CAPÍTULO XXXIII
#Las arpías se ponen tristes#.
Mucho le asombró á Lázaro lo que pasó en la casa de la calle de Belén el día después de su excursión á la plazuela de Afligidos, que fué el día mismo de la sesión que hemos referido. Serían las tres de la tarde cuando entró su tío; las dos arpías se abalanzaron hacia él, y con la hiel propia de sus caracteres emponzoñados, le dijeron, disputándose á cuál hablaba primero:
—¡Ah, señor don Elías: no sabe usted lo incomodadas que nos tiene este mozalbete! ¿No sabe usted á qué hora entró anoche? ¿Lo creerá usted? ¡A las doce!… ¡Qué escándalo! ¡En una casa como ésta, en una casa de paz, de decoro, de virtudes! A las doce entró este caballerito, que sin duda pasó la noche en alguno de esos clubes, como dicen, alborotando y aprendiendo todas esas herejías que andan ahora por ahí. ¿Qué le parece á usted? ¿Pero no se irrita usted, señor don Elías? Y lo peor es que entró haciendo un ruido con esos taconazos … y dando unas voces…. Porque como está Paulita tan mala, es el caso que se alteró con el ruido y quiso salirse de la cama. ¡Ay qué hombre! Crea usted que ya nos tiene consumidas su sobrinito, señor don Elías, y es preciso que tome usted una determinación, porque esta casa … ya ve usted … esta casa….
Todo lo dijo casi en su totalidad Paz, aunque á Salomé pertenecieron algunas palabras. Pero viendo las dos que la filípica no hacía efecto ninguno en Coletilla (y esto era lo que asombraba á Lázaro), tomó la palabra Salomé sola para decir:
—¿Y no sabe usted que este … joven es de los más mal educados que he visto? Pues el otro día estuvimos en casa de don Silvestre Entrambasaguas, y se portó tan groseramente que nos dió vergüenza de ir en su compañía. Luego por la calle andaba con unas carreras… En fin, si usted no se decide á sacarlo de los clubes….
(Advertimos, para que el lector no extrañe la singularidad de este plural, que la dama, para explicarla, aseguraba que no decía clubs, por lo mismo que no decía candils ni fusils, en lo cual no andaba del todo descaminada.)
Lázaro sintió impulsos de agarrar por el moño á uno y otro basilisco, y dar allí un ejemplo del vejamen que podía sufrir la aristocracia histórica en la ilustre familia de los Porreños, pero su indignación se calmó al observar que su tío, lejos de escuchar con ira aquellas acusaciones, se sonrió, y pasándole la mano por el hombro casi cariñosamente, si es permitido usar esta palabra, dijo:
No se incomoden ustedes por tan poca cosa. Si llegó tarde, fué sin duda porque tuvo alguna ocupación: eso no tiene nada de particular. Lázaro se porta bien: yo se lo aseguro á ustedes.
—¡Jesús, señor don Elías!—exclamó Salomé como si oyera una obscenidad.—¡Jesús, señor don Elías: yo esperaba de usted algún miramiento para con nosotras!
—Pero, señoras, digo tan sólo que si mi sobrino llegó tarde, fué porque tuvo algo que hacer.
—No esperaba yo de usted semejantes palabras—indicó Paz, poniendo los ojos, la boca y la nariz en la misma disposición compungida que si fuera á llorar.
—No sé en qué podemos nosotras haber faltado—observó Salomé, poniéndose verde y haciendo también un gran esfuerzo para hacer creer que si no lloraba era por no faltar á las conveniencias sociales.—No sé en qué podemos nosotras haber faltado para que usted nos diga eso. —Como está una en desgracia…—murmuró Paz bajando la cara para que se creyera que devoraba una humillación.
—Pero, señoras—dijo Coletilla con mucha seriedad,—yo no he agraviado á ustedes; he disculpado á mi sobrino solamente….
—Como está una en desgracia…—añadió la dama continuando la queja interrumpida,—ya no se nos guardan ciertas consideraciones, y se nos desmiente cuando afirmamos una cosa.
—¡Yo, señoras mías!—balbució Elías.—En otro tiempo—dijo Salomé, respirando fuerte y acumulando en la mirada todo el desdén de su carácter,—en otro tiempo no pasaba así. Cada persona se mantenía en su lugar, y el que estaba obligado á acatarnos, no llegaba nunca hasta nosotros sino con el mayor respeto y cortesía. Hoy todo ha cambiado.
—¡Hoy todo ha cambiado! ¡Cómo ha de ser!—exclamó Paz, que después de incalculables esfuerzos consiguió su objeto, el cual consistía en que una lagrimita rodara por sus mejillas atomatadas.
—Adiós, señor don Elías—dijo Salomé, hecha un veneno porque el realista no se arrodilló á sus plantas como esperaba.
—Adiós, señor don Elías—repitió Paz, viendo que su lagrimita no ablandaba el duro corazón del antiguo mayordomo.
—Pero vengan ustedes acá, señoras…. Las dos volvieron rápidamente.
—Yo estoy confuso; no sé por qué toman ustedes ese tono. No sé en qué puedo haberlas ofendido. ¿Qué he dicho?
—Ha dicho usted lo que no quiero recordar—dijo Paz, limpiándose la consabida.
—Ha dicho usted que su sobrino se enmendará. ¡Oh! no puedo creer que usted…—exclamó Salomé.—Adiós, señor don Elías.—Adiós, señor don Elías. Se fueron. El fanático volvió pronto de su estupor, y después, dando poca importancia á aquel asunto, se dirigió á su sobrino y dijo:
—Vamos, Lázaro: esta noche se reúnen tus amigos en la Fontana. Hay gran sesión: no faltes. Yo no me opongo á que cada cual manifieste sus opiniones; tú tienes las tuyas: yo las respeto. Sé que tienes talento y quiero que te conozcan. Ve á la Fontana, ve esta noche.
Lázaro se quedó absorto, y apenas creía que lo dijera aquello el hombre intransigente que tantas recriminaciones le había hecho por sus ideas liberales; pero acostumbrado ya á las cosas raras é inverosímiles, no se preocupó mucho.
Llegó la hora de comer, y la santa ceremonia del pan de cada día fué tan silenciosa, que aquella casa parecía de duelo. Baste decir que á Salomé se le olvidó pasarle los garbanzos á Lázaro, y que este, por no dar lugar á un nuevo conflicto, ni los pidió ni los tomó. Tampoco en la ración del realista estuvo muy pródiga doña Paz, pues se le olvidó ponerle carne, en lo cual aquel grande hombre, que sólo vivía de espíritu, no hizo alto. La otra vieja hizo cuanto en ser humano cabe para dar á entender que no tenía apetito; pero de todos los medios que se conocen para probar tal cosa, dejó de emplear el mejor, que es no comer. A tanto no llegaron sus esfuerzos. Paz dió algunos suspiros entre bocado y bocado. El único suceso importante que turbó la calma de aquella comida melancólica y callada, fué una ligera disputa suscitada entre las dos arpías, porque Salomé decía que el estofado se quemó por culpa de Paz, y ésta aseguraba lo contrario. Al concluir, Elías dió tregua á sus meditaciones para preguntar:
—Pero ¿no está mejor doña Paulita? ¡Bah! supongo que no será nada.
Salomé se apresuró á llevar á la boca una uva, que tenía entre sus delicados dedos, para poder decir:
—¿Que no será nada? Crea usted que está bastante grave.
Al decir esto, los movimientos de la delgada piel y los huesos angulosos de su gaznate indicaron que la uva había pasado.
—¿Pero es cosa de gravedad?—dijo Elías.
—¿Qué, tanto le interesa á usted?—preguntó con mucha hinchazón María de la Paz, que sentía renacer en sí todas las fuerzas de su antigua habilidosa elocuencia de salón.
—¿Pues no me ha de interesar?—dijo Elías sintiendo herido su amor propio de mayordomo.—Pero voy, si ustedes me permiten, á verla.
—No puede usted ahora, porque está durmiendo.
—La va usted á molestar.
Las dos se sonrieron satisfechas de la humillación que creían arrojar sobre Elías, retirándole momentáneamente su confianza.
—Pues si no puede ser, me retiro.
—Vaya usted con Dios.
—Si se ofrece algo, señoras …—dijo el realista.
Y contra lo que ellas esperaban, el realista se marchó, dejándolas muy contrariadas.
—¡Ay!—exclamó Salomé,—¿será posible?
—¿Qué?—dijo Paz alarmada.
—Que las ideas del día hayan también….
—¿Será posible?…
—¡También él!…
El ámbito del comedor resonó con la vibración de dos suspiros que eran dos poemas. Pero ningún suceso grave resultó de aquel singular estado de sus caracteres, á no ser que quiera considerarse como tal el gran puntapié que se llevó el perrito Batilo sin motivo serio que lo explicara.
CAPÍTULO XXXIV
#El complot.—Triunfo de Lázaro.#
Lázaro no pudo tampoco aquel día encontrar á Bozmediano. Su deseo de hablarle, de pedirle cuenta de su infamia, de demostrarle la lealtad de su conducta y de castigarle sin lástima ninguna, aumentaba á cada hora. Buscóle con afán, porque ciertos agravios dan una paciencia y una tenacidad que las más grandes empresas inspiran rara vez al hombre.
En la casa le decían constantemente que no estaba; paseaba de largo á largo la calle sin verle aparecer; llegó la noche, y á eso de las diez vió salir á las mismas tres personas de la noche anterior. Eran ellos. Bozmediano, padre é hijo, y el otro militar salieron por una puerta que se abría á un callejón obscuro, y se encaminaron á la plazuela de Afligidos, dando un gran rodeo. Apostóse el joven Otra vez detrás de la esquina de la calle de las Negras, y les vió entrar en la propia casa. Al poco rato entró otra persona, después tres, después dos; en fin, los mismos de la noche anterior. Reflexionando entonces Lázaro que su grande objeto, hablar y confundir á Bozmediano, no lo podía conseguir, viendo entrar desconocidos en una casa desconocida, se retiró, dirigiéndose á la Fontana para asistir á la gran sesión de que su tío le había hablado.
Desde el anochecer estaban en el café de la Carrera de San Jerónimo el Doctrino, Pinilla, Aldama y otros dos individuos de los que más trato tenían con el bolsillo del intendente revolucionario Elías Orejón.
—No hay otro medio mejor que el que Coletilla nos ha propuesto—decía el Doctrino.—Indudablemente ese zorro tiene talento.
—Pero es preciso tomar antes buenas medidas—indicó Pinilla—porque esos golpes, si salen mal, son terribles…. Escojamos buena gente, y que todos nos sigan y vayan al mismo objeto sin decir nada hasta no estar sobre ellos. Que sólo sepan la verdad del objeto treinta ó cuarenta hombres probados.
—Eso ha de ser así: yo respondo de ello.—Ellos también parece que ven venir la lucha y se preparan para la defensa. Hoy lo dijo Toreno en las Cortes—observó Pinilla.—Pero les va á ser difícil escapar. El pueblo está irritado contra ellos; el pueblo quiere libertad, y ha de atropellar á los que intentan no permitirle llegar hasta el fin.
—La gran dificultad consiste en no poderles coger reunidos en un solo punto. Lo bueno sería invadir el Congreso; pero el de la casa grande no quiere tal cosa. Hay que ir cazándoles guarida por guarida, y esto hace más difícil y complicado el asunto… Pero concretemos. En resumen, ¿qué es lo que se debe hacer?
—La cuestión es muy sencilla—dijo el Doctrino, echándose atrás el sombrero y bajando la voz.—Todo se reduce á lo siguiente: Hay un partido, unos cuantos hombres que se llaman liberales sensatos, que predican el orden y el respeto á las leyes. Todo esto es muy bueno. Pero el pueblo ha cobrado gran odio á esa gente, que es, según cree el Rey, el apoyo de la Constitución. El pueblo ha llegado tras largas sugestiones á desear vivamente, con razón ó sin ella, la … desaparición de esos hombres. Bien: conduzcamos al pueblo al logro de su deseo. El pueblo lo quiere, cúmplase la voluntad nacional. Después de estas irrisorias y diabólicas palabras, el Doctrino se detuvo para leer el efecto de su exposición en las caras de los oyentes.
—Bien—continuó:—hay veinte ó treinta hombres señalados ya en la opinión como víctimas.
—¿Cómo víctimas?—interrumpió Pinilla.
—Sí, ha de haber un atropello. Hasta dónde llegará este atropello, es lo que no puedo decir á ustedes. Ya sabemos lo que es este pueblo.
—¿Pero ese atropello parará en una matanza?—preguntó uno de los dos desconocidos.
—Eso es lo que no sé. Atropello ha de haber. Las personas que lo han de sufrir están aquí apuntadas en mi cartera. No son sólo los ministros.
—Y después, ¿qué pasará?—dijo el otro.—Verificado el hecho (y supongo que llegue al último extremo, á un sacrificio horrible), ¿qué tendremos? Se apoderará del poder el partido exaltado; tendremos un período de dictadura, de terror y represalias espantosas. ¿A donde iremos á parar? A la anarquía más horrible.
—No importa—dijo el Doctrino.—El Rey cuenta con eso, y lo desea. De esa anarquía ha de salir triunfante un absolutismo, que es su objeto. Y lo conseguirá; eso es indudable.—¿Y contra quiénes se dirige el motín?
—Contra muchos: ya conocéis quiénes son. Los políticos que se llaman de talla, los que guían la marcha de las Cortes, los influyentes. No se olvidará al presuntuoso Argüelles ni al célebre, más que célebre, Calatrava.
—Hombre, sentiría que se escapara el bueno del consejero Bozmediano, que tuvo la desfachatez de decir en las Cortes que si el Gobierno no tenía á raya á los exaltados, peligraba la libertad y la Patria.
—¿Cómo se había de escapar ese pez? Ese es de los primeros. Pues si es el que inspira al Gobierno… ¿Quién clama todos los días porque se cierren los clubs? El. ¿Quién es el autor de aquellos decretos sobre imprenta? El. ¿Quién indujo al Gobierno á la destitución de Riego? El.
—¡Pues no digo nada de su hijito el señor don Claudio Bozmediano, que al principio era socio de la Fontanal dijo uno de los desconocidos.
—¡Oh!—exclamó vivamente el señor Pinilla, como si sintiera una herida en el corazón.—¿Ese perro habla de escapar? Le odio, le detesto, no le tendría compasión aunque le viera asado en parrillas. Sólo por acabar con ese condenado, entraría yo en la conspiración.
—¿Pues que te ha pasado con él?—le preguntaron.
—¿Qué me ha pasado?—dijo Pinilla, lívido de cólera. Hace algún tiempo iba ese señor á Lorencini. Una noche hablaba yo en contra del absolutismo y de los frailes: todos me aplaudían, y él también. Después dije no sé qué cosa contra los militares: el calló; pero al concluir mi discurso, vino á hablar conmigo y me expresó con algunas palabras su disgusto. Yo no esperé más: hacía tiempo que me cargaba aquel hombre, le tenía ojeriza sin saber por qué; le dije que me importaba poco su opinión. Me contestó, le contesté yo más fuerte, hasta que al fin, de palabra en palabra, le dije cierta cosa, sabida de todo el mundo, respecto á su madre, que fué muy levantada de cascos. El no esperó más, y de repente … no lo puedo contar, porque se me sube toda la sangre al rostro. El puso su pesada mano en mi cara, y la imprimió con tal fuerza, que desde entonces la siento siempre aquí … aquí … quemándome como un hierro candente. Reñimos: él es mucho más fuerte que yo, y me venció. Después nos desafiamos, y me hirió; he vuelto á tener otro altercado con él, y me volvió á … En fin, le odio de muerte. Uno de los dos tiene que destruir al otro: no hay remedio.
—Pues no escapará, ni su padre tampoco.
—Lo mismo digo yo—exclamó Aldama, que estaba muy pesaroso porque el amo del café no le había querido fiar una botella de Málaga.
—Chitón, que viene alguien. ¿Quién es? ¡Ah! Lázaro Lázaro entró y saludó á su amigo.
—Buenas noches, buena pieza—le dijo el Doctrino.—Ya estamos otra vez en la Fontana; ya somos dueños del club, de nuestro club; ya se fué aquella horda de necios. Esta noche hablará usted y será aplaudido. Sabrán apreciar lo que usted vale.
—¡Ah! yo no hablo más—replicó Lázaro con cierta amargura, porque se había llegado á convencer de que no había nacido para la tribuna.
—Mire usted—dijo Pinilla al Doctrino, continuando la conversación interrumpida,—ese Bozmediano es además un hombre inmoral, de detestable conducta; un libertino, como lo fué su padre, escándalo de la corte de Carlos III.
Lázaro prestó mucha atención.
—No se ocupa más que en seducir muchachas. ¡Cuántas familias son hoy desgraciadas á causa de sus hazañas! ¡Oh! los bandidos de esta clase deben ser quitados de entre los hombres.
—Hablan ustedes de una persona que me ocupa mucho en estos momentos—dijo Lázaro.—¿Usted le conoce? ¿Usted sabe cuáles son los hábitos de ese malvado?
—¿Pues no lo he de saber?—manifestó Pinilla.
—Yo le he buscado ayer—dijo Lázaro;—le he buscado hoy sin poderle encontrar, porque tengo que ajustar ciertas cuentas con él. Yo le encontraré aunque tenga que andar toda la tierra.
—Cuidado, joven, que ese maldecido maneja bien las armas. Tiene una mano admirable.
—No me importa: ya nos arreglaremos.
—¿Y le ha buscado usted?
—Si: no le he podido encontrar; es decir, sí le he encontrado, le he visto; pero no en disposición de hablar con él. Iba con dos más, al parecer á una reunión secreta, á que concurrían otros hombres, que aparecían sucesivamente y entraban en una casa.
—¿Dónde?—preguntó con vivo interés el Doctrino.
—En una plazuela; según después he averiguado, se llama de Afligidos.
—¿En la plazuela de Afligidos?—dijo el otro con asombro.—Es en la casa de Álava… ¿Y eran muchos? ¿A qué hora?
Lázaro contó detenidamente todo lo que habla visto en la citada plazuela dos noches seguidas y á la misma hora.
—No necesito más—dijo el Doctrino al oído de Pinilla.
Esto pasaba en una pequeña sala interior de la Fontana, donde el amo tenía algunos centenares de botellas vacías, y dos ó tres barriles, vacíos también, con gran sentimiento, de Curro Aldama. Cuando Lázaro concluyó su relato, se sintió el ruido de aplausos y las voces entusiastas que resonaban en el recinto del café. Hablaba con mucha elocuencia Alfonso Núñez. Más de doscientos jóvenes exaltados, lleno el espíritu de pasión expansiva, le aplaudían con entusiasmo. El joven orador comunicaba su indiscreta fe á aquella masa de juventud inocente y soñadora, cuando cuatro infames, á dos pasos de allí, preparaban un sangriento desastre. Estas iniquidades, proyectadas por pocos y llevadas á cabo por muchos con la sencillez propia de las turbas engañadas, son muy frecuentes en las revoluciones. El gentío obra á veces obedeciendo á una sola de sus voces, cualesquiera que sea: se mueve todo á impulso de uno solo de sus miembros por una solidaridad fatal.
La Fontana estaba aquella noche elocuente, ciega, grande en su desvarío. Iba á perpetrar un crimen sin conocerlo. Su elocuencia era la justificación prematura de un hecho sangriento; y para el que conocía su próxima realización, las galas de aquella oratoria juvenil eran espantosas y sombrías.
Lázaro entró en el café: aún no se atrevió, aunque tema la persuasión de ser recibido con benevolencia, á presentarse en el centro del club. Se quedó en un rincón, dispuesto á ser simple espectador; pero algunos pidieron que hablara; Alfonso le empujó hacia la tribuna; el mismo dueño del café se lo suplicó con insistencia, y la mayor parte de la juventud, que formaba el público, le aplaudió, tributándole una ovación anticipada. No pudo eximirse: se resolvió á hablar, subió á la tribuna y empezó. Felizmente no le aconteció aquella vez lo que en la desgraciada noche de su llegada; no perdió la serenidad al encararse con las mil cabezas del público y ver abierto ante sí el abismo de tanta atención, expresada en tantos ojos. Sin dificultad ninguna encontró el asunto de su discurso, y desde las primeras frases vió desarrollarse ante su imaginación en serie muy clara todas las ideas que habían de constituir la disertación. A cada palabra sentía presentarse la siguiente; pero sin atropellarse, con la calma de la verdadera inspiración que afluye al espíritu y no se precipita. La elocuencia muda de sus horas de silencio y soledad, salía por primera vez á su boca, sorprendiéndole á él mismo, que se oía con tanto gozo como podía oírle el público. Aquellas páginas no escritas, aquellas oraciones no emitidas por voz humana, salían á sus labios con tanta facilidad que parecían aprendidas de memoria desde largo tiempo. Sin darse cuenta de ello, dejó de ser retórico aquella vez. Su instinto de orador se alejó de aquel peligro, y expresándose á veces con demasiada sencillez, no ocurrió tampoco en el desaliño ni la vulgaridad. La espontánea brillantez de sus medios oratorios, la profunda entonación de verdad y sentimiento que daba á sus afirmaciones, la habilidad con que sabía explotar la pasión y la fantasía del auditorio, le ayudaron en aquella empresa, en la cual su ingenio apareció en altísimo lugar, grande, espontáneo, robusto de ideas y formas, como realmente era.
—¿Cómo queréis que haya libertad—decía,—si unos cuantos se erigen en sacerdotes exclusivos de ella, cuando ese gran sacerdocio á todos nos corresponde y no es patrimonio de ninguna clase? Pasó el monopolio de la riqueza, de la ilustración, del predominio y de la influencia, ¿Hemos de consentir ahora el monopolio de las ideas? (Grandes aplausos.) Por este camino vamos á tener aquí una cosa parecida á las castas del Oriente. (Risas.) Entre los millones de ciudadanos que pertenecen á la sagrada comunión del liberalismo, vemos surgir una casta privilegiada, que se cree única conservadora del orden, única cumplidora de las leyes, única apta para dirigir la opinión. ¿Hemos de consentir esto? ¿Hemos de ser siempre esclavos? ¿Esclavos ayer del despotismo de uno, esclavos hoy del orgullo de ciento? Mil veces peor es este absolutismo que el que hemos sacudido. Prefiero ver al tirano desenmascarado y franco, mostrando su torva, sanguinaria faz de demonio; prefiero la insolencia desnuda de un bárbaro abominable, abortado por el infierno, á la hipócrita crueldad, al despotismo encubierto y disfrazado de estos hombres que nos mandan y nos dirigen escudados con el nombre de liberales, haciendo leyes á su antojo, para después obligarnos con el respeto á la ley; seduciéndonos con el nombre de libertad para después ametrallarnos en nombre del orden; llamándose representantes de todos nosotros para después insultarnos en las Cortes llamándonos bandidos. (Aplausos.) No puede durar mucho tiempo el imperio de la injusticia. Felizmente aún no han puesto mordazas en todas nuestras bocas; aún no han atado todas nuestras manos; aún podemos alzar un brazo para señalarles; aún tenemos alientos en nuestros pechos para poder decir: "ese." Están entre nosotros, les conocemos. Esta gran revolución no ha llegado á su augusto apogeo, no ha llegado al punto supremo de justicia: ha sido hasta ahora un paso tan sólo, el primer paso. ¿Nos detendremos con timidez asustados de nuestra propia obra? No: estamos en un intermedio horrible: la mitad de este camino de abrojos es el mayor de los peligros. Detenerse en esta mitad es caer, es peor que volver atrás, es peor que no haber empezado. Hay que optar entre los dos extremos: ó seguir adelante, ó maldecir la hora en que hemos nacido. (Grandes y estrepitosos aplausos.)
Lázaro notó, mientras pronunciaba estos párrafos, que entre las mil figuras del auditorio, y allá en lo obscuro de un rincón, había una cara en cuyos ojos brillaban el entusiasmo y la ansiedad. Las manos flacas y huesosas de aquel personaje aplaudían, resonando como dos piedras cóncavas. Le miraba sin cesar mientras hablaba, y á no encontrarse el orador muy poseído de su asunto y muy fuerte en su posición respecto al auditorio, se hubiera turbado sin remedio, dando al traste con el discurso. La persona que así le miraba y le aplaudía era su tío. Aquello era incomprensible, y el joven hubiera pensado mucho en semejante cosa, si las cariñosas y ardientes manifestaciones de que fué objeto no le distrajeran mucho tiempo después de concluido su discurso.
Otro habló después de él, y al fin, después de tantos discursos, el público empezó á desfilar. Alfonso y Cabanillas se fueron á la calle, llevados por los grandes grupos en que se descompuso aquella masa de gente. Agitada fué aquella noche en todo Madrid, y es positivo que la autoridad, ordinariamente bastante descuidada y débil, tomó algunas precauciones. En la Fontana quedaban á la madrugada el Doctrino, Pinilla, Lobo, Lázaro y otros.
—¡Bien lo ha hecho usted!—le decía el Doctrino á Lázaro.—Yo me lo esperaba. Esta noche nuestro partido adquiere con la palabra de usted una fuerza terrible. Don Elías, puede usted estar orgulloso de su sobrino.
—Sí que lo estoy—dijo Coletilla sonriéndose como acostumbran hacerlo los chacales y las zorras, á quienes ha puesto la Naturaleza una contracción diabólica en el rostro.—Sí que lo estoy: no creí yo que fuera este chico tan listo, que, á saberlo, ya hubiera yo hecho lo posible para que….
Lázaro comenzó á ver obscuro en aquella intrusión de su tío en las sesiones de los exaltados. Cruzó por su imaginación una sospecha horrible. Cuando se marchó á la casa iba recordando la acusación que en la noche de su expulsión le habían dirigido en aquel mismo sitio; recordó el diálogo que con su tío había tenido en la cárcel; recordó todas sus palabras, expresión del más ciego fanatismo; y cuanto más meditaba y recordaba, menos podía explicarse que su tío permitiera el ser llamado gran liberal. Aunque algunas sospechas vagas le atormentaron, no vió el gran abismo en todo su horror y profundidad; no presagió el movimiento á que había dado impulso con su palabra, ni comprendió el ardid tenebroso, la colisión sangrienta que de las cabezas aturdidas de la Fontana y de las voluntades agitadas de algunos jóvenes, hacía su arma mas terrible.
Pero al llegar á la casa esperaba á Lázaro una sorpresa que había de hacerle olvidar su discurso, á su tío y á la Fontana. Al entrar, ya cercano el día, encontró á doña Paz muy alborotada, á Salomé rondando la casa con luz, y á las dos tan coléricas y destempladas, que no pudo menos de reír á pesar del estado de su espíritu.
—¡Gracias á Dios que viene usted! Estamos solas—le dijo temblando la más vieja.
—¿Qué hay, señoras?
—Tememos que alguien se entre por esos tejados.
—¿Cómo, quién se va á atrever?
—¿No sabe usted lo que ha pasado, caballerito?—dijo Paz.—Esa
Clarita…. ¡Qué horror, qué perversión!…
—¿Para cuándo es el patíbulo?—exclamó Salomé.—¡Un hombre, un hombre ha entrado aquí por esa niña, un seductor! ¡Y nosotras tan ciegas que la recogimos!
—¡Ay, mi Dios! ¡qué horrible atentado!
—¿Y cuándo entró ese hombre?—preguntó, comprendiendo que habían descubierto la entrada de Bozmediano.
—El domingo, aquella tarde que estuvimos en la procesión.
—Y ella, ¿dónde está?—preguntó el joven, creyendo que había llegado el momento de aclarar aquel asunto.
—¡Qué horror! ¿Y usted pregunta dónde está? ¡La hemos arrojado, la hemos echado!—dijo Paz, con expresión de venganzasatisfecha.—¿Habíamos de consentir aquí semejante monstruo?
—¡Qué degradación! ¡Y en esta casa!—exclamó Salomé, poniéndose ambas manos sobre la cara.—Señor, ¿qué expiación es esta? ¿Qué pecado hemos cometido?
—¿Y dónde está?
—¿Que dónde está? ¿Qué sé yo? La hemos arrojado.
—¿Pero dónde ha ido?
—¿Qué sé yo? Vaya á la calle, que es donde siempre ha debido estar.
¡Oh! Ella se habrá ido muy contenta por ahí.
—Si esa gente ha nacido por la calle—dijo Salomé, con un gesto de repugnancia.—¡Qué ignominia!
—¿Pero ustedes la han arrojado así…? ¿Dónde ha de ir la pobrecilla?—preguntó Lázaro, que, á pesar de su agravio, no podía ver con calma que se injuriara y se maltratara de aquel modo á un ser desvalido.
—¿Qué sé yo dónde ha ido? ¡Al infierno!—dijo María de la Paz riendo.
—Señor, ¿es posible que haya tanta infamia en el mundo? ¡Oh! Las ideas del día …—murmuró Salomé, alzando las manos al cielo en actitud declamatoria.
Antes de decir lo que hizo Lázaro al encontrarse con tan estupenda novedad, contemos lo que pasó aquella noche en la vivienda de las tres damas. Coletilla había salido diciendo que no volvería hasta dentro de tres días, por tener que ocuparse fuera de cierto asunto; y ellas estaban comentando esta rara determinación, cuando aconteció un suceso que dió por resultado la expulsión definitiva de la huérfana.
CAPÍTULO XXXV
#El bonete del Nuncio.#
La sastrería clerical fué industria muy socorrida y floreciente en el siglo pasado. Había muchos clérigos, y además gran cosecha de abates, gente toda que vestía con primor y coquetería. Los que á tal industria se dedicaban obtuvieron pingües ganancias, y esto fué causa de que se dedicaran á explotarla muchos menestrales de ambos sexos, educados al principio en la sastrería profana. En el presente siglo la industria en cuestión estaba muy decaída, no sabemos si porque había menos clérigos ó porque había más sastres. En el quinto piso de la casa de Tócame Roque, situada en la calle de Belén, tenían su nido dos hermanas, sastras de ropas sagradas, que habían venido muy á menos. En sus mocedades habían cosido muchos manteos y sobrepellices para los canónigos de Toledo y para los clérigos de la corte; pero en la época de nuestra historia, por razones sociales que no es oportuno consignar, sólo consagraban su mísera existencia á remendar las verdinegras hopalandas de algún escolapio ó de algún teniente cura pobre y andrajoso. Hacían de peras á higos un bonete para un capellán de Palacio ó para el señor fiscal de la Rota, y nada más. Eran muy pobres, pero soportaban con paciencia la desgracia sin exhalar una queja. Sólo una de ellas decía de cuando en cuando con un suspiro, mientras revolvía los escasos trapos negros de su santa industria: "Ya no hay religión."
No tenían otro amigo que el abate don Gil Carrascosa, que, según ha llegado á nuestra noticia, tuvo en sus tiempos ciertos dimes y diretes con una de ellas. El las visitaba, les proporcionaba algún trabajo y solía darles algún rato de tertulia, contándoles las cosas de Madrid. Pero si las de Remolinos (que así se llamaban) no tenían más que un amigo, en cambio tenían un enemigo implacable, sanguinario, feroz. Este enemigo era otra sastra, que vivía pared por medio, y que, por la natural divergencia de opiniones entre los que se dedican á una misma industria, les había declarado guerra á muerte. Para martirizarla, además de sus improperios y apodos, tenía un gato, que creemos nacido expresamente para entrarse en el cuarto de las dos hermanas y hacer allí cuantas inconveniencias puede hacer el gato de un enemigo. Tenía además la doña Rosalía un amante del comercio, que la visitaba todas las noches, en compañía de una guitarra; y era este amante un ser creado de encargo por el infierno para cantar y tocar toda la noche en aquella casa y no dejar dormir á las dos sastras de ropas sagradas.
Doña Rosalía tenía más trabajo que sus vecinas las de Remolinos (ó las Remolinas, como generalmente las llamaban), y además hacía cuanto puede hacer una mujer envidiosa para quitarles á sus rivales el poco que tenían. Aconteció que un paje de la Nunciatura, feligrés antiguo de doña Rosalía, y muy admirador de su buen color, se atrevió á aspirar á no sabemos que honestas confianzas; picóse la dama, picóse más el paje, y al día siguiente, al traer el bonete del Nuncio para que le echaran un zurcido, en vez de dárselo á doña Rosalía se lo entregó á las dos hermanas.
Cuando doña Rosalía supo que el bonete de la Nunciatura estaba en manos de sus rivales, le pareció que había recibido la más grande ofensa: rompió relaciones con la Curia romana, dijo mil improperios al paje, encargó á su gato ciertas sucias comisiones cerca de las dos vecinas (comisiones que el animal cumplió con gran puntualidad), se acercó á la puerta de las dos infelices, y les dijo mil cosas estupendas, que hicieron proferir á la más vieja de las dos en su lamentación acostumbrada: "Ya no hay religión."
Pero Rosalía buscaba una venganza terrible. ¿Cómo? Mucho le asombró ver entrar al abate con un militar desconocido. La casa estaba dispuesta de tal modo, que acercándose á la puerta se oía cuanto en los cuartos inmediatos se hablaba. Todos sabemos los fines de la visita de Bozmediano á las de Remolinos. Doña Rosalía lo adivinó también, cuando, poniéndose en acecho, le vió pasar á la casa inmediata por una puerta condenada que daba al desván antiguo. Se calló y esperó. Comprendió la taimada que allí había aventura amorosa, y en esto supo hallar un medio feliz para su venganza. Vió entrar y salir á Bozmediano, y calculando que aquella entrada fraudulenta se repetiría, esperó á que se repitiera, para ir inmediatamente, y mientras el joven estuviera dentro, á la casa contigua á denunciar el hecho. El joven sería sorprendido, habría un gran escándalo, se harían averiguaciones, ella declararía por dónde habría entrado, y cátate á las Remolinas camino de la cárcel en castigo de su complicidad en aquel delito de escalamiento y abuso de confianza.
Esperó un día, dos, tres, hasta que viendo que la escena no se repetía, resolvió en su alto criterio denunciar el hecho de una vez á la familia interesada, no sea que, retardándolo, pudiera ser puesto en duda.
Pensado y hecho. Púsose un mantón, bajó, entró en casa de las Porreñas, tocó, le abrieron, y se encaró con la faz majestuosa de María de la Paz Jesús, que de muy mal talante le preguntó:
—¿Qué quiere usted?
—Venía á ver al amo de esta casa para decirle una cosa,—dijo
Rosalía entrando.
—¡Qué irreverencia!—pensó María de la Paz, viéndola entrar de rondón.—Salomé, una luz.
Anochecía, y con la obscuridad no podía la dama ver claramente el rostro de la que la visitaba. Salomé trajo un quinqué á la sala, donde las dos se personaron.
—¿Qué se le ofrece á usted?—preguntó Paz, midiendo con una mirada el cuerpo de doña Rosalía.
—¿Quién es el amo de esta casa?
—Yo soy—dijo Paz un poco alarmada con el misterio que parecía envolver aquella inesperada visita.
—Pues vengo á decirla á usted … ¿usted no sabe lo que pasa?
—¿Qué pasa?—dijo Salomé, creyendo que se hundía el techo.
—No se asuste usted, señora, porque al fin y al cabo, sabiéndolo, se puede evitar que vuelva á suceder.
—¡Por Dios, explíqueme usted, señora!—dijo Paz, en el tono de la impaciencia y la superioridad.
—Pues han de saber ustedes—dijo con misterio doña Rosalía,—que esta casa… Pues … les diré á ustedes: yo vivo en la casa de al lado en el cuarto piso, y soy sastra, con perdón de ustedes, y coso toda la ropa de casa del señor Nuncio del Papa, y la del Patriarca de las Indias; coso á todo el arzobispado de Toledo, y á veces coso á la capilla de Palacio.
Esta relación de las altas jerarquías que servía la aguja de doña
Rosalía, le dió cierta importancia á los ojos de María de la Paz Jesús.
—Yo vivo allá arriba y he visto… ¿Pero ustedes no han caído en ello?
—¿En qué?
—En ese hombre que ha entrado aquí.
—¿Qué hombre? ¿qué dice?—exclamaron á una las dos ruinas en el tono del que siente estallar un volcán.
—Pues yo venía á avisárselo á ustedes para que evitaran que otra vez pasara. Es el caso que en la buhardilla de la casa en que yo vivo hay una puertecilla que da á la buhardilla de esta casa.
La cara que pusieron las Porreñas no cabe en ninguna descripción.
—Sí—continuó la sastra—y un joven militar se metió una tarde por esa puerta de que hablo; se metió aquí… Yo me malicié, cuando le vi, que habla aquí alguna jovencita.
—Pero señora—dijo Paz, poniéndose en pie—¿está usted segura de lo que dice? ¡Un hombre ha entrado aquí … aquí, en esta casa!
—Sí, señora: yo lo he observado. Se coló por el cuarto de unas vecinas … amigas mías. Yo lo he visto.
—¿Cuándo? preguntó Salomé tomando aliento, porque ya el aliento le faltaba.
—El domingo por la tarde.
—¿A qué hora?
—A eso de las cinco.
—¡Cuando estábamos en la procesión! ¡Qué escándalo! Esa niña desvergonzada … esa muchachuela…. Bien me lo sospechaba yo—dijo Paz, con las manos puestas en la cabeza y paseándose por la sala como una loca.
—¡Ay! no sirvo para estas cosas… ¡Yo me descompongo!—balbució Salomé, inclinándose sobre el sofá con muestras de experimentar un vahído.
—Pero, señoras, no se alarmen ustedes—dijo doña Rosalía, queriendo calmar á las dos damas.—¿Tienen ustedes alguna hija?
—No, señora: nosotras no tenemos ninguna, hija—contestó con mucho enfado María de la Paz:—es una mozuela, una loca que admitimos aquí por compasión, esperando que se corrigiera; pero … ya me lo sospechaba yo. ¡Qué alhaja! ¿Ves lo que yo decía? Dios mío, ¿para qué admitimos aquí á semejante mujerzuela?
—Señora—manifestó Salomé, oprimiéndose el estómago y rehaciéndose de su vahído.—Cuente usted, aclare usted eso. ¡Ay! Es demasiado horrible. Nosotras no estamos acostumbradas á esas cosas, y tales hechos nos confunden; yo, sobre todo, no puedo soportar….
—Pues no lo duden ustedes. El joven se coló en la casa el domingo por la tarde, y estuvo aquí como una hora. Averígüenlo ustedes y verán cómo es cierto.
—Si parece increíble—dijo Paz, sentándose otra vez. Esta casa, esta honrada casa … ¿Y cómo existe esa puerta? ¿Cómo es posible…?
—Existe de muy antiguo, sólo que estaba condenada. Si ustedes quieren verla pueden subir á la buhardilla, y examinando bien, la encontrarán.
—Pero él, ese monstruo, ¿por dónde pudo llegar?
—La tal puerta—continuó doña Rosalía—da al cuarto de unas costureras amigas mías. Las pobrecillas no cosen más que á sacristanes y curas de aldea¡ y cosen mal. Ellas quieren darse tono, y dicen que cosen á la catedral de Segovia; pero es mentira. No las crean ustedes.
—Y él, ¿entró por ese cuarto?
—Sí: es un militar, alto, buen mozo.
—¡Jesús, qué horror! Yo no puedo oír esto—exclamó Salomé, estirándose, con muestras de un segundo ataque. Les dió dinero á esas mujeres—continuó doña Rosalía—porque ellas están muy pobres: no ganan nada. Como lo hacen tan mal … No cosen más que al teniente cura de San Martín.
—Es preciso tomar una determinación, Paz; una determinación pronta—dijo Salomé volviendo en sí.—Porque si no, la honra de la casa está comprometida.—Señora—añadió, volviéndose á doña Rosalía—no extrañe usted esta congoja; no estamos acostumbradas á golpes de esta clase. Nosotras, por nuestro nacimiento, nuestra educación y nuestra religiosidad, hemos estado siempre por encima de todas esas miserias. ¡Ay! nosotras hemos tenido la culpa por nuestra excesiva caridad. Figúrese usted que acogimos sin recelo á una víbora en nuestra casa, aunque teníamos malos informes de su conducta; la acogimos creyendo que se enmendaría. ¡Pero ya ve usted qué almas tan perversas! ¡Qué sociedad! ¡Qué siglo! Bien me lo figuraba yo, á pesar de lo que decía mi sobrina, que es una santa, y se empeñaba, guiada por su buen corazón, en que esa muchacha se iba á corregir. ¿Cómo puede corregirse un monstruo semejante? ¡Qué deshonra, qué vilipendio! ¡Ay! yo no sirvo para estos casos; me confundo, me descompongo y no puedo tomar ninguna determinación.
—Sí, hay que tomar una determinación—afirmó con mucho encono María de la Paz.—Si no, ¿qué va á ser de la honra de nuestra casa? Hay que poner inmediatamente á la puerta de la calle á esa mozuela, sin consultar á don Elías. El ha de aprobarlo; y sobre todo, aunque no lo apruebe. ¿Pues no se ha atrevido á decirnos esta mañana que su sobrino se enmendará? ¡Si está una viendo unos horrores! … ¡Qué siglo, qué costumbres! ¡Hasta él…!
—Haz lo que quieras, Paz—dijo Salomé, afectando mansedumbre y cierta postración, que ella creía sentaba muy bien en su nervioso cuerpo.—Haz lo que quieras, sin reparar en lo que pueda opinar ese señor mayordomo, que él nada tiene que mandar aquí. Despide á esa muchacha; que se vaya con las de su calaña. ¡Oh! No quiero recordar lo que esta señora ha contado.
Hasta el perro, que no ladraba; el melancólico Batilo, estaba consternado. Habíase plantado frente á doña Rosalía, y miraba, con la atención de un can preocupado, el buen color de la costurera que había traído la desolación á aquella casa.
—Señora—dijo Paz con un poco de cortesía,—le agradecemos á usted el aviso que nos ha dado, mostrando, como es natural, su celo é interés por la honra de nuestra casa. Cuando despidamos á esa muchacha, nos mudaremos de aquí. ¡Ay, y yo que le había tomado cariño á este santo retiro! Aquí vivíamos tranquilamente y en paz, no con la comodidad que en nuestra antigua casa; pero, en fin, tranquilas y … Señora, usted nos ha librado de la deshonra, porque ¿qué hubiera sido de nosotras, solas aquí y expuestas á las asechanzas alevosas de ese militar? ¡Oh! no lo quiero pensar.
—Es un militar joven, alto, buen mozo, y parece ser persona muy distinguida.
—¡Joven, buen mozo y de buen porte!—dijo Salomé disponiendo su cuerpo para el tercer paroxismo.
—¡Joven, buen mozo y de buen porte!—exclamó Paz en el colmo de la indignación.—¿Es esto creíble? ¡Qué circunstancias tan agravantes!
—¡No siga usted, por Dios!—dijo Salomé ya medio desmayada.
—No siga usted, que mi sobrina es muy impresionable y no puede oír ciertas cosas. Estamos acostumbradas….
Doña Rosalía se levantó para marcharse, porque creía haber cumplido satisfactoriamente su misión. Entonces pasó una cosa singular: cuando la sastra se acercaba á la puerta, Batilo, el perro misántropo, que en aquella mansión había olvidado los hábitos propios de su raza, corrió tras ella, se agitó convulsivamente como quien hace un gran esfuerzo, y ladró, ladró como un mastín ante un salteador; persiguió á la mujer dando agudos aullidos, y hasta llegó á pillarle entre sus inofensivos dientes el traje y el mantón. Paz se alarmó y Salomé se tapó los oídos, como si oyera el aullido, de un chacal. Defendieron entre las dos á doña Rosalía de la agresión inesperada del animal; fuese la sastra, y las dos arpías se miraron cara á cara, comunicándose mutuamente su respectiva bilis.
Es indispensable apuntar que en su afán de llegar pronto á donde estaba Clara, se aturdieron, sin poder tomar la puerta, y al fin chocaron una con otra con gran confusión.
—Mujer, que me echas al suelo—dijo una.
—Mujer, qué cosas tienes—gruñó la otra.
Entraron en el cuarto donde estaba acostada la devota … Esta reposaba tranquilamente, pero no dormía; tenía clavados los ojos en el techo con muestras de meditación profunda. Sentada junto á la cama estaba Clara, que hacía de enfermera y acompañante de la santa. Cuando las dos Porreñas entraron, Clara les conoció en las caras que se preparaba una escena terrible. Asustóse mucho, y se acercó más al lecho, como buscando un refugio al lado de la sagrada persona de doña Paulita.
—¡Niña!—dijo Paz con la lengua turbada y muy alterado el rostro.—Ya sabemos todas las infamias de usted. Merece usted ir á la cárcel por comprometer la honra de una casa como ésta. Si no temiera rebajar mi dignidad….
—Señoras—murmuró Clara temblando,—¿pues yo qué he hecho?
—¿Pues yo qué hecho?—dijo, remedándola con gesto grotesco,
Salomé.—Miren la hipócrita, ¡qué monstruo, Dios mío! Paula, no te
asustes—añadió, acercándose á la cama;—no nos des un nuevo disgusto.
Ya sabemos qué clase de persona hemos recibido en nuestra casa.
—Todo se ha descubierto, niña—continuó Paz—Ya no nos engañará usted más con su cara de mosquita muerta. Pero ¡qué atrevimiento, qué iniquidad! Debiera usted morirse de vergüenza.
—Señora, yo no sé de qué habla usted—dijo Clara, perdiendo por completo la serenidad.
—¡Insolente! Y aún se atreve á disimular, después de tanta desvergüenza. ¿Cree usted que está tratando con personas como usted? ¡Miren la necia! tan necia como perversa. Ahora mismo va usted á salir de esta casa.
El primer sentimiento de Clara al oír esto, fué una repentina alegría. ¡Salir de allí! Ya había perdido esa esperanza. Pero la situación aquélla no era para alegrarse. Pronto lo conoció, y esperó resignada el fin de su sentencia.
—Dile, dile la causa—indicó Salomé, afectando gran respeto al procedimiento.
—La causa bien la sabe ella—dijo Paz;—pero no puedo contener la cólera. De veras digo que si no fuera porque soy persona … ¡qué horror! La causa es … no te asustes, Paula; la causa es que mientras nosotras salimos de casa á alguna visita, se entra aquí un hombre por los tejados; sí: un militar, buen mozo, alto, persona … ¿cómo dijo? de buen porte … pero no te asustes, Paulita: esto hay que aceptarlo con resignación.
Si no temiera asustar á su prima, que estaba enferma, á Salomé le hubiera dado un cuarto conato de vahído. Pero se contentó con mirar á la devota con ojos muy aterrados. La santa no hizo más que mirar á Clara con cierta perplejidad; y contra lo que sus parientes esperaban, no citó ningún texto latino, ni predicó ningún sermón sobre la inconveniencia é irreligiosidad de que entraran por los tejados los militares buenos mozos, altos y de buen porte. Clara, á pesar de su inocencia, se quedó aterrada como una culpable.
—¿Se atreve usted á negarlo?—dijo Paz, dando algunos pasos hacia ella con el resplandor de la ira en los ojos.
—Yo … no—dijo Clara, retrocediendo con espanto.—Sí … sí lo niego.—Después añadió, haciendo un esfuerzo por calmarse y calmar á su juez:—Óigame usted, señora: yo le contaré la verdad; le diré lo que ha sido. Yo soy inocente; yo no he permitido….
—¡Jesús, Jesús! Yo no sirvo para estas cosas—clamó Salomé volviendo el rostro.—No puedo, no puedo oír esto.
—¿Que usted no ha permitido…? ¿Todavía tiene atrevimiento para negarlo?
—Yo … yo no niego—contestó la huérfana muy consternada.—Pero yo, ¿qué culpa tengo de que ese hombre…?
—¿También le quiere usted disculpar á él? Esto nos faltaba que ver. No puede haber perdón para tanta alevosía. ¡Pagar de este modo el asilo que le hemos dado sin merecerlo! Pero bien dije yo que de usted no podíamos sacar cosa buena.
—Señoras—dijo Clara deshaciéndose en lágrimas,—yo les juro á ustedes por Dios y por todos los santos, que por mí no ha entrado ningún hombre; que yo no soy culpable de todo eso que ustedes dicen. Yo se lo juro por Dios y por la Virgen.
—¡Insolente! Aún se atreve á disculparse.
—En verdad, esto es más de lo que puede sufrir mi débil constitución—dijo la otra arpía.—Paulita, no te asustes: procura tomar esto con indiferencia, que puedes agravarte.
—¡Dios mío! ¿Cómo lo he de decir?—exclamó Clara con la mayor amargura.—¿Qué haré, qué diré para que me crean? ¿A quién me volveré? Yo no quiero vivir así. No tengo padres, ni hermanos, ni amigos, ni nadie que me defienda y me proteja. Señora, yo se lo juro á usted. No me diga otra vez esas cosas que me ha dicho, porque yo no las merezco.
—Vamos, prepárese usted á marcharse al momento—dijo Paz con crueldad espantosa.
—¡Marcharme! Sí, me marcharé. Yo no quiero molestarlas á ustedes; pero ¡ay! esas cosas que han dicho de mí… Yo no he deshonrado la casa, yo no he deshonrado á nadie. Pero yo soy muy desgraciada; soy huérfana, pobre y sola; y como no tengo á nadie que me proteja, por eso nadie me guarda consideración y todos me tratan con desprecio. Yo no merezco eso; yo no he hecho nada de eso que usted dice; yo soy inocente.
—No sé cómo me contengo—dijo Paz.—Ni un instante más. Se marcha usted de aquí, y vaya donde quiera. Yo sé que usted se alegra. Usted no desea otra cosa que andar sola por esas calles; usted ha nacido para la calle. Vamos, pronto. Y nada me importa que don Elías se oponga ó no. Lo aprobará. El sabe que interesarse por tan despreciable criatura es cosa inútil. Váyase usted pronto.
—Señora—dijo Clara, poniéndose de rodillas junto al lecho y estrechándole las manos á la devota. Señora, usted me defenderá; usted que es tan buena, que es una santa; usted que ya me defendió otra vez. ¿No es verdad que usted sabe que yo soy inocente? Dígalo usted: me están calumniando. ¿Qué va á ser de mí si usted no me defiende?
La devota no había hablado palabra: continuaba como distraída y ajena á todo aquello. Cuando sintió las manos de la que había sido, aunque por poco tiempo, su compañera y amiga, volvió hacia ella la cara cubierta de palidez, y expresando cierta atonía, la miró, y con voz tenue y como indiferente, dijo: "¿Yo?" Calló en seguida. Salomé separó á Clara con un ademán desdeñoso del lecho de su prima, diciendo:
—Nuestra paciencia nos va á perder. Cuidado, Paz, que somos demasiado condescendientes. ¿Cómo es que está todavía aquí esta mujer?
—Al momento á la calle. Vamos, pronto—dijo Paz. Recoja usted sus bártulos, y al momento. Haga usted un lío de su ropa.
—Señora, por Dios, no me eche usted así—dijo Clara, poniéndose de rodillas y cruzando las manos.—A estas horas … sola … yo no conozco á nadie … ¿Qué va á ser de mí? ¿A dónde voy? Espere usted, por la Virgen Santísima, á que venga don Elías, que, siendo huérfana, me recogió…. El no me abandonará de este modo … Estoy segura.
—Nada, nada. ¿Aun espera usted engañarle otra vez? Salga usted al momento de nuestra casa.
—Pero, señoras—continuó Clara,—¿adonde voy? Sola, de noche … yo tengo miedo … yo tengo mucho miedo … yo no conozco á nadie….
—¿Que no conoce á nadie? ¿Y tiene valor para decir…?—exclamó Salomé, apartando el rostro y persignándose con sus afilados dedos.—¿Pues y el caballero joven, alto, buen mozo?
—Señora, espere usted, por Dios, á que venga mi protector: yo se lo ruego por la gloria de su madre.
La idea de que viniera Coletilla é impidiera la expulsión de la huérfana, puso á Salomé en grave peligro de que le diera el quinto ataque.
—¡Qué agonía!—dijo sentándose.—Francamente, nuestra excesiva benevolencia nos trae á estos extremos.
—No tarde usted un instante—dijo Paz con la satisfacción de la venganza.—Márchese usted inmediatamente.
La desventurada huérfana se dirigió otra vez, como última esperanza, á la santa, que reposaba en su lecho con la inmovilidad y la pesadez de la estatua yacente de un sepulcro. Clara tomó una de sus manos que colgaba fuera de las ropas y la besó con efusión, regándola con sus lágrimas; llanto de la inocencia provocado por la crueldad de aquellos verdugos.
—Señora, otra vez se lo pido—exclamó con voz apenas inteligible;—no me abandone usted, usted es una santa. No permita que me echen así … á estas horas … yo tengo miedo. No me abandone usted.
La mujer mística retiró lentamente su mano y la escondió entre las sábanas. Volvió el rostro, miró á la víctima, y sin inmutarse, dijo con la misma voz helada: "¿Yo?"
—No se puede resistir tal insolencia—afirmó Paz asiendo á Clara por un brazo y apartándolo violentamente de la cama.
—Si usted no se marcha ahora mismo de aquí, llamo á un alguacil para que le haga entender sus deberes.—Ya Salomé se había acercado á la cómoda donde Clara guardaba su escaso ajuar, y recogía todo formando un lío.
—No tengas cuidado, Paz—decía entre tanto;—yo estoy registrando su ropa, no sea que se lleve alguna cosa. No se lleva nada.
—¡Señoras de mi alma!—dijo Clara en el colmo de la desesperación.—No me echen así: yo no he cometido falta ninguna; yo no he hecho lo que ustedes dicen; yo soy inocente. Que lo diga esa señora que es una santa y me conoce. Yo estoy segura de que lo dirá.
La devota volvió á moverse, y con la voz que atribuyen á los espectros evocados, repitió otra vez: "¿Yo?".
—No me echen ustedes—continuó Clara sin saber ya á quien suplicar.—Yo no lo merezco. ¿A dónde puedo ir á estas horas sola? No conozco á nadie. Tengo miedo … me voy á perder.
—Vamos, aquí tiene usted su ropa—dijo Salomé poniéndole el lío en la mano.
—No, no lo puedo creer. Ustedes no serán tan inhumanas. Esperarán á mañana; esperarán á que venga él.
—Ha dicho que no vendrá hasta dentro de tres días. ¿Cree usted que él no se ocupa de otra cosa que de proteger mozuelas como usted?
Diciendo esto, Paz tomaba por un brazo á Clara y la llevaba con grande esfuerzo hacia la puerta. La pobre huérfana tenía sin duda mucha fuerza de espíritu cuando no cayó allí mismo sin sentido; y sin duda era también harto angelical y delicada, cuando no contestó con injurias á las injurias de la cuménide aristocrática, baldón de los Porreños. Aun creía la infeliz que sus ruegos podían ablandar á aquellos dos energúmenos de corazón empedernido por el hastío, la insociabilidad y la amargura de una vida claustral. Aun les suplicó: otra vez se volvió á arrodillar delante de María de la Paz, y le tomó las manos, aquellas manos nacidas sin duda para un puñal. La vieja la retiró con violencia; su brazo se alzó; y á pesar de la dignidad que procuraba imprimir siempre á su carácter, á pesar de la nobleza de su raza, á que parecía deber igualarse en la nobleza de sus sentimientos, maltrató á una huérfana infeliz á quien antes había calumniado. La vieja ridícula, presuntuosa, devota, expresión humana de la mayor necedad que pueda unirse al mayor orgullo, puso su mano en el rostro de la doncella abandonada y débil, que ofendía sin duda, con su juventud y su sencillez el amor propio de aquellos demonios de impertinencia.
—¡Ay, ay, ay! Paz, por Dios, no te arriesgues—dijo Salomé chillando con horror, como si la inofensiva Clara tuviera un puñal en la mano.—Déjala, déjala.
—¡La mataría!—dijo Paz apretando los puños y ahogada por la cólera.
Salomé puso sobre los hombros de Clara el mantón, que al entrar en la casa había traído. Después extendió sus brazos de esqueleto y la empujó hacia la puerta con tal violencia, que la desdichada huérfana estuvo á punto de caer al suelo. En tanto decía:
—No sirvo para estas cosas. Me descompongo. Váyase usted pronto, niña.
No dé lugar á que la tratemos con rigor.
Clara salió; fué arrojada por los brazos robustos de la vieja Paz, y por los brazos entecos y nerviosos de la vieja Salomé. Aún es probable que ésta, al darle el último empuje, crispó sus dedos de gavilán, haciendo presa con sus uñas en un brazo de la víctima. La puerta se cerró con gran estrépito, y las voces destempladas de los dos demonios sonaron por mucho tiempo en el interior. La huérfana bajó con el corazón oprimido; no tenía fuerzas ni voz; casi no tenía conocimiento claro de su situación. Bajó y se encontró en la calle; sola en la calle, sola en el mundo, sin asilo, el cielo encima, desolación en derredor, ni un rostro conocido, ¿A dónde iba? En el portal sintió ruido y volvió la cara: era el perro melancólico que la seguía. El pobre animal había salido de la casa por primera vez, y parecía decidido á no volver á entrar, pues saltaba y chillaba con un gozo, una travesura y un aire de expansión desconocidos en él.