio aquella noche la había trastornado, la había puesto excesivamente nerviosa. Y para fin de fiesta, la escena violenta que preveía entre su madre y su marido, de la cual tal vez saldría su ruptura definitiva con éste, la llenaba de espanto. Así que, apenas saltó en tierra delante de la puerta, acometida súbito de un vivo e irresistible anhelo, volvió a montar apresuradamente, diciendo al cochero:

—A casa de mamá.

Le abrió el sereno la puerta exterior: la del piso el criado que había estado velando y que aguardaba la salida del señorito para irse a costar.

—¿Dónde está mamá?

—En las habitaciones de adelante con el señorito Emilio.

Irenita se dirigió con precipitación a la sala. No estaban allí. Pasó luego al boudoir. Tampoco, ni se oía el más leve ruido. Entró en el gabinete. Nada. Entonces, sobrecogida de terror, de duda, de ansiedad, lanzóse hacia la alcoba oculta por cortinas de brocatel donde creyó percibir algún rumor. En aquel momento se alzaron las cortinas y apareció su marido agitado y descompuesto, contemplándola con ojos de espanto. Irenita dió un grito y se desplomó sobre el pavimento.

XII

#Matinée religiosa.#

Pocos días después, a las once de la mañana de un viernes de Cuaresma, el salvaje más elegante de Madrid salía de un sueño tranquilo y profundo con el firme propósito de casarse con la hija de Calderón. Abrió los ojos, los paseó por los adornos hípicos que colgaban de las paredes de su cuarto, se desperezó con elegancia, bebió un vaso de limón que tenía sobre la mesa de noche y se preparó a levantarse. No afirmaremos que el mencionado propósito viniese a su espíritu durante el sueño; pero es innegable que debió de operarse en él una misteriosa labor que lo favoreció sensiblemente. Porque en el momento de acostarse, Castro sólo pensaba vagamente en esta unión provechosa. Al abrir los ojos, su decisión de lograr la mano de Esperancita por cuantos medios estuviese a su alcance era ya irrevocable. Felicitemos, pues, de todo corazón a la afortunada niña y sigamos atentamente al noble salvaje en la tarea de perfeccionar la obra primorosa que la Naturaleza había llevado a cabo al crearle.

El criado tenía ya el baño dispuesto. Después de dar un vistazo al espejo para observar el semblante del día, esto es, el suyo, cogió unas bolas de hierro e hizo con ellas algunos movimientos. Tomó un florete y se tiró a fondo unas cuantas veces. En seguida aplicó unas docenas de puñetazos rectos sobre la almohadilla de un dinamómetro. Hecho lo cual creyó llegado el instante de meterse en el agua. Dentro de ella se hallaba aún cuando apareció en la habitación, sin previo anuncio, Manolo Dávalos.

—Pepe, tengo que hablarte de una cosa muy seria—, dijo el lunático marqués, con aparato de misterio, los ojos más extraviados que nunca.

—Aguarda un poco: déjame salir del baño.

—Sal pronto, que corre prisa.

El marquesito se levantó de la silla donde se había sentado y comenzó a dar vueltas por la estancia con cierta agitación estrambótica, a la cual ya estaban acostumbrados sus amigos. No podía estarse quieto cinco minutos. Si cualquiera hiciese al cabo del día la mitad de movimientos que él, caería rendido antes de llegar la noche. Castro seguía sus movimientos con ojos burlones y desdeñosos. Pero estos ojos se tornaron serios e inquietos al ver que su amigo se acercaba a la mesa de noche y se ponía a jugar con un precioso revólver que allí tenía.

—Mira que está cargado, Manolo.

—Ya lo veo, ya—respondió éste sonriendo; y volviéndose de pronto:

—¿Qué dirían en Madrid, si yo te matase ahora de un tiro?

Pepe Castro sintió cierto hormigueo en la espalda, que no era producido solamente por el agua, y rió de un modo extraño.

—Y que, hoy por hoy, lo podría hacer impunemente—siguió muy risueño el marqués—. Porque como todos dicen que estoy loco….

—¡Je, je!

El tenorio volvió a reir como el conejo. No era cobarde: al contrario, tenía fama de quisquilloso y espadachín: pero, como casi todos los valientes, necesitaba público. La perspectiva de una muerte oscura a manos de un loco, no le hizo maldita la gracia. Los ejemplos de Séneca, Marat, y otros hombres notables que murieron violentamente en el baño, no lograron darla ninguna amenidad, quizá porque no tuviese noticia de ellos. El marqués avanzó con el revólver amartillado, diciéndole:

—¿Qué dirían en Madrid? ¿eh? ¿qué dirían?

Castro se sitió penetrado de frío como si estuviese metido entre hielo y no en agua tibia. Pero tuvo aún serenidad para gritarle:

—¡Deja ese revólver, Manolo! Si no lo dejas no vuelves a ver en tu vida a Amparo.

—¿Por qué?—preguntó aquél bajando el arma con el desconsuelo pintado en los ojos.

—Porque yo no quiero; porque la aconsejaré que no te deje entrar más en su casa….

—Bueno, hombre, no te incomodes…. Ha sido una broma—replicó apresurándose a colocar el revólver en su sitio.

Castro salió al instante del baño. Lo primero que hizo, cuando estuvo envuelto en el capuchón turco con que se secaba, fué coger el revólver y guardarlo bajo llave. Tranquilo ya, pero irritado por el susto que su majadero amigo le había dado, comenzó a hablarle en tono malhumorado y despreciativo, mientras delante del espejo prodigaba a su bella figura, con el respeto debido, todos los cuidados a que era acreedora.

—Vamos a ver, hombre, desembucha ese secreto…. Será una gansada de las que tú acostumbras…. Desengáñate, Manolo, que tú ya no estás para salir a la calle. Debes ponerte en cura—decía mientras se frotaba los brazos con una pomada olorosa que había tomado de la batería de tarros y frascos de todos tamaños que tenía delante.

El marqués echó mano al bolsillo, y sacando la cartera y de ella un billetito de mujer, dijo con no poca solemnidad:

—Amparo me acaba de escribir esta carta. Deseo que te enteres de ella.

Pepe no volvió siquiera los ojos para mirar el documento que su amigo le exhibía. Absorto en la tarea de atusarse el bigote con un cepillito de barba, repuso en tono distraído:

—¿Y qué dice la Amparo?

El marqués le miró sorprendido de la poca importancia que daba a aquella preciosa misiva.

—¿Quieres que te la lea?

—Si no es muy larga….

Manolo la desdobló con el mismo cuidado y respeto que si fuese un autógrafo de Santa Teresa de Jesús y leyó con voz conmovida:

"Mi queridísimo Manolo: Hazme el favor de mandarme por el dador dos mil pesetas que necesito con urgencia. Si ahora no las tienes, no dejes de traérmelas esta tarde a casa. Tuya de corazón siempre:

"AMPARO."

—¡Sopla! ¡Qué voracidad la de esa chica! ¿No tiene bastante con el bolsillo de Salabert? Supongo que no se las habrás mandado.

—No.

—Has hecho bien.

—Es que no las tenía. Precisamente para ver si tú puedes facilitármelas es para lo que he venido.

Castro se volvió hacia él y le contempló unos momentos entre irritado y sorprendido. Tornando luego la vista al espejo, dijo con calma despreciativa:

—Querido Manolo; eres un melón de gran tamaño. Estoy seguro de que si heredases ahora a tu tía, entregarías la herencia a la Amparito para que la engullese como ha hecho con la de tus papás.

Manolo se enfureció al oir esto. Defendió con energía a su ex querida. No era ella, no, quien le había arruinado, sino los tunos de los mayordomos. Amparo era una chica de excelentes condiciones para ama de casa, un portento de arreglo doméstico: al mismo tiempo generosa, capaz de acomodarse a cualquier vida por el cariño, etc., etc.

El maníaco marqués se expresó con calor y elocuencia haciendo el panegírico de su adorada.

—¿Sabes dónde está el mal de todo?—dijo sordamente después de larga pausa—. En que mi familia me privó, sin razón, de casarme con ella. ¡Qué obstinación tan estúpida! Se empeñaban en que yo estaba perdidamente enamorado de esa mujer. ¡Qué había de estar enamorado!… Lo que yo quería era dar una madre a mis hijos, ¿sabes? Nada más que eso. Ellos hubieran sido felices y yo también.

Pepe Castro se volvió estupefacto. Por las pálidas mejillas del marqués rodaban algunas lágrimas de enternecimiento. Hizo un mohín de lástima y siguió arreglándose los bigotes. Al cabo de unos momentos de silencio, dijo:

—Dispensa, chico. No tengo esas dos mil pesetas; pero aunque las tuviera puedes estar seguro de que me guardaría de dártelas si las ibas a emplear como dices.

El marqués permaneció silencioso y comenzó a pasear de través por el espacioso dormitorio.

—¿A quién me aconsejas que se las pida?—dijo parándose de pronto.

—A Salabert—respondió Castro sonriendo burlonamente al espejo.

Manolito se encrespó terriblemente al oirlo; sus ojos llamearon siniestramente; se dirigió frenético, agitando los puños, hacia Pepe, que se volvió hacia él y dió un paso atrás preparándose a rechazarle.

—¡Eso que me has dicho es una porquería! ¡Es una infamia que merece una estocada o un tiro! Es una cobardía porque estás en tu casa….

Y se puso a crujir los dientes y a rodar los ojos que daba espanto verle; pero no llegó a agredir a su amigo. Haciendo un esfuerzo supremo por contenerse, desahogó su furor arrojando contra el suelo el sombrero, de tal modo que lo destrozó. Castro quedó aturdido, hecho una estatua. Mil veces había bromeado con él diciéndolo cosas mucho más fuertes, verdaderas insolencias sin que jamás se le hubiese ocurrido enfadarse. Y ahora, por una chanza sencillísima, montaba en cólera de aquel modo extraño. Procuró calmarle con algunas palabras de disculpa: pero Manolito no le escuchaba. Aunque desistió de la primera idea de arrojarse sobre él, comenzó a pasear como una fiera enjaulada, murmurando amenazas, moviendo los brazos y gesticulando vivamente. No tardó en enternecerse, sin embargo.

—Nunca lo creyera de ti, Pepe—concluyó por decir con voz alterada—. Nunca pensé que el mayor amigo que tengo me había de insultar, me había de clavar el puñal hasta el pomo….

—¡Pero, hombre de Dios!…

—No me hables, Pepe…. Me has matado con una palabra…. Déjame tranquilo…. Dios te perdone como yo te perdono…. Yo soy como un conejo a quien hiere el cazador y corre a morir a su madriguera…. No me hurgues más…. Déjame morir en paz.

Este símil del conejo le hizo tal impresión después de haberlo proferido, que se dejó caer sollozando en una butaca. Al mismo tiempo le acometió un fuerte golpe de tos, en el cual soltó por la boca una cantidad prodigiosa de rails: pero la locomotora que tenía atravesada en la garganta, por más esfuerzos que hizo, en manera alguna pudo arrojarla. Castro le hizo beber una taza de tila con azahar.

Cuando el insensato marqués se fué al cabo, estaba aquél terminando el aderezo de su persona. La cual salió a la calle correcta y severamente vestida en traje de ceremonia diurna. Almorzó en Lhardy, dió una vuelta por Los Salvajes, y a las tres de la tarde, poco más o menos, se dirigió a casa de su tía la marquesa de Alcudia, sita en la calle de San Mateo. Esta severísima señora era muy celosa de la religión como ya sabemos. Lo mismo de su alcurnia, por no decir más. Castro era sobrino segundo de ella, y aunque con su vida de calavera la había disgustado bastante, siempre le había tratado con mucho afecto procurando atraerle al buen camino. Para la marquesa, los timbres nobiliarios imprimían carácter como el sacramento del orden. Por más vilezas que un hombre hiciese, siempre era un noble, como un sacerdote es siempre un sacerdote. En esta devota señora pensó Castro para que le secundase en su empresa. Su instinto (que era mucho más admirable que su inteligencia) le dijo que si la marquesa se encargase de casarle con la niña de Calderón lo conseguiría seguramente. Era grande el prestigio que tenía en la sociedad aristocrática: mayor aún entre los que estaban agregados a ella por razón del dinero, como Calderón.

El palacio de Alcudia era una fábrica sombría levantada a principios del siglo pasado. Un piso bajo con grandes ventanas enrejadas, otro piso alto, y nada más; pero la casa ocupaba un perímetro inmenso y detrás tenía un vasto jardín bastante descuidado. El portal era chato y poco decoroso: la escalera de piedra toscamente labrada y gastada por el uso. El difunto marqués estaba pensando en una reforma cuando lo arrebató la muerte. Su viuda abandonó este proyecto, no tanto por avaricia, como por el horror que le inspiraban toda clase de reformas aunque fuesen de cal y canto. Por dentro, la mansión era suntuosa: los muebles antiguos y riquísimos. Tapices de gran valor vestían las paredes, cuadros de los mejores pintores antiguos adornaban las de algunas piezas, como el despacho y el oratorio. Este era una maravilla de lujo. Ocupaba un rincón de la planta baja, pero su techo era el del principal: tan elevado por consiguiente como el de una iglesia. Tenía grandes ventanas con cristales de colores como las catedrales góticas: estaba alfombrado como un salón de baile; había una pequeña tribuna con su órgano: el altar era primoroso, de gusto francés, y en medio se veía un magnífico Ecce-Homo de Morales. Era, en fin, una estancia agradable y elegante, calentada por una gran estufa subterránea.

En el salón de familia estaban solas las chicas con la labor entre las manos. La marquesa, según le dijeron, estaba en el despacho ocupada en escribir cartas. Se dirigió allá después de bromear un instante con las primas.

—¿Se puede, tía?

—Adelante…. ¡Ah! ¿eres tú, Pepe?—dijo la marquesa alzando los ojos y mirándole por encima de las gafas que se había puesto para escribir.

—Si la interrumpo me voy. Quería celebrar con usted una conferencia—dijo el galán sonriendo.

—Siéntate un instante. Estoy terminando una carta.

Acomodóse en un sillón, y mientras la tía Eugenia hacía crujir la pluma con su mano seca y nerviosa, empezó a coordinar el exordio del discurso que pensaba dirigirla. Aquélla dió a los pocos minutos un gran plumazo estridente que debió corresponder a su rúbrica, y arrancándose vivamente las gafas, dijo:

—Ya soy tuya, Pepe.

Este bajó los ojos al suelo en demanda, sin duda, de inspiración, se atusó el bigote, tosió ligeramente y al fin dijo con acento solemne:

—Tía, no sé si es que Dios me ha tocado en el corazón o es que me voy cansando de la vida que llevo; pero es lo cierto que de poco tiempo a esta parte me acuerdo mucho de los consejos que me ha dado muchas veces, que ando con deseos de formalizar, de romper con estos hábitos poco dignos que la falta de un padre y, sobre todo, de una madre como usted me han hecho adquirir. Friso ya en los treinta y me parece hora de acordarse del nombre que llevo. Debo cumplir con él, y también con mi cualidad de cristiano…. Porque en medio de mis excesos yo no me he olvidado jamás de que pertenezco a una familia católica y que hoy en España nuestra clase es la encargada de velar por la religión, dando buen ejemplo como usted hace…. El medio mejor para favorecer este cambio que siento en mi corazón es casarme….

No pudo el gallardo joven escoger mejor sus palabras para catequizar a la tía Eugenia. Tan buena impresión le hicieron, que levantándose del sillón vino a ponerle la mano sobre el hombro, exclamando:

—¡Cuánto me alegro, Pepito! ¡No sabes el placer que me has dado! ¡Y dices que no sabes si Dios te ha tocado en el corazón! ¿Cómo había de realizarse este cambio repentino en tu ser si Dios no lo moviese? Dios ha sido, hijo mío, Dios ha sido, y un poco también la buena sangre que tienes en las venas…. ¿Tienes escogida ya esposa?

El joven sonrió haciendo un signo afirmativo.

—¿Quién es?

—He pensado en Esperancita Calderón. ¿Qué le parece?

—Perfectamente. Es una niña muy bien educada, muy simpática: además yo la quiero como una hija. Ya ves; ha sido siempre la amiga íntima de mi Paz…. Has tenido una elección feliz….

Castro volvió a sonreír maliciosamente y repuso:

—Mire usted, tía, yo bien quisiera casarme con una mujer de nuestra clase…. Pero usted bien sabe que estoy completamente arruinado…. Las jóvenes de la nobleza, por desgracia, no suelen tener en el día fortuna. Las que la tienen, no me querrán a mí que no puedo ofrecerles más que lo que ellas poseen ya, esto es, un nombre. Por eso me he fijado en una que carezca de él y tenga dinero.

—Está bien pensado. Aunque sea transigiendo un poco, debemos salvar nuestros nombres de la ignominia…. Pero Esperanza es una niña excelente. Se ha educado ya entre nosotros. Será una dama cumplida que te honrará.

El bizarro joven no abandonaba aquella sonrisa de ironía maliciosa.
Guardó silencio un instante, y dijo al cabo:

—¿Sabe usted, tía, qué nombre damos entre nosotros al casarse de este modo?

—¿Cómo?

—Tomar estiércol.

La marquesa sonrió con el borde de los labios; pero poniéndose grave en seguida, replicó:

—No; aquí no se puede decir eso, Pepe. Te repito que esa niña merece un partido brillante. El que va ganando en este asunto eres tú…. ¿Sois novios ya? Hasta ahora no tengo noticia….

—No le he dicho nada aún…. Sé que no le soy antipático. Nos miramos con buenos ojos; pero de relaciones, nada. Antes de pedírselas he querido consultar con usted, la persona más caracterizada que hoy tengo dentro de la familia en Madrid.

—Muy bien hecho. Has procedido dignamente. Cuando se trata de contraer matrimonio, que al fin y al cabo es un sacramento de la Iglesia, hay que guardar circunspección y formalidad. En otros tiempos mejores que éstos, no se realizaba una boda entre nosotros sin escuchar antes la opinión de los mayores. Te agradezco mucho la confianza que haces de mí, y desde luego puedes contar con mi aprobación.

—¿Y con su ayuda puedo contar? Mire usted que temo que surjan algunas dificultades por parte de su padre…. Es un hombre metalizado…. Francamente, no quisiera sufrir un desaire….

La marquesa quedó pensativa algunos instantes.

—Déjalo de mi cuenta. Haré lo posible por arreglarlo…. Pero es necesario que me prometas no dar un paso sin consultarme. Es un negocio diplomático que hay que llevar con prudencia y habilidad.

—Prometido, tía.

—Sobre todo, con la niña mucho cuidado…. No me la alarmes.

—Haré lo que usted me mande.

Pocos momentos después salían ambos del despacho y entraron en el salón, donde ya había algunas personas de fuera. Durante la Cuaresma la marquesa de Alcudia recibía a sus amigos en las tardes de los viernes, dedicándose con ellos a la oración y a las prácticas religiosas. Estaban allí ya la marquesa de Ujo y su hija, siempre con las sayas a media pierna, el general Patiño, Lola Madariaga y su marido, Clementina Salabert con su dama de compañía Pascuala y otras varias personas, entre ellas el padre Ortega. Como en realidad a él le correspondían los honores de la tarde y era el director de la fiesta, todos le rodeaban formando grupo en medio del salón. Pero todos hablaban en voz más alta que él. La palabra del ilustrado escolapio era siempre suave, apagada, como si jamás saliese de la sala de un enfermo. Cuando él hablaba, sin embargo, establecíase el silencio en el grupo, se le escuchaba con placer y veneración. La marquesa, al acercarse, le besó la mano rendidamente y le preguntó con interés por el catarro que hacía días padecía.

—¿Pero está usted acatarrado, padre?—preguntaron a la vez muchas señoras.

—Un poquito nada más—respondió el sacerdote sonriendo dulcemente.

—Un poquito, no; bastante. Ayer no cesaba usted de toser en San
José—dijo la marquesa.

Y se puso a dar cuenta de la dolencia del padre con solicitud y minuciosidad, no omitiendo ningún pormenor que pudiese contribuir a esclarecer tan importante punto. El clérigo sonreía, con los ojos en el suelo, diciendo en voz baja:

—No la hagan ustedes caso. La señora marquesa es muy aprensiva. Verán ustedes cómo resulto en último grado de tisis.

—Padre, hay que cuidarse … hay que cuidarse…. Usted trabaja demasiado…. Por el bien mismo de la religión debe usted cuidarse.

Todos se apresuraban a aconsejarle con afectuoso interés. Una señorita de treinta y siete años, muy correosa y espiritada, que se confesaba con él, llegó a decir entre burlas y veras:

—Padre, ¡qué sería de mí si usted se muriese!

Lo cual hizo reir a los circunstantes y pareció molestar un poco al correcto sacerdote. La marquesa quiso prohibirle que pronunciase aquella tarde la plática de costumbre; pero él se negó rotundamente a ello.