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La Fontana de Oro

Chapter 31: CAPÍTULO XXVIII
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About This Book

A historical novel set during a period of intense political and social upheaval, it follows events in the capital where street demonstrations, political clubs, and a revolutionary café become stages for competing factions. Public conspiracies and secret plots unfold alongside personal sufferings, moral dilemmas, and moments of fanatic devotion; religious institutions and inquisitorial practices intervene in public life. The narrative shifts between crowded public scenes and intimate trials, examining themes of idealism, betrayal, the collision of tradition and reform, and the human cost of political engagement, presented in a succession of episodic chapters that interlace historical incident with private drama.

CAPÍTULO XXVII

#Se queda sola#.

Cuando Lázaro volvió á su casa, tembló en presencia de Coletilla. Pero bien pronto su terror se trocó en sorpresa al ver que, lejos de mostrarse indignado el viejo por haberle visto en compañía de los frenéticos de la Fontana, estaba un poco menos adusto que de ordinario, y hasta llegó á manifestar cierta benevolencia, que era en él cosa muy rara.

Aquella noche y á la mañana siguiente volvió Lázaro á intentar la difícil empresa de ver á Clara. Era cosa imposible, porque el sistema de clausura empleado en la joven por sus tres carceleras, por aquel Cerbero femenino de tres cabezas y tres cuerpos, era inexorable. Clara vivía peor que un cenobita, peor que esos prisioneros de que hablan las historias antiguas, sepultados en vida, cuerpos vivos para el dolor y los horrores de la soledad. ¡Dios tenga piedad de esta infeliz!

Pero si Lázaro no podía verla, el abate Carrascosa pudo aquel día, con permiso de la devota, entrar á enterarse de la salud de su señora doña Clarita; y al hallarse con ella, sacó un papel del bolsillo, y haciéndole señas de que callase, se lo dió á la joven furtivamente. Sin decirle una palabra, salió.

Clara se puso como la grana; su primer pensamiento fué romper la carta; pero le ocurrió que podía ser de Lázaro. Tal vez el pobre muchacho se había decidido á escribirle, no pudiendo verla, y se valió del abate, que era sin duda su amigo. Guardó en el seno la carta, y esperó.

La devota no tardó en venir, y se sentó junto á ella.

—¿No sabe usted—dijo—que vamos esta tarde á la procesión del
Divino Pastor?

—¿Sí?—contestó Clara maquinalmente.

—Sí; pero usted no va. Han resuelto que se quede usted aquí, porque las jóvenes que están en penitencia no deben salir nunca de casa. ¿No piensa usted lo mismo?

—Lo mismo—dijo Clara, temblando por miedo de que le conocieran en el semblante que tenía una carta escondida.

—Vamos al balcón do una amiga nuestra, desde donde se ve todo perfectamente. Estará muy vistoso. De San Antón salen tres imágenes, y dicen que es también muy probable que salga el Cristo de las Llagas de la capilla de Santa María del Arco. Todo esto pasa por la calle de San Mateo, á donde vamos nosotras.

No dijo más. Ya estaba arreglada para salir. Su vestido era el de las grandes solemnidades, el mismo de otras veces; pero ¡cosa singular! su toca estaba plegada en la frente con cierta presunción de monja novicia, presunción que no carecía de gracia. Su mantón, cuyo velo impenetrable le cubría otras veces completamente el rostro, aparecía ahora echado hacia atrás con una franqueza que el rígido dominico de la antigua casa de los Porreños habría calificado de desenvoltura.

Si Clara hubiera estado menos preocupada en aquel momento y tenido un carácter más observador, sin duda se habría de admirar al ver á doña Paulita afectada de distracciones intermitentes; habría notado que se sonreía con frecuencia, moviéndose sin cesar; que después se ponía muy triste, permaneciendo quieta y como abstraída; que luego le daba una especie de acceso de despecho, crispaba los nervios y cerraba los ojos, erguía el cuello y parecía atenta á ruidos lejanos, no escuchados de otro alguno. Aún hay más: si Clara no hubiera tenido el rostro tan inclinado sobre la costura como de ordinario, habría reparado que la devota se levantó, y acercándose á un pequeño espejo de cristal de roca (obra admirable del siglo XVII, adquirido en Venecia por el undécimo Porreño), se estuvo mirando por espacio de tres minutos con singular atención. Hay pruebas irrecusables de que jamás en ningún tiempo había reflejado la histórica superficie de aquel espejo la faz de la dama. También sabemos que aquella no era la primera vez que se miraba; que la noche anterior y el día anterior se había mirado también, observándose, sobre todo por la noche, con gusto y calma. Es indudable que medio cerró los ojos para verse no sabemos con qué grado de luz, y que recogió después los labios, mostrando á la curiosidad insaciable del cristal lisonjero las dos blancas y nacaradas filas de sus hermosos dientes. Este fenómeno nos ha obligado á trabajar mucho para descifrar ciertos misterios, cuyo conocimiento es necesario para la continuación de esta historia.

En el otro cuarto, María de la Paz y Salomé habían exhumado de las profanas gavetas unas vetustas vestiduras de seda valenciana, que habían sido en mejores tiempos elegante ornato de sus personas. Suspendieron en sus cabezas sobre solidísimas peinetas la mantilla negra de pesados encajes, y Paz abrió una pequeña caja de cartón en figura de ataúd, que aun conservaba el perfume fiambre de las guanterías de 1790, y de esta caja sacó un abanico de doscientas varillas que, al desplegarse como la cola de un pavo real, hacía más ruido que una perdigonada. Salomé se colgó en la muñeca de la mano izquierda un ridículo, donde puso, además de sus espejuelos, un frasquito de esencia y otras baratijas.

—¿Y dejamos aquí á ese joven?—dijo Paz, mirando á su hermana con estupor.

—¿Cómo? No es posible—contestó la del ridículo con espanto.—Si queda
Clarita en casa….

—¡Qué horror! Hay que llevar con nosotras á ese joven….—Pero ¿qué dirán?…

En esto entró la devota. Elías andaba por allí cerca.

—¡Qué dirán si llevamos con nosotras á ese joven!…—continuó Paz.

—¿A ese joven? …—repitió Paulita.

—Sí: ¿qué dirán? ¡Jesús!—exclamó Salomé.

—Nada dirán—manifestó la devota, mirando para otro lado.—Es un servidor, un caballero que nos acompaña. Y, sobre todo, el mal está en las intenciones, no en las apariencias. ¿Qué pueden decir? Nosotras, es verdad que no necesitamos caballeros; pero no es indecoroso que ese joven nos acompañe. ¡Oh! No atendamos tanto á las preocupaciones del mundo.

—Pero si á ese joven le conocen por libertino—dijo Paz—y le ven con nosotras….

Ante este argumento vaciló un momento la mujer mística, y casi no supo qué contestar. Pero no era persona que se dejaba vencer fácilmente en una disputa, y tomando fuerzas, prosiguió:

—¡Oh fragilidad de las cosas mundanas!…No temamos al qué dirán. Sobre todo, yo no creo que ese hombre sea un libertino. (Elías había entrado, y escuchaba con mucha atención á la devota.) Tiene buen corazón, y si ha cometido algún error es por falta de experiencia y de guía. Pero yo le he comprendido bien, y sé que se enmendará, si ya no se ha enmendado, y está derramando lágrimas ocultamente por sus yerros pasados. Que venga.

Elías no la dejó concluir. Arrebatado de entusiasmo, alzó los brazos y gritó:

—¡Lázaro, Lázaro!

Antes que Lázaro llegara, el realista se lanzó fuera, y le trajo ó, más bien, le arrastró.

—Arrodíllate ahí—le dijo con voz fuerte, presentándolo ante la devota.—Arrodíllate delante de esa santa. Ha dicho que tienes buen corazón.

Lázaro estaba perplejo, las dos viejas absortas, la devota satisfecha y
Elías entusiasmado. Que quieras, que no, el joven tuvo que hincarse.

—Híncate, hombre, híncate—dijo el tío.—Ahora bésale la mano.

Lázaro, que sin darse cuenta obedecía las órdenes violentas de su tío, besó respetuosamente la mano de la santa, y la tuvo estrechada un momento entre las suyas.

—Prostérnate ante la virtud—decía Elías;—tú, pecador indigno de ser perdonado. Ha dicho que tenías buen corazón. No, señoras: no lo tiene.

Doña Paulita hizo esfuerzos heroicos para aparecer con cierta dignidad arquiepiscopal en el momento en que Lázaro le besaba la mano, arrodillado ante ella; pero su decoro de santa fué vencido por lo mucho que empezaba á tener de mujer. Cuando sintió los labios del joven posados sobre la piel de su mano, tembló toda, se puso pálida y roja con intermitencias casi instantáneas, y una corriente de calor ardientísimo y una ráfaga de frío nervioso circularon alternativamente por su santo cuerpo, no acostumbrado al contacto de labios humanos.

Después de una pausa, principió á recobrar su aplomo y dijo:

—¡Qué locura! ¡Santa yo! Levántese usted, caballerito (no se atrevió á decir joven.) No he dicho más sino que confío en que tendrá buen juicio y se enmendará.

—¿Pues no ha dicho que te perdona las faltas que has cometido? ¡Qué virtud! ¡Qué heroísmo cristiano!—exclamó Elías.—¿No te anonadas? Pero, hombre, levántate: ¿qué haces ahí de rodillas?

El joven se levantó, mientras Paz ponía fin á esta vehemente y conmovedora escena, diciendo fríamente y con desdén: "Vámonos".

—Prepárate á acompañar á estas señoras—dijo Coletilla.

Al estudiante le contrarió mucho este mandato. El había oído decir en la mesa aquella mañana que Clara no iría á la procesión, y había formado sus proyectos para verla aquel día. La obligación de acompañar á las tres señoras le pareció la mayor desgracia que podía ocurrirle aquel día. ¿Pero cómo era posible resistir á las órdenes de aquel tirano? Lleno de despecho tomó su sombrero y bajó con las tres ilustres ruinas, que se llevaron una de las llaves de la casa, dejando á Clara la consigna de no salir del cuarto. Elías, que quedaba también en la casa, tenía la otra llave.

No hacía cinco minutos que las Porreñas navegaban hacia la calle de San Mateo, cuando llegó el abate Carrascosa muy presuroso y tocó á la puerta.

Elías bajó á abrirle.

—Venga usted, amigo; venga usted al momento—le dijo con agitación.

—¿Pero á donde, hombre, á donde? Está la casa sola. No puedo salir.

—¿Que no puede usted salir?-dijo el abate asombrado.—Pues buena la hace usted si no sale al momento y viene conmigo á donde yo le lleve.

—¿Pues qué hay, Carrascosa?

—Venga usted, y hablaremos por el camino.

—Hombre, la casa….

—Qué casa ni qué ocho cuartos. Cierre usted y vámonos.

—Queda aquí esa muchacha.

—Pues déjela usted encerrada y venga, porque esto no es cosa para andarse con peros….

—¿Pero qué hay? Sepámoslo.

—Hay que si usted no viene ahora mismo conmigo á la Fontanilla … ya sabe usted … el club de esos muchachuelos…. Si usted no viene conmigo, va á haber un conflicto.

—¿Pero qué es ello, hombre?

El abate no había inventado de antemano la mentira que necesitaba emplear para salir de la casa de Elías: así es que se vió aturdido por un momento; pero su astucia frailesca no le faltó.

—Pues parece que esos chicos están alborotados, y dicen que usted les ha engañado: que usted no tiene poderes de … de aquella persona; que usted….

—¿Que no tengo poderes?—dijo Elías.—Cuidado con los niños.
¡Liberalitos al fin!

—Y parece que quieren armar un alboroto esta noche—dijo Carrascosa, seguro ya de la mentira que había de encajarle.

—¡Esta noche!—exclamó Elías, llevándose las manos á la cabeza. ¡Esos chicos están locos! Lo van á echar todo á perder…. Pero quién les ha dicho que esta noche. ¡Vaya con los niños! Pero voy allá al momento.

—Venga usted, porque si tarda….

—Voy, voy al momento. Cerraré la puerta y me llevaré la llave. No importa. Las señoras tienen otra.

—Vamos.

El abate había conseguido su objeto, que era alejar á Coletilla de la casa aquella tarde, para que Clara se quedase sola. En tanto las esfinges se acercaban al término de su viaje, y Lázaro las seguía, revolviendo en su mente el plan que en un momento de colérica inspiración había concebido. Consistía este plan en dejar á las tres ruinas en medio de la calle, cuando ellas estuvieran más distraídas con la procesión, y volver atrás. Pero esto tenía sus inconvenientes. ¿Cómo entraba en la casa? ¿Rompiendo la puerta? ¿Y su tío que estaba dentro? Terrible era aquella situación. ¡Vivir con ella y no verla! Oir que continuamente imputaban á aquella infeliz faltas y crímenes inauditos, y no poder acercarse á ella y preguntarle. "¿Qué has hecho?".

Las tres Porreñas marchaban acompasada y pomposamente, sin proferir una palabra. Así llegaron á la casa desde donde habían de ver pasar la procesión, que era la casa de un clérigo llamado don Silvestre Entrambasaguas y de su hermana doña Petronila Entrambasaguas.

CAPÍTULO XXVIII

#El ridículo.#

Era don Silvestre un clérigo carilleno, bien cebado, grasiento, avaro, de carácter jovial, algo tonto, mal teólogo y predicador tan campanudo como hueco. Su hermana era una dueña quintañona, gruesa y muy pequeña, con la nariz del tamaño de una almendra y del color de un tomate, abultadísimo el pecho, y el talle y las caderas tan voluminosas que le daban el aspecto de un barril. Las tres ruinas aristocráticas no hubieran nunca descendido en sus buenos tiempos á tratarse con aquel par de personas de baja extracción (porque eran hijos de un tocinero de Almendralejo, y él cuidó cerdos en las dehesas de Badajoz hasta que entró en el Seminario); pero en los tiempos de decadencia podían visitarse y tratarse, aunque siempre con cierto decoro, y estableciendo tácitamente la diferencia de las antiguas jerarquías. Se habían conocido en el locutorio de las Góngoras, en cuyo convento existía una monja perteneciente al linaje de los Entrambasaguas. La amistad de las Porreñas y don Silvestre y su hermana llevaba ya cuatro años de mutuas cortesías, de mutuas fórmulas urbanas y de confianzas decorosas.

Tomaron asiento las tres, y enteraron á sus amigos de quién era aquel joven que decorosamente las acompañaba. María de la Paz, en su afán de decirlo todo, expuso, con su lucidez acostumbrada, que aquel caballerito había estado en el camino de la perdición á causa de las malas compañías; pero añadió que ellas le protegían, y esperaban lograr traerlo al buen camino.

—¿De dónde eres, muchacho?—dijo el padre, que era muy brusco, muy francote, y trataba de á todo el mundo.

—De Ateca, en Aragón.

—¿Ateca? ¡Buena tierra! ¡Buenos torreznos! ¡Buena fruta!… ¿Y no estudias, hombre, no estudias?

—Sí, señor: estudio para abogado.

—¡Bueno está eso!—dijo el clérigo con risa brutal. ¡Abogado! ¿De qué sirve eso? ¿Por qué no estudias Teología y Cánones?

—Algo de eso estudié en Zaragoza.

—¡Zaragoza! ¡Buena tierra! Buen carnero, buen lomo; pero no como en mi tierra, en Extremadura … porque yo soy extremeño. Dime, ¿por qué no has estudiado para cura?

—Porque no tengo vocación para esa carrera.

Doña Paz hizo un gesto de sorpresa y reprobación, como si el joven hubiera dicho una gran irreverencia. Después, acumulando en su rostro todos los rasgos de desdén y acritud de su gran repertorio, dijo:

—¡Ah! señor don Silvestre, con mucha razón le sorprenden á usted los despropósitos de este joven; pero no tiene usted en cuenta que ha vivido hasta hace poco en el más lamentable extravío. Ya se corregirá; hay una persona que ha tomado á cargo su educación, y creemos que logrará el intento.

—¡Que no tenía vocación!—exclamó Entrambasaguas con voz de trueno:—eso es una irreverencia.

El estudiante bajó los ojos aturdido ó indignado. Después miró como único consuelo á la devota, por ver si, como otras veces, salía á defenderle; pero la devota, que miraba también con atención contemplativa, pensaba en otra cosa que en defenderlo.

—Mi señora doña Paulita—dijo el clérigo dirigiéndose á la rosa mística,—¿sabe usted que he leído el libro De albigensium erroribus, y estoy conforme con lo que dice el Padre Paravicino, que pietas in pietate contra ecclesia nulla contemnere pios? ¿Qué le parece á usted esta opinión? Porque a doemonio numquam salus inveniatur. Vamos, diga usted que es gran teóloga.

Paulita no contestó; y otro menos bruto que el Padre Silvestre hubiera comprendido que aquella extemporánea consulta teológica la contrariaba mucho en tal momento. El instinto femenino se sublevó allí contra toda la unción consuetudinaria de la santa. No contestó, y ¡cosa singular! la que siempre se había ruborizado cuando en presencia de los curas le hablaban de cosas mundanas, se ruborizaba ahora porque la hablaban de Teología.

—Yo no sé … yo no entiendo … yo no he leído ese libro—contestó al fin, viendo que el majadero de Entrambasaguas repitió su pregunta, adornada con dos ó tres festones más de latín.

—¿Pues no me lo recomendó usted aquel día que hablamos en el locutorio de las monjas con el obispo de Calahorra, cuando dijo usted aquello de San Dionisio Areopagita, que empieza …? ¿A ver cómo empieza? ¿No se acuerda?

—Yo no—dijo la devota, muy colorada y muy inquieta, por no hallar pretexto para mudar de conversación.

—¿Pero no me recomendó usted ese libro De albigensium erroribus? Si me dijo usted que era lo mejor que se había escrito …—insistió el majagranzas del clérigo.

Un rumor popular y el áspero tañido de los fagotes vinieron á sacar de apuros á nuestra amiga anunciando la procesión. Se dispuso ocupar inmediatamente los dos balcones: en uno se colocó el clérigo con María de la Paz y Salomé; en otro se colocó la gorda, doña Paulita y Lázaro. Un enorme tiesto, donde crecía con extraordinaria lozanía una adelfa, estorbaba la comodidad de estas tres personas. La gorda estaba en medio, y era imposible acomodarse con holgura á causa de doña Petronila y de la adelfa. Pero al fin, después de mil cumplimientos, la devota se encontró en medio, teniendo á la derecha á Lázaro y á la hermana del clérigo á la izquierda.

La procesión empezó á desfilar. El clérigo hablaba por los seis, y hablaba tan fuerte, que los transeúntes se quedaban mirando á los balcones. Algunos de los curiosos notaron en el rostro de doña Paulita una muy grande agitación, y el autor de este libro, que era uno de los que pasaban, notó con sorpresa (porqué conocía de oídas su carácter) que entre la frente de la dama y los cabellos del joven, no había otra cosa que algunas hojas y una flor de la adelfa criada en el balcón. Lázaro no atendía al gentío ni á los santos ni á nada. El despecho por encontrarse allí mal de su grado le ocupaba todo.

En el otro balcón hacía don Silvestre detallado relato de las cofradías, pendones, estandartes, imágenes y corporaciones que iban desfilando. Salomé ostentaba en su muñeca el ridículo, que caía sobre el antepecho del balcón, ofreciendo al asombro del numeroso público los vivos colores de sus mostacillas azules y de sus lentejuelas doradas. Era el tal ridículo primorosa obra, en cuya elaboración tomaron parte las delicadas manos de su dueña; obra del siglo pasado y del año 94, en que la dama lo lució en los paseos de la Florida los días de invierno, con gran aceptación de la juventud de entonces. Salomé profesaba mucho cariño á aquella prenda, porque le parecía que al ceñirla á su muñeca llevaba consigo un amuleto de perpetua juventud.

—Se te va á caer—le dijo su tía, viendo cómo se balanceaba la prenda sobre el antepecho del balcón.

—No se cae—dijo Salomé, que gustaba mucho de lucir en las grandes solemnidades aquel mueble hereditario, y creía que desde la calle hacía un efecto magnífico.

La ordenada turba de monagos, clérigos, cofrades, archicofrades y penitentes seguía desfilando. La gorda y su hermano se hacían lenguas cada vez que pasaba un estandarte, una cruz. El codo de Lázaro tocaba el codo de la devota, y ésta tenía cruzadas las manos, y la cabeza inclinada á un lado, porque sin duda le halagaba el suave roce de las adelfas. Después se pasó la mano por los ojos como si se apartara un velo imaginario.

Cuando la procesión estaba en su lleno, digámoslo así, un grito resonó en el balcón inmediato. ¡Oh dolor! El ridículo de Salomé había caído á la calle.

—¡Y está en él la llave de la casal—dijo Paz con terror.

Lázaro no necesitó oír más; su determinación fué rapidísima. Se quitó del balcón, y dijo vivamente:

—Voy á buscarlo.

El ridículo cayó sobre las cabezas de los transeúntes; pasó de mano en mano, y fué arrastrado por la multitud do tal modo, que un momento después de caído estaba á gran distancia. Lázaro, que vió esto, bajó rápidamente, llegó á la calle y atravesó, con mucho trabajo, por entre la multitud. Su determinación era decisiva.

—¡Qué feliz coincidencial—decía para sí.—Allí está la llave: la tomo, corro á la casa, abro; el viejo debe estar arriba durmiendo la siesta: entro, la veo, la hablo, la digo … qué sé yo lo que le voy á decir … y me vuelvo á escape. Si las viejas sospechan, inventaré cualquier mentira. No hay más remedio.

Al fin llegó jadeando y con mucha fatiga al extraviado ridículo. Lo tenía una mujer que lo estaba registrando, y viendo, que no contenía cosa de valor, no parecía mostrar gran empeño en conservarlo. Lázaro lo tomó. El oleaje del gentío le había llevado á gran distancia de la casa de Entrambasaguas. Desde el balcón no podían verle. No dudó más, y echó á correr por una de las calles transversales hacia la casa.

La ansiedad propia de la situación y la marcha precipitada le agitaron de tal modo, que tuvo que detenerse para respirar. Por fin la vería sin duda. Llegó á la casa, entró, subió la escalera; pero antes de resolverse á abrir se detuvo, y necesitó apoyarse en la pared, porque la agitación le había quitado las fuerzas. Pensó que ella se asustaría al verle entrar tan descompuesto, al sentir abrir la puerta. Por fin, con la mayor cautela, puso la llave en la cerradura, le dió vueltas y abrió muy quedo. Entró, volvió á cerrar y dió algunos pasos. Era ya tarde: la casa estaba obscura; no veía nada. Anduvo á tientas un rato. Al fin distinguió los objetos, y siguió por el pasillo.

Silencio sepulcral reinaba en la casa. "Sin duda don Elías duerme arriba"—pensó, y siguió andando hasta acercarse á la puerta del cuarto donde Clara debía estar. "Para que no se asuste" pensó Lázaro, trémulo de emoción, como quien va á cometer un crimen,—lo mejor será acercarme á la puerta y llamarla muy quedito. "Así no se asustará." Avanzó más, llegó á la puerta, y tomando aliento para pronunciar las dos sílabas de aquel nombre que amaba tanto, se paró, y con voz baja y conmovida dijo: "Clara."

Pero en el instante mismo en que pronunció esta palabra, se estremeció de sorpresa y terror. Un frío intenso circuló por todo su cuerpo; toda la sangre se le agolpó al corazón, que latía con violencia desenfrenada, y quedó inmóvil como estatua junto á la puerta. En el momento de pronunciar el nombre de Clara, había sentido dentro de la habitación una voz de hombre, una voz de mujer y pasos precipitados. Pronto veremos lo que hizo.

CAPÍTULO XXIX

#Las horas fatales.#

A las cuatro de aquella tarde, cuando, después de salir las tres damas, Clara se encontró sola, quiso satisfacer su curiosidad leyendo la carta que le había dado el abate; pero observó que Elías andaba por el pasillo: tuvo miedo, y la guardó. Media hora después, habiendo Coletilla salido con Carrascosa, se quedó sola, enteramente sola y encerrada. Entonces abrió la carta. Era sin duda de Lázaro, y casi sabía punto por punto lo que había de decir. Pero su sorpresa fué grande cuando miró la firma y vió: Claudio.

—¡Claudio! ¿quién es Claudio?—exclamó con la mayor confusión.

La carta decía así:

"Ya te he devuelto, amiga mía, á ese joven prisionero á quien tanto quieres. Yo le he sacado de la cárcel, donde el infeliz estaba á punto de morirse de hambre y de frío; le he sacado tan solo porque es tu amigo. Ya sabes que tú y yo somos también verdaderos amigos. Ese joven parece que te quiere bien; pero no como yo, que te idolatro; y tan desventurado soy ausente de ti, que hoy voy á intentar verte y hablarte entrando por una casa vecina. No te llame la atención: estoy decidido. Por mí han salido esas tres viejas; por mí ha salido Elías; por sí ha salido Lázaro. Estás sola y encerrada; encerrada para todos menos para mí, que te veré esta tarde. No tengas miedo: sólo quiero verte y hablarte. Te lo asegura, te lo promete el que te adora.—Claudio."

—¡Claudio!—dijo Clara doblando la carta:—¿quién es este hombre? ¡Y quiere entrar aquí! ¡Jesús, qué miedo! ¿Qué debo hacer? ¿Cerrar las puertas?

Clara empezó á temblar de miedo; no podía tomar resolución ninguna. Por fin evocó todo su valor: se dirigió á la puerta que daba al pasillo, y le echó el cerrojo; después corrió á la puerta que comunicaba con la habitación inmediata con intento de cerrarla también; pero ya era tarde, porque Bozmediano entró muy tranquilo en el cuarto.

—¡Jesús!—exclamó Clara, retrocediendo con espanto. Váyase usted, por
Dios. ¡Qué atrevimiento! Pero no pudo seguir, y se echó á llorar.

—¡Váyase usted…. Si vienen…. Por Dios, señor caballero (no se acordaba del nombre). Váyase usted…. Usted es muy bueno y me dejará sola. Si vienen ahora, ¿qué van á decir?

—No vendrán: tranquilízate—dijo Bozmediano algo contrariado por aquel recibimiento.—Somos ya verdaderamente amigos. Hoy vengo á hablarte, á verte. Ya sabes que me he declarado tu protector.

En el sistema amatorio de Bozmediano estaba el tutear á las muchachas á la tercera entrevista.

—Yo no quiero que usted me proteja. Si estoy muy bien aquí—afirmó
Clara con angustia.

—¿Bien aquí?—dijo el militar, cerrando los puños. ¿Bien aquí? Como que voy á ahorcar á esas tres arpías que te están martirizando. Cuando pienso que un viejo fanático y tres mujeres ridículas están hoy en el mundo sólo para mortificarte y asesinar lentamente á la más noble y amable criatura que ha nacido.

—Si á mí no me atormentan—dijo Clara, cuya atroz inquietud se manifestaba en un llanto entrecortado, que acobardó por un momento al galán aventurero.—Váyase usted, por Dios, yo se lo ruego, se lo pido por Dios y todos los santos.

—¿Irme sin ti? Eso no puede ser.

—Jamás consentiré yo en salir con usted—exclamó la joven con resolución.—Váyase usted, señor caballero (otra vez no se podía acordar del nombre): usted es muy bueno, yo lo sé. Pero si tarda un momento más en marcharse, le odiaré toda mi vida. Váyase usted, por piedad.

—Y si me voy, ¿qué va á ser de ti, pobrecilla?—dijo Bozmediano con melancolía.—Si yo te abandono, ¿qué va á ser de ti en poder de estos cuatro demonios? ¿Cómo he de consentir el crimen espantoso de este encierro, de esta soledad, de este marasmo, de esta tortura lenta que te aplican esas infames? No, Clara: tú me conoces muy bien en las pocas veces que me has tratado para saber que yo no puedo consentir tal cosa. Si yo te abandono, pasará un día y otro día sin que nadie se atreva á hacer cosa alguna para salvarte. Ese joven, á quien yo he sacado de la cárcel, tiene una imaginación disparatada; pero no resolución ni ánimo para sacarte de penas. Esta es la verdad: no esperes nada de quien nada puede ni nada sabe hacer por ti. Créeme: no tienes más esperanza que yo. Y por mi parte, seguro estoy de que no te opondrás á mi resolución, que no tiene más objeto que tu felicidad.

—Pero si yo no quiero que haga usted mi felicidad dijo Clara más inquieta.

—Pues entonces, ¿quién la va á hacer? Huérfana, sola en el mundo, rodeada de enemigos y de malvados, sin que haya nadie que se interese por ti….

—¡Oh!—dijo la huérfana vivamente, creyendo encontrar un gran argumento:—sí, sí tengo quien se interese.

—No, no lo creas, no. Ese joven no hará nada: le conozco, conozco su carácter. La prueba es que vive aquí hace días, que sabe tus sufrimientos y nada ha hecho por aliviarlos. ¿Ha intentado algo? No: yo sé que no. No se atreve.

—¿Que no se atreve? Sí, sí … Pero váyase usted, por Dios. Si vienen … No se detenga usted un momento más; yo se lo ruego. Me va usted á perder.

—Clara, Lázaro no hará nada por ti. Su imaginación está embebida en la política. No esperes nada de él.

—Sí, sí espero: me salvará. Estoy segura de ello—dijo dolorosamente la joven.

—¿Por dónde lo sabes?

—El mismo me lo ha dicho.

—¿El? No puede ser. Yo dudo que haya podido verte, según me han dicho.

—Pero me verá, me salvará. Yo no necesito de usted.

—Sí necesitas de mí. Tengo esa vanagloria, única recompensa del grande amor que te tengo—dijo Bozmediano con expresión clarísima de verdad.

—Pero si yo no le quiero á usted ni le puedo querer. No le he visto más que dos veces, y eso sin mi licencia.

—Ese poco tiempo ha bastado para que te quiera yo.

—Yo se lo agradezco á usted; pero cuando se vaya dijo la huérfana.—¡Qué modo tan raro tiene usted de favorecerme, asustándome de esta manera y comprometiéndome! ¡Ah! Váyase usted, por Dios. Van á llegar y le van á ver aquí. ¡Jesús, qué hombre!

—No vendrán. La procesión es larga.

—¿Pero si viene él?

—¿Quién es él?

—El viejo.

—Ese primero muere que venir.

-¿Pero si le ve á usted la vecindad? Y, sobre todo, aunque no le vean
… Yo no quiero que esté usted más tiempo aquí; no le quiero ver.

Clara estaba tan consternada y era tan resuelta su actitud, que Bozmediano empezó á dudar del éxito de su aventura, y estuvo un rato indeciso.

—Clara—prosiguió sentándose con familiaridad,—tu no me conoces. No sabes de lo que yo soy capaz. Yo soy capaz hasta de sofocar mis sentimientos haciendo por tu felicidad el sacrificio de la mía. Tú no me conoces, ni aciertas á juzgarme, ni ves en esta empresa que acometo otra cosa que una intención dañada y vil. Si viera junto á ti á alguna persona capaz de sacarte de esta miseria, no me opondría á que me dijeras, como me has dicho, que no me quieres ver. Yo dejaría entonces á otro el orgullo de quererte y hacerte feliz; pero esto no es posible. Tu situación es tan desesperada, que quiero salvarte á pasar tuyo, arrostrando hasta tu ingratitud, que es lo que más temo. Si me ves aquí, es porque nadie existe en esta casa que pueda ampararte.

—Bien: yo lo agradezco, señor caballero; pero déjeme usted. ¡Ay! Si
Lázaro sabe que ha estado usted aquí….

—Si lo sabe, nada le importa. El no piensa más que en política; ni en aquella cabeza hay la discreción y la astucia que tú necesitas para salir de aquí. En aquel corazón no caben más que las desenfrenadas y vulgares pasiones del pueblo, capaces tal vez de un hecho notable, pero inútiles para consolar á un ser débil y delicado.

—Sí, él me salvará: yo lo sé—repitió Clara un poco menos asustada y más triste.—No, no lo esperes.

—Sí, lo espero. ¿Por qué no lo he de esperar? ¿Por qué me dice usted eso? ¿Qué sabe usted lo que él puede hacer por mi?

—¿Pero es posible que le quieras tanto?—dijo Bozmediano, que no creía encontrar tanta firmeza.

—Sí, le quiero. Pero usted, ¿á qué me pregunta esas cosas?

—Lo pregunto por saberlo—dijo con mucha calma el militar.—Ahora repito que tú no sospechas de qué acciones soy yo capaz. ¿Creerás que es posible, si me pruebas que le quieres tanto, que yo le comprenda en esta protección generosa que te consagro, y me interese por los dos tanto como ahora me intereso por ti? Pero falta una condición para esto. Dudo mucho que él te quiera como tú mereces, y si es como yo sospecho, le creeré un hombre indigno y le apartaré de ti cuanto pueda. Le saqué de la cárcel para probarte que procedo en estas cosas, como en todo, con buena fe y caballerosidad. Cuando te vi por primera vez, y comprendí lo que era tu vida, la poca esperanza de tu porvenir y la bondad de tu corazón, me dió tanta lástima, que … no sé … casi te amé desde aquel momento como ahora. Para mí fué entonces el amor tan poco egoísta, que no entraba para nada mi persona en las cavilaciones que día y noche ocupaban mi imaginación. Después supe que existía, un joven á quien tú querías mucho; supe que este joven estaba preso y le puse en libertad por ti y para ti. Nunca tuve intención de apartaros á los dos; al contrario, mi deseo era uniros si él lo merecía. Pues bien: yo me he convencido de que él no merece tal cosa y es indigno de ti. Clara no supo qué contestar á estas palabras. Y á la verdad que no era fácil conocer si tan elocuente expansión de bondad y afecto era verdadera ó simplemente un ardid galante de los que también usan los seductores.

—Sí; pero entre tanto—dijo la muchacha,—usted me compromete; usted me pierde para siempre. Si viene alguno de la casa y lo ve, ó descubre que ha entrado aquí….

—Nadie lo puede descubrir…. ¿Pero es cierto, Clara que quieres tanto á ese muchacho?—dijo Bozmediano, queriendo imprimir á sus palabras cierto tono de jovialidad, que estaba muy lejos de tener en aquel momento.

El joven galanteador había errado el tiro; el aventurero de amor creyó que había deslumbrado á Clara con la conversación de sus dos primeras visitas. "Y era que tenía muy alta idea de sus propias dotes personales para dudar de que una muchacha sencilla, educada por un fanático, y sin conocer otras pasiones que las vulgares inclinaciones de aldea, pudiera resistir á ellas. Creyó asimismo que el hecho de poner en libertad al que podía considerar como rival, influiría mucho en el ánimo de la huérfana. El había empleado otras veces con mucho éxito procedimientos parecidos. Además, Lázaro le había parecido algo brusco, poco amable, poco digno de ser amado, poco interesante."

—Sí—contestó Clara,—le quiero. Se lo juro á usted, que dice que me tiene amistad.—¿Y le quiere usted mucho?—Mucho. Vaya, ahora se puede usted marchar. El militar se quedó muy pensativo. Vióse un poco ridículo en aquella situación; pero siempre triunfaba de su amor propio la bondad de su corazón. En aquel momento pensaba en renunciar por completo á todo y tratar por cualquier medio de contribuir á la felicidad de los dos muchachos.

—¿Pero no se marcha usted?—dijo Clara, volviendo á su inquietud.

—Sí, me marcho ya. Pero … no—añadió con determinación,—no puedo consentir que te quedes en este sepulcro. Me parece que si te dejo aquí no he de verte más. Pero ese hombre, ese exaltado, ¿en qué piensa? ¿qué hace? ¿cómo tiene alma para verte en poder de esas arpías, y no pegar fuego á esta casa maldita?

—El me quiere—dijo Clara, resuelta á decir todo lo que pudiera determinarle á marcharse.

—No: te dejará morir de hastío en esta cárcel. Lo sé; conozco bien á ese loco.

—¡Oh! se interesa por mí: estoy segura de ello.—¿Nada más que eso? ¡Se interesa!—Padece mucho al verme así—exclamó Clara con dolor.

—¡Oh! Las tres pécoras de esta casa me la han de pagar. ¿Pero es cierto que te mortifican?

—¡Oh! me consumo—dijo Clara sin poder contener una triste franqueza.

—¡Malditas! ¿Pero ese hombre, qué hace?

—Hará mucho, hará lo que pueda. Es pobre….

—¡Pobre!—dijo él muy pensativo.—¿Y qué esperas de una persona que sólo podrá hacerte más infeliz? ¡Oh, juro que si ese joven no te corresponde, me la ha de pagar! Bozmediano se levantó. En aquel momento la palidez de Clara aumentó súbitamente, porque creyó que sentía abrir la puerta de la escalera; pero Claudio la tranquilizó diciéndole que se equivocaba.

—No temas nada—dijo prestando atención;—nadie puede venir.

—¿Pero á qué está usted aquí más tiempo?—dijo ella, repuesta del susto.—¿No le he dicho ya lo que quería saber?

—Sí, y me voy. Ahora sí, me voy; pero es para volver.

—¿Otra vez?

—Sí: insisto en creer que no hay para ti más esperanza que yo. El marcharme ahora no quiere decir que te abandone, no. Me voy para ocuparme de ustedes; yo me enteraré de lo que vale ese muchacho. Si no es digno de ti….

En este momento una voz apagada, trémula y conmovida pronunció distintamente en el corredor la palabra "Clara".

La joven se quedó petrificada de espanto, y la mirada que dirigió á Bozmediano hizo comprender á éste cuánto la había comprometido. El galán creyó que el mejor partido que podía tomar era marcharse muy quedo, seguro de que la persona que había dicho "Clara", con voz que no conoció, no podía haberle sentido. Hizo señas á la huérfana de que callara, y se dirigió rápidamente, y con mucha cautela, á la puerta por donde había entrado. La joven no se movía, y sólo en sus facciones se podía conocer su gran turbación.

Bozmediano salió. La voz dijo más fuertemente: "Clara, Clara, abre." Era la voz de Lázaro. El sintió desde fuera que había un hombre en el cuarto; sintió sus pasos al huir. Después oyó en lo más interior de la casa ruido como de un mueble que cae, y corrió allá frenético de indignación y sobresalto. Entró en el comedor, luego en un pequeño pasillo que daba á un patio, subió la escalera que conducía al piso segundo y á la buhardilla; pero al llegar arriba, ya Bozmediano había desaparecido, y sólo pudo ver un bulto que se ocultaba, cerrando vivamente una puerta desconocida. También le pareció ver la figura diabólica del abate en el momento brevísimo en que la puerta estuvo abierta.

—¡Bandidos!—gritó con voz terrible. Nunca, había sentido impresión tan fuerte. Trató de derribar aquella puerta misteriosa; pero manos muy fuertes lo impedían de la otra parte. Bajó como un loco, volvió al comedor, entró en la alcoba de la devota por donde mismo había entrado Bozmediano, y pasó al cuarto donde estaba Clara. Encontróla temblando, con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando le vió entrar, la infeliz dijo, casi sin poder articular las palabras:

—¡Ah! Lázaro, Lázaro, oye … te diré … espera. Pero la voz se le anudó en la garganta, y no pudo hacer otra cosa que llorar como un niño.

—¿Qué me vas á decir? Calla—exclamó Lázaro con voz colérica.—Calla, y no hables más delante de gentes. ¿Aquí quién estaba…? ¡Ese militar…! ¿Pero es cierto lo que dicen…? Yo no lo había querido creer, aunque lo creían todos. Clara, Clara, ¿qué ha sido de ti, qué has hecho? ¡Yo no lo quería creer! Si todos los santos del Cielo me lo hubieran jurado hace un mes, les hubiera dicho que mentían. Pero ya lo he visto, ya lo he visto.

La huérfana lloraba como si fuera culpable … Por fin pudo decir:

—Por Dios, escúchame. Yo te contaré.—¿Qué me vas á contar?—dijo él más colérico.—Pero si voy á matar á ese hombre … ¡Oh! Clara—añadió transformando su ira en intenso dolor.—¿Cómo has podido tú …? Yo estoy loco, sin duda. Lo que he visto es una locura.

—No … yo te explicaré—le dijo ella recobrando su valor.—Ese hombre, yo no lo conozco … Un día entró en casa … me dijo….

—No me hables, no me mires … Todo lo he sabido. ¿Por qué mi tío te puso en esta casa? ¿Qué hiciste allá? ¿Por qué estas señoras te tienen encerrada y sin ver á nadie? ¿Qué has hecho? No te puedes disculpar, no. Soy un necio si hago caso de las disculpas que me vas á dar. Bastantes pruebas he tenido. ¡Y fuí tan ciego que nada quise creer! … Nada más debo decirte … ¿Por qué te he conocido? Mía es la culpa; no tengo derecho para acusarte. Eres libre. Adiós.

Y salió muy á prisa sin esperar respuesta. Salió como un demente, y dió muchas vueltas por la casa sin saber á dónde iba. Si en aquel momento se le hubiera presentado su tío, reprendiéndole con su impertinencia acostumbrada, Lázaro le hubiera atropellado, le hubiera maltratado, hiriéndole tal vez. Al fin llegó á la puerta, trató de recobrar su serenidad, abrió y bajó. Una vez en la calle, sintió el corazón tan oprimido, que le fué imposible dejar de llorar.

Pero no le faltó calma hasta el punto de olvidar que las viejas le esperaban, y que su ausencia podía aumentar la gravedad de aquella aventura. Dirigióse á la calle de San Mateo, procurando por el camino dominar su agitación y disimular todo lo posible. Después de atravesar varias calles sin acertar con lo que buscaba, llegó á la casa de los Entrambasaguas. Felizmente aun duraba la procesión. Entró en la casa, subió y halló á Salomé en extremo impaciente, mientras María de la Paz se hallaba en un estado de irascibilidad terrible.

—Ha tardado usted más de una hora: ¿dónde ha ido usted?—exclamó mirando al joven con recelo.

—Señora … señora …—dijo Lázaro balbuciente,—no he podido … Se ha agolpado la gente en la calle … y me he encontrado entre la multitud sin poder volver. Después una mujer cogió el ridículo y echó á correr por esas calles. Ya se ve: tuve que seguir tras ella, y casi no la alcanzo.

—Vamos, caballerito … Si ha estado despejada la calle desde hace una hora.

Salomé se apoderó de la prenda que creía perdida, y registró á ver si faltaba algo.

—Sin duda se ha ido á perorar á algún club—dijo cuando vió que nada faltaba y que lo era imposible reprender á Lázaro por otro motivo.

—¡Hombre, hombre!—dijo Entrambasaguas:—¿también tú charlas en los clubes? Eso es una iniquidad: mira que te condenas.

La devota no dijo nada: pudo su admirable instinto, que recientemente había adquirido extraordinaria fuerza, comprender que á Lázaro le había pasado algo durante su ausencia. No llegó á sospechar lo que fué, ni dónde fué; pero pensó mucho en aquello, mientras las últimas figuras de la procesión desfilaren por la calle.

—¡Ay! vámonos, que es tarde—exclamó María de la Paz.

—¿Ya se van ustedes?—dijo el clérigo, que no veía la hora de que se marcharan, porque desde la cocina llegaban á sus narices los olores de la olla de carnero que le estaban preparando.

—Mi señor don Silvestre—dijo Paz,—no podemos detenernos, porque ahora no somos libres. Nos hemos echado encima una carga muy pesada: la tutela y educación de una joven que nos dará muchos disgustos.

—¿Qué es eso?

—Es una joven desamparada—continuó Paz,—que estaba en casa de un amigo nuestro, soltero grave, el cual no podía sufrir sus travesuras. Parece que ella es algo levantada de cascos; y viendo que no la podía sujetar, nos la entregó para que la corrigiéramos … Todo por amor de Dios.

—¿Y les da á ustedes disgustos?—preguntó con oficiosidad la hermana de don Silvestre Entrambasaguas.

—Todavía—contestó Paz,—la verdad sea dicha, no se ha portado mal; pero yo nunca me equivoco, y cuando á mí se me fija una persona aquí … (y señaló la frente) y aquélla me parece que es una buena pieza.

Lázaro oyó esta apología de su infeliz amiga con toda la atención de que era capaz. Pero no se agitó más de lo que estaba, porque era imposible.

—¿Qué tienes, Paula? dijo Paz á la devota, que estaba muy pálida y con muestras muy claras de no encontrarse bien.

En efecto: todos la miraron, y notaron en ella las señales de un malestar creciente. Tenía los ojos encendidos y el aliento penoso.

—Nada—dijo la devota, queriendo animarse.

—Sin duda se ha constipado en el balcón.

—Sí: corre esta tarde un airecillo, que ya, ya …—indicó el clérigo;—pero váyase usted á su casa, y abrigándose bien….

—Eso no será nada—dijo doña Petronila Entrambasaguas, que estaba muy impaciente, porque ciertos olores, venidos en mensaje de la cocina, le anunciaban que el carnero se estaba quemando á toda prisa.

Las damas se dirigieron á la puerta. El clérigo se dió un golpe en la frente como quien recuerda una cosa importante, y dijo á doña Paulita:

—¡Ah! señora mía, si tuviera usted la bondad de hacerme un favor….

—¿Qué, señor don Silvestre?

—Que se dignara usted repasar un sermón que he escrito y voy á predicar en San Antonio el 17 de Enero. Usted que es gran teóloga, y muchas veces me ha dado su opinión sobre otros grandes sermones míos, deseo que vea ahora éste.

—Yo no entiendo de eso—replicó la santa con repugnancia.

—Sí entiende—dijo Paz complacida.

—¡Qué modestia!—exclamó Entrambasaguas.—La santidad unida al talento.
Pero yo sé, aunque usted quiera ocultarlo, que es una gran teóloga. Si á
veces la he estado oyendo con la boca abierta, como si oyera á todos los
Padres de la Iglesia….

—Deje usted eso—murmuró la devota con visible disgusto.—Yo no entiendo de esas cosas.

—Es sobre el tema de la tentación quinta de San Antón. Bien sabe usted aquello, cuando el demonio se le presentó en figura de … de muchacha, pues….

Y corrió presuroso á su gaveta, cogió un legajo y se lo entregó á doña Paulita, que lo tomó del peor humor del mundo. Cayósele de la mano, recogiólo con presteza el predicador, y se lo volvió á dar diciéndole:

—¿Pero está usted mala de veras? Veo que no puede usted tenerse en pie. Le tengo dicho que es bueno hasta cierto punto el ayuno, y nada más … y usted siempre en sus trece….

—Esta niña, con sus ayunos y sus penitencias…—dijo María de la Paz.

—¿Quiere usted una taza de caldo?—preguntó el clérigo; y se interrumpió antes de concluir, porque su hermana, con tanta presteza como disimulo, le tiró del manteo, indicándole la indiscreción de la oferta que acababa de hacer.

—Gracias, no es preciso: esto no es nada.

—Recójase usted temprano—dijo la gorda.—No le conviene á usted tomar ahora caldo ni cosa ninguna. A casa. Y poniéndole la mano en la frente, continuó:—Tiene usted mucha fiebre: á casa pronto.

La comitiva salió. El clérigo cogió el velón en sus robustas manos, y alumbró la escalera. Cuando ya estaban abajo, Entrambasaguas gritó desde arriba:

—Fíjese usted, señora doña Paula, en aquel pasaje que dice: "Cuando en diluvio de soles con corpulenta, corpórea efigie al mundo vino…." Por aquello de corpus corporum in corpore uno…. Fíjese usted bien en este pasaje, que tengo algunas dudas sobre si….

Doña Paulita no contestó ni miró siquiera al ramplón Gerundiano. Salieran á la calle, y Lázaro estaba tan enfrascado en sus pensamientos, que empezó á andar, dejando atrás á las dos señoras.

—¡Eh! caballerito—dijo Salomé, que estaba muy biliosa aquella tarde,—¿qué manera de portarse es esa? ¿Nos deja solas en medio de la calle?

—¡Oh! qué caballero tan cumplido hemos traído—dijo Paz, cuyo temperamento sanguíneo tenía aquella tarde, sin causa conocida, una irritabilidad inusitada.

Lázaro retrocedió y moderó el pago

—Y bien podría usted—añadió la dama,—portarse mejor delante de las personas extrañas. Ni siquiera ha saludado usted á aquellas … gentes (Paz usaba esta denominación general y vaga, para designar á todas las personas que por su progenie estaban en escalón más bajo que ella en la jerarquía social.) ¡Qué dirán de nosotras! ¡Ah! Paulita, no puede andar. Vamos, don Lázaro, dé usted el brazo á mi sobrina. Apóyate en don Lázaro, Paula, que estás muy mala. ¡Ah! Triste cosa es llevar por acompañante á un caballerito como éste.

El aragonés balbuceó algunas excusas, y dió el brazo á doña Paulita.
Andando, sintió que la devota pesaba en su brazo como si fuera de plomo.
Iba muy arrebujada, en su mantón y caminaba con dificultad.

—Va usted muy á prisa—dijo, pesando más fuertemente en el brazo del joven.

Lázaro moderó el paso.—Ande usted un poco más—dijo después, aligerándose de peso, hasta el punto de que él se sintió arrastrado.

Lázaro avivó el paso.

—¡Qué noche tan clara!—exclamó ella deteniéndose y mirando al cielo.

Lázaro se detuvo y miró al cielo. Las otras dos marchaban detrás á alguna distancia.

—Nunca he visto una noche así. Nunca he visto las estrellas brillar de ese modo, ni moverse así … con esa vibración que parece que están hablando.

—¡Hablando!—dijo Lázaro muy sorprendido del símil de la santa.

—¿Usted extraña eso?—dijo ella, mirándole con tal fijeza é intensidad, que el mancebo creyó que dos estrellas habían bajado á esconderse en los ojos de Paulita.

—Sí: ¿no le parece á usted…?

—Señora, yo las veo; pero….—Pues á mí me parece que las oigo.

En esto se cayó al suelo, desprendido de las manos de la dama, el manuscrito de Silvestre Entrambasaguas.

—Señora—dijo el joven, inclinándose para recogerlo, observe usted que se ha caído este sermón.

—Déjelo usted—exclamó ella con mucha viveza; y tirándole del brazo para impedirle que recogiera el manuscrito, avivó después el paso.

—No hay duda—dijo Lázaro para sí.—Esta mujer tiene mucha fiebre; ya empieza á delirar.

Y entonces la mujer mística andaba tan á prisa, que bien pronto alcanzaron á las dos ruinas mayores. Mas pronto hubo de moderarse su ímpetu, y tan despacio iba, que tardó mucho para avanzar veinte pasos. Cada vez pesaba más la teóloga en el brazo del estudiante: al llegar á la casa, la enferma no podía ya dar un paso, y Lázaro le rodeó con su brazo la cintura para impedir que cayera. Erale imposible subir, porque la dama se inclinaba á uno y otro lado sin poderse tener. En tanto, el joven observaba que tenía demudado el semblante, cerrados los ojos, flojos y caídos los brazos; hizo un esfuerzo heroico, la cogió en sus brazos y la subió. La cabeza de la enferma descansó sobre sus hombros, y Lázaro notó que el contacto de su frente le quemaba el cuello.

—Tiene mucha fiebre—dijo depositándola en el pasillo, porque Paz no le permitió que llegara á la alcoba. Entráronla en su cuarto las otras dos, bastante alarmadas con tan repentina desazón; pero pronto volvieron más tranquilas, y se fueron al comedor á cenar un salpicón que habían dejado preparado.

Reinaba en la casa profundo silencio. Lázaro subió la escalera interior para irse á su cuarto; y al subir no pudo menos de detenerse, porque sintió una voz que le hería el corazón. Era la voz de Clara, que preguntaba ó contestaba no sabemos qué cosa á la devota. El joven apresuró el paso para huir de aquella voz que no quería oír más.