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La Fontana de Oro

Chapter 44: CAPÍTULO XLI
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About This Book

A historical novel set during a period of intense political and social upheaval, it follows events in the capital where street demonstrations, political clubs, and a revolutionary café become stages for competing factions. Public conspiracies and secret plots unfold alongside personal sufferings, moral dilemmas, and moments of fanatic devotion; religious institutions and inquisitorial practices intervene in public life. The narrative shifts between crowded public scenes and intimate trials, examining themes of idealism, betrayal, the collision of tradition and reform, and the human cost of political engagement, presented in a succession of episodic chapters that interlace historical incident with private drama.

CAPÍTULO XXXIX

#Un momento de calma#.

Bozmediano y Lázaro hablaron poco por el camino. Al llegar á la casa de
Pascual, serían las diez de la mañana, lo primero que vieron fué á
Pascuala fregando vasos. Preguntáronle si había venido Clara á su casa,
y ella contestó:

—Anoche, si, señor; después de media noche vino. Pero ya reconozco al caballerito sobrino de mi amo, que estuvo allá á preguntarme por su tío.

—¡Gracias á Dios!—exclamó éste.—¡Qué suerte hemos tenido!

—La pobre llegó esta mañana y se desmayó—dijo Pascuala.—Está, muy malita; todavía no ha hablado palabra, si no es pa delirar. Vino que no se podía tener, toda mojada, temblando de frío, y las lágrimas le corrían por la cara abajo.

—¿Dónde está?

—Allí, en mi alcoba y en mi cama. Pascual se quedó en el desván y yo en el suelo, al lado de ella. Está muy malita: empezó á dar unas manotadas y á decir que venían volando unas … ¿cómo dijo? "Las tres, las tres volando", decía, y así estuvo hasta hace una hora, que calló y se quedó dormida.

Los dos jóvenes pasaron adentro, y cuando la tabernera abrió un poco la ventana para que entrara alguna luz, pudieron ver acostada en el lecho aquella agraciada figura, en cuyo semblante extenuado y pálido se pintaban los síntomas de una postración y un malestar muy grandes. Dormía, y la violenta posición de su cabeza indicaba que antes del sueño la había atormentado uno de esos letargos dolorosos en que el cuerpo obedece con bruscos movimientos á todos los delirios de la mente enferma. Pascuala cogió entre sus manos la cabeza de la joven y la colocó con menos molestia; la entró uno de los brazos, que colgaba fuera de las sábanas; arregló éstas y las almohadas, y cerró un poco más la ventana, por que no entrara más claridad que la necesaria para no estar á obscuras.

—Usted ya no sale de aquí—dijo Bozmediano á Lázaro.

—No—replicó éste, preocupado y contemplando á la enferma tan de cerca, que sentía su respiración agitada y difícil como si un pequeño volcán existiera entre las sábanas.

—Creo que, al despertar, despertará con el delirio. Usted debe quedarse aquí hasta ver en qué para esto—indicó Bozmediano;—yo me marcho. Si me ve, creo que mi presencia no será lo que más la tranquilice. Mañana le espero á usted en mi casa sin falta: tenemos que hablar.

Lázaro no contestó. Si su susceptible desconfianza no se había extirpado completamente, en aquellos momentos no podía pensar en tan delicado asunto. Experimentaba emoción muy grande para detenerse en dudas crueles y rencores poco generosos, que un alma elevada deja siempre á un lado al contemplar los grandes infortunios.

Cuando Claudio se marchó, Lázaro se sentó junto al lecho, y allí estuvo mucho tiempo inmóvil mirando á la enferma, estatua que contemplaba otra estatua, casi tan pálido como ella, esperando á cada expansión del aliento que despertara, observando con la atención moribunda de amante la oscilación de aquella vida comprometida en una crisis. Por fin Clara se movió, pronunciando algunas voces mal articuladas. El joven pudo distinguir claramente: "¡Señora, por Dios!…" Después agitó una de sus manos como quien quiere retirar algo, y por fin abrió los ojos. Se apartó los cabellos que en desorden le cubrían la cara; tuvo un gran rato la mano ante los ojos, y la apartó después. Sus ojos se clavaron en la persona que tenía delante, y por mucho tiempo permaneció mirándole, cual si no tuviera conocimiento de lo que veía, ó como si su sorpresa fuera tal que no pudiera creer lo que estaba viendo. Después extendió el brazo lentamente hacia él y le nombró con voz muy débil.

—¿No sabes por qué estoy aquí?—dijo Lázaro conmovido.—Me parece que no nos hemos visto desde mi pueblo. Aún no creo que hayas podido estar en aquella maldita casa.

—¿En qué casa?—dijo Clara, como afectada de profunda confusión.

—Allí, en casa de esas mujeres—contestó él con tristeza, recordando los dolores de aquella vivienda.

—¡Ay!—exclamó Clara.—Yo no quiero volver; quiero morirme aquí antes que volver. Estoy en casa de Pascuala, ¿no?

Al decir esto, reconocía el sitio con ansiosa mirada.

—Sí; ya no estás, ya no estamos allí—dijo él, acercándose más.

—No volveré, no me llevarán. ¿No es verdad? Tú no volverás tampoco.

—¡Qué he de volver! Si aquella casa ha sido más terrible para mi que el infierno mismo. La detesto, y detesto á los que la habitan. Allí he padecido en una sola noche más que en toda mi vida. Ya no vuelvo, no.

Clara pareció escuchar esto con mucha atención; después le estuvo mirando fijamente por largo rato con cierto asombro.

—¿Por qué me miras así?—preguntó Lázaro.

La huérfana tardó en responder; pero al fin, con voz lenta y cariñosa, dijo:

—¿Hace mucho tiempo que no te he visto?

—No hace tanto. Me viste una tarde: el domingo.

—Sí … ya me acuerdo. ¡Qué día! ¿Sabes que me echaron porque decían que había entrado un hombre en la casa? ¿Sabes? … ¡Qué malas son!

—¿Y no entró?

—Sí entró, sí … ¿pero yo qué culpa tenía? Ellas dicen que entró por mí. ¡Qué malas son!

—¿Y no entró por ti?

—¿Por mi?—contestó Clara con la voz entrecortada y muy débil.—¿Por mi?

Después se detuvo como recordando, y dijo:

—Sí, por mi. El me dijo que iba á sacarme de allí, que quería hacerme feliz. Me dió mucho miedo.

Decía todo esto con una vaguedad que indicaba cuán débiles estaban sus facultades mentales.

—Me dió mucho miedo—continuó;—aún me parece que le estoy viendo. Al principio pensé que me iba á matar; pero … no me mató. Dijo que me quería llevar consigo; que él me quería ver feliz … Me había escrito una carta.

—¿Una carta?—dijo Lázaro vivamente.

—Si; me la dió aquel viejo feo, feo, feo….

—¿Dónde está la carta?

—¿La carta … la carta…? No sé. Yo la tenía en el bolsillo.

—¿Dónde está tu ropa?

—No sé … La carta … ¡Ah!, ya me acuerdo … la rompí toda, y la hice unos pedacitos muy chicos, muy chicos.

—¿Por qué la has roto? … dijo Lázaro, deplorando no tener aquel documento.—¿Y no recuerdas haberme visto á mi aquella tarde?

—Si, sí; sí lo recuerdo—contestó, mostrando que nunca había olvidado tal cosa. Entraste muy enfadado. Yo estuve llorando toda la noche. Después me dió un mareo en la cabeza … Yo creí que me iba á morir, y me alegré.

La melancólica serenidad que había en estas declaraciones conmovió á Lázaro de tal modo, que no se atrevía á preguntar más, porque herir la delicadeza de aquel ángel le parecía crueldad sin ejemplo. Aún quiso hacer la última pregunta de este modo:

—¿Y qué te dije aquella tarde?

—¿Qué me dijiste? … Eso sí que se me ha olvidado … No, ya lo recuerdo: me dijiste….

Aquí se detuvo; sin duda le faltó el habla ó el entendimiento. Tenía los ojos húmedos, y se apartaba otra vez el cabello que le cubría parte de la frente. Lázaro se sintió humillado. Casi le avergonzaba la cruel y brusca acusación que su conducta en aquella tarde memorable había hecho á la inocencia. No había prescindido aún enteramente de la ley social que exige pruebas positivas para la aclaración de ciertos hechos; pero aun poseyendo aquella susceptibilidad irreflexiva, no podía resistir á la fuerza de persuasión que en las respuestas de la huérfana había. En su corazón no cabía, no era posible que cupiera la duda, después de oírla; y si la voz de un demonio atormentador resonaba internamente para recordarle el deber social de no darse por satisfecho, él parecería como que aplazaba para más tarde la investigación de la evidencia en aquel asunto, abandonándose por entonces á la efusión consoladora del afecto que sentía tan vivo como antes.

—No me expliques más—dijo Lázaro, viéndola llorar.—Veo que aquellos demonios tienen la culpa de todo. ¡Maldito sea quien te llevó allá! Ellas te han calumniado, estoy seguro de ello. Siempre estaban hablando de faltas cometidas, de pecados … y qué sé yo. Lo mismo decían de mi. Las dos aseguraban que yo era un malvado, y que había cometido no sé qué crimen. Esto me admiraba, porque yo no había cometido ninguna falta grave. Lo mismo juzgué de ti. Tú eras la víctima de su rigor, de su suspicacia, de su disciplina, como ellas decían.

—Yo no las quiero ver más—decía Clara;—anoche las estuve viendo toda la noche en sueños. Me parecía que doña Salomé estaba revoloteando encima de mi, mostrándome sus ojos rencorosos y sus uñas terribles; me parecía que doña Paz estaba detrás de la cama, y que de tiempo en tiempo sacaba el brazo para abofetearme. Estuve temblando y envuelta en mis sábanas para no verlas; pero siempre las veía. ¡Qué feas son!

—Tranquilízate dijo Lázaro, viendo en el tono de su amiga los síntomas de un nuevo delirio. Ya no volverás á casa de esas fieras. Yo estoy aquí; tú te has creído abandonada, mientras yo existía. No sé si tengo la culpa de, esto; si la tengo, descuida, que sabré remediarlo. ¡Y yo que no he vivido sino por ti, que te he tenido por guía y por inspiración de todos mis actos! Bien te dije, cuando nos conocimos, que Dios nos había puesto en camino de encontrarnos para que no nos separáramos nunca. Adondequiera que he ido te he llevado siempre en mi corazón y en mi cabeza, creyendo por ti y esperando por ti. Desde que nos conocimos no hemos cesado de estar juntos, de caminar juntos por la senda de la vida, á lo menos en lo que á mí corresponde. Cuando vine á Madrid, aunque no nos vimos inmediatamente, no di un paso por estas calles que no fuera dado hacia ti. Me prendieron por una ligereza mía, que no fué ningún crimen, como decían aquellas mujeres; y si soporté aquel contratiempo, si no me suicidé estrellándome la cabeza contra los muros de la cárcel, fué porque en la obscuridad me parecía siempre que te estaba mirando en un rincón, en pie, con el rostro sereno, como es tu costumbre. Yo no he podido, después que te conozco, pensar nada futuro sin que á mis ideas acompañara la idea de tu persona como parte de mí mismo. No he podido pensar en la adquisición de alguna cosa, de algún objeto, de alguna felicidad, sin que pensara en que tú disfrutarías de todo eso antes que yo. No he tenido desgracia alguna ni pérdida sin figurarme que estabas á mi lado llorando conmigo. Si he aspirado á alguna hora feliz, siempre he tenido presente que nuestras dos vidas llegarían juntas á esa hora. No he podido concebir que uno de los dos existiera solo en el mundo: esto me ha parecido siempre imposible. ¿Sabes que ahora me parece que fué ayer cuando saliste de mi casa para volver aquí? Y lo que ha pasado después yo quiero borrarlo de mis recuerdos. Aborrezco estos días como se aborrece una pesadilla. ¿Tú no me has dicho también que aborreces aquella casa y aquella gente? Y lo creo. No puedo acostumbrarme á la idea de que pensemos de distinta manera. Si yo llegara á creer de una manera evidente que no me querías, no sé cómo podría vivir; y si aún vivo después de aquella tarde, es porque la duda me ha dado vida, duda en que ya no quiero pensar: la he tenido como un deber, me la impuse yo mismo; pero ya rechazo esta tiranía. Cuando te he visto, me parece que ha retrocedido el tiempo. Dudar de ti se me figura un crimen; y si lo he cometido, no te pido perdón, porque sé que ya me lo has perdonado.

Durante esta expansiva manifestación, le escuchaba la enferma con una especie de trastorno. Al fin lloraba con tan deshecho llanto como si en aquel momento y con aquellas lágrimas se desahogaran los dolores de toda su vida, desde el incidente del pajarito en casa de la madre Angustias hasta la escena de la expulsión en casa de las Porreñas.

El joven no quiso menoscabar con una palabra más la elocuencia de aquellas lágrimas. El calor y la pulsación precipitada de la mano de Clara, que tenía entre las suyas, le indicaron que la fiebre aumentaba, tal vez por la agitación de aquel diálogo, en que él había puesto toda su elocuencia, y ella toda su sinceridad.

—Es preciso cuidarte mucho—dijo Lázaro.

—Sí—contestó ella;—quiero vivir.

CAPÍTULO XL

#El gran atentado#.

Por la tarde llegó un médico enviado por Bozmediano. Vió á la enferma, y después de prescribirle mucho reposo, se retiró, dando muy poca importancia á aquella crisis, originada de una fuerte agitación moral. Durmióse Clara, entrando en un período de calma, de que hasta entonces no había disfrutado. En tanto Lázaro, que ardía en deseos de tomar una determinación decisiva en su vida, pensaba hablar con su tío aquella misma noche, romper con él, separarse de un hombre que era autor de todas sus desventuras. Deseaba ver á las dos Porreñas, echarles en cara su crueldad y su hipocresía. Si la dignidad de varón no se lo impidiera, seguramente su primer acto aquella noche hubiera sido coger por el moño á doña Paz y hacerle inclinar la cabeza hasta el suelo.

Lo urgente y decoroso era suspender relaciones con aquel hombre fanático, que le parecía más repugnante después que se reunía descaradamente con los jóvenes exaltados, y hasta llegaba á darse el título de liberal. No le importaba quedar solo y sin apoyo, pobre, más pobre que antes. Pero él se encontraba con fuerzas para trabajar; trabajaría en una profesión, en un oficio cualquiera. Y si en Madrid no podía conseguirlo, se volvería á su pueblo, donde por lo menos tenía seguro el pan.

Salió, pues, ya entrada la noche, dejando á Pascuala el encargo de no apartarse de Clara; y recordando que su tío había hablado de no volver á casa de las Porreñas hasta después de tres días, pensó dirigirse á La Fontana ó á casa del abate. Fué á La Fontana: entró en el cuarto interior, donde se reunían confidencialmente los principales políticos del club, y no lo encontró. No había allí otra persona que el señor Pinilla, que se paseaba muy agitado con las manos metidas en los bolsillos y el sombrero enterrado hasta los ojos.

—¡Hola, amiguito!—dijo al ver á Lázaro.—¿Cómo usted por aquí á estas horas?

—Busco á mi tío.

—¡Ah! No le hallará usted. Está en una parte … Ya sé yo dónde está.
Está donde entran pocos.

—¿No vendrá esta noche?

—¿Esta noche? ¡Quia! ¿Cómo ha de venir esta noche?

—¿Pues qué hay esta noche?

—Lo gordo—dijo Pinilla con misterio.—Pero, ¡bah!, usted lo sabe mejor que yo. Si es su sobrino….

—No, no sé nada—dijo Lázaro sorprendido.

—¿Pero no le han designado á usted su puesto? ¿No le han dicho lo que ha de hacer? ¿No trabaja usted como todos en esta gran obra?

—¿Qué obra?

—Esta noche, amigo, esta noche es ella.

-¿Qué? ¿Hay algo? Efectivamente, he notado, al venir, cierta agitación en la villa.

—Pues ya verá usted á eso de las diez….

—¿Y no hay sesión esta noche?

—¡Sesión! ¡Brrr!—exclamó Pinilla, haciendo con la boca un estrambótico sonido.—Esta no es noche de palabras, es noche de hechos. Mucho se ha hablado ya.

Pues no estoy enterado de nada. Ello es que desde anoche no vengo por aquí.

—Pues busque usted al Doctrino, que debe estar allá por Lavapiés, y le dirá lo que tiene que hacer; porque supongo, amigo, que usted no querrá quedarse atrás. ¡Fuera miedo! Yo sé que la primera vez esto es algo imponente, sobre todo para el que nunca ha oído tiros. Pero, en fin, teniendo ánimo….

—Pero explíqueme usted lo que hay—dijo Lázaro, fingiendo cierta complacencia para que el otro no vacilara en contarle todo.

—Hay—dijo Pinilla—que esta noche es el gran golpe, el golpe decisivo, el último esfuerzo del liberalismo vergonzante. Es preciso arrollar á los discretos que nos cierran el paso. Sí, amigo mío; al fin tendremos libertad.

—Vaya—dijo Lázaro, afectando incredulidad para saber más,—algún motincillo insignificante….

—¿Motincillo? Algo más—dijo el otro, sentándose y avivando con una badila el escaso fuego que en un brasero había.

Robespierre subió sobre sus rodillas de un salto y se acurrucó allí con admirable franqueza republicana.

—Pues yo voy también allá—dijo Lázaro, deseando que Pinilla desembuchara.

—Vaya usted en busca del Doctrino y le designará su puesto. Yo creo que hasta estará mal visto que usted no figure en este asunto, después de haber pronunciado el discurso que oímos anoche. ¡Qué discurso, amigo! Es usted un gran orador. Si viera usted cuánto gustó: está la gente entusiasmada. Hoy he oído á un zapatero de la calle de la Comadre repetir de memoria un trozo largo de lo que usted dijo anoche.

—Pero cuénteme usted. ¿Qué habrá?

—Es muy sencillo. Es preciso pasar por encima de los falsos liberales que están hoy en el Poder. Es preciso pasar; pues bien: esta noche se pasará.

—¿Y de qué manera?

—Estas cosas no se hacen sino de una sola manera. Usted bien lo sabe. La revolución necesita estas medidas prontas y decisivas. Se pasa por encima de ellos exterminándolos.

—¡Exterminándolos!—dijo Lázaro horrorizado.

—Pues ya. Sólo así se puede arrancar de raíz una mala semilla. Es el único medio; convengo en que es terrible, pero es eficaz.

—¿De modo que va á haber aquí una matanza?

—El pueblo está irritado, y con razón. Se derribó la tiranía; se creyó que íbamos á tener libertad, y nos han engañado. Cuatro tiranuelos nos mandan constitucionalmente, y constitucionalmente nos persiguen como antes. Esto no nos satisface; queremos más. Adelante, pues.

—Pero el medio es espantoso. Yo no quiero para mi patria los horrores de la Revolución francesa. Después de un Terror no puede venir sino la dictadura. Yo no quiero que pase aquí lo que en Francia, donde á causa de los excesos de la Revolución, la libertad ha muerto para siempre.

—Eso es música, amigo, música.

—Esa es la verdad. ¿Pero es posible que mis amigos, los individuos de ese club, que han predicado el uso de los derechos adquiridos como único medio de llegar á la libertad…? No lo puedo creer.

—Amigo—dijo Pinilla, mirándole con mucha sorna,—usted lo dijo; ¿no se acuerda usted ya de aquella parte de su discurso en que decía: "¿Nos detendremos con timidez, asustados de nuestra propia obra? No. Estamos en un intermedio horrible. La mitad de este camino de abrojos es el mayor de los peligros. Detenerse en esta mitad es caer; es peor que no haber empezado."

—Si—dijo Lázaro confundido;—pero yo no quise decir que se llegara á ese fin quitando, puñal en mano, todo obstáculo; yo quiero que se llegue á ese fin por los medios legales.

—Sí, usted quiso decir eso; pero la gente lo entendió de otra manera, y esta noche va usted á ver cómo se entienden esas cosas. Desengáñese usted, amigo: no hay otro camino más que ése; los medios legales son pamplinas, créame usted. Esta noche se verá; hay la ocasión más propicia … Figúrese usted que se reúnen todos en un sitio. Sí; se reúnen fatalmente, y no es preciso ir marcando con sangre las casas de cada uno.

—¿Quién se reúne?—preguntó Lázaro con agitación.

—¡Ellos! Los prudentes. Tienen ahora unas reuniones secretas, sin duda con objeto de fraguar algún complot para quitarnos la poca libertad que tenemos. Por una casualidad se ha descubierto que algunos ministros y diputados de los más influyentes de la mayoría se reúnen en una casa de la plaza de Afligidos.

—¿Pero es cierto?—dijo Lázaro, procurando disimular su turbación.

—Sí; no sé quién lo ha descubierto. Lo que sé es que se lo dijeron al Doctrino, y él fué allá y les vió salir. Después no sé por qué medio se ha enterado de quiénes son todos ellos. Allí van Quintana, Martínez de la Rosa, Calatrava, Álava, y hasta Alcalá Galiano se ha metido entre esa gente.

Lázaro quedó mudo de terror.

—Lo que más me complace—continuó Pinilla—es que cae también el joven
Bozmediano, que también se ha metido á político, educado por su padre.

—¡Bozmediano!

—Sí; es un hombre tan odioso para mi, que me parece que si no le veo ensartado me muero de un berrinche.

—¿Y qué le ha hecho á usted?

—Ahí tuvimos una pendencia en Lorencini. Reñimos. Fué por un discurso mío; es cuento largo. Este no escapa, ni el padre tampoco, que es el orgullo mismo, y fué el que pidió en el Congreso que se cerraran las Sociedades secretas. ¡Buenos están los dos! Pero no escapan, eso no. Para eso estaré yo allí. A las doce no hay quien me arranque de la plazuela de Afligidos.

—¿De modo que van á asesinar á esos hombres, cogiéndolos á todos desprevenidos?

—En buen castellano, eso es. El pueblo de Madrid lo hará bien; los detesta, y allá irán unas turbas que ya, ya … ¿Conque al fin no va usted á que le designen su puesto?

—Sí—dijo Lázaro para disimular su propósito.—Voy.

—Yo espero aquí un recadillo del amo del café.

—Adiós—dijo Lázaro, saliendo con precipitación.

Su resolución era irrevocable. No podía permitir que se llevara á efecto aquel complot infame. Por él, sólo por él, habían tenido noticia de la reunión que en aquel sitio celebraban las víctimas indicadas, y á él correspondía evitarlo. Corrió hacia la plazuela de Afligidos con objeto de llamar en aquella casa misteriosa y prevenirles contra el atentado que se preparaba.

Por el camino encontró muchos grupos de gente sospechosa. Iban algunos armados de trabucos, ceñida la cabeza con el pañuelo aragonés, cómodo tocado de las revoluciones. Su actitud y sus rumores anunciaban la agitación que en el pueblo reinaba. Iba á cometerse un gran crimen. ¿Sabía el pueblo lo que iba á hacer y á qué principio obedecía haciéndolo? Lázaro meditaba todas estas cosas por el camino y decía: "No, no es esto lo que yo prediqué"; y al mismo tiempo la idea de que el violento discurso pronunciado por él la noche anterior hubiera tenido una parte de complicidad en la actitud del pueblo, le desesperaba.

Encontraba cada vez más grupos sospechosos, y aun oyó proferir algunos mueras lejanos. Al llegar á la calle Ancha vió un grupo más numeroso. Pasó cerca sin intención de pararse, cuando uno se adelantó hacia él y le detuvo. ¿Quién podía ser sino el pomposo Calleja, el barbero insigne de La Fontana? Haciendo grandes aspavientos y dando al viento su atiplada voz, puso sus pesadas manos sobre los hombros del joven, y dijo:

—¡Eh!, muchachos, aquí está el gran hombre, nuestro hombre. Bien decía yo que no había de faltar. ¡Eh!, muchachos, aquí lo tenéis.

Todo el grupo rodeó en un momento á Lázaro.—Es el que habló anoche.
¡Bien por el pico de oro!—dijo uno, agitando su gorra.

—Que venga con nosotros; nombrémosle capitán—dijo Tres Pesetas, que se había erigido en alférez y llevaba una cinta amarilla en la manga.

—No; que se ponga ahí, encima de ese barril y nos hable—exclamó otro, que por las señas debía ser Matutero, el que atropello á Coletilla, según referimos al principio.

—Que hable, que hable—gritó una mujer alta, huesosa, descarnada y siniestra, que parecía la imagen misma de la anarquía.—¡Que hable, que hable!

—Señores—dijo Calleja alzando el dedo como si quisiera horadar el firmamento.—Ya no es tiempo de hablar, es tiempo de obrar. Bien lo dijo este señor anoche: "Adelante en el camino; retroceder es la muerte; pararse es la infamia." Yo lo hubiera dicho lo mismo; sólo que yo no me he decidido á hablar todavía; pero si llego á enfadarme….

—¡Bien, bien!—chillaron muchas voces.

Lázaro sudaba con impaciencia y angustia. No sabía cómo romper aquel círculo de atletas que le rodeaba. Dió algunas excusas, empujó por un lado, abrió brecha por otro; pero aun así no consiguió verse completamente libre, porque el barbero, echándole el brazo por encima y hablando en voz baja con la actitud y tono confidencialmente misterioso que cuadra á dos grandes hombres al comunicarse una idea que ha de salvar al mundo, dijo:

—Yo, señor don Lázaro, tengo todo este barrio por mío. ¿A usted le han dado órdenes para que mande aquí? Yo … francamente, le admiro á usted mucho como orador, porque anoche dijo usted cosas que nos pusieron los pelos de punta; pero….

—¿Qué quiere usted decir?

—Que yo, señor don Lázaro, soy un hombre que ha salvado la patria muchas veces y derramado mucha sangre en defensa de la libertad; y por lo mismo, yo … estoy encargado de este barrio, y me parece que el barrio está en buenas manos. Por lo tanto, yo quiero saber si usted trae aquí la comisión de encargarse del barrio; porque como usted habló anoche y dijo … pudieran haberle designado un puesto de honor … y yo, francamente, aunque no hablo, soy hombre que sabe hacer las cosas; y si usted se encargase del barrio, yo protestaría … porque ya ve usted….

—No—dijo el joven tranquilizándole,—no le quitaré á usted el mando de este barrio ni de otro ninguno; yo no mando barrios.

—Bien decía yo—repuso el barbero con la mayor satisfacción—que usted no me quitaría el mando de mi barrio; pero creía que le habían mandado por no tener confianza en mi. Pero ha de saber usted que donde está Calleja la libertad está asegurada.

-¡Oh, si! ya lo supongo—dijo Lázaro, procurando quitarse de encima el peso de aquel brazo, que le hundía de la manera más despótica.—Quédese usted tranquilo.

—¿Va usted á alguna comisión del Doctrino ó de Lobo?

—No; voy á un asunto.

—Esta no es noche de asuntos.

—Buenas noches—dijo Lázaro apartándose.

La venganza que tomarían los exaltados, autores del complot, si sabían que por él había fracasado su crimen, sería espantosa; pero ¿qué le importaba la venganza? Era preciso evitar el crimen. Importábale poco por el momento que estallara el motín con un simple fin político. Lo que no podía soportar era que se asesinara á una docena de hombres indefensos é inocentes. ¿Cuál era la causa de este atentado? Era una horrible invención del absolutismo, que se había valido del partido exaltado para realizarla, y había excitado las pasiones del pueblo para hacerle instrumento de su execrable objeto. Nada de esto se escondió entonces á la natural perspicacia del joven, y pudo muy bien confirmarse en su sospecha al recordar algunas palabras de su tío, su conducta misteriosa é incomprensible.

Llegó á la plazuela de Afligidos cerca de las once. Si aquella noche había reunión, ya todos debían estar dentro. La plaza estaba desierta. Acercóse á las calles inmediatas por ver si había gente en acecho, y no vió nada. Sólo en la calle de las Negras divisó algunas sombras lejanas, un pelotón de gente como de diez personas. También hacia el portillo de San Bernardino se movían algunos bultos. Creyó que no había que perder tiempo; llegóse á la puerta, y asiendo el aldabón, dió algunos golpes con mucha fuerza.

Claudio Bozmediano, que es la persona á quien debemos las noticias y datos de que se ha formado este libro, nos ha contado que cuando los personajes de la reunión sintieron aquellos aldabonazos tan fuertes, se quedaron mudos y petrificados de sorpresa y temor. Todos sabían que aquella noche, era noche de motín; pero creían que sería uno de tantos, y que con las precauciones tomadas por la autoridad militar, no pasaría de ser una manifestación con algunos tiros, dos ó tres heridos y regular número de presos. Aguardaron un momento á ver si se repetían, y, efectivamente, se repitieron con más fuerza.

—No hay más remedio que bajar á ver quién es.

—Yo bajaré—dijo Bozmediano, hijo.—¿Pero díganme ustedes qué hago si es…? ¿Quién podrá ser?

—Esa es la confusión dijo otro.—Sin duda el motín de esta noche tiene alguna alta misión que cumplir cerca de nosotros. No lo duden ustedes, señores: este motín viene de Palacio, como todos. Nuestra reunión se ha descubierto.

—Hay que bajar—dijo Bozmediano al oír que los golpes se repetían con más fuerza. Bajaremos tres, los que parezcamos menos comprometidos. ¿Hay dos que, como yo, no sean ministros ni diputados?

Otro joven y un viejo se levantaron.

—Nosotros bajaremos. Los demás pueden salir todos á la huerta del
Príncipe Pío, á la cual se entra por el patio. No hay tiempo que perder.
Recoger esas notas, y á la huerta.

—Mejor será quemarlas—dijo otro, arrojando al brasero unos papeles, que se consumieron muy pronto.

Todos bajaron por una escalera interior, dirigiéndose á la huerta, excepto Bozmediano y los otros dos, que, bajando por la escalera principal, llegaron á la puerta. Claudio gritó:

—¿Quién va?

—Abra usted—dijo Lázaro.

—¿Quién es? ¿Qué busca usted?

—Busco á don Claudio Bozmediano.

Este creyó reconocer la voz del sobrino de Coletilla, y se figuró que, después de tanta alarma, se reduciría todo á un simple asunto personal entre los dos. Abrió la puerta y repitió:

—¿Quién es?

—Don Claudio Bozmediano, ¿está aquí?—dijo Lázaro sin reconocerle.—Tengo que hablarle de un asunto urgentísimo que no admite demora alguna.

—Pase usted, amigo.

El criado que allí tenían trajo una luz. Lázaro entró, y sin más preámbulo, conociendo la gravedad de las circunstancias, exclamó muy agitado:

-Márchense ustedes de aquí; aún es tiempo.

—¿Qué hay?

—Un complot horrible, el más espantoso atropello. Yo lo sé … estoy seguro. Márchense ustedes inmediatamente, ahora mismo.

-¿Pero quién? ¿Pero quién?—dijeron los otros con mucha cólera.

-Esos …—contestó el joven,—los exaltados. Hay una maquinación infernal en el movimiento de esta noche. Yo lo sé … he venido á prevenirles á ustedes y á impedir este atentado.

Se internaron los tres, dirigiéndose á la huerta, donde los demás esperaban.

—Señores, ¿qué hacemos?—dijo Bozmediano.—El motín de esta noche se dirige á nosotros. Han amotinado al pueblo para cometer, en nombre de la libertad, un horrendo crimen. La bullanga se hace en nombre del partido exaltado; pero ¿no presumen ustedes quién es el verdadero autor de este movimiento?

—¡El Rey, el Rey!—dijeron con terribles voces todos los que estaban allí reunidos.

—Pues es preciso recibir á esos miserables como merecen.

—Lo mejor es huir; no nos hallarán aquí, y punto concluido—dijo otro.

—No; es preciso enseñar al Rey cómo deben ser tratados sus viles instrumentos. Basta de contemplaciones. Ya era de esperar esto. Lleno está Madrid de agentes que se ingieren en las Sociedades secretas, pagan á algunos de los oradores más furibundos para que aticen los rencores del pueblo contra la autoridad constitucional. Ya ha llegado el instante supremo de su empresa diabólica. Muchos imprudentes les ayudan sin saber lo que hacen. Pero hoy es imposible distinguir. Demos un escarmiento.

—¿Qué hacemos?

—Ahí á dos pasos está el cuartel—dijo uno de ellos, que era militar de alta graduación. Voy á traer dos compañías. Las saco por la Ronda, y con gran sigilo las meto aquí en la huerta. Ni un hombre en la calle, ni un centinela, nada. Que cuando lleguen esas turbas crean que estamos desprevenidos; que intenten allanar la casa; que derriben la puerta.

—¿Y nos marchamos?

—Opino que no. Aquí todo el mundo.

—Pues aquí todo el mundo.

A la media noche, una turba tumultuosa, animada con todas las voces de un motín y todos los alaridos de una bacanal, invadía las calles de San Bernardino, del Duque de Osuna y del Conde-Duque. Llegó á la plazuela de Afligidos y la ocupó casi toda, uniéndose á los que, entrando por el Portillo, habían llegado un poco antes. La puerta de la casa de que hemos hablado resonó con tremendos hachazos; todo el largo de la tapia del Príncipe Pío estaba ocupado por el pueblo, y algunos pelotones de gente armada estaban en la Montaña, en la parte contigua á dicha puerta. El callejón de la Cara de Dios contenía más de trescientas personas; y la algarabía era tan grande, que no se podían distinguir claramente las voces pronunciadas por los más exaltados, los mueras, los vivas con que la multitud trataba de infundirse á sí misma animación y bríos. Imposible es referir los vaivenes, las convulsiones, los bramidos con que se manifestaba la pasión colectiva del inmenso pólipo difundido allí, comprimido con estrechez en aquel recinto. El monstruo oprimió con su más fuerte músculo la puerta de la casa. Vino ésta por fin al suelo, y diez, quince, veinte personas se precipitaron en el portal dando gritos aterradores; pero al llegar al patio, hubo un instante de vacilación, de terrible sorpresa. Doble fila de soldados apuntaba á la multitud, que, confiada en su fuerza, no pudo resistir un movimiento de terror, retrocediendo al ver que se la recibía de aquella manera. "Atrás", dijo la voz del jefe. "¡Adelante! ¡Mueran los traidores", exclamó otra voz en el portal. En el mismo instante sonó un tiro y cayó un soldado. Hizo fuego sin reparo la tropa, y una descarga nutrida envió más de veinte proyectiles sobre la muchedumbre. La confusión fué entonces espantosa: avanzó la tropa; retrocedieron los paisanos, no sin disparar bastantes tiros y agitar las navajas, arma para ellos más segura que el trabuco. La gente de la calle sintió el retroceso de los del portal, y se replegó, abriéndoles paso. Al mismo tiempo un escuadrón de caballería bajaba por la calle del Conde-Duque, y un batallón de nacionales avanzaba por la del Portillo, impidiendo la salida de los amotinados. Hubo luchas parciales; pero, no obstante, la dispersión del pueblo fué completa, desde que los del portal, recibidos por una descarga, retrocedieron hacia la plaza. La corrida que cruzó por la calle de San Bernardino y la plaza de San Marcial arrastró en su rapidez á la mayor parte de las personas acumuladas allí por la curiosidad ó la participación en el motín. En vano algunos de los llamados jefes trataron de impedir aquella desorganización con improvisadas filípicas. La dispersión creció hasta el punto de que sólo quedaron en la plazuela Lobo, Perico Ganzúa, Pinilla y el cadáver del Doctrino, que, herido mortalmente en el cráneo al entrar en el portal, había podido retroceder hasta la plaza, donde cayó. Quince ó veinte le rodeaban, dudando si escapar con los demás ó defenderse. Las tropas de la casa no habían salido; la caballería avanzaba, y los nacionales llegaban ya al palacio de Liria.

—Es una locura; huyamos—gritó Pinilla.

—¿Y qué hacemos con éste?—dijo uno, señalando el cadáver del Doctrino.

—¿Qué hemos de hacer? ¡Bonita reliquia para cargar con ella!

—¿Tiene algún papel en el bolsillo? ¡A ver, quitárselo pronto!

Pinilla le registró cuidadosamente.

—No tiene papeles, pero sí un bolsillo.

—A ver, venga—dijo Lobo.

Pinilla se lo guardó en su cinto; todos corrieron, y la plaza quedó desierta hasta que la ocupó la tropa.

CAPÍTULO XLI

#Fernando el Deseado.#

No hemos examinado aquella agitada sociedad más que en una sola faz. Las altas regiones del Poder han permanecido impenetrables para nosotros; pero ahora nos toca hacer una excursión hacia los elevados lugares, lugares que llamaba el público la Casa Grande, para conocer, aunque no con la profundidad que el caso exige, la fuente del abominable complot anteriormente descrito.

En una sala del pabellón, que forma un martillo en la fachada oriental de Palacio, estaba Fernando VII en la misma noche del motín. En aquel pequeño despacho no recibía á los ministros; aquélla no era la cámara: era la camarilla. Allí habían privado grandemente en épocas anteriores el duque de Alagón, Lozano de Torres, Chamorro, Tattischief y otros memorables personajes de los seis años que siguieron á la vuelta de Valencey. Alguna vez los ministros eran favorecidos con su admisión en aquel recinto de perfidias y adulación, y allí las sonrisas de Fernando para sus secretarios eran siempre siniestras. Cuando sonreía á un liberal, malo. Este axioma cortesano tuvo gran boga del 20 al 23.

Aquella noche estaba con Coletilla, su perro favorito. Sentados junto á una mesa el uno frente al otro, tenían delante unos papeles, que sin duda eran cosa importante por la atención con que los leían y anotaban y por la actitud satisfecha con que el Rey celebraba lo que allí estaba escrito. Fernando se permitía algunas agudezas de vez en cuando, porque era hombre, como todos saben, que poseía en grado eminente la propensión á la burla, que ha sido siempre constantemente adorno del carácter borbónico. Coletilla, que no acostumbraba á reírse, reía también, por considerar desacato no reproducir en su fisonomía complaciente y esclava todas las alteraciones de la regia faz de su amo.

—Señor, esta noche—dijo—es la noche de la redención. ¡Dios quiera en su altísima justicia que nuestra empresa llegue á feliz término! Yo así lo espero; confío mucho en el valor de los que están encargados del negocio. Señor, V.M. recobrará sus divinos atributos, usurpados por una turba de habladores sin honor ni nobleza. España va á despertar. ¡Ay de aquellos que sean sorprendidos en el error, cuando la patria sacuda su letargo, abra los ojos y vea…!

Fernando no contestó: había inclinado la cabeza y parecía muy meditabundo. La luz de una lujosa lámpara le iluminaba completamente el rostro, aquel rostro execrable que, para mayor desventura nuestra, reprodujeron infinidad de artistas, desde Goya hasta Madrazo. Es terrible la infinita abundancia de retratos de aquella cara repulsiva que nos legó su reinado. España está infestada de efigies de Fernando VII, ya en estampa, ya en lienzo. Esa cara no se parece á la de tirano alguno, como Fernando no se parece á ningún tirano. Es la suya la más antipática de las fisonomías, así como es su carácter el más vil que ha podido caber en un ser humano. Estupenda nariz, que sin ser deforme como la del conde-duque de Olivares, ni larga como la de Cicerón, ni gruesa como la de Quevedo, ni tosca como la de Luis XI, era más fea que todas éstas, formaba el más importante rasgo de su rostro, bastante lleno, abultado en la parte inferior, y colocado en un cuerpo de buenas proporciones. La vanidad austríaca no hubiera puesto su boca prominente debajo de la nariz borbónica, símbolo de doblez, con más acierto y simetría que como estaba en la cara de Fernando VII. Dos patillas muy negras y pequeñas le adornaban los carrillos, y sus pelos, erizados á un lado y otro, parecían puestos allí para darle la apariencia de un tigre en caso de que su carácter cobarde le permitiera dejar de ser chacal. Eran sus ojos grandes y muy negros, adornados con pobladísima ceja que los sombreaba, dándoles una apariencia por demás siniestra y hosca.

Respecto á su carácter, ¿qué diremos? Este hombre nos hirió demasiado, nos abofeteó demasiado para que podamos olvidarle. Fernando VII fué el monstruo más execrable que ha abortado el derecho divino. Como hombre, reunía todo lo malo que cabe en nuestra naturaleza; como rey, resumió en sí cuanto de flaco y torpe puede caber en la potestad real. La revolución de 1812, primera convulsión de esta lucha de cincuenta años, que aún dura y tal vez durará muchos más, trató de abatir la tiranía de aquel demonio, y en sus dos tentativas no lo consiguió. La revolución hubiera abatido á Nerón, á Felipe II, y no abatió á Fernando VII. Es porque este hombre no luchó nunca frente á frente con sus enemigos, ni les dió campo. No fué nuestro tirano descarado y descubiertamente abominable; fué un histrión que hubiera sido ridículo á no tratarse del engaño de un pueblo. Nos engañó desde niño, cuando, fraguando una conspiración contra un favorito aborrecido, muy superior á Fernando por su inteligencia, adquirió una popularidad que pronto pagó España con la sangre de sus mejores hijos. Fernando fué mal hijo: conspiró contra su padre Carlos IV, cuya imbecilidad no disminuía el valor de su benevolencia; conspiró contra el trono que debía heredar más tarde, y aun amenazó la vida del que le dió el ser. Después se arrastró á los pies de Napoleón como un pordiosero, mientras España entera sostenía por él una lucha que asombró al mundo. Al volver del destierro pagó los esfuerzos de los que él llamaba sus vasallos con la más fría ingratitud, con la más necia arrogancia, con la anulación de todos los derechos proclamados por los constituyentes de Cádiz, con el destierro ó la muerte de los españoles más esclarecidos; encendió de nuevo las hogueras de la Inquisición; se rodeó de hombres soeces, despreciables é ignorantes, que influían en los destinos públicos como hubiera podido influir Aranda en las decisiones de Carlos III; persiguió la virtud, el saber, el valor; dió abrigo á la necedad, á la doblez, á la cobardía, las tres fases de su carácter. Restablecido á pesar suyo el sistema constitucional, tascó el freno, disimuló como él sabía disimular, guardando el veneno de su rabia, devorando su propio despecho, encubriendo sus intentos con palabras que nunca pronunció antes sin risa ó encono. Lo que es capaz de tramar un ser de éstos, tan hipócritas como cobardes, se comprende por lo que tramó Fernando en aquellos tres años desde las mil facciones y complots realistas, alimentados por él, hasta el complot final de los cien mil hijos de San Luis, que Francia mandó al Trocadero. Así recobró lo que en jerga real llamaba él sus derechos, inaugurando los diez años de fusilamientos y persecuciones en que la figura de Tadeo Calomarde apareció al lado de Fernando, como Caifás al lado de Pilato. El pacto sangriento de estos dos monstruos terminó en 1823, en que Dios arrancó de la tierra el alma del Rey, y entregó su cuerpo á los sótanos del Escorial, donde aún creemos que no ha acabado de pudrirse.

Pero con este fin no acabaron nuestras desdichas. Fernando VII nos dejó una herencia peor que él mismo, si es posible: nos dejó á su hermano y á su hija, que encendieron espantosa guerra. Aquel rey que había engañado á su padre, á sus maestros, á sus amigos, á sus ministros, á sus partidarios, á sus enemigos, á sus cuatro esposas, á sus hermanos, á su pueblo, á sus aliados, á todo el mundo, engañó también á la misma muerte, que creyó hacernos felices librándonos de semejante diablo. El rasgo de miseria y escándalo no ha terminado aún entre nosotros.

Pero no hagamos historia y sigamos nuestro cuento.

—¿Y olvidaréis, señor, lo que me habéis prometido para mi sobrinillo?—dijo Elías.—¡Ah!, yo quisiera que V.M. le conociera: es el botarate mayor que ha nacido. Anoche habló en La Fontana y les volvió locos. Le aplaudían con unas ganas … Yo también le aplaudí. Con tres oradores así nos hubiéramos ahorrado mucho dinero. El pobre ha hecho bastante. Sí, señor; mi sobrino lo merece, lo merece….

—Basta que sea tu sobrino, y que tú tengas empeño en darle ese destinillo … Sí; te lo nombro consejero de la Intendencia de Filipinas. Hará carrera. A mí me gustan los chicos así … exaltados….

—Señor—dijo Elías humillando su cabeza hasta tocar con la nariz el tapete de la mesa,—yo no sé cómo V.M. no se cansa de protegerme. Yo, que jamás oculto la verdad á V.M., me atrevo á decirle respetuosamente que mi sobrinillo no merece semejante favor. Es un loco: tiene la cabeza llena de desatinos, y creo que jamás será un hombre formal. Si me atreví á pedir á V.M. ese favor, fué por los servicios que ha prestado el chico á nuestra santa causa, uniéndose á esos admirables, aunque indirectos, instrumentos de justicia que esta noche van á salvar la patria.

—Tu sobrino merece el destino, y punto concluido. Aquí tengo el decreto—dijo el Rey mostrando uno de los papeles.

Después añadió sonriendo:

—Al fin llegará un día en que promulgue una ley por mi cuenta y riesgo. Si viniera Feliú y viera estos decretos hechos y firmados por mi sin consultarle….

—Me parece que no los verán Feliú ni otros muchos: de eso respondo—dijo Coletilla siniestramente.—Dios permitirá que las sabias leyes de un rey justo salgan á luz pública y lleven el orden, la obediencia y el respeto al ánimo de todos los españoles. Mañana, señor, mañana. Lo primero, señor—prosiguió después de haber mirado al cielo un buen rato,—es nombrar los capitanes generales y los regentes de todas las Audiencias, gente de confianza que vaya al momento á cumplir las leyes perentorias de seguridad pública que les daréis. El Rey hizo con la mano ese gesto frecuentísimo que indica la actitud de castigar. Una contracción de boca dió la última expresión á aquel gesto admirable.

—Señor—continuó el consejero áulico,—yo me atrevería á recomendar á V.M. una cosa; y es que nada sería más funesto que una clemencia, que podríamos llamar criminal. Recuerde V.M. lo del año 14. Si ahora, como entonces, se contenta V.M. con mandar al Fijo de Ceuta á ciertas personas….

Coletilla, aunque observaba siempre en la conversación las fórmulas de la etiqueta absolutista, hizo con la mano, fijando el pulgar bajo la barba y agitando los demás dedos, un gesto que el Rey entendió perfectamente.

—Ya veremos lo que se hace—dijo Fernando, significando con una oscilación de su labio que no sería tan blando como en 1814.—Ya son las doce—añadió mirando un reloj.—¿Sabes que no se siente por ahí todo el ruido que fuera de desear?

—Por aquí no vendrán, señor. Ya saben que está aquí la Guardia Real, que no admite bromas.

—Ya la Guardia sabe lo que tiene que hacer: acercarse aquí y no hacer manifestaciones en favor de nadie. Después….

—Me parece que siento ruido de voces … allá … hacia los Caños—dijo Coletilla acercándose al balcón y aplicando el oído con la insidiosa cautela de un ratero.

—Sí; pero es hacia San Marcial, hacia allá abajo. Creo que en la plaza de Afligidos pasa algo ya—dijo el Rey.

—Sí; allí deben estar ya. Allí es la cosa … ¿No se horroriza V.M. al considerar qué planes inicuos podría fraguar allí esa gente? Tal vez algún atentado contra el Trono ó contra la vida de V.M. ¿Quién sabe? Todo se puede esperar de liberales.

—Alguna coalición parlamentaria, como dicen. Pensarían presentar alguna ley, y se ponían de acuerdo con la mayoría para votarla.

—Para eso, señor, no se reúnen tantas personas de noche, con tales precauciones y con el mayor secreto.

—Es que me tienen miedo—dijo el Borbón.—Saben muy bien que yo puedo destruir sus planes acá con mi gramática parda, sin andarme en constitucionalidades. ¡Oh! Bien me conocen ellos. También me figuro que han tenido noticia por algún conducto de mis relaciones con la Santa Alianza, ó habrán sabido mi correspondencia con Luis XVIII. Pero con tal que lo de esta noche salga bien, poco importa lo demás.

En Palacio cundió la alarma con las noticias que llegaron del tumulto de la capital. El Monarca, cuando recibió á sus gentileshombres y al jefe de la Guardia, se mostró muy sorprendido, y hasta juró que tendrían los amotinados pronto y ejemplar castigo. Volvió á la camarilla y al lado de su consejero áulico, que estaba alborozado por haber sentido una algazara más fuerte que la anterior.

—Señor—murmuró,—ya, ya … Por el ruido parece como que vuelven.

—¿Vuelven? dijo el Rey con ansiedad.—¿De dónde?

—De allí. ¡Vuelven! Tal vez trayendo por trofeo….

Mucho tiempo estuvieron los dos escuchando con grande atención y ansiedad. Pasaron media hora en silencio, sólo interrumpido por algunas frases de Coletilla y algunos monosílabos del Deseado. Al fin sintieron el ruido de un coche que paraba á las puertas de Palacio.

—¿Quién será?—dijo el Rey con una gran alteración de semblante y pasando á la cámara.

Anunciaron al ministro de la Gobernación. Fernando volvió á la camarilla y miró á Elías con una cara en que el consejero leyó despecho y desaliento.

—¡El ministro de la Gobernación! ¿No me dijiste que iba también allí?

—Señor—dijo Coletilla, en la actitud de una zorra apaleada,—preciso es que haya acontecido algo extraordinario. Feliú también iba allá.

—¡Está aquí!—dijo Fernando, hiriendo fuertemente el suelo con el pie.—Todo se ha perdido. Feliú viene; escóndete por ahí cerca. Le recibiré aquí mismo. Quiero que oigas lo que dice.

Escondióse Coletilla. El Rey hizo pasar al ministro á la camarilla. Venía Feliú muy agitado; pero Fernando estaba sereno, al menos en apariencia. Indicó que acababa en aquel momento de tener noticia de una borrasca popular, y que la juzgaba de poca importancia.

—Señor—dijo el secretario,—más que un motín producido por el descontento del pueblo, parece esto un complot ideado por personas que hacen de ese mismo pueblo un instrumento de disolución y anarquía.

—¿Pero quién, pero quién?—dijo Fernando fingiéndose incomodado, y lo estaba en realidad, aunque por causa distinta.

—Esos exaltados, enemigos constantes del Gobierno de V.M., porque no les permite llevar el uso de los derechos hasta el desenfreno.

—¿Pero qué piden esta noche?

—Han pretendido allanar la casa de Álava; han intentado asesinarle, á juzgar por la actitud de las turbas que allí se reunieron. Pero avisado oportunamente por un joven que estaba en el secreto de la conspiración, dió parte y se colocaron algunas fuerzas dentro de la casa, pudiendo evitar un horrible crimen.

—¿Y dónde ha sido eso?

—En la plazuela de Afligidos.

—¿No vivía Álava en la calle de Amaniel?—preguntó el Rey con una mirada que estuvo á punto de turbarle.

—Si, señor: allí vivía; pero desde algún tiempo se ha mudado á esta otra casa, que es suya también. Por fortuna, las turbas no han podido realizar su infame designio. Al separarme yo de mis compañeros, el ministro de la Guerra había dado las órdenes necesarias, y el orden estaba restablecido completamente.

—Pero no puedo comprender que se amotinara todo un pueblo para atropellar á un solo hombre. ¿No sería que en esa casa se reunían muchos de los que el pueblo odia? De cualquier modo que sea, es preciso un pronto castigo. Espero que no os dejaréis burlar por esa canalla. Caiga el peso de la ley sobre ella, y á ver si de una vez se acaban estos motines, Feliú, que bien se puede asegurar que desde que tienen libertad los españoles no nos acostamos un día tranquilos.

—Señor, los esfuerzos del Gobierno son inútiles para conseguir ese fin. Es cosa que desespera y aturde ver cómo nos es imposible tranquilizar á ciertas gentes. Por todas partes aparecen partidas de facciosos movidas por una parte del clero. Hay todavía muchos espíritus apocados que no quieren creer que el interés de V.M. y de la nación consiste en el sistema que todos amamos y defendemos. Hay personas tan ciegas, que aún no han llegado á comprender que es V.M. el que más ama y el que más desea su cumplimiento. Todas las leyes liberales que V.M. sanciona y promulga con gran sabiduría, no bastan á convencerles. ¿Qué hacemos contra tales gentes?

Fernando estaba ciego de furor al comprender adonde iban dirigidas las embozadas alusiones del ministro. Era tan rastrero y cobarde, que, á pesar de su ira, habló para fulminar anatemas contra los que aún soñaban con la restauración del absolutismo.

—El atentado de esta noche se ha reprimido—dijo el ministro.—¡Quiera Dios que podamos impedir los que traten de perpetrar mañana! Es preciso buscar en su origen el remedio de este mal. Yo creo que el partido exaltado no es el único autor de estos desórdenes.

—¿Pues quién?—preguntó el Rey, que, á pesar de su cobardía, sintió en aquel momento herida su dignidad, y se puso muyencendido.—¿Quién, Feliú?

—Señor, yo me encargaré de averiguarlo, y propondré á V.M. los medios de darles un ejemplar castigo. Se sabe que entre la juventud más acalorada se ingieren ciertas personas que jamás tuvieron nota de liberales ni mucho menos. Dicen que esas personas trabajan continuamente para llevar al pueblo á los excesos que lamentamos. Esas gentes, señor, son, á mi modo de ver, los enemigos de V.M. Sobre ellos debemos dirigir los ojos de la vigilancia y la mano de la justicia.

—Sí—contestó Fernando con su acostumbrada hipocresía.—Si; hay insensatos que juzgan que para mi hay gloria, hay dignidad fuera de la Constitución, y estoy dispuesto á castigar á ésos con más rigor que á los frenéticos demagogos. Energía, energía es lo que quiero.

—Señor, no tengo palabras con que abominar bastante la conducta de un hombre muy conocido en Madrid; uno que ha tenido la osadía de usar, profanándolo, el nombre de V.M. para disculpar sus horribles maquinaciones. Ese hombre es más criminal que los mayores asesinos, que los más rabiosos anarquistas; ese hombre corrompe al pueblo, corrompe á la juventud exaltada; frecuenta los clubs … Pero nada de esto sería grave si no se atreviera á tomar en boca un nombre que aman todos los españoles como símbolo de paz y libertad. Ese hombre se llama Elías, y es conocido por Coletilla en los clubs.

—Pues á ése y á otros como ése es preciso exterminarlos—dijo el Rey, usando su palabra favorita.—Esa canalla es la que más daño hace á mis intenciones, extraviando la opinión del pueblo.

—Yo respondo, señor, que de esta vez haré todo lo posible para que ese hombre no se escape. Ya otras veces se ha procurado prenderle; pero no sé cómo consigue evadirse de la Justicia, y pasea después su cinismo por todas las calles de Madrid, por todos los clubs. Esta vez no creo que se nos escape. Ya daremos con él. Precisamente esta noche, Bozmediano, que se hallaba en casa de Álava, me ha dicho que tuvo noticia del complot pocas horas antes de haber sido intentado, por un sobrino del mismo Coletilla, joven que el infame quiso poner al servicio de sus viles propósitos.

—Pues es preciso premiar á ese joven—dijo Fernando, empeñado cada vez más en disimular la agitación que le dominaba.

—Si, señor; es un joven de mérito, según me ha dicho Bozmediano, y muy buen liberal. Antes de ocurrir este lance me lo había propuesto para una plaza de oficial en el Consejo de Estado, y lo he concedido.

—Bien; me gusta que se premie esa clase de servicios.

—Mañana podré traer á V.M. un parte detallado de lo ocurrido esta noche. Además, creo que el ministro de la Guerra no tardará, y él enterará á V.M. de las precauciones que hemos tomado.

—¿Esta noche?—dijo el Rey con hastío.

—Veo que V.M. quiere descansar. Por esta noche no hay nada que temer.
Puede V.M. reposar tranquilo.

—Bien; puedes retirarte.

Fuése el ministro, y es de creer que se fué satisfecho por haber dicho cosas que sólo en aquellos momentos de irritación y sobresalto se hubiera atrevido á decir al Soberano. Feliú era hombre tímido, y es la verdad que á su indecisión se debieron muchos de los lamentables sucesos ocurridos en aquel trastornado período.

Cuando Fernando se encontró solo abrió una mampara, y Elías, que estaba oculto, se presentó. La imagen del consejero áulico daba pavor. Estaba lívido; le temblaban los labios, secos por el calor de un aliento que sacaba del pecho el fuego de todos sus rencores. Crispaba los puños, y aun se hería con ellos en la frente, produciendo el sonido desapacible que resulta de la seca vibración de dos huesos que se chocan.

—¿Ves?—le dijo el Rey, encendido de furor y dando en el suelo una real patada, que estremeció la sala.—¿Ves lo que ha pasado? ¿Oíste? Vuelve á decirme que todo era cosa segura, que confiara en ti, que tú lo harías todo. ¡Ah, qué desgraciado soy!—añadió con desaliento.—¡Que no encuentre yo un hombre! ¡Un hombre es lo que yo necesito, un hombre!

—Señor—murmuró Elías, alejado del Rey como el perro que ha recibido un palo de su amo.—Señor, nos han vendido!… ¡Ese sobrino mío, ese infame nos ha vendido!

—No—dijo Fernando con repentino acceso de ira;—tú, con tu imprudente conducta, me has comprometido. Ya ves, todo el mundo sabe que eres agente mío. ¿No viste cómo con buenas palabras me lo dijo Feliú? ¡Oh, le hubiera arrancado la lengua! ¡Tú me has vendido!

—Señor—replicó Coletilla con voz en que había algo de llanto,—señor, traspasadme el corazón, pero no digáis que os he vendido. Yo no puedo venderos. Abofeteadme; escupidme, señor, antes que decirme tal cosa … Vuestra causa ha sido siempre mi único pensamiento; á ella me he dedicado con toda la actividad de que soy capaz. Es que Dios, señor, permite ciertas cosas; Dios pone á prueba nuestro temple y nuestro valor. No me culpéis á mí, señor; yo os he servido como un perro.

En aquel momento, podemos asegurarlo, Coletilla habría quedado muy satisfecho si Fernando hubiera cogido en su cobarde mano la espada augusta de sus mayores, atravesándole con ella. Pero Fernando no hizo tal cosa. Coletilla sintió todo el menosprecio de su amo, y aquel puntapié moral le lastimó más que una puñalada. El fanático realista hubiera visto con terror, pero no con asombro, que el Deseado le mandara colgar de una almena ó le hiciera apoyar la cabeza sobre el tajo feudal para recibir el hachazo del verdugo. Acercóse al Rey, se le arrodilló delante, y dijo con gran energía:

—Señor: yo os juro, en nombre de vuestros mayores, que esta derrota aparente que hemos sufrido no es más que el preludio de la gran victoria que ha de poner remate á nuestra empresa. ¡Yo os lo juro! Despreciad las alusiones de Feliú, despreciadlo todo. Seguid; sigamos. Los leales existen; sólo falta el primer paso. ¿Tropezamos esta noche? Mañana no tropezaremos: os respondo de ello, os lo juro.

Levantóse lentamente; hizo una profunda reverencia, inclinándose lo más que pudo, y se dirigió á la puerta, volviendo el rostro varias veces á ver si el Rey le miraba. El Rey no le miró. Estaba muy ensimismado; de vez en cuando hería el suelo con el pie, ocultando la cabeza entre las manos sin decir palabra. Coletilla, desde la puerta, esperó una mirada del Deseado; no la consiguió, y fuése, sintiendo, al par de su concentrada rabia, dolorosa impresión de agravios y desconsuelo que le ponía en el corazón un dolor inaudito.