CAPÍTULO XI
#La tragedia de los Gracos.#
Luego que sintieron alejarse á sus perseguidores, los amigos subieron.
Allí vivía el poeta clásico.
—¿Tienes que cenar?—le preguntó el Doctrino.
—Un magnífico festín—contestó el poeta.—Un cuarterón de queso manchego y una botella de Cariñena. Mandaremos por unos buñuelos á la taberna de la esquina.
Lázaro tenía un hambre espantosa. Desde las nueve de la mañana no había probado cosa ninguna, y el cansancio del camino, los esfuerzos mentales y la gran fatiga moral de aquella noche le habían rendido hasta el punto de que no podía tenerse. Subió con los demás, sin fuerzas para emprender á aquella hora el viaje á casa de su tío. La comitiva, guiada por el poeta clásico, se internó en la escalera.
No hay viaje al polo Norte que ofrezca más peligros que una escalera angosta de casa madrileña cuando la obscuridad más completa reina en ella. Comenzáis dando tumbos aquí y allí; de repente tropezáis con la pared: chocáis con una puerta, y el ruido alarma á la vecindad. Dais con el sombrero en un candil que, aunque extinguido por falta de aceite, tiene lo bastante para poneros como nuevos. Y todo esto es llevadero cuando no se encuentra al truhán que baja ó al galán que sube, cuando no sentís el retintín de la ganzúa que intenta abrir una puerta, cuando no resbaláis en las substancias depositadas por los gatos sobre los escalones, cuando no tropezáis con la amorosa conjunción de dos estrellas que pelan la pava en el último tramo.
Por fin la expedición llegó á las regiones boreales de la casa, á la elevada zona en que el poeta había hecho su nido. Tocaron, y abierta la puerta, nuestros amigos se encontraron frente á frente de una mujer que, con soñolientos ojos y rostro avinagrado, alzaba la mano sosteniendo un candil, próximo á imitar la sabía conducta de los de la escalera. Este candil comunicó su luz á otro mejor acondicionado que había en el cuarto donde entraron los cuatro jóvenes. La dama echó el cerrojo á la puerta de la escalera, y dando las buenas noches con entonación de un responso, se fué. No había andado cuatro pasos cuando volvió, y arrebujándose bien en su manto, con honestos y recatados ademanes, dijo:
—Por Dios, don Ramón, no hagan ustedes ruido, que está alborotada la vecindad con la algarabía que se arma aquí todas las noches. Porque, ya ve usted … Una es comidilla de las gentes de abajo. La encajera ha ido diciendo que esto era una taberna, y que no se podía vivir en esta casa. Ya ven ustedes … como una es mujer de opinión….
La señora que tan celosa se mostraba de la opinión de su casa era doña Leoncia Iturriabeytia, vizcaína, como es fácil conocer por su apellido; patrona de aquel establecimiento, mujer de bien, como de cuarenta años mal contados, de buen aspecto, robustas formas, alta estatura cara redonda y carácter bonachón y más que sencillo.
—Señora, déjenos usted en paz—le contestó Javier.—Si viniera don Gil con nosotros, no se incomodaría usted.
—Vaya, ya empieza usted con sus bromas, don Javier.
—¿Y cuándo se casa usted doña Leoncia?
—¿Yo casarme? ¿Yo?—dijo doña Leoncia con mal disimulada satisfacción.
—Pues sepa usted que se lleva un buen mozo. Don Gil es hombre que hará carrera … está en buena edad….
Una carcajada de los otros dos y una sonrisa forzada de la patrona acogieron aquellas palabras. La vizcaína tenía un pretendiente, y éste era don Gil Carrascosa, aquel individuo que fué lego, abate covachuelista y cuanto hay que ser. Corrían por la vecindad rumores alarmantes respecto á la existencia de cierta buena concordia, parecida á la familiaridad, entre el poeta clásico y doña Leoncia, la vizcaína. No penetremos en lo sagrado de estos clásicos y patroniles secretos.
Doña Leoncia notó la presencia de un desconocido, y quiso darse tono. Se puso seria, y reprendió á los estudiantes por su poca formalidad. Después hizo un pomposo ademán, algunas cortesías, y se marchó.
—Adiós Ariadna, Antígone, Sofonisba, Penélope—dijo cuando la vió fuera el poeta, que gustaba mucho de aplicarle aquellos nombres heroicos.
Poco después de esta despedida se sintieron ronquidos muy broncos y prolongados. Era Ariadna, Antígone, Sofonisba, Penélope, que dormía en el interior. ¡Cuán felices son las semidiosas!
Javier y el Doctrino tomaron en competencia posesión de la cama. Lázaro se acomodó lo mejor que pudo en una silla de tres pies y medio, y el poeta continuó en pie haciendo los honores del sotabanco. Del cajón de la cómoda sacó un pedazo de queso envuelto en un papel, que se había hecho transparente. Un cuchillo, una botella y un plato, en que había panecillo y medio, salieron de otro rincón, y el festín fué preparado en la mesa, para lo cual se hizo preciso apartar á un lado dos tragedias en verso heroico, un retrato de mujer roído de ratones, un ejemplar de la Constitución, un tintero de cuerno y una babucha, dentro de la cual había unas tijeras, una caja de obleas y medio tomo del teatro de Crebillon.
El cuarto aquel era curioso. La cama se ostentaba lo más horizontal que le era posible sobre dos banquillos, cuyas tablas sostenían un jergón de tan tortuosa superficie, que el durmiente rodaba en él de cima en cima antes de poder conciliar el sueño. Una estera de esparto, finísima en los tiempos de Carlos III, cubría las dos terceras partes del piso, siendo inútiles todos los esfuerzos de doña Leoncia para estirarla hasta cubrir lo que faltaba. Inmenso baúl alternaba con la cama, y á juzgar por lo corroído del cuero y la suciedad acumulada entre él y la pared, los ratones habían tomado por su cuenta la empresa de colonizar aquel recinto. Adornaban las paredes algunos cuadros: el más notable era un trabajo de pluma hecho por el tío del cuñado del abuelo de la vizcaína, que había sido insigne calígrafo, y toda la lámina estaba llena de rasgos, líneas, letras raras, rúbricas y floreos de pluma, trabajo ilegible por ser tan excelente. Por otro lado pendía de la pared un cuadrito de marco ex-dorado, que encerraba las habilidades juveniles de la abuela de doña Leoncia, bordadora de lo más fino. Al lado de estos monumentos de familia estaban un par de figurines del Directorio y una Virgen del Pilar, simplemente pegada en la pared con cuatro obleas.
Ramón echaba vino en un vaso que iba corriendo de mano en mano; el queso fué distribuido, y el pan desapareció en poco tiempo. Lázaro no se mostraba parco en comer, porque la verdad era que tenía buen apetito y se sentía desfallecer por momentos.
—Vamos, Ramoncillo—dijo el Doctrino—léenos un poco de esa tragedia para llorar, que llamas Petra.
—¿Qué Petra ni Petra?—replicó el poeta.—No seas bárbaro: Fedra querrás decir.—Lo mismo me da Fedra que Pancrasia.
—Ya he dejado ese asunto … eso no es nuevo. Ahora lo que conviene es un asunto patriótico.—Eso me gusta.
—Al fin me decidí por los gracos…. Amigos, qué hombres eran aquellos!
—A ver—dijo el Doctrino.—Léenos algo de esos grajos. Debe ser cosa graciosa.
—Pero ven acá, loco—dijo Javier:—¿por qué no haces una tragedia de cosas del día en que salgan hombres como éstos de ahora?
—No seas tonto—dijo el poeta riendo con la mayor buena fe:—ahora no hay héroes.
—Majadero, ¿pues cómo llamas á Churruca, á Alvarez y á Daoiz?
—Sí; pero eso son héroes de casaca.
Ramón tenía talento y facultades de poeta; pero había nacido en una época funesta para las letras. El frío clasicismo agostaba en flor los ingenios, que educados en la retórica francesa, y siguiendo los principios del prosaico Montiano, del rígido Luzán, del insoportable Hermosilla, no atinaban á utilizar los elementos poéticos que en aquel tiempo nuestra sociedad les ofrecía.
El pueblo, alimentador de los teatros, no comprendía el alto ditirambo de griegos y romanos; y al mismo tiempo, ningún poeta acercaba á poner héroes españoles en la escena. Nasarre en tanto llamaba bárbaro á Calderón, y La vida es sueño no era más que delirio. Aquella restauración clásica fué fecunda para la comedia, porque produjo á Moratín hijo. Pero el drama, la fábula patética que retrata las grandes conmociones del alma, y pinta los más visibles caracteres de la sociedad, no existía entonces.
Se hacían algunas tragedias, obras pálidas y sin vida, porque no eran animadas por la inspiración nacional, ni nuestro pueblo vivía en ellas, ni nuestros héroes tampoco. "Ya sabemos lo que son esos héroes tiesos, acartonados, de las tragedias clásicas: siempre los mismos. No se concibe el amor á la libertad sin Bruto, ni el odio al imperio sin Cinna. ¿Cómo puede haber pasión sin Fedra, y fatalidad sin Edipo, y parricidio sin Orestes y rebelión sin Prometeo, y amor á la independencia sin Persas? En tiempo de nuestro amigo Ramón, los jóvenes creían esto; y había algunas personas graves que encontraban á Crebillon más inspirado que Lope, y Rotrou más grande que Moreto."
El poeta de que hablamos escribió su correspondiente Alceste, con algún acto de un Bellerofonte y varias escenas de tragedia bíblica, también de cajón entonces. Tuvo una inspiración después, y quiso dejar tan trillado camino. Ideó un Subieski, un Solimán, un Arnoldo de Brescia, y, por último, un Padilla; pero no bien había escrito algunos versos, retrocedió por miedo á la antigüedad, y se fijó en los Gracos. Dió principio á la obra, y la remató poco antes de las escenas que estamos refiriendo.
Ya le tenemos sentado sobre la mesa, con el manuscrito en la mano y alumbrado por el candilejo. El Doctrino y Javier se disputaban la causa con nuevo furor, y Lázaro, que estaba sentado en la silla, había cedido al cansancio, y apoyado en la misma cama, esperaba la primera escena de los Gracos.
Javier tosió, y leyó las listas de los personajes de la tragedia, seguida de la retahila de tribunos, lictores, centuriones, patricios, pueblo, esclavos. Después relató la decoración, que era la plaza pública, sitio de confidencias, de citas, de discursos, de secretos, de escándalos, de juicios, de todo. Luego empezó el acto. Salía el tribuno primero, y le decía al tribuno segundo si había visto á Cayo; el tribuno segundo le contestaba al tribuno primero que no; pero después venía el tribuno tercero y decía á los dos anteriores que Cayo estaba en casa del sacerdote Ennio Sofronio, y que después vendría á confiarles sus planes en la plaza pública. Estos se van, y saliendo el hombre del pueblo primero, le dice al hombre del pueblo segundo que el pan está caro, y que los pobres se están comiendo los codos de hambre, lo cual exaspera al hombre del pueblo tercero, que jura por Neptuno y el hijo de Maya que aquello no ha de quedar así. Cada uno se va por donde ha venido, y sale después Cornelia, que se pregunta por qué estará tan agitado; triste Cayo; dice que rehusó las viandas ricas de opulenta mesa, para irse á vagar silencioso y abstraído por la margen que baña del lento Tíber la corriente undosa. Pero pronto viene á sacarla de dudas el mismo Cayo en persona, que, alarmado por unas palabras que le dijo el tribuno tercero allá entre bastidores, viene á dar con su madre y le manda que escuche y tiemble, con cuyo mandato Cornelia se hace toda oídos y se pone á temblar como un azogado. Cayo le dice que los dioses le ayudarán en su empresa, con lo cual la otra se tranquiliza y se le quita el tembloreo. También dice que antes de faltar á su propósito se tragará el Averno á la tierra; beberá el ciervo (de capital ramaje) la mar salobre, y se criará la carpa en las crestas del más alto cerro de Trinacria. Después de estos desahogos, cae el telón, y cada uno se va por donde ha venido.
Pero ya cuando Cayo hacía estos juramentos, cerró los ojos el Doctrino, poco preocupado de que el Averno se tragara á Italia, y comenzó á roncar suavemente como un dios holgazán. El poeta no notó este incidente, y entró en el acto segundo; pero al llegar al delicado punto en que Cornelia le refiere á su confidente el sueño que ha tenido, empezó Javier á hacer lo mismo, y se durmió también. Y allá, cuando el poeta se internaba en los laberintos del acto tercero; cuando el senador Rufo Pompilio se le sube á las barbas al senador Sexto Lucio Flaco (el cual, sea dicho de paso, no miraba con malos ojos á la matrona Cornelia, aunque era dueña un poco madura); cuando todo esto pasaba, Lázaro, que había resistido por cortesía, no pudo más, y acomodándose en la silla y en el borde de la cama, dió algunas cabezadas, y se durmió también olímpicamente, comenzando á soñar dormido, que era cuando menos soñaba.
El poeta concluyó el tercer acto, en que había un motín; y antes de empezar la lectura del cuarto, miró en torno suyo y vió aquella escena de desolación. "Dormidos. Oh dioses!" exclamó, penetrado aún del espíritu clásico.
Pero era natural. ¿Quién soporta una tragedia con plaza pública, verdadero almacén de endecasílabos? ¿Quién soporta una tan grande ración de clasicismo á aquellas horas, después de oír veinte discursos, después de haber cenado?
Aún faltaba algo. El candilejo, que sin duda era también poco amante de lo clásico y estaba empalagado de tanto endecasílabo, no quiso alumbrar más tiempo la plaza pública, y se apagó. Ramón cerró á obscuras su manuscrito; comprendió que lo mejor que podía hacer era imitar á sus amigos; bajó de la mesa, tomó la capa, se envolvió en ella, y tendióse de largo sobre el bendito suelo. Poco después estaba tan profundamente dormido como los demás. Así terminó la tragedia de los Gracos. Nos ha sido imposible averiguar si al fin el senador Bufo Pompilio dió al senador Sexto Lucio Flaco el bofetón que deseaba.
CAPÍTULO XII
#La batalla de Platerías#.
El sol y doña Leoncia aparecieron con igual esplendor y hermosura en las primeras horas del siguiente día. La patrona, dejando las ociosas lanas, dió principio á su tocado, que era algo complicado, porque consistía en una restauración concienzuda de todos los deterioros que en su persona hacían lentamente los años.
Después de dar al viento la poca abundante cabellera, comenzaba á tejer un moño, que, á no recibir el refuerzo de unos hinchados cojinillos, no sería más grande que un huevo. Pasaba inmediatamente á adobarse el rostro, operación verificada tan hábil y discretamente, que no conociera la verdad de su mentira ni el mismo don Gil, que era la persona que más se acercaba á ella durante el día. A veces solía usar cierto pincelito; pero esto no era más que en los días clásicos, y no hacemos alto en ello por ahora. En estas ocupaciones estaba, mal ceñidas las faldas, sin corsé y descubiertas con negligente desnudez las dos terceras partes de su voluminoso seno, cuando una persona entró en la casa, y acercándose al cuarto de la diosa, dió un par de golpecitos en la puerta.
—¿Quién?—dijo alarmada la vizcaína.
—Yo.
—Por Dios, Carrascosa, no entre usted, que estoy….
Pero Carrascosa empujó la puerta, y la hubiera abierto á no impedírselo por dentro la asustadiza y honesta dama, que dejó el afeite y se ciñó el vestido rápidamente para acudir á defender la plaza.
—Leoncia, Leoncia, mira que soy yo, tu Gil.
—Don Gil, don Gil, no sea usted pesado. Siempre viene usted cuando está una arreglándose. Espere usted. Pase á la cocina, que tengo que hablarle.
—Yo también tengo que hablarte,—dijo Carrascosa, aplicando el ojo á la cerradura por probar si veía algo.
Doña Leoncia no tardó en arreglarse: se ciñó el corsé, se puso las últimas horquillas, se aplicó dos ó tres alfileres al pecho, se echó un mantón sobre los hombros, y pasó á la cocina.
—Sabes que vengo muy incomodado—le dijo don Gil, mientras la dama, que se había acercado al hornillo, se esforzaba en encender con pajuela unos carbones;—sabes que estoy muy incomodado, Leoncia, con lo que dice la gente, y vengo á que me saques de dudas; porque, en fin, tengo esto atravesado en el gaznate y no lo puedo pasar.
—¿Qué? ¿á ver? … ¿á ver que majaderías traes hoy?—Nada, sino que la gente da en decir que tú …—Aquí el ex-covachuelista se detuvo, como si efectivamente se le atragantara una cosa en las fauces.—¿Qué yo? … ¿á ver? ¿qué?—dijo la patrona, soplando los carbones.
—Que tú … quiero decir … que ese jovencito que hace versos y vive en ese gabinete, está muy fino contigo, y te está cortejando … Me dijo la frutera que ayer te vió salir con él de paseo, y….
—No me vengas acá con majaderías—dijo doña Leoncia, alzando en su derecha mano una badila de cobre que en aquellos momentos le servía: lo que hay es que como una es mujer de opinión, ha de estar todo el mundo ocupándose de una para decir lo que se le antoja. ¡Vaya, don Gil! ¿Y usted se anda en chismes con la frutera? ¡Buena está ella! No me vuelva usted acá con enredos. Lo que hay es que no puede una mover un pie sin que venga toda la vecindad á decir por qué sí y por qué no.
—Cepos quedos—dijo Carrascosa,—que yo no dudo de que seas una mujer muy principal; pero debe evitarse que la gente ande diciendo cosas … porque….
—No me hables de eso, Gil: Gil, no me hables de eso dijo fingiéndose incomodada doña Leoncia;—que todos los hombres son unos engañosos, y está una muy escarmentada … no … digo … muy…. Le han dicho á una lo que son los hombres … Y si no, miren al prestamista de abajo que todos los días desayuna á su mujer con cincuenta palos.
—¡Oh, Leoncia de mis pecados! Y piensas que yo no te he de tratar como una dócil ovejuela que eres … Mira, no seas tonta: puesto que nos hemos de arreglar y es preciso mantener la opinión, bueno sería que echaras de tu casa á ese mozalbete, y que se fuera con sus versos á otra parte.
—Pues digo que no. Si hablan, que hablen; si injurian, que enjurien. Yo soy mujer de opinión.
—Jesús, Leoncia: ¿y no me haces ese gusto?
Doña Leoncia empezó á reír con mucha gana; y el buen Carrascosa, que no estaba dispuesto aquel día á ponerse serio, se serenó y concluyó por reírse también.
—Mira que esta tarde voy con doña Patronila y la Juliana á merendar á Chamartín. Doña Ramona vendrá también, y si tú vienes, cantarás aquellas seguidillas que sabes.
—Yo no estoy para seguidillas. Lo que me carga es que vaya ese don Ramoncito, que me tiene ya hasta aquí. Mira, mira, Leoncia: si lo echas, estaré cantando seguidillas cuatro días seguidos. ¡Ah! No me acordaba: ¿sabes que estamos arreglando una procesión en las Maravillas? Ya te proporcionaré un balcón para que la veas. Va á estar muy lucida, y salen más de veinticinco santos y todas las cofradías de Madrid.
—Mira, Gil, no te andes con procesiones, que es cosa que no me gusta.
¿Con que vienes á Chamartín?
—Sí: bueno es que nos vayamos allá, porque hoy hay jarana en Madrid, y se me antoja que habrá tiros por esas calles.
—¡Jesús; y Santa Librada! ¡Otra jarana!—dijo la vizcaína con el rostro descompuesto y mudado de color.—Pero ¿qué hay?
—Ahí es nada. Que esos locos de la Fontana van á pasear el retrato de Riego con música y todo. La autoridad ha prohibido esa procesión, y ellos dicen que la habrá. Veremos quien gana. Ya anda la gente por ahí alborotada y pronto hemos de ver el tumulto.
En efecto, el ruido no se hizo esperar: un gentío inmenso ocupaba la vecina plazuela de Santa Ana, y hasta la tranquila mansión de doña Leoncia llegó el rumor de las voces. La criada, que venía de comprar, entró dando gritos de terror y diciendo que había sentido unos grandes cañonazos. A los gritos de la gallega despertaron los tres amigos y Lázaro.
—¿Qué hay?—dijo Javier.—¿Qué algazara es esa?
—¿Qué ha de ser sino la procesión?—dijo el Doctrino.
Lázaro se levantó dolorido, porque con la molesta posición que en el sueño tomó, parecía que se le había roto el espinazo. Abrieron el balcón y miraron. Doña Leoncia entró en el cuarto del poeta dando alaridos y manoteando.
—¡Jesús!, ¡Jesús! ¡No abran ustedes el balcón, que se nos va á meter aquí alguna bomba! ¿No oyen ustedes los cañonazos? ¡Jesús, que disparos tan fuertes!
—Señora, usted está soñando con los cañonazos.
—No te alarmes, Artemisa, Electra….
—¡Cierren ese balcón!
Los cuatro jóvenes eran muy curiosos para contentarse con mirar desde el balcón. Bajaron á la calle con mucha prisa para unirse al gentío, aunque Lázaro pensaba dejar aquello y marcharse inmediatamente á casa de su tío, recogiendo de antemano su mezquino equipaje en el parador del Agujero.
—¿Quién es ese joven?—dijo don Gil á la patrona luego que los cuatro habían bajado.
—No sé quién es: le trajeron anoche.
Carrascosa creyó reconocer en aquel joven al sobrino de su amigo, á quien había tratado en Ateca; y queriendo cerciorarse, porque sin duda le interesaba, bajó tras ellos. Los cuatro jóvenes se mezclaron al gentío: no se podía dar un paso. La procesión estaba organizada, y pronto iba á emprender la marcha para salir á la calle de Atocha. Gran confusión reinaba en la multitud, y eran vanos los esfuerzos de dos ó tres personas para poner en filas ordenadas al pueblo y dirigirle.
Lázaro trató de marchar á donde debía; pero tuvo una tentación, que le hizo detener meditabundo y preocupado. Al ver aquella multitud, su imaginación, abatida y exánime desde la singular escena del café, volvió á remontarse tomando su acostumbrado vuelo. Allí estaba reunido un pueblo, dispuesto á una gran manifestación. Confuso y como asustado de su empresa, la muchedumbre vacilaba, no tenía fijeza ni determinación: sin duda allí faltaba algo. Lázaro quiso dominarse rechazando la tentación. Se alejó del pueblo y volvió á acercarse á él. "Sí—pensaba,—aquí falta algo: falta una voz."
Había llegado aquel momento supremo de las agitaciones populares en que las turbas se paran silenciosas, alterados los miles de corazones por un solo y profundo temor, trastornadas las mil cabezas con una sola duda. Falta que una voz sola diga lo que todos sienten. En estos momentos solemnes es cuando vemos un cuerpo elevarse sobre miles de cuerpos y una mano temblorosa extenderse sobre tantas cabezas. Una voz expresa lo que en tantos cerebros pugna para adquirir formas orales; esa voz dice lo que una multitud no puede decir; porque la multitud que obra como un solo cuerpo con decisión y seguridad, no tiene otra voz que el rumor salvaje compuesto de infinitos y desiguales sonidos.
Cuando aquel hombre ha hablado, la multitud ha dicho lo que tenía que decir; la multitud se conoce, ha podido recoger y unificar sus fuerzas, ha adquirido lo que no tenía: conciencia y unidad. Ya no es un conjunto inorgánico de fuerzas ciegas: es un cuerpo inteligente cuya actividad tiende á un objeto fijo, bueno ó malo, pero al cual se encamina con decisión y conocimiento.
Esto pensaba Lázaro. ¿Podría él ser ese medio de expresión? ¿Sería el Verbo revelador de aquel cuerpo ciego é inconsciente? ¿Hablaría ó no hablaría? La masa en tanto se arremolinaba y se extendía por la plazuela del Ángel. Lázaro la siguió como fascinado; después se apartó con miedo de ella y de sí mismo. Pero no podía resolverse á retirarse. ¿Hablaría ó no? Le oirían de seguro. ¿Como no, si había de decir cosas tan bellas? El estaba seguro de que las diría. Las palabras que había de decir estaban escritas con letras de fuego en el espacio.
Ya el retrato avanzaba llevado por cuatro socios de la Fontana. Sonaba la música, el gentío rodeaba el lienzo, y todos se movían sin adelantar, oscilaban sin extenderse, se revolvían confundiéndose. Sin duda faltaba algo. Lázaro se mezcló en el torbellino. Sus ojos brillaban con extraordinario resplandor; su inquietud era una convulsión, su agitación una fiebre, su mirada un rayo. Cruzábanle por la mente extrañas y sublimes formas de elocuencia; latíale el corazón con rapidez desenfrenada; las sienes le quemaban, y sentía en su garganta una vibración sonora, que no necesitaba más que un poco de aire para ser voz elocuente y robusta.
Vió que alzaban el retrato, que la turba se arremolinaba en circuitos sin fin, y vió agitarse en el aire multitud de pañuelos blancos que salían de aquel torbellino como una espuma.
La comitiva desordenada siguió por la calle de Atocha y penetró en la Plaza Mayor. Allí se difundió un poco. Pero después trató de atravesar el arco de la calle de la Amargura para entrar en Platerías. El gran monstruo midió de una mirada el volumen de sus miembros multiplicados y la anchura del arco por donde había de pasar. El camello iba á pasar por el ojo de la aguja. Hubo un movimiento convulsivo de codos, y los abdómenes se deprimieron, giraban los cuerpos, y algunos sombreros saltaron á impulsos de las repercusiones y choques de tantas cabezas. Algunas voces trataron de pronunciar una orden para vencer aquella dificultad, problema de obstetricia sin duda.
—Delante el retrato. Dejen pasar el retrato—decían. Era imposible; la gente se agolpaba de tal modo, que el retrato no podía pasar. Al fin, tras largos esfuerzos, el retrato pasó por el arco. Detrás seguía con la mayor confusión la gran masa de gente. La multitud que llenaba la plaza se había parado y esperaba. El retrato y sus corifeos desembocaron en la calle Mayor; pero al llegar allí, una sorpresa sin igual detuvo la procesión. Dos filas de soldados formaban en las Platerías, llegando más allá de la plazuela de la Villa. Las picas de un escuadrón de lanceros brillaban á lo lejos, y delante de esta tropa estaba, el Capitán General de Madrid, á caballo, esperando con grande aplomo y entereza. Este hombre avanzó seguido de dos ó tres, y señalando con el sable, intimó la orden de retirada á los del retrato. Hubo una rápida consulta de miradas entre éstos. Una autoridad civil se acercó también, y con los mejores ademanes dijo que se fuera cada cual á su casa y renunciaran á aquella manifestación, porque el Gobierno estaba resuelto á que no dieran un paso más. El aspecto de la tropa impresionó vivamente á los del retrato; además, éstos contaban con la ayuda del regimiento de Sagunto, y el regimiento de Sagunto estaba encerrado y perfectamente custodiado en su cuartel.
Trataron, sin embargo, de pasar adelante, y dijeron que aquella manifestación era puramente moral; que no trataban de producir ningún trastorno, ni era agresiva su actitud, ni tenían más objeto que tributar un homenaje de admiración al héroe que había dado la libertad á su patria.
"¡Cada uno á su casa! Atrás el retrato", dijo resueltamente Morillo.
La defensa era imposible. La procesión no tenía armas.
La supuesta debilidad del Gobierno se había trocado en inquebrantable firmeza. Algunos empezaron á desertar, desfilando por la calle de Milaneses y la plazuela de San Miguel. El retrato descansaba en tierra y se movía adelante y atrás, poco seguro en manos de sus portadores. Estos hablaron: pero todo fué inútil: la gente empezó á retroceder, algunos á gritar, y hubo también quien quiso oponer resistencia á la tropa.
Entre tanto el gentío que ocupaba la plaza permanecía inmóvil. ¿Quién era aquél que entre tanta gente se elevaba, y agitando las manos, profería voces que la muchedumbre aplaudía? El orador hablaba bien, sin duda: grandes aclamaciones acogían sus palabras; pero los continuos empellones, los gritos de los pisoteados y estrujados no permitían á aquél expresarse con desahogo.
Algunos pedían silencio; pero el silencio en toda la plaza era imposible. A lo mejor, los que en el arco discutían con la autoridad, retrocedieron al ver que la tropa resistía. La confusión entonces llegó á su término. El orador continuó su filípica; pero la continuó excitando al pueblo á que no cediera en su empeño de verificar la manifestación. Estaba lívido, anhelante, y cada palabra suya era como un latigazo que estimulaba á la muchedumbre á seguir adelante.
En tanto las tropas avanzaban despejando la plaza, y algunos eran tan osados, que delante de los caballos oponían resistencia y vociferaban apostrofando á Morillo y á su gente.
—¡A esos que gritan!—dijo el que mandaba el piquete. Arremolinóse el gentío. Muchos corrieron á escape. Otros dieron vueltas, arrastrados por la oleada, ó permanecieron turbados sin saber qué partido tomar. Lázaro calló.
—¿Quién gritaba?—dijo el capitán,—A los que gritan. Prender á los que gritan.
Lázaro quiso huir; pero el brazo vigoroso de un soldado le detuvo fuertemente.
—Prender á los que gritan. Este es el predicador. ¡A ese!
Lázaro pasó de una mano fuerte á otra fortísima. Apenas se daba cuenta de que le habían prendido. Creyó que le soltarían en seguida, é intentó desasirse, aunque inútilmente.
-¡Atrás, atrás! ¡Fuera de la plaza!—continuaba el capitán.
Y era bien obedecido, porque el gentío se desbandaba á toda prisa. La procesión fracasó. El retrato quedó hecho trizas en medio de la plaza; la tropa tomó todas las entradas.
¿Qué fué de Lázaro? Un cuarto de hora después entraba, honrosamente custodiado, por las puertas de la cárcel de Villa, y era introducido también honrosamente en un tristísimo, obscuro y sucio calabozo.
CAPÍTULO XIII
#No llega el esperado.—Llegada de un importuno.#
De todos los procedimientos que el espíritu emplea para atormentarse á sí mismo, el más terrible es esperar. Contra esto no hay remedio. Parece que ha de ser fácil resolverse á no esperar, apartar la imaginación de la cosa esperada, y vivir sólo en un punto de la vida, en un momento del tiempo, sin esa dolorosa aspiración á lo venidero que desquicia el ser, sacándole de su centro.
Cuando se espera lo que ha de llegar las horas son siglos; cuando se espera lo que debió llegar, las horas vuelan como segundos. Clara estaba á la hora de las diez con el alma suspensa, trémula y atenta, llena de inquietud y zozobra. Pasa de las diez, y el viajero no viene; el reloj vuela de las once á las doce, y de las doce á la una. Pascuala tenía mucho miedo, porque el ruido de gentes que en la calle se sentía aumentaba á cada hora. Las dos estaban sentadas en el cuarto interior, y no decían cosa ninguna, ni la criada contaba aquellos cuentos de las ninfas y el dragoncillo, que había aprendido en su pueblo, ni la huérfana se reía con la franca expansión y natural sencillez de su carácter. Ambas estaban muy silenciosas: se miraban con ansiedad cuando algún ruido se sentía en la escalera; y al cerciorarse de que no era lo que aguardaban, caían la una en su abatimiento indiferente, la otra en su calmosa, melancólica y disimulada agitación.
Clara, á la madrugada, entró en el período de las conjeturas; forma con que el espíritu se da todos los tormentos imaginables. ¿Qué le había pasado? ¿Volcaría el coche? ¿le habrían salido ladrones con aquellos tremendos trabucos que pintan en las estampas? ¿Habría desistido del viaje? ¿Tendría tal vez amores con alguna muchacha del pueblo? ¿Le detendría alguna partida de realistas? Todo le ocurría menos lo cierto. En estos momentos fácil es tranquilizarse teniendo un poco de serenidad; pero nadie la tiene, y una ceguera profunda sustituye á la normal lucidez del entendimiento. Basta razonar en calma y decir: "¿No ha venido? Se habrá detenido casualmente. Mañana vendrá." Pero en vez de hacer este lógico razonamiento, lo que generalmente se piensa es esto: "¿No ha venido? Pues se ha muerto: le mataron."
Luego la noche contribuye á este tormento; la noche, que á todo da formas horribles, lo mismo á las cosas materiales que á las visiones internas. Clara, que no había podido ni podía dormir, no cesaba de percibir informes, bultos, sangre, obscuridad, repentinamente opuesta á una gran luz que alumbra horrores. Da calentura esa situación. Impaciencia febril se apodera de la sangre que se agita y circula, como si la rapidez de su marcha acelerase la llegada de lo que se espera. Esta contrariedad de nuestro deseo es más terrible, porque es lenta, sin límites. Delante no se ve sino la eternidad. No vienen á la mente las modificaciones que puede traer el próximo día. Aquella noche y aquella soledad parece que no han de tener fin.
Las primeras luces del día no hicieron, sin embargo, otra cosa que aumentar su tristeza. ¡Ayer! ¡Desde ayer le había estado esperando! Deseaba salir fuera y correr, preguntando á todos por el desventurado joven. Abrió el balcón, miró á la calle, creyendo que iba á verle pasar, y examinó á todos los transeúntes. Entonces le llamó la atención una persona que, fija en la esquina, la miraba con tenacidad. Segura de que no era él volvió la cara, y no se cuidó más de aquella persona.
Cerró el balcón, porque sentía fatiga y mucha necesidad irresistible de dormir. Fué á su cuarto, y sentada en una silla, recostó la cabeza sobre la cama. Pero en vez de dormir empezó á cavilar con tanto desvarío y agitación como durante la noche. Elías tampoco había vuelto. ¿Qué sería de él? ¡Oh, qué luz! Tal vez le había encontrado y estarían juntos en alguna parte.
En esto entró Pascuala que venía de la calle. La alcarreña se acercó á Clara, adornando la redonda y vasta fachada de su cara con impertinente sonrisa.
—¿Sabe usted lo que ha pasao?
—¿Qué? ¿qué hay?—dijo Clara con interés.
—Que aquel caballerito del otro día … pues … el señor militar … me paró en la esquina.
—¿Y á mí qué me importa eso?
—Que dice que viene acá.
—¡Jesús, acá! ¿Y á qué viene acá? Estamos solas.
—Pues es un caballero muy cumplido.
—¿Si? Pues no me he fijado.
—¿No le vió usted el otro día aquí … cuando el señor vino malo?
—Sí: parecía una buena persona. ¿Pero á qué quiere volver aquí?
—Usted bien se lo malicia. ¡Ah, qué picarona es usted! En aquel momento sonaron en el bolsillo de Pascuala las pesetas que el militar le había dado. Después se sintieron pasos en la escalera y sonó muy débilmente la campanilla.
—Es él—dijo la alcarreña.
Y antes que Clara pudiera impedírselo, la moza corrió, abrió la puerta, y el militar, que ya conocemos, entró en el pasillo, se descubrió con respeto y se acercó á Clara.
—¿A quién buscaba usted?—dijo Clara.—No está: ha salido.
—Sí está, no ha salido,—contestó el militar con aplomo.
—¿Quién? ¿Pero á quién buscaba usted?
—Fácil es comprender que no busco á ese viejo, cuyo trato aleja en vez de atraer á las personas.
—¿Pero qué quiere decir? ¿á qué viene usted?—le preguntó Clara con ligera expresión de alarma.—Estoy sola, váyase usted.
—Por lo mismo no me voy.
—Si usted no se va, llamaré, gritaré,—dijo Clara, resuelta sin duda á hacer lo que decía.
—Entonces reñiremos,—afirmó el militar con sonrisa de amistosa franqueza, que desarmó en parte el enojo de Clara.
—¡Por Dios, que va á llegar! ¿Pero quién es usted? ¿A qué viene usted aquí? ¿Quién le ha dado licencia para entrar? Usted es el que vino el otro día con él. Ya le reconozco; pero no entiendo á qué viene hoy. ¡Pascuala, Pascuala!
—No me mire usted como enemigo. Mi entrada ha sido singular; pero no soy un ladrón ni un asesino. Vengo como amigo: traigo paz y amistad. No tenga usted miedo, Clara. Vengo como amigo. Ya nos conocemos de un solo día, cuando vine aquí sosteniendo á ese pobre señor.
—¡Oh! y ahora puede venir—dijo Clara alarmada. Márchese usted, por Dios. Yo no le conozco, ni me importa todo eso que me ha dicho. Si él llega….
—Lo que menos me importa es ese viejo—contestó el militar.—Antes me interesaba un poco. Creí que era de usted pariente, su esposo tal vez. Pero después he sabido que es un tiranuelo que vive para martiriza á una pobre huérfana, que se muere da melancolía encerrada aquí. No puedo ver con indiferencia que una persona tan guapa, tan amable, tan digna de ser feliz, pase la vida en poder de esa fiera.
—¡Oh! Pues yo estoy bien así. Le agradezco á usted su bondad—contestó
Clara;—pero no es necesaria. Váyase usted, por Dios.
—No me iré, no—dijo el militar, exaltándose un poco. Hace algunos días que me preocupa la idea de los martirios que usted debe sufrir. Siento un deseo muy grande de libertarla á usted de ese maniático, y creo que realizaré este propósito. He pasado por ahí cien veces al día y me ha dado horror el aspecto sombrío de esta casa, sepulcro en vida de tan bella criatura. Usted se reirá de mí, lo comprendo. Le parecerá extraño este interés que tomo por una persona á quien sólo he visto una vez; pero de este misterio no hay que hablar ahora. Lo que importa es que usted se decida á hacer lo que yo le aconseje. Sepa usted que he jurado no permitir que muera aquí de hastío y soledad. Estoy seguro de que usted, que con tanta sencillez me comunicó la única vez que nos vimos parte de sus desventuras, tendrá hoy la confianza que necesito, sabrá apreciar la nobleza de mis propósitos y no se opondrá á que se realicen.
Clara no sabía qué contestar. Estaba confundida al ver el generoso y fraternal interés que tenía por ella una persona á quien había visto tan poco. Esto hubiera llenado de orgullo á otra mujer; pero Clara era muy modesta, y ante aquella manifestación afectuosa no tuvo más que gratitud y vergüenza. Nunca creyó merecer aquello.
—Yo lo agradezco mucho, señor—dijo;—pero….
La verdad es que no podía decirle que era feliz y que deseaba continuar aquel género de vida. Era cierto lo que el militar decía. Era imposible vivir en compañía de aquella fiera. ¿Pero acaso no esperaba su salvación de otra persona? Esta idea la indujo á rechazar con más energía las ofertas que aquél le hacía.
—Usted no conoce á la persona con quien vive—continuó el militar.—Usted no le conoce, yo sí: ya me he informado de su carácter y de sus ideas. No sólo es un hombre extravagante é intratable, sino un fanático sin corazón, un hombre feroz, de perversos instintos y cálculos terribles. No: usted no puede seguir más tiempo en manos de ese hombre, que no es su pariente, ni su amigo: que se llama su protector, para hacer de usted una víctima de su orgullo brutal.
Clara comprendió, por la vehemencia con que el joven hablaba, que era cierto su interés, y conoció también que la pintura que del viejo hacía no era exagerada. El desconocido obraba con la mayor nobleza, sinceridad y buena fe. Era uno de esos caracteres inclinados á las aventuras difíciles y que implicaban la salvación peligrosa de los que sufrían. Su espíritu caballeresco, su corazón inclinado al bien, hallaron en aquel suceso un motivo de ocupación, y dedicó toda su actividad á la realización del más generoso propósito. Además, un sentimiento bastante enérgico de simpatía hacia aquella pobre huérfana, le impulsaba á proceder con tanta diligencia. Más adelante conoceremos el nombre y los hechos de este noble, caballero.
—Pero no esté usted más tiempo aquí—dijo Clara.—¿Cómo quiere usted convencerme de que se interesa por mí, si precisamente estando aquí me prueba lo contrario? Si él viene y le encuentra en la casa….
—No dirá nada. Ese hombre es tan miserable, que no le importa ni la felicidad ni el honor de usted: todo lo mirará con indiferencia. A usted no le queda más amparo que yo.
La huérfana, al oír estas palabras sintió un frío en el alma. El momento en que eran dichas hacía que parecieran una gran verdad. Su único, legítimo y verdadero amigo no vendría. Ya no le quedaba más amparo que el de un advenedizo.
—Nada más que yo; pero es bastante—continuó el joven con afectada voz.—Siga usted el plan que yo le marque: no haga usted caso de ese viejo. Yo seré para usted todo lo que puede ser un hombre de corazón y honradez. Tenga usted en mí la confianza que se tiene en lo que nos ha de salvar…. Y ahora, Clara, me voy. Pero no tardaré en volver á dar mis órdenes á la pobre prisionera, cuya felicidad pende de mí. ¡Qué orgullo siento en esto! Yo estaré siempre alerta. Si le ocurre á usted una nueva desventura, no necesita avisarme. Yo me hallaré aquí para socorrerla y animarla. No le queda á usted más amparo que yo. Piénselo usted bien. Adiós.
La decisión de aquel hombre desconocido, insinuado tan novelescamente en los secretos de la casa, era muy firme. Se había propuesto emprender una aventura generosa, á que le inclinaban al mismo tiempo un sentimiento de simpatía, y el deseo inveterado en él, de hacer bien.
Si había un poco de egoísmo en él, después lo veremos. Ya se marchaba, cuando Pascuala salió de la cocina asustada, y dijo:
—¡El amo!
—No abras—dijo Clara temerosa.—Espera: escóndase usted.
Pero Elías, que tenía llave, no necesitaba que le abrieran para entrar.
—No importa—dijo el militar, que trataba de serenar á Clara.
Coletilla abrió y entró. Venía cabizbajo y abstraído. Dió algunos pasos por el corredor sin ver al intruso; mas al llegar al extremo, notó aquel bulto, alzó la cabeza, y vió al joven, que se inclinaba ante él con mucho respeto.
CAPÍTULO XIV
#La determinación.#
—¿Qué busca usted? ¿quién es usted? ¿qué hace usted aquí?
—¿No me conoce usted? Soy el que hace unos días le trajo á usted muy mal parado á su casa, y venía á ver si estaba usted ya completamente restablecido.
—Si, señor; estoy bueno—contestó bruscamente, y entrando en la sala, á donde le siguió el joven:—¿no se ofrece nada más?
—Nada más, y me retiro: acabo de llegar—dijo con afectada naturalidad el militar.—Me retiro repitiéndole que me intereso mucho por su salud.
—Bien: ya me lo dijo usted el otro día,—respondió Coletilla dirigiendo miradas recelosas á Clara y á Pascuala.
—¿Y no me manda usted nada?
—Nada más sino que me deje usted en paz. ¿No va usted á la procesión?
Está muy lucida.
—No estoy para procesiones.
—¿Le gusta á usted saber lo que pasa en las casas de los realistas?—añadió el anciano con el acento amargo y receloso propio de su carácter.—Aquí no se conspira. Y si yo conspirara, lo haría de modo que no vinieran á sorprenderme los lechuguinos de la Milicia Nacional.
Clara estaba temblando. La parecía que el militar, ofendido por aquel insulto, iba á desenvainar el tremendo sable que llevaba en la cintura y á descargarlo sobre la cabeza del realista. Pero aquel sonrió desdeñosamente y dijo:
—Amigo, veo que me juzga usted mal. Puede estar seguro de que no me ocuparé en delatarle. ¿Qué daño puede hacer usted?
—¿Yo?… Daño….—respondió el fanático con una mueca feroz, que en él equivalía á la sonrisa.
—Poco será el que usted haga y por poco tiempo. Eso se lo juro á usted.
Con que voy á hacerle el favor de marcharme. Adiós.
Dirigióse á la salida, no sin tratar de expresar á Clara con una mirada lo que antes le había dicho con muchas palabras, es decir, que confiara en él y esperara. Hubiera querido verse acompañado de la joven hasta la puerta; pero la infeliz no se atrevió. Cuando el militar estuvo fuera, Coletilla se volvió á Clara, y con irritados ademanes, le dijo:
—¿Hace mucho que entró aquí ese hombre?
—No, señor: un momento antes de usted llegar—respondió temblando Clara.
—¿Y por qué le habéis abierto? ¿No dije que no abrierais á nadie?
—Venía á preguntar por usted.
—¿Por mí? Ya…—contestó Elías con furia.—Algún espía del Gobierno. Pero ya me figuro la verdad. Este es algún mozalbete que te hace la corte.
—¿A mí? No, señor. Si no le conozco, no le he visto nunca, dijo Clara temblando.
—Pues yo le he visto rondando esta calle. Sí, señora, le he visto. No me lo niegues. ¡Tú tienes tratos con él, tú le has hablado, tú le has dado cita aquí!…
Clara no había visto nunca á Elías tan encolerizado contra ella. Las inculpaciones que le hacía ofendieron tanto su inocencia, que en aquel momento sintió lo que nunca había sentido: una secreta aversión hacia aquel hombre.
—Yo he sido un padre para ti, Clara; pero tú no has sabido apreciar mi protección—continuó Coletilla con encono.—Tú eres una ingrata, una mujer sin juicio; abusas de la libertad que te doy, abusas de mi alejamiento de la casa. Pero yo juro que te enmendarás. Es preciso que hoy mismo tome la determinación que había pensado. Si, hoy mismo. Ahora mismo.
—Le digo á usted que no sé quien es ese hombre; que hoy ha entrado aquí á preguntar por usted. Yo no sé quién es ni me he ocupado nunca de semejante persona.
—Hipócrita, ¿piensas que creo en tu aire de mosquita muerta? Fíese usted de las niñas apocaditas. Pero tus travesuras se concluirán, Clara. Ya no comprometerás otra vez mi reposo como hoy. Yo estoy siempre fuera, y no quiero que durante mi ausencia se convierta esta casa en un infame garito.
Clara no podía creer aquellas palabras. Ya sabemos que era poco ducha en contestar cuando el terrible anciano la reprendía. Y esta vez su honor ofendido no encontró tampoco las palabras que en aquella situación convenían. Negó y lloró tan sólo, argumento que el realista tomó como la última expresión de la hipocresía y el engaño.
—Prepárate, Clara, á salir de aquí. No mereces los sacrificios que he hecho por ti. A ver si ahora compras florecitas y arreglas cintajos para coquetear en la ventana. Vas á vivir de aquí en adelante en compañía de unas personas cuya protección no mereces tampoco. Pero éstas son tan caritativas, que te admitirán por consideraciones á mí. Prepárate. Esta tarde mismo voy á llevarte á casa de esas señoras, y allí vivirás. Ellas te enseñarán á ser mujer de bien, y allí veremos si vuelves á tus locuras, veremos si te apartas del buen camino. Vivirás con ellas; las ayudarás y servirás en sus labores, y te enseñarán lo que no puedes aprender en mi casa, sola y sin guía.
—¡Las señoras de Porreño!—pensó Clara con horror, aquéllas tan erguidas y finchadas, que le daban miedo siempre que le hablaban, dejándole una impresión de tristeza que no podía borrar en muchos días.
—Estas ideas del día—continuó Elías como hablando solo,—pervierten hasta á las muchachas más recatadas. ¡Estas ideas del día, esta lepra social!… ¡se difunde sin saber cómo!… ¡penetra en todas partes! ¡Quién lo había de decir!… Ya se ve… sola en esta casa… Irás, Clara, en casa de esas señoras. Ten presente que no lo mereces, porque ellas son personas muy principales y virtuosas, libres del contagio del día. Haz cuenta que entras en un santuario.
No había remedio. La fatal determinación, que, sin conocerla, había asustado tanto á la huérfana, estaba irremisiblemente tomada. Clara se iba á vivir con aquellas misteriosas señoras, en cuya casa, según Coletilla decía, no habían penetrado las ideas del día. Hacía tiempo que él tenía este deseo para vivir más á sus anchas; pero nunca se hubiera atrevido á proponerlo á las tres venerables matronas, si éstas, con una generosidad que él no se cansaba de admirar, no se lo hubieran indicado. Era ya cosa resuelta; así es que Coletilla, al ocurrir la escena que hemos referido, no quiso retardar ni un momento la determinación, y partió á casa de sus amigas á darles aviso, dejando á Clara entregada al dolor más profundo.
Digamos algo de las relaciones que anteriormente había tenido Elías con aquellas tres nobilísimas damas.
A fines del siglo era Elías mayordomo mayor de la casa de los Porreños y Venegas. La ruina de esta histórica casa data de aquella misma época. Don Baltasar Porreño, Marqués de Porreño, que había sido Consejero íntimo de Carlos IV, entabló un pleito con un pariente suyo, descendiente de los Marqueses de Vedia. Este pleito duró diez años, y en él perdió Porreño casi toda su fortuna, contrayendo deudas espantosas. Después tuvo la desdicha de sostener á Godoy en la conspiración de Aranjuez, y caído Carlos IV, el Príncipe heredero no perdonó medio de hacerle daño. Su hermano don Carlos Porreño cometió el despropósito de afrancesarse durante la guerra, y la protección de Junot y de Víctor no sirvieron sino para que fuera después condenado á perpetua proscripción.
Aquella casa ilustre y poderosa llegó al extremo de la ruina con la muerte del Marqués; los acreedores embargaron sin respetar los preclaros timbres de la familia, y después de liquidadas las cuentas é inventariados los bienes muebles é inmuebles, no les quedó á los herederos sino una miseria. A la vuelta de Francia, Fernando olvidó que el Marqués de Porreño había sido su enemigo en la conspiración de Aranjuez, y concedió una pensión á su hermana. El hijo varón del Marqués había muerto en el viaje, navegando hacia América, y de la casa antigua y poderosa no quedaron más que tres señoras, á saber: la hermana y la hija del Marqués de Porreño, y la hija de su hermano don Carlos, que siguió á Napoleón, y murió, según se decía, en Praga, al volver de la campaña de Rusia.
Después del triste fin de la casa, Elías siguió fiel á sus antiguos amos. Al volver de la guerra, se presentó á aquellos tres gloriosos vestigios y les ofreció de nuevo sus servicios; pero las tres damas no tenían ya bienes que administrar. De su caudalosa fortuna no les restaba sino unas tierras de pan llevar en el término de Colmenarejo, y unos viñedos de muy poco valor junto á Hiendelaencina. La administración se reducía á tomar las cuentas cada trimestre á dos colonos que cultivaban aquellas heredades. Pero las señoras de Porreño, después de su decadencia, miraban á Elías como un buen amigo, le trataban de igual á igual (¡lo que puede la decadencia!), aunque el antiguo mayordomo no traspasaba nunca, ni en sus conversaciones, el límite respetuoso que separa á un hijo de zafios labradores (frase suya) de tres damas pertenecientes á la más esclarecida nobleza.
Ellas no eran niñas. La hermana del Marqués, llamada doña María de la Paz Jesús, pasaba un poquito más allá de los cincuenta, aunque se conservaba muy bien. Su sobrina (hija mayor del mismo don Baltasar), que se llamaba Salomé, estaba haciendo constantemente intrincados cálculos para ver de qué manera, sumando sus años, podían resultar cuarenta tan sólo. La tercera, llamada doña Paulita (nunca se pudo quitar este diminutivo), hija de don Carlos, el afrancesado, tenía treinta y dos, cumplidos el día de la Encarnación. Esta doña Paulita era una santa.
Vivían humildemente, casi pobremente; pero con mucho arreglo. Varias veces habían propuesto á Elías que se llevase á Clara á vivir con ellas, por la razón de que sola en su casa, la muchacha se había de contaminar necesariamente con las ideas del siglo. Coletilla no accedió al principio por respeto; pero al fin acogió la idea, y ya hemos visto como se preparó á realizarla. Además, doña María de la Paz Jesús, que era mujer de gran iniciativa, había concebido el proyecto de un arreglo doméstico muy conveniente para Elías y para ellas. Este proyecto consistía en que Elías tomara el piso segundo de aquella casa, el cual ellas tenían como depósito de los muebles de la grandiosa casa antigua, de que no habían querido desprenderse. El mayordomo aplazó para más adelante este arreglo.
—Señoras, al fin traigo esa chica—dijo Coletilla, presentándose á las de Porreño.
—Bien, amigo—exclamó Salomé;—tráigala usted en seguida, esta misma tarde.
—Pero, señoras—continuó,—esa muchacha tiene muy mala cabeza. Es preciso que ustedes empleen en ella una severidad muy grande. De otro modo es imposible sacar partido.
—¿Pero qué ha hecho?—exclamó doña Paulita, la santa.
Elías contó la aparición del militar en su casa; contó los antecedentes peligrosos de Clara, su deseo de parecer bien, la compra de las flores, las composiciones del vestido, y las tres damas comenzaron á hacer aspavientos. Salomé entonó un sermón, y doña Paulita se hizo cuatro cruces desde la frente al estómago y desde un hombro á otro.
—Descuide usted, amigo, que ya la enmendaremos dijo María de la
Paz Jesús.
—Bien se comprende esa desenvoltura … las muchachas del día—dijo
Salomé quitándose los espejuelos,—son todas así. Y ya … como esa
Clarita no tiene mala cara … si … una carilla así … desvergonzada
y graciosilla … pues … aquello no es hermosura.
—Pero, don Elías, ¿es cierto eso de que ha hablado con hombres?—exclamó Paz con una solemnidad arquiepiscopal, que era en ella muy frecuente.—¿Pero qué basilisco es ese? … Mas no importa. Ya la enmendaremos nosotras. Ya la enseñaremos á portarse como una mujer de bien…. ¡Ay! la honestidad está por los suelos. ¡Qué siglo!
—¡Ahí!—exclamó doña Paulita, después de concluir en voz baja un Padre nuestro;—estas ideas del día … ¡Jesús, qué sociedad! Pero todo se enmienda; y los más pecadores son los que más pronto salen de su error. Tráigala usted, don Elías, que yo confío en que esa desdichada entrará por el buen camino, y será una santa tal vez. ¿No lo fué María la Egipciaca?
Elías manifestó con repetidos movimientos de cabeza que estaba conforme con estas apreciaciones. Salió de la casa, y una hora después volvió acompañado de Clara.
Para hacer comprender lo que Clara encontró de terrible en la determinación del realista, conviene describir prolijamente la casa y sus extraordinarios habitantes.