CAPÍTULO XXX
#Virgo fidelis#.
Lázaro no encontró arriba á su tío. Estaba el infeliz mancebo sumamente impresionado por el incidente ocurrido, y no cabía en sí de cólera, de amargura, de sobresalto. Imposible le era tranquilizarse, tanto más, cuanto que tenía siempre ante la imaginación la figura de Clara, de rodillas, con los ojos llenos de lágrimas y los brazos cruzados. Dábale compasión y después ira, sucediéndose tan atropelladamente estos dos sentimientos, que creyó sentir como una ebullición en el pecho y un vértigo en la cabeza. A los arrebatos del encono sucedía el abatimiento del desengaño, ignorando al mismo tiempo si amaba aún á aquella infeliz ó si la despreciaba.
Pasaron las horas; la noche avanzó, y él continuaba en la agitación. No pensaba acostarse, ni sentía sueño, ni necesidad de reposo; antes al contrario, los impulsos de su naturaleza eran hacia la zozobra, la inquietud, el movimiento. Silencio lúgubre, no interrumpido por ruido alguno, reinaba en la casa. Parecía que todos dormían: él tan sólo velaba sin duda; y saliendo al corredor, donde le causaba algún alivio el aire fresco de la noche, se paseó allí mucho tiempo. Dieron las nueve, las diez, las once. Al fin se detuvo, aturdido por su propio vaivén: apoyóse en el antepecho, y ocultando entre las manos su cabeza, estuvo de este modo un largo rato devorando su agonía. De pronto creyó sentir rumor extraño, alzó la cabeza, y en el fondo del corredor creyó ver una figura humana que avanzaba. El corazón le latió con tal violencia, que creyó que el pecho se le rompía. La forma aquella, que sin duda era de mujer, avanzó, destacándose en la obscuridad. Venía cubierto de una cosa enteramente blanca, que la hacía más fantástica, y el reflejo de la luna parecía despedir de sí cierta luz misteriosa. Cuando estuvo cerca, Lázaro la reconoció: era la devota cuyo semblante traía las señales del insomnio y la fiebre.
—¡Lázaro!—dijo con voz muy débil y muy conmovida.
—Señora—contestó con mucha sorpresa.—¿Usted aquí á estas horas? … con esa fiebre … ¿No está usted enferma?
—¿Yo? …—murmuró ella con una especie de extravío;—¿yo? … no … yo estoy buena. Estoy mejor.
—Creí que estaría usted durmiendo. Le conviene el reposo.
—Yo—contestó ella con una singular entonación que alarmó á Lázaro,—yo … yo no duermo, yo no puedo dormir. Hace muchas noches que no cierro los ojos.
—¿Pues qué tiene usted?—preguntó Lázaro mirándola con mucha atención.—Usted no está buena. Usted es una santa: pero la santidad con exceso es perjudicial, señora.
—Yo no soy santa—dijo la dama:—soy una pecadora.
—No diga usted eso, por Dios. Usted es una santa, ¡qué felicidad! ¡Tener tranquila la conciencia! Dirigir todo su amor al que no engaña, ni es falso, ni desleal: á Dios…. Esta es la mayor de las felicidades.
—Hable usted bajo—dijo la devota.
—Y luego—continuó él,—estar libre de odios, de rencores, de desengaños….
—Más bajo—indicó la dama, y su voz parecía un suspiro.
—Estar libre de rencores—prosiguió Lázaro en voz muy baja:—¡amar sin recelo, sin temor; despreciar el mundo, las traiciones, las asechanzas; hallar regocijo en las persecuciones, y sacar consuelo hasta de las desventuras!… ¡Oh, qué feliz es usted…!
Después de una pausa, la voz de la mujer mística resonó como un eco lejano para decir:
—No, amigo mío: yo no soy feliz; soy muy desgraciada.
Sólo estando muy cerca de ella, como estaba el sobrino de Coletilla en aquel momento, era posible oír aquellas palabras.
—¡Soy muy desgraciada!—repitió con un rumor débil, sordo, apagado, como esos murmullos de rezo que turban en las horas de tranquilidad el profundo silencio de las catedrales.
—¿Qué mayor consuelo—dijo Lázaro,—que vivir con el espíritu en regiones de paz, donde no hay infamias ni perfidias? Elevarse con exaltación y amor, disfrutar con toda pureza de las dulzuras de una comunicación con Dios, y vivir orando, confiada en el pago de tanto amor, en la gratitud infalible del objeto amado. ¡Oh, qué felicidad!
El joven aragonés tenía tan ocupado el ánimo con sus propias amarguras, que no atendió; con la observación y la curiosidad que el caso exigía, á las raras señales de alteración física y moral que otro menos abstraído hubiera visto en la santa y edificante faz de doña Paulita.
—¡Vivir en la oración!—continuó.—¡Vivir orando con los ojos del alma fijos en el eterno y leal amor! ¡Repetir incesantemente su nombre y sus alabanzas! ¡Eso si es felicidad!
—No—dijo del mismo modo la mujer perfecta;—yo no rezo, yo no puedo rezar.
—¡Ay!—exclamó él.—Eso lo dice usted porque en su modestia le parece que aún no es bastante perfecta. Si usted conociese la miseria de otros, comprendería á qué inmensa altura se halla sobre los demás.
La devota bajó los ojos, y con gran melancolía y tierna voz dijo:
—¿Y qué miseria hay mayor que la mía?
—Es usted demasiado buena. Todo el mundo sabe muy bien que usted es una santa, una verdadera santa.
—¿Quiere usted que le haga una confesión?—dijo Paula, mirándole como se mira á un confesor.—Pues yo también lo creí; yo también creí que era una santa; pero ya no lo creo.
—¡Ah!—exclamó Lázaro:—yo no necesito que nadie me diga lo que usted es para saberlo. Yo mismo lo he comprendido. Cuando una criatura tan perfecta ha descendido hasta mí para defenderme y disculpar mis faltas, es indudable que no es como los demás. Yo me veía acosado por todas partes, me trataban todos aquí con acritud ó menosprecio. Usted sola alzó la voz, y la ha alzado varias veces después en favor mío, para decir que no era yo tan malo como creían. ¿cree usted que yo he olvidado, que podría, olvidar eso? No, señora. Yo seré todo lo que quieran; pero no soy ingrato. Yo tendré siempre grabadas en mi memoria las palabras que usted ha pronunciado en defensa mía. Usted es una santa: yo lo diré á todo el mundo.
—¡Oh!—dijo la devota con la misma plañidera voz: nunca creí que fuera usted tan malo como decían. En la cara conozco yo esas cosas. No me equivoco nunca, y estoy casi segura de que le han calumniado, de que quieren agobiarle y confundirlo con acusaciones impertinentes.
—¿Eso pensó usted de mí?
—Sí: segura estoy—contestó ella,—de que su corazón es bueno y recto; que si alguna falta ha cometido, fué por ligereza y falta de previsión. Creo también que no le aman á usted como se merece.
—Señora, ¿qué ha dicho usted?—preguntó el estudiante vivamente.—Eso me parte el corazón porque es una verdad en que estaba yo pensando ahora.
—Sí: no le aman á usted como se merece—repitió Paulita.—Su tío es demasiado duro.
Un observador despreocupado hubiera advertido que la santa se acercó unas pulgadas más á Lázaro, el cual, impresionado por la verdad que oyó de boca de aquel oráculo, estuvo á punto de abrazarla, y lo hubiera hecho á no impedírselo el respeto que la jerarquía y decoro evangélico de la teóloga la infundían.
—Su tío de usted, el señor don Elías—continuó la mujer mística,—observo que trata á su sobrino con demasiado rigor.
—Y otros también—dijo Lázaro, volviendo el rostro.
—¿Y cómo quieren que sea buena una persona que no es amada?—dijo con admirable misticismo la dama. Cuando un ser recibe ingratitudes y desprecios, sus sentimientos se agrían, se esteriliza la fuente del bien y del amor que hay en todo pecho humano.—Cuando un ser no es amado, ha de ser malo por precisión.
—¡Qué discreción, qué discreción, señora!—exclamó el joven con entusiasmo.—Ya fué usted mi consuelo otras veces. La consideraba á usted santa; pero ahora veo que su sabiduría iguala á su virtud, y á su lado me encuentro tan pequeño, que me da vergüenza.
—Sí: una persona á quien se trata con tanta dureza no puede ser buena—dijo Paula.—El amor hace prodigios; hace de los hombres incultos y malos, hombres mansos y buenos; hace de los melancólicos y descreídos, seres felices, creyentes y cariñosos.
—¡Qué ciencia la de usted! Esa es la ciencia que sólo pertenece á la santidad. ¡Dichosa quien puede ver las miserias de la tierra desde tan grande altura, y puede juzgar serenamente de todo! Usted sí que conoce el mundo.
—No, Lázaro: yo no sé lo que es el mundo.
-¡Oh! Entonces es usted más feliz todavía.
—Yo—dijo la mujer perfecta, después de una pausa en que miró al cielo fijamente como quien lee alguna cosa,—yo pasé mi niñez en la austera casa de mis tíos, recibiendo de personas devotas la más ejemplar educación. Desde que tuve uso de razón aprendí á orar; mis primeras palabras fueron el rezo. Los primeros años de mi vida pasaron en un convento, donde me vi rodeada de Madres santas y cariñosas que me enseñaron el camino de la perfección. Mi juventud fué pasando de este modo en ocupaciones devotas. Hace quince años que estoy rezando sin cesar, y casi sin notario. He vivido en Dios desde la cuna: no sé lo que soy, no sé si he vivido.
—¡Dios mío, qué ángel es usted!—dijo Lázaro.—¡Qué perfección! Yo la admiro á usted y la venero, señora.
—No soy digna de veneración, sino de lástima—contestó con mucha amargura.
Y dió un suspiro profundísimo que parecía sacar al espacio los misterios encerrados en el Sancta sanctorum de su pecho.
—¡Digna de lástima!—exclamó el aragonés sorprendido.—¿Pues qué puede usted apetecer? ¿Qué la preocupa? Algún escrúpulo de conciencia, el deseo de mayor perfección. Yo sí que soy desgraciado; yo, señora, no debiera estar en el mundo.
—¿Pero qué tiene usted?—preguntó Paula con mucho interés.—Dígamelo usted todo. ¿No dice usted que le he consolado otras veces? Ahora le consolaré si me descubre una nueva desventura. Cuénteme usted.
—Mis desdichas no son para contadas. Además, usted es demasiado buena para oirlas. Se horrorizará usted y se turbaría la paz serena de su espíritu.
—¡Oh! no: cuénteme usted. Tal vez alguna falta muy grave. No importa; cuéntemela usted, que yo se la perdono antes de saberla.
—Falta mía no es.
—¿Falta de otro? ¿A ver?—dijo la mística con ansiosa curiosidad.
—Deje usted para mí todas esas amarguras, señora. Eso es para mí; es un triste patrimonio de que solo puede disfrutar mi corazón, hecho para eso.
—¿Qué es, Lázaro?… ¡Ah! Todo lo comprendo: su tío de usted es muy cruel. No le quiere á usted. Mas no hay que apurarse por eso, amigo mío. No todos le tratarán á usted con el mismo rigor. Alguien le amará.
—No, no me importa—manifestó Lázaro, cuyas penas se recrudecieron en aquel momento;—No me importa que me traten con desdén, que me aborrezcan todos, que me detesten. Yo no he nacido para otra cosa.
—Está usted muy agitado. ¿Y delante de mí se desespera usted de ese modo?—dijo la devota con suave acento do reprensión.
—Perdóneme usted, señora; no sé lo que digo. Usted es demasiado buena, y no comprende estas cosas. Usted no conoce el mundo. Usted no conoce cuanta iniquidad, cuanta perfidia, cuánto desengaño, cuánto cinismo hay en él. Usted no conoce más que lo bueno, no conoce más que á Dios.
—Esa desesperación que usted manifiesta, Lázaro, no es nada buena. Eso le llevará á usted al infortunio y á la muerte.
—Quiere usted, con su inmensa bondad, aplicarme á mí los consuelos de la religión: eso no es para mí, no lo merezco.
—Usted lo merece todo, consuelo, amistad, amor. Yo sé lo que merece, y, por lo tanto, lo tendrá. Sentimientos como los de usted no han de estar olvidados tanto tiempo.
—¡Bendita sea usted mil veces! Pero se equivoca, eso no es para mí.
—Usted merece amor y todo lo que el corazón puede dar. Usted se llama desventurado, y su agitación, Lázaro, no tiene fundamento alguno. Hay males peores, males que nacen de repente en el corazón y crecen con tanta rapidez, que no dan esperanza de remedio. Todo lo que á la persona rodea entonces, todo lo que está dentro y fuera de sí, se vuelve en su daño. La vida es un peso insoportable: le molesta lo presente, le da hastío lo pasado y terror lo porvenir.
La devota hablaba con voz muy baja, y con grave y tristísimo son. La noche había obscurecido, y los ojos de Paulita, que siempre en momentos dados habían tenido brillo extraordinario, resplandecían aquella noche como dos ascuas fosforescentes, cuya luz hacían más penetrante y siniestra la obscuridad de sus párpados, ennegrecidos por el insomnio, la fiebre y la excitación moral de que estaba poseída.
—¡Ay de aquellos que no se han conocido, que se han engañado á sí mismos y han dejado torcerse á la naturaleza y falsificarse el carácter sin reparar en ello! Esos, cuando lo callado hable, cuando lo oculto salga, cuando lo disfrazado se descubra, serán víctimas de los más espantosos sufrimientos. Se sentirán nacer de nuevo en edad avanzada; notarán que han vivido muchos años sin sentido; notarán que el nuevo ser originado por una tardía transformación se desarrolla intolerante, orgulloso, pidiendo todo lo que le pertenece, lo que es suyo, lo que una vida ficticia y engañosa no le ha sabido dar; pidiendo sentimientos que el viejo ser, el ser inerte, indiferente y frío, no ha conocido. ¡Qué luchas tan terribles resultan de este despertar tardío! ¡Oh, esto es espantoso!
Tenemos datos para creer que la devota no dijo esto con las mismas palabras empleadas en nuestro escrito. Pero si el lector lo encuentra inverosímil, si no le parece propio de la boca en que lo hemos puesto, considérelo dicho por el autor, que es lo mismo. Ella dijo algo parecido á esto, siendo el mismo pensamiento, aunque distintas las frases.
Indudablemente estas confesiones de la devota son, como habrá el lector comprendido, bastante obscuras, y no dan todavía ninguna luz acerca de la crisis que indudablemente agitaba aquel purísimo y perfecto espíritu. Lo cierto es que una gran transformación se verificaba en su carácter. Lázaro, la verdad sea dicha, no entendió muy bien las solemnes y como sibilíticas palabras que oyó de los trémulos labios de la santa: y él atribuyó la obscuridad de tal explicación á la influencia de las lecturas místicas en la manera de expresarse aquella señora y á los hábitos de un estilo más discreto que claro, como acontece generalmente en las personas absorbidas por la contemplación. Así es que se limitó á contestar:—Sí, señora; es espantoso.
—¡Qué terrible es el amor en sus exigencias!—dijo la santa,—sobre todo cuando se cree ofendido, cuando pide el pago de una gran deuda que con él se ha contraído, cuando no transige ni espera, sino que se presenta exigiéndolo todo de una vez.
—¡Sí: qué terrible es esto!—contestó Lázaro.—¡Feliz es usted, que no lo conoce más que de oídas!
—¿De oídas?—dijo ella.—Sí—añadió después de una breve pausa,—he oído lo que dicen los amantes; pero la mayor parte de ellos encuentran en los accidentes del mundo mil medios para poder conservar la vida en la lucha terrible. Sólo algunos, según dicen, por circunstancias especiales de carácter y posición, tienen el triste privilegio de morir irremisiblemente sin victoria y sin defensa.
—¡Oh, cómo lee en mi corazón!—pensó el estudiante muy conmovido, y sin comprender la profundidad psicológica de aquellas palabras, ni su aplicación y significado en aquel momento.
—Usted no comprende esas cosas, Lázaro.—¿Que no?—dijo éste.—¿Que no? Desgraciadamente las comprendo. Para usted, sí; para usted, que es una criatura perfecta, una escogida de Dios, están veladas estas dolorosas miserias. Usted no ve estos horrores. ¡Dichosa ceguera la de aquellos cuyos ojos cerró Dios al venir al mundo!
—Es verdad … no lo sé …—dijo Paula con una ironía tan marcada, que fué preciso todo el extravío de Lázaro para no notarlo.—No lo sé, no entiendo de eso. Soy una tonta devota.
Estas últimas palabras, dichas con cierto despecho fueron bastantes á fijar la atención del interlocutor. Este no contestó ni preguntó más sobre el asunto que trataban; acercóse á la dama, que se había apartado de él retrocediendo, y notó que lloraba. ¡Oh confusión de confusiones!
—Pero ¿qué tiene usted, señora?—le dijo.—Nada, nada, nada—contestó con una graduación descendente. El último nada sólo lo oyeron los labios con que fué pronunciado.
—¡Usted está enferma y ha salido usted de su cuarto á esta hora! Eso no es bueno, señora. Se va usted á poner peor.
—Es verdad, estoy enferma—dijo ella acercándose.¡enferma para siempre!
—¡Enferma para siempre! Usted padece, y es, sin duda, por efecto de su excesiva devoción. Usted aspira al cielo: ¿á qué otra cosa podía aspirar un alma tan bella?
—Sí—dijo Paula con voz muy triste:—no quiero más que reposar en paz.
—¡Qué bella es la muerte!—dijo Lázaro patéticamente:—sólo ella nos puede consolar. Por mi parte, señora, le digo á usted con franqueza que quisiera morirme en estos momentos.
—¡Morir!-exclamó la devota con repentino arrebato de interés, y acercándose más, mucho más al joven.—¡Morir, no! Usted debe vivir. Quién sabe lo que Dios le tiene á usted reservado en el mundo.
—¿A mí?
—Sí: tal vez días de felicidad al lado de personas que le amen. ¡Oh, cuántos seres existirán tal vez que se crean felices sólo con que usted lo sea! Yo sé que los habrá.
—¡Qué buena es usted, señora!—repitió Lázaro.—Para mí no puede haber nada de eso. O no merezco otra cosa, ó estoy maldito de Dios.
—¡Ay! no diga usted tales cosas—exclamó ella, juntando las manos.
—Perdóneme usted, señora: no sé lo que me digo. A pesar de todo, usted me consuela, y hallo en su presencia no sé que grata expansión. No podré nunca olvidar que sólo usted se atrevió á defenderme cuando todos me acusaban.
Al decir esto, Lázaro no pudo menos de advertir que la santa dejó caer pesadamente los brazos, y miró al cielo. Su rostro, de color suavemente moreno y sin ningún matiz rojo en las mejillas, estaba en aquellos momentos pálido y sombreado por la proyección de sus cabellos, cuya magnitud, belleza y negrura no era comparable sino á la intensidad tenebrosa de sus ojos negros que, después de la metamorfosis, habían adquirido una expresión desconocida. No sabemos si fué efecto de la casualidad ó si lo hizo de intento; pero es lo cierto que, contra su costumbre, tenía simplemente la cabeza cubierta con un pañuelo, y que durante el diálogo sus magníficos cabellos, tesoro disimulado por el misticismo, se desataron y cayeron gradualmente por la espalda. Nunca había visto Lázaro una cabellera igual: parecía en la obscuridad de la noche una toca negra que descendía hasta la cintura. Mientras hablaba, la santa solía apartarse á un lado y otro de la frente las dos ramas principales de aquel encanto, que nació en aquella noche en el calor de una confidencia apenas intentada. Lázaro, que observó largo rato á la dama, notó que lloraba, y que, apartándose de él lentamente, se apoyó en la pared con muestras de gran postración y abatimiento.
—Pero usted llora—dijo, arrepentido de haber hablado tanto y deteniéndola;—usted está muy agobiada. ¿Por qué no ha reposado usted?
—Yo no puedo reposar, yo no puedo dormir—murmuró la devota con voz más bronca y grave que de ordinario.
—¿Por qué salió usted á estas horas estando así?
—Me ahogaba, y he tenido que salir á respirar el aire.
—Pero usted llora. Por Dios, ¿qué tiene Usted?
La enferma no contestó.
—¿Está usted muy enferma, muy enferma?—continuó Lázaro.
—Sí—dijo ella de un modo imperceptible.
—¿Hace mucho?—Hace poco.
—Señora, retírese usted, yo se lo suplico. Sus manos parecen de fuego, su frente quema.
Lázaro le tomó las manos, y notó en ellas un calor excesivo; se atrevió á ponerle la mano en la frente, y creyó tocar un cuerpo inflamado. Al mismo tiempo la santa temblaba, como si su cuerpo recibiera la impresión del hielo.
—Usted tiene frío, tiene convulsiones—dijo;—retírese usted.
Ella continuaba en la misma actitud; cerró los ojos como quien siente un pesado sueño, é inclinó la cabeza, buscando apoyo. Lázaro tuvo miedo; estuvo por llamar; la asió por un brazo, y dispuesto á hacerla retirar, le dijo:
—Vamos, señora, es muy tarde. Usted no se encuentra bien aquí. Vamos, ¿quiere usted que se llame á algún médico?
—No—dijo ella, abriendo los ojos y mirándole con cierta ironía.—No: ¿para qué un médico?
—Su salud es muy preciosa—dijo Lázaro, por cuya cabeza pasó rápidamente una sospecha.—Consérvela usted bien; será siempre mi mayor alegría saber que usted está buena y disfrutando de la salud necesaria para hacer el bien. No me voy de aquí sin la seguridad de que queda usted enteramente buena.
—¡Marcharse usted!—exclamó ella con un repentino movimiento que la animó.—Sí, marcharme.
—¡Usted se va!—continuó con otro movimiento que tenía algo de salto y poniendo siniestro brillo en sus ojos.
—Sí, naturalmente.
Al oír esto, la devota, con instantánea fuerza, le asió con su mano convulsa el brazo, y estrechándole violentamente, dijo:
—No, ¡no se irá usted!
En el mismo momento en que esto decía, se sintió que abrían la puerta de la calle. Era Elías que entraba; se le sentía subir. Venía alumbrado por una linterna, y como de costumbre, hablando solo.
—Retírese usted—dijo con viveza la mística.—¿Y usted se queda aquí?
—Retírese usted á su cuarto. Que no le vea levantado. Échese usted en la cama. Finja que duerme.—¿Pero usted? …
—Vamos. Entre usted en su cuarto. Que ya llega … Pronto.
Lázaro se retiró, empujado por ella precipitadamente. Entró corriendo en su cuarto antes que Coletilla llegara, y arrojándose en el lecho, fingió que dormía. El fanático entró poco después y se acostó murmurando. Cuando apagó la luz, Lázaro se incorporó en su lecho con mucha cautela, y asomándose por una ventana que daba al corredor, miró hacia afuera. Aún estaba allí la dama con el rostro vuelto hacia la ventana. Lázaro se volvió á acostar, y pasado un cuarto de hora en que caviló cuanto puede cavilar cabeza humana, se asomó de nuevo y vió la misma figura blanca, inmóvil en el mismo sitio y con los dos terribles ojos negros fijos en la ventana. Aquello le acabó de confundir. Pasó mucho tiempo mirando cada cinco minutos, y siempre veía la misma figura, hasta que al fin ya no miró más porque le daba miedo.
CAPÍTULO XXXI
#La reunión misteriosa.#
Al anochecer del siguiente día salió Lázaro de su casa. Había pasado toda la mañana averiguando dónde vivía Bozmediano, y en las pocas horas que permaneció en la casa de las tres nobilísimas damas, oyó decir que doña Paulita estaba muy mala, y que Clara no estaba buena. Salomé se le presentó varias veces, más impertinente que de costumbre, para recordarle que la tarde anterior no había saludado á Entrambasaguas; y María de la Paz Jesús hizo todo lo posible por encontrar pretextos para reprenderle, lo que su admirable instinto de inquisidora logró repetidas veces.
Lázaro salió, y ya entrada la noche penetraba en los solitarios barrios de la Flor Baja, donde está la habitación de los Bozmedianos.
Entró en el portal y preguntó por don Claudio. El portero, que era hombre de mal genio con los humildes, le contestó con muy desagradable talante que no estaba.
Lázaro se quedó parado un buen rato, mirando al portero, como si le pareciera inverosímil la declaración de aquella sibila con gabán galonado. Este creyó que no lo había dicho bastante claro, y repitió:—¡No está!
Pero el joven tenía mucho interés en ver á Bozmediano aquella noche; así es que no se dió por satisfecho y preguntó:
—¿Cuándo vendrá?
El otro creyó que esta pregunta, hecha por un joven que no parecía ser de la primera nobleza, que no había venido en coche, que no era militar ni tenía botas á la farolé era una pregunta muy inconveniente y falta de sentido común. Se sonrió con aire de superioridad, y metiéndose las manos en los bolsillos, dijo:
—¿Cómo quiere usted que sepa yo cuándo viene? Vendrá … cuando venga.
—Es que tengo precisión de verle esta misma noche. ¿A qué hora suele venir?
—No tiene hora fija—dijo el portero volviendo la espalda y dirigiéndose á la portería.
Después volvió y dijo:
—Si usted quiere dejarle algún recado….
—No—replicó Lázaro;—necesito verle yo mismo.
—Pues mañana temprano …—dijo el criado en un tono que era fácil de traducir por "váyase usted."
Lázaro comprendió que era imposible sacar más partido de aquel cancerbero, y salió; pero tenía vivos deseos de ver á Bozmediano aquella misma noche. Parecíale que cada hora que pasaba después del fatal momento en que le vió desaparecer por la buhardilla, añadía nueva intensidad á su agravio. Para él era Bozmediano entonces el ser más odioso y repugnante que había nacido. Creíale inspirado tan sólo por las ideas más bajas y groseras, y veía en él un cobarde seductor incapaz de nada generoso ni bueno. Se contemplaba como superior, muy superior á aquel hombre insidioso, y creía que sólo con verle el criminal conocería toda su bajeza. A veces le daban arrebatos de súbita cólera, tan fuerte y violenta, que al tener al militar ante sí, se lanzarla sobre él dispuesto á arrancarle por cualquier medio la vida. Con estos sentimientos, el estudiante decidió no apartarse de la casa para esperar á que entrara, si estaba fuera, ó cogerle al salir, si estaba dentro. Pasó á la acera de enfrente y empezó á pasearse, resuelto á no abandonar su puesto en toda la noche, esperando con la inquebrantable paciencia que da el deseo de venganza.
Las diez serían cuando Lázaro vió que salían de la casa tres personas. Acercóse con disimulo, y vió que una de ellas era Claudio. Apoyado en su brazo, y andando con lentitud, iba un anciano, que juzgó sería su padre. La otra persona era un militar; los tres hablaban con calor. Lázaro les siguió á alguna distancia, comprendiendo que no era aquélla la mejor ocasión para hablar á Bozmediano; pero se decidió á seguirles hasta ver dónde paraban. Anduvieron varias calles, y al fin llegaron á la plazuela de Afligidos; se detuvieron ante una puerta enorme, de las que en aquel antiquísimo sitio dan entrada á las vetustas casas del siglo XVII, y Bozmediano, el joven, tocó. No tardaron en abrirles, y entraron. Lázaro, que les observaba desde lejos, notó que parecían recatarse, procurando no ser vistos. El militar entró el último, después de mirar á todos los rincones de la plazuela. Bien pronto se vió luz en una de las ventanas de la casa, pero una mano cerró las maderas y no se vió más claridad.
Sin saber por qué, la imaginación del estudiante no pudo menos de atribuir á la entrada de aquellas personas en tal casa cierto misterio: se acercó, miró el número, y cuando se alejaba, dispuesto ya á retirarse, vió que venían otras dos personas embozadas hasta los ojos. Pasó junto á ellas Lázaro, fingiendo que seguía su camino, y refugiándose tras la esquina de la calle de las Negras, observó que tocaron, que les abrieron sin tardanza, y que entraron. Tal vez será casualidad—pensó el joven;—pero algo tiene de extraño la reunión de aquellas personas en el mismo sitio.
No pasaron diez minutos, cuando Lázaro vió aparecer, viniendo del portillo de San Bernardino, á otros tres personajes, igualmente embozados; observó que se detenían para ver si les miraban, y por último, después de tocar, entraron en la casa. "Ya van ocho", dijo para sí, y esperó á ver si venía otra remesa.
Poco después uno solo, que desembocó por la calle de Osuna y marchando muy á prisa. Detrás de éste aparecieron dos, que no necesitaron tocar, y, por último, llegaron uno tras otro cinco más, que entraron sucesivamente y separados.
—Sin duda hay aquí algo—dijo Lázaro.—Han entrado diez y seis. Es un club secreto, una conspiración, tal vez una logia de masones. A las once se retiró viendo que hacía una hora que no entraba nadie; peto se retiró resuelto á volver la noche siguiente para observar si aquello se repetía. Era evidente para él que allí se verificaba una reunión de personas graves, sin duda con algún fin político. Odiaba de muerte á Bozmediano, y este sentimiento le llevó á sentar el principio de que lo que allí se trataba no podía ser cosa buena.
Retiróse á la calle de Válgame Dios, muy pesaroso por no haber podido tener con su enemigo la terrible entrevista que él se había imaginado.
No es descriptible la ira que de María de la Paz se había apoderado con motivo de la tardanza del joven. Baste decir, para dar una idea de la irascibilidad de la dama á quien los poetas del tiempo de Cadalso compararon con Juno, que se levantó, no diremos que en paños menores, pero sí menos pomposamente vestida, cubierta y ataviada que de ordinario, para decir al caballerito que si se figuraba que aquella casa era suya (de él), y que si tenía propósito de pasar la noche, mientras ella viviera, en los clubs y en los garitos de Madrid. Añadió que estaba cerciorada de que su conducta (la de Lázaro) no cambiaría nunca, y que era preciso desistir del empeño de hacer entrar un rayo de luz en tan obscura y desorganizada cabeza. Dijo asimismo que sólo á un exceso de su caritativa bondad (de ella), debía (él) el gran favor de ser admitido en aquella santa casa, aunque presagiaba que no estaría mucho tiempo más en ella á causa de sus maldades y abominables calaveradas … que deshonraban aquella santa casa. Y siempre con la santa casa. Así se lo dijo, y siempre con voz muy alta. El joven le contestó muy quedo:
—Señora, he tenido que hacer….
Pero ella no le dejó concluir, y dando gritos exclamó:
—No alce usted la voz, caballerito. ¿A qué grita usted de ese modo? Está mi sobrina muy mala, y viene usted á incomodarla. Si no ha venido aquí más que para incomodar….
—¿Que está muy mala doña Paulita?—dijo en voz casi imperceptible el muchacho.
—Sí, señor; y usted, con esas voces, no la deja reposar.
—Pero si yo no he alzado la voz….
—Calle usted, señor don Lázaro, calle usted, y no me desmienta.
En esta disputa estaban cuando Salomé apareció, diciendo:
—¡Por Dios, que está Paula con el recargo, y con este ruido se va á agravar!
—Este caballerito da unos gritos …—dijo Paz, alzando mucho la voz.—¿Ves? Ha venido á las doce. ¿Qué te parece, Salomé? Habrá estado en algún club de gente perdida. ¡Bonita alhaja hemos metido en casa! ¿Y dice usted, caballerito, que ha tenido que hacer?
—Sí, señora: he tenido cierto negocio—contestó Lázaro un poco amostazado con las impertinencias de las dos viejas….
—¡Buenos negocios serán esos!—indicó Salomé.—Pero á ver si baja la voz, que mi prima no puede sufrir esos gritos. Apenas entró usted … yo no sé cómo pudo sentirle. Lo cierto es que le sintió entrar, le conoció en los pasos, despertó con mucho sobresalto, y cuando escuchó su voz se incorporó en el lecho con mucha agitación, manifestando que le molestaba mucho su voz. Con que calle usted, y procure no hacer ruido con esos taconazos…. Vamos, ya puede usted retirarse….
—Señoras, buenas noches.
Aun no había dado un paso, cuando Clara apareció muy alterada, diciendo:
—Señoras, vengan ustedes, que se quiere salir de la cama … No la puedo sujetar. En cuanto sintió esta conversación, se levantó muy á prisa, diciendo que venía acá.
—¡Ah! Vamos á ver—dijo Paz, entrando en la habitación.
—Empieza á delirar—dijo Salomé, entrando también con Clara.
Lázaro subió pensando en aquel nuevo misterio de la mujer santa.
CAPÍTULO XXXII
#La Fontanilla.#
No encontró á su tío, que aquel día no había parecido por la casa. Si hemos de verle nosotros, tenemos que dirigirnos al naciente club de La Fontanilla, donde el buen realista conversaba muy calurosamente con el Doctrino y con el otro joven llamado Aldama, de quien ya tenemos noticia.
Indiquemos la variación que había ocurrido en aquella casa. El poeta había volado. Por fin consiguió Carrascosa el objeto de sus afanes; la vizcaína se decidió á echar al poeta con todo su bagaje de Gracos, musas y ninfas clásicas. Pudo mucho en la conciencia de la jamona la opinión del vecindario, que se mostraba cada vez más explícito en cuanto á las supuestas relaciones entre la semidiosa y su cantor. Conjeturas podrían hacerse sobre la desaparición del joven, y hay indicios para creer que pocas horas antes de la partida estuvo la patrona hablando muy por lo bajo con su huésped.
Ausente el poeta y desocupado el parnasillo, don Gil trajo de la calle de las Urosas el baúl, que contenía sus tres casacas, su peluca del tiempo de Esquilache, sus cuatro camisas con chorrera, su capa y su espadín enmohecido, y se instaló donde había estado el autor de Los Gracos. Colgó en la pared un cuadro de familia que representaba las postrimerías del hombre en diabólicas y extravagantes alegorías, y allí quedó, huésped de su adorada. Creemos oportuno advertir que la causa de la afición de don Gil á la vizcaína era que él tenía conocimiento, por papeles que tuvo ocasión de ver mientras fué covachuelista, de un derecho á ciertas tierras y casas de labor en Oñate, el cual había recaído en aquella doña Leoncia sin que ella misma lo supiera. El abate pensaba realizar un buen negocio, ya haciéndose por cualquier medio poseedor del derecho, ya pleiteando por cuenta de ella, con esperanza de sacar un buen bocado. Su hambre era tanta como su ingenio, razón por la cual había probabilidad de que saliera adelante con su empresa. Dejémosle allá dedicado á la ardua tarea de conquistar á la semidiosa, y asistamos á la sesión de La Fontanilla.
El Doctrino decía á Coletilla:
—Mucho me temo que eso no salga bien: yo cuento con gente decidida; pero el golpe es demasiado terrible, amigo don Elías, y temo que se alborote la opinión pública.
—Si ya la opinión pública se ha presentado contra ellos; si les señala con execración—observó Elías con mucha vehemencia.—Parece que no conoce usted al pueblo. ¿No ve usted cómo están La Fontana, Lorencini, La Cruz de Malta y Los Comuneros? ¿No ve usted cómo los liberales exaltados truenan contra los que llaman tibios, es decir, contra los que apoyan al Gobierno y forman la mayoría llamada sensata en las Cortes? Pues bien: el pueblo está furioso contra esos tibios; ya usted sabe cómo se ha logrado encender esa ira. El pueblo está pidiendo su destrucción, porque cree que es el mejor medio de conseguir la libertad. Cumplamos la voluntad del pueblo.
Indescriptibles son el sarcasmo y la diabólica malicia con que Coletilla pronunciaba estas palabras. Ya comprenderá el lector la marcha que llevaban los planes de aquel viejo demonio del absolutismo. El caminaba seguro hacia su fin: la paciencia, la constancia, la reflexión madura, la astuta discreción le guiaba; era hombre hábil y con facultad portentosa para idear y poner en práctica proyectos como el que le vemos desarrollar ahora.
—Bien—contestó el Doctrino:—yo convengo en que es preciso hacer eso que usted dice, y ver el modo de que el pueblo bajo satisfaga su sangriento deseo. El no sabe lo que quiere ni por qué le quiere. Ha adquirido por distintos medios esas ideas, y es preciso llevarle á su realización. Pero me parece que aún no es tiempo, señor don Elías. Los hombres señalados para víctimas conservan aún mucho prestigio. El pueblo no les quiere, es cierto, porque al pueblo se le ha extraviado y se le ha engañado; pero tienen apoyo en la clase media y en una parte de la aristocracia. Creo que no ha llegado aún el golpe de mano que usted viene preparando.
—¡Qué niño es usted!—dijo el realista;—¿qué importa que esa gente tenga algún prestigio? ¿Y no significa nada el apoyo de aquella persona tan alta … de aquél que todo lo puede? …
—Del Rey, dígalo usted de una vez.
—Ya sabe usted cual es el pensamiento del Rey. Ante el público, ante la Europa, esos hombres son sus amigos: algunos son sus ministros, otros son sus consejeros de Estado, otros los diputados que apoyan sus decretos en las Cortes. Aparentemente el Rey les ama; pero en realidad les odia, les detesta. Por ellos se entroniza el sistema constitucional; ellos dan fuerza al liberalismo. Ya veis cómo para acabar con el liberalismo, hay que acabar con ellos.
Esto lo dijo con una resolución tan cínica y tan descarada veracidad, que el mismo Doctrino, que era un infame, sintió cierta repugnancia.
—Pues bien—continuó Coletilla:—toda la execración del atentado caerá sobre los liberales exaltados, que son los que lo perpetran; el golpe va á herir directamente al liberalismo. Se verá que el liberalismo se mata á sí mismo; que los más exaltados de sus secuaces devoran á los más prudentes. ¿Qué ha de hacer la Patria aterrada en presencia de este horror? Renegar del liberalismo, facilitar el santo propósito del Rey de restablecer el antiguo sistema. El golpe está muy bien preparado: una parte de los liberales arde en deseo de aniquilar á la otra parte. El suicidio del liberalismo es inminente. Favorezcámoslo, impulsémoslo. Tal vez mañana será tarde; tal vez, si nos detenemos, puede verificarse una reconciliación, y entonces….
—Reconciliación no: eso es imposible—dijo el Doctrino preocupado.—Los exaltados de la Fontana y de los otros clubs han llegado ya á un estado de intransigencia tal…. Al pueblo se le ha predicado mucha doctrina de intolerancia y de exterminio para que se detenga en su aspiración. No hay remedio: esos que se oponen en las Cortes y en los clubs á las exageraciones de la libertad, van á ser atropellados por ella. No es posible reconciliación; por lo mismo creo que debe y puede esperarse un poco á ver si esos hombres pierden de una vez la poca popularidad que les queda.
—Esas cosas se han de hacer con decisión; si no, no se hacen—dijo Elías.—Veo que usted no ha nacido para los golpes de circunstancias. Yo creo que esta semana debe verificarse el desenlace de mi plan, y lo tendrá, aunque usted no quiera ayudarme.
—Ayudarle á usted, eso sí. Hemos hecho un pacto: usted es el que ha de mandar. Aunque disintamos en un punto, no por eso nos separaremos. Yo obedezco, y la responsabilidad del éxito cae sobre mí. Pero en la desgracia, usted no me ha de abandonar: así lo hemos pactado.
—Eso no: respecto á lo que he dicho á usted, no hay que insistir.
Tendrá lo que desea, más aún.
—Pues no espero más que las órdenes de usted.
—Es indudable—dijo Elías, después de una pausa, que ellos se han propuesto marchar de acuerdo y destruir las pequeñas diferencias que entre ellos había. Martínez de la Rosa y Toreno se dan la mano con el ministro Feliú y con el mismo Argüelles.
—¿Y qué?
—Que eso es lo que conviene á nuestro plan.
—Excepto Argüelles, todos son muy odiados del pueblo, y no creo que exista hombre alguno á quien más aborrezcan los exaltados que el ministro Feliú.
—Pues bien—dijo Coletilla:—yo estoy seguro, segurísimo de que esos que he nombrado, y además Valdés, Álava, García Herreros, el poeta Quintana, el consejero de Estado Bozmediano y otros, se reúnen, no sé si de día ó de noche, con todos los ministros y algunos generales. Sin duda tienen algún proyecto entre manos, algún complot, quién sabe si contra el Rey.
—¿Y no sabe usted dónde se reúnen?
—No lo sé; estoy rabiando por averiguarlo. Figúrese usted qué ocasión. Precisamente son los que … Le diré á usted cómo he sabido que esos pájaros se reúnen algunas noches, no sé si todas las noches. Hace algunos días estaba Feliú en el cuarto del Rey. No había consejo; estaba el conde de T. contando chascarrillos. El Rey se reía mucho, y el ministro también para que no le acusaran de irreverente. Después Su Majestad dijo que quería ver el decreto de la beneficencia que Feliú tenía preparado, porque estaba delante el obispo de León, y el Rey quería mostrárselo. Sacó del bolsillo su excelencia el manuscrito, y al mismo tiempo se le cayó un papel muy pequeño, sobre el cual Su Majestad, que es más ladino que Merlín, puso inmediatamente el pie. El ministro notó la caída del papel, pero no se dió por entendido. Leyó su decreto, dijo el prelado que no le gustaba, y el Rey que estaba complacidísimo. Grande era su curiosidad por saber si aquel papel decía algo interesante, y apresuró la despedida del ministro. Quedóse solo y me llamó; juntos leímos el papel, que decía: A las diez; van por fin, Argüelles y Calatrava. No falte usted.
Esto nos aumentó la curiosidad. Mandamos á las diez á una persona que fuera á espiar la salida del ministro de su casa para observar dónde iba. Pero Feliú no salió; tampoco salieron de la suyas Argüelles ni Calatrava, y fué que el maldito, como notó que Su Majestad había puesto el pie sobre el papel, quiso desorientarle y no fué á la cita, avisando á tiempo á Argüelles y á Calatrava para que no fueran tampoco.
—¿Y después no ha tratado usted de averiguar?
—Sí: á la noche siguiente, fué una persona á casa de Feliú á preguntar por él, y le dijeron que no estaba. Quedóse por aquellos alrededores; pero no le vió entrar ni salir en toda la noche. Yo sospechaba que Toreno, Martínez de la Rosa, Valdés, Alavá y Bozmediano entraban en aquel cotarro, y después de las diez mandé á sus casas personas que preguntaran por ellos con cualquier pretexto: ninguno estaba. He sabido que Quintana, que va al Príncipe con frecuencia, ha salido antes de las diez; he sabido que Bozmediano y su hijo, que asistían á la tertulia del marqués de las Amarillas, se marchaban á eso de las diez los tres juntos. Esto se ha repetido varias noches.
—¿Y no se les sigue para saber dónde van?
—Sí; y se ha observado que cada uno entra en su casa: esto lo hacen para desorientar al que los sigue. Algunas noches se les ha visto dirigirse á otros sitios; pero nunca se ha notado que todos vayan á uno mismo. Pero ya lo averiguaremos, descuide usted.
—Pues si esa reunión es cierta—dijo el Doctrino,—es un complot sin duda: ¡qué ocasión!
—¡Y quería usted dejarla pasar! Es preciso que esa gente aparezca á los ojos del pueblo como urdiendo un plan de golpe de Estado contra la Constitución. El pueblo es fácil de engañar.
—El pueblo creerá eso y todo lo que sea preciso.
—Vamos, ¿y qué ha hecho usted esta mañana?—preguntó Coletilla.—¿Ha hablado usted á los de Lorencini?
—Estamos de acuerdo.
—Y los Comuneros ¿se deciden á marchar con ustedes?
—Ya vió usted lo que dijo el otro día el jefe de los exaltados allí.
Estamos convenidos.
—Bien—dijo Elías.
—Grandes turbas de gente obedecen ciegamente nuestro mandato. Eso bueno tienen las ideas exaltadas: que es muy fácil llevar al pueblo al terreno de los hechos, incitándole con ellas. El pueblo se deja llevar, y le gusta que le lleven.
—¡Bendita la nación!—dijo Elías con una mirada igual á la del demonio cuando tentó á Jesús;—bendita la nación que tiene un pueblo tan impresionable y dócil, porque si bien puede extraviarse, puede también servir de instrumento para volver al buen camino, y luego con un sistema de represión el pueblo no volverá á ser impresionado por nadie.
Apenas había pronunciado Coletilla estos terribles aforismos, cuando se sintió ruido en la escalera. Eran algunos jóvenes socios del club naciente.
—Escóndase usted ahí—dijo el Doctrino á Coletilla. Estos no le han de ver.
Escondióse el realista en una alcoba inmediata, y entraron Alfonso Núñez, Cabanillas y otro que hasta hoy no conocemos, y era Juan Pinilla, gran orador de los Comuneros, apóstol de las ideas más disolventes y extravagantes. Estaba ya en autos con el Doctrino; ambos servían á Coletilla mediante respetables sumas y la promesa, solemnemente asegurada, de un destino en las Intendencias de Cuba ó Filipinas. Otros muchos entraban en el infame complot, y entre ellos una gran parte sin interés, guiados sólo por patriotismo mal entendido, por la ignorancia ó la ambición. Estos eran los más desdichados.
—¿Qué hay?—dijo Núñez.—¿Te has convencido ya de que esto no puede retardarse? Mañana será tarde. He tenido ocasión de ver cómo están los ánimos perfectamente preparados para nuestro objeto. Los ministros, los diputados de la fracción sensata, son detestados: la tempestad ruge sobre sus cabezas. Hay que hacerla estallar. Salvamos la libertad, ¿sí ó no?
—La salvamos—dijo el Doctrino.—Cuando contamos nuestras filas y vemos que la mayoría de España está con nosotros, ¿no hemos de tener confianza?
—Eso mismo digo yo—manifestó Aldama, que en presencia de Coletilla no hablaba nunca; pero sabía recobrar, cuando él no estaba, el uso de su muletilla.
—¿No ha venido Lázaro?—preguntó el Doctrino á Alfonso.
—No estaba en su casa. Tal vez venga más tarde.
—Esta noche vendrá Jorge Bessieres, el gran republicano francés—dijo
Juan Pinilla, comunero y republicano.
Era Pinilla un hombre de gran talla, casi tan corpulento como el barbero Calleja, pero de más claridad en la mollera. Abogado sin pleitos, más por la violencia é informalidad de su carácter, que por falta de talento; era gran terrorista, y su mayor afán era desempeñar el papel de acusador el día en que la Junta de salud pública decretara el exterminio de una gran porción de ciudadanos, empezando por el Rey. Fernando estaba ya sentenciado en los papeles de Pinilla, con otros menos dignos que él de la guillotina. Poco después de este furibundo demagogo, otro personaje entró en escena.
—¿Quién será?—dijo el Doctrino sintiendo los pasos.—Apuesto á que es el mismo Lobo en persona.
Un hombre alto, flaco y vestido de negro entró en la habitación. Era don Julián Lobo, célebre republicano que después fué faccioso y uno de los más sanguinarios chacales del absolutismo. No es fácil decir si en la época en que lo presentamos era verdadero demagogo ó simplemente un absolutista disfrazado, como otros muchos. Lo cierto es que hacía alarde de las más exageradas opiniones, y sus discursos, pronunciados en Lorencini, eran elocuentes y fanáticos. Conspiró mucho con los liberales exaltados contra el gobierno Feliú, y después contra el gobierno de Martínez de la Rosa. Hay quien asegura que tomó parte en las primeras facciones con Misas y el Trapense, y es indudable que al fin de los tres años constitucionales se presentó descaradamente con una partida en Moncayo, donde hizo estragos. Entronizado de nuevo el absolutismo, se ordenó de mayores (ya lo era de menores antes de 1821); obtuvo el arcedianato de Ciudad-Rodrigo con asiento en el coro de Salamanca, y lo disfrutó muchos años.
—Señores—dijo con mucha solemnidad—albricias: la Fontana es nuestra.
—¿Qué hay? Cuente usted—dijeron todos con gran interés.
—Que nos han dejado libre el campo. Los últimos que quedaban del partido tibio se han marchado, viendo que la opinión se va tras nosotros. Anoche le han dado una silba horrible. Han acordado marcharse todos, y el amo del café, Grippini, ha venido á decirme que si queremos continuar nosotros las sesiones….
—¿Pues no hemos de continuar? Esta noche misma—dijo Alfonso con entusiasmo.
—Bien por la Fontana. La Fontana es nuestra—gritó el Doctrino.
—Lo mismo ha pasado en Lorencini. Se han marchado esos señores con su orden y su cordura.
—El campo en nuestro. Convocar á la gente para esta noche.
—¡Todo el mundo á la Fontanal!
—A la Fontana, á las diez.
En la sesión preparatoria de la Fontanilla no ocurrió nada de notable. Los principales cabecillas del complot se dieron cita para una conferencia secreta que tendría lugar aquella noche en el salón interior de la Fontana, á las nueve, y se despidieron para retirarse, quedando allí Aldama y el Doctrino. Cuando se vieron solos, llamaron á Elías que apareció con cara de júbilo, la cual en aquel hombre era la cara más diabólica y repulsiva del mundo.
—¿Qué le parece á usted?—dijo el Doctrino.
—Bien, bien.
—Vamos á echar un trago—añadió el joven, tomando de manos de Aldama una botella que éste habla sacado, no sabemos de dónde, al desaparecer los compañeros.
—Yo no bebo, no—dijo Elías tomando la botella y echando vino en el vaso de los otros dos.—Yo no bebo.
—Esta noche en la fontana. ¿Va usted?
—Sí, iré… pues no—respondió Coletilla con mucha ironía.—Yo también soy liberal.