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La invasión o El loco Yégof

Chapter 20: XVI
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About This Book

An elderly hunter recounts the 1814 invasion as it reaches a small Vosges village, tracing how rural routines and local ties are tested when a young conscript is absent. The narrative dwells on household scenes, landscape detail and village talk, and on a handful of figures—a former volunteer turned village craftsman, his foster daughter and their neighbors—whose tenderness, fears and pragmatic concerns about arms and survival make visible the domestic costs of warfare. The account presents military upheaval through popular, intimate observation rather than grand strategy, showing how ordinary lives bend and hold under the pressure of invasion.

—Es un cosaco—dijo Hullin, estrechando la mano de Materne.

—Sí, Juan Claudio; le vimos en la laguna de Riel, y Kasper le tiró.

Varios hombres bajaron el cadáver de la cabalgadura y le tendieron en el suelo.

Su rostro, de color amarillo viejo, presentaba reflejos extraños a la luz de las llamas.

El doctor Lorquin, después de contemplarlo, dijo:

—Es un hermoso ejemplar de la raza tártara; si yo tuviese tiempo, lo cubriría con una capa de cal para tener un esqueleto de esta especie.

Luego, arrodillándose y abriendo el largo casacón que cubría el cuerpo del cadáver, dijo:

—La bala ha atravesado el pericardio, lo que produce un efecto semejante al de un aneurisma cuando revienta.

Todos los demás guardaban silencio.

Kasper, con la mano apoyada en el cañón de la carabina, parecía muy contento de su cacería, y Materne, frotándose las manos, decía:

—Yo estaba seguro que les traería a ustedes algo; nosotros, lo mismo mis hijos que yo, nunca volvemos con las manos vacías. En fin, ahí está.

Entonces Hullin le llamó aparte, y juntos entraron en la granja, en tanto que, pasado el primer momento de sorpresa, cada cual comenzaba a hacer reflexiones particulares sobre el cosaco.

XIII

Aquella noche, que era la víspera de un sábado, la reducida alquería del anabaptista no dejó un minuto de hallarse llena de gente.

Hullin estableció su cuartel general en una gran sala baja, a la derecha de los trojes, que daba frente a Framont; al otro lado del pasadizo se encontraba la ambulancia, y en las habitaciones superiores vivían las personas de la granja.

Aunque la noche estaba muy tranquila y el cielo tachonado de innumerables estrellas, el frío era tan intenso que había cerca de una pulgada de escarcha en los cristales.

Fuera se oía el «¿quién vive?» de los centinelas, las pisadas de las patrullas, y, en las cumbres de alrededor, los aullidos de los lobos, que seguían a nuestros ejércitos por centenares desde 1812. Estos feroces animales, sentados sobre témpanos de hielo, con el puntiagudo hocico entre las patas y el hambre mordiendo las entrañas, se llamaban unos a otros del Grosmann al Donon, con gemidos semejantes a los del viento.

Más de un montañés sentía, al oírlos, que se le helaba la sangre: «Son cantos fúnebres—pensaban—; es la Muerte que olfatea la batalla y nos llama.»

Los bueyes, en el establo, mugían y los caballos daban coces terribles.

Unas treinta hogueras brillaban en la meseta; se había entrado a saco en la leñera del anabaptista, se amontonaban los leños unos sobre otros, y mientras los hombres se quemaban la cara, sus espaldas tiritaban; mas cuando se calentaban las espaldas, los bigotes se cubrían de escarcha.

Hullin, solo, frente a una amplia mesa de pino, pensaba en todo. Por las últimas noticias recibidas durante la noche, que anunciaban la llegada de los cosacos a Framont, estaba convencido de que el primer ataque tendría lugar al día siguiente. Había mandado distribuir los cartuchos, reforzado los centinelas, organizado patrullas y señalado los puestos convenientes, a lo largo de los parapetos. Cada cual sabía de antemano el sitio que debía ocupar. Asimismo, Hullin dio orden a Piorette, a Jerónimo de San Quirino y a Labarbe de que le enviaran sus mejores tiradores.

El estrecho pasillo obscuro, alumbrado solamente por una linterna grasienta, estaba lleno de nieve, y a cada instante se veía pasar, bajo la luz inmóvil, a los jefes de destacamento, con el sombrero metido hasta las orejas, las anchas mangas de sus hopalandas extendidas hasta la mano, la mirada dura y las barbas cubiertas de hielo.

Plutón ya no refunfuñaba al oír las recias pisadas de aquellos hombres. Hullin, muy pensativo, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en la mesa, escuchaba cuantas noticias le transmitían.

—Señor Juan Claudio, se nota gran movimiento hacia Grand-Fontaine; se oye galopar.

—Señor Juan Claudio, el aguardiente se ha helado.

—Señor Juan Claudio, varios me han pedido pólvora.

—Falta esto... y lo otro.

—Que se vigile Grand-Fontaine y que se cambien los centinelas de ese lado cada media hora. Que se ponga el aguardiente junto al fuego. Esperad que llegue Divès, que trae municiones; que se distribuyan los cartuchos sobrantes y que todo el que tenga más de veinte entregue el resto a sus compañeros.

Y así durante toda la noche.

Cerca de las cinco de la mañana, Kasper, el hijo de Materne, fue a decir a Hullin que Marcos Divès con un volquete lleno de cartuchos, Catalina Lefèvre en un carro y un destacamento de Labarbe acababan de llegar al mismo tiempo y que se hallaban en la meseta.

Tal noticia causó a Hullin una viva alegría, sobre todo por lo que se refiere a los cartuchos, pues temía que llegasen tarde.

En seguida Juan Claudio se levantó y salió con Kasper.

La meseta ofrecía un extraño aspecto.

Al acercarse el día, comenzaban a subir del valle masas de bruma; las hogueras chisporroteaban por efecto de la humedad, y por doquiera se veían hombres que dormían; unos, tendidos boca arriba, con las manos cruzadas detrás del sombrero, con la cara roja y las piernas dobladas; otros, con la mejilla apoyada en el brazo y el lomo vuelto hacia el fuego; la mayoría, sentados, con la cabeza inclinada y el fusil a la espalda. Todo se hallaba en silencio, envuelto en una onda de luz rojiza o de tonos grises, según que las llamas bajaban o subían. Más separados, en la lejanía, se dibujaban las siluetas de los centinelas, con el fusil al brazo o con la culata junto a los pies, que miraban al abismo cubierto de nubes.

A la derecha, a cincuenta pasos de la última hoguera, se oía a los caballos relinchar y a los hombres golpear el suelo con los pies para entrar en calor mientras hablaban en voz alta.

—El señor Juan Claudio llega—dijo Kasper, adelantándose por aquel lado.

Uno de los hombres de la partida arrojó al fuego un brazado de ramillas secas; se formó una alta llama y aparecieron los jinetes de Marcos Divès a caballo: doce hombres corpulentos, envueltos en grandes capas grises, con el sombrero caído sobre los hombros, los espesos bigotes retorcidos o lacios y largos hasta el cuello, el sable en la diestra, inmóviles alrededor del volquete; más allá, Catalina Lefèvre, acurrucada junto a la barandilla de su carro, con una capucha metida hasta la nariz, los pies enterrados en paja y la espalda apoyada en un gran barril; detrás de Catalina se amontonaban una olla, unas parrillas, un cerdo abierto en canal, limpio, blanco y sonrosado, varias gavillas de cebollas y algunas coles para hacer la sopa: todo aquello salió un momento de la obscuridad y volvió a quedar en la sombra.

Divès se había separado del convoy y avanzaba, cabalgando sobre un hermoso caballo.

—¿Eres tú, Juan Claudio?

—Sí, Marcos, yo soy.

—Allí tengo preparados varios miles de cartuchos. Hexe-Baizel trabaja noche y día.

—¡Bien! ¡Bien!

—Sí, amigo mío. Y Catalina Lefèvre, por su parte, trae víveres; ayer ha hecho matanza...

—Está bien, Marcos; tendremos necesidad de todo eso. La batalla se acerca.

—Sí, sí; ya lo sospechaba; hemos venido a paso de carga. ¿Dónde hay que meter la pólvora?

—Allá en el cobertizo, detrás de la granja. ¿Eh? ¿Es usted, Catalina?

—Sí, Juan Claudio; ¡qué frío hace esta mañana!

—Usted es siempre la misma; nunca le teme a nada.

—Si no fuese curiosa, ¿no dejaría de ser mujer?; tengo que meter las narices en todo.

—Sí, sí; usted siempre encuentra una excusa para cualquier bien que hace.

—Hullin, es usted muy machacón; déjeme usted tranquila y no me alabe más. ¿Acaso estos hombres no tienen necesidad de comer? ¿Acaso pueden mantenerse del aire? ¡Con lo que alimenta el vientecillo que se deja sentir y con el frío que hace!: corta la piel como una navaja. Así es que he tenido que preparar algo: ayer matamos un buey—el pobre Schwartz, usted sabe—que pesaba más de novecientos kilos; traigo aquí el cuarto trasero para la comida de esta mañana.

—Catalina—exclamó Juan Claudio conmovido—, por bien que la conozca, siempre encuentro algo nuevo y admirable en usted. Nada le pesa; ni el dinero, ni el trabajo, ni los sacrificios.

—¡Bah!—respondió la labradora levantándose y saltando del carro—; usted me confunde, Hullin. Voy a calentarme.

Catalina entregó las riendas de los caballos a Dubourg, y luego, volviéndose, dijo:

—La cosa no tiene importancia, Juan Claudio; ¡y qué agradable es ver la hoguera aquí y allá! Pero... ¿y Luisa? ¿Dónde está?

—Luisa ha pasado la noche cortando y cosiendo vendas con las dos hijas de Pelsly. Está en la ambulancia; vea usted, allá abajo, donde brilla aquella luz.

—¡Pobre hija mía!—dijo Catalina—; voy a ayudarle, y así entraré en calor.

Hullin, cuando vio que se alejaba, hizo un gesto como diciendo: «¡Qué mujer!»

Al mismo tiempo, Divès y sus hombres transportaban la pólvora al cobertizo, y en el momento que Juan Claudio se acercaba a la hoguera más próxima ¡cuál no sería su sorpresa al ver, entre los hombres de la partida, al loco Yégof con la corona a la cabeza, sentado gravemente en una piedra, con los pies cerca del fuego y cubierto con sus andrajos como si fuese un manto real!

Nada más extraño que tal figura vista a la luz de la hoguera. Yégof era, de toda la tropa que allí había, el único que se hallaba despierto; se le hubiera, en verdad, tomado por algún rey bárbaro que soñaba en medio de su horda adormecida.

Hullin, por su parte, no vio en él mas que un loco, y poniéndole suavemente la mano en el hombro le dijo irónicamente:

—¡Salud, Yégof! ¡Vienes sin duda a prestarnos el socorro de tu brazo invencible y de tus innumerables ejércitos!

El loco, sin revelar la menor sorpresa, respondió:

—Eso depende de ti, Hullin; tu suerte y la de toda esta gente pende de tus manos. He detenido mi cólera y dejo que tú pronuncies la sentencia.

—¿Qué sentencia?—preguntó Juan Claudio.

El loco, sin contestar, prosiguió en voz baja y solemne:

—Henos los dos aquí, como hace mil seiscientos años, en vísperas de una gran batalla. En aquella ocasión, yo, jefe de tantos pueblos, fui a tu clan para pedirte que me franquearas el paso...

—¡Hace mil seiscientos años!—dijo Hullin—; ¡demonio, Yégof, resulta que somos viejísimos! De todos modos, no importa; cada cual cree lo que le parece.

—Sí—añadió el loco—; pero, con tu obstinación de costumbre, no quisiste oír nada; hubo muchos muertos en el Blutfeld, y esos muertos claman venganza.

—¡Ah! ¡El Blutfeld!—dijo Juan Claudio—; sí, sí, una historia antigua; me parece haber oído hablar de eso.

Yégof se puso rojo, los ojos se le encendieron, y exclamó:

—¡Te vanaglorias de tu triunfo! Bien; pero ten cuidado, ten mucho cuidado: la sangre pide sangre.

Luego, en tono más tranquilo, prosiguió:

—Oye, Hullin; no te quiero mal; eres valiente; los descendientes de tu raza pueden mezclarse con los de la mía; deseo una alianza contigo, tú lo sabes...

—¡Vamos!—pensó Juan Claudio—; otra vez me va a hablar de Luisa...

Y como previese una petición en regla, dijo:

—Yégof, lo siento mucho; pero me veo obligado a dejarte; ¡tengo tantas cosas que ver!...

El loco no esperó el fin de aquella despedida, y levantándose, con el rostro demudado por la cólera, exclamó, alzando la mano solemnemente:

—¡No me concedes tu hija!

—Ya hablaremos de eso más tarde.

—¡Me la niegas!

—Vamos, Yégof, con tus gritos vas a despertar a todo el mundo.

—¡Me la niegas!... ¡Es la tercera vez! ¡Guárdate, Hullin, guárdate!

Juan Claudio, convencido de que no podía hacerle entrar en razón, se alejó apresuradamente; pero el loco, poseído de violenta cólera, descargó sobre sus espaldas estas extrañas palabras:

—¡Huldrix! ¡Desdichado de ti! Tu última hora se acerca; tu cuerpo servirá de pasto a los lobos. Todo se ha acabado; desataré los rayos de mi ira, y no habrá para ti ni para los tuyos ni gracia, ni piedad, ni merced. Tú lo has querido.

Y cruzándose el hombro izquierdo con un trozo de sus andrajos, el desgraciado se alejó rápidamente hacia la cumbre del Donon.

Varios hombres de la partida, que se despertaron al ruido de los gritos, vieron al loco de un modo confuso cuando se perdía en las tinieblas. También oyeron un rumor de alas alrededor de la hoguera; después, sin darles más importancia que a las imágenes del sueño, se volvieron del otro lado y otra vez se durmieron.

Cerca de una hora más tarde, la cuerna de Lagarmitte tocaba diana. En pocos momentos, todo el mundo se puso de pie.

Los jefes de los destacamentos reunían a sus soldados; unos se dirigían al cobertizo, donde se distribuían los cartuchos; otros llenaban las calabazas de aguardiente en el barril; todo se hacía con orden, con el jefe al frente; luego cada pelotón se alejaba, a la débil claridad del amanecer, hacia los parapetos, por ambos lados de la ladera.

Cuando salió el Sol, la meseta se hallaba desierta y, a excepción de cinco o seis hogueras que continuaban humeando, nada revelaba que numerosos guerrilleros ocupaban los puntos estratégicos de la sierra, ni que habían pasado la noche en aquel sitio.

Hullin, sin sentarse, tomó un bocado y se bebió un vaso de vino en unión del doctor Lorquin y del anabaptista Pelsly.

Lagarmitte estaba con ellos, pues no debía separarse del señor Juan Claudio en todo el día, para transmitir sus órdenes en caso de necesidad.

XIV

A las siete de la mañana no se había notado aún movimiento alguno en el valle.

De vez en cuando, el doctor Lorquin abría la hoja de una ventana de la sala grande y miraba: nada se movía; las hogueras se habían apagado; todo se hallaba en tranquilidad.

Frente a la granja, a unos cinco pasos, en un talud, se veía al cosaco muerto por Kasper el día anterior; estaba blanco por la escarcha y rígido como si fuese de piedra.

Dentro, el fuego de la estufa, que se había encendido, calentaba el ambiente.

Luisa, sentada al lado de su padre, miraba a éste con una inefable ternura; diríase que la joven abrigaba el temor de no verle más; sus irritados ojos revelaban que por ellos habían corrido abundantes lágrimas.

Hullin, aunque estaba sereno, parecía algo intranquilo.

El doctor y el anabaptista, serios y solemnes, hablaban de los asuntos de actualidad, y Lagarmitte, detrás del hogar, los escuchaba con recogimiento.

—Nosotros tenemos no sólo el derecho sino también el deber de defendernos—decía el doctor—; nuestros padres han cultivado estos bosques, los han hecho producir; es una legítima propiedad nuestra.

—Sin duda—respondía el anabaptista en tono sentencioso—; pero está escrito: «¡No matarás! ¡No derramarás sangre de tus hermanos!»

Catalina Lefèvre, que se hallaba comiendo apresuradamente una lonja de jamón, y a quien, sin duda, aquella conversación desagradaba, se volvió con rapidez y contestó:

—Eso quiere decir que, si nosotros tuviéramos la religión de usted, los alemanes, los rusos y todos esos hombres rojos podían meterse por las puertas de nuestras casas. ¡Es curiosa esa religión de usted; sí, curiosa y conveniente para los bribones! Así pueden atropellar cómodamente a las personas honradas. ¡Los aliados desearían que tuviésemos una religión semejante, estoy segura! Pero, por desgracia, todo el mundo no se siente con vocación de cordero. Por mi parte, y sin tratar de ofender a usted, creo que es algo estúpido trabajar para los demás. En fin, ustedes son buenas personas y nadie puede desearles ningún mal; esas ideas son de familia y han ido de padres a hijos: el mismo camino que ha recorrido el abuelo lo sigue el nieto. Pero nosotros les defenderemos, no obstante, y después nos pronunciarán ustedes discursos sobre la paz eterna. Me agradan mucho los discursos sobre la paz cuando nada tengo que hacer y hago la digestión de la comida; eso conforta el ánimo.

Y después de dichas tales palabras, Catalina se volvió tranquilamente y acabó de comer el trozo de jamón.

Pelsly quedose estupefacto, y el doctor Lorquin no podía reprimir una sonrisa.

En aquel momento se abrió la puerta, y uno de los centinelas que se hallaban de vigilancia en los extremos de la meseta gritó:

—Señor Juan Claudio, venga usted a ver; me parece que quieren subir.

—Está bien, Simón, voy en seguida—dijo Hullin levantándose—. Dame un beso, Luisa; valor, hija mía; no tengas miedo, todo marchará bien.

Y la estrechó contra su pecho, con los ojos cargados de lágrimas. Luisa parecía más muerta que viva.

—Sobre todo—dijo Juan Claudio dirigiéndose a Catalina—, que nadie salga; ¡que nadie se acerque a las ventanas!

Y acto continuo salió al pasadizo.

Cuantos presenciaron la anterior escena palidecieron intensamente.

El señor Juan Claudio llegó hasta el extremo de la meseta y, dirigiendo la vista hacia Grand-Fontaine y Framont, que se hallaban a tres mil metros debajo de él, vio lo siguiente:

Los alemanes, que habían llegado el día antes, a la caída de la tarde, pocas horas después que los cosacos, habían pasado la noche en las trojes, en los establos, en los cobertizos, y en aquel momento se agitaban como un hormiguero. Serían cinco o seis mil y salían por las puertas en filas de diez, quince y veinte, abrochando rápidamente las mochilas, colgándose los sables y calando las bayonetas.

Otros soldados, los de caballería—ulanos, cosacos, húsares, con uniformes verdes, grises, azules, galoneados de rojo y amarillo; con morriones de hule y piel de carnero, quepis y gorros desmesurados—, ensillaban los caballos y liaban los capotes apresuradamente.

Los oficiales, con las capas terciadas, descendían las escalerillas, unos mirando altivamente a todas partes, otros besando a las mujeres, a la puerta de las casas.

Los trompetas, con la mano en la cadera y el codo levantado, tocaban diana en las esquinas de las calles; los tambores apretaban las cuerdas de las cajas. En una palabra, podían observarse en aquel espacio, no mayor que la palma de la mano, los aprestos militares de un ejército que se pone en marcha.

Algunos labriegos, asomados a las ventanas, contemplaban el espectáculo; las mujeres sacaban la cabeza por los ventanillos de los graneros. Los posaderos llenaban las cantimploras en presencia del caporal schlague, que se hallaba de pie junto a ellos.

A Hullin, que tenía buena vista, no se le escapaba nada; además, hacía muchos años que había sido testigo de hechos análogos; pero Lagarmitte, que nunca había visto nada parecido, estaba estupefacto.

—¡Cuántos son!—decía moviendo la cabeza.

—¡Bah! ¿Y eso qué significa?—dijo Hullin—. En mi tiempo hemos aniquilado tres ejércitos de cincuenta mil, de la misma raza que éstos, en seis meses. Todo lo que ves ahí no nos hubiera bastado para merendar. Y además, tranquilízate, no tenemos necesidad de matarlos a todos; ya los verás correr como conejos. No sería la primera vez.

Después de haber hecho estas juiciosas reflexiones, Juan Claudio quiso ir a ver cómo se hallaba la gente.

—¡Vamos!—dijo al pastor.

Ambos comenzaron a caminar por detrás de los parapetos, siguiendo una trinchera, abierta en la nieve dos días antes. La nieve, endurecida por la helada, se había convertido en hielo. Los árboles, tumbados delante y completamente cubiertos de granizo muy denso, formaban una barrera infranqueable, que alcanzaba una anchura de cerca de seiscientos metros. El camino cortado pasaba por debajo.

Al acercarse, Juan Claudio vio a los montañeses del Dagsberg acurrucados en unos a modo de pozos redondos que, a distancia de veinte pasos unos de otros, habían hecho.

Aquellos animosos hombres se hallaban sentados en las mochilas, con la cantimplora a la derecha, el sombrero o las gorras de piel de zorro metidos hasta las orejas y el fusil entre las piernas. No tenían mas que levantarse para ver el camino a cincuenta pasos por debajo de ellos, al extremo de una rampa suave.

La llegada de Hullin causó una satisfacción general.

—¡Eh, señor Juan Claudio!, ¿cuándo vamos a empezar?

—Pronto, hijos míos, no tengáis prisa; antes de una hora habrá comenzado la partida.

—¡Ah! ¡Tanto mejor!

—Sí, pero sobre todo, apuntad bien, a la altura del pecho, sin apresuramiento y sin descubrir el cuerpo más de lo que sea preciso.

—Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio—le contestaban.

Hullin se alejaba luego en otra dirección; por todas partes se le recibía con igual entusiasmo.

—No se olviden—decía a todos—de parar el fuego en cuanto oigan la cuerna de Lagarmitte; pues, de lo contrario, se gastaría inútilmente la pólvora.

Cuando llegaron donde se encontraba Materne, que mandaba un pelotón de hombres, cuyo número ascendía a cerca de doscientos cincuenta, Hullin halló al cazador en disposición de fumarse una pipa, con la nariz roja como un ascua y la barba erizada por el frío, como piel de jabalí.

—¡Eh! ¿Eres tú, Juan Claudio?

—Sí, vengo a estrechar tu mano.

—Con mucho gusto; pero oye: el enemigo no se da prisa en venir; ¿irán a pasar por otra parte?

—No tengas cuidado; necesitan apoderarse de la carretera para transportar la artillería y los bagajes. ¿Ves? Ya han tocado a botasilla.

—Sí, lo he visto; parece que se preparan.

Luego, riendo en voz baja, Materne añadió:

—No sabes, Juan Claudio, hace un momento, cuando miraba hacia Grand-Fontaine, la cosa tan divertida que he visto.

—¿Qué, amigo mío?

—He visto a cuatro alemanes que asían a Dubreuil, el gordo, amigo de los aliados; le han tendido en el banco de piedra que hay a la puerta de su casa, y uno de aquéllos, un hombre alto y delgado, le ha dado no sé cuántos estacazos en las costillas. ¡Je, je, je! ¡Cómo gritaría el muy bribón! Apuesto a que ha negado algo a sus excelentes amigos; por ejemplo, el vino que tiene del año once.

Hullin ya no oía a su compañero, porque, habiendo mirado casualmente hacia el valle, acababa de ver un regimiento de infantería que desembocaba en la carretera. Más allá, en la calle, la caballería avanzaba, y cinco o seis oficiales iban delante galopando.

—¡Ah, ah! ¡Ahí vienen, ahí vienen!—exclamó el antiguo soldado, cuyo rostro tomó de pronto una expresión de singular entusiasmo. ¡Vamos! ¡Por fin se deciden!

Y se arrojó por la trinchera gritando:

—¡Muchachos, atención!

Al pasar, vio a Riffi, el sastrecillo de Charmes, inclinado sobre un enorme fusil de munición; el hombrecillo había hecho un escalón en la nieve para apuntar mejor. Más arriba reconoció al leñador Rochart, con sus recias almadreñas cubiertas con pieles de carnero; en tal instante, llenaba la cantimplora y se ponía derecho lentamente, con la carabina bajo el brazo y el gorro de algodón inclinado hacia la oreja.

Y no hubo más, porque para dominar todo el campo de batalla Hullin debía trepar a la cumbre del Donon, en la que be elevaba una roca.

Lagarmitte le seguía muy de prisa, dando zancadas. Diez minutos después, cuando llegaron jadeantes a lo alto de la roca, vieron, a mil quinientos metros por debajo de ellos, la columna enemiga, que se componía de unos tres mil hombres, luciendo amplios uniformes blancos, obscuros correajes, polainas de paño, los chacós muy anchos y los bigotes rojos; los oficiales, con gorras de plato, marchaban en el espacio que separaba unas compañías de otras, contoneándose a caballo, con la espada en la mano y volviéndose de vez en cuando, para gritar con voz aguda: Worwaerts!, worwaerts![4].

Y todo el conjunto erizado de refulgentes bayonetas, que subían a paso de carga hacia los parapetos.

Materne, el cazador, asomando su gran nariz aguileña por encima de una rama de enebro y enarcando las cejas, observaba también la llegada de los alemanes. Y como tenía muy buena vista, distinguía las caras entre aquella multitud y podía elegir la persona que quería derribar.

En medio de la tropa, jinete en un caballo bayo, avanzaba muy erguido un oficial de edad provecta, peluca blanca y con un sombrero de picos con galón de oro, el cuerpo cruzado por una banda amarilla y el pecho cubierto de cintajos. Cuando dicho personaje alzaba la cabeza, el pico del sombrero, coronado por un penacho de plumas negras, hacía las veces de visera. Profundas arrugas surcaban las mejillas del caballero, que parecía no tener nada de amable.

—¡Este es mi hombre!—se dijo el cazador, mientras apoyaba en el hombro la carabina muy despacio.

Luego apuntó, hizo fuego, y cuando miró, el anciano oficial había desaparecido.

Acto continuo comenzó en la ladera, a lo largo de los atrincheramientos, un fuego de fusilería incesante, parecido a un chisporroteo; pero los alemanes, sin contestar, continuaron avanzando hacia los parapetos con los fusiles al hombro y las filas de soldados muy derechas, como si estuvieran en una parada.

A decir verdad, más de un montañés valiente, padre de familia, al ver subir aquella selva de bayonetas, a pesar de las descargas, pensó que quizás hubiera sido más prudente haberse quedado en la aldea que meterse en una aventura semejante. Pero, como dice el refrán, «cuando el vino está servido hay que apurar las copas».

Riffi, el sastrecillo de Charmes, recordó las juiciosas palabras de su mujer Sapiencia: «¡Riffi, darás lugar a que te rompan un hueso, y te lo habrás merecido!»

El pobre hombre hizo promesa de un ex voto magnífico a la capilla de San León si volvía de la guerra; pero al mismo tiempo se dispuso a utilizar cuanto pudiera el gran fusil de munición.

A doscientos pasos del parapeto los alemanes se detuvieron y comenzaron un fuego graneado tan intenso como no se había oído otro semejante en la sierra; era un verdadero zumbido constante de disparos; las balas, a centenares, segaban las ramas, hacían saltar pedazos de hielo, se aplastaban en las piedras, a izquierda, a derecha, por delante, por detrás. Unas rebotaban con silbidos extraños, y a veces pasaban como bandadas de pichones.

No impedía aquello a los montañeses continuar el fuego; pero hubo necesidad de pararlo, porque toda la ladera se hallaba envuelta en un humo azulado que impedía ver.

Pasados próximamente diez minutos, se oyó el redoble de un tambor, y aquella masa humana se lanzó corriendo hacia los parapetos, gritando, tanto los oficiales como los soldados: Worwaerts!

La tierra se estremecía.

Materne irguiose cuan largo era, y colocándose al lado de la trinchera, con voz terrible y un fuerte temblor en las mejillas, exclamó:

—¡Arriba!..., ¡arriba!...

Era el momento conveniente, porque gran número de alemanes, casi todos estudiantes de filosofía, de derecho y de medicina, con las caras llenas de cicatrices a consecuencia de los duelos tenidos en las cervecerías de Munich, de Jena y de otras partes, y que luchaban contra nosotros en virtud de la promesa que se les había hecho de concederles ciertas libertades después de la caída de Napoleón; todos aquellos mozalbetes intrépidos trepaban asiéndose de pies y manos del hielo y trataban de saltar a las trincheras.

Pero a medida que trepaban se les rechazaba a culatazos y caían en sus propias filas como un pedrisco.

En tal ocasión, pudo preciarse el ejemplar comportamiento del anciano leñador Rochart. El solo hizo rodar por tierra a más de diez hijos de la vieja Germania; los cogía por debajo de los brazos y los arrojaba al camino. Materne tenía la bayoneta viscosa de sangre. Y el pequeño Riffi no cesaba de cargar el fusil y de tirar con ardor sobre la masa de enemigos; y José Larnette, que tuvo la desgracia de que le alcanzase un tiro en un ojo; Hans Baumgarten, que resultó con un hombro maltrecho; Daniel Spitz, que perdió dos dedos de un sablazo, y otros muchos, cuyos nombres deben ser honrados y venerados por los siglos de los siglos, no dejaron durante un segundo de cargar y descargar sus fusiles.

Por la parte baja de la rampa se oían gritos horribles, y cuando se miraba por encima se veían bayonetas de punta y hombres a caballo.

Aquel choque duró más de un cuarto de hora. Nadie sabía lo que los alemanes pretendían hacer, puesto que no podían forzar el paso; pero, de improviso, decidieron retroceder. Habían muerto casi todos los estudiantes, y los demás, aguerridos guías acostumbrados a las retiradas honrosas, no eran capaces de combatir con el mismo entusiasmo.

Comenzaron, pues, a retirarse lentamente, y, por último, con mayor prisa. Los oficiales, detrás de los fugitivos, les golpeaban con los sables de plano, y como los tiros les iban a los alcances, acabaron huyendo con tanta precipitación como orden habían empleado a su llegada.

Materne, de pie en lo alto del talud y acompañado de cincuenta hombres, blandía la carabina y reía con la mayor satisfacción.

En la parte inferior de la rampa se arrastraban masas de heridos. La nieve, removida por las pisadas, estaba roja de sangre. En medio de un montón de cadáveres se veían dos oficiales jóvenes que aún se hallaban vivos y que sucumbían por el peso de sus caballos muertos.

Era horrible el espectáculo; pero los hombres son, en verdad, feroces. No hubo uno solo, de los victoriosos montañeses, que se compadeciera de aquellos desgraciados; al contrario, cuantos más muertos veían, tanto más se regocijaban.

En tal momento, Riffi, poseído de un noble entusiasmo, se deslizó a lo largo del talud, porque acababa de ver, un poco a la izquierda, por debajo de los parapetos, un magnífico caballo, perteneciente al coronel muerto por Materne, que se había refugiado en aquel rincón, sano y salvo.

—En mis manos caerás—se decía Riffi—; Sapiencia se va a quedar asombrada.

Cuantos contemplaban la escena envidiaban la suerte del hombrecillo, el cual, cogiendo el caballo por la brida, se montó en él. ¡Pero cuál no sería la estupefacción general, y sobre todo la de Riffi, cuando vieron al noble bruto emprender una carrera desenfrenada en dirección de las tropas alemanas!

El sastrecillo levantaba al cielo las manos, implorando a Dios y a todos los santos.

Materne tuvo la idea de disparar contra el caballo, pero no se atrevió a hacerlo porque iba demasiado de prisa.

Apenas hubo llegado al bosque de bayonetas enemigas, Riffi desapareció.

Todo el mundo creyó que había muerto asesinado; pero una hora después se le vio pasar por la calle Mayor de Grand-Fontaine, con las manos atadas a la espalda, seguido del caporal schlague, que empuñaba una baqueta.

¡Pobre Riffi! Fue el único que no pudo gozar del triunfo, y sus compañeros acabaron por reírse de su triste sino, como si se hubiera tratado de un kaiserlick.

Tal es el carácter de los hombres; cuando la alegría pasa por su puerta, no sienten los dolores de los demás.

XV

Los montañeses rebosaban de entusiasmo; alzaban las manos, se ensalzaban unos a otros y se consideraban los primeros héroes de la Tierra.

Catalina, Luisa, el doctor Lorquin, todo el mundo se apresuró a salir de la casa, gritando, felicitándose mutuamente, para ver las huellas de las balas y los taludes ennegrecidos por la pólvora; por otra parte, José Larnette, con la cabeza maltrecha, se hallaba tendido en un hoyo; Baumgarten, con un brazo colgando, se dirigió a la ambulancia muy pálido, y Daniel Spitz, a pesar del balazo recibido, quería seguir luchando; pero el doctor no hizo caso de aquellos deseos y le obligó a marchar a casa.

Luisa llegó con el carrillo y dio de beber aguardiente a los que habían combatido, y Catalina Lefèvre, de pie junto al borde de la rampa, contemplaba los muertos y los heridos esparcidos en la carretera, al final de largos regueros de sangre. Entre aquellos desgraciados había unos que eran jóvenes y otros viejos, con los rostros blancos como la cera, los ojos desmesuradamente abiertos y los brazos extendidos. Algunos pugnaban por levantarse, pero volvían a caer en seguida; otros miraban a las alturas como temiendo que les disparasen desde ellas. Y se arrastraban desde lo largo del talud para ponerse al abrigo de las balas.

Muchos parecían resignados y buscaban un lugar donde morir, o se quedaban mirando a su regimiento, que se alejaba en dirección de Framont; ¡aquel regimiento de que formaban parte cuando salieron de su aldea, en el que habían hecho una larga campaña, y que ahora les abandonaba! «¡El regimiento volverá a ver a Alemania!—pensaban los desgraciados—. Y cuando pregunten al capitán o al sargento: «¡Conoce usted a un tal Hans, Kasper o Nickel, de la primera o de la segunda compañía?», responderán: «Espere usted... Me parece recordar... ¿Era uno que tenía una cicatriz en la oreja o en la mejilla, los cabellos rubios o castaños y cinco pies y seis pulgadas? Sí, le conocí. En Francia se ha quedado cerca de una aldehuela cuyo nombre no recuerdo. Los montañeses le mataron el mismo día que al comandante Yeri-Peter; era un excelente muchacho.» Y después se acabó.

Tal vez, entre tantos, habría algunos que se acordaban de sus madres... o de cierta linda muchacha de su país, Gretchen o Lotchen[5], que les había dado una cinta al partir mientras lloraban a lágrima viva: «¡Te esperaré, Kasper; sólo contigo me he de casar!» «¡Sí, sí; mucho tiempo has de esperar!»

La señora Lefèvre, viendo aquel cuadro de dolor, pensaba en Gaspar. Hullin, que acababa de llegar con Lagarmitte, gritaba alegremente:

—¡Bien, amigos míos! ¡Ya habéis entrado en fuego! ¡Mil demonios! ¡Esto marcha! Los alemanes no estarán muy orgullosos de la jornada.

Luego besó a Luisa y corrió a ver a la señora Lefèvre.

—¿Está usted satisfecha, Catalina? ¡No van mal nuestros asuntos! Pero ¿qué le sucede? ¿Usted no se alegra?

—Sí, Juan Claudio, todo va bien..., estoy contenta; pero mire usted al camino: ¡qué matanza!

—Es la guerra—respondió gravemente Hullin.

—¿Y no habría medio de ir abajo a recoger a ese chico..., que nos mira con sus hermosos ojos azules, ¡Qué lástima me da de él!..., o a ese otro moreno que se venda la pierna con un pañuelo?

—Imposible, Catalina, lo siento mucho; habría necesidad de hacer una escalera en el hielo para bajar, y los alemanes, que van a volver dentro de una o dos horas, la utilizarían para el asalto. Vámonos. Hay que comunicar el triunfo a todas las aldeas: a Labarde, a Jerónimo, a Piorette. ¡Eh! ¡Simón, Niklo, Marchal, venid! Vais ahora mismo a llevar la gran noticia a los compañeros. ¡Materne, mucho cuidado! Al menor movimiento no dejes de avisarme.

Se acercaron todos a la casa, y Juan Claudio, al pasar, vio la tropa de reserva, y a Marcos Divès montado a caballo en medio de sus hombres. El contrabandista se quejaba amargamente de permanecer con los brazos cruzados. Se consideraba como deshonrado por no haber hecho nada.

—¡Bah!—le dijo Hullin—, ¡tanto mejor! Además, tú guardas nuestra derecha. Mira, allá, aquella meseta: si nos atacan por ese lado, puedes marchar.

Divès no contestó nada; su rostro tenía una expresión triste e indignada a la vez, y los contrabandistas que le acompañaban, envueltos en sus capas, con sus largos espadones colgando por encima de ellas, no parecían tampoco de muy buen humor; diríase que proyectaban una venganza.

Hullin, convencido de que no podía consolarles, entró en la alquería. El doctor Lorquin se disponía a extraer la bala de la herida de Baumgarten, el cual daba terribles gritos.

Pelsly, en el portal de la casa, temblaba de pies a cabeza. Juan Claudio le pidió papel y tinta para transmitir las órdenes a las demás posiciones de la sierra; y era tan grande la turbación del pobre anabaptista, que a duras penas pudo dárselos. No obstante, consiguió hacerlo, y los peatones se marcharon muy orgullosos de haber recibido el encargo de comunicar la primera batalla y la victoria.

En la sala grande se habían reunido muchos montañeses que se calentaban cerca del hogar y hablaban con animación. Daniel Spitz había sufrido ya la amputación de dos dedos y se hallaba sentado detrás de la estufa, con la mano envuelta en unos trapos blancos.

Los hombres que se habían apostado, desde antes del amanecer, detrás de los parapetos, como no habían comido, tomaban un bocado y bebían un poco de vino, mientras gritaban, gesticulaban y enaltecían a boca llena sus acciones. Luego salían, iban a echar una ojeada a la trinchera, volvían a calentarse, y todo el mundo, al recordar a Riffi, sus alaridos cuando se le iba el caballo y sus gritos de angustia, se reía hasta desternillarse.

Eran las once. Aquellas idas y venidas duraron hasta mediodía, momento en que Marcos Divès penetró rápidamente en la sala gritando:

—¡Hullin! ¿Dónde está Hullin?

—Aquí estoy.

—¡Pronto, ven!

La voz del contrabandista tenía un acento extraño; hacía un momento, aunque irritado por no haber intervenido en el combate, parecía más bien triunfante. Juan Claudio le siguió lleno de inquietud, y la sala quedó vacía en un momento, pues todo el mundo se dio cuenta, por la animada expresión de Marcos, que se trataba de un asunto grave.

A la derecha del Donon se extiende el barranco de las Mineras, que sirve de cauce a un torrente en la época del deshielo y que baja desde la cumbre de la sierra hasta lo hondo del valle.

Frente por frente de la meseta que defendían los guerrilleros, y en la ladera opuesta del barranco, a quinientos o seiscientos metros, avanza una especie de espolón descubierto y escarpado que Hullin no había creído necesario ocupar provisionalmente para no dividir las fuerzas, y además porque imaginaba que no le sería difícil rodear la posición por los pinares y establecerse allí en caso que el enemigo intentase apoderarse de ella.

Ahora bien: imagínese la consternación de nuestros personajes cuando, al asomarse al umbral de la alquería, vieron dos compañías de alemanes trepar por las faldas opuestas, entre los huertos de Grand-Fontaine, con dos piezas de artillería, arrastradas por vigorosos tiros, y que parecían colgadas del precipicio. Una gran multitud empujaba las ruedas, y pocos momentos faltaban para que los cañones alcanzasen lo alto de la meseta. Aquello fue como un rayo sobre la cabeza de Juan Claudio; se puso intensamente pálido, y le acometió un acceso de furor indescriptible contra Divès.

—¿No has podido avisarme antes?—díjole Hullin con voz semejante a un aullido—. ¿No te encargué que vigilaras el barranco? ¡Estamos cercados! ¡Ahora nos cogerán de flanco y cruzarán el camino más lejos! ¡Todo se lo ha llevado el demonio!

Cuantos se hallaban presentes, incluso Materne, que había acudido a toda prisa, se estremecieron de pies a cabeza al ver la mirada que Juan Claudio dirigió al contrabandista.

Este, a pesar de su audacia habitual, quedose sobrecogido y no sabía qué responder.

—Vamos, vamos, Juan Claudio—dijo por último—; la cosa no es tan grave como dices. Todavía no hemos pegado nosotros. Además, nos hacen falta cañones, y esos nos vendrán a maravilla.

—¡Sí, a maravilla, idiota! Has estado esperando hasta el último momento por amor propio, ¿no es eso? Querías batirte, ensalzar tus hazañas, vanagloriarte. Y para eso juegas con la vida de todos nosotros. ¡Ea, mira! ¡Allí tienes a los otros preparándose en Framont!

En efecto; una nueva columna, mucho más fuerte que la primera, salía de Framont a paso de carga y subía hacia los parapetos. Divès no decía una palabra; Hullin, reprimiendo su indignación, se tranquilizó súbitamente ante la gravedad del peligro.

—¡Id a ocupar vuestros puestos!—dijo Juan Claudio con voz seca a cuantos se hallaban presentes—; que todo el mundo esté preparado para el ataque que se aproxima. ¡Materne, mucho cuidado!

El cazador bajó la cabeza.

Mientras tanto, Marcos Divès había recobrado su aplomo.

—En vez de gritar como una mujer—dijo a Hullin—, mejor sería que me mandaras atacar allá abajo, rodeando el barranco por los pinares.

—¡No queda otro recurso, con mil demonios!—replicó Juan Claudio.

Y algo más tranquilo añadió:

—Oye, Marcos, te aborrezco hasta la muerte. Habíamos vencido, y por tu culpa todo está como antes. ¡Si se frustra tu ataque, los dos nos cortaremos la cabeza!

—Bueno, bueno; la pelota está en el tejado; ¡yo te respondo de lo que ocurra!

El contrabandista montó, de un salto, a caballo, terciose sobre el hombro uno de los picos de la capa y desenvainó su gran espada con un continente magnífico. Todos los hombres que le seguían hicieron lo mismo.

Luego, Divès, volviéndose hacia la tropa de reserva, compuesta de cincuenta rudos montañeses, y señalando la meseta con el sable, les dijo:

—¿Veis aquello, muchachos? Nuestro tiene que ser. Los de Dagsburgo no podrán decir que tienen más valor que los del Sarre. ¡Adelante!

Y la tropa, enardecida, se puso en marcha, flanqueando el barranco. Hullin, muy pálido, gritó:

—¡A la bayoneta!

El enorme contrabandista, montado en un altísimo rocín de musculosa y reluciente grupa, se volvió sonriendo para sí; agitó luego la espada con un ademán expresivo, y la tropa se perdió en los pinares.

En aquel momento los alemanes, con las piezas de ocho, llegaban a la meseta y se formaban en batería, mientras que la columna de Framont trataba de escalar la ladera. Todo se hallaba, pues, en el mismo estado que antes de la batalla, con la diferencia de que los cañones enemigos iban a entrar en juego y a coger a los defensores por la espalda.

Se veían claramente las dos piezas, los grapones, las palancas, los escobillones, los artilleros y el oficial: un individuo delgado, ancho de espaldas, de largos bigotes rubios. La niebla azulada del valle acortaba las distancias, hasta el extremo de que se hubiera creído poder alcanzar la posición con la mano; pero Hullin y Materne no se engañaban; había más de seiscientos metros, y ningún fusil alejaba tanto.

No obstante, el cazador Materne, antes de regresar a los parapetos, quiso convencerse de ello; y acercándose cuanto le fue posible al barranco, acompañado de su hijo Kasper y de otros varios, se apoyó en un árbol y apuntó con lentitud hacia el oficial de los bigotes rubios.

Cuantos presenciaron la escena contuvieron la respiración, temerosos de que fracasara la prueba.

Materne hizo el disparo; mas cuando puso la culata en el suelo y miró, nada había cambiado.

—¡Es curioso cómo la edad acorta la vista!—dijo el cazador.

—¡Usted corto de vista!—exclamó Kasper—; ¡desde los Vosgos a Suiza no hay nadie que pueda hacer un blanco a doscientos metros mejor que usted!

El anciano guardabosque lo sabía perfectamente; pero no quería desanimar a los demás.

—Está bien—añadió Materne—; no es hora de discutir. Los enemigos van a subir; cada cual cumpla con su deber.

A pesar de tales palabras, sencillas y reposadas en apariencia, Materne sentía una gran inquietud interior. Al entrar en la trinchera llegaron a sus oídos rumores vagos; el resonar de armas, el ruido de una multitud de pasos regulares; miró entonces por encima de la rampa y vio a los alemanes que llegaban provistos de largas escalas terminadas en garfios de hierro.

Aquel nuevo contratiempo causó una impresión desagradable al guardabosque; hizo señas a su hijo para que se acercara y le dijo en voz muy baja:

—Kasper, esto va mal, esto va muy mal; esos bribones traen las escalas; dame la mano. Quisiera tenerte cerca de mí y también a Frantz; ¡pero hemos de defender el pellejo hasta lo último!

En aquel momento un golpe terrible sacudió los parapetos de arriba abajo: oyose una voz ronca que gritaba: «¡Ay, Dios mío!»

Luego, un ruido sordo a unos cien pasos de distancia, y un abeto se inclinó lentamente y cayó al abismo. Eran los efectos del primer cañonazo; había cortado las piernas al anciano Rochart. A este primero, siguió casi al mismo tiempo un segundo cañonazo, que cubrió a los defensores de hielo pulverizado, con un zumbido terrible. Materne, al oírlo, no pudo menos de bajar la cabeza; pero en seguida se puso derecho, exclamando:

—¡Venguémonos, hijos míos!... ¡Aquí están!... ¡Vamos a vencer o a morir!

Por fortuna, el terror de los defensores no duró más de un segundo; todos comprendieron que a la menor vacilación estaban perdidos. Dos escalas se elevaban en aquel momento por los aires, a pesar del fuego, y venían a apoyar sus garfios en la rampa. El peligro inminente reavivó las energías de los defensores de la trinchera, y el combate comenzó de nuevo más furioso, más desesperado que la primera vez.

Hullin había visto las escalas antes que Materne, y su indignación contra Divès aumentó más aún; pero como en semejantes ocasiones la indignación no sirve para nada, mandó a Lagarmitte que dijera a Frantz Materne, el cual se hallaba apostado al otro lado del Donon, que acudiese a toda prisa con la mitad de los hombres a sus órdenes. Fácilmente puede adivinarse si el muchacho, advertido del peligro que corría su padre, dejaría perder un segundo. Ya se veían los amplios sombreros negros trepar por la ladera a través de la nieve, con el fusil a la espalda y marchando tan de prisa como podían, y, sin embargo, Juan Claudio salió al encuentro de ellos, sudoroso, con la mirada huraña, y les gritó con voz enérgica:

—¡Vamos! ¡Vamos!... ¡Más de prisa! ¡A ese paso no llegaréis nunca!

Hullin temblaba de ira, haciendo responsable de la situación al contrabandista.

Mientras tanto, Marcos Divès había rodeado el barranco, en lo que empleó una media hora, y comenzaba a divisar las dos compañías alemanas situadas, en posición de descanso, a cien pasos detrás de los cañones que hacían fuego sobre las trincheras. Entonces, el contrabandista se acercó a los de a pie y, conteniendo la voz, les dijo, al mismo tiempo que los cañonazos percutían uno tras otro en la garganta y que se oían, a lo lejos, los clamores del asalto:

—¡Compañeros! ¡Vais a arremeter contra la infantería a la bayoneta! Nosotros nos encargamos de los demás. ¿Estamos?

—Sí, estamos.

—Pues ¡en marcha!

La tropa avanzó en buen orden hasta la orilla del bosque, con Piercy de Soldatenthal a la cabeza. Casi al mismo tiempo se oyó el ¿verdá?[6] de un centinela; luego dos tiros, un grito estentóreo de «¡Viva Francia!» y el ruido sordo de una multitud de pasos que se precipitaban al mismo tiempo; los valientes montañeses cayeron sobre el enemigo como una manada de lobos.

Divès, de pie en los estribos, con la cabeza levantada y los bigotes de punta, los miraba sonriendo, y decía:

—¡Esto va bien!

La refriega era terrible; el suelo se estremecía. Los alemanes, lo mismo que los franceses, no hacían fuego; el ataque se verificaba en silencio; un choque de bayonetas, un ruido de culatazos interrumpidos de vez en cuando por algún tiro suelto, gritos de ira, recias pisadas y voces indistintas: no se oía nada más.

Los contrabandistas, con la cabeza erguida y el sable en la mano, se regodeaban pensando en la matanza próxima y aguardaban la orden de su jefe con impaciencia.

—Ahora nos toca a nosotros—dijo por último Marcos—. ¡Los cañones son nuestros!

Y de la parte más intrincada de la espesura, con las amplias capas abiertas como alas, el cuerpo inclinado hacia adelante y las espaldas en alto, los contrabandistas partieron.

—No dar tajos, sino estocadas—dijo Marcos.

Y no hubo más.

Los doce buitres llegaron a los cañones en un segundo. Formaban parte del pequeño escuadrón cuatro antiguos dragones españoles y dos aguerridos coraceros de la guardia que se habían unido a Marcos en busca de aventuras. Ya puede imaginarse lo que estos hombres hicieron. Los golpes dados con las palancas, las escobillas y los sables, únicas armas de que disponían los artilleros, llovían a su alrededor como una granizada; pero eran parados de firme, y cada estocada devuelta hacía rodar a un hombre.

Marcos Divès recibió a quemarropa dos pistoletazos, uno de los cuales le cubrió de humo la mejilla izquierda y el otro le arrebató el sombrero; pero al mismo tiempo, el contrabandista, encorvándose sobre la silla y alargando el brazo, atravesó al corpulento oficial de los bigotes rubios y le clavó a uno de los cañones. Después, se puso derecho, y mirando alrededor, con las cejas fruncidas y en tono sentencioso, dijo:

—Ya están todos despachados; los cañones son nuestros.

Para abarcar el conjunto de tal escena hay que imaginarse la refriega que tenía lugar en la meseta de las Mineras; los aullidos, los relinchos de los caballos, los gritos de ira, la huída de unos, arrojando las armas para correr más de prisa, el encarnizamiento de otros; más allá del barranco, las escalas, cubiertas de uniformes blancos y erizadas de bayonetas; los montañeses, situados en la rampa, defendiéndose desesperadamente; las vertientes de la ladera, el camino y, sobre todo, la parte baja de los parapetos, cubiertos de muertos y heridos; el tropel de enemigos, con el fusil al hombro, los oficiales en medio de ellos, apresurándose por seguir el movimiento; por último, Materne, de pie en la cima del talud, con la carabina en alto, cogida por el cañón, la boca abierta hasta las orejas, llamando a voz en grito a su hijo Frantz, que llegaba con el pelotón, precedido del señor Juan Claudio, para ayudar a la defensa. Hay que imaginarse también el ruido de la multitud de disparos que se hacían, de las descargas, ya cerradas, ya sucesivas, y, sobre todo, los gritos lejanos, vagos, terribles, interrumpidos por prolongados lamentos, que iban a morir en los ecos de los montes. Todo aquello concentrado en un solo instante y en una sola mirada: tal era el cuadro que debemos tener ante los ojos.

Pero Divès no era hombre que se entregara a la contemplación, y no perdió tiempo en hacer reflexiones poéticas sobre el tumulto y el encarnizamiento de la batalla. Bastole una mirada para hacerse cargo de la situación, y arrojándose del caballo, se dirigió al cañón más próximo, que se hallaba cargado; cogió las palancas de ajuste para cambiar la dirección, apuntó al pie de las escalas y, aplicando una mecha encendida que encontró por allí, hizo fuego.

Un momento después se oyeron, en la lejanía, clamores extraños, y el contrabandista, mirando a través del humo, vio una brecha sangrienta en las filas del enemigo. Agitó entonces los brazos en señal de triunfo, y los montañeses, encaramados en los parapetos, le respondieron con un hurra general.

—¡Vamos! ¡Pie a tierra!—dijo Divès a sus hombres—; no hay que dormirse. ¡Aquí un cartucho! ¡Una bala! ¡Ahora, estopa! Nosotros somos los que vamos a limpiar el camino. ¡Cuidado!

Los contrabandistas se colocaron en posición, y el fuego continuó contra los uniformes blancos con entusiasmo. Las balas atravesaban de una punta a otra las filas enemigas. A la décima descarga, hubo un clamor general de «¡Sálvese quien pueda!»

—¡Fuego!, ¡fuego!—gritaba Marcos.

Y los defensores de las trincheras, apoyados finalmente por la tropa de Frantz y dirigidos por Hullin, volvieron a tomar las posiciones que habían por un momento perdido.

Al cabo de unos segundos no se vieron en la ladera mas que fugitivos, muertos y heridos. Eran las cuatro de la tarde; la noche se acercaba. La última bala cayó en la calle de Grand-Fontaine y, rebotando en la esquina del abrevadero, derribó la chimenea de El Buey Rojo.

Cerca de seiscientos hombres perecieron aquel día. No fueron pocos los montañeses muertos; pero los kaiserlicks fueron muchos más. Y sin el cañoneo de Divès todo se hubiera perdido, porque los defensores eran menos de uno contra diez, y el enemigo comenzaba a hacerse dueño de la trinchera.

XVI

Los alemanes, amontonados en Grand-Fontaine, huían en bandadas hacia Framont, unos a pie, otros a caballo, aligerando el paso, arrastrando pesados cajones, arrojando las mochilas y mirando para atrás, como si temieran que los franceses les fueran a los alcances.

En Grand-Fontaine, todo lo destruían por venganza, forzaban puertas y ventanas, maltrataban a las gentes, exigían comidas y bebidas sin dilación y perseguían a las muchachas hasta los graneros. Los gritos, las imprecaciones, las órdenes de los jefes, las lamentaciones de los aldeanos, el rumor sordo, continuo, de pasos que se elevaba del puente de Framont, el relinchar penetrante de los caballos heridos, todo aquello subía como un zumbido confuso hasta los parapetos.

En la ladera sólo se veían armas, chacós y muertos; en una palabra, los residuos de una gran derrota. Enfrente se aparecían los cañones de Marcos Divès enfilados hacia el valle y dispuestos a hacer fuego en caso de un nuevo ataque.

Todo había afortunadamente acabado. Y, sin embargo, ni un solo grito se elevaba de las trincheras; las pérdidas de los montañeses habían sido muy dolorosas en el último asalto. El silencio que siguió al tumulto tenía algo de solemne, y cuantos hombres lograron escapar a la carnicería se miraban unos a otros con gravedad, como admirados de volverse a ver. Algunos llamaban al amigo; otros, al hermano, que no respondía, y dirigiéndose en su busca por la trinchera, a lo largo de los parapetos o por la rampa, gritaban: «¡Eh! ¡Jacobo, Felipe! ¿Eres tú?»

Mientras tanto, iba acercándose la noche; sus tonos grises se extendían por los atrincheramientos y por el abismo, envolviendo en el misterio aquellas horribles escenas. La gente iba y venía entre los despojos de la batalla sin reconocerse.

Materne, después de haber secado la bayoneta, llamó a sus hijos con voz ronca.

—¡Eh! ¡Kasper! ¡Frantz!

Y al ver que se acercaban entre sombras, les preguntó:

—¿Sois vosotros?

—Sí; nosotros somos.

—¿No tenéis nada?

—No.

La voz del cazador, que era sorda al principio, ahora temblaba, y quedamente añadió:

—¡Nos hallamos otra vez los tres reunidos!

Y el cazador, del que no podía decirse que era nada cariñoso, besó a sus hijos con frenesí, lo cual sorprendió a éstos sobremanera. Mas al oír un ruido que se escapaba del pecho de su padre, algo así como sollozos interiores, ambos jóvenes se quedaron atónitos y no pudieron dejar de pensar: «¡Cómo nos quiere! ¡Nunca hubiéramos creído esto!»

Frantz y Kasper se sintieron también conmovidos hasta las entrañas.

Pero en seguida, el anciano, dominando su emoción, exclamó:

—¡Está bien, hijos míos! ¡La jornada ha sido dura! ¡Vamos a beber un trago, porque tengo sed!

Dirigieron los tres una última mirada hacia el talud sombrío, y viendo los centinelas que de treinta en treinta pasos acababa de poner Hullin al pasar, se encaminaron juntos hacia la vieja alquería.

Iban atravesando la trinchera, llena de muertos, levantando los pies al sentir algún objeto blando, cuando oyeron una voz ahogada que decía:

—¿Eres tú, Materne?

—¡Ah! ¡Pobre amigo Rochart, perdón!—respondió el cazador inclinándose—; ¡te he tocado! Pero ¿cómo? ¿Estás todavía aquí?

—Sí... No puedo andar..., porque me faltan las piernas.

Permanecieron los tres silenciosos, y el leñador añadió luego:

—Dile a mi mujer que detrás del armario, en una media, hay cinco escudos de seis libras; los había reservado... por si caíamos enfermos uno u otro... Pero yo no necesito nada ya.

—¡Ya veremos, ya veremos!... No hay que perder la esperanza de salvarse, amigo mío. Ahora vamos a trasladarte.

—No, no merece la pena; no duraré más de una hora; ya habrá ocasión de que me lleven.

Materne, sin responder, hizo una seña a Kasper para que cruzara la carabina a modo de angarilla con la suya, y a Frantz le indicó que colocara encima al leñador, a pesar de sus lamentos, lo cual quedó hecho en un instante, y de este modo llegaron juntos a la casa.

Todos los heridos que durante el combate se habían sentido con fuerzas para llegar a la ambulancia se encontraban allí. El doctor Lorquin y su colega Despois, que llegó en el transcurso de la acción, tuvieron que trabajar de firme, y no hay que creer que la tarea se había acabado.

Cuando Materne, sus hijos y Rochart atravesaban el obscuro pasillo alumbrado por la luz de una linterna, oyeron a la izquierda un grito que les heló la sangre en las venas, y el leñador, medio muerto, exclamó:

—¿Por qué me traéis aquí? No quiero, no... No consentiré que me hagan nada.

—Abre la puerta, Frantz—dijo Materne con la frente cubierta de un sudor frío—; ¡abre pronto!

Frantz empujó la puerta, y vieron en una gran mesa de cocina, en medio de la sala baja, cuyo techo era de anchas vigas obscuras, rodeado de seis velas de sebo, al joven Colard, tendido cuan largo era, dos hombres sujetándole los brazos, y una cubeta debajo. El doctor Lorquin, con las mangas de la camisa dobladas hasta los codos y una sierra corta, de tres dedos de ancha, en la mano, se hallaba ocupado en cortar una pierna al pobre muchacho, mientras que Despois manejaba una gran esponja. La sangre espejeaba en la cubeta; Colard estaba más pálido que la muerte. Catalina Lefèvre, de pie, a su lado, con un paquete de hilas sobre los brazos, parecía serena; pero de tanto apretar los dientes, dos profundas arrugas surcaban sus mejillas, a los lados de su ganchuda nariz. La anciana tenía los ojos fijos en el suelo y no veía nada.

—¡Se ha terminado!—dijo el doctor volviéndose.

Y dirigiendo una mirada hacia los recién llegados, dijo:

—¡Eh! ¿Es usted, señor Rochart?

—Sí, yo soy; pero no quiero que nadie me toque. Prefiero acabar así.

El doctor levantó una vela, le miró e hizo un gesto.

—¡Vamos, amigo mío! ¡Ha perdido usted mucha sangre, y si esperamos un poco será demasiado tarde.

—¡Tanto mejor! ¡Ya he sufrido bastante en mi vida!

—Como usted quiera. Pasemos a otro.

Había una larga fila de jergones en el fondo de la sala; los dos últimos estaban vacíos, y en ellos se veían grandes manchas de sangre. Materne y Kasper colocaron en el más apartado al leñador, mientras que Despois se acercaba a otro herido diciéndole:

—¡Nicolás, ha llegado tu hora!

Entonces Nicolás Cerf se levantó con el rostro pálido y los ojos desencajados de terror.

—Dadle una copa de aguardiente—dijo el doctor.

—No; prefiero fumarme una pipa.

—¿Dónde está tu pipa?

—En el chaleco.

—Bien; aquí la tienes. ¿Y el tabaco?

—En el bolsillo del pantalón.

—Pues cargue usted la pipa, Despois. Este hombre tiene valor; ¡muy bien! Da gusto ver hombres de corazón. Vamos a cortarle el brazo en dos tiempos y tres movimientos.

—¿No sería posible conservarlo, señor Lorquin, para dar de comer a mis hijos? ¡Es lo único que tengo!

—No; el hueso está triturado y no se puede reducir. Encienda usted la pipa, Despois. Ten, Nicolás, fuma, fuma.

El desgraciado comenzó a fumar sin ninguna gana.

—¿Estamos?—preguntó el doctor.

—Sí—respondió Nicolás con voz ahogada.

—Bien. ¡Cuidado, Despois! ¡Lave usted!

El doctor, con un cuchillo grande, hizo rápidamente un corte circular en la carne. Nicolás rechinó los dientes. La sangre saltó. Despois se ocupaba en ligar algo. La sierra rechinó durante dos segundos, y el brazo cayó pesadamente al suelo.

—Esto es lo que se llama una operación bien terminada—dijo Lorquin.

Nicolás había dejado de fumar; la pipa se desprendió de sus labios. David Schlosser, de Walsh, que había sujetado al herido, le soltó. Lorquin envolvió el muñón en unos trapos blancos, y Nicolás, sin ayuda de nadie, fue a acostarse de nuevo al jergón.

—¡Otro que está despachado! Limpie usted bien la mesa, Despois, y pasemos a otro—dijo el doctor mientras se lavaba las manos en una jofaina.

Cada vez que Lorquin decía «Pasemos a otro», los heridos se estremecían de terror, a causa de los gritos que habían oído y de los cuchillos que habían visto relucir; pero ¿qué hacer? Todas las habitaciones de la casa, las trojes, los dos cuartos de arriba, todo se hallaba ocupado. No quedaba libre mas que la sala grande para la gente de la alquería. Era, pues, preciso operar a la vista de aquellos a quienes, más tarde o más temprano, había de llegar el turno.

Cuanto hemos descrito sucedió en pocos instantes. Materne y sus hijos contemplaban tales escenas como se contemplan las cosas horribles, para saber lo que son; luego vieron en un rincón, a la izquierda, debajo del reloj antiguo de loza, un montón de brazos y piernas. Allí había ido a parar el brazo de Nicolás, y ahora se ocupaban los doctores en extraer una bala del hombro de un montañés del Harberg, de rojas patillas, para lo cual hacían a éste anchas incisiones en forma de cruz en la espalda, cuya carne se estremecía, y de los velludos costados del herido la sangre corría hasta las botas.

¡Cosa extraña! El perro Plutón, situado detrás del doctor, miraba aquello con aire atento, como si comprendiera de lo que se trataba, y de vez en cuando estiraba las patas y arqueaba el lomo, abriendo la boca hasta las orejas.

Materne no pudo ver más.

—¡Vámonos!—dijo.

Apenas hubieron entrado en el obscuro pasillo, oyeron exclamar al doctor: «¡Aquí está la bala!»

Lo cual debió causar una gran alegría al hombre del Harberg.

Una vez fuera, Materne, respirando el aire frío con toda la fuerza de sus pulmones, exclamó:

—¡Y cuando pienso que hubiera podido sucedernos lo mismo!

—Sí—respondió Kasper—; recibir una bala en la cabeza, eso no es nada; pero que le descuarticen a uno de esa manera y tener luego que pasar el resto de su vida pidiendo limosna...

—¡Bah! ¡Yo haría como Rochart!—exclamó Frantz—; acabaría de una vez. Tiene razón el viejo: cuando uno ha cumplido su deber, ¿por qué ha de tener miedo? ¡Dios es justo y lo ve todo!

En tal momento, el ruido de unas voces fue elevándose a la derecha de los interlocutores.

—Son Marcos Divès y Hullin—dijo Kasper, después de prestar atención.

—Sí; seguramente vienen de poner parapetos detrás del pinar para defender los cañones—añadió Frantz.

Escucharon otra vez; los pasos se acercaban.

—Tú mismo no sabes qué hacer con esos tres prisioneros—decía Hullin con brusquedad—; pero puesto que vas a volver esta noche al Falkenstein para traer municiones, ¿por qué no te los llevas?

—¿Y dónde los meto?

—¡Pardiez! En la prisión municipal de Abreschwiller; nosotros no podemos tenerlos aquí.

—¡Bien, bien!; comprendido, Juan Claudio. Y si quieren escaparse en el camino, los atravieso con el sable por la espalda.

—¡Eso, ni que decir tiene!

Llegaron ambos a la puerta, y Hullin, al ver a Materne, no pudo reprimir un grito de entusiasmo.

—¡Eh! ¿Eres tú, amigo mío?; hace una hora que te busco. ¿Dónde demonio estabas?

—Hemos traído al pobre Rochart a la ambulancia, Juan Claudio.

—¡Ah!, ¡qué dolor!

—Sí, ¡qué dolor!

Hubo un momento de silencio; luego la satisfacción del jefe, sobreponiéndose a todo, le hizo exclamar:

—La cosa no tiene nada de alegre; pero, ¿qué quiere usted?, son consecuencias de la guerra. Y vosotros, ¿no tenéis nada?

—No, estamos los tres sanos y salvos.

—Tanto mejor, tanto mejor. Los que hayan salido con bien pueden gloriarse de tener suerte.

—Sí—exclamó Marcos Divès riendo—; yo veía llegado el momento en que Materne iba a tener que tocar llamada; sin los cañonazos de última hora, a fe mía, la cosa tomaba mal cariz.

Materne enrojeció, y dirigiendo al contrabandista una mirada torva, dijo ásperamente:

—Puede ser; pero sin los cañonazos del comienzo no hubiéramos tenido necesidad de los del fin; el pobre Rochart y otros cincuenta hombres tendrían sus brazos y piernas, lo cual nada dañaría nuestra victoria.

—¡Bah!—interrumpió Hullin, que veía iniciarse una disputa entre los dos hombres, poco conciliadores por naturaleza—; dejemos eso; todo el mundo ha cumplido con su deber, que es lo principal.