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La Isabelina

Chapter 11: III. UN JESUÍTA
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About This Book

A sequence of memoir-like episodes recounts a life entangled with political plots, military skirmishes and personal adventures. The narrator relays meetings with ex-clerics, conspirators, soldiers and wanderers, combining anecdote, keen social observation and ironic character sketches. Episodes shift between intimate recollections—failed romances, ethical uncertainty and vocational changes—and broader depictions of public life, tracing tensions between conservative traditions and liberal impulses while showing how cunning and adaptability shape survival amid upheaval.

III.
UN JESUÍTA

Un día acababa Chamizo de levantarse de la cama y estaba leyendo la Historia secreta de Procopio, en una edición antigua, cuando llamaron a su puerta y entró en su cuarto un cura joven. Saludó éste al ex fraile y le dió una tarjeta donde ponía:

Jacinto Jiménez,
S. J.

—Usted dirá que desea—le preguntó Chamizo.

—Vengo a tomar informes de su vida y de su conducta.

—¿De mi vida?

—Sí, señor; de parte de los padres de la Compañía de Jesús.

—Señor mío—replicó don Venancio—, la Comunidad en la que yo profesé ha sido extinguida, y yo me considero con libertad de acción para vivir independientemente y sin tener que dar cuentas a ninguna otra Orden.

—¿Pero usted se considera dentro de la Iglesia?—preguntó el curita.

—Sí.

—Pues entonces debe usted obedecer.

—Según a quién—contestó Chamizo; y a las observaciones del jesuíta replicó con citas de San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo, Orígenes, etc. El padre Jacinto no andaba muy bien en cuestiones de disciplina eclesiástica, y dijo:

—Dejemos, si usted quiere, esas cuestiones teóricas, y vamos a la realidad. Se ha sabido que usted tiene relaciones con masones y revolucionarios. Se le ha visto a usted con frecuencia en una librería de viejo en compañía de don Bartolomé José Gallardo, que es uno de los enemigos más acérrimos de la religión.

—Hablo con él porque es un escritor erudito; pero yo no participo de sus ideas. A esa librería de viejo van también algunos eclesiásticos.

—Bueno. Aquí deseamos saber, padre Chamizo—preguntó el padre Jacinto echándoselas de hombre franco y campechano—, si usted está con nosotros o con ellos.

—Yo no estoy con nadie. Yo no intento mas que encontrar un medio de ganarme la vida honradamente, y nada más.

—Nosotros se lo proporcionaremos.

—¿Ustedes?

—¡Sí! Con una condición.

—¿Y es?

—Que usted nos comunique los trabajos que hagan sus amigos liberales.

—¡Pero si no hacen trabajo alguno!

—Sí, sí; los hacen.

—Bien; aunque los hagan, yo no los conozco, y si los conociera porque me los hubieran comunicado en confianza, yo no iba a dar parte de ello al primer reciénvenido.

—Es que yo no soy el primer reciénvenido—dijo irguiéndose el padre Jacinto—; soy la Iglesia.

Quedó el ex fraile anonadado al oír el tono que empleó el jesuíta al decir esto.

—De todas maneras—concluyó diciendo Chamizo—, yo para espiar no sirvo. Que me den un trabajo cualquiera, y lo haré; pero espiar, no.

—Está usted muy embuído en las ideas del siglo, padre Chamizo—replicó el jesuíta—. Todo lo que se hace para mayor gloria de Dios está bien hecho. Volveré otro día, y creo que le convenceré a usted.

Diciendo esto, el jesuíta sonrió y se retiró del cuarto.