WeRead Powered by ReaderPub
La Fontana de Oro cover

La Fontana de Oro

Chapter 28: CAPÍTULO XXV
Open in WeRead

About This Book

A historical novel set during a period of intense political and social upheaval, it follows events in the capital where street demonstrations, political clubs, and a revolutionary café become stages for competing factions. Public conspiracies and secret plots unfold alongside personal sufferings, moral dilemmas, and moments of fanatic devotion; religious institutions and inquisitorial practices intervene in public life. The narrative shifts between crowded public scenes and intimate trials, examining themes of idealism, betrayal, the collision of tradition and reform, and the human cost of political engagement, presented in a succession of episodic chapters that interlace historical incident with private drama.

CAPÍTULO XXIII

#La Inquisición.#

Cuando Coletilla, después de instalado en el piso segundo, manifestó á las señoras la probabilidad de que su sobrino fuese á vivir con él, Salomé se quedó un poco pensativa; pero María de la Paz dijo que no había inconveniente, supuesto que el joven, bajo la vigilancia y tutela de su tío, habría de tener el comedimiento y la dignidad que aquella casa imponía á sus habitantes.

Lázaro, precedido por María de la Paz, entró en la sala. Lo primero que vieron sus ojos fué á Clara, que estaba sentada junto á la devota y cosía con la cabeza baja, sin atreverse á mirar á nadie. Vió su turbación y su empeño en disimularla. Después miró á todos lados y vió á su tío, respetuosamente sentado al lado de Salomé, cuyos reales estaban plantados al extremo oriental de María de la Paz. Lázaro les vió á todos inmóviles, como figuras de palo: todos le miraban, excepto Clara, la cual insistía en acercar tanto los ojos á su labor, que era difícil comprender cómo no se sacaba los ojos con la aguja.

Elías miró á Lázaro con asombro. Paz con asombro, Salomé con asombro, todos con asombro, y él mismo llegó á creer que era un fantasma evocado, el temeroso espectro del sobrino de Coletilla. Salomé le indicó una silla con el dedo en que tenía las sortijas, y Paz le dijo con el registro de voz más desdeñoso y augusto:

—Siéntese usted, caballerito.

Cuando el joven dijo "gracias, señora," su voz resonó débil y dolorida, anunciando tanto sufrimiento y postración, que Clara no pudo menos de alzar los ojos y mirarle con súbita impresión de interés. Le encontró muy pálido y abatido; comprendió lo que el infeliz había pasado en aquellos días, y necesitó todo el esfuerzo de que su alma valerosa era capaz para no echarse á llorar como una tonta en presencia de aquellas tres rígidas damas y del furibundo Coletilla.

—Ya estas señoras saben lo que has hecho al llegar á Madrid—dijo Elías á su sobrino con mucha severidad. Paz y Salomé fruncieron el ceño para que nadie pudiera poner en duda su indignación. Lázaro no contestó, porque estaba muerto de vergüenza, y en aquel momento las dos damas le parecían las dos personificaciones más perfectas de la justicia humana.

—¿Recuerdas lo que te dije cuando fuí á verte á la cárcel?

—Sí, señor: no lo he olvidado.

—Ahora vivo aquí, en casa de estas señoras que nos han ofrecido á mí y á Clara un asilo.

—Sólo por usted, señor don Elías—dijo Salomé.

—Ya lo sé; sólo por mí—contestó el viejo.—Pero yo—continuó dirigiéndose á Lázaro,—si te llamé estando en la otra casa, ahora no me atrevo á darte hospitalidad porque….

—Señor don Elías—dijo Paz,—de lo de arriba puede usted disponer á su antojo. Ya sabe usted lo que hemos convenido. Sólo lo hacemos por usted.

—Yo no puedo—prosiguió Elías, haciendo una gran reverencia,—yo no puedo decir á este muchacho que se quede en esta casa. Su conducta ha sido tan escandalosa, que no me atrevo….

—No hay falta, por grande que sea, que no pueda corregirse—dijo Salomé, mirando con sublime protección al desdichado Lázaro, á quien parecieron aquellas palabras el colmo de la generosidad.

—Efectivamente—dijo Paz en tono de enfática indulgencia.—Hay faltas tan enormes, que por su misma enormidad necesitan indulgencia. Mi opinión es que este caballerito debe quedarse con usted, señor don Elías, porque si no, ¿qué va á ser de él?

Elías manifestó comprender.

—¿Qué va á ser de él si continúa abandonado y sin guía?—prosiguió la dama.—Por lo que ha pasado podemos colegir lo que pasará. Sin el amparo de una persona tan virtuosa y magnánima como usted, ¿qué será de este caballerito, en quien han germinado las semillas de todas las malas ideas del día?

—Yo creo que aún es tiempo, porque, aunque ha brotado la cizaña en esa tierra malignamente fecunda, con un buen sistema de educación podrá ser arrancada de raíz esa mala hierba, y aun expurgar y purificar la mala tierra—dijo Salomé, que, desde el tiempo en que los poetas le dedicaban madrigales, había conservado gran afición á las alegorías.

—¿Qué te parece, Paula?—dijo Paz, que creía á veces que en aquella casa no podía emitirse palabra ni consejo de ningún valor, sin ser refrenado por el exequatur ortodoxo de la devota.

—Ella, que es una santa, dirá lo que se ha de hacer—exclamó Elías.

Mientras todos le pedían su opinión, la devota contemplaba el rostro del estudiante, como si quisiera leer en él su delito. Expresión de lástima afectuosa y aun de admiración ingenua brillaba en los ojos de doña Paulita, que en aquel momento parecía manifestarse naturalmente. Pero en cuanto advirtió que le pedían un consejo, recordó su misión, arqueó las cejas, y dió al viento la metálica voz con estas palabras:

—¡Oh! ¿Qué hay que consultar sobre este punto? ¿Quién dice si se debe perdonar al que ha faltado? ¿Quién hay tan poco cristiano que haga semejante pregunta? ¡Perdonar! ¿Qué es grave la culpa? Mejor: Por lo mismo necesita perdón y olvido. Y si fuera más delincuente más pronto la perdonaría.

Paz y Salomé miraron á la par á don Elías para complacerse en leer en sus ojos la admiración que había de causarle tanta sabiduría.

—¿Cómo me consultan ustedes eso?—continuó Paulita.—Digan dónde hay pecadores para perdonarlos á todos. ¿Y os priváis de la alegría de perdonar? No sólo digo á todos que le perdonen, sino también que le amen como si nunca hubiera pecado. Acordaos del hijo pródigo. Hoy es día de júbilo en esta casa, porque ha vuelto el delincuente, ha vuelto el que se creía perdido para siempre. Voy á dar gracias á Dios por haberme proporcionado el favor inefable de recibir en mi casa un delincuente cargado de culpas, de poderle decir: "levántate y no vuelvas á pecar."

Era fácil conocer en la mirada de la santa que hablaba en aquel momento con profunda verdad y gran convicción. El pecador se sintió conmovido de gratitud. Clara no hubiera hablado con tanta elocuencia; pero de seguro pensaba y decía interiormente cosas parecidas.

La devota se sonrió al concluir su homilía, acontecimiento rarísimo que hubiera sorprendido á todos, si la preocupación de aquellos momentos les hubiera permitido repararlo. El joven vió aquella sonrisa en la boca de la que juzgaba santa (y lo era), y le pareció la cosa más natural del mundo. Se sintió aligerado de un gran peso, respiró tranquilo ante aquella profesión de bondad é indulgencia, y creyó asistir al juicio supremo.

—Visto el admirable dictamen de esta santa—dijo Elías, porque es una santa, Lázaro, entiéndelo bien, te quedarás conmigo; pero en expectativa, en entredicho.

—No admito entredicho: perdón definitivo—dijo la devota.

—Bien: perdonado, pero sujeto á vigilancia. A pesar de la actitud severa de las dos damas y de su tío, Lázaro experimentó cierto descanso moral en aquella casa. Advirtió á Clara silenciosa y apartada: no alzaba los ojos, no decía palabra.

Lázaro, siempre que miraba hacia aquel sitio, encontraba los ojos negros de la devota fijos en él con tenaz atención.

La escena se hallaba dispuesta de este modo: Paz y Salomé estaban sentadas en la actitud ceremoniosa que les era habitual. A la derecha tenían á Elías, y Lázaro se hallaba frente á ellas en la postura de un reo. Detrás de las dos viejas, Clara y la devota formaban otro grupo junto á un pequeño velador que sostenía la lámpara, cuya débil luz iluminaba aquel cuadro. El resplandor daba de lleno en el rostro del joven: en la sombra quedaban Clara y la devota, y los ojos negros, profundamente negros de ésta, brillaban en el fondo sombrío de la sala con vivacidad felina. Las dos viejas, que volvían la espalda al segundo grupo, no veían nada; pero Lázaro, que estaba de frente, notaba la expresión atentamente curiosa y fascinadora de aquellos dos ojos, y se preguntaba qué podía haber en su fisonomía y en su persona que pudiera excitar la curiosidad infatigable de aquella señora.

Elías entre tanto no hubiera creído que aquel concilio ecuménico era decoroso, sin hacer un pomposo elogio de las virtudes de los tres venerandos restos de la ilustre familia de los Porreños.

—En verdad, señoras—dijo,—que no sé cómo agradecer tantas bondades. No sé á qué debo yo, persona de tan humilde origen, el que usías me traten con tanta benevolencia y me colmen de favores. ¿Qué he hecho? ¿Quién soy? ¡Ah! Usías son la bondad y nobleza misma. ¡Cómo se conocen la alteza del origen y la excelencia de la sangre! ¡Ah! ¡Usías se han puesto de ser redentoras de todos los que en torno mío me abruman á penas, amargando mi vida! ¿Y qué sería de esa pobre niña sin el amparo de usías, cuando las ideas del día han echado en su corazón tan perniciosas raíces?

La devota dejó de mirar al recién venido y dijo:

—No me la riñan más, que bastante ha padecido. Lázaro advirtió que
Clara se estremecía, poniéndose roja como una amapola.

—No me la riñan más, que bastante la han reñido—añadió compungidamente la devota.—Yo respondo de ella. Yo sé que tiene buen fondo, aunque al exterior aparezcan los defectos de las pestilenciales ideas del siglo. Yo sé que tiene buen fondo: ¿qué importan las faltas más graves, cuando van seguidas del arrepentimiento?

Lázaro advirtió que Clara hizo un movimiento, como si tratara de contradecir aquellas palabras; pero en su ceguera no supo ver, no supo apreciar que en aquel instante el alma de su amiga pasaba por el más duro trance de dolor y paciencia de que es capaz la naturaleza humana.

—Yo sé que se corregirá—continuó la devota.—¡No se ha de corregir! Grandes pecadoras ha sido santas. Animo, amiga mía. Con la vista fija en Dios, ¿qué se puede temer? Yo sé cómo se curan los males del espíritu, y mi amiga Clara aparece ya bajo la benéfica influencia de una reacción feliz. Perdonémosla también; yo respondo de que se corregirá.

A Lázaro le llenaron de confusión estas palabras. ¿Qué había hecho Clara? Estuvo casi dispuesto á levantarse, acercarse á ella y decirle en alta voz: "Clara, ¿qué has hecho?" La miró y la vió llorar; miró á todos, buscando en aquellas caras de pergamino la solución de tan gran misterio; pero ninguna le reveló la culpa de la muchacha, ni aun la cara de la devota, que, después del sermón, volvió á fijar en él, desde el fondo sombrío de la sala, el intenso rayo de su mirada escrutadora y ansiosa, suficiente á turbar á otro menos tímido.

CAPÍTULO XXIV

#Rosa mística.#

—Hoy no he rezado nada—decía la devota á Clara al día siguiente de la entrada de Lázaro en casa de las Porreñas.

Estaban sentadas las dos en el sitio de costumbre. Doña Paulita tenía en la mano nada menos que á San Juan Crisóstomo. Clara bordaba en un pequeño telar. Su cara expresaba la más calmosa y profunda melancolía. En cambio la otra parecía muy inquieta, contra su costumbre.

El observador hubiera visto moverse sus labios, deletreando en silencio la lectura mística, mientras dirigía con súbita mirada los ojos hacia la puerta, los tornaba en derredor, miraba á Clara sin fijeza, y, por último, se quedaba con la vista fija en el espacio, como cuando nos abandonamos á la contemplación de lo que no está junto á nosotros ni donde estamos nosotros. A veces parecía prestar atención á algo que pasaba fuera del cuarto; salía, se paraba en la puerta poniéndose en escucha, volvía á entrar, se sentaba de nuevo, cogía el libro santo, leía un poco, pasaba con la vista hojas enteras, miraba á Clara, murmuraba un rezo, cerraba el in folio, lo volvía á abrir, y así sucesivamente. Sin duda su espíritu vagaba sobre San Juan Crisóstomo, sin penetrar, como de costumbre, en las entrañas de la teología.

—Clara—dijo después de meditar un momento,—Clara, ¿sabes que me parece que el cuarto donde se ha puesto al sobrino del señor don Elías es un poco estrecho?

—¿Estrecho?—dijo Clara, afectando indiferencia.—No: para un hombre solo….

—¡Ah!—exclamó la devota.—¡Cómo se pervierte la juventud del día!
Porque un joven como ese, que parece tener buenos instintos … ¿No?

—Sí—contestó la otra sin levantar la cabeza.

—¿Usted no le conocía antes?

Clara, que quería guardar la más absoluta reserva, se decidió á decir una mentira. Se avergonzaba de una denegación; pero en aquellas circunstancias y en aquella casa, la verdad no sólo la avergonzaba, sino que le daba miedo. Así es que dijo:

—¿Yo? No….

—Es una lástima que se perviertan jóvenes así. ¡Ah! Pero no faltarán buenas almas que oren por ellos y les ayuden á salir de la miseria. ¿No?

—Es verdad—contestó Clara.

—Y cuando se tiene buen fondo como ese joven, es cosa fácil. ¡Ah! Pero usted me dijo que estuvo en el pueblo de donde es ese joven, ¿No estaba él allí entonces?

Clara, que no tenía costumbre de mentir, se vió muy apurada con aquella pregunta; pero evocando toda la poca malignidad de su carácter, se dominó y mintió otra vez diciendo:

—No, no estaba.

—Y allí, ¿qué decían de él?—preguntó la devota, abriendo á San Juan
Crisóstomo.

—¿Qué decían?—contestó la huérfana, mirando la labor lo más de cerca que le era posible.—Decían que era un joven muy leal, muy generoso, muy bueno y de mucho talento.

—Sí, ya se conoce que es un joven de buenas prendas—dijo la de
Porreño, abriendo á San Juan Crisóstomo.—¿Y tiene padres?

—Tiene á su madre—contestó Clara, bajándose para recoger una cosa que no se le había caído;—su madre, que es una cariñosa mujer, muy santa y muy buena.

—Pues ya … Bien se conoce que así había de ser—afirmó Paula, hojeando al santo.—Me figuro que será una mujer excelente.

—Así es.

—Bien merece ese joven que se le proteja. Cuando el alma es buena …
¿Quien no pecará alguna vez?

Al decir esto arqueó las cejas, miró el libro, hizo todos los esfuerzos imaginables para leer medio renglón, y después de emplear cinco minutos en tan importante tarea, volvió á hablar diciendo:

—¿No tiene ninguna hermana?

—No, señora.

—¡Oh!—exclamó Paulita, dejando definitivamente á San Juan Crisóstomo;—me olvidaba de mi rezo. Hermana, con la conversación de usted me he distraído. Vamos á rezar.

Pero en lugar de tomar el libro de oraciones, tomó un libro de Santa Teresa, y lo abrió maquinalmente. Clara tomó el rosario, mientras la devota empezó la salmodia con la vista fija en el libro y equivocándose á cada momento. En lugar de decir un Padre nuestro decía una Salve, y se trastornó de tal modo el rezo, que al cabo de un momento se encontraron perdidas en un laberinto sin saber en qué parte del rosario se hallaban.

—¡Ah, qué cabeza la mía!-dijo la santa deteniéndose;—pero ¡ay! con la conversación de usted me he distraído. Sigamos.

Pero en vez de pronunciar el Pater noster fundamental, que es lo que procedía para empezar de nuevo, clavó los ojos en el libro, y maquinalmente leyó:

—De dos maneras de amor quiero yo ahora tratar: uno es espiritual, porque ninguna cosa parece le toca la sensualidad ni la ternura de nuestra naturaleza; otro es espiritual, y que junta con él nuestra sensualidad y flaqueza …—Qué distracción!-observó después.

Y apartó el libro con desdén, miró al techo y se estuvo quieta un buen rato, sin dar señales de vivir en este mundo, permaneciendo tanto tiempo inmóvil y con tal profundidad extasiada, que Clara se alarmó, y tuvo al fin que decidirse á tirarle de la manga, con lo cual la devota bajó del cielo.

—¡Ay, hermana!—dijo vivamente.—Usted no sabe rezar el rosario; déme acá.

Y le quitó á Clara el rosario de las manos, lo tomó y empezó á contar las cuentas una por una con tanta escrupulosidad, que empleó lo menos diez minutos en tan difícil operación. Después rezó una Salve, á la que contestó Clara con un Pater noster: las dos se miraron. Clara tembló, porque creía que la devota la iba á reprender duramente, como de costumbre, por su equivocación, pero ¿cuál fué su asombro al ver que la santa desplegó suavemente los labios, se sonrió con una expansión inefable, que nadie, absolutamente nadie, había observado jamás en aquella casa, y acabó por reír con franqueza y desahogo, cosa fenomenal y nunca vista en tan ejemplar mujer?

Pero Clara, aunque se sorprendió mucho, no dió importancia al hecho. La otra se sonrojó ligeramente, y tomando de nuevo el libro de Santa Teresa, dijo:

—Voy á ver si encuentro un pasaje que hay aquí recomendando la penitencia. Hojeó el libro, y leyó.

Sostenedme con flores y acompañadme con manzanas, porque desfallezco de mal de amores. ¡Oh, qué lenguaje tan divino es éste para mi propósito! ¿Cómo, esposa santa, mataos la suavidad? Porque, según he sabido algunas veces, es tan excesiva, que deshace el alma de manera que no parece ya la hay para vivir y pedir flores.—No, no es esto; á ver esto otro—dijo hojeando más:—Es, pues, esta oración una centellica que comienza el Señor á encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere que el alma vaya entendiendo qué cosa es este amor con regalo.—Vamos, tampoco es esto. No he de encontrar hoy el pasaje. Sigamos, hermana, en nuestro rezo.

Empezó formalmente el rosario. Paula dijo un Dios te salve el número de veces necesario; pero al llegar al sitio del Padre nuestro, siguió diciendo Dios te salve hasta treinta veces, con tanta prisa, que no esperaba á que la otra concluyera su Santa María. Clara contestaba también muy á prisa para no quedarse atrás: así es que, por último, apresurándose una y otra, resultaba que aquello parecía una apuesta de velocidad en la pronunciación. Llegaron al fin sin aliento y muy cansadas. Paulita tuvo necesidad de respirar el aire libre, abrió el balcón y miró á la calle; hecho inusitado, cuya gravedad no comprendió Clara tampoco.

—¡Ay, que he abierto el balcón!—exclamó, comprendiendo la atrocidad que había cometido.—¡He abierto el balcón!

Y lo cerró con sobresalto, como una monja que hubiera sorprendido abierta la reja del locutorio.

—Hermana—dijo después,—¿sabe usted que he decidido no ayunar mañana?

—Hará usted bien: es usted una santa; pero no ayune usted tanto, señora: eso no es bueno.

—Tienes razón, Clarita, y yo creo que esto que tengo es causado por el excesivo celo. Bien me decía el padre Silvestre que la piedad en demasía es perjudicial, porque mata el cuerpo, sin el cual el alma no puede tener fortaleza.

—Pero, ¿qué tiene usted?—preguntó Clara un poco alarmada.

—No estoy buena—dijo la mujer mística restregándose entrambos ojos, como si los tuviera doloridos por la vigilia ó cansados de mirar.—Siento un calor aquí dentro … y una agitación … Pero es del ayuno, hermana; es del ayuno.

—Pues debe usted moderarse. Descanse unos días.

—Sí, lo haré, y esta semana no rezaré oración doble, como hasta aquí, y suprimiré horas por la noche.

—Ya lo creo. ¿No es bastante rezar una vez? Si es usted una perfecta santa.

—¿No le parece á usted que es bastante una vez?—preguntó Paula con mucha, ansiedad.

—Sí; y debe usted tratar de reponerse.

—¿Cómo ha dicho usted, Clarita? ¿Reponerme? Veo que sabe usted dar muy buenos consejos.

—Reponerse, sí … Distraerse un poco…. Salir….

—¡Salir!—exclamó la mística tan asustada, que Clara se arrepintió del consejo—¡Salir! y ¿á dónde?

—Pues … quiero decir … que usted debe procurar … pues…. Cuando se está mucho tiempo encerrada en la casa, la salud se quebranta … así es que … siempre es bueno … salir un poco….

—¡Clara!—dijo doña Paulita con la expresión de estupor y gravedad del que hace un gran descubrimiento.—¿Sabe usted que su consejo es muy sabio? No creí yo … Es verdad. Eso ¿por qué ha de ser malo? Yo siento ahora que tengo necesidad de … salir, de andar, de respirar…. Sí, es preciso.

Estaba inmutada. Parecía que en su espíritu y en su organismo se verificaba una crisis muy transcendental. Toda ella se dilataba, como si aquel día hubiera perdido de una vez la fuerza de concentración, la ligadura interna que la comprimía desde el nacer. No podemos explicarnos todavía nada de lo que por ella pasaba.

—Debe usted cuidarse, debe usted vivir—dijo Clara.

—Sí: debo cuidarme, debo vivir—repitió Paula en el tono de estupefacción que emplea el que oye por vez primera la solución concisa de un problema en que ha estado trabajando infructuosamente toda la vida.—¡Debo vivir!

En aquel momento sus ojos miraban en derredor, asombrados, asustados, con melancolía y vaguedad, como el que no ha visto nunca un horizonte y lo ve por primera vez.

Pero de repente la dama se levantó agitada, se dirigió á su reclinatorio, se arrodilló, abrió el libro de horas, inclinó el rostro hacia él, ocultándolo entre las manos, y allí quedó sumergida en profunda y concentrada meditación. Reposaba sin duda en el seno de Dios, que tenía reservado á su santa el goce inefable de vagorosos y celestiales deliquios.

Durante el éxtasis, ¿quién podrá saber lo que pasó en aquella cabeza?
Dios tan solo.

CAPÍTULO XXV

#Virgo prudentísima.#

Visitemos á los dos huéspedes del cuarto segundo en la noche siguiente á la de su instalación. Prodigioso esfuerzo del genio doméstico de María de la Paz Jesús había podido acomodar dos camas en la habitación alta.

Lázaro acababa de acostarse en la suya, tratando de reparar las fuerzas perdidas; su tío velaba sentado en el sillón de vaqueta que junto á la cama tenía, y se ocupaba en hojear unos papeles, leyendo á ratos y escribiendo un poco algunas veces.

De repente el viejo se volvía; miraba á su sobrino, que no podía librarse de cierto temor cuando veía, dirigidos hacia él aquellos dos ojos de lechuzo. Parecía querer hablar al joven de alguna cosa importante, y no atreverse por no tener confianza en su discreción. Después de la llegada de Lázaro á la casa, tío y sobrino no habían hablado nada de política. El fanático creyó que su protegido no era capaz de tener entereza y tesón para sostenerse en sus creencias. En tanto, el exaltado liberal tuvo tanto que pensar en otras cosas, que relegó á segundo término aquella cuestión, y se acordaba poco de la apostasía que su tío le había exigido.

Lázaro cedía á la fatiga, se dormía lentamente, cuando el viejo dijo con voz fuerte:

—Lázaro, ¿duermes?

—¿Qué?—contestó el muchacho, despertando sobresaltado.

—Voy á preguntarte una cosa. ¿Conoces en Zaragoza á un liberal que se llamaba Bernabé del Arco?

—Sí, señor—contestó Lázaro, que conocía y apreciaba mucho á aquella persona, orador y escritor de nota.

—Era de los exaltados, ¿eh?—indicó el fanático con mordaz ironía.

—Sí, señor: es de los que sostienen las ideas más avanzadas—contestó el sobrino, temeroso de pronunciar una palabra que ofendiera á su tío.

—Es … no: era, debes decir, porque pasó á mejor vida.

—Cómo, ¿ha muerto?

—Le han matado—dijo Elías con glacial indiferencia.—Mira la suerte que aguarda á los locos, depravados, ilusos y perversos. ¿Ves? ¡Así castiga el pueblo á los que le engañan! ¡Oh! Así deberían perecer los habladores.

El sobrino se calló; volvió el tío á su lectura, y no había pasado un cuarto de hora, cuando se dirigió de nuevo al lecho del joven que, vencido por el sueño, dormía ya profundamente, y gritó:

—¡Despierta, Lázaro!

Y despertó dando un salto, aterrado y convulso, como debemos despertar el último día, cuando suene la trompeta del Juicio. Aquel viejo le había de quitar también los únicos momentos de reposo que sus desventuras le permitían.

—¿Conoces aquí á un jovencito que se llama Alfonso Núñez, y á otro que se llama Roberto, conocido generalmente por el Doctrino?

—Sí, señor—contestó Lázaro atemorizado, por creer que también le iba á participar la muerte de sus dos amigos.

—Buenos chicos, ¿eh?—dijo Elías, riéndose como deben reír los brujos en el aquelarre.

El sobrino no contestó, contentándose con encomendar mentalmente á Dios á su buen amigo Alfonso Núñez.

—¡Tengo un plan!…—añadió el fanático con cierta satisfacción de sí mismo,—plan soberbio. Si supieras, Lázaro. Pero tú eres muy tonto y no puedes comprender esto. Son buenos chicos esos que te he dicho, ¿no? Así … muy exaltados, muy amigos de embaucar al pueblo y pronunciar discursos … pues, así como tú.

Lázaro su asustó más y comprendió menos.

—Esos chicos valen mucho. ¡Si supieras qué útiles son! Amantes de la libertad, habladores, impetuosos, entusiastas. ¡Ah! No temo yo á éstos … Lo harán bien. ¡Plan magnífico!

Después, como si se arrepintiera de haber dicho demasiado, apartó la vista de su sobrino, murmuró algunas voces incoherentes, y volvió á hojear sus papelotes, escribiendo algo y gruñendo siempre, sin dejar de gesticular como si hablara con alguien.

Lázaro miró un buen rato la lívida faz del viejo realista, que, iluminada de lleno por la luz, ofrecía fantástico é infernal aspecto. Las orejas se le transparentaban, los ojos parecían dos ascuas, y el cráneo le lucía como un espejo convexo. Los singulares objetos que le rodeaban, ó los que cubrían las paredes de la habitación, aumentaban el terror del estudiante. Aquel sillín de vaqueta, testigo mudo del paso de cien generaciones; aquellos cuadros viejos; los muebles de talla, exornados con figuras grotescas y de rarísima forma, daban á la decoración el aspecto do uno de esos destartalados laboratorios en que un alquimista se consumía devorado por la ciencia y las telarañas.

Después de cerrar los ojos, entregado por fin al sueño, el joven Lázaro continuó viendo á su tío con los objetos que le rodeaban. Representáronsele además las siniestras figuras de las señoras de Porreño; y en su soñar disparatado, lo parecía que aquellas tres figuras crecían, crecían hasta tocar las nubes y ocupaban todo el espacio: Salomé como una columna que sustentaba el cielo; Paz, como nube gigantesca que unía el Oriente con el Ocaso. Después le parecía que menguaban, que disminuían hasta ser tamañitas: Paz como una nuez, Salomé como un piñón, Paula como una lenteja. Oía la frailuna voz de la devota; veía extraños y complicados resplandores, partidos de la lámpara del viejo; veía la rojiza diafanidad de sus orejas como dos lonjas de carne incandescente; veía la enormidad de su calva iluminada como un planeta; y por último, todos estos confusos y desfigurados objetos se desviaban, dejando todo el fondo obscuro de las visiones para la imagen de Clara que, no desfigurada, sino en exacto retrato, se le representaba, alzando la vista de una labor interrumpida para mirarle. En tanto le parecía escuchar siempre una voz subterránea que clamaba: "Lázaro, ¿duermes? Despierta, Lázaro."

A la madrugada su sueño fué más profundo. Despertó á las ocho, y en los primeros momentos tuvo que recoger sus ideas y meditar un poco para saber dónde estaba y qué cosas le habían sucedido. Su tío había salido. Levantóse y se vistió. No sabía qué hora era; pero el hambre le hizo comprender que era hora de almorzar. Abrió la puerta, dirigiendo una mirada á lo largo del pasillo y á lo profundo de la escalera, y el primer objeto que encontraron sus ojos fué la figura de doña Paulita que subía lentamente.

—¿Ha descansado usted?—le preguntó con voz menos nasal é impertinente que de ordinario.

—Sí, señora: muchas gracias.

—¿No le falta á usted algo?

—Nada, señora.

—Pero querrá usted comer alguna cosa. Aquí acostumbramos desayunarnos á las siete. Es lo mejor. Pero son las ocho; mi tía es muy rigorista, y ha dicho que, puesto que usted no estuvo á las siete en la mesa, no puede almorzar. Esto es una disciplina necesaria. Bien sabe usted que sin disciplina no puede haber orden. Ahora no puede usted tomar cosa alguna hasta las dos de la tarde.

—Señora, no importa: yo …—dijo Lázaro, que era cortés, aunque estaba muerto de hambre en aquel momento.

—Pero no tema usted—continuó la devota, bajando la voz y mirando á todos lados.—Yo conozco que está usted desfallecido, y es preciso darle de comer. No salga usted de su cuarto.

Dicho esto, bajó muy ligera, procurando no ser vista. El joven sintió más encendida su gratitud hacia aquella señora, que ya había hablado en su defensa la noche anterior.

Al poco rato volvió la devota trayendo un desayuno que, aunque escaso, bastó para reponer al hambriento.

—Mi hermana no lo llevará á mal—dijo;—pero no se lo diga usted. Yo hago esto por usted, porque comprendo que en un cuerpo débil no tiene fuerzas el espíritu.

—Señora, no sé cómo pagarle tantos favores—contestó el mancebo sin mirarla.

A las siete de aquella mañana, mientras Lázaro dormía rendido de cansancio, se suscitó una gran cuestión en el comedor, sobre si sería conveniente y disciplinario llamarle para almorzar. María de la Paz decía que no; Salomé dudaba, y la santa opinaba que sí. Las razones de la primera eran: que puesto que prefería el sueño á la comida, era preciso hacerle el gusto, con lo cual se iría acostumbrando á la disciplina. En vano quiso oponerse Paulita con gran copia de razones teológicas y morales, fundadas en el principio de mens sana in corpore sano: todo fué inútil. Sus palabras, oídas con respeto, no produjeron efecto. Elías decidió la cuestión, diciendo que su sobrino, además de liberal, era holgazán, y que había de renunciar á hacer de él nada bueno. Todos callaron y comieron. Clara no era admitida á la mesa común.

Volvamos arriba. Lázaro se comía la ración con gran apetito. La dama le hacía mil preguntas, y él le contestaba procurando ser lo más cortés que el hambre le permitiera. Las preguntas eran de esta clase:

—¿Creyó usted que no almorzaría hoy?

—¡Ah, señora! no….

—Porque yo no me olvidaba de que usted estaba sin comer.

—Yo le doy á usted las gracias.

—Pero usted no se lo figuraba—decía Paulita, ansiosa de apurar aquella cuestión hasta el fin.

—No, señora; de ningún modo … yo … sí…. Pero … ya.

—Y su tío se opuso á que almorzara.

—¡Ah! mi tío—dijo Lázaro, dejando de comer,—es un…. No: es un excelente hombre.

—¡Oh, sí—dijo la devota mirando al cielo,—es un hombre ejemplar, un santo.

—Si, sí: un santo.

Lázaro, nuevo en aquella casa, no había tenido ocasión de penetrar el carácter de la persona que tenía delante en el momento de su desayuno. Por este motivo nada le llamó la atención; por eso no supo que nunca sus bellos ojos habían tenido un resplandor tan vivo, ni que jamás voz de monja alguna entonó salmodias con tan melodioso timbre como el de la voz de Paula al decir: "¿Usted creyó que no almorzaría hoy?" En ella, sin embargo, había gran naturalidad; y no es aventurado afirmar que en ningún tiempo se cruzaron sus manos blancas y finas con menos afectación, á diferencia de aquellos crispamientos de dedos que usaba tanto para acompañar y adornar sus peroraciones.

—Aquí no será permitido que le hagan á usted daño alguno—dijo en el tono de quien hace una importante revelación.—No tema usted. Si ha cometido alguna falta…

—¿Falta?—dijo el joven con tristeza.

—¿Pues no decían que era usted un gran pecador?

—¡Yo un gran pecador, señora!

—No será tanto como dicen…—continuó doña Paulita, con una sonrisa tan mundana, que no parecía puesta en boca de una santa.

—-No—replicó el joven con efusión;—no es tanto como dicen, es verdad.
Y si he de decirlo todo….

—Acabe usted—dijo la otra con mucho interés.

—Yo no sé qué falta he cometido—añadió Lázaro con melancolía.—Pero sí, faltas he cometido, no lo puedo negar….

—¿A ver, á ver, qué faltas?—preguntó con mucha ansiedad la favorita de Dios.

—Le diré á usted…—repuso él, preparándose á confesar.

—Comprendo: algún extravío de joven. La juventud está llena de peligros, y los jóvenes, si se les deja solos….

—Es verdad.

—Cuénteme usted. Yo quiero que usted se corrija. Tal vez la falta es mucho menos grave de lo que usted mismo piensa. Tal vez no pasa de ser una ligereza trivial dijo con más ansiedad é interés Paula.—Dígame usted; yo le daré consejos…. Cuénteme usted.

Lázaro permaneció pensativo un instante, y ya abría la boca para formular una contestación ó una excusa, cuando Elías se presentó en la puerta. La devota se turbó un poco; pero un momento le bastó para reponerse. El realista se quedó muy sorprendido al ver á la dama y al observar los restos del almuerzo, mientras su sobrino se avergonzaba de haberlo probado.

—Pase usted, señor don Elías—exclamó ella con su unción acostumbrada;—pase usted: aquí estoy suplicando por amor de Dios á su sobrino que no le dé más disgustos. ¡Oh! Pero él se va arrepintiendo ya de los errores de su juventud. ¿Qué extraño es que la juventud peque, entregada á sí misma, sola por espinosos caminos? Le estoy recomendando la moderación, la cortesía, la prudencia. Pero veo que usted se admira de que le haya traído de comer. ¡Ah! confieso mi falta. Pero no he podido resistir los impulsos de la compasión. He sido débil; no he nacido para el rigor, y confieso que no tengo carácter, como debiera, para sostener la rigidez de la disciplina. Si he cometido una falta, perdóneme usted.

Elías estuvo un rato sin saber qué contestar; pero tenía muy alta idea de la cristiandad de aquella señora para vacilar en probar cuanto hacía. Aquel acto le pareció una sublime prueba de caridad.

—¡Señora, qué buena es usted!—dijo.

—No es bondad, es debilidad. Conozco que hice mal.

—¡Señora, usted es una santa! Aunque él no merece lo que usted ha hecho, esto sirve para hacer resaltar más las virtudes de usted.

—¡Oh!—exclamó la elegida del Señor,—confieso que mi deber era seguir el dictamen de usted; pero no he podido resistir á un poderoso impulso de indulgencia. ¡Oh! si siempre pudiera una salir victoriosa de sí misma….

—Mira, aprende—dijo Elías, volviéndose hacia Lázaro;—mira á esa santa; aprenda lo que es nobleza, generosidad, virtud.

—No—dijo ella bajando los ojos.—Que no tome por modelo á esta pecadora.

—Aprende, Lázaro—exclamó con exaltación el fanático.—Aquí tienes á la misma virtud.

La santa hizo una gran reverencia y se marchó, dejando solos al tío y al sobrino.

CAPÍTULO XXVI

#Los disidentes de la Fontana#.

Aquella mañana no ocurrió más incidente que el que hemos descrito. Lázaro subió y bajó varias veces furtivamente y con pasos de ladrón, tratando de ver á Clara; pero le fué imposible. Esperaba verla en la comida; mas también, como el día anterior, se frustraron sus deseos.

Pusiéronse á las dos los manteles, y cada cual ocupó su sitio. La mesa era para doce cubiertos: ocupó un extremo María de la Paz, teniendo á su derecha á Salomé y á su izquierda á Elías, mientras la devota estaba erigida á la derecha de su prima. Al joven le pusieron enfrente, á tanta distancia del grupo principal, que para alcanzar su ración tenía que descoyuntarse los brazos. Sirvióse primero una sopa que, por lo flaca y aguda, parecía de Seminario; después siguió un macilento cocido, del cual tocaron á Lázaro hasta tres docenas de garbanzos, una hoja de col y media patata; después se repartieron unas seis onzas de carne que, en honor do la verdad, no era tan mala como escasa, y, por último, unas uvas tan arrugadas y amarillas, que era fácil creer en la existencia de un estrecho parentesco entre aquellas nobles frutas y la piel del rostro de Salomé. Terminó con esto el festín, durante el cual reinó en el comedor un silencio de refectorio, excepto cuando Elías dijo que tanta esplendidez le parecía dispendiosa, y elogió la sobriedad como fundamento de todas las virtudes.

Después se rezó un poco, y las señoras se retiraron. María de la Paz había adquirido en el período de la decadencia el hábito de dormir la siesta, y ya durante los últimos Agnus Dei del rezo estaba haciendo cortesías con los ojos cerrados. Lázaro subió con el mayor desconsuelo, por no haber logrado tampoco aquella vez el objeto de su constante afán. Aventuróse á bajar sin ser visto de su tío, recorrió lleno de zozobra y ansiedad el pasillo; pero nada consiguió. Todo estaba cerrado y en silencio, y sin duda los habitantes de la casa estaban sumergidos en el agradable sopor de la siesta ó en el letargo espiritual de la contemplación religiosa. Solamente Batilo, el melancólico perro, que había perdido los hábitos de su raza y no sabía ni ladrar, estaba paseando su hastío por el comedor, rasguñando de vez en cuando la puerta de un armario, donde probablemente yacían los exiguos despojos de la carne servida en la mesa aquella tarde.

Subió Lázaro desesperado, pero al ver á su tío medio dormido en un sillón, no pudo resistir á la influencia letal que en todos sus habitantes ejercía aquella región del fastidio; preparóse también á dormir, y se tendió en su cama. No habían pasado diez minutos, cuando sintió fuertes campanillazos en el piso de abajo, y después la voz de Salomé unida á otras voces de hombre, entre las cuales creyó reconocer alguna. Levantóse y se asomó á la escalera.

Eran cuatro personas que le buscaban, y la dama las dirigía al piso alto con muy mal humor. El joven reconoció entre aquéllos á su amigo Alfonso y al Doctrino. Estos y otros dos, que Lázaro no había visto nunca, subieron. Coletilla les había sentido en su sueño de lechuzo, y despertando súbitamente se adelantó hacia la puerta.

—¡Hola, ustedes!…—exclamó de repente; pero mudando de tono en un instante brevísimo, dijo con afectada frialdad ó indiferencia:—¿Qué se les ofrecía á ustedes?

Como Lázaro estaba puesto de espaldas á su tío, no vió que éste; puso el dedo en la boca é hizo una imperceptible seña al Doctrino. Después dijo haciendo un esfuerzo para aparecer complaciente:

—Ya comprendo: ustedes venían en busca de mi sobrino.

El joven estudiante tembló al pensar cuánto irritaría á su protector verla en compañía de aquellos exaltados.

—¿Por mi?—preguntó, estrechando la mano de su amigo.

—Sí—contestó el Doctrino, que comprendía lo que debía hacer.

—Sí: veníamos por ti—dijo Alfonso.—Tenemos una reunión esta tarde, y queremos que vengas á ella. Es la reunión de los disidentes de la Fontana.

Lázaro creyó que su tío se iba á poner hecho una furia al oír hablar de las reuniones de fontanistas. Pero contra lo que esperaba, le vió tan sereno como si oyera hablar de un concilio ecuménico. Tampoco tuvo la suficiente perspicacia ni la suficiente memoria para hacerse cargo de que podía haber alguna relación entre las preguntas que el fanático le había hecho la noche anterior, y la visita de aquellos amigos.

—Sí, que vaya; ve—dijo Elías.

La confusión de Lázaro aumentó; pero antes que saliera de su estupor, Alfonso le tomó del brazo, le condujo á la escalera, y poco después estaban en la calle.

Los otros dos jóvenes, nos son hasta ahora desconocidos, si bien es probable que les hayamos visto en el departamento bullicioso de la Fontana, precisamente en la noche fatal en que Lázaro fué arrojado del club. El uno de ellos, nacido en Algodonales, era de los contertulios más asiduos del barbero Calleja; y no es aventurado afirmar que intervino en la cuasi-trágica escena que en el primer capítulo referimos. Se llamaba Francisco Aldama, y por ser andaluz y bastante aficionado al trato de los lidiadoras de toros, se le llamaba Curro Aldama, ó el Curro. Doña Teresa Burguillos, feliz consorte del barbero, era un poco torpe para la pronunciación de los nombres propios, y solía llamar Aldaba al amigo y comilitón de su esposo. Era Curro Aldama ó Aldaba exaltado fontanista, de crasa ignorancia, y con aquella osadía que acompaña siempre á los necios. Se la echaba de gran patriota, y no sonaba cencerro en Madrid sin que él tomara parte en la danza.

El otro era de muy diversa condición y figura. Sus aficiones literarias le habían hecho amigo del poeta clásico que hemos conocido habitando en el olimpo de doña Leoncia, la semidiosa de la calle de la Gorguera. Allí conoció á Alfonso Núñez, con quien trabó amistad; v bien pronto, aunque las musas le fueron propicias (se estrenó en la cruz, con buen éxito, un sainete pastoril suyo, titulado Anfriso y Cenobio), dejó las musas por la política, escribió en El Universal y en El Labriego, charló en los clubs, y se decidió por el partido exaltado.

Tenía mucho ingenio, dotes de orador y periodista, pero muy poca instrucción y una ligereza invencible. Frecuentaba la tienda de Calleja y el club de la Cruz de Malta; pero últimamente se aseguraba que pertenecía á la tenebrosa sociedad de los Comuneros, aunque él lo negaba. Lo cierto es que en la Fontana sospechaban de él, no sabemos si con fundamento. Se decía que era de los alborotadores pagados por la reacción; hasta que una noche, viendo que se le miraba con desconfianza, y aun se le hicieron alusiones picantes, desertó para no volver. Este era Cabanillas, joven de educación y talento, á quien no se podía ver sin repugnancia alternando con hombres desalmados como Tres Pesetas, Chaleco y el Matutero, que hemos tenido el gusto de conocer al principio de esta puntual narración.

—Chico—decía Núñez,—¿sabes que hemos reñido con los de la Fontana?
El lance de la otra noche nos ha obligado á romper con esa canalla.
Estamos agraviados: también á nosotros nos han querido acusar como á ti;
pero hemos alzado el vuelo y estamos fuera. Vamos á formar otro club.

—Me calumniaron—exclamó Lázaro:—yo no sé qué demonio me tentó á mí para hablar aquella noche.

—Si son unos mentecatos. Nada: allí se han figurado que no hay más liberales que ellos—afirmó Núñez;—y á los que defendemos la libertad verdadera y completa, nos llaman exaltados, alborotadores, y dicen que estamos vendidos.

—Ya les arreglaremos las cuentas—dijo el Doctrino.

—Pues oye—continuó Alfonso,—nosotros vamos á fundar otro club, el verdadero club revolucionario. A esos necios de la Fontana les ha dado ahora por predicar el orden. ¡Qué orden ni qué ocho cuartos! Nosotros predicaremos la violencia, porque sin violencia no hay revolución; sin extirpar los obstáculos y arrancarlos de raíz, no se puede transformar este pueblo. Nosotros vamos á predicar la democracia; vamos á proclamar la soberanía suprema, absoluta del pueblo, á combatir el trono y á señalar los que en la gran purificación que se prepara deben ser arrancados de raíz, exterminados y concluidos. Tu vendrás á nuestro club, ¿no es verdad?

—Veremos—contestó Lázaro muy preocupado.

—Nuestra idea—continuó Alfonso,—es combatir á esos republicanos tibios que van á las Cortes y á los clubs para sermonear sobre el orden y la moderación. Exterminio á esa canalla, á esos hipócritas.

—Sí—dijo el Curro,—porque si uno se deja dominar por esos tibios, se queda uno atrás; y no están los tiempos para quedarse uno atrás. Mucho tino, que el que ahora no saca algo….

Con esta conversación llegaron á la calle de la Gorguera y á la casa de doña Leoncia; subieron al cuarto del poeta, que era el punto designado para las reuniones preparatorias del naciente club. Conoceremos el cuarto del poeta con el nombre de La Fontanilla, calificación oficial con que le designaron aquellos jóvenes.

Acomodáronse como pudieron en las tres sillas y en la cama del poeta, mientras éste se hallaba en el interior de la casa, al lado de doña Leoncia, poco atento á la política. El Curro se sentó junto á la mesa y mostró desde el principio gran deferencia hacia una botella que allí había, puesta sin duda por la previsora mano del poeta clásico.

—Vamos á ver—dijo Alfonso desde la presidencia, que era la cama:—á ver qué hacemos con esos liberales que nos calumnian y dicen que somos ebrios y agentes ocultos de la reacción.

—Combatirles con razones—observó Lázaro;—demostrar que no somos agentes de la reacción. ¿Pero en qué se diferencian sus ideas de las nuestras? ¿No son ellos liberales? ¿No aman la Constitución?

—Pero la aman á medias—dijo el Doctrino,—porque no aman el verdadero sacerdocio de la revolución, que es destruir.

—Ya se ha destruido bastante—indicó Lázaro:—hagamos lo posible por llevar aunque no sea más que una piedra cada uno al gran edificio que se ha de levantar.

—Nada de eso: sin destruir es inútil pensar en edificar. Debemos señalar al pueblo cuáles son sus enemigos, sus enemigos de siempre—dijo el Doctrino.

—Pues eso es lo que yo decía—afirmó Aldama, decidiéndose, después de grandes vacilaciones, á probar el contenido de la botella.

—Digo lo mismo—repitió Cabanillas.—Hoy estamos peor que antes: no hay otra diferencia sino algunas palabras más en nuestras bocas. Los ministros hablan de libertad, los diputados hablan de libertad, los de los clubs hablan de libertad; pero la libertad no se ve, no existe: es una farsa. Digo, señores, que prefiero á esta farsa los frailes de antes y el rey absoluto de antes.

—¿Pues eso qué duda tiene?—dijo Núñez.—No hemos conquistado más que unas cuantas fórmulas. ¿Y de eso quién tiene la culpa sino los liberales, que nos hablan del orden y vuelta con el orden?…

—¡Eso mismo decía yo!—exclamó el Curro, probando de nuevo la botella, que sin duda le había gustado.

—Enseñar al pueblo á pedir justicia; y si no se la dan, á hacerse justicia por sí mismo es lo que conviene—dijo el Doctrino.

—¡Cuánto han hablado esos hipócritas del hecho del cura de Tamajón, acusando al pueblo de que se hacía justicia por sí solo! ¿Pues qué había de hacer el pueblo, si veía que el Gobierno permitía la conspiración constante del Palacio real, y encarcelaba á los buenos liberales porque cantaban el Trágala?

—Es claro: lo que quieren es engañar al pueblo, infundirle miedo con su orden, y siempre con su orden….

—Mientras vivan ciertos hombres—dijo el Doctrino sombríamente,—nada adelantaremos. No conviene ahora decir quiénes son esos hombres que deban desaparecer; pero á su tiempo se nombrarán.

El Doctrino tenía algo de lúgubre, hablaba poco, y siempre con una lentitud melancólica que anunciaba en él pensamientos ocultos y un frío y siniestro cálculo que no quería dejar traslucir.

—Eso mismo digo yo—repitió Aldama, que estaba resuelto á no desairar la botella mientras tuviera dentro alguna cosa.

—Pues lo primero, señores—dijo Alfonso,—es constituirnos de cualquier modo que sea. Veremos si se encuentra un buen local donde podamos reunimos en mayor número.

—Nos reuniremos al aire libre si es preciso. Lo que nos importa es buscar gente, y de eso yo respondo. Pasado mañana nos congregaremos aquí, y yo traeré dos ó tres amigos, que es como si trajera medio Madrid. ¡Verán ustedes qué mozos!

—Pues bien, hasta pasado mañana, tú vendrás, Lázaro—dijo Alfonso.—Yo mismo iré á buscarte. Quiero que no te desanimes ni te aburras. El porvenir es para nosotros, chico. Hay que hacerse lugar, porque esto está perdido. Las ideas van en baja, y fuerza es que la juventud sea lo que debe ser: la iniciadora y la reveladora de los grandes principios.

—Vendré—dijo Lázaro con poca determinación. Levantáronse Alfonso y
Cabanillas, y se despidieron.

Lázaro hizo lo mismo, y los tres se marcharon. El Doctrino y el Curro quedaban allí. No es aventurado conjeturar que, al quedarse solos, la botella, á que tanta afición había mostrado Aldama, estaba completamente vacía.

Cuando se vieron solos y sintieron bajar la escalera á los otros, el de la botella dijo:

—¿Cuánto te ha dado ayer el tío Coletilla?

—Mira—dijo el otro sacando cuatro onzas y algunos doblones de un bolsillo grasiento.

—¡Ah, marrajo!—exclamó Aldama, mirando con brillantes y ávidos ojos el oro:—dame siquiera una. Debo cuatro meses de casa y más de seis duros de prestado.

—Poco á poco: no hay que despilfarrar el tesoro del Rey—dijo el Doctrino, guardándose majestuosamente en el bolsillo el erario revolucionario.

—Vamos, Doctrinillo, dámela. Ya sabes que tengo apalabrado á Perico Tinieblas, el del Portillo de Gilimón, que es hombre pintado para estas cosas. Y lo que es en la Plaza de la Cebada, no hay chalán que no sea capaz de comerse al Gobierno á una orden mía.

—No: las cosas han da ir en regla. No puedo pagar sino á su tiempo: tengo esa orden. Pero no tengas cuidado, que cuando esta asamblea principie á dar frutos…

—Dime: ¿y Alfonso Núñez, está en autos?…

—No, no sospecha nada. Es un inocente y un visionario. Es de los que se dejan matar por las ideas. Estos son los hombres que nos hacen falta: muchachos de talento y de buena fe que hablen al pueblo y le llenen de agitación.

—¿Y ese otro bobalicón que hemos ido á buscar hoy?

—Ese es chico listo también, pero de una inocencia angelical. Tenemos muchos de éstos que son los que han de hacer la mejor parte sin costar nada. Cabanillas vale; pero ese no es tan barato: está el pobre muy mal, y hay que favorecerle. Ayer le encontré llorando en la casa; me dió mucha lástima. El trabaja con repugnancia en nuestro asunto; pero no tiene otro remedio, porque está sin un cuarto.

—Pues mira que yo estoy también….

—Verás qué bien va á salir esto—dijo el Doctrino bajando la voz.—Y para entonces ya podemos contar con fondos. Los tiempos están malos, Carrillo; y si uno no se agarra á los buenos faldones…

—Eso mismo digo yo. Pero ¿me das ó no esa oncilla?

—Espérate á pasado mañana. Tengo orden de no repartir todavía.

El Curro y el Doctrino bajaron después de haberse despedido desde la puerta y á gritos del poeta clásico.

La Fontana de Oro sirvió al Rey y á la reacción más que los frailes y los facciosos, porque en ella había un cáncer que en vano trataban de cortar algunos hombres prudentes, expulsando á quien no era culpable. El cáncer de la venalidad continuó corrompiendo aquella asamblea, que no tenía un rival, sino una sucursal en la Fontanilla.