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La lucha por la vida: Aurora roja

Chapter 17: CAPÍTULO VI
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About This Book

Una serie de relatos entrelazados presenta las peripecias de jóvenes humildes que buscan abrirse paso en la ciudad, alternando momentos de aprendizaje, amistad y precariedad. Un seminarista decide abandonar la vocación tras descubrir hipocresías clericales y formarse con lecturas que le abren a nuevas ideas; otro joven organiza su trabajo y relaciones familiares mientras enfrenta viudez, matrimonios y la necesidad de ganarse la vida. La narración adopta un tono realista y episódico para describir la lucha cotidiana, la desilusión religiosa, la crítica social y las redes afectivas que sostienen o condenan a los personajes.

El buen obrero socialista.—Los esparcimientos de Jesús. ¿Para qué sirven los muertos?

En vez de tomar un cajista como había pensado, lo que hizo Manuel fué poner un regente, y no se arrepintió.

Manuel no tenía condiciones para la dirección; además, estaba rendido con el trabajo del taller y el corretear por las noches.

El regente que llevó Manuel á su casa tenía unos treinta y tantos años, era hombre ilustrado, rechoncho, fuerte, con ideas socialistas. Se llamaba Pepe Morales.

Era el tipo del obrero inteligente y tranquilo, trabajaba muy bien, lo hacía todo con maña, no se impacientaba nunca y era puntual como un reloj. Desde que entró Morales, el trabajo en la imprenta comenzó á regularizarse.

Manuel podía estar después de comer algún tiempo charlando.

 

En el corral de la casa crecía una higuera achaparrada. La Salvadora y la Ignacia habían pedido al casero permiso para desempedrar el patio y hacer un jardinillo; en un rincón pusieron dos parras y otras plantas que el señor Canuto trajo de su huerta.

Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se arrullaban las palomas...

 

A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus preocupaciones.

Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos; había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida, interponiéndose en su camino, le impedían decidirse.

—Sin embargo—decía—habrá que resolverse.

Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba la observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así.

—En fin—murmuraba Manuel—, esperaremos á que se arregle la cuestión económica.

En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se ruborizaba y sonreía turbada...

 

Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto.

—Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado por el campo.

—¿A dónde irá ese hombre?—preguntó Manuel.

—No sé; pero seguramente no irá á hacer cosa buena.

—Nos pondremos en acecho. Si otra vez le oyes que sale, llámame.

—Bueno.

Días después, al mediar la noche, sin que nadie le llamara, Manuel se despertó. Se oía ruido arriba, en el cuarto de Jesús. Se incorporó en la cama, y escuchó largo rato. Se oyeron pasos lentos, leves; después el crujido de los peldaños de la escalera. Manuel se levantó, se vistió y se acercó á la puerta. El que bajaba en aquel momento salía á la calle. Manuel abrió el balcón se asomó y vió á Jesús; luego bajó de prisa las escaleras; la puerta estaba entornada.

Adelantó Jesús por el obscuro callejón, convertido en un río de fango, y Manuel le siguió á larga distancia. La noche estaba obscura y temerosa; caía una lluvia fina y penetrante.

Al llegar al final del pasadizo que formaban las tapias de la calle de Magallanes, se oyó un silbido suave que fué contestado por otro.

Al terminar la calle obscura, Jesús volvió hacia la izquierda, pasó al lado de la tapia derruida del cementerio, luego se detuvo, miró en derredor, por si le seguían, se encaramó en la cerca y desapareció. Al poco rato, otro hombre hizo la misma operación. Manuel esperó, por si acaso.

Siguió esperando en su acechadero, y viendo que ya nadie aparecía, se fué acercando al sitio por donde saltaban. Tuvo la mala suerte de meterse en un barrizal. En los pies se le iban formando pellas de barro y no avanzaba más que á duras penas. Llegó tras de mucho bregar al sitio aquel.

La tapia estaba allí rota, formando un boquete. Manuel se asomó. Se veía el cementerio abandonado, con algunas lápidas blancas, que resplandecían á la vaga claridad de las estrellas.

No se oía nada. Juzgó Manuel que si quedaba allí le podían descubrir; volvió sobre sus pasos, y entró en un antiguo patio del cementerio, ya abierto y sin cerca, en donde se levantaban unas casuchas derruidas. Manuel recordaba que por allá había una puerta desvencijada que daba al campo santo. Efectivamente, la encontró; tenía grandes rajaduras y se puso á mirar por una de ellas el interior del cementerio.

En aquel punto sonaron las horas.

Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste, rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el viento trajo un rumor lejano de voces.

—Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado—decía una voz—, y yo iré á la calle de la Palma.

—Bueno—contestó la otra voz.

—Y por la tarde, en el cafetín.

Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba cerrada, pero el balcón había quedado abierto.

—Vamos á ver si tengo pulso—se dijo Manuel, y se encaramó por la reja del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse...

 

Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha quedó aterrada.

—Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien?

—Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús?

—No; creo que no.

—Bueno; pues cuando se levante, dile á la Ignacia que le siga de lejos.

—Bueno.

Al volver Manuel á comer, la Salvadora le dijo que Jesús había ido con un saco oculto en la capa, á una prendería de la calle del Noviciado.

—¿Ves como es verdad?

—Pues si le cogen le llevan á presidio.

—Hay que quitarle la llave y además asustarle.

—Mañana hablad de que se dice por ahí que roban en el campo santo.

En la comida, la Salvadora de sopetón dijo:

—Ha habido ladrones en los cementerios de al lado estas noches pasadas.

—¿Quién dice eso?—preguntó Jesús inquieto.

—Eso han dicho en la calle unas mujeres.

—¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada—murmuró Jesús.

—Pueden robar lápidas de mármol—replicó Manuel—, garras de ataúdes, crucifijos, lo que suele haber en los cementerios.

—¿Y para qué van á robar eso?—repuso Jesús cándidamente.

—¿Toma! ¿para qué? Para venderlo.

—Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso.

—¿Por qué?

—Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del conserje.

—Yo también he oído—añadió la Ignacia—que en este campo santo se robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de una niña.

—¡Bah!

—Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche, la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid.

—¿Quién sería ese señor?—preguntó la Salvadora.

—Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías—exclamó Jesús incomodado—. ¿Quién sabe que robaron ese muerto?

—La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo decía—contestó la Ignacia.

—La señora Jacoba estaría idiota.

—No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los untos—añadió la hermana de Manuel.

—Usted también es imbécil—gritó furioso Jesús—. ¿Usted cree que los muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal.

—Bueno, no grites tanto—replicó Manuel—; que roban y que se han llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será mentira.

Jesús se calló.

 

Con el pretexto de que se había encontrado una noche la puerta de la calle abierta, al día siguiente encargaron al cerrajero que pusiera una cerradura. Jesús no dijo nada hasta unos días después.

—¿Por qué se cierra la puerta ahora?—preguntó á Manuel.

—Para que no entre nadie.

—Bueno; dadme una llave á mí.

—No hay más que una.

—Mandad hacer otra.

—No puede ser.

—¿Por qué?

—Porque no queremos que andes en malos pasos.

—¿Qué malos pasos?

—Ya sabes lo que te quiero decir.

—No sé; no te entiendo.

—¡Bah! Sí me entiendes.

—Como no te expliques más claro.

—¿De dónde sueles tener el dinero que gastas?

—Hago mis combinaciones.

—¿Quieres que te diga una cosa?

—¿Qué?

—Que tus combinaciones huelen á cementerio que apestan.

Jesús palideció profundamente.

—¿Me has espiado, eh?—dijo con voz débil.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hará unos ocho días.

—¿Y qué? ¿Qué has visto?

—He visto, que tú, el señor Canuto y otros, os vais á ganar el presidio.

—Bueno.

—Te advierto que está avisada la policía.

—Ya lo sé.

—¡Parece mentira; el señor Canuto metido en eso! Yo que lo creía una buena persona.

—¿Y qué? ¿No se puede ser una buena persona y aprovecharse de lo que no sirve para nadie? ¿Para qué quieren ellos el cobre, las lápidas, ni lo demás?

—Hombre... para nada.

—¿Pues entonces?... la gente está llena de preocupaciones...

—Sí; pero eso de abrir una sepultura... es muy grave. ¡Rediez!

—Todos los días traen momias á los museos y las venden, y nadie se indigna.

—No es igual. Esas momias murieron hace tiempo.

—Y los chicos de San Carlos, ¿no abren á los muertos frescos y les cortan las orejas y el corazón?

—Pero eso es para estudiar.

—Y lo nuestro para comer, que es más serio... Hacemos como Ravachol.

—¿También Ravachol se dedicaba á robar sepulturas?

—Sí; no tenía supersticiones como vosotros.

—¿Y cuánto tiempo hace que desvalijáis ese cementerio?

—Cerca de un año.

—¿Y habéis apañado muchas cosas?

—Psch... la mar de porquerías... lápidas de mármol, verjas, cadenas de hierro, asas de metal, crucifijos, bustos, candelabros, letras de bronce... la Biblia en verso.

—¿Y dónde habéis vendido tanta cosa?

—En las prenderías. En un cafetín teníamos el centro de operaciones.

—Bueno; pues ya sabéis, la policía anda rondando. Avísale al señor Canuto.

—No; si ya lo sabe.

Unos días después le dijo Jesús á Manuel:

—¿Quiéres darme diez duros?

—¿Para qué?

—Para irme al Moro.

—¿Al Moro?

—Sí; voy á Tánger. Os dejaré en paz.

—¿Y qué vas á hacer allá?

—Eso es cuenta mía. ¿Tú me das el dinero?

—Sí, hombre; ahí tienes los diez duros.

—¡Gracias! ¡Que os vaya bien!

—¿Pero cuándo te vas?

—Hoy mismo.

—¿No quieres despedirte de la Salvadora?

—No; ¿para qué?

—Como quieras—le dijo Manuel fríamente.

CAPÍTULO VI

El francés que canta.—El protylo.—Cómo se llegan á tener las ideas.—Sinfonía en rojo mayor.

Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un ruso.

El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos, los pómulos salientes y una perilla de chivo.

Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran incomprensibles.

—¿Y no tienes familia, compañero?—le preguntó alguno.

—Sí—contestó él—, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis hermanos, ahorcados en un jardín reducido.

Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y cantó la canción del Pere Duchesne, á la cual el terrible anarquista había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en Montbrison.

Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:

Peuple trop oublieux
Nom de Dieu.

Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra, y todo esto acentuado por vigorosos Nom de Dieu. Terminaba la canción, diciendo:

Coupe le curé en deux
Nom de Dieu
Et le bon Dieu dans la merde
Nom de Dieu
Et le bon Dieu dans la merde.

Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de café-concierto de Bruant y de Rictus...

 

Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; en el cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de castellano, de italiano y de francés.

Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty.

La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia.

Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la creación de la célula, no había más que un paso.

El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados. A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era también algún producto químico, encerrado en un frasco.

Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero, huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.

—¿Y Maldonado?—preguntó Manuel al llegar y notar su falta.

—Ya no viene—dijo Prats.

—¡Hombre, me alegro!

—Todos dicen lo mismo—exclamó el Madrileño—. Maldonado es el tipo del republicano español. ¡Son admirables esos tíos!

—¿Por qué?—dijo el Bolo.

—Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo; se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna... ¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas... y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...

—¡Qué mala intención tienes!—dijo el Bolo, que era anarquista con simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.

—Yo no he estado nunca en el Congreso—replicó el Madrileño.

—Ni yo—añadió Prats.

—Yo sí—repuso el Libertario.

—¿Y qué?—le preguntaron.

—¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro grita...

—¿Y el Senado?

—¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.

—¡Qué guasón!—dijo el Bolo.

Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería, volvió al juego de bolos.

Hablaba en aquel momento el Libertario:

—¿Cómo se llega á tener las ideas?—decía—. ¿Quién lo sabe?... Hace ya algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.

—¿No me conoce usted?—me dijo con un acento andaluz cerrado.

—No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.

—¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del pueblo?

—¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?

—Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las minas.

—¿Y en el pueblo?

—Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.

—¿Y qué piensas hacer?

—Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la travesía de Burdeos á la Habana.

Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz. Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos, pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones anarquistas.

Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...

—¿Sería ésta?—preguntó Caruty, y se puso á cantar:

Dame dynamite
que l’on danse vite
chantons et buvons
et dinamytons
dynamite, dynamite
dinamytons.

—Eso es—dijo el Libertario—. Eso de «dynamitons» entusiasmaba á mi paisano.

—¿Qué quieren eztos?—me decía.

—Derribarlo todo—le contestaba yo.

¿Tó?

—¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!

—¡Qué gachos!—decía él, con una admiración de salvaje...

Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando, amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía. Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando Les Lampions, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces seguidas:

—¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!

Se oían también gritos chillones de ¡Viva la Anarquía!, y el público comenzaba á correr asustado.

En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales, y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo me paré á ver en qué terminaba aquello.

Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar La Marsellesa como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.

Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna distancia, La Marsellesa, cantada por miles de personas, resonaba como una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron silenciosos.

En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la lluvia suave de la primavera...

—Ese no era más que un sentimental—dijo de pronto Prats.

—¿Y qué?—preguntó Juan.

—Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.

—En todo lo que se cree, se cree lo mismo—contestó Juan.

 

—Yo—dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el grupo—conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo, fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al puerto y tiraron las bombas al mar.

—¿Y Angiolillo?—preguntó Juan.

—Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero. Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar aquello de un hombre tan suave y tan tímido!

—¡Ese era también un sentimental!—exclamó Prats.

—Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución—repuso el Libertario.

—Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás—añadió Prats.

—¡Claro! Como que era catalán—dijo con sorna el Madrileño.

—Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses, ni traidores, como los italianos.

—¿Y los andaluces?—preguntó el Madrileño?

—¿Los andaluces? Son como los demás españoles.

—¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!

—Nosotros somos catalanes.

—¡Qué necedad!—exclamó el Madrileño.

—No—murmuró el Libertario—. Cada uno tiene el derecho de ser de donde le dé la gana.

—No; si yo no niego ese derecho—replicó el Madrileño—; yo lo que quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser paisano nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser paisanos de los catalanes.

—Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios—siguió diciendo el catalán, haciendo como que no oía la observación—; lo mismo los andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen el instinto de la revolta...

—Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente autoritaria...—comenzó á decir el Madrileño.

—¿Y Pallás?—interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á decir algo desagradable para el catalán—. ¿Era templado Pallás?

—Sí, era... ya lo creo.

—Se achicó también—dijo el Madrileño—, y aquí está el Libertario que lo vió.

—Sí, es verdad—dijo, el Libertario—; los últimos días en la cárcel se descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.—Yo quisiera—dijo Pallás—que después de muerto, llevaran mi cerebro á un museo para que lo estudiaran.—Será difícil—le contestó el médico fríamente.—¿Por qué?—Porque los tiros se los darán á usted, probablemente, en la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás palideció y no dijo nada.

—Es que sólo con la idea hay para ponerse malo—saltó diciendo Manuel.

—¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!—exclamó Prats.

—Sí, luego ya se animó—dijo el Libertario—. Le estoy viendo al salir al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo, el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.

Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción, una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor Canuto hacía más gestos que de costumbre.

—¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?—preguntó Perico Rebolledo.

—Sí—contestó Prats—; la venganza fué terrible; ya lo había dicho Paulino Pallás.

—Yo lo vi—saltó diciendo Skopos.

—¿Estabas dentro?

—Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas. Bajé y me puse á esperarle en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada, con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros. La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo, y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre; otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta. Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente.

—Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían, que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas—dijo Prats.

—¡Qué barbaridad!—exclamó Manuel.

—A obscuras hubieran muerto todos—añadió riendo Prats.

—No—exclamó Manuel levantándose—; de eso no se puede reir nadie, á no ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara.

—Eran burgueses—dijo el Madrileño.

—Aunque lo fueran.

—Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?—preguntó Prats—. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?

—Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.

—Este, como ya tiene su imprenta—dijo el Madrileño con sorna—, se siente burgués.

—Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.

—Una de las bombas no estalló—dijo Skopos—, cayó sobre una mujer muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.

—¿Y quién hizo esta bestialidad?—preguntó Perico Rebolledo.

—Salvador.

—Ese sí que tendría las entrañas negras...

—Debía ser una fiera—dijo Skopos—. El se escapó del teatro en el momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la comitiva.

—No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así—dijo Manuel.

—Mientras estuvo preso—siguió diciendo Skopos—hizo la comedia de convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar... pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase hermosa: «¿Y tus hijas?—le dijeron—. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas—contestó él—, ya se ocuparán de ellas los burgueses.»

—¡Ah!... Es bien... Es bien—gritó Caruty, que hasta entonces había estado silencioso é inmóvil—. Es bien... le grand canaille... Es bien... Es una frase...

—Yo asistí á la ejecución de Salvador—siguió diciendo Skopos—desde un coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece mentira.

Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la frase rotunda y el gesto gallardo...

Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.

Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja. Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...

CAPÍTULO VII

Un paraíso en un campo santo.—Todo es uno y lo mismo.

Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de Manuel, se oyeron tiros.

—¿Qué habrá pasado?—se preguntaron todos.

—Quizás sean matuteros—dijo la Ignacia.

—También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del telégrafo—advirtió Manuel.

Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano.

Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido de paisano.

—¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?—le dijo.

—Bien—contestó Manuel secamente.

—Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora?

—Está buena.

—¿Y Jesús?

—Ya hace unos días que no le hemos visto.

—¿Sabes que han robado en ese cementerio?

—No; no sabía nada.

—¿No habéis notado algo desde vuestra casa?

—No.

—Pues ya llevan mucho tiempo robando. Es raro que...

—No, no es raro; porque yo no me ocupo de lo que hacen los demás. ¡Adiós!

Y Manuel se metió en el portal.

—Si preguntan por aquí algo—le dijo Manuel á la Salvadora y á la Ignacia—, no digáis ni una palabra.

Todo el barrio se conmovió con la noticia. Se volvió á hablar de muertos robados, y se supieron detalles cómicos y macabros. Un larguero de mármol, de una sepultura, había ido á parar á una tienda de quesos; las letras de bronce de los nichos, estaban en algunos escaparates de tiendas lujosas. Se dijo que Jesús y el señor Canuto eran los directores de la banda.

Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel:

—He tenido carta del señor Canuto.

—¿Sí? ¿dónde está?

—En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos.

—Pero robaban, ¿eh?

—Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada. Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el cementerio en un paraíso.

—Sí, ¿eh?

—Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos. ¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale! desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban.

 

Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio, y Ortiz llamó á Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran.

No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús; el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado.

En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y en ellos la hierba era más verde y jugosa.

El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas.

Reinaba en los patios un gran silencio.

De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún niño.

Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á otro de nichos, salieron al segundo patio.

Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por ruinosos tapiales.

El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó, fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.

Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos borraron lentamente toda huella humana.

Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles. Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún rosal silvestre.

Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.

Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de los niños.

En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida, corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.

Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas, nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas por el aire de invierno, ligero y sutil...

De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido de algún tren.

Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos.

—¿Y esas vacas?—preguntó el juez.

—Son de una vaquería de la calle de Magallanes—dijo el conserje.

—Este terreno, ¿no pertenece al cementerio?

—Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se entierra aquí.

—El cura también es un punto—dijo Rebolledo á Manuel—; se ha llevado las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el juez y el actuario á reconocerlo todo de nuevo y al avanzar la tarde se retiraron.

Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos.

Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio; á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban ligeras neblinas...

 

Ortiz se acercó á Manuel.

—¿Sabes?—le dijo—. Ya le cogimos al Bizco.

—¿Sí? ¿Cuándo?

—Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo.

—No.

—Un amigo tuyo.

—¿Quién?

—El Titiritero... aquel viejo.

—¿Don Alonso?

—Sí. Había entrado en la policía.

—¿Y sigue ahí?

—No; creo que murió.

—Pobre. ¿Y el Bizco?

—El Bizco tiene para rato. Probablemente le condenarán á muerte.

—¿No le han juzgado todavía?

—No. Si quieres verle...

—¡Yo! ¿Para qué?

—Al fin y al cabo ha sido amigo tuyo.

—Es verdad. ¿Y cuándo le juzgarán?

—Dentro de unos días. En los periódicos lo podrás ver.

—Quizás vaya. ¡Adiós!

—Adiós. Si vas; avísame.

CAPÍTULO VIII