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La lucha por la vida: Aurora roja

Chapter 20: CAPÍTULO IX
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About This Book

Una serie de relatos entrelazados presenta las peripecias de jóvenes humildes que buscan abrirse paso en la ciudad, alternando momentos de aprendizaje, amistad y precariedad. Un seminarista decide abandonar la vocación tras descubrir hipocresías clericales y formarse con lecturas que le abren a nuevas ideas; otro joven organiza su trabajo y relaciones familiares mientras enfrenta viudez, matrimonios y la necesidad de ganarse la vida. La narración adopta un tono realista y episódico para describir la lucha cotidiana, la desilusión religiosa, la crítica social y las redes afectivas que sostienen o condenan a los personajes.

Cómo cogieron al Bizco y no vino la buena.—Nunca viene la buena para los desdichados.

Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez, había encontrado la manera de ganarse la vida en el Cinematógrafo Salomón, por otro nombre el Cinecromovidaograph. El dueño del Cinecromovidaograph era Salomón, no precisamente el del templo, sino un hombre chiquito y malhumorado, barbudo y de color de cobre, que se llamaba ó se hacía llamar así. Este hombre, cuyo hígado debía tener proporciones impropias de un hígado modesto y normal, vivía con su mujer y dos hijas en una barraca de su propiedad, que se armaba y se desarmaba y para viajar tenía un carretón, una roulotte, tirada por un caballo normando.

Salomón podía haber sido feliz; el cinecromo daba mucho dinero; los negocios marchaban bien, y sin embargo, Salomón era desgraciado.

La causa de su desgracia eran las mujeres. Ya su tocayo, el rey sabio, lo había dicho: «La mujer es más amarga que la muerte.»

¿Es que la señora de Salomón se había permitido faltar á la fe jurada en el altar á su dueño y señor? Jamás. ¿Es que Salomón trataba de libar la felicidad en el corazón de otras mujeres? Nunca. Salomón era fiel á su consorte, la divina Adela. La divina Adela era fiel á Salomón. Pero la divina Adela tenía un genio irresistible.

La divina Adela procedía de una capa social más elevada que su marido. La divina Adela era hija de un pedagogo, de un hombre de esos que enseñan á los chicos la historia de España y el postulado de Euclides.

Ahora bien, de enseñar el postulado de Euclides á enseñar un cinematógrafo, ¡qué abismo! La divina Adela había medido con sus ojos este abismo. A los diez años de casada, su mesalliance, como decimos en el mundo diplomático, la obsesionaba y la tenía irritada y nerviosa.

Si su marido pedía una camiseta, la divina Adela se horrorizaba; si lanzaba una interjección fuerte, le daba un ataque de nervios. La divina Adela tenía á Salomón por un hombre cruel, despótico, grosero, á quien ella, á pesar de todo, amaba.

—¿Para qué me he casado yo con este hombre, con este saltimbanqui?—preguntaba de vez en cuando con la vista en el vacío—. Venid aquí, hijas mías—les decía á sus niñas—, con vuestra madre.

Don Alonso estaba con Salomón de criado y de voceador del cinematógrafo. Tenía un frac y unos pantalones encarnados, una comida regular... lo bastante para ser feliz. Era un buen escenario para que don Alonso luciese sus habilidades. Allí, á la puerta de la barraca, el hombre tiraba diez ó doce bolas al alto y las iba recogiendo rápidamente; hacía luego danzar por el aire una botella, un puñal, una vela encendida, una naranja y otra porción de cosas.

—¡Entrad, señores, á ver el cinecromovidaograph!—gritaba—. Uno de los adelantos más grandes del siglo XX. Se ven moverse á las personas. ¡Ahora es el momento! ¡Ahora es el momento! Va á comenzar la representación. ¡Un real! ¡Un real! Niños y militares, diez céntimos.

 

Entre las películas del cinecromovidaograph había: La marcha de un tren; La escuela de natación; Un baile; La huelga; Los soldados en la parada; Maniobras de una escuadra, y además varios números fantásticos. Entre éstos los más notables eran uno de un señor que no puede desnudarse nunca, y otro de un hombre que roba y á quien le persiguen dos polizontes, y se hace invisible y se escapa de entre los dedos de sus perseguidores y se convierte en bailarina y se ríe del juez y de los guardias.

Una mañana, camino de Murcia, tuvo Salomón la mala idea de detenerse en un pueblo próximo á Monteagudo.

El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación para prestar ó no su consentimiento al espectáculo.

En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde, hombre religioso, católico y dedicado á la usura, afirmó en voz alta que era inmoral que no cogieran á aquel bandido.

—Que vuelvan á hacerlo, pero que le cojan al ladrón—dijo en voz alta.

—Es imposible, señor alcalde—replicó don Alonso.

—¡Cómo que es imposible!—repuso el alcalde—. O se hace eso ó los llevo á ustedes á la cárcel. A escoger.

Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más oportuno, apagar las luces, para dar á entender que se había acabado la representación. Nunca lo hubiera hecho.

Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó fuera de la barraca. ¡A ese!—gritó un chico al verle ¡A ese!—gritaron unas mujeres, y hombres y mujeres, y chicos y perros, echaron á correr tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó volando unos rastrojos. Comenzaron á llover piedras á su alrededor. Afortunadamente se hacía de noche y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la cacería. Cuando se vió solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra. El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho.

 

Lo encontró en la carretera al día siguiente la guardia civil. Con su frac negro lleno de barro, don Alonso tenía todas las trazas de un hombre escapado de un manicomio.

—¿Quién es usted?—le dijeron los civiles.

Don Alonso contó lo que le había ocurrido.

—¿Tiene usted cédula?

—Yo no, señor.

—Entonces venga usted con nosotros.

Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo. Allí los guardias, le entregaron al alguacil y éste le metió en la cárcel, donde pasó la noche.

—Pero ¿por qué me detienen á mí?—preguntó varias veces el pobre hombre.

—Como no tiene usted cédula...

Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la guardia civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó á Madrid. Lo llevaron al Gobierno civil y le presentaron á un señor. Interrogado por él, le contó sus cuitas, con un acento tal de verdad, que el hombre se compadeció y le dejó marcharse.

—Si no encuentra usted destino, añadió el señor—quizás le pueda yo proporcionar algo.

Don Alonso escribió á Salomón, pero éste no le contestó. Fué repetidas veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquel le dijo:

—¿Quiere usted ser de la policía?

—Hombre...

—Dígame sí ó no, porque si no, le doy el cargo á otro.

—Sí, sí; yo no sé si tendré condiciones...

—¿Quiere usted, sí ó no?

—Sí, señor.

—Entonces, dentro de unos días tendrá usted el nombramiento.

Por esta serie de circunstancias, don Alonso fué de la policía.

 

Meses después de su ingreso en las huestes del Gallo, don Alonso tuvo que entrar en campaña. Una noche, en el soto de Migascalientes, cerca de la Virgen del Puerto, encontraron una mujer muerta, con una puñalada en los riñones. Era una mujer ya de cierta edad, llamada la Galga; una desdichada que ganaba algunos céntimos por aquellos andurriales.

Al día siguiente, la policía detuvo en un merendero á un randa, á quien le decían el Chaval.

Muchos le habían visto repetidas veces con la Galga; todos los indicios estaban contra él.

Prendieron al mozo, que al principio negó con energía su participación en el crimen; pero al último confesó la verdad.

El no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el Bizco. El Bizco le había amenazado varias veces á él si no dejaba á la Galga, y un día se habían desafiado; pero al llegar al lugar del desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba á los dos.

Se le había visto con uno á quien llamaban el Malandas, en un merendero. El Bizco y el Chaval decidieron castigar á la Galga, y el Bizco la citó en el Soto.

Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un puñetazo en la cara, ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una navaja, se la hundió por los ríñones. Esto era lo que había ocurrido.

Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco. Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez en el puente de Vallecas y otra en la California.

—Usted—le dijo Ortiz á don Alonso—hace lo que yo le diga, nada más.

—Está bien.

—Hay necesidad de cogerle á ese hombre cuanto antes.

El primer día registraron los dos el Cuartelillo de la plaza de Lavapiés, la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde, los rincones de la Huerta del Bayo, y las tabernas de la calle de Peña de Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se sentaron á descansar en el merendero de la Manigua.

—¿A que no sabe usted por qué le llaman á esto la Manigua?—le dijo Ortiz á Don Alonso.

—No.

—Pues es muy sencillo. Viene la gente aquí, bebe este vinazo, se emborracha y vomita... y claro, tienen el vómito negro... por eso se llama la Manigua.

Fuera de este descubrimiento, no hicieron ningún otro relacionado con sus pesquisas.

Al día siguiente, muy de mañana, se metieron los dos por la calle del Sur.

—Vamos á ver si aquí nos enteramos—dijo Ortiz señalando una taberna.

Entraron en una tabernucha próxima á unos campos santos. Ortiz conocía al tabernero, y hablaron los dos de los buenos tiempos en que se pasaba el vino de matute á carros.

—Aquello era un negocio, ¿eh?—exclamó Ortiz.

—Sí, era—dijo el tabernero—; entonces se veía aquí luz divina. Ganaban lo que querían.

—Y tranquilamente.

—Me parece. Aquí se detenían los matuteros y los mismos de consumos les acompañaban á dejar el contrabando. Hubo días que se metieron en la bodega de esta casa más de treinta cubas.

—¿Usted habrá hecho su pacotilla?—preguntó don Alonso.

—¡Quia, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna. Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila de estacas altas, entre la vía y las casas, y ahora no entra ni un cuartillo de vino sin pagar.

Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía, ni había oído hablar de él.

Salieron los dos polizontes de la taberna, y en vez de seguir por el camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casucha blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo».

—Vamos á ver si aquí saben algo—dijo Ortiz.

Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver á Ortiz.

Este no se dió por enterado; pidió dos copas en el mostrador, á una mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de reojo, le preguntó:

—¿Y qué tal por el ventorro del Maroto?

—Bien.

—¿Se reune buena gente por allá?

—Tan buena como en cualquier otra parte.

—¿Sigue andando por ahí el Bizco?

—¿Qué Bizco?

—El Bizco, hombre... ese rojo...; demasiado que lo conoce usted.

—Ese nunca ha ido por el ventorro del Maroto, sino por el Puente.

Ortiz vació la copa, se limpió los labios con el dorso de la mano, y saludando á la ventera salió de allá.

—Este gachó—dijo en voz baja á don Alonso—, mató á un segador, y se salvó del presidio no sé cómo.

—Parece que nos sigue—murmuró don Alonso, mirando hacia atrás.

—No nos vaya á hacer la santísima—exclamó Ortiz, y sacando el revólver del cinto esperó un instante.

El hombre del ventorro del Maroto se había apostado tras de un ribazo; luego, viéndose descubierto, huyó.

—Vámonos de aquí—dijo Ortiz.

Echaron los dos á andar de prisa y salieron pronto al Puente de Vallecas.

Entraron en un merendero. Una mujer gorda, bajita, ya vieja, de pómulos salientes, con un pañuelo rojo atado á la cabeza, daba al manubrio de un organillo.

—¿Está el Manco?—la preguntó Ortiz.

—Ahí debe estar.

Unas cuantas parejas que bailaban al son del organillo, se pararon al ver á Ortiz y á don Alonso.

El Manco, un hombre alto, rubio, afeitado, con el pecho de gigante, y el cuello redondo de mujer, les salió al encuentro.

—¿Qué buscan?—dijo con voz afeminada.

—A uno á quien llaman el Bizco.

—Aquí no viene ese hace ya tiempo.

—¿Pues dónde anda?

—Por las Ventas.

Salieron del merendero y siguieron nuevamente por la orilla del arroyo Abroñigal. Algunos chiquillos negruzcos se chapoteaban en el agua...

Comenzaba á anochecer cuando aparecieron entre los tejares del barrio de Doña Carlota. Madrid brotaba por encima de las frondas del Retiro. Sonaban las esquilas de algunos rebaños.

En los alrededores de la barriada había grandes hoyos con pilas de ladrillo. Estaban ardiendo los hornos; salía de ellos un humo espeso de estiércol quemado que, rasando la tierra, verde por los campos de sembradura, se esparcía en el aire y lo dejaba irrespirable. A lo lejos, algunas humaredas pálidas subían de la tierra al horizonte incendiado por un crepúsculo espléndido de nubes de púrpura.

Ortiz preguntó á un hombre que estaba levantando ladrillos si conocía al Bizco.

—¿Ese randa de pelo rojo?

—Sí.

—Le he visto hace unos días. Debe vivir por la Elipa.

—Bueno, vamos por allá—murmuró Ortiz.

Siguieron por la orilla del arroyo. El cielo de nubes rojizas iba obscureciéndose. Cruzaron el camino de Vicálvaro.

—Por aquí fuí yo al Este á enterrar á una chica que se me murió—dijo Ortiz—; la llevé á la pobrecita debajo del brazo envuelta en un mantón. No tenía ni para una caja...

Este recuerdo trajo á la memoria del guardia sus miserias y contó á don Alonso su vida.

Don Alonso estaba deseando que acabase para asombrarle á Ortiz con sus historias de América.

El guardia seguía y seguía hablando, y don Alonso murmuraba distraídamente:

—Ya vendrá la buena.

Mientras charlaban fué anocheciendo. Salió la luna en menguante; una neblina tenue comenzó á cubrir el campo; algún árbol solitario se erguía derecho y proyectaba la sombra de su follaje en el camino; alguna estrella cruzaba el cielo dejando una ráfaga blanca. El agua plateada del arroyo se deslizaba por la tierra silenciosa, trazando curvas como una larga serpiente.

Seguían hablando cuando don Alonso vió la silueta de un hombre que aparecía entre dos árboles. Agarró del brazo á Ortiz, indicándole que se callara. Se oyó un ruido de ramas y el paso furtivo de alguien que huyó.

—¿Qué era?—dijo Ortiz.

—Un hombre que ha salido de ahí.

—¿De dónde?

—No sé á punto fijo. Me ha parecido que de entre esos árboles.

Se acercaron; había en el ribazo, que allí tenía más de un metro de alto, un montón de maleza y unos pedruscos.

—Aquí hay algo—dijo Ortiz metiendo su bastón. Quitó dos piedras grandes, luego una tabla y apareció la boca de un agujero. Encendió un fósforo. Era un boquete cuadrado abierto en la tierra arenosa y húmeda. Entraron los dos. Tendría la cueva tres metros de profundidad por uno y medio de anchura. Ocupaba el fondo una cama de paja y de papeles con una manta gris. En un rincón había huesos mondados y latas de conserva vacías.

—Aquí tiene el lobo la madriguera—dijo Ortiz—. Sea el Bizco ú otro, este ciudadano no está dentro de la ley.

—¿Por qué?

—Porque no paga contribución.

—¿Qué vamos á hacer?

—Esperarle. Yo le aguardo aquí dentro. Usted pone la tabla como estaba antes, con dos piedras encima, y se queda ahí fuera. Cuando venga, que vendrá, le deja usted entrar, y en seguida se echa usted á la puerta.

—Bueno.

Ortiz amartilló el revólver y se sentó en la cama. Don Alonso, después de tapar la boca del agujero, buscó un sitio resguardado en donde no se le viera y se tendió en el suelo. Le molestaba bastante haber tenido que oir la historia vulgar de Ortiz y no haber podido contar sus aventuras. La verdad es que su vida era rara. ¡Él convertido en policía! ¡Acechando á un hombre!

Horas y horas esperaron, Ortiz dentro y don Alonso fuera. Estaba ya clareando cuando apareció el Bizco. Llevaba algo debajo del brazo. Atravesó el arroyo, se acercó al ribazo, quitó la tabla... Don Alonso, empuñando el revólver, se levantó con rapidez y se asomó á la boca del agujero.

—Ya está—dijo Ortiz desde dentro, y salieron inmediatamente el guardia y el Bizco.

—¿Será éste?—preguntó el guardia.

-Sí.

—Si trata de huir, tire usted—dijo Ortiz á don Alonso.

Don Alonso apuntó con el revólver al bandido, que temblaba, sin oponer resistencia, y Ortiz le ató codo con codo.

—Ahora, andando.

Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron á andar los tres por el camino de la Elipa.

Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado.

Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho.

—Yo estoy malo—le dijo á Ortiz—, no puedo con mi alma.

—Bueno; entonces yo me marcho.

Ortiz y el Bizco se alejaron.

Don Alonso quedó solo y fué avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de la tapia del Retiro pidió auxilio á un guardia municipal. Este le acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le metieron en una camilla.

Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un martillazo en la cabeza.

—Yo tengo algo muy grave, y quizás me vaya á morir—pensó con angustia.

No se dió cuenta de cuando le metieron en la cama; comprendió que estaba en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y puso un escapulario en el hierro de la cama.

Don Alonso entonces recordó un cuento, y á pesar de la fiebre el cuento le hizo reir. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba á todos los santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una vecina le llevó un niño Jesús, y le dijo al enfermo:

—Rece, hermano, que éste le salvará.

Y el gitano contestó compungido:

—¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un Santo Cristo con más... barbas que un capuchino.

Luego el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y don Alonso murmuró convencido:

—Ya vendrá la buena.

 

Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el tifus y que era necesario trasladar el enfermo al hospital del Cerro del Pimiento.

Una mañana fueron los camilleros, cogieron á don Alonso, lo sacaron de la cama y lo metieron en una camilla.

Luego los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro del Pimiento. Llamaron; pasaron á un vestíbulo y levantaron el hule de la camilla.

—¡Anda la!... Se ha muerto el socio—dijo uno de los mozos—¿Lo dejaremos aquí?

—No, no, llevadlo—replicó el conserje del hospital.

—¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez!—dijo el otro—. Más valiera morirse.

Cogieron con resignación la camilla y salieron.

Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la primavera.

El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas de los árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco, los colores y los sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los sembrados. Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y frescura...

Entraron los dos camilleros de nuevo por la zanja, entre las altas paredes cortadas á pico.

—¿Y si lo dejáramos aquí?—preguntó uno de los mozos.

—Dejémosle—contestó el otro.

Levantaron el hule de la camilla, y poniéndola de lado, hicieron que el cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado, mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del cielo, y los camilleros se fueron á tomar una copa...

Indudablemente no había venido la buena.

CAPÍTULO IX

La Dama de la Toga Negra.—Los amigos de la Dama.—El pajecillo, el lindo pajecillo.

Hay en Madrid en un palacio con grandes salas y largas galerías, en las que por todas partes no se ven más que Cristos, una vieja dama de gran alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de la sociedad.

Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla gravemente y entre las imágenes de Cristo administra á diestro y siniestro reprimendas y castigos.

Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado, las uñas largas y el estómago sin fondo.

En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora, en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la Biblia, y en vez de personas dignas á su alrededor, está rodeada de curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete.., una larga procesión de sacacuartos y de escamoteadores, que empieza muy alto y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.

 

—Tienes que ir á ver á tu amigo—dijo Juan á Manuel.

—Bueno.

Buscaron á Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente. Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo ó leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban expedientes.

—Todos esos papeles, todos esos legajos—dijo Juan—, estarán empapados de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un herbario.

—¡Y qué se va á hacer!—repuso Manuel—; si no hubiera criminales...

—Estos sí que son criminales—murmuró Juan.

—Vamos á ver si podéis pasar—dijo Ortiz.

Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos con toga y birrete.

—Soy enemigo del indulto—decía el señor de la barba blanca—; le he condenado dos veces á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero que lo ejecutarán.

—Pero es una pena tan severa—murmuró uno de los jóvenes sonriendo.

—¿Hablan del Bizco?—preguntó Manuel á Ortiz.

—No.

—¡Nada, nada!—exclamó el viejo de la barba blanca—; hay que hacer un escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey.

—¡Qué bárbaros!—exclamó Juan.

—En estos casos—repuso el joven togado tímidamente—, es cuando se pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha abandonado, no debía tener derecho...

—La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se ocupa—replicó el viejo con cierta irritación—. ¿Existe la pena de muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de muerte no son más que medidas de higiene social, y desde este punto de vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin indultar á nadie.

Manuel miró á su hermano.

—¿No tiene razón?

—Sí; dentro de lo suyo, tiene razón—replicó Juan—. A pesar de eso, yo encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo.

 

Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.

—¿Qué tal?—le preguntó el juez.

—Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.

—También la ley debían modificarla...—comenzó diciendo el joven.

—Lo que debían hacer era suprimir el jurado—afirmó el hombre chiquito.

—Ahora puedes bajar un momento—dijo Ortiz á Manuel—y preguntarle si quiere algo.

Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco. Era el Bizco.

El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad; que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba también que estaba condenado á muerte, y se estremecía...

Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se iban amontonando en su cerebro.

La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el perfume en el aire.

Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma...

 

—¡Eh, tú!—le dijo el carcelero—aquí vienen á verte.

El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor.

Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida indiferencia.

—¿No me conoces?

—Sí.

—¿Quieres algo?

—No quiero nada.

—¿No necesitas algún dinero?

—No.

—¿No tienes que hacerme algún encargo?

—No.

Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió á tenderse en el banco.

—Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño—dijo.

—¿Pero no quieres nada más?

—No quiero nada de ti.

Salió Manuel del calabozo y se reunió á su hermano.

 

Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:

—Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos á verle una noche?

—Bueno.

—Pues yo iré á buscarte á la imprenta un día de estos.

—Sería mejor que me dijeras un día fijo.

—¿El sábado?

—Bueno.

Fueron Juan, Caruty y el Libertario á la imprenta y esperaron á que llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron por la calle de Bravo Murillo.

En la puerta de una taberna de una calle próxima había un hombre de mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.

—Ahí está—dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los amigos.—Ese es.

Se acercó á saludarle.

—Que hay, compadre—le dijo dándole la mano—. ¿Cómo estamos?

—Bien y usted.

—Estos—advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á Caruty—son amigos míos.

—Por muchos años—contestó él—. Vamo á tomá una copa—añadió con acento andaluz cerrado.

—Nos sentaremos un rato—saltó Manuel.

—No; hablaremo en casa.

Bebieron una copa y salieron á la calle.

—¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?—preguntó el Libertario.

—Sí, señó.

—Mal oficio tiene usted, paisano.

—Malo é—contestó él—, pero peó é morirse de jambre.

 

Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño, iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón vivía. Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama.

Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa, una seriedad fatídica.

El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido el Bizco.

—Esté usté sin cuidao—dijo el verdugo—; si yega el caso, se hará tó lo que se pueda.

—Y antes de ser ejecutor—le preguntó de pronto el Libertario—, ¿ha probado usted otras cosas?

—¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años; he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no podía viví.

—¡Tan mal le iba!—exclamó Juan.

—Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví matando que no morirme de jambre, entonse tóos son despresios.

Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era el chico que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y comenzó á escanciar en los vasos.

—¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora?—le preguntó el Libertario hablándole de pronto de tú.

—Uno catorse ó quinse.

—¿Y usted, no bebe?—le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el vaso.

—No; yo no bebo nunca.

—¿Ni cuando tiene usted que trabajar?

—Entonse meno.

—¿Ha ejecutado usted algún anarquista?

—¿Anarquista? No sé lo que es eso.

 

—Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?—preguntó el Libertario.

—Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy como el de antes que les hasía sufrí á posta.

—¿Pero eso es verdad?—dijo Juan.

—Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.

—¡Qué barbaridad!—exclamó el Libertario—. Y todos van templados, ¿eh?

—Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!—le dije—. Compare; soy el ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda, ponte esto—y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te perdono—me dijo—, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y buena suerte!» Era un hombre el Diente.

—Y tal... que debía ser un hombrecito—dijo el Libertario sonriendo.

—Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore.

La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al verla.

—¿Y el aparato, cómo es?—dijo el Libertario.

—El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone así—y el verdugo cogió el frasco de vino por el cuello con su mano ancha y velluda—, y luego se hase ¡crac! y ya está.

Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.

—Ya ve usted—siguió diciendo el verdugo—, estas correas las he tenío que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo, ¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo, y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno—dije—, ya que ha de sé uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví; que si no fuera por eso...

El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:

Mala puñalá le den
Mala puñalá le diera.

—Como uno de los tío de la taberna de esta calle—siguió diciendo al volver y sentarse—, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté, compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo un ofisio mardesío...

Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el arrechucho y siguió diciendo:

—¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión. A mí, si me dejasen, haría también dinero.

—¿Pues qué haría usted?—le dijo Juan.

—¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.

Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La idea era macabra.

Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la vecindad.

—Vámonos—dijo el Bolo de pronto. Se despidieron todos dando la mano al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el cielo obscuro y sombrío como una amenaza.

—Dicen que es necesaria la pena de muerte—murmuró Juan—. Nosotros, los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad vosotros.

—Mientras haya desdichados con hambre—repuso el Libertario—habrá hombres capaces de ser verdugos.

—¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?—dijo Juan—. Una huelga de verdugos sería curiosa.

—Sería quitar un puntal á la sociedad—, repuso el Libertario—. El verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los sostenes de esta sociedad capitalista.

—¿Cuánto durarán todavía los verdugos?—preguntó el Bolo.

—Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten, mientras los curas engañen...—contestó con voz sombría el Libertario—los habrá.

Caruty recitó una canción de un condenado á muerte que escribe una carta á su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina.

TERCERA PARTE

CAPÍTULO I

Las evoluciones del Bolo.—Danton, Danton, ese era el hombre.—¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis.

Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y rosetas malares en las mejillas.

—Lo mejor es que vayas á casa—le dijo Manuel.

—Si no tengo nada.

—Vale más que vayas allá.

Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso mejor y volvió á la vida normal.

 

Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro, Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de la calle de Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo.

Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la Historia de la Revolución Francesa, de Michelet. Al ver aquel tipo la Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á las dos mujeres.

El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio, según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después, viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita; pero delante de los socialeros, de las adormideras del socialismo, defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.

En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos habían quitado toda la masa obrera al partido republicano, inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido burgués. El Bolo no podía acostumbrarse á oir á los compañeros tratar sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla, que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.

La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos ellos con entusiasmo y con respeto...

Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la Historia de la Revolución. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau, luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo prusiano.

Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella historia. Algunas veces pensaba:

—Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la Historia de la Revolución Francesa, creo que sabría ser digno...

Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48; luego otro sobre la Commune, de Luisa Michel, y todo esto le produjo una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres! Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui, Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!

 

—Lo que se debía hacer—le dijo un día Morales á Manuel—es poner una encuadernación aquí al lado.

—¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?—preguntó Manuel.

—No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una encuadernación.

—Eso sí es verdad.

—Estése usted á la mira.

Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus gestiones, cuando el dueño de La Tijera, periódico órgano de los sastres, le dijo:

—Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene parroquia, porque trabaja bien.

—Pues voy á verlo.

—Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío.

—¡Hombre, judío!

—¿Eso qué importa?

—Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama?

—Jacob.

—¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?—preguntó Manuel.

—Sí.

—Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.

Le indicó el propietario de La Tijera, órgano de los sastres, dónde estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.

Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo. A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin cubierta aún.

En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del oficio.

Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego, cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio, presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era más cara; además, había que hacer gastos.

—Bueno—le dijo Manuel—, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no vayas.

Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á establecerse en la vecindad de Manuel.

Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.

 

Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en las discusiones.

Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.

De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico; como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo encontraba imposible de llevarlo á la práctica.

Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la revolución social.

El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de autoridad.

La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo, la bondad...

El progreso no era más que esto: la supresión del principio de autoridad por la imposición de las conciencias libres.

Manuel, algunas veces decía:

—Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.

 

Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los truts, absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.

Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos, expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos, abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, intelectualizándola, lo que apresuraría la revolución social.

Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era también cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera República.

—En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión—decía Manuel—; á la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.

—Yo no veo la necesidad del Estado—decía Juan.

—Pero el Estado se impone—replicaba Morales—. Nosotros no decimos un Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército; sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.

—¿Pero para qué queremos ese centro?

—Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir el desarrollo de los egoísmos.

—Vamos entonces al despotismo—replicaba Juan.

—No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción en los individuos más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles; el Estado le entierra gratis cuando se muere...

—Pero eso es una tiranía.

—Una tiranía, ¿por qué?

—Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo...

—Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor.

—Pero á costa de la libertad...

—Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil.

—No; ¿para qué?

—Son ustedes unos visionarios. Afirman ustedes brutalmente la individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen.

Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que antes no se había tomado el trabajo de comprender.

Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba con su hermano, otras con Morales.

Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de valores. Comparando este período con el anterior á la revolución francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero, quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios, marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por boca de Bebel, había dicho que toda concepción sobre la futura sociedad socialista, no tenía ningún valor.

En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil para el obrero que la de los anarquistas.

El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos.

—¿Pero no es más lógico—decía Morales—, reunir las energías de toda la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la felicidad del mundo?

Juan sonreía.

—La anarquía hay que sentirla—solía decir.

—Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.

—Para los burgueses, sí.

—Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.

—Puede ser un crimen conveniente.

—Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la conveniencia de sus crímenes.

—La anarquía hay que sentirla—terminaba diciendo Juan.

Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.

 

Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas, le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.

Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente, y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera. Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios, los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí mismo. Se había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía libre, y la aspiración de un cambio social.

En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas. Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las echaban de importantes y de grandes moralistas.

Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina; sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de decir que eran fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones, cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales morosos.

Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido como indigno de pertenecer á él.

 

En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público anarquista: La Anarquía y El Libertario, y los dos se odiaban cordialmente.

El odio entre La Anarquía y El Libertario era un odio de empresa. El dueño de La Anarquía había llegado hacía unos años á defender las ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco, al asegurar la vida económica de La Anarquía, el propietario, sin darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo, quitando jierro, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un diletantismo y este momento lo aprovecharon los de El Libertario para echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.

Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les separaba era una cuestión de perros chicos.

Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado, según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.

Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión de la doctrina se subordinaba á la asociación para la lucha.

—Nosotros—terminaba diciendo Morales—, tendemos á la organización, á la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.

Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía nada, porque era burgués.

 

Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas, hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.

Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.

En cambio, para los anarquistas, los socialeros eran los que se vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando por el ministerio á cobrar el precio de su traición.

Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los socialistas.

Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á su reglamento y pagar además una gabela.

Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más repugnante del autoritarismo.

 

Casi todos los anarquistas eran escritores y llevaban camino de metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada.

De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles; pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la única lógica posible.

En general, todos ellos, por el sobrecargo que representaba la lectura y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una verdadera borrachera de hablar y de pensar.

 

Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador, oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con las tendencias levantiscas de los partidos radicales.

La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía, estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados; pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos, sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas, no servía para nada entre socialistas y anarquistas...

A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente indiferentes.