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La invasión o El loco Yégof

Chapter 25: XXI
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About This Book

An elderly hunter recounts the 1814 invasion as it reaches a small Vosges village, tracing how rural routines and local ties are tested when a young conscript is absent. The narrative dwells on household scenes, landscape detail and village talk, and on a handful of figures—a former volunteer turned village craftsman, his foster daughter and their neighbors—whose tenderness, fears and pragmatic concerns about arms and survival make visible the domestic costs of warfare. The account presents military upheaval through popular, intimate observation rather than grand strategy, showing how ordinary lives bend and hold under the pressure of invasion.

Y no había éste acabado de pronunciar tales palabras cuando una sábana inmensa de fuego extendió sus dos alas rojas de una a otra montaña, iluminando los bosques hasta las copas de los árboles, las peñas y la casita del guardabosque, situada a mil quinientos metros más abajo; después se oyó una detonación tan fuerte, que la tierra se estremeció hasta sus entrañas.

Y mientras cuantos contemplaban el grandioso espectáculo se miraban unos a otros deslumbrados y mudos de espanto, resonó una formidable carcajada de Marcos Divès, que se mezcló al zumbido que vibraba en los oídos de aquéllos.

—¡Ja, ja, ja!—exclamaba el contrabandista—; estaba seguro que los miserables se detendrían alrededor del furgón para beberse el aguardiente, y que la mecha tendría tiempo de prender en la pólvora... ¿Creen ustedes que nos perseguirán? Sus brazos y sus piernas han volado a las copas más altas de los abetos... ¡Vamos, arre! ¡Quiera el cielo que suceda lo mismo a cuantos acaban de pasar el Rin!...

La escolta, los guerrilleros, el doctor, todo el mundo permanecía silencioso. Tantas y tan terribles emociones sugerían a cada cual pensamientos inacabables, que nunca se presentan en la vida ordinaria. Y cada uno se decía: «¿Qué sucede a los hombres para destruirse de esta manera, para atormentarse, para destrozarse, para arruinarse así? ¿Qué se han hecho para odiarse de tal modo? ¿Qué espíritu, qué impulso feroz les anima, si no es el mismo espíritu del mal?»

Unicamente Divès y su gente no se conmovían por aquellos sucesos, y sin dejar de galopar, riendo y alborotando, gritaba el contrabandista:

—Nunca he visto una fogarata parecida... ¡Ja, ja, ja! Hay que reírse mil años...

Pero, al poco tiempo, Marcos quedose pensativo y dijo:

—Todo esto debe venir de Yégof. Es preciso estar ciego para no comprender que ha sido él quien ha guiado a los alemanes al Blutfeld. Sentiría que le hubiese alcanzado un trozo del carro; le reservo algo mejor que eso. Lo que más deseo es que continúe bien de salud, hasta que nos encontremos un día cara a cara, en cualquier lugar apartado del bosque. Que esto sea dentro de un año, de dos, de veinte, poco importa, con tal que suceda. Mientras más tiempo espere más ganas tendré; las buenas tajadas se comen frías, como la cabeza de jabalí con vino blanco.

El contrabandista decía tales palabras de una manera sencilla; pero los que le conocían adivinaban en ellas algo peligrosísimo para Yégof.

Media hora después, todos llegaron a la meseta de «El Encinar».

XXI

Jerónimo de San Quirino se había retirado hacia la granja, y desde media noche ocupaba la meseta.

—¿Quién vive?—gritaron los centinelas al aproximarse la escolta del trineo.

—Somos nosotros, los de la aldea de Charmes, respondió Marcos Divès con voz tonante.

Los de Jerónimo se adelantaron para reconocer a los que llegaban y los dejaron pasar.

En la granja reinaba un silencio profundo; un centinela, arma al brazo, se paseaba delante de las trojes, en las que dormían sobre montones de paja unos treinta hombres. Catalina, al ver las sombrías techumbres, los viejos cobertizos, los establos, toda aquella antigua morada donde había pasado su juventud, donde se había deslizado la apacible y laboriosa existencia de su padre y de su abuelo y que ella iba a abandonar quizá para siempre, experimentó una angustia terrible; pero nada dijo, y saltando del trineo, como en otras ocasiones cuando volvía del mercado, exclamó:

—Vamos, Luisa; por fin nos vemos otra vez en nuestra casa, gracias a Dios.

Mientras tanto, Duchêne había abierto la puerta, gritando:

—¿Es usted, señora Lefèvre?

—Sí, somos nosotros. ¿No hay noticias de Juan Claudio?

—No, señora.

Todos entraron en la cocina.

Algunos rescoldos brillaban aún en el hogar, y bajo la inmensa campana de la chimenea estaba sentado en la sombra Jerónimo de San Quirino, envuelto en un gran capote de estameña, con su barba rojiza terminada en punta, un grueso garrote entre las rodillas y la carabina apoyada en la pared.

—¡Buenos días, Jerónimo!—dijo la anciana.

—Buenos días, Catalina—contestó grave y solemnemente el jefe del puerto de Grosmann—. ¿Viene usted del Donon?

—Sí... Aquello va mal, amigo Jerónimo. Los kaiserlicks atacaban la granja cuando abandonamos la meseta. No se veían mas que uniformes blancos por todas partes, y ya comenzaban a franquear las defensas.

—Entonces ¿cree usted que Hullin se verá obligado a abandonar el camino?

—Si Piorette no acude en su socorro, es posible.

Los guerrilleros se habían aproximado al fuego.

Marcos Divès se inclinó hacia los rescoldos para encender la pipa, y al levantarse dijo:

—Yo, Jerónimo, no te pregunto mas que una cosa; sé de antemano que la gente se ha batido bien donde tú mandabas...

—Hemos cumplido con nuestro deber—respondió el zapatero—, y los sesenta hombres que se han quedado tendidos en la falda del Grosmann pueden atestiguarlo en último término.

—Sí; pero ¿quién ha guiado a los alemanes? Ellos no han podido encontrar por sí mismos el paso del Blutfeld.

—Ha sido Yégof, el loco Yégof—dijo Jerónimo, cuyos ojos grises, rodeados de profundas arrugas y cubiertos de espesas cejas blancas, parecieron fulgurar en las tinieblas.

—¡Ah! ¿Estás seguro?...

—La gente de Labarbe le ha visto subir cuando conducía a los otros.

Los guerrilleros se miraron con indignación.

En aquel momento el doctor Lorquin, que se había quedado fuera para desenganchar el caballo, abrió la puerta exclamando:

—¡La batalla se ha perdido! Aquí vienen las gentes del Donon; acabo de oír la cuerna de Lagarmitte.

Fácil es imaginar cuál sería la emoción de los presentes al escuchar tales palabras. Cada cual pensó en los parientes, en los amigos que no volverían a ver; y todos, los de la cocina y los de las trojes, se precipitaron en tropel hacia la meseta. En el mismo instante, Robin y Dubourg, que estaban de centinela en lo alto de «El Encinar», gritaron:

—¿Quién vive?

—¡Francia!—contestó una voz.

A pesar de la distancia, Luisa, creyendo reconocer la voz de su padre, fue presa de tal emoción, que Catalina tuvo que sostenerla.

Casi simultáneamente numerosos pasos resonaron en la nieve endurecida, y Luisa, no pudiendo contenerse, gritó con voz desgarradora:

—¡Papá Juan Claudio!...

—Ya voy, ya voy—contestó Hullin.

—¿Y mi padre?—preguntó Frantz Materne corriendo hacia Juan Claudio.

—Viene con nosotros, Frantz.

—¿Y Kasper?

—Ha recibido una pequeña herida, pero no es nada; ahora verás a los dos.

En el mismo instante, Catalina se arrojó en brazos de Hullin.

—¡Oh, Juan Claudio! ¡Qué alegría tan grande al volver a verle!

—Sí—murmuró el anciano lúgubremente—; hay muchos que no volverán a ver a los suyos.

—¡Frantz!—se oyó gritar al viejo Materne—. ¡Eh, por aquí!

Y por todas partes se veían en la sombra personas que se buscaban unas a otras, que se daban la mano, que se abrazaban. Otros gritaban al mismo tiempo: «¡Niclau! ¡Sapheri!», pero no obtenían respuesta.

Aquellas voces se repetían hasta volverse roncas, balbucientes, y, por último, cesaban. La alegría de los unos y la consternación de los otros producían un efecto desconcertante. Luisa se hallaba en brazos de Hullin y lloraba amargamente.

—¡Ah, Juan Claudio!—decía la señora Lefèvre—; ya sabrá usted lo que ha hecho esta niña. Por ahora, no le digo nada; pero hemos sido atacados.

—Sí, ya hablaremos de eso después... El tiempo vuela—dijo Hullin—; el camino del Donon se ha perdido, y los cosacos pueden estar aquí al amanecer; tenemos muchas cosas que hacer.

Juan Claudio volvió la esquina y entró en la casa; todos los demás le siguieron. Duchêne acababa de echar al fuego un haz de leña. Aquellos rostros ennegrecidos por la pólvora, animados aún por el ardor del combate, aquellos hombres, con los vestidos desgarrados por los bayonetazos, algunos de los cuales sangraban al salir de las tinieblas a la viva luz, ofrecían el más extraño espectáculo. Kasper, con la frente vendada con un pañuelo, había recibido un sablazo; su bayoneta, su correaje y sus altas polainas azules estaban manchados de sangre. El anciano Materne, gracias a su imperturbable presencia de espíritu, volvía sano y salvo de la contienda. De este modo, los restos de las fuerzas de Jerónimo y Hullin se hallaron unidos. Todos tenían el mismo salvaje aspecto y estaban animados por la misma energía e idéntico espíritu de venganza. Los de Hullin, rendidos de cansancio, se sentaron a derecha e izquierda en haces de leña, en las piedras de los desagües y en las losas del hogar, con la cabeza entre las manos y los codos en las rodillas. Los demás miraban a todas partes, y no pudiendo convencerse de la desaparición de Hans, de Joson, de Daniel, cambiaban entre sí preguntas seguidas de largos silencios. Los dos hijos de Materne se habían agarrado del brazo, como si tuvieran miedo de perderse, y su padre, detrás de ellos, apoyado en la pared y el codo en el cañón de la carabina, les miraba con satisfacción. «Están aquí, los estoy viendo—parecía decirse el anciano—; son fuertes los muchachos; los dos han logrado salvar el pellejo.» Y el valiente guerrillero tosía en el hueco de la mano. Algunos iban a preguntarle por Pedro, por Jacobo, por Nicolás, por su hijo o por su hermano; y el anciano respondía maquinalmente: «Sí, sí, han quedado muchos tendidos allá... ¡Qué le vamos a hacer! Es la guerra. Nicolás ha cumplido con su deber...; es preciso tener paciencia. Pero él pensaba para sus adentros: «¡Los míos se han escapado de la quema, y eso es lo principal!»

Catalina se ocupó de poner la mesa con Luisa. Duchêne subió de la bodega un barril de vino, llevándolo sobre el hombro; lo colocó en el aparador, hizo saltar el tapón, y cada guerrillero fue presentando su vaso, su cacharro o su cantimplora ante el chorro de color púrpura, que brillaba a los reflejos del hogar.

—¡Comed y bebed!—les decía la labradora—; esto no se ha acabado aún, y tendréis necesidad de que no os falten las fuerzas. ¡Eh, Frantz! ¡Descuelga ese jamón! Aquí están el pan y los cuchillos. Sentaos, hijos míos.

Frantz, con la bayoneta, espetaba los jamones en la chimenea.

Y, acercando los bancos al fuego, los guerrilleros se sentaron; a pesar de los contratiempos sufridos, todos comieron con ese fuerte apetito que ni los dolores presentes ni las preocupaciones por el porvenir pueden hacer perder a los hombres de la sierra. Sin embargo, una tristeza profunda anudaba la garganta de aquellos valientes, y ora uno, ora otro, se detenían de improviso en su yantar, dejaban caer el tenedor y abandonaban la mesa diciendo: «Ya he comido bastante.»

Mientras los guerrilleros reparaban así sus fuerzas, los jefes estaban reunidos en la sala inmediata para acordar las últimas disposiciones concernientes a la defensa. Estaban sentados alrededor de una mesa, alumbrada por una lámpara de metal, el doctor Lorquin, a cuyo lado olfateaba su enorme perro Plutón; Jerónimo, en el ángulo de una ventana, a la derecha; Hullin, intensamente pálido, a la izquierda; Marcos Divès, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, se hallaba de espaldas a la puerta, destacándose sólo su obscura silueta y una de las puntas de su bigote. Unicamente Materne permanecía de pie, según su costumbre, apoyado en la pared, detrás de la silla de Lorquin, con el cañón de la carabina en las manos y descansando la culata en el suelo. De la cocina llegaba el ruido de las conversaciones.

Cuando Catalina, llamada por Juan Claudio, entró en la sala oyó una especie de lamento que la estremeció; era Hullin que hablaba.

—Todos esos valientes, todos esos padres de familia que caen unos después de otros—decía Juan Claudio con voz desgarradora—, ¿creéis que no pesan sobre mi corazón? ¿No creéis que hubiera mil veces preferido que me aniquilasen a mí? ¡Ah! ¡No sabéis lo que he sufrido esta noche! Perder la vida no es nada. ¡Pero llevar yo solo una responsabilidad tan inmensa...!

Hullin guardó silencio unos instantes; el temblor de sus labios, una lágrima que rodaba lentamente por su mejilla, toda su actitud revelaba los escrúpulos que sentía aquel hombre honrado frente a una de esas situaciones en que la conciencia pierde la fe en sí misma y busca nuevos apoyos. Catalina se sentó, sin hacer ruido, en el sillón situado a la izquierda de Hullin, el cual, pasados breves instantes, continuó con mayor reposo:

—Entre once y doce de la noche, Zimmer llegó diciendo: «¡Estamos rodeados! ¡Los alemanes bajan del Grosmann! Labarbe ha muerto. Jerónimo no puede resistir.» Y no dijo más. ¿Qué hacer en aquella situación?... ¿Podía abandonar una posición que nos había costado tanta sangre, el camino del Donon y la carretera de París? Si llego a hacerlo, ¿no hubiera sido un miserable? Pero yo no tenía mas que trescientos hombres contra los cuatro mil de Grand-Fontaine y no sé cuántos que bajaban de la montaña. Pues bien; costase lo que costase, decidí resistir; era nuestro deber, y me dije: «¡La vida no vale nada sin honor!... ¡Muramos todos, si es preciso; pero no se dirá nunca que hemos entregado el camino de Francia! ¡No, no; nunca se dirá eso!»

En aquel momento la voz de Hullin volvió a temblar; sus ojos se llenaron de lágrimas, y continuó:

—Resistimos hasta las dos; yo veía a los valientes muchachos caer al grito de «¡Viva Francia!» Al principio de la acción había mandado un aviso a Piorette, que llegó a paso de carga con cincuenta hombres escogidos. ¡Era ya tarde! El enemigo nos rodeaba por la derecha y por la izquierda, ocupaba las tres cuartas partes de la meseta y nos había hecho retroceder hasta los pinares, del lado del Blanru; su fuego diezmaba nuestras filas. Lo único que pude hacer fue reunir aquellos heridos que aun podían moverse, y ordenar a Piorette que los escoltase; a ellos se unieron unos cien hombres míos. Por mi parte, me quedé sólo con cincuenta para ocupar el Falkenstein. Hemos pasado por delante de las narices de los alemanes, que querían cortarnos la retirada. Afortunadamente, la noche estaba obscura; de lo contrario, no se hubiera salvado uno solo de nosotros. Esta es la situación en que nos hallamos; ¡todo se ha perdido! El Falkenstein es lo único que nos queda, y sólo somos trescientos hombres. Ahora se trata de saber si estamos decididos a llegar hasta el fin. En cuanto a mí, ya os lo he dicho: me pesa cargar con una responsabilidad tan grande. Mientras no trataba mas que de defender el camino del Donon, no había la menor duda: todos nos debemos a la patria; pero el camino se ha perdido, y necesitaríamos diez mil hombres para reconquistarlo. En este momento el enemigo está penetrando en Lorena... Veamos lo que debemos hacer.

—Es preciso ir hasta el fin—dijo Jerónimo.

—Sí, sí—gritaron los demás.

—¿Cree usted lo mismo, Catalina?

—Exactamente—respondió la anciana, cuyas facciones revelaban una tenacidad inflexible.

Entonces Hullin, con voz más firme, expuso su plan.

—El Falkenstein es nuestro punto de retirada; es además nuestro arsenal, y allí tenemos las municiones; el enemigo lo sabe, e intentará un golpe de mano por aquel lado. Es preciso, pues, que todos los presentes acudamos a defender la posición; es preciso que todo el país nos vea y diga: «Catalina Lefèvre, Jerónimo, Materne con sus dos hijos, Hullin, el doctor Lorquin, allí están y no quieren rendir las armas.» Este ejemplo reanimaría el espíritu de los hombres de corazón. Además, Piorette resistirá en el bosque, y su fuerza irá aumentando día por día. El país se verá cubierto de cosacos y bandidos de todas clases. Cuando el ejército enemigo entre en Lorena, haré una señal a Piorette; éste se interpondrá desde el Donon al camino, y cuantos rezagados se hallen esparcidos por la montaña quedarán como cogidos en una red. De este modo, aprovecharemos las ocasiones favorables para apoderarnos de los convoyes de los alemanes y para hostilizar sus reservas; y si la fortuna ayuda, como es de esperar, a nuestros ejércitos y estos kaiserlicks son derrotados en Lorena, les cortaremos la retirada.

Todos se levantaron, y Hullin, entrando en la cocina, dirigió a los guerrilleros esta sencilla alocución:

—Amigos míos, acabamos de decidir que se lleve la resistencia hasta lo último. Sin embargo, cada cual es libre de hacer lo que quiera y puede deponer las armas y volver a su aldea; pero los que quieran vengarse ¡que se unan a nosotros!: con nosotros partirán el último pedazo de pan y agotarán el último cartucho.

El anciano almadiero Colon se levantó, y dijo:

—Hullin, todos estamos contigo; hemos comenzado juntos a batirnos y juntos terminaremos.

—¡Sí, sí!—exclamaron los demás.

—¿Estáis decididos? Pues bien; escuchadme un momento; el hermano de Jerónimo va a tomar el mando.

—Mi hermano ha muerto—interrumpió Jerónimo—; es uno de los que se han quedado en la ladera del Grosmann.

Hubo un instante de silencio; después, con voz fuerte, Hullin prosiguió:

—Colon: vas a tomar el mando de los que queden, a excepción de los que forman la escolta de Catalina Lefèvre, que se quedarán conmigo. Irás a reunirte con Piorette, en el valle del Blanru, pasando por Dos Ríos.

—¿Y las municiones?—preguntó Marcos Divès.

—Yo he traído mi furgón—dijo Jerónimo—; Colon puede utilizarlo.

—Que se enganche también el trineo—exclamó Catalina—. Los cosacos no han de tardar y lo saquearán todo. Nuestra gente no debe marchar con las manos vacías; que se lleven los bueyes, las vacas, las cabras; que se lo lleven todo; así no caerá en poder del enemigo.

Cinco minutos después la casa estaba entregada al saqueo; el trineo se cargó de jamones, de carnes saladas y de pan; fue sacado el ganado de los establos y los caballos se engancharon al coche grande. El convoy no tardó en ponerse en marcha, con Robin a la cabeza, tocando la trompa, y detrás los guerrilleros, que empujaban las ruedas. Y cuando hubo desaparecido en el bosque, y el silencio sucedió, de repente, a aquel discorde ruido, Catalina se volvió y vio a Hullin detrás de ella, pálido como un muerto.

—Pues bien, Catalina—dijo éste—; todo ha terminado. Ahora vamos a subir allá arriba.

Frantz, Kasper y los de la escolta, Marcos Divès, Materne, todos esperaban en la cocina con las armas en descanso.

—Duchêne—dijo la labradora—; márchese a la aldea; no quiero que el enemigo, por mi causa, le maltrate.

El viejo servidor, moviendo su blanca cabeza, y con los ojos llenos de lágrimas, contestó:

—Lo mismo es, señora Lefèvre, que yo muera aquí. Hace cincuenta años que vine a esta casa...; no me obligue usted a dejarla: eso sería mi muerte.

—Como usted quiera, mi pobre Duchêne—respondió Catalina enternecida—; aquí tiene las llaves de la casa.

Y el pobre anciano fue a sentarse al fondo del hogar, en un escabel, con los ojos fijos y la boca entreabierta, como perdido en un largo y doloroso desvarío.

Emprendiose la marcha hacia el Falkenstein. Marcos Divès, a caballo, empuñando su largo espadón, constituía la retaguardia. Frantz y Hullin, a la izquierda, observaban la meseta; Kasper y Jerónimo, a la derecha, exploraban el valle; Materne y los hombres de la escolta rodeaban a las mujeres. ¡Cosa extraña! Delante de las casuchas de la aldea de Charmes, en el umbral de las puertas, en los tragaluces y en las ventanas, se veían figuras viejas y amarillas que miraban con curiosidad la huída de la señora Lefèvre; y las malas lenguas no se apiadaban de su situación: «¡Ah! ¡Vedlos sin casa ni hogar!—exclamaban—. ¡Para que se metan donde no los llaman!»

Otros decían en voz alta que Catalina había sido rica bastante tiempo, y que a cada cual le llega el turno de pedir limosna. Respecto de los trabajos, de la prudencia, de la bondad de corazón, de todas las virtudes de la anciana labradora, del patriotismo de Juan Claudio, del valor de Jerónimo y de los tres Materne, del desinterés del doctor Lorquin y de la abnegación de Marcos Divès, nadie decía nada: ¡estaban vencidos!

XXII

En el fondo del valle de Bouleaux, a dos tiros de fusil de la aldea de Charmes, hacia la izquierda, la comitiva empezó a subir lentamente el sendero del viejo burgo. Hullin, al recordar que había seguido el mismo camino cuando fue a comprar la pólvora a Marcos Divès, no pudo substraerse a una tristeza profunda. Entonces, a pesar del viaje a Falsburgo, a pesar del espectáculo de los heridos de Hanau y Leipzig, a pesar de los relatos del viejo sargento, no temía nada; conservaba intacta su energía y no dudaba del éxito de la defensa. Ahora todo estaba perdido; el enemigo entraba en Lorena y los montañeses huían. Marcos Divès costeaba el muro, marchando por la nieve; su caballo, acostumbrado sin duda a aquel camino, relinchaba, alzando la cabeza y bajándola hasta el petral, con bruscas sacudidas. El contrabandista se volvía, de vez en cuando, para dirigir una mirada a la meseta de «El Encinar», que se hallaba enfrente. De improviso exclamó:

—¡Ya se ven los cosacos!

Al oír aquella exclamación, la fuerza hizo alto para mirar lo que sucedía. Se hallaban los expedicionarios muy arriba en la montaña, por encima de la aldea y de la casa de «El Encinar». La luz grisácea del invierno dispersaba las nieblas matinales, y en los pliegues de la ladera se divisaba la silueta de varios cosacos mirando a lo lejos, con las pistolas en alto y aproximándose lentamente a la vieja alquería. El enemigo se había desplegado en guerrilla y parecía temer una sorpresa. Pocos momentos después se vio surgir a otros cosacos que subían por el valle de Houx, y más tarde, a muchos otros; todos marchaban en la misma actitud, de pie sobre los estribos para ver de lejos y como si fuesen de descubierta. Los primeros, al llegar a la casa de labor y no observar nada sospechoso, agitaron sus lanzas y dieron media vuelta. Los demás acudieron entonces velozmente, como los cuervos que siguen raudos al que se eleva mucho, suponiendo que ha descubierto alguna presa. En pocos instantes la casa fue rodeada y la puerta abierta. Dos minutos después los cristales volaban en pedazos; los muebles, los jergones y la ropa blanca salía por todas las ventanas a la vez. Catalina contemplaba aquel estrago con aire tranquilo, y su nariz aguileña parecía más inclinada hacia la boca. Durante un buen espacio de tiempo la anciana nada dijo; pero al ver de repente a Yégof, a quien no había distinguido hasta entonces, golpear a Duchêne con el cabo de su lanza y arrojarlo fuera de la casa, no pudo reprimir un grito de indignación.

—¡Oh, miserable!... ¡Es preciso ser un cobarde para maltratar a un pobre viejo que no puede defenderse! ¡Ah, bandido! ¡Si yo te cogiese!...

—¡Vamos, Catalina!—gritó Juan Claudio—; es demasiado; ¿para que detenerse a contemplar semejante espectáculo?

—Tiene usted razón—respondió la labradora—; marchemos. Sería capaz de bajar yo sola para vengarme.

Mientras más subían, más frío y fuerte era el viento. Luisa, la hija de los heimatshlos, con una cestilla de provisiones al brazo, iba delante de todos. El cielo azulado, las llanuras de Alsacia y Lorena, y, al fin del horizonte, las de la Champaña, aquella inmensidad sin límites en la que se perdía la mirada, le producía como un desvanecimiento de entusiasmo. Parecía que tenía alas y que volaba por el espacio azul, como esos grandes pájaros que se arrojan desde la cima de los árboles a los abismos, mientras entonan el himno de su independencia. Todas las miserias de este bajo mundo, todas las injusticias y sufrimientos se olvidaban. Luisa recordaba su niñez, cuando iba sobre la espalda de su madre, la pobre vagabunda, y se decía: «¡Nunca he sido más dichosa, nunca he tenido menos cuidados, nunca he reído ni cantado tanto! A menudo el pan nos faltaba; pero ¡qué días tan felices!» Y acudían a su memoria trozos de antiguas canciones de aquel tiempo.

Al acercarse a la peña rojiza, en la que se hallaban gruesos cantos blancos y negros incrustados, y que se inclinaba hacia el precipicio como la bóveda de una inmensa catedral, Luisa y Catalina se detuvieron extasiadas. En lo alto, el cielo les parecía más profundo, y el sendero, que formaba una espiral alrededor de la peña, parecía más estrecho. Los valles que se perdían de vista, los bosques inmensos, los estanques lejanos de la Lorena, la cinta azul del Rin a la derecha, todo aquel gran espectáculo las maravillaba, y la labradora dijo con profundo recogimiento:

—Juan Claudio: aquel que ha levantado esta peña hasta el cielo, que ha abierto esos valles, que ha sembrado esos montes de brezos y musgos, ése puede hacernos la justicia que merezcamos.

Cuando hubieron llegado a la primera meseta del peñón, Marcos llevó su caballo a una caverna que allí cerca se aparecía, volvió en seguida solo, y comenzando a trepar delante de todos, dijo:

—Mucho cuidado, porque es fácil resbalar.

Al mismo tiempo les mostraba a la derecha el precipicio azulado, con las copas de los abetos al fondo. Siguieron marchando en silencio los expedicionarios hasta llegar a la terraza, donde comenzaba la bóveda, y allí respiraron libremente. En medio del paisaje vieron a los contrabandistas Brenn, Pfeifer y Toubac, con sus amplias capas grises y sus sombreros de fieltro negro, sentados alrededor de una hoguera que se extendía a lo largo de la peña. Marcos Divès les dijo:

—¡Aquí estamos! Los kaiserlicks son los amos... Han matado a Zimmer esta noche... Hexe-Baizel, ¿está arriba?

—Sí—respondió Brenn—; está haciendo cartuchos.

—Todavía pueden servir—dijo Marcos—. Tened mucho cuidado, y si alguno sube, hacedle fuego.

Los Materne se habían detenido al borde de la peña; aquellos tres fuertes hombres rojos, con el sombrero levantado, el cuerno de pólvora al costado, la carabina al hombro, las piernas enjutas y musculosas, firmemente erguidos al extremo de la peña, ofrecían un extraño aspecto sobre el fondo azulado del abismo. El anciano Materne, con la mano extendida, señalaba a lo lejos, muy a lo lejos, un punto blanco, casi imperceptible, en medio del pinar, diciendo:

—¿Reconocéis aquello, hijos míos?

Los tres miraron con los ojos medio cerrados.

—Es nuestra casa—respondió Kasper.

—¡Pobre Margredel!—continuó el anciano cazador, tras una pausa—; debe estar inquieta desde hace ocho días; seguramente rogará por nosotros a Santa Odilia.

En aquel momento, Marcos Divès, que marchaba delante, lanzó un grito de sorpresa.

—¡Señora Lefèvre!—dijo deteniéndose—, los cosacos han incendiado su casa.

Catalina recibió la noticia con la mayor tranquilidad y adelantose hasta el borde de la explanada; Luisa y Juan Claudio la siguieron. En el fondo del abismo se extendía una gran nube blanca; a través de aquella nube se veía una lucecilla agitarse sobre la ladera de «El Encinar» y no se veía más; pero cuando a veces soplaba el viento, el incendio aparecía: los dos altos mojinetes, negros: el granero, incendiado; los establos pequeños, ardiendo; luego, todo desaparecía otra vez.

—Ya ha ardido casi por completo—dijo Hullin en voz baja.

—Sí—respondió la labradora—; he ahí cuarenta años de trabajos y fatigas que se convierten en humo; pero es igual, no pueden quemar mis buenas tierras, el gran prado de Eichmath. Empezaremos a trabajar de nuevo. Gaspar y Luisa reharán todo esto. Por mi parte, no me arrepiento de nada.

Al cabo de un cuarto de hora se elevaron millares de chispas y el edificio se hundió. Sólo quedaron en pie los negros mojinetes. Volvió la comitiva a ponerse en marcha y continuó la ascensión por el sendero. En el momento de llegar a la explanada superior, oyose la voz agria de Hexe-Baizel que gritaba:

—¿Eres tú, Catalina? ¡Ah! ¡Nunca hubiera creído que vendrías a verme a mi pobre tugurio!

Baizel y Catalina habían ido juntas a la escuela y se tuteaban.

—Ni yo tampoco—contestó la labradora—; ¡pero qué más da, Baizel! En la desgracia sirve de consuelo volver a ver a una antigua compañera de la infancia.

Baizel parecía conmovida, y dijo:

—Cuanto hay aquí, Catalina, tuyo es...

Y mostraba a la anciana su pobre taburete, su escoba de retamas verdes y los cinco o seis leños del hogar. Catalina contempló aquello durante breves momentos, y dijo:

—No es esto muy grande, pero es sólido; seguramente, tu casa no arderá.

—No, no la quemarán—dijo Hexe-Baizel riendo—; necesitarían todos los bosques del condado de Dabo para calentarla un poco. ¡Je, je, je!

Los guerrilleros, después de tantas fatigas, sentían necesidad de reposo; apoyó, pues, cada cual su fusil en la pared, y uno a uno fueron tendiéndose en el suelo. Marcos Divès les abrió la segunda caverna, donde encontraron, al menos, un poco de abrigo; luego salió con Hullin para examinar la posición.

XXIII

Sobre el peñón del Falkenstein, en la cumbre de la montaña, se levanta una torre redonda, socavada por su base. Esta torre, cubierta de zarzas, espinos silvestres y mirtos, es tan antigua como la sierra; ni los franceses, ni los alemanes, ni los suecos la han destruido. La piedra y el cemento se han adherido con tal solidez, que no se puede arrancar el más pequeño fragmento de ella. La torre presenta un aspecto sombrío y misterioso, y evoca lejanas épocas que la memoria del hombre no logra alcanzar. En tiempo del paso de los gansos silvestres, Marcos Divès se apostaba de ordinario allí, cuando no tenía otra cosa que hacer; y algunas veces, a la caída de la tarde, en el momento en que las bandadas llegaban hendiendo la bruma y describiendo un amplio círculo antes de posarse, el contrabandista mataba dos o tres de aquellas aves, lo cual alegraba mucho a Hexe-Baizel, que siempre se hallaba dispuesta a llevarlas al asador. Otras veces, en otoño, Marcos tendía unas redes sobre la maleza, en las que cogía los zorzales que acudían al engaño; por último, la torre le servía también de leñera. ¡Cuántas veces Hexe-Baizel, cuando el viento norte soplaba con tal rigor que parecía arrancar la piel a los bueyes, y cuando el ruido, el crujir de las ramas y el lamento agudo de los bosques de alrededor subían a las alturas como el clamor del mar embravecido, cuántas veces Hexe-Baizel había estado a punto de ser arrebatada por el huracán hasta la montaña de Kilberi, que se halla enfrente! Pero la vieja se agarraba con ambas manos a la maleza, y el viento no conseguía mas que agitar sus cabellos rojos.

Habiendo observado Divès que la leña que allí almacenaba, al cubrirse de nieve y mojarse por la lluvia, daba más humo que llamas, techó la torre con un cobertizo de tablas. Con este motivo el contrabandista contaba una peregrina historia; afirmaba haber descubierto al poner las vigas, en el fondo de una hendedura, una lechuza blanca como la nieve, ciega y escuálida, copiosamente abastecida de musarañas y murciélagos. Por esto, Marcos la había denominado la abuela de la comarca, suponiendo que todos los pájaros se preocupaban de alimentarla, a causa de su mucha edad.

Al terminar aquel día, los guerrilleros, que observaban lo que sucedía, como los inquilinos de una casa de muchos pisos, desde las diferentes quebraduras de la peña, vieron aparecer los uniformes blancos en los desfiladeros de alrededor. Avanzaban en masas compactas por todas partes al mismo tiempo, lo que revelaba claramente su intención de bloquear el Falkenstein. Viendo lo cual, Marcos Divès quedose pensativo. «Si nos rodean—pensaba—no podremos procurarnos víveres, y será preciso rendirse o morir de hambre.»

Veíase perfectamente al estado mayor enemigo parado, a caballo, alrededor de la fuente de la aldea de Charmes. Divisábase a uno de los jefes, hombre corpulento y de amplio abdomen, que contemplaba la peña con un anteojo; detrás de él estaba Yégof, hacia quien se volvía de vez en cuando para interrogarle. Las mujeres y los niños de la aldea rodeaban a cierta distancia al enemigo, ante el que se extasiaban, y cinco o seis cosacos hacían caracolear a sus caballos. El contrabandista no pudo reprimir su inquietud y llamó aparte a Hullin.

—Mira—le dijo—esa fila de chacós que se desliza a lo largo del Sarre y, por este lado, los que suben por el valle saltando como liebres: son kaiserlicks, ¿no es verdad? ¿Y qué crees que van a hacer, Juan Claudio?

—Van a rodear la montaña.

—Eso está bien claro. ¿Y cuánta gente habrá ahí?

—Tres o cuatro mil hombres.

—Sin contar los que anden por esos campos. Entonces, ¿qué quieres que haga Piorette, con sus trescientos hombres, frente a tal muchedumbre de bandidos? Te lo pregunto con toda franqueza, Hullin.

—No podrá hacer nada—respondió el anciano con sencillez—. Los alemanes saben que nuestras municiones están en el Falkenstein; temen un levantamiento general cuando hayan invadido la Lorena y quieren asegurar su retaguardia. El general enemigo se ha dado cuenta de que no nos puede vencer a viva fuerza y trata de rendirnos por hambre. Todo esto, Marcos, es seguro; pero nosotros somos hombres y cumpliremos nuestro deber: aquí moriremos.

Hubo un instante de silencio; Marcos Divès frunció el ceño y no parecía muy convencido.

—¡Morir nosotros!—exclamó rascándose la cabeza—; no comprendo por qué debemos morir; esto no entra en mis planes; además, hay mucha gente que se alegraría...

—¿Qué quieres hacer?—dijo Hullin con sequedad—. ¿Quieres rendirte?

—¡Rendirme!—exclamó el contrabandista—. ¿Me tienes por un cobarde?

—Entonces, explícate.

—Esta noche salgo para Falsburgo. Arriesgo el pellejo al atravesar las líneas enemigas, pero prefiero eso a cruzarme de brazos aquí y perecer de hambre. Entraré en la plaza a la primera salida o trataré de ganar una poterna. El comandante Meunier me conoce porque le vendo tabaco hace tres años. Ha hecho, como tú, las campañas de Italia y de Egipto. Le expondré la situación. Veré a Gaspar Lefèvre. Haré cuanto sea preciso para que nos den quién sabe si una compañía. Con el uniforme nada más, estamos salvados, Juan Claudio; la gente útil que quede se unirá a Piorette y, en cualquier caso, puede venir en nuestro socorro. En fin, esta es mi idea. ¿Qué te parece?

Divès miró atentamente a Hullin, cuya vista fija y sombría le inquietaba.

—Dime, ¿no crees que esto puede ser una solución?

—Es una idea—dijo por último Juan Claudio—. No me opongo a ella.

Y mirando a su vez al contrabandista frente a frente, le preguntó:

—¿Me juras hacer todo lo posible por entrar en la plaza?

—Yo no juro nada—respondió Marcos, cuyas tostadas mejillas adquirieron súbitamente un pronunciado color rojizo—. Dejo aquí cuanto tengo: mis bienes, mi mujer, mis compañeros, Catalina Lefèvre y tú, mi más antiguo amigo. Si no vuelvo, seré un traidor; pero si vuelvo, Juan Claudio, me explicarás lo que acabas de decirme, y arreglaremos esa cuentecita entre los dos.

—Marcos—dijo Hullin—, perdóname; he dicho mal; ¡he sufrido tanto en estos días!; la desgracia me hace desconfiar; dame la mano... ¡Anda, ve, sálvanos, salva a Catalina, salva a mi hija! Desde ahora te lo digo: no tenemos más recurso que tú.

La voz de Hullin temblaba. Divès aceptó aquellas explicaciones, pero añadió:

—¡Bien está, Juan Claudio! No has debido decirme eso en un momento semejante; en fin, no hablemos más del asunto... Perderé la vida en el camino, o vendré a libertaros. Cuando llegue la noche partiré. Los kaiserlicks rodean ya la montaña; pero no importa, tengo un buen caballo, y además ya sabes que siempre he tenido suerte.

A las seis, las últimas cimas de la montaña quedaban sumergidas en las tinieblas. Centenares de hogueras brillaban en lo hondo de los desfiladeros, indicando que los alemanes preparaban la comida. Marcos Divès descendió por la hendedura a tientas. Hullin oyó durante algunos segundos los pasos de su camarada, y luego, muy pensativo, se dirigió hacia la vieja torre, en la que se había establecido el cuartel general. Levantó el pesado cobertor de lana que tapaba el nido de búhos y vio a Catalina, a Luisa y a los demás sentados alrededor de una pequeña hoguera, que iluminaba las grises paredes. La anciana, sentada en un tronco de encina, con las manos cruzadas sobre las rodillas, miraba a la llama fijamente, con los labios contraídos y el color quebrado. Luisa, recostada sobre la pared, parecía que soñaba. Jerónimo, en pie detrás de Catalina, con las manos cruzadas sobre un garrote, casi tocaba el carcomido techo con su gorro de piel de nutria. Todos estaban tristes y desanimados. Hexe-Baizel, que levantaba de vez en cuando la tapadera de una olla, y el doctor Lorquin, que rascaba la cal de la pared con la punta de su sable, eran los únicos que conservaban su aspecto habitual.

—Parece—dijo el doctor—que hemos vuelto al tiempo de los triboques. Estas paredes tienen más de mil años. ¡Y ha debido correr una buena cantidad de agua desde las alturas del Falkenstein y del Grosmann al Sarre y al Rin desde que no se ha encendido fuego en esta torre!

—Sí—respondió Catalina como saliendo de un sueño—. ¡Cuántas gentes habrán sufrido aquí frío, hambre y miseria! ¿Y quién lo ha sabido? Nadie. Puede ser que, pasados cien, doscientos, trescientos años, vengan otros también a refugiarse a este mismo lugar. Como nosotros, encontrarán la pared fría y la tierra húmeda; harán fuego, mirarán como ahora miramos y dirán como decimos: «¿Quién habrá sufrido antes que nosotros aquí? ¿Por qué habrán padecido? ¿Estarían acaso perseguidos, expulsados, como nosotros, y vinieron a ocultarse en este miserable agujero?» Entonces pensarán en los tiempos pasados... y nadie podrá contestarles.

Juan Claudio se había aproximado. Al cabo de algunos segundos, la anciana, levantando la cabeza, comenzó a decir, mientras le miraba:

—¡Qué! Estamos bloqueados; el enemigo quiere rendirnos por hambre.

—Es verdad, Catalina—contestó Juan Claudio—. Yo no esperaba esto; contaba con un ataque a viva fuerza; pero los kaiserlicks no saben lo que puede suceder. Divès acaba de partir para Falsburgo, conoce al comandante de la plaza..., y si envía solamente varios centenares de hombres en nuestro socorro...

—No hay que contar con eso—interrumpió la anciana—; Marcos puede ser cogido o muerto por los alemanes; y aunque supongamos que consiga atravesar las líneas enemigas, ¿cómo podrá entrar en Falsburgo?

Todos permanecieron silenciosos.

Hexe-Baizel no tardó en traer la sopa, y los sitiados hicieron círculo alrededor de la cazuela humeante.

XXIV

Catalina Lefèvre salió del antiguo refugio a las siete de la mañana, cuando aún dormían Luisa y Hexe-Baizel. La claridad del día, la espléndida claridad de las altas regiones, iluminaba ya los abismos. Al fondo, a través de una atmósfera azul, se dibujaban los bosques, los valles y las peñas como el musgo y los guijarros de un lago bajo el cristal azulado. Ni una ligera aurilla agitaba la placidez del ambiente. Catalina, frente a aquel grandioso espectáculo, se sentía más serena, más tranquila que durante el sueño. «¿Qué importancia tienen nuestros dolores pasajeros, nuestras inquietudes y nuestras penas?—se decía la anciana—. ¿Para qué importunar a la Providencia con nuestras lamentaciones? ¿Por qué temer el porvenir? Todo esto no dura mas que un segundo; nuestras quejas no se prolongan más que el canto de la cigarra en otoño; y tales cantos ¿pueden impedir la llegada del invierno? ¿No es preciso que a cada cosa le llegue su día, que todo muera para que vuelva a nacer? Ya otras veces hemos muerto y hemos renacido, y deberemos morir y renacer en lo porvenir. Y las montañas, con sus bosques, sus peñas y sus ruinas, permanecerán siempre en el mismo sitio, como diciéndonos: ¡Acuérdate, acuérdate! Ya me has visto, ahora me ves y seguirás viéndome por los siglos de los siglos.»

Así soñaba la anciana, y el porvenir no la causaba ya miedo; los pensamientos sólo eran para ella recuerdos.

Había pasado algunos minutos en aquella meditación cuando un rumor de voces vino a herir los oídos de Catalina, la cual, volviéndose, vio a Hullin y a los tres contrabandistas, que hablaban gravemente entre sí, al otro lado de la meseta. Los interlocutores no se habían dado cuenta de su presencia y parecían enfrascados en una discusión importante.

El anciano Brenn, al borde de la peña, con su pipa negra entre los dientes, las mejillas arrugadas como una hoja de col pasada, la nariz redonda, el bigote gris, los párpados fláccidos, caídos sobre el ojo sanguinolento, y las largas mangas de su hopalanda, que descendían a ambos lados del cuerpo, el viejo Brenn miraba hacia los diferentes puntos de la montaña que Hullin le indicaba; y los otros dos, envueltos en sus amplias capas pardas, se adelantaban, retrocedían, se llevaban las manos a las cejas y parecían absortos por una atención profunda.

Catalina, que se había acercado al grupo, oyó decir:

—¿Entonces, usted cree que no es posible bajar por ninguna parte?

—No, Juan Claudio, no hay medio—respondió Brenn—; esos bandidos conocen el país a fondo; todos los senderos están interceptados. Mira; ¿ves el manchón de los Corzos, a lo largo de esa charca? Nunca han tenido los guardas la idea de observarlo; pues el enemigo lo tiene bien guardado. Y allá, en el paso del Rothstein un verdadero caminillo de cabras por el que no se pasa una vez cada diez años. ¿No ves brillar una bayoneta detrás de las rocas? Y aquí este otro, que yo he recorrido durante ocho años con mis sacos sin encontrarme a un gendarme, también lo tienen defendido: es preciso que el Diablo ande mezclado en esto y que los haya conducido a los desfiladeros.

—Sí—exclamó Toubac—; si no ha sido el Diablo, ha sido, desde luego, Yégof.

—Pero me parece—dijo Hullin—que tres o cuatro hombres decididos podrían arrollar uno de esos puestos.

—No; se apoyan unos en otros, y al primer disparo tendríamos un regimiento a la espalda—contestó Brenn—. Pero supongamos que se puede pasar. ¿Cómo volvemos con los víveres? Es imposible; esa es mi opinión.

—Sin embargo—dijo Toubac—; si Hullin quiere, lo intentaremos a pesar de todo.

—¿Qué es lo que vamos a intentar?—dijo Brenn—. ¿Exponernos a que nos rompan un hueso al escapar y dejar a los demás metidos en la ratonera? Por mi parte, lo mismo me da, y si alguien va, yo voy también. Pero si se creen que hemos de volver con víveres, sostengo que es imposible. Veamos, Toubac; ¿por dónde quieres pasar y por dónde quieres volver? No se trata ahora de proyectos, sino de realidades. Si sabes de algún paso, dímelo. Hace veinte años que recorro de una punta a otra la sierra, con Marcos, y conozco todos los caminos y senderos en diez leguas a la redonda; no veo más camino que el del cielo.

Hullin se volvió en aquel momento y vio a la señora Lefèvre, que se hallaba a algunos pasos, prestando atención a lo que decían.

—¿Es usted, Catalina? Nuestros asuntos toman mal aspecto—dijo Juan Claudio.

—Sí; ya he oído; no hay manera de renovar las provisiones.

—¡Las provisiones!—dijo Brenn con sonrisa extraña—. ¿Sabe usted, señora Lefèvre, para cuánto tiempo tenemos víveres?

—Para más de quince días—contestó la buena mujer.

—¡Para ocho días!—exclamó el contrabandista, vaciando de cenizas la pipa golpeándola contra la uña.

—Esa es la verdad—dijo Hullin—. Marcos Divès y yo creíamos que el enemigo atacaría el Falkenstein; pero nunca pudimos pensar que lo bloquearía como una plaza fuerte. ¡Nos hemos equivocado!

—¿Y qué vamos a hacer?—preguntó Catalina palideciendo intensamente.

—Vamos a reducir la ración de cada uno a la mitad. Si, en quince días, Marcos no vuelve y no nos queda nada..., entonces veremos.

Dicho lo cual, Hullin, Catalina y los contrabandistas, muy cabizbajos, tomaron el camino de la brecha. Apenas habían comenzado a bajar por la pendiente cuando, a unos treinta pasos más abajo de donde se encontraban, vieron aparecer a Materne, que trepaba por las ruinas casi ahogándose, agarrándose a la maleza para marchar más de prisa.

—¡Qué!—le gritó Juan Claudio—; ¿qué pasa, amigo mío?

—Iba a buscarte; un oficial enemigo avanza hacia el muro del antiguo burg con una banderita blanca; parece que quiere hablarnos.

Hullin, dirigiéndose en seguida hacia la pendiente de la peña, vio, en efecto, a un oficial alemán de pie sobre el muro y que parecía esperar que se le hiciera señal de subir. Se hallaba a dos tiros de carabina, y más lejos se veía a cinco o seis soldados con las armas en el suelo. Después de haber observado aquel grupo Juan Claudio volviose y dijo:

—Es un parlamentario que, sin duda, viene a intimarnos la rendición.

—¡Que se le haga fuego!—exclamó Catalina—. Eso es lo mejor que podemos contestarle.

Todos parecían de la misma opinión, excepto Hullin, que, sin hacer ninguna observación, bajó a la terraza, donde se encontraban los demás guerrilleros.

—Hijos míos—dijo—, el enemigo nos envía un parlamentario. No sabemos lo que quiere, aunque supongo que será una intimación para deponer las armas; pero también puede ser otra cosa. Frantz y Kasper irán a su encuentro, le vendarán los ojos al pie de la peña y le conducirán aquí.

Nadie hizo observación alguna, y los hijos de Materne, cruzándose la carabina en bandolera, se alejaron bajo la bóveda en espiral. Al cabo de diez minutos los cazadores llegaron adonde el oficial estaba, hablaron con él breves momentos, y los tres empezaron a subir al Falkenstein. A medida que ascendía el pequeño destacamento, mejor se distinguía el uniforme del parlamentario y hasta su fisonomía: era un hombre delgado, de cabellos rubios, cenicientos, bien proporcionado y de movimientos resueltos. Al pie de la peña, Frantz y Kasper le vendaron los ojos, y no tardaron en oírse sus pisadas, que resonaban bajo la bóveda. Juan Claudio se adelantó a su encuentro, y desatándole con sus propias manos el pañuelo, le dijo:

—Si desea usted comunicarme algo, señor, ya le escucho.

Los guerrilleros estaban a quince pasos del grupo que los recién llegados y Juan Claudio formaban. Catalina Lefèvre, que se hallaba más cerca, escuchaba con las cejas fruncidas; su cara huesuda, su nariz aguileña, los tres o cuatro rizos de cabellos grises que caían al azar sobre sus sienes descarnadas y sobre los pómulos de sus hundidas mejillas, la contracción de sus labios y la fijeza de su mirada, llamaron en primer término la atención del oficial; luego éste descubrió el rostro pálido y dulce de Luisa, detrás de la anciana; más allá, a Jerónimo, con su barba rojiza, cubierto con una túnica de estameña; al anciano Materne, apoyado en su carabina, y más lejos a todos los demás; por último, la elevada bóveda de piedra roja, cuyas masas ingentes, formadas de sílex y de granito, avanzaban por encima del precipicio con algunas zarzas marchitas en las hendeduras, servía de fondo. Detrás de Materne, Hexe-Baizel, con un largo escobón de retamas verdes en la mano, la cabeza erguida y vuelta de espaldas al borde de la peña, pareció llamar un momento la atención del oficial.

A su vez, él era objeto de una curiosidad singular. Se veía en su actitud, en su rostro alargado, fino y moreno, en sus ojos de color gris claro, en su bigote poco poblado, en la delicadeza de sus miembros endurecidos por la guerra, que procedía de una raza aristocrática; tenía algo de hombre de campo y algo de hombre de mundo; era una mezcla de militar burdo y de diplomático.

Aquella inspección recíproca se terminó en un abrir y cerrar de ojos, y el parlamentario dijo en buen francés:

—¿Es al comandante Hullin a quien tengo el honor de dirigirme?

—Sí, señor—contestó Juan Claudio.

Y como el parlamentario dirigiese una mirada indecisa alrededor del círculo, Hullin exclamó:

—¡Señor, hable usted alto para que todo el mundo le oiga! Cuando se trata del honor y de la patria nadie sobra en Francia, y las mujeres pueden intervenir lo mismo que los hombres. ¿Tiene usted que hacerme alguna proposición? ¿De parte de quién?

—Del general comandante en jefe. Mi misión es la siguiente...

—Veamos. Ya le oímos—interrumpió Hullin.

Entonces el oficial, levantando la voz, dijo en tono firme:

—Ante todo, permítame, señor comandante, decirle que usted ha cumplido magníficamente con su deber y que por ello ha conquistado la estimación de sus enemigos.

—En materia de deberes—contestó Hullin—, no puede haber más ni menos. Hemos hecho lo que hemos podido.

—Sí—añadió Catalina con sequedad—, y puesto que el enemigo nos estima por eso, dentro de diez o quince días tendrá ocasión de estimarnos más aún, porque no hemos llegado al fin de la guerra, y ha de ver cosas mejores.

El oficial volvió la cabeza y quedose estupefacto al observar la feroz energía impresa en la mirada de la anciana.

—Esos son sentimientos muy nobles—replicó el oficial después de un instante de silencio—; pero la humanidad tiene sus derechos, y derramar sangre inútilmente es hacer el mal por el mal.

—Entonces, ¿por qué venís a nuestro país?—gritó Catalina con voz aguda—. Marchaos y os dejaremos tranquilos.

Después añadió:

—Hacéis la guerra como los bandidos: robando, saqueando y quemando. Merecéis ser ahorcados todos, y para que sirviera de ejemplo, ahora deberíamos arrojar a usted desde lo alto de esta peña.

El oficial palideció, porque creyó capaz a la vieja de ejecutar la amenaza; sin embargo, al instante se repuso, y replicó con tranquilidad:

—Sé que los cosacos han prendido fuego a la finca que se ve frente a esta peña. Esos son bandidos que siempre siguen a todos los ejércitos; pero un acto aislado no prueba nada contra la disciplina de nuestras tropas. Los soldados franceses han hecho cosas semejantes en Alemania, y particularmente en el Tirol: no contentos con saquear e incendiar las aldeas, fusilaban cruelmente a los campesinos sospechosos de haber tomado las armas para defender el país. Nosotros podríamos usar represalias, y estaríamos en nuestro derecho; pero no somos bárbaros, comprendemos cuánto el patriotismo tiene de noble y de grande, aun en sus extravíos más lamentables. Por otra parte, no hacemos la guerra al pueblo francés, sino al emperador Napoleón. Así, el general, al saber la conducta de los cosacos, ha castigado públicamente ese acto de vandalismo, y, además, ha acordado indemnizar al propietario de la finca.

—¡No quiero nada de vosotros!—interrumpió Catalina bruscamente—; prefiero sufrir la injusticia... y vengarme.

El parlamentario comprendió, por el tono de voz de la anciana, que no podría hacerla entrar en razón y que sería peligroso siquiera contestarle. Volviose, pues, a Hullin y continuó:

—Estoy encargado, señor comandante, de ofrecerle honores de guerra si consiente en rendir la posición. Carecen ustedes de víveres, y nosotros lo sabemos. Dentro de pocos días se verán obligados a deponer las armas. La estimación que le profesa el general en jefe es lo único que le ha movido a ofrecer a usted condiciones tan honrosas. Una larga resistencia no conduciría a nada. Somos dueños del Donon, y nuestro cuerpo de ejército ha entrado en Lorena. La campaña no ha de decidirse aquí y no tiene interés para ustedes defender un punto inútil. Queremos ahorrarles los horrores del hambre. Y ahora, señor comandante, a usted corresponde decidir.

Hullin se volvió hacia los guerrilleros y les dijo sencillamente:

—¿Habéis oído? Por mi parte, rehúso; pero me someteré si todos aceptan las proposiciones del enemigo.

—¡Las rechazamos todos!—dijo Jerónimo.

—Sí, sí, todos—repitieron los demás.

Catalina Lefèvre, hasta entonces inflexible, pareció enternecerse al dirigir una mirada a Luisa. Cogió la anciana a ésta por un brazo, y volviéndose hacia el parlamentario, le dijo:

—Tenemos una niña con nosotros; ¿no habría un medio de enviarla a casa de alguno de nuestros parientes de Saverne?

Apenas Luisa oyó tales palabras se precipitó en brazos de Hullin, poseída de un gran terror, exclamando:

—No, no. Quiero permanecer con vosotros, papá Juan Claudio; quiero morir con vosotros.

—Está bien, caballero—dijo Hullin intensamente pálido—; dígale a su general lo que acaba de ver; dígale que el Falkenstein será nuestro hasta la muerte. Kasper, Frantz: conducid al parlamentario a sus líneas.

El oficial parecía dudar; pero al tratar de abrir la boca para hacer una observación, Catalina, pálida de cólera, exclamó:

—¡Fuera, fuera de aquí! Lo que vosotros pensáis está lejos aún de suceder. Ese bandido de Yégof os ha dicho que carecíamos de víveres, pero es falso; tenemos para dos meses, y en dos meses nuestro ejército os habrá exterminado a todos. A los traidores les vuelve la espalda la fortuna. ¡Desgraciados de vosotros!

Y como la anciana iba excitándose cada vez más, el parlamentario juzgó prudente marcharse. Volviose, pues, hacia los guías, que le pusieron el pañuelo en los ojos y le condujeron al pie del Falkenstein.

Lo que Hullin había ordenado a propósito de los víveres fue ejecutado desde aquel mismo día, y cada cual recibió media ración para la jornada.

Colocose un centinela delante de la caverna de Hexe-Baizel, donde se guardaban las provisiones; se hizo una barricada ante la puerta, y Juan Claudio ordenó que los repartos se hicieran en presencia de todos, con el fin de impedir las injusticias; pero semejantes precauciones no habían de preservar a aquellos desgraciados del hambre más horrible.

XXV

Hacía tres días que los víveres faltaban completamente en el Falkenstein, y Divès no había dado señales de vida. ¡Cuántas veces, durante aquellas largas jornadas de agonía, los sitiados habían vuelto los ojos hacia Falsburgo! ¡Cuántas veces habían escuchado con inmensa atención, creyendo oír los pasos del contrabandista, cuando sólo llenaba el espacio el vago murmullo del aire!

En medio de las torturas del hambre pasó aquel día, que era el que hacía diez y nueve de la llegada de los guerrilleros al Falkenstein. Todos permanecían silenciosos, sentados en el suelo, los rostros demacrados y entregados a una especie de sueño sin fin. De vez en cuando se miraban unos a otros con miradas centelleantes, como dispuestos a devorarse; pero luego caían de nuevo en el abatimiento y la languidez.

Cuando el cuervo de Yégof, volando de cima en cima, se acercaba a aquel lugar de infortunio, el anciano Materne se disponía a disparar su carabina; pero en seguida el pájaro de mal agüero se alejaba velozmente, lanzando graznidos lúgubres, y el brazo del anciano cazador volvía a caer inerte. Como si el agotamiento que causaba el hambre no hubiera bastado a colmar la medida de tanta miseria, aquellos desgraciados no abrían la boca sino para acusarse y amenazarse mutuamente.

—¡No me toquéis!—gritaba Hexe-Baizel con voz desgarradora a los que la miraban—; ¡no me miréis, porque os muerdo!

Luisa deliraba; sus hermosos ojos azules, en vez de objetos reales, no veían mas que sombras, ya danzando por la meseta, ya suspendidas de la maleza, ya posadas en la antigua torre.

—¡Aquí están los víveres!—exclamaba de vez en cuando la desdichada joven.

Entonces los demás sitiados se irritaban contra la pobre niña, gritando, llenos de indignación, que quería burlarse de ellos y que mirase bien lo que hacía.

Sólo Jerónimo permanecía en completa calma; pero la gran cantidad de nieve que había bebido para apagar el ardor de sus entrañas inundaba su cuerpo y su demacrado rostro de un sudor frío.

El doctor Lorquin se había atado un pañuelo a la altura de los riñones y lo apretaba cada vez más, pretendiendo de este modo aliviar su estómago. Se hallaba sentado de espaldas a la torre, con los ojos cerrados, y de hora en hora los abría, diciendo:

—Estamos en el primero..., en el segundo..., en el tercer período. Un día más, y todo habrá concluido.

En seguida comenzaba a disertar sobre los druidas, sobre Odin, Brahma y Pitágoras, haciendo citas latinas y griegas, anunciando la transformación próxima de los del Harberg en lobos, zorros y animales de todas clases.

—Yo—exclamaba—seré león, y comeré quince libras de carne de vaca todos los días.

Y, después de una breve pausa, continuaba:

—¡No; yo quiero ser hombre; predicaré la paz, la fraternidad y la justicia! ¡Ah, amigos míos! Sufrimos por nuestras propias faltas. ¿Qué hemos hecho al otro lado del Rin desde hace diez años? ¿Con qué derecho queremos imponer señores a esos pueblos? ¿Por qué no cambiamos con ellos nuestras ideas, nuestros sentimientos, los productos de nuestras artes y de nuestra industria? ¿Por qué no los tratamos como hermanos en lugar de querer someterlos? En tal caso, hubiéramos sido bien recibidos. ¡Cuánto han debido sufrir esos desgraciados durante diez años de violencia y de rapiña!... ¡Ahora se vengan..., y es de justicia! ¡Que la maldición de Dios caiga sobre los miserables que separan a los pueblos para oprimirlos!

Después de estos momentos de exaltación, el doctor caía desmayado en el muro de la torre, murmurando:

—¡Pan!... ¡Oh! ¡Nada más que un pedazo de pan!

Los hijos de Materne, agazapados en la maleza, con la carabina al hombro, parecían esperar el paso de una caza que no llegaba. La idea de un acecho sin fin sostenía sus expirantes fuerzas.

Otros muchos, encorvados sobre sí mismos, tiritaban al sentirse devorados por la fiebre y acusaban a Juan Claudio de haberlos llevado al Falkenstein.

Hullin, con una firmeza de carácter sobrehumana, iba y venía observando lo que pasaba en los valles de los alrededores, sin pronunciar una palabra.

De vez en cuando avanzaba hasta los bordes de la peña, y con las mandíbulas apretadas y los ojos centelleantes, miraba a Yégof sentado delante de una gran hoguera en la meseta de «El Encinar», en medio de una pandilla de cosacos. Desde la llegada de los alemanes al valle de Charmes el loco no había abandonado aquel puesto; parecía que estaba contemplando desde allí la agonía de sus víctimas.

Tal era el aspecto que ofrecían aquellos desgraciados bajo la inmensa bóveda de los cielos.

El suplicio del hambre en el fondo de un calabozo es horrible, sin duda alguna; pero al aire libre, bajo un cielo lleno de luz, a la vista de todo el mundo, en presencia de los recursos de la Naturaleza, eso excede a toda ponderación.

Al acabar aquel día, entre cuatro y cinco de la tarde, el cielo se encapotó; grandes nubes negras se elevaron por detrás de la cumbre del Grosmann; el Sol, rojo como una bala al salir de la fragua, lanzaba sus últimos rayos desde el horizonte cargado de brumas. El silencio en todo el ámbito de la peña era profundo. Luisa no daba señal alguna de vida; Kasper y Frantz conservaban una inmovilidad de piedra entre la maleza. Catalina Lefèvre, sentada en el suelo, con las agudas rodillas entre los brazos descarnados, las facciones rígidas y duras, los cabellos sueltos, que caían sobre sus verdosas mejillas, la vista huraña y el mentón apretado como un tornillo de carpintero, parecía una vieja sibila, sentada en medio de los brezos. Catalina había enmudecido. Hullin, Jerónimo, el anciano Materne y el doctor Lorquin se habían sentado alrededor de la labradora para morir juntos. Todos permanecían silenciosos, y los últimos rayos del crepúsculo iluminaban el grupo sombrío. A la derecha, detrás de una prominencia de la peña, se veían brillar, en el fondo del abismo, algunas hogueras de los alemanes. En tal situación, la labradora, saliendo del estupor en que se hallaba, murmuró de repente algunas palabras ininteligibles. Luego añadió en voz baja:

—¡Divès llega!... Le veo... Sale por la poterna que está a la derecha del arsenal... Gaspar le sigue y...

Catalina comenzó a hablar lentamente:

—¡Doscientos cuarenta hombres!—añadió—. Son guardias nacionales y soldados... Ya cruzan el foso... Ahora suben por detrás de la media luna... Gaspar habla con Marcos... ¿Qué le dice?

La anciana parecía que escuchaba.

—«¿Vamos pronto?» Sí, venid pronto... El tiempo vuela... ¡Ya están en la explanada!

Hubo un largo silencio; luego, de improviso, la anciana, poniéndose en pie completamente, con los brazos en alto, los cabellos erizados y la boca muy abierta, aulló de un modo terrible:

—¡Valor! ¡Sí, matad, matad!; ¡ah!, ¡ah!

Y cayó pesadamente al suelo.

Aquel espantoso grito despertó a toda la gente; los mismos muertos se hubieran despertado si lo oyeran. Los sitiados dijérase que renacían. Algo extraño había en el ambiente. ¿Era la esperanza, la vida, el espíritu? No sé; pero todos llegaban a cuatro pies, como los animales, conteniendo la respiración para mejor oír. Luisa también se movía lentamente y levantaba la cabeza. Frantz y Kasper se acercaron andando de rodillas, y, ¡cosa singular!, Hullin, hundiendo la mirada en las tinieblas del lado de Falsburgo, creyó ver el chisporroteo de unos disparos, como si se tratara de hacer una salida de la plaza.

Catalina había vuelto a tomar su primera actitud; pero sus mejillas, que un momento antes estaban inertes como una máscara de yeso, se estremecían convulsivamente, y su mirada parecía cubrirse con el velo del ensueño. Todos prestaban gran atención; hubiérase dicho que sus vidas pendían de los labios de la anciana. Así transcurrió un cuarto de hora, al cabo del cual la labradora prosiguió:

—Han atravesado las líneas enemigas... Corren hacia Lutzelburgo... Los veo... Gaspar y Divès van delante con Desmarets, Ulrich, Weber y los amigos de la ciudad... ¡Ya llegan, ya llegan!...

Y calló nuevamente; durante largo tiempo los guerrilleros permanecieron escuchando; pero la visión había pasado. Los segundos se sucedían unos a otros con la lentitud de los siglos, cuando de repente Hexe-Baizel comenzó a decir con agria voz:

—¡Está loca! No he visto nada... Yo conozco a Marcos y sé que se burla de nosotros. ¿Qué le importa a él que perezcamos aquí? ¡Con tal de que no le falte su botella de vino, sus embuchados y que pueda fumarse una pipa tranquilamente junto al fuego, lo demás le tiene sin cuidado! ¡Ah, bandido!

Todo volvió a sumirse en el silencio, y los guerrilleros, reanimados un instante con la esperanza de una salvación próxima, cayeron de nuevo en la desesperación.

—Ha sido un sueño—pensaban los desgraciados—. Hexe-Baizel tiene razón; estamos condenados a morir de hambre.

Mientras se sucedían estos hechos, iba la noche acercándose. Cuando la Luna salió tras los altos abetos alumbrando los tristes grupos de sitiados, Hullin era el único que velaba, presa de los ardores de la fiebre. A lo lejos, muy a lo lejos, en los desfiladeros, oía la voz de los centinelas alemanes que gritaban: Wer da!, Wer da!, o bien percibía el rumor de las rondas del vivaque al atravesar los bosques, o el agudo relincho de los caballos atados que pateaban el suelo y los gritos de sus guardianes. Hacia la media noche, el valiente guerrillero concluyó por dormirse como los demás. Cuando se despertó, el reloj de la aldea de Charmes daba las cuatro. Hullin, al oír aquellas lejanas vibraciones, salió de su amodorramiento; abrió los ojos, y como mirase sin conciencia de lo que hacía, tratando de evocar sus recuerdos, el vago resplandor de una antorcha pasó ante su vista; el guerrillero sintió miedo y se dijo:

—¿Me habré vuelto loco? La noche está obscurísima, y, sin embargo, veo luces...

Volvió a aparecer la llama. Hullin la miró mejor y se levantó bruscamente, apoyando la mano, durante algunos segundos, en su contraída faz. Por último, dirigió al azar una mirada y vio distintamente una hoguera en la cumbre del Giromani, al otro lado del Blanru, una hoguera que barría el cielo con su ala púrpura y retorcía la sombra de los abetos proyectada en la nieve. Y recordando que aquella señal era la convenida entre él y Piorette para anunciar un ataque, comenzó a temblar de pies a cabeza, su rostro cubriose de sudor y, marchando en la obscuridad a tientas, como un ciego, con los brazos extendidos, balbuceó:

—¡Catalina!... ¡Luisa!... ¡Jerónimo!

Pero nadie le respondió, y después de manotear en el vacío, creyendo que andaba, cuando en realidad no daba un paso, el desdichado guerrillero cayó al suelo, exclamando:

—¡Hijos míos!... ¡Catalina!... ¡Ya vienen!... ¡Nos hemos salvado!...

En el mismo momento oyose un vago rumor; parecía que los muertos resucitaban; luego resonó una carcajada seca: era Hexe-Baizel, que se había vuelto loca de sufrimiento.

Más tarde, Catalina exclamó:

—Hullin... Hullin... ¿Quién ha hablado?

Juan Claudio, repuesto de la emoción, dijo con acento firme:

—Jerónimo, Catalina, Materne y vosotros todos, ¿estáis muertos? ¿No veis aquella hoguera, más allá del Blanru? Es Piorette, que viene a socorrernos.

Y en el mismo instante una profunda detonación repercutió en los desfiladeros del Jaegerthal, como ruido de tormenta. La trompeta del juicio final no hubiera producido mayor efecto entre los sitiados, que despertaron repentinamente.

—¡Es Piorette! ¡Es Marcos!—gritaban voces cascadas y secas, voces de esqueletos—. ¡Vienen a socorrernos!

Todos trataban de incorporarse; algunos sollozaban, pero de sus ojos habían huido las lágrimas. Una segunda detonación les puso en pie.

—¡Son descargas cerradas!—exclamó Hullin—; los nuestros hacen también fuego por descargas; ¡tenemos tropas de línea! ¡Viva Francia!

—Sí—contestó Jerónimo—; la señora Lefèvre tenía razón; los de Falsburgo acuden a socorrernos; ya bajan por las colinas del Sarre, y, mientras tanto, Piorette ataca por el lado del Blanru.

En efecto; el tiroteo empezaba por ambos lados a la vez, hacia la meseta de «El Encinar» y las alturas de Kilberi.

Entonces los dos jefes se abrazaron, y cuando marchaban a tientas en medio de la profunda noche tratando de llegar al borde de la peña, oyose la voz de Materne que les gritaba:

—¡Tened cuidado, que ahí está el precipicio!

Detuviéronse, mirando a sus pies, pero no vieron nada. Una corriente de aire frío, que subía del abismo, era lo único que les reveló el peligro. Las cumbres y desfiladeros de los alrededores estaban envueltos en tinieblas. A ambos lados de la ladera de enfrente, el resplandor de los disparos pasaba como la luz del relámpago, iluminando ya una vieja encina, ya el negro perfil de una peña, ya un pequeño matorral, y los grupos de hombres que iban y venían como en medio de un incendio. Se oía a dos mil pies más abajo, en las profundidades del desfiladero, sordos rumores, galope de caballos, clamores y voces de mando. De vez en cuando, el grito del serrano que llama, ese grito prolongado que va de una cumbre a otra, «¡Eh!, ¡oh!, ¡eh!», se elevaba hasta el Falkenstein como un suspiro.

—Es Marcos—decía Hullin—; es la voz de Marcos.

—Sí, es Marcos, que nos recomienda que tengamos valor—añadía Jerónimo.