Capítulo XXVI
El mundo es un compuesto de contrastes. No es muy nueva ni muy original esta observación; pero cada día se nos presentan a la vista la aurora y el ocaso, y cada vez nos sorprenden y admiran, a pesar de su repetición.
Así es que mientras el pobre pescador ofrecía a sus humildes y piadosos amigos el grande y augusto espectáculo de la santa muerte del cristiano, su hija daba al público de Madrid, frenéticamente entusiasmado, el de una prima donna sin una gota de sangre italiana en las venas, y que eclipsaba ya en el ejercicio de su arte al mismo gran Tenorini. Había lo bastante con esto para restablecer el antiguo y noble orgullo de los tiempos de Carlos III, para libertarnos por siempre jamás amén de la rabia y comezón de imitar, recobrando nuestra inmaculada y pura nacionalidad; en fin, había lo bastante para decir al monumento del Dos de Mayo, a la estatua de Felipe IV y a la de Cervantes: «Humillaos, sombras ilustres, que aquí viene quien sobrepuja vuestra grandeza y vuestra gloria.» No faltaron entusiastas que pensasen acudir a la reina, para que se dignase ennoblecer a María, dándole un escudo de armas, cuyo lema, imitando el de los duques de Veragua, en lugar de: «A Castilla y a León, nuevo mundo dio Colón», dijese: «A alta y baja Andalucía, nueva gloria dio María.» En fin, tal era la impresión hecha por la cantatriz en el público de Madrid, que ya no se escribía en las oficinas ni se estudiaba en los colegios: hasta los fumadores se olvidaban de acudir al estanco. La fábrica de tabacos se estremeció con indignación en sus cimientos, a pesar de que, como es público y notorio, son tan profundos que llegan hasta América.
Todo el entusiasmo que hemos procurado bosquejar sin haberlo conseguido, se manifestaba una noche a la puerta del teatro, en un grupo de jóvenes que se esforzaban en comunicárselo a dos extranjeros recién venidos. Aquellos inteligentes no sólo encomiaron, examinaron y analizaron la calidad del órgano, la flexibilidad de garganta y todo lo que hacía tan sobresaliente el canto de María, sino que también pasaron revista de inspección a sus prendas personales. Otro joven, embozado hasta los ojos en su capa, estaba cerca de aquel grupo y se mantenía inmóvil y callado; pero cuando se trató de las dotes físicas, dio colérico con el pie un golpe en el suelo.
—Apuesto cien guineas, vizconde de Fadièse (fa sostenido)—decía nuestro amigo sir John Burnwood (que no habiendo obtenido licencia para llevarse el Alcázar, pensaba en renovar la misma demanda con respecto a El Escorial)—, apuesto a que esta mujer hará más ruido en Francia que madame Laffarge; en Inglaterra, que Tom Pouce, y en Italia, que Rossini.
—No lo dudo, sir John—respondió el vizconde.
—¡Qué ojos tan árabes!—añadió el joven don Celestino Armonía—. ¡Qué cintura tan esbelta! En cuanto a los pies, no se ven, pero se sospechan; en cuanto al cabello, la Magdalena se lo envidiaría.
—Estoy impaciente por ver y oír ese portento—exclamó con exaltación el vizconde, el cual siempre estaba, como lo indicaba su nombre, montado medio tono más alto que todos los demás vizcondes—. Preparemos los anteojos y entremos.
Entre tanto el joven embozado había desaparecido.
María, en traje de Semíramis, estaba preparada para salir a escena. Rodeábanla algunas personas.
El embozado, que no era otro que Pepe Vera, entró a la sazón, se aproximó a ella y sin que nadie lo oyese, le dijo al oído:
—No quiero que cantes—y siguió adelante con impasible aire de indiferencia.
María se puso pálida de sorpresa y enrojeció de indignación en seguida.
—Vamos—dijo a su doncella—; Marina, ajusta bien los pliegues del vestido. Van a empezar—y añadió en voz alta para que lo oyese Pepe Vera, que se iba alejando—; con el público no se juega.
—Señora—le dijo uno de los empleados—, ¿puedo mandar que alcen el telón?
—Estoy lista—respondió.
Pero no bien hubo pronunciado estas palabras, cuando lanzó un grito agudo.
Pepe Vera había pasado por detrás, y cogiéndole el brazo con fuerza brutal, había repetido:
—No quiero que cantes.
Vencida por el dolor, María se había arrojado en una silla llorando. Pepe Vera había desaparecido.
—¿Qué tiene? ¿Qué ha sucedido?—preguntaban todos los presentes.
—Me ha dado un dolor—respondió María llorando.
—¿Qué tenéis, señora?—preguntó el director, a quien habían dado aviso de lo que pasaba.
—No es nada—contestó María, levantándose y enjugándose las lágrimas—. Ya pasó; estoy pronta. Vamos.
En este momento, Pepe Vera, pálido como un cadáver, y ardiéndole los ojos como dos hornillos, vino a interponerse entre el director y María.
—Es una crueldad—dijo con mucha calma—sacar a las tablas a una criatura que no puede tenerse en pie.
—¡Pero qué!, señora—exclamó el director—, ¿estáis enferma? ¿Desde cuándo? ¡Hace un momento que os he visto tan rozagante, tan alegre, tan animada!
María iba a responder, pero bajó los ojos y no despegó los labios. Las miradas terribles de Pepe Vera la fascinaban, como fascinan al ave las de la serpiente.
—¿Por qué no ha de decirse la verdad?—continuó Pepe Vera sin alterarse—¿Por qué no habéis de confesar que no os halláis en estado de cantar? ¿Es pecado por ventura? ¿Sois esclava, para que os arrastren a hacer lo que no podéis?
Entre tanto, el público se impacientaba. El director no sabía qué hacer. La autoridad envió a saber la causa de aquel retardo; y mientras el director explicaba lo ocurrido, Pepe Vera se llevaba a María, bajo el pretexto de necesitar asistencia, agarrándola por el puño con tanta fuerza que parecía romperle los huesos, y diciéndola con voz ahogada, pero firme:
—¡Caramba! ¿No basta decir que no quiero?
Cuando estuvieron solos en el cuarto que servía de vestuario a María, estalló la cólera de esta.
—Eres un insolente, un infame—exclamó con voz sofocada por la ira—¿Qué derecho tienes para tratarme de esta suerte?
—El quererte—respondió Pepe Vera con flema.
—Maldito sea tu querer—dijo María.
Pepe Vera se echó a reír.
—¡Lo dices eso como si pudieras vivir sin él!—dijo volviendo a reír.
—¡Vete, vete!—exclamó María—, y no vuelvas jamás a ponérteme delante.
—Hasta que me llames.
—¡Yo a ti! Antes llamaría al demonio.
—Eso puedes hacer, que no tendré celos.
—¡Vete, marcha al instante, déjame!
—Concedido—dijo el torero—; de hilo me voy en casa de Lucía del Salto.—María estaba celosísima de aquella mujer, que era una bailarina a quien Pepe Vera cortejaba antes de conocer a María.
—¡Pepe! ¡Pepe!—gritó María—, ¡villano! ¡La perfidia después de la insolencia!
—Aquella—dijo Pepe Vera—no hace más que lo que yo quiero. Tú eres demasiado señorona para mí. Conque... si quieres que hagamos buenas migas, se han de hacer las cosas a mi modo. Para mandar tú y no obedecer, ahí tienes a tus duques, a tus embajadores, a tus desaboridas y achacosas excelencias.
Dijo y echó a andar hacia la puerta.
—¡Pepe! ¡Pepe!—gritó María, desgarrando su pañuelo entre sus dedos agarrotados.
—Llama al demonio—le respondió irónicamente Pepe Vera.
—¡Pepe! ¡Pepe!, ten presente lo que voy a decirte. Si te vas con la Lucía, me dejo enamorar por el duque.
—¿A que no te atreves?—respondió Pepe, dando algunos pasos atrás.
—¡A todo me atrevo yo por vengarme!
Pepe se quedó plantado delante de María, con los brazos cruzados y los ojos fijos en ella.
María sostuvo sin alterarse aquellas miradas penetrantes como dardos.
Aquellos amores parecían más bien de tigres que de seres humanos. ¡Y tales son, sin embargo, los que la literatura moderna suele atribuir a distinguidos caballeros y a damas elegantes!
En aquel corto instante, aquellas dos naturalezas se sondearon recíprocamente y conocieron que eran del mismo temple y fuerza. Era preciso romper o suspender la lucha. Por mutuo consentimiento, cada cual renunció al triunfo.
—Vamos, Maruja—dijo Pepe Vera, que era realmente el culpable—. Seamos amigos y pelillos a la mar. No iré en casa de Lucía; pero en cambio, y para estar seguros uno de otro, me vas a esconder esta noche en tu casa, de modo que pueda ser testigo de la visita del duque y convencerme por mí mismo de que no me engañas.
—No puede ser—respondió altiva María.
—Pues bien—dijo Pepe—, ya sabes dónde voy en saliendo de aquí.
—¡Infame!—contestó María apretando los puños con rabia—, me pones entre la espada y la pared.
Una hora después de esta escena, María estaba medio recostada en un sofá; el duque, sentado cerca de ella; Stein en pie, tenía en sus manos las de su mujer, observando el estado del pulso.
—No es nada, María—dijo Stein—. No es nada, señor duque: un ataque de nervios que ya ha pasado. El pulso está perfectamente tranquilo. Reposo, María, reposo. Te matas a fuerza de trabajo. Hace algún tiempo que tus nervios se irritan de un modo extraordinario. Tu sistema nervioso se resiente del impulso que das a los papeles. No tengo la menor inquietud, y así me voy a velar un enfermo grave. Toma el calmante que voy a recetar; cuando te acuestes, una horchata, y por la mañana, leche de burra—y dirigiéndose al duque—: mi obligación me fuerza, mal que me pese, a ausentarme, señor duque.
Y volviendo a recomendar a su mujer el sosiego y el reposo, Stein se retiró, haciendo al duque un profundo saludo.
El duque, sentado enfrente de María, la miró largo tiempo.
Ella parecía extraordinariamente aburrida.
—¿Estáis cansada, María?—dijo aquel con la suavidad que sólo el amor puede dar a la voz humana.
—Estoy descansando—respondió.
—¿Queréis que me vaya?
—Si os acomoda...
—Al contrario, me disgustaría mucho.
—Pues entonces, quedaos.
—María—dijo el duque después de algunos instantes de silencio y sacando un papel del bolsillo—, cuando no puedo hablaros, canto vuestras alabanzas. He aquí unos versos que he compuesto anoche, porque de noche, María, sueño sin dormir. El sueño ha huido de mis ojos desde que la paz ha huido de mi corazón. Perdón, perdón, María, si estas palabras que rebosan de mi corazón ofenden la inocencia de vuestros sentimientos, tan puros como vuestra voz. También he padecido yo cuando padecíais vos.
—Ya veis—repuso ella bostezando—que no ha sido cosa de cuidado.
—¿Queréis, María—le preguntó el duque—, que os lea los versos?
—Bien—respondió fríamente María.
El duque leyó una linda composición.
—Son muy hermosos—dijo María algo más animada—; ¿van a salir en El Heraldo?
—¿Lo deseáis?—preguntó el duque suspirando.
—Creo que lo merecen—contestó María.
El duque calló, apoyando su cabeza en sus manos.
Cuando la levantó vio en los ojos de María, fijos en la puerta de cristales de su alcoba, un vivo rayo, inmediatamente apagado. Volvió la cara hacia aquel lado, pero no vio nada.
El duque, en su distracción, había hecho un rollo del papel en que estaban escritos sus versos, que María no había reclamado.
—¿Vais a hacer un cigarro con el soneto?—preguntó María.
—Al menos, así serviría para algo—respondió el duque.
—Dádmelos y los guardaré—dijo María.
El duque puso en el papel enrollado una magnífica sortija de brillantes.
—¡Qué!—dijo María—, ¿la sortija también?
Y se la puso en el dedo, dejando caer al suelo el papel. «¡Ah!—pensó entonces el duque—, ¡no tiene corazón para el amor ni alma para la poesía!, ¡ni aun parece que tiene sangre para la vida! Y sin embargo, el cielo está en su sonrisa; el infierno, en sus ojos, y todo lo que el cielo y la tierra contienen, en los acentos de su soberana voz.»
El duque se levantó.
—Descansad, María—le dijo—. Reposad tranquila en la venturosa paz de vuestra alma, sin que la importune la idea de que otros velan y padecen.
Capítulo XXVII
Apenas cerró el duque la puerta, cuando Pepe Vera salió por la de la alcoba, riéndose a carcajadas.
—¿Quieres callar?—le dijo María haciendo reflejar los rayos de la luz en el solitario que el duque acababa de regalarle.
—No—respondió el torero—, porque me ahogaría la risa. Ya no estoy celoso, Mariquita. Tantos celos tengo como el sultán en su serrallo. ¡Pobre mujer! ¿Qué sería de ti, con un marido que te enamora con recetas y un cortejo que te obsequia con coplas, si no tuvieras quien supiera camelarte con zandunga? Ahora que el uno se ha ido a soñar despierto y el otro a velar dormido, vámonos tú y yo a cenar con la gente alegre, que aguardándonos está.
—No, Pepe. No me siento buena. El sofocón que he tomado, el frío que hacía al salir del teatro, me han cortado el cuerpo. Tengo escalofríos.
—Tus dengues de princesa—dijo Pepe Vera—. Vente conmigo. Una buena cena te sentará mejor que no esa zonzona horchata, y un par de vasos de buen vino te harán más provecho que la asquerosa leche de burra; vamos, vamos.
—No voy, que hace un norte de Guadarrama, de esos que no apagan una luz y matan a un cristiano.
—Pues bien—dijo Pepe—, si esa es tu voluntad y quieres curarte en salud, buenas noches.
—¡Cómo!—exclamó María—. ¿Te vas a cenar y me dejas? ¿Me dejas sola y mala como lo estoy, por tu causa?
—¡Pues qué!—replicó el torero—, ¿quieres que yo también me ponga a dieta? Eso no, morena. Me aguardan y me largo. Buen rato te pierdes.
María se levantó con un movimiento de coraje, dejó caer una silla, salió del cuarto cerrando la puerta con estrépito y volvió en breve, vestida de negro, cubierta de una mantilla cuyo velo le ocultaba el rostro y envuelta en un pañolón, y salieron los dos juntos.
Muy entrada la noche, al volver Stein a su casa el criado le entregó una carta. Cuando estuvo en su cuarto, la abrió. Su contenido y su ortografía era como sigue:
«Señor dotor:
»No creha V. que esta es una carta nónima: yo hago las cosas claras; comienzo por decirle mi nombre, que es Lucía del Salto; me parece que es nombre bastante conocido.
»Señor marío de la Santaló, es menester ser tan bueno o tan bolo como usted lo es, para no caher en la qüenta de que su muger de usted esta mal entretenía por Pepe Vera, que era mi novio, que yo lo puedo decir, por que no soy casada y a nadie engaño. Si usted quiere que se le caigan las cataratas, vaya usted esta noche a la calle de *** número 13, y alli ará usted como santo Tomas.»
—¡Puede darse una infamia semejante!—exclamó Stein, dejando caer la carta al suelo—. Mi pobre María tiene envidiosos, y sin duda son mujeres de teatro. ¡Pobre María!, enferma y quizá durmiendo ahora sosegadamente. Pero veamos si su sueño es tranquilo. Anoche no estaba bien. Tenía el pulso agitado y la voz tomada. ¡Hay tantas pulmonías ahora en Madrid!
Stein tomó una luz, salió de su cuarto, pasó a la sala, por la cual comunicaba con la alcoba de su mujer, entró en ella, pisando con las puntas de los pies, se acercó a la cama, entreabrió las cortinas... ¡No había nadie!
En un ser tan íntegro, tan confiado como Stein, no era fácil que penetrase de pronto y sin combate la convicción de tan infame engaño.
—No—dijo después de algunos instantes de reflexión—. ¡No es posible! Debe haber alguna causa, algún motivo imprevisto. Sin embargo—continuó después de otra pausa—; es preciso que no me quede nada sobre el corazón. Es preciso que yo pueda responder a la calumnia no sólo con el desprecio, sino con un solemne mentís y con pruebas positivas.
Con el auxilio de los serenos, Stein pudo hallar fácilmente el lugar indicado en la carta.
La casa indicada no tenía portero: la puerta de la calle estaba abierta. Stein entró, subió un tramo de la escalera, y al llegar al primer descanso, no supo dónde dirigirse.
Debilitado el primer ímpetu de su resolución, empezó a avergonzarse de lo que hacía. «Espiar—decía—es una bajeza. Si María supiera lo que estoy haciendo, se resentiría amargamente, y tendría razón. ¡Dios mío!, ¿sospechar a la persona que amamos, no es crear la primera nube en el puro cielo del amor?, ¡yo espiar!, ¿a esto me ha rebajado el despreciable escrito de una mujer más despreciable aún?
»Vuélvome. Mañana le preguntaré a María cuanto saber deseo, que este medio es el debido, el natural y el honrado. Alto allá, corazón mío; limpia mi pensamiento de sospechas, como limpia el sol la atmósfera de negras sombras.»
Stein lanzó un profundo suspiro, que parecía estarle ahogando, y pasó su pañuelo por su húmeda frente. «¡Oh!—exclamó—, ¡la sospecha, que crea la idea de la posibilidad del engaño que no existía en nuestra alma!, ¡oh!, la infame sospecha, hija de malos instintos o de peores insinuaciones, por un momento este monstruo ha envilecido mi alma y ya para siempre tendré que sonrojarme ante María!»
En aquel instante se abrió una puerta que daba al descanso en que se había parado Stein y dio salida a un rumor de vasos, de cantos y de risas: una criada que salía de adentro sacando botellas vacías, se hizo atrás, para dejar pasar a Stein, cuyo aspecto y traje le inspiraron respeto.
—Pasad adelante—le dijo—; aunque venís tarde, porque ya han cenado—y siguió su camino.
Stein se hallaba en una pequeña antesala. Estaba abierta una puerta que daba a una sala contigua. Stein se acercó a ella. Apenas habían echado sus ojos una mirada a lo interior de aquella pieza, cuando quedó inmóvil y como petrificado.
Si todos los sentimientos que elevan y ennoblecen el alma cegaban al duque, todos los impulsos buenos y puros del corazón cegaban a Stein con respecto a María. ¡Cuál sería, pues, su asombro al verla sin mantilla, sentada a la mesa en un taburete, teniendo a sus pies una silla baja, en que estaba Pepe Vera, que tenía una guitarra en la mano y cantaba:
Una mujer andaluza
tiene en sus ojos el sol;
una aurora en su sonrisa,
y el paraíso en su amor.
—¡Bien, bien, Pepe!—gritaron los otros comensales—. Ahora le toca cantar a Marisalada. Que cante Marisalada. Nosotros no somos gente de levita ni de paletós; pero tenemos oídos como los tienen ellos; que en punto a orejas, no hay pobres ni ricos. Ande usted, Mariquita, cante usted para sus paisanos que lo entienden; que las gentes de bandas y cruces no saben jalear en francés.
María tomó la guitarra que Pepe Vera le presentó de rodillas, y cantó:
Más quiero un jaleo pobre,
y unos pimientos asados,
que no tener un usía
desaborío a mi lado.
A esta copla respondió un torbellino de aplausos, vivas y requiebros, que hicieron retemblar las vidrieras.
Stein se puso rojo como la grana, menos de indignación que de vergüenza.
—Sobre que ese Pepe Vera nació de pie—dijo uno de sus compañeros.
—¡Tiene más suerte que quiere!
—Como que hoy por hoy, no la cambio por un imperio—repuso el torero.
—¿Pero qué dice a eso el marido?—preguntó un picador, que contaba más años que todos los demás de la cuadrilla.
—¿El marido?—respondió el torero—. No conozco a su mercé sino para servirlo. Pepe Vera no se las aviene sino con toros bravos.
Stein había desaparecido.
Capítulo XXVIII
El día siguiente al de los sucesos referidos en el capítulo que precede, el duque estaba sentado en su librería enfrente de su carpeta. Tenía en la mano la pluma inmóvil y derecha, semejante a un soldado de ordenanza que no aguarda más que una orden para ponerse en movimiento.
Abrióse lentamente la puerta, por la que se vio aparecer la hermosa cabeza de un niño de seis años, casi sumergida en una profusión de rizos negros.
—Papá Carlos—dijo—, ¿estáis solo? ¿Puedo entrar?
—¿Desde cuándo, ángel mío—respondió el padre—, necesitas tú licencia para entrar en mi cuarto?
—Desde que no me queréis tanto como antes—respondió el niño apoyándose en las rodillas de su padre—. Y eso que soy bueno: estudio bien con don Federico, como me lo habéis mandado, y en prueba de ello voy a hablar en alemán.
—¿De veras?—dijo el duque tomando a su hijo en brazos.
—De veras; escucha, Gott segne meinen guten Vater que quiere decir: Dios bendiga a mi buen padre.
El duque estrechó entre sus brazos a la hermosa criatura, la cual poniendo sus manecitas en los hombros de su padre y echándose atrás añadió:
—Und meine liebe mutter, que quiere decir: y a mi querida madre. Ahora, dadme un beso—prosiguió el niño echándose al cuello del duque.
—Pero—dijo de repente—se me olvidaba que traigo un recado de don Federico.
—¿De don Federico?—preguntó el duque con extrañeza.
—Dice que quisiera hablaros.
—Que entre, que entre. Ve a decírselo, hijo mío. Su tiempo es precioso y no debe perderlo.
El duque guardó el papel en que había trazado algunos renglones y Stein entró.
—Señor duque—le dijo—, voy a causaros una gran sorpresa, porque vengo a tomar vuestras órdenes, a daros gracias por tantas bondades y a anunciaros mi inmediata partida.
—¡Partir!—exclamó el duque, con la expresión de la más viva sorpresa.
—Sí, señor, sin demora.
—¿Sin demora? ¿Y María?
—María no viene conmigo.
—Vamos, don Federico, os chanceáis. No puede ser.
—Lo que no puede ser, señor duque, es que yo permanezca aquí.
—¿La razón?
—¡Ah!, no me la preguntéis, porque no puedo decirla.
—No puedo concebir una sola—dijo el duque—que sea bastante a justificar semejante locura.
—Bien imperiosa debe de ser—respondió Stein—la que me pone en el caso de tomar este partido extremo.
—Pero... amigo Stein, ¿qué razón es esa?
—Debo callarla, señor.
—¿Qué debéis callarla?—exclamó el duque, cada vez más atónito.
—Así lo creo—dijo Stein—; y este deber me priva del único consuelo que me quedaba, el de poder desahogar mi corazón en el del noble y generoso mortal que me abrió su manos poderosas y se dignó llamarme su amigo.
—¿Y adónde vais?
—A América.
—Eso es imposible, Stein; lo repito, ¡es imposible!—exclamó el duque, levantándose en un estado de agitación que crecía por momentos—. Nada puede haber en el mundo que os obligue a abandonar vuestra mujer, a separaros de vuestros amigos, a desertar de vuestro empleo y a dejar plantada vuestra clientela, como podría hacerlo un tarambana. ¿Tenéis ambición? ¿Os han prometido mayores ventajas en América?
Stein sonrió amargamente.
—¡Ventajas, señor duque! ¿No ha sobrepujado la fortuna todas las esperanzas que pudo haber soñado vuestro pobre compañero de viaje?
—Me confundís—dijo el duque—. ¿Es capricho? ¿Es un rapto de locura?
Stein callaba.
—De todos modos—añadió el duque—, es una ingratitud.
Al oír esta palabra cruel y tierna al mismo tiempo, Stein se cubrió el rostro con las manos y su dolor largo rato comprimido estalló en hondos sollozos.
El duque se acercó a él, le tomó la mano y le dijo:
—No hay indiscreción en desahogar sus penas en el corazón de un amigo, ni puede existir deber alguno que prohíba a un hombre recibir los consejos de las personas que se interesan en su bienestar, particularmente en las circunstancias graves de la vida. Hablad, Stein. Abridme vuestro corazón. Estáis harto agitado para obrar a sangre fría; vuestra razón está demasiado ofuscada para poder aconsejar cuerdamente. Sentémonos en este diván. Abandonaos a mis consejos en una circunstancia que parece de trascendencia, como yo me abandonaría a los vuestros, si me hallara en el mismo caso.
Stein se dio por vencido; sentóse cerca del duque y los dos quedaron por algún tiempo en silencio. Stein parecía ocupado en buscar el modo de hacer la declaración que exigía la amistad del duque. Por fin, levantando pausadamente la cabeza.
—Señor duque—le dijo—, ¿qué haríais si la señora duquesa os prefiriese a otro hombre?..., ¿si os fuera infiel?
El duque se puso en pie de un salto, erguida la frente y mirando severamente a su interlocutor.
—Señor doctor, esa pregunta...
—Respondedme, respondedme—dijo Stein, cruzando las manos en actitud de un hombre profundamente angustiado.
—¡Por Cristo Santo!—dijo el duque—, ¡ambos morirían a mis manos!
Stein bajó la cabeza.
—Yo no los mataré—dijo—; ¡pero me dejaré morir!
El duque empezó entonces a columbrar la verdad, y un temblor que no pudo contener recorrió sus miembros.
—¡María!...—exclamó al fin.
—María—respondió Stein sin levantar la frente, como si la infamia de su mujer fuese un peso que se la oprimiera.
—¡Y la habéis sorprendido!—dijo el duque, pudiendo apenas pronunciar estas palabras, con una voz que la indignación ahogaba.
—En una verdadera orgía—respondió Stein—, tan licenciosa como grosera, en que el vino y el tabaco servían de perfume y en que el torero Pepe Vera se jactaba de ser su amante. ¡Ah María, María!—prosiguió, cubriéndose el rostro con las manos.
El duque, que como todos los hombres serenos tenía un gran imperio sobre sí mismo, dio algunas vueltas por el aposento. Parándose después delante de su pobre amigo, le dijo:
—Partid, Stein.
Stein se levantó, apretó entre sus manos las del duque; ¡quiso hablar, y no pudo!
El duque le abrió sus brazos.
—Valor, Stein—le dijo—; y hasta la vista.
—¡Adiós, y... para siempre!—murmuró Stein, arrojándose fuera del cuarto.
Cuando el duque estuvo solo, se paseó largo rato. A medida que se calmaba la agitación producida por la terrible sorpresa que se había apoderado de su alma al oír la revelación de Stein, se iba asomando a sus labios la sonrisa del desprecio. El duque no era uno de esos hombres de torpes inclinaciones, estragados y vulgares, para los cuales los desórdenes de la mujer, lejos de ser motivo de desvío y repugnancia, sirven de estimulante a sus toscos apetitos. En su temple elevado, altivo, recto y noble, no podían albergarse juntos el amor y el desprecio; los sentimientos más delicados, al lado de los más abyectos.
El desprecio iba, pues, sofocando en su corazón todo afecto, como la nieve apaga la llama del holocausto en el altar en que arde. Ya no existía para él la mujer a quien había cantado en sus versos y que en sus sueños le había seducido.
«¡Y yo—decía—, yo que la adoraba como se adora a un ser ideal; que la honraba como se honra a la virtud; que la respetaba como debe respetarse a la mujer de un amigo!... ¡Y yo, que enteramente absorto en ella, me alejaba de la noble mujer, que fue mi primero, mi único amor!... ¡La casta, la pura madre de mis hijos! ¡Mi Leonor, que todo lo ha sobrellevado en silencio y sin quejarse!»
Por un movimiento repentino, y cediendo al influjo poderoso de sus últimas reflexiones, el duque salió de su gabinete y se encaminó a las habitaciones de su mujer. Entró en ellas por una puerta secreta. Al aproximarse a la pieza en que la duquesa solía a pasar el día, oyó hablar y pronunciar su nombre. Entonces se detuvo.
—¿Conque se ha hecho invisible el duque?—decía una voz agridulce—. Hace quince días que he llegado a Madrid y no sólo no se ha dignado venir a verme mi querido sobrino, sino que no le he visto en ninguna parte.
—Tía—respondió la duquesa—, puede ser que no sepa vuestra llegada.
—¡No saber que la marquesa de Gutibamba ha llegado a Madrid! No es posible, sobrina. Sería la única persona de la corte que lo ignorase. Además, me parece que has tenido sobrado tiempo para decírselo.
—Es verdad, tía; soy culpable de ese olvido.
—Pero no hay que extrañarlo—continuó la voz agridulce—. ¿Cómo ha de gustar de mi sociedad, ni de las personas de su clase, cuando todo el mundo dice que no trata más que con cómicas?
—Es falso—respondió con sequedad la duquesa.
—O eres ciega—dijo la marquesa exasperada—o eres consentidora.
—Lo que no consentiré jamás—dijo la duquesa—, es que la calumnia venga a hostilizar a mi marido aquí, en su misma casa y a los oídos de su mujer.
—Mejor harías—continuó la voz—perdiendo mucho en lo dulce y ganando mucho en lo agrio, en impedir que tu marido diese lugar a lo mucho que se habla en Madrid sobre su conducta, que en defenderlo, alejando de aquí a todos tus amigos, con esas asperezas y repulsivas sentencias que sin duda tienes prevenidas por orden de tu confesor.
—Tía—respondió la duquesa—, mejor haríais en consultar al vuestro, sobre el lenguaje que ha de usarse con una mujer casada, sobrina vuestra.
—Bien está—dijo la Gutibamba—; tu carácter austero, reservado y metido en ti, te priva ya del corazón de tu marido y acabará por alejar de ti a todos tus amigos.
Y la marquesa salió muy satisfecha de su peroración.
Leonor se quedó sentada en su sofá, inclinada la cabeza y humedecido su hermoso y pálido rostro con las lágrimas que por largo tiempo había logrado contener.
De repente se volvió dando un grito. Estaba en los brazos de su marido. Entonces estallaron sus sollozos; pero sus lágrimas eran dulces. Leonor conocía que aquel hombre, siempre franco y leal, al volver a ella le restituía un corazón y un amor sincero que ya nadie le disputaba.
—¡Leonor mía! ¿Querrás y podrás perdonarme?—dijo, dejándose caer de rodillas ante su mujer.
Esta selló con sus lindas manos los labios de su marido.
—¿Vas a echar a perder lo presente con el recuerdo de lo pasado?—le dijo.
—Quiero—dijo el duque—que sepas mis faltas, juzgadas por el mundo con demasiada severidad, mi justificación y mi arrepentimiento.
—Hagamos un pacto—dijo la duquesa interrumpiéndole—. No me hables nunca de tus faltas y yo no te hablaré nunca de mis penas.
En este momento entró Ángel corriendo. El duque y la duquesa se separaron por un movimiento pronto y simultáneo, porque en España, en donde el lenguaje es libre por demás, delante de los niños y los jóvenes hay una extremada reserva en las acciones.
—¿Llora mamá?, ¿llora mamá?—gritó el niño, poniéndose colorado y llenándosele los ojos de lágrimas—. ¿La habéis reñido, papá Carlos?
—No, hijo mío—respondió la duquesa—. Lloro de alegría.
—¿Y por qué?—preguntó el niño, en cuyo rostro la sonrisa había sucedido inmediatamente a las lágrimas.
—Porque mañana sin falta—respondió el duque, tomándole en brazos y acercándose a su mujer—salimos todos para nuestras posesiones de Andalucía, que tu madre desea ver, y allí seremos felices como los ángeles en el cielo.
El niño lanzó un grito de alegría, enlazó con un abrazo el cuello de su padre y con el otro el de su madre, acercando sus cabezas y cubriéndolas sucesivamente de besos.
En aquel instante se abrió la puerta y dio entrada al marqués de Elda.
—Papá marqués—gritó su nieto—, mañana nos vamos todos.
—¿De veras?—preguntó el marqués a su hija.
—Sí, padre—respondió la duquesa—; y una sola cosa falta a mi contento, y es que queráis acompañarnos.
—Padre—dijo el duque—, ¿podéis negar algo a vuestra hija, que sería una santa si no fuera un ángel?
El marqués miró a su hija, en cuyo rostro brillaba un gozo intenso; después al duque, que ostentaba la más pura satisfacción. Entonces una tierna sonrisa suavizó la austeridad natural de su semblante, y acercándose a su yerno:
—¡Venga acá esa mano—le dijo—; y cuenta conmigo!
Capítulo XXIX
María, indispuesta desde antes de ir a la cena, había empeorado y tenía calentura a la mañana siguiente.
—Marina—dijo a su criada, después de un inquieto y breve sueño—, llama a mi marido, que me siento mala.
—El amo no ha vuelto—respondió Marina.
—Habrá estado velando algún enfermo—dijo María ¡Tanto mejor! Me recetaría una cáfila de cosas y de remedios y yo los aborrezco.
—Estáis muy ronca—dijo Marina.
—Mucho—respondió María—, y es preciso cuidarme. Me quedaré hoy en cama y tomaré un sudorífico. Si viene el duque, le dirás que estoy dormida. No quiero ver a nadie. Tengo la cabeza loca.
—¿Y si viene alguien por la puerta falsa?
—Si es Pepe Vera, déjale entrar, que tengo que decirle. Echa las persianas y vete.
Salió la criada y a los pocos pasos volvió atrás, dándose un golpe en la frente.
—Aquí—dijo—hay una carta que el amo ha dejado a Nicolás para entregárosla.
—Vete a paseo con tu carta—dijo María—; aquí no se ve y además quiero dormir. ¿Qué me dirá? Me indicará el sitio donde le llama el deber. ¿Qué se me da a mí de eso? Deja la carta sobre la cómoda y vete de una vez.
Algunos minutos después volvió a entrar Marina.
—¡Otra te pego!—gritó su ama.
—Es que el señor Pepe Vera quiere veros.
—Que entre—dijo María, volviéndose con prontitud.
Entró Pepe Vera, abrió las persianas para que entrase la luz, se echó sobre una silla sin dejar de fumar, y mirando a María, cuyas mejillas encendidas y cuyos ojos hinchados indicaban una seria indisposición.
—¡Buena estás!—le dijo—. ¿Qué dirá Poncio Pilatos?
—No está en casa—respondió María cada vez más ronca.
—Tanto mejor; y quiera Dios que siga andando, como el judío errante, hasta el día del juicio. Ahora vengo de ver los toros de la corrida de esta tarde. ¡Ya nos darán que hacer los tales bichos! Hay uno negro que se llama Medianoche, que ya ha matado un hombre en el encierro.
—¿Quieres asustarme y ponerme peor de lo que estoy?—dijo María—. Cierra las persianas, que no puedo aguantar el resplandor.
—¡Tonterías!—replicó Pepe Vera—. ¡Puros remilgos! No está aquí el duque para temer que te ofenda la luz, ni el matasanos de tu marido, para temer que entre un soplo de aire y te mate. Aquí huele a pachulí, a algalia, a almizcle, a cuantos potingues hay en la botica. Esas porquerías son las que te hacen daño. Deja que entre el aire y que se oree el cuarto, que esto te hará provecho. Dime, prenda, ¿irás esta tarde a la corrida?
—¿Acaso estoy capaz de ir?—respondió María—. Cierra esa ventana, Pepe. No puedo soportar esa luz tan viva ni ese aire tan frío.
Al decir estas palabras, se levantó él, y abrió de par en par la ventana.
—Y yo—dijo Pepe—no puedo soportar tus dengues.
Lo que tienes es poco mal y bien quejado. ¡Adiós, no parece sino que vas a echar el alma! Pues señá de la media almendra, voy a mandar hacer el ataúd y después a matar a Medianoche, brindándoselo a Lucía del Salto, que se pondrá poco hueca en gracia de Dios.
—¡Dale con esa mujer!—exclamó María, incorporándose con un gesto de rabia—. ¿No dicen que se iba con un inglés?
—¿Qué se había de ir a aquellas tierras, donde no se ve el sol sino por entre cortinas y donde se duerme la gente en pie?—dijo el torero.
—Pepe, no eres capaz de hacer lo que dices. ¡Sería una infamia!
—La infamia sería—dijo Pepe Vera, plantándose delante de María con los brazos cruzados—que cuando yo voy a exponer mi vida, en lugar de estar tú allí para animarme con tu presencia, te quedases en tu casa, para recibir al duque con toda libertad, bajo el pretexto de estar resfriada.
—¡Siempre el mismo tema!—dijo María—. ¿Note basta haber estado espiando oculto en mi cuarto, para convencerte por tus mismos ojos de que entre el duque y yo no hay nada? Sabes que lo que le gusta en mí es la voz, no mi persona. En cuanto a mí, bien sabes...
—¡Lo que yo sé—dijo Pepe Vera—es que me tienes miedo!, ¡y haces bien, por vida mía! Pero Dios sabe lo que puede suceder, quedándote sola y segura de que no puedo sorprenderte. No me fío de ninguna mujer; ni de mi madre.
—¡Miedo yo!—replicó María—¡Yo!
Pero sin dejarla hablar, Pepe Vera continuó:
—¿Me crees tan ciego que no vea lo que pasa? ¿No sé yo que le estás haciendo buena cara, porque se te ha puesto en el testuz que ese desaborido de tu marido tenga los honores de cirujano de la reina, como acabo de saberlo de buena tinta?
—¡Mentira!—gritó María con toda su ronquera.
—¡María! ¡María! No es Pepe Vera hombre a quien se da gato por liebre. Sábete que yo conozco las mañas de los toros bravos como las de los toros marrajos.
María se echó a llorar.
—Sí—dijo Pepe—, suelta el trapo, que ese es el Refugium peccatorum de las mujeres. Tú te fías del refrán «mujer, llora y vencerás». No, morena; hay otro que dice «en cojera de perro y lágrimas de mujer, no hay que creer». Guarda tus lágrimas para el teatro, que aquí no estamos representando comedias. Mira lo que haces: si juegas falso, peligra la vida de un hombre. Conque, cuenta con lo que haces. Mi amor no es cosa de recetas ni de décimas. Yo no me pago de hipíos, sino de hechos. En una palabra, si no vas esta tarde a los toros, te ha de pesar.
Diciendo esto, Pepe Vera se salió de la habitación.
Estaba a la sazón combatido por dos sentimientos de una naturaleza tan poderosa, que se necesitaba un temple de hierro para ocultarlos, como él lo estaba haciendo, bajo la exterioridad más tranquila, el rostro más sereno y la más natural indiferencia. Había examinado los toros que debían correrse aquella tarde; jamás había visto animales más feroces. Había concebido preocupación extraordinaria hacia uno de ellos, achaque que suele ser común entre los de su profesión, que se creen salvos y seguros si de aquel libran bien, sin cuidarse de los demás de la corrida.
Además, estaba celoso; ¡celoso él, que no sabía más que vencer y recibir aplausos! Le habían dicho que le estaban burlando, y dentro de pocas horas iba a verse entre la vida y la muerte, entre el amor y la traición. Así lo creía al menos.
Cuando salió Pepe Vera de la alcoba de María, esta desgarró las guarniciones bordadas de las sábanas; riñó ásperamente a Marina, lloró; después se vistió, mandó recado a una compañera de teatro y se fue con ella a los toros.
María, temblando con la fiebre y con la agitación, se colocó en el asiento que Pepe Vera le había reservado.
El ruido, el calor y la confusión aumentaron la desazón que sentía María. Sus mejillas siempre pálidas, estaban encendidas; un ardor febril animaba sus negros ojos. La rabia, la indignación, los celos, el orgullo lastimado, la ansiedad, el terror y el dolor físico se esforzaban en vano por arrancar una queja, un suspiro, de aquella boca tan cerrada y apretada como el sepulcro.
Pepe Vera la vio. En su rostro se bosquejó una sonrisa, que no hizo en María la menor impresión, como si resbalase en su aspecto glacial, debajo del cual su vanidad herida juraba venganza.
El traje de Pepe Vera era semejante al que sacó en la corrida de que en otra parte hemos hecho mención, con la diferencia de ser el raso verde y las guarniciones de oro.
Ya se había lidiado un toro, y lo había despachado otro primer espada. Había sido bueno, pero no tan bravo como habían creído los inteligentes.
Sonó la trompeta; abrió el toril su ancha y sombría boca, y salió un toro negro a la plaza.
—¡Ese es Medianoche!—gritaba el gentío—. Medianoche es el toro de la corrida; como si dijéramos, el rey de la función.
Medianoche, sin embargo, no salió de carrera, cual salen todos, como si fuesen a buscar su libertad, sus pastos, sus desiertos. Él quería, antes de todo, vengarse; quería acreditar que no sería juguete de enemigos despreciables; quería castigar. Al oír la acostumbrada gritería que lo circundaba, se quedó parado.
No hay la menor duda de que el toro es un animal estúpido. Pero con todo, sea que la rabia sea poderosa a aguzar la más torpe inteligencia, o que tenga la pasión la facultad de convertir el más rudo instinto en perspicacia, ello es, que hay toros que adivinan y se burlan de las suertes más astutas de la tauromaquia.
Los primeros que llamaron la atención del terrible animal fueron los picadores. Embistió al primero y le tiró al suelo. Hizo lo mismo con el segundo sin detenerse y sin que la pica bastase a contenerle ni hiciese más que herirle ligeramente. El tercer picador tuvo la misma suerte que los otros.
Entonces el toro, con las astas y la frente teñidas en sangre, se plantó en medio de la plaza, alzando la cabeza hacia el tendido, de donde salía una gritería espantosa, excitada por la admiración de tanta bravura.
Los chulos sacaron a los picadores a la barrera. Uno tenía una pierna rota y se le llevaron a la enfermería. Los otros dos fueron en busca de otros caballos. También montó el sobresaliente; y mientras que los chulos llamaban la atención del animal con las capas, los tres picadores ocuparon sus puestos respectivos, con las garrochas en ristre.
Dos minutos después de haberlos divisado el toro, yacían los tres en la arena. El uno tenía la cabeza ensangrentada y había perdido el sentido. El toro se encarnizó en el caballo, cuyo destrozado cuerpo servía de escudo al malparado jinete.
Entonces hubo un momento de lúgubre terror.
Los chulillos procuraban en vano, y exponiendo sus personas, distraer la atención de la fiera; mas ella parecía tener sed de sangre y querer saciarla en su víctima. En aquel momento terrible un chulo corrió hacia el animal y le echó la capa a la cabeza para cegarle. Lo consiguió por algún instante; pero el toro sacó la cabeza, se desembarazó de aquel estorbo, vio al agresor huyendo, se precipitó en su alcance, y en su ciego furor, pasó delante, habiéndole arrojado al suelo. Cuando se volvió, porque no sabía abandonar su presa, el ágil lidiador se había puesto en pie y saltado la barrera, aplaudido por el concurso con alegres aclamaciones. Todo esto había pasado con la celeridad del relámpago.
El heroico desprendimiento con que los toreros se auxilian y defienden unos a otros, es lo único verdaderamente bello y noble en estas fiestas crueles, inhumanas, inmorales, que son un anacronismo en el siglo que se precia de ilustrado. Sabemos que los aficionados españoles y los exóticos como el vizconde de Fadièse, montados siempre medio tono más alto que los primeros, ahogarán nuestra opinión con sus gritos de anatema. Por esto nos guardamos muy bien de imponerla a otros y nos limitamos a mantenernos en ella. No la discutimos ni sostenemos, porque ya lo dijo San Pablo con su inmenso talento: «Nunca disputéis con palabras, porque para nada sirve el disputar»; y Mr. Joubert afirma también «que el trabajo de la disputa excede con mucho a su utilidad».
El toro estaba todavía enseñoreándose solo, como dueño de la plaza. En la concurrencia dominaba un sentimiento de terror. Pronunciábanse diversas opiniones: los unos querían que los cabestros entrasen en la plaza y se llevasen al formidable animal, tanto para evitar nuevas desgracias, como a fin de que sirviese para propagar su valiente casta. A veces se toma esta medida; pero lo común es que los toros indultados no sobrevivan a la inflamación de sangre que adquirieron en el combate. Otros querían que se le desjarretase para poder matarle sin peligro. Por desgracia, la gran mayoría gritaba que era lástima, y que un toro tan bravo debía morir con todas las reglas del arte.
El presidente no sabía qué partido tomar. Dirigir y mandar una corrida de toros no es tan fácil como parece. Más fácil a veces es presidir un cuerpo legislativo. En fin, lo que acontece muchas veces en estos, sucedió en la ocasión presente. Los que más gritaban, pudieron más; y quedó decidido que aquel poderoso y terrible animal muriese en regla y dejándole todos sus medios de defensa.
Pepe Vera salió entonces armado a la lucha. Después de haber saludado a la autoridad, se plantó delante de María y la brindó el toro.
Él estaba pálido; María, encendida, y los ojos saltándosele de las órbitas. Su aliento salía del pecho agitado, como el ronco resuello del que agoniza. Echaba el cuerpo adelante, apoyándose en la barandilla y clavando en ella las uñas. María amaba a aquel hombre joven y hermoso, a quien veía tan sereno delante de la muerte. Se complacía en un amor que la subyugaba, que la hacía temblar, que le arrancaba lágrimas, porque ese amor brutal y tiránico, ese cambio de afectos profundos, apasionados y exclusivos, era el amor que ella necesitaba; como ciertos hombres de organización especial, en lugar de licores dulces y vinos delicados, necesitan el poderoso estimulante de las bebidas alcohólicas.
Todo quedó en el más profundo silencio. Como si un horrible presentimiento se hubiese apoderado de las almas de todos los presentes, oscureciendo el brillo de la fiesta, como la nube oscurece el del sol.
Mucha gente se levantó y se salió de la plaza.
El toro, entre tanto, se mantenía en medio de la arena con la tranquilidad de un hombre valiente que, con los brazos cruzados y la frente erguida, desafía arrogantemente a sus adversarios.
Pepe Vera escogió el lugar que le convenía, con su calma y desgaire acostumbrados y señalándoselo con el dedo a los chulos:
—¡Aquí!—les dijo.
Los chulos partieron volando, como los cohetes de un castillo de pólvora. El animal no vaciló un instante en perseguirlos. Los chulos desaparecieron. El toro se encontró frente a frente con el matador.
Esta formidable situación no duró mucho. El toro partió instantáneamente y con tal rapidez, que Pepe Verano pudo prepararse. Lo más que pudo hacer, fue separarse para eludir el primer impulso de su adversario. Pero aquel animal no seguía, como lo hacen comúnmente los de su especie, el empuje que les da su furioso ímpetu. Volvióse de repente, se lanzó sobre el matador como el rayo y le recogió ensartado en las astas: sacudió furioso la cabeza y lanzó a cuatro pasos el cuerpo de Pepe Vera, que cayó como una masa inerte.
Millares de voces humanas lanzaron entonces un grito, como sólo hubiera podido concebirlo la imaginación de Dante; un grito que desgarraba las entrañas: hondo, lúgubre, prolongado.
Los picadores se echaron con sus caballos y garrochas sobre el toro, para impedir que recogiese a su víctima.
Los chulos, como bandada de pájaros, le circundaron también.
—¡Las medialunas!, ¡las medialunas!—gritó la concurrencia entera. El alcalde repitió el grito.
Salieron aquellas armas terribles y el toro quedó en breve desajarretado; el dolor y la rabia le arrancaban espantosos bramidos. Cayó por fin muerto, al golpe del puñal que le clavó en la nuca el innoble cachetero.
Los chulos levantaron a Pepe Vera.
—¡Está muerto!—tal fue el grito que exhaló unánime el brillante grupo que rodeaba al desventurado joven, y que de boca en boca subió hasta las últimas gradas, cerniéndose sobre la plaza a manera de fúnebre bandera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Transcurrieron quince días después de aquella funesta corrida.
En una alcoba, en que se veían todavía algunos muebles decentes, aunque habían desaparecido los de lujo; en una cama elegante, pero cuyas guarniciones estaban marchitas y manchadas, yacía una joven pálida, demacrada y abatida. Estaba sola.
Esta mujer pareció despertar de un largo y profundo sueño. Incorporóse en la cama, recorriendo el cuarto con miradas atónitas. Apoyó su mano en la frente, como si quisiese fijar sus ideas, y con voz débil y ronca dijo:
—¡Marina!—entró entonces no Marina, sino otra mujer, trayendo una bebida que había estado preparando.
La enferma la miró.
—¡Yo conozco esa cara!—dijo con sorpresa.
—Puede ser, hermana—respondió la que había entrado, con mucha dulzura—. Nosotras vamos a las casas de los pobres como a las de los ricos.
—Pero ¿dónde está Marina? ¿Dónde está?—dijo la enferma.
—Se ha huido con el criado, robando cuanto han podido haber a las manos.
—¿Y mi marido?
—Se ha ausentado sin saberse adónde.
—¡Jesús!—exclamó la enferma, aplicándose las manos a la frente.
—¿Y el duque?—preguntó después de algunos instantes de silencio—. Debéis conocerle, pues en su casa fue donde creo haberos visto.
—¿En casa de la duquesa de Almansa? Sí, en efecto, esa señora me encargaba de la distribución de algunas limosnas. Se ha ido a Andalucía con su marido y toda su familia.
—¡Conque estoy sola y abandonada!—exclamó entonces la enferma, cuyos recuerdos se agolpaban a su memoria, siendo los primeros los más lejanos, como suele suceder al volver en sí de un letargo.
—¿Y qué? ¿No soy yo nadie?—dijo la buena hermana de la caridad, circundando con sus brazos a María—. Si antes me hubieran avisado, no os hallaríais en el estado en que os halláis.
De repente salió un ronco grito del dolorido pecho de la enferma.
—¡Pepe!..., ¡el toro!... ¡Pepe!..., ¡muerto!..., ah!
Y cayó sin sentido en la almohada.
Capítulo XXX
Seis meses después de los sucesos referidos en el último capítulo, la condesa de Algar estaba un día en su sala en compañía de su madre. Ocupábase en adornar con cintas y en probar a su hijo un sombrero de paja.
Entró el general Santa María.
—Ved, tío—dijo—, qué bien le sienta el sombrero de paja a este ángel de Dios.
—Le estás mimando que es un contento—repuso el general.
—No importa—intervino la marquesa—. Todas mimamos a nuestros hijos, que no por eso dejan de ser hombres de provecho. No te mimó poco nuestra madre, hermano, lo cual no te ha impedido ser lo que eres.
—Mamá, dame un bizcocho—dijo con media lengua el niño.
—¿Qué significa eso de tutear a su madre, señor renacuajo?—dijo el general—. No se dice así; se dice: «Madre, ¿quiere usted hacerme el favor de darme un bizcocho?»
El niño se echó a llorar, al oír la voz áspera de su tío. La madre le dio un bizcocho a hurtadillas y sin que el general lo viese.
—Es tan chico—observó la marquesa—que todavía no sabe distinguir entre el tú y el usted.
—Si no lo sabe—replicó el general—, se le enseña.
—Pero tío—dijo la condesa—, yo quiero que mis hijos me tuteen.
—¡Cómo, sobrina!—exclamó el general—. ¿También quieres tú entrar en esa moda que nos ha venido de Francia, como todas las que corrompen las costumbres?
—Conque ¿el tuteo entre padres e hijos corrompe las costumbres?
—Sí, sobrina; como todo lo que contribuye a disminuir el respeto, sea lo que fuere. Por esto me gustaba la antigua costumbre de los grandes de España, que exigían el tratamiento de excelencia a sus hijos.
—El tuteo, que pone en un pie de igualdad, que no debe existir entre padres e hijos, no hay duda que disminuye el respeto—dijo la marquesa—. Dicen que aumenta el cariño; no lo creo. ¿Acaso, hija mía, me habrías amado más si me hubieras tuteado?
—No, madre—dijo la condesa, abrazándola con ternura—, pero tampoco os hubiera respetado menos.
—Siempre has sido tú una hija buena y dócil—dijo el general—, y las excepciones no prueban nada. Pero vamos a otra cosa. Traigo a ustedes una noticia que no podrá menos de serles grata. La hermosa corbeta «Iberia», procedente de La Habana, acaba de llegar a Cádiz; conque mañana es probable que demos un abrazo a Rafael. ¡Qué afortunado es ese muchacho! Apenas nos escribe que tenía ganas de volver a la Península, cuando se le presenta la ocasión que deseaba y el capitán general le envía de vuelta con pliegos importantes.
Aún estaban la marquesa y la condesa expresando la alegría que esta noticia les causaba, cuando se abrió la puerta y Rafael Arias se precipitó en los brazos de sus parientas, estrechándolas repetidas veces entre los suyos, y la mano al general.
—¡Cuánto me alegro de verte, mi bueno, mi querido Rafael!—decía la condesa.
—¡Jesús!—añadió la marquesa—; ¡gracias a Nuestra Señora del Carmen que estás de vuelta! Pero ¿qué necesidad tenías, con un buen patrimonio, de ir a pasar la mar, como si fuera un charco? Apuesto a que te has mareado.
—Eso es lo de menos, porque es mal pasajero—respondió Rafael—; pero tuve otro mal que empeoraba de día en día, y era el ansia por mi patria y por las personas de mi cariño. No sé si es porque España es una excelente madre o porque nosotros los españoles somos buenos hijos, lo cierto es que no podemos vivir sino en su seno.
—Es por lo uno y por lo otro, mi querido sobrino; por lo uno y por lo otro—repitió con una sonrisa de gran satisfacción el general.
—¡Es La Habana país muy rico!, ¿no es verdad, Rafael?—preguntó la condesa.
—Sí, prima—respondió Rafael—; y sabe serlo, como una gran señora que es. Su riqueza no es como la del que se enriqueció ayer, que a manera de torrentes, corre, se precipita y pasa, haciendo gran estrépito. Allí la opulencia mana blandamente y sin ruido, como un río profundo y copioso, que deriva sus aguas de manantiales permanentes. Allí la riqueza está en todas partes, y sin necesidad de anunciarse con ostentación, todo el mundo la ve y la siente.
—Y las mujeres, ¿te han gustado?—preguntó la condesa.
—Regla general—contestó Rafael—: todas las mujeres me gustan en todas partes. Las jóvenes porque lo son; las viejas porque lo han sido; las niñas porque lo serán.
—No generalices tanto la cuestión, Rafael; precísala.
—Pues bien, prima; las habaneras son unos preciosos lazzaronis femeninos, cubiertas de olán y de encajes cuyos zapatos de raso son adornos inútiles de los pequeñísimos miembros a que están destinados, puesto que jamás he visto a una habanera en pie. Cantan hablando como los ruiseñores, viven de azúcar como las abejas y fuman como las chimeneas de vapor. Sus ojos negros son poemas dramáticos, y su corazón, un espejo sin azogar. El drama lúgubre y horripilante no se hizo para aquel gran vergel, en donde pasan las mujeres la vida recostadas en sus hamacas, meciéndose entre flores, aireadas por sus esclavas con abanicos de plumas.
—¿Sabes—dijo la condesa—que la voz pública anunció que te ibas a casar?
—Esa señora doña Voz pública, mi querida Gracia, se arroga hoy el lugar que ocupaban antes los bufones en las cortes de los reyes. Como ellos, dice todo lo que se le antoja, sin cuidarse de que sea cierto; así pues, doña Voz pública ha mentido, prima.
—Pues decía más—añadió la condesa riéndose—. Le daba a tu futura dos millones de duros de dote.
Rafael se echó a reír.
—Ya caigo en la cuenta—dijo—; en efecto, el capitán general tuvo la idea de endosarme esa letra de cambio.
—¿Y qué tal era mi presunta prima?
—Fea como el pecado mortal. Su espaldilla izquierda se inclinaba decididamente hacia la oreja del mismo lado, y la derecha, por el contrario, demostraba el mayor alejamiento por la oreja su vecina.
—¿Y qué respondiste?
—Que no me gustaban las píldoras ni aun doradas.
—Mal hecho—dijo el general.
—Mal hecho era su torso, señor.
—Y más sabiendo—dijo la condesa—que...—No acabó la frase al notar que una expresión penosa, como de amargo recuerdo, se había esparcido en la abierta y franca fisonomía de su primo.
—¿Es feliz?—preguntó.
—Cuanto es posible serlo en este mundo—respondió la condesa—. Vive muy retirada, sobre todo desde que se han presentado síntomas de hallarse en estado de buena esperanza, según la expresión alemana de que servía don Federico, expresión harto más sentida, y menos meliflua que la inglesa de estado interesante, a la cual hemos dados carta de connaturalización...
—Con el ridículo espíritu de extranjerismo y de imitación que vive y reina—añadió el general—, y el pésimo gusto que los inspira y dirige. ¿Por qué no ha de decirse clara y castizamente embarazo o preñez, en lugar de esas ridículas y afectadas frases traducidas? Lo mismo hacéis que hacían los franceses en el siglo pasado cuando representaban con polvos y tontillos a las diosas del paganismo.
—¿Y él?—preguntó Arias.
—Cambiado enteramente, desde que se casó y se reconcilió con su cuñado. Este es el que le dirige en todo. Ahora labra por sí sus haciendas, aconsejado por mi marido, con el que pasa semanas enteras en el campo. En fin, es el niño mimado de la familia, donde ha sido recibido como el hijo pródigo.
—He aquí por qué—observó el general—nuestro sensato proverbio dice: «Más vale malo conocido, que bueno por conocer.»
—¿Y Eloísa?—tornó a preguntar Arias.
—Esa es una historia lamentable—dijo la condesa—. Se casó en secreto con un aventurero francés que se decía primo del príncipe de Rohan, colaborador de Dumas, enviado por el barón Taylor para comprar curiosidades artísticas, y que por desgracia se llamaba Abelardo. Ella encontró en su nombre y en el de su amante la indicación de su unión marcada por el destino. En él vio un hombre que era al mismo tiempo literato, artista y de familia de príncipes, y creyó haber encontrado el ser ideal que había visto en sus dorados ensueños. A sus padres, que se oponían a aquella unión, los miraba como tiranos de melodrama, de ideas atrasadas y sumisos en el oscurantismo...
—Y en el españolismo—añadió el general en tono de ironía—. Y la señorita ilustrada, nutrida de novelas y de poesías lloronas, se unió con aquel gran bribón, casado ya dos veces, como después lo supimos. Pasados algunos meses, y después de haber gastado todo el dinero que ella le llevó, la abandonó en Valencia, adonde fue a buscarla su desventurado padre, para traerla deshonrada, ni casada, ni viuda, ni soltera. Ved ahí, sobrinos míos, adónde conduce el extranjerismo exagerado y falso.
—Rafael, tú habrías podido ahorrarle sus desgracias—dijo la condesa.
—¡Yo!—exclamó su primo.
—Sí, tú—continuó Gracia—. Tú sabes muy bien cuánto te estimaba y cuánto precio daba a tu opinión.
—Sí—dijo el general—, porque merecías la de los extranjeros.
—Hablando de otra cosa, ¿qué es de nuestro punto de admiración, el insigne A. Polo de Mármol de los Cementerios?—preguntó Arias.
—Se ha metido a hombre político—respondió Gracia.
—Ya lo sé—dijo Rafael—; ya sé que ha escrito una oda contra el trono bajo el seudónimo de la Tiranía.
—¡Pobre tiranía!—dijo el general—; de árbol caído todos hacen leña: ¡ya recibió la coz del asno!
—Ya sé—prosiguió Rafael—que escribió otro poema contra las preocupaciones, contando entre ellas el presagio fatal que se atribuye al número 13, la infalibilidad del papa, el vuelco de un salero y la fidelidad conyugal.
—¡Vaya, Rafael!—exclamó la condesa riéndose—, que no ha dicho nada de eso.
—Si no son las mismas palabras—dijo Rafael—, tal es poco más o menos el espíritu de aquella obra maestra, la cual será clasificada por la opinión...
—Entre las polillas que están carcomiendo esta sociedad—dijo el general—. ¡Cuando esté destruida veremos con qué la reemplazan!
—Además—prosiguió Rafael—, ya sé que nuestro A. Polo ha compuesto una sátira (se sentía inclinado a este género, y hace mucho tiempo que sintió brotar en su cabeza los cuernos de Marsías), una sátira, digo, contra la hipocresía, en la cual dice que es un rasgo de hipocresía reclamar el pago de la asignación del clero, de los exclaustrados y de las monjas.
—Pues bien, sobrino—dijo el general—, con esas bellas composiciones hizo bastantes méritos para que le recibiesen de colaborador en un periódico de oposición.
—Ya caigo—dijo Rafael—, y adivino lo que sucedió, porque es una farsa que se representa todos los días. Cortó la pluma a guisa de mandíbula asnal y, armado con ella, atacó a los filisteos del poder.
—Lo has acertado como un profeta—dijo el general—. No sé cómo se ha ingeniado; lo cierto es que en el día le tienes hecho un personaje: con dinero, rebosando buen tono y reventando da forte.
—Estoy seguro—dijo Rafael—que va a ponerse otro nombre más, A. Polo de Mármol de Carrara; y que, sin dejar de escribir contra la nobleza y las distinciones, solicita y obtiene algún cargo honorífico de la corte, como, por ejemplo, Caballerizo mayor del Parnaso. Y al duque, ¿le encontraré en Madrid?
—No, pero podrás verle al pasar por Córdoba, donde se halla con toda su familia.
—El duque ha tomado por fin mi consejo—dijo el general—; se ha separado de la vida pública. Todas las personas de importancia deben en estos tiempos retirarse a sus tiendas, como Aquiles.
—Pero tío—dijo Rafael—, ese es el modo de que todo se lo lleva la trampa.
—Dicen—continuó la condesa—que el duque se ha dedicado enteramente a la literatura. Está componiendo algo para el teatro.
—Apuesto a que el título de la pieza será La cabra tira al monte —dijo Rafael en voz baja a la condesa.
Aludía esto a los amores de María con Pepe Vera, que todo el mundo sabía menos aquellos dos hombres, tan parciales de María que nunca pudo ni la nobleza del uno ni la buena fe del otro sospechar algo malo en ella.
—Calla, Rafael—repuso su prima—. Debemos hacer con nuestros amigos lo que hicieron los buenos hijos de Noé con su padre.
—¿Qué dice?—preguntó la marquesa.
—Nada, madre—respondió la condesa—; habla de la pieza sin haberla leído.
—¿Y Marisalada?—pregunto Rafael—, ¿ha subido al Capitolio en un carro de oro puro, tirado por aficionados?
—Ha perdido la voz—respondió la condesa—, de resultas de una pulmonía. ¿Lo ignorabas?
—Tan ajeno estaba de ello—respondió Rafael—, que le traigo magníficas proposiciones de ajuste para el teatro de La Habana. Pero ¿en qué ha venido a parar?
—Ya que no puede cantar—dijo el general—, seguirá probablemente el consejo de la hormiga de la fábula, aprenderá a bailar.
—O lo que es más probable—dijo la condesa—, estará llorando sus faltas y la pérdida de su voz.
—Pero ¿dónde está?—repitió con instancia Rafael.
—No lo sé—respondió la condesa—, y lo siento, porque quisiera ofrecerle consuelos y socorros si los necesita.
—Guárdalos para quien los merezca—dijo el general.
—Todos los desgraciados los merecen, tío—repuso la condesa.
—Bien dicho, hija mía—dijo en tono sentido su madre—. Haz bien y no mires a quién. Haz mal y guardarte has, como dice el refrán.
—Insisto en preguntar dónde se halla—continuó Rafael—, porque le traigo una carta.
—¡Una carta! ¿Y de quién?
—De su marido.
—¿Le has visto?—preguntó con interés la condesa. ¿Pues no decían que estaba en Alemania?
—No es cierto. Se embarcó en el mismo buque que nosotros, para La Habana. ¡Qué mudado estaba, y cuán desgraciado era! ¡Estoy seguro de que no le habríais conocido; pero siempre tan suave, tan condescendiente, tan bueno! Poco tiempo después de nuestra llegada, murió de la fiebre amarilla.