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La Fontana de Oro

Chapter 39: CAPÍTULO XXXVI
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About This Book

A historical novel set during a period of intense political and social upheaval, it follows events in the capital where street demonstrations, political clubs, and a revolutionary café become stages for competing factions. Public conspiracies and secret plots unfold alongside personal sufferings, moral dilemmas, and moments of fanatic devotion; religious institutions and inquisitorial practices intervene in public life. The narrative shifts between crowded public scenes and intimate trials, examining themes of idealism, betrayal, the collision of tradition and reform, and the human cost of political engagement, presented in a succession of episodic chapters that interlace historical incident with private drama.

CAPÍTULO XXXVI

#Aclaraciones#.

Al oír Lázaro de boca de las dos esfinges la noticia de la expulsión de su antigua amiga, sintió deseos de coger por el moño á entrambas nobilísimas damas y darles allí el castigo de su crueldad. A pesar de su agravio, y de que no conocía las razones que habían tenido para echarla á la calle, un gran interés por aquella infeliz se despertó en su corazón. Indudablemente, á él le tocaba ampararla en aquel trance, apartarla del vicio á que su soledad podía conducirla, socorrerla, en fin, porque habla sido su amiga, le había amado, y en tales casos es de corazones generosos y buenos olvidar las injurias y pagarlas con nobles acciones. Viendo que no le daban razón de su paradero, bajó y salió dispuesto á buscarla. Pero ¿dónde, dónde la iba á encontrar? Clara no conocía á nadie en Madrid. Sí: conocía á Bozmediano. Esta idea enfrió repentinamente la generosidad del joven. "Tal vez—pensaba—se marchó, porque Bozmediano la indujo á ello; tal vez ya la tenía consigo." Esto avivó los celos y el rencor del estudiante, que resolvió no descansar hasta descubrir el misterio de aquella salida y pedir cuentas á Claudio de su grande traición.

Con esta idea se dirigió á casa de éste, dispuesto á dar un escándalo en la casa si no le permitían verle. Lo probable, según él, era que Clara estuviera allí. Los celos le cegaban al pensar que aquella joven, que algunos meses antes se le había aparecido con todo el encanto de la sencillez y de la gracia, de la virtud doliente y de la tranquilidad doméstica, había cedido á las sugestiones de un libertino sin conciencia. Era preciso no dejar sin castigo aquella infamia. "Aún me interesa mucho—decía;—aún la quiero mucho para que perdone yo esta injuria, que me parece hecha á una persona mía; injuria que cae sobre mí, que iba á ser…."

Llegó á la casa de Bozmediano y esperó, paseando en la calle, á que avanzara el día. Cuando sintió las ocho, entró y preguntó al portero. Este, que ya le conocía de verle allí los días anteriores, no le puso tan mala cara como antes, porque recordó cierto diálogo que con su amo había tenido á propósito de aquella visita. Le había dicho que un joven vino á preguntar por él sesenta veces seguidas. Al amo picóle la curiosidad, y quiso saber las señas; dióselas el portero con mucha exactitud, y sospechando Bozmediano que podía ser Lázaro, advirtió al doméstico que si volvía estando él allí, le introdujera inmediatamente. Claudio sospechaba á qué podía venir el joven, y lejos de rehuir la visita, la deseaba.

Pero el portero, á pesar de lo terminante de la orden, creyó que era un desacato recibir á aquella hora á un joven que no era militar, ni venía en coche, ni traía botas á la farolé. Hízole esperar un buen rato, y por fin le introdujo, después de avisar para que despertaran al señorito. Este tardó un cuarto de hora en salir de su cuarto.

—Ya debe usted suponer á lo que vengo—dijo Lázaro sin saludarle:—usted me conoce, usted me dió la libertad. Yo creía que desde entonces podía haber entre nosotros la amistad que á mí me imponía la gratitud; pero usted no ha querido; usted ha seducido y deshonrado á una pobre muchacha, á quien considero yo como mi hermana. Si usted me sacó de la cárcel para hacer más grande la injuria que he recibido, hizo usted bien, por mi parte, porque estoy libre para pedirle cuenta de su acción, que es la acción más infame que puede cometer un hombre.

—Yo no cometo acciones infames. No le dejo pronunciar una palabra más sin que antes se apresure á desdecirse. Sí, usted se desdirá. Todo eso es una calumnia. Yo no he seducido ni he deshonrado á joven alguna. Usted está ciego de furor y extraviado por la pasión. Le han engañado á usted, y solo por saber que está usted engañado, tolero las palabras que he oído. Pero me será muy fácil sacarle á usted de su error.

—Eso es lo que quiero—dijo Lázaro.—Si usted me convenciera de lo contrario … Pero no podrá usted convencerme. Yo le he visto á usted, le he visto salir como un ladrón de la casa en que Clara estaba recogida. Usted ha entrado allí por ella, ha entrado llamado tal vez por ella.

—¡Oh, no!—exclamó Claudio, interrumpiéndole.—Siéntese usted; hablemos con calma. No anticipe usted juicios temerarios. Yo los voy á desvanecer.

—Hable usted. No habrá palabras, no habrá nada que pueda desvanecer el juicio que se forma al ver á un hombre que penetra á hurtadillas en la casa en que una joven está sola, y mucho más cuando estos juicios están formados después de antecedentes muy claros. Yo no he venido aquí á que usted me explique nada. No tengo duda, sino certidumbre, de la infamia que usted ha cometido. He venido tan sólo á tener el placer de decirle á usted que es un mal caballero y un hombre corrompido; á sufrir las consecuencias de esta acusación, porque yo no temo á adversario ninguno, por temible y fuerte que sea, cuando me creo obligado á vengar un agravio.

—Pues yo, que jamás he tratado de evadirme de las consecuencias de un asunto semejante—dijo Bozmediano con mucha energía;—yo, que no me dejo castigar de nadie, ni he permitido que jamás hombre alguno pronuncie contra mí una voz injuriosa, una reticencia, una alusión cualquiera, voy ahora á explicarme con usted en esta cuestión, esperando que se convenza y retire todo eso que ha dicho usted al entrar aquí. Todo lo comprendo, es natural: por lo mismo lo olvido hasta ver si, después de lo que yo digo, insiste usted en repetirlo.

—Hable usted: yo lo deseo.

—Yo no he visto á Clara más que tres veces—continuó Bozmediano.—Ella no sabe ni cómo me llamo, ni quién soy. Me ha visto poco, y le soy tan indiferente, que puedo asegurar que ocupo en su corazón el mismo lugar que una persona desconocida. Un día encontré á ese malhadado viejo fanático en la calle: le llevé á su casa, y vi á Clara por primera vez. Me habló; y con la sencillez propia de su carácter y la franqueza que da la necesidad de expansión y trato, me contó algunas cosas de aquella casa. No le negaré á usted que desde entonces me interesó muchísimo; que pensé en que nada podía satisfacerme tanto como sacarla de la prisión, darle alegría y librarla de la tutela de aquel hombre sombrío, capaz de poner triste á la misma felicidad.

Bozmediano contó después la segunda entrevista con Clara, recordando hasta algunas palabras de sus diálogos con ella. El otro joven oía con mucha atención aquel relato, hecho con toda la veracidad posible.

—Yo seré franco, y no ocultaré á usted mis sentimientos, mis primeras intenciones—continuó—para que pueda usted juzgarme mejor. Al principio vi en Clara el objeto de una aventura; y á pesar de que me inspiraba mucha lástima y un verdadero interés, no podía menos de proceder con cierta ligereza en la formación de mis planes. No lo negaré: yo no pretendo desfigurar los hechos; esta confesión es igual á la que haría un moribundo ante un sacerdote. Pero ó las circunstancias ó ella torcieron mi plan primitivo. Ella tiene un carácter angelical. Llena de bondad y sencillez, es capaz de vencer las sugestiones de todo hombre que no sea un vil ó un libertino. Le confieso á usted que, por último, fué tal la fuerza que en mí tomó el primer sentimiento afectuoso y compasivo que me había inspirado, que concluí por amarla. No puedo negar que, á pesar de haberme infundido este amor verdadero, yo persistía en mi propósito de sacarla de allí violentamente, de llevármela como una cosa mía. No consideraba esto como un agravio, y hubiera matado á cualquiera que, interpuesto entre ella y yo, me la hubiera quitado. Yo supe—no me lo dijo ella—que existía una persona á quien quería mucho. Esto me desconcertó. Supe que estaba usted en la cárcel, y no vacilé un momento. Comprendí que si ella le quería á usted verdaderamente, la mejor acción que en mí cabía era ponerle á usted en libertad, devolvérsele. ¡Qué complicación! De este modo pensaba yo ganar en su concepto. No se asombre usted: yo me he creído siempre práctico en estas cuestiones; y dado el carácter de Clara, es seguro que más le amaría á usted cuanto más durara su prisión. Pero yo no contaba con otros muchos tesoros de bondad de aquel carácter. Usted vivía con ella, y la vigilancia, la crueldad de tres señoras ridículas y de un viejo extravagante impedían que la viera, que la socorriera, librándola de tantos martirios. Usted vivía allí, y no le hablaba, no le consolaba, no aparentaba quererla. "He aquí mi ocasión—dije yo.—Lázaro aparece á sus ojos como un ingrato: ¿no será posible que ella le desprecie? Su situación en aquella casa fúnebre, la tristeza en que vive y se consume, ¿no serán causa de que desee libertad, vida, afectos, todo lo que allí no tiene, ni puede, ni sabe darle ese joven indiferente, ocupado por la pasión política? Confiese usted que la situación era la más á propósito para que yo aspirara á merecer de ella algo más que gratitud. Resolví sacarla de allí, llevármela. Fui tan ciego, que no preví su resistencia, su fidelidad, su grande afecto al primer amigo; afecto más fuerte que todos los martirios y todas las privaciones. Dispuse entrar en la casa cuando estuviera sola, y entré por donde usted sabe. Ella, al verme, se asustó tanto, que casi me arrepentí de haber dado aquel paso. Me suplicó que saliera, me lo pidió de rodillas; yo le dije que no esperara nada, que usted no podría ni sabría salvarla del poder de aquella gente cruel. Nada, no me oyó. Su propósito era inquebrantable. Conocí que su fidelidad era la más grande de sus virtudes; y creyendo que era imposible arrancarle la primera imagen, la imagen que nada puede borrar, desistí de mi intento. Ella no quería escucharme; se desesperaba al comprender cuánto podía comprometerla mi entrada en la casa; me pedía llorando que la dejara entregada á su tristeza, á su soledad. Confieso que nunca me he visto tan pequeño como entonces, en presencia de aquella criatura débil, incorruptible, no sólo á las promesas del amor de un joven, sino aun al soborno de la libertad, de la posición, de la felicidad. Al marcharme, sentí que alguien entraba en la casa. No sé quién era; yo huí por no comprometerla; huí aterrado por la idea de que, á pesar de mis precauciones, alguien de la casa había descubierto mi entrada."

—Era yo—dijo Lázaro:—yo le vi salir á usted por la buhardilla.

—Lo que he referido á usted—afirmó Bozmediano solemnemente, es la pura verdad. No he omitido nada que me pudiera honrar, ni nada tampoco que me pudiera deprimir ó ponerme en ridículo. Es la pura verdad; se lo juro á usted por la salvación de mi madre, cuyo retrato está allí, y siempre me parece que me está mirando.

Claudio señaló un retrato que había en la habitación; y al hacer su juramento, tenían sus palabras tal entonación de sinceridad, que Lázaro no pudo contestar lo que un momento antes pensaba.

—Sin embargo—dijo Lázaro, que creía que aquella declaración no podía satisfacerle,—yo quiero que usted me dé alguna prueba positiva. Usted comprenderá que en estos asuntos no basta, no puede bastar la palabra.

—¿Que no puede bastar la palabra? No basta, es cierto, para espíritus preocupados. Hay ciertas cosas que no se pueden certificar de otro modo. A veces la afirmación de una persona es suficiente para llevar al ánimo de otra la convicción más profunda. No puedo creer que usted, si hace á Clara la acusación que á mí me ha hecho; si ella, con la serenidad de la inocencia, le contesta á usted la verdad, no puedo figurarme de ningún modo que usted no la crea. Háblele usted; rompa el silencio de aquella casa; véala usted un momento; oiga su voz, y si ante las declaraciones que ella le haga persiste usted en creerla culpable, no es digno, lo digo cien veces, no es digno de mirarla.

Lázaro no pudo resistir á la gran fuerza de estas palabras. Era imposible, según él pensó, que la ficción y la astucia dé un hombre pudieran llegar á ocultar la verdad de aquel modo. Bozmediano no mentía.

—¡Oh, calle usted!—dijo Lázaro sin poderse contener: ó es usted el histrión más perfecto, ó dice la verdad. Yo, que jamás he mentido, que no sé ni puedo fingir, siento una fuerte inclinación á creer lo que usted me ha dicho. Pero tiene el corazón unas susceptibilidades y escrúpulos de que la razón y la palabra no pueden librarle.

—Veamos á Clara—dijo Claudio con resolución.—¿Dónde?

—En casa de esos demonios. Si es posible, acogotaremos á las tres viejas.—Clara no está allí ya. La han despedido.

—¿Y por qué? ¿Dónde está?

—No lo sé—dijo Lázaro tristemente.

—Pero, ¿á dónde ha ido?

—Esa es mi duda, mi angustia. ¿A dónde puede haber ido? No conoce á nadie. Encontrándose sola en la calle, ¿dónde estará? Yo creí… francamente, creí que estuviera aquí.

—¡Aquí!

—Yo pensé que usted la había inducido á salir; que había venido en busca de usted, á quien conocía.

—¿Y aún cree usted que está aquí?—preguntó Bozmediano sonriendo.

—Ahora… no afirmo nada … dudo.

—Y si le pruebo á usted que no está aquí ni ha venido, ¿qué creerá usted?

—Aun así no será posible arrancar la última raíz de mi recelo; aún no lograré la evidencia que necesito; evidencia que nada ni nadie me podrá dar.

—La adquirirá usted por su propio sentimiento. Hay cosas que se crean por revelación, que nada ni nadie puede destruir. Hay cosas de que no se puede dudar, porque su evidencia está encarnada en nuestro ser, y dudar de ellas es algo semejante á la muerte. Vamos á buscarla.

—¿Dónde?

—Vamos á buscarla. Por lo mismo que no conoce á nadie, es más fácil encontrarla. Estoy seguro de que la encontraremos.

—Recorreremos todas las calles, preguntaremos á la policía, nos informaremos de todo el mundo—dijo Lázaro.

—Si, sí; haremos todo eso.

—Iremos á los hospitales, á los asilos; entraremos, si es preciso, en todas las casas.

—Sí.

—Iremos á la antigua casa; preguntaremos á la portera, á los vecinos, al tendero más próximo.

—Eso es. Diga usted, ¿no había en aquella casa una criada?

—Sí, había una. No sé su nombre.

-¿Dónde estará? Si la encontramos, tal vez nos dé alguna luz. Puede ser que se haya dirigido á ella. Recuerdo que esa criada me dijo que iba á casarse con un tabernero, y que tendría una tienda. Si esa mujer tiene casa abierta y Clara sabía dónde está esa casa, es seguro, casi seguro que habrá ido allá.

—Efectivamente—dijo Lázaro.—Vamos á ver si averiguamos dónde está esa mujer.

Salieron y se encaminaron á la calle de Válgame Dios. Preguntaron á la portera de la antigua casa si se había alquilado de nuevo el cuarto segundo. Dijo la portera que no. Preguntáronle el nombre de la criada y si sabía su paradero.

—Se llama Pascuala—contestó:—está casada con un tabernero llamado Pascual; pero no sé dónde viven. El tabernero de la calle del Barquillo debe saberlo, porque es compadre suyo.

Este hombre les dijo que los Pascuales vivían en la calle del
Humilladero, y los dos jóvenes se dirigieron inmediatamente allá.

CAPÍTULO XXXVII

#El "vía-crucis" de Clara.#

Mucho horror inspiraba á la huérfana la casa de las de Porreño, aunque no tenía otra. Así es que su primer impulso al verse en la calle fué huir, correr sin saber á dónde iba, para no ver más tan odiosos sitios. Anduvo corto trecho, dobló la esquina y se paró. Entonces comprendió mejor que antes lo terrible de su situación. Al ver que no podía dirigirse á ninguna parte, porque á nadie conocía, le ocurrió esperar cerca de la casa á que entraran Elías ó su sobrino. Pero el primero había dicho que no volvería hasta dentro de tres días, y el segundo, que sospechaba tan mal de ella, sería capaz de confirmarse en su creencia al verla arrojada de la casa por las señoras. Ella necesitaba, sin embargo, ver á Lázaro y contarle todo. Si él daba crédito á su explicación, ¿qué harían los dos, tan desamparado el uno como el otro? Decidió, sin embargo, esperarle allí, apoyada en la esquina; pero le daba tanto miedo… Parecíale que iba á salir por la reja cercana una gran mano negra, que la cogería llevándosela dentro: ¡qué horror! De repente sintió al extremo de la calle fuerte ruido de voces. Eran unos hombres que venían borrachos profiriendo horribles juramentos, atropellando y riendo desenfrenadamente como una turba de demonios regocijados. La joven sintió tal sobresalto, que no pudo permanecer allí un instante más y echó á correr con mucha ligereza. Los hombres corrían también, y ella se figuraba que le tocaban la espalda, y creía sentir junto á sus propios oídos las infernales palabras de ellos. Corrió mucho por toda la calle del Barquillo, seguida del perro misántropo, y al fin, fatigada y sin aliento, se detuvo: las risas resonaban muy lejos … ya no la seguían … respiró porque no podía dar un paso. Después siguió andando lentamente; no se atrevía á volver, porque las risas habían cesado y se oían terribles imprecaciones. Algunas piedras, lanzadas por mano vigorosa, cayeron junto á ella. Batilo se volvió lleno de despecho y ladró como nunca había ladrado, con verdadera elocuencia canina.

Después de esto, avivó Clara el paso y llegó á la calle de Alcalá. Miró á derecha é izquierda, sin saber qué camino tomar. Subió hacia la Puerta de Sol; pero no había llegado á San José cuando vió que por la calle abajo venía gente, muchísima gente: ella no había visto nunca tanta gente reunida. La calle le parecía tan grande, que no conocía distancia alguna á que referirla, pues para ella las casas hacían horizonte, y aquella gente que venía se le representaba como un mar agitado sordamente, y avanzando, avanzando como si quisiera tragarla. Sin deliberar volvió atrás y bajó hacia el Prado. El gentío bajaba también: sordo rumor resonaba en la calle. La muchedumbre traía algunas luces, y de cuando en cuando una voz pronunciaba muy alto un viva, contestándole otra tremenda y múltiple voz. La gente bajaba, y Clara bajaba delante. Aquello le dió más miedo que los borrachos; pero cuando se encaró con la Cibeles, cuando vió aquella gran figura blanca en un carro tirado por dos monstruos blancos, se detuvo aterrada. Había visto alguna vez la Cibeles; pero la oscuridad de la noche, la soledad y el estado de excitación y dolencia en que se encontraba su espíritu, hacían que todos los objetos fueran para ella objetos de temor, todos con extrañas y fantásticas formas. Los leones de mármol le parecía que iban corriendo con velocísima carrera, galopando sin moverse de allí. La pobre miró atrás, y vió que la gente avanzaba siempre, haciendo más ruido: no quiso ver más aquello, y tomando hacia la derecha, entró en el Prado. Este sitio le pareció tan grande, que creía no llegar nunca al fin. Jamás había visto una llanura igual, campo de tristeza, de ilimitada extensión; los árboles de derecha é izquierda se le antojaban fantasmas negros que estaban allí con los brazos abiertos; brazos enormes con manos horribles de largos y retorcidos dedos. Anduvo mucho, hasta que al fin vió delante de sí una cosa blanca, una como figura de hombre, de un hombre muy alto, y sobre todo muy blanco. Se fué acercando poco á poco, porque aquella figura se le representaba marchando con pasos enormes. Era el Neptuno de la fuente, que en medio de la obscuridad proyectada por los árboles se le figuraba como otro fantasma. La infeliz tenía muy extraviados los sentidos á causa del terrible trastorno de su espíritu. Torció á la derecha, por evitar que llegara hasta ella aquel figurón blanco, y encontró enfrente la Carrera de San Jerónimo. Empezó á subir; pero estaba tan fatigada, que la pendiente de la calle le parecía inaccesible. Subió, pero con mucha lentitud, porque apenas podía andar: en la parte correspondiente á los Italianos creía ella ver la cumbre de una montaña; y cuando medía con la vista aquella eminencia, pensaba que en toda la noche no iba á llegar arriba.

No pudo avanzar más, y se sentó en el hueco de una puerta. Sentía gran postración en todos sus miembros, y además un frío intenso que, creciendo por grados, llegó á producirle una convulsión dolorosa. Arropóse lo mejor que pudo, y pensó en el medio de volver á la casa para esperar á Lázaro en la puerta. Entonces le ocurrió súbitamente la idea de dirigirse á casa de Pascuala. Ella recordaba muy bien el nombre de la calle donde vivía el tabernero con quien la criada se había casado. Sabía que la taberna estaba en la calle del Humilladero; pero ¿cómo iba á la tal calle? Resolvió preguntar á algún transeúnte, y si daba con la casa, allí pasaría la noche, aplazando todo lo demás para el siguiente día. Segura estaba de que Pascuala la recibiría con los brazos abiertos. Pero ¿dónde estaba la calle? Instintivamente oró á la Virgen, pidiéndole que estuviera cerca de la calle del Humilladero. Pero la Virgen no la oyó, porque la calle estaba muy lejos. Resuelta á preguntar, se levantó; vió venir á un hombre, pero no se atrevió á detenerle; pasó otro, algunos más, y Clara no preguntó á ninguno. Tenía miedo de aproximarse á ellos. Por último, se acercó una mujer, la joven la detuvo y respetuosamente la hizo su pregunta.

—¿La calle del Humilladero?—dijo la mujer, que era una vieja arrugada y con voz gangosa.

—Sí, señora.

—¿Le parece á usted que está bien detener á las personas honradas de este modo?—contestó la vieja muy incomodada.—Ya sé lo que quieren estas bribonas cuando detienen á una; que no van sino á meterle la mano en los bolsillos cuando está una más descuidada, contestando: "Váyase noramala la muy piojosa, y si no llamo á un alguacil."

Antes que concluyera la vieja, se apartó Clara, y fué tal su angustia al pensar que todos la tratarían de igual modo, que casi estuvo á punto de abandonarse á su desesperación, dejándose morir allí de hambre, de frío y de dolor. Pero la desventura infunde valor; recobró algún ánimo y se dispuso á seguir preguntando, cuando vió llegar á una mujer andrajosa que traía un niño de la mano y otro en brazos. A Clara le pareció que aquella mujer debía ser persona muy generosa y compasiva, y que le había de responder á su pregunta. Pero antes de ser interpelada, la mujer andrajosa habló á Clara en estos términos:

—Una limosna, señora, por amor de Dios, que tengo mi marido en cama, y estos dos niñitos no han probado nada en todo el santo día… Siquiera un chavito.

Después, observando que Clara no tenía aspecto de persona que da limosna, sino más bien de mujer desvalida y enferma, se figuró que pedía también chavitos, y variando de tono, le dijo:

—Oye, chica: ven conmigo y le sacaremos un duro al tío gordo de la esquina.—¿Qué?—dijo Clara, confusa ante aquella proposición. —¿Apostamos á que no tan dao ni un bendito chavo esta noche? Yo he sacao ya un rial: mira. Pero hay en aquella tienda un mardito pañero que es muy caritativo. Ayer le ije que tenía una hija enferma en cama, y me dió una peseta. Si quiés que le saquemos más, ven conmigo esta noche, chica, y verás. Entramos: tú te haces que te vas cayendo, y te pones un pañuelo atao á la cara, y empiezas ó dar unos chillíos que partan el corazón. Oye, así: ¡ay! ¡ay! ¡ay!

Y dió unos cuantos quejidos tan lastimeros, que Clara tuvo angustia de oírlos. Después siguió:

—Mira, ven; entramos: yo le digo que eres mi hija y que no has comido un bocao, y que el méico te ha recetado una cosa que cuesta un duro. Tú dices que no la quies tomar, y que si saco el duro, compre pan pa estos niños que se están muriendo. Yo digo que sea el duro pa la meicina; tú que sea pa los niños, y así … verás cómo se ablanda… y pué que nos dé dos… partiremos: te daré á ti dos riales, y…. Anda, ven: ponte este pañuelo en la cara.—Señora, yo tengo que hacer, no puedo—dijo Clara, que creía no deber darle otra razón menos cortés. ¿Sabe usted dónde está la calle del…?

—¡Qué calle de los dimonios!—dijo la mujer; y viendo que pasaban dos caballeros se acercó á ellos, diciéndole al chico que llevaba de la mano:—Muchacho, cojea.

El muchacho cojeó, y se acercaron á los caballeros, repitiendo su muletilla. Clara se retiró entonces; anduvo á buen paso, y llegó, por último, á la plazuela del Espíritu Santo; subió más, hasta que se encontró en la esquina de la calle del Prado, y por allí pensó seguir, porque veía en ella bastantes personas, y creía encontrar allí quien la informara bien.

Batilo iba delante. Un perro vivaracho y pequeño, descarado, ratonero, de éstos que pasean su vanidad por las calles de Madrid, se acercó al can melancólico, y le dió una embestida con el hocico. Batilo era muy tímido; pero sintiendo herido su amor propio, ladró. El ratonero, que no deseaba sino provocación, ladró también, atreviéndose á dar un mordisco al pobre faldero. Este te defendió como pudo; y á poco rato vino un porrazo que, con terribles aullidos, empezó á perseguir al ratonero. Luego vino otro perro, y otro, y otro: en dos segundos se reunieron allí doce perros, que armaron espantosa algarabía. Luchaban unos con otros, cayendo y levantándose en revuelta confusión, mordiéndose, saltando y atropellando entre los movimientos de su horrible contienda á Batilo y al ratonero, que, revueltos entre las patas de los contendientes, recibían los ultrajes de todos. Al ruido se detuvieron algunas personas; el amo de uno de los perros terció en la pelea, y dijo ciertas frases injuriosas al amo de otro. Clara, al ver que se reunía tanta gente, y que algunos mozos la miraban con atención impertinente, avivó el paso; tomó la calle arriba para huir de aquellas miradas. Pero los mozos la siguieron, y ella quiso ir más á prisa; ellos también; ella más aún, hasta que se decidió á correr, y corrió con toda la velocidad que podía. Entonces una mujer gritó desde una puerta con voz chillona y angustiada: "¡A esa, á esa, á esa!" Un hombre la detuvo por el brazo; muchas mujeres la rodearon, y se formó en un momento un grupo de más de treinta personas en torno á ella. La huérfana estaba tan trémula y aterrada, que no dijo palabra, ni trató de huir, ni lloró siquiera. Creyó tener en derredor un círculo de asesinos.

—¿Qué ha hecho? ¿qué hay?—dijo uno.

—Que ha robao ese lío que lleva bajo el brazo.

—Muchacha, ¿donde has tomado ese lío?—dijo el que la tenía asida.

Clara no contestó

—A la cárcel con ella—dijo uno de los presentes.

—¿Dónde has tomado ese lío, muchacha?

La joven se repuso un poco, y con voz tenue, dijo:

—Es mío.

—¿Qué es suyo?—dijo una de las mujeres.—Si la vi yo correr como una desalación. Apuesto á que lo cogió en la casa del número 15.

—No, que venía de más abajo—dijo otra.

—Apuesto que es de casa de la sa Nicolasa, la pupilera de ahí enfrente—dijo otra mujer.

—Usted miente, señora—dijo un hombre alto, que parecía ser persona del toreo, á juzgar por su vestido y el rabicoleto que tenía en la nuca.—Usted miente: esta señora no ha salido de casa de la pupilera, ni del número 16; venía de más abajo.

—¡Miren ese pelele!—gritó la mujer.—¿Poz no dice que yo miento?

—Usted miente, señora. Esa muchacha no ha robao naa, que venía de abajo, y corrió porque la venían siguiendo esos lechuguinos. Yo lo he oservao, y si hay alguno que me desmienta, aquí estoy yo, que soy un hombrera pa otro hombre.

—Tanta bulla pa naa—dijo, soltando á Clara, el que la tenía asida.

—Pues que si lo ha robado, si no lo ha robado … Cuando yo digo una cosa…. Si estuviera aquí mi Blas, se vería si hay un hombre pa otro hombre—murmuró, volviendo la espalda, la promovedora de aquel alboroto.

—Vamos, señores, aquí no se ha robao naa—dijo el majo con decisión.—Aquí están ustedes de más. Largo el camino.

El público (llamémosle así) encontró muy convincentes las últimas razones del hombre de los toros, y aún más las insinuaciones que hizo con un tremendo palo de puño de plomo que llevaba en la mano, y empezó á desfilar.

—-Vamos, prendita, no tenga usted miedo—dijo el hombre del rabicoleto, cuando se quedó solo con Clara.—Venga usted conmigo, y no tenga reparo, que yo soy un hombre pa otro hombre. ¿Pero se pué saber á dónde iba la personita? Yo la llevaré á usted, porque soy un hombre pa….

—Voy á la calle del Humilladero.

—Del Humilla … ¿que?

—Del Humilladero.

—Ya sé … ¿pero pa qué va usted tan lejos? Si usted se echa á andar ahora, llegara allí pasao mañana por la noche. Con que no tenga usted prisa….

—Sí, señor, tengo prisa; y aunque esté lejos, he de ir en seguida
¿Quiere usted hacerme el favor de decirme por dónde debo ir?

Miste: coge usted esta calleja arriba, siempre pa arriba … pero yo la voy á llevar á usted. Aunque, pa decir verdad, más valía que se viniera conmigo. ¡Ay! ¡Jesús, qué guapa es usted! Poz no había reparado … Venga usted.

—No puedo detenerme, señor caballero—dijo Clara con mucho miedo.—Dígame dónde está esa calle, y yo me iré sola.

—¡Sola! ¿Y yo podía ser tan becerro que la iba á dejar ir sola por esas calles, esta noche que hay rivolución…? Bueno soy yo pa … Venga usted conmigo. Le igo que no lo pasará mal: yo conozco aquí cerca un colmao donde hacen unas magras que….

Diciendo esto, el torero tomó á Clara por un brazo y quiso internarla por la calle del Lobo.

—Suélteme usted, caballero—dijo Clara desasiéndose:—tengo que hacer; por Dios, suélteme usted.

—Pues es lo mesmo que un puerco-espín. ¡Bah! Si es usted muy guapa para ser tan picona. Le igo que … Pero, en fin, yo la acompañaré á esa calle.

—No: dígame usted por dónde debo ir. Yo iré sola.

—¿Sola? si hay _rivolución. ¿Pa que le peguen á usted un tiro y me la ejen frita en mitá la calle?…

—Yo quiero ir sola—dijo ella separándole.

La compañía y la solicitud impertinente de aquel hombre le inspiraba mucha desconfianza. Su intento era huir de él y preguntar á otro. Pero aunque avivó mucho el paso, él seguía siempre á su lado diciéndole mil cosas. Un incidente feliz (algo feliz había de pasar aquella noche) vino á librar á Clara de aquel moscón. Iban por la plazuela de Santa Ana, cuando sintieron detrás gritos de mujer. El majo no volvió la cara; pero tuvo buen cuidado de embozarse bien en su capa para no ser conocido.

Arrastrao, endino—dijo la mujer, que era alta, gruesa hombruna y con voz aterradora y aguardentosa.—Espera, espera, que te voy á sentar los cinco en esa cara de documento.

Al decir esto, tiro al majo de la capa, y con mano más pesada que una maza de batán, cogió á Clara por un brazo y la detuvo.

—Si no fuera porque está aquí esta señora—dijo el chulo, cuadrándose ante la jamona—ahora mesmo te volvía las narices al revés.

—¡Arrastrao!—dijo la maja cuadrándose y moviendo la cabeza—¿tengo yo cara de cabrona? ¿Te paece que por una cara de escoba como esta voy yo á consentir?…

—¡Calla!—exclamó el otro—ó te ejo sin piernas.

—Mira, Juan Mortaja, que voy á sacarle los ojos á esta rabuja si ahora mesmo no vienes conmigo. ¿Le parece á usted que á una mujer como yo se la…? Juan Mortaja, cuando igo que vamos á tener que….

—No haga usted caso—dijo el torero, dirigiéndose á Clara, que estaba sin aliento, oprimida por la mano de la jamona, como la tórtola en las garras del gavilán—No haga usted caso, niña, que ésta suele rezarle un Padre nuestro á san cuartillo.

¡Reendino!—exclamó con trágico furor la maja, soltando á Clara y echando rápidamente mano á la cintura, de la cual sacó una navaja, que esgrimió con el donaire y la presteza de un matutero.

—¡Saco e demonios!—dijo el otro, enarbolando el palo.

No sabemos cómo concluyó la pendencia, porque hemos de seguir á Clara; y ésta, en cuanto se vió libre de la zarpa de la dama de Juan Mortaja, se escapó ligeramente, y á buen paso, seguida siempre de Batilo, llegó á la plazuela del Ángel. La desventurada no sabía ya qué partido tomar; se horrorizaba al pensar que entre los miles de habitantes de este enjambre no había uno que le dijera el nombre de la calle donde estaba el único asilo que podía acojer á la huérfana abandonada, sola, injuriada, medio muerta de miedo y dolor. Creyó que Dios la abandonaba ó que no había Dios; que su destino la obligaba á optar entre la inquisición espantosa de las dos Porreñas, y aquel abandono, aquel vagar por un desierto, repelida por todos ó solicitada por la depravación ó el vicio.

Se decidió á hacer otra tentativa. Detúvose ante un hombre que, con un farol y un gancho, revolvía escombros, y le hizo su pregunta.

—¿La calle del Humilladero?—dijo el trapero, incorporándose y haciendo con el gancho ciertos movimientos semejantes á los que hace con su varilla un director de orquesta.—Esa calle está … Voy á darle á usted una receta para que la encuentre en seguida. Pues eche usted á andar … y vaya mirando con atención los letreros de todas las calles. ¿Sabe usted leer?

—Sí, señor—dijo Clara.

—Pues cuando usted vea un letrero que diga así: "calle del
Humilladero", allí mesmo es.

El trapero se quedó muy satisfecho de su apotegma, y volviendo á inclinarse, enterró su gancho investigador en el montón de inmundicia que delante tenía. Clara se retiró muy angustiada; y principiando á perder ya el conocimiento exacto de su desventura, hallábase próxima á entrar en ese período de atonía que precede á las grandes enajenaciones. Dirigió de nuevo mentales súplicas á Dios y á la Virgen para que la sacaran de aquella situación; y aún rezaba, cuando vió llegarse hacia ella á una persona que le inspiró mucha confianza. Dió algunos pasos hacia aquella persona, que era un clérigo de más que mediana edad, gordo y pequeño. Venía con su rosario en la mano y la vista fija en el suelo. La huérfana respiró con tranquilidad, porque aquel personaje venerable que tenía ante sí debía de ser un santo varón, de esos cuyo fin en la tierra es consolar á los afligidos y ayudar á los débiles.

CAPÍTULO XXXVIII

#Continuación del "vía-crucis".#

Parecía el clérigo hombre pequeño, á juzgar por su vestido, que era muy raído y verdinegro. Era él de edad madura, y á juzgar por su pronunciada y redonda panza, parecía hombre que no se daba mala vida. Tenía la cara redonda y amoratada, con dos ojillos muy vivos y una nariz que parecía haber servido de modelo á la Naturaleza para la creación de las patatas. No puede decirse que su fisonomía fuera antipática: sonreía con bondad, y, sobre todo, había en sus ojuelos cierta gracia y una volubilidad amable. Cuando vió á Clara y oyó la pregunta que ésta le hizo con el mayor respeto, guardó el rosario, se ladeó el sombrero (porque era éste tan grande, que tapaba con él á cuantos se le ponían delante), y dijo:

—¿La calle del Humilladero? Sí, hija mía, sí: sé dónde está, sí, pero es muy lejos. No podrá usted ir sola; su perderá usted, hija mía. Venga usted y yo la pondré en camino.

Y volvió atrás. Siguiéronle Batilo y Clara, que creyó al fin haber encontrado el hilo del laberinto.

—Pero, hija mía, ¿cómo es que usted va sola? ¡A estas horas … tan sola!—dijo el padre con voz agridulce.

—Tengo que ir á una casa que conozco—repuso Clara por dar alguna respuesta.

—¿Pero va usted sola? ¡A estas horas! … Hija mía, ¿por qué es eso?

—No tengo quien me acompaña. Soy sola.

—¿Que es usted sola? ¡Jesús, María y José! ¡Qué calamidad! ¿Pero no tiene usted padres?

—No, señor.

—¿Es usted sola, enteramente sola? ¡Jesús, María y José! Esto no va bien, hija mía. ¿Pero no tiene usted ningún pariente? Vamos, irá usted á casa de algún pariente.

—No, señor, no. Voy á casa de una mujer que conozco. No conozco á nadie más que á ella.

—Vamos, ya conocerá usted á alguna otra persona—dijo el cura parándose y fijando en el semblante de Clara sus picarescos ojuelos.—¿De dónde viene usted ahora?

—De casa de unas señoras, donde estaba.

—¿Y allí no conoció usted más que á esas señoras?

—No, señor—dijo Clara asustada del giro que tomaban las preguntas del clérigo.

—Vamos, juraría yo que ha conocido usted á algún muchachuelo … Eso no tiene nada de particular, hija mía: para eso es la juventud. Eso no tiene nada de particular. ¡Bah! no se ponga usted encarnada. Por las llagas de Jesucristo, que no me enfado yo por eso … no.

Al decir esto, el cura se paró otra vez, y volvió á fijar en la huérfana sus pequeños y vivaces ojos, acompañando esta mirada con una santa sonrisa de astucia, que haría honor á cualquier alumno de Seminario, conocedor de la obra de Sánchez, titulada De Matrimonio.

—Porque hija mía, el mundo es así—continuó.—Yo, que conozco las debilidades de ambos sexos, puedo hablar sobre este punto. Y luego yo tengo una práctica tal, que en seguida comprendo. Sobre todo, como usted es tan guapita….

Turbóse mucho la joven con aquellas palabras; pero la esperanza de que pronto llegarían á la decantada calle del Humilladero, la serenó, haciéndole más llevaderas las amabilidades del buen hombre.

—Si, hija mía: yo soy gran admirador de las obras de la Naturaleza, y cuando estas obras son bellas, las admiro más. Yo, francamente lo digo, no soy gazmoño. Lo cortés no quita lo valiente. Aunque uno sea sacerdote … porque admirar á la Naturaleza no es pecado.

Con estas y otras cosas habían pasado la calle de Atocha y llegado á la
Plaza Mayor; atravesáronla, dirigiéndose á la plazuela de San Miguel.

—Venga usted, venga usted—dijo, tomando el brazo á Clara, al ver que manifestaba cierto recelo de internarse por el arco obscuro que da á la plazuela del Conde de Miranda.—Venga usted, que conmigo va segura… Pues decía que lo cortés no quita lo valiente… Pero no me ha seguido usted contando eso del muchachuelo.

—Si yo no he contado nada—dijo Clara, haciendo un movimiento disimulado para desasir su brazo de la mano del cura.

—Sí: algo hay, hija mía; yo lo he conocido. Si eso no tiene nada de particular. Ya… ¿hay vergüencilla? Vamos, cuénteme usted, que yo ia absuelvo en seguida. A las niñas bonitas se les perdona todo.

Diciendo esto, miró de nuevo á Clara; pero ya no se sonreía: estaba serio, y había en su voz cierta agitación que ella no pudo notar.

—Cuidado, no se caiga usted—dijo, extendiendo su brazo por la cintura de la huérfana, como si ésta hubiera tropezado.

—¡Ay!—dijo ella más confusa y separándose del cura.—¡Cuándo llegaremos á esa calle!… ¿Está muy lejos todavía?

—Sí, hija mía: está lejos, muy lejos. ¿Pero qué prisa tiene usted?

—¡Ah! sí, tengo mucha prisa. Pero no se moleste usted más. Dígame por dónde debo ir … y seguiré sola.

—¡Ah! no acertará usted en toda la noche. Está muy lejos. ¿Pero qué prisa tienes, hija mía? Veo que estás muy cansada. ¿No te convendría descansar un poquito?

—¡Oh! no, señor; no puedo descansar—dijo Clara, aterrada ante la idea de que la llevaran á una sacristía.

—Sí, hija mía: estás muy fatigadita, y yo no tengo corazón para verte andar por esas calles á estas horas y con este frío.

—No importa, señor cura: no me puedo detener.

—¡Jesús, María y José! No he visto nunca una muchacha más arisca. Yo … no gusto de gente así, porque me gusta que las niñas sean amables y buenas.

En esto entraban en el callejón de Puñonrostro. Paróse el cura y tomó una mano á Clara, que se retiró, apartándose de él.

—Hija mía, por Jesús, María y José, te digo que se me parte el corazón de verte así sola por esas calles, á estas horas, con este frío… Mira: yo tengo un buen brasero arriba…. Porque aquí vivo yo, aquí á espaldas de San Justo, que es mi iglesia. Pues si quieres descansar un ratito….

—No, Padre: yo quiero ir á la calle del Humilladero. Dígame usted dónde está, ya que no me ha llevado á ella.

—¡Qué Humilladero, ni Humilladero! ya me tienes loco con tu calle. Pues no estás poco impertinente—dijo el clérigo con más agitación y mucha impaciencia.—Ven, hija mía, y me contarás eso del muchachuelo.

El infame plan se reveló de pronto en el entendimiento de Clara con todo su horror y repugnancia.

—Señor—repitió—dígame por dónde voy.

—Sube, sube—dijo él colocado ya en la puerta de su casa.—Sube; no te pesará. Si supieras qué bueno soy yo…. Porque lo cortés no quita lo valiente. Y mañana te vas á tu Humilladero, ó si no quieres ir….

—Señor, por Dios, dígame por dónde debo ir. Yo me vuelvo loca. ¿Para qué me ha traído usted aquí? ¿Y dónde estoy? Puede ser que ahora esté más lejos del punto á donde quiero ir.

—Sube, hija mía, sube—dijo el clérigo abriendo la puerta—y hablaremos de eso. Yo te diré dónde está esa calle, y mañana podrás….

—No, yo no le quiero ver á usted más. Pero dígame por dónde debo dirigirme. ¿Por qué me ha engañado usted?

La joven rompió á llorar como un niño. El cleriguillo había perdido su amabilidad; sus ojuelos expresaban el mayor despecho; su labio inferior, masa informe y pendiente, le temblaba por la rabia de la contrariedad y del desengaño.

—¿Está lejos esa calle, señor? ¿Está lejos?

El cura miró á Clara con desdén, hizo un gesto despreciativo, y entró diciendo:

—Sí, chica: está lejos, muy lejos.

Y cerró violentamente con mano colérica la puerta, que produjo fuerte estampido.

Algo tranquilizó á Clara el verse libre de aquel malvado; pero al pensar que no había podido adquirir noticia alguna de lo que buscaba; al verse en aquel callejón estrecho y obscuro, donde no aparecían indicios de vivienda humana; al considerar que por un extremo podía aparecer un hombre y por el otro extremo otro, avanzando hacia el centro y cogiéndola entre los dos, fué tal su pavor, que estuvo á punto de caer al suelo sin sentido. También se la figuraba que la enorme muralla de la casa del Cordón y la de San justo iban á reunirse, aplastándola en medio. Un supremo esfuerzo, una carrera en que el espíritu agitado, más bien que el cuerpo, parecía trasladarse, la llevó á la calle del Sacramento. Al fin vió una luz que se movía; era un sereno. Aquel encuentro la infundió algún valor; acercóse á él, y le repitió su pregunta, tantas veces hecha, y nunca contestada. El sereno, de muy mal humor, pero con buena intención, le dió la dirección verdadera.

—Baje usted esa cuestecita por detrás del Sacramento; baje usted siempre hasta que llegue á la calle de Segovia; en seguida sube usted derecha, siempre adelante, hasta encontrar la Morería; entra por ella hasta llegar á la calle de don Pedro; después sigue por ésta hasta la plazuela de los Carros, y enfrente de la capilla de San Isidro, encuentra usted la calle del Humilladero.—Le repitió las señas y le dió las buenas noches.

La huérfana se retiró muy agradecida. Al fin encontraba la dirección de aquella maldita calle. Tomó por el camino indicado y bajó la cuesta de los Consejos. ¡Qué triste y pavoroso lugar! El piso parece que huye bajo los pies del transeúnte: tal es la pendiente. A Clara, que estaba completamente desfallecida y con la cabeza debilitada, le parecía caerse á cada paso, y que el suelo se iba inclinando más cada vez, negándose á soportarla. Llegó á creer que nunca terminaba aquel descender precipitado, hasta que por fin sus pies pisaron en llano. Estaba en la calle de Segovia, y se le figuraba haber caído en un abismo. No era posible, pensaba ella, que el sereno le hubiera dicho la verdad. ¿Estaba aquel sitio habitado por seres de este mundo? De noche, y en aquella lobreguez, parecía la profundidad de un barranco, de esos que escogen para sus conventículos los duendes y las brujas. Mirando hacia arriba, le parecía que se inclinaban, amenazando caer, las dos masas de habitaciones que á un lado y otro de la calle se levantan.

Clara siguió, sin embargo, la dirección que el sereno le había indicado: distinguió delante de sí la cuesta escarpada de los Ciegos, y pensó que era imposible trepar por allí, intentólo á pesar de todo, tropezando con montones de escombros y ruinas: las casas se veían arriba suspendidas, al parecer, como nido de buitre en lo alto de la eminencia. Ella se sintió sin fuerzas para escalar aquello; no distinguía senda alguna, ni había allí nada que indicase el paso de seres humanos. No se oía voz alguna, sino de tiempo en tiempo, y resonando muy lejos, gritos de mujeres. Los gritos resonaban como si una bandada de aves, con palabra humana, se cerniera graznando en lo más alto del cielo. De repente oyóse una voz infantil que venía de abajo. Era una niña que subía sola, y cantando, por la calle de Segovia, dirigiéndose á la Morería. Clara vió con asombro que la niña, sin cesar de cantar, subía la cuesta y trepaba, encontrando una vereda entre tantos escombros. Se levantó é intentó seguirla. La niña no la vió y marchaba delante muy alegre, al parecer. Pero de pronto advirtió el ruido de los pasos de la que la seguía; volvióse; vió aquel bulto que en medio de la noche andaba tras ella, y lanzándose en súbita carrera empezó á gritar: ¡Madre, madre: brujas, brujas!

La huérfana sintió entonces más claros los gritos de las mujeres, y llegó también á creer que había brujas por allí. Las mujeres parecía como que bajaban, y sus voces confusas y discordantes semejaban el altercado frenético de una horda de euménides. Retrocedió Clara y volvió á bajar, estando á punto de resbalar y caer algunas veces. Hallóse de nuevo en la calle de Segovia, y entonces los gritos femeninos llegaban á sus oídos como si la horda de aves con palabra humana hubiera levantado el vuelo tornando á las altas regiones.

Empezó á llover: caían gotas muy gruesas, que la imaginación calenturienta de la huérfana sentía en el piso como si éste fuera una caja sonora. La lluvia aumentaba; las gotas caían con extraordinaria rapidez, dejando en las piedras un disco obscuro, semejante á una pieza de dos cuartos que, repetidos infinitamente, concluyeron por teñir de negro reluciente todas las piedras. Clara se arropó; apoyóse en una gran piedra sillar que allí había, y, con el alma agotada ya, miró al cielo buscando la luna, una estrella, cualquier cosa que no fuera negra y horrible, cualquier cosa que no hubiera visto aquella noche en otra parte; pero no vió ni estrella ni luna: tan sólo allá abajo, en la dirección del puente y en el horizonte que tras la otra orilla del Manzanares se dibuja, vió una lumbre rojiza, esa claridad violenta de encendido color, que es en noches tempestuosas como una fiebre del cielo. Se le ve arder calenturiento y agitado por súbitas y precipitadas exhalaciones, mientras toda su inmensa extensión permanece obscura y helada. Aquella luz impresionó la mente de Clara de un modo muy extraño. Lejos de infundirle temor, le pareció ver allí alguna cosa interna, más profunda que el profundo cielo, que parecía estar abierto por aquel punto. Creía ver oleadas de luz, emanadas de un foco incandescente; formas humanas, cuerpos sin sombra, que oscilaban con caprichosas revoluciones. Parecíale como una falanje de astros humanos, de cielos y mundos en forma de seres vivos, que allí se determinaban dentro del espacio mismo de una llama sin fin; cada uno engendraba miles, cada mil un millón; se alejaban y volvían, se obscurecían tenuamente, y de nuevo adquirían el brillo de la más intensa luz.

Cuando apartó la vista de aquella claridad, miró al lado opuesto; miró á la calle, en derredor, y no vió nada. Esperó un rato, mirando siempre, y tampoco vió nada. Creyó que estaba ciega, y en vano quería, con atención afanosa, descubrir algún objeto. La lluvia había crecido de una manera espantosa: un torrente bajaba por la Cuesta de los Ciegos y otro por la de los Consejos; la calle recogía estas dos vertientes y arrojaba hacia el puente un barranco fangoso. Ella continuaba sin ver; sentía que sus pies se enterraban en fango; el ruido era horrible. Se le concluyó el ánimo; creyó que no le quedaba más recurso que cerrar los ojos, que ya no veían, y dejarse morir allí, dejarse arrastrar por aquella agua que iba hacia el río con precipitación vertiginosa.

Un relámpago intenso iluminó aquel abismo. Entonces pudo ver á la repentina luz las dos masas obscuras de casas que á un lado y otro se alzaban. Pero después volvió á quedar sumergida en su profunda ceguera. Las rodillas se le doblaban; el agua le habla calado toda la ropa; Batilo gruñía como un perro náufrago. A pesar del ruido de la lluvia, los gritos de las mujeres se sentían otra vez, discordantes, agudos, como confuso chirrido de pájaros nocturnos, resonando encima, allá arriba. La enferma fantasía de Clara creyó reconocer en aquellas voces un horrible y áspero trío de las Porreñas, que volaban, envueltas en espantosas nubes, dando al viento las voces de su impertinencia, de su amargo despecho y de su envidia. Hasta le pareció ver á Salomé, que se cernía en lo más alto, agitando rápidamente sus luengas vestiduras á manera de alas, y mostrando hacia abajo las encorvadas y angulosas falanjes de sus dedos, terminados con uñas de lechuza.

La lluvia empezó á disminuir. Ruido de campanillas y ruedas indicó á Clara que una galera acababa de pasar la calzada del puente y entraba en la calle: esto la animó un poco, porque sentía la voz del arriero, que con tremendos palos estimulaba á sus caballerías á subir la cuesta. Levantóse la joven dispuesta á hacer la última tentativa preguntando al arriero. Llegó la galera, y Clara se adelantó hacia la mitad del camino; pero, una de las mulas, que era muy espantadiza, dió un salto y casi vuelca la galera. El arriero empezó á proferir votos y juramentos. El animal se resistió á dar un paso; pegaba el arriero, coceaba la arisca mula, y la otra, queriendo aprovechar tan buena ocasión de reposar su fatigado cuerpo, que había hecho la jornada de Navalcarnero en seis horas, se hechó al suelo muy sibaríticamente, esperando á que estuviera resuelta la pendencia entre su amo y su compañera. La mula quedó casi totalmente enterrada en fango, y cuando el arriero vió tal cosa, y que la galera se había inclinado de un lado, hincando el eje en el suelo, se puso hecho un demonio: llamó en su auxilio á todos los santos del cielo y á todos los demonios del infierno, se tiró de los cabellos y hasta empezó á darse latigazos de rabia.

Clara, que se creyó causante de aquel desperfecto, tuvo bastante fuerza para huir de las iras del carretero, que, á haberla visto, la hubiera maltratado; corrió hacia arriba, y no paró hasta la esquina de la plazuela de la Paja. Allí encontró otro sereno y le hizo su pregunta.

—Está usted cerca—le dijo éste.—Suba usted esa plazuela; pase usted aquel arco que se ve allí, donde está la imagen de la Virgen con el farol, y llegará á la plazuela de los Carros. Enfrente está la calle del Humilladero.

Clara empezó á creer otra vez que había Dios, y siguió la dirección indicada. Al fin estaba cerca, al fin llegaba. La esperanza le dió ánimo; pero al acercarse al arco que unía entonces la capilla del Obispo con la casa de los Lasos, se avivó su miedo. Se figuraba que aquel arco no podía conducir sino á una caverna, y además le parecía que detrás estaba una figura corpulenta, que no era otra que María de la Paz Jesús, apostada allí para asirla cuando pasara, arrebatándola con una mano grande y crispada, para llevársela por los aires.

Pero la esperanza puede mucho. Cerró los ojos, y corriendo velozmente, pasó. La plaza de los Carros ya le parecía más habitable y menos triste: pasaban algunas personas, se veían no pocas luces. Miró los letreros de todas las calles que de allí partían, y al fin, llena de alborozo, leyó el nombre de la que buscaba. Entró en ella, y á los pocos pasos vió una puerta, á cuyos lados había pintados racimos alegóricos y unas botellas que indicaban muy claro que aquello era taberna. "Aquí es", dijo, y se acercó. La puerta estaba abierta, y dentro había dos mujeres y un hombre. Preguntó si vivía allí un tal Pascual, tabernero, casado con una tal Pascuala.

—Aquí no hay nengún Pascual—dijo una de las mujeres.

—¿Sabe usted si es aquí cerca?—preguntó Clara.—¿No hay otra taberna en esta calle?

—No, que yo sepa.

Clara volvió á creer que no había Dios.

—¿Qué estás diciendo ahí, enreaora?—exclamó el hombre.—Siempre te has de meter en lo que no te toca. Sí, señora. Hay otra tienda de vinos de un tal Pascual … sí, señora: ahí en el número 14.

La huérfana dió las gracias, y fué allá, palpitante de agitación y alegría. Antes de llegar al número 14, sintió ruidos de guitarras y voces de hombres. Al acercarse á la puerta vió á muchos que cantaban y bailaban con la exaltación de la embriaguez; y aunque no vió á Pascuala, aunque aquella gente le inspiraba mucho recelo, subió el escalón de la entrada y presentándose preguntó por su antigua criada.

¡Ole ole!—dijeron dos ó tres de aquellos insignes personajes, mientras uno de ellos avanzó hacia la joven, y abrazándola estrechamente, la llevó al centro de la taberna.

—¡Viva el buen trapío!

Clara dió un grito de terror al encontrarse en los brazos de aquel desalmado, y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Pascuala!

—¿Qué? ¿quién es?—dijo una voz de mujer;—¿á ver qué es eso?

Pascuala se presentó y al ver que había allí una mujer y que estaba en brazos de su marido, dió á éste en la cara un mojicón, que, á ser más fuerte, no le dejara con narices.

—No fuí yo—contestó Pascual:—fué ese dimomio de Chaleco.

—Sí fué él, que la ha traído y la tenía escondida, señora Pascuala,—declaró Tres Pesetas con uno de sus frecuentes rasgos de malicia.

—¡Doña Clarita!—dijo Pascuala abrazando á Clara con más suavidad que su marido y llevándola adentro.

Al encontrarse en el dormitorio de los Pascuales, la sobrina de Coletilla, que había agotado todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu en aquella noche, se dejó caer en una silla y perdió el conocimiento.