La vida de Manuel.—Las tertulias del enano.—El señor Canuto y su fraseología.
Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida. El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones. Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella.
La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana; pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él. Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia.
Pactaron que ella daría una parte á la Ignacia para la comida de su hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde trabajaba Manuel.
Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fué la depositaria del dinero y la Ignacia la que llevaba el peso de la casa y hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.
Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la Salvadora y la Fea habían puesto entre las dos una tienda de confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba todas las mañanas á la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa. Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de bordado y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y al cabo de los cuatro ó cinco meses iban por la tarde cerca de veinte chiquillas con sus bastidores á aprender á bordar.
Este trabajo de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche en casa, y la falta de sueño, tenían á la muchacha flaca y con grandes ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiese podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.
Tenía la nariz corta, los ojos obscuros grandes, el perfil recto y la barbilla algo saliente, lo que le daba un aspecto de dominio y de tesón. Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le ocultaba la frente, y esto contribuía á darle un aire más imperioso.
Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y sonreía variaba por encanto.
Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez, que despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero á veces sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un cuchillo.
Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la ironía y la gracia, otras como un sufrimiento lánguido, contenido, producía á la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas, palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y un gatito rojo, que se llamaba Roch.
Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la calle Ancha y esperaba á la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos, hablando, bromeando, casi todas muy peripuestas y bien peinadas; la mayoría finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos maliciosos, obscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón y sin nada en la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer la Salvadora, en invierno de mantón, en verano con su traje claro, la mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba del grupo de sus amigas y se acercaba á Manuel, y los dos juntos marchaban calle arriba hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin cambiar una palabra.
A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse á su lado y notar las miradas maliciosas de las amigas.
A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había aprendido tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á discutir con él para no demostrar su ignorancia.
El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban de orgullo y de júbilo.
Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller.
—¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!—murmuraba melancólicamente.
Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian habilidad y paciencia.
—Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no sabéis hacer nada.
Perico le dejaba hacer.
El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz eléctrica marcara al revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido tremendo.
Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela; Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la Ignacia ó dejaba volar su imaginación.
En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada.
Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa corta entre los dientes.
—¡Fresco, fresco!—decía, frotándose las manos—. Buenas noches á todos.
—Hola, señor Canuto—contestaban los demás.
—Siéntese usted—le indicaba el jorobado.
Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.
Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían maliciosamente.
—¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto?
—Nada, murmuraciones, nada—replicaba él—. Cuchichí, cuchichá... cuchichear.
Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la carcajada.
El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo, que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.
Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo había transformado para su uso particular.
Cuando murmuraba por lo bajo:
—¡Teorías, alegorías, chapucerías!—era que lo que le contaban le parecía era una cosa desdichada y absurda.
En cambio cuando aseguraba:
—Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho.
Ahora, cuando llegaba á decir:
—Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va coayugando, era que para él no se podía hacer mejor una cosa.
Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el coci...mento y el burg...ante en vez del burgués.
El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:
—Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.
En general, estas tertulias se suspendían el verano para tomar el fresco.
Algunas noches de Julio y de Agosto iban al bulevar de la calle de Carranza, y allí refrescaban con horchata ó limón helado, y para las once ú once y media estaban en casa.
Verano é invierno, la vida de las dos familias transcurría tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también sin grandes dolores.
CAPÍTULO III
Los dos hermanos.—Juan charla.—Recuerdos de hambre y de bohemia.
Manuel subió las escaleras con su hermano, abrió la casa, y pasaron al comedor. Manuel estaba completamente azorado; la llegada de Juan le perturbaba por completo. ¿A qué vendría?
—Tienes una bonita casa—dijo Juan, contemplando el cuartito limpio con la mesa redonda en medio y el aparador lleno de botellas.
—Sí.
—¿Y la hermana?
—Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia!—llamó desde la puerta.
Entró la Ignacia, que recibió á su hermano más sorprendida que satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla.
—¿Y este perro, de dónde ha venido?—preguntó alborotada la mujer.
Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa.
—Es una amiga que vive con nosotros como una hermana—murmuró Manuel.
Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó á la Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso á jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron, como si fueran á echar sangre, y balbuceando un pretexto, salió del cuarto.
—¿Y qué has hecho? ¿qué ha sido de tu vida?—preguntó maquinalmente Manuel.
Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía, preocupado por la turbación de la Salvadora.
Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo.
Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodín y de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas; quería producir ese arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha modernizado la escultura en las manos de un genio francés y de un gran artista belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y majestuosa de la antigüedad, quería calentarlo con la pasión, soñaba con hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una cosa mezquina para unos pocos.
En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba á sus hermanos en un lenguaje desconocido para ellos.
—¿Tienes ya casa?—le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de hablar.
—Sí.
—¿No quieres cenar con nosotros?
—No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es?
—Las seis.
—Ah, entonces me tengo que marchar.
—Y, oye, ¿cómo has llegado á encontrarme?
—Por una casualidad; hablando con un escultor compañero mío que se llama Alex.
—Sí lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo?
—No, ese no lo sabía; ese me dirigió á un inglés que se llama Roberto, y éste sabía donde estabas de cajista. Por cierto me encargó que fueras á verle.
—¿En dónde vive?
—Pues iré á verle. ¡Qué! ¿te vas ya?
—Sí, mañana vendré.
Se fué Juan, y la Ignacia, la Salvadora y Manuel hicieron largos comentarios acerca de él. La Ignacia era la que más escamada estaba con la llegada; suponía si trataría de vivir á su costa; la Salvadora lo encontraba simpático; Manuel no decía nada.
—La verdad es que viene hecho un tipo raro—pensó—; en fin, ya veremos qué le trae por aquí.
Al día siguiente, al llegar Manuel á casa, se encontró con su hermano, que charlaba en el comedor con la Ignacia y la Salvadora.
—¡Hola! ¿Te quedas á cenar?
—Sí.
—A ver si ponéis alguna cosa más—dijo Manuel á la Ignacia—. Este estará acostumbrado á comer bien.
—¡Quia!
Manuel notó que en poco tiempo Juan había logrado hacerse agradable á las dos mujeres; el hermano de la Salvadora hablaba con él como si le hubiese conocido toda su vida.
Encendieron la luz, pusieron la mesa y se sentaron á cenar.
—¡Qué agradable es este cuarto!—dijo Juan—. Se ve que vivís bien.
—Sí—contestó Manuel con cierta indiferencía—, no estamos mal.
—Este—replicó la Ignacia—nunca te dirá que está bien. Todo lo de fuera de casa le parece mejor. ¡Ay, Dios bendito! ¡Qué mundo tan desengañado!
—Qué desengañado ni qué nada—replicó Manuel—, yo no he dicho eso.
—Lo dices á cada paso—añadió la Salvadora.
—Bueno. ¡Qué opinión tienen de uno las mujeres! Aprende aquí, Juan. No vivas nunca con ninguna mujer.
—Con ninguna mujer decente, quiere decir—interrumpió la Salvadora con amable ironía—; si es con una golfa, sí. Esas tienen muy buen corazón, según dice éste.
—Y es verdad—repuso Manuel.
—Ya se desengañará—exclamó la Ignacia.
—No le haga usted caso—murmuró la Salvadora—; habla por hablar.
Manuel se echó á reir de tan buena gana, que los demás rieron con él.
—Tengo que hacer un busto de usted—dijo de pronto el escultor á la Salvadora.
—¿De mí?
—Sí, la cara solamente; no se alarme usted. Cuando tenga usted tiempo de sobra, lo empezaremos. Si lo concluyera en este mes, lo llevaría á la Exposición.
—¿Pues qué, tiene mi cara algo de particular?
—Nada—dijo Manuel burlonamente.
—Ya, ya lo sé.
—Sí tiene de particular, sí, mucho. Ahora que será muy difícil coger la expresión.
—Sí que será difícil, sí—dijo Manuel.
—¿Por qué?—preguntó la Salvadora algo ruborizada.
—Porque tienes una cara especial. No eres como nosotros, por ejemplo, que siempre somos guapos, elegantes, distinguidos...; tú no, un día estás fea y desencajada y flaca, y otro día de buen color, y casi casi hasta guapa.
—¡Qué tonto eres, hijo!
—¿Será muy nerviosa?—preguntó Juan.
—No—replicó la Ignacia—; es que trabaja como una burra, y así se va á poner mala; ya lo ha dicho el señor Canuto. Una enfermedad viene con cualquier cosa...
—¡Vaya una autoridad!—dijo riéndose la Salvadora—. ¡Un veterinario! A ese le debía usted hacer el retrato. Ese sí que tiene la cara rara.
—No, no me interesan los veterinarios. Pero de veras, ¿no tiene usted al día una hora libre para servirme de modelo?
—Sí—dijo Manuel—; ¡ya lo creo!
—¿Y hay que estarse quieta, quieta? Porque no lo voy aguantar.
—No, podrá usted hablar, y descansará usted cuando quiera.
—¿Y de qué va usted á hacer el retrato?
—Primero de barro, y luego lo sacaré en yeso ó en mármol.
—Nada, mañana se empieza—dijo Manuel—. Está dicho.
Estaban en el postre cuando llamaron á la puerta, y entraron en el comedor los dos Rebolledos y el señor Canuto. Manuel los presentó á Juan, y mientras tomaban café, charlaron. Juan, á instancia del barbero, contó las novedades que había visto en París, en Bruselas y en Londres.
Perico le hizo algunas preguntas relacionadas con cuestiones de electricidad; Rebolledo el padre y el señor Canuto escuchaban atentos, tratando de grabar bien en la memoria lo que oían.
—Sí, en esos pueblos se debe poder vivir—dijo el señor Canuto.
—Cuesta trabajo llegar—contestó Juan—; pero el que tiene talento, sube. Allí la sociedad no desperdicia la inteligencia de nadie; hay mucha escuela libre...
—Ahí está. Eso es lo que no se hace aquí—dijo Rebolledo—. Yo creo que si hubiera tenido sitio donde aprender, hubiera llegado á ser un buen mecánico, como el señor Canuto hubiera sido un buen médico.
—Yo, no—dijo el viejo.
—Usted, sí.
—Hombre, hace algún tiempo, quizás. Cuando vine aquí y puse mi máquina en movimiento, no sé si por la primera expansión de los gases, fuí encaramándome, encaramándome poco á poco, eso es; pero luego vino el desplome. Y yo no sé si ahora mi cerebro se ha convertido en un caracol ó en un cangrejo, porque voy en mi vida reculando y reculando. Eso es.
Este extraño discurso fué acompañado de ademanes igualmente extraños, y no dejó de producir cierta estupefacción en Juan.
—¿Pero por qué no habla usted como todo el mundo, señor Canuto?—le preguntó, burlonamente, la Salvadora por lo bajo.
—Si tuviera veinte—y el viejo guiñó un ojo con malicia—ya te gustaría mi parafraseo, ya. Te conozco, Salvadorita. Ya sabes lo que yo digo. Cuchichí, cuchichá... cuchichear.
Se echaron todos á reir.
—¿Y cómo llegó usted á París?—preguntó Perico—. En seguida que se escapó usted del seminario, ¿fué usted allá?
—No, ¡quia! Pasé las de Caín antes.
—Cuenta, cuenta eso—dijo Manuel.
—Pues nada. Anduve cerca de un mes de pueblo en pueblo, hasta que en Tarazona entré á formar parte de una compañía de cómicos de la legua, constituída por los individuos de una sola familia. El director y primer actor se llamaba don Teófilo García; su hermano, el galán joven, Maximiano García, y el padre de los dos, que era el barba, don Símaco García. Allí todos eran Garcías. Era esta familia la más ordenada, económica y burguesa que uno puede imaginarse. La característica, doña Celsa, que era la mujer de don Símaco, repasaba los papeles mientras guisaba; Teófilo tenía una comisión de corbatas y de botones; don Símaco vendía libros; Maximiano ganaba algunas pesetas jugando al billar, y las muchachas, que eran cuatro, Teodolinda, Berenguela, Mencía y Sol, las cuatro á cual más feas, se dedicaban á hacer encaje de bolillos. Yo entré como apuntador, y recorrimos muchos pueblos de Aragón y de Cataluña. Una noche, en Reus, habíamos hecho La cruz del matrimonio, y al terminar la función, fuímos Maximiamo y yo al Casino. Mientras él jugaba, á mi lado vi á un chico que estaba haciendo un retrato, al lápiz, de un señor. Me puse yo también á hacer lo mismo en la parte de atrás de un prospecto.
Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dió un duro; después, se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. «Está bien eso», dijo. ¿Has aprendido á dibujar?» No. «Pues lo haces bien. ¡Ya lo creo!» Hablamos; me dijo que andaba á pie por los pueblos haciendo retratos, y que se marchaba á Barcelona. Yo le conté mi vida, nos hicimos amigos, y al final de la conversación, me dice: «¿Por qué no vienes conmigo?» Nada; dejé los cómicos y me fuí con él.
Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba.
Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar; en otros marchamos muy bien. A mitad del camino, ó cosa así, en un pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del brazo. Era italiano. «¿Son ustedes artistas?» nos dijo. «Sí», contestó mi compañero. «¿Pintores?» Sí, señor; pintores. «¡Oh, magnífico! Me han salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos cuadros de la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar; les estoy entreteniendo al cura y al alcalde, diciendo que necesito pinturas especiales traídas de París. Si quieren ustedes emprender la obra, nos repartiremos las ganancias.»
Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada. Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración de uno de los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero, al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano, porque éste quería la mitad y mi amigo no le dió ni la tercera parte. El italiano pareció conformarse; pero al día siguiente, por lo que nos enteramos después, fué á ver al alcalde y le dijo: «Necesito ir á Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero». El alcalde le creyó, y le dió los cincuenta duros de la otra restauración por anticipado.
No le vimos al italiano en todo el día, y por la noche vamos á la tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el alcalde: «¿De modo que el italiano ha tenido que ir á Barcelona, eh?» Yo iba á decir que no; pero mi amigó me dió con el pie, y me callé. Al salir de la botica, el compañero me dijo: «El italiano se ha llevado los cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos rompen algo; vámonos ahora mismo.»
Echamos á andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos á Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con estos diez duros, alquilamos una guardilla por treinta reales al mes, compramos dos colchones usados, un par de botas para cada uno, y todavía nos sobró dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al hombro entre los dos, desde el Mercado hasta la guardilla.
Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio y se marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo, me empezaron á comprar dibujos y empecé á modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuítas en la Exposición, y las vendí, y cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que tuve, fué para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y me fuí á París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y al mismo tiempo aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo Los rebeldes, se ocuparon algo de mí los periódicos de París, y ahora ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Esa ha sido mi vida.
—Pues es usted un hombre—dijo el señor Canuto, levantándose—, y verdaderamente, me honro dándole á usted la mano. Eso es.
—Templado es el chico—dijo Rebolledo.
Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse.
—¿Vienes á dar una vuelta?—dijo Juan á su hermano.
—No, Manuel no sale de noche—repuso la Ignacia.
—Como se tiene que levantar temprano...—añadió la Salvadora.
—¿Ves?—exclamó Manuel—. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo á que me dé un aire. Por el jornalito.
—¿A qué hora vendré á empezar el busto?—preguntó Juan.
—¿A las cinco?
—Bueno; á las cinco estaré aquí.
Salieron de casa los Rebolledos, el señor Canuto y Juan, y en la puerta se despidieron.
CAPÍTULO IV
El busto de la Salvadora.—Las impresiones de Kis.—Malas noticias.—La Violeta.—No todo es triste en la vida.
El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fué, durante un mes, el acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y relampagueantes.
Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres.
—Ahora está bien—decía el señor Canuto.
—No; ayer estaba mejor—replicaba Rebolledo.
Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella y se acurrucaba á sus pies.
—Este perro está entusiasmado con usted—le dijo Juan.
—Quédese usted con él.
—No, no.
—¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.
—Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?
—Kis.
—¿Kis?
—En inglés quiere decir beso.
—¿Es inglés el perro?
—Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien conocí en el Louvre.
—Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted.
—No; está mejor con usted.
Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su nueva morada, se desconocen.
Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más largas que las de delante.
Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch, que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de la Salvadora, donde parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo rum-rum.
Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido, cerraba los ojos y se dormía.
En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas, con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.
Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán.
Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa, ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos redondos, parpadeando.
Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía preocupaciones, á pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó al momento con ellos.
Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.
—Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?—preguntó Juan mientras modelaba el barro con los dedos.
—Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.
—Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.
—Pues no—replicó la Salvadora ruborizada.
—Pero acabarán ustedes casándose.
—No sé.
—Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían.
—Sí. Manuel tiene esas cosas.
—En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro.
—¿Y qué fué de aquel chico?
—Murió el pobrecillo.
Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.
Llegó Manuel de la imprenta.
—Hemos estado hablando de cosas antiguas—le dijo Juan.
—¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?
Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la estatua.
—Chico—murmuró—, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.
—¿Crees tú?—preguntó Juan preocupado.
—Sí.
—En fin, mañana lo veremos.
Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reir mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la Salvadora.
—Es verdad—dijo Juan al día siguiente—; está hecho. ¡Tiene algo esta cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de hablar—añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición.
Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó tampoco muchas ganas.
—A mí no me gusta el teatro—dijo—. Lo paso mejor en casa.
—Pero hombre, de vez en cuando...
—Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le tengo miedo.
—¡Miedo!, ¿por qué?
—Es que yo soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y hago lo que hacen los demás.
—Pues hay que tener energía.
—Sí, eso me dicen todos; pero no la tengo.
Salieron los dos, y fueron á Apolo. No hacía un momento que estaban en el pórtico del teatro, cuando una mujer se acercó á Manuel.
—¡Andala!..., si es Manuel—dijo ella—. ¿Qué es de tu vida?
—Estoy trabajando.
—¿Pero vives en Madrid?
—Sí.
—Pues hace una barbaridad de tiempo que no te veo, chico.
—No vengo por estos barrios.
—¿Y á la Justa, no la ves?
—No. ¿Qué hace?
—Está en la misma casa.
—¿En qué casa?
—¡Ah!, ¿pero no sabes?
—No.
—¿No sabes que está en una casa de esas?
—No sabía nada. Desde lo de Vidal, no la he vuelto á ver. ¿Cómo está?
—Hecha una jamonaza. Se da al aguardiente.
—¿Sí, eh?
—Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y engordar.
—Pues tú estás igual que antes.
—Más vieja.
—¿Y qué haces?
—Na, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque apabullado!, yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en una casa de esas hay que apencar con todo.
—¿Y la Aragonesa?
—¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un señor rico.
—¿Y Marcos, el cojo?
—En la cárcel; ¿no te enteraste?
—No. ¿Qué pasó?
—Pues nada, que fué al Círculo un militar, que está más loco que una cabra, y se llevó todo el dinero que había en la casa. Entonces Marcos y otro matón, lo esperaron en la escalera, pero el militar echó á correr y no le cogieron. Al día siguiente, el militar, que está guillao, se presentó en el Círculo, tomó café, y le dijo al mozo: «Dígales usted á los dos matones de esta casa que vengan aquí, que tengo que darles á cada uno un encargo.» Fueron el cojo y el otro, y el militar empezó á bofetadas con ellos, y se armó una de tiros que todos fueron á la cárcel.
—¿Y al Maestro? ¿Le conocías tú?
—Sí; aquel se largó hace tiempo; no se sabe dónde está.
—¿Y la Coronela?
—Esa tiene una academia de baile.
La gente comenzaba á salir de la función, y los que iban á entrar se estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa de público iba avanzando, cuando la Flora preguntó:
—¿Te acuerdas de la Violeta?
—¿De qué Violeta?
—Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la Visitación.
—¿Una que hablaba francés?
—Esa.
—¿Qué le ha pasado?
—Que le dió un paralís y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida.
—Bueno.
Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba. Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga. Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano.
Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta.
—Una caridad. Estoy enferma, señorito;—tartamudeó ella con una voz como un balido.
Manuel le dió diez céntimos.
—¿Pero no tiene usted casa?—la preguntó.
—No; duermo en la calle—contestó ella en tono quejumbroso.—Y esos brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle.
—Pero ¿por qué no va usted á algún asilo?
—Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay mucha caridad, sí, señor.
Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer abultada y bigotuda.
—¿Y cómo se ha quedado usted así?—siguió preguntando Manuel.
—De un enfriamiento.
—No le hagas caso—dijo la bigotuda con voz ronca—; ha tenido un cristalino.
—Y se me han caído todos los dientes—añadió la mendiga mostrando las encías—, y estoy medio ciega.
—Ha sido un cristalino terrible—agregó la bigotuda.
—Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada! No tengo más que treinta y cinco años.
—Es que era muy viciosa además—dijo la mujer bigotuda á Manuel—. ¿Qué, vienes un rato?
—No.
—Yo... yo también he sido de la vida—dijo entonces la Violeta—; y ganaba... ganaba mucho.
Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna.
Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa.
En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de pureza.
—¿Qué habéis visto?—preguntó la Salvadora.
Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había visto en la calle...
CAPÍTULO V
A los placeres de Venus.—Un hostelero poeta.—¡Mátala!—Las mujeres se odian.—Los hombres también.
Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento; había ambiente para su obra.
Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas.
A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios encargos.
Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa.
—Vamos á la Bombilla—dijo Juan—. Eso debe ser muy bonito.
—No, suele haber demasiada gente—replicó Manuel—. Iremos á un merendero del Partidor.
—Donde queráis; yo no conozco ninguno. Salieron de casa, la Ignacia, la Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes, entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros, frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á contemplar los patios á través de la verja.
—¡Qué hermoso es!—dijo Juan.
El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas, formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y misteriosa.
Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y el señor Canuto.
—¿Qué, se va de paseo?—dijo el jorobado.
—Sí, á merendar—contestó Juan—. ¿Si quieren venir con nosotros?
—Hombre... vamos allá.
Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel.
Bajaron el repecho de una colina.
Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo, sobre el cielo de turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres, brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso, las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los altos y espléndidos girasoles.
Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor refulgente de rayos deslumbradores.
—Pero esto es muy bonito—decía Juan á la Salvadora—; todo el mundo me ha dicho que Madrid era muy feo.
—Yo no sé, como no he visto nada—replicó ella sonriendo.
Desde una loma se veían unos merenderos hundidos entre árboles. Se oía rumor de organillos.
—Vamos á meternos en uno de éstos—dijo Juan.
Bajaron hasta llegar frente á un arco con este letrero:
Á LOS PLACERES DE VENUS
(HAY PIANO Y MUCHO MOVIMIENTO)
—No vaya á venir aquí golfería—dijo Manuel á su hermano.
—Quia, hombre.
Entraron, y por una rampa en cuesta entre boscaje, bajaron á un cobertizo de madera, con mesas rústicas, espejos y unas cuantas ventanas con persianas verdes. A un lado, había un mostrador como de taberna; en medio un organillo con ruedas.
No había más que tres ó cuatro mesas ocupadas, y en el mostrador un viejo y varios mozos de café.
—Esto parece una casa de baños—dijo Juan—; parece que por una de esas ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad?
Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban.
—Pues nada; queremos merendar.
—Tendrán ustedes que esperar algo.
—Sí; esperaremos.
En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la mano, y sonriendo dijo:
—Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este documento—y enseñó una lista de los precios—y ande el movimiento.
Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se sonrió y remató su perorata exclamado:
—¡Mátala! ¡Viva la niña!
Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza donde estarían solos.
Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en compartimientos con un corredor á un lado.
Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á bailar.
Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer, cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano.
—Señores—dijo—: Si están ustedes bien en este departamento y sienten desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento!
Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su silla como un conejo, terminó la alocución gritando:
—¡Mátala! ¡Viva la niña!
El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró:
—¿A qué viene este burgante con esas teorías?
—¿Qué teorías?—preguntó Juan algo asombrado.
—Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías... alegorías, chapucerías y nada más. Eso es.
—En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto—advirtió Manuel á Juan por lo bajo.
—Ah... vamos.
Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente.
—Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?—dijo Perico á la hermana de Manuel.
—Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!
—Y usted, ¿no baila?—preguntó Juan á la Salvadora.
—No, casi nunca.
—Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón. Sácala á bailar.
—Si quiere, vamos.
Salieron por el corredor al patio enlosado mientras el organillo tocaba un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano, con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres. Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que bailara con él.
Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado del señor Canuto.
Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos brillantes, y se puso á abanicarse.
—¡Olé ahí las chicas bonitas!—dijo el jorobado—. Así me gusta á mi la Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese usted y vaya tomando apuntes.
—Ya me fijo—contestó Juan.
La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento. Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio.
—Será la que vivió antes con él—pensó la Salvadora, y con indiferencia la estuvo observando.
En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo:
—De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa.
—¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos.
Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la galería á donde estaba Manuel.
—Viene hacia aquí esa pelandusca—dijo la Ignacia.
—Más te vale ver lo que quiere—añadió la Salvadora con ironía.
Manuel se levantó y salió al corredor.
—¿Qué?—exclamó de un modo agresivo—. ¿Qué hay?
—Ná—contestó ella—. ¿Es que no te dejaban esas salir?
—No; es que á mí no me daba la gana.
—¿Quién es esa que está contigo? ¿Tu querida?—y señaló á la Salvadora.
—No.
—¿Tu novia?... Chico, tienes mal gusto. Parece un fideo raido.
—¡Psch! Bueno.
—¿Y ese de los pelos?
—Es mi hermano.
—Es simpático. ¿Es pintor?
—No, es escultor.
—Vamos, artista. Chico, pues me gusta. Preséntame á él.
Manuel la miró y sintió una impresión repelente. La Justa había tomado un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado haciéndose más torpe, el pecho y las caderas estaban abultados, el labio superior lo sombreaba un ligero vello; todo su cuerpo parecía envuelto en grasa y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de burdel, que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia.
—¿Dónde vives?—la pregunto Manuel.
—En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa. ¿Irás?
—No—dijo Manuel secamente, y volviéndole la espalda se acercó á donde estaban los suyos.
—Muy flamenca, guapetona—dijo el jorobado. Manuel se encogió de hombros con indiferencia.
—¿Qué le has dicho?—preguntó Perico—. Se ha quedado paralizada.
El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban; tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de una manera fulminante.
—¿Por qué me mira así esa mujer?—y la Salvadora hizo esta pregunta á Manuel sonriendo.
—¿Qué sé yo?—contestó él con tristeza—. ¿Vámonos?
—Estamos bien aquí, hombre—dijo Juan.
—¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?—preguntó Manuel á la Salvadora.
—¿Nosotras? ¿Por qué?—y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y relampaguearon sus ojos.
Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de las melenas de Juan.
—Vámonos—repitió Manuel.
A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.
—Ahí va uno que se lleva la merienda guardada—dijo uno de los que bailaban al ver al jorobado.
Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre; pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.
—Esto es lo que no pasa en ningún lado—dijo Juan—. Sólo aquí hay este afán de insultar y de molestar á la gente.
—Falta de educación—murmuró el jorobado con indiferencia.
—Y luego no pasa nada—añadió Perico—; porque á uno de estos chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él, alborota mucho y nada.
—Pero es muy desagradable—repuso Juan—eso de no poder ir á ningún lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto—dijo después burlonamente—hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos, verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su juego». «Sí—contesto el inglés—; ese es el espíritu provinciano, propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.»
—Lo partió por el eje—dijo el señor Canuto guiñando un ojo maliciosamente.
—Yo no les hubiera hecho caso—dijo la Salvadora, que no oyó el cuento de Juan.
—Ni yo—añadió la Ignacia—. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!; es una perdición.
—Bueno, bueno; por eso mismo me he querido yo marchar, por evitar una riña—saltó Manuel—; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las lamentaciones.
—Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la culpa—repuso la Salvadora.
Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de Areneros.
Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes de sus farolillos redondos.
Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso, rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se dibujaban en líneas horizontales en el cielo.
—Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?—dijo Juan.
Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro, gris, sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de los faroles se estremecía en el aire polvoriento.
En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra, como un escuadrón de caballos salvajes.
Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga, de incomodidad, de vida sórdida y triste...