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La Isabelina

Chapter 36: II. LAS INTENCIONES
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About This Book

A sequence of memoir-like episodes recounts a life entangled with political plots, military skirmishes and personal adventures. The narrator relays meetings with ex-clerics, conspirators, soldiers and wanderers, combining anecdote, keen social observation and ironic character sketches. Episodes shift between intimate recollections—failed romances, ethical uncertainty and vocational changes—and broader depictions of public life, tracing tensions between conservative traditions and liberal impulses while showing how cunning and adaptability shape survival amid upheaval.

II.
LAS INTENCIONES

Chamizo estuvo un momento en silencio. Luego dijo:

—Ahora, ¿quiere usted explicarme, amigo Aviraneta, qué es lo que quiere cada una de las personas que entran en este lío; por lo menos, qué pretenden los infantes, qué desea Celia y qué desea usted?

—Amigo Chamizo, es usted muy poco político... ¿Usted cree que las gentes tienen un plan tan claro? No. Los infantes andan a ver si pescan la Regencia, y si pudieran, el Trono... Celia quisiera ser dama de la reina y elevar a Gamboa, como María Cristina eleva a Muñoz. Yo quisiera hacer la Revolución y ser presidente del Consejo de Ministros.

—¡Bah! No tiene usted talla para eso. No tiene usted cultura.

Se rió don Eugenio y siguió fantaseando. Volvieron al centro y se detuvieron delante de la sombrerería de Aspiroz.

—Bueno—dijo Aviraneta a Chamizo—, encárguese usted de los pasaportes, billetes, equipajes, etcétera. Mañana, a las doce del día, iré a su casa.

—Está bien; ahora mismo voy.

Mientrastanto, Aviraneta marchó a verse con Tilly y le contó la conferencia que había tenido con el infante don Francisco.

—Detalle más o menos, estaba enterado de lo ocurrido—dijo Tilly.

—¿De verdad?

—Sí. Lo malo es que me parece que Zea está también enterado.

—¿Usted cree?

—Creo que sí. Por si acaso no lleve usted ningún papel comprometedor en su viaje a Barcelona.

—No pienso llevar nada.

—¿Y a qué va usted allí? ¿A trabajar en favor, o en contra?

—Yo, en contra. Los de la Isabelina no aceptan por nada del mundo la solución de la Regencia Triple.

—Bueno. Estaremos, aparentemente, en campos enemigos; yo trabajaré a favor.

—Por eso no reñiremos.

Se despidieron y Aviraneta volvió a casa.

Como su memoria no era completamente segura hizo una combinación mnemotécnica con los nombres de las personas que tenía que ver y sus señas, y se inventó un sistema de rayas y de puntos que encargó a su patrona le bordara en un pañuelo con hilo rojo, como una greca de adorno.

En tanto, Chamizo terminó los preparativos de viaje, y al anochecer marchó a casa de Celia a contarle lo que ocurría y cómo iba a ir a Barcelona. Ella felicitó por su supuesta habilidad a don Venancio e insistió para que influyera en Aviraneta y le quitara de la cabeza toda idea de abandonar a los infantes. Celia pintó al ex claustrado un porvenir muy risueño.

Al día siguiente, por la mañana, antes de la hora convenida, se presentó Aviraneta en casa de Chamizo.

Venía de hablar con el coronel Obregón, el agente del infante don Francisco, y con un tal Ríos que le acompañaba, capitán de Urbanos, que era preceptor de los hijos del conde de Parcent.

Este Ríos afirmó delante de don Eugenio que la Reina María Cristina era en el fondo carlista, que creía que su cuñado Carlos era el que tenía la razón y el derecho en la cuestión dinástica, y que estaba dispuesta a entenderse con él. De aquí que la infanta Luisa Carlota y el infante don Francisco quisieran compartir con ella la Regencia para impedirla que hiciera traición a los liberales.

Aviraneta contó esta versión a Chamizo.

—¿Qué le parece a usted?

—¡Qué sé yo lo que habrá de cierto en eso!

Aviraneta traía cinco mil pesetas: cuatro mil que le había dado el coronel Obregón de parte de los infantes, y mil Calvo de Rozas.

Guardaron tres mil pesetas en un rincón del armario de libros de don Venancio y fueron a almorzar a la fonda de Genies, en compañía del capitán Nogueras y de Salvador.

Salvador le explicó a don Eugenio lo que debía hacer en Barcelona y a qué personas debía ver.

Al mediodía marcharon a la casa de postas de la calle de Carretas y esperaron la diligencia.

Estaban allí Olavarría y Calvo de Rozas. Aviraneta habló con ellos. Luego se reunió con Chamizo.

—¿Sabe usted?—le dijo—. Esa invención de la Regencia trina dicen que ha nacido en París, entre los íntimos de Luis Felipe.

—¿Así que usted va a trabajar en contra de ella?—le preguntó el ex fraile.

—¡Ah! Claro. Los amigos me han dicho que debo ir a Barcelona cuanto antes, no a secundar el movimiento, sino a impedirlo.

—¡Y ayer que nosotros hicimos el cuento de la lechera doña Celia y yo!

—¡Bah! Si una cosa no sale bien, otra saldrá.

Se preparó la diligencia y don Eugenio y Chamizo montaron en ella. Entraron después en el coche un canónigo, una señora gorda con una niña muy delgada, un matrimonio que iba a Zaragoza, un lechuguino de levitín y unos tratantes en granos. Aviraneta se envolvió en la capa y cerró los ojos. Chamizo sacó un libro y se puso a leer. Era el día 10 de enero de 1834.