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La invasión o El loco Yégof cover

La invasión o El loco Yégof

Chapter 10: VI
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About This Book

An elderly hunter recounts the 1814 invasion as it reaches a small Vosges village, tracing how rural routines and local ties are tested when a young conscript is absent. The narrative dwells on household scenes, landscape detail and village talk, and on a handful of figures—a former volunteer turned village craftsman, his foster daughter and their neighbors—whose tenderness, fears and pragmatic concerns about arms and survival make visible the domestic costs of warfare. The account presents military upheaval through popular, intimate observation rather than grand strategy, showing how ordinary lives bend and hold under the pressure of invasion.

—Con todos; todos son buenos: las hachas, las hoces, los bieldos...

—Desde luego; pero los mejores son los fusiles y las balas. Fusiles tenemos, porque todo campesino guarda el suyo encima de la puerta; pero, desgraciadamente, nos hacen falta pólvora y balas.

La anciana labradora se había tranquilizado súbitamente, y mientras recogía sus cabellos debajo de la cofia miraba hacia adelante, como al azar, con aire pensativo.

—Sí—añadió Catalina bruscamente—, pólvora y balas hacen falta, es verdad; pero ya tendremos. Marcos Divès, el contrabandista, tiene en abundancia; mañana irá usted a verle de mi parte, y le dirá que Catalina Lefèvre compra toda la pólvora y todas las balas de que disponga; que ella paga; que venderá su ganado, su granja, sus tierras..., todo..., todo, para adquirirla; ¿comprende usted, Hullin?

—Sí, comprendido; es muy hermoso lo que usted hace, Catalina.

—¡Bah! Muy hermoso..., muy hermoso—replicó la anciana—; es muy sencillo: ¡quiero vengarme! Esos austriacos, esos prusianos, esos hombres rubios que nos han exterminado otras veces..., yo los odio..., yo los detesto de padres a hijos. ¡Eso es! Usted comprará la pólvora y ese loco miserable verá si nosotros vamos a reedificar sus castillos.

Hullin comprendió por lo que oía que Catalina seguía pensando en la historia de Yégof; pero viendo cuán irritada estaba la anciana y pensando que sus propósitos contribuirían a la defensa del país, no hizo ninguna observación a este respecto, y dijo solamente:

—Entonces, Catalina, quedamos conformes; mañana iré a ver a Marcos Divès...

—Sí, compre usted toda la pólvora y todo el plomo que tenga. También convendría recorrer las aldeas de la sierra para comunicar a la gente lo que sucede y convenir con ellos una señal a fin de reunirse en caso de ataque.

—Esté usted tranquila—dijo Juan Claudio—; yo me encargo de eso.

Levantáronse los dos interlocutores y se dirigieron a la puerta. Hacía media hora que había cesado el ruido en la cocina: la gente de la granja se había ido a acostar. La anciana colocó la lámpara en una esquina del hogar y corrió los cerrojos. Fuera, el frío era intenso; el aire, tranquilo y límpido. Las cumbres de alrededor y los abetos del Jaegerthal se destacaban del cielo como masas obscuras o iluminadas. Lejos, bastante apartado de la ladera, un zorro aullaba en el valle del Blanru.

—¡Buenas noches, Hullin!—dijo la señora Lefèvre.

—¡Buenas noches, Catalina!

Juan Claudio alejose rápidamente por la cuesta de los brezos, y la labradora, después de contemplar durante un segundo, cerró la puerta.

Fácilmente se podrá imaginar la alegría de Luisa cuando supo que Gaspar se hallaba sano y salvo. La pobre joven no vivía desde hacía dos meses. Hullin tuvo buen cuidado de no mostrarle la negra nube que asomaba por el horizonte. Durante toda la noche la oyó Juan Claudio ir de un lado para otro en su cuartito, hablando a solas como si se felicitara a sí misma, pronunciando el nombre de Gaspar y abriendo cajones y cajas para buscar, sin duda, algunos recuerdos que le hablasen de amor.

Así el pajarillo, sorprendido por la tormenta, tiritando aún, comienza a cantar y a saltar de rama en rama, al salir al primer rayo de sol.

V

Cuando Juan Claudio Hullin, en mangas de camisa, abrió al día siguiente las ventanas de su casilla vio las montañas vecinas—el Jaegerthal, el Grosmann, el Donon—cubiertas de nieve. La primera aparición del invierno, ocurrida mientras dormimos, tiene algo de sorprendente: los viejos abetos, las rocas, cubiertas de musgo, que la víspera se adornaban de verdor y que ahora centellean llenas de escarcha, producen en el alma una tristeza indefinible. «Ha pasado otro año—nos decimos—, y otra vez tenemos que sufrir los rigores del tiempo antes que vuelva la primavera.» Y nos apresuramos a vestir la recia hopalanda y a encender el fuego. Las habitaciones obscuras se llenan de luz blanca, y por primera vez oímos a los gorriones, agazapados bajo los rastrojos, con las plumas erizadas, que gritan afuera: «Esta mañana no hay comida, no hay comida.»

Hullin se calzó sus recios zapatos herrados de doble suela, y sobre la chaqueta púsose un amplio jubón de paño buriel.

Juan Claudio oía en el techo los pasos de Luisa, que iba de un lado a otro en la buhardilla, y gritó:

—¡Luisa, me marcho!

—¡Cómo! ¿Se marcha usted hoy también?

—Sí, hija mía; tengo que salir, mis asuntos no han terminado.

Después, así que se hubo puesto un ancho sombrero de fieltro, subió la escalera y dijo en voz baja:

—Hija mía, tardaré algún tiempo en volver, pues tengo que ir bastante lejos; pero no te inquietes. Si alguien pregunta dónde estoy, le dices: «En casa del primo Matías, en Saverne.»

—¿No quiere usted almorzar antes de salir?

—No; me llevo un pedazo de pan y la calabacilla de aguardiente. Adiós, hija mía; alégrate, y piensa en Gaspar.

Y sin esperar que le hiciera nuevas preguntas, cogió su palo y salió de la casilla, dirigiéndose hacia la colina de los Abedules, a la izquierda de la aldea. No había pasado un cuarto de hora cuando Hullin la había recorrido y llegaba al sendero de las Tres Fuentes, que rodea el Falkenstein, siguiendo un murillo de piedra en seco. Las primeras nieves, que nunca se endurecen, comenzaban, con el ambiente húmedo de las cañadas, a fundirse y se deslizaban por el sendero. Hullin saltó el murillo para subir la pendiente. Y dirigiendo casualmente la mirada hacia la aldea, que se hallaba sólo a dos tiros de carabina, vio a algunas mujeres barrer delante de sus puertas y a algunos vejetes que se saludaban, mientras fumaban la primera pipa del día, junto al umbral de su chamizo. Aquella profunda tranquilidad de la vida, en contraste con los pensamientos que le agitaban, le impresionó, y siguiendo su camino muy preocupado se dijo: «¡Qué tranquilo está todo allá abajo!... Nadie sospecha nada, y, sin embargo, dentro de pocos días cuántos clamores, qué estruendo de descargas no hendirán los aires!»

Como de lo que se trataba en primer lugar era de procurarse pólvora, Catalina Lefèvre había puesto naturalmente los ojos en Marcos Divès, el contrabandista, y en su virtuosa esposa Hexe-Baizel.

Aquellas gentes vivían al otro lado del Falkenstein y debajo de la roca que servía de asiento a un antiguo burg[2] en ruinas; allí se habían construido una especie de cubil bastante cómodo, el cual no tenía mas que la puerta de entrada y dos ventanillos, pero que, según ciertos rumores, se hallaba en comunicación con unos subterráneos por cierta hendedura; nunca los carabineros habían podido descubrirla, a pesar de los numerosos registros que habían hecho con tal fin. Juan Claudio y Marcos Divès se conocían desde la infancia; juntos habían ido a coger nidos de gavilanes y mochuelos, y desde entonces continuaban viéndose casi todas las semanas, por lo menos una vez, en la fábrica de aserrar del Valtin. Hullin estaba, pues, seguro del contrabandista, pero le infundía alguna sospecha la señora Hexe-Baizel, mujer demasiado circunspecta y que quizás no se inclinase del lado de la guerra. «En fin—se decía Juan Claudio mientras caminaba—, ahora veremos.»

El almadreñero encendió la pipa, y de vez en cuando se volvía para contemplar el inmenso paisaje, cuyos límites se ensanchaban cada momento más.

Nada hay tan hermoso como el espectáculo de aquellas montañas pobladas de bosques, elevándose unas sobre otras en el cielo pálido; de los corpulentos brazos, que se extienden hasta perderse de vista, cubiertos de nieve; de los obscuros barrancos, encajonados entre los bosques, con el torrente al fondo saltando entre los cantos rodados tan verdosos y bruñidos como el bronce. Y además el silencio, ese gran silencio del invierno...; la nieve todavía blanda, que cae de la copa de los altos abetos sobre las ramas inferiores que se inclinan; las aves de rapiña, dando vueltas de dos en dos por encima de los montes y lanzando sus gritos de combate: cosas son ésas que sólo se pueden ver, que no se pueden describir.

Próximamente una hora después de haber salido de la aldea de Charmes, Hullin trepaba por la cumbre del monte y llegaba al pie del peñón de los Madroños. Alrededor de aquella masa granítica se extiende una especie de terraplén de tres a cuatro pies de ancho. Semejante camino, hasta donde llegan las copas de los abetos más altos que suben del precipicio, tiene algo de siniestro, pero es seguro; si no se siente el vértigo, no hay peligro alguno en recorrerlo. Por encima, formando una media bóveda, avanzaba la roca cubierta de ruinas.

Juan Claudio se acercaba a la cueva del contrabandista, y deteniéndose un momento en el terraplén, guardose la pipa en el bolsillo; luego siguió andando por el sendero, que describe un semicírculo y termina por el otro lado en una brecha. Al final, y casi junto a dicha cortadura, vio Hullin las dos ventanillas del cubil y la puerta, que se hallaba entreabierta. Un gran montón de estiércol se divisaba delante del umbral.

En el mismo instante apareció Hexe-Baizel, arrojando, con una gran escoba de retamas verdes, el estiércol al abismo. Aquella mujer era pequeña y delgaducha; tenía los cabellos rojos y desgreñados, las mejillas hundidas, la nariz afilada, los ojos pequeños y brillantes como dos centellas; la boca fina, con los dientes muy blancos, y la tez rojiza. En cuanto a su vestidura, se componía de una falda de lana muy corta y sucia y de una camisola de lienzo bastante blanca; sus curtidos bracillos musculosos, cubiertos de vello dorado, estaban desnudos hasta el codo, a pesar del intenso frío que hace en el invierno a tal altura; en fin, por todo calzado llevaba dos enormes chanclos destrozados.

—¡Hola! ¡Buenos días, Hexe-Baizel!—gritó Juan Claudio alegremente y en tono burlón—; usted siempre tan gruesa y oronda, alegre y satisfecha... ¡Así me gusta!

Hexe-Baizel se había vuelto rápidamente, como una comadreja sorprendida en acecho, sacudiendo la cabellera roja y lanzando chispas por los ojos; pero se tranquilizó en seguida y exclamó secamente, como si se hablara a sí misma:

—¡Hullin... el almadreñero! ¿Qué se le habrá perdido por aquí?

—Vengo a ver a mi amigo Marcos, señora Hexe-Baizel—respondió Juan Claudio—; tenemos que hablar de negocios.

—¿Qué negocios?

—¡Ah! Eso queda para nosotros. Vamos, déjeme usted pasar, pues quiero hablarle.

—Marcos está durmiendo.

—Pues hay que despertarle, porque el tiempo vuela.

Y diciendo esto, Hullin se inclinó para entrar por la puerta y penetró en una pequeña cueva, cuya bóveda, en vez de ser redonda, era de forma irregular, surcada de hendeduras. Cerca de la entrada, a dos pies del suelo, la roca formaba una especie de hogar natural, en el que ardían algunos carbones y ramas de enebro. Todos los utensilios de cocina de Hexe-Baizel consistían en una olla de metal, un puchero de barro rojo, dos platos desportillados y tres o cuatro tenedores de estaño; todo su mobiliario, en un asiento de madera, una hacheta para partir la leña, una caja con sal colgada de la piedra y la gran escoba de retamas verdes. A la izquierda de tal cocina se veía otra caverna con una puerta irregular, más ancha por arriba que por abajo, que se cerraba por medio de dos tablas y un travesaño.

—Y ¿dónde está Marcos?—dijo Hullin sentándose cerca del hogar.

—Ya le he dicho que está durmiendo; ayer vino muy tarde, y hay que dejarle dormir, ¿lo oye usted?

—Lo oigo muy bien, Hexe-Baizel, pero no tengo tiempo de esperar.

—Entonces, márchese.

—¡Márchese! ¡Eso se dice muy pronto!; pero es el caso que no quiero irme. No he hecho una legua de camino para volverme con las manos vacías.

—¿Eres tú, Hullin?—interrumpió bruscamente una voz saliendo de la cueva de al lado.

—Sí, Marcos.

—¡Ah! Ya voy.

Oyose un ruido como de paja removida, y luego la tapadera de madera se corrió: un cuerpo enorme, de una anchura de tres pies de hombro a hombro, delgado, huesudo, cargado de espaldas, con el cuello y las orejas color de ladrillo, los cabellos obscuros y espesos, inclinose para pasar por el boquete, y Marcos Divès apareció ante Hullin bostezando, estirando sus largos brazos y dando un suspiro contenido.

A primera vista, la fisonomía de Marcos Divès parecía bastante pacífica. La frente ancha y baja, las despejadas sienes, los cabellos cortos y rizados que avanzaban en punta hasta cerca de las cejas, la nariz recta y larga, el mentón prolongado, y, sobre todo, la expresión tranquila de sus ojos obscuros hubieran inducido a creer que pertenecía a la familia de los rumiantes más bien que a la de las fieras; pero hubiese sido aventurado fiarse de las apariencias. Por la comarca corrían rumores de que Marcos Divès, en caso de que le atacaran los carabineros, no tendría el menor reparo en servirse del hacha y de la escopeta para acabar pronto; a él se le atribuían varios accidentes graves ocurridos a los agentes del fisco; pero las pruebas faltaban en absoluto. El contrabandista, gracias a su profundo conocimiento de los puertos de la sierra y de las veredas que van de Dagsburg a Sarrebrück y de Raon-l'Etape a Basilea, en Suiza, siempre se hallaba a quince leguas de los sitios donde había sucedido alguna fechoría. Además, tenía un aire bonachón, y aquellos que habían hecho correr rumores que le perjudicaban siempre hubieron de acabar mal; lo que prueba la justicia del Señor en este mundo.

—A fe mía, Hullin—exclamó Marcos después de salir del agujero—, ayer estuve pensando en ti, y si no hubieras venido, hubiese ido yo a la fábrica del Valtin con el solo objeto de buscarte. Siéntate. Hexe-Baizel, trae un asiento a Hullin.

Luego sentose el contrabandista en el hogar, con la espalda hacia el fuego y frente a la puerta abierta, por la que penetraban juntos los vientos de Alsacia y de Suiza.

Por el boquete podía descubrirse una vista espléndida; parecía un verdadero cuadro recortado por la roca, un cuadro inmenso abarcando todo el valle del Rin, y del otro lado, las montañas, que se perdían en la bruma. Respirábase un vientecillo fresco, y el fuego que danzaba en aquel nido de búhos era agradable de ver con sus tonos rojos, después que los ojos habían recorrido la extensión azulada.

—Marcos—dijo Hullin tras un instante de silencio—, ¿puedo hablar delante de tu mujer?

—Ella y yo somos una sola persona.

—Pues bien, Marcos, vengo a comprarte pólvora y plomo.

—Para tirar liebres, ¿no es verdad?—dijo el contrabandista guiñando los ojos.

—No; para batirnos con los alemanes y los rusos.

Hubo un instante de silencio.

—¿Y necesitarás mucha pólvora y mucho plomo?

—Todo el que me puedas proporcionar.

—Puedo proporcionarte hoy municiones por valor de tres mil francos—dijo el contrabandista.

—Las compro.

—Y dentro de ocho días dispondré de otras tantas—añadió Marcos con la misma tranquila voz y la mirada atenta.

—También las compro.

—¡Sí, usted las compra—exclamó Hexe-Baizel—, usted las compra, no lo dudo!; pero ¿quién las paga?

—Cállate—dijo Marcos con acritud—; Hullin las compra, y su palabra basta.—Después, tendiéndole la ancha mano de un modo afectuoso, añadió:

—Juan Claudio, aquí está mi mano; la pólvora y el plomo son tuyos; pero quiero gastar la parte que me corresponde, ¿comprendes?

—Sí, Marcos; pienso pagarte en seguida.

—Pagará—dijo Haxe Baizel—, ¿lo oyes?

—¡Bah! ¡No soy sordo! Baizel, ve por una botella de brimbelle-wasser para calentarnos un poco el estómago. Lo que Hullin acaba de decirme me gusta. Esos granujas de kaiserlicks no nos ganarán la partida con tanta facilidad como yo creía. Parece que vamos a defendernos con energía.

—Sí, con energía.

—¿Hay algunos que pagan?

—La que paga es Catalina Lefèvre, y ella es la que me manda—dijo Hullin.

Entonces Marcos se levantó, y con voz grave, extendiendo el brazo hacia los precipicios, exclamó:

—¡Es una mujer..., una mujer tan grande como aquel peñón de allá abajo, el Oxenstein, el mayor que he visto en mi vida! ¡Bebo a su salud! ¡Bebe tú también, Juan Claudio!

Hullin bebió, y luego lo hizo la anciana.

—Después de eso no hay más que hablar—exclamó Divès—; pero escucha, Hullin; no hay que creer que es empresa fácil cortarles el paso; todos los cazadores furtivos, todos los segares[3] schileteros y leñadores de la sierra no bastarán para ello. Acabo de llegar del otro lado del Rin. ¡Cuántos rusos, austriacos, bávaros, prusianos, cosacos y húngaros..., cuántos he visto! ¡Cubren la tierra; los pueblos no pueden albergarlos y acampan en las llanuras, en las cañadas, en las alturas, en las ciudades, a campo raso; por todas partes, por todas partes hay enemigos!

En aquel momento un grito agudo hendió los aires.

—¡Es un halcón que está de caza!—dijo Marcos interrumpiéndose.

Mas en el mismo instante pasó una sombra por el peñón.

Era una bandada de pinzones que volaba sobre el abismo, y centenares de halcones y gavilanes se agitaban sobre ellos, dando vertiginosas vueltas y gritos estridentes para azorar a su presa, mientras que la bandada parecía inmóvil, de densa que era. El movimiento regular de tantos miles de alas producía en el silencio un ruido semejante al de las hojas secas arrastradas por el cierzo.

—Son los pinzones, que se marchan de las Ardennas—dijo Hullin.

—Sí, es el último paso; ya el hayuco está enterrado en la nieve lo mismo que la sementera. Pues bien, mira; hay más hombres allá abajo que pájaros en esa bandada. Pero es igual, Juan Claudio; saldremos bien de nuestra empresa, siempre que todo el mundo tome parte en ella. ¡Hexe-Baizel, enciende la linterna, porque voy a enseñar a Hullin las provisiones que tenemos de pólvora y plomo!

Hexe-Baizel, al oír semejante proposición no pudo contener un gesto de extrañeza, y dijo:

—Nadie, desde hace veinte años, ha entrado en la cueva; bien puede él creernos bajo nuestra palabra como nosotros creemos bajo la suya que nos pagará; de modo que no tengo para qué encender la linterna.

Marcos, sin contestar nada, extendió el brazo y tomó de la leñera una gruesa tranca; entonces la vieja, con los cabellos erizados, desapareció por el boquete más próximo como un hurón, y dos segundos después salía con una enorme linterna de cuerno, que Divès encendió tranquilamente con el fuego del hogar.

—Baizel—dijo Marcos volviendo a colocar el palo en el rincón—, tú sabes que Juan Claudio es un amigo mío de la infancia, y que me fío mucho más de él que de ti, vieja garduña; porque si no temieras que te ahorcaran el mismo día que a mí, hace tiempo que me hubieran colgado de una cuerda. Vamos, Hullin, sígueme.

Salieron ambos, y el contrabandista, torciendo a la izquierda, se dirigió hacia la cortadura, que formaba una especie de salidizo sobre el Valtin, a doscientos pies de altura. Separó con la mano las hojas de una encinilla que había arraigado por debajo, alargó la pierna y desapareció como si se hubiera arrojado al abismo. Juan Claudio se estremeció; pero casi al mismo tiempo, sobre la pared que formaba la roca, vio destacarse la cabeza de Divès, que avanzaba gritándole:

—Hullin, pon la mano a la izquierda, donde hay un agujero; extiende el pie sin miedo y tocará en un escalón, y después da media vuelta.

Juan Claudio obedeció muerto de miedo; encontró el boquete en la piedra, alcanzó el escalón y, dando media vuelta, se encontró frente a frente con su compañero en una especie de nicho apuntado, que sin duda se comunicaba en otro tiempo con una poterna. Al fondo del nicho abríase una bóveda baja.

—¿Cómo demonio has encontrado esto?—exclamó Hullin completamente maravillado.

—Lo encontré buscando nidos hace treinta y cinco años. Un día me hallaba en la peña, y yo había visto salir de allí muchas veces un búho de gran tamaño con la hembra, dos pájaros magníficos, con la cabeza gorda como mi puño y unas alas de seis pies de ancho, cuando oí gritar a las crías y me dije: «Están cerca de la caverna, en el extremo del terraplén. Si pudiera dar la vuelta un poco más allá de la cortadura, las cogería.» A fuerza de mirar y de inclinarme logré ver una esquina del escalón, por encima del precipicio. Al lado había un acebo bastante firme. Me así del acebo, extendí la pierna y, ¡ya lo ves!, aquí llegué. ¡Pero qué lucha, Hullin! El padre y la madre querían sacarme los ojos. Por fortuna era de día, y aunque ambos se dirigían contra mí, abriendo el pico y silbando, el sol los deslumbraba. Les di unos cuantos puntapiés, y por fin fueron a caer en un abeto, allá abajo; y los grajos, los zorzales, los pinzones, estuvieron volando alrededor de ellos hasta que llegó la noche, para arrancarles las plumas. No puedes figurarte, Juan Claudio, el montón de huesos, pellejos de ratas y lebratos, la carroña que habían reunido en este nido aquellos animales. Era una verdadera inmundicia. Lo arrojé todo al Jaegerthal y vi el pasadizo cubierto. Se me olvidó decirte que me encontré dos crías; retorcíles el pescuezo y las metí en el saco. Después de lo cual, con toda tranquilidad entré, y ahora verás lo que hallé. Entra.

Ambos penetraron en una bóveda estrecha y baja, formada por enormes piedras rojas, en las que la luz proyectaba, al marchar los dos amigos, su vacilante resplandor.

Cuando hubieron andado unos treinta pasos, apareció ante Hullin una gran cueva de forma circular, desplomada por lo alto y abierta en la roca viva. Al fondo se veían unos cincuenta barriles apilados en forma de pirámide, y a los lados, gran cantidad de barras de plomo y sacos de tabaco, cuyo fuerte olor impregnaba el aire.

Marcos había dejado la linterna a la entrada de la bóveda y miraba su guarida con la cabeza levantada y la sonrisa en los labios.

—He aquí lo que descubrí—dijo el contrabandista—, la cueva estaba vacía; solamente encontré ahí en medio el esqueleto de un animal, tan blanco como la nieve, seguramente de un zorro muerto de viejo. ¡El granuja descubrió el pasadizo antes que yo, y aquí dormía a pierna suelta! ¡A quién hubiera podido ocurrírsele venir a este lugar! En aquel tiempo, Juan Claudio, yo tenía doce años. En seguida pensé que este escondrijo podría serme útil algún día. No sabía entonces para qué...; pero así que pasó tiempo, cuando hice las primeras salidas de contrabando a Landau, Khel y Basilea con Jacobo Zimmer, y cuando los carabineros se dedicaron a perseguirnos durante dos inviernos, la idea de la cueva abandonada comenzó a rondar mi pensamiento desde la mañana hasta la noche. Yo conocía ya a Hexe-Baizel, que era entonces criada de la granja de «El Encinar», en casa del padre de Catalina. Trájome en dote veinticinco luises, y vinimos a establecernos en la caverna de los Madroños.

Callose Divès, y Hullin, muy pensativo, le preguntó:

—Entonces ¿has tomado cariño a este agujero?

—¡Que si le he tomado cariño!... Mira, no me iría a vivir a la casa más hermosa de Estrasburgo aun cuando me dieran dos mil libras de renta. Hace veintitrés años que guardo aquí mis mercancías: azúcar, café, pólvora, tabaco, aguardiente; todo se mete ahí. Tengo ocho caballerías siempre de camino.

—Pero no disfrutas de nada.

—¡Que no disfruto de nada! ¿Tú crees que no es nada burlarse de los gendarmes, de los investigadores, de los carabineros, irritarlos, despistarlos y oír decir por todas partes: «Ese granuja de Marcos, ¡qué listo es!... ¡Cómo hace lo que quiere!... Es capaz de acabar con todo el Estado...» Y esto y lo otro. ¡Je, je, je! Te aseguro que es el placer mayor del mundo. Además, la gente te quiere porque vendes a mitad de precio, con lo cual prestas un servicio a los pobres y mantienes caliente el estómago.

—Sí; pero ¡cuántos peligros!

—¡Bah! Nunca se le ocurrirá a un carabinero pasar por la brecha.

—¡Desde luego!—pensó Hullin, al recordar que tendría necesidad de salvar nuevamente el precipicio.

—Es igual—prosiguió Marcos—; no te falta del todo razón, Juan Claudio. Al principio, cuando yo tenía que entrar aquí con esos barrilillos a la espalda, sudaba la gota gorda; pero ahora ya me he acostumbrado.

—¿Y si se te escurriera un pie?

—Pues nada; se acabaría todo. Lo mismo da morir ensartado en un abeto que toser durante semanas y meses tendido en un jergón.

En tal momento, Divès iluminaba con la linterna las pilas de barriles, que llegaban hasta la bóveda.

—Es pólvora fina inglesa—dijo Marcos—que se va de las manos como las pepitas de plata y que caza a las mil maravillas. No se necesita mucha; con un dedal basta. Y aquí tienes el plomo puro, sin mezcla de estaño. Esta noche comenzará Hexe-Baizel a fundir las balas; ella entiende de eso; tú verás.

Y ya se disponían a volver en dirección a la cortadura, cuando, de repente, un confuso ruido de palabras se oyó zumbar en el aire. Marcos apagó la linterna, y ambos quedaron sumidos en la obscuridad.

—Alguien va por ahí arriba—dijo el contrabandista en voz muy baja—. ¿Quién será el que se ha aventurado a trepar al Falkenstein con este tiempo de nieves?

Estuvieron escuchando, conteniendo la respiración, con la vista fija en el rayo de luz azulada que descendía por una estrecha falla hasta el fondo de la caverna. Alrededor de aquella hendedura crecían algunas malezas salpicadas de escarcha centelleante; más arriba se divisaba la coronación de un antiguo muro. Y en el momento en que Divès y Hullin miraban manteniendo el más profundo silencio, he aquí que aparece al pie del muro una enorme cabeza despeluznada, una frente dentro de un aro reluciente, una cara alargada y después una barba roja, puntiaguda, todo lo cual se recortaba, formando una extraña silueta, en el cielo blanco del invierno.

—Es el Rey de Bastos—dijo Marcos riendo.

—¡Pobre hombre!—murmuró Hullin gravemente—; viene a visitar su castillo, andando por el hielo con los pies descalzos y con su corona de hojalata en la cabeza. ¡Oye, oye cómo habla! Está dando órdenes a los caballeros y a la corte; ahora extiende el cetro ya al Norte, ya al Mediodía; todo es suyo; es el señor del cielo y de la tierra... ¡Pobre hombre! ¡Sólo de verle con los calzoncillos que lleva y con la piel de perro pelada a la espalda, siento frío en los huesos!

—Sí, Juan Claudio, esto me produce el efecto de un burgomaestre o de un alcalde de pueblo, con una panza tan abultada como la de un palomo, a quien se le hinchan los carrillos cuando dice: «Yo, Hans Aden, tengo diez fanegas de magníficos prados, tengo también dos casas, una viña, un huerto y un jardín; ¡ején!, ¡ején!, tengo esto, y lo otro, y lo de más allá.» Pero al día siguiente le da un coliquillo, y... ¡andando! ¡Los locos, los locos!... ¿Quién puede decir que no está loco? Vámonos, Hullin; la vista de ese desgraciado que habla a solas y los gritos del cuervo anunciando el hambre me estremecen.

Penetraron ambos en la galería, y al salir de las tinieblas, la claridad del día estuvo a punto de deslumbrar a Hullin. Por fortuna, el cuerpo aventajado de su camarada, que se había colocado delante de él, le preservó del vértigo.

—¡Agárrate con fuerza—dijo Marcos—y haz como yo! La mano derecha en el boquete, y el pie derecho delante, en el escalón; ahora, media vuelta. ¡Ya estamos!

Volvieron a la cocina, en la que se hallaba Hexe-Baizel, quien les dijo que Yégof estaba en las ruinas del antiguo burg.

—Ya lo sabemos—respondió Marcos—; acabamos de verle tomando el fresco allá arriba: cada loco con su tema.

En tal momento, Hans, el cuervo, volando por encima del abismo, pasó ante la puerta lanzando un grito ronco; oyose un ruido como de granizo desprendiéndose de la maleza y apareció el loco en el terraplén con un aspecto muy hosco; dirigió una mirada hacia el hogar, y exclamó:

—Marcos Divès, procura mudarte pronto. Te lo advierto porque estoy cansado de este desorden. Las fortificaciones de mis dominios tienen que quedar libres. No consiento que mi casa sea una gusanera. Por consiguiente, prepáralo todo.

Luego, al ver a Juan Claudio, desarrugósele el entrecejo y le dijo:

—¿Tú por aquí, Hullin? ¿Serás, por fin, bastante perspicaz para aceptar las proposiciones que me he dignado hacerte? ¿Comprenderás que una unión como la que te propongo es el solo medio de libraros de la completa destrucción de vuestra raza? Si así es, te felicito, pues das prueba de más discreción de la que te creía capaz.

Hullin no pudo contener la risa y le respondió:

—No, Yégof, no; el Cielo no me ha iluminado aún lo suficiente para aceptar el honor que me quieres hacer. Además, Luisa no está en edad de contraer matrimonio.

El loco volvió a tomar un aspecto grave y sombrío. De pie, al borde del terraplén, de espaldas al abismo, parecía ser aquel su lugar natural, y el cuervo, dando vueltas a uno y otro lado, no conseguía alterarle.

Yégof levantó el cetro, frunció las cejas y exclamó:

—¡Hullin! Por segunda vez te reitero mi petición y tú por segunda vez la rechazas. Volveré a hacértela por última vez, ¿lo oyes?, por última vez. Después... ¡que se cumpla el destino!

Y girando pausadamente los talones, con paso firme, alta y derecha la cabeza, a pesar de la extraordinaria inclinación de la pendiente, el Rey de Bastos descendió el sendero de la roca.

Hullin, Marcos Divès y también Hexe-Baizel prorrumpieron en una sonora carcajada.

—Está completamente loco—dijo Hexe-Baizel.

—Me parece que no te equivocas—contestó el contrabandista—. El pobre Yégof, desde luego, ha perdido la razón. Pero no se trata de eso ahora; Baizel, atiende a lo que te digo: vas a dedicarte a fundir balas de todos los calibres; por mi parte, voy a ponerme en camino de Suiza. Dentro de ocho días, cuando más, las municiones que faltan estarán aquí. Y ve en busca de mis botas.

Después, golpeando el suelo con el tacón y poniéndose al cuello una gruesa corbata de lana roja, descolgó de la pared una de esas capas de color verde obscuro, como las que llevan los pastores, y se la echó sobre los hombros; calose luego un sombrero de fieltro viejo y raído, cogió una estaca y exclamó:

—¡No olvides lo que acabo de decirte, mujer; si no, ya verás! ¡Andando, Juan Claudio!

Obedeció Hullin, y ambos se alejaron por la explanada sin despedirse de Hexe-Baizel, la cual, por su parte, no se atrevió siquiera a asomarse al umbral para verlos marchar. Cuando los dos amigos estuvieron en lo bajo del peñón, Marcos Divès, deteniéndose, dijo:

—Tú vas a los pueblos de la sierra, ¿no es eso, Hullin?

—Sí, es lo primero que tengo que hacer; hay que avisar a los leñadores, a los carboneros, a los almadieros, y decirles lo que ocurre.

—Desde luego; no dejes de ver a Materne del Hengst y a sus dos hijos, a Labarbe de Dagsburg y a Jerónimo de San Quirino. Diles que habrá pólvora y balas; que nos hallamos metidos en el asunto Catalina Lefèvre, yo, Marcos Divès, y todas las personas decentes de la comarca.

—Quédate tranquilo, Marcos; yo conozco a la gente.

—Entonces, hasta pronto.

Los dos amigos se estrecharon fuertemente las manos.

El contrabandista tomó el sendero de la derecha, hacia el Donon; Hullin, el sendero de la izquierda, hacia el Sarre.

Ambos se alejaban a buen paso, cuando Hullin llamó a su compañero:

—¡Eh! ¡Marcos! Dile, al pasar, a Catalina Lefèvre que todo marcha bien y que yo voy a la sierra.

El otro respondió, con un movimiento de cabeza, que había comprendido y ambos siguieron su camino.

VI

Una agitación extraordinaria reinaba en toda la línea de los Vosgos; el rumor de la invasión próxima se esparcía de aldea en aldea hasta llegar a las granjas y casas forestales del Hengst y del Nideck. Los buhoneros, los carreteros, los caldereros, toda esa población flotante que va continuamente de la sierra al llano y del llano a la sierra, llevaban día por día, de Alsacia y de las orillas del Rin, una porción de noticias inquietantes: «Las plazas—decían tales gentes—se preparan para la defensa; se busca trigo y carne para aprovisionarlas; las carreteras de Metz, Nancy, Huningue y Estrasburgo se ven surcadas de convoyes. Por todas partes no se encuentran mas que cajones de pólvora, de balas y de obuses; la caballería, la infantería y los artilleros vuelven a sus puestos. El mariscal Victor, con doce mil hombres, defiende la carretera de Saverne; pero los puentes de las plazas fuertes están levantados desde las siete de la noche hasta las ocho de la mañana.

Todo el mundo pensaba que aquello no era anuncio de nada bueno. Sin embargo, aunque muchos sentían un gran temor ante la guerra, aunque las viejas levantaban las manos al cielo implorando a «Jesús, María y José», la mayoría de las personas pensaban en procurarse medios de defensa. En tales circunstancias, Juan Claudio Hullin fue bien acogido en todos lados.

Aquel mismo día, hacia las cinco de la tarde, Hullin llegaba a la cima del Hengst y se detuvo en casa del patriarca de los cazadores de monte, el anciano Materne. Allí pernoctó, porque en invierno las jornadas son cortas y los caminos difíciles. Materne prometió vigilar el desfiladero de la Aduana con sus dos hijos, Kasper y Frantz, y contestar a la primera señal que le hicieran desde el Falkenstein.

Al día siguiente, Juan Claudio marchó a Dagsburg, muy temprano, para ponerse de acuerdo con su amigo Labarbe, el leñador. Juntos fueron a recorrer los caseríos de alrededor, con el fin de encender en los pechos el amor a la tierra natal, y al siguiente día Labarbe acompañó a Hullin a casa del anabaptista Cristián Nickel, el colono del Painbach, persona respetable y de buen sentido, pero a quien no pudieron convencer de que debía tomar parte en la gloriosa empresa. Cristián Nickel tenía siempre la misma respuesta para todas las observaciones que le hicieron: «Está bien..., es justo..., pero el Evangelio dice: «Vuelva el palo a su sitio... Quien a hierro mata, a hierro muere.» Sin embargo, les ofreció que rogaría por la buena causa; eso fue todo lo que pudieron obtener de él.

Los dos amigos llegaron hasta Walsch con el objeto de estrechar la mano de Daniel Hirsch, antiguo artillero de marina, que les prometió arrastrar consigo a la gente de su concejo.

En aquel sitio, Labarbe dejó a Juan Claudio, que siguió solo su camino.

Durante ocho días Hullin recorrió la sierra de un extremo al otro, de Soldatenthal al Leonsberg, a Meienthal, a Abreschwiller, Voyer, Loettenbach, Cirey, Petit-Mont y Saint-Sauver, y al noveno día fue a casa del zapatero Jerónimo de San Quirino. Juntos visitaron el desfiladero del Blanru, después de lo cual Hullin, satisfecho de su viaje, tomó, por último, el camino de la aldea.

Hacía dos horas que Juan Claudio marchaba a buen paso, imaginándose la vida del campamento, el vivaque, las descargas, las marchas y contramarchas, toda aquella existencia de soldado que tantas veces había echado de menos y que veía ahora volver con entusiasmo, cuando a lo lejos, a mucha distancia aún, envuelto en la sombra del crepúsculo, descubrió la mancha azulada del caserío de Charmes, su pobre casita que deshacía en el cielo blanco una madeja de humo casi imperceptible, los jardinillos rodeados de empalizadas, los tejados de madera, y, a la izquierda, a media ladera, la gran finca de «El Encinar», con la fábrica de aserrar del Valtin al fondo, en el barranco ya en sombra.

Entonces, de repente y sin saber por qué, inundose su alma de una profunda tristeza.

Hullin detuvo el paso, pensando en la vida tranquila, apacible, que abandonaba quizá para siempre; en su cuartito, tan abrigado en invierno y tan alegre en la primavera, cuando abría las ventanitas para que penetrase la brisa de los bosques; en el tic-tac monótono del viejo reloj y, sobre todo, en Luisa, en su buena y querida Luisa, hilando silenciosamente, con los ojos bajos, cantando alguna antigua canción, con voz pura y penetrante, durante las horas del atardecer, en que ambos se consumían de aburrimiento. Aquel recuerdo le conmovió tan profundamente, que los más pequeños objetos, las herramientas de su oficio—las barrenas largas y relucientes, el hacha de mango corto, los mazos de madera, la estufilla, el armario desvencijado, las vasijas de barro vidriado, la vieja imagen de San Miguel colgada de la pared, el antiguo lecho de dosel que se hallaba al fondo de la alcoba, el taburete, el baúl, la lámpara de mechero de cobre—, todo se le reproducía en la memoria como una pintura animada, y las lágrimas asomaron a sus ojos.

Pero sobre todo lo que sentía era Luisa, su querida hijita. ¡Cuántas lágrimas iba a derramar! ¡Cómo iba a suplicarle que renunciase a la guerra! ¡Y cómo se arrojaría a sus brazos, diciéndole: «¡Oh, no me abandones, papá Juan Claudio! ¡Tanto como te quiero! ¿No es verdad que no quieres dejarme?»

Y el buen hombre veía los hermosos ojos de su hija llenos de terror; sentía los brazos de Luisa que le rodeaban el cuello. Pero estaba decidido a ocultarle la verdad, a hacerle creer cualquier cosa, valiéndose de un pretexto para explicar su ausencia y tranquilizarla; mas tales medios no eran propios de su carácter, y por ello su tristeza aumentaba.

Al pasar frente a la granja de «El Encinar» entró para decir a Catalina Lefèvre que todo marchaba bien y que los campesinos sólo esperaban la señal.

Un cuarto de hora después, el señor Juan Claudio desembocaba por el sendero de los acebos frente a su casita.

Antes de empujar la puerta, que hacía mucho ruido, se le ocurrió ver lo que hacía Luisa en aquel momento. Acercose, pues, a la ventana y miró hacia dentro de la habitación: Luisa se hallaba de pie, junto a las cortinas de la alcoba; parecía muy animada, arreglando, doblando y desdoblando varios vestidos extendidos sobre la cama. Su dulce rostro resplandecía de contento, y sus grandes ojos azules brillaban como llenos de entusiasmo; hasta parecía que la joven hablaba en voz alta. Hullin prestó atención, pero precisamente en aquel momento pasaba un carro por la calle y no pudo oír nada.

Entonces, tomando una resolución sin titubear, entró diciendo con voz fuerte:

—Luisa, ya estoy de vuelta.

Acto continuo, la joven, rebosando alegría y saltando como una corza, corrió a abrazar a Hullin.

—¡Ah! ¿Eres tú, papá Juan Claudio? ¡Te esperaba! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuánto tiempo has estado de viaje! ¡Pero ya estás aquí!

—¡Es que, hija mía—contestó el buen hombre en tono menos decidido, dejando la estaca detrás de la puerta y el sombrero sobre la mesa—, es que...

Y no pudo decir más.

—Sí, sí, has ido a ver a tus amigos—dijo riendo Luisa—; lo sé todo; mamá Lefèvre me lo ha contado todo.

—¿Cómo, tú lo sabes?... ¿Y no te impresiona nada?... Me alegro, me alegro; eso prueba tu buen sentido. ¡Y yo que temía verte llorar!

—¡Llorar! ¿Y por qué, papá Juan Claudio? ¡Oh! Yo tengo valor; tú no me conoces, por lo visto.

Luisa tomó una expresión decidida, que hizo sonreír a Hullin; pero aquella sonrisa desapareció súbitamente cuando la joven agregó:

—Vamos a ir a la guerra..., vamos a pelear..., vamos a batir la sierra...

—¿Cómo? ¿Qué es eso de vamos, vamos?—exclamó el buen hombre completamente sorprendido.

—¡Pues claro! ¿Es que no vamos ya?—dijo Luisa con voz que revelaba su contrariedad.

—Quiero decir... que tengo que dejarte sola algún tiempo, hija mía.

—¡Dejarme!... ¡Oh!, de ningún modo. Me voy contigo; eso está decidido. Mira, mi equipaje ya está preparado en ese paquete, y ahora estoy arreglando el tuyo. No te preocupes de nada; déjame disponerlo todo y quedarás satisfecho.

Hullin no podía salir de su estupor.

—¡Pero, Luisa—exclamó por fin—; tú no sabes lo que dices! ¡Reflexiona un poco! Hay que pasar muchas noches a campo raso, marchar, correr, y el frío y la nieve, los tiros... ¡Eso no puede ser!

—¡Por Dios—exclamó la joven, con voz nublada por las lágrimas y arrojándose a sus brazos—, no me digas que no! Quieres reírte a costa de tu hijita Luisa...; tú no puedes abandonarme.

—¡Pero estarás mejor aquí!... Tendrás fuego..., recibirás noticias nuestras todos los días...

—No, no quiero; quiero marcharme. El frío no me importa nada. Hace mucho tiempo que estoy encerrada; deseo tomar un poco de aire. ¿No salen también los pájaros? Los petirrojos se pasan fuera todo el invierno. Cuando era muy pequeña ¿no he sufrido hambre y frío?

Luisa golpeaba el suelo con el pie, y luego, abrazando a Juan Claudio por tercera vez, le dijo cariñosamente:

—Vamos, papá Hullin; la señora Lefèvre ha dicho que sí... ¿Serás tú más malo que ella? ¡Ah! ¡Si supieras cuánto te quiero!

El buen hombre, enternecido por tales palabras, se había sentado y volvía hacia otro lado la cabeza para no dejarse vencer y para no dejar que su hija le besara.

—¡Oh! ¡Y qué malo eres hoy conmigo, papá!

—Es por ti, hija mía.

—¡Pues bien; será peor..., porque me escaparé e iré en busca tuya! ¡El frío!... ¿Qué me importa el frío? ¿Y si caes herido, si quieres ver a tu Luisa por última vez y ella no está allí, a tu lado, para cuidarte, para quererte hasta el último momento?... ¡Oh! ¡Tú crees que tengo el corazón de piedra!

La joven sollozaba; Hullin no pudo resistir más y preguntó:

—¿Pero es cierto que la señora Lefèvre consiente?

—¡Ah, sí! ¡Ah, sí! Me lo ha dicho ella misma; me ha dicho: «Procura convencer a papá Juan Claudio; por mi parte, no deseo otra cosa; estoy muy contenta.»

—¡Pues!... ¿Cómo voy a defenderme contra vosotros dos?; vendrás con nosotros; quedamos conformes.

Un grito de alegría resonó en la casuca.

—¡Oh! ¡Qué bueno eres!

Y, en un momento, las lágrimas de Luisa se secaron.

—Marcharemos a batir los bosques, a luchar.

—¡Ah!—exclamó Hullin moviendo de arriba abajo la cabeza—; ahora lo veo claro; no puedes negar que eres la pequeña heimatshlos. ¡Vaya usted a domesticar una golondrina!

Después, sentándola sobre sus rodillas, le dijo:

—Mira, Luisa; hace ahora doce años que te encontré un día en medio de la nieve; ¡estabas completamente amoratada, pobre niña! Y cuando estuvimos en la barraca, cerca de un gran fuego, y poco a poco fuiste volviendo, lo primero que hiciste fue sonreírme. Desde entonces no he tenido otra voluntad que la tuya. Con esa sonrisa me has llevado donde has querido.

Y como Luisa le sonriera nuevamente, Juan Claudio y su ahijada se besaron.

—Pues bien—dijo Hullin dando un suspiro—; veamos si los paquetes están bien hechos.

Acercose a la cama y vio con asombro sus trajes de abrigo, sus chalecos de franela muy bien cepillados, muy bien doblados y perfectamente empaquetados; allí estaba asimismo el paquete de Luisa con sus vestidos, sus faldas y sus recios zapatos cuidadosamente ordenados. Por último, no pudiendo dejar de reír, exclamó:

—¡Oh, heimatshlos, heimatshlos! ¡Nadie como tú para hacer bien un paquete y para marcharse sin volver la cabeza!

Luisa sonrió.

—¿Estás contento?

—¡No he de estarlo! Pero mientras hacías todo esto, estoy seguro que no has pensado en preparar la cena.

—¡Oh! ¡Eso se arregla pronto! No sabía que venías esta noche, papá Juan Claudio.

—Es verdad, hija mía. Prepárame algo, cualquier cosa, con tal que sea pronto, porque tengo mucho apetito. Mientras tanto, voy a fumar una pipa.

—Sí, eso es; fúmate una pipa.

Hullin se sentó junto al banco de trabajo y comenzó a golpear con el eslabón con aspecto muy pensativo. Luisa iba de un lado a otro, como un verdadero diablillo, atizando el fuego, partiendo los huevos sobre la sartén y haciendo surgir, en un abrir y cerrar de ojos, una tortilla. Nunca la joven se había mostrado tan dispuesta, tan alegre y tan linda. Hullin, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, la miraba ir y venir, gravemente, pensando en la cantidad de firmeza, de voluntad y de resolución que existía en aquel cuerpecillo, ligero como una hada y decidido como un húsar. Pocos instantes después Luisa le servía la tortilla en un plato grande y vidriado, el pan, el vaso y la botella.

—Aquí tienes, papá; y, ahora, regálate.

Y mientras Juan Claudio comía, Luisa le miraba afectuosamente.

Las llamas se retorcían en la estufa, iluminando con viva luz las vigas bajas, la escalera de madera que quedaba en la obscuridad, el amplio lecho situado al fondo de la alcoba, toda la vivienda, en una palabra, tantas veces animada por el carácter alegre del almadreñero, las canciones de su hija y el ardor del trabajo. Y todo aquello Luisa lo abandonaba sin pena, pensando sólo en los bosques, en los senderos cubiertos de nieve, en las montañas que se perdían de vista desde la aldea hasta Suiza y más lejos aún. ¡Ah! El maestro Juan Claudio tenía razón al exclamar: ¡Heimatshlos, heimatshlos! La golondrina no puede domesticarse; necesita el aire libre, el cielo inmenso, el movimiento incesante. En el momento de la partida no le asusta la tormenta, ni el viento, ni la lluvia torrencial. Sólo tiene un pensamiento, un deseo único, una palabra: «¡En marcha! ¡En marcha!»

Una vez terminada la comida, levantose Hullin y dijo a su hija:

—Estoy cansado, hija mía; dame un beso y vamos a dormir.

—Sí, papá Juan Claudio; pero no olvides despertarme si sales antes del amanecer.

—No tengas cuidado; vendrás con nosotros.

Luego, al verla subir la escalera y desaparecer en la buhardilla, se dijo:

—¡Tiene miedo de quedarse en el nido!

Fuera, el silencio era muy profundo. Dieron las once en el reloj de la iglesia. El almadreñero se sentó para quitarse las botas. En aquel momento su mirada fue a caer casualmente sobre el viejo fusil que se hallaba colgado encima de la puerta; lo cogió con mucho cuidado, lo limpió y lo hizo funcionar para ver si marchaba bien. El alma entera de Hullin estaba absorbida por aquella tarea.

—Esto va bien—murmuró Juan Claudio.

Y luego, gravemente, añadió:

—¡Es curioso! ¡Es curioso! La última vez lo cogí en Marengo..., hace catorce años... ¡Me parece que fue ayer!

De repente, oyose fuera crujir la nieve endurecida como por la presión de unas pisadas rápidas. Hullin prestó atención: «¡Es alguien!...»

Casi inmediatamente después dos golpes, suaves y secos, sonaron en los cristales. Juan Claudio se dirigió a la ventana y la abrió. La cabeza de Marcos Divès, con su ancho sombrero de fieltro, rígido por el frío, se inclinó en la sombra.

—¿Qué hay, Marcos? ¿Qué noticias?

—¿Has avisado a los de la sierra, a Materne, a Jerónimo, a Labarbe?

—Sí, a todos.

—Pues no hay tiempo que perder; el enemigo ha pasado.

—¿Ha pasado?

—Sí..., en toda la línea... He recorrido quince leguas por la nieve, desde esta mañana, para decírtelo.

—¡Bien! Es preciso hacer la señal: una gran hoguera en el Falkenstein.

Hullin estaba muy pálido; volvió a ponerse los zapatos. Dos minutos después, con la recia zamarra sobre los hombros y empuñando una estaca, abría suavemente la puerta y marchaba a largos pasos, junto a Marcos Divès, camino del Falkenstein.

VII

Desde media noche hasta las seis de la mañana brilló, en medio de la obscuridad, una hoguera en la cumbre del Falkenstein, y toda la sierra se puso en movimiento.

Los amigos de Hullin, de Marcos Divès y de la Lefèvre, calzando altas polainas y llevando sendos fusiles, se encaminaron, en el silencio de los bosques, hacia los puertos del Valtin. El propósito del enemigo de atravesar las llanuras de Alsacia para caer de improviso sobre los desfiladeros había sido adivinado por todos. La campana de Dagsburg, de Abreschwiller, de Walsch, de San Quirino y de las demás aldeas no cesaban de tocar alarma.

Hay que imaginarse el Jaegerthal, al pie del viejo burg, en una época de nieves extraordinaria a la pálida luz de aquella hora temprana cuando los macizos de árboles comienzan a surgir de las sombras, cuando el excesivo frío de la noche empieza a templar, al acercarse el día. Hay que figurarse la antigua fábrica de aserrar, con su amplio techo plano, su pesada rueda llena de témpanos, su ancha barraca débilmente iluminada por una hoguera, cuya luz disminuía al acercarse el crepúsculo, y alrededor del fuego gorros de piel, sombreros de fieltro, negros perfiles mirándose unos por encima de otros y apretándose como si formaran una muralla; a lo lejos, en los claros de los bosques y en las anfractuosidades de la cañada, se veían otras hogueras que iluminaban grupos de hombres y mujeres agazapados en la nieve.

La agitación comenzaba a disminuir. A medida que el cielo se aclaraba, la gente se reconocía.

—¡Toma! ¡El primo Daniel, de Soldatenthal! ¿También tú has venido?

—¡Es claro! Ya lo ves, Enrique, y mi mujer también.

—¿Cómo? ¿La prima Nanette? ¿Y dónde está?

—Allá abajo, cerca de la encina grande, junto al fuego del tío Hars.

Dábanse la mano unos a otros. Algunos prorrumpían en largos bostezos y otros arrojaban al fuego trozos de tablas; corrían de mano en mano las calabazas de aguardiente, y los que se habían calentado se retiraban del corro para ceder el puesto a los vecinos que tiritaban. Pero cierta impaciencia se iba apoderando de la multitud.

—¡Ah!—se oía exclamar en diversos sitios—; no hemos venido aquí para chamuscarnos la planta de los pies. Es hora de hablar, de ponernos de acuerdo.

—¡Sí, sí; pongámonos de acuerdo! ¡Nombremos los jefes!

—No; todavía falta mucha gente. ¡Ved cómo siguen llegando de Dagsburg y de San Quirino!

En efecto; a medida que el día avanzaba se veían más grupos de personas que venían por los distintos senderos de la sierra. En el valle había varios centenares de hombres reunidos: leñadores, carboneros, almadieros, sin contar las mujeres ni los niños.

Nada tan pintoresco como aquella parada en medio de la nieve, en el fondo del desfiladero rodeado de abetos altísimos que llegaban hasta las nubes; a la derecha, los valles se unen unos a otros hasta perderse de vista; a la izquierda, las ruinas del Falkenstein se recortan en el cielo. De lejos, los grupos parecían bandadas de grullas posadas sobre el hielo; pero de cerca se veía que eran hombres rudos, con las barbas erizadas como cerdas de jabalí, la mirada sombría, los hombros anchos y cuadrados y las manos callosas. Algunos que descollaban por su estatura pertenecían a una raza de hombres de pelo rojo, de piel blanca, velludos hasta la punta de los dedos y tan fuertes que podrían arrancar de cuajo una encina. Entre éstos se encontraba el viejo Materne del Hengst y sus dos hijos Frantz y Kasper. Aquellos tres hombrachos—armados de carabinas cortas de Inspruck, con polainas altas de color azul y botones de cuero que les subían por encima de la rodilla, las espaldas cubiertas con una especie de casaca de piel de cabra y el sombrero muy echado atrás—no se habían dignado siquiera acercarse al fuego. Hacía una hora que el padre y los hijos se hallaban sentados en el tronco cortado de un árbol, a la orilla del río, el ojo alerta y los pies en la nieve, como al acecho. De vez en cuando el anciano decía a sus hijos:

—No sé cómo tiritan tanto allá abajo. Nunca he visto una noche tan templada en este tiempo; es una noche de corzos; los arroyos no están siquiera helados.

Todos los monteros de la comarca, al pasar, iban a estrecharles la mano, y luego se reunían a su alrededor, formando así una especie de grupo aparte. Tales hombres hablaban poco, porque habían adquirido la costumbre de pasar callados noches y días enteros, a fin de no espantar la caza.

Marcos Divès, de pie en medio de otro grupo, del que sobresalía completamente su cabeza, hablaba y gesticulaba, señalando ya a un punto de la sierra ya a otro. Frente a él se hallaba el anciano pastor Lagarmitte, con una amplia blusa gris, una larga trompa de madera colgada del hombro y su perro. Lagarmitte escuchaba al contrabandista con la boca abierta y de vez en cuando inclinaba la cabeza. Por lo demás, parecía que prestaba atención todo el corro, que se componía principalmente de leñadores y almadieros, con los cuales el contrabandista estaba en relación diariamente.

Entre la fábrica de aserrar y la primera hoguera, en la compuerta de la esclusa, se hallaba sentado el zapatero Jerónimo de San Quirino, un hombre de cincuenta a sesenta años, de cara larga y curtida, ojos hundidos, nariz gruesa, orejas cubiertas con un gorro de piel de nutria y barba rubia y puntiaguda que le llegaba hasta la cintura. Sus manos, cubiertas con guantes gruesos de lana de color verde claro, se apoyaban en un enorme garrote de serbal lleno de nudos. Iba vestido con un largo capote de paño pardo; cualquiera hubiera creído que era un ermitaño. Cada vez que se levantaba un rumor de algún lado, el señor Jerónimo volvía lentamente la cabeza y se ponía a escuchar, frunciendo las cejas.

Juan Labarbe, por su parte, con el codo apoyado en un mango de hacha, permanecía impasible. Era un hombre de pálidas mejillas, nariz aguileña y finos labios. Tenía gran ascendiente sobre los de Dagsburg por su resolución y por la claridad de su talento. Cuando los demás gritaban a su alrededor: «¡Hay que deliberar! ¡No podemos estar así, sin hacer nada!», él se limitaba sencillamente a decir: «Esperemos; todavía no ha llegado Hullin, ni Catalina Lefèvre. No tenemos prisa». Entonces se callaban todos, mirando con impaciencia hacia el sendero de Charmes.

El ségare Piorette, un hombrecillo flaco, escurrido, enérgico, con las cejas negras en medio de la frente y la pipa en la boca, estaba junto al umbral de su choza, y contemplaba, con la mirada a la vez viva y profunda, el conjunto de aquella escena.

Mientras tanto, la impaciencia aumentaba de minuto en minuto. Algunos alcaldes de pueblo, con casaca y sombrero de picos, se dirigieron a la fábrica de aserrar llamando a sus concejos respectivos para deliberar. Pero, afortunadamente, el carro de Catalina Lefèvre apareció, por fin, en el camino y mil gritos de entusiasmo se elevaron en seguida por todas partes.

—¡Aquí están! ¡Aquí están! ¡Han llegado!

El anciano Materne se subió en un tronco y luego descendió, diciendo gravemente:

—Son ellos.

Se produjo una gran agitación. Los grupos lejanos se acercaron, y los demás se aproximaron también. Una especie de estremecimiento de impaciencia dominaba a la multitud. Apenas viose distintamente a la anciana labradora, con la fusta en la mano, sentada en un haz de paja, cuando en todas partes resonaron, repetidos por el eco, gritos de:

—¡Viva Francia! ¡Viva la señora Catalina!

Hullin, que se había quedado atrás, con el sombrero sobre la nuca y el viejo fusil en bandolera, atravesaba en aquel momento la pradera de Eichmath repartiendo fuertes apretones de manos.

—¡Buenos días, Daniel! ¡Buenos días, Colon! ¡Buenos días! ¡Buenos días!

—¡Bah! ¡Esto está que arde, Hullin!

—Sí, sí; este invierno vamos a oír crujir las castañas. Buenos días, amigo Jerónimo; ha llegado la hora de los grandes acontecimientos.

—Sí, Juan Claudio, y hay que esperar que, con la ayuda de Dios, saldremos de ellos.

Catalina había llegado mientras tanto a la puerta de la fábrica de aserrar, y ordenó a Labarbe que dejara en el suelo un barrilillo de aguardiente, que había traído de la granja, y que fuera a buscar un cántaro a la choza del ségare.

Pocos instantes después, Hullin, al acercarse a la hoguera, encontró a Materne y a sus dos hijos.

—Llega usted tarde—le dijo el anciano cazador.

—Sí; es cierto. ¿Qué quieres? He tenido que bajar del Falkenstein, coger el fusil y acomodar a las mujeres. Pero, en fin, ya estamos aquí, no perdamos tiempo. ¡Lagarmitte, toca la cuerna para que se reúna la gente! Ante todo, es preciso ponerse de acuerdo y hay que nombrar jefes.

Lagarmitte tocó la trompa, hinchándosele las mejillas hasta las orejas, y los grupos que aún se hallaban dispersos a lo largo de los senderos y a las orillas de los bosques apresuraron el paso para llegar a tiempo. Momentos después aquella muchedumbre de gentes se hallaba reunida frente a la fábrica de aserrar. Hullin, que había adquirido un aspecto muy serio, subiose en una pila de troncos cortados y, dirigiendo a la multitud profundas miradas, dijo en medio del mayor silencio.

—El enemigo ha pasado el Rin anteanoche y se dirige a la sierra para penetrar en Lorena: Estrasburgo y Huningue se hallan sitiados. Hay que suponer que dentro de tres o cuatro días veremos aquí a los alemanes y a los rusos.

Se oyó un grito unánime de «¡Viva Francia!»

—Sí, viva Francia—añadió Juan Claudio—, porque si los aliados llegan a París son dueños de todo; pueden imponer trabajos obligatorios, diezmos, conventos; restablecer los privilegios y levantar patíbulos. ¡Si queréis volver a tener todo eso, no tenéis mas que dejarlos pasar!

Imposible sería describir el furor reconcentrado que se manifestaba en los rostros de los reunidos.

—¡Eso era lo que yo tenía que deciros!—gritó Hullin muy pálido—. Si hemos venido aquí, es para luchar.

—Sí, sí.

—Está bien, pero oídme. No quiero entre nosotros traidores. Hay aquí algunos que son padres. Hemos de ser uno contra diez, contra cincuenta; fácil será que perezcamos. Así es que aquellos que no lo hayan pensado bien, aquellos que no se sientan con ánimos de llegar hasta el fin, que se vayan; no se lo reprocharemos. Todo el mundo es libre.

Hullin callose un momento, mirando a su alrededor. Nadie se movió. En vista de lo cual, con voz más segura, acabó de esta manera:

—¡Nadie se marcha! ¡Todos, todos estáis conformes con luchar! ¡Muy bien; mucho me alegra que no haya un solo granuja entre nosotros! Ahora es preciso que nombremos un jefe. En los momentos de peligro, lo primero es el orden, la disciplina. El jefe que vais a nombrar tendrá derecho absoluto a mandar y ser obedecido. Así es que pensadlo bien, porque de tal hombre va a depender la suerte de todos.

Una vez que hubo terminado, Juan Claudio descendió de los troncos, y la agitación que entonces se produjo fue extraordinaria. Cada aldea deliberaba separadamente; cada aldea tenía una persona a quien proponer. Mientras, el tiempo corría y Catalina Lefèvre consumíase de impaciencia. Por último, no pudiendo resistir más, se levantó de su asiento e hizo seña de que quería hablar.

Catalina gozaba de una gran consideración. Al pronto fueron sólo algunos, pero luego fueron en gran número los que se acercaron para saber lo que quería decir.

—¡Amigos míos!—dijo—, perdemos mucho tiempo. ¿Qué es lo que necesitamos? Una persona de quien nos podamos fiar, ¿no es eso? ¿Un soldado, un hombre que haya estado en la guerra y que sepa aprovechar la ventaja de nuestras posiciones? Pues bien, ¿por qué no nombráis a Hullin? ¿Hay alguno que sea mejor? Que se levante en seguida y decidiremos. Por mi parte, propongo a Juan Claudio Hullin. ¡Eh! ¡Allá abajo! ¿Lo oís? Pero si esto continúa, los austriacos estarán aquí antes de que tengamos un jefe.

—¡Sí, sí, Hullin!—exclamaron Labarbe, Divès, Jerónimo y otros varios—. ¡Vamos a votar en pro o en contra!

Entonces Marcos Divès, encaramándose en los troncos, exclamó con voz de trueno:

—¡Los que no quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!

Ni una sola mano se levantó.

—¡Los que quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!

No se vieron mas que manos en el aire.

—Juan Claudio—dijo el contrabandista—, sube aquí, mira..., ¡es a ti a quien quieren!

El señor Juan Claudio subió acto continuo, y vio que, en efecto, estaba nombrado, e inmediatamente, con voz firme, dijo:

—¡Está bien! Me nombráis vuestro jefe, y yo acepto. Que Materne, el padre; Labarbe, de Dagsburg; Jerónimo, de San Quirino; Marcos Divès, Piorette el ségare y Catalina Lefèvre entren en la fábrica. Vamos a deliberar. Dentro de un cuarto de hora o de veinte minutos daré las órdenes. Mientras tanto, cada aldea designará dos hombres para que vayan con Marcos Divès a buscar pólvora y balas al Falkenstein.

VIII

Todos los que fueron designados por Juan Claudio Hullin se reunieron en la cabaña del ségare al abrigo de la campana de la inmensa chimenea. Un cierto buen humor resplandecía en el rostro de aquellas animosas gentes.

—Hace veinte años que oigo hablar de los rusos, de los austriacos y de los cosacos—decía sonriendo el anciano Materne—, y no me disgustaría ver algunos en la punta de mi fusil; eso siempre alegra el ánimo.

—Sí—respondió Labarbe—; vamos a ver tipos curiosos; los niños de la sierra podrán contar anécdotas de sus padres y de sus abuelos. Y las viejas, en las veladas, van a tener materia para contar historias de aquí a cincuenta años.

—Compañeros—dijo Hullin—, todos vosotros conocéis el país y tenéis presente la sierra, desde Thann hasta Wissemburg. Sabéis también que dos grandes caminos, dos caminos reales, atraviesan Alsacia y los Vosgos; ambos parten de Basilea: uno, a lo largo del Rin hasta Estrasburgo, y de aquí sube por la ladera de Saverne y entra en Lorena; Huningue, Nuevo Brisach, Estrasburgo y Falsburgo lo defienden. El otro tuerce a la izquierda y va a Schlestadt; por Schlestadt entra en la sierra y llega a San Dié, Raon-l'Etape, Baccarat y Luneville. El enemigo tratará de forzar ambos caminos, que son los mejores para la caballería, la artillería y la impedimenta; pero como están defendidos, no tenemos por qué inquietarnos. Si los aliados ponen sitio a las plazas fuertes—lo que prolongaría mucho la campaña—, no hay que temer nada; pero eso es poco probable. Después de intimar a rendirse a Huningue, Belfort, Schlestadt, Estrasburgo y Falsburgo, de este lado de los Vosgos; Bitche, Lutzelstein y Sarrebrück, del otro, creo que vendrán sobre nosotros. Ahora, oídme bien: entre Falsburgo y San Dié hay varios desfiladeros para la infantería, pero no hay mas que un camino por el que puedan pasar los cañones: es la carretera de Estrasburgo a Raon-les-Leaux, que va por Urmatt, Mutzig, Lutzelhouse, Framont y Grand-Fontaine. Una vez dueños de tal entrada, los aliados podrán invadir la Lorena. Dicha carretera pasa por el Donon, a dos leguas de aquí, a la derecha. Lo primero que hay que hacer es fortificarse allí poderosamente, en el sitio más adecuado para la defensa, es decir, en la meseta, y cortar la carretera, destruyendo los puentes y llenándola de obstáculos. Varios centenares de árboles grandes, atravesados en un camino con sus ramas y hojas, valen como murallas. Esas son las mejores emboscadas, pues se está bien resguardado y se ve venir a la gente. ¡Los árboles son una complicación de mil demonios! Es preciso hacerlos pedazos; no es posible echar puentes por encima de ellos, en fin, que no hay nada mejor. Todo eso, compañeros, quedará terminado mañana por la noche o pasado mañana cuando más; yo me encargo de ello; pero no se reduce todo a ocupar una posición y ponerla en buenas condiciones de defensa; es preciso obrar de manera que el enemigo no pueda rodearla...

—Precisamente estaba pensando en eso—dijo Materne—; una vez en el valle del Brugo, los alemanes pueden penetrar con la infantería en las colinas de Haslach y rodear nuestra izquierda. Nada les impedirá hacer la misma maniobra en el flanco derecho, si llegan a Raon-l'Etape.

—Sí, pero para quitarles esas ideas nos basta con hacer una cosa muy sencilla: ocupar los desfiladeros de la Aduana y del Sarre, a nuestra izquierda, y el del Blanru, a la derecha; y como no se puede defender un puerto mas que conservando las alturas, Piorette irá a situarse con cien hombres del lado de Raon-les-Leaux; Jerónimo, al Grosmann, con otros cien, para cerrar el valle del Sarre, y Labarbe, al frente de los demás, se colocará en la ladera para vigilar las colinas de Haslach. Cuidaréis que la gente de cada uno de estos grupos sea de las aldeas próximas, para evitar que las mujeres tengan que andar mucho al llevar las provisiones. Además, los heridos estarán así más cerca de sus casas, lo que hay que tener también presente. Esto es lo que tenía que deciros, por el momento. Los jefes de los puestos me enviarán todos los días al Donon, donde voy a establecer esta noche nuestro cuartel general, un hombre que ande mucho, para comunicarme lo que suceda y recibir el santo y seña. También organizaremos una reserva; pero como hay necesidad de ir de prisa, hablaremos de eso cuando estéis en vuestras posiciones y no haya que temer una sorpresa del lado enemigo.

—¿Y yo?—exclamó Marcos Divès—. ¿Yo no tendré nada que hacer? ¿Voy a permanecer con los brazos cruzados viendo batirse a los demás?

—Tú quedas encargado del transporte de municiones; ninguno sabría manejar la pólvora mejor que tú, preservándola del fuego y de la humedad, fundir balas, hacer cartuchos...

—¡Pero eso es propio de las mujeres!—exclamó el contrabandista—. Hexe-Baizel lo hará tan bien como yo. ¡Cómo! ¿Yo no he de disparar un solo tiro?

—Tranquilízate, Marcos—respondió Hullin riendo—; no te faltará ocasión de tirar cuanto quieras. En primer lugar, el Falkenstein es el centro de nuestra línea, nuestro depósito y nuestro punto de retirada en caso de contratiempo. El enemigo sabrá, por sus espías, que los convoyes salen de allí, y tratará probablemente de arrebatárnoslo; las balas y los bayonetazos no escasearán. Además, aun cuando estuvieses libre de peligro, no habría que lamentarlo, porque no se pueden entregar tus cuevas al primero que llegue. Sin embargo, si tienes un interés decidido...

—No—dijo el contrabandista, a quien la reflexión de Hullin sobre las cuevas había impresionado—; no, si se piensa bien, no te falta razón. Juan Claudio, dispongo de varios hombres con buenas armas; defenderemos el Falkenstein, y si se presenta la ocasión de dar un balazo, así estaré más libre.

—Entonces, ¿es asunto concluido y perfectamente comprendido?—preguntó Hullin.

—Sí, sí; comprendido.

—Pues bien, compañeros—exclamó el animoso jefe con voz alegre—; vamos a calentarnos con unos vasos de buen vino. Son las diez; que cada uno se marche a su aldea y se procure provisiones. Mañana por la mañana, a más tardar, es preciso que todos los desfiladeros se hallen perfectamente defendidos.

Los reunidos salieron de la cabaña, y Hullin, en presencia de todo el mundo, nombró a Labarbe, a Jerónimo y a Piorette, jefes de los puertos; luego ordenó a los naturales de las orillas del Sarre que se congregasen lo más pronto posible cerca de la finca de «El Encinar» llevando hachas, picos y fusiles.