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La horda

Chapter 5: IV
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About This Book

A sprawling social portrait traces the dawn-to-day movements of vendors, cart drivers, and the urban poor around a city crossroads, rendering their labor, hunger, and small rituals in vivid, sensory detail. Interwoven scenes follow itinerant milk-carters, ragpickers, and market women as they converge on the markets, negotiate scarce resources, and endure weathered animals and harsh city infrastructures. Against this bustling backdrop the narrative shifts between public bustle and private moments in humble dwellings and institutions, exploring themes of survival, social inequality, and communal ties. Episodic structure emphasizes collective experience over individual arc, pairing naturalistic description with critical observation of urban life.

Cada cuadrilla llegaba con un grupo de perros. Los canes, después de olisquear a Maltrana y su compañero, adivinando su carácter de intrusos, juntábanse sobre un puente, del que partía el camino que sus amos habían de seguir. Los había de todas castas, figuras y colores: unos de elegante silueta, bien alimentados; otros churretosos y con largas lanas; pero todos guardaban igual silencio, sin un ladrido, sin el menor rezongo, graves e inmóviles, como soldados que presienten la proximidad del combate.

Sus amos hablaban en voz baja, por la costumbre de recatarse en el vedado. Sus palabras llegaban hasta Maltrana como un ligero murmullo. Se saludaban; algunos que no se habían visto en mucho tiempo se pedían noticias. Uno hablaba de su hermano: había recibido por la mañana una carta suya; estaba en Valencia, en el penal de San Miguel, y le quedaban pocos meses de la pena que le habían impuesto por robo de caza en las posesiones reales. Otros rodeaban a un compañero que, abriéndose la camisa, mostraba el pecho. Apenas si le quedaba señal de las postas que le habían metido entre las costillas. Después de dos semanas de descanso, volvía aquella noche a la faena.

Hablaban de los compañeros que estaban en la cárcel de El Escorial, discutiendo lo que les podría «salir».

Uno se despidió de sus amigos; ya no le volverían a ver en algún tiempo: al día siguiente iba a Madrid a presentarse en la Cárcel Modelo, para pasar en ella los ocho meses a que le habían sentenciado.

Y todos, olvidando de pronto la caza, hablaban de la proximidad de la buena época, de la primavera, en la que se abrirían los tejares, ofreciéndoles un jornal en la corta de ladrillos. Se comunicaban las noticias del oficio. En Villalba pagaban el millar mejor que en Madrid. Algunos habían pedido trabajo y querían emprender el viaje tan pronto como comenzase el buen tiempo... Pero sus perros, que les olisqueaban las manos y se frotaban contra sus piernas, impacientes por emprender la marcha, les hacían fijarse en el presente y prorrumpir en lamentaciones. ¡Qué vida, caballeros! Era la peor época del año: comenzaba la cría. Los conejos estaban flacos, costrosos. Sólo se cogían gazapillos, y por un lío de éstos no daban más allá de una peseta. Además, abundaban las malas noches, en las cuales las bestias parecían esconderse en lo más profundo de la tierra, y el hurón entraba en las madrigueras sin tropezar con el más leve bulto de pelo. Total: exponer la vida y la libertad para salir a fin de mes por un jornal de seis reales. ¡Y todavía los guardas ladrones, que gozaban de un buen sueldo, les perseguían sañudamente!... Los de caballería eran objeto de sus maldiciones. Hablaban con terror del caballo de un guarda, bestia infernal, con más talento y mala intención que los hombres; un monstruo que, al perseguir a un dañador, le mordía, le derribaba entre sus patas, machacándolo con las herraduras, hasta que el jinete, desmontándose, tenía que socorrerlo para que llegase con vida a la cárcel. ¡Ah, la mala, bestia! Mejor era una perdigonada que encontrarse con ella...

Algunas cuadrillas, después de un adiós apagado, emprendían la marcha, precedidas de sus perros, y se perdían en la obscuridad.

—Adiós—contestaban los otros con entonación misteriosa—. Que se os dé bien la noche.

Eran los primeros en partir porque iban muy lejos, a los últimos cuarteles de la posesión real: al Goloso, a San Jorge, a Valdelaganar, cerca de Viñuelas.

Los que aún permanecían en el puentecillo comunicábanse los cuarteles en donde pensaban pasar la noche. Unos iban a Valdepalomero, a La Portillera, a Querá; otros pensaban vadear el Manzanares, cazando audazmente en la otra parte de El Pardo, frecuentada por los tiradores reales: La Atalaya, Los Torneos, Valdelapeña, Trofas y La Zarzuela.

Iba poco a poco disminuyendo la masa negra que obstruía el puente.

Alejábanse las cuadrillas, marcando su obscura silueta sobre el blanco del camino. Se destacaban un instante en lo alto del cerro, empequeñecidas por la distancia, y desaparecían.

El Mosco se aproximó a la venta:

—Cuando queráis...

Llevaba en un saquito, colgando del cuello, su tesoro, la bicha, que se apelotonaba en la cárcel de lienzo buscando el calor de su pecho. Junto a él estaba el ayudante, el que completaba su cuadrilla, un mozo pequeño y vivaracho, de simiesca agilidad, apodado Chispas, que no pensaba, como los otros, en el trabajo de los tejares, sino que, admirando a su maestro, deseaba continuar la caza todo el año.

Chispas llevaba al hombro la pesada aguja para demoler las madrigueras y abrir paso al hurón cuando éste se trasconejaba, no pudiendo ganar la boca de salida. Además, metidos en la faja, guardaba los capillos, las redes que se tendían a la salida de las madrigueras para apresar a los conejos.

Emprendieron la marcha por el mismo camino que los otros dañadores. El Mosco marchaba al frente, precedido de dos de sus perros, y Chispas cerraba la expedición.

—Podéis hablar; podéis fumar. Estamos aún en terreno seguro. Yo os diré cuando haya que ir con más ojos que un lince.

Los dos neófitos marchaban tras los ligeros pasos del Mosco, el cual no cesaba de hablar. Había permanecido en la venta lejos de ellos, para que nadie sospechase que le acompañaban en su expedición. Temía que alguien se chivase y fuese con el soplo. Por e, nada; bien sabían los guardas que cazaba todas las noches, así se viniera abajo el cielo. Cuanto peor fuese la noche, más favorable para él. Pero al verle con la impedimenta de unos amigos, sin libertad para huir, podían aprovechar la ocasión y darle caza. Porque él no era capaz de escapar; yendo con personas que desconocían el terreno, antes se dejaría hacer pedazos que cometer tal indecencia.

—Es un disparate—continuó—ir a esta faena con gente floja como vosotros. Pero lo de esta noche no es caza seria: es un bicheo. Iremos cerca; asunto de registrar unas cuantas bocas, para que os enteréis de lo que es esto... ¡Qué contentos van a ponerse esta noche los gameños y los venados al ver que el Mosco no quiere nada con ellos!...

Les preguntó si habían merendado fuerte antes de salir de casa. En el monte sólo encontrarían algún arroyo donde beber un buche, y aun esto había que evitarlo, pues los cursos de agua eran los sitios más frecuentados por los guardas. Al volver a las Carolinas harían una cachuela, el gran plato de los cazadores, que sabía a gloria: un guiso de entrañas frescas de conejo.

Maltrana y el señor Manolo, oyendo al famoso dañador sus propósitos de no arriesgarse aquella noche, recobraban la tranquilidad. Les había encogido el corazón al oír a aquellas gentes que hablaban de heridas, de palizas y de presidios, como incidentes naturales de su oficio.

—¿Tú estás seguro de que no tropezaremos a los esbirros?—preguntó el señor Manolo a su hermano.

—Hombre, creo que no; pero nada puede asegurarse. A lo mejor... una casualidad...

Un largo silencio acogió estas palabras poco tranquilizadoras. El Mosco seguía hablando para distraer a sus acompañantes de la fatiga de la marcha. Describía la grandeza de El Pardo: nadie lo conocía tan bien como él. En algunos sitios no podrían encontrarle todos los guardas juntos, de a pie y a caballo. Eran catorce leguas de tierra las que guardaban los reyes para sus cacerías. Esto sin contar la Casa de Campo, La Granja, las posesiones de Aranjuez y otras que no recordaba... ¡Y los demás que reventasen!

Estas reflexiones hicieron olvidar su inquietud al señor Manolo, lanzándose cuesta abajo, desde las alturas de su federalismo ideal, a la práctica aplicación de lo que él llamaba, por antonomasia, «el programa».

—El día en que el Estado de Castilla sea autónomo, se acabará este escándalo. En las orillas del Manzanares haremos unas huertas, que me río yo de las de Valencia y Murcia. Echaremos abajo la arboleda, para que los correligionarios del cuarto estado se calienten en invierno; le meteremos el arado a la tierra para que críe trigo, y ¡viva el pan barato!... ¡Catorce leguas para divertirse un hombre, cuando el cuarto estado no tiene mas que siete pies de tierra en el cementerio!... ¡Pero si eso es casi tan grande como una de las provincias del sistema unitario!...

Maltrana contemplaba los perros, que abrían la marcha, silenciosos, con el cuello estirado y las orejas avanzadas, husmeando el negro horizonte, sin un gruñido, sin prestar atención a los compañeros de raza que ladraban en las lejanas huertas.

Llevaban más de una hora de marcha, sin ver las tapias de El Pardo. El Mosco notaba el jadear de sus compañeros, la fatiga que sentían en las cuestas obscuras, cuyos pedruscos sueltos rodaban bajo sus pies.

—¡Animo!—les decía—. Ya me lo esperaba yo: sois de ciudad y no estáis acostumbrados a andar. ¡Pero si esto es un paseo!...

Atravesaron el arenoso lecho de dos torrentes secos. Al detenerse en una altura, volvió Maltrana la cabeza y vio flotando a sus espaldas, sobre los cerros negros, un velo rojo, un resplandor de lejano incendio, que coloreaba gran parte del horizonte. Era el vaho luminoso de Madrid invisible. Más acá esparcíanse, por la línea irregular del horizonte, grupos apretados de luces o rosarios de llamas sueltas, como si la tierra fuese una laguna de betún que reflejase los astros sombríamente.

El Mosco extendió el brazo con la seguridad de un experto conocedor del nocturno paisaje. Las luces más cercanas eran de Bellavistas y las Carolinas; las otras de Chamartín y Tetuán. De frente, por encima del oleaje de sombras, como débiles resplandores apenas perceptibles, señalaba otros pueblos: Aravaca y Pozuelo de Alcorcón; y lejos, muy lejos, donde sólo podían alcanzar sus ojos de búho, las luces de El Escorial.

Al descender de la altura, encontraron un ancho riachuelo. El Mosco se agachó para tomar sobre sus espaldas a Maltrana, sin hacer caso de su resistencia. Era costumbre de los dañadores pasar los cursos de agua llevando a cuestas al compañero. Al regreso, el camarada que pasaba a lomos prestaba igual servicio, y así la mojadura repartíase entre todos por igual. Únicamente los enfermos, los que iban a la caza convalecientes o con fiebre, estaban exentos de esta reciprocidad. El Mosco consideraba como enfermos a sus débiles compañeros, fatigados por la marcha.

Al otro lado del arroyo, Isidro y el señor Manolo vieron que el camino se deslizaba, tortuoso, entre dos altas vallas de plantas espinosas. El Mosco les ordenó que arrojasen los cigarros; ya no podrían fumar hasta la vuelta: entraban en terreno enemigo. Aquel sitio se llamaba «Mal Paso». Muchas veces, los guardas de El Pardo, saliéndose de su jurisdicción, se emboscaban allí para sorprender a los dañadores cuando volvían a sus casas. En aquel sitio le habían dado un balazo a su compadre el Garrucha, una noche en que volvían los dos cargados con un par de gamos. El pobre camarada, después de sanar de la herida, fue al presidio de Alcalá, por robo de caza mayor. El Mosco se había librado por pies, sin soltar su carga.

—¡Una injusticia—exclamó—; un abuso!... Este terreno no es suyo; aquí no son mas que unos particulares como vosotros o como yo. Pero pertenecen a la «casa grande», y no hay tribunal ni Dios que no se ponga de su parte.

Aún caminaron otra buena hora, pero fuera de sendero, por campos de tierra movediza con ocultos pedruscos, en los que tropezaban. Isidro, al atravesar una viña, chocó con un ceporro, hiriéndose una pierna. Pero ¿dónde estaban aquellos bosques de El Pardo, que parecían correr hundiéndose en la sombra?...

-¡Animo!—decía el Mosco en voz queda—. Ya estamos cerca; ya veo las tapias.

Pero el señor Manolo y su amigo no distinguían nada. Isidro, con la pierna dolorida, despreciando los tropezones, como si ya no le pudieran ocurrir peores males, caminaba con los ojos puestos en Venus, que lucía en el horizonte. Al subir una cuesta, el astro remontábase en el cielo; cuando bajaban, hundíase, hasta quedar al ras de la colina de enfrente. Parecía jugar con ellos, atraerlos, para huir después de cima en cima.

Por fin, los dos neófitos se vieron al pie de las tapias de El Pardo. Maltrana consideró su altura con asombro. Aquello no eran tapias: eran las murallas de la China. ¿Y había él de saltarlas? Prefería quedarse al pie de ellas descansando. Esperaría tendido en el suelo el regreso del Mosco, aunque volviese al amanecer.

—¡Chist!—murmuró el cazador, para que hablase más bajo—. Tú subirás: yo me encargo de que subas.

La protesta de Maltrana era la última resistencia del miedo, el retroceso del instinto ante aquella tapia sombría, tras la cual estaba lo ilegítimo, lo vedado, la amenaza del guarda con su escopeta sin misericordia.

El Mosco y su ayudante preparaban el asalto en silencio, hablándose sin que sus palabras sonaran, moviéndose sin que sus pasos produjeran ruido. A Maltrana le parecían fantasmas... ¡Arriba! El Chispas apoyó un pie en las manos de su maestro, arañó la tapia, y en un instante se puso a horcajadas sobre ella.

¡Ahora, los perros! Los animales sabían su obligación; se dejaban coger por el Mosco, y empujados por él, agarrábanse muro arriba, se mecían un momento sobre el borde, con el vientre aplastado, y dejábanse caer en la parte opuesta, sin otro choque que un ruido ligerísimo de hojas secas.

Maltrana se sintió cogido por las piernas e izado, al mismo tiempo que el Chispas, inclinándose, le agarraba por los brazos. Los dañadores reían de su poco peso. Quedó un instante a horcajadas en lo alto de la pared, aturdido por la ascensión, doliéndole el cuerpo por el roce contra los ladrillos salientes. El Mosco le saludaba desde abajo con una gracia que ponía los pelos de punta.

—¡Qué buen blanco, gachó! ¡Qué escopetazo se pierden los guardas!

Isidro no tuvo fuerzas para protestar. ¡Vaya unas bromitas oportunas! Y obediente por necesidad, entregado por completo a sus burdos amigotes, tuvo que descender por la parte opuesta, ayudándole el Chispas, que le había precedido y le sostenía por las piernas. El señor Manolo, más ágil, saltó la tapia sin grandes esfuerzos, y un instante después se unió a ellos el Mosco.

Ya estaban en la ratonera. Isidro pensaba con terror en lo imposible que le sería franquear aquel obstáculo si le perseguían los guardas. Pero la impresión de miedo se amortiguó al mirar lo que le rodeaba.

La sorpresa le hizo creer, por un instante, que estaba en un mundo nuevo. El salto de la tapia era como el tránsito de un planeta a otro. Olvidó las colinas pedregosas, los bancales infecundos con más guijarros que plantas, toda la campiña árida sumida en la obscuridad al otro lado de la tapia, uniforme y plana a la vista como un charco negro.

Tenía ante sus ojos el bosque inmenso hermoseado por la difusa luz de las estrellas, borrando en la penumbra su acre aspereza de vegetación salvaje, unificando sus bravíos colores en una vaguedad fantástica de inmenso jardín encantado. Maltrana creyó ver un gigantesco dibujo blanco y negro sobre un papel azul perforado por innumerables picaduras de alfiler que daban paso a la luz.

La selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, parecía un jardín de leyenda. Maltrana pensó en Wágner y en su valeroso Sigfrido; en la rústica flautita del héroe que hacía hablar a los pájaros. Hasta creyó, por un instante, que de aquellas espesuras podría surgir un dragón no conocido por los guardas.

Los tupidos jarales contorneados por senderos tortuosos parecían arriates de rosales centenarios. La tierra era blanca, de una blancura de leche; los árboles formaban bóvedas de negro enrejado, por cuyos espacios libres asomaban los planetas sus ojos parpadeantes. En lo alto de las colinas, los pinos solitarios destacaban sobre el espacio azul sus copas de quitasol: unos, rectos y gallardos; otros, oblicuos como si quisieran acostarse.

No se veían las flores del fantástico jardín, pero Maltrana se las imaginaba enormes, como nunca se habían abierto en la tierra a la luz del sol. Flotaba en el ambiente un perfume resinoso, de acre caricia, tan denso, que parecía mascarse al respirar. Era una esencia para olfatos de gigante. Del silencio de la arboleda surgían gritos de pájaros invisibles, saludos burlones a los bípedos que avanzaban en el silencio junto a los matorrales, evitando destacar sus siluetas sobre los espacios de tierra blanca; menudas carreras que denunciaban el medroso despertar de los conejos, asustados por los pasos cautelosos de la cuadrilla.

Maltrana dudaba de la realidad. Debía estar soñando; aquel mundo no podía existir. De seguro que de un momento a otro iba a despertar, encontrándose en el camastro de la calle de los Artistas.

Los seres que le rodeaban no eran reales. Aquellos perros que caminaban sin el más leve ruido, sin respirar, volviendo la cabeza hacia el amo como si le ladrasen con los ojos, eran unos perros de ensueño. De ensueño también los dos cazadores que caminaban o se agachaban como sombras, hablándose sin mover los labios, entendiéndose por señas, y hasta el capataz de periódicos, que marchaba encorvado, con los ojos saltones y la boca abierta, contrayendo el estómago a impulsos del miedo. Sólo sonaban los pasos de Maltrana haciendo crujir la arena, y este ruido le parecía tan grande, tan agigantado por el silencio, que podía despertar a los guardas a muchas leguas de distancia.

De vez en cuando la selva agitábase con ondulaciones ruidosas. Una ráfaga de viento moviendo una rama daba la señal. Toda la arboleda se estremecía, inclinando las copas. Movían sus cabezas los olmos, los pinos, las carrascas, las encinas; vibraba la orquesta inmensa del bosque, y de un extremo a otro esparcíase el lamento de la sinfonía salvaje, despertando los ecos en las cañadas, aguzándose en las alturas, volviendo a descender en busca de nuevas masas de árboles que repitiesen este suspiro de arpa temblorosa.

Isidro, que al principio buscaba la tapia con los ojos, como si viese en su proximidad una esperanza, avanzaba ahora audazmente, temblándole las piernas, pero conquistado el ánimo por el majestuoso silencio. En aquella paz era imposible que los hombres matasen a sus semejantes.

El Mosco, que conocía todas las madrigueras de El Pardo, se detuvo junto a una gran encina. Allí se abrían ciertas bocas que indudablemente ocultaban algo. Su hermano y Maltrana agacháronse por consejo suyo. Los perros daban silenciosas vueltas alrededor del árbol, como si olfateasen la caza oculta en las entrañas del suelo. El Chispas se colocó de rodillas a alguna distancia. Estaban allí las bocas de salida, y colocó en ellas los capillos de red. El Mosco abrió la bolsa y sacó el hurón. La bicha llevaba al cuello un cascabelillo de sonido débil, y en una pata el cordel que la obligaba a volver a su amo.

Perdiose el sutil cascabeleo bajo tierra. El señor Manolo seguía con interés la operación, puesto a gatas al lado de su hermano. Maltrana, tendido de espaldas, miraba las estrellas, el cielo de obscuro azul escarchado de polvo luminoso. Había arrostrado el peligro por ver la caza furtiva, y ahora no le inspiraba interés. Prefería permanecer inmóvil, en dulce quietud, dolorido por la fatiga, acariciado por la paz que parecía descender de lo alto. Estaba allí como si la selva fuese suya. ¿Por qué habían de presentarse los guardas? La hermosura de la noche desvanecía su miedo, repelía de su ánimo toda posibilidad de peligro.

El Chispas dio un mugido de alegría; luego otro... luego otro. «Tres... cuatro... cinco: la bicha trabaja bien.» Iba recogiendo los conejos de los capillos así como caían; unos sanos, otros con la cabeza destrozada por el hurón y manando sangre. A los que salían ilesos, huyendo de la sanguinaria fierecilla, el mozo los estrangulaba con sus duros dedos. Pasábale las piezas al señor Manolo, y éste reía, con el goce brutal de la destrucción, ofreciendo a Maltrana los conejos para que los tentase. Aún estaban calientes: ¡cómo los dejaba la bicha al morderles!...

Anunció el Chispas que ya no salían más; la madriguera estaba despoblada. El Mosco tiró de la cuerda y volvió a sonar el apagado cascabeleo. La embriaguez de la sangre había enardecido a la bicha. El cazador lanzó un juramento sordo antes de volverla al saco; le había clavado en un dedo sus agudos colmillos.

Isidro abandonó de mala gana el lecho de hojarasca, para seguir a la cuadrilla en busca de nuevas bocas. ¿Por qué no se retiraban ya? La operación estaba vista. Pero el Mosco protestó.

—¿Retirarme?... ¡Botones! La noche se presenta bien.

Anduvieron dos horas por las cañadas buscando los lugares más conocidos del cazador por sus madrigueras. No había vivienda de conejo que no la tuviese anotada en su memoria.

Isidro aprovechaba todos los altos del bicheo para tenderse en la hojarasca mirando a lo alto. El planeta que había contemplado en el camino ya no lucía en el horizonte; se había ocultado, y nuevos astros invadían el cielo. Miraba también a su alrededor, admirando la hermosura bravía del bosque. Decididamente, las destrucciones que proyectaba el señor Manolo para cuando triunfase la autonomía del Estado castellano, el abatir la selva y meterla el arado, sería una reforma muy revolucionaria; pero así estaba mejor, era más hermosa, aunque la pública utilidad rabiase de coraje.

Una señal de alarma de los dos perros sacó a Isidro de sus divagaciones. Avanzaban cautelosamente, se detenían, volvían la cabeza para mirar al amo. Su cola elevábase con movimientos que revelaban indecisión; sus orejas aguzábanse con la inquietud.

—¡Chist! ¡chist!—murmuró el Mosco para que sus acompañantes permaneciesen quietos en la espesura.

Todos estaban de rodillas, apoyados en las manos, avanzando la cabeza lo mismo que los perros para oír mejor. El capataz abría la boca, como si por ella fuese a escapársele el corazón, encogido por el miedo. Maltrana sentía el zumbar de su sangre en las sienes.

Gruñó un perro, y el Mosco pareció tranquilizarse. Alguien estaba cerca, pero no era enemigo. Los perros anunciaban con movimientos silenciosos la proximidad de los guardas. Cuando se decidían a gruñir, era porque husmeaban gente conocida.

El cazador, incorporándose, dio varias palmadas en uno de sus muslos. Inmediatamente sonaron iguales golpes al otro lado de la espesura, como reproducidos por el eco. Después se llevó a la boca el dorso de una mano, y un silbido tenue, de pájaro, rasgó el silencio. Otro pájaro invisible le contestó.

—Adelante: son amigos—dijo el Mosco.

Troncháronse las ramas de los matorrales abriendo paso a dos hombres encorvados. Los perros de las cuadrillas frotáronse un instante con otros perros salidos de la espesura. Los hombres pasaron junto al Mosco.

—¿Qué lleváis cogido?—preguntó éste.

—Nada aún: dos gazapos.

—Que se os dé bien la noche.

La cuadrilla desapareció con sus perros, y el Mosco siguió adelante, prometiendo a los camaradas, aún no repuestos del susto, acabar en seguida la expedición, tan pronto como registrase ciertas bocas inmediatas a un arroyo, que eran las más ricas de El Pardo.

Detuviéronse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del agua invisible saltando entre guijarros.

Maltrana no atendía a la caza de sus compañeros; deseaba que acabase la expedición cuanto antes. Causábanle lástima y repugnancia aquellos cuerpecillos de pelo suave que el señor Manolo iba reuniendo al par que hacía grandes elogios del peso de su carne palpitante.

Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de pronto elevarse en el matorral que tenía delante dos cruces de varios brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro, barnizado por la humedad, asomó en la espesura; unos ojos lacrimosos y brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo, creyó ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada; algo semejante al dragón de leyenda que había surgido en su memoria al dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso salto. Un bufido diabólico estremeció los matorrales. Desaparecieron las cruces, y crujió la maleza al romperse ante una carrera loca.

El Mosco acudió con gritos de cólera:

—¡Rediós!... ¡Y no haber traído la escopeta! ¡Cómo se enteran y se burlan!...

Los perros, después de un intento de persecución, retrocedieron al lado de su amo, viendo que éste permanecía inmóvil.

El encuentro con el venado quitó al Mosco todo deseo de continuar la caza.

—Vámonos; ¡para lo que hacemos aquí!...

Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia. Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compañeros, volvió a verse en el campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Creyó otra vez que había soñado, que los árboles rumorosos y el fantástico jardín sólo habían existido en su imaginación.

Los pesados racimos de bestias muertas que el señor Manolo sostenía en sus manos eran los únicos testimonios de la realidad de la aventura.

—Toca, Isidro—decía el capataz riendo—. ¡Qué famosa cachuela vamos a comernos!...

El joven, pensando en los guardas, sentía ahora un miedo mayor que el que había experimentado al otro lado de las tapias. Le parecía imposible que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la maleza, contemplando el cielo. ¡De qué balazo se había librado!...

El Mosco examinó la posición de las estrellas.

—Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa.

Pasaron de nuevo, a lomos de los dañadores, el riachuelo vecino al «Mal Paso». El Chispas y su maestro caminaban ágiles, sin el más leve indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Habían perdido la noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y sustos que aún tenían trémulos a Maltrana y al capataz eran para los dos cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... ¡Vaya un modo de ganarse el pan!

Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvió a ver los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se cernía sobre Madrid.

Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus lóbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo al peligro.

Maltrana, contemplando el lejano Madrid, creyó ver un símbolo de la vida moderna, de la desigualdad social implacable y sin entrañas.

Los dichosos, los ahítos, descansaban tranquilos al calor de una civilización cuyas ventajas eran los únicos en monopolizar. La caravana de los felices no quería ir más allá, creyendo haber visto bastante. Dormían en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el voluptuoso sopor de una digestión copiosa. Y más allá del círculo rojo trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales estaba lo desconocido, brillaban ojos coléricos, sonaba el rechinar de las uñas al afilarse, estallaba el gruñido de las bestias hambrientas, cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir del círculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz.

Les cegaba el fuego; intimidábales con glacial escalofrío el brillar de las armas caídas junto a los durmientes. Amenazaban, rugían; pero los dichosos, sumidos en dulce sueño, no podían oír sus amenazas y sus rugidos.

Maltrana pensó que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles, se extinguiría poco a poco; y cuando sólo quedasen rojos tizones y las tinieblas voraces invadiesen el círculo de luz, vendría la gran pelea, la lucha en la sombra, el empujón arrollador de la muchedumbre, el asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar, monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho.

IV

El segundo día de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas.

Le repugnaba el Carnaval madrileño, grosero y monótono, sin otros alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidió a ir en busca de su amigo el Mosco y aprovechar de paso el viajo para hacer a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de Zaratustra. La pobre vieja tenía deseos de hablarle, según le había a manifestado Polo la última vez que se vieron ante el fielato. Nada perdía con tener contenta a la abuela. En las Carolinas seguían hablando de su tesoro, y ¡quién iba a saber si pensaría en su nieto como heredero!

Isidro rió de la avaricia que se despertaba en él. Sentíase alegre, a pesar de que hacía tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la confianza que inspiraba al albañil por haber satisfecho todos sus atrasos en la parte que le correspondía del alquiler de la casa.

Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del Mosco, ya que tenía la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid.

En su miseria, no le abandonaba esa seguridad de la juventud que aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que sacarla de sus situaciones difíciles.

Isidro, en su optimismo, tenía el presentimiento de una gran fortuna. Por esto ponía buena cara a todos los desvíos de la suerte: ella acabaría por entregarse vencida.

Dos días antes, al pasar por la calle de Alcalá, frente al Ministerio de Hacienda, había encontrado a don Gaspar Jiménez, primer marqués de Jiménez, aquel senador pariente de la señora que le amparaba en su buena época. Varias veces se había tropezado con el solemne personaje, sin que éste reparase en él. Le reconocía, pero pasaba adelante fingiendo no verle. Debía estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a más de la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. «La vida no es juego», como le había dicho al echarle de casa de su protectora.

Por todas estas razones, Maltrana experimentó gran asombro al ver que el personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave y entonado de uno de los directores del país, al cruzarse con él, en vez de distraer la mirada, la fijó en su persona, acariciándole con bondadosa sonrisa.

El senador se separó de otros dos señores no menos imponentes que iban con él, y aproximándose a Maltrana, púsole en la espalda la mano protectora:

—¿Cómo está usted, joven?... ¿Cómo marchan sus asuntos?...

El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era implacable, no perdonando persona ni institución, escupiendo su bilis sobre todo lo existente, describiendo el país como un establo de bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandábase conmovido ante la más leve muestra de consideración de un poderoso.

La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de hacerle tartamudear. Pensó que era necesario tener largo trato con las personas para conocerlas. Aquel señor había sido para él un burgués despreciable y ridículo, un pedantón huero... He aquí los inconvenientes de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca después de algunos años, le encontraba repentinamente simpático, con cierto aire de pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la despensa nacional. No había que exagerar; por algo se sube, y cuando aquel tío llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro.

-¿No terminó usted la carrera?—continuó el senador—. Ha hecho usted bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted ha nacido para escritor.

Y con gran asombro de Maltrana, le habló de los artículos que llevaba publicados. El no los conocía, le faltaba el tiempo para muchas cosas, pero se los habían recomendado con grandes elogios. Literatura «profunda», de la que a él le placía; estudios serios y concienzudos. El amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentíase transfigurado, próximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazón de la alegría, al oír que alguien elogiaba sus artículos y que este alguien era un señor que el día menos pensado llegaría a ministro.

—Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldrá de la entrevista.

Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al día siguiente al senador. Pero éste quería pasar los días de Carnaval en una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad, como convenía a un hombre serio. Después de fiestas, le esperaba en su casa todas las mañanas.

Y se alejó escoltado por sus solemnes acompañantes, después de estrechar la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le siguió con una mirada de intensa simpatía. Algo bueno iba a surgir de su inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqués le acompañó como una promesa de fortuna en los días de Carnaval.

Al llegar Maltrana a Bellasvistas, creyó ver la reproducción animada de un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreñadas, de las de la busca, manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores, calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartón. Un grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevárselo prisionero a la taberna, y las greñudas, armadas de escobas, defendían a golpes el monigote. Corría el grupo por los desmontes con la algazara de la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal ímpetu, que dejaban al descubierto las roñosidades de su interior.

Maltrana, con su raído macferlán y su sombrero de señorito pobre, pareció distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas, cogiéndose del brazo, marchaban tras él cantando con insolente sonsonete:

¡Ahí va! ¡Ahí va
el tío del gabán!

Los mozos reían la gracia y parecían dispuestos a apoyarla saludando con un cantazo al señorito si tenía el mal gusto de incomodarse.

Maltrana dejó a la espalda esta alegría hostil y salió al campo. Pensaba visitar la cabaña de Zaratustra antes de ir a las Carolinas.

Hallábase ésta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con la vista todo Madrid. Parecía de lejos un montón de escombros y basura. Constaba cíe tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalían del perfil de la cumbre. El carro de Zaratustra parecía más grande que las viviendas; se veía mejor que éstas, caído sobre la zaga, con las dos barras en alto unidas por la barriguera de la mula, destacándose sobre el cielo como una horca.

Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una banda de perros. Eran los compañeros de Zaratustra. Los había de varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad.

No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a Zaratustra y a la señora Eusebia.

Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que giraba en torno de él, oliéndole las ropas.

Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras lomas de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran Zaratustra. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula.

—Perdona que no me levante—dijo con su voz de niño—. Tú eres de casa. ¡Ay, estas piernas!...

Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el aspecto de un salvaje de teatro.

Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma senil que inmovilizaba sus piernas.

Maltrana contempló curiosamente la mansión de Zaratustra, agrandada con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero sonrió viendo el asombro del joven.

—¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores... Este cuerpo es el almacén—y señalaba la cabaña en cuya puerta permanecía sentado—. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu abuela y yo.

Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de su vivienda, señalando sus diversas partes. El lo había construido todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo.

Parecían las tres cabañas otros tantos montones de basura y escombros en los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran puertas, galerías tortuosas que servían de habitaciones. Todos los despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva, latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro, trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida diaria en Madrid.

Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza de Zaratustra. La miró de cerca: era una jeringa. Más allá brillaban dos azulejos de reflejos dorados y surgía un brazo femenil de color de bronce, que, sin duda, había sostenido una lámpara de gas en algún café.

Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro, servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados, formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos. La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que servía de chimenea.

El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la obscura profundidad de las chozas. De vez en cuando aleteaba por cerca de Isidro un enorme moscardón azul, de reflejos metálicos, lúgubre, venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra de una tumba.

Maltrana preguntó por su abuela.

—Estoy solo en casa. He enviado el Bobo a Madrid a que vea las máscaras, y la vieja está en la Doctrina, en ese corralón de Bellasvistas donde juntan las señoras al rebaño femenino de la busca para que cante oraciones.

Zaratustra, que se preciaba de conocer a todo Madrid, había oído hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jóvenes, y reía, guiñando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a las traperas una sábana por año, y arroz y castañas por Navidad; pero las obligaban a oír la explicación de la Doctrina dos veces por semana. En Carnaval había gran reunión, para pedir al Señor que perdonase las locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa época de la Cuaresma. Las que faltaban a estas grandes solemnidades perdían la sábana.

—Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los trapos de esas señoras tienen callos en las rodillas, como los elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada, y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas santitas, así que pierden de vista a las señoras... De la que menos, dicen que es una púa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si no, ahí tienes a tu abuela, que piensa todo el año en la sábana. ¿Para qué la querrá, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? ¡Las hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros: tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ahí enfrente, porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tenía ni un botón, y me dejó en el apuro, sin querer decirme dónde guarda su tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una mano y la vara en otra... ¡Si las conoceré yo, que he tenido cinco!... De jóvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afán que dar gusto al cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro chico, aunque su hombre vaya en cueros.

Quedó en silencio Zaratustra, mirando a Madrid, que cerraba el horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el más leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de gran limpidez, que acusaba con energía los contornos, parecía aproximar la lejana población.

El trapero creía abarcar con sus ojillos pitañosos toda la humanidad albergada bajo este caparazón de tejas, que a aquellas horas corría y gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz tomaba un acento solemne, como siempre que creía decir algo trascendental.

—La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de él. Fíjate en eso y recuérdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y demás exigencias del rumbo, y la tendrá usted contenta. No le dé usted el señorío y boato que reclama, y entregará su cuerpo al demonio... El hombre es más digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los trapos, y por eso es él quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor que tirado de chistera y de gabán. Yo tengo buena ropa y podía ir todos los días lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no hay en la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no se la ponga para dar envidia a las compañeras. La mujer que anda mal vestida, así sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no le faltan. El hombre que va hecho un Adán no es porque carezca de «con qué», sino que tiene la atención en cosas más altas, por ser un animal noble e inteligente.

Así hablaba Zaratustra.

Maltrana, molestado por el hedor del almacén y el revoloteo de las moscas, acabó por abandonar su asiento, que consistía en tres pedazos de corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente, quería irse.

El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si habían de rezar en Bellasvistas por el perdón de todos los alegres pecados que aquella tarde se cometerían en Madrid, tenían oración cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quería enseñarle la casa, especialmente la habitación que había arreglado con motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades del buen vivir, y no era caso de que la señora Eusebia, al abandonar su casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios.

—Aquí hay su poquito de señorío—dijo Zaratustra incorporándose con cierto trabajo, después de clavar la aguja en los tapices y plegar éstos sobre el asiento.

Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rígidas. Así precedió a Maltrana por un pasillo lóbrego, bajo de techo y tan angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared. La débil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de claraboya difundía una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en su pálido rayo un enjambre de moscas.

A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de una tienda de trapos.

La mula casi tocaba con las orejas el techo, y parecía más enorme, disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pensó en los milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse todos los días por el pasadizo lóbrego, en el que apenas cabía un hombre. Zaratustra saliendo de la cuadra, levantó una cortina de percal rameado, pero Maltrana sólo vio una intensa obscuridad.

—Echa una cerilla—dijo el trapero.

Cuando lució sobre una cómoda un cabo de vela metido en el cuello de una botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro más pequeño que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias, de las que pendían los numerosos harapos del vestuario de los dos viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros de copa con la seda erizada y contraídos como si fuesen fuelles.

—Aquí hay señorío—dijo el trapero—. Eso no podrás negarlo. Mira esa cómoda; fíjate en esta cama, que debe haber sido de algún duque. Huele a palacio así que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas allá en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la Mariposa, unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. Aún andamos a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fíjate, galán, que la cosa lo merece.

Y Maltrana tenía que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios mostrábase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que filtraban la lluvia.

Después, Zaratustra enseñaba con orgullo de artista los adornos de algunos trozos de pared libres de guiñapos: estampas de santos, cromos de señoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero enseñaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de tazas de la loza fuerte usada en los cafés, pilas de vasos metidos unos en otros.

—Si quisiera—dijo el tío Polo—, podría convidar a todo el barrio de las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fíjate, criatura; di si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un café de la Puerta del Sol.

Maltrana, a la luz indecisa de la vela, veía todos los platos rajados por negras líneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recogía Polo, y que éste había ido almacenando durante años, sin saber ciertamente qué utilidad podía sacar de esta colección que era su lujo.

El dormitorio no tenía otro respiradero que la puerta. El techo era tan bajo, que entre él y la cama sólo existía el espacio necesario para dormir tendido. Había que subir a ella deslizándose como por la boca de una madriguera. Isidro notó la falta de ventanas.

-Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando hace frío o cuando hiela, duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estiércol, que da gloria. Mira si estará abrigado esto, que hasta en invierno tenemos moscas. Ni en la plaza de Oriente están un día de nieve tan bien como aquí.

El trapero levantó la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado, como objetos frágiles y preciosos, las telas empolvadas que pendían de la paja.

—Mira... telarañas. ¿Las ves? Aquí, allá, por todos lados. No tenemos ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud; pero telarañas, puedo apostar con el más rico a ver quién las tiene mejores.

Maltrana parecía desconcertado por la gravedad con que hablaba Zaratustra.

—Donde veas telarañas sólo verás salud—continuó—. Eso no lo saben los mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las ciudades no hay telarañas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y mueren jóvenes. La telaraña es un regalo de Dios, que vela por nuestra salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las enfermedades, se come a los microbios y demás insectos...

Así hablaba Zaratustra, paseando su luz cerca del techo; y surgían de la obscuridad los colgantes tejidos por las arañas, enormes, seculares, como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los frágiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitábalos al dormir con su ronquido, y sentía gran disgusto cuando al despertar se encontraba con una telaraña caída junto a su boca.

—Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga con dinero. Si tu abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan sólo.

Cuando Maltrana volvió a la plazoleta cerró los ojos, deslumbrado por el sol. Respiraba con dificultad el aire puro, después de su permanencia en aquel antro saturado de polvo y estiércol.

Volvió a ver Madrid ante él, con su enorme masa de gran ciudad, con torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de humo. Sentía asombro, inmensa extrañeza, por esta vida ruda y salvaje que le rodeaba, teniendo a la vista un gran núcleo de civilización. El pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna.

Zaratustra procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una charla en la que podía lucir su ciencia.

—¿Ves qué sol tan hermoso?—dijo—. Pues tendremos lluvia antes de que acabe la semana. Se mojará el Entierro de la Sardina. La cara de la luna es de cuidado todas las noches. O yo no sé una palabra de las cosas del cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes, sangre...

—Adiós, gran Zaratustá—dijo Maltrana.

Podía seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la villa ingrata que no reconocía su saber. El se marchaba a las Carolinas, huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estómago. Iba en busca de su amigo el Mosco y de su hija Feliciana, que tenía para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las únicas del barrio que ofrecían cierta limpieza. Ya volvería otra vez, para ver a la abuela.

Y emprendió la marcha, seguido un buen trecho por los perros de Zaratustra.

Al entrar en el barrio de las Carolinas quedó desconcertado y confuso por el aspecto que ofrecía en pleno Carnaval. En aquella gente adornada con los despojos de una ciudad, no se distinguían fácilmente las máscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a él un niño llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo, arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre, cubriéndose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios de flores. No, no era una máscara. Marchaba con la gravedad del niño pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran máscaras las mujeres astrosas que veía a lo lejos con faldas multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas verdinegras, cuyos faldones cubrían sus perneras remendadas, asomando el pecho velludo entre los forros de seda de las solapas.

Una careta vieja de cartón o un trapo con agujeros para los ojos era lo único que distinguía a las máscaras en aquel mundo donde todos parecían igualmente disfrazados.

En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los corrales, veíanse montones de papelillos de color mezclados con la basura. Eran los restos del primer día de Carnaval, el confetti y las cintas de papel recogidos por la mañana en los paseos de Madrid; el residuo de la alegría de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos caídos de las carrozas que la tarde anterior corrían por la Castellana.

Isidro pasó varias calles formadas en su mayor parte de tapias de corral. Por encima de ellas asomaban las grandes pirámides de paja podrida destinada a la cocción de las tejerías. Al ruido de sus pasos, fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos ladridos.

Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire. Por las puertas entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población. Maltrana miraba estos animales sórdidos, de salvaje ferocidad, con gran repugnancia. Recordaba las confidencias del Mosco, indignado contra ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo traían en el carro, arrojándolo en el corral, donde al poco tiempo sólo era un esqueleto descarnado.

Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo libre y de la sierra disipó su impresión de náusea.

El Guadarrama obstruía el horizonte con su masa de color de rosa coronada de pirámides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del cielo, cayendo en líneas serpenteadas, sierra abajo, por los derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso hacía olvidar la miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes.

Maltrana comenzó a bajar la cuesta de la última calle de las Carolinas, que era la del Mosco. Frente a él, al final de la doble fila de míseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Caño Dorado, un frondoso rincón plantado por los constructores del canal del Lozoya, y que con los años se había convertido en un bosque.

El joven vio venir hacia él un grupo de chicuelos. Al frente marchaba un mascarón enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con arpilleras y lazos de papel.

—¡No me conoces!... ¡No me conoces!

Y como saludo le echó un escobazo a la cara, huyendo después con paso vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que vociferaba aclamando sus gracias.

¡Ah, maldito borracho! ¿Pues no le había de conocer?... Era Coleta, que divertía al barrio con sus extravagancias de beodo.

Isidro siguió adelante, y al llegar a la casa del Mosco llamó en vano repetidas veces a la cerrada puerta.

Una mujer acudió con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la Borracha, la hembra de Coleta, una andrajosa que llevaba una venda en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tenía costras en las manos, jamás lavadas, por miedo sin duda a que el agua empañase los anillos de latón que adornaban sus dedos. Una pústula perforaba los cartílagos de su nariz. La porquería y el aguardiente la iban barrenando la carne, según decía Coleta al insultarla en plena embriaguez con el apodo de Borracha.

—No están en casa, señor Isidro—dijo con hipócrita mansedumbre—. El Mosco se fue esta mañana con el señor Manolo, llevando las jaulas y la red. Han ido a pájaros. La chica, la Feliciana, va de máscara. Hace un rato ha bajado con las amigas al Caño Dorado... Allá está: desde aquí puede verla.

Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corría entre la arboleda del cerro de los Pinos.

El joven descendió la cuesta. Más allá de las últimas casas de los traperos, contrastando con la sórdida miseria del barrio, comenzaba el bosquecillo del Caño Dorado. El benéfico influjo de la humedad había hecho crecer en el fondo de la cañada una gran masa de árboles rumorosos, poblada de pájaros. Un parterre de antigua jardinería, con muros de boj igualados a tijera, extendíase en torno del Caño Dorado, nombre de la fuente a la que venían a llenar sus cántaros las muchachas de las Carolinas.

Era un rincón apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y trinos, que no conocían los habitantes de Madrid; un oculto paraíso, un trozo de poesía para la horda traperil acampada en el cerro inmediato.

Maltrana gustaba de la tranquilidad del Caño Dorado. Su vieja jardinería le recordaba los parterres de la Moncloa, pero más solitarios, más campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algún chicuelo del barrio con el cántaro al hombro. Además, le alegraba el canto perpetuo del chorro cayendo desde el caño dorado en un tazón de cuatro círculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia él las máscaras que le había mostrado la mujer de Coleta.

—¡Es Isidro!... ¡Es el sabio! ¡El que escribe en los papeles!

El grupo le rodeó: todo él era de mujeres. Se habían retirado al bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenían que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecían allí, satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano, jugueteando como niñas. Al ver a Maltrana habían vuelto a enmascararse, y se agitaban en torno de él, empujándolo, cogiéndole por las solapas, gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero:

—¡No me conoces!... ¡No nos conoces!

Unas iban vestidas de bebé, con colores vistosos, suelta sobre la espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chillón de las medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecíalas como una muestra de distinción, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes. Otras vestían de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que parecían próximos a estallar con la presión de las rollizas carnes. Un pañuelito rojo cubría el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina asomaban los rulos de su peinado chulesco.

Al agitarse en torno de Isidro, envolviéronle en una espiral de almizcle, perfume barato del que se habían impregnado las vírgenes de la busca para mayor esplendor de la fiesta.

—¡No me conoces!...—gritaban los golfos de abultadas amenidades, tirándole del bigote, abofeteándole con un entusiasmo que enrojecía sus mejillas.

—¡No me conoces!...—gritaba un bebé de color de rosa, en el que Maltrana fijó su atención.

—¿Pues no te he de conocer, criatura?—exclamó el joven—. Tú eres Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso las llevas descubiertas, coquetona.

Muchas de las máscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este reconocimiento y ofendidas por la alusión a sus manos enguantadas. Un grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana quedó casi solo, junto al bebé. Las compañeras más íntimas se habían separado algunos pasos, fijando su atención en el encuentro de los mozos con las máscaras.

—Sí; tú eres Feliciana—volvió a decir el joven, cogiéndola las manos—. Dime, ¿cuándo volverá tu padre?...

—No soy Feliciana—chilló la máscara con una voz trémula en la que parecía vibrar la cólera—. Feliciana tiene las manos más feas que las mías. La prueba está en que las has visto muchas veces, sin decirla a la pobre una palabra.

—Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta tarde?...

—Tú eres un orgulloso, Isidro—continuó la máscara, hablando con precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de acabar—; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que te rodean.

Maltrana la oía con extrañeza.

—Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha?

Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto, el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro.

—Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma... más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!...

Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su credulidad resultaba una ironía cruel.

—Pero muchacha—dijo—, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana.

—¡Y dale con Feliciana!—repuso ella con tono irritado—. Ya te he dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo; ¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades. Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego... que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que te convida su padre.

Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar. Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita.

Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qué decir, repitiendo lo mismo:

—¡Feliciana... Feliciana!

—Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A qué repetir su nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. Tú te crías para cosas mejores. Tu madre quería verte casado con una señora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás a verla en carruaje de dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a Feliciana; deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido, canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero es mujer, y calla, y se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un ladrón que se divierte fingiendo que no se entera.

Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos al pecho, y por los agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos, lacrimosos.

Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a contestar. Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él.

Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de lágrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; después intentó sonreír.

—Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y olvida esas tonterías.

—Feliciana—dijo el joven gravemente—, no llores. Broma o realidad, bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón: soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído se fija.

Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de la muchacha, deslizándose instintivamente por su talle.

Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta, que reflejaban el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en su talle parecía doblarla, vencerla.

Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta rápida aproximación.

Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupo volvía de la cañada perseguido por los mozos.

La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta la abandonó de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto de espanto que si despertase de súbito completamente desnuda a la vista de los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y corrió hacia un árbol inmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las manos.

No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba de veras, y gemía entre suspiros:

—¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza!