Gente sin hogar.—El Mangue y el Polaca.—Un vendedor de cerbatanas.—Un gitano.—El Corbata.—Santa Tecla y su mujer.—La Filipina.—El oro escondido.
En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito.
Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de torero. A la chica le decían la Chai.
El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un día, por una falta leve, una monja le tuvo durante ocho días desnudo, atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la salida se echó á andar por las calles.
—¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!—murmuró Juan—. ¡Qué infamia!
El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos.
—¿Y ganábais algo en esas capeas?—les preguntó Juan.
—Sí, lo que nos daban.
—¿Y cómo ibais de un pueblo á otro?
—Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación bajábamos.
—Pero todos los días no habría capeas.
—No.
—Y mientras tanto, ¿qué comíais?
—Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas.
—¿Y ahora qué hacéis?
—Ahora nada. Esperando el verano.
La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes.
—¿Y vivís solos aquí vosotros?
—No, hay más en estas casillas.
A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio, arrimados á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos.
El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica.
—No crea usted... que es guasa—dijo el gitano—. ¿A que le doy á aquel bote de pimiento?
—¿A que no? Una perra gorda—apostó el de las cerbatanas.
El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote.
Se trabó una larga discusión entre el gitano y el de las cerbatanas.
—Y usted, ¿qué hace?—le preguntó Juan al golfo.
—¿Yo?—exclamó el otro en tono displicente.
—Sí.
—Yo soy ladrón.
—¡Mal oficio!
—¿Por qué?
—Porque no produce más que disgustos.
—¡Psch! También suelo vender perros; pero eso es peor.
—¿Y qué es lo que roba usted?
—Lo que se tercia. Antes robábamos aquí, en este camposanto.
—¿Entonces conocería usted á Jesús?
—A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted?
—Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista.
—Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de Don Tancredo me llaman el Raspa.
—¡Ah! ¿Hace usted de Don Tancredo?
—Sí; el año pasado un toro me dejó á la muerte. Y espero el año que viene para ir á los pueblos á repetir el experimento.
—¿Y si le matan á usted?
—¡Psch! Es igual.
—¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel?
—Me las he arreglado para que me saquen.
—¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?
—¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos buenas personas.
Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle.
—Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de arriba—contó el Corbata—. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión: «¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»—le preguntó. «No, señor director.» «¿Es que se ha escapado?» «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me perdonará, señor director—le dijo el Ladrillero sonriendo—, pero el preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado el gorrión por tres días para que se distraiga.»
El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los presidios había tan buena gente ó más que fuera.—Un acaloro cualquiera lo puede tener—terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada.
Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en la cárcel y le tomó bajo su protección.
El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas pasiones.
—He vivido en una casa de zorras—le dijo á Juan riendo—, hasta que se murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y nos arreglamos. Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una mujer me faltó y la dí una puñalá. Ahora estoy aquí porque me tengo que ocultar.
Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer tagala con el objeto de explotarla.
Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por aquellos descampados.
Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.
El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero.
Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado.
Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la garrota, gritaba varias veces el santo del día.
El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir:
—Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy—y desde entonces le llamaba Santa Tecla.
—¡Qué hermoso!—pensaba Juan—sería sacar á estos hombres de las tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo...
Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe le escuchaba.
Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo:
—El oro está dentro; saldrá á la superficie.
Un anochecer Juan presenció una apuesta entre Santa Tecla y la vieja arpía, con quien se hallaba amontonado.
—¿Qué sabes tú, vieja zorra?—decía Santa Tecla.
—¿Qué sé yo? Más que tú, asqueroso; mucho más que tú—replicaba la vieja haciendo gestos repugnantes.
—Tú crees que toda la gente es tan mala como tú.
—Si parece que tienes telarañas en los ojos.
—Calla, calla, arrastrá.
—Si es que tú pareces tonto; ya te figuras tú que la gente te da dinero porque eres tú.
—Calla... ¡leñe! ¡tanto moler y tanto amolar!... porque tú eres una cochina zorra, ya crees que todas lo han de ser.
—Y lo son. ¡Me parece!—y la vieja hizo un gesto desvergonzado.
Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho con dignidad.
—Pues sí, pues sí—chilló la vieja—, mañana va otro ciego cualquiera al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti.
—¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes?
—¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no dan nada?
—A que sí.
—¿Cuánto apostamos?
—Una botella.
—Está.
—Hay que ver en qué termina la apuesta—dijo el Corbata.
Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la hierba.
Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella en la mano.
Santa Tecla sonrió.
—¿Qué?—dijo cuando se asomó la vieja—. ¿Han dado?
—Ná, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna pa el cieguecito, que mi pobre marío está mu malo y no tenemos ni pa melecinas!
—¿Y qué?
—Pus ná, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí hasta su casa... y la señora ha llamao al portero y le ha dicho que me eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales!
—¡Los dos reales! ¿Pero tú te has figurao que á mí me la das? Lo que te voy á dar es un estacazo por liosa.
—No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que digo.
—Bueno, trae la botella—y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y comenzó á beber y á murmurar.
—¡Desagradecías, más que desagradecías!
—¿Ves?—gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina—. ¿Ves lo que son?
—¡Desagradecías!—gruñía el viejo.
—Pero oiga usted, compadre—le preguntó el Corbata en tono de chunga—. ¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar?
—¿Y te parece poco?—replicó el mendigo componiendo el semblante.
—A mí muy poco.
—Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa—refunfuñó el viejo con la barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano, murmuraba entre dientes cabeceando:
—Son unas desagradecías. ¡Para que haga uno por ellas nada!
Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era domingo y quería divertirse el mozo.
—No tengo más que unos céntimos—dijo ella.
—Te los habrás gastado.
—No; es que no he ganado.
—A mí no me vienes tú con infundios. Venga el dinero.
Ella no replicó. El le dió una bofetada, luego otra; después furioso la echó al suelo, la pateó y la tiró de los pelos. Ella no lanzaba ni un grito.
Al fin ella sacó de la media unas monedas y el Chilina, satisfecho, se marchó.
Juan y la Filipina encendieron una hoguera de ramas y los dos, muy tristes, se calentaron en ella.
Juan se fué á su casa. El oro de las almas humanas no salía á la superficie.
CAPÍTULO V
Esnobismo sociológico.—Anarquistas intelectuales.—Humo.
Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en donde les presentaría unos compañeros.
—¿Iremos?—le preguntó el Libertario á Juan.
—Por qué no.
Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.
Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres delgadas con el talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez desagradable.
Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran corbata azul y un chaleco claro rameado.
—Pasemos á mi despacho—dijo—. Les presentaré á mis amigos.
Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.
El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas. En el fondo había una chimenea encendida.
—Sentémonos por aquí, al lado del fuego—dijo el anfitrión.
Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y acercó una mesita de te con tazas y pastas.
Sirvió el criado á unos te á otros café.
El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado les preguntó:
—¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?
—Me es igual.
Pasó luego el criado con una caja de puros y mientras fumaban se habló de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel d’Annunzzio y de otra porción de cosas.
Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó en la butaca y dijo:
—Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una gran independencia de criterio y que representara las tendencias más avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?
El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de la necesidad de la renovación.
—Yo quisiera saber—prosiguió—si ustedes podrían llegar á un acuerdo para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría yo.
—Nosotros somos anarquistas—dijo el Libertario—, y cada uno de nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual sociedad.
Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.
—Pero eso es muy vago—dijo con cierto aire displicente un joven acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.
—¿Vago? Yo no veo la vaguedad—replicó con rudeza el Libertario—. Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado, la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.
—Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes—indicó el gomoso, y añadió dirigiéndose al anfitrión—; porque hay el nihilismo filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...
—Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro—dijo sonriendo el Libertario.
—¿Un sentimiento puramente de destrucción?
—Eso es, puramente de destrucción.
—Yo estoy con estos señores—saltó un joven de barba y anteojos, de aspecto ensimismado y hablar meloso—; creo que hay que destruir mucho, disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.
—Hay que construir—interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.
—¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para resistir todas las ideas, aun las más disolventes?
—Había que discutir eso.
—Discutir, ¿para qué?—repuso el de las barbas—. Es una convicción que yo tengo y de la que usted no participa.
—¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.
—Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes á inmovilizarlas.
—Las ideas están ya transformadas—replicó el gomoso.
—Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal verdadero en toda España.
—¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que usted desea?
—El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta, porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena, ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted—dijo al oficial—que mata en la guerra.
—Yo—saltó el oficial—hago una diferencia entre el militar y el guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.
—Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de los funcionarios, yo creo que se hunde—siguió diciendo el de las barbas.
—¡Bah!
—Es mi opinión—y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy ensimismado.
—Yo—dijo el oficial á Juan—encuentro muy simpáticas las ideas de ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.
—No—repuso Juan—; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á exterminarse unos á otros.
—Yo lo que quisiera saber—dijo el joven sociólogo—, quiénes son los que van á hacer esa revolución.
—¿Quiénes?—contestó el Libertario—, los desarrapados, los que viven mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y la revolución estaba hecha.
—Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir—exclamó el oficial—; pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el ejército.
El oficial explicó su plan. Era un hombre atezado, flaco, con un perfil de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y anarquista.
El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie. Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías: arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la anarquía le parecía despreciable.
—Yo estaría con ustedes—dijo el joven sociólogo—, siempre que ustedes se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista, sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y brutalidades.
—Ustedes los sociólogos, los ateneístas—murmuró el de las barbas con sorna—, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver si el año pasado se murieron más ó menos.
—¿Nos vamos á poner á llorar?
—No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca. Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el sentimiento anarquista que hay en el ambiente; el sabio no; toma la idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el mío!»
—Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía es un sistema científico.
—Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de los exaltados.
—Seguramente no nos entendemos—dijo Juan—, ¡vámonos!
—No; no nos podemos entender—replicó incomodado el sociólogo—. Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.
—Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.
—Yo también lo soy.
—Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos; queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover esto.
—Pero eso no es un programa claro.
—¡Programa claro! ¿Para qué?—exclamó el Libertario—. ¿Para no realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución; luego ya veremos lo que sale.
—No estamos conformes.
—Bueno. ¡Vámonos!—dijo Juan.
Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su amigo.
El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.
Salieron los cuatro á la calle.
—Abrígate—le dijo Manuel á Juan.
—Quia, no hace frío.
La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida amplia y hermosa.
—¡Qué imbéciles son!—dijo Prats.
—No; que no se quieren comprometer—replicó el Libertario—. Es natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos los españoles.
—Sí; desgraciadamente es verdad—pensaba Manuel.
—Estas tentativas de unión fracasan siempre—dijo Prats—. Sólo en Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los anarquistas.
—Sí, es verdad—repuso el Libertario—; ese elemento radical burgués es el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los químicos, todos esos van preparando la revolución social, como los aristócratas prepararon la revolución política.
Se despidieron.
—Salud, amigos—dijo el Libertario.
—¡Salud!
Manuel y Juan fueron á su casa.
CAPÍTULO VI
Miedos pueriles.—Los hidalgos—El hombre de la Puerta del Sol.—El enigma Passalacqua.
Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores, algunos extraordinariamente cómicos y grotescos.
A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el miedo de los republicanos por los jesuítas; el miedo de los anarquistas por los polizontes y el de los polizontes por los anarquistas.
El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que esa otra clase de miedos.
Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuítas son unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y escriben versos detestables y se las echan de sabios y confunden un microscopio con un barómetro.
Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un papa rojo, y un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas.
Para el republicano, el jesuíta es un diplomático maquiavélico, un sabio, un pozo de ciencia y de maldad.
Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio, que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el club, y que está siempre en acecho.
Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible, es el anarquista.
Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.
¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de importancia?
Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados por beatas.
Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los anarquistas no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de su vida.
Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según ellos, un confidente ó un traidor.
Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos cuantos.
Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros por si llegaban anarquistas con fines siniestros.
Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.
Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en la Puerta del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía.
Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una sonrisa suntuosa y un bastón.
Era un desarrapado que se las echaba de marqués.
—No me gustan los términos medios, ¿está usted?—decía—, ó voy hecho un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo.
El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de bailarina.
Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué?
Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el 80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos, periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo XVII y XVIII. La tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y gangueros.
Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en campo de azur.
El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol.
Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias, alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos.
—Mañana se subleva la guarnición de Madrid—decía con gran misterio—. Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación del Mediodía con los de los barrios bajos.
Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista, viuda de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á comer á Silvio á diario.
Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro. Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las únicas prendas cambiadas de su amor.
Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía, y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia.
—Hay un complot que explotar—se dijo—. Este complot está incubándose, en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en este caso la cuestión está en organizarlo.
Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó en la taberna de Chaparro.
Habló con Juan.
—Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal.
Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte en el complot.
Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el Libertario.
—Te venía á buscar—le dijo éste.
—¿Pues qué hay?
—Vigila á Juan. Es muy cándido y lo van á meter en algún lío. Me da en la nariz que hay algún manejo de la policía. Ahí por la taberna se han descolgado tipos que me escaman. Ahora un descubrimiento de un complot vendría al gobierno de perillas.
—¿Y qué dicen que van á hacer?
—Dicen que van á matar al rey. Es una añagaza burda. Figúrate tú, á los anarquistas qué nos importa que el rey viva ó que no viva, que mande Sagasta ó cualquier mamarracho de los republicanos.
La Salvadora y Manuel, ya sobre aviso, vigilaron á Juan.
Un día Juan recibió una carta que leyó con gran interés.
—Es un amigo de París—dijo—que aprovechándose de los trenes baratos quiere ver Madrid.
—Un amigo; ¿no será algún anarquista?—dijo la Salvadora alarmada.
—No. ¡Quiá!
Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la imprenta.
A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar, Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal vestido.
—Es mi amigo Passalacqua—dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la imprenta—; le he conocido en París.
Manuel contempló con atención al amigo.
Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón. Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló únicamente con Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía y de ferocidad.
Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría en el suelo, que estaba acostumbrado.
—Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús—dijo Juan á la Ignacia y á la Salvadora—. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado.
—Ya está la cama—dijo la Salvadora.
El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia.
—¿Tiene llave este cuarto?—preguntó.
—No.
Dejó su maleta con gran cuidado sobre la silla.
—Está bien—añadió—. Mañana al amanecer quisiera que se me llamara.
—Se le llamará.
—Buona sera.
—Malas trazas tiene el pájaro—dijo Manuel á su hermano.
—Quia, es una excelente persona—replicó éste.
—¿Por qué no vas á la cama?—preguntó la Salvadora á Juan.
—¡Qué ganas tiene de enviarte á la cama hoy la Salvadora!—dijo torpemente Manuel.
Ella le lanzó una mirada y Manuel comprendió que se trataba de algo extraño y se calló. Juan estaba muy pensativo; por más esfuerzos que hacía se le notaba una honda preocupación. Entró en el cuarto y estuvo paseándose largo rato.
—¿Qué pasa?—preguntó Manuel cuando se quedaron solos.
La Salvadora puso un dedo en los labios.
—Aguarda—murmuró.
Esperaron largo rato.
Juan apagó la luz en su cuarto; entonces la Salvadora en voz baja dijo á Manuel:
—Ese hombre trae algo en la maleta; quizás una bomba.
—¡Eh!
—Sí.
—¿Por qué supones eso?
—Tengo indicios para creerlo. Es más, estoy segura.
—Pero bueno, ¿qué has visto?
—He visto que cuando ha dejado la maleta lo ha hecho con un gran cuidado; luego, al venir con Juan, he visto que por la calle, detrás de ellos, iban siguiéndoles dos hombres; además ya ves cómo está Juan... preocupado...
—Sí, es verdad.
—Sí, creo que sí.
—¿Y qué hacemos?
—Hay que coger esa maleta—dijo Manuel.
—Iré yo—exclamó la Salvadora.
—¿Y si se despierta?
—No se despertará. Viene muy cansado.
Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio. Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta del hombre que dormía.
—Yo sé dónde ha dejado la maleta—dijo la Salvadora—; á tientas estoy segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el desván y salió al instante con la maleta en la mano.
Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un cuchillo y, forcejeando, la descerrajó.
Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible. Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una asa de cuerdas.
—¿Qué hacemos con esto?—se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á tocarlo.
—¿Por qué no llamas á Perico?—dijo la Salvadora.
Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba.
—Vamos á ver eso—dijo Perico al oir la relación de Manuel—. Subieron los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato.
—¡Ah, ya comprendo lo que es!—dijo Perico—. Esto—y señaló un tubito de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un líquido amarillento—debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas ya no lo podríais contar.
La Salvadora y Manuel se estremecieron.
—¿Y qué hacemos?—preguntaron los dos.
—Hay que romper el tubo. ¡Animo! Y salga lo que saliere. Perico apretó el tubito con un alicate y lo hizo saltar.
—Ahora ya no hay cuidado. Vamos abajo.
Cogió el electricista la caja, y seguido de Manuel bajó la escalera. En el taller cortaron los alambres que reforzaban el aparato, y con un destornillador Perico soltó una tapadera sujeta á tuerca. Hecho esto, volcó la lata y salió una gran cantidad de polvo rojizo, que recogieron en un periódico. Había un par de kilos.
—¿Esto será dinamita?—preguntó Manuel.
—Debe serlo.
—¿Y qué hacemos con ella?
—Echala en la pila de la fuente con cuidado, y abre el grifo. Se irá marchando poco á poco.
Hizo esto Manuel, y dejó la llave de la fuente abierta.
—Aquí queda algo dentro—murmuró Perico—. Metió la punta de una tijera en la lata y la fué abriendo.
Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas.
Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del patio.
Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en medio de todos ellos se leía: Germinal. Fueron mirando uno á uno los papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y notas manuscritas. En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba. Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico, y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada.
—Yo voy á quemar todos estos papeles—dijo Manuel.
Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría.
—¿Qué pasa?—dijo en alta voz.
Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido.
—¿Qué hay?—dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado.
—Nada—le contestó la Salvadora—. Perico que ha perdido la llave.
—Registradle á Juan por si acaso—dijo el jorobado—no tenga alguna carta que le comprometa.
—Es verdad—dijo Manuel—. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace unos días ha recibido dos cartas.
Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los papeles.
—Yo creo que ahora podéis estar tranquilos—dijo Rebolledo—. ¡Ah!, una cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga tiempo de advertir nada al otro.
Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero en la guerra había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre infelices.
A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron.
—¿Es usted Manuel Alcázar?
—Servidor de usted.
—Queda usted detenido.
—Está bien.
—Vamos á registrar su casa. ¿Quiere usted darnos permiso para hacerlo, ó quiere que vengamos con auto del juez?
—Lo mismo me da.
—Entonces, haga el favor de decírselo así á su familia.
—Bueno.
Volvieron á la casa.
—Ah, yo exijo una cosa—dijo Manuel al entrar en el portal.
-¿Qué?
—Que asistan dos vecinos al registro.
—Está bien.
Manuel, con un agente, fué al Juzgado de guardia é inmediatamente le llevaron á presencia del juez.
—Tengo entendido—le dijo el juez—que es usted un anarquista peligroso.
—¿Yo?, no señor, no soy anarquista.
—Entonces, el agitador es un hermano de usted.
—Mi hermano es anarquista, pero no de acción.
—Su hermano es escultor, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas ideas!
—Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para eso. El ha estudiado y ha visto más que yo.
—Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo recibió su hermano las cartas de Passalacqua?
—¿Qué cartas?—preguntó cándidamente Manuel.
—¿No ha recibido su hermano de usted unas cartas?
—No sé; no le puedo decir á usted, porque yo paso muy poco tiempo en casa.
—¿Usted vió ayer al forastero que su hermano Juan ha hospedado en su casa?
—Sí, señor.
—¿Sabe usted cómo se llama?
—Mi hermano dijo que era un italiano que iba á pasar la noche.
—¿Llevaba ese italiano una maleta pesada?
—No sé; yo no lo vi. Cuando llegué de la imprenta estaba cenando. Las mujeres de casa le hicieron la cama en el desván y yo no me enteré de más.
—Bueno. Espere usted un instante.
Al cabo de poco tiempo le dijeron que podía marcharse.
Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no había bombas ni cuchillo, ni folletos.
Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de Juan.
Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á Juan le habían dejado libre.
Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía.
Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no anarquista de acción y que venía á España á buscar trabajo.
Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría inmediatamente su expulsión.
Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan.
—¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan estúpido?—le preguntó.
—Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por ella.
—Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso?
—¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de esta sociedad podrida.
—En nombre del bienestar de todos, ¿eh?
—Tú lo has dicho—contestó Juan.
—Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven.
—Es necesario—replicó Juan con voz sombría.
—¡Ah! ¡es necesario!
—Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar carne sana.
—Y tú, libertario—repuso Manuel—tú que crees que el derecho de vivir de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas...
—Y harías bien—murmuró Juan—. Por los niños, por las mujeres, por los débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente la llaga social.
Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta de nuestros miserables días.
Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras que ahogaría á los ricos; la venganza justa contra las clases directoras que hacían del Estado una policía para salvar sus intereses obtenidos por el robo y la explotación, que hacían del Estado un medio de calmar á tiros el hambre de los desamparados...
Aquella mayor parte de la humanidad que agonizaba en el infierno de la miseria se rebelaría é impondría la piedad por la fuerza, é impediría que se siguieran cometiendo tantas infamias, tantas iniquidades. Y para esto, para excitar á la rebelión á las masas, todos los procedimientos eran buenos, la bomba, el incendio, el regicidio...
¡Qué se podía contestar á un fanatismo así!
No había argumentos posibles; pero Manuel, cuando vió á Juan ya más tranquilo, le atacó de soslayo.
—Por lo menos—dijo—ya que estás dispuesto á un sacrificio tan grande, entérate primero de si no te engañan. Este Passalacqua era de la policía.
—¿Crees tú?
—Sí. Estoy seguro. ¿Quién viaja con un montón de papeles comprometedores, con un cuchillo grande con el mango lleno de nombres de anarquistas?
—Eso no tiene nada de particular.
—Pues bien, yo te digo que Passalacqua es de la policía, que sabía que iban á venir á registrar esta casa, y que si sigues fiándote así de cualquiera no te sacrificarás por la anarquía, sino que harás el caldo gordo al gobierno. Tú no le conocías antes á Passalacqua, ¿verdad?
—No.
—¿Cómo te relacionaste con él?
—Hace una semana recibí una carta de Passalacqua, de Barcelona; me decía que venía por un asunto urgente y si yo tenía un sitio seguro donde acogerle. Le contesté que sí, y entonces me escribió que el día I.º del mes llegaría, que tenía la intención de poner una bomba al paso de la comitiva en las fiestas de la Coronación, y que le reconocería por estas señas: joven, afeitado, con boína, con una maleta amarilla en la mano derecha y un paraguas negro en la izquierda. Al verle, debía preguntarle: ¿Este es el tren de Barcelona? Y el me contestaría: Yo no sé, señor; no entiendo bien el castellano. Efectivamente, así lo hice; bajé á la estación del Mediodía y me encontré con el italiano. Tomamos un coche. Passalacqua me indicó lo que trataba de hacer y que llevaba la bomba en la maleta. Iba yo á llevarle á mi antigua casa de huéspedes, cuando me dijo:—Soy indocumentado. Quizás no me quieran admitir aquí.
—Ves—saltó Manuel—, tenía interés en venir á tu casa.
—Yo le dije que sí, que le admitirían; pero él se empeñó en que estaría más seguro en mi casa. Yo no hubiera querido comprometeros á vosotros; pero lo traje aquí. Al irme á la cama pensaba: Si viene la policía, nos revienta. Cuando me han despertado, he dicho: Aquí está, y la verdad, al resultar que no había nada, ni bomba ni papeles, me he quedado asombrado. ¿Cómo habéis podido saber que iban á registrar la casa?
—La Salvadora lo sospechó; después yo tengo indicios para creer que Passalacqua es de la policía.
Manuel insistió en este punto para ver si llevaba la duda y la desconfianza al ánimo de su hermano.