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La gaviota

Chapter 23: Capítulo XX
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About This Book

A novel of manners opens aboard a storm‑tossed packet ship, where passengers' petty discomforts and small acts of kindness are observed with sympathetic attention. The narrative follows the meeting of a composed young gentleman and a benevolent foreign medical aspirant bound for military service, an encounter that propels interwoven episodes across provincial life. Through domestic scenes, courtships, family relations, and moral dilemmas, the work sketches social contrasts and everyday virtues and vices. Its tone blends realistic description, gentle irony, and moral reflection to illuminate character and communal habits rather than dramatic action.

—Es—opinó la marquesa—porque solemos tener todas las aficiones propias de nuestra edad.

—Es—dijo Rita—porque cada uno hace lo que le da la gana.

—Es—observó la condesa—porque nuestro hermoso cielo derrama el bienestar en nuestro ánimo.

—Yo creo—dijo Stein—que es por todo eso y además por el carácter nacional. El español pobre, que se contenta con un pedazo de pan, una naranja y un rayo de sol, está en armonía con el patricio que se contenta casi siempre con su destino y se convierte en noble Procusto moral de sí mismo, nivelando sus aspiraciones y su bienestar con su situación.

—Decís, don Federico—observó la marquesa—, que en España cada cual está satisfecho con lo que le ha tocado en suerte. ¡Ah doctor! ¡Cuánto siento decir que ya no somos en esa parte lo que éramos! Mi hermano dice que en la jerigonza del día hay una palabra inventada por el genio del mal y del orgullo, especie de palanca a que no resisten los cimientos de la sociedad y que ha ocasionado más desventuras a la especie humana que todo el despotismo del mundo.

—¿Y cuál es esa palabra—preguntó Rafael—, para que yo le corte las orejas?

—Esa palabra—dijo la marquesa suspirando—es la noble ambición.

—Señora—dijo Rafael—, es que a la ambición le ha entrado la manía general de nobleza.

—Tía—exclamó Rita—, si nos metemos en la política, y os ponéis a repetir las sentencias de mi tío, os advierto que don Federico va a caer en esa quisicosa alemana, Rafael en el spleen inglés y Gracia y yo en el ennui francés.

—¡Desvergonzada!—dijo su tía.

—Para evitar tamaña desgracia—dijo Rafael—hago la moción de que compongamos entre todos una novela.

—¡Apoyado, apoyado!—gritó la condesa.

—¡Tal destino!—dijo su madre—. ¿Queréis escribir algún primor, como esos que suele mi hija leerme en los folletines que escriben los franceses?

—¿Y por qué no?—preguntó Rafael.

—Porque nadie la leerá—respondió la marquesa—, a menos de anunciarla como francesa.

—¿Qué nos importa?—continuó Rafael—. Escribiremos como cantan los pájaros, por el gusto de cantar, y no por el gusto de que nos oigan.

—Hacedme el favor, a lo menos—prosiguió la marquesa—, de no sacar a la colada seducciones ni adulterios. Pues ¡es bueno hacer a las mujeres interesantes por sus culpas! Nada es menos interesante a los ojos de las personas sensatas que una muchacha ligera de cascos, que se deja seducir, o una mujer liviana que falta a sus deberes. No vayáis tampoco, según el uso escandaloso de los novelistas de nuevo cuño, a profanar los textos sagrados de la Escritura. ¿Hay cosa más escandalosa que ver en un papelito bruñido y debajo de una estampita deshonesta las palabras mismas de nuestro Señor, tales como: «mucho le será perdonado, porque amó mucho», o aquellas otras: «el que se crea sin culpa, tírele la primera piedra?» ¡Y todo ello para justificar los vicios! ¡Eso es una profanación! ¿No saben esos escritores boquirrubios que aquellas santas palabras de misericordia recaían sobre las ansias del arrepentimiento y los merecimientos de la penitencia?

—¡Cáspita!—dijo Rafael—, ¡qué trozo de elocuencia! Tía está inspirada, iluminada; votaré por su candidatura a diputado a Cortes.

—Tampoco vayáis—continuó la marquesa—a introducir el espantoso suicidio, que no se ha conocido por acá, hasta ahora, que han logrado entibiar, sino desterrar la religión. Nada de esas cosas nos pegan a nosotros.

—Tiene usted razón—dijo la condesa—; no hemos de pintar a los españoles como extranjeros; nos retrataremos como somos.

—Pero con las restricciones que exige mi señora marquesa—dijo Stein—, ¿qué desenlace romancesco puede tener una novela que estribe, como generalmente sucede, en una pasión desgraciada?

—El tiempo—contestó la marquesa—; el tiempo, que da fin de todo, por más que digan los novelistas, que sueñan en lugar de observar.

—Tía—dijo Rafael—, lo que estáis diciendo es tan prosaico como el gazpacho.

—¿Te matarás si me caso con Luis?—le preguntó Rita.

—¡Yo verdugo, y de mi propia, interesante e inocente persona!, ¡yo mi propio Herodes! ¡Dios me libre, bella ingrata!—contestó Rafael—. Viviré para ver y gozar de tu arrepentimiento y para reemplazar a tu Luis Triunfos, si se le antoja ir a jugar al monte con su compadre Lucifer, en su reino.

—No hagáis ostentación en vuestra novela—prosiguió la marquesa—de frases y palabras extranjeras de que no tenemos necesidad. Si no sabéis vuestra lengua, ahí está el diccionario.

—Bien dicho—repitió Rafael—; no daremos cuartel a las esbeltas, a las notabilidades ni a los dandys; perversos intrusos, parásitos venenosos y peligrosos emisarios de la revolución.

—Más verdad dices de la que piensas—repuso la marquesa.

—Pero madre—dijo la condesa—; a fuerza de restricciones, nos pondréis en el caso de hacer una insulsez.

—Me fío de tu buen gusto—respondió la marquesa—, y en lo que es capaz de discurrir e inventar Rafael, para que así no sea. Otra advertencia. Si nombráis a Dios, llamadle por su nombre, y no con los que están hoy de moda, Ser Supremo, Suprema Inteligencia, Moderador del Universo y otros de este jaez.

—¡Cómo, señora tía!—exclamó Rafael—, ¿negáis a Dios sus poderes y sus prerrogativas?

—No por cierto—respondió la marquesa—; pero en el nombre Dios se encierra todo. Buscar otros más altisonantes es lo mismo que platear el oro. Lo mismo me parece eso, que lo que aquí se hace de tejas abajo, quitando al poder el título de rey para llamarlo presidente, primer cónsul o protector. Estoy cierta de que antes de haber consumado del todo su rebeldía, Lucifer nombraba a Dios el Ser Supremo.

—Pero tía, no podréis negar—observó Rafael—que es más respetuoso y aun más sumiso.

—Anda a paseo, Rafael—contestó con impaciencia la marquesa. Siempre me contradices, no por convicción, sino por hacerme rabiar. Dale a Dios el nombre que se dio él mismo; que nadie ha de ponerle otro mejor.

—Tenéis razón, madre—dijo la condesa—. Dejémonos de flaquezas, de lágrimas y de crímenes, y de términos retumbantes. Hagamos algo bueno, elegante y alegre.

—Pero Gracia—dijo Rafael—, es menester confesar que no hay nada tan insípido en una novela como la virtud aislada. Por ejemplo, supongamos que me pongo a escribir la biografía de mi tía. Diré que fue una joven excelente; que se casó a gusto de sus padres, con un hombre que le convenía y que fue modelo de esposas y de madres, sin otra flaqueza que estar un poco templada a la antigua y tener demasiada afición al tresillo. Todo esto es muy bueno para un epitafio; pero es menester convenir que es muy sosito para una novela.

—¿Y de dónde has sacado—preguntó la marquesa—que yo aspiro a ser modelo de heroína de novela? ¡Tal dislate!

—Entonces—dijo Stein—, escribid una novela fantástica.

—De ningún modo—dijo Rafael—; eso es bueno para vosotros, los alemanes; no para nosotros. Una novela fantástica española sería una afectación insoportable.

—Pues bien—continuó Stein—: una novela heroica o lúgubre.

—¡Dios nos libre y nos defienda!—exclamó Rafael—. Eso es bueno para Polo.

—Una novela sentimental.

—Sólo de oírlo—prosiguió Rafael—me horripilo. No hay género que menos convenga a la índole española que el llorón. El sentimentalismo es tan opuesto a nuestro carácter, como la jerga sentimental al habla de Castilla.

—Pues entonces—dijo la condesa—, ¿qué es lo que vamos a hacer?

—Hay dos géneros que, a mi corto entender, nos convienen: la novela histórica, que dejaremos a los escritores sabios, y la novela de costumbres, que es justamente la que nos peta a los medias cucharas como nosotros.

—Sea, pues; una novela de costumbres—repuso la condesa.

—Es la novela por excelencia—continuó Rafael—, útil y agradable. Cada nación debería escribirse las suyas. Escritas con exactitud y con verdadero espíritu de observación, ayudarían mucho para el estudio de la humanidad, de la Historia, de la moral práctica, para el conocimiento de las localidades y de las épocas. Si yo fuera la reina, mandaría escribir una novela de costumbres en cada provincia, sin dejar nada por referir y analizar.

—Sería, por cierto, una nueva especie de geografía—dijo Stein riéndose—. ¿Y los escritores?

—No faltarían si se buscaran—respondió Rafael—, como nunca faltan hombres para toda empresa, cuando hay bastante tacto para escogerlos. La prueba es que aquí estoy yo, y ahora mismo vais a oír una novela compuesta por mí, que participará de ambos géneros.

—Así saldrá ella—dijo la marquesa—. Don Federico, ya veréis algo parecido a Bertoldo.

—Puesto que mi prima quiere algo bueno y sencillo; mi tía algo moral, sin pasiones, flaquezas, crímenes ni textos de la Escritura, y mi prima Rita algo festivo, voy a tomar por asunto la vida honrada y moral de mi tío el general Santa María.

—No faltaba más—dijo la marquesa—sino que fueras a hacer burla de mi hermano. No me parece que da margen a ello. ¡Vaya!

—No por cierto—replicó Rafael—; respeto y aprecio a mi tío más que nadie en este mundo y sé que sus virtudes militares, que a veces pasan de raya, le han merecido el dictado del Don Quijote del Ejército. Pero nada de esto impide que también tenga su historia, porque si madame Staël ha dicho que la vida de una mujer es siempre una novela, creo que con igual derecho puede decirse que la vida de un hombre es siempre una historia. Escuchad, pues, incomparable doctor, la historia de mi tío en compendio. Santiago León Santa María nació predestinado para la noble carrera de las armas, porque vio la luz del día, o por mejor decir, las sombras de la noche, en el momento mismo en que la retreta pasaba por delante de los balcones de la casa, de modo que hizo su entrada en el mundo a son de caja.

—Eso es cierto—dijo la marquesa, sonriéndose.

—Yo no miento jamás... cuando digo la verdad—continuó gravemente Rafael—. Como señal de aquella predestinación, nació con una espada color de sangre en el pecho, dibujada por mano de la naturaleza con la mayor propiedad; de modo que todas las comadres del barrio acudieron a saludar al general in partibus de los ejércitos de S. M. Católica.

—No hay tal cosa—dijo la marquesa—; tiene una señal en el pecho, es verdad; pero es en figura de rábano, un antojo que había tenido nuestra madre.

—Observad, doctor—continuó Rafael—, que mi tía desprestigia y despoetiza la historia de su querido hermano. ¡Un rábano en el pecho de un valiente, en lugar de una orden militar! Vaya, tía, ¿hay cosa más ridícula?

—¿Qué tiene de ridículo—dijo la marquesa—nacer con una señal en el pecho?

—Prosigue, Rafael—dijo Rita—. Yo no sabía ninguna de esas particularidades. Prosigue sin tantos paréntesis.

—Nadie nos corre, querida Rita—dijo Rafael—; ¿qué prisa tenemos? Una de las ventajas que llevamos a otras naciones, es no vivir a galope, como corredores intrusos. Conque apenas León Santa María cumplió los doce años, entró de cadete en un Regimiento y se puso desde entonces derecho como un huso, serio como un sermón y grave como un entierro. Haciendo el ejercicio, y peleando como valiente muchacho en el Rosellón, fue pasando el tiempo y llegó mi tío a la edad en que el corazón canta y suspira.

—Rafael, Rafael—dijo su tía—, cuenta con lo que se habla.

—No tengáis cuidado, tía; no hablaré más que de amores platónicos.

—¿Amores qué?... ¿Hay acaso varias clases de amores?

—El amor platónico—contestó Rafael—es el que se encierra en una mirada, en un suspiro o en una carta.

—Es decir—repuso la marquesa—, la vanguardia; pero ya sabes que el cuerpo del ejército viene detrás; con que doblemos la hoja sobre ese capítulo.

—Señora marquesa—repuso Rafael—, no os apuréis. Mi historia será tal, que después de haberla oído cualquiera podrá retratar a mi tío con la espada en una mano y la palma en la otra.

«Sus primeros amores fueron con una guapa moza de Osuna, donde estaba acuartelado su Regimiento. El día menos pensado llegó la orden de marchar. Mi tío dijo que volvería, y ella se puso a cantar Mambrú se fue a la guerra; y lo estaría todavía cantando si un labrador grueso no la hubiera ofrecido su gruesa mano y su gruesa hacienda. Sin embargo, al principio estuvo inconsolable. Lloraba como las nubes de otoño y no paraba de exclamar día y noche: ¡Santa María, Santa María!, tanto que una criada que dormía cerca, creyendo que su ama estaba rezando las letanías, no dejaba de responder devotamente: Ora pro nobis.

»Mi tío—siguió Rafael—recibió orden de pasar a América; volvió para tomar parte en la guerra de la Independencia, y no tuvo tiempo para pensar en amoríos. De donde resultó que, no tratando con más bellezas que las que podía hacer marchar a tambor batiente, adquirió tal acritud de temple, que se le quedó el nombre del general Agraz.

—¿Cómo te atreves?...—exclamó la tía.

—Tía—contestó Rafael—, yo no me atrevo a nada; lo que hago es repetir lo que otros han dicho. Pian pianino llegaron los sesenta años, trayendo en pos la comitiva ordinaria de reumatismos y catarros, con todas las trazas de convertirse en crónicos. Mi tía y todos los amigos le aconsejaban que se retirase y se casase para vivir tranquilo. Fijad las mientes, doctor, en el remedio: ¡casarse para vivir tranquilo! Ya ve usted que mi tía se siente inclinada a la homeopatía.

—¿Ese sistema nuevo—preguntó la marquesa—que receta estimulantes para refrescar? No lo creáis, doctor, ni vayáis a dar esa clase de remedios al niño.

—Pues como iba diciendo—continuó Rafael—, había aquí una soltera de edad madura, que no había querido casarse a gusto de su padre, ni su padre la había querido dejar casar a su gusto; este tenía muchos humos, en vista de que su hija se llamaba doña Pancracia Cabeza de Vaca. Ahora bien, esta noble parte del animal...

La marquesa le interrumpió:

—Ríete cuanto quieras, como te ríes de todo; este es un privilegio que la naturaleza te ha dado, como al sol el de brillar. Pero sabed, don Federico, que ese nombre, tan ridículo a los ojos de mi sobrino, es uno de los más ilustres y más antiguos de España. Debe su origen a la batalla de las Navas de Tolosa...

—La cual—añadió Rafael—se dio por los años de 1212, y la ganó el rey don Alfonso IX, llamado el Noble, padre de la reina de Francia Blanca, madre de San Luis; y con aquella hazaña libertó a Castilla del yugo de los sarracenos.

—Así es—repuso la marquesa—; todo eso se lo he oído contar a mi cuñada. El Miramamolín, según ella cuenta, se había retirado a una altura donde se atrincheró con sus tesoros en una especie de recinto formado con cadenas de hierro. Un río separaba esta altura del ejército cristiano. El rey, que no podía pasarlo, estaba desesperado. Entonces se le presentó un pastor viejo, con su hopalanda y su capucha, y le descubrió un sitio por donde podría vadear el río sin dificultad: «Seguid la orilla—le dijo—, aguas abajo, y donde veáis la cabeza de una vaca, que han devorado los lobos, allí está el vado.» De resultas de este aviso se ganó aquella memorable batalla. El rey, agradecido, ennobleció al que le había hecho un servicio tan señalado y le dio a él y a sus descendientes el nombre de Cabeza de Vaca. Mi cuñada dice que aún se conservan en la catedral de Toledo la estatua del pastor patriota y las cadenas del campo del Miramamolín.

—Seiscientos años de nobleza—dijo Rafael—son un moco de pavo en comparación de la nuestra, porque ha de saber usted, doctor, que el nombre de Santa María eclipsa a todas las Cabezas de Vaca, aun cuando arranque su árbol genealógico de los cuernos de la que Noé llevó a su arca. Para que usted lo sepa, somos parientes de la Santa Virgen, nada menos; y en prueba de ello, una de mis abuelas, cuando rezaba el rosario con sus criadas, según la buena costumbre española...

—Costumbre que se va perdiendo—interrumpió suspirando la marquesa.

—Decía—prosiguió Rafael—: «Dios te salve María, prima y señora mía», y los criados respondían: «Santa María, prima y señora de usía.»

—No digas esas cosas delante de extranjeros, Rafael—dijo la condesa—, porque o están bastante preocupados contra nosotros para creerlas, o sin creerlas tienen bastante mala fe para repetirlas. Lo que acabas de contar es una cosa que todo el mundo sabe; un chiste inventado para burlarse de las exageradas pretensiones de antigüedad que nuestra familia tiene.

—A propósito de lo que dicen los extranjeros, ¿sabes, prima, que lord Londonderry ha escrito su Viaje a España, en el que dice que no hay más que una mujer bonita en Sevilla, y es la marquesa de A..., desfigurando, por supuesto, su nombre del modo más extraño?

—Tiene razón—dijo la condesa—; Adela es lindísima.

—Es lindísima—prosiguió Rafael—, pero decir que es la única, me parece un disparatón de tomo y lomo. El mayor está furioso, y va a ponerle pleito como calumniador, con plenos poderes de la Giralda, que se tiene y se califica por la mejor moza de toda Sevilla.

—Eso es ser más realista que el rey—dijo Rita, con un gracioso desdén—; y bien puedes asegurar al mayor, en nombre de todas las sevillanas, que tanto nos da que ese lord nos encuentre feas como bonitas. Pero sigue con tu historia, Rafael; te quedaste en los preliminares del casamiento del tío.

—Antes que Rafael tome la ampolleta—interrumpió la marquesa—diré a usted, don Federico, que la nobleza de nuestra familia estaba ya reconocida en el año 737, porque uno de nuestros abuelos fue el que mató al oso que quitó la vida al rey godo don Favila, y por eso tenemos un oso en nuestro escudo de armas.

Rafael se echó a reír con tan estrepitosa carcajada que cortó el hilo a la narración de su tía.

—Vaya—dijo—, aquí tenemos la segunda parte de Prima y Señora mía. La marquesa tiene una colección de datos genealógicos, tan verídicos unos como otros. Sabe de memoria la de los duques de Alba, que vale un Perú.

—Si quisierais tener la bondad, señora marquesa, de referírmela—dijo Stein—, os lo agradecería infinito.

—Con mucho gusto—respondió la marquesa—; y espero que daréis más crédito a mis palabras que ese niño, tan preciado de saber más que los que nacieron antes que él. Sabéis que nada ennoblece tanto al hombre como los rasgos de valor.

—Por esa cuenta—dijo Rita—, José María podía ser noble y algo más, grande de España de primera clase.

—¡Qué amigos de contradecir son mis sobrinos!—exclamó la marquesa con alguna impaciencia. Pues bien: sí, señorita. José María podía ser noble si no fuera ladrón.

—Ya que se trata de José María—dijo Rafael—, voy a contar a don Federico un rasgo de valor de aquel personaje. Lo sé de buena tinta.

—No queremos saber las hazañas de los héroes del trabuco—dijo la marquesa—. Rafael, tú hablas sin punto ni coma...

—Escuchad mi aventura de José María—continuó Rafael—. Un ladrón héroe, caballeroso, elegante, galán y distinguido, es fruta que no nace sino en nuestro suelo. Vosotros los extranjeros podréis tener muchos duques de Alba, pero seguramente no tendréis un José María.

—¿Qué dices tú?—dijo la marquesa—, ¿que los extranjeros podrán tener muchos duques de Alba? ¡Pues ya!, ¡fácil era! Escuchad, don Federico: cuando el santo rey don Fernando estaba delante de los muros de Sevilla, viendo que el sitio se prolongaba, propuso al rey moro...

—Que se llamaba Axataf por más señas—interrumpió Rafael.

—Poco importa el nombre—continuó la marquesa—; propúsole, pues, como iba diciendo, que se decidiese la suerte de la ciudad sitiada en combate singular, cuerpo a cuerpo, entre los dos monarcas. El moro tuvo vergüenza de rehusar el reto. El rey Fernando ocultó a todo el mundo su designio, y cuando llegó la hora convenida, salió solo y de noche de sus reales, encaminándose al puesto señalado. Un soldado de su guardia que le vio salir, tuvo algunas sospechas de su intento y temeroso de que el rey cayese en alguna asechanza, se armó y le siguió de lejos. Llegado que hubo el monarca al sitio que todavía se llama la Fuente del Rey, y que era entonces un lugar muy agreste, se detuvo aguardando a que se presentase el moro.

Pero por más que aguardaba, el otro en lo menos que pensaba era en acudir a la cita. Así pasó la noche, y al clarear el alba, convencido de que su contrario no vendría, iba a retirarse cuando oyó ruido en la enramada y mandó que saliese al frente, quienquiera que fuese.

Era el soldado y obedeció.

«¿Qué haces ahí?», preguntó el rey.

«Señor—respondió el soldado—, he visto a vuestra majestad salir solo del campo, e inferí su intento; he temido algún lazo y he venido a defender a su persona.»

«¿Solo?», preguntó el rey.

«Señor—continuó el soldado—, ¿vuestra majestad y yo, acaso no bastamos para doscientos moros?»

«Saliste de mis reales soldado—dijo el rey—y entras en ellos duque de Alba.»

—Ya veis, don Federico—dijo Rafael—, que esa leyenda popular arregla desafíos a medianoche y crea duques a pedir de boca.

—Calla por Dios, Rafael—dijo la condesa—, y déjanos esta creencia, pues me gusta esa etimología.

—Sí—respondió Rafael—; pero el duque de Alba no le agradecerá a tu madre la ilustración que quiere darle. Ahora veréis lo que hay en el asunto.

Diciendo estas palabras y echando a correr Rafael, volvió muy pronto con un libro en folio y en pergamino, que sacó de la librería del conde.

—He aquí—dijo—la creación, privilegios y antigüedad de los títulos de Castilla, por don José Berni y Catalá, abogado de los Reales Consejos. Página 140. «Conde de Alba, hoy día duque. El primer fue don Fernando Álvarez de Toledo, creado conde de Alba por Juan II, 1439. Don Enrique IV lo hizo duque en 1469. Esta ilustre y excelsa familia es de sangre real y ha tenido los primeros empleos de España en guerra y en política. El duque mandó todo el ejército en la conquista de Flandes y en la de Portugal, donde hizo maravillas. Esta ilustrísima familia tiene tanto lustre y tantos méritos, que para enumerarlos sería necesario escribir volúmenes.» Ya veis, tía, que la historia que nos habéis contado, aunque muy propagada, es apócrifa.

—No sé lo que quiere decir—continuó la marquesa—, esa palabra griega o francesa; pero volviendo a los Santas Marías, este nombre les fue dado con motivo de...

—Tía, tía—exclamó Rita—, hacednos el favor de dispensarnos de oír nuestra historia genealógica. ¿No tenemos bastante con la de los Cabezas de Vaca y los Albas? Cuando penséis contraer segundas nupcias, entonces podréis lucir estas galas genealógicas a los ojos del favorecido.

—El apellido de los duques de Alba—dijo Stein—es Álvarez, y así se llama también mi patrón, que es un buen hombre, lleno de honradez y tendero retirado. Me causa mucha extrañeza ver que en este país los nombres más ilustres son comunes a las clases más elevadas y a las más ínfimas. ¿Será cierto lo que se dice en mi país, que todos los españoles se creen de noble sangre?

—Esa es una confusión de ideas—contestó Rafael—, como todas las que generalmente tienen los extranjeros sobre las cosas de España; y así no hay ninguno que no crea a puño cerrado que cada gañán arando, lleva colgada a su lado la espada distintiva de caballero. Hay muchos apellidos generales y como mancomunes en España, no hay duda; pero esto nace en gran parte de que, en tiempos pasados, los señores que tenían esclavos les daban sus apellidos al emanciparlos. Estos nombres, usados por los moros ya libres, debieron multiplicarse, en particular los de los magnates, a medida que más esclavos tenían. Algunas de esas nuevas familias se ilustraron y fueron ennoblecidas, porque muchas descendían de moros nobles. Pero los grandes de España, que tienen aquellos mismos nombres, llevan tan a mal ser confundidos con estas familias, como con las de los artesanos que se hallan en el mismo caso. También hay que observar que muchos han tomado los nombres de las localidades de donde provienen, y así tenemos centenares de Medinas, Castillas, Navarros, Toledos, Burgos, Aragonés, etc. En cuanto a esas aspiraciones a sangre noble que están tan propagadas entre los españoles, es observación que no carece de fundamento, porque es cierto que este pueblo tiene orgullo y propensiones delicadas y distinguidas; pero no deben confundirse estos rasgos de carácter nacional con las ridículas afectaciones nobiliarias que hemos visto en tiempos modernos. El pueblo español no aspira a engalanarse con colgajos ni a salir de la esfera en que le ha colocado la providencia; pero da tanta importancia a la pureza de su sangre, como a su honra; sobre todo en las provincias del Norte, cuyos habitantes se jactan de no tener mezcla de sangre morisca. Esta pureza se pierde por un nacimiento ilegítimo; por la menor y más dudosa alianza con sangre mulata o judía, así como por los oficios de verdugo y pregonero, o por castigos infamantes.

—¡Válgame Dios—dijo Rita—, qué fastidiosos están ustedes con su nobleza! ¿Quieres, Rafael, hacernos el favor de continuar la historia del tío?

—¡Dale!—exclamó la marquesa.

—Tía—respondió Rafael—, no hay cuento desgraciado, como el que lo cuente sea porfiado. Conque, don Federico, Santa María y Cabeza de Vaca se unieron como dos palomos. Muchas veces he oído decir que mi tía, que está aquí presente, lloró de placer y de ternura al ver tan bien concertada unión. Mi tío tranquilizó los recelos que hubiese podido inspirarle el nombre de su cara mitad sólo con verla.

—¡Rafael, Rafael!—exclamó la marquesa.

—Pero quien quedó asombrado—prosiguió Rafael fue todo el mundo, y más que nadie, mi tío, cuando al cabo de nueve meses la Cabeza de Vaca dio a luz un pequeño Santa María, tamaño como un abanico, y que parecía engendrado por una X y una Z, La Cabeza de Vaca se puso más oronda que la de Júpiter cuando produjo a Minerva. Hubo, con este motivo, un gran debate matrimonial. La señora quería que el dulce fruto de su amor se llamase Pancracio, nombre que, desde la batalla de las Navas de Tolosa, había sido el de los primogénitos de la familia. Mi tío se empestilló en que el futuro representante de los venerables Santa María no llevase otro nombre que el de su padre, nombre sonoro y militar. Mi tía los puso de acuerdo, proponiendo que se bautizase la criatura con los nombres de León Pancracio, de lo que ha resultado que su padre lo ha llamado siempre León y su madre siempre Pancracio.

De repente interrumpió esta narración el general, entrando en la sala, pálido como un muerto, con los labios apretados y lanzando rayos por los ojos.

—¡Santo Dios!—dijo Rafael a Rita en voz baja—, quisiera estar ahora siete estados debajo de tierra, con las estatuas romanas que sirvieron a los moros para hacer los cimientos de la Giralda.

—Estoy furioso—dijo el general.

—¿Qué tenéis, tío?—le preguntó la condesa, colorada como un tomate.

Rita bajaba la cabeza sobre su bordado, mordiéndose los labios para sofocar la risa.

La marquesa tenía la cara más larga que la de Don Quijote.

—Esto es peor que burlarse de la gente—continuó el general con voz temblona—: ¡es un insulto!

—Tío—dijo la condesa suavizando la voz lo más posible—, cuando no hay mala intención, cuando no hay más que ligereza, atolondramiento, gana de reír...

—¡Gana de reír!—interrumpió el general—: ¡reírse de mí!, ¡reírse de mi mujer! Por vida mía, que se le ha de pasar la gana. Ahora mismo voy a presentar mi queja a la policía.

—¡A la policía! ¿Estás en tu juicio, hermano?—exclamó la marquesa.

—Si salgo con bien de esta—dijo Rafael a Rita—, hago voto a San Juan el Silenciario de imitarle durante un año y un día.

—Mi querido León—prosiguió la marquesa—, por Dios te ruego que no des tanta importancia a una niñería. Cálmate. Yo sé que te ama y te respeta. ¿Quieres dar un escándalo? Las quejas de familia no deben salir al público. Vamos, León, hermano, quédese eso entre nosotros.

—¿Qué estás hablando de quejas de familia?—replicó el general volviéndose hacia su hermana—. ¿Qué tiene que ver la familia con las insolencias inauditas de ese desaforado inglés, que viene a insultar a la gente del país?

Al oír estas palabras, la hermana y los sobrinos del general respiraron con holgura, como si se les hubiera quitado una piedra de sobre el corazón. Su temor de que nuestro cronista hubiese sido oído por el inflexible veterano, carecía de fundamento, y Rafael preguntó con los tonos más sonoros de su voz:

—¿Pues qué ha hecho ese gran anfibio?

—¿Lo que ha hecho?—contestó el general—. Voy a decírtelo. Sabéis que, por desgracia mía, ese hombre vive enfrente de mi casa. Pues bien: a la una de la noche, cuando todo el mundo está en lo mejor de su sueño, el míster abre la ventana y se pone... ¡a tocar la trompa!

—Ya sé que es furiosamente aficionado a ese instrumento—dijo Rafael.

—Además de eso—continuó el general—, lo hace malísimamente y el soplo de su vasto pecho saca del instrumento sonidos capaces de despertar a los muertos de veinte leguas a la redonda; de modo que se ponen a aullar todos los perros de la vecindad. Con esto tendréis una idea de las noches que nos hace pasar.

Todos los esfuerzos que habían hecho hasta allí los oyentes para contener la risa, fueron infructuosos. La carcajada fue tan simultánea y tan estrepitosa, que el general calló de repente y les echó una mirada indignada.

—¡No faltaba más, sobrinos!, no faltaba más sino que os parezca asunto de risa tan descarada insolencia, tal desprecio de las gentes. ¡Reíos, reíos!, ya veremos si se reirá también tu recomendado.

Dijo, y se salió de la pieza tan denodadamente como en ella había entrado, con dirección a la policía.

Rita se desternillaba de risa.

—¡Válgame Dios, Rita!—dijo la marquesa, que no estaba para fiestas—. Más propio sería que te indignases de tamaña falta de seso, que no reírse de ella.

—Tía—contestó la joven—, bien sé lo que el caso merece; pero aunque estuviese en el ataúd, me había de reír. Os prometo que, para vengar a mi tío, cuando el mayor moscón venga a chapurrearme piropos, no me contentaré con volverle la espalda, sino que he de decirle: guardad vuestro resuello para tocar la trompa.

—Mejor harías—dijo Rafael—en imitar a las señoritas extranjeras, que se ponen coloradas para dar los buenos días y pálidas para dar las buenas noches.

—Eso sería mejor—contestó Rita—; pero yo prefiero hacer lo peor.

—A todo esto—dijo Stein con su perseverancia alemana—, me habíais prometido, señor de Arias, contarme un rasgo de valor de José María.

—Será para otro día—respondió Rafael—. He aquí a mi general en jefe—añadió sacando el reloj—: son las tres menos cuarto y a las tres estoy convidado a comer en casa del capitán general. Doctor, si yo fuera vos, iría a suministrar los socorros del arte a mi tía Cabeza de Vaca en el estado crítico en que la ha puesto la trompa del mayor.

Capítulo XX

Completamente restablecido ya el niño de la condesa, había llegado la noche que esta señora había fijado para recibir a María. Algunos tertulianos estaban ya reunidos, cuando Rafael Arias entró precipitadamente.

—Prima—dijo—, vengo a pedirte un favor: si me lo niegas, voy a derechura a echarme de cabeza... en mi cama, bajo pretexto de una jaqueca monstruo.

—¡Jesús!—replicó la condesa—. ¿De qué modo puedo yo evitar tamaña desgracia?

—Vas a saberlo—continuó Rafael—. Ayer he tenido carta de uno de mis camaradas de embajada: el vizconde de Saint Léger.

—Quítale el Saint y el vizconde, y deja Léger pelado—repuso el general.

—Bien—dijo Rafael—; mi amigo, que según el tío no es ni vizconde ni santo, me recomienda a un príncipe italiano.

—¡Un príncipe!, ¡pues ya!—dijo con sorna el general—. ¿Por qué no han de llamarse las cosas por sus nombres? Lo que será es un carbonario, un propagandista, una verdadera plaga. ¿Y de dónde es ese príncipe?

—No lo sé—repuso Rafael—; lo que sé es que la carta dice lo siguiente: «Os agradeceré que hagáis conocer a mi recomendado las mujeres más bellas y amables, las reuniones más escogidas y las antigüedades más notables de la hermosa Sevilla, ese jardín de las Hespérides.»

—Jardín del Alcázar querrá decir—observó la marquesa.

—Es probable—prosiguió Rafael—. Cuando me vi encargado de esta tarea, sin saber a qué santo encomendarme, se me ocurrió la luminosa idea de acudir a mi prima y pedirle licencia para traer al príncipe a su tertulia, porque de este modo podrá conocer las mujeres más bellas y amables, la sociedad más escogida y—añadió en voz baja y señalando con el dedo la mesa del tresillo—las antigüedades más notables de Sevilla.

—Mira que mi madre está ahí—murmuró la condesa echándose a reír a pesar suyo—; eres un insolente.—Y añadió en voz alta—: Tendré mucho gusto en recibirle.

—¡Bien, muy bien!—exclamó el general, barajando violentamente los naipes—¡Mimarlos, abrirles las puertas de par en par, ponerles andadores!; se divertirán a vuestra costa y después se burlarán de vosotros.

—Creed, tío—contestó Rafael—, que tomamos la revancha. Es cierto que se prestan a ello admirablemente. Algunos vienen con el único designio de buscar aventuras, muy persuadidos de que España es la tierra clásica de estos lances. El año pasado tuve uno a cuestas, con esta monomanía. Era un irlandés, pariente de lord W.

—Sí, ¡como yo del Gran Turco!—dijo el general aplicando su muletilla.

—El espíritu del héroe de la Mancha—continuó Rafael—se había apoderado de mi irlandés, a quien llamaré Verde Erín[24] por habérseme olvidado su verdadero nombre. Una tarde nos paseábamos en la plaza del Duque. El cielo se oscureció y estalló de repente una tormenta; yo traté de buscar abrigo, pero él siguió paseando porque tenía gana de experimentar una tormenta española. A las justas observaciones que le hice, de que iba a calarse hasta los huesos, contestó que todo lo que tenía encima era water-proof[25] el sombrero, el gabán, los pantalones, los guantes, las botas, todo. Le abandoné a su suerte.

—¿Es eso creíble, Rafael?—dijo la condesa.

—Es más; es probable—dijo el general—; ningún inglés se va nunca a la cama sin haber hecho una extravagancia.

—Sigue, Rafael, sigue, hijo—suplicó la marquesa—, porque ya preveo que ese temerario va a saber por experiencia propia que no se debe tentar a Dios.

—Pues mi Erín—siguió Rafael—estaba recibiendo el agua como el arca de Noé, cuando cayó un rayo en el árbol bajo el cual se había sentado.

—Vaya, vaya—gritaron todos—, eso es cuento; ¡cosas de Rafael!

—Como soy, que es la verdad—exclamó éste colorado—; informaos, si queréis, de más de cien personas que presenciaron el lance. Aseguro que una acacia entera y verdadera se desplomó sobre mi pobre Erín. Por fortuna estaba colocado de tal manera, que evitó el choque del tronco, pero quedó preso entre las ramas, como un pájaro en la jaula. En vano gritaba, en vano prodigaba el juramento nacional y las ofertas de billetes de banco a los que viniesen a socorrerle. Tuvo que aguantarse en su prisión vegetal casi todo el chubasco. Al fin pasó la tormenta y volvió a salir la gente a la calle. Acudieron en su ayuda; pero la cosa no era tan fácil: hubo que traer sierras y hachas y cortar las ramas más gruesas. A medida que caían las paredes de su calabozo, se iba descubriendo parte por parte la triste figura del hijo de Irlanda. Todos los water-proof habían fato fiasco. Sus brazos y sus cabellos, y las alas del sombrero, pendían tiesos y perpendiculares hacia la tierra. Parecía un navío empavesado en calma chicha. Imaginaos los chistes, las bromas que descargaría sobre el pobre Erín nuestra gente sevillana, tan chusca de suyo y tan burlona. El buen hombre tuvo que pasar no sólo por el susto y el aguacero, sino por una risa homérica, de la que en su tierra no había tenido ni aún idea. Confieso con vergüenza que habiendo vuelto con intención de reunirme a él, no tuve valor y eché a correr.

—¿Y no tuvo más consecuencias ese lance?—preguntó la marquesa—. ¿No le indujo a meditar?

—Ninguna consecuencia tuvo este accidente, ni en el orden físico ni en el moral. Los ingleses tienen siete vidas como los gatos. Lo único que resultó fue destruir su fe en los water-proof. Pero no fue esa la más trágica de las aventuras de mi héroe. Le había traído a España una afición decidida a ladrones: quería verlos a toda costa. El gusto de ser robado era su idea, su capricho, el objeto de su viaje; habría dado diez mil sacos de patatas por ver de cerca a José María en su hermoso traje andaluz y con su botonadura de doblones de a cuatro. Traía ex profeso para él un puñal con mango de oro y un par de pistolas de Mantón.

—¡Armar a nuestros enemigos!—exclamó el general—. Ese es su prurito. ¡Siempre los mismos!

—Queriendo irse a Madrid—continuó Rafael—, y sabiendo que la diligencia tenía el mal gusto de llevar escolta, se decidió a irse en el carro del correo. Todos mis argumentos para disuadirle fueron inútiles. Partió en efecto, y más allá de Córdoba, sus ardientes deseos se realizaron. Encontró ladrones; pero no ladrones de buen tono, no ladrones fashionables como José María, que parecía una ascua de oro, montado en su brioso alazán. Eran ladrones de poco más o menos: pedestres, comunes y vulgares. Ya sabéis lo que es ser vulgar en Inglaterra. No hay apestado, no hay leproso que inspire a un inglés tanto horror como lo que es vulgar. ¡Vulgar! A esta palabra, Albión se cubre de su más espesa neblina; los dandys caen en el spleen más negro; las ladys se llenan de diablos azules[26] las mises sienten bascas, y las modistas se tocan de los nervios. No es extraño, pues, que Erín se creyese degradado, dejándose robar por ladrones vulgares; y así es que se defendió como un león. No defendía, sin embargo, su tesoro, pues me lo había confiado hasta su vuelta, y lo que de él tenía en más estima, consistía en una rama del sauce que cubría el sepulcro de Napoleón, un zapato de raso de una bolera, tamaño como una nuez, y una colección de caricaturas de lord W..., su tío.

—Eso pinta al hombre—dijo el general.

—Pero yo no hago más que charlar—dijo Rafael—. Adiós, prima. Me voy y me quedo.

—¿Y qué? ¿Te vas, dejando al pobre Erín en manos de los ladrones? Es preciso que acabes tu relación—dijo la condesa.

—Pues bien—continuó Rafael—, os diré en dos palabras que los ladrones exasperados le maltrataron y dejaron sin conocimiento, atado a un árbol, donde le halló una pobre vieja, quien hizo le llevasen a su choza y allí le cuidó como una madre durante una enfermedad que le resultó del lance. Yo estuve algún tiempo sin tener noticias suyas; y como se dice vulgarmente que la esperanza era verde y se la comió un borrico, ya iba creyendo que la misma desgracia había acontecido a mi verde Erín, cuando me escribió contándome lo ocurrido. Me encargaba que diese diez mil reales a la mujer que le había salvado y cuidado, sin tener la menor idea de quién podría ser, porque su traje, cuando lo descubrieron, era el mismo con que su madre lo parió. La recompensa era, como veis, decente; porque es menester ser justos; nadie puede negar que los ingleses son generosos. Pero aquí viene Polo con una elegía en los ojos. El príncipe me aguarda. Me voy corriendo, aunque me caiga.

Con esto desapareció.

—¡Jesús!—dijo la marquesa—. Rafael me marea; parece hecho de rabos de lagartijas. Se mueve tanto, gesticula tanto, charla tan sin cesar y tan deprisa, que me quedo en ayunas de la mitad de las cosas que dice.

—Poco pierdes—dijo el general.

—Pues yo—añadió la condesa—querría a Rafael, por lo mucho que me divierte, si no le quisiera ya tanto por lo mucho que vale.

—Aquí tienes, querida Gracia—dijo Eloísa entrando y abrazando a la condesa—, el Viaje de Dumas por el sur de Francia.

La condesa tomó los libros. Polo y Eloísa hicieron una disertación sobre las obras del escritor; disertación de cuya lectura dispensamos al lector, que nos dará gracias por ello.

—¡Pobre Dumas!—dijo la condesa al coronel.

—¡Pobre!—exclamó el coronel—. ¿Pobre llamáis al que es rico y personaje, al que todos festejan, obsequian y aplauden? ¿O será porque algunas veces le critican?

—¿Porque le critican?—respondió la condesa—; no por cierto; yo me tomo algunas veces la libertad de hacerlo. Todo el que se presenta al público, le da ese derecho. No digo pobre al oírle criticar; lo digo al oír algunos elogios que de él hacen.

—¿Y por qué, condesa?, el elogio siempre es lisonjero.

—No podré explicarme bien—dijo la condesa—sino por medio de una comparación, porque no soy elocuente como Eloísa. Hace algún tiempo que vino a vemos una de nuestras parientas de Jerez, mujer muy devota, cuyo marido es muy aficionado a las artes. Lo primero que traté de enseñarles fue, por supuesto, nuestra hermosa catedral. En el camino se nos pegó, sin que pudiésemos deshacernos de él, otro jerezano, hombre muy ordinario, pero riquísimo, y tuvimos que conformarnos con que fuese de nuestra comitiva. Al entrar en aquel sin igual edificio, mi prima alzó la cabeza, cruzó las manos, atravesó con paso acelerado la nave y se arrodilló bañada en lágrimas a los pies del altar mayor. Su marido quedó como arrebatado, sin poder dar un paso adelante. Pero el ricacho exclamó: «¡Buena posesión!, ¡y qué buena bodega haría!» ¿Habéis comprendido mi idea?

—Sin duda—respondió el coronel riéndose—, que un necio elogio es peor que una crítica; ya lo dice la fábula de Iriarte:

Si el sabio no aprueba, ¡malo!
Si el necio aplaude, ¡peor!

Pero el cuentecillo tiene su buena dosis de sal y pimienta.—Lo sentiría mucho—dijo la condesa—. Es un recuerdo que he tenido al oír hacer la apología de las obras de Dumas. ¡Tantas exclamaciones vacías y ni siquiera una palabra de elogio para esa historia de la Magdalena y de Lázaro, de la que no puedo leer un renglón sin derramar lágrimas!

—Condesa—dijo el coronel—, si alguna vez viene Dumas a España, me obligo a traerle a vuestros pies para que os dé gracias por el modo que tenéis de juzgar sus obras.

—¿No tendríais gusto en conocerle?

—En general no deja de tener inconvenientes el conocer a escritores de gran mérito.

—¿Y por qué, condesa?

—Porque lo común es que desprestigia al autor. Un amigo mío, persona de mucho talento, decía que los grandes hombres son al revés de las estatuas, porque estas parecen mayores, y aquellos más pequeños, a medida que uno se les acerca.

En cuanto a mí, si alguna vez me meto a autora (lo cual podrá suceder, por aquello de que de poeta y loco todos tenemos un poco), a lo menos tendré la ventaja de que me oirán sin verme, gracias a mi pequeñez, a la escasa brillantez de mi pluma y a la distancia.

—¿Creéis, pues, que el autor ha de ser uno de los héroes de sus ficciones?

—No; pero temería verle desmentir las ideas y los sentimientos que expresa, y entonces se disiparía el encanto, porque al leer lo que me habría arrebatado, no podría apartar de mí la idea de que el hombre lo había escrito con la cabeza y no con el corazón.

—¡Cómo escriben esos franceses!—decía entre tanto Eloísa, resumiendo el mencionado certamen literario.

—¿Qué es lo que no hacen bien esos hijos de la libertad?—repuso Polo.

—Pero señorita—dijo el general—, ¿por qué no leéis libros españoles?

—Porque todo lo español lleva el sello de una estupidez chabacana—respondió Eloísa—. Estamos en todos los ramos y conceptos en un atraso deplorable.

—¿Qué queréis que escriba un escritor culto en este detestable país—añadió Polo algo picado—, si no estamos a la altura de nada y sólo podemos imitar? ¿Cómo hemos de pintar nuestro país y nuestras costumbres, si nada de elegante, de característico ni de bueno hallamos en él?

—A no ser—dijo Eloísa, con remilgada sonrisa—que celebréis con los alemanes el azahar y las naranjas; con los franceses, el bolero, y con los ingleses, el vino de Jerez.

—¡Ah! Eloisita—exclamó entusiasmado Polo—, ese chiste es tan espiritual, que si no es francés, merece serlo.

En lo que decía, plagiaba Polo, según su costumbre, un conocido dicho francés.

Afortunadamente acababan de dar un codillo al general, lo que hizo que no oyese este precioso diálogo.

En este momento entró Rafael con el príncipe: le presentó a la condesa, la cual le recibió con su acostumbrada amabilidad, pero sin levantarse, según el uso español.

El príncipe era alto, delgado; representaba cuarenta y cinco años, y, aunque príncipe, no de muy distinguida persona ni maneras. Con esto se hallaba ya reunida toda la tertulia y todos aguardaban con impaciencia a la cantatriz anunciada, no sin grandes dudas acerca de su mérito.

El mayor Fly se contoneaba en su silla, cerca de las jóvenes, distribuyéndolas miradas tan homicidas como los botonazos de su florete. Sir John tenía fijo su lente en Rita, la cual no lo notaba. El barón, sentado cerca de un oidor viejo, le preguntaba si los moros blanqueaban sus casas con cal.

—Carezco de datos para responderos—contestó el magistrado—. Es punto que no ha merecido llamar la atención de Zúñiga, Ponz, don Antonio Morales ni Rodrigo Caro.

«¡Qué ignorante!», pensaba el barón.

«¡Qué pregunta tan tonta!», pensaba el oidor.

—Tenéis una prima lindísima—dijo el príncipe a Rafael.

—Sí—respondió este—, es una Ondina de agua de rosa, a quien si el amor no dio un alma, en cambio se la dio un ángel.[27]

—¿Y ese general que está jugando y que tiene un aspecto tan distinguido?

—Es el Néstor retirado del Ejército. No tenéis en Pompeya una antigüedad mejor conservada.

—¿Y la señora con quien juega?

—Su hermana, la marquesa de Guadalcanal, una especie de Escorial; es un sólido compuesto de sentimientos monárquicos y monacales, con un corazón, panteón de reyes sin trono.

En esto se oyó un gran ruido. Era el mayor, que al levantarse para ir a reunirse con Rafael, había echado a rodar una maceta.

—El mayor—dijo Rafael—anuncia su llegada. Sin duda viene a suspirar como un órgano, por el poco caso que de él hacen las damas.

—Serán delicadas de gusto—repuso el príncipe—, pues el mayor tiene una hermosa figura.

—No digo que no—dijo Rafael—; es el más bello Sansón del mundo; pero, en primer lugar, tiene una Dalila que va a ser muy en breve legítima (gracias a los millones que ha ganado su padre con el té y con el opio). Ella le aguarda entre las nieblas de su isla, mientras que él se recrea bajo el hermoso cielo andaluz. Además, príncipe, los extranjeros que vienen a España, tienen la preocupación de contar entre los goces que se proponen disfrutar, esto es, el buen clima, los toros, las naranjas y el bolero, las conquistas amorosas; y muchas veces se llevan chasco. ¡Cuántas quejas he oído yo de los que entraron como Césares y salieron como Daríos!

Entre tanto, el barón se había acercado a las mesas y veía jugar.

—La señora—dijo, hablando con la marquesa—es la madre...

—De mi hija, sí, señor—respondió la marquesa.

Rita lanzó una de sus carcajadas repentinas.

—Barón—dijo la condesa, cuyo sofá estaba cerca de la mesa del juego—, ¿sois aficionado a la música?

—Sí, señora—respondió el barón—. La admiro y la venero; es decir, la música profunda, sabia, seria; la música filosófica, como la han entendido Haydn, Mozart y Beethoven.

—¿Qué está diciendo?—preguntó el general a Rafael, que se había acercado para saludar a Rita—¡Música seria y sabia! ¡La filosofía del taralá! ¿Cómo pueden decirse tamaños desatinos delante de gentes sensatas? Yo creía que los franceses no gustaban más que de romances y de contradanzas.

—¿Qué queréis, tío?—respondió Arias—. Los silfos de los jardines de Lutecia se han convertido en gnomos teutónicos de la Selva Negra.

—No por eso son más amables—añadió la marquesa.

Rafael, huyendo del mayor, se intercaló en los grupos que formaban los tertulianos. Llegó al de las jóvenes, algunas de las cuales eran sus parientas. Entre ellas tenía gran partido, pero viendo que no les hacía caso por atender a sus recomendados, se habían conjurado contra él y querían vengarse. Apenas se les acercó, cuando todas quedaron de repente graves y silenciosas.

—¿Si me habré convertido yo, sin saberlo, en cabeza de Medusa?—dijo Arias.

—¡Ah!, ¿eres tú?—dijo una de las conspiradoras.

—Me parece que sí, Clarita—respondió Rafael.

—Es que hace tanto tiempo que no te veo, que ya te desconocía. Me parece que estás avejentado. ¿Cómo has podido separarte de tus extranjeros?

—¡Míos!—repuso Arias—, renuncio la propiedad, Y en cuanto a haber envejecido, cuando yo nací, Clarita, era ya el siglo mayor de edad; por consiguiente, ajusta la cuenta.

—Serán los afanes y fatigas que te dan tus recomendados los que te han puesto viejo.

—Hay quien dice—añadió otra muchacha—que los extranjeros están haciendo una suscripción para levantarte una estatua.

—Y que la reina te va a crear Marqués de Itálica[28]—dijo otra.

—Y que están gastadas las losas del Alcázar con tus botas.

—Y que el San Félix de Murillo te conoce de vista, y te da la bendición cuando te ve llegar con un nuevo admirador.

—Señoritas—exclamó Rafael—, ¿es esta una declaración de guerra, una conspiración? ¿En qué quedamos?

Entonces siguieron todas interpelándole como un fuego graneado.

—¡Jesús, Arias, oléis a carbón de piedra! Rafael, mira que cuando hablas, tienes dejo. Arias, se os ha pegado el desgavilo. Arias, te vas volviendo rubio. Rafael, cántale al barón:

Cuando el rey de Francia
toca el violín,
dicen los franceses
Uí, uí, Uí, Uí, uí.

—Arias—dijo Polo—, parecéis un oso en medio de un enjambre de abejas.

—La comparación—respondió Arias—no es muy poética, para ser de un discípulo de las nueve solteronas. Apolo recusará ser tocayo vuestro. Pero quedaos como la rosa entre estas abejas, prodigándoles los raudales de vuestra miel hiblea, mientras yo voy por un paraguas que me preserve del aguacero.

En este momento, los tertulianos, que estaban reunidos junto a la puerta del patio, hicieron calle para dejar entrar a María, a quien el duque conducía por la mano; Stein los seguía.

Capítulo XXI

María, dirigida en su tocador por los consejos de su patrona, se presentó malísimamente pergeñada. Un vestido de foulard demasiado corto, y matizado de los más extravagantes colores; un peinado sin gracia, adornado con cintas encarnadas muy tiesas; una mantilla de tul blanco y azulado guarnecida de encaje catalán, que la hacía parecer más morena: tal era el adorno de su persona, que necesariamente debía causar, y causó, mal efecto.

La condesa dio algunos pasos para salir a su encuentro. Al pasar junto a Rafael, este le dijo al oído, aplicando las palabras de la fábula del cuervo de De la Fontaine:

—Si el gorjeo es como la pluma, es el fénix de estas selvas.

—¡Cuánto tenemos que agradeceros—dijo la condesa a María—vuestra bondad en venir a satisfacer el deseo que teníamos de oíros! ¡El duque os ha celebrado tanto!

María, sin responder una palabra, se dejó conducir por la condesa a un sillón colocado entre el piano y el sofá.

Rita, para estar más cerca de ella, había dejado su puesto ordinario y colocádose junto a Eloísa.

—¡Jesús!—dijo al ver a María—, si es más negra que una morcilla extremeña.

—No parece—añadió Eloísa—sino que la ha vestido el mismísimo enemigo. Parece un Judas de Sábado Santo. ¿Qué os parece, Rafael?

—Aquella arruga que tiene en el entrecejo—respondió Arias—le da todo el aspecto de un unicornio.

Entre tanto, María no descubrió el menor síntoma de cortedad ni de encogimiento en presencia de una reunión tan numerosa y tan lucida; ni se desmintieron un solo instante su inalterable calma y aplomo. Con la ojeada investigadora y penetrante, con la comprensión viva y con el tino exacto de las españolas, diez minutos le bastaron para observar y juzgarlo todo.

«Ya estoy—decía en sus adentros y dándose cuenta de sus observaciones—. La condesa es buena y desea que me luzca. Las jóvenes elegantes se burlan de mí y de mi compostura, que debe ser espantosa. Para los extranjeros, que me están echando el lente con desdén, soy una Doña Simplicia de aldea; para los viejos, soy cero. Los otros se quedan neutrales, tanto por consideración al duque que es mi patrón, y lo entiende, como para lanzarse después a la alabanza o la censura, según la opinión se pronuncie en pro o en contra.»

Durante todo este tiempo, la buena y amable condesa, hacía cuantos esfuerzos le eran posibles para ligar conversación con María; pero el laconismo de sus respuestas frustraba sus buenas intenciones.

—¿Os gusta mucho Sevilla?—le preguntó la condesa.

—Bastante—respondió María.

—¿Y qué os parece la catedral?

—Demasiado grande.

—¿Y nuestros hermosos paseos?

—Demasiado chicos.

—Entonces, ¿qué es lo que más os ha gustado?

—Los toros.

Aquí se paró la conversación.

Al cabo de diez minutos de silencio, la condesa le dijo:

—¿Me permitís que ruegue a vuestro marido que se ponga al piano?

—Cuando gustéis—respondió María.

Stein se sentó al piano. María se puso en pie a su lado, habiéndola llevado por la mano el duque.

—¿Tiemblas, María?—le preguntó Stein.

—¿Y por qué he de temblar yo?—contestó María.

Todos callaron.

Observábanse diversas impresiones en las fisonomías de los concurrentes. En la mayor parte, la curiosidad y la sorpresa; en la condesa, un interés bondadoso; en las mesas de juego, o, como decía Rafael, en la cámara alta, la más completa indiferencia.

El príncipe se sonreía con desdén.

El mayor abría los ojos, como si pudiera oír por ellos.

El barón cerraba los suyos.

El coronel bostezaba.

Sir John se aprovechó de aquel intervalo para quitarse el lente y frotarlo con el pañuelo.

Rafael se escapó al jardín para echar un cigarro.

Stein tocó sin floreos ni afectación el ritornelo de Casta Diva. Pero apenas se alzó la voz de María, pura, tranquila, suave y poderosa, cuando pareció que la vara de un conjurador había tocado a todos los concurrentes. En todos los rostros se pintó y se fijó una expresión de admiración y de sorpresa.

El príncipe lanzó involuntariamente una exclamación.

Cuando acabó de cantar, una borrasca de aplausos estalló unánimemente en toda la tertulia. La condesa dio el ejemplo, palmoteando con sus delicadas manos.

—¡Válgame Dios!—exclamó el general, tapándose los oídos—. No parece sino que estamos en la plaza de toros.

—Déjalos, León—dijo la marquesa—; déjalos que se diviertan. Peor fuera que estuvieran murmurando del prójimo.

Stein hacía cortesías hacia todos lados. María volvió a su asiento, tan fría, tan impasible como de él se había levantado.

Cantó después unas variaciones verdaderamente diabólicas, en que la melodía quedaba oscurecida en medio de una intrincada y difícil complicación de floreos, trinos y volatas. Las desempeñó con admirable facilidad, sin esfuerzo, sin violencia, y causando cada vez más admiración.

—Condesa—dijo el duque—, el príncipe desea oír algunas canciones españolas, que le han celebrado mucho. María sobresale en este género. ¿Queréis proporcionarle una guitarra?

—Con mucho gusto—respondió la condesa.

Al punto fue satisfecho su deseo.

Rafael se había colocado junto a Rita, habiendo instalado al mayor al lado de Eloísa. Esta procuraba persuadir al inglés de que las españolas se iban poniendo al nivel de las extranjeras, en cuanto a tierna afectación y artificio, porque ya se sabe que los que imitan servilmente, lo que copian siempre mejor son los defectos.

—¡Qué ojos tiene!—decía Rafael a su prima—. ¡Qué bien guarnecidos de grandes y negras pestañas! Tienen el color y el atractivo del imán.

—Tú sí que eres un imán para los extranjeros—respondió Rita—. ¿Por qué has colocado al mayor cerca de Eloísa? Escucha las simplezas que le está diciendo. Te advierto, primo, que vas adquiriendo la facha y el garbo de un Diccionario.

—¡Dale y más dale!—exclamó Rafael, descargando un golpe a puño cerrado en el brazo del sillón—. No se trata de eso, Rita; se trata del amor que te tengo y que durará eternamente. Ningún hombre ama en toda su vida más que a una mujer, en efectivo. Las otras se aman en papel.

—Ya lo sé—dijo Rita—. Bastantes veces me lo ha repetido Luis. Pero ¿sabes lo que digo? Que te vas volviendo un cansadísimo reloj de repetición.

—¿Qué significa esto?—gritó Eloísa, viendo que traían la guitarra.

—Parece que vamos a tener canciones españolas—dijo Rita—, y me alegro infinito. Esas sí que animan y divierten.

—¡Canciones españolas!—clamó Eloísa, indignada—. ¡Qué horror! Eso es bueno para el pueblo; no para una sociedad de buen tono. ¿En qué está pensando Gracia? Ved por qué los extranjeros dicen con tanta razón que estamos atrasados: porque no queremos amoldar nuestros modales y nuestras aficiones a las suyas; porque nos hemos empestillado en comer a las tres y no queremos persuadirnos, que todo lo español es ganso a nativitate.

—Pero—dijo el mayor en mal español—, creo que hacen muy bien, indeed, en ser lo que son.

—Si es esto un cumplimiento—respondió enfáticamente Eloísa—, es tan exagerado que más bien parece burla.

—Ese señor italiano—dijo Rita—es el que ha pedido canciones españolas. Es aficionado y lo entiende; conque es prueba de que merecen ser oídas.

—Eloísa—añadió Rafael—, las barcarolas, las tirolesas, el ranz des vaches, son canciones populares de otros países. ¿Por qué no han de tener nuestras boleras y otras tonadas del país el privilegio de entrar en la sociedad de la gente decente?

—Porque son más vulgares—contestó Eloísa.

Rafael se encogió de hombros; Rita soltó una de sus carcajadas; el mayor se quedó en ayunas.

Eloísa se levantó, pretextó una jaqueca y se salió acompañada de su madre, a quien iba diciendo:

—Sépase a lo menos que hay señoritas en España bastante finas y delicadas para huir de semejantes chocarrerías.

—¡Qué desgraciado será el Abelardo de esa Eloísa!—dijo Rafael al verla salir.

María, además de su hermosa voz y de su excelente método, tenía, como hija del pueblo, la ciencia infusa de los cantos andaluces, y aquella gracia que no puede comprender y de que no puede gozar un extranjero, sino después de una larga residencia en España y sólo identificándose, por decirlo así, con la índole nacional. En esta música, así como en los bailes, hay una abundancia de inspiración, un atractivo tan poderoso, tal serie de sorpresas, quejas, estallidos de gozo, desfallecimientos, muestras de despego y atracción; una cierta cosa que se entiende y no se explica; y todo esto tan determinado, tan arreglado al compás, tan arrullado, si es lícito decirlo así, por la voz en el canto y por los movimientos en el baile; la exaltación y la languidez se suceden tan rápidamente, que suspenden, embriagan y cautivan al auditorio.

Así es que, cuando María tomó la guitarra y se puso a cantar:

Si me pierdo, que me busquen
al lado del Mediodía,
Donde nacen las morenas,
y donde la sal se cría,

la admiración se convirtió en entusiasmo. La gente joven llevaba el compás con palmadas, repitiendo bien, bien, como para animar a la cantaora. Los naipes se cayeron de las manos de los formales jugadores; el mayor quiso imitar el ejemplo general, y se puso también a palmotear sin ton ni son. Sir John afirmó que aquello era mejor que el God save the Queen. Pero el gran triunfo de la música nacional fue que el entrecejo del general se desarrugó.

—¿Te acuerdas, hermano—le preguntó la marquesa sonriéndose—, cuando cantábamos el zorongo y el trípoli?

—¿Qué cosas son zorongo y trípoli?—preguntó el barón a Rafael.

—Son—respondió—los progenitores del sereni, de la cachucha, y abuelos de la jaca de terciopelo, del vito y de otras canciones del día.

Esas peculiaridades del canto y del baile nacional de que hemos hablado, podrían parecer de mal gusto y lo serían ciertamente en otros países. Para entregarse sin reserva a las impresiones que llevan consigo nuestras tonadas y nuestros bailes, es preciso un carácter como el nuestro; es preciso que la grosería y la vulgaridad sean, como lo son en este país, dos cosas desconocidas; dos cosas que no existen. Un español puede ser insolente; pero rara vez grosero, porque es contra su natural. Vive siempre a sus anchas, siguiendo su inspiración, que suele ser acertada y fina. He aquí lo que da al español, aunque su educación se haya descuidado, esa naturalidad fina, esa elegante franqueza que hace tan agradable su trato.

María salió de casa de la condesa tan pálida e impasible como en ella había entrado.

Cuando la condesa quedó sola con los suyos, dijo con aire de triunfo a Rafael:

—Y ahora, ¿qué dices, mi querido primo?

—Digo—contestó Rafael—que el gorjeo es mejor que la pluma.

—¡Qué ojos!—exclamó la condesa.

—Parecen—dijo Rafael—dos brillantes negros en un estuche de cuero de Rusia.

—Es grave—dijo la condesa—; pero no engreída.

—Y tímida—siguió Rafael—, como una manola de Lavapies.

—Pero ¡qué voz!—añadió la condesa—. ¡Qué divina voz!

—Será preciso—dijo Rafael—grabar en su tumba el epitafio que los portugueses hicieron para su célebre cantor Madureira.

Aqui yaz ó senhor de Madureira,
o melhor cantor do mundo:
que morreu porque Deus quiseira,
que si non quiseira naon morreira;
e por que lo necesitó nasua capella,
díjole Deus: canta. ¡Cantou cosa bella!
Dijo Deus á os anjos: id vos á pradeira,
Que melhor canta ó senhor de Madureira.

—Rafael—dijo la condesa—, mofador eterno, ¿quién se escapa de tus tijeras? Voy a mandar hacer tu retrato en figura de pájaro burlón, como se ha hecho el de Paul de Kock en forma de gallo.

—De esa suerte—repuso Rafael al irse—haré una Arpía masculina, lo cual tendrá la ventaja de que se pueda propagar la casta.