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La gaviota

Chapter 14: Capítulo XI
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About This Book

A novel of manners opens aboard a storm‑tossed packet ship, where passengers' petty discomforts and small acts of kindness are observed with sympathetic attention. The narrative follows the meeting of a composed young gentleman and a benevolent foreign medical aspirant bound for military service, an encounter that propels interwoven episodes across provincial life. Through domestic scenes, courtships, family relations, and moral dilemmas, the work sketches social contrasts and everyday virtues and vices. Its tone blends realistic description, gentle irony, and moral reflection to illuminate character and communal habits rather than dramatic action.

«Escucha a lo menos, hijo mío, los consejos prudentes de una buena madre. Procura no pasar por las iglesias donde está la imagen de San Pedro: el santo no es muy aficionado a gallos, y mucho menos a su canto. Huye también de ciertos hombres que hay en el mundo, llamados cocineros, los cuales son enemigos mortales nuestros y nos tuercen el cuello en un santiamén. Y ahora, hijo mío, Dios te guíe y San Rafael Bendito, que es abogado de los caminantes. Anda y pídele a tu padre su bendición.»

—Medio—pollito se acercó al respetable autor de sus días, bajó la cabeza para besarle la pata y le pidió la bendición. El venerable pollo se la dio con más dignidad que ternura, porque no le quería, en vista de su carácter díscolo. La madre se enterneció, en términos de tener que enjugarse las lágrimas con una hoja seca.

Medio—pollito tomó el portante, batió el ala, y cantó tres veces, en señal de despedida. Al llegar a las orillas de un arroyo casi seco, porque era verano, se encontró con que el escaso hilo de agua se hallaba detenido por unas ramas. El arroyo al ver al caminante, le dijo:

«Ya ves, amigo, qué débil estoy: apenas puedo dar un paso ni tengo fuerzas bastantes para empujar esas ramillas incómodas que embarazan mi senda. Tampoco puedo dar un rodeo para evitarlas, porque me fatigaría demasiado. Tú puedes fácilmente sacarme de este apuro, apartándolas con tu pico. En cambio, no sólo puedes apaciguar tu sed en mi corriente, sino contar con mis servicios cuando el agua del cielo haya restablecido mis fuerzas.»

—El pollito le respondió:

«Puedo, pero no quiero. ¿Acaso tengo yo cara de criado de arroyos pobres y sucios?»

«¡Ya te acordarás de mí cuando menos lo pienses!», murmuró con voz debilitada el arroyo.

«¡Pues no faltaba más que la echaras de buche!—dijo Medio—pollito con socarronería—. No parece sino que te has sacado un terno a la lotería, o que cuentas de seguro con las aguas del diluvio.»

—Un poco más lejos encontró al viento, que estaba tendido y casi exánime en el suelo:

«Querido Medio—pollito—le dijo—, en este mundo todos tenemos necesidad unos de otros. Acércate y mírame. ¿Ves cómo me ha puesto el calor del estío; a mí, tan fuerte, tan poderoso; a mí, que levanto las olas, que arraso los campos, que no hallo resistencia a mi empuje? Este día de canícula me ha matado; me dormí embriagado con la fragancia de las flores con que jugaba, y aquí me tienes desfallecido. Si tú quisieras levantarme dos dedos del suelo con el pico y abanicarme con tu ala, con esto tendría bastante para tomar vuelo y dirigirme a mi caverna, donde mi madre y mis hermanas, las tormentas, se emplean en remendar unas nubes viejas que yo desgarré. Allí me darán unas sopitas y cobraré nuevos bríos.»

«Caballero—respondió el malvado pollito—: hartas veces se ha divertido usted conmigo, empujándome por detrás y abriéndome la cola, a guisa de abanico, para que se mofaran de mí todos los que me veían. No, amigo; a cada puerco le llega su San Martín; y a más ver, señor farsante.»

—Esto dijo, cantó tres veces con voz clara, y pavoneándose muy hueco, siguió su camino.

En medio de un campo segado, al que habían pegado fuego los labradores, se alzaba una columnita de humo. Medio—pollito se acercó y vio una chispa diminuta, que se iba apagando por instantes entre las cenizas.

«Amado Medio—pollito—le dijo la chispa al verle—: a buena hora vienes para salvarme la vida. Por falta de alimento estoy en el último trance. No sé dónde se ha metido mi primo el viento, que es quien siempre me socorre en estos lances. Tráeme unas pajitas para reanimarme.»

«¿Qué tengo yo que ver con la jura del rey?—le contestó el pollito—. Revienta si te da gana, que maldita la falta que me haces.»

«¿Quién sabe si te haré falta algún día?—repuso la chispa—. Nadie puede decir de este agua no beberé.»

«¡Hola!—dijo el perverso animal—. ¿Con que todavía echas plantas? Pues tómate esa.»

—Y diciendo esto, le cubrió de cenizas; tras lo cual, se puso a cantar, según su costumbre, como si hubiera hecho una gran hazaña.

«Medio—pollito llegó a la capital; pasó por delante de una iglesia, que le dijeron era la de San Pedro; se puso enfrente de la puerta y allí se desgañitó cantando, no más que por hacer rabiar al santo y tener el gusto de desobedecer a su madre.

»Al acercarse a palacio, donde quiso entrar para ver al rey y a la reina, los centinelas le gritaron: «¡Atrás!» Entonces dio la vuelta y penetró por una puerta trasera en una pieza muy grande, donde vio entrar y salir mucha gente. Preguntó quiénes eran y supo que eran los cocineros de su majestad. En lugar de huir, como se lo había prevenido su madre, entró muy erguido de cresta y cola; pero uno de los galopines le echó el guante y le torció el pescuezo en un abrir y cerrar de ojos.

«Vamos—dijo—, venga agua para desplumar a este penitente.»

«¡Agua, mi querida doña Cristalina!—dijo el pollito—, hazme el favor de no escaldarme. ¡Ten piedad de mí!»

«¿La tuviste tú de mí, cuando te pedí socorro, mal engendro?», le respondió el agua, hirviendo de cólera; y le inundó de arriba abajo, mientras los galopines le dejaban sin una pluma para un remedio.

Paca, que estaba arrodillada junto a su abuela, se puso colorada y muy triste.

—El cocinero entonces—continuó la tía María—, agarró a Medio—pollito y le puso en el asador.

«¡Fuego, brillante fuego!—gritó el infeliz—, tú, que eres tan poderoso y tan resplandeciente, duélete de mi situación; reprime tu ardor, apaga tus llamas, no me quemes.»

«¡Bribonazo!—respondió el fuego—; ¿cómo tienes valor para acudir a mí, después de haberme ahogado, bajo el pretexto de no necesitar nunca de mis auxilios? Acércate y verás lo que es bueno.»

—Y en efecto, no se contentó con dorarle, sino que le abrasó hasta ponerle como un carbón.

Al oír esto, los ojos de Paca se llenaron de lágrimas.

—Cuando el cocinero le vio en tal estado—continuó la abuela—, le agarró por la pata y le tiró por la ventana. Entonces el viento se apoderó de él.

«Viento—gritó Medio—pollito—, mi querido, mi venerable viento, tú, que reinas sobre todo y a nadie obedeces, poderoso entre los poderosos, ten compasión de mí, déjame tranquilo en ese montón de estiércol.»

«¡Dejarte!—rugió el viento arrebatándole en un torbellino y volteándole en el aire como un trompo—; no en mis días.»

Las lágrimas que se asomaron a los ojos de Paca, corrían ya por sus mejillas.

—El viento—siguió la abuela—depositó a Medio—pollito en lo alto de un campanario. San Pedro extendió la mano y lo clavó allí de firme. Desde entonces ocupa aquel puesto, negro, flaco y desplumado, azotado por la lluvia y empujado por el viento, del que guarda siempre la cola. Ya no se llama Medio—pollito, sino veleta; pero sépanse ustedes que allí está pagando sus culpas y pecados; su desobediencia, su orgullo y su maldad.

—Madre abuela—dijo Pepa—, vea usted a Paca que está llorando por Medio—pollito. ¿No es verdad que todo lo que usted nos ha contado no es mas que un cuento?

—Por supuesto—saltó Momo—que nada de esto es verdad; pero aunque lo fuera, ¿no es una tontería llorar por un bribón que llevó el castigo merecido?

—Cuando yo estuve en Cádiz hace treinta años—contestó la tía María—, vi una cosa que se me ha quedado bien impresa. Voy a referírtela, Momo, y quiera Dios que no se te borre de la memoria, como no se ha borrado de la mía. Era un letrero dorado, que está sobre la puerta de la cárcel, y dice así:

odia el delito y compadece al delincuente.

—¿No es verdad, don Federico, que parece una sentencia del Evangelio?

—Si no son las mismas palabras—respondió Stein—, el espíritu es el mismo.

—Pero es que Paca tiene siempre las lágrimas pegadas a los ojos—dijo Momo.

—¿Acaso es malo llorar?—preguntó la niña a su abuela.

—No, hija, al contrario; con lágrimas de compasión y de arrepentimiento, hace su diadema la Reina de los ángeles.

—Momo—dijo el pastor—, si dices una palabra más que pueda incomodar a mi ahijada, te retuerzo el pescuezo, como hizo el cocinero con Medio—pollito.

—Mira si es bueno tener padrino—dijo Momo dirigiéndose a Paca.

—No es malo tampoco tener una ahijada—repuso Paca muy oronda.

—¿De veras?—preguntó el pastor—. ¿Y por qué lo dices?

Entonces Paca se acercó a su padrino, el cual la sentó en sus rodillas con grandes muestras de cariño, y ella empezó la siguiente relación, torciendo su cabecita para mirarle.

—Érase una vez un pobre, tan pobre, que no tenía con qué vestir al octavo hijo, que iba a traerle la cigüeña, ni que dar de comer a los otros siete. Un día se salió de su casa, porque le partía el corazón oírlos llorar y pedirle pan. Echó a andar, sin saber adónde, y después de haber estado andando, andando, todo el día, se encontró por la noche..., ¿a que no acierta usted dónde, padrino? Pues se encontró a la entrada de una cueva de ladrones. El capitán salió a la puerta; ¡más feróstico era! «¿Quién eres? ¿Qué quieres?», le preguntó con una voz de trueno. «Señor—respondió el pobrecillo hincándose de rodillas—; soy un infeliz que no hago mal a nadie y me he salido de mi casa por no oír a mis pobres hijos pidiéndome pan, que no puedo darles.» El capitán tuvo compasión del pobrecito; y habiéndole dado de comer, y regalándole una bolsa de dinero y un caballo, «vete—le dijo—, y cuando la cigüeña te traiga el otro hijo, avísame y seré su padrino».

—Ahora viene lo bueno—dijo el pastor.

—Aguarde usted, aguarde usted—continuó la niña y verá lo que sucedió. Pues señor, el hombre se volvió a su casa tan contento, que no le cabía el corazón en el pecho. «¡Qué holgorio van a tener mis hijos!», decía.

—Cuando llegó, ya la cigüeña había traído al niño, el cual estaba en la cama con su madre. Entonces se fue a la cueva y le dijo al bandolero lo que había sucedido, y el capitán le prometió que aquella noche estaría en la iglesia y cumpliría su palabra. Así lo hizo, y tuvo al niño en la pila y le regaló un saco lleno de oro.

«Pero a poco tiempo el niño se murió y se fue al cielo. San Pedro, que estaba a la puerta, le dijo que colara; pero él respondió: «Yo no entro si no entra mi padrino conmigo.»

«¿Y quién es tu padrino?», preguntó el santo.

«Un capitán de bandoleros», respondió el niño.

«Pues, hijo—continuó San Pedro—, tú puedes entrar; pero tu padrino, no.»

—El niño se sentó a la puerta, muy triste y con la mano puesta en la mejilla. Acertó a pasar por allí la Virgen y le dijo:

«¿Por qué no entras, hijo mío?»

—El niño respondió que no quería entrar si no entraba su padrino, y San Pedro dijo que eso era pedir imposibles. Pero el niño se puso de rodillas, cruzó sus manecitas y lloró tanto que la Virgen, que es Madre de la misericordia, se compadeció de su dolor. La Virgen se fue y volvió con una copita de oro en las manos; se la dio al niño y le dijo:

«Ve a buscar a tu padrino y dile que llene esta copa de lágrimas de contrición, y entonces podrá entrar contigo en el cielo. Toma estas alas de plata y echa a volar.»

—El ladrón estaba durmiendo en una peña, con el trabuco en una mano y un puñal en la otra. Al despertar, vio enfrente de sí, sentado en una mata de alhucema, a un hermoso niño desnudo, con unas alas de plata que relumbraban al sol y una copa de oro en la mano.

»El ladrón se refregó los ojos creyendo que estaba soñando; pero el niño le dijo: «No, no creas que estás soñando. Yo soy tu ahijado.» Y le contó todo lo que había ocurrido. Entonces el corazón del ladrón se abrió como una granada y sus ojos vertían agua como una fuente. Su dolor fue tan agudo, y tan vivo su arrepentimiento, que le penetraron el pecho como dos puñales y se murió. Entonces el niño tomó la copa llena de lágrimas y voló con el alma de su padrino al cielo, donde entraron y donde quiera Dios que entremos todos.

—Y ahora, padrino—continuó la niña torciendo su cabecita y mirando de frente al pastor—, ya ve usted lo bueno que es tener ahijados.

Apenas acababa la niña de referir su ejemplo, cuando se oyó un gran estrépito: el perro se levantó, aguzó las orejas, apercibido a la defensa; el gato, erizado el pelo, asombrados los ojos, se aprestó a la fuga, pero bien pronto al susto sucedieron alegres risas. Era el caso que Anís se había quedado dormido durante la narración que había hecho su hermana; de lo que resultó que perdiendo el equilibrio, cumplió el vaticinio de su madre, cayendo en lo interior del tiesto, en el que quedó hundida toda su diminuta persona, a excepción de sus pies y piernas, que se alzaban del interior de la maceta, como una planta de nueva especie. Impaciente su madre, le agarró con una mano por el cuello de la chaqueta, le sacó de aquella profundidad y, a pesar de su resistencia, le tuvo algún tiempo suspenso en el aire, de manera que parecía uno de esos muñecos de cartón que cuelgan de un hilo, y que tirándoles de otro, mueven desaforadamente brazos y piernas.

Como su madre le regañaba y todos se reían, Anís, que tenía el genio fuerte, como dicen que lo tienen todos los chicos (lo que no quita que lo tengan también los altos), reventó en un estrepitoso llanto de coraje.

—No llores, Anís—le dijo Paca—, no llores y te daré dos castañas que tengo en la faltriquera.

—¿De verdad?—preguntó Anís.

Paca sacó las castañas y se las dio; y en lugar de lágrimas se vieron tan luego brillar a la luz de la llama dos hileras de blancos dientecitos en el rostro de Anís.

—Hermano Gabriel—dijo la tía María, dirigiéndose a este—, ¿no me ha dicho usted que le duelen los ojos? ¿A qué trabaja usted de noche?

—Me dolían—contestó fray Gabriel—; pero don Federico me ha dado un remedio que me ha curado.

—Bien puede don Federico saber muchos remedios para los ojos, pero no sabe su merced el que no marra—dijo el pastor.

—Si usted lo sabe, le agradecería que me lo comunicase—le dijo Stein.

—No puedo decirlo—repuso el pastor—, porque aunque sé que lo hay, no lo conozco.

—¿Quién lo conoce, pues?—preguntó Stein.

—Las golondrinas—contestó el pastor.[15]

—¿Las golondrinas?

—Pues sí, señor—prosiguió el pastor—; es una hierba que se llama pito-real, pero que nadie ve ni conoce sino las golondrinas: si se le sacan los ojos a sus polluelos, van y se los restriegan con un pito-real, y vuelven a recobrar la vista. Esta yerba tiene también la virtud de quebrar el hierro, no más que con tocarla; y así cuando a los segadores o a los podadores se les rompe la herramienta en las manos sin poder atinar por qué, es porque tocaron al pito-real. Pero por más que la han buscado, nadie la ha visto; y es una providencia de Dios que así sea, pues si toparan con ella, poca tracamundana se armaría en el mundo, puesto que no quedarían a vida ni cerraduras, ni cerrojos, ni cadenas, ni aldabas.

—¡Las cosazas que se engulle José, que tiene unas tragaderas como un tiburón!—dijo riéndose Manuel. Don Federico, ¿sabe usted otra que dice y que se cree como artículo de fe?, que las culebras no se mueren nunca.

—Pues ya se ve que las culebras no se mueren nunca—repuso el pastor—. Cuando ven que la muerte se les acerca, sueltan el pellejo y arrancan a correr. Con los años se hacen serpientes; entonces, poco a poco, van criando escamas y alas, hasta que se hacen dragones y se vuelan al desierto. Pero tú, Manuel, nada quieres creer: ¿si querrás negar también que el lagarto es enemigo de la mujer y amigo del hombre? Si no lo quieres creer, pregúntaselo a tío Miguel.

—¿Ese lo sabe?

—¡Toma!, por lo que a él mismo le pasó.

—¿Y qué fue?—preguntó Stein.

—Estando durmiendo en el campo—contestó José—, se le vino acercando una culebra; pero apenas la vio venir un lagarto, que estaba en el vallado, salió a defender al tío Miguel y empezaron a pelearse la culebra y el lagarto, que era tamaño y tan grande. Pero como el tío Miguel, ni por esas despertaba, el lagarto le metió la punta del rabo por las narices. Con eso despertó el tío Miguel y echó a correr como si tuviese chispas en los pies. El lagarto es un bicho bueno y bien inclinado; nunca se recoge a puestas de sol sin bajarse por las paredes y venir a besar la tierra.

Cuando había empezado esta conversación tratando de las golondrinas, Paca había dicho a Anís, que sentado en el suelo entre sus hermanas con las piernas cruzadas parecía el Gran Turco en miniatura.

Anís, ¿sabes tú lo que dicen las golondrinas?

—Yo no; no me jan jablao.

—Pues atiende: dicen—remedando la niña el gorgeo de las golondrinas, se puso a decir con celeridad:

Comer y beber:
suscar emprestado,
su si te quieen prender
¡Por no haber pagado,
Huir, huir, huir, huiiiir,
Comadre Beatriiiiz.[16]

—¿Por eso se van?—preguntó Anís.

—Por eso—afirmó su hermana.

—¡Yo las quiero más...!—dijo Pepa.

—¿Por qué?—preguntó Anís.

—Porque has de saber—respondió la niña:

Que en el monte Calvario
las golondrinas
le quitaron a Cristo
las cinco espinas.
En el monte Calvario
los jilgueritos
le quitaron a Cristo
los tres clavitos.

—Y los gorriones, ¿qué hacían?—preguntó Anís.

—Los gorriones—respondió su hermana—, nunca he sabido que hicieran más que comer y pelearse.

Entre tanto, Dolores, llevando a su niño dormido en un brazo, había puesto con la mano que le quedaba libre, la mesa y colocado en medio las batatas, y distribuido a cada cual su parte. En su propio plato comían los niños; y Stein observó que Dolores ni aún probaba el manjar que con tanto esmero había confeccionado.

—Usted no come, Dolores—le dijo.

—¿No sabe usted—respondió esta riendo—el refrán «el que tiene hijos al lado, no morirá ahitado»? Don Federico, lo que ellos comen, me engorda a mí.

Momo, que estaba al lado de este grupo, retiraba su plato, para que no cayesen sus hermanos en tentación de pedirle de lo que contenía.

Su padre que lo notó, le dijo:

—No seas ansioso, que es vicio de ruines; ni avariento, que es vicio de villanos. Sabrás que una vez se cayó un avariento en un río. Un paisano que vio se le llevaba la corriente, alargó el brazo y le gritó: «Deme la mano.» ¡Qué había de dar!, ¡dar!, antes de dar nada, dejó que se le llevase la corriente. Fue su suerte que le arrastró el agua cerca de un pescador, que le dijo: «Hombre, tome usted esta mano.» Conforme se trató de tomar, estuvo mi hombre muy pronto, y se salvó.

—No es ese chascarrillo el que debías contar a tu hijo, Manuel—dijo la tía María—, sino ponerle por ejemplo lo que acaeció a aquel rico miserable que no quiso socorrer a un pobre desfallecido, ni con un pedazo de pan, ni con un trago de agua. «Permita Dios—le dijo el pobre que todo cuanto toquéis, se convierta en ese oro y esa plata a que tanto apegado estáis.» Y así fue. Todo cuando en la casa del avaro había, se convirtió en aquellos metales tan duros como su corazón. Atormentado por el hambre y la sed, salió al campo, y habiendo visto una fuente de agua cristalina, se arrojó con ansia a ella; pero al tocarla con los labios, el agua se cuajó y convirtió en plata. Fue a tomar una naranja del árbol, y al tocarla se convirtió en oro; y así murió rabiando y maldiciendo aquello mismo por lo que ansiado había.

Manuel, el espíritu fuerte de aquel círculo, meneó la cabeza.

—¡Lo ve usted, tía María—dijo José—; Manuel no lo quiere creer! Tampoco cree que el día de la Asunción, en el momento de alzar en la misa mayor, todas las hojas de los árboles se unen de dos en dos para formar una cruz; las altas se doblan, las bajas se empinan, sin que ni una sola deje de hacerlo. Ni cree que el diez de agosto, día del martirio de San Lorenzo, que fue quemado en unas parrillas, en cavando la tierra, se halla carbón por todas partes.

—Cuando llegue ese día—dijo Manuel—, he de cavar un hoyo delante de ti, José, y veremos si te convenzo de que no hay tal.

—¿Y qué pica en Flandes habrás puesto, si no hallas carbón?—le dijo su madre—. ¿Acaso crees que lo hallarás si lo buscas sin creerlo? Pero Manuel, tú te has figurado que todo lo que no sea artículo de fe, no se ha de creer, y que la credulidad es cosa de bobos; cuando no es, hijo mío, sino cosa de sanos.

—Pero madre—repuso Manuel—, entre correr y estar parado, hay un medio.

—¿Y para qué—dijo la buena anciana—escatimar tanto la fe, que al fin es la primera de las virtudes? ¿Qué te parecería, hijo de mis entrañas, si yo te dijese: te parí, te crié, te puse en camino; cumplí pues, con mi obligación?, ¿si sólo como obligación mirase al amor de madre?

—Que no era usted buena madre, señora.

—Pues hijo, aplica esto a lo otro; el que no cree, sino por obligación, y sólo aquello que no puede dejar de creer, sin ser renegado, es mal cristiano: como sería yo mala madre si sólo te quisiese por obligación.

—Hermano Gabriel—dijo Dolores—, ¿cómo es que no quiere usted probar mis batatas?

—Es día de ayuno para nosotros—respondió fray Gabriel.

—¡Qué!, ya no hay conventos, reglas ni ayunos—dijo campechanamente Manuel, para animar al pobre anciano a que participase del regalo general—. Además, usted ha cumplido cuanto ha los sesenta años; con que así, fuera escrúpulos y a comer las batatas, que no se ha de condenar usted por eso.

—Usted me ha de perdonar—repuso fray Gabriel—; pero yo no dejo de ayunar, como antes, mientras no me lo dispense el padre prior.

—Bien hecho, hermano Gabriel—dijo la tía María—. Manuel, no te metas a diablo tentador, con su espíritu de rebeldía y sus incitativos a la gula.

Con esto, la buena anciana se levantó y guardó en una alacena el plato que Dolores había servido al lego, diciéndole:

—Aquí se lo guardo a usted para mañana, hermano Gabriel.

Concluida la cena dieron gracias, quitándose los hombres los sombreros que siempre conservan puestos dentro de casa.

Después del padrenuestro, dijo la tía María:

Bendito sea el Señor,
que nos da de comer
sin merecerlo. Amén.
Como nos da sus bienes,
nos dé su gloria. Amén.
Dios se lo dé
al pobrecito que no lo tiene. Amén.

Anís, al acabar, dio un salto a pie juntillas tan espontáneo, derecho y repentino, como lo dan los peces en el agua.

Capítulo X

Marisalada estaba ya en convalecencia; como si la naturaleza hubiera querido recompensar el acertado método curativo de Stein y el caritativo esmero de la buena tía María.

Habíase vestido decentemente, sus cabellos, bien peinados y recogidos en una castaña, acreditaban el celo de Dolores, que era quien se había encargado de su tocado.

Un día en que Stein estaba leyendo en su cuarto, cuya ventanilla daba al patio grande, donde a la sazón se hallaban los niños jugando con Marisalada, oyó que esta se puso a imitar el canto de diversos pájaros con tan rara perfección, que aquel suspendió su lectura para admirar una habilidad tan extraordinaria. Poco después, los muchachos entablaron uno de esos juegos tan comunes en España, en que se canta al mismo tiempo. Marisalada hacía el papel de madre; Pepa, el de un caballero que venía a pedirle la mano de su hija. La madre se la niega; el caballero quiere apoderarse de la novia por fuerza, y todo este diálogo se compone de copias cantadas en una tonada cuya melodía es sumamente agradable.

El libro se cayó de las manos de Stein, que como buen alemán tenía gran afición a la música. Jamás había llegado a sus oídos una voz tan hermosa. Era un metal puro y fuerte como el cristal, suave y flexible como la seda. Apenas se atrevía a respirar Stein, temeroso de perder la menor nota.

—Se quisiera usted volver todo orejas—dijo la tía María, que había entrado en el cuarto sin que él lo hubiese echado de ver—. ¿No le he dicho a usted que es un canario sin jaula? Ya verá usted.

Y con esto se salió al patio y dijo a Marisalada que cantase una canción.

Esta, con su acostumbrado desabrimiento, se negó a ello.

En este momento entró Momo mal engestado, precedido de Golondrina cargada de picón.

Traía las manos y el rostro tiznados y negros como la tinta.

—¡El rey Melchor!—gritó al verlo Marisalada.

—¡El rey Melchor!—repitieron los niños.

—Si yo no tuviera más que hacer—respondió Momo rabioso—que cantar y brincar como tú, grandísima holgazana, no estaría tiznado de pies a cabeza. Por fortuna don Federico te ha prohibido cantar; y con esto no me mortificarás las orejas.

La respuesta de Marisalada fue entonar a trapo tendido una canción.

El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son estos boleras ya tristes, ya alegres; el olé, el fandango, la caña, tan linda como difícil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el romance. La tonada del romance es monótona y no nos atrevemos a asegurar que puesta en música, pudiese satisfacer a los dilettanti, ni a los filarmónicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decir encanto), es en las modulaciones de la voz que lo canta; es en la manera con que algunas notas se ciernen, por decirlo así, y mecen suavemente, bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejándolo morir. Así es que el romance, compuesto de muy pocas notas, es dificilísimo cantarlo bien y genuinamente. Es tan peculiar del pueblo, que sólo a esas gentes, y de entre ellas a pocos, se lo hemos oído cantar a la perfección: parécenos que los que lo hacen, lo hacen como por intuición. Cuando a la caída de la tarde, en el campo, se oye a lo lejos una buena voz cantar el romance con melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario, que sólo podemos comparar al que producen en Alemania los toques de corneta de los postillones, cuando tan melancólicamente vibran suavemente repetidos por los ecos, entre aquellos magníficos bosques y sobre aquellos deliciosos lagos. La letra del romance trata generalmente de asuntos moriscos, o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.

Este famoso y antiguo romance que ha llegado hasta nosotros, de padres a hijos, como una tradición de melodía, ha sido más estable sobre sus pocas notas confiadas al oído, que las grandezas de España, apoyadas con cañones y sostenidas por las minas del Perú.

Tiene, además, el pueblo canciones muy lindas y expresivas, cuya tonada es compuesta expresamente para las palabras, lo que no sucede con las arriba mencionadas, a las que se adaptan esa innumerable cantidad de coplas, de que cada cual tiene un rico repertorio en la memoria.

María cantaba una de aquellas canciones, que transcribiremos aquí con toda su sencillez y energía popular.

Estando un caballerito
En la isla de León,
se enamoró de una dama
y ella le correspondió.
Que con el aretín, que con el aretón.

—Señor, quédese una noche,
quédese una noche o dos,
que mi marido está fuera por esos montes de Dios.
Que con el aretín, que con el aretón.

Estándola enamorando,
el marido que llegó:
—Ábreme la puerta, cielo,
ábreme la puerta, sol.
Que con el aretín, que con el aretón.

Ha bajado la escalera
quebradita de color.
—¿Has tenido calentura?
¿O has tenido nuevo amor?
Que con el aretín, que con el aretón.

—Ni he tenido calentura
ni he tenido nuevo amor.
Me se ha perdido la llave
de tu rico tocador.
Que con el aretín, que con el aretón.

—Si las tuyas son de acero,
de oro las tengo yo.
¿De quién es aquel caballo
que en la cuadra relinchó?
Que con el aretín, que con el aretón.

—Tuyo, tuyo, dueño mío,
que mi padre lo mandó,
porque vayas a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.

—Viva tu padre mil años,
que caballos tengo yo.
¿De quién es aquel trabuco que en aquel clavo colgó?
Que con el aretín, que con el aretón.

—Tuyo, tuyo, dueño mío,
que mi padre lo mandó,
para llevarte a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.

—Viva tu padre mil años,
que trabucos tengo yo.
¿Quién ha sido el atrevido
que en mi casa se acostó?
Que con el aretín, que con el aretón.
—Es una hermanita mía,
que mi padre la mandó
para llevarme a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.

La ha agarrado de la mano,
al padre se la llevó:
toma allá, padre, tu hija,
que me ha jugado traición.
Que con el aretín, que con el aretón.

—Llévatela tú, mi yerno,
que la iglesia te la dio;
la ha agarrado de la mano,
al campo se la llevó.
Que con el aretín, que con el aretón.

Le tiró tres puñaladas
y allí muerta la dejó,
la dama murió a la una,
y el galán murió a las dos.
Que con el aretín, que con el aretón.
[17]

Apenas hubo acabado de cantar, Stein, que tenía un excelente oído, tomó la flauta y repitió nota por nota la canción de Marisalada. Entonces fue cuando esta a su vez quedó pasmada y absorta, volviendo a todas partes la cabeza, como si buscase el sitio en que reverberaba aquel eco, tan exacto y tan fiel.

—No es eco—clamaron las niñas—; es don Federico que está soplando en una caña agujereada.

María entró precipitadamente en el cuarto en que se hallaba Stein y se puso a escucharle con la mayor atención, inclinando el cuerpo hacia adelante, con la sonrisa en los labios, y el alma en los ojos.

Desde aquel instante, la tosca aspereza de María se convirtió, con respecto a Stein, en cierta confianza y docilidad, que causó la mayor extrañeza a toda la familia. Llena de gozo la tía María aconsejó a Stein que se aprovechase del ascendiente que iba tomando con la muchacha, para inducirla a que se enseñase a emplear bien su tiempo aprendiendo la ley de Dios, y a trabajar, para hacerse buena cristiana, y mujer de razón, nacida para ser madre de familia y mujer de su casa. Añadió la buena anciana, que para conseguir el fin deseado, así como para domeñar el genio soberbio de María y sus hábitos bravíos, lo mejor sería suplicar a señá Rosita, la maestra de amiga, que la tomase a su cargo, puesto que era dicha maestra mujer de razón y temerosa de Dios y muy diestra en labores de mano.

Stein aprobó mucho la propuesta y alcanzó de Marisalada que se prestase a ponerla en ejecución, prometiéndole en cambio ir a verla todos los días y divertirla con la flauta.

Las disposiciones que aquella criatura tenía para la música, despertaron en ella una afición extraordinaria a su cultivo, y la habilidad de Stein fue la que le dio el primer impulso.

Cuando llegó a noticia de Momo que Marisalada iba a ponerse bajo la tutela de Rosa Mística, para aprender allí a coser, barrer y guisar, y sobre todo, como él decía, a tener juicio, y que el doctor era quien la había decidido a este paso, dijo que ya caía en cuenta de lo que don Federico le había contado de allá en su tierra, que había ciertos hombres, detrás de los cuales echaban a correr todas las ratas del pueblo, cuando se ponían a tocar un pito.

Desde la muerte de su madre, señá Rosa había establecido una escuela de niñas, a que en los pueblos se da el nombre de amiga, y en las ciudades, el más a la moda, de academia. Asisten a ella las niñas en los pueblos, desde por la mañana hasta mediodía, y sólo se enseña la doctrina cristiana y la costura. En las ciudades aprenden a leer, escribir, el bordado y el dibujo. Claro es que estas casas no pueden crear pozos de ciencia, ni ser semilleros de artistas, ni modelos de educación cual corresponde a la mujer emancipada. Pero en cambio suelen salir de ellas mujeres hacendosas y excelentes madres de familia, lo cual vale algo más.

Una vez restablecida la enferma, Stein exigió de su padre que la confiase por algún tiempo a la buena mujer que debía suplir con aquella indómita criatura a la madre que había perdido y adoctrinarla en las obligaciones propias de su sexo.

Cuando se propuso a señá Rosa que admitiese en su casa a la bravía hija del pescador, su primera respuesta fue una terminante negativa, como suelen hacer en tales casos las personas de su temple; pero acabó por ceder cuando se le dieron a entender los buenos efectos que podría tener aquella obra de caridad; como hacen en iguales circunstancias todas las personas religiosas, para las cuales la obligación no es cosa convencional, sino una línea recta trazada con mano firme.

No es ponderable lo que padeció la infeliz mujer, mientras estuvo a su cargo Marisalada. Por parte de esta no cesaron las burlas ni las rebeldías, ni por parte de la maestra los sermones sin provecho y las exhortaciones sin fruto.

Dos ocurrencias agotaron la paciencia de señá Rosa, con tanta más razón, cuanto que no era en ella virtud innata, sino trabajosamente adquirida.

Marisalada había logrado formar una especie de conspiración en las filas del batallón que señá Rosa capitaneaba. Esta conspiración llegó por fin a estallar un día, tímida y vacilante a los principios, mas después osada y con el cuello erguido; y fue en los términos siguientes:

—No me gustan las rosas de a libra—dijo de repente Marisalada.

—¡Silencio!—mandó la maestra, cuya severa disciplina no permitía que se hablase en las horas de clase.

Se restableció el silencio.

Cinco minutos después, se oyó una voz muy aguda, y no poco insolente, que decía:

—No me gustan las rosas lunarias.

—Nadie te lo pregunta—dijo señá Rosa, creyendo que esta intempestiva declaración había sido provocada por la de Marisalada.

Cinco minutos después, otra de las conspiradoras dijo, recogiendo el dedal que se le había caído:

—A mí no me gustan las rosas blancas.

—¿Qué significa esto?—gritó entonces Rosa Mística, cuyo ojillo negro brillaba como un fanal—. ¿Se están ustedes burlando de mí?

—No me gustan las rosas del pitiminí—dijo una de las más chicas, ocultándose inmediatamente debajo de la mesa.

—Ni a mí las rosas de Pasión.

—Ni a mí las rosas de Jericó.

—Ni a mí las rosas amarillas.

La voz clara y fuerte de Marisalada oscureció todas las otras gritando:

—A las rosas secas no las puedo ver.

—A las rosas secas—exclamaron en coro todas las muchachas—no las puedo ver.

Rosa Mística, que al principio había quedado atónita, viendo tanta insolencia, se levantó, corrió a la cocina y volvió armada de una escoba.

Al verla, todas las muchachas huyeron como una bandada de pájaros. Rosa Mística quedó sola, dejó caer la escoba y se cruzó de brazos.

—¡Paciencia, Señor!—exclamó, después de haber hecho lo posible por serenarse—. Sobrellevaba con resignación mi apodo, como tú cargaste con la cruz; pero todavía me faltaba esta corona de espinas. ¡Hágase tu santa voluntad!

Quizá se habría prestado a perdonar a Marisalada en esta ocasión, si no se hubiera presentado muy en breve otra, que la obligó por fin a tomar la resolución de despedirla de una vez. Fue el caso que el hijo del barbero, Ramón Pérez, gran tocador de guitarra, venía todas las noches a tocar y cantar coplas amorosas bajo las ventanas severamente cerradas de la beata.

—Don Modesto—dijo esta un día a su huésped—, cuando usted oiga de noche a este ave nocturna de Ramón desollarnos las orejas con su canto, hágame usted favor de salir y decirle que se vaya con la música a otra parte.

—Pero Rosita—contestó don Modesto—, ¿quiere usted que me indisponga con ese muchacho, cuando su padre (Dios se lo pague) me está afeitando de balde desde el día de mi llegada a Villamar? Y vea usted lo que es: a mí me gusta oírle, porque no puede negarse que canta y toca la guitarra con mucho primor.

—Buen provecho le haga a usted—dijo señá Rosa—. Puede ser que tenga usted los oídos a prueba de bomba. Pero si a usted le gusta, a mí no. Eso de venir a cantar a las rejas de una mujer honrada, ni le hace favor ni viene a qué.

La fisonomía de don Modesto expresó una respuesta muda, dividida en tres partes. En primer lugar, la extrañeza, que parecía decir: ¡Qué! ¡Ramón galantea a mi patrona! En segundo lugar, la duda, como si dijera: ¿será posible? En tercer lugar, la certeza, concretada en estas frases: ¡ciertos son los toros! Ramón es un atrevido.

Después de pensarlo, continuó señá Rosa:

—Usted podría resfriarse, pasando del calor de su cama al aire. Más vale que se quede usted quieto, y sea yo la que diga al tal chicharra, que si se quiere divertir, que compre una mona.

Al sonar las doce de la noche, se oyó el rasgueo de una guitarra y en seguida una voz que cantaba:

¡Vale más lo moreno
De mi morena,
Que toda la blancura
De una azucena!

—¡Qué tonterías!—exclamó Rosa Mística, levantándose de la cama—. ¡Qué larga será la cuenta que haya de dar a Dios de tanta palabra vana!

La voz prosiguió cantando:

Niña, cuando vas a misa,
La iglesia se resplandece.
La hierba seca que pisas,
Al verte, se reverdece.

—¡Dios nos asista!—exclamó Rosa Mística, poniéndose las terceras enaguas—; también saca a colación la misa en sus coplas profanas; y los que lo oigan, como saben que soy dada a las cosas de Dios, dirán que lo canta por lavarme la cara. ¿Si pensará ese barbilampiño burlarse de mí? ¡No faltara más!

Rosa llegó a la sala, y ¡cuál no se quedaría al ver a Marisalada asomada al postigo y oyendo al cantor con toda la atención de que era capaz! Entonces se persignó, exclamando:

—¡Y todavía no ha cumplido trece años! ¡Sobre que ya no hay niñas!

Tomó a Marisalada por el brazo, la apartó de la ventana, y se colocó en ella a tiempo que Ramón, dándole de firme a la guitarra, entonaba, desgañitándose, esta copla:

Asómate a esa ventana,
Esos bellos ojos abre;
Nos alumbrarás con ellos,
Porque está oscura la calle.

Y siguió más violento y desatinado que nunca el rasgueo.

—¡Yo seré quien te alumbraré con un blandón del infierno—gritó con agria y colérica voz Rosa Mística—: libertino, profanador, cantor sempiterno e insufrible!

Ramón Pérez, vuelto en sí de la primera sorpresa, echó a correr más ligero que un gamo, sin volver la cara atrás.

Este fue el golpe decisivo. Marisalada fue despedida de una vez, a pesar del empeño que hizo tímidamente don Modesto en su favor.

—Don Modesto—respondió Rosita—, dice el refrán: cargos son cargos; y mientras esta descaradota esté al mío, tengo que dar cuenta de sus acciones a Dios y a los hombres. Pues bien, cada cual tiene bastante con responder de lo suyo, sin necesidad de cargar con pecados ajenos. Además de que, usted lo está viendo, es una criatura que no se puede meter por vereda; por más que se la inclina a la derecha, siempre ha de tirar a la izquierda.

Capítulo XI

Tres años había que Stein permanecía en aquel tranquilo rincón. Adoptando la índole del país en que se hallaba, vivía al día, o como dicen los franceses, au jour le jour, y como en otros términos le aconsejara su buena patrona la tía María, diciendo que el día de mañana no debía echarnos a perder el de hoy, y que de lo sólo que se debía cuidar era de que el de hoy no nos echase a perder el de mañana.

En estos tres años había estado el joven médico en correspondencia con su familia. Sus padres habían muerto, mientras él se hallaba en el ejército en Navarra; su hermana Carlota había casado con un arrendatario bien acomodado, el cual había hecho de los dos hermanos pequeños de su mujer dos labradores poco instruidos, pero hábiles y constantes en el trabajo. Stein se veía, pues, enteramente libre y árbitro de su suerte.

Habíase dedicado a la educación de la niña enferma, que le debía la vida, y aunque cultivaba un suelo ingrato y estéril, había conseguido a fuerza de paciencia hacer germinar en él los rudimentos de la primera enseñanza. Pero lo que excedió sus esperanzas, fue el partido que sacó de las extraordinarias facultades filarmónicas con que la naturaleza había dotado a la hija del pescador. Era su voz incomparable, y no fue difícil a Stein, que era buen músico, dirigirla con acierto, como se hace con las ramas de la vid, que son a un tiempo flexibles y vigorosas, dóciles y fuertes.

Pero el maestro, que tenía un corazón tierno y suave, y en su temple una propensión a la confianza que rayaba en ceguedad, se enamoró de su discípula, contribuyendo a ello el amor exaltado que tenía el pescador a su hija y la admiración que esta excitaba en la buena tía María; ambos tenían cierto poder simpático y comunicativo que debió ejercer su influencia en un alma abierta, benévola y dócil como la de Stein. Se persuadió, pues, con Pedro Santaló de que su hija era un ángel, y con la tía María, de que era un portento. Era Stein uno de aquellos hombres que pueden asistir a un baile de máscaras, sin llegar a persuadirse de que detrás de aquellas fisonomías absurdas, detrás de aquellas facciones de cartón piedra, hay otras fisonomías y otras facciones, que son las que el individuo ha recibido de la naturaleza. Y si a Santaló cegaba el cariño apasionado, y a la tía María la bondad suma, ambos llegaron a la vez a cegar a Stein.

Pero después de todo, lo que más le sedujo fue la voz pura, dulce, expresiva y elocuente de María.

«Es preciso—se decía a sus solas—que la que expresa de un modo tan admirable los sentimientos más sublimes, posea un alma llena de elevación y ternura.»

Mas, como el grano de trigo en un rico terreno se esponja y echa raíces antes de que sus brotes suban a la luz del día, así crecía y echaba raíces este tranquilo y sincero amor, en el corazón de Stein, antes sentido que definido.

También María, por su parte, se había aficionado a Stein, no porque agrediese sus esmeros, ni porque apreciase sus excelentes prendas, ni porque comprendiese su gran superioridad de alma e inteligencia, ni aun siquiera por el atractivo que ejerce el amor en la persona que lo inspira, sino porque agradecimiento, admiración, atractivo, los sentía y se los inspiraba el músico, el maestro que en el arte la iniciaba. Además, el aislamiento en que vivía, apartaba de ella todo otro objeto que hubiese podido disputar a aquel la preferencia. Don Modesto no estaba en edad de figurar en la palestra de amor; Momo, además de ser extraordinariamente feo, conservaba toda su animosidad contra Marisalada, y no cesaba de llamarla Gaviota; y ella le miraba con el más alto desprecio. Es cierto que no faltaban mozalbetes en el lugar, empezando por el barberillo, que persistía en suspirar por María; pero todos estaban lejos de poder competir con Stein.

Por este tranquilo estado de cosas habían pasado tres veranos y tres inviernos, como tres noches y tres días, cuando acaeció lo que vamos a referir.

Forjábase en el tranquilo Villamar (¿quién lo diría?) una intriga; era su promotor y jefe (¿quién lo pensara?) la tía María; era el confidente (¿quién no se asombra?) ¡don Modesto!

Aunque sea una indiscreción, o por mejor decir, una bajeza el acechar, oigámoslos en la huerta escondidos detrás de este naranjo, cuyo tronco permanece firme, mientras sus flores se han marchitado y sus hojas se han caído, como queda en el fondo del alma la resignación, cuando se ha ajado la alegría y se han muerto las esperanzas; oigamos, volvemos a decir, el coloquio que en secreto conciliábulo tienen los mencionados confidentes, mientras fray Gabriel, que está a mil leguas, aunque pegado a ellos, amarra con vencejos las lechugas para que crezcan blancas y tiernas.

—No es que me lo figuro, don Modesto—decía la instigadora—, es una realidad; para no verlo era preciso no tener ojos en la cara. Don Federico quiere a Marisalada y a esta no le parece el doctor costal de paja.

—Tía María, ¿quién piensa en amores?—respondió don Modesto, en cuya calma y tranquila existencia no se había realizado el eterno, clásico, pero invariable axioma de la inseparable alianza de Marte y Cupido—. ¿Quién piensa en amores—repitió don Modesto en el mismo tono en que hubiese dicho: ¿quién piensa en jugar a la billarda o en remontar un pandero?

—La gente moza, don Modesto, la gente moza; y si no fuera por eso, se acabaría el mundo. Pero el caso es que es preciso darles a estos un espolazo, porque esa gente de por allá arriba quiéreme parecer que se andan con gran pachorra, pues dos años ha que nuestro hombre está queriendo a su ruiseñor, como él la llama, que eso salta a la cara; y estoy para mí, que no le ha dicho buenos ojos tienes. Usted que es hombre que supone, un señor considerable, y que don Federico le aprecia tanto, debería usted darle una puntadilla sobre el asunto, un buen consejo, en bien de ellos y de todos nosotros.

—Dispénseme usted, tía María—respondió don Modesto—, pero Ramón Pérez está por medio; es amigo y no quiero hacerle mal tercio; me afeita por mi buena cara, e ir así contra sus intereses, sería una mala partida. Tiene mucha pena en ver que Marisalada no le quiere y se ha puesto amarillo y delgado que es un dolor. El otro día dijo que si no se casaba con Marisalada, rompería su guitarra, y ya no podía meterse fraile, se metería a faccioso. Ya ve usted, tía María, que de todas maneras me comprometo, metiéndome en ese asunto.

—Señor—dijo la tía María—, ¿y va usted a tomar a dinero contado lo que dicen los enamorados? ¿Si Ramón Pérez, el pobrecillo, no es capaz de matar un gorrión, cómo puede usted creer que se vaya a matar cristianos? Pero considere usted que si se casa don Federico se nos quedará aquí para siempre, ¿y qué suerte no sería esta para todos? Le aseguro a usted que se me abren las carnes, así que habla de irse. Por fortuna que cada vez se lo quitamos de la cabeza. Pues y la niña, ¡qué suerte haría! Que ha de saber usted que gana don Federico muy buenos cuartos. Cuando asistió y sacó en bien al hijo del alcalde don Perfecto, le dio este cien reales como cien estrellas. ¡Qué linda pareja harían, mi comandante!

—No digo que no, tía María—repuso don Modesto—; pero no me dé usted cartas en el asunto, y déjeme observar mi estricta neutralidad. No tengo dos caras; tengo la que me afeita Ramón, y no otra.

En este momento entró Marisalada en la huerta. No era ya por cierto la niña que conocimos desgreñada y mal compuesta; primorosamente peinada y vestida con esmero, venía todas las mañanas al convento, al que si bien no la atraían el cariño ni la gratitud a los que lo habitaban, traíala el deseo de oír y aprender música de Stein, al paso que la echaba de la cabaña el fastidio de hallarse sola en ella con su padre, que no la divertía.

—¿Y don Federico?—dijo al entrar.

—Aún no ha vuelto de ver a sus enfermos—respondió la tía María—; hoy iba a vacunar más de doce niños. ¡Tales cosas, don Modesto! Sacó el pues, como dice su merced, de la teta de una vaca: ¡que las vacas tengan un contraveneno para las viruelas! Y verdad será, porque don Federico lo dice.

—Y tanta verdad que es—repuso don Modesto—, y que lo inventó un suizo. Cuando estaba en Gaeta vi a los suizos, que son la guardia del Papa; pero ninguno me dijo ser él el inventor.

—Si yo hubiese sido Su Santidad—prosiguió la tía María—, hubiese premiado al inventor con una indulgencia plenaria. Siéntate, saladilla mía, que tengo hambre de verte.

—No—contestó María—, me voy.

—¿Dónde has de ir que más te quieran?—dijo la tía María.

—¿Qué se me da a mí que me quieran?—respondió Marisalada—, ¿qué hago yo aquí si no está don Federico?

—¡Vamos allá! ¿Conque no vienes aquí sino por ver a don Federico, ingratilla?

—Y si no, ¿a qué había de venir?—contestó María—; ¿a hallarme con Romo, que tiene los ojos, la cara y el alma todo atravesado?

—¿Conque esto es que quieres mucho a don Federico?—tornó a preguntar la buena anciana.

—Le quiero—respondió María—; si no fuera por él, no ponía aquí los pies, por no encontrarme con ese demonio de Romo, que tiene un aguijón en la lengua, como las avispas en la parte de atrás.

—¿Y Ramón Pérez?—preguntó con chuscada la tía María, como para convencer a don Modesto de que su protegido podía archivar sus esperanzas.

Marisalada soltó una carcajada.

—Si ese Ratón Pérez—(Momo había puesto este sobrenombre al barberillo) respondió—se cae en la olla, no seré yo la hormiguita que lo canta y lo llora, y sobre todo la que lo escuche cantar; porque su canto me ataca el sistema nervioso, ce don Federico, que asegura que lo tengo más tirante que las cuerdas de una guitarra. Verá usted cómo canta ese Ratón Pérez, tía María.

Cogió Marisalada rápidamente una hoja de pita, que estaba en el suelo y era de las que servían al hermano Gabriel para poner como biombos contra el viento norte delante de las tomateras cuando empezaban a nacer, y apoyándola en su brazo, a estilo de una guitarra, se puso a remedar de una manera grotesca los ademanes de Ramón Pérez, y con su singular talento de imitación y su modo de cantar y hacer gorgoritos, de esta suerte cantó:

¿Qué tienes, hombre de Dios,
Que te vas poniendo flaaaaco?
¡Es porque puse los ojos
En un castillo muy aaaalto!

—Sí—dijo don Modesto, que recordó las serenatas a la puerta de Rosita—; ese pobre Ramón siempre ha puesto alto los ojos.

A don Modesto no le habían podido disuadir los ulteriores sucesos, de que no fuese Rosita el objeto que atrajo las consabidas serenatas, porque una idea que entraba en la cabeza de don Modesto, caía como en una alcancía; ni él mismo la podía volver a sacar. Eran las casillas de su entendimiento tan estrechas y bien ordenadas, que una vez que penetraba una idea en la que le correspondía, quedaba encajada, embutida, e incrustada per in sæcula sæculorum.

—Me voy—dijo María, tirando la pita, de modo que vino a dar ruidosamente contra fray Gabriel, que vuelto de espalda y agachado, ataba su centésimo vigésimo quinto vencejo.

—¡Jesús!—exclamó asombrado fray Gabriel; pero en seguida se volvió a atar sus vencejos, sin añadir palabra.

—¡Qué puntería!—dijo María riéndose—. Don Modesto, tómeme usted para artillero, cuando logre los cañones para su fuerte.

—Esas no son gracias, María; son chanzas pesadas, que sabes que no me gustan—dijo incomodada la buena anciana—. Dime a mí lo que quieras; pero a fray Gabriel déjale en paz, que es el único bien que le ha quedado.

—Vamos, no se enfade usted, tía María—repuso la Gaviota—; consuélese usted con pensar, que nada tiene de vidrio fray Gabriel, sino sus espejuelos.

Mi comandante, dígale usted a señá Rosa Mística que traslade su amiga al fuerte de usted cuando tenga cañones de veinticuatro, para que estén bien guardadas las niñas de las asechanzas del demonio, que se meten en guitarras destempladas. Me voy, porque don Federico no viene; estoy para mí que está vacunando a todo el lugar, inclusos señá Mística, el maestro de escuela y el alcalde.

Pero la buena anciana, que estaba acostumbrada a las maneras desabridas de María, y a la que por tanto no herían, la llamó y le dijo se sentase a su lado.

Don Modesto, que infirió que la buena mujer iba a armar sus baterías, fiel a la neutralidad que había prometido, se despidió, dio media vuelta a la derecha y tocó retirada; pero no sin que la tía María le diese un par de lechugas y un manojo de rábanos.

—Hija mía—dijo la anciana cuando estuvieron solas—, ¿qué no sería que se casase contigo don Federico y que fueses tú así la señá médica, la más feliz de las mujeres, con ese hombre que es un San Luis Gonzaga, que sabe tanto, que toca tan bien la flauta y gana tan buenos cuartos? Estarías vestida como un palmito, comida y bebida como una mayorazga; y sobre todo, hija mía, podrías mantener al pobrecito de tu padre, que se va haciendo viejo y es un dolor verle echarse a la mar, que llueva o ventee, para que a ti no te falte nada. Así don Federico se quedaría entre nosotros, consolando y aliviando males, como un ángel que es.

María había escuchado a la anciana con mucha atención, aunque afectando tener la vista distraída; cuando hubo acabado de hablar, calló un rato y dijo después con indiferencia:

—Yo no quiero casarme.

—¡Oiga!—exclamó tía María—, ¿pues acaso te quieres meter monja?

—Tampoco—respondió la Gaviota.

—¿Pues qué?—preguntó asombrada la tía María—, ¿no quieres ser ni carne ni pescado? ¡No he oído otra! La mujer, hija mía, o es de Dios o del hombre; si no, no cumple con su vocación, ni con la de arriba, ni con la de abajo.

—¿Pues qué quiere usted, señora?, no tengo vocación ni para casada ni para monja.

—Pues hija—repuso la tía María—, será tu vocación la de la mula. A mí, Mariquita, no me gusta nada de lo que sale de lo regular; en particular a las mujeres, les está tan mal no hacer lo que hacen las demás, que si fuese hombre, le había de huir a una mujer así, como a un toro bravo. En fin, tu alma en tu palma; allá te las avengas. Pero—añadió con su acostumbrada bondad—eres muy niña y tienes que dar más vueltas que da una llave. El tiempo quiebra, sin canto ni piedra.

Marisalada se levantó y se fue.

«¡Sí!—iba pensando, tocándose el pañolón por la cabeza—; me quiere; eso ya me lo sabía yo. Pero... como fray Gabriel a la tía María, esto es, como se quieren los viejos. ¿A que no sufría un aguacero en mi reja por no resfriarse? Ahora, si se casa conmigo me hará buena vida; ¡eso sí!, me dejará hacer lo que me dé la gana, me tocará su flauta cuando se lo pida, y me comprará lo que quiera y se me antoje. Si fuera su mujer, tendría un pañolón de espumilla, como Quela, la hija de tío Juan López, y una mantilla de blonda de Almagro, como la alcaldesa. ¡Lo que rabiarían de envidia! Pero me parece que don Federico, que se derrite como tocino en sartén cuando me oye cantar, lo mismo piensa en casarse conmigo que piensa don Modesto en casarse con su querida Rosa... de todos los diablos.»

En todo este bello monólogo mental no hubo un pensamiento ni un recuerdo para su padre, cuyo alivio y bienestar habían sido las primeras razones que había aducido la tía María.

Capítulo XII

Convencida la tía María de que ningún apoyo ni ayuda alguna tenía que aguardar del hombre de influencia, al cual había querido asociarse en su empresa matrimonial, se determinó a llevarla a cabo por sí y ante sí, segura de vencer las objeciones de María y las que pudiese poner don Federico, como Sansón a los filisteos. Nada le arredraba, ni el despego de María, ni la inmovilidad de Stein; porque el amor es perseverante como una hermana de la caridad y arrojado como un héroe; y el amor era el gran móvil de todo lo que hacía aquella buenísima mujer. Así fue que sin más ni mas, le dijo un día a Stein:

—¿Sabe usted, don Federico, que días atrás estuvo aquí Marisalada, y nos dijo muy clarito, y con esa gracia que Dios le ha dado, que no venía aquí sino por usted? ¿Qué le parece a usted la franqueza?

—Que a ser cierto, sería una ingratitud y que mi ruiseñor no es capaz de ella; habrá sido una broma.

—Ello es, don Federico, que barbas mayores quitan menores y el primer lugar compete a quien compete. ¿Tan mal le sabrá a usted que le quieran, señor mío?

—No por cierto, que estamos de acuerdo en aquel axioma que usted tanto repite, amor no dice basta. Pero... tía María, en querer siempre he sido mejor donador, que no recaudador.

—Eso no habla conmigo—exclamó con viveza la buena mujer.

—No por cierto, mi querida tía María—respondió Stein tomando y estrechando entre las suyas la mano de la anciana—. En sentimientos, estamos en cuenta corriente y pagada; pero en pruebas he quedado muy atrás; ¡ojalá pudiese dar a usted alguna de mi cariño y de mi gratitud!

—Pues fácil es, don Federico, y voy a pedírsela a usted.

—Desde luego, mi querida tía María, ¿y cuál es esa prueba? Decidlo pronto.

—Que se quede con nosotros, y para eso, que se case usted, don Federico; de esta suerte se nos quitaría el continuo sobresalto en que vivimos, de que se nos quiera usted ir a su país, porque, como dice el refrán: ¿Cuál es tu tierra? La de mi mujer.

Stein se sonrió.

—¿Que me case?—dijo—; pero ¿con quién, mi buena tía María?

—¿Con quién?, ¿con quién había de ser?, con su ruiseñor; así tendrá usted eterna primavera en el corazón. ¡Es tan guapa, tan sandunguera, está tan amoldada a sus mañas de usted, que ni ella puede vivir sin usted ni usted sin ella! ¡Si se están ustedes queriendo como dos tortolillos!, que eso salta a la cara.

—Soy viejo para ella, tía María—respondió Stein suspirando y sonrojándose al darse cuenta de que en cuanto a él, llevaba razón la buena mujer—; soy viejo—repitió—, para una niña de dieciséis años y mi corazón es un inválido a quien deseo hacer la vida dulce y tranquila y no exponerlo a nuevas heridas.

—¡Viejo!—exclamó la tía María—, ¡qué disparate! ¡Pues si apenas tiene usted treinta años! Vamos, que eso es una razón de pie de banco, don Federico.

—¿Qué más desearía yo—replicó Stein—que disfrutar con una inocente joven de la dulce y santa felicidad doméstica, que es la verdadera, la perfecta, la sólida que puede disfrutar el hombre y que Dios bendice, porque es la que nos ha trazado? Pero tía María, ella no me puede querer a mí.

—¡Esta es otra que mejor baila! Delicadita de gusto había de ser, a fe mía, la que a usted le hiciese fo, don Federico. ¡Jesús!, no diga usted lo contrario, que parece burla. Pues si la mujer que usted quiera, ha de ser la más feliz del mundo entero.

—¿Lo cree usted así, mi buena tía María?

—Como me he de salvar, don Federico; y la que no lo fuese, era preciso asparla viva.

A la mañana siguiente, cuando llegó Marisalada, al entrar en el patio, se dio de frente con Momo, que sentado sobre una piedra de molino, almorzaba pan y sardinas.

—¿Ya estás ahí, Gaviota?—este fue el suave recibimiento que le hizo Momo—; ¡sobre que un día te hemos de hallar en la olla del potaje! ¿No tienes nada que hacer en tu casa?

—Todo lo dejo yo—respondió María—por venir a ver esa cara tuya, que me tiene hechizada, y esas orejas que te envidia Golondrina. Oyes, ¿sabes por qué tenéis vosotros las orejas tan largas? Cuando padre Adán se halló en el paraíso con tanto animal, les dio a cada cual su nombre; a los de tu especie los nombró borricos. Unos días después, los juntó y les fue preguntando a cada cual su nombre; todos respondieron, menos los de tu casta, que ni su nombre sabían. Dióle tal rabia a padre Adán, que cogiendo al desmemoriado por las orejas, se puso a gritar a la par que tiraba desaforadamente de ellas; te llamas borriicooo.

Diciendo y haciendo, había cogido María las orejas a Momo, ya se las tiraba de manera de arrancárselas.

Fue la suerte de María, que al primer berrido que dio Momo, con toda la fuerza de sus anchos pulmones, se le atravesó un bocado de pan y sardina, lo que le ocasionó tal golpe de tos, que ella, ligera como buena gaviota, pudo escaparse del buitre.

—Buenos días, mi ruiseñor—dijo Stein, que al oírla había salido al patio.

—Por vía del ruiseñor, ¡ehe, ehe, ehe, ehe!—gruñía y tosía Momo—, ¡ruiseñor y es la chicharra más cansada que ha criado el estío!, ¡ehe, ehe, ehe, ehe!

—Ven, María—prosiguió Stein—, ven a escribir y a leer los versos que traduje ayer. ¿No te gustaron?

—No me acuerdo de ellos—respondió María—; ¿eran aquellos del país donde florecen los naranjos? Esos no pegan aquí, donde se han secado por no bastar a su riego las lágrimas de fray Gabriel. Déjese usted de versos, don Federico, y tóqueme usted el Nocturno de Weber cuyas palabras son: «¡Escucha, escucha, amada mía! ¡Se oye el canto del ruiseñor; en cada rama, florece una flor; antes que aquel calle y estas se ajen, escucha, escucha, amada mía!»

—¡Los terminachos que ha aprendido esa Gaviota!—murmuraba Momo—, y que le sientan como confites a un ajo molinero.

—Después que leas, tocaré la serenata de Carl de Weber—dijo Stein, que sólo a favor de esta recompensa podía obligar a María a aprender lo que quería enseñarle. María tomó con mal gesto el papel que le presentaba Stein, y leyó corrientemente, aunque de mala gana:

AL RETIRO

(Traducido del poeta alemán Salis.)