CAPÍTULO II
Paseo de noche.—Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del Pimiento.
Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi todos los días que hacía bueno salía á pasear.
Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse. Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á visitarle, ella los despacharía á escobazos.
La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que descansara; no le dejaban trabajar.
A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que se iba á América y pegarse un tiro.
Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear él? ¿Qué viviese ó no? Estas dudas y casos de conciencia le perturbaban.
Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un miedo pueril por un peligro lejano.
Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.
Sin decir á nadie nada, había vendido los Rebeldes y el busto de la Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.
Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros desconocidos, que se le acercaban tímidamente:
—¿Cómo está su hermano?—le preguntaban.
—Está mejor.
—Bueno, eso quería saber. ¡Salud!—y se marchaban.
—Mira—le dijo un día Juan á Manuel—vete al Círculo del Centro y diles que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos.
Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer, tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á Prats.
—Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna.
—Bueno; ¿qué, te vas?
—Sí.
—Espera un momento—le dijo el Libertario.
Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.
—Nos iremos nosotros también.
Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.
Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.
El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño, bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.
—Allá no hay más que pacotilla—decía el Madrileño—, desde los géneros de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.
—Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?—replicó Prats—. Si esto debían convertirlo en cenizas.
—¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.
—Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina rasa!
—Dejad eso...—gritó el Libertario—. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan la vida discutiendo si valen más los castellanos ó los catalanes. Y luego quieren que desaparezcan las fronteras.
Manuel se echó á reir.
Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del Sol y subieron por la calle de Preciados.
—Es que á mí me da asco lo que pasa aquí—dijo Prats—. Esto está muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste no lo crea—y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á Manuel—. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada, que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los hombres! Las mujeres haremos la revolución!...
—Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero—dijo el Libertario.
—¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya hubo día en que las calles de Barcelona estuvieron dominadas por los anarquistas.
—¡Bah!—exclamó el Madrileño.
—Que lo diga éste.
—Sí, es verdad—contestó el Libertario—; hubo días en que los polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las pidiera.
—¡Qué barbaridad!—dijo Manuel.
—Y eran bonitas las bombas—añadió el Libertario—; había unas en forma de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas también de cristal, que pesaban muy poco.
—A todas les llamábamos corre-cames—repuso Prats—, lo que llaman aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas—preguntó el Libertario—cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando: ¡Salut y bombes d’Orsini!...? Un día nos comprometimos más de doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando bombas á un lado y á otro.
—Y no hicísteis nada—dijo el Madrileño—. Pa mí que los catalanes son muy blancos para eso.
—¡Quia, no!—replicó el Libertario—. Es gente templada.
—Sí, lo será—replicó el Madrileño—; pero yo te digo á ti que estuve en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar gente en Montjuich y había que ver la jinda. Todos aquellos señoritos que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia, otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador, el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de sinvergüenzas.
—No tienes razón—dijo el Libertario.
—No; casi nada.
Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.
Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.
—Vengo de dejar á Avellaneda—dijo—. Está un hombre admirable. El se ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le molestaban mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una verva! ¡Y una dignitá en el ademán! Tiene una pose amplia ese hombre. Sí. Está un poeta admirable—dijo Caruty convencido.
Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.
—¿Te vas ya?—le dijo á Manuel el Libertario—. Hace una hermosa noche.
—¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.
Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.
—Voy á dar una vuelta—le dijo á la Salvadora.
—Bueno.
—¿Y Juan?
—Acostado.
—Acuéstate tú también.
Salió. Los cinco entraron por la calle de Magallanes, entre las dos tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del telégrafo zumbaban misteriosamente.
—Una noche también muy negra—dijo el Libertario—fuimos en Barcelona al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha de Tanhäuser, que entonaban los otros á coro; había salido la luna llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: ¡Oh come e bello!
Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.
Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles de París; de las frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de sus conversaciones con Emilio Henry.
—Aquel estaba un joven hombre terrible—exclamó Caruty—; solía ir á Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.
—Pero eso de poner bombas así es una barbaridad—dijo Manuel.
—Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el terrorismo anarquista—exclamó el Libertario.
—Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los anarquistas—replicó Manuel.
—No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.
—¿En España también?
—Sí; en España también.
—Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la represión.
—Pues se comenzó—repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya con la Mano Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez, se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de El Productor y el otro de La Anarquía; los dos incapaces de matar á nadie, los dos inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado. Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan á Salvador y luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos, que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales, que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri, Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después viene Miguel Angiolillo—concluyó diciendo el Libertario—, que había leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich, oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid, aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas.
Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus entusiasmos de fanático.
—Yo lo que no puedo creer—dijo Manuel—, es que la policía haya llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión.
—¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!—exclamó el Madrileño—. Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía.
—¿Sí?
—Sí, hombre, sí—dijo el Libertario—. Ascheri, uno de los que fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros muchas veces.
—Es verdad—dijo Prats—. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»—me contestó—. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto donde no había más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro.
—¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al choque?—preguntó Manuel.
—No.
—Y luego, ¿cómo aprendieron?
—Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como curiosidad—contestó Prats—, luego aprendieron á hacerias las los cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles...
—¿Y la dinamita?
—De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un Indicador Anarquista con una porción de fórmulas.
—Un amigo mío—dijo el Madrileño—, que era mecánico, había escrito un catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros. Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita, niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina, tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán; pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.»
Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer. La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas.
—Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es verdad?—preguntó Manuel.
—¡Quia, hombre! Son leyendas—replicó el Libertario—. No ha habido nunca tales órdenes.
...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el Guadarrama, orlado por la claridad del día.
Un labrador sembraba marchando detrás del arado; sacaba el grano de una espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la tierra obscura.
Caruty cantó una canción en argot campesino, en la que se llamaba ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la Carmañola Anarquista:
tous les bourgeois á la lanterne
ça ira, ça ira, ça ira,
tous les bourgeois on les pendra.
y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...
Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».
—Este es el hospital del Cerro del Pimiento—dijo el Libertario.
Siguieron adelante.
Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.
El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas; un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre la arena, parecía derretirla é incendiarla.
Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.
El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo, enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán; algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol, se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.
Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.
—Hay algo de loco en todos ellos—se dijo Manuel—. Habrá que separarse de esta gente.
CAPÍTULO III
El mitin en Barbieri.—Un joven de levita.—La carpintería del arca de Noé.—¡Viva la Literatura!
Había que hacer el mitin cuanto antes. Juan, no sólo no estaba aún repuesto, sino que se encontraba peor. Desde casa iba dirigiendo el movimiento de propaganda; tenía gran correspondencia con los anarquistas de provincias y con los extranjeros. El médico no le permitía salir más que un momento por las tardes, en las horas de sol. Manuel era el encargado de no permitir la menor transgresión.
—Yo haré lo que sea—le decía á su hermano—, pero tú quédate en casa.
—Bueno; pues no hay que perder el tiempo para hacer el mitin.
—¿Le veremos á Grau?
—Psch... bueno; no querrá ir.
Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á un despacho con un balcón en donde apenas cabían tres personas. En la pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron contemplándolos.
—Esta es Luisa Michel—dijo Prats.
Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine, calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki, con su tipo innoble y repulsivo.
Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera nadie.
—Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro—dijo Manuel.
Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la contestación.
Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta.
Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de Grau á tomar parte en la reunión.
El Madrileño despotricó contra Grau.
—Es un vividor—dijo—, un farsante vendido al gobierno.
—No—replicó el Libertario—, es un temperamento de burgués, que vende su periódico como otro vende pastillas de chocolate.
—Sí—dijo el Madrileño—; pero cuando uno tiene un temperamento de burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro cuartos.
—Grau será lo que se quiera—dijo Prats—; pero es una persona honrada y decente. En cambio, el director de El Libertario, es un miserable, una cucaracha, un reptil.
—¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!—replicó el Madrileño—, por eso le defiendes á ese farsante!
—¡Farsantes, vosotros!
—Si estáis todos vendidos al gobierno.
—Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo anarquista—gritó Prats enfurecido—. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico por hablar bien de Dato?
—Y vosotros—exclamó el Madrileño—¿qué cobrásteis por la campaña rabiosa que hicísteis contra los republicanos?
—La hicimos por dignidad.
—¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa. Todos tenéis salvoconducto de la policía.
—¡Canallas!—vociferó Prats fuera de sí—. Vosotros sí que estáis vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes.
—Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros; porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros no habéis hecho más que vivir de ella.
—Escupe tu baba, ¡miserable!—exclamó Prats.
—El miserable eres tú—gritó el Madrileño, acercándose á su contrincante con el puño levantado.
El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron calmarlos.
—¡Imbéciles! ¡Idiotas!—murmuró el Libertario—. Saben que lo que dicen es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un hombre...
—¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?—preguntó Manuel.
—¿Para qué?—preguntó el Libertario.
—Para discutir con ellos.
—¡Quia!—replicó en tono humorístico el Madrileño—. A esos, todo lo que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.
—La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro—dijo el Libertario.
—Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela—contestó Manuel.
—Podríamos ir á verle.
—Bueno.
A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales llevaba la imprenta como una seda.
Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque convencidos de que no les habían de ceder el teatro.
Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.
Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte.
Empujaron la puerta.
—¿Qué quieren ustedes?—les dijo un hombre con gorrilla.
—Preguntamos por el Aristas.
Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el mantón con toquilla en la cabeza.
Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.
—No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela! Imposible—dijo el Aristas—. Ahora, se lo diré al representante.
—Como usted quiera—dijo con indiferencia el Libertario, á quien le molestaba el aire de superioridad del Aristas.
Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba, de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz.
Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.
Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.
—¿Qué bien trabaja, eh?—exclamó el Aristas sonriendo—. Gana ocho duros al día.
—¡Qué barbaridad!—murmuró el Libertario!—. ¡Cuántos de nosotros tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos!
—¿Qué tiene que ver eso?—¿A usted le quitan el dinero?—preguntó el Aristas.
—Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón.
—Ya se ve que no entiende usted nada de arte—dijo desdeñosamente el Aristas.
—¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de sosa para el flato.
El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos para un mitin anarquista.
—Está bien—dijo el Libertario—. Vámonos.
Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y salieron del teatro.
No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche, y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado.
Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía.
Juan fué al escenario.
—Ten cuidado—le dijo la Salvadora—, no te enfríes.
Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas.
Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y entre éstos se sentó Juan.
Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas, entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á Manuel. Este le presentó á la Salvadora.
—¡Salud, compañera!—dijo el Libertario estrechándole la mano.
—¡Salud!—contestó ella riendo.
—La conocemos á usted mucho—añadió el Libertario—; éste y su hermano, no saben más que hablar de usted.
La Salvadora sonrió y se turbó un tanto.
—Y qué, ¿vas á hablar?—le preguntó Manuel al Libertario.
—Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que no... Yo no sirvo para orador.
Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás y añadió:
—¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh?
La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador...
—¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué pocas hay bondad!—añadió el Libertario—. Aires solemnes, graves, tipos de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va á ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros!
—Salud.
Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel y se fué.
Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo, pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los oradores.
Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!—dijo.
A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué.
Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de periódicos y comenzó á hablar.
Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no decía una palabra sin referirse á lo que había publicado este ó el otro periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero relinchaban con gran maestría.
Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo el mundo un suspiro de alivio.
Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de pescar algo en las turbias aguas del anarquismo.
El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven de la levita.
En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos de sociología y de antropología.
En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A cada instante parecía decir á los cuitados del público:
¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta vosotros. Me he identificado con vosotros.
Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno; despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por los papanatas del público con estrepitosos aplausos.
El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien le convencen en su casa de que tiene mucho talento.
Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de latiguillo.
—Al poder de las armas—dijo—, opondremos nosotros nuestra austeridad; si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al poder destructor de la dinamita.
Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el Sancta santorum de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente de hombre no comprendido.
Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y confusa del Libertario no se llegó á oir; habló de la miseria, de los niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se echó á reir, encogiéndose de hombros.
Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa, tostado por el sol, con la mirada atravesada.
El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo:
—¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros... ¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los perros que lamen la mano del que les da de comer. (Aplausos.)
Una voz gritó:—No es verdad.
—¡Fuera ese! ¡Fuera!
—Dejadle hablar.
—Yo he conocido un verdadero obrero intelectual—siguió diciendo el orador—, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la gabina y del futraque. (Aplausos.) Era un maestro de escuela, que predicaba la idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto, comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de gallinas...
El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al público, que le aplaudió con entusiasmo. Se veía que era un hombre fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de cualquier disparate.
Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo mirando al cielo.
—¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!—dijo Manuel á la Salvadora.
Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:
—No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución Social!
Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso, cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él no tenía más odio que la Biblia.
Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida.
Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias.
Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia del alma.
—Porque ¿qué es el alma?—preguntó él—. Pues el alma no es más que el juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema humanitario—y se miró á los brazos y á las piernas—, y si se va á ver, lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los perros, sino hasta los más insiznificantes.
Después de esta explicación materialista del alma, digna del Ecclesiastes, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé, como él lo llamó:
—Yo no sé—dijo—si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho menos (risas), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo mismo terrestre que volátil, que acuario, se necesitaba toda una señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo suyo (nuevas risas); pero si le hubiera conocido á este señor, le hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los chinches, las cucarachas y otros inseztos? ¿No hubiera sido mejor dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma de burgués (risas). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante, porque en orsequio de las señoras, que son á quienes más les pica (risas, gritos y patadas), debía haber suprimido las pulgas. Y otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire, ¿cómo vivían allí si no había aire?
—¿Y por qué no había de haber aire?—preguntó uno desde arriba.
—Si había aire, estaría viciado—contestó el hombre gordo—. Porque cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin, compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho.
Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran desazón.
—A ver si se trabuca—dijo á la Salvadora.
—No lo hará bien—contestó ella, también intranquila.
Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó á hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante.
—La anarquía—dijo—no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia, sólo por la fuerza de la razón.
El quería que los hombres luchasen para salir del antro obscuro de sus miserias y de sus odios á otras regiones más puras y serenas.
El quería que el Estado desapareciera, porque el Estado no sirve más que para extraer el dinero y la fuerza que él supone, de las manos del trabajador y llevarlo al bolsillo de unos cuantos parásitos.
El quería que desapareciese la ley, porque la ley y el Estado eran la maldición para el individuo, y ambos perpetuaban la iniquidad sobre la tierra.
El quería que desaparecieran el juez, el militar y el cura, cuervos que viven de sangre humana, microbios de la humanidad.
El afirmaba que el hombre es bueno y libre por naturaleza, y que nadie tiene derecho de mandar á otro. El no quería una organización comunista y reglamentada, que fuera enajenando la libertad á los hombres, sino la organización libre basada en el parentesco espiritual y en el amor.
El prefería el hambre y la miseria con la libertad á la hartura en la esclavitud.
—Sólo lo libre es hermoso—exclamó y en una divagación pintoresca dijo:—El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y preparado para zarpar. Es pez en su casco y pájaro en su arboladura; tiene velas blancas que parecen alas; un bauprés que parece un pico; tiene una aleta larga que se llama quilla y una aleta caudal que es el timón. Es una gaviota que navega; marcha y se le mira con envidia como á un amigo que se va. En cambio, ¡qué triste el barco viejo y desarbolado que ya no puede salir del puerto! Y es que la vejez también es una cadena.
Y Juan siguió hablando así, pasando de un asunto á otro.
El quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar.
El no veía en la cuestión social una cuestión de jornales, sino una cuestión de dignidad humana; veía en el anarquismo la liberación del hombre.
Además, para él, antes que el obrero y el trabajador, estaban la mujer y el niño, más abandonados por la sociedad, sin armas para la lucha por la vida...
Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los niños que van á los talleres por la mañana muertos de frío, de las mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución, pisoteadas por la bota del burgués y por la alpargata del obrero.
Y habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración nunca satisfecha de amor. Una misma congoja agitaba todos los corazones; algunas mujeres lloraban. Manuel contempló á la Salvadora y vió que en sus ojos trataban de saltar las lágrimas. Ella sonrió, y entonces dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.
Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los abandonados.
Nadie seguramente pensaba en la posibilidad ó imposibilidad de las doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba á terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las últimas filas de butacas.
Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.
—¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente—gritaron todos, creyendo quizás que intentaba replicar al orador.
—No, no me sentaré—dijo Caruty—. Tengo que hablar. Sí. Tengo que decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!
Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna.
Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron á aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban conmovidos, con lágrimas en los ojos.
El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la reunión.
Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de escrofulosos.
Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión apasionada.
—¡Salud, compañero!
—Salud.
—Dejadle al hombre, que está malo—dijo el Libertario.
Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás, había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!
En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes, mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol.
Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa.
—¿Qué ha querido decir Caruty?—preguntó Manuel—. ¿Qué la anarquía es cosa de literatura?
—Ni él mismo lo sabrá—dijo Juan.
—No, no; él ha querido decir algo—repuso Manuel.
¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos cosas; pero no sabía cuál.