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La Isabelina

Chapter 46: II. LOS AMORES DE CELIA
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About This Book

A sequence of memoir-like episodes recounts a life entangled with political plots, military skirmishes and personal adventures. The narrator relays meetings with ex-clerics, conspirators, soldiers and wanderers, combining anecdote, keen social observation and ironic character sketches. Episodes shift between intimate recollections—failed romances, ethical uncertainty and vocational changes—and broader depictions of public life, tracing tensions between conservative traditions and liberal impulses while showing how cunning and adaptability shape survival amid upheaval.

II.
LOS AMORES DE CELIA

Paquito Gamboa era un buen muchacho, sin malicia, huérfano de madre y de unas excelentes condiciones. De familia de posición y con influencias, hubiera prosperado en seguida; pero la casualidad le llevó, en 1823, cuando era teniente y tenía veintiún años, al cuerpo que mandaba el coronel De Pablo, en Alicante, y después de la capitulación de esta ciudad fué llevado a Francia. De hallarse en España le hubiera sido fácil conseguir la purificación por una junta militar; pero como su padre era realista fanático y hombre autoritario y déspota, le creyó liberal, y en vez de favorecerle le dijo que no interpondría su influencia mientras no abjurara de sus ideas. Gamboa se prometió no pedir protección a su padre ni a su familia. De Francia pasó a Inglaterra, porque sin motivo alguno sentía más simpatía por los ingleses que por los franceses. Tenía algún dinero de su madre, encontró un destino en Londres y se dedicó a vivir y a vestir con elegancia.

A los cinco o seis años de vida londinense y de estar hecho un sportman, se encontró con su tío don Narciso Ruiz de Heredia, diplomático, que iba de secretario a la Embajada de Londres.

Don Narciso hacía pocos años que acababa de casarse con Celia, y era un hombre de cierta edad, muy amable y servicial. Al llegar a Londres temió que se le presentara su sobrino, a quien pensaba encontrárselo derrotado, sucio y exaltado; pero al verle pulcro, atildado, indiferente en cuestiones políticas y hecho un dandy, le recibió con gran afecto.

Celia acogió al sobrino de su marido con una afabilidad y una coquetería disimulada, que hicieron de Gamboa un esclavo suyo.

Celia cautivó a la colonia española de Londres, donde tuvo grandes admiradores. Teresa Mancha, amante y después mujer de Espronceda, rivalizaba con ella en la colonia española; pero la mayoría de la gente reconocía que Celia estaba a mayor altura. Celia era muy inteligente. Sentía entusiasmo por todas las cosas nobles, estaba siempre dispuesta a hacer algo grande. Con su mirada brillante, su actitud decidida, cautivaba a todos. De Londres, don Narciso Ruiz de Heredia fué enviado de embajador al Vaticano, y Celia hizo que Paquito fuera purificado, ascendiera a capitán y entrara como agregado en el personal de la Embajada.

En Roma hicieron Celia y Gamboa una vida espléndida de paseos, de fiestas. Era el caballero servente de la embajadora, honorario, porque no pasaba de ahí.

Celia era una mujer de mediana estatura y de una esbeltez de muchacha soltera. Tenía los ojos claros, de un tono de seda, unos ojos muy humanos, y el pelo, castaño; no había en ella ninguna solemnidad en sus actitudes; siempre se manifestaba natural y espontánea.

Celia conquistaba a la gente; tenía una voz que no era de timbre claro, pero que cautivaba por su acento de simpatía. Los que la conocían la reprochaban su versatilidad. Olvidaba a sus cautivos con una rapidez notable. Se cansaba de sus amistades. Gamboa estaba acostumbrado a verla amable y afectuosa con una persona y a los dos o tres días oírla decir de la misma:

—¡Qué tipo más fastidioso, más pesado!

No recordaba que muchas veces era ella la que había rogado al importuno que fuera a su casa.

Al llegar a España, Paquito Gamboa estaba para ascender a comandante. En Madrid fué ascendido y destinado al Ministerio de Estado.

Paquito Gamboa, mientras vivió en el extranjero, no sintió con tanta fuerza como en España la situación falsa en que se encontraba con respecto a Celia; aquí, un tanto humillado, quiso aclarar la situación. Celia intentó tratarle como a un chico, darle largas, enternecerle; Gamboa se convenció; pero cuando cayó en la cuenta de que ella jugaba con él, su amor propio ofendido se exacerbó, le entró una profunda cólera y decidió romper de cualquier manera con Celia.