Al llegar los postres levantóse a brindar Escosura. A éste le respetaban algo más los salvajes por su corpulencia, por su carácter fogoso y sobre todo por su dinero. Presumía de orador tribunicio. Con voz potente y campanuda hizo el panegírico del duque, a quien llamó "genio financiero" unas cuantas veces. Habló del trabajo, del capital, de la producción, pasando en seguida a la política, que era su fuerte. Escosura no vivía hacía tiempo más que para la política. Desde el fondo de aquella galería subterránea dirigió terribles dardos contra el presidente del Consejo de ministros, que no le había dado una cartera en la última crisis. Salabert contestó con palabra estropajosa dando las gracias, echándose por los suelos. Para llegar al puesto que ocupaba no tenía otros méritos que el trabajo y la honradez. (Murmullos de aprobación.) La nación, el soberano, al ennoblecerle a él había ennoblecido a un hijo del trabajo. Luchando toda su vida contra infinitos obstáculos había logrado reunir un puñado de oro. Este oro le servía ahora para alimentar a algunos miles de obreros. Era su mayor satisfacción. (Aplausos.) Brindaba por las hermosas damas que con tal valentía habían llegado hasta aquel agujero, dejando en él un perfume de caridad y alegría que no se borraría jamás del corazón de los mineros.
En aquel instante, al destaparse algunas botellas de champagne, se oyeron en la mina algunas detonaciones estruendosas que hicieron empalidecer a los comensales.
—No hay que asustarse—dijo el director—. Son los barrenos. Ha llegado la hora de darlos.
Momento grandioso e imponente a la verdad. El estrépito de cada uno, centuplicado por los mil ecos y resonancias que las galerías producían, no podía menos de infundir alguna chispa de pavor hasta en el corazón de los más bravos. Todos guardaron silencio. Por algunos segundos escucharon con recogimiento y ansiedad aquellos ecos formidables que hacían retemblar la tierra. La mesa se estremecía y el cristal de la vajilla y el de las arañas cantaban con agudo repiqueteo.
En tal momento se alzó de su silla el médico de las minas, y después de pasear su negra mirada agresiva por los comensales, alzó una copa y dijo:
—El egregio duque de Requena nos acaba de decir, con una modestia que le honra, que el secreto de su fortuna estaba simplemente en el trabajo y la honradez. Permitidme que lo dude. El señor duque de Requena representa algo más que estas cualidades vulgares; representa la fuerza ¡la fuerza!, único sostén del Universo. Esta fuerza está repartida desigualmente entre los organismos. A unos les ha tocado una parte mayor, a otros menor. Y en esta batalla incesante que sostienen los unos contra los otros perecen los más débiles; se salvan los más aptos y los más fuertes. Adoremos, pues, en nuestro ilustre anfitrión, a la fuerza. Merced a esta fuerza de que la Naturaleza le ha dotado, ha podido someter y aprovechar el esfuerzo particular de millares de hombres que inconscientemente sirven a sus planes. Merced a esta fuerza ha podido reunir su inmenso capital. Al tender la vista por esta distinguida asamblea, observo con júbilo que todos los que la componen han sido dotados también de una buena parte de esta fuerza nativa o acumulada por la herencia. Por ello les felicito con toda mi alma. Lo esencial en este mundo que habitamos es nacer aptos para la lucha. Para no ser aplastados es menester aplastar. Y yo me felicito, repito, de encontrarme entre los elegidos de los dioses, aquellos que su providencia ha marcado con el sello de la felicidad….
—Oye, chica—dijo Pepa Frías acercando su boca al oído de
Clementina:—esto parece el brindis de Mefistófeles.
Clementina sonrió ligeramente.
En efecto, en el rostro pálido y fino del médico, en sus cabellos negros y revueltos, y sobre todo en sus ojos que, aunque pretendían aparecer inocentes, estaban cargados de ironía, había algo de mefistofélico.
—En todos los tiempos ha existido en una u otra forma la esclavitud. Ha habido hombres destinados a vivir en el refinamiento de los goces espirituales, en el cultivo de las artes, en el lujo y la elegancia, en los placeres que proporciona el comercio entre personas inteligentes y cultas, y otros hombres también dedicados a proporcionarles los medios necesarios para vivir de tal modo con un trabajo rudo y doloroso. Los parias trabajaban para los bramanes, los ilotas para los espartanos, los esclavos para los romanos, los siervos para los señores feudales. ¿Y hoy no sucede lo mismo? ¿Qué importa que en las leyes esté abolida la esclavitud? Los que trabajan en el fondo de esta mina y absorben el veneno que les mata, si no son esclavos por la ley lo son por el hambre. El resultado es idéntico. Es ley de la naturaleza, y por lo tanto santa y respetable, que para que unos gocen padezcan otros…. Vosotras, hermosas señoras, sois las herederas de aquellas ilustres damas romanas que enviaban a estas minas sus esclavos a arrancar el bermellón para embellecer su rostro, y de aquellas otras árabes que lo hacían traer para decorar sus minaretes en los alcázares de Córdoba y Sevilla. Por vosotras brindo, pues, embargada el alma de admiración y respeto, como representantes en la tierra de lo que hay en ella más sublime, el amor, la belleza, la alegría.
El brindis, aunque galante, pareció estrambótico.
Algunos de los más avisados murmuraron. Creció la hostilidad que contra el joven médico existía. Hubo quien dijo por lo bajo que aquel quídam había querido "quedarse con ellos".
Rafael Alcántara tuvo conatos de decirle alguna frase provocativa; pero advirtió en sus ojos que no la soltaría sin proporcionarse un serio disgusto y prefirió quedarse con ella en el cuerpo. Las damas le miraron con más benevolencia. Le encontraban muy original.
De todos modos el brindis produjo cierta penosa impresión que no logró desvanecer Fuentes, aunque soltó el chorro de sus paradojas más graciosas.
—Señoras, yo no brindo—decía a las que tenía cerca—, porque no soy orador. Espero que pronto será esto una distinción honorífica en España; que no tardará en decirse con respeto al pasar un individuo por la calle: "Ese no es orador", como ya se dice: "Ese no tiene la gran cruz de Isabel la Católica…."
Las damas reían y celebraban los chistes. Pero en el fondo, sea por el discurso del médico o porque la mina volviera a inspirarles temor, sentíase un vago malestar. Todos los ojos brillaron con alegría cuando se anunció que la jaula les esperaba. Los últimos que ascendieron oyeron poco después de comenzar la ascensión un canto lejano que rápidamente se fué aproximando, sonó muy cerca de ellos como si cantaran a su lado y rápidamente también se alejó perdiéndose allá en el fondo sin que hubiesen visto a nadie. Fué de un efecto fantástico. Lo que oyeron era una playera andaluza cuya letra decía:
Río arriba, río arriba, nunca el agua subirá; que en el mundo, río abajo, río abajo todo va.
Un ingeniero manifestó con indiferencia:
—Es una cuadrilla de mineros que baja en la jaula que sirve de contrapeso a ésta.
—¡Lo ve usted, condesa!—exclamó Salabert en tono triunfal dirigiéndose a la condesa de la Cebal—. Cuando tienen humor para cantar, no serán tan desgraciados como usted supone.
La condesa calló un instante, y dijo al cabo sonriendo tristemente:
—La copla no es muy alegre, duque.
Esto se hablaba en el compartimiento superior. En el inferior, Escosura decía con tono desdeñoso al director de las minas:
—¿Sabe usted que ese jovencito médico ha estado bastante imprudente al emitir sus ideas materialistas?
—Materialista no sé si es. Lo que hace gala de ser, y por eso le adoran los operarios, es socialista.
—¡Peor que peor!
—La verdad es—dijo Peñalver dando un suspiro—que del fondo de una mina se sale siempre un poco socialista.
A las nueve de la noche, después de comer en Villalegre, partió el tren especial que debía conducirlos a Madrid. Todos volvían muy contentos de la excursión. Esperaban extasiar a sus amigos con el relato del banquete subterráneo. El único que padecía entre ellos era Raimundo. Las alternativas de alegría y dolor por que Clementina le hacía pasar con su coquetería le tenían destrozado el corazón.
Ultimamente, viéndole tan triste, tan fatigado, la hermosa había tenido piedad, le había hecho sentar a su lado en el coche, y sin escándalo del concurso (porque estaban curados de espantos) había charlado casi toda la noche con él y al fin se había dormido dejando caer la cabeza sobre su hombro.
Aunque el tren arrastraba un sleeping-car, pocos habían hecho uso de él. La mayor parte prefirió quedarse en los salones de tertulia. Sólo al amanecer, el sueño los fué rindiendo a todos y se quedaron transpuestos en su asiento adoptando posturas caprichosas, algunas de ellas poco estéticas.
Ramoncito Maldonado estaba en el pináculo de su gloria y fortuna. Esperancita, a juzgar por todas las apariencias, le amaba. Encontrábase despegado, por decirlo así, de la tierra, no sólo a causa de la elevación natural de su alma, sino por la voluptuosidad del triunfo. Su faz municipal resplandecía como la de un dios. ¡Atrás para siempre todas las luchas, todos los obstáculos que amargaran su preciosa existencia hasta entonces! Exento para siempre de la servidumbre del dolor, como los inmortales, gozaba sereno, majestuoso, de su apoteosis.
También se había sentado al lado de la amada de su heroico corazón, y le habló durante algunas horas, con dulce sosiego, de las jacas inglesas y de las grandes batallas que a la sazón se libraban en el seno de la corporación municipal, en las cuales él tomaba una parte tan activa. Hasta que, mecida por aquella plática suave, insinuante, la cándida niña quedó dulcemente dormida con la cabeza reclinada en el almohadón.
Ramoncito Maldonado velaba. Velaba y meditaba en su suerte feliz. La aurora divina, escalando las alturas de la sierra lejana, cruzando con vuelo raudo la llanura, levantaba con sus rosados dedos las cortinillas del carruaje y esparcía una tenue y discreta claridad, sin que él hubiese dejado de pensar en su dicha.
Esperancita abrió los ojos y le dirigió una tierna sonrisa de amor, que hizo vibrar hasta las últimas cuerdas de su alma poética.
La alondra cantó en aquel instante. Entonces, en Ramoncito, el dios se fué separando cada vez más del hombre. Ebrio de amor y felicidad también, cantó en el oído de la niña, con voz temblorosa, una porción de frases incoherentes, hijas de su locura divina. La niña cerró los ojos para escuchar mejor aquella música armoniosa….
Cuando hubo agotado los superlativos del diccionario para pintar su amor, el sublime concejal quiso terminar su obra de seducción desplegando ante la hermosa todas las grandezas que podía proporcionarle, como hizo Satanás con Jesús. "Era hijo único: sus padres tenían ciento diez mil reales de renta: en las próximas elecciones a diputados a Cortes se presentaría candidato por Navalperal, donde tenía familia y hacienda, y saldría con poco que el Gobierno le ayudase: como el partido conservador estaba necesitado de jóvenes de valer, creía que en breve plazo podría ser subsecretario: y ¡quién sabe! acaso más tarde, en una combinación, podría obtener siquiera la cartera de Ultramar…."
La niña escuchaba siempre con los ojos cerrados. Ramoncito, cada vez más inflamado, al terminar esta brillante enumeración se inclinó hacia su adorada y le preguntó en voz baja y conmovida:
—¿Me quieres, preciosa, me quieres?
La niña no contestó.
—¿Me quieres? ¿me quieres?—volvió a preguntar.
Esperancita, sin abrir los ojos, respondió al fin secamente:
—No.
XIV
#Una que se va.#
Algunas semanas después, la enfermedad de D.ª Carmen se agravó extremadamente. Ya no cabía duda a los médicos de que su fin estaba muy próximo. La postración era absoluta. No le quedaba en el rostro más que la piel y sus grandes ojos tristes y benévolos que se fijaban con extraña intensidad en cuantos se acercaban a ella, cual si tratase de leer en las fisonomías el terrible secreto de su muerte. Con tal motivo asomaban la cabeza mil pasiones sórdidas en el alma de los que más debieran tenerla atribulada. Salabert pensaba con disgusto en la herencia que revertía a su hija. Hizo nuevos esfuerzos para que su esposa revocase el testamento, pero inútilmente. Por primera vez en su vida D.ª Carmen daba señales de gran firmeza de carácter. Aunque incapaz de vengarse había tal vez en su empeño cierto deseo de terminar la existencia con un acto de justicia. Una vida de completa sumisión, sin oponer el más mínimo obstáculo a la voluntad de su marido, a sus planes económicos, ni a sus pasiones ilícitas, bien merecía que a la hora de la muerte reivindicase su libertad para satisfacer los impulsos del corazón. Osorio espiaba silenciosamente, con disimulada ansiedad, los progresos de la enfermedad, cuyo desenlace arrastraría consigo a la vez el término de sus apuros. D.ª Carmen se desprendería de su envoltura carnal y él de sus acreedores. La misma Clementina, objeto predilecto de la ternura de la angelical señora, no podía menos de gozar con la perspectiva de tanto millón como iba a caer en sus manos. Procuraba sofocar sus deseos, apagar la impaciencia; mas a despecho suyo un diablo tentador hacía brincar su corazón de gozo cada vez que tal pensamiento le acudía al cerebro.
Con astucia infernal, Salabert hacía lo posible por introducir la desconfianza en el ánimo de su esposa. Unas veces de un modo solapado, otras cínico y brutal, vertía en su alma el veneno de la sospecha. Clementina y Osorio esperaban su muerte como agua de Mayo. ¡Qué desahogados quedarían cuando pagasen todas sus trampas! Y hasta otra: ¡a vivir, a gozar con el dinero de la infeliz señora! Esta permanecía muda, indignada ante las malévolas insinuaciones de su marido. Pero en su alma entristecida y debilitada por la enfermedad, la punta de aquella acerada flecha se revolvía causando vivos dolores que procuraba ocultar. Cada vez que Clementina venía a visitarla, y últimamente lo hacía dos veces cada día, los ojos de su madrastra se fijaban en ella con muda interrogación, procurando leer en los suyos las ideas que le pasaban por el cerebro. Esta atención anhelante embarazaba a la esposa de Osorio, le hacía experimentar una turbación que, aunque leve, no dejaba algunas veces de ser visible.
A medida que la enfermedad avanzaba, este afán de D.ª Carmen fué aumentando hasta convertirse en manía. Clementina representaba en la soledad moral en que vivía el único lazo de amor que la unía a la tierra. Por lo mismo que su hijastra había sido siempre fría y altanera con todos, menos con ella, jamás había dudado de la sinceridad de su cariño. Estaba con él satisfecha y orgullosa. Le bastaba para compensarle de la indiferencia despreciativa que observaba en cuantos se acercaban a ella. La horrible sospecha que a viva fuerza había penetrado en su corazón lo llenaba de amargura. Un espíritu bondadoso y amante como el suyo necesitaba creer en la bondad y en el amor. Al arrancarle esta última creencia sangraba de dolor.
Una tarde se hallaban juntas y solas. La duquesa, inmóvil en la butaca, con la cabeza echada hacia atrás, escuchaba a su hijastra leer una historia devota, la aparición de la Virgen de la Saleta. Su pensamiento no estaba en el asunto: teníalo agitado, como siempre, por aquella duda fatal que acibaraba aún más que la dolencia corporal sus míseros días. Con la mirada fija y zahorí del que se acerca a la tumba, atravesaba la hermosa frente de Clementina inclinada sobre el libro y deletreaba confusamente allá dentro sin lograr adquirir la certidumbre que ansiaba. Más de una vez, al levantar aquélla la cabeza, se había encontrado con esta mirada opaca y desconsolada: había bajado prontamente la suya, acometida de súbito malestar. En el alma de la enferma había nacido un deseo, un capricho más bien, vivo y abrasador como los que sienten los moribundos. Quería que su hijastra le refrescase con alguna palabra dulce la horrible quemadura que su duda le causaba. Varias veces temblaron sus labios para formular la pregunta. Una vergüenza invencible la detenía.
—Deja el libro, hija mía: estarás fatigada—dijo al cabo. Y su voz salió de la garganta temblorosa como si hubiese pronunciado alguna frase grave.
—Lo estará usted de oir. Yo no: a Dios gracias, tengo sana la garganta.
—Dios te la conserve, hija mía, Dios te la conserve—repuso la señora con acento de ternura mirándola fijamente.
Hubo unos instantes de silencio.
—¿Sabes lo que me han dicho?—se atrevió a pronunciar después. Y su voz salió tan apagada que las últimas sílabas casi no se oyeron.
Clementina, que se disponía a continuar la lectura, levantó la cabeza. Las pocas gotas de sangre que doña Carmen tenía ya en su arruinado cuerpo le subieron de golpe al rostro y lo tiñeron levemente de rojo.
—Me han dicho … que estabas deseando mi muerte.
A su vez la rica sangre de Clementina acudió atropelladamente a sus mejillas y las encendió con vivos colores. Ambas se miraron un instante confusas. La joven exclamó con energía al fin frunciendo la tersa frente:
—Ya sé quién se lo ha dicho a usted.
Y su sangre, al proferir estas palabras, huyó del rostro nuevamente como una marea de reflujo instantáneo. La de su madrastra también se concentró en su lastimado corazón. Inclinó la blanca y fatigada cabeza, diciendo:
—Si lo sabes, no pronuncies su nombre.
—¿Y por qué no?—exclamó la hijastra enfurecida—. Cuando un padre, sin motivo alguno, sólo por unos miserables ochavos injuria a su hija y martiriza a su mujer, no tiene derecho a que se le quiera ni a que se le respete…. Lo diré con todas sus letras…. ¡Eso es una infamia!… Papá es un hombre que no tiene más Dios ni más amor que el dinero. Sabía que el testamento de usted me había enajenado su cariño … (si es que me lo ha tenido alguna vez….)
—¡Oh!
—Sí; lo sabía muy bien. Pero nunca creyera que llegaría a cometer semejante vileza, a calumniarme de ese modo…. A usted le consta que la he querido siempre más que a él … ¡sí, sí, más que a él! no tengo ningún reparo en decirlo…. Diré más: yo no he querido de veras a nadie más que a usted y a mis hijos…. Si ese testamento es la causa de que usted dude de mi cariño, rómpalo usted…. Rómpalo, sí: su tranquilidad y su afecto me importan mucho más que su dinero….
La voz de la dama vibraba de indignación al pronunciar estas palabras. Sus ojos se clavaban en el vacío con dureza, cual si quisieran ver levantarse delante de ella la figura de su padre para pulverizarlo. En aquel momento hablaba con sinceridad.
Los ojos opacos de D.ª Carmen, a medida que hablaba, iban brillando con alegría. Al fin se nublaron de lágrimas, y exclamó:
—¡Te creo, hija mía, te creo!… ¡Ah, no sabes el bien que me haces!
Al mismo tiempo se apoderó de sus manos y las besó con efusión.
Clementina dió un grito de vergüenza.
—¡Oh, no, no, mamá!… yo soy quien debo….
Y le echó los brazos al cuello con ternura. Quedaron largo rato abrazadas, llorando silenciosamente. Fué una de las pocas veces en que Clementina lloró de enternecimiento y no de despecho.
Pero en los días siguientes, aunque subsistió vivo en ambas el recuerdo de esta escena tierna, también quedó el del motivo que la había producido. Clementina sentíase avergonzada al presentarse delante de su madrastra. Sus atenciones, sus frases de cariño eran exageradas unas veces: quería borrar con ellas el pensamiento que claramente leía en los ojos de aquélla. Otras veces, imaginando que podrían servir para que sospechase de su sinceridad, las atajaba de golpe y tomaba una actitud indiferente y fría. De todos modos existía entre ambas una corriente de inquietud que las hacía padecer, por diverso modo, los ratos en que estaban juntas.
D.ª Carmen cayó al fin en la cama para no levantarse. Clementina pasaba allí todo el día. El terrible momento se acercaba. Al fin una madrugada, entre dos y tres, llamaron con alarma en el hotel de Osorio dos criados del duque. La señora agonizaba. Preguntaba por su hija con insistencia. Esta se levantó del lecho apresuradamente, y a todo el escape de sus caballos voló al palacio de Requena. Osorio la acompañaba. Al entrar en la habitación de la enferma tropezaron con el duque, que les miró con semblante hosco.
—¡Llegáis a tiempo! ¡llegáis a tiempo!—gruñó sordamente. Y se alejó sin decir más.
Clementina creyó notar en estas palabras una intención malévola y se mordió los labios de ira. La tristísima escena que se ofreció a su vista, apenas se aproximó al lecho de D.ª Carmen, consiguió apagar su odio breve instante. La infeliz señora presentaba ya en su rostro los signos de la muerte, la palidez cadavérica, el afilamiento de la nariz, los ojos vidriosos y en torno de ellos un círculo oscuro, amoratado. A su lado y en pie estaba el sacerdote que la exhortaba a arrepentirse. (¿De qué?) A los pies del lecho, Marcela, su antigua doncella, lloraba ocultando el rostro con el pañuelo. Otras dos criadas contemplaban de más lejos con rostros asustados, más que doloridos, aquel cuadro lastimoso. Allá en un rincón el médico de cabecera escribía una receta.
Al divisar a su hija, la duquesa volvió los ojos hacia ella con expresión de ansiedad y extendió una mano para llamarla.
Acércate, hija mía—dijo con voz bastante clara. Y luego que se acercó tomándole una mano entre las dos suyas amarillas, descarnadas, exclamó mirándola con fijeza terrible a los ojos:
—¡Me muero, hija, me muero! ¿No es verdad que lo sientes?… ¿por lo menos que no te alegras?
—¡Oh, mamá!
—Dí que no te alegras—insistió con ansiedad sin apartar su mirada de los ojos de la joven.
—¡Mamá, por Dios!—exclamó ésta aturdida y aterrada a la vez.
—¡Dí que no te alegras!—repitió con más energía aún levantando a costa de grandes esfuerzos la cabeza, mirándola con dureza.
—¡No, mamá del alma, no! Si pudiera conservar su vida a costa de la mía, le juro a usted que lo haría.
Los grandes ojos opacos de la moribunda se dulcificaron. Volvió a dejar caer la cabeza sobre la almohada, y después de breve silencio dijo con voz apagada y vacilante:
—Serías muy ingrata … sí, muy ingrata…. ¡Tu pobre mamá te ha querido tanto!… Dame un beso…. No llores…. No siento dejar el mundo…. Lo que me dolería es que tú, hija de mi corazón … que tú…. ¡Qué pensamiento tan horrible! ¡Cuánto me ha hecho sufrir!
El sacerdote se interpuso en aquel momento invitándola a dejar los pensamientos mundanos. La enferma le escuchó con humildad, repitió devotamente las oraciones que le leía en alta voz. El médico y el duque se acercaron para ponerle un revulsivo; pero observando que comenzaba el estertor, el médico hizo un gesto y cogió por el brazo al duque para sacarlo fuera de la estancia.
D.ª Carmen paseó una mirada extraviada, vidriosa, por todos ellos, y deteniéndola en Clementina le hizo seña otra vez de que se aproximase.
—Adiós, hija mía—dijo sin mirarla, con los ojos fijos en el techo—.
Haces bien en alegrarte de mi muerte….
—¡Qué dice, mamá!—exclamó aquélla con un grito de espanto.
—Yo también me alegro…. Me alegro de que mi muerte te sirva de algo…. Si hubiera podido darte en vida lo que me pertenece … todo te lo hubiera dado…. Es triste ¿verdad?… Tener que morir para hacerte feliz…. ¡Hubiera gozado tanto viéndote feliz!… Adiós, hija mía, adiós … acuérdate alguna vez de tu pobre mamá….
—¡Madre de mi alma!—gritó la dama cayendo de rodillas deshecha en sollozos—. ¡Yo no quiero que muera, no!… He sido muy mala … pero siempre la he querido … y la he respetado….
—No seas tonta—dijo la moribunda haciendo un esfuerzo para sonreír y acariciándole la cabeza con su mano de esqueleto—. Ya no me duele que te alegres…. ¡Qué importa!… Muero satisfecha sabiendo que vas a deberme un poco de felicidad…. Te recomiendo a las ancianitas del asilo…. Protégelas, hija mía … y a esta buena Marcela, también…. Adiós, adiós todos…. Perdonadme el mal que os haya hecho….
El estertor crecía, sonaba más estridente y más lúgubre por momentos. Los sollozos de Clementina y Marcela cortaban por intervalos las notas de aquel ronquido fatal. El duque, trémulo, alterado, se dejó al fin arrastrar de la habitación.
D.ª Carmen no volvió a hablar. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, el cuerpo tranquilo. De vez en cuando levantaba un poco los párpados y dirigía una mirada afectuosa a su hijastra arrodillada. El sacerdote leía con voz nasal, quejumbrosa, las oraciones de su libro.
Así murió la duquesa de Requena. ¡Dejadla, dejadla partir!
Algunos días después, Clementina y su marido, a pesar del odio inextinguible que se profesaban, celebraban largas y frecuentes conferencias. La magna cuestión de la herencia los unía momentáneamente. Clementina visitaba mañana y tarde a su padre. Osorio también iba con frecuencia al palacio de Requena. Uno y otro prodigaban al viejo mil atenciones, compadecían su soledad, le mimaban. Había en su comportamiento cierta familiaridad afectuosa que cuadraba muy bien a unos hijos que van a proteger la venerable ancianidad de un padre. El duque se dejaba venerar observándolos con mirada más socarrona que enternecida. Cuando volvían la espalda para irse, seguíalos con los ojos, bajaba los párpados lentamente, revolvía entre los labios la breva americana y se iba bosquejando en su rostro una sonrisa burlona que duraba todavía algunos segundos después de perderlos de vista.
Las cosas siguieron en el estado de antes. A pesar de que el testamento de la duquesa era terminante, Salabert no se dignó hablarles una palabra de intereses. Continuó disponiendo en jefe de su caudal, entregado a los negocios con absoluta tranquilidad. Su hija y su yerno la perdieron al ver esta actitud. Comenzaron a vivir agitados, a comunicarse a cada instante con violencia sus impresiones, a formar planes para provocar una explicación. Clementina pretendía que Osorio le hablase. Este creía que era ella quien debía pedirle cariñosamente una explicación antes de formular ninguna queja. Después de algunos días de vacilación, al fin se decidió la esposa a dirigir algunas palabras a su padre, si bien con cierta indecisión y embarazo, pues conocía bien el carácter de éste y mejor aún el suyo propio.
—Vamos a ver, papá—le dijo, hallándole solo en el despacho, con afectada jovialidad—. ¿Cuándo me hablas de dinero?
—¿De dinero?… ¿Para qué?—respondió el duque con sorpresa, mirándola con rostro tan inocente que daba ganas de darle una bofetada.
—¿Para qué ha de ser? para enterarme de lo que me concierne. ¿No soy la única y universal heredera de mamá?—replicó sin abandonar el tono jovial, pero con cierta alteración en la voz bien perceptible.
—¡Ah, sí!—exclamó el duque haciendo con la mano un ademán de indiferencia—. De eso hablaremos más adelante … ¡mucho más adelante!
Clementina se puso pálida. La ira hizo dar un salto a toda su sangre.
Sus labios temblaron y estuvo a punto de decir un disparate.
—Sería bueno, sin embargo, que nos entendiésemos …—murmuró con voz débil.
—Nada, nada; no hablemos ahora. Cuando tenga humor y tiempo ya me ocuparé de esas cosas.
Hablaba con tal seguridad e indiferencia no exenta de desdén, que su hija tenía que optar entre dar rienda suelta a la lengua, romper con su padre de un modo violento, o marcharse. Decidióse, después de un instante de vacilación, por esto. Giró sobre los talones, y sin una palabra de adiós salió de la estancia y se metió en el coche, en un estado de excitación que hacía temblar todo su cuerpo.
Cuando llegó a casa corrió a encerrarse en su habitación y dió salida al furor que la embargaba. Lloró, pateó, desgarró sus vestidos, rompió una porción de cachivaches. Osorio también montó en cólera y dijo que iba a hacer y acontecer. De todo ello no resultó, sin embargo, más que una carta en que aquél, con bastante respeto, invitaba a su suegro a que le manifestase el estado de su hacienda, a fin de dar comienzo a las primeras operaciones del inventario. Salabert no contestó a esta carta. Se escribió otra. Tampoco. Dejaron de visitarle. Clementina no quería ir "por no armar un escándalo". Osorio no se consideraba con fuerza moral suficiente, dado el estado de sus relaciones matrimoniales, para reclamar con energía el caudal de su mujer. En tal aprieto hablaron con algunas personas de respeto amigas del duque, y se las enviaron como medianeras. Cumplieron éstas su cometido: hablaron con el viejo, y después de varias entrevistas se resolvieron a provocar una reunión amistosa a fin de que el asunto no fuese a los tribunales. Efectuóse ésta, después de alguna resistencia por parte de Clementina, en el palacio de su padre. Asistieron a ella, a más de las partes interesadas, el padre Ortega, el conde de Cotorraso, Calderón y Jiménez Arbós. Este último (que había dejado de ser ministro y estaba en la oposición) dió comienzo a la sesión espetándoles un discurso "de tonos conciliadores" excitándoles a la concordia para que no diesen al público el espectáculo de una disputa entre padre e hija por cuestiones de dinero, espectáculo que, dada su altísima posición en el mundo, no podía menos de ser repugnante. Siguióle en el uso de la palabra el padre Ortega, que con el acento persuasivo y untuoso que le caracterizaba, después de darles, lo mismo al duque que a sus hijos un buen jabón de elogios disparatados para ponerlos suaves, apeló a sus sentimientos cristianos, les hizo presente el mal ejemplo que darían, les pintó las dulzuras del cariño y del sacrificio mutuo y concluyó prometiéndoles la gloria eterna.
Clementina respondió la primera, que ella no tenía otro deseo que continuar manteniendo con su padre las mismas relaciones de cariño y respeto que hasta entonces, y que para conseguirlo estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera posible. El acento seco y duro con que pronunció estas palabras y el gesto ceñudo con que las acompañó no daban testimonio muy claro de su sinceridad. Sin embargo, el duque se manifestó muy conmovido.
—¡Arbós! ¡padre! ¡vosotros, hijos míos! Todos conocen perfectamente mi carácter…. Para mí, fuera de la familia no hay felicidad posible…. Después del golpe terrible que acabo de sufrir, lo único que me queda en el mundo es mi hija…. En ella tengo concentrado todo mi cariño, mis esperanzas y mi orgullo…. Para ella he trabajado, he luchado sin descanso, he reunido el capital que poseo…. Puedo decir que nunca he sentido la necesidad del dinero más que por mi mujer (que en gloria esté) y por mi hija…; por verlas a ellas felices rodeadas de bienestar y de lujo…. A mí me han bastado siempre cuatro cuartos para vivir, bien lo sabéis. Hoy que soy viejo, con mayor razón…. ¿Para qué quiero ya los millones? Dentro de poco me veré obligado a tomar el tren para el otro barrio, ¿verdad, Julián? Y tú lo mismo. Por consiguiente, ¿a quién puede ocurrírsele que voy a reñir por cuestión de ochavos con la hija de mi corazón?… Aquí no ha habido más que una equivocación. Yo necesitaba tiempo para poner en claro mis asuntos…. Eso es todo…. Pero si es que has podido suponer otra cosa, hija mía, sólo puedo decirte esto…. Lo que hay en esta casa es tuyo y siempre lo ha sido. Tómalo cuando se te antoje…. Tómalo, hija, tómalo…. A mí me basta con nada….
Al pronunciar estas últimas palabras visiblemente enternecido, quisieron arrasársele los ojos de lágrimas. Todos dieron muestras igualmente de enternecimiento y prorrumpieron en frases de conciliación. El padre Ortega empujó suavemente a Clementina hacia los brazos de su padre, y aunque ella era la menos conmovida, al fin se dejó abrazar por él, que la tuvo un buen rato apretada. Cuando la soltó se llevó el pañuelo a los ojos y se dejó caer en una butaca, vencido por el peso de tanta emoción.
Después de esta escena conmovedora nadie osó acordarse de intereses. La reunión se disolvió apretándose todos la mano cordialmente y felicitándose con calor por el éxito lisonjero de sus gestiones. Pero Osorio y Clementina se metieron en su coche serios, cejijuntos, y no se hablaron en todo el camino una palabra. Sólo al llegar a casa murmuró la esposa con acento colérico:
—¡Ya veremos en qué para la comedia!
Osorio se encogió de hombros y respondió:
—Yo lo doy por visto.
Ni uno ni otro se equivocaron.
El duque ni les dió una peseta ni volvió a hablarles para nada de la herencia. Estaba muy cariñoso con ellos: les hacía comer muchos días en su casa, quejándose de su soledad; hasta les hablaba algunas veces de los negocios que tenía pendientes; pero nada de liquidar la parte que les correspondía.
Clementina llegó a irritarse tanto que dejó bruscamente de ir a su casa. Volvieron a mediar cartas. No pudieron sacar más que respuestas ambiguas, vagas esperanzas. Al fin se decidieron a entablar la demanda, y comenzó un pleito que hizo estremecer de gozo a la curia.
Cesó para Clementina toda felicidad. Desde entonces vivió en un estado de perpetua irritación, siguiendo con afanoso interés los incidentes del litigio, apurando al procurador, a los abogados, buscando influencias que contrarrestasen las poderosas del duque. Este conducía el asunto con mucha más calma, lo enredaba con habilidad desesperante, aprovechándose de la violencia que ella mostraba para hacerla aparecer a los ojos de la sociedad como ambiciosa y desnaturalizada. Esto no obstaba para que entre sus íntimos soltase de vez en cuando alguna de sus frases burlonas y cínicas, que al llegar a oídos de ella la hacían estallar de furor. La lucha se fué haciendo cada día más encarnizada. Por otra parte, los acreedores de Osorio, defraudados en sus esperanzas, empezaban a revolverse contra él y amenazaban dejarle arruinado. Es fácil representarse la agitación, la violencia, el malestar que reinarían en el hotel de la calle de Don Ramón de la Cruz.
De este malestar, y aun puede decirse desdicha, participaba el hasta entonces afortunado Raimundo. El espíritu y el cuerpo de Clementina, alterados por el tumulto de otras pasiones, no podían reposarse en las dulzuras del amor. Los momentos que aquélla le concedía eran cada vez más cortos y sin sosiego. Se extinguieron las pláticas alegres, bulliciosas, que en otro tiempo mantenían. La hermosa dama ya no gustaba de embromar a su juvenil amante. No se acordaba siquiera de aquellas gozosas y pueriles escenas en que se deleitaban, ora haciendo ella de reina que recibe en corte a sus ministros, ya jugando besos a los naipes o en otras mil niñerías que la tornaban a la adolescencia. Ahora apenas sabía hablar de otra cosa más que de su pleito. Tenía los nervios tan excitados, que con la palabra más insignificante se le disparaban y montaba en furiosa cólera. Además, por el interés vehementísimo de triunfar de su padre, crecían sus coqueterías con Escosura, recién nombrado ministro. Esto era, como debe suponerse, lo que más desgraciado hacía al joven entomólogo.
Un día, en que estaba más cariñosa que de costumbre, teniéndole sentado a sus pies y acariciándole los cabellos con sus hermosos, delicados dedos cargados de sortijas, le dijo con acento meloso:
—Tú sigues con tus celos de Escosura. ¿verdad, Mundo?… Pues haces muy mal…. No me gusta poco ni mucho ese hombre….
—Sí: eso me has dicho muchas veces … pero….
—No hay pero que valga, niño díscolo—repuso alegremente tirándole de la oreja—. Ni he querido, ni puedo querer a nadie más que a ti. Todos los hombres me parecen feos, tontos y presuntuosos a tu lado…. Pero (¡aquí viene mi pero!) desgraciadamente tú no eres ministro, aunque lo mereces más que todos los que conozco…. Bien sabes que mi fortuna está hoy en manos de la justicia, que de la noche a la mañana puedo quedar sin una peseta. Acostumbrada como estoy a las comodidades y al lujo, ya comprenderás que no sería un plato de gusto. Mi amor propio también padecería mucho: tengo infinitos envidiosos, gente que me odia sin saber por qué…. En fin, que sería el hazme reir de ellos, ¿entiendes? Y yo no quiero que eso suceda. Mi padre cuenta con muchos amigos…. se esperan de él favores (aunque sea incapaz de hacer uno solo), se le tiene miedo…. Yo, aunque trato a casi todos los políticos de Madrid, carezco de un verdadero amigo que se interese por mi asunto como si fuese propio, que se atreva a ponerse frente a mi padre…. Y como no lo tengo necesito buscarlo, ¿sabes?… Figúrate ahora que ese amigo es Escosura, quien por su posición política y por su dinero es independiente por completo…. Figúrate que estoy en relaciones con él…. Figúrate que es mi amante a los ojos del mundo…. Y figúrate también que rompo contigo en apariencia, aunque sigas secretamente siendo mi verdadero amor, el único querido de mi corazón…. ¿Qué te parece del arreglo? ¿Lo encuentras aceptable?
Raimundo se puso encendido ante aquella singular y humillante proposición. Tardó unos instantes en contestar y al fin dijo entre colérico y desdeñoso:
—Me parece sencillamente una infamia y una asquerosidad.
La arruga, aquella arruga fatal que cruzaba la frente de Clementina cada vez que la cólera agitaba su alma turbulenta, apareció honda y siniestra. Levantóse bruscamente, y después de mirarle con fijeza, entre airada y desdeñosa, le dijo con acento glacial:
—Tienes razón. Ese arreglo no puede convenirte…. Mejor será que cortemos de una vez nuestras relaciones.
Y se dispuso a marchar. Raimundo quedó anonadado.
—¡Clementina!—gritó con desconsuelo cuando se hallaba ya cerca de la puerta.
—¿Qué hay?—dijo ella, con la misma frialdad, volviendo la cabeza.
—Escucha, por Dios, un momento…. Te he dicho eso arrebatado por los celos, pero sin intención de herirte…. ¿Cómo he de ofenderte yo a ti cuando te quiero, te adoro como a un ser sobrenatural?…
A éstas siguieron otras muchas palabras fogosas empapadas de cariño, mejor aún, de devoción. Clementina las escuchó en la misma actitud altanera. No se dejó ablandar hasta que le contempló bien humillado, pidiéndole de rodillas, como precioso favor, aquel mismo arreglo que hacía un instante había calificado de infamia y asquerosidad.
Por aquellos días la dama experimentó una rabieta tan viva que estuvo a punto de enfermar. Y no le faltó motivo. El duque, su padre, cuyas relaciones con la Amparo eran cada día más públicas y descaradas, llevó su cinismo o su servidumbre humillante hasta traerla a su palacio y hacer vida marital con ella. No se hablaba de otra cosa en la alta sociedad madrileña. Todo el mundo consideraba que Salabert tenía perturbado el cerebro, por no decir, como en otro tiempo, que estaba hechizado por su querida. Esta, con su estupidez inveterada, en vez de disimular su poder y hacerse perdonar del mundo aquella inaudita usurpación, la pregonaba a son de trompeta en los teatros y paseos, donde se presentaba colgada del brazo del duque. Poco después comenzó a circular por Madrid la noticia de que se casaban. El asombro y la indignación que produjo fueron vivísimos.
Un acontecimiento imprevisto vino a deshacer o por lo menos a aplazar aquella boda. En cierta reunión de accionistas de las minas de Riosa, a Salabert, como presidente, le tocó dar cuenta de su gestión y proponer las modificaciones necesarias en la marcha de la sociedad. Ordinariamente lo hacía con mucha concisión y claridad. Era, ante todo, hombre de negocios y no gustaba de andarse por las ramas o decir más palabras de las indispensables. Mas con sorpresa de la asamblea, donde se hallaban muchos banqueros y algunos personajes políticos, comenzó a pronunciarles un discurso por todo lo alto. Abandonando el asunto por completo, entró dándoles amplias explicaciones de su conducta como hombre público; trazó una verdadera biografía de su persona, deteniéndose en pormenores del todo impertinentes; cantó con la mayor impudencia sus propias alabanzas, ofreciéndose como el prototipo de la consecuencia política, del desinterés y la abnegación; pregonó sus servicios al país, por haber prestado dinero al Gobierno en momentos de apuro, y a la causa de la humanidad coadyuvando poderosamente a la erección de hospitales, escuelas y asilos. Hasta tuvo la desvergüenza de decir que el asilo de ancianas de los Cuatro Caminos era obra suya.
Los circunstantes se miraban unos a otros con estupor y se murmuraban al oído juicios poco lisonjeros sobre el estado intelectual del orador. Cuando apuró la lista de sus méritos y se proclamó urbi et orbi el primer hombre de la nación, principió a desatarse contra sus enemigos. Presentóse como víctima de una persecución tenaz, insidiosa, de mil intrigas urdidas para desacreditarle y en las que intervenían una porción de personajes de la banca y la política. En confirmación de este aserto leyó con voz campanuda y fogosa entonación ciertos artículos insertos en un periódico de provincia (la provincia en que estaban las minas de Riosa), en que según él se le atacaba "de un modo indigno y asqueroso". Lo que venía a decir, en resumen, el articulista, era que Salabert no era acreedor a que se le erigiese una estatua.
Los circunstantes, cada vez más cansados y aburridos, se decían ya en voz baja:
—¡Esto es ridículo! ¡Este hombre está loco!
A medida que leía se iba enardeciendo. Su rostro, ordinariamente un poco amoratado, se oscureció de tal modo que parecía el de un estrangulado. Al fin, sin terminar la lectura, cayó en el sillón presa de un ataque que le privó del sentido. Y por entrambas vías su naturaleza pletórica comenzó al instante a desahogarse de tan formidable manera, que sólo un médico que asistía a la reunión en calidad de socio osó acercarse a él.
XV
#Genio que se apaga.#
Después de aquel ataque, las facultades mentales del duque experimentaron una merma considerable, al decir de cuantos a él se acercaban. Padecía extrañas distracciones. Su palabra era perezosa y más confusa que antes. Tenía caprichos fantásticos. Se contaba que había entregado ya a la Amparo sumas enormes o las había puesto a su nombre en el Banco; que se enfurecía por livianos motivos y gritaba y gesticulaba como un demente, llegando sus arrebatos hasta maltratar de obra a los criados o dependientes; que comía vorazmente y sin medida, y que decía de su hija horrores inconcebibles, imposibles de repetir entre personas decentes. Su genio socarrón y maligno se había trocado en adusto y violento.
Sin embargo, en los negocios no dió señales de faltarle la cordura. La rueda de la avaricia no se había gastado aún en su organismo. Verdad que la mayor parte de ellos marchaban por sí mismos. Además tenía consigo a Llera, cuyas dotes de especulador astuto y audaz habían llegado al apogeo. Donde se mostraba en realidad la perturbación, o por mejor decir, la flaqueza de su inteligencia, era en el seno de la vida doméstica. No se contentó con hacer reina y señora de la casa a su querida, pero admitió en ella también a la madre y los hermanos de ésta, gente ordinaria y soez que la tomó por asalto, dándose harturas de esclavos en saturnal, viviendo en perpetua orgía. El dominio de la Amparo se hizo absoluto. Ella fué quien comenzó a ordenar, o por mejor decir, a desordenar los gastos ostentando un lujo escandaloso en sus vestidos, joyas y trenes. Y como no faltan en Madrid hambrones de levita y de frac, al instante tuvo una corte de parásitos que cantaron sus alabanzas. Dió tes y comidas; se jugó al tresillo. Se hizo, en suma, lo que en todas las casas opulentas, menos bailar. Y aunque el personal por dentro dejaba mucho que desear, por fuera parecía tan pomposo y brillante como el de los demás palacios. Hasta había títulos de Castilla que honraban la tertulia con su presencia, entre ellos el marqués de Dávalos, tan loco y enamorado como siempre. La Amparo, a quien lisonjeaba este amor frenético conocido de todo Madrid, lo desdeñaba en público y lo alimentaba en secreto. Por donde flaqueaban más los saraos de aquélla era por el lado femenino, si bien no faltaban tampoco algunas señoras de la clase media que, a trueque de pisar regios salones y verse servidas por lacayos de calzón corto, consentían en alternar con la querida de Salabert. Verdad que acallaban sus escrúpulos diciéndose que Amparo muy pronto sería la duquesa de Requena, en cuanto terminase el luto de la anterior esposa.
Seguía el pleito entre el duque y su hija, más empeñado cada día y encendido. La Amparo se declaraba parte en él entre sus amigos; gozaba soltando contra Clementina el odio mortal que la profesaba en palabras tabernarias. Salían a relucir en su tertulia todos los devaneos de la dama, corregidos y aumentados por los parásitos; se contaban anécdotas que harían ruborizar a un guardia civil; se atacaban hasta sus prendas corporales, diciendo que los dientes eran postizos, que tenía una cadera torcida y otras calumnias por el estilo. Cierta noche tuvo éxito prodigioso un muchachuelo al manifestar que Clementina, según datos irrecusables, gastaba pantalones de franela a raíz de la carne.
Algunos de estos dichos llegaban a oídos de la interesada y la hacían empalidecer de ira, amargaban extremadamente su agitada existencia. El pleito era ya para ella una lucha personal con la Amparo. Lo que más temía, y Osorio también, era que se realizase el anunciado matrimonio de su padre. Si esto sucedía no había más remedio que ver a la ex florista ostentando la corona ducal, tratando de potencia a potencia con ellos. Aunque al principio la sociedad la rechazase, como con el tiempo todo se olvida, quizá aquella vil mujer llegaría a ser una verdadera duquesa. Afortunadamente para ellos, aunque Salabert estaba sometido en todo a su voluntad, les constaba que se oponía tenazmente a casarse, que la Amparo hacía inútiles esfuerzos para decidirle, que había habido escenas violentas entre ellos. La ex florista, al principio, lo había tomado por la tremenda. Se contaba que en un arrebato había herido al duque con unas tijeras, que los criados escuchaban frecuentemente gritos descompasados de la bella injuriando al viejo, llenándole de denuestos. Uno juraba que la había oído gritar:
—¿Por qué no te casas? ¡dí, canalla!… ¿Crees que te deshonras con eso? ¿No sabes que por ahí todo el mundo dice que eres un ladrón? ¿que tus iniciales significan ¡a ese!…? Seré una p… pero una p… ¿no vale tanto como un ladrón?
Ciertos o no estos horrores, lo que constaba de un modo indudable era la resistencia de él y el afán de ella. Alguien le hizo entender que no era éste el mejor sistema y que corría riesgo, por quererlo todo, de perderlo todo. Cambió de táctica. Se dedicó a sacar de su querido todo el dinero que pudo y a empujarle suavemente, pero con tenacidad, al matrimonio. Mas aunque por lo que se refiere a esto último sus asaltos continuaban siendo infructuosos, Clementina y Osorio estaban con el alma en un hilo. Decíase que el duque se hallaba realmente enfermo, que sufría una parálisis progresiva. En vista de ello se determinaron, después de escuchar el parecer de algunos célebres abogados, a pedir ante los tribunales su inhabilitación o la incapacidad para administrar sus bienes.
Por estos días se dijo que aquél había experimentado un nuevo ataque y que de resultas había quedado casi enteramente imbécil. Confirmaba este rumor el que no salía de casa y el que sus amigos íntimos no conseguían verle cuando iban a visitarle.
En tales circunstancias, bien por un arranque de su temperamento impetuoso o porque no faltara entre sus íntimos quien se lo aconsejara, Clementina se resolvió a dar un golpe decisivo que de una vez zanjase el litigio y todos los problemas a él anejos. "Mi padre está secuestrado—dijo—. Yo voy allá y arrojo a esa mujer de casa". Osorio trató de disuadirla, pero inútilmente.
Una mañana se hizo trasladar en su coche al palacio de Requena. Pasmo del portero al abrir la verja y encontrarse con la señorita Clementina, y visible alegría también. Porque, aunque no era tan llana como la ex florista ni tan pródiga, el sentimiento de justicia obligaba a los criados del duque a despreciar a ésta y respetar a aquélla. La orgullosa dama se contentó con decir, sin mirarle: "Hola, Rafael", y se dirigió rápidamente a la escalinata.
¿Cómo está papá?—preguntó al criado que halló en el recibimiento.
Tan aturdido quedó que no pudo responderle inmediatamente.
—¡Vamos, hombre!—repitió con impaciencia—. ¿Qué tal papá? ¿Está en las oficinas o en sus habitaciones?
—Dispense V.E. … el señor duque está bueno…. Me parece que aún está en su gabinete….
En aquel momento una doncella, que desde el fondo del corredor la vió y escuchó sus preguntas, corrió toda azorada a avisar a la señora. Clementina también subió con pie rápido la escalera del piso principal. Antes de llegar a la puerta del gabinete de su padre, la Amparo se interpuso delante de ella, pálida, mirándola fijamente, con ojos agresivos.
—¿Dónde va usted?—preguntó con voz ligeramente ronca por la emoción.
—¿Quién es usted?—respondió la dama alzando la cabeza con soberano desdén y mirándola de arriba abajo.
—Yo soy la señora de esta casa—repuso la malagueña poniéndose aún más pálida.
—Querrá usted decir la secuestradora. No tengo noticia de que aquí haya señora alguna.
—¡Ah! Viene usted a insultarme a mi misma casa—exclamó la ex florista poniéndose en jarras como en la plazuela.
—No; vengo a arrojarte de ella antes que llegue la policía a hacerlo.
—¡No me tutee usted o me pierdo!—gritó la Amparo arrebatada de furor, presta a arrojarse sobre su orgullosa enemiga.
—Repito que vengo a echarte de esta casa y del puesto que usurpas—repuso ésta con tranquilidad amenazadora, desafiándola con la mirada.
La Amparo hizo un movimiento de arrojarse sobre ella, pero deteniéndose súbito se puso a gritar con voces descompasadas:
—¡Pepe, Gregorio, Anselmo! A ver, que vengan todos. ¡Pepe, Gregorio!
¡Echadme esta tía de casa, que me está insultando!
A los gritos acudieron algunos criados, que se detuvieron confusos, atónitos, contemplando aquella escena extraña. También se abrió la puerta del gabinete y apareció en ella la figura del duque, de bata y gorro. En poco tiempo había envejecido de un modo sorprendente. Tenía los ojos apagados, el color caído, las mejillas pendientes y flácidas.
—¿Qué es eso? ¿qué pasa aquí?—preguntó con torpe lengua. Y al ver a su hija dió un paso atrás y todo su cuerpo se estremeció.
—Esta mujer, que después de pedir que te declaren loco viene a insultarme—gritó Amparo con voz chillona de rabanera colérica.
—Papá, no hagas caso—dijo Clementina yendo hacía él.
Pero el duque retrocedió, y extendiendo al mismo tiempo sus manos convulsas, exclamó:
—¡Fuera! ¡Fuera! ¡No te acerques!
—¡Escucha, papá!
—¡No te acerques, ingrata, perversa!—repitió el duque con voz temblorosa y tono melodramático.
—Fuera de aquí, sin vergüenza. ¿Tiene usted valor para presentarse después de lo que ha hecho con su padre?—chilló la malagueña animada por la actitud del viejo.
Clementina quedó petrificada, lívida, mirándoles con ojos donde se pintaba más el espanto que la cólera. Hubo un instante en que estuvo a punto de perder el sentido, en que todo comenzó a dar vueltas en torno suyo. Pero su orgullo hizo un esfuerzo supremo y permaneció clavada al suelo, inmóvil como una estatua de yeso, y tan blanca. Luego giró lentamente sobre los talones por miedo a caerse y dió algunos pasos hacia la escalera, que comenzó a bajar con pie vacilante. Su padre, excitado por los gritos de la Amparo, avanzó hasta la barandilla y siguió repitiendo, cada vez más colérico, extendiendo su mano trémula como un barba de teatro:
—¡Fuera! ¡Fuera de mi casa!
Mientras, su querida vomitaba una sarta de injurias acompañadas de movimientos de caderas, risas sarcásticas y tal cual interjección del repertorio antiguo.
Cuando llegó a poner el pie en el jardín, las mejillas de Clementina comenzaron a echar fuego. Se apoyó un instante en la columna de uno de los faroles, y en seguida se dió a correr como una loca hacia su coche. Montó en él de un salto y cayó en un ataque de nervios. La sacaron en malísimo estado y la subieron a su cuarto entre dos criadas. Cuando Osorio se presentó no pudo enterarle más que con palabras sueltas e incoherentes de lo que había acaecido. Ocho o diez días estuvo postrada en la cama. Al fin salió de ella con un deseo tal de vengarse, que algunos pensaron que se había vuelto loca.
El pleito, con el hábito de venganza que ella sopló sobre él, encendióse de un modo imponente. Llegó a ser en Madrid un acontecimiento público. Acerca de la locura del duque hubo pareceres encontrados de los médicos más insignes, españoles y extranjeros. Los unos le ponían de idiota, degenerado y embrutecido que no había por dónde cogerlo. Los otros declaraban que su inteligencia brillaba cada día más clara, que era un portento de penetración y buen sentido. Pero todos coincidían en exigir, por sus dictámenes, disparatados honorarios. La prensa intervino en favor de una u otra de las partes. Clementina subvencionaba algunos periódicos. La Amparo (porque el duque, en realidad, ya no se hallaba en estado de dirigir el asunto) tenía comprados otros. Y desde las columnas de ellos se decían, más o menos veladas, mil insolencias; se sacaban a relucir en cuentos alegóricos muchas historias escandalosas.
En esta guerra la hija llevaba la peor parte: no podía ser tan liberal como la querida. Amparo distribuía los billetes de Banco a manos llenas. En cambio, a Clementina le ayudaban los acreedores de su marido, sus amigas Pepa Frías, que no cesaba un momento de ir y venir visitando a los médicos, a los magistrados, a los periodistas, la condesa de Cotorraso, la marquesa de Alcudia, su cuñado Calderón, sus amigos el general Patiño y Jiménez Arbós, y más que todos ellos, como quien más obligación tenía, su amante Escosura. Este, por el alto puesto que ocupaba, ejercía considerable influencia en la marcha del litigio.
¡Qué agitación! ¡qué vida afanosa y miserable! Clementina no comía, no dormía: siempre en conferencias con el abogado, con el procurador, siempre escribiendo cartas. Hasta en sus tertulias o comidas no sabía hablar de otra cosa. De suerte que algunos, los indiferentes, murmuraban e iban desertando de su casa. Pero a otros logró comunicarles su fuego: eran sus parciales apasionados y traían y llevaban cuentos y daban consejos y prorrumpían en exclamaciones de indignación cada vez que en cualquier parte oían nombrar a la Amparo. Aunque Clementina, en general, no era simpática a la sociedad madrileña por su carácter altanero, como al fin representaba el derecho y la moral, su causa era la popular. Contribuyó a hacerla más la estupidez de su enemiga, que se presentaba en todas partes queriendo deslumbrar con su lujo, llevando a su lado aquel viejo imbécil y degradado.
Porque el duque de Requena se desmoronaba a ojos vistas. Después del período de exaltación y violencia en que parecía un loco furioso, vino el aplanamiento de los nervios. Poco a poco se acercaba al completo idiotismo. Perdió la vivacidad del espíritu y hasta la facultad de comprender los negocios. Quedaron en manos de Llera. Esto no era malo: pero sí que la Amparo se ingiriese en ellos con autoridad, porque no hacía más que disparates. Se daba, sin embargo, bastante maña para ocultar la locura de su querido. Los días en que le veía sobrexcitado o incoherente en sus palabras teníale encerrado. Sólo cuando estaba más tranquilo y racional se aventuraba a salir con él en coche y procurando que no hablase con nadie.
Mas a la postre tales precauciones resultaron inútiles. Salabert se escapó de casa en distintas ocasiones y dió públicas señales de su enajenación. Una vez se le halló a las cuatro de la mañana cerca de Carabanchel. Otra vez entró en una joyería, y después de ajustar algunas alhajas sustrajo otras creyendo que no le veían. El joyero lo advirtió perfectamente, pero no le dijo nada porque le conocía. Lo que hizo fué enviar la cuenta de las alhajas robadas a la Amparo. Esta se apresuró a pagarlas y vino en persona a rogarle que no divulgase el hecho.
Pronto se persuadió el público de que, a pesar de los pareceres encontrados de los médicos, la locura del duque era evidente. Comenzó a susurrarse que el fallo del tribunal así lo declararía. Dos días antes de que se publicase, la Amparo abandonó el palacio de Requena después de haberlo puesto a saco. Se llevó multitud de objetos de gran valor. Su hacienda ascendía ya a una porción de millones. En previsión de lo que podía suceder la había sacado del Banco de España y la tenía en valores extranjeros. Pocos días después se marchó a Francia. Algunos meses más tarde circuló por Madrid la noticia de que se casaba con el marqués de Dávalos.
La misma tarde del día en que la Amparo huyó (porque huída se puede llamar) de la casa de Requena, entró Clementina con su marido y se posesionó de ella. Halló a su padre en un estado tristísimo, completamente idiota. Hablaba como si la hubiera visto el día anterior y no hubiera pasado nada; le preguntaba con mucho interés por la Amparo y hasta algunas veces la confundía con ella. El corazón de la hija, hay que confesarlo, no padeció gran cosa. Aquella desgracia no apagaba por entero el rencor que despertaba en su alma el recuerdo de los amarguísimos días que acababa de pasar. Su venganza no estaba satisfecha porque veía a la Amparo rica y feliz. Quería a todo trance perseguirla criminalmente, mientras su marido, satisfecho con la fortuna colosal que caía en sus manos, no se preocupaba poco ni mucho de semejante cosa.
El duque de Requena, el célebre banquero que tuvo atentos y admirados durante veinte años a los negociantes españoles y extranjeros, el hombre que había dado tanto que decir al público y a la prensa, pasó muy pronto a ser en el palacio de Osorio un trasto inútil y despreciable. Por no dar que murmurar, o por asegurarse mejor de su persona, o quizá por un vago temor de que pudiera curarse, los esposos Osorio no le enviaron a un manicomio: tuviéronle guardado en casa. Salabert se había convertido en niño. No se preocupaba ya de otra cosa que del alimento. Hablaba poco. Pasaba horas y horas mirándose las uñas o frotándose una mano con la otra, dejando escapar de vez en cuando gritos extraños, inarticulados. Tenía cerca un criado que, cuando se mostraba desobediente y se enfurecía, le castigaba. Pero a quien más respeto tenía, y aun puede decirse verdadero temor, era a su hija. Bastaba que Clementina le mirase ceñuda y le dirigiese una seca reprensión para que el loco se sometiese repentinamente. En cambio, no hacía caso alguno de su yerno.
Cuando el criado que le cuidaba, viéndole tranquilo iba a recrearse un poco con sus compañeros, el loco acostumbraba a vagar por las habitaciones del palacio mirándose con atención a los espejos. Su manía principal era la de recoger los pedacitos de pan que hallaba y amontonarlos en un rincón de su cuarto hasta que allí se pudrían. Cuando el montón era ya demasiado grande, los criados venían a recogerlos en cestos y lo tiraban al carro de la basura. Al entrar en su habitación y echarlo de menos se enfurecía. Necesitaba su guardián hacer uso de algún medio violento para volverle el sosiego.
Cierta tarde, poco después de almorzar los señores (el loco almorzaba en su cuarto), se hallaban reunidos tres o cuatro criados en el gran comedor del palacio limpiando la vajilla y colocándola en los aparadores. Estaban de buen humor y retozaban cambiando latigazos con los paños que tenían en la mano, corriendo en torno de la mesa y soltando sonoras carcajadas. La señora no podía escucharles porque estaba arriba. En esto apareció el loco en la puerta con una bandeja en la mano, la bandeja en que acostumbraba a transportar los mendrugos, como preciosa mercancía, a su habitación. Vestía una bata grasienta ya y traía la cabeza descubierta. Pero aquella cabeza, a pesar de sus blancos cabellos, no era venerable. Las mejillas pálidas, terrosas, los labios amoratados y caídos, la mirada opaca sin expresión alguna, no reflejaban la ancianidad que tiene su hermosura, sino la decrepitud del vicio siempre repugnante y la señal de la idiotez, aterradora siempre.
Permaneció un instante indeciso al ver tanta gente. Al fin se resolvió a entrar; fué derecho a los cajones de los aparadores y comenzó con afán a registrarlos sacando todos los mendrugos que había y colocándolos en su bandeja. Los criados le contemplaban sonrientes con mirada burlona.
—Busca, busca—dijo uno—. ¿Cuándo nos convidas a gazpacho, tío lipendi?
El viejo no hizo caso: siguió afanoso en su tarea.
—Gazpacho, no—dijo otro—. Mejor será que nos convides a un billete de cien pesetas.
—A ti no te convido. A Anselmo, sí—dijo el duque tartamudeando mucho y mirándole airado.
—¡Toma! ya sé por qué convidas a Anselmo; porque te anda con el bulto.
Descuida, que si es por eso ya me convidarás.
Los otros soltaron la carcajada. El más joven de ellos, un chico de diez y seis años, al verle con la bandeja colmada y dispuesto a marcharse, se fué por detrás, y dándole un manotazo hizo saltar todos los mendrugos, que cayeron esparcidos por el suelo. El duque se enfureció terriblemente, y lanzando gritos de cólera, y echándoles miradas de fiera acosada, se tiró al suelo y se puso a recoger de nuevo los mendrugos, mientras los criados celebraban con algazara la gracia de su compañero. Cuando ya los tenía todos en la bandeja y corría hacia la puerta para librarse de sus burlas, el mismo rapaz se fué tras él y otra vez se los tiró. El furor del loco no tuvo límites. Convulso, rechinando los dientes, con los ojos encendidos, se arrojó sobre el burlador; pero los demás le sujetaron. El pobre demente comenzó entonces a lanzar bramidos que nada tenían de humanos.
En aquel instante se oyó en el corredor la voz irritada de Clementina.
—¿Qué es eso? ¿Qué hacen ustedes a papá?
Los criados soltaron al loco y se dieron a correr desapareciendo del comedor.