Nos acercamos los tres, y por la misma ventana pasamos sin hacer ruido; llegamos, de puntillas, al portal de la antigua escuela, que hacía de vestíbulo del circo, y que era donde estaba la taquilla, y vemos al secretario con una linterna en la mano, registrando la caja. «—¡Alto a la autoridad!»—gritó el gobernador—, y, con el revólver que llevaba en la mano, disparó un tiro al aire. El secretario quedó paralizado mirándonos; el gobernador entonces le apuntó con el arma al pecho y volvió a disparar a boca de jarro; el hombre vaciló, dió una vuelta en el aire y cayó muerto.
El gobernador estaba celoso, y la verdad es que la Rosita le quería al secretario. Yo no he visto en mi vida un dolor tan grande como el de aquella mujer cuando encontró a su amante muerto. Lloraba y se arrastraba dando unos lamentos que partían el alma. Napoleó lloró también.
Enterramos al secretario, y a los cuatro o cinco días del entierro nos comunicó el jefe de policía de la isla que la escuela no podía estar más tiempo haciendo de circo, y que nos fuéramos. Obedecimos la orden, porque no había más remedio, y durante un par de años estuvimos andando por pueblos del centro de América del Yucatán y de Méjico, hasta que en Tampico se deshizo la compañía. Como allá no había medio de trabajar, Pérez y yo nos embarcamos para Nueva Orleáns.
—Hermoso pueblo, ¿eh?—dijo Roberto.
—Hermoso ¿Ha estado usted allí?
—Sí.
—Hombre, ¡cuánto me alegro!
—Qué río, ¿eh?
—¡Un mar! Pues voy a mi historia. La primera vez que trabajamos en la ciudad, señores, ¡qué éxito! El circo era más alto que una iglesia; yo le dije al carpintero: «—Pon el trapecio nuestro lo más alto posible»; y después de hacer esta recomendación me fuí a comer.
En nuestra ausencia llegó al circo el empresario y preguntó: «—¿Es que los gimnastas españoles quieren trabajar a esa altura?» «—Eso han dicho»—le contestó el carpintero. «—Que les avisen que no quiero ser responsable de una barbaridad semejante».
Estábamos Pérez y yo en el hotel, y nos dan el recado de que fuéramos en seguida al circo. «—¿Qué pasará?»—me preguntó mi compañero. «—Ya verás—le dije yo—cómo nos van a exigir que bajemos el trapecio».
Efectivamente; vamos Pérez y yo al circo, y le vemos al empresario. Era eso lo que quería. «—Nada—le dije—aunque venga el mismísimo presidente de la República de los Estados Unidos con su señora madre, no bajo el trapecio ni una pulgada». «—Pues se le obligará a usted». «—Lo veremos.» Llamó el empresario a uno de policía; le enseñé yo a éste el contrato, y me dió la razón: me dijo que mi compañero y yo teníamos el perfecto derecho de rompernos la cabeza...
—¡Qué país!—murmuró irónicamente Roberto.
—Tiene usted razón—dijo en serio don Alonso—. ¡Qué país! ¡Eso es adelanto!
Por la noche, en el circo, antes de debutar, estábamos Pérez y yo oyendo los comentarios del público. «—Pero esos españoles, ¿van a trabajar a esa altura?»—se preguntaba la gente. «—Se van a matar». Nosotros tan tranquilos, sonriendo.
Ibamos a salir a la pista, cuando se nos acerca un señor de sotabarba marinera, sombrero de copa de alas planas y carrick, y gangueando mucho, nos dice que nos podía suceder una desgracia trabajando tan alto, y que, si queríamos, podíamos asegurar la vida, para lo cual no había mas que firmar unos papeles que llevaba en la mano. ¡Cristo! Me quedé muerto; sentí ganas de estrangular al tío aquel.
Temblando y haciendo de tripas corazón salimos Pérez y yo a la pista. Tuvimos que darnos colorete. Llevábamos un traje azul cuajado de estrellas plateadas; una alusión a la bandera del Unichs Steis; saludamos, y arriba por la cuerda.
Al principio, yo creí que me caía; se me iba la cabeza, me zumbaban los oídos; pero con los primeros aplausos se me olvidó todo, y Pérez y yo hicimos los ejercicios más difíciles con una precisión admirable. El publicó aplaudía a rabiar. ¡Qué tiempos!
Y el viejo gimnasta sonrió; luego hizo una mueca de amargura; se le humedecieron los ojos; parpadeó para absorber una lágrima, que escapó al fin y corrió por la mejilla terrosa.
—Soy un tonto; no lo puedo remediar—murmuró don Alonso para explicar su debilidad.
—¿Y siguieron ustedes en Nueva Orleáns?—preguntó Roberto.
—Allí—contestó don Alonso—nos contrató a Pérez y a mí una gran empresa de circos de Niu Yoc, que tenía veinte o treinta compañías andando por toda América. Ibamos en un tren especial todos los gimnastas, bailarinas, equiyeres, acróbatas, pantomimistas, clauns, contorsionistas, Hércules... La mayoría eran italianos y franceses.
—Habría mujeres guapas, ¿eh?—dijo Manuel.
—¡Uf..., así...—contestó don Alonso uniendo sus dedos—. ¡Mujeres con unos músculos!... Era una vida como no hay otra—añadió volviendo a su tema melancólico—. Se tenía dinero, mujeres, trajes... y, sobre todo, la gloria, el aplauso...
Y el gimnasta quedó entusiasmado, mirando fijamente a un punto.
Roberto y Manuel le contemplaban con curiosidad.
—Y a la Rosita, ¿no la volvió usted a ver más?—preguntó Roberto.
—No; me dijeron que se había divorciado de Napoleó para casarse de nuevo en Beustón con un millonario del Oeste. Las mujeres... ¿Quién se fía de ellas?... Pero, señores, son las once. Perdonen ustedes; me tengo que marchar. ¡Muchas gracias! ¡Muchísimas gracias!—murmuró don Alonso apretando con efusión la mano de Roberto y la de Manuel—. Ya nos veremos otra vez ¿verdad?
—Sí; nos veremos—contestó Roberto.
Don Alonso cogió su fonógrafo en la mano y pasó por entre las mesas repitiendo su frase: ¡Novedé! ¡Novedé! Luego, después de saludar nuevamente a Roberto y a Manuel, desapareció.
—Nada, no se averigua nada—murmuró Roberto—. Vaya, adiós; hasta otro día.
Manuel quedó solo, y pensando en las historias de don Alonso y en los misterios de Roberto, se fué al Corralón a acostarse.
CAPÍTULO VII
La «kermesse» de la calle de la Pasión.—El «Lechuguino».—Un café cantante.
La kermesse de la calle de la Pasión fué esperada por Leandro con ansiedad. Otros años había acompañado a la Milagros a la verbena de San Antonio y a las del Prado; bailó con ella, la convidó a buñuelos, la regaló un tiesto de albahaca; aquel verano la familia del Corretor parecía tener empeño decidido de apartar a la Milagros de Leandro. Este se enteró de que su novia y su madre pensaban ir a la kermesse, y se agenció dos billetes, y anunció a Manuel que los dos se presentarían allá.
Efectivamente: fueron una noche de agosto, que hacía un calor horrible; un vaho denso y turbio llenaba las calles de las cercanías del Rastro, adornadas e iluminadas con farolillos a la veneciana.
Se celebraba la fiesta en un solar grande de la calle de la Pasión. Entraron Leandro y Manuel: la música del Hospicio tocaba una habanera. El solar, alumbrado con arcos voltaicos, estaba adornado con cintas, gasas y flores artificiales, que partían como radios de un poste del centro e iban hasta los extremos. Frente a la puerta de entrada había una caseta de tablas, recubierta con percalina roja y amarilla, y una porción de banderas españolas: era la tómbola.
Leandro y Manuel se sentaron en un rincón y esperaron. El corrector y su familia llegaron pasadas las diez; la Milagros estaba muy bonita: vestía traje claro con dibujos azules, pañuelo de crespón negro y zapato blanco. Iba un poco escotada hasta el nacimiento del cuello, terso y redondo.
En aquel momento la banda del Hospicio tocaba a trompetazos el scottish de Los Cocineros, y Leandro, emocionado, invitó a bailar a la Milagros. La muchacha hizo un gestillo de enfado.
—A ver si me manchas el traje nuevo—murmuró, y se puso el pañuelo en la cintura.
—Si bailas con otro también te manchará—contestó Leandro humildemente.
La Milagros no hizo caso: bailaba cogiéndose la falda con una mano, contestando de una manera displicente y por monosílabos.
Concluyó el scottish, y Leandro invitó a la familia a ir al ambigú. A la derecha de la puerta había dos escalinatas adornadas, que conducían a otro solar a un nivel de seis o siete metros más alto del sitio donde se celebraba el baile. En una de las escaleras, llenas de banderas españolas, había un letrero, sostenido por un poste, donde ponía: «Subida al ambigú»; en la otra: «Bajada del ambigú».
Subieron todos la escalera. El ambigú era un sitio espacioso, con árboles, alumbrado por globos eléctricos, que colgaban de gruesos cables. Sentados a las mesas, una multitud abigarrada hablaba a gritos, palmoteaba y reía.
Tuvieron que esperar muchísimo tiempo para que un mozo trajese cerveza; la Milagros pidió un helado, y, como no había, no quiso tomar nada. Estuvo así, sin hablar, considerándose profundamente ofendida, hasta que se encontró con dos muchachas de su taller, se reunió con ellas y se le marchó el enfado al momento. Leandro, a la primera ocasión, abandonó al corrector, se reunió con Manuel y fué a buscar a su novia. En el solar próximo de la entrada, en el sitio del baile, paseaban, dando vueltas, las parejas en los momentos de descanso; las dos amigas de la Milagros y ésta, las tres agarradas del brazo, paseaban muy alegres, seguidas muy de cerca por tres hombres. Uno de ellos era un señorito achulapado, alto, de bigote rubio; el otro, un hombre bajito, de facha ordinaria, con el bigote pintado, la pechera y los dedos llenos de brillantes, y el tercero, un chulapón, con patillas de hacha, mezcla de gitano y tratante en ganados, con las trazas del más abyecto truhán.
Leandro, al notar la maniobra de los tres compadres, se interpuso entre las muchachas y sus galanteadores, y, volviéndose hacia ellos con impertinencia, dijo:
—¿Qué hay?
Los tres se hicieron los distraídos y se rezagaron.
—¿Quiénes son?—preguntó Manuel.
—Uno es el Lechuguino—dijo Leandro en voz alta para que le oyera su novia—, un tío que tiene lo menos cincuenta años y anda por ahí echándoselas de pollo; el bajito, del bigote pintado, es Pepe el Federal, y el otro, Eusebio el Carnicero, un hombre que es dueño de unas cuantas casas de compromiso.
El arranque fanfarrón de Leandro gustó a una de las muchachas, que se volvió a mirar al mozo y sonrió; pero a la Milagros no le hizo gracia ninguna, y, mirando hacia atrás, buscó repetidas veces con la mirada al grupo de los tres hombres.
En esto apareció el que Leandro había designado con el mote de Lechuguino, acompañando al corrector y a su mujer. Las tres muchachas se acercaron a ellos, y el Lechuguino invitó a bailar a la Milagros. Leandro miró a su novia angustiosamente; ella, sin hacerle caso, se puso a bailar. Tocaban el paso doble de El tambor de granaderos. El Lechuguino era un bailarín consumado; llevaba a su pareja como una pluma y le hablaba tan de cerca, que parecía que le estaba besando.
Leandro no sabía qué cara poner, sufría horriblemente; no se decidía a marcharse. Concluyó aquel baile, y el Lechuguino acompañó a Milagros adonde estaba su madre.
—¡Vámonos! ¡Vámonos!—dijo Leandro a Manuel—. Si no, voy a hacer un disparate.
Salieron de allí escapados y entraron en un café cantante de la calle de la Encomienda. Estaba desierto. Dos chiquillas bailaron en un tablado: una vestida de maja, y otra de manolo.
Leandro, pensativo, no hablaba una palabra; Manuel sentía sueño.
—Vamos de aquí—murmuró Leandro, después de breve rato—. Esto está muy triste.
Salieron a la plaza del Progreso; Leandro, siempre cabizbajo y pensativo; Manuel, muerto de sueño.
—En el café de la Marina—dijo Leandro—habrá holgorio.
Más nos vale ir a casa—contestó Manuel.
Leandro, sin atenderle, bajó a la Puerta del Sol; entraron los dos muy silenciosos por la calle de la Montera y volvieron la esquina de la de Jardines. Era más de la una. Al paso las busconas, apostadas en los portales, con sus trajes claros, les detenían, y al ver el aspecto torvo de Leandro y la facha pobre de Manuel, les dejaban pasar, dándoles alguna broma por su seriedad.
A la mitad de la calle, estrecha y obscura, brillaba un farol rojo, que iluminaba la portada sórdida del café de la Marina.
Empujó la puerta Leandro y pasaron adentro. Enfrente, el tablado con cuatro o cinco espejos, relucía lleno de luz; en el local, angosto, la fila de mesas arrinconadas a una y otra pared no dejaban en medio mas que un pasillo.
Se sentaron Leandro y Manuel. Este apoyó la frente en la mano y quedó dormido; Leandro hizo una seña a dos cantaoras, vestidas con trajes vistosos, que hablaban con unas mujeres gordas, y las dos fueron a sentarse a la mesa.
—¿Qué vais a tomar?—las preguntó Leandro.
—Yo alpiste—contestó una de ellas, que era delgadita, nerviosa, con los ojos pequeños y pintados.
—¿Tú cómo te llamas?
—Yo, María la Chivato.
—¿Y ésta?
—La Tarugo.
La Tarugo, que era una malagueña gorda y agitanada, se sentó al lado de Leandro, y se pusieron los dos a hablar bajo.
Se acercó el mozo a la mesa.
—Tráenos cuatro medias de aguardiente—dijo la Chivato—, porque éste beberá—añadió dirigiéndose a Manuel y agarrándole del brazo—. ¡Tú, chaval!
—¡Eh!—exclamó el muchacho, despertándose, sin tener idea de dónde estaba—. ¿Qué quiere usted?
La Chivato se echó a reír.
—¡Despiértate, hombre, que se te va el tren! ¿Has venido en el mixto de esta tarde?
—He venido en la...—y Manuel soltó un rosario de barbaridades.
Luego, de muy malhumor, se puso a mirar a todos lados, haciendo esfuerzos para no dormirse.
En una mesa de al lado, un hombre con trazas de chalán discutía acerca del cante y del baile flamenco con un bizco de cara de asesino.
—Ya no hay artistas—decía el chalán—; antes venía uno aquí a ver al Pinto, al Canito, a los Feos, a las Macarronas... Ahora, ¿qué? Ahora, na; pollos en vinagre.
—Me parece—decía muy serio el bizco.
—Ese es el tocaor—dijo, señalando a este último la Chivato.
No pararon mucho tiempo las dos cantaoras en la mesa de Leandro y Manuel. El bizco estaba ya en el tablado; empezó a puntear la guitarra, se sentaron seis mujeres en fila y comenzaron a palmotear rítmicamente; la Tarugo se levantó de su asiento y se arrancó a bailar de costado, luego zarandeó las caderas de una manera convulsiva; el cantaor comenzó a gargarizar suavemente; a intervalos callaba y no se oía entonces más que el castañeteo de los dedos de la Tarugo y los golpes de sus tacones, que llevaban el contrapunto.
Cuando concluyó la cantaora malagueña, se levantó un gitano de piel achocolatada, y bailó un tango, un danzón de negro; se retorcía, echaba el abdomen para adelante y los brazos atrás. Terminó con movimientos de caderas afeminados y un trenzado complicadísimo de brazos y de piernas.
—Eso es trabajar—dijo el chalán.
—Mira, yo me voy—murmuró Manuel.
—Espera; vamos a tomar otra copa.
—No; me marcho.
-Bueno; vámonos. ¡Es lástima!
En aquel momento un cantaor gordo, con una cerviz poderosa, y el guitarrista bizco de cara de asesino, se adelantaron al público, y mientras el uno rasgueaba la guitarra, poniendo de repente la mano sobre las cuerdas para detener el sonido, el otro, con la cara inyectada, las venas del cuello tensas y los ojos fuera de las órbitas, lanzaba una queja gutural, sin duda muy dificultosa, porque le hacía enrojecer hasta la frente.
CAPÍTULO VIII
Las vacilaciones de Leandro.—En la taberna de la «Blasa».—El de las tres cartas.—Lucha con El «Valencia».
Algunas noches Manuel oía a Leandro en su cuarto que se revolvía en la cama y suspiraba con unos suspiros tan profundos como los mugidos de un toro.
—Las cosas le van mal—pensaba Manuel.
La ruptura entre la Milagros y Leandro era definitiva. El Lechuguino, en cambio, ganaba terreno: había conquistado a la madre de la muchacha, convidaba al corrector y esperaba y acompañaba a la Milagros.
Un día, al anochecer, los vió Manuel a los dos, calle de Embajadores abajo: él iba contoneándose, con la capa terciada; ella, arrebujada en el mantón; el la hablaba y ella se reía.
—¿Qué va a hacer Leandro cuando lo sepa?—preguntó Manuel—. No, pues yo no se lo digo; ya se encargará alguna bruja de la vecindad de darle la noticia.
Efectivamente, así pasó; y antes de un mes nadie ignoraba en la casa que la Milagros era la novia del Lechuguino; que éste había abandonado la vida de juerga y de garito, y pensaba seguir con el negocio de su padre: la venta de materiales para construcciones, y establecerse y hacer la vida de una persona formal.
Mientras que Leandro trabajaba en la zapatería, el Lechuguino solía visitar a la familia del corrector, y hablaba con la Milagros ya con el consentimiento de los padres.
Leandro era o aparentaba ser el único no enterado de las nuevas relaciones de la Milagros. Algunas mañanas, al pasar el mozo por delante de la casa del señor Zurro, para bajar al patio, solía encontrar a la Encarna, y ésta, al verle, le preguntaba con sorna por la Milagros, cuando no solía cantarle un tango, que empezaba diciendo:
y especificando la locura y entrando en detalles, añadía a voz en grito:
Leandro sentía el amargor que se deslizaba hasta el fondo de su alma, y por más que se revolvía para dominar sus instintos, no lograba tranquilizarse. Un sábado por la noche, mientras volvían por la Ronda hacia casa, Leandro se acercó a Manuel.
—¿Tú sabes si la Milagros habla con el Lechuguino?—le preguntó.
-¿Yo?
—¿No has oído decir que se van a casar?
—Sí; eso se ha dicho.
—¿Tú que harías en mi caso?
—Yo... me enteraría.
—¿Y si resultaba verdad?
Manuel se calló. Fueron andando juntos sin hablarse. De pronto Leandro se paró bruscamente, y puso la mano en el hombro de Manuel.
—¿Tú crees—dijo—que si una mujer le engaña a un hombre no tiene uno el derecho de matarla?
—Yo creo que no—contestó Manuel, mirando a Leandro a los ojos.
—Pues cuando un hombre tiene riñones lo hace con derecho o sin él.
—Pero ¡moler! ¿A ti te ha engañado la Milagros? ¿Estabas casado con ella? Habéis reñido, y nada más.
—Yo voy a concluir haciendo una barbaridad. Créelo—murmuró Leandro.
Se callaron los dos. Cruzaron el portal de la Corrala; subieron las escaleras y entraron en casa. Sacaron la cena; pero Leandro no comió, bebió tres vasos de agua seguidos y salió a la galería.
Iba a salir Manuel después de cenar, cuando oyó que Leandro le llamaba repetidas veces.
—¿Qué quieres?
—Anda, vamos.
Manuel salió al balcón corrido; la Milagros y su madre, desde la puerta de su casa, insultaban a Leandro violentamente.
—¡Golfo! ¡Granuja!—decía la mujer del corrector—. Si estuviera aquí su padre no hablarías de ese modo.
—Y si estuviera su abuelo lo mismo—exclamó Leandro, riéndose de un modo salvaje—. Anda, vámonos, tú—añadió dirigiéndose a Manuel—. Ya está uno harto de estas zorras.
Salieron los dos de la galería, y después del Corralón.
—Pero, ¿qué ha pasado?—preguntó Manuel.
—Nada, que esto se ha concluído—contestó Leandro—. La he dicho de buena manera: Oye, Milagros, ¿es verdad que te vas a casar con el Lechuguino? «Sí, es verdad, ¿te importa algo?» «Sí, la he contestado, porque ya sabes que yo te quiero. ¿Es porque es más rico que yo?» «Aunque fuera más pobre que una rata me casaba con él». «¡Bah!» «¿Es que no lo crees?» «Bueno». Al último me ha indignado, y la he dicho que me daba lo mismo que se casara con un perro, y que era una tía zorra indecente... Luego la madre ha salido a insultarme... Esto ya se ha concluído. Mejor. Los cosas claras. ¿Adónde vamos? ¿Vamos otra vez a las Injurias?
—¿Para qué?
—A ver si ese Valencia se sigue poniendo moños conmigo.
Cruzaron la vía de circunvalación. Leandro, dando zancadas, se plantó en un momento en las Injurias. Manuel apenas podía seguirle.
Entraron en la taberna de la Blasa; los mismos hombres de la noche anterior jugaban al cané cerca de la estufa. De las mujeres, sólo estaban la Paloma y la Muerte. Esta, completamente borracha, dormía sobre la mesa. La luz daba en su cara erisipelatosa y llena de costras; de la boca entreabierta, de labios hinchados, le fluía la saliva; la melena estoposa, gris, sucia y enmarañada le salía en mechones por debajo del pañuelo negro, verdoso y lleno de caspa; a pesar de los gritos y riñas de los jugadores, no pestañeaba; sólo de cuando en cuando lanzaba un ronquido prolongado, que, al comenzar, era sibilante, y que terminaba con un estertor ronco. A su lado la Paloma, acurrucada en el sucio al lado del Valencia, tenía un niño de tres o cuatro años en los brazos, un chiquillo delgaducho y pálido, que parpadeaba sin cesar, a quien daba a beber una copa de aguardiente.
Por delante del mostrador un hombre alto y flaco, con una gorrilla con un número dorado en la cabeza y una blusa azul, se paseaba melancólico; los brazos, a lo largo del cuerpo, como si no fueran suyos; las piernas, dobladas. Echaba un sorbo de una copa cuando se le ocurría; se limpiaba los labios con el dorso de la mano, y volvía a pasearse con indolencia. Era hermano de la mujer de la taberna.
Se sentaron Leandro y Manuel en la misma mesa donde estaban los jugadores. Leandro pidió vino, vació un vaso grande de un trago y suspiró varias veces.
—¡Cristo!—murmuró sordamente Leandro—. Que no se te ocurra entusiasmarte con una mujer. La más buena es tan venenosa como un sapo.
Después pareció calmarse; contempló los dibujos del tablero de la mesa: corazones heridos por una flecha, nombres de mujeres; sacó una navaja del bolsillo y se puso a grabar letras en la tabla.
Cuando se cansó convidó a uno de los jugadores a beber con él.
—Hombre, muchas gracias—replicó el otro—, estoy jugando.
—Bueno; pues deja usted el juego, y si no quiere usted no se le obliga. ¿Nadie quiere tomar una copa? Yo le convido.
—Se acepta—dijo un hombre alto, encorvado, de aire enfermizo, a quien llamaban el Pastiri—, levantándose y acercándose a Leandro.
Este pidió más vino, y se entretuvo en reír alto cuando alguno perdía y en apostar contra el Valencia.
El Pastiri se aprovechaba, vaciando un vaso tras otro. Era el tal un borrachín, compadre del Tabuenca, que se dedicaba también a engañar a los incautos con juegos de ballestilla. Manuel le conocía de verle en la Ribera de Curtidores, Solía ejercer su arte en las afueras, jugando a las tres cartas. Colocaba tres naipes sobre una tablita; uno de éstos lo mostraba; luego cambiaba de lugar los otros dos muy despacio, dejando quieta la carta que había enseñado, y ponía encima de los tres naipes un palito, y apostaba a que no se indicaba cuál era la que había enseñado. Y no se daba con la carta nunca; tan bien preparado estaba el juego.
Una operación parecida a ésta solía realizar el Pastiri con tres fichas de juego de damas, debajo de una de las cuales ponía una bolita de papel o miga de pan; apostaba a que no se decía debajo de cuál de las tres estaba la bolita, y si por casualidad alguno acertaba, la escamoteaba con la uña.
El Pastiri aquella noche estaba repleto de alcohol y completamente afónico.
Manuel, que había bebido algo de más, sintió el principio del mareo, pensó en el modo de huir disimuladamente; pero, cuando se decidió, el hermano de la tabernera cerraba la puerta de la taberna.
Antes de que concluyese de hacerlo entró, por la media puerta que aun quedaba abierta, un hombre bajito, afeitado, vestido de negro, con una boina de visera, el pelo rizado y un aspecto de andrógino repugnante. Saludó afectuosamente a Leandro. Era un cordonero de la casa del tío Rilo, de fama sospechosa, a quien llamaban el Besuguito, por su cara de pez, y por mal mote, la Tragabatallones.
Bebió el cordonero un sorbo de una copa, de pie, y se puso a hablar con una voz gruesa, pero de mujer, una voz untuosa, desagradable, recalcando sus palabras con una porción de aspavientos y dengues.
No atajaba nadie su verbosidad. El mejor día—dijo—iban a quedar enterrados todos los que vivían en las Injurias, entre los escombros de la Fábrica del Gas.
—Pa mí—añadió—que se debía terraplenar toda esta hondonada; en parte yo lo sentiría, porque tengo buenas amistades en este barrio.
—¡Ay!... Zape—dijo uno de los jugadores
—Sí, lo sentiría—siguió diciendo el Besuguito, sin hacer caso de la interrupción—; pero la verdad es que poco se iba a perder, porque, como dice Angelillo, el sereno del barrio, aquí no viven mas que los de la busca, randas y prostitutas.
—¡Cállate tú, sarasa! ¡Tragabatallones!—gritó la tabernera—; este barrio es tan bueno como el tuyo.
—Y en eso no dejas de tener razón—replicó el Besuguito—; porque mira que el Portillo de Embajadores y las Peñuelas hay que verlos. Na, allí el sereno no ha conseguido que se cierren las puertas de noche. El las cierra, y las abren los vecinos. Porque como todos son de la busca... A mí me dan cada susto...
Se celebró entre algazara el susto del Besuguito, que siguió impertérrito con su charla insubstancial y redicha, adornada de consideraciones y recovecos. Manuel apoyó un brazo encima de la mesa, y con una mejilla sobre él quedó dormido.
—Pero tú, ¿por qué no bebes, Pastiri?—preguntó Leandro—. ¿Es que me desairas? ¿A mí?
—No, hombre; es que ya no puede pasar—contestó el de las tres cartas, con su voz desgarrada, llevando la mano abierta a la garganta. Luego, con una voz que parecía venir de un órgano roto, gritó:
—¡Paloma!
—¿Quién llama a esta mujer?—contestó inmediatamente el Valencia, levantando la mirada por entre el grupo de jugadores.
—Yo—contestó el Pastiri—. Que venga la Paloma.
—¡Ah!... ¿Eres tú? Pues no pue ser—replicó el Valencia.
—He dicho que venga la Paloma—repuso el Pastiri, sin mirar al matón.
Este pareció no oír la frase. El de las tres cartas se levantó molestado por la descortesía, y dando en la manga al Valencia con el revés de la mano, repitió su frase, recalcando palabra por palabra:
—He dicho que venga la Paloma, que esos amigos quien hablar con esa señora.
—Pues yo te digo que no pue ser—contestó el otro.
—Es que esos cabayeros quien hablar con eya.
—Bueno... pues que me pidan a mí permiso.
El Pastiri acercó su cara a la del matón, y mirándole a los ojos, gritó:
—¿Sabes, Valencia, que te estás poniendo más patoso que Dios?
—¡Mentira!—replicó el aludido, continuando tranquilamente su juego.
—¿Sabes que te voy a dar dos trompás?
—¡Mentira!
El Pastiri se retiró un poco, con la torpeza de un borracho, y comenzó a buscar la navaja en el bolsillo interior de su chaqueta, entre las risas burlonas de todos. Entonces, de pronto, con una decisión repentina, Leandro se levantó con la cara inyectada de sangre, agarró al Valencia por las solapas de la chaqueta, y lo zarandeó y le golpeó contra la pared rudamente.
Todos los jugadores se interpusieron: cayó la mesa y se armó un estrépito infernal de gritos y vociferaciones. Manuel se despertó despavorido. Se encontró en medio de una trapatiesta horrorosa; la mayoría de los jugadores, con el hermano de la tabernera a la cabeza, quería echar fuera a Leandro; pero éste apoyado en el mostrador, recibía a patadas a todo el que se le acercaba.
—Dejadnos solos—gritaba el Valencia con los labios llenos de saliva y tratando de desasirse de los que lo sujetaban.
—Sí; dejadlos solos—dijo uno de los jugadores.
—Al que me agarre lo mato—exclamó el Valencia, y apareció armado con un cuchillo largo de cachas negras.
—Eso es—dijo Leandro con sorna—, que se vean los hombres.
—¡Ole!—gritó el Pastiri, entusiasmado con su voz ronca.
Leandro sacó del bolsillo interior de la americana una navaja larga y estrecha; todo el mundo se acercó a las paredes para dejar sitio a los contendientes. La Paloma se desgañitaba gritando:
—¡Que te pierdes! ¡Que te pierdes!
—Llevad a esa mujer—gritó el Valencia con voz trágica—. ¡Ea!—añadió, haciendo un molinete con su navaja—. Ahora veremos los hombres de riñones.
Avanzaron los dos rivales hasta el centro de la taberna, lanzándose furiosas miradas. El interés y el espanto sobrecogió a los espectadores.
El primero que atacó fué el Valencia, se inclinó hacia adelante, como si quisiera saber dónde le hería al contrario, se agachó, apuntó a la ingle y se lanzó sobre Leandro; pero viendo que éste le esperaba sin retroceder, tranquilo, dió un rápido salto hacia atrás. Luego volvió a los mismos ataques en falso, intentando sorprender al adversario con sus fintas, amagando al vientre y tratando de herirle en la cara; pero ante el brazo inmóvil de Leandro, que parecía querer ahorrar movimiento hasta tener el golpe seguro, el matón se desconcertó y retrocedió. Entonces avanzó Leandro. Se adelantaba el mozo con una sangre fría que daba miedo; se veía en su cara la resolución de clavar al Valencia. En la taberna reinaba un silencio angustioso, y sólo se oía el hipo de la Paloma en el cuarto de al lado.
El Valencia palideció de tal modo al comprender la decisión de Leandro, que su cara quedó azulada, los ojos se le dilataron y le castañetearon los dientes. Al primer envite retrocedió, pero quedó en guardia; luego el miedo pudo más que él y huyó, sin pensar ya en atacar, derribando los bancos, y Leandro, ciego, con una sonrisa de crueldad en los labios, le persiguió implacablemente.
El espectáculo era triste y penoso; todos los partidarios del matón comenzaban a mirarle con sorna.
—Menúo canguelo ties, gachó—gritó el Pastiri—. Pareces un saltamontes. ¡Anda ahí, barbián! ¡Que te la diñan! Si no te retiras pronto te meten un palmo jierro en el cuerpo.
Una de los golpes de Leandro rasgó la chaqueta del matón.
Entonces éste, poseído del mayor pánico, se refugió detrás del mostrador; los ojos desencajados reflejaban un terror espantoso.
Leandro, despreciativo e insolente, quedó parado en medio de la taberna, y tirando del muelle de su navaja la cerró. Un murmullo de admiración salió de los espectadores.
El Valencia lanzó un grito de dolor, como si le hubieran herido; su honra, su fama de valiente, quedaba por los suelos; desesperado se acercó a la puerta de la trastienda y miró a la tabernera anhelante. Esta debió de entenderle, porque le dió una llave y el Valencia se escabulló. Pero de pronto volvió a abrirse con rapidez la puerta de la trastienda, y apareció en ella el matón de nuevo, y blandiendo su largo cuchillo por la punta, lo lanzó furioso a la cara de Leandro. Pasó el arma zumbando por el aire como una terrible flecha y quedó temblando clavado en la pared.
Leandro se levantó al momento, pero el Valencia había desaparecido. Entonces, repuesto el mozo de la impresión, desclavó la navaja con calma, la cerró y se la entregó a la tabernera.
—Cuando no se sabe hacer uso de estas cosas—la dijo con petulancia—, no se deben emplear. Adviértaselo usted así a ese señor cuando le vea.
La tabernera contestó con un gruñido, y Leandro se sentó a recibir felicitaciones por su valor y sangre fría; todos querían obsequiarle.
—El Valencia empezaba a molestar demasiado—dijo uno—. Daba el pego todas las noches; y se lo pasaban por ser quien era; pero ya estaba molestando.
—Claro—repuso otro de los jugadores, un viejo sombrío escapado de Ceuta, que tenía un aire de zorro—. Porque un hombre, cuando tie lado izquierdo, echa los negros a la manta—e hizo ademán de coger con los dedos las monedas de encima de la mesa—y se naja.
Pero si ese Valencia es un blanco—dijo el Pastiri con su voz estropajosa—. Un boceras, que no tie media bofetá.
—Pues él se había empalmao en seguida. ¡Por si acaso!—repuso el Besuguito con su voz extraña, imitando la actitud del que va a atacar con una navaja.
—¿Y qué? ¿Y qué?—repuso el Pastiri—. Yo te digo que es un pipi y que no pue con la jinda que tiene.
—Bueno; pero él se rascaba y echaba cada derrote...—añadió el cordonero.
—¡Que se rascaba! Pero, ¡qué cacho de primo! ¿Tú lo has visto?
—Y bien.
—Pero, ¡qué vas a ver tú, si estás cheo!
—Ya quisieras estar tan fresco como yo, ¡bah!
—¡Pero si no puedes con la tajada que llevas!
—Calla, calla, tú sí que no puedes con la curda; yo te digo que si se descuida aquí—y el Besuguito señaló a Leandro—, con los viajes que le ha tirado malamente, le moja.
—¡Magras!
—Es una opinión, hombre.
—Tú no opinas aquí ni na—exclamó Leandro—. Tú te vas a tomar el fresco y te callas. El Valencia es más blanco que el papel; lo que dice el Pastiri, eso. Muy valiente para explotar a los sarasas como tú y a los chavalejos de mal vivir...; pero cuando se encuentra con un tío que los tiene bien puestos, ¿qué? Na, que es un ganguero más blanco que el papel.
—Es verdad—asintieron todos.
Y menúo abucheo que le vamos a dar a ese gachó—dijo el presidiario cumplido—, si viene aquí a cobrar el barato.
—¡La pértiga!—exclamó el Pastiri.
—Bueno, señores; ahora yo convido—dijo Leandro—, porque tengo dinero, y porque sí—y sacó unas monedas del bolsillo y dió con ellas en la mesa—. Tabernera, unas tintas.
—Ya van.
—¡Manuel! ¡Manuel!—gritó después Leandro varias veces—. Pero, ¿dónde está ese chaval?...
Manuel, siguiendo el camino del matón, se había escapado por la puerta de la trastienda.
CAPÍTULO IX
Una historia inverosímil.—Las hermanas de Manuel.—Lo incomprensible de la vida.
Era ya a principios de otoño; Leandro, por consejo del señor Ignacio, vivía con su abuela en la calle del Aguila; la Milagros seguía en relaciones con el Lechuguino. Manuel abandonaba a Vidal y al Bizco en sus escaramuzas y se juntaba con Rebolledo y los dos Aristas.
El mayor, el Aristón, le entretenía y le aterrorizaba contándole cosas lúgubres de cementerios y aparecidos; el Aristas pequeño seguía en sus ejercicios gimnásticos; había hecho un trampolín con una tabla puesta sobre un montón de arena, y allí aprendía a dar saltos mortales.
Un día apareció en el Corralón don Alonso, el ayudante del Tabuenca, acompañado de una mujer y de una niña.
La mujer parecía vieja y cansada; la niña era larguirucha pálida. Don Alonso las acomodó en un chiscón del patio pequeño.
Traían un fardelillo de ropa, un perro de lanas sucio con una mirada muy inteligente y un mono atado a una cadena; al poco tiempo tuvieron que vender el mono a unos gitanos que vivían en la Quinta de Goya.
Don Alonso llamó a Manuel y le dijo:
—Vete a buscar a don Roberto y dile que hay aquí una mujer que se llama Rosa, y que es o ha sido volatinera; debe ser la que el busca.
Manuel fué inmediatamente a la casa; Roberto se había marchado de allí y no sabía su paradero.
Don Alonso iba por el Corralón con mucha frecuencia y hablaba con la mujer y la niña. En el marco de la ventana de su casa tenían madre e hija una cajita con una mata de hierbabuena, que, aunque la regaban todas las mañanas, como no le daba el sol, apenas crecía. Un día las mujeres desaparecieron con su hermoso perro de aguas; no dejaron en la casa mas que una pandereta usada y rota...
Don Alonso tomó la costumbre de aparecer por el Corralón; solía echar un párrafo con Rebolledo, el de la barbería modernista, que hablaba por los codos, y presenciaba las habilidades gimnásticas del Aristas. Una tarde la madre de éste le preguntó al antiguo Hombre-Boa si el chico tenía verdaderas disposiciones.
Don Alonso se puso serio y examinó detenidamente los trabajos del muchacho para darse cuenta de sus facultades, y le dió algunos útiles consejos.
Era verdaderamente curioso ver al viejo titiritero dando órdenes; lo hacía con una seriedad augusta.
—Una, dos, tres... O pla... De nuevo. En posición. Las rodillas cerca de la cabeza..., uñas para abajo..., una, dos..., una, dos... O pla.
Don Alonso no quedó descontento del Aristas, pero afirmó la necesidad ineludible del trabajo constante.
—Quien algo quiere, algo le cuesta, chiquillo—dijo—, y el ser gimnasta no está a la altura de cualquiera.
A la madre, confidencialmente, le aseguró que su hijo podría ser un buen artista de circo.
Después don Alonso, viéndose ante un público numeroso, comenzó a hablar con volubilidad de los Estados Unidos, de Méjico y de las Repúblicas sudamericanas.
—¿Por qué no nos cuenta usted cosas de esos países que ha visto?—le preguntó Perico Rebolledo.
—No, ahora no; tengo que salir con la torre Infiel.
—¡Ah!... Cuente usted—dijeron todos.
—Don Alonso aparentó que le molestaba la petición; pero, cuando tomó el hilo, contó, una tras otra, historias y anécdotas en tal cantidad, que casi le tuvieron que pedir que se callara.
—¿Y en esas tierras no ha visto usted hombres muertos por los leones?—preguntó Aristón.
—No.
—¿Es que no hay leones?
—Leones en jaulas... muchos.
—Pero yo digo en el campo.
—En el campo, no.
Don Alonso pareció bastante contrariado al hacer estas confesiones.
—¿Ni otras fieras tampoco?
—Ya no hay fieras en los países civilizados—dijo el barbero.
—Pues mire usted, si, allá hay fieras—y don Alonso hizo una mueca burlona y una señal de inteligencia a Rebolledo—. Una vez me sucedió una cosa terrible; pasábamos cerca de una isla y oímos cañonazos. Era la guarnición que tiraba salvas.
—Pero, ¿por qué se ríe usted?—preguntó el Aristón.
—Es nervioso... Pues sí, me acerqué al capitán del barco y le pedí permiso para que me dejase desembarcar en la isla. Bueno—me dijo—; llévese usted la Golondrina, si quiere—la Golondrina era el nombre de la piragua—; pero dentro de un par de horas esté usted de vuelta.
Me embarco en mi bote, y ¡hala!, ¡hala!..., llego a la isla, que estaba poblada de plátanos y cocoteros, y desembarco en una playa, en donde se hundió la proa de la Golondrina.
Aquí, don Alonso hizo una mueca del hombre que no puede contener la risa, y lanzó después al barbero una mirada, acompañada de un guiño confidencial.
—Salto a tierra—siguió diciendo don Alonso—; echo a andar, y de pronto, paf... en la cara, un mosquito enorme, y luego, paf... otro mosquito, hasta que me rodeó una nube de aquellos animales tan grandes como murciélagos. Con la cara martirizada echo a correr a la playa, a embarcarme, cuando veo a un cangrejo que estaba junto a la Golondrina; pero ¡qué cangrejo! Sería como un oso de grande; era negro, reluciente y hacía fa... fa... fa..., como un automóvil. Verme el bicho y echarse a correr sobre mí, gritando, todo fué uno; yo corría hacia un cocotero, y tras... tras... tras..., subí por él hasta arriba. El cangrejo se acerca al árbol, se detiene pensativo y se decide y empieza a subir también.
—Terrible situación—dijo el barbero.
—Figúrese usted—replicó don Alonso guiñando los ojos—, yo no tenía en la mano mas que un palito, y me defendí del cangrejo dándole golpes en los nudillos; pero él, bramando de rabia y con los ojos brillantes, seguía subiendo. Yo no podía ir más lejos, y pensé en bajar; pero al hacer un movimiento, ¡tras!... me agarra el granuja del bicho con una de sus muchas patas de la levita y se queda colgando de mí. El condenado pesaba de una manera atroz; ya estaba levantando otra de las zarpas para agarrarme, cuando me acorde que llevaba en el bolsillo del chaleco un limpiadientes que había comprado en Chicago y que tenía una navajita; abrí esta, y en un momento corté los faldones de mi levita, y ¡cataplún! desde una altura, lo menos de cuarenta metros, el cangrejo se cayó al suelo. Yo no sé cómo no se mató. Allá empezó a llorar, y a berrear, y a dar vueltas al cocotero, en donde yo estaba, mirándome con ojos terribles. Yo entonces, para algo le tenía que servir a uno el ser gimnasta, fuí saltando de una rama a otra, de cocotero en cocotero y de plátano en plátano, y el cangrejo siguiéndome, berreando, con los faldones de la levita en la boca.
Al llegar cerca de la playa me encuentro con que había bajado la marea y que la Golondrina andaba a más de cincuenta metros por encima de las olas. Esperaré—me dije—; pero en esto veo asomar en la copa del árbol donde estaba la cabeza de una serpiente; me agarro a una rama, me balanceo para caer lo más lejos posible del cangrejo y se me rompe la rama y me falta el sostén.
—¿Y qué hizo usted entonces?—preguntó el barbero.
—Di dos saltos mortales en el aire, por si acaso.
—Fué una precaución útil.
—Ciertamente, creí que estaba perdido. Todo lo contrario: estaba salvado.
—Pero, ¿cómo?—preguntó el Aristón.
—Nada, que al caer, con la rama que llevaba en la mano di sobre el cangrejo, y como llevaba tanta fuerza, lo atravesé de parte a parte y le dejé clavado en la playa. El animal bramaba como un toro; yo me metí en la Golondrina y me escapé; pero el barco mío se había marchado. Me puse a remar, no había una vela a la vista. Estoy perdido—dije—; pero gracias al cangrejo me salvé...
—¿Al cangrejo?—preguntaron todos extrañados.
—Sí; un vapor que pasó a muchas millas, al oír los lamentos del cangrejo pensó si sería la señal de alarma de algún barco náufrago, se acercó a la isla, me recogió, y a los pocos días ya estaba con mi compañía.
Don Alonso, al concluir su narración, hizo una mueca más expresiva, y con su torre Infiel se marchó a la calle. El Aristas, Rebolledo y Manuel celebraron las historias del titiritero, y el aprendiz de gimnasta se afianzó más en su idea de seguir trabajando en el trapecio y en el trampolín, para ver aquellas lejanas tierras de las cuales hablaba don Alonso.
Un par de semanas después ocurrió una de las cosas que más impresionaron a Manuel en toda su vida. Era domingo; el muchacho fué a casa de su madre, la ayudó, como solía hacer siempre, a secar platos. Vinieron después las hijas de la Petra, y, por cuestión de unas faldas o de unas enaguas que la menor había comprado con el dinero de la mayor, se pasaron las dos toda la tarde riñendo.
Manuel, aburrido de la charla, se fué, pretextando una ocupación.
Estaba lloviendo a cántaros; Manuel llegó a la Puerta del Sol, entró en el café de Levante y se sentó cerca de la ventana. Huía la gente endomingada corriendo a refugiarse en los portales de la ancha plaza; los coches pasaban de prisa en medio de aquel diluvio; los paraguas iban y venían y se entrecruzaban con sus convexidades negras, brillantes por el agua, como un rebaño de tortugas. A la hora escampó, y Manuel salió del café; era todavía temprano para ir a casa; Manuel pasó por la plaza de Oriente y quedó en el Viaducto mirando desde allá a la gente que pasaba por la calle de Segovia.
En el cielo, ya despejado, nadaban nubes obscuras, blancas en los bordes, como montañas coronadas de nieve; a impulsos del viento corrían y desplegaban sus alas; el sol claro alumbraba con rayos de oro el campo, resplandeciente en las nubes, las enrojecía como brasas; algunos celajes corrían por el espacio, blancos jirones de espuma. Aun no manchaba la hierba verde las lomas y las hondonadas de los alrededores madrileños; los árboles del Campo del Moro aparecían rojizos, esqueléticos, entre el follaje de los de hoja perenne; humaredas negruzcas salían rasando la tierra para ser pronto barridas por el viento. Al paso de las nubes la llanura cambiaba de color; era sucesivamente morada, plomiza, amarilla, de cobre; la carretera de Extremadura trazaba una línea quebrada, con sus dos filas de casas grises y sucias. Aquel severo, aquel triste paisaje de los alrededores madrileños con su hosquedad torva y fría le llegaba a Manuel al alma.
Abandonó el balcón del Viaducto, cruzó por unas cuantas callejuelas, hasta llegar a la calle de Toledo; bajó a la Ronda y se dirigió a su casa Llegaba cerca del paseo de las Acacias cuando oyó a dos viejas que hablaban de un crimen cometido hacía un instante en la esquina de la calle del Amparo.
—Cuando le iban a coger, él mismo se ha matado—dijo una.
Manuel apresuró el paso por curiosidad y se acercó a un grupo de personas que había a la puerta del Corralón.
—¿De dónde era ese que se ha matado?—preguntó Manuel a Aristas.
—¡Pero si es Leandro!
—¡Leandro!
—Sí; Leandro, que ha matado a la Milagros, y luego se ha matado él.
—Pero... ¿es verdad?
—Sí, hombre. Hace un momento.
—¿Aquí, en casa?
—Aquí mismo.
Manuel, despavorido, subió la escalera hasta la galería. Aun quedaba el charco de sangre en el suelo. El señor Zurro, el único espectador del drama, contaba lo ocurrido a un grupo de vecinos.
—Estaba yo aquí, leyendo el periódico—dijo el ropavejero—, y la Milagros, con su madre, hablaba con el Lechuguino. Estaban los novios de broma, cuando subió Leandro a la galería; fué a abrir la puerta de su casa y, antes de entrar, volviéndose de repente, le dice a la Milagros: «¿Es ese tu novio?» Me pareció que él estaba pálido como un muerto. «Si», contestó ella. «Bueno; pues yo vengo aquí a concluir de una vez», gritó. «¿A cuál de los dos quieres, a él o a mí?» «A él», chilló la Milagros. «Entonces se acabó todo», gritó Leandro con una voz ronca. «Voy a matarte.» Luego, ya no me pude dar cuenta de nada; fué todo rápido como un rayo; cuando me acerqué, la muchacha echaba un caño de sangre por la boca, la mujer del Corretor gritaba y Leandro seguía al Lechuguino con la navaja abierta.
—Yo le vi salir de casa—añadió una vieja—; llevaba en la mano la navaja manchada de sangre; mi marido quiso detenerle, pero él paró como un toro, le echó un derrote y por poco le mata.
—Y mis tíos, ¿dónde están?—preguntó Manuel.
—En la Casa de Socorro. Han ido detrás de la camilla.
Bajó Manuel al patio.
—¿Adónde vas?—le preguntó el Aristón.
—Voy a la Casa de Socorro.
—Yo iré contigo.
Se reunió a los dos muchachos un aprendiz de un taller de máquinas que vivía en la Corrala.
—Yo le vi cuando se mató—dijo el aprendiz—; íbamos corriendo todos detrás de él, gritando: «¡A ése! ¡A ése!», cuando aparecieron por la calle del Amparo dos guardias, sacaron el sable y se pusieron delante de él; entonces Leandro dió un bote hacia atrás, abrió paso entre la gente y volvió otra vez para aquí; iba a bajar por el paseo de las Acacias, cuando tropezó con la Muerte, que le empezó a insultar. Leandro se paró, miró a todos lados; nadie se atrevía a acercarse; le echaban fuego los ojos. De pronto se metió la navaja por el costado izquierdo, yo no sé cuántas veces. Cuando uno de los guardias le agarró del brazo, se cayó como un saco.
Los comentarios del Aristón y del aprendiz eran inacabables; llegaron los muchachos a la Casa de Socorro, y allí les dijeron que los dos cadáveres, el de la Milagros y el de Leandro, los habían llevado al Depósito. Bajaron los tres chicos al Canal, a la casita próxima al río, que tantas veces Manuel y los de su cuadrilla miraban con curiosidad desde las ventanas. En la puerta se agrupaban varias personas.
—Vamos a mirar—dijo el Aristón.
Había una ventana abierta de par en par y se asomaron a ella. Tendido sobre una mesa de mármol estaba Leandro; tenía un color de cera, y en su rostro se leía una expresión de soberbia y de desafío. A su lado, la señora Leandra gritaba y vociferaba; el señor Ignacio, con la mano de su hijo entre las suyas, lloraba en silencio. En otra mesa rodeaban el cadáver de la Milagros un grupo de personas. El empleado del Depósito hizo salir a todos. Al encontrarse el Corretor y el señor Ignacio en la puerta, se vieron y desviaron la vista: las dos madres, en cambio, se lanzaron una mirada de odio terrible.
El señor Ignacio dispuso que no fueran a dormir al Corralón, sino a la calle del Aguila. Allí, en casa de la señora Jacoba, hubo una algarabía horrorosa de lloros y de imprecaciones. Las tres mujeres echaban la culpa de todo a la Milagros, que era una golfa, una mala hembra descastada, egoísta y miserable.
Un vecino de la Corrala señaló un detalle raro; al reconocer el médico forense a la Milagros y al quitarle el corsé para apreciar la herida, entre unos escapularios encontró un medallón chiquito con un retrato de Leandro.
—¿De quién es este retrato?—dicen que preguntó.
—Del que la ha matado—le contestaron.
Era una cosa rara que intrigaba a Manuel; muchas veces había pensado que la Milagros quería a Leandro; aquello casi lo confirmaba.
Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos.
Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser muy triste; algo muy incomprensible y extraño.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
El drama del tío Patas.—La tahona.—Karl el hornero.—La Sociedad de los Tres.
La impresión por la muerte de su hijo en el señor Ignacio fué tan profunda, que cayó enfermo. Se dejó de trabajar en el almacén, y al cabo de dos o tres semanas, como el señor Ignacio no se ponía bueno, la Leandra le dijo a Manuel:
—Mira: vete a casa de tu madre, porque aquí yo no te puedo tener.
Volvió Manuel a la casa de huéspedes, y la Petra, por mediación de la patrona, llevó al muchacho de mozo a un puesto de pan y verduras situado en la plaza del Carmen.
Allá Manuel tuvo que sujetarse más que en la casa del señor Ignacio. El tío Patas, el dueño del puesto, un gallegazo pesadote como un buey, puso al corriente a Manuel de sus obligaciones.
Tenía que levantarse el muchacho al amanecer, abrir el puesto, soltar los fardos de verdura que subía un mozo de la plaza de la Cebada, e ir tomando el pan que traían los repartidores. Después, barrer la tienda y esperar a que se levantara el tío Patas, su mujer o su cuñada. Al llegar alguno de ellos, Manuel abandonaba el mostrador, y con una cesta pequeña a la cabeza iba con el pan a las casas de los parroquianos de la vecindad. En ir y venir se pasaba toda la mañana. Por la tarde era más pesado el trabajo: Manuel tenía que estarse quieto detrás del mostrador, aburriéndose, vigilado por el ama y su cuñada.
Acostumbrado a los paseos diarios por las rondas, le desesperaba tal inmovilidad.
La tienda del tío Patas, pequeña y mal oliente, tenía un papel amarillo, que se despegaba de puro viejo, con unas cenefas verdes. Un mostrador de madera, unos cuantos vasares sucios, un quinqué de petróleo en el techo y dos bancos constituían todo el mobiliario.
La trastienda, a la cual se llegaba por una puerta del fondo, era un cuarto sin más luz que la que entraba por un montante que daba al portal. En este cuarto se comía; de él se pasaba a la cocina y de ésta a un patio estrecho, muy sucio, con una fuente. Al otro lado del patio estaban las alcobas del tío Patas, de su mujer y de la cuñada.
A Manuel le ponían un jergón y unas mantas detrás del mostrador. Allí dentro, de noche sobre todo, olía a berza podrida; pero más que esto aun molestaba a Manuel el levantarse de madrugada, cuando el sereno daba dos o tres golpes con el chuzo a la puerta de la tienda.
En el puesto se vendía algo, lo bastante para vivir, nada más. En aquel tabuco había reunido el tío Patas una fortuna, ahorrando céntimo a céntimo.
La historia del tío Patas era verdaderamente interesante. Manuel la averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos de los otros puestos.
El tío Patas había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del tío Patas, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan estéril fué para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos, con una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al matrimonio, mas que en convertirse de criada en ama. Todos los amigos del tío Patas trataron de convencerle de que era una barbaridad el casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus trece, y se casó.
A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío Patas se entendía con su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día, y vió salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar tiempo, y poco a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío Patas trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el hijo del tío Patas se la empujaron al viejo, y éste concluyó amontonándose con su cuñada. Desde entonces los cuatro vivieron con una tranquilidad completa. Se entendían admirablemente.
A Manuel, que estaba curado de espanto, porque en la Corrala había más de una combinación matrimonial parecida, no le asombró la cosa; lo que le indignaba era la tacañería del tío Patas y de su gente.
Toda la escrupulosidad que no tenía la mujer del tío Patas en otras cuestiones, la guardaba, sin duda, para las cuentas. Acostumbraba a sisar, conocía al dedillo las socaliñas de las criadas, y no se le escapaba un céntimo: siempre creía que la robaban. Era tal su espíritu de economía, que todos en casa comían pan seco, confirmando el dicho popular de que «en casa del herrero, cuchillo de palo».
La cuñada, una mujer cerril, de nariz corta, mejillas rojas, de pecho y caderas abundantes, podía dar lecciones de sordidez a su hermana, y en cuestión de falta de pudor y de dignidad la aventajaba con mucho. Solía andar por la tienda despechugada, y no había repartidor que no la diese un tiento en la pechera.
—¡Qué gorda estás, oh!—la decían los paisanos.
Y no parecía sino que toda aquella grasa tan manoseada no la pertenecía, porque no protestaba; pero si alguien trataba de escamotearla en la cuenta algún panecillo, entonces se ponía hecha una fiera.
Los domingos por la tarde el tío Patas, su mujer, su cuñada y su hijo solían jugar en la calle, al mus, en una mesita, en medio del arroyo; nunca se atrevían a dejar la tienda sola.
A los tres meses de entrar Manuel allá, la Petra fué a ver al tío Patas, y le dijo que diera al chico algún jornal. El tío Patas se echó a reír: le parecía la pretensión el colmo de lo absurdo, y dijo que no, que era imposible: que el muchacho no ganaba el pan que comía.
Entonces la Petra buscó otra casa para Manuel, y lo llevó a una tahona de la calle del Horno de la Mata, a que aprendiera el oficio de panadero.
En la tahona, para comenzar el aprendizaje, le pusieron en el horno, a ayudar al oficial de pala. El trabajo era superior a sus fuerzas. Se tenía que levantar a las once de la noche, y comenzaba por limpiar con una raedera unas latas de hierro, en donde se cocían bollos, pasándolas, después de frotadas, con una brocha untada en manteca derretida; hecho esto, ayudaba al oficial de pala a sacar la brasa del horno con un hierro; luego, mientras el hornero cocía, iba cogiendo tablas pesadísimas, cargadas de panecillos, y las llevaba del amasadero a la boca del horno; y cuando el oficial metía los panecillos dentro, volvía Manuel con las tablas al amasadero. A medida que el pan salía del horno, lo mojaba con un cepillo empapado en agua, para dar brillo a la corteza. A las once de la mañana se concluía el trabajo, y en los intervalos de descanso, Manuel y los trabajadores dormían.
La vida allí era horriblemente penosa.
La tahona ocupaba un sótano obscuro, triste y sucio. Estaba el piso del sótano por debajo del nivel de la calle, a la cual tenía unas ventanas con cristales tan obscurecidos por el polvo y las telarañas, que no dejaban pasar mas que una luz turbia y amarillenta. A todas horas se trabajaba con gas.
Se entraba a la tahona por una puerta que daba a un patio grande, en el cual se levantaba un cobertizo de cinc agujereado, que protegía de la lluvia, o trataba de proteger al menos, las cargas de ramaje de retama y las pilas de leña allí amontonadas.
De este patio, por una puerta baja, se pasaba a un largo corredor, estrecho y húmedo, negro por todas partes, y en el cual no se veía mas que allá en el fondo un cuadrado de luz de una ventana alta con unos cuantos cristales rajados y sucios, por donde entraba una claridad triste.
Cuando los ojos se acostumbraban a la penumbra reinante, se veían en las paredes del corredor cestos de repartir, palas del horno, blusas, gorras y zapatos colgados en clavos, y en el techo, gruesas telas de araña plateadas y llenas de polvo.
A ambos lados del pasillo y a la mitad de su longitud se abrían dos puertas frente por frente: una daba al horno, la otra, al amasadero.
El sitio del horno era anchuroso, con las paredes recubiertas de hollín, negro como una cámara obscura; un mechero de gas brillaba en aquella caverna, sin iluminar apenas nada. Delante de la boca del horno, en un tinglado de hierro, estaban colocadas las palas; arriba, en el techo, se entreveían tubos grandes de chimenea cruzados.
El amasadero, menos negro, resultaba más sombrío que la cocina del horno; a su interior llegaba una luz pálida por dos ventanas que daban al patio, con los cristales empañados por el polvo de la harina. Veíase siempre allí a diez o doce hombres en camiseta, agitando los brazos desesperadamente sobre las artesas, y en el fondo del local una mula movía lentamente la máquina de amasar.
La vida en la tahona era antipática y molesta; el trabajo, abrumador, y el jornal, pequeño: siete reales al día. Manuel, no acostumbrado a sufrir el calor del horno, se mareaba; además, al mojar los panes recién cocidos se le quemaban los dedos y sentía repugnancia al verse con las manos infiltradas de grasa y de hollín.
Tuvo también la mala suerte de que su cama estuviese en el cuarto de los panaderos, al lado de la de un viejo, mozo de la tahona, enfermo de catarro crónico, por la infiltración de harina en el pulmón, que gargajeaba a todas horas.
Manuel, de asco, no podía dormir en el cuarto de los panaderos, y se marchaba a la cocina del horno y se echaba en el suelo. Se sentía siempre cansado; pero, a pesar de esto, trabajaba automáticamente.
Luego nadie le hacía caso; los demás panaderos, una colección de gallegos bastante brutos, le trataban como a una mula; ni siquiera se ocupó alguno de ellos en saber el nombre de Manuel, y unos le llamaban: «¡Eh, tú, Choto!»; otros le gritaban: «¡Hala, Barriga!»; cuando hablaban de él, decían «O golfo de Madrid», o solamente «o golfo». El contestaba a los nombres y motes que le daban.
Al principio, de todos, el más odioso para Manuel, fué el hornero: le mandaba de una manera despótica; se incomodaba si no lo encontraba todo hecho en seguida. Era este hornero un alemán llamado Karl Schneider; había venido a España huyendo de las quintas de su país, vagabundeando. Tenía unos veinticuatro o veinticinco años, los ojos muy claros, el pelo y el bigote casi blancos, de puro rubios.
Hombre tímido y flemático, todo le asombraba y le parecía difícil. Sus impresiones fuertes no se manifestaban ni en gestos ni en palabras, sino en un enrojecimiento súbito, que coloreaba sus mejillas y su frente, y que desaparecía para ser reemplazado por una palidez intensa.