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La lucha por la vida: Aurora roja

Chapter 12: CAPÍTULO I
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About This Book

Una serie de relatos entrelazados presenta las peripecias de jóvenes humildes que buscan abrirse paso en la ciudad, alternando momentos de aprendizaje, amistad y precariedad. Un seminarista decide abandonar la vocación tras descubrir hipocresías clericales y formarse con lecturas que le abren a nuevas ideas; otro joven organiza su trabajo y relaciones familiares mientras enfrenta viudez, matrimonios y la necesidad de ganarse la vida. La narración adopta un tono realista y episódico para describir la lucha cotidiana, la desilusión religiosa, la crítica social y las redes afectivas que sostienen o condenan a los personajes.

Las vagas ambiciones de Manuel.—Las mujeres mandan. Roberto.—Se instala la imprenta.

En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas maquinaciones.

Su grupo Los Rebeldes, mal colocado en el salón adrede, apenas se veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque en el caso de no aceptarla se la darían á otro.

Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba mortificado, y la aceptó.

—¿Cuánto te dan por eso?—le preguntó Manuel.

—Mil pesetas.

—Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo. Ahora te dan ese dinero. Tómalo.

—¡Psch!

—Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran avío.

—¿A ti? ¿Para qué?

—Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en traspaso.

—¿Pero vives mal así?

—No.

—¿Tantas ganas tienes de ser propietario?

—Todo el mundo quiere ser propietario.

—Yo, no.

—Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada, sólo para ir allá y decir: esto es mío.

—No digas eso—replicó Juan—; para mí ese instinto de propiedad es lo más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos.

—Que empiecen los demás dando lo que tienen—dijo la Ignacia terciando en la conversación.

—Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás, sino con nuestra propia conciencia.

—¿Pero es que la conciencia le impide á uno ser propietario?—preguntó Manuel.

—Sí.

—Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado ó explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre...

—No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene y sujetarla es una vileza.

—Pero bueno, ¿qué me quieres decir con esto; que no me darás el dinero?

—No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives bien...

—Pero puedo vivir mejor.

—Bueno, haz lo que quieras.

 

La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés, sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad.

A consecuencia de esta conversación, se despertaron nuevamente los planes ambiciosos de Manuel. La Salvadora y la Ignacia le instaron para que estuviese á la mira por si salía alguna imprenta en traspaso, y pocos días después le indicaron una anunciada en un periódico.

Manuel fué á verla; pero el amo le dijo que ya no la quería traspasar. En cambio, supo que un periódico ilustrado vendía una máquina nueva y tipos nuevos por quince mil pesetas.

Era una locura pensar en esto; pero la Salvadora y la Ignacia le dijeron á Manuel que fuera á verla y que le propusiera al amo comprarla á plazos.

Hizo esto Manuel; la máquina era buena, tenía un motor eléctrico moderno, y los tipos eran nuevos; pero el amo no se avenía á cobrar en plazos.

—No, no—le dijo—, soy capaz de rebajar algo el precio; pero el dinero lo necesito al contado.

Entre la Salvadora y la Ignacia tenían tres mil pesetas, podían contar con las mil de la medalla de Juan; pero esto no era nada.

—Qué le vamos á hacer—dijo Manuel—; no se puede... paciencia.

—Pero la máquina, ¿es buena?—preguntó la Salvadora.

—Sí; muy hermosa.

—Pues yo no dejaría eso así—dijo la Salvadora.

—Ni yo tampoco—repuso la Ignacia.

—¿Y qué voy á hacer?

—¿No tienes ese amigo inglés que vive en el hotel de París?...

—Sí; pero...

—¿No te atreves?—preguntó la Ignacia.

—Pero, ¿cómo me va á dar quince mil pesetas?

—Que te las preste. Con probar nada se pierde. El no lo llevas contigo.

A Manuel no le hizo ninguna gracia la cosa; dijo que sí, que iría á ver á Roberto, pensando que se les olvidaría la idea; pero al día siguiente las dos volvieron á la carga.

Manuel pensó hacer como que iba al hotel y decirles á ellas que no estaba Roberto en Madrid; pero la Ignacia se le adelantó y se enteró de que no se había marchado.

Manuel fué á ver á su amigo de muy mala gana, deseando encontrar algún pretexto, para aplazar indefinidamente la visita ó que le dijeran que no le podía recibir; pero al entrar en la puerta del hotel se encontró con Roberto.

Estaba dando órdenes á un mozo. Parecía más fuerte, más hombre, con un gran aplomo en los movimientos.

—Hola, ilustre golfo—le dijo al verle—. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y usted?

—Yo, admirablemente... ya me he casado.

—¿Sí?

—Estoy en camino de ser padre.

—¿Y el proceso?

—Terminó.

—¿A favor de usted?

—Sí; ya no falta más que la resolución de unos expedientes.

—Y la señorita Kate, ¿está aquí?

—No, en Amberes. ¿Venías á buscarme? ¿Qué me querías?

—Nada, verle.

—No; tú venías á algo.

—Sí; pero la verdad, vale más que no se lo diga á usted, porque es una tontería.

—No, hombre, dilo.

—Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y otra muchacha que vive conmigo, están empeñadas en que me debo establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también nuevos... y yo no tengo dinero bastante para eso... y ellas me han empujado para que le pida á usted el dinero.

—¿Y cuánto se necesita para eso?

—Piden ahora quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño, rebajaría mil ó quizá dos mil.

—De manera que necesitas unas trece á catorce mil pesetas.

—Eso es; yo, ya me figuro, que usted no podrá dar ese dinero..... Ahora, perder no se puede perder gran cosa. Porque usted podría ser el socio capitalista, y se ensayaba..... que á los dos años, por ejemplo, no daba resultado, pues se vendía la máquina y las cajas con mil ó dos mil pesetas de pérdida y la pérdida la pagaba yo.

—Pero además, hay que abonar los gastos de instalación en la nueva imprenta, de traslado, ¿verdad?

—No, de eso me encargaría yo.

—¿Tienes dinero, eh?

—Unas cuatro mil pesetas.

—De manera que me propones ser tu socio capitalista, ¿no es eso?

—Sí.

—¿Qué ganaré yo? ¿La mitad de los ingresos?

—Eso es.

—¿Después de descontados vuestros jornales?

—Le va á quedar á usted muy poco.

—No importa; acepto.

—¿Acepta usted?—dijo Manuel en el colmo del asombro.

—Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa editorial, para ir descristianizando España. Vamos á ver al dueño de la máquina.

Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras y de casilleros, Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo á Manuel:

—Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer.

Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fué á su casa.

Ya era un burgués, todo un señor burgués.

 

Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta.

El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó á encontrar una tienda á propósito para imprenta en la calle de Sandoval. Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles para que hicieran las obras necesarias en un mes; pero los albañiles tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía á los menores detalles, no podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la portada, la muestra y los arreglos del interior se fueron las tres mil pesetas. Lo único barato fué la instalación eléctrica, que la hizo Perico Rebolledo.

Luego había que hacer una porción de diligencias, había que pedir permiso en el Ayuntamiento para las cosas más fútiles, y Manuel andaba hecho un zarandillo de un lado á otro.

Tras de muchas dilaciones y contratiempos, pudo trasladar la máquina y las cajas, y notó que le habían robado casi la mitad de la letra. El motor eléctrico hubo que componerlo. Por fin se arregló todo; pero no había trabajo. La Ignacia, se lamentaba de que su hermano hubiese perdido su buen jornal; la Salvadora, siempre animosa, confiaba que vendría el trabajo, y Manuel se pasaba las horas en la imprenta, flaco, triste, irritado.

Hizo anuncios que repartió por todas partes; pero los encargos no venían.

CAPÍTULO VII

El amor y la debilidad.—Las intermitentes y las golondrinas. El bautizo de S. M. Curda I en una imprenta.

A consecuencia de la fatiga y de las preocupaciones, Manuel comenzó á encontrarse malo. Sentía un gran desmadejamiento en todo el cuerpo; apenas dormía y estaba siempre febril. Una tarde la fiebre se hizo tan alta que tuvo que guardar cama.

Pasó la noche con un colenturón terrible, en una somnolencia extraña, despertándose á cada momento con sobresaltos y terrores.

A la mañana siguiente se encontraba mejor, sólo de cuando en cuando algún escalofrío le recorría por el cuerpo.

Estaba dispuesto á salir, cuando sintió que de nuevo le empezaba la fiebre. Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire helado.

La Salvadora estaba con sus discípulas y Manuel llamó á la Ignacia.

—Avísale á Jesús. Si no está ahora colocado, que vaya á la imprenta. Estoy muy mal. Yo no sé lo que tengo.

Se acostó con la cabeza pesadísima. Sentía un latido en la frente, que se comunicaba á todo el cuerpo. Se imaginaba que le llevaban debajo de un martillo de fragua y le ponían en el yunque, unas veces boca arriba, otras de costado. Cesaba esta impresión y escuchaba dentro de su cerebro el ruido de la prensa y del motor eléctrico, y esto le producía una angustia enorme. Después de dos ó tres horas de una fiebre alta, se encontró de nuevo bien.

Por la noche, Jesús y el señor Canuto fueron á verle. Habló Manuel con Jesús de los asuntos de la imprenta, y le recomendó que no los abandonara. El señor Canuto salió y vino poco después con unas hojas de eucalipto, con las cuales la Ignacia hizo un cocimiento para Manuel.

Algo mejoró con esto, pero los accesos de fiebre seguían y hubo que llamar á un médico. Se encontraba además Manuel en un estado de excitación que no le dejaba descansar un momento.

—Tiene intermitentes y una gran depresión nerviosa—dijo el médico—. ¿Trabaja mucho?

—Sí, mucho—contestó la Salvadora.

—Pues que no trabaje tanto.

Recetó el médico y se fué. Toda la noche estuvo la Salvadora al lado del enfermo. A veces Manuel la decía:

—Acuéstate; pero estaba deseando que no lo hiciera.

Le atendía la Salvadora con una solicitud de madre; se molestaba continuamente por él. Era pródiga de sus atenciones y avara de las ajenas. Manuel, hundido en la cama, la miraba, y cuanto más la miraba, creía encontrar en ella nuevos encantos.

—¡Qué buena es!—se solía decir á si mismo—. La molesto á cada paso y no me odia.—Y este pensamiento de que era buena, le daba ideas fúnebres, porque pensaba qué sería de él, si ella se casara. Era una idea egoísta; nunca había sentido como entonces tanto miedo á morirse y á quedar desamparado.

A los dos días, la Ignacia dijo que para que la Salvadora pudiese atender á sus quehaceres, lo mejor sería llamar á la mujer del señor Canuto, una vieja emplastera, que asistiría muy bien á Manuel.

Este no replicó, pero mentalmente se deshizo en insultos contra su hermana; la Salvadora repuso que no había necesidad de traer á nadie, y Manuel se sintió tan emocionado que las lágrimas le brotaron de los ojos.

Se encontraba Manuel en un estado de impresionabilidad extraño; la cosa más insignificante le producía un arrebato de cariño ó de odio. Entraba la Salvadora y mullía el almohadón ó le preguntaba si necesitaba alguna cosa, é inmediatamente Manuel sentía un agradecimiento tan grande, que hubiera querido exponer su vida por ella; en cambio venía la Ignacia y le decía: «Hoy parece que estás mejor», y sólo por esto, Manuel temblaba de ira.

«Así deben ser los perros, como yo soy ahora»—pensaba algunas veces.

A los seis días, Manuel se levantaba. Era el mes de Agosto; solían estar las maderas del balcón cerradas; por una rendija entraba un rayo de sol, nadaban en su luz los corpúsculos del aire y pasaban las moscas atravesando aquella barra de oro como gotas de un metal incandescente. Se sentía la calma enorme de los alrededores desolados, y en aquellas horas de siesta venía de la tierra calcinada como un soplo de silencio; todo estaba aletargado; sólo se oía el lejano silbido de algún tren y el chirriar de los grillos.....

 

Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego á cantar, acompañándose de una guitarra de son cascado, canciones antiguas. Era un ciego bien vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre aquella habanera de Una Vieja: ¡Ay mamá, qué noche aquella! y algunas otras romanzas sentimentales.

Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por este nombre le conocían en la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos desde el balcón.

Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía á las discípulas de la Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que daban á la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos y un murmullo de risas y de voces.

Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban haciendo sonar las esquilas algunos rebaños de cabras. Un día Manuel tuvo un sueño que luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba á su lado; pero esta mujer no era la Justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba á ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por ella...

Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil, hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino, anubarrado, polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel el cielo que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó á oirse el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte á tierra mojada. Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un relámpago en el cielo y comenzó á llover. La Salvadora cerró la ventana y quedaron en la semiobscuridad.

—¡Salvadora!—llamó Manuel.

-¿Qué?

Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas.

—Déjame que te bese—le dijo Manuel en voz baja.

La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los labios de Manuel que quemaban y él sintió en sus labios una frescura deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia.

 

A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía á ser como habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos como para otros. Manuel hubiera querido una preferencia.

—La hablaré—pensó.

En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de vigilarles á los dos.

—Ya no falta más que esto—decía indignado Manuel—; pero, en fin, cuando salga nos entenderemos.

De cuando en cuando Manuel preguntaba á Jesús:

—¿Qué tal en la imprenta?

—Bien—contestaba él invariablemente.

Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde la Ignacia le había puesto una cama.

 

El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó á la imprenta. Entró. No había nadie.

—¿Qué demonios pasa aquí?—se dijo.

Se oían voces en el patio. Manuel se asomó á una ventana á ver lo que ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos de mamarracho, cantando y paseándose por el patio. Abría la marcha el aprendiz con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela blanca, como si fuera un niño. Después marchaba Jesús, vestido con una dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego uno de los cajistas que llevaba una escoba como un fusil, y al último, el otro cajista con una espada de madera en el cinto.

Todas las vecinas habían salido á las ventanas á presenciar la ceremonia. Después de los cánticos, Jesús se subió á un banco, cogió una bota de vino y lo derramó sobre la cabeza del muñeco.

—En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo—gritó—, te bautizo y te doy el nombre de Curda I, rey de todas las Cogorzas, príncipe de la Jumera, conde de la Tajada y señor de la Papalina.

El de la sartén comenzó á golpearla furiosamente.

—¡Silencio!—exclamó Jesús con voz vibrante—. Pueblo de Madrid: ¿juras defender á Su Majestad Curda I, á todas horas y en todos los momentos?

—Sí, sí—gritaron los cuatro, enarbolando escobas, espadas y sartenes.

—¿Reconoceréis como vuestro legítimo rey y soberano á Su Majestad Curda I?

—Sí, sí.

—¿Juráis dar vuestras haciendas y vuestras vidas á Su Majestad Curda I?

—Sí, sí.

—¿Juráis derramar vuestra sangre en los campos de batalla por Su Majestad Curda I?

—Sí, sí.

—¿Juráis no reconocer nunca, ni aun en el tormento, otro rey que Su Majestad Curda I?

—Sí, sí.

—Pues bien, pueblo inepto, pueblo nauseabundo, si así lo hacéis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande. ¡Sus! ¡Papalina y cierra España! ¡Muera el infiel marroquí! Acordáos de que vuestros padres tuvieron la honra de morir por los Papalinas, de ser destripados por los Papalinas, de ser violados por los Papalinas. ¡Vivan los Papalinas!

—¡Vivan los Papalinas!—gritaron todos.

—Ahora que comience la libación—dijo Jesús—. ¡Que rompan á tocar las músicas! ¡Que arda en festejos el pueblo!

Luego con su voz natural le dijo al chico:

—¡Anda, trae unos vasos!

El aprendiz entró en la imprenta; Manuel le cogió del brazo y le dijo:

—Dile á ese que estoy aquí.

Con la orden se acabó inmediatamente la ceremonia y volvieron los obreros al trabajo.

—Muy bien—dijo Manuel—; muy bien—y engarzó una serie de blasfemias—. Ahora se van ustedes todos á la calle. De manera que dejan ustedes esto solo y se ponen á armar escándalo, para que el amo de la casa le despida á uno...

—Es que el chico ayer pescó la primera curda—dijo Jesús—, ¿sabes? y la hemos celebrado.

—Haberla celebrado en otra parte. Bueno. A trabajar, y otra vez estas fiestas las hacen ustedes en los Cuatro Caminos.

Jesús se fué á las cajas, pero al poco rato volvió.

—Dame la cuenta—le dijo á Manuel muy fosco.

—¿Por qué?

—Me marcho; no quiero trabajar aquí.

—¿Pues qué hay?

—Eres un cochino burgués que no piensas más que en el dinero. No tienes alegría.

—Mira, sigue ahí, si no quieres que te meta el componedor por la boca, ¡ladrón!

—Eres un mal compañero... además, siempre me estás insultando.

—¿Y me vas á dejar ahora que todavía estoy malo?

—Bueno, me quedaré hasta que te cures.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I

Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres.

Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros, una ancha y extensa hondonada que lentamente se va rellenando con escombros.

Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de cascote, ni el más humilde cardo se decide á poblarlos.

Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos, chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran á filosofar lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol, y perros vagabundos.

En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas de pedruscos, y en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas.

En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y los chiquillos juegan y se chapotean desnudos.

En esta hondonada, ya bastante cerca del paseo de Areneros, al lado de unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él una taberna, un juego de bolos y una churrería.

El juego de bolos estaba en medio, la taberna á su derecha y la churrería á la izquierda. La taberna se llamaba La Aurora; pero era más conocida por la taberna de Chaparro. Daba al paseo de Areneros, y á un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón á la entrada, y una muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las mañanas, solían verse cuatro ó cinco barreños con ceniza, y encima unos pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de cuerda que iban á comer allí.

El local tenia sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y continuamente había cerca de la ventana un reloj parado de caja grande pintarrajeada.

La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él, salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada con una caperuza.

Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique ó biombo, hecho con trapos sujetos en un alto bastidor. En el fondo, en un sotechado con gradas, se colocaban los espectadores.

Dando la vuelta al juego de bolos, había una casita blanca casi cubierta por enredaderas; detrás de ésta un antiguo invernadero arruinado, y junto á él una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas abiertas y sin cristales, que servía de refugio á las gallinas. La churrería, la taberna y el juego de bolos, eran de los mismos dueños; dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas.

Los dos socios eran tipos diametralmente opuestos. Al uno, rubio, bastante grueso, con patillas, le decían el Inglés; el otro, delgado, picado de viruelas, con los ojos pequeños y enrojecidos, se llamaba Chaparro. Los dos habían sido mozos de café. Eran hombres que con los genios más opuestos y contradictorios, se entendían admirablemente.

Chaparro solía estar siempre en la taberna, el Inglés siempre en el juego de bolos; Chaparro llevaba gorra, el Inglés sombrero de jipi japa; Chaparro no fumaba, el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de negro, el Inglés trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre incomodado, el Inglés siempre alegre; Chaparro creía que todo era malo, el Inglés que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se entendían los dos compadres.

Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico, miraba jugar á los bolos, leía el periódico, con sus anteojos negros, puestos sobre la nariz, regaba sus plantas que las tenía en cajas y en grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido á parar allí de algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía á la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la línea austera apenas ondulada de los campos madrileños bajo el cielo azul radiante.

 

Una tarde, paseaba Juan con un pintor decorador, á quien había conocido en la Exposición, por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de bolos del Inglés y entraron.

—Aquí podríamos tomar algo—dijo Juan.

—No habrá quien sirva—contestó el otro.

Llamaron á un chico que recogía las bolas.

—Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar.

Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba con Juan era hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.

Había dedicado un artículo elogioso al grupo de Los Rebeldes, y luego había buscado á Juan para conocerle.

Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él, lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la del deber y la de la virtud.

Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando observaba á Juan con una mirada escrutadora.

El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin alardes, iba exponiendo sus doctrinas.

Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos, llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con todas las malas pasiones de los demás burgueses.

Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la gratitud.

—Aquí se está bien—dijo el Libertario, ¿verdad?

—Sí.

—Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.

—Sí, hombre.

—Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han visto Los Rebeldes, y son entusiastas de usted.

—¿Son anarquistas también?

—Sí.

Salieron al paseo de Areneros por la taberna.

—Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos—dijo el Libertario.

—Pues no tiene número—replicó Juan—; pero tiene nombre: La Aurora.

—Buen nombre para una reunión de los nuestros.

Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir, y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo.

Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos, Manuel trabajaba en la imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos.

Una vez Manuel había dicho á la Salvadora:

—Quisiera hablar contigo despacio.

—¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?—le había contestado ella.

Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno.

A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco.

El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará aquella pobre mujer?

Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con intermitencias.

Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á Manuel:

—¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta.

—¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro?

—Sí.

—Yo no voy. ¿A qué?

—¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las noches.

—Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de anarquismo, que no son más que memadas.

—¿Ya has renegado también de la idea?

—Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor.

—Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto.

—¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?

—Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque, ¿vienes ó no á La Aurora?

—Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á todos en la cárcel.

—¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese.

Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie.

Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico, que no cabían en él. Iba viniendo más gente.

El Libertario llamó á Chaparro.

—¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?—le preguntó.

—No.

—En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar?

—¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada.

—Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?

—No.

—Bueno; pues traiga usted unas velas.

Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos una mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin saber por qué todos hablaban bajo.

—Yo creo, compañeros—dijo Juan, levantándose y acercándose á la mesa—, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades, propongo que desde hoy se llame Aurora Roja.

—¡Aceptado! ¡Aceptado!

La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero en general, todos fueron de parecer que se pasara á otro punto y que quedase el nombre de Aurora Roja.

Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué fin había de perseguir el grupo designado con el nombre de Aurora Roja? Unos eran partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto.

—Y eso ¿qué importa?—dijo Juan—; á nadie se le exige que sea valiente. Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque nacen de su conciencia y no de mandato alguno.

—Es verdad—dijeron los demás.

—Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos nosotros.

Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús explicó á Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante; había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el joven aquel era un presuntuoso, lleno de esa soberbia jacobina que sabe disimular las bajas pasiones con grandes frases.

A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari, y últimamente se dedicaba á servir de modelo.

—Para formar una asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es eso?—preguntó el Libertario levantándose.

—Según—contestó Maldonado—. Yo no creo que deba haber reglamento; basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para los directores; pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta cambiar el objeto que perseguimos.

—Yo—replicó el Libertario—, soy enemigo de todo compromiso y de toda asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.

—Hay que ser prácticos—replicó Maldonado.

—Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.

Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la mesa.

—Compañeros—dijo sonriendo.

—¿Quién es éste?—preguntó Manuel á Jesús.

—El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.

—Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga; el que no, que lo deje.

Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse.

—Entonces, ¿para qué reunirnos?—preguntó uno de los amigos del estudiante.

—¿Para qué?—contestó Juan—; para hablar, para discutir, para prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su conciencia le dicte.

—Yo, por mi parte, estoy conforme con esto—dijo el Libertario—. Que cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo que viene aquí estaremos.

Se levantaron todos.

—Bueno, vamos—dijo uno—; que ha dejado de llover.

Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose fuertes apretones de manos.

—¡Salud, compañero!

—¡Salud!

Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los revolucionarios...

 

El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora fraternizando con los compañeros.

Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre sociológica y revolucionaria, traducida del francés.

En el grupo se manifestaron pronto tres tendencias: la de Juan, la del Libertario y la del estudiante César Maldonado. El anarquismo de Juan tenía un carácter entre humanitario y artístico. No leía Juan casi nunca libros anarquistas; sus obras favoritas eran las de Tolstoï y las de Ibsen.

El anarquismo del Libertario era el individualismo rebelde, fosco y huraño; de un carácter más filosófico que práctico; y la tendencia de Maldonado entre anarquista y republicana radical, tenía ciertas tendencias parlamentarias. Este último quería dar á la reunión aire de club; pero ni Juan ni el Libertario aceptaban esto; Juan, porque veía una imposición, y el Libertario, además de esto, por temor á la policía.

Una última forma de anarquismo, un anarquismo del arroyo era el del señor Canuto, del Madrileño y de Jesús. Predicaban éstos la destrucción, sin idea filosófica fija, y su tendencia cambiaba de aspecto á cada instante, y tan pronto era liberal como reaccionaria.

El primer domingo, en la reunión del juego de bolos, el señor Canuto llevó la voz cantante. El señor Canuto había sido uno de los entusiastas de La Internacional, y cuando la escisión de los partidarios de Marx y de los de Bakounine, el señor Canuto se había puesto del lado de Bakounine. Había saludado con entusiasmo la Commune, creyendo que venía con ella la revolución social; después tuvo sus ilusiones con el levantamiento de Cartagena; luego, todas las asonadas, todos los motines, pensó que iban á traer la gorda; hasta que al último, desesperanzado ya, no quería oir hablar de nada. Era de los entusiastas de Pí y Margall; había conocido al caballero Fanelli, á Salvochea, á Serrano, á Mora, y recordaba una porción de frases extravagantes de Teobaldo Nieva, el autor de la Química de la cuestión social.

Las historias del señor Canuto tenían para todos cierto carácter arcaico, y no llegaron á interesar. Hablaba de cosas pasadas, de artículos de El Condenado y de La Solidaridad, y de las épocas en que él había tenido gran mano en las cuestiones de los anarquistas.

Apenas estaba enterado de las corrientes modernas, y la fama de Kropotkine y Grave, cuyos libros no había leído, le parecía una usurpación cometida en contra de Fourrier, Proudhon y otros. Es verdad que tampoco había leído las obras de éstos; pero sus nombres le sonaban.

El quería su anarquía, la de su tiempo, la de Ernesto Alvarez, sobre todo. Estas últimas cosas catalanas, como decía él con cierto desdén, le molestaban.

No tuvo esta segunda reunión el mismo atractivo que la primera, y muchos salieron aburridos. Con el objeto de avivar el interés, se anunció para el domingo siguiente, que se discutirían puntos de la doctrina y que Maldonado y Prats contestarían á las objeciones que se les hicieran.

—Este Prats, ¿quién es?—preguntó Manuel al Madrileño.

Se lo presentó. Era un hombre bajo, barbudo, con una cara de pirata berberisco, de un color bronceado, con rayas y vetas negruzcas. Tenía este hombre pelos en toda la cara, alrededor de los ojos, en la nariz aguileña, en las orejas. Con su aspecto terrible, su manera de hablar bronca, las manos de oso, peludas y deformes, imponía.

—¿Vendrás el domingo, compañero?—le dijo á Manuel después de saludarle.

—Sí.

—Entonces, hasta el domingo.

Y se dieron un apretón de manos.

—Vaya un tipo—dijo Manuel.

—No es tan tremendo como parece este Rama Sama—añadió el Madrileño—. En fin, veremos si el domingo esto se anima.

Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador, y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por una frase ingeniosa ó por un chiste.

El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas.

—Paco Ruiz era un hombre de buen corazón—le dijo á Manuel. Si yo hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la bomba en casa de Cánovas.

—¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?—le preguntó Manuel.

—A nadie más que á él, que murió.

—¿Y cómo no se pudo escapar?

—Se pudo escapar. Verás lo que pasó; él llevaba una botella de pólvora cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha. Cuando se retiraba, vió que iba á entrar una criada con unos niños. Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló; le arrancó el brazo la explosión y lo dejó muerto.

El Madrileño, conocido de la policía como amigo de anarquistas, había sido víctima de un seudocomplot de la calle de la Cabeza, y había estado algunos meses preso.

CAPÍTULO II