WeRead Powered by ReaderPub
La lucha por la vida: La busca cover

La lucha por la vida: La busca

Chapter 16: CAPÍTULO II
Open in WeRead

About This Book

The novel follows a young man who drifts into a sprawling city’s poorest neighborhoods, seeking work and identity while confronting hunger, exploitation, and petty crime. Through episodic scenes and vivid portraits of boardinghouses, taverns and workshops, it traces interactions with landladies, companions, criminals and lovers, and critiques social inequality, fatalism, and the limited options that shape character. Tone alternates between gritty realism, irony and dark humor, and the narrative emphasizes environment over individual heroism.

Se expresaba Karl muy bien en castellano, pero de una manera rara; sabía una retahíla de refranes y de frases, que barajaba sin medida; esto daba a su conversación un carácter extraño.

Pronto pudo ver Manuel que el alemán, a pesar de su brusquedad, era un excelente muchacho, muy inocente, muy sentimental y de una candidez paradisíaca.

Al mes de trabajar en la tahona, Manuel consideraba a Karl como su único amigo: se trataban los dos como camaradas; se llamaban de tú, y si el hornero ayudaba muchas veces a su pinche para cualquier trabajo de fuerza, en cambio, en ocasiones, le pedía su parecer y le consultaba acerca de puntos y complicaciones sentimentales, que al alemán intrigaban, y que Manuel resolvía con su perspicacia y su instinto de chiquillo vagabundo, convencido de que todos los móviles de la vida son egoístas y bajos. La igualdad entre maestro y ayudante desaparecía desde que Karl se ponía a la boca del horno. Entonces Manuel debía obedecer al alemán sin vacilaciones ni tardanzas.

El único vicio de Karl era la borrachera: continuamente tenía sed; cuando bebía vino y cerveza, marchaba bien; llevaba método en su vida, y las horas libres las pasaba en la plaza de Oriente o en la Moncloa, leyendo los dos tomos que constituían su biblioteca: uno, Las ilusiones perdidas, de Balzac, y el otro, una colección de poesías alemanas.

Estos dos libros, constantemente leídos, comentados y anotados por él, le llenaban la cabeza de preocupaciones y de sueños. Entre los razonamientos amargos y desesperados de Balzac, pero en el fondo llenos de romanticismo, y las idealidades de Goethe y de Heine, el pobre hornero vivía en el más irreal de los mundos. Muchas veces Karl le explicaba a Manuel los conflictos de los personajes de su novela favorita, y le preguntaba cómo se conduciría él en casos semejantes. Manuel encontraba casi siempre una solución tan lógica, tan natural y tan poco romántica, que el alemán quedaba perplejo e intrigado con la claridad de juicio del muchacho; pero luego, pensando otra vez sobre el mismo tema, veía que la tal solución no podía tener valor para sus personajes quintaesenciados, porque el conflicto mismo de la novela no hubiera llegado a existir entre gente de pensamientos vulgares.

En algunas épocas de diez y doce días el alemán necesitaba excitantes más fuertes que el vino y la lectura, y solía emborracharse con aguardiente, y bebía media botella como si fuera agua.

Según le contaba a Manuel, sentía una avalancha de tristeza y todo lo veía negro y desagradable; se encontraba febril, y el único remedio para su tristeza era el alcohol.

Cuando entraba en la taberna llevaba el corazón oprimido y la cabeza pesada y llena de ideas feas, y a medida que iba bebiendo sentía que el corazón se le ensanchaba y respiraba mejor, y los pensamientos alegres se le metían en la cabeza. Luego, al salir de la taberna, por más esfuerzos que hacía, le era imposible conservar la seriedad, y la risa le retozaba en los labios. Entonces llegaban a su memoria canciones de su tierra, y las cantaba, llevando el compás al andar. Mientras iba por las calles céntricas caminaba derecho; pero cuando llegaba a las callejuelas apartadas, a las avenidas desiertas, se abandonaba al placer de trompicar y de ir haciendo eses, dando un encontronazo aquí y un tropezón allá. En aquellas horas todo le parecía al alemán grande, hermoso, soberbio; el sentimentalismo de su raza se desbordaba en él y comenzaba a recitar versos y a llorar, y a cualquier conocido que encontraba en la calle le pedía perdón por su falta imaginaria y le preguntaba si le seguía estimándole y concediéndole su amistad.

Por muy borracho que se encontrara, nunca se le olvidaba la obligación, y a la hora de cocer se marchaba vacilando a la tahona; e inmediatamente que se ponía a la boca del horno se le pasaba la borrachera y trabajaba como si tal cosa, riéndose él solo de sus extravagancias.

Tenía el alemán una fuerza orgánica maravillosa, una resistencia inaudita; Manuel necesitaba dormir todo el tiempo que estaba libre, y aun así no conseguía levantarse de la cama descansado. Durante dos meses que pasó Manuel en la tahona, vivió como un autómata. El trabajo en el horno le había cambiado de tal modo las horas de sueño, que los días le parecían noches, y al revés.

Un día, Manuel cayó enfermo, y toda la fuerza que le sostenía le abandonó de repente; dejó el trabajo, cobró la quincena y, sin saber cómo, casi arrastrándose, fué hasta la casa de huéspedes.

La Petra, al verle en aquel estado, le hizo acostarse, y Manuel pasó cerca de dos semanas con una calentura muy alta, delirando. Al levantarse había crecido, estaba demacrado y sentía una gran laxitud y desmadejamiento en todo el cuerpo y una sensibilidad tal, que una palabra más fuerte que otra le daba ganas de llorar.

Cuando salió a la calle, por consejo de la Petra, compró un broche de dublé y se lo regaló a doña Casiana, y ésta lo agradeció tanto que le dijo a su criada que el muchacho podía quedarse en la casa hasta su completo restablecimiento.

Aquellos días fueron de los más agradables de la vida de Manuel; lo único que le molestaba era el hambre.

Hacía un tiempo soberbio, y Manuel marchaba por las mañanas a pasear al Retiro. El periodista, a quien llamaban el Superhombre, utilizaba a Manuel para que le copiara cuartillas, y, como compensación, sin duda, le prestaba novelas de Paúl de Kock y de Pigaul-Lebrún, algunas de un verde muy subido, como Monjas y corsarios y Gustavo el calavera.

Las teorías amorosas de los dos escritores convencieron a Manuel de tal manera, que quiso ponerlas en práctica con la sobrina de la patrona. En dos años la muchacha se había desarrollado tanto, que estaba hecha una mujer.

Una noche, a primera hora, poco después de cenar, por influencia de la estación primaveral o por seguir las teorías del autor de Monjas y corsarios, el caso fué que Manuel convenció a la chica de la patrona de la utilidad de una explicación a solas, y una vecina los vió a los dos que marchaban juntos, escaleras arriba, y entraban en el desván.

Cuando iban a encerrarse, la vecina les sorprendió y los llevó contritos a presencia de doña Casiana. La paliza que la patrona propinó a su sobrina le quitó a la muchacha las ganas de nuevas aventuras, y a la tía fuerzas para administrar otra a Manuel.

—Tú te vas a la calle—le dijo, agarrándole del brazo e hincándole las uñas—, y que no te vuelva a ver más aquí, porque te desuello.

Manuel, avergonzado y confuso, no deseaba en aquel momento mas que escapar, y se marchó a la calle en cuanto pudo, como un perro azotado. Estaba la noche fresca, agradable. Como no tenía un céntimo, se aburrió pronto de pasear; llamó en la tahona, preguntó por Karl el hornero, le abrieron y se tendió en una de las camas. Al amanecer se despertó a la voz de uno de los panaderos, que gritaba:

—¡Eh, tú, golfo, ahueca!

Se levantó Manuel, y salió a la calle. Paseando, se acercó al Viaducto, a su sitio favorito, a mirar el paisaje y la calle de Segovia.

Era una mañana espléndida, de un día de primavera. En el sotillo próximo al Campo del Moro algunos soldados se ejercitaban tocando cornetas y tambores; de una chimenea de ladrillo de la ronda de Segovia salía a borbotones un humazo obscuro que manchaba el cielo, limpio y transparente; en los lavaderos del Manzanares brillaban al sol las ropas puestas a secar, con vívida blancura.

Manuel cruzó despacio el Viaducto, llegó a las Vistillas, miró cómo unos traperos hacían sus apartijos, después de extender el contenido de los sacos en el suelo, y se sentó un rato al sol. Veía, con los ojos entornados, los arcos de la iglesia de la Almudena, por encima de una tapia; más arriba, el Palacio Real, blanco y brillante; los desmontes arenosos de la Montaña del Príncipe Pío, y su cuartel rojo y largo, y la hilera de casas del paseo de Rosales, con sus cristales incendiados por la luz del sol.

Hacia la Casa de Campo algunos cerrillos pardos se destacaban, escuetos, con dos o tres pinos, como recortados y pegados sobre el aire azul.

De las Vistillas bajó Manuel a la ronda de Segovia. Al pasar por la calle del Aguila vió que el almacén del señor Ignacio seguía cerrado. Entró Manuel en la casa, y preguntó en el patio por la Salomé.

—Estará trabajando en su casa—le dijeron.

Subió por la escalera y llamó en el cuarto; se oía desde fuera el ruido de la máquina de coser.

Abrió la Salomé y pasó Manuel. Estaba la costurera tan guapa como siempre, y, como siempre, trabajando. Sus dos chicos todavía no habían ido al colegio. La Salomé contó a Manuel que el señor Ignacio había estado en el hospital y que andaba buscando dinero para pagar algunas deudas y seguir con el negocio; la Leandra, en aquel momento, en el río; la señora Jacoba, en el puesto, y Vidal, golfeando y sin querer trabajar. Se empeñaba en reunirse con un condenado bizco, más malo que un dolor, y estaba hecho un randa. Andaban siempre los dos con mujeres perdidas, en los cajones y merenderos de la carretera de Andalucía.

Manuel contó cómo había estado de panadero y cómo se puso malo; lo que no dijo fué la despedida de casa de su madre.

—Eso no te conviene a ti; debías aprender algún oficio menos fuerte—le aconsejó la Salomé.

Manuel estuvo charlando con la costurera toda la mañana; ella le convidó a almorzar, y él aceptó con gusto.

Por la tarde, Manuel se fué de casa de la Salomé, pensando que si él tuviera más años y un buen oficio que le diera dinero, se casaría con la Salomé, aunque se viese en la precisión de darle una puñalada al chulapo que la entretenía.

Al encontrarse en la ronda, lo primero que se le ocurrió a Manuel fué que no debía ir al puente de Toledo, ni mucho menos a la carretera de Andalucía, porque allí era fácil que se encontrase con Vidal o con el Bizco. Pensó así, efectivamente, y, a pesar de esto, bajó hacia el puente, echó una ojeada por los cajones, y viendo que allí no estaban sus amigos, siguió por el Canal, atravesó el Manzanares por el puente de un lavadero y salió a la carretera de Andalucía. En un merendero, con varias mesas debajo del cobertizo, estaban Vidal y el Bizco entre unos cuantos golfos que jugaban al cané.

—¡Eh!, tú, Vidal—gritó Manuel.

—¡Rediez! ¿Eres tú?—dijo su primo.

—Ya ves...

—¿Qué te haces?

—Nada, ¿y vosotros?

—A lo que cae.

Contempló Manuel cómo jugaban al cané. Cuando terminaron una de las partidas, Vidal dijo:

—¿Qué? ¿vamos a dar un paseo?

—Vamos.

—¿Vienes tú, Bizco?

—Sí.

Echaron los tres a andar carretera de Andalucía adelante.

Vivían Vidal y el Bizco de randas: aquí cogiendo una manta de un caballo, allá llevándose las lamparillas eléctricas de una escalera o robando alambres del teléfono; lo que se terciaba. No iban al centro de Madrid porque no se consideraban todavía bastante diestros.

Hacía unos días, contó Vidal, birlaron entre los dos a un chico una cabra, a orillas del Manzanares, cerca del puente de Toledo; Vidal entretuvo al chico jugando a las chapas, mientras que el Bizco agarraba la cabra y la subía por la rampa de los pinos al paseo de las Yeserías y la llevaba después a las Injurias. Entonces Vidal, señalándole al chico la parte opuesta de la rampa, le dijo: «Corre, que por allá va tu cabra», y mientras el muchacho echaba a trotar en la dirección indicada, Vidal se escabullía en las Injurias y se juntaba con el Bizco y su querida. Todavía estaban comiendo la carne de la cabra.

—Es lo que tú debes hacer—dijo Vidal—. Venirte con nosotros. ¡Si esta es una vida de chipendi! Ya ves, hace unos días Juan el Burra y el Arenero, que viven en Casa Blanca, se encontraron en el camino de las Yeserías con un cerdo muerto. Iba un mozo con una piara al matadero, cuando se conoce que murió el animal; el mozo lo dejó allá, y Juan el Burra y el Arenero lo arrastraron hasta su casa, lo descuartizaron y hemos comido cerdo sus amigos durante más de una semana. ¡Si te digo que es una vida de chipendi!

Se conocían, por lo que decía Vidal, todos los randas, hasta los de los barrios más lejanos. Era una vida extrasocial la suya, admirable; hoy se veían en los Cuatro Caminos; a los tres o cuatro días, en el puente de Vallecas o en la Guindalera, se ayudaban unos a otros.

Su radio de acción era una zona comprendida desde el extremo de la Casa de Campo, en donde se encuentran el ventorro de Agapito y las ventas de Alcorcón, hasta los Carabancheles; desde aquí, las orillas del arroyo Abroñigal, La Elipa; el Este, las Ventas y la Concepción hasta la Prosperidad; luego, Tetuán hasta la Puerta de Hierro. Dormían, en verano, en corrales y cobertizos de las afueras.

Los del centro, mejor vestidos, más aristócratas, tenían ya su golfa, a la que fiscalizaban las ganancias y que se cuidaban de ellos; pero la golfería del centro era ya distinta, de otra clase, con otros matices.

A veces el Bizco y Vidal habían pasado malas épocas, comiendo gatos y ratas, guareciéndose en las cuevas del cerrillo de San Blas, de Madrid Moderno y del cementerio del Este; pero ya tenían los dos su apaño.

—¿Y de trabajar? ¿Nada?—preguntó Manuel.

—¡Trabajar!... pa el gato—contestó Vidal.

Ellos no trabajaban, tartamudeó el Bizco; con su chaira en la mano, ¿quien le tosía a el?

En el cerebro de aquella bestia fiera no habían entrado, ni aun vagamente, ideas de derechos y de deberes. Ni deberes, ni leyes, ni nada; para él la fuerza era la razón; el mundo un bosque de caza. Sólo los miserables podían obedecer la ley del trabajo; así decía él: El trabajo pa los primos; el miedo pa los blancos.

Mientras hablaban los tres, pasaron por la carretera un hombre y una mujer con un niño en brazos. Tenían un aspecto entristecido, de gente perseguida y famélica, la mirada tímida y huraña.

—Esos son los que trabajan—exclamó Vidal—. Así están ellos.

—Que se hagan la santísima—murmuró el Bizco.

—¿Adónde irán?—preguntó Manuel, contemplándolos con pena.

—A los tejares—contestó Vidal—. A vender azafrán, como dicen por ahí.

—¿Y por qué dicen eso?

—Como el azafrán es tan caro...

Se detuvieron los tres y se tendieron en el suelo. Estuvieron más de una hora hablando de mujeres y de medios de sacar dinero.

—¿No tenéis perras?—preguntó Vidal a Manuel y al Bizco.

—Dos reales—contestó éste.

—¡Anda, convida! Vamos a tomar una botella.

Accedió el Bizco refunfuñando, se levantaron y se fueron acercando a Madrid. Una fila de burros blanquecinos pasó por delante de ellos; un gitano joven y moreno, con una larga vara debajo del brazo, montado en las ancas del último borrico de la fila, gritaba a cada paso: ¡Coroné!, ¡coroné!

—¡Adiós, cañí!—le dijo Vidal.

—Vaya con Dios la gente buena—contestó el gitano, con voz ronca. Al llegar a una taberna del camino, al lado de la casucha de un trapero, se detuvieron, y Vidal pidió la botella de vino.

—¡Qué es esa fábrica?—preguntó Manuel, señalando una que estaba a la izquierda de la carretera de Andalucía, según se había vuelto a Madrid.

—Ahí hacen dinero con sangre—contestó Vidal solemnemente.

Manuel le miró asustado.

—Es que hacen cola con la sangre que sobra en el Matadero—añadió su primo, riéndose.

Escanció Vidal en las copas y bebieron los tres.

Se veía Madrid en alto, con su caserío alargado y plano, sobre la arboleda del Canal. A la luz roja del sol poniente brillaban las ventanas con resplandor de brasa; destacábanse muy cerca, debajo de San Francisco el Grande, los rojos depósitos de la fábrica del gas, con sus altos soportes, entre escombreras negruzcas; del centro de la ciudad brotaban torrecillas de poca altura y chimeneas que vomitaban, en borbotones negros, columnas de humo inmovilizadas en el aire tranquilo. A un lado se erguía el Observatorio, sobre un cerrillo, centelleando el sol en sus ventanas; al otro, el Guadarrama, azul, con sus crestas blancas, se recortaba en el cielo limpio y transparente, surcado por nubes rojas.

Na—añadió Vidal, después de un momento de silencio, dirigiéndose a Manuel—, tú has de venir con nosotros; formaremos una cuadrilla.

—Eso es—tartamudeó el Bizco.

—Bueno; ya veré—dijo Manuel de mala gana.

—¿Qué ya veré ni qué hostia? Ya está formada la cuadrilla. Se llamará la cuadrilla de los Tres.

—Muy bien—gritó el Bizco.

—¿Y nos ayudaremos unos a otros?—preguntó Manuel.

—Claro que sí—contestó su primo—. Y si hay alguno que hace traición...

—Si hay alguno que haga traición—interrumpió el Bizco—, se le cortan los riñones—. Y para dar fuerza a su afirmación, sacó el puñal y lo clavó con energía en la mesa.

Al anochecer volvieron los tres por la carretera hasta el puente de Toledo, y se separaron allí, citándose para el día siguiente.

Manuel pensaba en lo que le podía comprometer la promesa hecha de entrar a formar parte de la Sociedad de los Tres. La vida del Bizco y de Vidal le daba miedo. Tenía que resolverse a dar a su existencia un nuevo giro; pero ¿cuál? Eso es lo que no sabía.

Durante algún tiempo, Manuel no se atrevió a aparecer en casa de la patrona; veía a su madre en la calle, y dormía en la cuadra de la casa en donde servía una de sus hermanas. Luego se dió el caso de que a la sobrina de la patrona la encontraron en la alcoba de un estudiante de la vecindad, y esto le rehabilitó un tanto a Manuel en la casa de huéspedes.

CAPÍTULO II

Una de las muchas maneras desagradables de morirse que hay en Madrid.—El «Expósito».—El «Cojo» y su cueva.—La noche en el Observatorio.

Un día Manuel se vió bastante sorprendido al saber que su madre no se levantaba y que estaba enferma. Hacía tiempo que echaba sangre por la boca; pero no le daba importancia a esto.

Manuel se presentó en la casa humildemente, y la patrona, en vez de recriminarle, le hizo pasar a ver a su madre. No se quejaba ésta mas que de un magullamiento grande en todo el cuerpo y de dolor en la espalda.

Pasó así días y días, unas veces mejor, otras peor, hasta que empezó a tener mucha fiebre y hubo que llamar al médico. La patrona dijo que habría que llevar a la enferma al hospital; pero como tenía buen corazón, no se determinó a hacerlo.

Ya había confesado a la Petra el cura de la casa una porción de veces. Las hermanas de Manuel iban de vez en cuando por allí, pero ninguna de las dos traía el dinero necesario para comprar las medicinas y los alimentos que recomendaba el médico.

El Domingo de Piñata, por la noche, la Petra se puso peor; por la tarde había estado hablando animadamente con su hijo: pero esta animación fué desapareciendo, hasta que quedó presa de un aniquilamiento mortal.

Aquella noche del Domingo de Piñata tenían los huéspedes de doña Casiana una cena más suculenta que de ordinario, y después de la cena unas rosquillas de postre, regadas con el más puro amílico de las destilerías prusianas.

A las doce de la noche seguía la juerga. La Petra le dijo a Manuel:

—Llámale a don Jacinto y dile que estoy peor.

Manuel entró en el comedor. En la atmósfera, espesa por el humo del tabaco, apenas se veían las caras congestionadas. Al entrar Manuel, uno dijo:

—Callad un poco, que hay un enfermo.

Manuel dió el recado al cura.

—Tu madre no tiene mas que aprensión. Luego iré—repuso don Jacinto.

Manuel volvió al cuarto.

—¿No viene?—preguntó la enferma.

—Ahora vendrá; dice que no tiene usted mas que aprensión.

—¡Sí; buena aprensión!—murmuró ella tristemente—. Estate aquí.

Manuel se sentó sobre un baúl; tenía un sueño que no veía.

Iba a dormirse cuando le llamó su madre.

—Mira—le dijo—, trae el cuadro de la Virgen de los Dolores que hay en la sala.

Manuel descolgó el cuadro, un cromo barato, y lo llevó a la alcoba.

—Ponlo a los pies de la cama, que lo pueda ver yo.

Hizo el muchacho lo que le mandaban, y volvió a sentarse. Seguía el jaleo de canciones, palmadas y castañuelas en el comedor.

De pronto, Manuel, que estaba medio dormido, oyó un estertor fuerte, que salía del pecho de su madre, y al mismo tiempo vió que su cara, más pálida, tenía extrañas contracciones.

—¿Que le pasa a usted?

La enferma no contestó. Entonces Manuel volvió a avisar al cura. Este abandonó el comedor refunfuñando, miró a la enferma y le dijo al muchacho:

—Tu madre se muere. Estate aquí, que yo vengo en seguida con la Unción.

Mandó el cura callar a los que alborotaban en el comedor, y enmudeció la casa entera.

No se oyó entonces mas que un ruido de pasos, abrir y cerrar de puertas y luego el estertor de la moribunda y el tic-tac de un reloj del pasillo.

Llegó el cura con otro que traía una estola e hizo todas las ceremonias de la Unción. Cuando el vicario y sacristán salían, Manuel miró a su madre y la vió lívida, con la mandíbula desencajada. Estaba muerta.

El muchacho se quedó solo en el cuarto, iluminado por la luz de aceite, sentado en un baúl, temblando de frío y de miedo.

Toda la noche la pasó así; de vez en cuando entraba la patrona en paños menores y preguntaba algo a Manuel, o le hacía alguna recomendación, que este, en general, no comprendía.

Manuel aquella noche pensó y sufrió lo que, quizá nunca pensara ni sufriera: reflexionó acerca de la utilidad de la vida y acerca de la muerte con una lucidez que nunca había tenido. Por más esfuerzos que hacía, no podía detener aquel flujo de pensamientos que se enlazaban unos con otros.

A las cuatro de la mañana estaba toda la casa en silencio, cuando se oyó el ruido del picaporte en la puerta de la escalera; después, pasos en el corredor, y luego, el sonido quejumbroso de la caja de música colocada en la mesa del vestíbulo, que tocaba la Mandolinata.

Manuel se despertó sobresaltado, como de un sueño; no se pudo dar cuenta de lo que era aquella música; hasta pensó si se le había trastornado la cabeza. El organillo, después de unas cuantas paradas y asmáticos hipos, abandonó la Mandolinata y comenzó a tocar atropelladamente el dúo de Bettina y de Pippo, de La Mascota:

Me olvidarás, gentil pastor,
con ese traje tan señor.

Manuel salió de la alcoba y preguntó en la obscuridad:

—¿Quién es?

Al mismo tiempo se oyeron voces que salían de todos los cuartos. El organillo interrumpió el aire de La Mascota para emprender con brío el himno de Garibaldi. De repente cesaron las notas de la caja de música y una voz ronca gritó:

—¡Paco! ¡Paco!

La patrona se levantó y preguntó quiénes alborotaban así; uno de los que habían entrado en la casa, con voz aguardentosa, dijo que eran estudiantes de la casa de huéspedes del piso tercero, que venían del baile en busca de Paco, uno de los comisionistas. La patrona les dijo que había un muerto en la casa, y uno de los borrachos, que era estudiante de Medicina, dijo que deseaba verle. Se le pudo disuadir de su idea y todos se marcharon. Al otro día se avisó a las hermanas de Manuel y se enterró a la Petra...

Al día siguiente del entierro, Manuel salió de la casa de huéspedes y se despidió de doña Casiana.

—¿Qué vas a hacer?—le dijo ésta.

—No sé; ya veremos.

—Yo no te puedo tener, pero no quiero que pases hambre. Alguna que otra vez ven por aquí.

Después de callejear toda la mañana, Manuel se encontró al mediodía en la ronda de Toledo, recostado en la tapia de las Américas y sin saber qué hacer. A un lado, sentado también en el suelo, había un chiquillo astroso, horriblemente feo y chato, con un ojo nublado, los pies desnudos y un chaquetón roto, por cuyos agujeros se veía la piel negra, curtida por el sol y la intemperie. Colgando del cuello llevaba un bote para coger colillas.

¿Dónde vives tú?—le preguntó Manuel.

—Yo no tengo padre ni madre—contestó indirectamente el muchacho.

—¿Cómo te llamas?

—El Expósito.

—¿Y por qué te llaman Expósito?

—¡Toma! Porque soy inclusero.

—Y tú ¿no has tenido nunca casa?

—Yo no.

—¿Y dónde sueles dormir?

—Pues en el verano, en las cuevas y en los corrales, y en el invierno, en las calderas del asfalto.

—¿Y cuando no hay asfalto?

—En algún asilo.

—Pero bueno, ¿qué comes?

—Lo que me dan.

—¿Y se vive bien así?

El inclusero no debió de entender la pregunta o le pareció muy necia, porque se encogió de hombros. Manuel siguió interrogándole con curiosidad.

—¿No tienes frío en los pies?

—No.

—¿Y no haces nada?

—¡Psch...!, lo que se tercia: cojo colillas, vendo arena, y cuando no gano nada voy al cuartel de María Cristina.

—¿A qué?

—Toma, por rancho.

—¿Y dónde está ese cuartel?

—Cerca de la estación de Atocha. ¿Qué? ¿También quieres ir tú allí?

—Sí; también.

—Pues vamos, no se vaya a pasar la hora del cocido.

Se levantaron los dos y echaron a andar por las rondas. El Expósito entró en las tiendas del camino a pedir, y le dieron dos pedazos de pan y una perra chica.

—¿Quieres, ninchi?—dijo ofreciendo uno de los pedazos a Manuel.

—Venga.

Llegaron los dos por la ronda de Atocha frente a la estación del Mediodía.

—¿Tú conoces la hora?—preguntó el Expósito.

—Sí, son las once.

—Entonces aun es temprano para ir al cuartel.

Frente a la estación, una señora, subida en un coche rojo, peroraba y ofrecía un ungüento para las heridas y un específico para quitar el dolor de muelas.

El Expósito, mordiendo el pedazo de pan, interrumpió el discurso de la señora del coche, gritando irónicamente:

—¡Deme usted una tajada para que se me quite el dolor de muelas!

—Y a mí otra—dijo Manuel.

—El marido de la señora del coche, un viejo con un ranglán muy largo, que, en el grupo de los oyentes, escuchaba con el mayor respeto lo que decía su costilla, se indignó y, hablando medio en castellano, dijo:

—Ahora sí que os van a dolert de veres.

—Este señor ha venido del Archipipi—interrumpió el Expósito.

El señor trató de coger a uno de los chicos. Manuel y el Expósito se alejaban corriendo, le daban un quiebro al del ranglán y se plantaban frente a él.

Sinvergüenses—gritaba el señor—os voy a dart una guantade, que entonses si que os van a dolert de verdat.

—Si ya nos duelen—le replicaban ellos.

El hombre, en el último grado de exasperación, comenzó a perseguir frenético a los chicos; un grupo de golfos y de vendedores de periódicos le achucharon irónicamente, y el viejo, sudando, secándose la cara con el pañuelo, fué en busca de un guardia municipal.

—¡Golfolaire! ¡Frachute! ¡Méndigo!—le gritó el Expósito.

Luego, riéndose de la guasa, se acercaron al cuartel y se pusieron a la cola de una fila de pobres y de vagos que esperaban la comida. Una vieja, que ya había comido, les prestó una lata para recoger el rancho.

Comieron, y después, en unión de otros chiquillos andrajosos, subieron por los altos arenosos del cerrillo de San Blas, a ver desde allá el ejercicio de los soldados en el paseo de Atocha.

Manuel se tendió perezosamente al sol; sentía el bienestar de hallarse libre por completo de preocupaciones, de ver el cielo azul extendiéndose hasta el infinito. Aquel bienestar le llevó a un sueño profundo.

Cuando se despertó era ya media tarde; el viento arrastraba nubes obscuras por el cielo. Manuel se sentó; había un grupo de golfos junto él, pero entre ellos no estaba el Expósito.

Un nubarrón negro vino avanzando hasta ocultar el sol; poco después empezó a llover.

—¿Vamos a la cueva del Cojo?—dijo uno de los muchachos.

—Vamos.

Echó toda la golfería a correr, y Manuel con ella, en la dirección del Retiro. Caían las gruesas gotas de lluvia en líneas oblicuas de color de acero; en el cielo, algunos rayos de sol pasaban brillantes por entre las violáceas nubes obscuras y alargadas, como grandes peces inmóviles.

Delante de los golfos, a bastante distancia, corrían dos mujeres y dos hombres.

Son la Rubia y la Chata, que van con dos paletos—dijo uno.

—Van a la cueva—añadió otro.

Llegaron los muchachos a la parte alta del cerrillo; en la entrada de la cueva, un agujero hecho en la arena; sentado en el suelo, un hombre, a quien le faltaba una pierna, fumaba en una pipa.

—Vamos a entrar—advirtió uno de los golfos al Cojo.

—No se puede—replicó él.

—¿Por qué?

—Porque no.

—¡Hombre! Déjenos usted entrar hasta que pase la lluvia.

—No puede ser.

—¿Es que están la Rubia y la Chata ahí?

—A vosotros ¿qué os importa?

—¿Vamos a darles un susto a esos paletos?—propuso uno de los golfos, que llevaba largos tufos negros por encima de las orejas.

—Ven y verás—masculló el Cojo, agarrando una piedra.

—Vamos al Observatorio—dijo otro—. Allá no nos mojaremos.

Los de la cuadrilla volvieron hacia atrás, saltaron una tapia que les salió al paso, y se guarecieron en el pórtico del Observatorio, del lado de Atocha. Venía el viento del Guadarrama, y allá quedaban al socaire.

La tarde y parte de la noche estuvo lloviendo, y la pasaron hablando de mujeres, de robos y de crímenes. Dos o tres de aquellos chicos tenían casa, pero no querían ir. Uno, que se llamaba el Mariané, contó una porción de timos y de estafas notables; algunos, que demostraban un ingenio y habilidad portentosos, entusiasmaron a la concurrencia. Agotado este tema, unos cuantos se pusieron a jugar al cané, y el de los tufos negros, a quien llamaban el Canco, cantó por lo bajo canciones flamencas con voz de mujer.

De noche, como hacía frío, se tendieron muy juntos en el suelo y siguieron hablando. A Manuel le chocaba la mala intención de todos; uno explicó cómo a un viejo de ochenta años, que dormía furtivamente en un cuchitril formado por cuatro esteras en el lavadero del Manzanares el Arco Iris, le abrieron una noche que corría un viento helado dos de las esteras, y al día siguiente lo encontraron muerto de frío; el Mariané contó que había estado con un primo suyo, que era sargento de caballería, en una casa pública, y el sargento se montó sobre la espalda de una mujer desnuda y con las espuelas le desgarró los muslos.

—Es que para tener contentas a las mujeres no hay como hacerlas sufrir—terminó diciendo el Mariané.

Manuel oyó esta sentencia asombrado; pensó en aquella costurerita que iba a casa de la patrona, y después en la Salomé, y en que no le hubiese gustado hacerse querer de ellas martirizándolas; y barajando estas ideas quedó dormido.

Cuando despertó sintió el frío, que le penetraba hasta los huesos. Alboreaba la mañana, ya no llovía; el cielo, aun obscuro, se llenaba de nubes negruzcas. Por encima de un seto de evónimos brillaba una estrella, en medio de la pálida franja del horizonte, y sobre aquella claridad de ópalo se destacaban entrecruzadas las ramas de los árboles, todavía sin hojas.

Se oían silbidos de las locomotoras en la estación próxima; hacia Carabanchel palidecían las luces de los faroles en el campo obscuro entrevisto a la vaga luminosidad del día naciente.

Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche con sus tejados, que cortaban en una línea recta el cielo; sus torrecillas, sus altas chimeneas de fábrica y, en el silencio del amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenían algo de lo irreal y de lo inmóvil de una pintura.

Clareaba más el cielo, azuleando poco a poco. Se destacaban ya de un modo preciso las casas nuevas, blancas; las medianerías altas de ladrillo, agujereadas por ventanucos simétricos; los tejados, los esquinazos, las balaustradas, las torres rojas, recién construídas, los ejércitos de chimeneas, todo envuelto en la atmósfera húmeda, fría y triste de la mañana, bajo un cielo bajo de color de cinc.

Fuera del pueblo, a lo lejos, se extendía la llanura madrileña en suaves ondulaciones, por donde nadaban las neblinas del amanecer; serpenteaba el Manzanares, estrecho como un hilo de plata; se acercaba al cerrillo de los Ángeles, cruzando campos yermos y barriadas humildes, para curvarse después y perderse en el horizonte gris. Por encima de Madrid, el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas blanqueadas por la nieve.

En pleno silencio el esquilón de una iglesia comenzó a sonar alegre, olvidado en la ciudad dormida.

Manuel sentía mucho frío y comenzó a pasearse de un lado a otro, golpeándose con las manos en los hombros y en las piernas. Entretenido en esta operación, no vió a un hombre de boina, con una linterna en la mano, que se acercó y le dijo:

—¿Qué haces ahí?

Manuel, sin contestar, echó a correr para abajo; poco después comenzaron a bajar los demás, despertados a puntapiés por el hombre de la boina.

Al llegar junto al Museo Velasco, el Mariané dijo:

—Vamos a ver si hacemos la Pascua a ese morral del Cojo.

—Sí; vamos.

Volvieron a subir por una vereda al sitio en donde habían estado la tarde anterior. De las cuevas del cerrillo de San Blas salían gateando algunos golfos miserables que, asustados al oír ruido de voces, y pensando sin duda en alguna batida de la policía, echaban a correr desnudos, con los harapos debajo del brazo.

Se acercaron a la cueva del Cojo; el Mariané propuso que en castigo a no haberles dejado entrar el día anterior, debían hacer un montón de hierbas en la entrada de la cueva y pegarle fuego.

—No, hombre, eso es una barbaridad—dijo el Canco—. El hombre alquila su cueva a la Rubia y a la Chata, que andan por ahí y tienen su parroquia en el cuartel, y no puede menos de respetar sus contratos.

—Pues hay que amolarle—repuso el Mariané—. Ya veréis. El muchacho entró a gatas en la cueva y salió poco después con la pierna de palo del Cojo en una mano y en la otra un puchero.

¡Cojo! ¡Cojo!—gritó.

A los gritos se presentó el lisiado en la boca de la cueva, apoyándose en las manos, andando a rastras, vociferando y blasfemando con furia.

¡Cojo! ¡Cojo!—le volvió a gritar el Mariané como quien azuza a un perro—. ¡Que se te va la pierna! ¡Que se te escapa el piri!—y cogiendo la pata de palo y el puchero los tiró por el desmonte abajo.

Echaron todos a correr hacia la ronda de Vallecas. Por encima de los altos y hondonadas del barrio del Pacífico, el disco rojo enorme del sol brotaba de la tierra y ascendía lento y majestuoso por detrás de unas casuchas negras.

CAPÍTULO III

Encuentro con Roberto.—Roberto cuenta el origen de una fortuna fantástica.

Tuvo Manuel que volver a la tahona a pedir trabajo, y allí, gracias a que Karl le habló al amo, pasó el muchacho algún tiempo substituyendo a un repartidor.

Manuel comprendía que aquello no era definitivo, ni llevaba a ninguna parte; pero no sabía qué hacer, ni qué camino seguir.

Cuando se quedó sin jornal, mientras no le faltó para comer, en un figón fué viviendo; llegó un día en que se quedó sin un céntimo y recurrió al cuartel de María Cristina.

Dos o tres días aguardaba entre la fila de mendigos a que sacasen el rancho, cuando vió a Roberto que entraba en el cuartel. Por no perder la vez no se acercó, pero, después de comer, le esperó hasta que le vió salir.

—¡Don Roberto!—gritó Manuel.

El estudiante se puso muy pálido; luego se tranquilizó al ver a Manuel.

—¿Qué haces aquí?—dijo.

—Pues, ya ve usted, aquí vengo a comer; no encuentro trabajo.

—¡Ah! ¿Vienes a comer aquí?

—Sí, señor.

—Pues yo vengo a lo mismo—murmuró Roberto, riéndose.

—¿Usted?

—Sí; el destino que tenía me lo quitaron.

—¿Y qué hace usted ahora?

—Estoy en un periódico trabajando y esperando a que haya una plaza vacante. En el cuartel me he hecho amigo de un escultor que viene a comer también aquí y vivimos los dos en una guardilla. Yo me río de estas cosas, porque tengo el convencimiento de que he de ser rico, y, cuando lo sea, recordaré con gusto mis apuros.

—Ya empieza a desbarrar—pensó Manuel.

—¿Es que tú no estás convencido de que yo voy a ser rico?

—Sí; ¡ya lo creo!

—¿Adónde vas?—preguntó Roberto.

—A ninguna parte.

—Pasearemos.

—Vamos.

Bajaron a la calle de Alfonso XII y entraron en el Retiro; llegaron hasta el final del paseo de coches, y allí se sentaron en un banco.

—Por aquí andaremos nosotros en carruaje cuando yo sea millonario—dijo Roberto.

—Usted...; lo que es yo—replicó Manuel.

—Tú también. ¿Te crees tú que te voy a dejar comer en el cuartel cuando tenga millones?

—La verdad es que estará chiflado, pero tiene buen corazón—pensó Manuel—; luego añadió:—¿Han adelantado mucho sus cosas?

—No, mucho, no; todavía la cuestión está embrollada; pero ya se aclarará.

—¿Sabe usted que el titiritero aquel del fonógrafo—dijo Manuel—vino con una mujer que se llamaba Rosa? Yo fuí a buscarle a usted para ver si era la que usted decía.

—No. Esta que yo buscaba ha muerto

—¿Entonces el asunto de usted se habrá aclarado?

—Sí; pero me falta dinero. Don Telmo me prestaba diez mil duros, a condición de cederle, en el caso de ganar, la mitad de la fortuna al entrar en posesión de ella, y no he aceptado.

—Qué disparate.

—Quería, además, que me casase con su sobrina.

—¿Y usted no ha querido?

—No.

—Pues es guapa.

—Sí; pero no me gusta.

—¿Qué? ¿Se acuerda usted todavía de la chica de la Baronesa?

—¡No me he de acordar! La he visto. Está preciosa.

—Sí; es bonita.

—¡Bonita sólo! No blasfemes. Desde que la vi, me he decidido. O va uno al fondo o arriba.

—Se expone usted a quedarse sin nada.

—Ya lo sé; no me importa. O todo o nada.

Los Hasting han tenido siempre voluntad y decisión para las cosas. El ejemplo de un pariente mío me alienta. Es un caso de terquedad, tonificador. Verás.

Mi tío, el hermano de mi abuelo, estuvo en Londres en una casa de comercio; supo por un marino que en una isla del Pacífico habían sacado una vez una caja llena de plata, que suponían sería de un barco que había salido del Perú para Filipinas. Mi tío logró saber el punto fijo en donde había naufragado el barco, e, inmediatamente, dejó su empleo y se fué a Filipinas. Fletó un barquito, llegó al punto señalado, un peñón del archipiélago de Magallanes, sondaron en distintas partes y no llegaron a sacar, después de grandes trabajos, mas que unas cuantas cajas rotas, en donde no quedaban huellas de nada. Cuando los víveres se acabaron tuvieron que volver, y mi tío llegó sin un cuarto a Manila, y se metió de empleado en una casa de comercio. Al año de esto, un yanqui le propuso buscar el tesoro juntos, y mi tío aceptó, con la condición de que partirían entre los dos las ganancias. En este segundo viaje sacaron dos cajas pesadísimas y grandes, una llena de lingotes de plata, la otra con onzas mejicanas. El yanqui y mi tío se repartieron el dinero, y a cada uno le tocó más de cien mil duros; pero mi tío, que era terco, volvió al lugar del naufragio, y entonces ya debió de encontrar el tesoro, porque llegó a Inglaterra con una fortuna colosal. Hoy los Hasting, que viven en Inglaterra, siguen siendo millonarios. ¿No te acuerdas de Fanny, la que vino a la taberna de las Injurias con nosotros?

—Sí.

—Pues es de los Hasting ricos de Inglaterra.

—¿Y usted por qué no les pide algún dinero?—preguntó Manuel.

—No, nunca, aunque me muriera de hambre, y eso que ellos se han prestado muchas veces a favorecerme. Antes de venir a Madrid estuve viajando por casi todas partes del mundo en un yate del hermano de Fanny.

—¿Y esa fortuna que usted piensa encontrar está también en alguna isla?—dijo Manuel.

—Me parece que eres de los que no tienen fe—contestó Roberto—. Antes de que cantara el gallo me negarías tres veces.

—No; yo no conozco sus asuntos; pero si usted me necesitara a mí, yo le serviría con mucho gusto.

—Pero dudas de mi estrella, y haces mal; te figuras que estoy chiflado.

—No, no, señor.

—¡Bah! Tú te crees que esa fortuna que yo tengo que heredar es una filfa.

—Yo no sé.

—Pues, no; la fortuna existe. ¿Tú te acuerdas una vez que hablaba con don Telmo delante de ti de cómo había estado en casa de un encuadernador, y la conversación que tuve con él?

—Sí, señor; me acuerdo.

Pues bien; aquella conversación fué para mí la base de las indagaciones que he hecho después; no te contaré yo cómo he ido recogiendo datos y más datos, poco a poco, porque esto te resultaría pesado; te mostraré escuetamente la cuestión.

Al concluir esto, Roberto se levantó del banco en donde estaban sentados, y dijo a Manuel:

—Vamos de aquí. Aquel señor anda rondándonos; trata de oír nuestra conversación.

Manuel se levantó convencido de la chifladura de Roberto; pasaron por delante del Ángel Caído, llegaron cerca del Observatorio Meteorológico, y de allí salieron a unos cerrillos que están frente al Pacífico y al barrio de Doña Carlota.

—Aquí se puede hablar—murmuró Roberto—. Si viene alguno, avísame.

—No tenga usted cuidado—respondió Manuel.

—Pues como te decía, esa conversación fué la base de una fortuna que pronto me pertenecerá; pero mira si será uno torpe y lo mal que se ven las cosas cuando están al lado de uno. Hasta pasado lo menos un año de la conversación no empecé yo a hacer gestiones. Las primeras las hice hace dos años. Un día de Carnaval se me ocurrió la idea. Yo daba lecciones de inglés y estudiaba en la Universidad; con el poco dinero que ganaba tenía que enviar parte a mi madre, y parte me servía para vivir y para las matrículas. Este día de Carnaval, un martes, lo recuerdo, no tenía mas que tres pesetas en el bolsillo; llevaba tanto tiempo trabajando sin distraerme un momento, que dije:—Nada, hoy voy a hacer una calaverada; me voy a disfrazar. Efectivamente, en la calle de San Marcos alquilé un dominó y un antifaz por tres pesetas, y me eché a la calle, sin un céntimo en el bolsillo. Comencé a bajar hacia la Castellana, y al llegar a la Cibeles me pregunté a mí mismo, extrañado: ¿Para qué habré hecho yo la necedad de gastar el poco dinero que tenía en disfrazarme cuando no conozco a nadie?

Quise volver hacia arriba a abandonar mi disfraz; pero había tanta gente, que tuve que seguir con la marea. No sé si te habrás fijado en lo solo que se encuentra uno esos días de Carnaval entre las oleadas de la multitud. Esa soledad entre la muchedumbre es mucho mayor que la soledad en el bosque. Esto me hizo pensar en las mil torpezas que uno comete: en la esterilidad de mi vida.—Me voy a consumir—me dije—en una actividad de ratoncillo; voy a terminar en ser un profesor, una especie de institutriz inglesa. No; eso nunca. Hay que buscar una ocasión y un fin para emanciparse de esta existencia mezquina, y si no lanzarse a la vida trágica. Pensé también en que era muy posible que la ocasión hubiese pasado ante mí sin que yo supiese aprovecharme de ella, y de pronto recordé la conversación con el encuadernador. Me decidí a enterarme, hasta ver la cosa claramente, sin esperanza ninguna, sólo como una gimnasia de la voluntad.—Se necesita más voluntad—me dije—para vencer los detalles que aparecen a cada instante que no para hacer un gran sacrificio o para tener un momento de abnegación. Los momentos sublimes, los actos heroicos, son más bien actos de exaltación de la inteligencia que de voluntad; yo me he sentido siempre capaz de hacer una gran cosa, de tomar una trinchera, de defender una barricada, de ir al Polo Norte; pero ¿sería capaz de llevar a cabo una obra diaria, de pequeñas molestias y de fastidios cotidianos? Sí, me dije a mí mismo, y decidido me metí entre las máscaras, y volví a Madrid mientras los demás alborotaban.

—¿Y desde entonces trabajó usted?

—Desde entonces, con una constancia rabiosa. El encuadernador no quería darme ningún dato; me instalé en la Casa de Canónigos, pedí el libro de Turnos, y allí un día y otro estuve revisando listas y listas, hasta que encontré la fecha del proceso; de aquí me fuí a las Salesas, di con el archivo, y un mes entero pasé allá en una guardilla abriendo legajos, hasta que pude ver los autos. Luego tuve que sacar fes de bautismo, buscar recomendaciones para un obispo, andar, correr, intrigar, ir de un lado a otro, hasta que la cuestión comenzó a aclararse, y con mis documentos en regla hice mi reclamación en Londres. He plantado durante estos dos años los cimientos para levantar la torre a la que he de subir.

—¿Y está usted seguro que los cimientos son sólidos?

—¡Oh, son los hechos! Aquí están—y Roberto sacó un papel doblado del bolsillo—. Es el árbol genealógico de mi familia. Este círculo rojo es don Fermín Núñez de Letona, cura de Labraz, que va a Venezuela, a fines del siglo XVIII. Hace, no se sabe cómo, una inmensa fortuna, y vuelve a España en la época de Trafalgar. En la travesía, un barco inglés aborda al español en donde viene el cura, y a éste y a los demás pasajeros los apresan y los llevan a Inglaterra. Don Fermín reclama su fortuna al Gobierno inglés, se la devuelven, y la coloca en el Banco de Londres, y viene a España en la época de la guerra de la Independencia. Como en aquellos tiempos el dinero no estaba muy seguro en España, don Fermín deja su fortuna en el Banco de Londres, y una de las veces que trata de retirar una cantidad grande para comprar propiedades, va a Inglaterra con la sobrina de un primo suyo y único pariente, llamado Juan Antonio. Esta sobrina—y Roberto señaló un círculo en el papel—se casa con un señorito irlandés, Bandon, y muere a los tres años de casada. El cura don Fermín decide volver a España, y manda girar su fortuna al Banco de San Fernando, y antes de que se haga el giro don Fermín muere. Bandon, el irlandés, presenta un testamento en que el cura deja como heredera universal a su sobrina, y además prueba que tuvo un hijo de su mujer, que murió después de bautizado. El primo de don Fermín, Juan Antonio, el de Labraz, le pone pleito a Bandon, y el pleito dura cerca de veinte años, y muere Juan Antonio, y el irlandés puede recoger una parte de la herencia.

La otra hija de Juan Antonio se casa con un primo suyo, comerciante de Haro, y tiene tres hijos, dos varones y una hembra. Esta se mete monja, uno de los varones muere en la guerra carlista y el otro entra en un comercio y se va a América.

Este, Juan Manuel Núñez, hace una fortuna regular, se casa con una criolla y tiene dos hijas: Augusta y Margarita. Augusta, la menor, se casa con mi padre, Ricardo Hasting, que era un calavera que se escapó de su casa, y Margarita, con un militar, el coronel Buenavida. Vienen todos a España en muy buena posición, mi padre se mete en negocios ruinosos, y ya arruinado, no sé por dónde averigua que la fortuna del cura Núñez de Letona está a disposición de los herederos; va a Inglaterra, hace su reclamación, le exigen documentos, saca las fes de bautismo de los antepasados de su mujer y se encuentra con que la partida de nacimiento del cura don Fermín no se encuentra por ningún lado. De pronto, mi padre deja de escribir y pasan años y años, y al cabo de más de diez recibimos una carta participándonos que ha muerto en Australia.

Margarita, la hermana de mi madre, queda viuda con una hija, se vuelve a casar, y el segundo marido resulta un bribón de marca mayor, que la deja sin un céntimo. La hija del primer matrimonio, Rosa, sin poder sufrir al padrastro, se escapa de casa con un cómico, y no sabe más de ella.

Si has seguido—añadió Roberto—mis explicaciones, habrás visto que no quedan más parientes de don Fermín Núñez de Letona que mis hermanas y yo, porque la hija de Margarita, Rosa Núñez, ha muerto.

Ahora, la cuestión está en probar este parentesco, y ese parentesco está probado; tengo las partidas de bautismo que acreditan que descendemos en línea directa de Juan Antonio, el hermano de Fermín. Pero ¿por qué no aparece el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial de Labraz? Eso es lo que a mí me preocupó y eso es lo que he resuelto. Bandon el irlandés, cuando murió su contrincante Juan Antonio, envió a España un agente llamado Shaphter, y éste hizo desaparecer la fe de bautismo de don Fermín. ¿Cómo? Aun no lo sé. Mientras tanto, yo sigo en Londres la reclamación, sólo para mantener la causa en estado de litigio, y los Hasting son los que llevan el proceso.

—¿Y a cuánto asciende esa fortuna?—preguntó Manuel.

—Entre el capital y los intereses, a un millón de libras esterlinas.

—¿Y es mucho eso?

—Sin el cambio, unos cien millones de reales; con el cambio, ciento treinta.

Manuel se echó a reír.

—¿Para usted solo?

—Para mí y para mis hermanas. Figúrate tú, cuando yo coja esa cantidad, lo que van a ser para mí estos cochecitos y estas cosas. Nada.

—Y ahora, mientras tanto, no tiene usted una perra.

—Así es la vida, hay que esperar, no hay más remedio. Ahora que nadie me cree, gozo yo más con el reconocimiento de mi fuerza que gozaré después con el éxito. He construído una montaña entera; una niebla profunda impide verla; mañana se desgarrará la niebla y el monte aparecerá erguido, con las cumbres cubiertas de nieve.

Manuel encontraba necio estar hablando de tanta grandeza cuando ni uno ni otro tenían para comer, y, pretextando una ocupación, se despidió de Roberto.

CAPÍTULO IV

Dolores la «Escandalosa».—Las engañifas del «Pastiri».—Dulce salvajismo.—Un modesto robo en despoblado.

Después de una semana pasada al sereno, un día Manuel se decidió a reunirse con Vidal y el Bizco y a lanzarse a la vida maleante.

Preguntó por sus amigos en los ventorros de la carretera de Andalucía, en la Llorosa, en las Injurias, y un compinche del Bizco, que se llamaba el Chungui, le dijo que el Bizco paraba en las Cambroneras, en casa de una mujer ladrona de fama, conocida por Dolores la Escandalosa.

Fué Manuel a las Cambroneras, preguntó por la Dolores y le indicaron una puerta en un patio habitado por gitanos.

Llamó Manuel, pero la Dolores no quiso abrir la puerta; luego, con las explicaciones que le dió el muchacho, le dejó entrar.

La casa de la Escandalosa consistía en un cuarto de unos tres metros en cuadro; en el fondo se veía una cama, donde dormía vestido el Bizco; a un lado, una especie de hornacina con su chimenea y un fogón pequeño. Además, ocupaban el cuarto una mesa, un baúl, un vasar blanco con platos y pucheros de barro y una palomilla de pino con un quinqué de petróleo encima.

La Dolores era una mujer de cincuenta años próximamente; vestía traje negro, un pañuelo rojo atado como una venda a la frente, y otro, de color obscuro, por encima.

Llamó Manuel al Bizco, y, cuando éste se despertó, le preguntó por Vidal.

—Ahora vendrá—dijo el Bizco; luego, dirigiéndose a la vieja, gritó—: Tráeme las botas, tú.

La Dolores no hizo pronto el mandado, y el Bizco, por alarde, para demostrar el dominio que tenía sobre ella, le dió una bofetada.

La mujer no chistó; Manuel miró al Bizco fríamente, con disgusto; el otro desvió la vista de un modo huraño.

—¿Quieres almorzar?—le preguntó el Bizco a Manuel cuando se hubo levantado.

—Si das algo bueno...

La Dolores sacó la sartén del fuego llena de pedazos de carne y de patatas.

—No os tratáis poco bien—murmuró Manuel, a quien el hambre hacía profundamente cínico.

—Nos dan fiado en la casquería—dijo la Dolores, para explicar la abundancia de carne.

—¡Si tú y yo no afanáramos por ahí—saltó el Bizco, dirigiéndose a la vieja—, lo que comiéramos nosotros!

La mujer sonrió modestamente. Acabaron con el almuerzo, y la Dolores sacó una botella de vino.

—Esta mujer—dijo el Bizco—, ahí donde la ves, no hay otra como ella. Enséñale lo que tenemos en el rincón.

—Ahora, no, hombre.

—¿Por qué no?

—¿Si viene alguno?

—Echo el cerrojo.

—Bueno.

Cerró la puerta el Bizco, la Dolores empujó la cama al centro del cuarto, se acercó a la pared, despegó un trozo de tela rebozado de cal, de una vara en cuadro, y apareció un boquete lleno de cintas, cordones, puntillas y otros objetos de pasamanería.

—¿Eh?—dijo el Bizco—; pues todo esto lo ha afanado ella.

—Aquí debéis tener mucho dinero.

—Sí; algo hay—contestó la Dolores—. Luego, dejó caer el trozo de tela que tapaba la excavación de la pared, lo sujetó y colocó delante la cama. El Bizco descorrió el cerrojo. Al poco rato llamaban en la puerta.

—Debe ser Vidal—dijo el Bizco, y añadió en voz baja, dirigiéndose a Manuel—: Oye, tú, a éste no le digas nada.

Entró Vidal con su aire desenvuelto, celebró la llegada de Manuel, y los tres camaradas salieron a la calle.

—¿Vais a barbear por ahí?—preguntó la vieja.

—Sí.

—A ver si no vienes tarde, ¿eh?—añadió la Dolores, dirigiéndose al Bizco.

Este no se dignó contestar a la recomendación.

Salieron los tres a la glorieta del puente de Toledo; allí cerca tomaron una copa, en el cajón del Garatusa, un licenciado de presidio, protector de descuideros, no sin interés y su cuenta, y luego, por el paseo de los Ocho Hilos, salieron a la ronda de Toledo.

Como domingo, los alrededores del Rastro rebosaban gente.

A lo largo de la tapia de las grandiosas Américas, en el espacio comprendido entre el Matadero y la Escuela de Veterinaria, una larga fila de vendedores ambulantes establecía sus reales.

Había algunos de éstos con trazas de mendigos, inmóviles, somnolientos, apoyados en la pared, contemplando con indiferencia sus géneros: cuadros viejos, cromos nuevos, libros, cosas inútiles, desportilladas, sucias, convencidos de que nadie mercaría lo que ellos mostraban al público. Otros gesticulaban, discutían con los compradores; algunas viejas horribles y atezadas, con sombreros de paja grandes en la cabeza, las manos negras, los brazos en jarra, la desvergüenza pronta a surgir del labio, chillaban como cotorras.

Las gitanas de trajes abigarrados peinaban al sol a las gitanillas morenuchas y a los churumbeles de pelo negro y ojos grandes; una porción de vagos discurría gravemente; pordioseros envueltos en harapos, lisiados, lacrosos, clamaban, cantaban, se lamentaban, y el público dominguero, buscador de gangas, iba y venía, deteniéndose en este puesto, preguntando, husmeando, y la gente pasaba, con el rostro inyectado por el calor del sol, un sol de primavera que cegaba al reflejar la blancura de creta de la tierra polvorienta, y brillaba y centelleaba con reflejos mil en los espejos rotos y en los cachivaches de metal, tirados y amontonados en el suelo. Y para aumentar aquella baraúnda turbadora de voces y de gritos, dos organillos llenaban el aire con el campanilleo alegre de sus notas, mezcladas y entrecruzadas.

Manuel, el Bizco y Vidal subieron a la cabecera del Rastro y volvieron a bajar. En la puerta de las Américas se encontraron con el Pastiri, que andaba husmeando por allí.

Al ver a Manuel y a los otros dos, el de las tres cartas se les acercó y les dijo:

—¿Vamos a tomar unas tintas?

—Vamos.

Entraron en una tasca de la Ronda. El Pastiri aquel día estaba solo, porque su compañero se había marchado a El Escorial, y como no tenía quien le hiciera el paripé en el juego, no sacaba una perra. Si ellos tomaban el papel de ganchos, para decidir a los curiosos a jugar, les daría una parte en las ganancias.

—Pregúntale cuánto—dijo el Bizco a Vidal.

—No seas tonto.

El Pastiri explicó la cosa para que la entendiera el Bizco; la cuestión era apostar y decir en voz alta que ganaban, que él se encargaría de meter en ganas de jugar a los espectadores.

—Ya, ya sabemos lo que hay que hacer—dijo Vidal.

—¿Y aceptáis la combi?

—Sí, hombre.

Repartió el Pastiri tres pesetas por barba, y salieron los cuatro de la taberna, atravesaron la Ronda y se metieron en el Rastro.

A veces se paraba el Pastiri, creyendo tener algún tonto a la vista; el Bizco o Manuel apuntaban; pero el que parecía tonto sonreía al notar la celada, o pasaba indiferente, acostumbrado a presenciar aquella clase de timos.

De pronto vió venir el Pastiri un grupo de paletos con sombrero ancho y calzón corto.

Aluspiar, que ahí vienen unos pardillos, y puede caer algo—dijo, y se plantó delante de los paletos con su tablita y sus cartas, y comenzó el juego.

El Bizco apuntó dos pesetas y ganó; Manuel hizo lo mismo, y ganó también.

—Este hombre es un primo—dijo Vidal, en voz alta, y dirigiéndose al grupo de los campesinos—. Pero ¿han visto ustedes el dinero que está perdiendo?—añadió—. Aquel militar le ha ganado seis duros.

Uno de los paletos se acercó al oír esto, y viendo que Manuel y el Bizco ganaban, apostó una peseta y ganó. Los compañeros del paleto le aconsejaron que se retirara con su ganancia; pero la codicia pudo más en él, y, volviendo, apostó dos pesetas y las perdió.

Vidal puso entonces un duro.

—Un machacante—dijo, dando con la moneda en el suelo—. Acertó la carta y ganó.

El Pastiri hizo un gesto de fastidio.

Apostó el paleto otro duro y lo perdió; miró angustiado a sus paisanos, sacó otro duro y lo volvió a perder.

En aquel momento se acercó un guardia y se disolvió el grupo; al ver el movimiento de fuga del Pastiri, el paleto quiso sujetarle, agarrándole de la americana; pero el hombre dió un tirón y se escabulló por entre la gente.

Manuel, Vidal y el Bizco salieron por la plaza del Rastro a la calle de Embajadores.

El Bizco tenía cuatro pesetas, Manuel seis y Vidal catorce.

—¿Y qué le vamos a devolver a ése?—preguntó el Bizco.

—¿Devolver? Nada—contestó Vidal.

—Le vamos a apandar la ganancia del año—dijo Manuel.

—Bueno; que lo maten—replicó Vidal—. Pa chasco que nos fuéramos nosotros de rositas.

Era hora de almorzar, discutieron adónde irían, y Vidal dispuso que ya que se encontraban en la calle de Embajadores, la Sociedad de los Tres en pleno siguiera hacia abajo hasta el merendero de la Manigua.

Se tuvo en cuenta la indicación, y los socios pasaron toda la tarde del domingo hechos unos príncipes; Vidal estuvo espléndido, gastando el dinero del Pastiri, convidando a unas chicas y bailando a lo chulo.

A Manuel no le pareció tan mal el comienzo de la vida de golfería. De noche, los tres socios, un poco cargados de vino, subieron por la calle de Embajadores, tomando después por la vía de circunvalación.