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La lucha por la vida: Aurora roja

Chapter 16: CAPÍTULO V
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About This Book

Una serie de relatos entrelazados presenta las peripecias de jóvenes humildes que buscan abrirse paso en la ciudad, alternando momentos de aprendizaje, amistad y precariedad. Un seminarista decide abandonar la vocación tras descubrir hipocresías clericales y formarse con lecturas que le abren a nuevas ideas; otro joven organiza su trabajo y relaciones familiares mientras enfrenta viudez, matrimonios y la necesidad de ganarse la vida. La narración adopta un tono realista y episódico para describir la lucha cotidiana, la desilusión religiosa, la crítica social y las redes afectivas que sostienen o condenan a los personajes.

El derecho.—La ley.—La esclavitud.—Las vacas.—Los negros.—Los blancos.—Otras pequeñeces.

El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear.

Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el período álgido.

—Qué tarde—le dijo el Madrileño—te has perdido; la gran juerga; pero, en fin, todavía continúa.

Las caras estaban congestionadas.

—¿Quiénes son los que discuten?

—El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.

El jorobado era Rebolledo.

—Lo que proclamamos nosotros—decía el estudiante Maldonado con voz iracunda—es el derecho al bienestar de todos.

—Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado—replicó Rebolledo padre.

—Pues yo sí.

—Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho á edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no tuviéramos derecho.

—Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo—replicó Maldonado.

—Claro—dijo Prats.

—No, claro no—y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con vigorosos signos negativos—, porque el derecho de la persona varía con los tiempos y hasta con los países.

—El derecho es siempre el mismo—afirmó el grupo jacobino.

—¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos, y ahora no?—preguntó el jorobado.

—Porque las leyes eran malas.

—Todas las leyes son malas—afirmó rotundamente el Libertario.

—Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito—dijo con ironía el Madrileño—, ladran á los que llevan blusa y mala ropa.

—Si se suprimiera el Estado y las leyes—afirmó uno de los circunstantes—los hombres volverían á ser buenas personas.

—Esa es otra cuestión—repuso con desdén Maldonado—, yo le contestaba al señor—y señaló á Rebolledo—y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía.

—Usted decía—dijo el jorobado—que las leyes antiguas, que permitían tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener esclavos.

—No... la ley es una cosa, el derecho es otra.

—¿Pero qué es el derecho entonces?

—El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted.

—Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida?

—Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida—replicó Prats.

—¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida?

—Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes—dijo el catalán enfadado.

—No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.

—Es usted un reaccionario.

—Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han convencido.

—¿Pero es que usted no cree—gritó Maldonado—que todo el que nace tiene derecho á vivir?

—No sé—contestó el jorobado—; las vacas también nacen y deben tener derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.

Se echaron todos á reir.

—Es que se va de la cuestión—dijo Prats.

—No—replicó el jorobado—, es que á mí las pamplinas me hacen la santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice na. Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte, y pa mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar. ¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda, aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni más filosofía que eso.

—Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible—dijo Maldonado.

—Yo encuentro que tiene razón—exclamó el Libertario.

—Sí, desde su punto de vista sí—añadió Juan.

—De esa manera de pensar—repuso el Libertario—son la mayoría de los españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.

El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta modestia añadió al cabo de un rato:

—Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.

—Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á impedir que el hijo herede al padre?—preguntó Maldonado.

—Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.

—Con la anarquía no habrá holgazanes—dijo Prats.

—¿Y por qué no?

—Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.

—¿Por qué?

—Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros tampoco.

Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.

—¿Y el que guarde dinero?—preguntó el jorobado.

—No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.

—¿Y los ladrones?

—No habrá ladrones.

—¿Y los criminales?... ¿los asesinos?

—No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que asesine para robar.

—Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.

—Esos son enfermos y hay que curarlos.

—¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales?

—Sí.

—¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada?

—Sí.

—Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.

—Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra—dijo Prats—. Esas cosas de detalles se estudiarán.

—Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía?

—¿Qué? mejorar la vida.

—¿Ganaremos más?

—¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.

—Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece.

—Sí.

—¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?

—¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?—dijo Prats de mal humor.

—En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa el trabajo?

Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al catalán, que dijo en un arranque de mal humor:

—Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.

—No—arguyó Maldonado—, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.

—Bueno—replicó Rebolledo—, pero aun suponiendo que el inventor no sea superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos, y unos superiores á otros.

—No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.

—Pero eso no puede ser.

—¿Por qué no?

—Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es mayor ó menor.»

—Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted comprender que el mundo cambie en absoluto—dijo Maldonado con desdén.

—¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales, todos serán iguales... no lo creo.

—No lo crea usted.

—Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.

Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto del barbero.

 

—Me ha convencido usted—le dijo Manuel al jorobado.

—Claro—exclamó el Madrileño impaciente—, como que todas esas fórmulas son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la Revolución, pa divertirse.

—Eso es—dijo el señor Canuto—; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á ello y echar con las tripas al aire á los burgantes, y tirar todas las iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un buen cate ó una puñalá trapera... y adivina quién te dió... Eso es.

Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y humanos y no una partida de asesinos.

—¡Pero será este hombre mendrugo!—exclamó el señor Canuto en el colmo del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor, le dijo:—Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto algo en la vida—poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior del ojo derecho—más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible que se atraviese usted el corazón.

—No le entiendo á usted—dijo el catalán.

—¿No?—y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con lástima—. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola—y haciéndose el humilde continuó—: pero sí que me figuraba conocer un poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras escrofulosas, ¿qué hace usted?

—¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.

—Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?

—Claro.

—Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda, aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera, paliar, ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras sociales.

—Será verdad; á mí no me lo parece.

—¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se ofenderá usted. Eso es.

—No, señor; yo no me ofendo.

—Pues hágase usted socialista.

—¿Por qué?

—Porque eso que dice usted y hacerse socialero, es lo mismo que ir á cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de caña. Eso es.

CAPÍTULO III

No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.—Las mujeres son buenas, aun las que dicen que son malas.—Los borrachos y los perros.

Comenzaba ya á encarrilarse la imprenta. El trabajo se iba regularizando; pero Manuel ni un momento podía dejar el taller. Así, que si alguna diligencia tenía que hacer, la hacía de noche, después de cerrar la tienda. Jesús seguía viviendo en la casa, sin trabajar y sin hacer nada. Por las tardes iba á ver al señor Canuto, á charlar con él; luego cenaba, se acostaba, y al día siguiente aparecía á la hora de comer; muchas veces no se le veía el pelo.

—Jesús tiene dinero—le dijo una vez la Salvadora á Manuel—, ¿qué hace? ¿trabaja en algún lado?

—Que yo sepa, no.

—Pues tiene dinero.

—No sé cómo se las arreglará.

Una noche que Manuel fué á casa de un editor á entenderse con él para la publicación de unos libros, se le hizo tarde, y al llegar á la plaza del Callao vió á Jesús parado en una esquina, borracho, sin poder sostenerse. Manuel pensó en seguir adelante sin hacerle caso, pero luego le dió lástima y se acercó á él.

—¿Qué haces aquí?—le dijo.

—¿Quién es usted... para preguntarme á mí eso?—tartamudeó Jesús—. Ah, ¿eres tú? Estaba tomando el fresco.

—Tienes una curda indecente. Vamos á casa. ¡Anda!

—¿Qué anda? ¿Qué?

—¡Cómo estás! No te puedes tener.

—¿Y á ti qué te importa? Tú no eres más que un cochino burgués... eso... y un avaro. Entre tu hermano y esa otra te han hecho un roñoso... y un mal compañero.

—Bueno; yo seré un burgués; pero no huelo que apesta, como tú.

—Pero ¿á qué huelo yo? A vino, á vino...

Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas.

—Eres un sinvergüenza—exclamó Manuel—, un borracho indecente.

—¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia muy grande; porque tengo una sed...

—Sí, una sed de vino y aguardiente.

—Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un huérfano...

—Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa!

—¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo no sé qué tengo más grande, si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro...

—Yo creo que lo que tú tienes mayor es la asaúra.

—Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo; pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así.

—Ni me importa.

—Y tú, ¿por qué no te emborrachas?

—Porque no quiero.

—Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una tristeza muy honda...

—Sí; soy un pobre huerfanito como tú.

—No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa..., porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya no sabes hacer nada sin ella.

—Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer?

Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque lo mataran.

—¡Anda, no seas estúpido!—le dijo Manuel—; te voy hacer andar á patadas.

—Pégame; pero no me voy.

—Pero, ¿qué quieres hacer?

—Tomar aquí unas copas.

—Bueno, tómalas.

En esto pasó de prisa una mujer. Jesús se abalanzó sobre ella; la mujer comenzó á chillar asustada.

—Está borracho; no le haga usted caso—le dijo Manuel interponiéndose entre los dos.

—¿Y qué?—replicó Jesús—. La convido á cenar. ¿Quieres venir á cenar conmigo, prenda?

—No.

—¿Y por qué no?

—Porque tengo que ir á casa.

—¿A casa á las dos de la mañana? ¿A qué?

—Pero, ¿son las dos?—preguntó la muchacha á Manuel.

—No debe faltar mucho.

Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis, cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella estaba sirviendo y pensaba llegar á una hora regular á casa; pero ya que no podía, le tenía todo sin cuidado.

—¿Y qué vas á hacer?—le preguntó Manuel.

—Dejaré la casa y buscaré otra.

—Lo que vamos á hacer—dijo Jesús—es irnos los tres á cenar ahora mismo.

—Bueno; vamos donde queráis—exclamó la muchacha, y se agarró del brazo á Manuel y á Jesús.

—¡Bravo!—gritó Jesús—. ¡Olé por las mujeres valientes!

Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado.

—Un día es un día—murmuró—. Vamos allá—; además, la muchacha era agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas.

—¿De modo que vas á dejar á tus amos?—preguntó Manuel.

—¡Qué voy á hacer!

—Bien hecho—gritó Jesús—; deja á los amos...; que les sirva su señora mamá... ¡Mueran los burgueses!

—Calla—exclamó Manuel—; van á venir los guardias.

—Que vengan... Yo me río de los guardias municipales..., y de los guardias civiles... y de los guardias de orden público... Y yo le digo á esta mujer que es un cachito de gloria, que hace bien en ir á los Cuatro Caminos... con el sargento, con el soldado ó con quien le dé la gana... Todos somos libres. Pues ¡qué!, ¿las amas no tienen también sus líos?... ¿Verdad, corazón?

—Ya lo creo.

La muchacha cogió estrechamente del brazo á Manuel.

—¿Y tú no dices nada?

—Que tienes una espetera, que ya ya.

—Mientras más gracia dé Dios, ¡mejor!—replicó ella riendo—. ¿Cómo te llamas?

—Manuel.

—¿Y qué eres?

—Este—saltó Jesús—, este es un cochino burgués... que quiere hacerse rico... para casarse con una mujer... y poner entre los dos una casa de préstamos... ¡Ja... ja!...

—No le hagas caso—dijo Manuel—, no sabe lo que se dice. ¿Cómo te llamas tú?

—Yo, Paca.

—¿Estás sirviendo de veras?

—Sí.

Varias veces Jesús trató de coger á la muchacha por el talle y de darle un beso.

—Bueno; si éste me agarra, me voy—dijo ella.

Jesús, ofendido, comenzó á insultarla.

—A mí lo que me sobran son mujeres más guapas que tú... ¿sabes?... y tú no eres más que una fregona..., y yo tengo siempre cinco duros en el bolsillo pa tirarlos..; ese que va contigo es un gallina..., y si no, que salga..., porque le voy á romper un ala.

Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús.

—Si es una broma—dijo éste—. Parece mentira que te pongas así por una broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á cenar.

Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul.

—¿Qué desean los señores?—preguntó éste.

—Tráete—le dijo Jesús—dos raciones de pescado frito, chuletas asadas para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco.

—Todo esto lo voy á tener que pagar yo—pensó Manuel.

Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso, peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad.

—Tú no eres de la vida—la dijo.

—¿Cómo?—preguntó la muchacha.

—No—saltó Manuel—; es una chica que está sirviendo. Oye—y Manuel atrajo hacia sí á la Paca—, ¿qué te suelen decir los amos?

—¡Tantas cosas!

—¿Y tú qué les contestas?

—¿Yo?... pues, según.

—Bah—murmuró Manuel—, ya veo que ese sargento no ha sido el primero.

La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la cintura el brazo con que Jesús la estrechaba.

—No seas pelma—le dijo.

La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento, todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad.

—¿De manera que tú estás sirviendo?—preguntó la mujer pálida á la criada.

—Sí.

—¿Qué edad tienes?

—Diez y ocho años.

—Yo tengo una hija que tiene quince.

—¿Usted?

—Sí.

—No parece que tenga usted edad bastante.

—Sí, soy vieja; he cumplido ya treinta y cuatro. La chica está en Avila con mis padres. Yo, claro, no quiero que venga conmigo, y los abuelos suyos son pobres. Cuando tengo algún dinero se lo envío.

Jesús se puso serio, y comenzó á preguntarle por su vida.

—Hace un año tuve un hijo, y me lo tuvieron que sacar con unos ganchos—siguió contando la mujer mientras cortaba la carne con el cuchillo—. Desde entonces estoy mala; luego, hace unos meses, he tenido el tifus, me llevaron al Cerro del Pimiento, y allí me quitaron toda la ropa que tenía. Salí tan desesperada, que quise matarme.

—¡Se quiso usted matar!—exclamó la criada.

—Sí.

—¿Y qué hizo usted?

—Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente, hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días, echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba.

—¿Pero tan desesperada estaba usted?—preguntó la criada.

—Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por ella dos pesetas. Luego, á los hombres les gusta hacer sufrir á las mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no estarás peor que así...

Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto.

—¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?—preguntó Manuel á la mujer.

—¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy anemia. Además, está una acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo leche. Con tu permiso, rubia—dijo á la criada—y se desabrochó la blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.—Ahora, que esto debe estar envenenado—añadió—. Si yo pudiera colocar á mi hija en un taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se empieza la vida mal...

La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba:

—¡Socorro! ¡Socorro!

—¿Qué le pasa á ese hombre?—preguntó Manuel, y salió al pasillo de la taberna.

—¡Socorro! ¡Socorro!—seguía gritando Jesús.

Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna.

—¿Qué hay?—le dijo.

—No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado.

Entraron en la cocina de la taberna.

—Dejadme salir—gritaba Jesús—. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado la puerta.

Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas.

—Pero si la puerta está abierta—dijo el muchacho—; y efectivamente, la abrió, y salió Jesús espantado de dentro.

Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto.

Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse de que estaba abierta, y no replicó.

—Vamos á tomar café, y andando—dijo Manuel—, que ya es tarde. A ver qué se debe—preguntó al mozo.

—A ti no te importa lo que se debe—exclamó Jesús—, porque esto no lo paga nadie mas que yo.

—¿Pero tienes jierro?

—Mira—y Jesús enseñó cinco ó seis duros á Manuel.

—¿Pero de dónde sacas ese dinero?

—Ah... eso no se puede decir... eres muy curioso.

—Yo creo que el señor Canuto y tú os dedicais á hacer moneda falsa.

—Je... je; tú lo que quieres es averiguar mi secreto..., pero nones.

Tomaron el café, bebieron unas copas de aguardiente y salieron de la taberna, Jesús con la mujer pálida, y Manuel con la criada.

—¿A dónde quieres ir?—preguntó Manuel á ésta.

—Yo, á mi casa.

—¿No quieres venir conmigo?

—No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado?

—Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós!

La muchacha se detuvo; luego llamó:

—¡Manuel!

—Anda á paseo.

—¡Manuel!—volvió á llamar.

—¿Qué quieres?

—El domingo que viene ¡espérame!

—En dónde.

—En casa de mi hermana.

La muchacha dió las señas de su casa.

—Bueno. ¡Adiós!

La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla; pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara, dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad triste de la mañana.

—¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?—preguntó la Salvadora.

—No.

Y contó lo que había pasado con Jesús.

Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo; un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le dirigía largos discursos.

CAPÍTULO IV

El inglés quiere dominar.—Las razas.—Las máquinas.—Buenas ideas, bellos proyectos.

Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró Roberto.

—¡Hola! ¿Qué tal estás?

—Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo?

—Te traigo trabajo.

—¡Hombre!

—He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he acordado de tu imprenta...

—De nuestra imprenta, querrá usted decir.

—Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado.

—¿Y qué hay que hacer?

—Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar grabados?

—Sí; muy bien.

—Pues vete hoy ó mañana á verle.

—Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno.

—¿Y qué? ¿Trabajas mucho?

—Sí.

—Pero ganas poco.

—Es que como los obreros están asociados, se imponen.

—¿Y tú, no estabas asociado antes?

—Yo, no.

—¿No eres socialista?

—Pse.

—¿Anarquista quizás?

—Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo.

—¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes?

—No; yo no defiendo ninguna.

—Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo. La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado.

Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer una pregunta á Manuel.

—Iré luego—dijo éste.

—No, hombre; vete ahora—repuso Roberto.

—Es que quería oirle á usted.

—Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.

Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.

—Usted también es algo anarquista, ¿verdad?—preguntó á Roberto.

—Sí; lo he sido á mi manera.

—¿Cuando vivía usted mal quizás?

—No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que antes.

—¿Y por fuera?

—¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré conservador.

—¿De veras?

—¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por la vida.

—Pero usted ha resuelto ya su problema.

—En parte, sí.

—¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima...

—Aún queda algo que conseguir.

-¿Qué?

—El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo lucho por el dominio.

—¿Y siempre habrá que luchar?

—Siempre.

—¿No cree usted que vendrá la fraternidad?

—No.

—¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados?

—Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce, vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres que suden por el sabio, por la mujer bonita, por el artista...

—Tiene usted unas ideas muy negras.

—No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar con los fuertes.

—Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el Libertario.

—¿Quién es el Libertario?

—Un amigo mío.

—No nos convenceríamos.

—¿Por qué?

—Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa lo mismo.

—No, á todos no.

—A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace el Jerez fuerte y el Rhin suave.

—Pero hay anarquistas alemanes.

—Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.

—Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?

—Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista, protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar, al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.

—¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?

—Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho, el otro poco; el uno se levanta temprano, el otro tarde... Los obreros alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene la sociedad.

—¿El despotismo?

—El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería un bien.

—¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.

—Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer á la violencia.

—Es usted más anarquista que yo—dijo riéndose Manuel—. ¿Usted cree de veras en esa dictadura?

—Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera, y pusiera un impuesto grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...

—Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.

—Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.

—Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.

—¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta, por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años, volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la concentración, se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda transportar y distribuir con un precio económico, las grandes aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo progresivo, hoy en España sería un bien.

—Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.

—Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad, y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.

—No, no me olvidaré.

—Bueno. ¡Adiós, Manuel!

—¡Adiós, don Roberto!

—Y en eso de la anarquía, tómalo como sport; no te metas demasiado.

—¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.

—Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!

Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á trotar por la calle.

CAPÍTULO V