¿No era este un lenguaje completamente desconocido para las dos mujeres?
¡Y qué lenguaje tan bello!
Por primera vez en su vida se veia la madre adulada con tanta delicadeza y tan ingeniosamente.
No hay nadie invulnerable á la adulacion.
¿Cómo despedia con dureza al hombre que se mostraba tan atento y tan cortés?
Esto hubiera sido una grosería, esto era indigno de una señora.
Movióse de un lado para otro la madre de Paquita como si el asiento estuviera lleno de alfileres.
No sabia qué decir.
Quiso hablar, y la lengua no la obedeció.
Para disimular apeló al recurso de toser, sacar el pañuelo y limpiarse la boca.
Alfredo, á quien las respuestas le interesaban muy poco, siguió hablando.
No hay para qué repetir sus palabras, pues basta decir que manifestó el vivo deseo de sostener con ellas cariñosas relaciones.
Con mucha habilidad y gran disimulo hizo comprender que la desigualdad de fortunas no podia ser un inconveniente, pues él no miraba más que las virtudes, y todo lo más los antecedentes en cuanto á la clase de educacion de cada persona.
La cándida madre acabó por escuchar encantada al hábil seductor.
Paquita sintió lo que siente la paloma cuando se ve perseguida por el gavilan: estaba fascinada; pero su fascinacion era dulce y agradable hasta lo inconcebible.
Así pasaron otra hora, que fué para ellas un minuto.
Salieron los tres del café, y paso entre paso fueron hasta la calle de San Lorenzo, que era donde habitaban las dos mujeres.
La madre habló largamente de su esposo, que era un empleado antiguo, que no habia podido pasar de seis mil reales de sueldo á pesar de su aplicacion y su honradez.
—Todo eso se arregla fácilmente,—dijo Alfredo con indiferencia.
Lo cual equivalia á declararse protector del padre de Paquita.
Además del matrimonio, habia, pues, un ascenso en el horizonte.
Lo que esto es para un empleado de poca categoría, no lo comprenden sino los que lo son.
Siguió hablando la madre y culpó á su marido de encontrarse tan atrasado en su carrera.
—Con su carácter,—decia,—no puede suceder otra cosa. Le prometen, no le cumplen, y él se queda impasible. Trabaja mucho, no pide nada y nunca le ocurre hablar mal de sus jefes, de lo cual resulta que ni le tienen miedo, ni lo respetan, y hasta lo miran con desden. Si yo estuviera en su pellejo, otro gallo nos cantaria. Mil veces le he dado consejos para que se meta en política, porque así es únicamente como se medra; pero ni siquiera ha querido ser miliciano, y cuando llegan las elecciones va como un borrego á votar por quien sus jefes le mandan. No sirve mi marido más que para una cosa, para una no más, para quemarme la sangre con su cachaza. Mire usted qué suerte le esperaria á mi pobre Paca si yo no estuviera en el mundo.
—Señora, no todas las criaturas tienen el talento de usted, su energía, su grandeza de alma. Si esta señorita se parece á usted...
—Es mi retrato, usted lo verá.
—No del todo, mamá,—se apresuró á decir Paquita,—porque tu carácter violento...
—Señorita,—interrumpió Alfredo,—usted confunde la rara energía de su mamá con lo que puede llamarse genio irascible, y debe usted tener en cuenta la diferencia de situaciones, de circunstancias...
—Eso es, las circunstancias,—dijo la madre.
Llegaron á la casa.
Alfredo les prometió una visita, rogando lo pusiesen á las órdenes del señor don Pascual Bonacha, que este era el nombre del padre de Paquita, y añadiendo que desde luego podian entregarle una nota en que se expresaran las vicisitudes del antiguo empleado.
Despidiéronse.
Dió Alfredo algunos pasos, detúvose, y vió cómo las dos mujeres abrian la puerta, encendian un fósforo y desaparecian.
El trastorno de Paquita habia llegado al último punto.
—¿Y qué dirás ahora?—le preguntó á su madre.
—Confieso que me habia equivocado. Es todo un caballero. ¡Y qué lenguaje tan fino! ¡Y cómo comprende las cosas á media palabra que se le diga!... Ya lo has visto, me reconoce talento, me hace justicia... Pues ¿y el ascenso?... Es un hombre como hay pocos. Te felicito, hija mia, y bien puedes hacer de manera que no te se escape, porque si pierdes esta ocasion, no encontrarás otra. Cuida mucho de ocultar los pícaros defectos que tienes, porque si se apercibe de ellos, todo se perderá.
—¿Y en qué consisten mis defectos?
—Lo sabes demasiado bien.
Don Pascual dormia profundamente como la noche anterior.
Paquita arregló su cama despues que hubieron cenado con la jícara de chocolate, segun costumbre.
¡Qué dulce debia ser su sueño!
No temia que se le escapase el novio, porque ella se creia con sobrados encantos y con habilidad sobrada para retenerlo.
A la mañana siguiente limpió y arregló la jóven el aposento como mejor pudo, y se vistió con más esmero que nunca.
Don Pascual, que era un hombre de escasa estatura, bastante grueso, de abultado abdómen y de temperamento linfático, escuchó, mientras sonreia cándidamente, el relato de lo sucedido la noche anterior.
No dió muestras de pesar ni de alegría, de agrado ni de disgusto, ni dijo más que...
—Bueno.
Semejante frialdad, segun siempre sucedia, hizo montar en cólera á su mujer; pero el buen marido, sin enfadarse, sin alterarse en lo más leve, se puso á escribir la nota, rompiendo con mucha calma la primera, porque no le pareció bien, haciendo lo mismo con la segunda y utilizando al fin la tercera.
Luego se puso su levita y su sombrero, tomó su baston, y salió para ir á su oficina á cumplir sus deberes.
¿Iria aquel mismo dia Alfredo?
Paquita suponia que sí; pero su madre lo dudaba.
La jóven acertó, pues á las dos de la tarde resonó la campanilla, abrió la madre y se encontró frente á frente con el aristocrático calavera.
El gavilan estaba ya en el nido de la paloma.
CAPÍTULO IV
Turbaciones.
La esposa de don Pascual sintió como si le hiciesen cosquillas en todo su cuerpo, y ni vió, ni oyó, ni acertó á darse clara cuenta de lo que sentia.
Quiso saludar al caballero, y no hizo más que tartamudear algunas palabras incoherentes; quiso dejarle el paso libre, y se lo estorbó, y pensando abrir más la puerta, la cerró violentamente y tan fuera de tiempo, que cogió uno de los faldones de la levita del calavera.
Quiso este adelantar y no pudo, porque se encontraba preso, y tuvo que retroceder y quedar inmóvil, diciendo mientras sonreia dulcemente:
—Perdone usted, señora, pero...
—¡Perdonar!... ¿Y de qué?... La visita de usted nos honra... Pase usted, pase usted...
—Es que...
—Con franqueza, pues á mí me desagradan los cumplimientos.
—A mí tambien; pero es el caso que no puedo moverme.
Cuando una persona se ofusca, es difícil hacerle recobrar la calma, y mucho más difícil devolver la lucidez á su entendimiento.
En todo pensó la esposa de don Pascual ménos en que habia cogido con la puerta el faldon de la levita del amoroso pretendiente, y suponiendo que este habia sentido repentinamente alguna indisposicion, dijo:
—Si se ha puesto usted malo, tendrá cuanto necesite.
—Estoy bien...
—Si alguna urgente necesidad...
—Señora.
—Parece que está usted violento, y la verdad, lo que más me hace sufrir es que no hable usted con franqueza, porque nosotras somos muy francas.
Difícilmente contenia su impaciencia Alfredo.
No podia volverse para abrir la puerta y quedar libre, porque su levita se hubiera roto, y no le importaba el valor de la prenda, sino la situacion ridícula en que debia quedar.
Las preguntas, contestaciones y réplicas acabaron por poner en gran cuidado á Paquita, y no pudiendo contenerse, corrió y se presentó á su amante, diciendo con voz angustiosa:
—¡Dios mio!... ¿Pero qué sucede?... Pierde usted las fuerzas, no puede negarlo...
—Lo que pierdo es la paciencia,—interrumpió Alfredo, que quiso terminar aquella escena aun á trueque de renunciar á su amorosa conquista.—Si no me muevo, es porque no puedo moverme... Abran ustedes la puerta, y se lo agradeceré como el más señalado favor.
—¡Abrir la puerta!—exclamó la madre de Paquita con acento de sorpresa profunda.—¿Pues por qué piensa usted irse apenas ha puesto el pié en nuestra pobre casa?
—Señora, estoy preso...
—¡Preso!...
—Mi levita...
—¿Qué quiere usted decir?... Aquí no aprisionamos á nadie, á nadie violentamos...
—Mire usted, mire usted,—dijo desesperadamente el calavera.
Y al mismo tiempo llevó una mano hácia el dorso de su vientre para llamar la atencion al punto que le presentaba el obstáculo.
Este movimiento se prestaba á interpretaciones que no tenemos para qué mencionar.
Paquita bajó los ojos, y haciendo un esfuerzo consiguió ponerse colorada como un tomate.
La madre arrugó el entrecejo.
Supuso que Alfredo se burlaba de ellas, llevando su audacia hasta el punto de traspasar los límites de la decencia.
Y Alfredo era digno de lástima en aquellos momentos críticos, pues de espaldas contra la pared y junto al marco de la puerta, no podia mover más que los brazos.
—¿Y qué hemos de ver ahí?—preguntó la madre con severo tono y aludiendo á las señas que el aristocrático jóven acababa de hacer.
—Mi levita, mi levita,—gritó por fin el calavera.
Aún no entendieron las dos mujeres; pero quiso la casualidad que llamasen otra vez, y abriendo la esposa de don Pascual, quedó Alfredo libre, y libre tambien quedó el paso para el aguador.
—¡Gracias á Dios ó al diablo!—exclamó el jóven.
Y enseñó arrugado y medio destrozado el faldon de su levita.
—¡Ah!—exclamó la madre.
—Eres torpe, mamá, muy torpe,—dijo Paquita.—¿Qué pensará este caballero de nosotras?... Ahora no creerá que tienes mucho talento, pues lo que acaba de suceder...
—Esto no es nada,—dijo Alfredo, que bien pronto recobró la calma.—Una casualidad... y tal vez la torpeza es mia, por no haberme explicado bastante bien.
—Jesús, estoy sofocada y...
—Olvidemos lo que no merece la pena de mencionarse.
Quiso la madre de Paquita remediar la falta, y corrió en busca de un cepillo para quitar el polvo que habia quedado en la levita.
Alfredo se dejó limpiar, porque estaba convencido de que era lo mejor que podia hacer.
Entraron en la sala, donde no habia más muebles que una mesa con tapete de hule, algunas sillas con asiento de paja y un pequeño espejo.
Paquita, que era de esas criaturas nécias hasta el punto de avergonzarse de la pobreza, como si la pobreza fuera un crímen, cometió la insigne tontería de decir que si la casa se encontraba en tan humilde estado, consistia en que se estaba renovando el mueblaje y los adornos, y se habian puesto provisionalmente aquellas sillas.
Con toda su alma estaba convencida la jóven de que Alfredo creeria que aquella pobreza era transitoria, interina, pudiera decirse.
Aseguró el calavera que él tenia su habitacion amueblada, poco más ó ménos, lo mismo, y con esto quedaron las dos mujeres completamente tranquilas.
Dióse principio á la conversacion, hablando Paquita de lo desagradable que le era pasar el verano en Madrid, y quejándose de su padre, porque no queria pedir un par de meses de licencia para llevarla siquiera á San Sebastian, ya que no fuese á Biarritz ó las pintorescas montañas de Suiza.
—Yo pasaria la vida viajando,—decia la jóven con tono sentimental.—En unos sitios admiraria la naturaleza, en otros estudiaria el arte, y por donde quiera se me presentarian ocasiones para observar y apreciar las costumbres.
—¿No le agrada á usted la vida de Madrid?—preguntó Alfredo.
—En invierno, no más que en invierno.
—¿Es usted aficionada á la música?
—¡Ah!... ¡La música!... Es el lenguaje del alma... Y los grandes artistas... Verdi, Rossini... La Penco, Tamberlikc...
—¿Te olvidas de Arderíus y Caltañazor, que nos han dado tan buenos ratos?—interrumpió la madre.
—Mamá, tú no entiendes de eso.
—¡Que no entiendo!... ¿Pues no tengo ojos para ver todo lo que hacen en la Bella Elena y en los Dioses del Olimpo? ¿Y la zarzuela Por seguir á una mujer? ¿Y la otra de Los Magiares, donde sale aquel soldadote que no habla, y Caltañazor se presenta vestido de fraile? Pues tú bien te reias, y luego estabas á todas horas aturdiéndome con la cancion de la punta del pié.
Paquita hubiera querido ser basilisco para aniquilar á su madre con una mirada.
—Perdone usted,—le dijo Alfredo;—pero yo tengo el mismo gusto que su mamá, y por una vez que voy á la ópera, voy diez á los bufos.
—Lo único que me desagrada,—repuso la esposa de don Pascual,—son los trajes de las suripantas.
—A mí tambien; pero no las miro, y así todo se remedia.
—Pues yo,—añadió Paquita,—tengo pasion por la música alemana, y por eso hablo de Verdi y de Rossini.
Mucho tuvo que esforzarse Alfredo para no soltar la carcajada al oir á Paquita; pero si esta decia desatino tras desatino, no era por eso ménos interesante su belleza, pues sus palabras nada tenian que ver con sus miradas de fuego y los demás hechizos con que habia querido dotarla la naturaleza.
Si era tonta, mucho mejor, y si nécia, bien merecia duro castigo por su culpa.
Lo mismo que de música, habló la jóven de comedias, de novelas y hasta de política, y no hay que decir que de su boca salian tantos disparates como palabras.
Despues de media hora, pidió el calavera la nota relativa á la situacion de don Pascual.
Se la entregaron, la leyó y la guardó.
Llamaron otra vez.
—Con permiso de usted,—dijo la madre de Paquita.
Y salió para abrir.
—Ayer mismo se fué la criada,—dijo la jóven,—y esperábamos una que no ha venido.
¿Quién visitaba á las señoras de Bonacha?
Era Juanito, que se presentó, saludó como mejor pudo y se sentó.
Paquita cumplió su deber, haciendo la presentacion mútua de los dos caballeros.
A los pocos minutos despidióse el seductor, prometiendo ocuparse del asunto que expresaba la nota, y como luego Juanito mostrase extrañeza por haber encontrado allí á una persona de tan elevada clase, la esposa de don Pascual le dijo ásperamente:
—¿Pues qué habia usted creido, que no conociamos más que gente pobre, como la que hace la tertulia á doña Robustiana? Pues se habia usted equivocado.
A Juanito no se le ocultó que Paquita y Alfredo se miraban con cierto interés, y entonces se arrepintió de no haber seguido los consejos de la viuda casamentera.
Si Paquita tenia novio, tenia un atractivo más.
¡Sabrosa fruta del cercado ajeno!
No estaba Juanito enamorado de Paca, y sin embargo sintióse despechado y muy cerca de los celos.
Derrotar al jóven aristócrata era un imposible.
¿Cómo habia de competir un pobre diablo con un capitalista?
Y sobre todo, en caso de rivalidad era posible que el capitalista se enfadase y que quisiese llevar la cuestion á un terreno que á Juanito le hacia temblar.
Disimuló el pobre como mejor pudo, tragó saliva, dirigió algunas frases irónicas á la jóven, y se fué.
No le quedaba más consuelo, más desahogo que la murmuracion, y apenas llegó la noche fué á casa de la viuda, y en plena reunion dió la noticia de los amores de Paca.
Hiciéronse comentarios que no queremos repetir.
Doña Robustiana acarició su gato mientras decia:
—No me agrada ese asunto.
Doña Cecilia, agitando el abanico como si estuviera sofocada, exclamó:
—¡Quién habia de pensarlo!... Verdad es que Paquita, como tiene el pico tan suelto y mueve los ojos con tanta habilidad... En fin, ya lo ves, Adela, para que una mujer haga fortuna, es menester que sea desvergonzada.
—¡Jesús!—murmuró la niña mofletuda.
Y bajó los ojos, aunque bien pronto los levantó para cruzar con Eduardo una mirada tiernísima.
Al tahur le pareció conveniente dar aquella misma noche el paso decisivo, y si dudó algunos momentos, sus vacilaciones terminaron al decirle doña Robustiana:
—Deje usted pasar algunos dias, y se quedará á la luna de Valencia, lo mismo que Juanito.
—Antes la muerte,—respondió Eduardo con trágica entonacion.
—Y para que no peque usted de ignorancia, le advierto que hay moros en la costa.
—¡Señora!...
—Lo dicho.
—Esta misma noche pasaré el Rubicon, y si no triunfo como César, moriré como el caballero Bayardo, sin volver la espalda al enemigo.
—No entiendo eso; pero me parece bien, y puesto que está usted tan decidido, le proporcionaré la ocasion, haciendo que los unos se distraigan con la música, y entreteniendo yo á doña Cecilia.
—¡Cuánto le debo á usted, doña Robustiana!
—Recompensada me consideraré si consiguen ustedes ser dichosos.
Dispuso la viuda que se tocase el piano y ella se sentó al lado de doña Cecilia, mientras que por una hábil maniobra, y perdónesenos la palabra, quedaba Eduardo al lado de Adela.
Podian hablar los dos jóvenes con todo descuido, puesto que su voz debia quedar ahogada por el ruido del armonioso instrumento.
Adela pareció temerosa de no encontrarse junto á su mamá, aunque la verdad es que aquella evolucion le habia parecido muy agradable.
Bajó los ojos, fijando la mirada en el abanico, y esperó sin articular una sílaba y como el reo que en presencia de su juez aguarda la sentencia.
Eduardo quiso probar una vez más que sabia representar admirablemente su papel, y despues de exhalar tres suspiros, que gradualmente fueron más lánguidos, exclamó:
—¡Adela, Adela!...
Hubiérase dicho que la voz se ahogaba en su garganta, ó lo que es igual, que se le atragantaba el amor y que no podia salirle del pecho para comunicarlo á la sensible jóven.
Esta se estremeció, y bajando más la cabeza, murmuró dolientemente:
—¡Eduardo!...
—Si todo lo que se siente pudiera expresarse, si cuando el corazon, abrasado y destrozado, y el alma... ¡Oh!... perdone usted, Adela... estoy trastornado, estoy loco.
—¡Ay!...
—Sufro mucho, Adela.
—¡Que sufre usted!—replicó la robusta jóven, levantando al fin la cabeza y mirando al tahur.
—¿Es posible que usted no lo haya comprendido?
—¡Ay!—volvió á decir Adela.
—No puedo más, no puedo más...
—¡Eduardo!...
—Tal vez para terminar mi vida vengo en busca de la luz de los ojos de usted, como la mariposa que busca la llama donde ha de abrasarse; pero la muerte es preferible á mi situacion, porque la muerte es el descanso, es el olvido...
—¡La muerte!... ¿Pero está usted loco?
—Loco estoy, sí, ya lo he dicho.
—¡Ay!...
—Y la culpa es de la negra fatalidad que me persigue, la negra fatalidad contra la que es inútil toda lucha. Ya sé que usted no me ama, y que para otro más feliz guardará el tesoro de sus encantos, de sus hechizos arrebatadores; el tesoro de sus virtudes y de su angelical ternura...
—No, no.
—Pero quiero salir de dudas, quiero sucumbir de una vez bajo el peso de la espantosa realidad que me espera.
Adela se movió con señales de gran desasosiego.
Suspiró una y otra vez, abrió y cerró el abanico, y al fin exclamó:
—¡Dios mio!...
—Pronuncie usted la sentencia.
—Pero...
—Pronúnciela usted... ¡oh!... las vacilaciones de usted son demasiado elocuentes; usted no me ama, no es usted dueña de su corazon...
—Se equivoca usted...
—Pues si otro dichoso mortal no ha encendido en su pecho la llama inextinguible de una pasion...
—Le digo que se equivoca.
—No me ama usted, Adela.
—¡Ay!... sí.
—¡Ah!... venga la muerte, venga todo...
—No hable usted de cosas tan tristes...
—¡Me ama usted!... ¿Es posible tanta dicha? ¿No estoy soñando? ¿No he perdido la razon?
—Pero mamá...
—No será tan cruel que me destroce el alma.
—Déjeme usted sosegarme, se lo suplico.
—¡Dejarla!...
—Nos miran...
—¿Y qué me importa?
—Luego murmurarán...
—No pueden decir sino que nos amamos, que somos felices.
No tenemos para qué seguir repitiendo las palabras de los dos amantes.
Adela consiguió despues de algunos minutos recobrar la calma, y Eduardo hizo una pintura de su amor, llegando hasta el último punto de la sublimidad y prometiendo escribir aquella misma noche unos versos que expresasen su dicha y los goces infinitos que le aguardaban en union de la hermosa rubia.
Una hora despues volvió Adela al lado de su madre, y esta le preguntó:
—¿Qué te ha dicho?
—¡Ay, mamá!
—¿Se ha explicado al fin?
—¡Qué feliz soy!
—Ahora no se dará importancia Paquita y nada tendrás que envidiarle.
—Con el amor de Eduardo no hay nada que envidiar á ninguna mujer. ¡Cuánta ternura, cuánta delicadeza!... Y dice que quiere que nos casemos en seguida, muy pronto.
—Te casarás antes que Paquita, yo te lo prometo.
—Jura que no puede vivir así, y yo... ¡Ay!
Aquella noche cenó más que nunca la mofletuda niña, porque la felicidad abre el apetito; pero lo que no consiguió fué soñar como Paquita soñaba, porque no era tan nerviosa como esta.
Al dia siguiente, todas sus amigas supieron que el matrimonio debia realizarse en un breve plazo.
Juanito llevó la noticia á la morada de don Pascual.
Paquita escuchó desdeñosamente, y dijo con ironía:
—Me alegraré que Dios los haga felices.
Doña Robustiana estaba loca de contenta, porque habia conseguido hacer un matrimonio más.
La única persona que sufria era Juanito, porque no podia resignarse á que la hija de don Pascual se casase con Alfredo.
Si le hubiera sido posible, habria estorbado semejante casamiento, y si se le presentaba la ocasion para hacerlo así, no debia dejarla pasar.
Los celos trastornan, y Juanito debia cometer más de una locura que lo pusiese en grandísimo apuro.
La situacion de todos iba á cambiar en breve.
CAPÍTULO V
El protector.
¡Cuán dulcemente pasaron los dias para las dos parejas de enamorados!
Sin sentir se resbalaban las horas entre delicias inagotables, y la felicidad hubiera sido completa para aquellas cuatro criaturas, si á dos de ellas no les robase el sosiego un temor, que hasta cierto punto era bien fundado.
Tenia miedo Eduardo de que se descubriesen los misterios de su vida y que no se realizase el casamiento que de la noche á la mañana debia hacerlo rico, permitiéndole disfrutar de la vida como hasta entonces no habia disfrutado.
Paquita tambien temia que Alfredo se arrepintiese ó se desencantase y le volviese la espalda, pues aun le parecia mentira que se casase con ella un hombre como aquel.
Así trascurrió una semana, y Alfredo se presentó, sacando un papel, entregándolo á la madre de Paquita y diciendo:
—Ya se ha hecho justicia á su esposo de usted.
—¿Qué es esto?
—La credencial que esta mañana me ha enviado el ministro. No ha hecho todo lo que le pedí; pero formalmente me ha prometido que lo hará en un breve plazo.
—No somos ambiciosos, y con el ascenso á ocho mil reales estamos satisfechos.
—¡Ocho mil reales!—replicó desdeñosamente Alfredo.—Yo no hubiera aceptado jamás esa miseria para el padre de la mujer á quien amo.
Estas palabras produjeron un efecto indescriptible.
A la madre le hizo temblar la alegría.
La hija tomó el papel y leyó, dejando escapar un grito de sorpresa al ver que á su padre, en lugar de un ascenso, se le daban tres, ó lo que es igual, doce mil reales, duplicando así el sueldo que tenia.
Esto era demasiado.
La esposa de don Pascual se sintió trastornada hasta el punto de que tuvo que beber agua y vinagre, y Paquita dirigió al calavera palabras de gratitud y miradas de fuego.
Aquellas dos infelices acababan de esclavizarse.
La jóven se creia feliz, y nunca habia sido tan desdichada, puesto que acababa de perder el último resto de fuerza moral que le quedaba para poner á salvo su pureza.
¿Qué podia negar Paquita á su amante?
Si este se mostraba demasiado exigente, ella tendria que ceder á todo, pues otra cosa podia parecer una ingratitud.
Ya no necesitaba más Alfredo para terminar en pocos dias su obra.
Cuando don Pascual volvió á su casa y vió la credencial, desplegó una sonrisa y dijo cándidamente:
—Me alegro.
—Todo esto,—gritó su esposa,—me lo debes á mí.
—No lo dudo.
—Y á tu pobre hija.
—Lo reconozco así.
—Y me parece que ahora no tendrás inconveniente en pedir una licencia para que pasemos el calor fuera de Madrid.
—¿Y qué adelantaremos con tener la licencia? Para viajar se necesita dinero, y no ignoras...
—El dinero se busca, se pide.
—¿A quién?
—A un prestamista.
—Nos harian pagar de interés el ciento por ciento.
—¿Y qué importa si se han duplicado nuestros recursos?
—Si los gastamos así, nos quedaremos como estábamos.
Don Pascual hablaba juiciosamente; pero de nada le sirvió, porque entre la madre y la hija lo aturdieron, obligándole á que al fin prometiese acudir á un prestamista.
No terminó aquel dia sin que la esposa y la hija de don Pascual fuesen á visitar á todos sus amigos, para participarles el feliz suceso.
¡Doce mil reales!
Ni siquiera habian podido soñar tanta fortuna.
Si don Pascual abrigaba alguna duda en cuanto á la elevada posicion y á la gran influencia de Alfredo, disipóse completamente al ver que en pocos dias y con poquísimo trabajo, habia conseguido lo que para cualquier pobre empleado debia parecer un imposible.
El calavera era ya como el ángel bueno para la familia Bonacha.
Cuando hablaba era escuchado con respeto profundo, y si se tomaba la libertad de dar algun consejo, se ponia inmediatamente en práctica, pues de no hacerlo así hubiera parecido inferir una grave ofensa al generoso protector.
Tampoco se adoptaba resolucion alguna sin conocer la opinion del calavera.
Tanto respeto, tanta sumision, debilitó algunas veces el valor de Alfredo para consumar el abuso con que intentaba coronar su obra.
¿No era una cobardía herir mortalmente á los que no podian luchar ni oponer la más leve resistencia?
Así lo pensó el depravado jóven alguna vez; pero discurriendo torpemente, creyó que retroceder era una cobardía.
Paquita habia sido ya objeto de las burlas y de las conversaciones de Alfredo, con sus amigos.
Ella no sospechaba nada de esto, sino que creia que representaba un gran papel.
¿A quién debia exigirse la responsabilidad de las desgracias que amenazaban á la familia de don Pascual?
A este le parecia que su esposa y su hija iban por mal camino; pero le faltó el valor para oponerse á las contínuas locuras que las dos mujeres intentaban.
Paquita, sin conocimiento del mundo, ni mucho ménos del corazon humano, se habia dejado deslumbrar, habia soñado imposibles, y con la tranquilidad de su ignorancia habíase colocado en la resbaladiza pendiente que debia conducirla al abismo.
No sabia la infeliz, con cuánta facilidad se desprestigia una mujer, y tampoco se le alcanzaba cómo es objeto de desprecio y burla cuando ha perdido el prestigio.
Ningun hombre que estimase en algo su dignidad, podia decidirse á ser esposo de la jóven.
Y sin embargo, ella no habia cometido ninguna grave falta, y podia envanecerse con la pureza de su honra.
Empero sobre ella habia caido el ridículo, y esto era lo peor que podia sucederla.
Todos los hombres se creen con derecho para hablar en cierto lenguaje y para atreverse á todo, cuando se trata de una de esas infelices que se encuentran en la misma situacion que Paquita.
¿Quién respeta á la que no sabe hacerse respetar?
No basta que una mujer sea virtuosa, es preciso que sea digna, porque la dignidad es lo que infunde respeto.
Y la dignidad no está reñida con la pobreza.
A los ricos se les perdona todo fácilmente, mientras que á los pobres no se les perdona nada.
Por eso los pobres tienen que mirar más cuidadosamente lo que hacen.
Una mujer rica puede siempre abrigar la esperanza de hacerse estimar por su dinero y por su elevada posicion; pero las pobres que carecen de estos recursos, ¿qué les queda si olvidan el decoro?
Hablaron las dos mujeres al calavera del sacrificio que habian exigido de don Pascual.
Alfredo dió otra prueba más de entendimiento y astucia, diciendo que el padre de Paquita pensaba cuerdamente, pues no siempre conviene hacer lo que se desea, sino lo que debe hacerse, y siguiendo sobre este punto la conversacion, acabó por decir:
—Yo tampoco, señora, podré salir de Madrid este año.
—En ese caso nos quedamos,—se apresuró á responder Paquita.
—No se quedarán ustedes, porque me complacerán aceptando lo que ya he querido ofrecerles más de una vez.
—Caballero...
—No imaginen ustedes que voy á poner mi bolsillo á su disposicion; pero sí mi casa de recreo en las cercanías de Hortaleza. El sitio es delicioso, y me parece que se encontrarán ustedes allí muy bien. Al mismo tiempo me prestarán ustedes un gran servicio, porque la casa está en un lastimoso abandono y los criados que hay allí hacen lo que se les antoja. Yo podré ir á visitarlas á ustedes casi todos los dias, y así no me privaré de la dicha de verlas.
La proposicion era deslumbradora.
Alfredo probó, como dos y dos son cuatro, que la madre y la hija tendrian allí cuanto necesitasen, sin que esto representase para él ningun sacrificio.
Las señoras de Bonacha no necesitaban dinero para hacer este viaje, y don Pascual podria muy bien pasarse solo una temporada, aprovechando los domingos para ir á dar un abrazo á su esposa y á su hija.
Sintió esta que el alma le retozaba alegremente en el cuerpo, y le costó mucho trabajo disimular la turbacion de su inmenso júbilo.
A la madre le parecia tambien delicioso habitar en una casa magnífica, y estar servida por un ejército de criados y tener todas las comodidades que tienen los ricos.
¿Por qué habia de morirse sin disfrutar todo esto?
Su marido jamás habia de proporcionárselo, y era una tontería desaprovechar la ocasion.
Respondieron que no mil veces; pero se dejaron convencer, y al fin aceptaron como si quisieran dar una prueba de gratitud.
Apenas se fué Alfredo, entregóse Paquita á los trasportes de su júbilo, y se ocupó en revisar y arreglar su pobre equipaje.
Cuando don Pascual supo lo que sucedia, hizo un gesto de desagrado.
—¿No te parece bien?—le preguntó su esposa.
—Tanto me disgusta lo mucho como lo poco.
—Está visto, has nacido para ser pobre, y todo lo grande te asusta.
—Me parece que nuestra modesta posicion...
—Calla, Pascual, y no digas tonterías... Pues qué, ¿no somos tan señoras como la primera? Siempre estás haciéndote el humilde, y por eso no has medrado, ni medrarás.
—La humildad nada tiene que ver con que mi hija vaya á vivir precisamente á la casa de su novio, porque el mundo siempre piensa mal, y puede suceder...
—El novio se queda en Madrid.
—No importa.
—Y sobre todo, no podemos hacer un desaire al hombre á quien le debemos toda nuestra fortuna. ¿Qué sucederia si se enfadase? Nuestra hija perderia el más brillante porvenir, y tendria que resignarse á ser esposa de un hambriento como Juanito, si es que alguno queria casarse con ella.
Lo mismo que siempre, á don Pascual le faltó el valor para oponerse á los deseos de su mujer y de su hija.
Tres dias despues se despidieron de doña Robustiana y sus amigos, y á las diez de la mañana siguiente se detuvo un lujoso faeton á la puerta de la casa de don Pascual.
El faeton era de Alfredo.
Un criado con librea subió para decir á las señoras que el carruaje esperaba.
Se bajó el equipaje, que se encerraba todo en un cofre de respetable antigüedad.
Paquita estaba ataviada vistosamente, y su madre se habia puesto el mejor de sus vestidos.
Don Pascual iba y venia por la habitacion sin pronunciar una palabra.
Llegó el momento feliz.
Bajaron los tres.
Las dos mujeres se acomodaron en el carruaje, con asombro de los vecinos, que las contemplaban y hacian toda clase de comentarios.
Don Pascual tenia que ir á su oficina.
El faeton se puso en movimiento, y desapareció en pocos instantes.
Exhaló un triste suspiro el infeliz Bonacha.
Sentia oprimido el corazon.
Su instinto no le engañaba.
¡Pobre Paquita!
Caras habian de costarle sus necedades.
CAPÍTULO VI
Juanito representa un triste papel.
Juanito estaba desesperado, porque habia concluido por enamorarse ciegamente de Paquita.
A todas horas se le veia triste y meditabundo, y en vano doña Robustiana intentó consolarlo, abriéndole camino para un nuevo amor.
Pasaron los dias y las semanas con una lentitud horrible para el jóven.
Hay un refran que dice: «Bien vengas mal, si vienes solo.»
El refran debia cumplirse, y una mañana, al presentarse en su oficina, supo Juanito que estaba cesante.
El golpe no podia ser más terrible.
Habia perdido el objeto de su amor, y perdia tambien su empleo, que era lo mismo que perder la comida, puesto que no tenia otro recurso para vivir.
El fingido calavera quedó anonadado.
Le perseguia la más negra fatalidad, mientras que la fortuna sonreia á la mujer que lo miraba desdeñosamente y lo rechazaba con espantosa crueldad.
¿Qué le era posible hacer en tan triste situacion?
Nada tenia que hacer más que acudir á los que otras veces lo habian protegido, para que empleasen su influencia y lo repusiesen en su empleo.
En hacerlo así se ocupó Juanito, y despues de dos semanas consiguió que le diesen una carta, recomendándolo al conde de Romeral, que necesitaba los servicios de un jóven honrado, bien educado y de mediana inteligencia.
No le ofrecian otra cosa á Juanito, y le fué preciso aceptar, pidiéndole á Dios que el conde lo encontrase de su agrado.
Eran las tres de la tarde cuando nuestro jóven, despues de ponerse su corbata más vistosa y sus guantes de color de perla, fué á la suntuosa morada del conde de Romeral.
Tenia este una hija jóven y hermosa, y que debia heredar su título y sus riquezas, y Juanito, pensando como Paquita pensaba, soñando como habia soñado siempre, supuso que era posible que su persona interesase á la hija del conde, en cuyo caso debia considerar hecha su fortuna.
El mes de Agosto corria, y debemos advertir que las señoras de Bonacha debian muy pronto regresar á su humilde vivienda de la calle de San Lorenzo.
Lo que habia sucedido en la deliciosa casa de recreo, lo sabremos despues; pero ahora es preciso que fijemos toda nuestra atencion en el desdichado pretendiente.
—¿El señor conde?—preguntó.
—Tiene visita,—le respondieron.
—No importa, esperaré, porque he de entregarle una carta da su amigo el señor don Pedro de Almendares.
—¡El señor de Almendares!... Eso es otra cosa. Se pasará recado á su excelencia, porque la visita que tiene es de mucha confianza, y tal vez no haya inconveniente para que sea usted recibido.
El criado desapareció, volviendo un minuto despues para decir:
—Pase usted, caballero.
Siguió Juanito al sirviente, y despues de atravesar muchas habitaciones ricamente amuebladas, entró en una donde habia tres personas: el conde, su hija y el amigo de tanta confianza á quien habia aludido el criado.
El conde de Romeral tenia sesenta y cinco años: era de escasa estatura, enjuto de carnes, de rostro aguileño, pálido y enfermizo, y ojos pequeños, redondos y hundidos.
Recostado en un ancho sillon y envuelto en su bata, apenas podia distinguírsele, pues estaba colocado en el sitio más oscuro de la habitacion.
Indolente por carácter y por costumbre, era uno de esos hombres que hacen un gran sacrificio cuando tienen que ocuparse de algun negocio, y aunque para los suyos tenia más servidores de los que en realidad necesitaba, faltábale todavía uno que á todas horas se encontrase á su disposicion y que se ocupase de ciertas pequeñeces en que no podian entender los demás.
No tenia el conde más hijos ni parientes que la bellísima jóven que á su lado se encontraba, y en ella habia concentrado todo su cariño.
El conde de Romeral era un hombre honrado en todos sentidos, y puede decirse que no tenia más defecto que su pereza.
En cuanto á su carácter, presentaba contrastes dignos de mencion, pues mientras unas veces se le veia caer en una melancolía profunda, otras veces hablaba, bromeaba y reia como un niño.
Si se enfadaba, no duraba su arrebato más de medio minuto, y luego parecia muy pesaroso de haberse dejado llevar por la cólera.
Con semejante padre, era la jóven completamente feliz, y ella disponia á su antojo y como absoluta dueña, pues el anciano no queria tomarse la molestia de mandar.
Además de estas cualidades, era el conde muy sencillo, lo mismo en su lenguaje que en sus costumbres, pues á lo único que le daba valor en el mundo era á la honra.
Dotado de un gran fondo de benevolencia, juzgaba favorablemente á todo el mundo, y por consiguiente no habia nada más fácil que engañarlo.
Su hija, que tenia veintidos años, era un verdadero prodigio de belleza, y aunque habia heredado muchos de los nobles sentimientos de su padre, estaba muy lejos de ser tan benévola y tan sencilla como este.
Juanito la contempló admirado mientras saludaba, y al fijar la atencion en la otra persona que se encontraba allí, no pudo el jóven pretendiente contener una exclamacion de sorpresa y de disgusto.
Habia reconocido al dichoso Alfredo, á su odiado rival.
Alfredo saludó ceremoniosamente á Juanito, pero como se saluda á la persona á quien ya se conoce.
Vióse Juanito obligado á corresponder cortésmente al saludo, y el conde, con su llaneza característica, dijo:
—¿Segun veo, se conocen ustedes?
—Sí,—respondió el pretendiente.
Y para que no se le acusase de grosero ó mal educado, añadió:
—Tengo ese honor.
Contentóse Alfredo con hacer un movimiento de cabeza.
El anciano tomó la carta que le presentó Juanito, y con mucha dulzura le dijo que se sentase.
Luego entregó á su hija el papel, mandándole que leyese, so pretexto de que la debilidad de sus ojos no se lo permitia á él.
En aquellos momentos la situacion de Juanito era un tanto peligrosa, y sobre todo muy penosa.
Las veces que por casualidad se habia encontrado con Alfredo en la vivienda de la familia Bonacha, el jóven empleado, siguiendo su costumbre de aparecer el hombre rico y calavera, habló de los muchos recursos con que contaba para vivir desahogadamente, para satisfacer todos sus caprichos y para pagar todas sus locuras.
Y despues de haberse dado tan impremeditadamente los aires de gran señor, solicitaba una ocupacion muy subalterna y mezquinamente retribuida, alegando como título principal la circunstancia de no contar con recursos para atender ni aun á sus más urgentes necesidades.
Todo esto tenia que hacerlo en presencia de Alfredo, que por añadidura era su afortunado rival.
Pensó tambien el infeliz jóven que tal vez valia más que la que llevaba, la recomendacion del aristocrático calavera, y que quizás de este dependia el resultado de la pretension, pues era amigo íntimo del conde y de su hija, y debia ejercer en aquella casa grandísima influencia.
¿Se concibe humillacion igual?
Y Juanito no podia quejarse de la fortuna, puesto que lo que entonces le sucedia era obra suya exclusivamente: eran consecuencias inevitables de la série de necedades y tonterías que habia cometido.
¿No comprenden esto los desdichados que se dejan extraviar?
Alfredo se recostó indolentemente en el sillon que ocupaba, y miró al desdichado Juanito con un si es no es de irónica burla, capaz de hacer perder la paciencia aun al hombre que tuviese tanta calma como don Pascual.
Juanito experimentaba un malestar inexplicable, y era posible que cometiese muchas torpezas.
Alternativamente se ponia su rostro pálido como el de un cadáver, ó colorado como una cereza.
Para colmo de desdichas, la hija del conde tenia que leer en voz alta, y por consiguiente Alfredo se enteraria del contenido de aquella carta, en que se presentaba al pretendiente como á un pobre infeliz en todos sentidos.
Hubiera querido Juanito que en aquellos momentos se lo tragase la tierra, y á serle posible habria recogido aquella carta y renunciado á la colocacion que debia darle de comer.
Nada de esto le hubiera sucedido á presentarse toda su vida modesto, aunque con dignidad y enorgulleciéndose, no con las corbatas de vivos colores y el dinero que no tenia, sino con su honradez y su pobreza.
Clotilde, que así se llamaba la hija del conde, leyó lo siguiente:
«Señor conde de Romeral.
»Mi estimado amigo: El dador, don Juan Gonzalez, es un jóven muy desgraciado, pues acaba de quedar cesante, perdiendo así el único recurso con que contaba para comer. Lo conozco hace algunos años, y de muy buena voluntad lo he protegido en cuanto me ha sido posible, pues así lo merece por sus buenas costumbres y su triste situacion.
»Si usted acepta sus servicios, no creo que se arrepentirá, porque me parece que tiene bastante inteligencia para los asuntos en que usted ha de emplearlo, y con todos sus jefes ha probado ser obediente y discreto.
»Tiene muy buena letra, y conoce bastante bien la ortografía.
»Me intereso mucho por su suerte, y le agradeceré que le dispense su proteccion.
»Ruego á usted haga presente mis cariñosos recuerdos á Clotilde, y usted disponga de su mejor amigo, Q. B. S. M.—Pedro de Almendares.
»P. S. No he visto estos dias á nuestro amigo Alfredo, y por esta razon no he podido rogarle que una su recomendacion á la mia, para que el jóven Gonzalez quede al servicio de usted.»
Este último detalle era un golpe más terrible que ninguno.
Cuando el señor de Almendares hacia mencion de Alfredo, era porque la recomendacion de este tenia muchísima importancia, y ya no podia dudarse de que, si Juanito obtenia el empleo de que tanto necesitaba, lo deberia en gran parte al rival á quien tanto odiaba, al hombre á quien habia querido tratar de potencia á potencia.
El pretendiente no conocia el contenido de la carta, porque esta la habia recibido cerrada: si la hubiese leido, tal vez no la habria entregado.
La sorpresa le aturdió.
Apenas acertaba á darse cuenta de lo que le sucedia, y hubo momentos en que creyó que estaba soñando.
—Vean ustedes una coincidencia bien rara,—dijo el conde.
—Ciertamente,—añadió su hija.
Y dirigió á Saavedra una mirada, que queria decir:
—Decide sobre la suerte de este desgraciado.
Alfredo volvió á cambiar de postura.
Desplegó una dulce sonrisa, y le dijo al conde:
—Ya ha visto usted que este caballero no me es desconocido, y por consiguiente no necesito que me lo recomiende el señor de Almendares. Le agradeceré á usted mucho que lo tome á su servicio, y si por cualquiera razon no le conviene hacerlo así, le hablaré al ministro para que sea nuevamente colocado con un ascenso.
Juanito, para cumplir los deberes que impone la buena educacion, debió dar las gracias á su rival; pero tal era su turbacion, que no pudo articular una silaba.
—Señor Gonzalez,—dijo el conde,—bien puede usted asegurar que es el hombre más afortunado del mundo. Se quedará usted á mi servicio, si es que le conviene, y yo haré por usted cuanto me sea posible. Si prefiere usted una posicion oficial, nuestro amigo Saavedra se la ofrece; pero en esta época de agitacion y revueltas políticas, ningun empleado puede considerarse seguro, aunque cumpla su deber, mientras que en mi casa tendrá usted asegurado su porvenir.
—Gracias, señor conde,—dijo por fin Juanito.
—¿Cuánto sueldo tenia usted?
—Cuatro mil reales.
—Es una miseria, y no comprendo cómo podia usted atender á todas sus necesidades. Bien es verdad, que con su buena conducta ha podido hacer milagros. Yo le hubiera ofrecido á usted doble de lo que tenia; pero ahora le ofrezco triple, es decir, cincuenta duros cada mes, porque tengo la obligacion de complacer al mismo tiempo á dos de mis mejores amigos, al señor de Almendares y al señor de Saavedra. Soy muy caprichoso, como todos los viejos, y á mi hija la sucede casi lo mismo, y para ciertos asuntos, que no tienen más importancia que la que nosotros les damos, es para lo que tenemos necesidad de los servicios de usted. Será usted, como si dijésemos, nuestro secretario íntimo, y si se pasa un mes sin que tenga usted que hacer nada, en cambio llegará un dia que trabaje usted con exceso. ¿Le parece á usted bien? Creo que sí, y por consiguiente nada tenemos que hablar. Mañana vendrá usted á las diez, se instalará en mi despacho, y luego veremos si hay algo que hacer. Lo que mi hija disponga, aunque sea un desatino, está bien dispuesta, y si yo doy una órden y ella otra contraria, hay que obedecer ante todo lo que ella mande, porque si no se enfadaria, y yo no quiero que á mi lado nadie se disguste. Ya irá usted conociendo las interioridades de la casa, y en cuanto á nuestros amigos, le advierto que el señor de Saavedra es el único verdaderamente íntimo, porque sus relaciones con nosotros tienen un carácter y un fin distinto de las relaciones con los demás.
No necesitaba Juanito más explicaciones para comprender que Alfredo amaba á Clotilde y era correspondido con conocimiento y aprobacion del conde.
Hasta cierto punto, era esto muy agradable para el infeliz pretendiente, pues le daba la seguridad de que, más ó ménos tarde, Paquita recibiria un desengaño.
Además, se le presentaba la ocasion de vengarse terriblemente, sin provocar un lance con su rival.
Las heridas abiertas en el amor propio producen vértigos.
Mucho odiaba Juanito á Saavedra; pero su ódio se encendió más y más desde que se vió humillado y representó el más triste de los papeles.
Le atormentaba horriblemente la sola idea de que el pan que habia de comer, se lo debia precisamente á su afortunado rival.
Mal que le pesase, tenia que reconocer su pequeñez en comparacion de Alfredo, y como no tenia valor para rechazar abiertamente lo que se le ofrecia, era forzoso que pensara en vengarse.
Maquinalmente pronunció Juanito algunas frases de gratitud, y prometiendo cumplir su deber como mejor pudiera, despidióse y salió.
Cuando se encontró en la calle, miró á todos lados como si no reconociese el sitio.
Su cabeza se abrasaba, y apenas podia respirar.
El infeliz tuvo que volverse á su casa para entregarse allí con libertad completa á sus amargas reflexiones.
Una y otra vez acusó á Paquita, que lo despreciaba, que no hacia justicia á sus nobles sentimientos y sanas intenciones.
Se veia despreciado por un hombre que amaba á otra.
¿No reconoceria Paquita su error cuando recibiese el terrible desengaño?
¿No amaria entonces al que con la mejor buena fe le ofrecia su ternura?
Así creyó Juanito que debia suceder; pero con esto no quedaba satisfecha, pues necesitaba que sufriese mucho su odioso rival.
No hay enemigo pequeño, dice el adagio, y el más pequeño es á veces el más temible.
Acordóse Juanito de la fábula del águila y el escarabajo.
Si Alfredo era el águila, Juanito podia muy bien hacer lo que el escarabajo habia hecho.
Sobre ser escasa la inteligencia de Juanito, hay que tener en cuenta que estaba profundamente trastornado.
Lo que acababa de suceder habia sido muy desagradable tambien para Alfredo.
No estaba este tranquilo, y con ansiedad aguardaba una ocasion en que poder advertirle á Juanito, que ni una palabra dijese sobre sus relaciones con la familia Bonacha.
Si el aristocrático calavera hubiese comprendido que una tempestad horrorosa agitaba el alma del jóven cursi, no habria perdido un instante para ir á buscarlo y exigirle que guardase silencio.
Empero no dió Saavedra tanta importancia al asunto, y en esto consistió su torpeza.
Llegó el dia siguiente.
A las diez en punto de la mañana entraba Juanito en la suntuosa morada del conde.
Estaba el jóven pálido y ojeroso, porque la noche anterior apenas habia dormido.
Los criados lo recibieron muy bien, y se instaló en el despacho, segun las órdenes que tenia.