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La Espuma / Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7. cover

La Espuma / Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Chapter 14: XIII
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About This Book

Una mujer elegante de rasgos severos recorre la ciudad despertando admiración y miradas, mientras mantiene un aire altivo que provoca tanto elogios como desprecio. Un joven mucho más joven la sigue con apasionada atención, generando en ella impaciencia y rechazo. La narración combina escenas de paseo, viajes en tranvía y reuniones sociales para mostrar clases de comportamiento, pequeñas humillaciones y silencios dolorosos; personajes variados experimentan inquietud, orgullo y resignación en ambientes urbanos y domésticos, explorando tensiones entre deseo, vanidad y las convenciones sociales.

En esto fueron entrando otras muchas personas en el salón. Llegaron Mariana Calderón y su hija Esperanza, los condes de Cotorraso, Pepa Frías y su hija Irene. Esta última traía el semblante pálido y ojeroso: como que salía de la cama donde había estado algunos días retenida por una afección nerviosa. Ya que estuvo poblado, la marquesa les invitó a pasar al oratorio y así lo hicieron. Las señoras se colocaron cerca del altar, donde todas tenían preparados sendos y lujosos reclinatorios: los caballeros permanecieron detrás y sólo tenían un almohadón de terciopelo para arrodillarse. Comenzó la sesión rezando todos el Rosario detrás del padre Ortega. Las señoras lo hicieron con una compostura y un recogimiento que edificaba: las ebúrneas manos, donde los diamantes y esmeraldas lanzaban destellos, cruzadas humildemente; la hermosa cabeza hundida en el pecho. Estaban irresistibles. Aunque no fuese más que por galantería, el Supremo Hacedor estaba obligado a concederles lo que pedían. No era la menos humilde, la menos bella y edificante, Pepa Frías. La mantilla negra iba admirablemente a sus cabellos rubios y a su tez blanca y sonrosada. Lo mismo decimos de Clementina Salabert, que era más esbelta, más delicada de facciones y que no le cedía nada en la tersura y brillo de la tez. Aquellas actitudes lánguidas y artísticas que las damas adoptaban, debían de estar destinadas a mover la Voluntad Divina. Pero como un fin enteramente secundario también tenían por objeto la edificación de los fieles salvajes que las contemplaban. Y si por casualidad hubiese entre ellos algún librepensador ¡qué confusión y vergüenza se apoderarían de su ánimo al ver que el Señor tenía de su lado a lo más distinguido y elegante de la high life madrileña!

Terminado el Rosario, dos de las más espirituales tertulianas subieron a la pequeña tribuna acompañadas de un salvaje barítono y de otro que tecleaba el piano y cantaron uno de los más preciosos números del Stabat Mater de Rosini. Al escucharles todas aquellas almas místicas sintieron la nostalgia del teatro Real, de la Tosti y de Gayarre. Se confesaron con dolor que si en el Paraíso celeste había tantos inteligentes como en el de la plaza de Isabel II, la pita que en aquel instante estaban dando a sus amiguitos debía de ser monumental. A seguida del canto vino la plática o conferencia del padre Ortega. Acomodóse el sabio escolapio en un rico sillón de ébano y marfil en el centro de la capilla. Rodeáronle las señoras sentadas en sillitas y cojines; acercáronse los caballeros formando en segunda fila. Después de meditar unos minutos para recoger las ideas, comenzó a exponer con voz suave y palabra lenta y solemne algunas consideraciones acerca de la familia cristiana. Ya sabemos que el padre Ortega era un sacerdote a la altura de la civilización contemporánea. Al hablar de la familia estuvo profundo y elocuente. Para el padre Ortega lo que constituía la familia era el respeto y el amor a la tradición, el respeto y el amor a los antepasados. "La familia es una tradición; tradición de glorias, de nombres, de honores, de virtudes y de recuerdos; y todo eso significa una misma cosa; amor, estimación y respeto a los mayores, es decir, a lo más generoso y conservador que hay en la familia". Con este motivo el conferenciante tronó contra la revolución, contra ese viento que sopla del infierno para destruir todo lo antiguo y glorificar lo nuevo, contra ese desprecio bárbaro de las costumbres, de las leyes, de las instituciones, de las glorias de nuestros antepasados. "La revolución lleva escrito en su bandera: desprecio a los mayores. ¿Cómo no, si las creencias antiguas, las costumbres antiguas, las instituciones antiguas, las aristocracias antiguas, a pesar de lo que en ellas, como en todo lo humano, puede echarse de menos, representan el trabajo de nuestros antepasados, la inteligencia, la gloria, el alma, la vida y el corazón de nuestros padres? Y siendo así, ¿cómo la ciencia revolucionaria que lanza sobre todas las cosas antiguas sus estúpidos desdenes, no había de lanzar también sobre los antepasados sus groseros desprecios?" Un principio de disolución de la familia es el ataque que se dirige por las escuelas revolucionarias a la propiedad. Esta agresión no sólo es un atentado directo contra la sociedad, sino que es un atentado todavía más directo contra la familia. "La propiedad, la herencia y el patrimonio, ¿qué son sino el culto de los antepasados y el amor a los hijos? La propiedad es el presente, el pasado y el porvenir de la familia; es el lugar donde crece y se dilata en el tiempo; es el suelo que aseguraron los abuelos que se van, puesto hoy bajo las plantas de la posteridad que se eleva bendiciéndolos".

Cerca de una hora estuvo el sabio escolapio asentando sobre sólidas bases la existencia de la familia cristiana. Estas bases no eran otras que la religión, la propiedad y la tradición. Hablaba con autoridad, en un tono sencillo y persuasivo, con palabra atildada y correcta. El auditorio le escuchaba atento, sumiso, convencido de que era el Espíritu Santo quien por boca del venerable sacerdote les ordenaba tener mucho cuidado con la tradición, con la religión, y sobre todo con la propiedad. Este sublime pensamiento les edificaba de tal modo, que el conde de Cotorraso y algunos otros grandes propietarios que allí había, se sentían unidos eternamente al Ser Supremo por el vínculo sagrado de la propiedad territorial y se prometían combatir por ella heroicamente y oponerse en el Senado a toda ley que directa o indirectamente atentara a su integridad.

Al terminar el escolapio se le cumplimentó con sonrisas y reprimidas exclamaciones de entusiasmo. Todos hablaban en voz de falsete respetando el sagrado del recinto. La señorita correosa que había preguntado antes qué sería de ella si el padre Ortega le faltase, corrió a tomarle la mano y se la besó repetidas veces con arrebato que hizo cambiar algunas miradas de burla a los circunstantes. El padre se la retiró bruscamente con visible desagrado. Y otra vez subieron a la tribuna varias damas y caballeros, y ejecutaron, en toda la extensión de la palabra, algunas melodías religiosas de Gounod.

Al fin salieron del oratorio todas aquellas almas beatas y se dirigieron al salón.

La marquesa de Alcudia, cuya voluntad no podía estar jamás en reposo, se dispuso a cumplir lo que había prometido a su sobrino. Este la vió llamar aparte a Mariana y salir con ella. Al cabo de un rato ambas volvieron. Castro comprendió que se había hablado de él, en la mirada tímida y afectuosa que la esposa de Calderón le dirigió al entrar. Luego observó que la marquesa se retiraba hacia un rincón con el padre Ortega y hablaban reservadamente. Sospechó que también él estaba sobre el tapete. El sacerdote le dirigió dos o tres miradas con sus ojos vagos de miope. No se había acercado a Esperancita en todo el tiempo, pero de lejos se miraban y se sonreían. La niña parecía sorprendida de aquella actitud reservada. Pepe la había festejado bastante en los últimos días. Comenzó a inquietarse. Al fin, ella misma vino hacia él.

—No ha estado usted anoche en el Real. ¿Guarda usted la Cuaresma?

—¡Oh, no!—dijo riendo el joven—. Es que me dolía un poco la cabeza y me acosté temprano.

—¡Claro! ¿qué había de suceder? Por la tarde montaba usted un caballo que no cesaba de saltar. Hubo un momento en que pensé que le tiraba.

Castro sonrió lleno de condescendencia. La niña se apresuró a decir:

—Ya sé que es usted un gran jinete; pero de todos modos, siempre puede suceder una desgracia.

—¿Qué hubiera usted hecho si me hubiese tirado?—preguntó él mirándola a los ojos fijamente.

—¡Qué sé yo!—exclamó la niña alzando los hombros y ruborizándose.

—¿Daría usted un grito?—insistió sin dejar de mirarla.

—¡Vaya unas preguntas extrañas que usted hace!—dijo Esperancita más ruborizada cada vez—. Lo daría quizá … o no lo daría….

En aquel momento se acercó la marquesa de Alcudia llamándola.

—Esperanza, tengo que decirte una cosa….

Y al pasar junto a su sobrino, murmuró muy bajo:

—¡Prudencia, Pepe! Esos apartes no están en el programa.

Al verlas alejarse y salir de la estancia, otro hombre menos superior sentiría alguna inquietud, cierto anhelo por saber lo que iba a pasar en aquella conferencia memorable. Pero nuestro joven estaba tan por encima del vulgo en estas y otras materias, que se puso a bromear con las damas con la misma tranquilidad que si Esperancita y la marquesa se hubiesen ido a hablar de modas. Cuando al cabo de un rato tornaron a entrar, la niña de Calderón tenía la carita encendida, los ojos brillantes, con una expresión sumisa y dichosa a la vez, que si no temiéramos cometer una profanación en viernes de Cuaresma, compararíamos a la de la Virgen María cuando el ángel Gabriel le anunció que concebiría del Espíritu Santo.

Continuó la reunión con un carácter semirreligioso. Aquellos espíritus ascéticos no podían olvidarse de que era un día consagrado por las penitencias de Jesús en el desierto. En su consecuencia, las niñas que se acercaron al piano abstuviéronse de cantar el vals de La Bujía Elegante. Sus gargantas piadosas no modularon más que el Ave María de Schubert, la de Gounod y otras piezas donde se exhala el amor divino. Se hablaba y se reía con discreción, bajando el tono. Si algún pollo se desmandaba un poco de palabra, las damas le llamaban al orden recordándole que en viernes de Cuaresma no se debe aludir a ciertas cosillas prohibidas. El espíritu de Dios estaba en la asamblea, a juzgar por la gran conformidad, por la dulce serenidad con que todos se resignaban a vivir en este valle de lágrimas. Una sonrisa feliz vagaba por los labios de ellas y ellos. Entre cánticos melodiosos, entre amenas pláticas y bromas delicadas se pasó la tarde. Los revisteros podían decir, sin faltar a la verdad al día siguiente, que los "viernes del Supremo Hacedor" eran deliciosos, y que la marquesa de Alcudia hacía los honores en su nombre con exquisita amabilidad.

Al cabo, la piadosa reunión se dispersó. Todas aquellas almas bienaventuradas y temerosas de Dios salieron del palacio de Alcudia y se dirigieron a sus moradas, donde les aguardaba la sopa de tortuga humeante, el salmón con salsa mayonesa, las ricas ensaladas de col de Bruselas y las apetitosas bouchées de crevettes. La oración de quietud, aquellas horas de unión contemplativa con la Divinidad, les había abierto de par en par el apetito. No hay nada que vigorice el estómago como la convicción de tener de su parte al Omnipotente y la esperanza fundada de que más allá de esta vida, si hay fuego y tormentos eternos para los pelagatos y descamisados que se atreven a discutirle, para las familias cristianas, esto es, para las que tienen religión y propiedad y antepasados, no puede haber más que bienandanza, una eternidad de salmón con mayonesa y de crevettes a la parisienne.

XIII

#Viaje a Riosa.#

El duque de Requena había dado la última sacudida al árbol. La naranja cayó en sus manos dorada y apetitosa. En un momento dado sus agentes de París, Londres y Madrid adquirieron más de la mitad de las acciones de Riosa. La gerencia vino pues a sus manos, o, lo que es igual, la mina. Algunos habían sospechado ya el juego; se resistían a vender, sobre todo en Madrid, donde el carácter del banquero era conocido. A no apresurarse a dar el golpe decisivo, seguramente las acciones hubieran subido. Llera olfateó el peligro y dió la señal de avance. ¡Qué día más feliz para el asturiano aquel en que se recibieron los telegramas de París y Londres! Su cara angulosa resplandecía como la de un general que acaba de ganar una batalla. Sus largas, descomunales extremidades se movían como las aspas de un molino, al dar cuenta del suceso a los hombres de negocios que había acudido a casa del duque en demanda de noticias. Fluían sonoras, homéricas carcajadas de su pecho levantado de esternón como el de un pollo: abrazaba a los amigos hasta asfixiarlos, y cuando el duque le dirigía alguna pregunta respondíale con cierto desdén desde la altura de su gloria. Y sin embargo, en aquel colosal negocio, él no llevaba ni un medio por ciento. Ni una sola peseta de tantos millones de ellas como iban a salir por la boca de la mina, vendría a caer en sus manos. ¡Pero qué importa! Sus cálculos se realizaban, aquella intriga seguida con sigilo, con perseverancia, con maravillosa actividad y talento llegó al desenlace apetecido. Su alegría era la del artista que triunfa, comparados con la cual todos los goces sórdidos de la tierra no valen un comino.

Los del duque no fueron todos de esta especie. También su vanidad se sintió halagada por aquel ruidoso triunfo. Pensaba sinceramente que había llevado a cabo una empresa maravillosa digna de ser esculpida en mármoles y cantada por los poetas. Lo que en pura verdad no pasaba de una estafa consentida por las leyes, por una extraña aberración del sentido moral se transformaba en gloriosa manifestación de la inteligencia, no sólo a sus propios ojos, sino a los de la sociedad. Para festejar el éxito y también para enterarse por sí mismo de las reformas que debían llevarse a cabo a fin de que la mina produjese lo que tenía pensado, proyectó una excursión con los ingenieros y algunas personas de su intimidad. Al principio no pensó en llevar consigo más de ocho o diez. Poco a poco se fué ampliando el número, de suerte que al llegar el día de la marcha pasaban de cincuenta los convidados. Este aumento era debido principalmente a la iniciativa de Clementina, a quien sedujo la idea de aquel viaje. Lo que en el pensamiento del duque había sido una excursioncita modesta, familiar, en el de su encopetada hija adquirió el carácter de un acontecimiento público, un viaje resonante y ostentoso que preocupó algunos días a la sociedad elegante.

Salabert hizo poner un tren especial para sus convidados. Unos días antes había mandado los criados y las provisiones. Todo debía estar preparado para recibirles dignamente. Corría el mes de mayo. Empezaba a sentirse el calor. A las nueve de la mañana se veía en las inmediaciones de la estación de las Delicias una multitud de carruajes de lujo, de los cuales salieron las damas y los caballeros ataviados según las circunstancias; ellas con vistosos trajes de fantasía para las excursiones campestres, ligeros y claros; ellos de americana y hongo, pero imprimiendo en este sencillísimo traje el sello de su capricho, procurando, como es justo, apartarse de los hongos y americanas conocidos hasta el día. Quién llevaba un terno de franela blanca como el ampo de la nieve con guantes y sombrero negros; quién lo lucía de color de lagarto con un sombrerito azul de alas microscópicas; quién, por fin, había creído oportuno vestirse de tricot negro con guantes, botines y sombrero blancos. Muchos llevaban colgados de los hombros por correas charoladas magníficos gemelos para que no se les escapasen los mínimos detalles del paisaje. Y abundaban asimismo los bastones alpestres como si marchasen a alguna expedición peligrosa al través de las montañas.

El tren especial constaba de dos coches-salón, un sleeping-car y un furgón. Con la algazara que el caso requería se fué acomodando en los primeros aquella crema delicada de la salvajería madrileña. Predominaban los hombres. Las damas se habían retraído por no hallar suficiente grata la perspectiva de visitar una mina. Pero aún había bastantes para amenizar la excursión, y entorpecerla también. Estaban allí las que de algún modo por sus padres o maridos se relacionaban con el negocio, como la esposa y la hija de Calderón, la chica de Urreta, la señora de Biggs, Clementina Salabert y otras. Al lado de éstas algunas que por amistad íntima con ellas se habían decidido a acompañarlas, como Pacita y Mercedes Alcudia, cuya amistad con Esperancita era notoria. Estaban también aquellas que no podían faltar dondequiera que hubiese holgorio, verbigracia: Pepa Frías, Lola Madariaga, etc. Había hombres de negocios, personajes políticos, títulos rancios y nuevos. Al montar en el tren podía observarse la solicitud servil de los empleados de la estación, la extrema turbación que en aquel recinto producían los poderosos de la tierra.

Al fin, el más poderoso de todos, el egregio duque de Requena sacó el pañuelo y lo agitó en la ventanilla. Sonó un pito, respondió la máquina con prolongado y fragoroso ronquido, y resoplando y bufando, el tren comenzó a mover sus anillos metálicos y a arrastrarse lentamente alejándose de la estación. Los convidados, desde las ventanillas, saludaban con los pañuelos a los que habían ido a despedirles. Gran agitación y algazara en los coches, apenas se encontraron corriendo por los campos yermos de la provincia de Madrid. Todo el mundo hablaba en voz alta y reía: esto y el ruido del tren hacía que apenas se entendieran. Poco a poco se fué operando, sin embargo, en aquella asamblea el fenómeno químico de la afinidad electiva. El duque se vió rodeado, en una berlina o mirador que había en la trasera del coche, de varios personajes de la banca y la política. Clementina, Pepa Frías, Lola Madariaga y otras damas formaban grupo conversando con los aficionados a la charla desenvuelta y picante, Pinedo, Fuentes, Calderón. Las niñas y los pollastres se decían mil frases espirituales que les regocijaba hasta un grado indecible. Una de las cosas que más alegría les causó fué la aparición de Cobo Ramírez en la ventanilla con la gorra galoneada de un empleado exigiéndoles el billete. Cobo estaba en el otro salón y había venido por el estribo, arriesgándose un poco, pues el tren llevaba extraordinaria velocidad. Se le acogió con aplausos. Las chicas enviaron recaditos a sus vecinas las del otro coche. Los pollos escribieron cartas de declaración. De todo se encargó el primogénito de Casa-Ramírez, quien iba y venía de un coche a otro con gran firmeza a pesar de su obesidad. Esto les divirtió un rato. Los billetes amorosos escritos con lápiz se leían en voz alta y provocaban los aplausos y la risa.

Raimundo charlaba con el mejicano de las vacas y con Osorio. Este había llegado a mirarle con cierta benevolencia. De los amantes de su mujer era el que había hallado más simpático y más inocente. Aunque niño en la apariencia, observaba que era inteligente, instruído, cualidades que hasta entre salvajes concede cierto prestigio a la persona. Nuestro joven había concluído por adaptarse bastante bien al medio en que hacía tiempo vivía. No sólo en su traje podían observarse los refinamientos de la moda secundada por la propia fantasía, sino que en su trato y en sus modales se iba operando un cambio visible. En sus relaciones con Clementina continuaba siendo el niño tímido, el mismo esclavo sumiso que vivía pendiente de un gesto o una mirada de su dueño. El amor echaba en su corazón cada vez más hondas raíces. Pero en el comercio social se había ido atemperando a lo que en torno suyo veía. Hizo lo posible por reprimir los ímpetus de su naturaleza expansiva y afectuosa: adoptó un continente grave, impasible, ligeramente desdeñoso: procuró burlarse de cuanto se decía en su presencia, como no tocase a los usos y fueros de la salvajería: adquirió un cierto tonillo irónico, semejante al de sus compañeros de club. Y sobre todo se guardó muy bien de emitir ninguna idea científica o filosófica, pues por experiencia sabía que esto era lo que no se perdonaba en aquella sociedad. Hasta procuró refrenarse cuando alguno de aquellos jóvenes le inspiraba más simpatía y afecto que los otros. El cariño es en sí ridículo y precisa guardarlo en el fondo del corazón. De otra suerte se exponía a que el mismo objeto de sus expansiones cariñosas le respondiese con alguna cuchufleta como le sucedió más de una vez. Gracias a estas diligencias y a tal aprendizaje que fué para él rudo, logró que se le respetase algo más, que se le mirase como hombre chic, suprema felicidad a que no es fácil llegar en esta mísera existencia planetaria.

Cuando Cobo hubo realizado varios de aquellos viajes de un coche a otro,
que no dejaban de ser peligrosos por la velocidad del tren, Lola
Madariaga, fijando una mirada burlona, primero en Clementina, luego en
Alcázar, dijo a éste:

—Alcázar, ¿se atreve usted a ir a pedir a la condesa de Cotorraso su frasco de sales? Me siento un poco mareada.

Raimundo era, como ya sabemos, un chico débil, que no había tenido la educación gimnástica de los jóvenes aristócratas, sus amigos. Aquel viajecito por el estribo, con la marcha rapidísima del tren, que para ellos era cosa baladí, para él, que sentía vértigos al atravesar un puente o subir a una torre, era realmente peligrosísimo. Así lo comprendió y vaciló un instante, pero la honrilla le hizo responder:

—Voy al momento, señora.

Y se dispuso a dar cumplimiento al encargo. Pero Clementina, que había fruncido el entrecejo al oir la exigencia de su amiga, le detuvo exclamando con energía:

—¡No vaya usted, Alcázar! Ya se lo encargaremos a Cobo cuando vuelva.

El joven vaciló todavía con la mano en la portezuela; pero Clementina repitió aún con más fuerza, y ruborizándose:

—No vaya usted. No vaya usted.

Raimundo manifestó sonriendo a Lola:

—Perdone usted, señora. Hoy no puedo ser lacayo sino de Clementina.
Otro día tendré el honor de serlo de usted.

Ni la carcajada de Lola, ni la sonrisa burlona de las otras damas consiguieron extinguir la emoción gratísima que el vivo interés de su amada le hizo experimentar.

Ramoncito Maldonado se hallaba en el otro coche acompañando a Esperancita, a su madre y a otras damas y damiselas a quienes tenía el decidido propósito de encantar con su plática. Les contaba, esforzándose en dar a su palabra un giro parlamentario, ciertos curiosos incidentes de las últimas sesiones del Ayuntamiento. Manejaba ya perfectamente todos los lugares comunes de la oratoria municipal y conocía hasta lo más profundo el tecnicismo reglamentario. Hablaba de orden del día, votos de confianza, particulares, nominales, secretos, proposiciones incidentales, previas, y de no ha lugar a deliberar, interpelaciones, preguntas, etc., etc., como si fuese el inventor de este aparato maravilloso del ingenio humano. Conocía ya las Ordenanzas municipales como si las hubiese parido. Trataba las cuestiones de aforos, rasantes, alcantarillado, decomisos, etc., etc., que daba gloria oirle. Finalmente, como hombre desmedidamente ambicioso que era, se había metido en una conjuración contra el alcalde, de la cual pensaba sacar su nombramiento de individuo de la comisión de paseos públicos. Hacía ya tiempo que sostenía una lucha sorda, pero terrible, con Pérez, otro concejal no menos ambicioso, para obtener este puesto, en el cual sus grandes dotes de innovador podrían brillar espléndidamente. El Retiro, Recoletos, la Castellana, el Campo del Moro esperaban un redentor que les diese nueva y deslumbrante vida, y este redentor no podía ser otro que Maldonado. En el fondo de su cerebro, entre otros mil proyectos portentosos, había uno audacísimo que no se atrevía a comunicar a nadie, pero que incubaba con particular cariño, resuelto a luchar por él hasta el fin de sus días. Este proyecto era nada menos que el de trasladar la fuente de Apolo del Prado al centro de la Puerta del Sol. ¡Y que un mercachifle indigno como Pérez, de criterio estrecho, sin gusto y sin estética, se atreviese a disputarle el puesto!

Cuando más embebido estaba, dando cuenta de la habilísima intriga que habían urdido para dar un voto de censura al alcalde, Cobo ¡su eterno estripacuentos! acercóse al grupo, y después de escuchar un momento, le atajó diciendo:

—Vaya, Ramón, no te des tono. Ya sabemos que en el Ayuntamiento no representas nada. González te lleva por las narices adonde le da la gana.

Fué aquél un golpe rudo para Maldonado. Considérese que estaba delante de Esperancita y de otra porción de señoras y señoritas. Tan rudo fué que le aturdió como si le hubiesen dado en la frente con una maza. Se puso lívido, sus labios temblaron antes de poder articular una palabra. Por fin, dijo con voz alterada:

—¿A mí González?… ¿Por las narices? ¡Estás loco!… A mí no me lleva nadie por las narices … y mucho menos González.

Pronunció las últimas palabras con afectado desprecio. Negó a González por la misma razón que San Pedro negó a su Maestro, por el pícaro orgullo. La conciencia le decía que faltaba a la verdad, aunque no cantase el gallo. González era el leader de la minoría municipal, y Ramoncito le tenía en el fondo del alma una gran veneración.

—¡Anda, anda! ¡si querrás negarme que González te maneja como un maniquí! ¡Estaríais buenos los disidentes si no fuese por él!

Ramoncito recobró súbito el uso de la palabra, y tan plenamente que pronunció más de mil en pocos minutos, con ímpetu feroz, soltando espumarajos de cólera. Rechazó como debía aquella absurda especie del maniquí y explicó cumplidamente la significación que González tenía dentro del municipio y la posición que él mismo ocupaba. Pero lo hizo con tal exaltación y ademanes tan descompuestos que las damas le contemplaban sorprendidas y risueñas.

—¡Pero este Ramoncito qué genio tiene!… ¡Quién lo diría!… Vamos,
Cobo, no le maree usted más, que puede ponerse malo.

La compasión de las señoras le llegó al alma al enfurecido concejal. Callóse de pronto, y crujiendo los dientes de un modo lamentable, se encerró lo menos por una hora en un silencio digno y temeroso.

En una estación secundaria, en medio de campos yermos y dilatados que formaban, como el mar, horizonte, se detuvo el tren para que los viajeros pudiesen almorzar. Los criados del duque, enviados delante, lo tenían todo preparado a este fin. Ramoncito se convirtió en caballero servant de Esperancita. Esta se dejaba obsequiar con semblante benévolo, lo cual le tenía medio loco de alegría. La razón de esta condescendencia era que Pepe Castro no había venido por mandato expreso de su tía la marquesa de Alcudia. Las negociaciones matrimoniales, llevadas con gran sigilo, exigían cada vez más prudencia. Como Maldonado era tan íntimo amigo del dueño de su corazón, Esperancita sentía cierto deleite teniéndole a su lado. Al mismo tiempo evitaba que le fuesen llevando cuentos sobre si hablaba con el conde de Agreda o con Cobo. ¡Pobre Ramón! ¡Cuán ajeno estaba de estas complicadas psicologías!

Montaron de nuevo en el tren. Siguieron caminando al través de llanuras interminables, amarillentas, sin que a ninguno se le ocurriese enderezar hacia el paisaje los magníficos gemelos ingleses. Y llegaron a Riosa poco antes del oscurecer. Las minas de Riosa están situadas en el centro de dos cumbres poco elevadas, estribaciones de una famosa sierra. Rodéanlas por todas partes terrenos ásperos, lomas y colinas de escasa elevación, donde abundan, no obstante, las quebraduras y asperezas que le dan aspecto triste y siniestro. Entre aquellas dos cumbres hay una villa edificada desde la más remota antigüedad. Nuestros viajeros no llegaron a ella. Detuviéronse dos kilómetros más atrás, en un burgo denominado Villalegre, donde los ingenieros y empleados habían situado su domicilio para sustraerse a las emanaciones mercuriales y sulfurosas que envenenan lentamente, no sólo a los mineros, sino a los vecinos de Riosa. Se hallaba separado de ésta por una colina y ofrece, con la villa de las minas, notable contraste. Riega sus terrenos un riachuelo y lo fecunda y lo convierte en ameno jardín, donde crecen en abundancia los lirios silvestres, el jazmín y el heliotropo y sobre todo las rosas de Alejandría, que han tomado allí carta de naturaleza como en ninguna otra región de España. Los aromas penetrantes del tomillo y del hinojo embalsaman y purifican el ambiente. Lo mejor y más florido de estos terrenos pertenecía a la Compañía. Separada de la aldea como unos trescientos pasos y en el centro de un parque se levanta soberbia fábrica de piedra. Es la habitación del director y el centro administrativo de las minas. No lejos, diseminados a uno y otro lado, hay unos cuantos pabelloncitos con su jardín enverjado. Moran allí algunos empleados de la administración y algunos facultativos, aunque los más de éstos tienen su domicilio en Riosa.

Villalegre no tiene estación. El tren se detuvo cerca de la carretera que va a la capital de la provincia. Allí les esperaban algunos coches que los condujeron en diez minutos al palacio de la Dirección. A la puerta del parque y en las inmediaciones había una muchedumbre que saludó a la comitiva con vivas apagados. Eran los obreros, los que no estaban de tarea, a quienes el director había hecho venir desde Riosa con tal objeto. Todos ellos tenían la tez pálida, terrosa, los ojos mortecinos: en sus movimientos podía observarse, aun sin aproximarse mucho, cierta indecisión que de cerca se convertía en temblor. La brillante comitiva llegó a tocar aquella legión de fantasmas (porque tales parecían a la luz moribunda de la tarde). Los ojos de las hermosas y de los elegantes se encontraron con los de los mineros, y si hemos de ser verídicos, diremos que de aquel choque no brotó una chispa de simpatía. Detrás de la sonrisa forzada y triste de los trabajadores, un hombre observador podía leer bien claro la hostilidad. El cortejo de Salabert atravesó en silencio por medio de ellos, con visible malestar, los rostros serios, y con cierta expresión de temor. Las damas se apretaron instintivamente contra los caballeros. Al entrar en el parque murmuraron algunas: "¡Dios mío, qué caras!" Ellos respiraron con satisfacción al verse libres de aquellas miradas profundas y misteriosas. Sólo Rafael Alcántara se atrevió a responder con una chanzoneta:

—Verdad. El pueblo soberano no anda por aquí muy bien de fisonomía.

El director presentó a Salabert los empleados. Los facultativos eran casi todos extranjeros, tipos rubios y sonrosados que nada ofrecían de particular. Menos aún los administrativos. El único que llamaba un poco la atención entre ellos era un joven delgado y pálido, con fino bigote negro, cuyos ojos negros y duros se fijaban con tal decisión en los convidados que rayaba en insolencia. Sin saber por qué, los que cambiaban con él una mirada se sentían molestos y separaban prontamente la vista. El director lo presentó como el médico de las minas.

Los invitados tenían sus habitaciones preparadas, unos en el edificio de la dirección (los de más cuenta, por lo que pudo verse), otros en los pabelloncitos adyacentes. Cuando hubieron reposado un instante, todos se trasladaron al gran salón del director, y desde allí, en procesión solemne, las damas cogidas del brazo de los caballeros, a la vasta sala de oficinas que se había habilitado para comedor. Fué una comida espléndida la que el duque les ofreció. No se echó menos ninguno de los refinamientos de los comedores aristocráticos, ni en el lujo de la vajilla, ni en el aderezo de los platos, ni en la corrección del servicio. Mientras comían, el vasto parque se iluminó a la veneciana. Al levantarse de la mesa todos corrieron a admirar desde los balcones el golpe de vista, que era magnífico, deslumbrador. Una orquesta, oculta en uno de los grandes cenadores, tocaba con brío aires nacionales. Lo mismo damas que caballeros, empujados por el calor que era sofocante, atraídos también por la belleza del espectáculo, salieron de casa y se diseminaron por los jardines. Los pollos consiguieron llevar a algunas muchachas hasta las inmediaciones del cenador, donde estaba la orquesta, y se pusieron a bailar. Cobo Ramírez, acercándose al grupo, les gritó:

—¿Sabéis lo que pareceis, chicos? Viajantes de comercio en el soto de Migascalientes.

Este parecido debió de llegarles a lo más vivo del alma. El baile perdió su encanto para aquellos jóvenes ilustres, y no tardó en extinguirse. Pero como la inspiración de Terpsícore ardía en sus corazones, tomaron el acuerdo de trasladarse al salón y allí continuaron rindiéndole culto, libre la conciencia de aquel horrible peso que Cobo les había echado.

La fiesta nocturna no dejó de ser grata. Hubo muy lindos fuegos de artificio traídos de Madrid. Las damas y los caballeros discurrían por los caminos enarenados aspirando con delicia el fresco de la noche, embalsamado por los aromas de las flores. Sólo había un punto negro en aquella deliciosa velada. Al aproximarse a la verja vislumbraban a la muchedumbre de obreros, mujeres y niños que habían acudido de Riosa al ruido de la fiesta. Eran los mismos rostros pálidos, los ojos tristes, sonreír, que les habían saeteado al entrar. Así que, procuraban no llegar hasta las lindes, mantenerse en los caminos y glorietas del centro. Sólo Lola Madariaga, que se enorgullecía de ser muy caritativa y era presidenta, secretaria y tesorera de tres sociedades de beneficencia, respectivamente, fué la única que se aventuró a hablar con ellos y aun esparció algunas monedas de plata. Pero de la oscuridad partieron al cabo frases obscenas, algunos insultos que la obligaron a retirarse. El conde de Cotorraso montó en cólera al saberlo:

—¡Y piden libertades y derechos para estos beduínos! Que los hagan honrados, agradecidos, decentes … y luego hablaremos.

Por la misma ley de afinidad electiva de que hemos hablado más arriba, Raimundo se encontró paseando con un personaje que se despegaba un poco del resto de aquella sociedad. Era un caballero de cincuenta a sesenta años, bajo, delgado, con bigote y perilla canosos, ojos saltones y distraídos, resguardados por gafas. Llamábase D. Juan Peñalver. Era catedrático de Filosofía en la Universidad y había sido ministro. Gozaba fama de sabio, con justicia, y de una respetabilidad que pocos habían alcanzado en España. Por esta razón los jóvenes salvajes le miraban con hostilidad y afectaban tratarle con cierta familiaridad desdeñosa. Es evidente que no hay nada que moleste tanto a los salvajes como la Filosofía. Luego la superioridad intelectual, la gloria que rodeaba a Peñalver hería su orgullo. El no advertía este desdén. Tenía un carácter jovial, afectuoso, y sobre todo muy distraído. Era incapaz de fijarse en los diversos matices del trato social, que apenas cultivaba desde que se había retirado de la política para consagrarse exclusivamente a la ciencia. Había formado parte de aquella excursión por complacer a su cuñado Escosura, que poseía un número considerable de acciones en la mina. Ultimamente se había consagrado con ardor al estudio de las ciencias naturales, de donde partían los tiros más certeros contra la metafísica idealista a que él había consagrado su vida. Al tropezarse casualmente con un joven tan entendido en ellas como Raimundo, sintió un verdadero placer. Aquella sociedad le aburría espantosamente. Tomóle del brazo, y sin reparar en si le molestaba o no, se puso a charlar animadamente de Fisiología.

Raimundo se hallaba en un momento de tristeza y desmayo. Hacía tiempo que observaba que Escosura tenía proyectos amorosos respecto a Clementina. La festejaba con todo descaro donde quiera que la veía, afectando desconocer sus relaciones, sin reparar siquiera en él. Este Escosura era física y moralmente lo contrario de su cuñado Peñalver. Alto y corpulento, de pecho levantado y facciones pronunciadas, rico, hombre de cuenta en la política, orador fogoso, de una voz tan sonora y descomunal que, según sus enemigos, a ella debía la mayor parte de sus éxitos parlamentarios. Tendría unos cuarenta años. No había sido aún ministro, pero se contaba que lo fuese en plazo muy breve. Clementina había rechazado repetidas veces sus instancias. Raimundo lo sabía y estaba orgulloso de este triunfo. Sin embargo, no podía arrancar de sí cierta inquietud cada vez que le veía hablando con ella como en este momento. Estaban sentados, en una de las glorietas con otras varias personas y charlaban animadamente aparte. Cada vez que pasaba por delante de ellos con Peñalver, su corazón se encogía: apenas entendía ni escuchaba siquiera las sabias disquisiciones que su ilustre compañero le iba vertiendo en el oído. Clementina comprendió por sus miradas angustiosas lo que estaba sufriendo, y después de aguardar malignamente un rato (que en esto todas son iguales), se levantó al cabo y vino hacia ellos sonriente:

—¿Qué conspiran los sabios?

—Hágamelo usted bueno—respondió con sonrisa modesta el joven—. Aquí no hay más sabio que el señor.

—Pues el señor se va a poner cátedra a la condesa de Cotorraso, que desea hablar con él, y usted se viene conmigo a ver una catedral gótica que el pirotécnico va a quemar ahora mismo—dijo colgándose con desenfado del brazo de su amante.

Alcázar se sintió feliz. No quiso informarla de la pena que había sentido hacia un momento, porque otras veces que lo hizo padeció doblemente: Clementina le respondía en un tono ligero y burlón que le hería en lo vivo del pecho. Contemplaron la maravillosa catedral de fuego hasta que se extinguió. La dulce presión del brazo de la hermosa, aquel suave perfume, siempre el mismo, que exhalaba de su gentil persona, enajenaban al joven entomólogo, ya predispuesto a enternecerse por la prueba de cariño que su amada acababa de darle. Esta, que le conocía perfectamente, al sentir que le oprimía con más fuerza el brazo, le miró a la cara con fijeza, segura de encontrar lágrimas en sus ojos. En efecto, Raimundo lloraba silenciosamente. Al verse sorprendido sonrió avergonzado.

¡Siempre tan chiquillo!—exclamó ella riendo y dándole un cariñoso tironcito—. Razón tiene Pepa en decir que pareces una colegiala del Sagrado Corazón. Vamos a pasear, que pueden fijarse en ti.

Dieron una vuelta por las calles más solitarias del jardín. Desde uno de los rincones se veía un trozo de paisaje bastante singular. La luna iluminaba de lleno la crestería de la colina más próxima, la que separaba a Villalegre de Riosa y la hacía aparecer como las ruinas de un castillo. Clementina quiso cerciorarse de la verdad. Salieron por una de las puertas de atrás, despejadas de gente, y se aproximaron lentamente a la colina. Esta en la cumbre se hallaba desnuda de vegetación, erizada en cambio de pedruscos de formas caprichosas que le daban aspecto de un montón de ruinas. Necesitábase estar muy cerca de ella para no equivocarse. Cuando la dama hubo satisfecho su capricho, dieron la vuelta al parque para entrar por la puerta contraria. Por aquella parte ya se veían algunos grupos de personas. Antes de llegar a la verja, en un rincón del camino oscurecido por la sombra de algunos árboles, los pies de Clementina tropezaron con un objeto que por poco la hace caer. Dió un grito: se le figuró que el obstáculo era el de un cuerpo humano. Raimundo sacó un fósforo, y en efecto, reconocieron que era un chico de diez a doce años el que allí estaba tirado. Pusiéronle en pie. El muchacho abrió los ojos y les miró con espanto. Luego, como por súbita inspiración, se apoderó del bastón que Alcázar traía en la mano y comenzó a moverlo cadenciosamente a un lado y a otro como si desempeñase una tarea difícil. Clementina y su amante le contemplaban llenos de asombro sin poder darse cuenta de lo que aquello significaba. Algunos obreros se acercaron. Uno soltó la carcajada exclamando:

—¡Si es uno de los chicos de la bomba! ¡Dale, dale, niño, que está duro!

Los otros también soltaron a reir brutalmente y comenzaron a animar al pobrecito sonámbulo.

—¡Duro, duro!… ¡Anda con ello!… ¡Más fuerte, chico, que no sube el agua!

El desdichado niño, con las voces, redoblaba sus esfuerzos imaginarios moviéndose cada vez con mayor velocidad. Era una criatura enteca, de rostro pálido: con el sueño estaba desencajado. Sus cabellos negros revueltos, erizados, le daban aspecto de aparecido. La alegría salvaje de los obreros ante aquel cuadro lastimoso produjo penosa impresión en Raimundo. Cogió al niño entre los brazos, lo sacudió un poco hasta que logró hacerle despertar, le besó en la frente con afecto, y sacando un duro del bolsillo se lo entregó, alejándose después con Clementina. Cesó la algazara de los obreros. Uno dijo con tonillo de envidia:

—¡Anda, que hoy poco trabajo te ha costado ganarte el jornal!

A la una de la noche los convidados de Salabert se retiraron a descansar. Estaba en el programa que a las nueve de la mañana se reuniesen todos en el salón para ir desde allí a visitar los trabajos y la mina. Y se cumplió, no estrictamente, porque en España esto no puede suceder, pero sí con una hora de diferencia. A las diez salió la comitiva, bastante mermada por supuesto, en coche para Riosa. Apeáronse a la entrada de la villa y la atravesaron por el medio, produciendo, como es consiguiente, no poca turbación en ella. Las mujeres salían a las puertas y ventanas contemplando con ansia y curiosidad aquel brillante cortejo de damas y caballeros ataviados con trajes que no habían visto en su vida. Lo mismo que sus esposos, hijos y hermanos, el color de aquellas mujeres era pálido, enfermizo, sus facciones menudas, su mirada lánguida, sus manos y sus pies pequeños. Al pasar vieron también algunos hombres atacados de fuerte temblor.

—¿Qué es eso? ¿Por qué tiemblan así esos hombres?—preguntó asustada
Esperancita.

—Son modorros—le respondió un empleado.

—¿Y qué son modorros?

—Los que enferman por trabajar en la mina.

—¿Y enferman muchos?

Todos—dijo el médico que había oído la pregunta—. El temblor mercurial ataca a cuantos bajan a la mina.

—¿Y por qué bajan?—preguntó cándidamente la niña.

—Por manía—repuso el médico sonriendo—. Yo creo que vale mucho más respirar el aire fresco, que no el de allá abajo.

—¡Claro! Yo sería cualquier cosa antes que minero.

Desembocaron al fin en una plaza o plazoleta, en el centro de la cual trabajaban algunos obreros levantando un artístico pedestal de mármol.

—Es el pedestal para la estatua del señor duque—dijo el director de las minas en voz alta.

—¡Ah! ¿Con qué van a colocar ahí su estatua, duque?—exclamaron unos cuantos rodeando al prócer.

Este se encogió de hombros haciendo un gesto de desprecio.

—No sé. Es una payasada que se le ha ocurrido al casino de los mineros.

—¡Oh, no, señor duque!—exclamó el director, a quien realmente correspondía la iniciativa, aunque por encargo de Llera sugestionado a su vez por el duque—. ¡Oh, no! El pueblo de Riosa quiere dar una prueba de respeto y gratitud a su decidido protector, al que en circunstancias críticas no ha vacilado en exponer un enorme capital comprando este desacreditado establecimiento y salvándolo de la ruina.

—¡Qué hermoso es hacer bien!—exclamó Lola Madariaga con voz conmovida, posando en Salabert con admiración sus dulcísimos ojos.

Todos le felicitaron, aunque muchos de ellos sabían a qué atenerse respecto a aquel admirable desprendimiento. Examinaron un momento las obras y siguieron después su marcha hacia el establecimiento minero.

Este se halla situado a la salida misma de la villa. Al exterior ofrecía el aspecto de una pequeña fabricación con algunas chimeneas que despedían humo negro. No daba idea de su importancia colosal. La comitiva entró y recorrió los cercos donde se ejecutan los trabajos auxiliares de la minería, donde se hallan además la mayor parte de las dependencias, carpintería, cerrajería, sala y gabinete de los ingenieros, etc. Lo que les llamó vivamente la atención fué el aspecto triste, enfermizo, de los operarios. Todos estaban marcados con un sello de decrepitud, que obligó a la condesa de Cotorraso a decir de pronto:

—Aquí, al parecer, no trabajan más que los viejos.

El director sonrió.

—Parecen viejos; pero no lo son, señora.

—¡Pero si todos tienen la piel arrugada, los ojos hundidos y apagados!…

—No importa; ninguno de ellos llega a cuarenta años. Los que trabajan aquí son mineros que ya no pueden bajar. Los empleamos en el exterior, aunque con menos sueldo.

—¿Y se necesita estar mucho tiempo en la mina para ponerse así?—preguntó Ramoncito.

—Poco, poco—murmuró el director; y añadió después:—Ahí donde ustedes les ven, todavía se me escapan al menor descuido a la mina…. ¡El jornal de fuera es tan pequeño!

—¿Cuánto ganan?

—Una peseta…. El máximum una cincuenta.

Penetraron en seguida en el cerco de destilación. El duque iba delante con los ingenieros ingleses encargados de proponerle las reformas necesarias para dar impulso al establecimiento. En este cerco se encuentran los hornos y grandes depósitos de cinabrio. Visitaron los almacenes de azogue y el sitio donde se pesa. Todos los operarios temblaban más o menos y ofrecían las mismas señales de decrepitud.

El director les propuso ir a ver el hospital. Algunos mostraron repugnancia; pero Lola Madariaga, que no perdía ocasión de exhibir sus sentimientos benéficos, rompió la marcha y la siguieron la mayor parte de las señoras y algunos caballeros. Otros se quedaron. El duque prescindió por un rato de sus convidados, escuchando atentamente a los ingenieros, que le iban apuntando lo que pensaban acerca del negocio.

El hospital de mineros estaba fuera de los cercos, muy próximo al cementerio, sin duda para que los enfermos se fuesen acostumbrando a la idea de la muerte y también para que si no fuesen poderosos a matarles los vapores mercuriales, les secundasen en la tarea las dulces emanaciones cadavéricas. Era un caserón viejo, agrietado, húmedo y sombrío. Las damas no retrocedieron, al poner las delicadas plantas en él, de vergüenza. El médico, que se había encargado de demostrarlo, las introdujo en las salas, y puso ante su vista el cuadro espantoso de la miseria humana. La mayor parte de los infelices enfermos estaban vestidos y sentados, unos sobre las camas, otros en sillas. Sus rostros cadavéricos, desencajados, daban miedo: su cuerpo se estremecía con incesante temblor, cual si estuviesen acometidos de terror pánico. En los semblantes de las damas, sonrosados y frescos, se dibujó el miedo y la angustia. El médico sonrió de aquel modo extraño que lo hacía, mirándolas con sus grandes ojos negros, insolentes.

—No es un cuadro muy agradable, ¿verdad?—les dijo.

—¡Pobrecillos!—exclamaron varias—. ¿Son todos mineros?

—Sí, señoras; la atmósfera viciada por vapores mercuriales, la insuficiencia del aire respirable engendra fatalmente, no sólo los temblores, el hidrargirismo crónico o agudo, que es lo que más les llamará a ustedes la atención, sino también los catarros pulmonares crónicos, la disentería, la tuberculosis, la estomatitis mercurial y otra porción de enfermedades que concluyen con la existencia del obrero o le dejan inútil para el trabajo a los pocos años de bajar a la mina.

—¡Pobrecillos! ¡pobrecillos!—repetían las damas pasando revista con sus ojos aterrados a aquellas fisonomías tristes y demacradas que se volvían hacia ellas sin expresión alguna, ni siquiera de curiosidad.

—¿Y no habría medio de remediar estos efectos tan desastrosos?—preguntó Clementina con arranque.

—De remediarlos en absoluto, no; pero de aliviarlos bastante, sí—repuso el joven clavando en ella su mirada penetrante—. Si los mineros trabajasen tan sólo dos o tres días a la semana y esos pocas horas; si se les hiciese vivir alejados del establecimiento minero, en Villalegre por ejemplo; si se prohibiesen esos trabajos a los niños menores de diez y seis años; si se cambiasen la ropa inmediatamente que salen de la mina; y sobre todo si se alimentasen bien, pienso que los estragos del mercurio disminuirían notablemente. Hoy, para alimentarse malamente, necesitan bajar a la mina todos los días y permanecer allí un número considerable de horas. A los cuatro o seis años se inutilizan. Hay que sacarlos al exterior, y entonces el jornal es tan exiguo que ni patatas con agua y sal pueden comer: de modo que en vez de curar empeoran. El único medio para mejorar la condición del minero es disminuir las horas de trabajo y elevar el jornal…. Pero entonces—añadió bajando un poco la voz y sonriendo frente a Clementina—, la mina de Riosa no sería un negocio para su señor padre.

A Clementina le hirió aquella sonrisa como una bofetada.

—Ni para usted tampoco—repuso procurando sonreír—. ¿No es usted el médico de las minas?

—Sí, señora. Mi negocio consiste en dos mil quinientas pesetas al año y en una mijita de temblor que he logrado en los tres años que aquí llevo.

En efecto, las manos del joven tenían un ligero estremecimiento que se hacía visible cuando se atusaba su fino bigote negro. El grupo de convidados le contempló unos instantes con atención no exenta de hostilidad. Adivinaban en él un enemigo. La seguridad familiar que tenía para hablarles les molestaba. Pagóles él con otra mirada de impenetrable expresión y siguió diciendo sin embarazo alguno:

—En otro tiempo los jornales eran un poco mayores; la alimentación era, por lo tanto, más sana y más abundante. Pero desde que los azogues han comenzado a bajar … no sé por qué causa (aquí bajó la voz y tosió), el salario, como es natural, sufrió igualmente una baja considerable. Han llegado al mínimum. Con lo que hoy ganan los mineros no se mueren materialmente de hambre en un día o en un mes; pero al cabo de cuatro o cinco años, sí. La mayor parte de los que aquí sucumben son víctimas, en realidad, del hambre. Bien alimentados podrían resistir el hidrargirismo. Además, como los salarios son tan insuficientes, se ven precisados a dedicar a sus hijos, cuando apenas tienen ocho o diez años, a estos trabajos peligrosos (porque todos lo son cuando se anda sobre mercurio). Los niños, por su menor resistencia orgánica, son los que primero se intoxican. Perecen muchos, y los que consiguen salvar, a los veinte años son viejos….

Las damas y los pocos caballeros que con ellas habían venido, le escuchaban con atención y con pena. Jamás habían visto un cuadro tan espantoso. El trabajo, que es por sí un castigo, aquí se complicaba con el envenenamiento. Y con el corazón enternecido, llenas de buen deseo, proponían medios para aliviar a aquellos desgraciados. Unas pretendían que debía fundarse un buen hospital; otras hablaban de una tienda-asilo donde los obreros encontrasen los alimentos más baratos; otras aspiraban a que se prohibiese trabajar a los niños; otras a que los operarios trabajasen una horita al día nada más.

El médico sacudía la cabeza sonriendo.

—Está muy bien eso: yo lo creo así también…. Pero vuelvo a decirles a ustedes que entonces no sería un negocio.

Distribuyeron algunas monedas entre los enfermos, visitaron la capilla, donde dejaron también algún dinero para hacer un traje nuevo al niño Jesús. Al fin abandonaron aquel recinto lóbrego. Al respirar el aire fresco sintieron una alegría que no procuraron disimular. Hablando y riendo fueron a juntarse con el resto de la comitiva.

Los ingenieros explicaban a Salabert un nuevo método de destilación que podía introducirse, con el cual no sólo se elevaría enormemente la producción, sino que podría utilizarse el vacisco, o sea la parte menuda del mineral. Se trataba de unos condensadores formados de cámaras de ladrillos, de paredes delgadas en el primer trozo de recorrido de los humos y de cámaras de madera y cristal en lo restante hasta la chimenea. El horno con ellos podía estar encendido y en marcha constantemente. Escuchábales el duque con atención, tomaba notas, hacía objeciones, procurando ponerse al corriente de aquel negocio, en el cual su fina nariz olfateaba cuantiosas ganancias. Al llegar las damas quiso ser galante; suspendió la plática.

—¿Cómo van mis enfermos, señoras? No han tenido hoy poca suerte—les dijo.

—Mal, duque, mal…. El hospital deja mucho que desear….

Y aquellas damas se pusieron todas a lamentarse de las deficiencias que ofrecía el asilo, a pintarlo con negros colores, a proponer reformas en él para dejarlo confortable.

El duque las escuchaba con risueña indiferencia, con la atención un poco burlona que se presta a un niño mimoso.

—Bien, bien; ya arreglaremos eso; pero antes déjenme ustedes poner el negocio en marcha, ¿verdad Regnault?

El ingeniero asintió con la cabeza, sonriendo también con galantería.

—Además es necesario, duque, que los operarios trabajen menos horas—dijo la condesa de la Cebal.

—Y que se les aumenten los jornales—manifestó Lola Madariaga.

—Y que se hagan casas para ellos en Villalegre—añadió la marquesa de
Fonfría.

—¡Oh! ¡oh! ¡oh!—exclamó el duque soltando una sonora y bárbara carcajada como las de los héroes de la Iliada—. ¿Y por qué no les hemos de traer a Gayarre y a la Tosti para recrearles por las noches? Deben ser muy aburridas aquí las noches.

Las damas sonrieron avergonzadas.

—Vamos, duque, no bromee usted, que la cosa es seria—dijo la condesa de la Cebal.

—¡Y tan seria, condesa! ¡Como que me ha costado ya quince millones de pesetas! ¿Le parecen a usted poco serios estos millones?

Las señoras le contemplaron con admiración, fascinadas por el caudal enorme que aquel hombre manejaba.

—¿Pero a esos millones no piensa usted sacarles un rédito?—dijo Lola que presumía de entender algo de negocios.

El duque volvió a soltar otra carcajada.

—No, señora, no, ¡qué rédito! Pienso dejarlos aquí para el primero que pase.

Y poniéndose grave de pronto:

—¿Quién diablos les ha metido por la cabeza esas ideas? Crean ustedes, señoras, que lo que hace aquí falta ¡pero mucha falta! es moralidad. Moralicen ustedes al obrero y todos estos estragos que ustedes han visto desaparecerán. Que no beban, que no jueguen, que no malgasten el jornal, y esos efectos del mercurio no serán para ellos funestos…. Pero, claro está—añadió volviéndose hacia los caballeros que se habían acercado—: ¿cómo ha de resistir en la mina un cuerpo que en vez de alimento, sea el que sea, tiene dentro un jarro de aguardiente amílico? Estoy convencido de que la mayor parte de las enfermedades que aquí hay son borracheras crónicas. Sepan ustedes, señores, que en Riosa se desconoce por completo el ahorro … ¡el ahorro! sin el cual "no es posible el bienestar ni la prosperidad de un país…."

Esta frase la había oído el duque muchas veces en el Senado. La repitió con énfasis y convencimiento.

—Pero duque, ¿cómo quiere usted que ahorren con una o dos pesetas de jornal?—se atrevió a apuntar la condesa de la Cebal.

—Perfectamente, condesa. El ahorro es ante todo una idea (esto lo había oído a un economista amigo suyo), la idea de separar algo del goce de hoy para evitarse el dolor de mañana. Dos pesetas para un obrero son lo mismo que dos mil para usted. ¿No puede usted separar algo de las dos mil? Pues ellos pueden de igual modo separar algo de las dos. Considere usted que se trata de quince céntimos, de diez … aunque sean cinco céntimos. La cuestión es ahorrar algo. El que ahorra algo está salvado.

—¡Oh Dios mío!—exclamó por lo bajo la condesa dando un suspiro—. Lo que yo no comprendo es cómo se puede vivir con dos pesetas, cuanto más ahorrar.

Los ingenieros les invitaron a visitar su sala de estudio y laboratorio. En éste había un magnífico microscopio, que fué lo que les llamó la atención. El médico era quien más lo manejaba por dedicarse con mucha afición a los trabajos de histología. El director le invitó a que mostrase a aquellos señores algunas de sus preparaciones. Vieron una porción de diatomeas: las señoras se entusiasmaron con sus caprichosísimas formas. También vieron el gusano que había concluído con el célebre puente de Milán. No se cansaban de admirarse de que un bicho tan pequeñísimo pudiese demoler una fábrica tan inmensa.

—Calculen ustedes los millones de estos seres que habrán tenido que trabajar en la demolición—dijo un ingeniero.

Quiroga (que así se llamaba el médico) concluyó mostrándoles una gota de agua. Uno por uno todos fueron contemplando el mundo invisible que dentro de ella existe.

—Veo un animal mayor que los otros—manifestó el duque, aplicando con afán uno de sus grandes ojos saltones al agujerito del aparato.

—Observará usted que delante de él todos los demás huyen—dijo el médico.

—Es cierto.

—Ese animal se llama el rotífero. Es el tiburón de la gota de agua.

—Aguarde usted un poco…. Me parece que ahora se oculta detrás de una cosa así como algas….

—Algas se pueden llamar en efecto. Quizá se ponga ahí para acechar una presa.

—¡Sí, sí! ¡Ahora se arroja sobre otro bicho más pequeño!… El bicho desapareció; sin duda se lo ha comido.

El duque levantó su rostro, radiante de satisfacción, por haber tenido ocasión de observar aquella tragedia curiosa.

Quiroga fijó en él sus ojos atrevidos, y dijo con su eterna sonrisa irónica:

—Es la historia de siempre. En la gota de agua, como en el mar, como en todas partes, el pez grande se traga al chico.

La sonrisa del duque se apagó. Dirigió una mirada oblicua al médico, que no apartó la suya fija y misteriosa, y dijo bruscamente:

—Creo, señoras, que deben ustedes ir aburridas de ciencia. Es hora de almorzar.

El gran atractivo de la excursión, el que había arrancado a casi toda aquella gente de sus palacios para trasladarla a región tan áspera y triste, era un proyectado almuerzo en el fondo de la mina. Cuando Clementina lo anunció a los tertulios en uno de sus tresillos, hubo una verdadera explosión de entusiasmo—. "¡Qué cosa tan original!… ¡Qué extraño!… ¡Qué hermoso!" Las damas, sobre todo, mostraban deseo tan vivo, que bien parecía antojo. A una indicación del duque, todas se proveyeron de magníficos impermeables y botinas altas, pues la mina destilaba agua por muchos sitios y formaba charcos. Sin embargo, la noche anterior, ante la proximidad del suceso, muchas, atemorizadas, habían desistido. El duque se vió precisado a dar órdenes para que se sirviese el almuerzo en la dirección y en la mina. Las valientes que persistían en bajar, no pasaban de ocho o diez.

Toda la comitiva se dirigió a una de las bocas de la mina llamada "Pozo de San Jenaro". Cerca de este pozo hay un edificio destinado a la inspección y al peso, donde las damas y los caballeros cambiaron de calzado y se pusieron los impermeables. Al verlos de aquel modo ataviados, un estremecimiento de anhelo y de entusiasmo corrió por el resto de los excursionistas. Acometidas súbito de una ráfaga de valor, casi todas las damas declararon que estaban dispuestas a bajar con sus compañeras. Fué necesario enviar inmediatamente a Villalegre por los impermeables.

La jaula, movida por vapor, estaba preparada para recibir a los ilustres expedicionarios. Constaba de dos pisos, en cada uno de los cuales cabían ocho personas en pie. Se la había tapizado con franela y se le habían añadido algunas argollas de bronce para sujetarse. Acomodáronse en ella el director, el duque y las damas valientes que no habían vacilado nunca, para bajar los primeros. Dióse orden al maquinista para que el descenso fuese lento. La jaula se estremeció subiendo y bajando algunos centímetros con rapidez. De pronto se sumergió de golpe en el agujero. Las señoras ahogaron un grito y quedaron mudas y pálidas. Las paredes del agujero eran sombrías, desiguales y destilaban agua. En cada departamento de la jaula un minero sujetaba, con su mano trémula de modorro, una lámpara. Todos, menos el director y los mineros avezados a subir y bajar, sentían cierta ansiedad en el estómago. Un vago terror les imposibilitaba de hablar y les crispaba las manos con que se agarraban a las argollas.

—El primer piso—dijo el director al pasar por delante de una abertura negra.

Nadie hizo observación alguna. Aquella suspensión en el abismo, en lo desconocido, paralizaba su lengua y hasta su pensamiento.

—El segundo piso—volvió a decir el director al cruzar rápidamente otro agujero negro.

Y así fué dando cuenta de todos hasta llegar al noveno. Allí percibieron ruido de voces y vieron iluminada la abertura.

—Aquí es donde vamos a almorzar. Antes visitaremos el onceno para ver los trabajos.

Después de pasar el décimo, gritó con toda su fuerza:

—¿Están echados los taquetes?

Se oyó una voz lejana en el fondo que decía:

—No.

—¡Echarlos ahora mismo!—gritó el director agitado.

—¡No puede ser!—respondieron de abajo.

—¡Cómo! ¡Cómo!… ¡Esos taquetes! ¡Echar esos taquetes!

Y con las mejillas inflamadas, agitado, convulso, gritaba como un energúmeno mientras la jaula descendía lentamente.

Un frío glacial penetró en el corazón de todos. En el compartimiento de arriba algunas damas lanzaban chillidos penetrantes. Las de abajo gritaban también y se cogían con fuerza al brazo de los caballeros. Algunas se desmayaron. Fué un momento de angustia indescriptible. Creían llegado el fin de su vida.

Y el director no cesaba de gritar:

—¡Esos taquetes! ¡Esos taquetes!

Y las voces de abajo se oían cada vez menos distantes:

—¡No puede ser! ¡No puede ser!

Cuando ya se creían rodando por el abismo, la jaula se detuvo tranquilamente. Oyeron unas frescas carcajadas y sus ojos espantados miraron, a la trémula luz de los candiles, un grupo de mineros cuyos rostros risueños cambiaron repentinamente de expresión reflejando el temor y el asombro.

—¿Qué es eso? ¿Qué broma es ésta?—exclamó el director saltando furioso de la jaula y dirigiéndose a ellos.

Los obreros se despojaron del sombrero respetuosamente. Uno de ellos, sonriendo avergonzado, balbució:

—Perdone usted, señor director…. Creímos que eran compañeros y queríamos darles un susto….

—¿No sabíais que bajábamos ahora nosotros?—volvió a decir con irritación.

—Señor director, nosotros pensábamos que se detenían en el noveno, donde han hecho preparativos estos días….

—¡Creíais, creíais!… Pues tened cuidado con creer estupideces.

El duque recobró el uso de la palabra.

—¡Sabéis, hijos míos, que gastáis unas bromas ligeras con vuestros compañeros!… ¡Ponerles la muerte delante de los ojos!

—¡La muerte!—exclamó el minero que había hablado.

—No, señor duque—dijo el director—. Si no echan los taquetes nos hubiéramos bañado hasta la cintura.

—¿Nada más?

—¿Le parece a usted poco meternos en agua sucia?

—Hombre, no era plato de gusto; pero al verle a usted tan agitado y furioso, todos creímos en un peligro de muerte, ¿verdad, señoras?

Las damas se deshacían en exclamaciones, llorando unas, riendo otras. Se prodigaron cuidados a dos que se habían desmayado, refrescándoles las sienes con agua y haciéndoles aspirar el frasco de sales de la condesa de Cotorraso. Volvieron por fin al sentido. Las demás se fueron calmando felicitándose con alegría de haber escapado de aquel espantoso peligro, pues no se resignaban a no haberlo pasado. Todas se proponían conmover a sus amigas de Madrid con el relato de tan horrible aventura. Creíanse ya heroínas de una novela de Julio Verne.

El espectáculo que se ofreció a su vista cuando tuvieron ojos para contemplarlo era grandioso y fantástico. Inmensas galerías embovedadas cruzándose en todas direcciones e iluminadas solamente por la pálida luz de algunos candiles colgados a largos trechos. Y por aquellas galerías discurriendo con tráfago incesante una muchedumbre de obreros, cuyas gigantescas siluetas allá a lo lejos temblaban a la vacilante y tenue luz que reinaba. Oíanse sus gritos unidos al chirrido de las carretillas: parecían presa de un vértigo, como si tuvieran que cumplir su labor misteriosa en plazo brevísimo. Las paredes de algunas galerías, tapizadas con los cristales del mercurio, que en muchos puntos se presentaba nativo, brillaban cual si fuesen de plata. Escuchábanse detrás de aquellas paredes golpes sordos, acompasados. Por ciertas aberturas que de trecho en trecho tenían, caminando algunos pasos en la oscuridad, veíase al fin una cueva iluminada, donde cuatro o seis hombres desgreñados y pálidos agujereaban el mineral con barrenos. A poco que se reposasen, observábase en sus miembros el temblor característico del mercurio.

Creíase uno transportado al hogar mismo de los gnomos, al centro de sus trabajos profundos y misteriosos. El hombre roía aquella tierra con esfuerzo incesante como un topo, llenándola de agujeros. Pero al morderla se envenenaba. Sin ayuda de gato, los dioses se desembarazaban perfectamente del ratón humano.

Lola Madariaga dió un grito penetrante que hizo volver la cabeza a todos. Luego soltó una carcajada. Un hilito de agua que caía del techo se le había introducido por el cuello. Hizo reir el suceso, pero sin espontaneidad. En el fondo, todos experimentaban un vago temor, cierta ansiedad que trataban de ocultarse. La jaula trajo de la superficie otro montón de gente. La tercera vez llegó casi vacía. El resto de la comitiva había optado por quedarse en el noveno piso: el trabajo de los mineros no les interesaba. Los que habían descendido hasta allí también sentían vivos deseos de encontrarse en paraje más cómodo. Preguntaban a cada instante al director si aquello estaba seguro; si no había casos de hundimientos.

—¡Oh, no!—decía el director sonriendo—. Los hundimientos son de las minas particulares. Esta perteneció al Estado, y todo se hace con lujo de seguridad.

—En ciertas minas donde yo he estado—apuntó un ingeniero—tenía que ir una cuadrilla detrás de los mineros para desenterrarlos.

—¡Qué horror!—exclamaron a una voz todas las damas.

Acomodáronse al fin de nuevo en la jaula, y subieron al noveno piso. Aquí la decoración era distinta. En este piso no se trabajaba hacía tiempo. Habíase tomado en la galería más ancha un trozo; se había cerrado, tillado y luego alfombrado. De suerte que parecía el salón de un palacio. El techo y las paredes estaban tapizados con tela impermeable, adornados con trofeos de minería. Veíase una mesa espléndida en medio de él para cincuenta o más cubiertos. Estaba profusamente iluminado por medio de grandes arañas con centenares de bujías. Se habían prodigado, en suma, todos los refinamientos del lujo y la elegancia en aquel recinto. De tal modo, que una vez dentro de él costaba trabajo representarse que se estaba en el fondo de una mina, a trescientos metros de la superficie.

Los convidados se sentaron en medio de una agitación entre placentera y angustiosa, que se revelaba en sus caras risueñas y pálidas a la vez. Los criados, correctamente vestidos, ocupaban sus puestos como si se hallasen en el palacio de Requena. Al empezar el servicio del primer plato, la orquesta, que estaba oculta en una de las galerías contiguas, empezó a tocar un precioso vals, cuyos sones, amortiguados por la distancia, llegaban dulces y halagüeños. Las damas, con las manos trémulas, los ojos brillantes, murmuraban a cada instante—: "Qué original es todo esto!… ¡Cuánto me alegro de haber venido!… Ha sido un capricho magnífico el de Clementina". Y todas procuraban encontrar el equilibrio de espíritu charlando de cosas indiferentes. Mas no lo lograban. La idea de tener encima tanta tierra pesaba sobre su pensamiento y lo turbaba. Con algunos hombres pasaba lo mismo. Otros estaban perfectamente serenos. Entre éstos, el que menos pensaba en su situación corporal era, sin duda, Raimundo, absorto por completo en la que ocupaba moralmente. Clementina, a despecho de su amor y de sus promesas, no dejaba de coquetear con Escosura. Estaban sentados en dos sillas contiguas, frente al asiento que él ocupaba. Veíalos charlar animadamente, reir a cada momento: veíale a él rendido, obsequioso, prodigándola mil atenciones galantes; a ella complacida, risueña, aceptando con gratitud sus finezas. Y aunque de vez en cuando le clavaba una larga mirada amorosa para indemnizarle, Raimundo la consideraba como una limosna, el mendrugo que se arroja a un pobre para que no se muera de hambre. ¡Qué le importaba a él en aquel instante hallarse en la superficie o en el centro de la tierra, ni aun que ésta se hundiese y le aplastase como un insecto!

Otro que tampoco se preocupaba poco ni mucho con la situación geográfica era Ramoncito, aunque por contrario modo. Esperancita estaba con él amabilísima, tal vez porque creyera con ello guardar mejor la ausencia a su prometido Pepe Castro. El concejal, ebrio, loco de alegría, no se apartaba de ella ni un milímetro más de lo que exige la decencia. Pio, feliz, triunfador, dirigía de vez en cuando al concurso vagas miradas de piedad y condescendencia. Y cuando sus ojos tropezaban con la faz rentística de Calderón, se enternecía visiblemente y le costaba ya trabajo no llamarle papá.

A medida que el almuerzo avanzaba, la tierra pesaba menos sobre ellos. Los ricos vinos enardecían su sangre, la charla los animaba. Todo el mundo se olvidaba de la mina, creyéndose, como otras veces, en algún comedor aristocrático. Rafael Alcántara se divertía en emborrachar a Peñalver. Animado por la risa de sus compañeros, que le contemplaban, hacía lo posible por burlarse del filósofo, tuteándole en voz alta, guiñando el ojo a sus amigos cada vez que profería una cuchufleta, abusando, en fin, groseramente del carácter benévolo y la inocencia del insigne pensador. Era el encargado de vengar a todos aquellos ilustres culoteadores de pipas, de las altas dotes intelectuales que toda España reconocía en Peñalver.