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La Fontana de Oro

Chapter 11: CAPÍTULO VIII
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About This Book

A historical novel set during a period of intense political and social upheaval, it follows events in the capital where street demonstrations, political clubs, and a revolutionary café become stages for competing factions. Public conspiracies and secret plots unfold alongside personal sufferings, moral dilemmas, and moments of fanatic devotion; religious institutions and inquisitorial practices intervene in public life. The narrative shifts between crowded public scenes and intimate trials, examining themes of idealism, betrayal, the collision of tradition and reform, and the human cost of political engagement, presented in a succession of episodic chapters that interlace historical incident with private drama.

CAPÍTULO VIII

#Hoy llega#.

Tres días después de la aventura descrita en el capítulo segundo, estaba Clara muy de mañana encerrada en el cuarto que le servía de habitación. El fanático le había dicho pocas horas antes que esperaba á su sobrino, y que era preciso acomodarle allí hasta que se mudaran todos á una nueva casa que pensaba tomar.

Clara se quedó absorta al oír esta noticia, y no pudo contestar palabra, porque la sorpresa le embargaba la voz. Cuando quedó sola se encerró en su cuarto.

Era éste pequeño é irregular: estaba en lo más interior de la casa, y tenía una ventana estrecha, con vidrios de dudosa transparencia, que daba á un patio, de esos que por lo profundos y estrechos parecen verdaderos pozos. Enfrente y á los lados se abrían tres filas de ventanas mezquinas, respiraderos de otras tantas celdas, donde se albergaban familias bulliciosas. El cuarto de Clara tenía el usufructo de un rayo de luz desde las once á las once y media, hora en que pasaba á iluminar las regiones tropicales del tercer piso. Aquel rayo de luz no traía nunca colores, ni paisaje, ni horizonte, ni alegría.

El patio era un recinto populoso, el centro de un enjambre humano. A ciertas horas asomaban por aquellos agujeros otras tantas cabezas: esto sucedía en los grandes acontecimientos, cuando la herrera del piso bajo y la planchadora del cuarto resolvían al aire libre alguna cuestión de honor, ó cuando la manola del tercero y la zurcidora de enfrente entablaban pleito sobre la propiedad de la ropa tendida.

Por lo demás, allí reinaba siempre una paz octaviana, y era cosa de ver la amable franqueza con que la esterera pedía prestada una sartén á la vecina de la izquierda, y la confianza íntima con que dialogaban en el quinto el soldado y la mujer del zapatero. Enlazaban unas ventanas con otras, á guisa de circuitos telegráficos, varias cuerdas de donde colgaban algunas despilfarradas camisas, y de vez en cuando tal cual lonja de tasajo, sobre el cual descendía en el silencio de la noche una caña con anzuelo, manejada por las hábiles manos del estudiante del sotabanco.

La vidriera del cuarto de Clara no se abría nunca. Elías la había clavado por dentro desde que ocupó la casa.

Si la perspectiva del patio era desapacible, el interior de la habitación tenía indudablemente cierto encanto, no porque en él hubiera cosas bellas, sino por la sencillez y modestia que allí reinaba, y el cuidadoso aseo y esmero, única elegancia de los pobres. Veíase, en primer término, una voluminosa cómoda, compuesta de seis enormes gavetas con sus labores de talla junto á las cerraduras, y algunas incrustaciones un poco carcomidas; encima un mueble decorativo bastante viejo, que representaba una figura de Parca con una de las manos alzada en actitud de sostener algo; pero en lugar del reloj que en otro tiempo cargaba, sostenía en tiempo de Clara una caja forrada en papeles de color, la cual debía guardar utensilios de labor femenina. En lugar de la redoma de cristal, tapaba todo esto un pedazo de gasa, sujeto con cintas azules á las piernas de la diosa, la cual ostentaba en su profano pecho un escapulario de la Virgen del Carmen.

Una mesa de tocador, tres sillas de viejo nogal, pesadas y lustrosas, un cojincillo erizado de agujas y alfileres, banqueta y cama de caoba de muy voluminosa arquitectura, cubierta con manta palentina, completaban el ajuar.

Clara estaba delante de su espejo, y se ocupaba en enredarse en la coronilla una gruesa trenza de pelo negro, recientemente tejida y terminada en la punta con un atadijo del mismo pelo y un lazo encarnado. Dos órdenes de pequeños rizos; guedejas sutiles, retorcidas con negligencia, le adornaban la frente, y de las sienes blancas, cuya piel transparentaba ligeramente la raya azulada de alguna vena, le caían dos airosos mechones.

No hay actitud más propia para apreciar debidamente las formas académicas de una mujer, que esa que toma cuando alza las manos y se enrolla una trenza en la cabeza, dejando ver el busto, el talle, el cuello en toda su redondez. Tiéndense los músculos del pecho, se contornea la espalda, y el ángulo del codo y las suaves curvas del hombro describen en su dilatación graciosas líneas que dan armoniosa expresión escultural á toda la figura.

Concluida la operación del peinado, Clara echó una mirada de deseo y desconfianza á la última gaveta de la enorme cómoda en donde tenía su ropa. Es que allí existía, guardado con singular esmero, un traje que Elías le había comprado algunos años antes, cuando era menos adusto y gruñón. Este traje, que era lo más lujoso y bello que la huérfana poseía, tenía la forma y los colores más en moda en aquella época: cuerpo de terciopelo negro con prolijos dibujos de pasamanería, y guardapiés de seda pajizo, adornado con una gran franja, como de á tercia, de encaje negro. Dudaba si sacarlo ó no: quería ponérselo, y temía ponérselo; quería lucir aquel día su mejor vestido, y temió al mismo tiempo estar demasiado guapa con él. ¿Por qué? Y se detenía pensativa y triste, sin atreverse á sacar á la luz pública aquel tesoro tanto tiempo escondido. ¿Por qué? Porque Elías se había puesto tan fastidioso (así decía ella), estaba tan maniático y la reñía tanto sin motivo… ¡qué singularidad! La semana anterior estaba cosiendo y arreglando la cenefa del vestido que se había roto, cuando entró aquel hombre, y bruscamente le dijo:

—¿Qué haces ahí…? Siempre pensando en componerte. ¿Para qué te ocupas en esas fruslerías?

Ella, la verdad sea dicha, aunque tenía una razonable contestación que dar á aquella pregunta, no se atrevió; y doblando tristemente su obra, fué á sepultarla en la cómoda. Elías no se ablandó por esta prueba de sumisión, y en tono más agrio y severo le dijo al verla tirar de la gaveta:

—Cuando digo que te has echado á perder….

Pero no fué esto lo peor que escuchó la pobrecilla mientras, llena de vergüenza, devolvía á la tumba aquel despojo que había querido profanar sacándolo de tan venerable asilo. No fué esto lo peor que oyó, porque el viejo, bajando la voz y como si hablara consigo mismo, dijo:

—Al fin tendré que tomar una determinación contigo.

¡Jesús, santos y santas del cielo! ¡Qué determinación será esa!… ¡Si querrá también el viejo encerrarla á ella en la misma gaveta como una prenda sin uso!…

Aquello de la determinación la tuvo preocupada muchos días. En vano trató de sondear el ánimo del viejo. ¡Ay! Pero si ella no sabía sondear ánimos de nadie… El único medio de que se hubiera valido para averiguarlo era preguntárselo sencillamente, y á esto no se atrevía.

Aún hubo más. Por la triste calle de Válgame Dios solía pasar una ramilletera, que en su cesta llevaba algunos manojos de claveles, dos decenas de rosas y muchas, muchísimas violetas. Clara observaba al través de los cristales el paso de aquellos frescos colores que le atraían el alma, de aquellos suaves aromas que anhelaba aspirar desde el balcón. Un día se decidió á comprar unas flores, y mandó á Pascuala por ellas. Clara las tomó, las besó mil veces, les puso agua, las acarició, se las puso en el seno, en la cabeza, y no pudo menos de mirarse al espejo con aquel atavío; las volvió á poner en el agua, y, por último, las dejó quietas en un búcaro, que tuvo la imprudencia de colocar donde Coletilla ponía su bastón y su sombrero cuando llegaba de la calle. ¡Oh! Sin duda él, al entrar, se había de poner alegre viendo las flores. Las flores le gustarían mucho. ¡Qué sorpresa tendría!… Esto pensaba ella. Decididamente era una tonta.

El fanático llegó y se acercó á la mesa; pero al poner en ella su sombrero, chocó éste con el vaso, que cayó al suelo, soltando las flores y vertiendo el agua en las mismas piernas del realista.

El hombre montó en cólera, y mirando con furor á la huérfana, que estaba temblando, gritó:

—¿Qué flores son estas? ¿Quién te ha mandado comprar estas flores? Clara, ¿qué devaneos son estos? ¡Coqueta! No hay ya remedio. Te has echado á perder. ¿También quieres llenarme de flores la casa?

Clara quiso contestarle; pero aunque hizo todo lo posible, no le contestó nada. Elías pisoteó las flores con furia.

—Estoy resuelto á tomar la determinación.

Otra vez la determinación, ¿Qué determinación sería aquella? pensaba Clara en el colmo de su confusión y de su miedo. Después, retirada á su cuarto, pensó en lo mismo, y decía para sí: "¿Querrá matarme?"

Aquella noche no pudo dormir. A eso de las doce sintió que Elías se paseaba en su cuarto con más agitación que de ordinario. Hasta lo pareció oír algunas palabras, que no debían ser cosa buena. Levantóse Clara muy quedito movida de la curiosidad, y poco á poco se acercó con mucha cautela á la puerta del cuarto de Elías, y miró por el agujero de la llave. Elías gesticulaba marchando: de pronto se paró, se acercó á una gaveta y sacó un cuchillo muy grande, muy grande y muy afilado, resplandeciente y fino. Le estuvo mirando á la luz, examinándolo bien, y después lo volvió á guardar. Clara, al ver esto, estuvo á punto de desmayarse. Retiróse á su cuarto y se acostó temblando, arropándose bien. Desde la noche que pasó en el camaranchón de doña Angustias en compañía de los ratones, no había tenido un miedo igual. A la madrugada se adormeció un poco; pero en su sueño se le presentaban multitud de cuchillos como el que había visto, y á veces uno solo, pero tan grande, que bastara por sí á cercenar cincuenta cabezas á la vez. Arropábase más á cada momento, creyendo en los extravíos del sueño que el cuchillo, á pesar de su puntiaguda forma y de su brillante filo, no podía penetrar las sábanas.

Al día siguiente se serenó, y después se reía de haber temido que Elías podría matarla.

Poro, sin embargo, no se atrevía á ponerse el traje. Aquella bella prenda pecaminosa había de dormir el sueño de la eternidad en lo más hondo de la cómoda, donde seria pasto de gusanos.

Clara no había podido determinar en su entendimiento lo que para ella podía resultar de la venida de Lázaro. En su grande alegría no veía en aquello más que un suceso muy feliz, sin detenerse á considerar los sucesos que posteriormente se podían derivar de aquella llegada. Algunas ideas vagas acompañaron tan sólo aquel sentimiento expansivo y desinteresado. El sería un joven de posición. ¿Cómo no? Sin discurrir en el medio, Clara pensó en un cambio de suerte. Sin saber cómo, se unían en su entendimiento y confusión indisoluble la idea de la llegada de Lázaro y la idea de emanciparse un poco de la fastidiosa (no calificaba de otra manera) tutela de don Elías. A su mente vino la idea del matrimonio. Vino, sí, varias veces; pero casi no era idea aquello: era una percepción confusa, una esperanza tímida y como recelosa. Por último, ya llegó á pensar, á pensar verdaderamente en esto. Una percepción confusa, dijimos, sí: esta percepción la ocupaba constantemente. Lázaro iba á ser su marido. Clara también sabía ver los días futuros, y veía á su marido junto á ella en un lugar que no era aquél, en una casa que no era aquélla, en otros sitios, en otra tierra. Y en otro mundo, ¿por qué no? Esto hubiera sido lo más acertado…

Aquel día estaba muy alegre, reía por la menor causa, se ruborizaba sin motivo, estaba inquieta y sin sosiego, quedábase pensativa un largo rato, y después parecía hablar consigo misma.

Las nueve serían cuando Pascuala volvió de la calle, y entró en el cuarto de Clara.

Era Pascuala una mujer que formaba á su lado el contraste más violento que puede existir entre dos ejemplares de la familia humana. Era una moza vigorosa y hombruna, apacentada en los campos alcarreños, alta de pecho, ancha de caderas, de mejillas rojas, boca grande, nariz chica, frente estrecha, pelo recogido en un gran moño, color encendido, pesadas manos, ojos grandes y negros.

Acercóse á la joven, y misteriosamente le dijo:

—¿Sabe usted lo que me ha pasao?

—¿Qué?—dijo Ciara alarmada.

—Que he visto al melitarito del otro día, el que estuvo aquí cuando el señor vino malo.

-¿Y qué?

—¿Qué? Nada, sino que me ha asustao, porque me dijo que quería entrar, y como estamos solas, pensé que me pasaría algo … porque como es una así tan guapetona…. Y no tiene una mala cara…. Ya ve usted.

—¡Ah! ¿El oficial aquél del otro día?… ¿Y dices que se quería meter aquí?

—Sí; y después me preguntó por usted.

—¿Por mí? ¿Y qué le dijiste?

—Que estaba güena. Después dijo que si estaba aquí el viejo. Ya ve usted qué poco respeto. ¡El viejo! ¡Qué irreverencia! Yo le dije que no. El me dijo que quería entrar á hablar conmigo… Pero vamos … ya soy muy maliciosa, y yo me malicio….

—¿Qué?

—A mí no me engañan así con palabritas. Como es una tan guapetona….

—No tengas cuidado—dijo Clara riendo.—Es que está enamorado de ti y quiere casarse contigo. Si lo sabe el tabernero….

—¿Mi Pascual? No lo sabrá… Si llegara á saber mi Pascual que hay un señorito que dice chicoleos á Pascuala….

Advirtamos que esta fregona tenía por novio á un Pascual que había fundado nada menos que una taberna en la calle del Humilladero. Aquellas relaciones honestas y nobles parecían muy encaminadas al matrimonio; y como ella era así tan guapetona, habría probabilidades de que aquel par de Pascuales se unieran ante la Iglesia para dar hijos al mundo y agua al vino.

—Pues como Pascual lo llegue á saber….

—Pero yo soy muy picara … y se me ha puesto en la cabeza… ¿Sabe usted lo que se me ha puesto en la cabeza?

-¿Qué?

—Que él no quiere entrar aquí por mí, sino por usted.

—¿Por mí? No seas tonta—replicó Clara, riendo con la mayor naturalidad.

—¿Le dejo entrar?

—No, cuidado. Por Dios, no hagas tal. No vuelvas á hablarle más. ¿A qué tiene que venir aquí ese caballero?

—Yo me malicio … aunque una sea así tan guapetona…. Yo me malicio que á mí no me quiere pa maldita de Dios la cosa … porque al fin, siempre una es criada y él un caballero…. Pues parece persona muy principal. Digo… ¿Le dejo entrar?

—¡Jesús, Pascuala, no lo vuelvas á decir!—exclamó seriamente
Clara.—¿Pero á qué quiere entrar aquí ese caballero?

—Toma, á verla á usted.

—¿Y para qué quiere verme á mí?

—Toma, para verla.

—¡Qué ocurrencia!—murmuró pensativa.

En esto se sintió un campanillazo. Abrieron y entró Coletilla.

Las dos muchachas seguían su coloquio cuando sintieron en la calle rumor de voces agitadas, algunos gritos y pasos precipitados. Asomáronse los tres, y vieron que discurrían varios grupos por la calle. Los chisperos más famosos del barrio dejaban sus hierros y salían en busca de aventuras. Coletilla lanzó una mirada de rencoroso desdén sobre los transeúntes, y cerrando con estrépito el balcón, dijo;

—¡Otra asonada!

Las dos muchachas temblaron acordándose del miedo que tuvieron pocas noches antes.

—¡Ay, cuándo se acabarán estas cosas!—observó Clara.

—¡Pronto!—dijo con sequedad el viejo, sentándose y tomando una carta que había sobre la mesa.

La leyó; después tomó su capa y su sombrero, y dijo á las chicas:

—Voy á salir; tengo que hacer: no volveré en toda la tarde. Mi sobrino llegará esta noche á eso de las ocho: yo no vendré hasta las diez lo más temprano. Que me espere aquí.

Y embozándose en su capa, miró un triste reloj, que contaba con tristísimo compás la vida en el testero de la sala.

—No abráis á nadie: cuidado, cuidado con la puerta. Echad todos los cerrojos. Cuando venga mi sobrino, dadle algo que comer y que me aguarde.

—¿Pero cómo va usted á salir con esos alborotos?—dijo Clara con temor.—No nos deje usted solas: tenemos mucho miedo.

—¡A mí ¿Qué me han de hacer á mí? ¡Ay de ellos!—murmuró con ahogado furor.—Tened cuidado con la puerta os repito.

Y después, como hablando consigo mismo, dijo en voz baja:

—Sí es preciso tomar una determinación … buena determinación.

Clara pudo oírlo, y pensó en la cómoda, en el traje, en las flores, en el cuchillo y en la determinación, en aquella maldita determinación que no conocía. Pero aun esto, que la tuvo cabizbaja y melancólica un buen rato, no fué bastante para quitarle la felicidad que aquel día rebosaba en su alma.

CAPÍTULO IX

#Los primeros pasos#.

Los grupos de la calle crecían. La población toda presentaba ese aspecto extraño y desordenado que no es tumulto popular, pero sí lo que le precede. Era el 18 de Septiembre de 1821. La mayor parte de los habitantes de Madrid estaban en la calle. El ansioso ¿qué hay? salía de todas las bocas. En tales ocasiones basta que se paren dos para que en seguida se vayan adhiriendo otros hasta formar un espeso grupo. Entonces todos los que vemos nos parecen malas caras. El accidente más curioso en tales días es el que ofrece la llegada de la persona que se supone enterada de lo que va á haber. Rodéanle: el enterado se hace de rogar, principia á hablar en lenguaje simbólico para aumentar la curiosidad, sienta por base que sin la más profunda discreción y la promesa de guardar el secreto, no puede decir lo que sabe. Todos le juran por lo más sagrado que guardarán el secreto, y, por fin, el hombre empieza á contar la cosa con mucha obscuridad; excitado por los oyentes, se decide á ser claro, y les encaja tres ó cuatro bolas de tente-tieso, que los otros se tragan con avidez, desbandándose en seguida para ir á vomitarla en otros grupos: tan indigestos son esta clase de secretos.

La tarde á que nos referimos era casualmente cierto lo que nuestro amigo Calleja, enterado oficial de la Fontana, contaba en uno de los grupos formados en la Carrera.

—Pues qué, ¿no saben ustedes?—decía bajando la voz y haciendo unos gestos dignos del único espartano que, escapado en las Termópilas, llevó á Atenas la noticia de aquella catástrofe memorable.—¿No saben ustedes? Pues no hay más sino que mañana habrá procesión cívica en honor de Riego, cuyo retrato será paseado por todas las calles de la Corte.

—Bien, bien—dijo uno de los oyentes.—¿Íbamos á consentir que se maltratara al héroe de las Cabezas, al fundador de las libertades de España?

—Pues lo grave es que el Gobierno está decidido á que no haya procesión. Pero es cosa decidida. La Fontana lo ha resuelto y se hará: ya está preparado el retrato. Y por cierto que es una linda obra: está representado de uniforme, y con el libro de la Constitución en la mano. ¡Gran retrato! Como que lo hizo mi primo, el que pintó la muestra del café Vicentini.

—¿Y el Gobierno prohibe la fiesta?

—Sí: no le gustan esas cosas. Pero habrá procesión ó no somos españoles. El Gobierno la prohibe.

En efecto: en aquel momento las esquinas recibían un emplasto oficial, en que se leía el bando prohibiendo la fiesta preparada por los clubs para el siguiente día. La tropa estaba sobre las armas.

—Y esta noche tenemos gran sesión en la Fontana.

—Mira, Perico, guárdame un buen sitio esta noche—dijo un joven que formaba parte del grupo;—guárdame un puesto, que tengo que ir esta noche á primera hora al parador del Agujero á recibir unos amigos que vienen de Zaragoza.

Y después añadió con misterio, dirigiéndose á otros dos ó tres que parecían amigos suyos:

—Buenos chicos aquellos chicos de Zaragoza, de que os he hablado. Esta noche llegan. Son del club republicano de allá. Buenos chicos.

El grupo se disolvió; al mismo tiempo, la siniestra figura de
Tres Pesetas cruzaba por la calle, unida á la no menos desapacible de
Chaleco.

Del grupo salieron tres jóvenes de los que hablaron anteriormente. Eran tres mancebos como de veinticinco años. No podemos llamarles lechuguinos netos; pero tampoco podía decirse de ellos que carecían de toda distinción y elegancia. Eran amigos íntimos, que compartían sus fatigas y sus goces, las fatigas de la pobreza estudiantil y loa goces del aura popular, conquistada con artículos de periódicos y discursos en el club.

El uno era un joven de familia distinguida, segundón, á quien habían mandado á estudiar Cánones y sagrada Teología en Salamanca, con el objeto de que fuera sacerdote y disfrutara unas pingües capellanías que habían pertenecido á un su tío, chantre de la catedral de Calahorra. Capellán te vean mis ojos, que obispo como tenerlo en el puño. En efecto: Javier, que así se llamaba el muchacho, hubiera sido obispo, porque su familia tenía gran influencia. Pero el chico, que no amaba los hábitos y se sentía impresionado por las nuevas ideas, hizo su hatillo, y falto de dineros, aunque no de osadía, se puso en camino, y se plantó en Madrid el mismo bendito año de 1820. Vagó por las calles solo; pero pronto tuvo bastantes amigos; escribió á su abuelita, que le concedió un medio perdón y algunos cuartos (pocos, porque la familia, aunque la más noble del territorio leonés, se hallaba en situación muy precaria); marchó después á Zaragoza, donde vivió algunos meses, figurando mucho en los clubs democráticos, y volvió después á la Corte, no muy bien comido ni bebido, pero alegre en demasía. Escribía en El Universal furibundos artículos, y contento con su poquito de gloria, iba pasando la vida, pobre, aunque bien quisto. Cautivaba á todos por la amabilidad de su carácter y lo generoso de sus sentimientos. En política profesaba opiniones muy radicales, y pertenecía á la fracción llamada entonces exaltada.

En la misma militaba el segundo de estos tres amigos que describimos, el cual era andaluz, de veintrés años, delgado, pequeño y flexible. En Ecija, su patria, pasaba el tiempo escribiendo verbos á Marica, á Ramona, á Paca, á la fuente, á la luna y á todo. Pero todo causa, y la poesía á secas no es de lo que más entretiene: un día se encontró aburrido y pensó salir del pueblo. Pasó por allí á la sazón el ejército de Riego, y aquellas tropas excitaron su curiosidad.

Preguntó; le dijeron que eran los soldados de la libertad, y esto resonó en sus oídos con cierta agradable armonía. "Me voy con ellos", dijo á sus padres. Estos eran muy pobres, y contestaron: "Hijo, vete con Dios, y que El te haga bueno y feliz; pórtate bien, y no te olvides de nosotros."

El poeta siguió el ejército, llorando sus padres, y aun es fama que lloraron á escondidas tres de las chicas más guapas de Ecija. Al llegar á Madrid, el joven volvió á ser poeta, y entonces hacía versos al Rey cuando abría las Cortes, á Amalia, á Riego, á Alcalá Galiano, á Quiroga, á Argüelles. En su vida cortesana, este poeta, que, como después veremos, pertenecía á la escuela clásica en todo su vigor, pasó algunos clásicos apurillos; mas después, escribiendo en casa de un abogado, desempeñando funciones modestas en el periódico El Censor, vivía siempre alegre, siempre poeta, siempre clásico, apreciado de sus amigos, con alguna fama de calavera, pero también con opinión de joven listo y de buen fondo.

La fisonomía del tercero no era tan agradable ni predisponía tanto su favor como la de los anteriores. Sin embargo, tenía fama de buen chico; y en cuanto á opiniones políticas, no podía echársele en cara la tibieza, porque era frenético republicano. Algunos mal intencionados decían que en el fondo era realista, y que sólo por cálculo hacía alarde de aquel radicalismo intransigente. Pero aún no tenemos motivo para aceptar esta aseveración, que es quizá una calumnia. Llamábanle el Doctrino, porque había estudiado primeras letras en el colegio de San Ildefonso. No podía negarse que había en su carácter cierta astucia disimulada, y en sus modales alguna afectación bastante notoria. Era hijo natural de un vidriero, que le reconoció al morir, dejándole pequeña fortuna; pero los albaceas testamentarios, á quienes el difunto dió amplios poderes, hicieron un inventario, del cual resultaba que el vidriero no había dejado en el mundo cosa alguna de valor. El Doctrino les pedía dinero, y ellos le solían decir: "Tome usted para un semestre." Y le daban una onza.

Pero sus amigos le ayudaban á vivir, le mantenían y le compraban algún levitón de pana. Era notorio (y aun llegó á tratarse seriamente del asunto) que poco antes de la época en que esta historia comienza, el Doctrino gastaba más dinero que de costumbre; y cuando sus amigos le preguntaban el origen de aquel caudal, respondía evasivamente y mudaba de conversación.

Estos tres jóvenes eran inseparables, sin que alteraran la paz las desventuras pasajeras del uno, ni las ganancias fortuitas del otro. La onza semestral del Doctrino perecía en Lorencini ó en la Fontana en dos días de café, chocolate y jerez; pero después Javier escribía un artículo tremendo sobre la soberanía nacional para comprarle unas botas al poeta clásico, y el mismo Doctrino sacaba de un misterioso bolsillo un doblón de á cinco para atender á las necesidades amorosas de Javier, que tenía pendiente cierta cuestión con la hija de un coronel de caballería, hombre atroz y fiero como un cosaco.

Estos tres jóvenes vagaron juntos por las calles, acercándose á los grupos, preguntando á todos, contando noticias fraguadas por la fecunda imaginación del poeta, hasta que, llegada la noche, se dirigieron al parador del Agujero, sito en la calle de Fúcar, á esperar á unos amigos de Javier, que llegaban aquella misma noche de Zaragoza.

Ni en la arquitectura antigua ni en la moderna se ha conocido un monumento que justificara mejor su nombre que el parador del Agujero en la calle de Fúcar. Este nombre, creado por la imaginación popular, había llegado á ser oficial y á verse escrito con enormes y torcidas letras de negro humo sobre la pared blanquecina de la fachada. Un portalón ancho, pero no muy alto, la daba entrada; y esta puerta, cuyo dintel consistía en una inmensa viga horizontal, algo encorvada por el peso de los pisos principales, era la entrada de un largo y obscuro callejón que daba al destartalado patio. Este patio estaba rodeado por pesados corredores de madera, en los cuales se veían algunas puertas numeradas.

En lo alto residía el establecimiento patronil de _La Riojana,_antonomasia imperecedera que se conservó por tres generaciones. Allí se servía á los viajeros, recién descoyuntados y molidos por el suave movimiento de las galeras, algún pedazo de atún con cebolla, algún capón, si era Navidad ó por San Isidro, callos á discreción, lonjas escasas de queso manchego, perdiz manida, con valdepeñas y pardillo. Esta comida frugal, servida en estrechos recintos y no muy limpios manteles, era la primera estación que corría el viajero para entrar después en el vía crucis de las posadas y albergues de la villa.

Dos veces al día un ruido áspero y creciente aumentaba la normal algarabía del barrio. Se oían las campanillas, el chasquido del látigo y un estrépito de ruedas que de bache en bache, de guijarro en guijarro iban saltando. La máquina llegaba frente al portal, y aquí era donde se probaba la habilidad náutico-cocheril del mayoral: la máquina daba una vuelta, los machos entraban en el portalón, y tras ellos el vehículo, siendo entonces el ruido tan formidable, que la casa parecía venirse al suelo. El navío daba fondo en el patio, los brutos eran desenganchados, el mayoral bajaba de lo alto de su trono, y los viajeros, que aún se mantenían con la cabeza inclinada, y muy agachados, resabio de cuando atravesaron el portal, notaban al fin que no tenían el techo en la corona, se admiraban de verse con vida, y descendían también.

Aquí, si había parientes esperando, empezaban los abrazos, los besos, las felicitaciones. Era propinado con algún real mal contado el cochero, y cada cual se iba por su camino, siendo costumbre tomar allí mismo, en los aposentos de la Riojana, un preámbulo estomacal para poder subir la calle de Atocha, que era entonces algo más inaccesible que ahora.

Esta vez, cuando la nave hizo su parada definitiva en el patio, hubo una aclamación general. El Doctrino abrazó á sus amigos.

—¡Javier!

—¡Lázaro!

Y se abrazaron con efusión. Después de los monosílabos de alegría y sorpresa, el segundo dijo al primero:

—¿Tú en Madrid? … al fin! ¿Vienes de Ateca?

—Sí.

—Bien. No podías llegar más á tiempo. ¿Y los amigos de Zaragoza? ¿Pero de dónde vienes? … ¿Y el club … y nuestro club? …

—Ya sabes que nos lo disolvieron. Hace seis meses que estoy en Ateca.

—¿Y estarás mucho aquí?

—Siempre!

—Bien. Aquí la juventud, la vida. Y si he de decirte la verdad … hacemos falta.—Sí … ¿oh?

—Señores, aquí tenéis á mi amigo, al grande orador del club de
Zaragoza, mi amigo y compañero.

Los demás jóvenes, tanto viajeros como visitadores, rodearon al aragonés.

Expliquemos. Cuando Javier estuvo en Zaragoza, trabó amistad muy íntima con Lázaro. En el club propagaron ambos las ideas democráticas (democracia de 1820)que entonces cundieron rápidamente por aquella noble ciudad. Privadamente estos dos jóvenes, afines por carácter y temperamento, se miraban como hermanos, tenían una misma bolsa, comían en un mismo plato, y confundían en un común sentimiento sus pesares y alegrías. Desde la salida de Lázaro para su pueblo no se habían visto.

—Cuánto me alegro de que vengas acá!—dijo Javier, abrazándole otra vez.—Hacen falta jóvenes como tú. La juventud de ayer se va corrompiendo: unos se enervan, otros retroceden y algunos se venden por falta de fe.

—Señores, vamos á Vicentini—dijo el Doctrino, llevándose á sus amigos.

—¿Qué Vicentini? A La Cruz de Malta. Allí hay muchos aragoneses, todos son aragoneses.

—Este no viene sino á la Fontana—dijo Javier, señalando á su amigo.

—Viva la Fontana, el rey de los clubs!

—Y el club de los reyes—dijo uno que se escurrió como si hubiera dicho una imprudencia.

—¿Quién ha dicho eso?—exclamó el Doctrino furioso.

—No hagas caso: es uno de los que creen esas calumnias—indicó
Javier.—Vamos, señores: esta noche hay gran sesión en la Fontana.

—Mañana me llevarás allá—dijo Lázaro á su amigo con empeño.

—¿Cómo mañana? Esta noche misma, ahora mismo. ¿Vas á perder la más importante sesión que se ha visto ni verá?

—¿Pero cómo puedo ir esta noche? Si acabo de llegar. Tengo que ir á casa de mi tío.

—¿Tienes aquí un tío? ¿Es liberal?

—Presumo que sí: no le conozco.

—¿Y ahora vas allá?

—Naturalmente.

—¡Qué disparate! Déjate ahora de tíos. Vente á la Fontana. Son las ocho: ya va á empezar. A la salida irás á tu casa.

—Hombre … eso no me parece bien—dijo Lázaro suspenso.

—¿Pero cómo vas á perder esta sesión? Habla Alcalá Galiano, Romero Alpuente, Flórez Estrada, Garelli y Moreno Guerra. No habrá otra sesión como ésta. ¿Qué más da que vayas á tu casa ahora ó á las doce? Tu tío creerá que no ha llegado la diligencia.

—Hombre, no. Estoy cansado. Me esperan tal vez en su casa.

—No seas tonto. Vente á la Fontana. No hay más remedio sino que vas.
¿Dónde vive tu tío?

—Calle de Válgame Dios.

—¡Jesús, qué lejos! No vayas allá ahora.

Lázaro tenía un vivo deseo de llegar pronto á casa de su tío: ya se comprenderá por qué. Pero le era humanamente imposible, porque su cariñoso amigo le llevaba casi por fuerza al club. Además, las razones con que disculpaba aquella determinación tenían también algún peso en su mente. Aquel recibimiento caluroso, la noticia de aquella gran sesión de la célebre Fontana, estimularon el entusiasmo á que siempre propendía su carácter, y se dejó llevar.

Quién sabe si había algo de providencial en aquella extemporánea visita á la Fontana. Sería cosa de ver que sin sacudir el polvo del camino (esto pensaba él) le acogieran con aplauso en el club más ilustre y célebre de la monarquía. Tal vez le conocían ya de oídas por sus brillantes discursos de Zaragoza. ¿Cómo tal vez? Sin duda le conocían ya. A estos pensamientos se mezclaba el orgullo de que á oídos de Clara llegara al día siguiente su nombre llevado por la fama. Una apoteosis se le presentaba confusamente ante la vista. ¿Por qué no? Sin duda aquello era providencial.

Así es que la resistencia que al principio opuso fué disminuyendo á medida que se acercaba á la Fontana. No le tengáis por loco todavía.

Llegaron. La puerta estaba obstruida por un inmenso gentío. Pero el Doctrino con los suyos, y Javier con Lázaro y el poeta, tuvieron medio de entrar por un patio interior. La sesión era muy agitada. Un orador acusaba al Gobierno de la destitución de Riego. Contó lo que había pasado en Zaragoza, y acusó á los habitantes de esta ciudad por no haber defendido á su General.

—Poner la mano—decía—en un héroe como Riego, es la mayor de las profanaciones. ¿Y qué ha hecho Zaragoza? ¡Oh! la ciudad en que tal cosa ha pasado permaneció muda y permitió que su Capitán General fuera destituido; dejó que un vil esbirro manchara la sagrada investidura de la autoridad, despojando de ella á Riego. (Grandes aplausos.) Se ha dado el pretexto de que Riego fomentaba el desorden en todo Aragón. Esto no es cierto: es una mentira fraguada en esos obscuros conciliábulos de cierto palacio que no quiero nombrar. (Rumores y risas.) Se le manda de cuartel á Lérida como un sospechoso, y se entrega el mando al jefe político. ¿Quién es ese jefe político? Siempre fué enemigo de la libertad. Todos le conocéis: es un enemigo encubierto de la libertad. ¡Abajo los disfraces! (Aplausos.) Lo que se quiere bien lo conocéis: es ir apartando poco á poco de los cargos públicos á los buenos liberales, para poner en ellos á esos hipócritas que se llaman nuestros amigos, y nos detestan en el fondo de sus corazones corrompidos. (¡Sí! ¡sí! ¡sí!) ¿Qué se pretende? ¿A dónde nos conducen? ¿Qué va á resultar de esto? ¡Ay de la libertad que hemos conquistado! Mucha atención, ciudadanos. No os descuidéis. Estad alerta, ó si no, ¡ay de la libertad! (Bien, bien.)

Pero lo repito, señores: ¡de quien tengo más quejas es del pueblo de Zaragoza, de ese pueblo que yo creí el más grande de la tierra y que no lo es!… ¡No, no lo es! (Rumores.) ¿Por qué permitió que Riego fuera destituido? ¿Por qué le dejó marchar? ¿Y es ésta la ciudad de 1808? No, yo diré á esa ciudad: no te conozco, Zaragoza. Tú no eres Zaragoza. Ya no sabes levantarte como un solo aragonés. Has dejado atropellar á Riego. ¡Tú nos salvaste en otro tiempo; pero hoy, Zaragoza, nos has perdido! (Grandes y continuados aplausos.)

Un joven se levantó (era aragonés).

—Protesto—dijo con la mayor energía—contra las acusaciones lanzadas á mi patria, á la noble capital de Aragón, por ese señor, cuyo nombre no sé … ni quiero saberlo. (Una voz dice: Alcalá Galiano.) Mi patria no ha olvidado su honor. ¿Qué queréis que hiciera contra lo mandado en un decreto del Gobierno constitucional?…

—Desobedecerlo—gritaron varias voces.

—Señores, dejadme continuar.

—¡Que siga, que siga!

—Protesto en nombre de mis paisanos, y afirmo que es Zaragoza el pueblo de España que más ha hecho en todos tiempos por la libertad. ¿No se le acusa de ser un foco de exaltación republicana? ¿No se ha dicho que de allí salen las ideas más disolventes, que allí se elabora una conspiración para sostener la República?

—Hechos quiero y no palabras—dijo el primer orador.

—Pues hechos tendréis. ¿No sabéis que existe en Zaragoza un club, cuya influencia y prestigio alcanzan á todo Aragón? Ese club, llamado democrático, ha sido en dos años la más entusiasta y eficaz asamblea de la nación. Lo que allí se ha predicado bien lo sabéis. Las voces elocuentes que allí han resonado bien autorizadas son. La propaganda que allí se ha hecho ha llegado hasta aquí. (Rumores.)

—No sabemos lo que es ese club. Siempre nos hablan ustedes los aragoneses del club de Zaragoza, y aun hoy no sabemos lo que es eso. ¿Qué es eso? Mucho discurso democrático, pero ningún acierto para hacer propaganda y formar un partido. Pero en último resultado, ¿cuáles son las teorías de ese club tan decantado? Yo desconfío de él. ¿Quién habla de ese club? Conozcamos á sus hombres. Creo que la mayor parte de los que estamos aquí reunidos miran á esa insignificante reunión con el desdén que merece. (Voces y algazara.)

Muchos aragoneses se levantaron apostrofando al orador. Lázaro escuchaba todo, inmutándose por grados. Sus amigos le decían en voz baja que defendiese al club de Zaragoza. De repente un aragonés se levantó en medio de la sala, y señalando al sitio donde se hallaba Lázaro con los demás llegados aquella noche, dijo:

—Presentes están algunos señores que han pertenecido á ese club.

Todos miraron á aquel sitio.

—Bien—dijo el orador.—Si están ahí esos señores, que hablen, que nos digan lo que es ese club y qué ha hecho. Queremos oírles: que hablen.

—¡Aquí está el orador más notable del club democrático de
Zaragoza!—dijo en voz muy alta Javier, señalando á su amigo.

—¡Sí, sí!—dijeron todos los aragoneses que había en el recinto, reconociendo á su compatriota.—Defiéndanos usted, defiéndanos.

Todas las miradas se fijaron en Lázaro. ¡Cosa singular! En aquel momento una súbita transformación se verificó en el ánimo del joven. Se sintió turbado, se esforzó en saludar, quiso decir algo y no pudo. Pero le impelían hacia la tribuna, y no había remedio. Si no hablaba, ¿qué dirían de él? Lázaro había brillado en Zaragoza por su elocuencia; había aprendido á dominar la multitud, á sobreponerse á ella, á manejarla á su antojo. Pero en aquella ocasión se encontraba novicio, se desconocía, tenía miedo.

—¡Que hable, que hable!

—Abrid paso—exclamó uno de los diputados más notables de las Cortes de entonces.

Lázaro tuvo una inspiración. El recuerdo de su joven y amable amiga le fortalecía; y á la manera de aquellos caballeros antiguos, que invocaban el auxilio soberano de su dama antes de entrar en combate, procuró evocar todas las imágenes de gloria y felicidad que le habían dado estímulo. Ensanchado el pecho con esto, subió á la tribuna. Desde arriba miró aquella multitud de cabezas apiñadas, y recibió de un golpe las miradas curiosas de tantos ojos.

Aquello le pareció un abismo. Su rostro, encendido por la turbación, se puso bruscamente muy pálido. Hubiera querido hablar con los ojos cerrados. Aquellos diputados, aquellos escritores, aquellos políticos eminentes que veía en torno suyo, le daban miedo. Pero él tenía mucho corazón, y logró dominarse un poco. ¿Pero cómo iba á empezar? ¿Qué iba á decir? En un supremo esfuerzo de inteligencia recogió sus ideas, formuló mentalmente una oración, miró al auditorio… El auditorio le miró á él, y observó que estaba pálido como un cadáver. Lázaro tosió; el auditorio tosió también. La primera palabra se hacía esperar mucho; por fin el orador tomó aliento, y desafiando aquel abismo de curiosidad que se abría ante él, comenzó á hablar.

CAPÍTULO X

#La primera batalla#.

Lázaro era un poco retórico en la augusta cátedra del club democrático de Zaragoza. Parece que allí tenían buena acogida ciertas fórmulas del decir que nuestro joven había aprendido con su maestro de Humanidades de Tudela, varón docto de la escuela pura de Luzán. El joven tenía, sin embargo, el instinto de la elocuencia tribunicia, seca, rotunda, incisiva, desnuda. La Fontana, por desgracia en aquella ocasión, era enemiga declarada de la retórica, y más enemiga aún de las frases hechas, de los lugares comunes y de esos preámbulos oficiosos, neciamente corteses y en extremo fastidiosos de la oratoria académica.

Lázaro tuvo la mala tentación (porque tentación del demonio fué sin duda) de empezar con aquella de su pequeñez en presencia de tantos grandes hombres, y lo escogido é ilustrado del auditorio, siguiendo después lo de su confusión y su necesidad de indulgencia, sus escasas fuerzas, etc., etc. El exordio fué largo: otra desventura. Algunas voces dijeron: "Al grano, al grano."

Pero á Lázaro le fué un poco difícil dar con el grano, lo cual no es de extrañar, porque no estaba preparado, ni había vuelto aún de la sorpresa. En vano hizo una sinécdoque de las más expresivas; en vano quiso dominar al público con cuatro litotes y dos ó tres metonimias: no era aquel su camino. Dijo algunas generalidades que á él le parecían muy nuevas, pero que en realidad eran viejísimas, y concluyó un párrafo con dos ó tres sentencias plutarquianas, que á él le parecían encajar como de molde, pero que no produjeron sensación ninguna. El esperaba un aplauso: nadie aplaudió.

Lázaro estaba acostumbrado á oír aplausos desde el principio: esto le daba estímulo. La frialdad que notaba en el auditorio en aquella ocasión, le desanimó. Quiso pensar en esto, y casi estuvo á punto de no saber qué decir. Y, sin embargo, él tenía fijos en la imaginación algunos magníficos pensamientos; pero ¡cosa singular! no los podía decir. Le parecía verlos escritos delante; pero por un misterio, natural en aquellos momentos, no encontraba la forma oratoria para expresarlos. ¡Qué contrariedad! Poco á poco hasta la voz se le enronqueció. Sin duda había en el espíritu de nuestro amigo una influencia maligna. Hablaba con frialdad unas veces; notábalo él mismo, y al querer corregirlo, gritaba demasiado. Las ideas le faltaban, las imágenes se le desvanecían, las palabras se le atropellaban en la boca.

¡Ah! ¿Dónde estaban aquellas peroraciones internas, llenas de vida, de vehemencia, persuasivas como una voz divina? ¿Dónde aquella lógica terrible que en la profundidad de sus deliquios oratorios hervía en su cerebro, el cual parecía pequeño para tantas ideas? ¿Dónde estaban los pensamientos sublimes, la facundia descriptiva, la facultad pintoresca, la sentencia concisa y profunda? Sí: él sentía bullir todo eso allá dentro; dentro de aquel Lázaro solitario y apasionado que hablaba á la Naturaleza en el silencio de la noche, que hablaba á la Sociedad en lo profundo de un sueño. Las ideas, las formas, el lenguaje, todo lo tenía, todo lo sentía dentro de sí; pero no podía, no podía de ningún modo expresarlo.

En todo orador hay dos entidades: el orador, propiamente dicho, y el hombre. Cuando el primero se dirige á la multitud, el segundo queda atrás, dentro, mejor dicho, hablando también. Dos peroraciones simultáneas son producidas por un mismo cerebro. Una es verbal y sonora: dejémosla al público. Otra es profunda y muda: examinémosla. Lázaro describía, apostrofaba, rebatía, exponía, declamaba. Interiormente, la otra voz parecía decir esto: "¡Qué mal lo estoy haciendo! ¡No me aplauden! ¿Qué debo decir ahora?… ¿Trataré éste punto?… No lo trato…. ¿Y aquella idea que antes me ocurrió?… ¡Se me ha escapado!…" Y al mismo tiempo no interrumpía su oración; continuaba defendiendo el club de Zaragoza, explanaba un sistema democrático, y hacía además una breve historia de la República. Pero la voz de dentro seguía de este modo: "No sé qué hacer… ¿Por qué no me aplauden?… No me conozco… Yo tenía tantos argumentos… ¿Dónde están?… ¡Ah! Voy á emitir esta gran idea… Ya la he dicho…. No ha hecho efecto… Procuraré ser esmerado en la frase… Esta oración va bien… ¿Como la terminaré?… ¡Qué apuro!… No doy con el adjetivo… ¡Demonio de adjetivo!… ¡Ahí terminaré con un apostrofe … allá va…. No ha hecho efecto … no me aplauden."

Así hablaba el alma atribulada de Lázaro, mientras con los medios exteriores se dirigía al auditorio en un discurso, confuso, tortuoso, desigual y falto de lógica.

Empezaron las toses. Dicen los oradores que al oír las toses en las pausas de sus discursos, se les hiela la sangre. Lázaro las oyó repetidas y comunicadas á todo el auditorio, y resonaron en su corazón como siniestros ecos. El tosió también. ¡Ah! la tos le concedió cuatro segundos de descanso: hizo un esfuerzo desesperado, tomó algunas ideas en aquel depósito que tenía en la mente, se apoderó de ellas con firmeza, y prosiguió hablando:

"Allá va eso, decía la lengua interior; allá van … las expondré de este modo … no mejor de este otro … no … mejor del otro … de cualquier modo … ¡Oh! hay allí uno que se está riendo… Y otro que cuchichea. Pero qué tos les ha entrado… No les gusta lo que digo ahora … ni esto tampoco … ánimo. Concluiré este párrafo con una cita… allá va… ¡Ah! tampoco ha hecho efecto…"

Compréndase bien que estas frases que nadie oye y el discurso que oyen todos, guardan perfecto paralelismo.

¡Ah, qué misterios hay en la inteligencia humana, y qué fenómenos tan extraños en sus relaciones con la palabra humana!

¿Por qué fracasó el discurso del aragonés? ¿Fracasó por la reunión diabólica de mil accidentes, ajenos á la naturaleza de su notable ingenio y de su fácil palabra? ¿De quién fué la culpa, de él ó del público? Aquí hay otro gran misterio. El público y el orador tienden á fascinarse mutuamente. El primero mira y oye: no sabemos lo que es más terrible, si la mirada ó el oído. Las miles de pupilas dan vértigo. La atención de tanta gente dirigida á una sola voz confunde y anonada. El orador, por su parte, ve y oye: ve la serenidad anhelante ó desdeñosa, y oye toser. Por eso Lázaro hubiera deseado en algunos momentos de aquella noche ser sordo y ciego. Pero el orador tiene sobre el público una ventaja; tiene un arma, además de la palabra: el gesto. El también fascina, él también lleva en sus ojos aquel vértigo que confunde y anonada; él generalmente mira hacia abajo para ver al público; puede mover sus brazos y su cabeza cuando el público está como atado de pies y manos, inmóvil y viviendo sólo de atención.

Aquella noche fatal, Lázaro y el público no se fascinaron mutuamente, no se impusieron el uno al otro, no se comunicaron. Ni Lázaro persuadió al público, ni este aplaudió al orador. Un público no persuadido y un orador no aplaudido se rechazan, se repelen con energía. "Es preciso que calles," hay que decir á éste. "Es preciso que te marches," hay que decir á aquél.

El joven aragonés había tenido la peor de las tentaciones: la tentación de ser largo y difuso. Un segundo más de lo regular basta á concluir la paciencia de un auditorio y á trocar su interés en hastío. Lázaro vió pasar este segundo sin notarlo. Indudablemente no se comprendieron el uno al otro. ¿Se despreciaron mutuamente? ¿Se temieron mutuamente? Tal vez empezaron por temerse; pero es lo cierto que acabaron por despreciarse.

Lo singular es que si se hubiera preguntado á cualquiera particularmente su opinión sobre el discurso, habría dado tal vez una opinión no desfavorable; pero la opinión de un público no es la suma de las opiniones de los individuos que lo forman, no; en la opinión colectiva de aquél hay algo fatal, algo no comprendido en las leyes del sentido humano. Decididamente, Lázaro fracasaba.

Veinte veces se le ocurrió que era preciso concluir. ¿Pero cómo? No se atrevía. Iba á concluir mal. ¡Qué horror! Y para terminar mal, valía más no terminar, seguir hablando, siempre, siempre, siempre. Buscaba el final y no podía encontrarlo. ¡Y el final es tan importante! Podía rehabilitarse en un momento de inspiración. ¡Oh! la idea de concluir sin un aplauso le daba horror. Por eso temía el final y lo evitaba. Pero era preciso acabar: á las toses siguieron los bostezos, á los cuchicheos los murmullos. Buscaba sin cesar el remate; daba vueltas alrededor del asunto, procurando una salida airosa; pero no encontraba escapatoria; la palabra se deslizaba de su boca, y afluía continua, sin solución, infinita.

"Es preciso concluir," decía la voz interior. "¿Concluir? No hallo el fin, y el fin ha de ser bueno … ¡Dios mío, ampárame! Resumiré … recapitularé … pero ya no me acuerdo de lo que he dicho … ¿Pediré perdón al auditorio?… No: eso es rebajarme…." Al fin le ocurrió la oración final, y la empezó; pero al llegar al final, otra oración se enlazó con ella, y con ésta otra, y otra, y otra. Su discurso era una oscilación sin término; pero el público se impacientaba. Ni un minuto más: se apoderó del último período, resucito á que fuera el último. Pronunció al fin el postrer substantivo; y después, alzando la voz, emitió con graduación los tres adjetivos que le acompañaban para darle fuerza y calló.

La postrera palabra de aquel malhadado discurso vibró en el espacio, sola, seca, triste, con fúnebre resonancia. Ni un aplauso ni una exclamación satisfactoria la recogió. Su voz había caído en el abismo sin producir un eco. Parecíale que no había hablado, que su discurso había sido una de aquellas mudas, aunque elocuentes, manifestaciones internas de su genio oratorio. Estaba en un desierto; rodeábale una noche. ¿Qué había dicho? Nada. Y había hablado mucho. Aquello fué como si diera golpes en el vacío, como si hiriera en una sombra creyéndola cuerpo humano, como si hubiera encendido un sol en un mundo de ciegos. Bajó con el alma atribulada, oprimido el corazón, ardiente y turbada la cabeza, bañado el rostro en sudor frío.

En vano Javier quiso rehabilitarle dando algunas palmadas tardías. El público, animal implacable, le mandó callar. Lázaro tuvo la presencia de espíritu suficiente para contemplar cara á cara aquellas cien bocas que bostezaban. Robespierre se desesperaba en el mostrador con suprema expresión de fastidio.

—Lo he hecho muy mal—dijo tristemente el orador al oído de su amigo.

—Ya lo harás mejor otro día. Eres un gran hombre; pero no has tocado en el quid. Con una lección mía estarás al corriente. Otro va á hablar: atiende ahora.

—No: yo me voy á casa de mi tío. No puedo estar aquí más tiempo. Me ahogo.

—Espera á ver lo que éste va á decir.

Un segundo orador subió á la tribuna á disipar el fastidio que la peroración de Lázaro había causado. Mientras la multitud celebraba con aplausos maquinales las frases de su orador favorito, el otro se iba sumergiendo lentamente en profunda melancolía. Nada es más terrible que estos momentos de desencanto en que el alma yace atormentada por los dolores de la caída: el tormento de esta situación consiste en cierta ridiculez que rodea todos los recuerdos de las pasadas ilusiones. Todas las frases de íntimo elogio, de profundo orgullo con que antes se regaló la imaginación, resuenan con eco de burla en la pobre alma abatida, llena de vergüenza.

"Pero es preciso intentar una rehabilitación—decía Lázaro para sí.—¿Y cómo? Todos murmuran de mí, y si mañana se ofrece hablar de mi discurso, dirán todos que fué detestable, malísimo. Correrá de boca en boca, llegará á oídos de todas las personas que me interesan. Ella lo sabrá, se reirá tal vez de mí. Todos se reirán ahora."

Lo más particular es que desde que bajó de la tribuna empezaron á ocurrirle grandes pensamientos, magníficos recursos de elocuencia, soberbios golpes de efecto, citas oportunísimas; y estaba seguro de que diciendo aquello, arrancaría grandes aplausos. Pero ya era tarde: estaba allí mudo y perplejo, cubierto su espíritu de una nube sombría.

Entre tanto, el nuevo orador divagaba á sus anchas por el campo de la historia y de la política, y, por último, expuso la necesidad de la manifestación preparada para el siguiente día. Todos se levantaron unánimes, gritando: "¡Sí!" Todos prometieron concurrir, y tres ó cuatro, encargados del ceremonial, dieron cuenta del arreglo de la procesión, se fijó la hora, se designó el punto de reunión. Los bravos sucedieron á los aplausos, y los aplausos á los bravos, y al fin la sesión terminó.

Los socios comenzaron á salir; pero aquella fracción ignorante y turbulenta, que ocupaba siempre uno de los rincones del café, no creyó conveniente salir sin decir algo. Calleja subió á una silla y gritó, dirigiéndose á los suyos.

—¡Señores, serenata á Morillo!

La idea fué acogida con estrépito. Morillo era el Capitán general de Castilla la Nueva. Enemigo do asonadas tumultuosas, había tomado sus medidas para impedir la procesión. Una parte del pueblo se agolpó junto á su casa en la noche del 17, atronando toda la calle con espantosa cencerrada.

—¡Serenata á Morillo!—dijo Calleja saliendo de la Fontana y reuniendo toda la gente dispuesta para el caso que por allí pasaba.

No sabemos por donde vino; pero allí estaba Tres Pesetas. Nuestros tres amigos y Lázaro salieron de los últimos y se acercaron por curiosidad al grupo que Calleja había formado.

Entre tanto, el barbero pasó en dos zancajos á la otra acera, y se acercó á la puerta de su casa. Su mujer salió á encontrarle.

—Ciudadano, ¿has hablado?—le dijo.

—No, ciudadanita mía. No puede ser esta noche; pero lo que es mañana, ó hablo, ó me corto la lengua. Ya tengo estudiado el principio, y no se me olvidará una letra. Cuando hable, me los como.

—Estoy por no dejarte entrar—le contestó gravemente su mujer.—Si yo llevara calzones, ya me habían de oír. Así y todo, si me pusiera á ello, los volvía locos … Si yo tuviera calzones, andaba por esos clubes á qué quieres boca. Porque tengo más verdades aquí en el buche….

—Ya verás mañana á la noche si hablo ó no. Es que cuando voy á empezar me hace unas cosquillas la lengua … y me trabo. Pero no tengas cuidado que los voy á dejar aturrullados.

—¡Serenata á Morillo!—dijeron cien voces.—Señores—exclamó uno de los mas célebres oradores de la Fontana—váyase cada uno á su casa, que estos desórdenes nos van á desacreditar. Cada uno en paz á su casa; nada de gritos.

Estos discretos consejos fueron saludados con murmullo prolongado de reprobación.

—¿Quién es ese servilón?—dijo una voz aguardentosa, que no era otra que la del sin par Chaleco.

—A casa de Morillo—repitió Calleja.—Mujer, tráeme el almirez.

El gentío aumentaba con nuevas remesas enviadas de la plazuela de la
Cebada y del barrio del Salitre. Los socios de la Fontana se habían
marchado, cerróse el club y sólo quedaron en la calle los tres amigos y
Lázaro, que se despedía para ir en casa de su tío.

—Espera un instante para ver lo que sale de aquí—le dijo Javier deteniéndole.

A la sazón una persona daba fuertes golpes á la puerta de Calleja.

—¿Qué hay?—dijo éste acercándose é interrumpiendo una patriótica y barberil alocución que había comenzado.

—Que vaya usted en seguida á sangrar á don Liborio que está muy malito.

—Demonio de enfermo: mañana le sangraré.

—No puede esperar: vaya usted pronto—exclamó el criado.

—Señores, ¿qué hago?—preguntó el barbero á sus amigos.

—No vayas, Calleja: que se sangre él solo. Esta no es noche de sangrías. ¡A casa de Morillo!

—Señores … yo quisiera cumplir … porque ya ven ustedes … mi profesión. La ciencia es lo primero.

—No vayas, Calleja.

—Señores, volveré en seguida. A ver—añadió abriendo la puerta de su casa,—ciudadana, tráeme las lancetas.

La ciudadana salió muy afligida, y le dijo:

—A ver cómo le ponemos una ayuda á Joaquinito, que está muy malo. ¡Si vieras qué vomitona le ha dado! ¿Se la pongo de malvas?

—Póngasela de demonios cocidos, hermana—exclamó Tres Pesetas furibundo.

—Poco á poco, señores—contestó Calleja.—¿De malvas ó de aceite? Déjenme ustedes ver cómo se arregla eso; porque para mí … ¿por qué lo he de negar? la ciencia es lo primero.

Lázaro insistía en dejar á sus tres amigos: tan aburrido y melancólico estaba.

—Espera, hombre—le decía Javier deteniéndole aún. Espera á ver lo que hacen estos bárbaros.

—¡Qué es eso de bárbaros!—exclamaron con furia los que más cerca estaban, volviéndose hacia los amigos con tanto interés, que hasta el mismo Calleja dejó la ciencia por salir en defensa de la Corporación.—¿Qué es eso de bárbaros, caballeriles?

—¿Quiénes son esos pelandingues?—dijo uno.

—Este es el aragonés que nos rezó el rosario esta noche. ¡Qué modo de hablar!

—Si parecía un sermón de Viernes Santo….

—El diablo me lleve si no les acaricio las muelas á esos catacaldos—dijo Tres Pesetas, dispuesto á hacer lo que decía.

Javier, el Doctrino, el poeta clásico, vieron una tempestad sobre sus cabezas; pero el poeta clásico, que era el mismo enemigo, no se acobardó y tuvo el antojo de llamar rapista al grandioso Calleja. La chispa saltó, y la lucha era inminente; pero tan desigual, que los cuatro mozos no quisieron arriesgarse á ella, volvieron las espaldas y apretaron á correr, unidos siempre, dirigiéndose á la calle de la Victoria. Muchos de los contrarios les siguieron dando voces y arrojándoles piedras; pero los fugitivos andaban muy ligeros y lograron refugiarse en la calle de la Gorguera, metiéndose en el portal de la casa en que uno de ellos vivía. Cerraron cuidadosamente por dentro. Un enorme canto, lanzado por las robustas manos de Tres Pesetas, chocó en la puerta tan fuertemente, que si hubiera cogido á alguno le hace añicos. Felizmente los jóvenes estaban seguros, y los de fuera, al ver que la presa se les había escapado, retrocedieron, marchándose todos á dar una armoniosa cencerrada al Capitán general de Madrid.