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La lucha por la vida: La busca cover

La lucha por la vida: La busca

Chapter 8: CAPÍTULO III
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About This Book

The novel follows a young man who drifts into a sprawling city’s poorest neighborhoods, seeking work and identity while confronting hunger, exploitation, and petty crime. Through episodic scenes and vivid portraits of boardinghouses, taverns and workshops, it traces interactions with landladies, companions, criminals and lovers, and critiques social inequality, fatalism, and the limited options that shape character. Tone alternates between gritty realism, irony and dark humor, and the narrative emphasizes environment over individual heroism.

El corrector tenía una familia numerosa: su mujer, la suegra, una hija de veinte años y una lechigada de chiquillos; no le bastaba el jornal que ganaba corrigiendo pruebas en un periódico, y solía pasar grandes apuros. El corrector solía llevar un macfarlán destrozado, lleno de flecos, un pañuelo grande y sucio anudado a la garganta y un hongo amarillo, blanco y mugriento.

Su hija, Milagros de nombre, una muchacha esbelta, fina como un pajarito, estaba en relaciones con Leandro, el primo de Manuel.

Los novios solían tener alternativas en sus amores, unas veces por coqueterías de ella, otras, por la mala vida de él.

No se entendían, porque la Milagros era un poco entonada y ambiciosa, se consideraba como venida a menos, y Leandro tenía, en cambio, un genio brusco e irascible.

El otro vecino del zapatero, el señor Zurro, tipo pintoresco y curioso, no se trataba con el señor Ignacio y odiaba cordialmente al corrector. El Zurro andaba siempre agazapado tras de unas antiparras azules, llevaba gorra de piel y balandranes largos.

—Se llama Zurro de apellido—decía el corrector—; pero es un zorro en sus actos; de estos zorros camperos, maestros en malicias y habilidades.

Según se hablaba, el Zurro entendía su negocio; tenía un puesto en la parte baja del Rastro, una choza obscura e infecta rellena de trapos, casacas antiguas, retales de telas viejas, tapicerías, trozos de casullas, y, además de esto, botellas vacías, botellas llenas de aguardiente y cognac, sifones de agua de Seltz, cerraduras roñosas, escopetas tomadas por la herrumbre, llaves, pistolas, botones, medallas y otras baratijas sin valor.

Y a pesar de que en la tienda del señor Zurro no entraban, seguramente, al cabo del día, más de dos personas, que harían un gasto de un par de reales, el ropavejero marchaba bien.

Vivía con su hija, la Encarna, una flamencona de unos veinticinco años, muy chulapa, muy descarada, que los domingos salía a pasear con su padre cargada de joyas. La Encarna sentía arder en su pecho el fuego de la pasión por Leandro; pero éste, enamorado de la Milagros, no correspondía al fuego del alma de la ropavejera.

Por tal motivo, la Encarna odiaba cordialmente a la Milagros y a los individuos de su familia, y los ponía a todas horas de cursis y de muertos de hambre, los injuriaba con motes desdeñosos, como el de Sopista mendrugo, adjudicado por ella al corrector, y el de La Loca del Vaticano a su hija.

Odios de personas de vida casi común, no era raro que fuesen de un encono y de un rencor violento; así, los de una y otra familia, no se miraban sin maldecirse y sin desearse mutuamente las mayores desgracias.

CAPÍTULO III

Roberto Hasting en la zapatería.—Procesión de mendigos.—Corte de los Milagros.

Una mañana de fines de septiembre presentóse Roberto en la puerta de La regeneración del calzado, y asomando la cabeza al interior del almacén, dijo:

—¡Hola, Manuel!

—¡Hola, don Roberto!

—Se trabaja, ¿eh?

Manuel se encogió de hombres dando a entender que no era precisamente por su gusto.

Roberto vaciló un momento para entrar en la zapatería, y, al último, se decidió y entró.

—Siéntese usted—le dijo el señor Ignacio, ofreciéndole una silla.

—¿Usted es el tío de Manuel?

—Para servirle.

Se sentó Roberto, ofreció un cigarro al señor Ignacio, otro a Leandro, y se pusieron a fumar los tres.

—Yo conozco a su sobrino—dijo Roberto al zapatero—, porque vivo en casa de la Petra.

—¡Ah! ¿Sí?

—Y hoy quisiera que le dejara usted libre un par de horas.

—Sí, señor; toda la tarde, si usted quiere.

—Bueno; entonces, yo vendré por él después de comer.

—Está bien.

Roberto contempló cómo trabajaban, y de repente se levantó y se fué.

Manuel no comprendía qué le quería Roberto, y por la tarde le esperó con verdadera impaciencia. Llegó, y los dos salieron de la calle del Aguila y bajaron a la ronda de Segovia.

—¿Tú sabes dónde está la Doctrina?—preguntó Roberto a Manuel.

—¿Qué Doctrina?

—Un sitio donde se reúnen los viernes muchos mendigos.

—No sé.

—¿Sabes dónde está el camino alto de San Isidro?

-Sí.

—Bueno; pues allí vamos a ir; ahí es dónde está la Doctrina.

Manuel y Roberto bajaron por el paseo de los Pontones y siguieron en dirección del puente de Toledo. El estudiante no dijo nada, y Manuel nada quiso preguntarle.

El día estaba seco, polvoriento. El viento sur, sofocante, echaba bocanadas de calor y de arena; algunos relámpagos iluminaban las nubes; se oía el sonar lejano de los truenos; el campo amarilleaba cubierto de polvo.

Por el puente de Toledo pasaba una procesión de mendigos y mendigas, al cual más desastrados y sucios. Salía gente, para formar aquella procesión del harapo, de las Cambroneras y de las Injurias; llegaban del paseo Imperial y de los Ocho Hilos; y ya, en filas apretadas, entraban por el puente de Toledo y seguían por el camino alto de San Isidro a detenerse ante una casa roja.

—Esto debe ser la Doctrina—dijo Roberto a Manuel señalándole un edificio, que tenía un patio con una figura de Cristo en medio.

Se acercaron los dos a la verja. Era aquello un conclave de mendigos, un conciliábulo de Corte de los Milagros. Las mujeres ocupaban casi todo el patio; en un extremo, cerca de una capilla, se amontonaban los hombres; no se veían mas que caras hinchadas, de estúpida apariencia, narices inflamadas y bocas torcidas; viejas gordas y pesadas como ballenas, melancólicas; viejezuelas esqueléticas de boca hundida y nariz de ave rapaz; mendigas vergonzantes con la barba verrugosa, llena de pelos, y la mirada entre irónica y huraña; mujeres jóvenes, flacas y extenuadas, desmelenadas y negras; y todas, viejas y jóvenes, envueltas en trajes raídos, remendados, zurcidos, vueltos a remendar hasta no dejar una pulgada sin su remiendo. Los mantones, verdes, de color de aceituna, y el traje tiste ciudadano, alternaban con los refajos de bayeta, amarillos y rojos, de las campesinas.

Roberto paseó mirando con atención el interior del patio. Manuel le seguía indiferente.

Entre los mendigos, un gran número lo formaban los ciegos; había lisiados, cojos, mancos; unos hieráticos, silenciosos y graves; otros movedizos. Se mezclaban las anguarinas pardas con las americanas raídas y las blusas sucias. Algunos andrajosos llevaban a la espalda sacos y morrales negros; otros, enormes cachiporras en la mano; un negrazo, con la cara tatuada a rayas profundas, esclavo, sin duda, en otra época, envuelto en harapos, se apoyaba en la pared con una indiferencia digna; por entre hombres y mujeres correteaban los chiquillos descalzos y los perros escuálidos; y todo aquel montón de mendigos, revuelto, agitado, palpitante, bullía como una gusanera.

—Vamos—dijo Roberto—, no está aquí ninguna de las que busco. ¿Te has fijado?—añadió—. ¡Qué pocas caras humanas hay entre los hombres! En estos miserables no se lee mas que la suspicacia, la ruindad, la mala intención, como en los ricos no se advierte mas que la solemnidad, la gravedad, la pedantería. Es curioso, ¿verdad? Todos los gatos tienen cara de gatos, todos los bueyes tienen cara de bueyes; en cambio, la mayoría de los hombres no tienen cara de hombres.

Salieron del patio Roberto y Manuel. Frente a la Doctrina, al otro lado de la carretera, en unos desmontes arenosos, se sentaron.

—A ti te chocarán—dijo Roberto—estas maniobras mías; pero no te extrañarán cuando te diga que busco aquí dos mujeres; una, pobre, que puede hacerme rico; otra, rica, que quizá me hiciera pobre.

Manuel contempló a Roberto con asombro. Tenía siempre cierta sospecha de que la cabeza del estudiante no andaba bien.

—No, no creas que es una tontería; voy corriendo detrás de una fortuna, pero de una fortuna enorme; si tú me ayudas, me acordaré de ti.

—Bueno; y ¿qué quiere usted que yo haga?

—Te lo diré cuando llegue el momento.

Manuel no pudo ocultar una sonrisa de ironía.

—Tú no lo crees—murmuró Roberto—; no importa; cuando veas, creerás.

—Claro.

—Por si acaso, si te necesito, ayúdame.

—Le ayudaré a usted en todo lo que pueda—contestó Manuel con fingida seriedad.

Unos golfos se tendieron en los desmontes, cerca de Manuel y de Roberto, y éste no quiso seguir hablando.

—Ya empiezan a dividirse en secciones—dijo uno de los golfos, que llevaba una gorra de cochero, señalando con una vara a las mujeres que estaban en la Doctrina.

Efectivamente; formáronse grupos alrededor de los árboles del patio, en cada uno de los cuales colgaba un cartelón con una imagen y un número en medio.

—Ahí están las marquesas—añadió el de la gorra indicando a unas cuantas señoras vestidas de negro que se presentaron en el patio.

Se destacaban las caras blancas entre las telas de luto.

—Todas son marquesas—advirtió uno.

—Pues todas no son guapas—replicó Manuel terciando en la conversación—. ¿Y a qué vienen aquí?

—Son éstas las que enseñan la doctrina—contestó el de la gorra—; de vez en cuando regalan sábanas y camisas a las mujeres y a los hombres. Ahora van a pasar lista.

Comenzó a sonar una campana; cerraron la verja del edificio; se formaron corros, y en medio de cada uno de ellos entró una señora.

—¿Ves aquella que está allá?—preguntó Roberto—. Es la sobrina de don Telmo.

—¿Aquella rubia?

—Sí. Espérame aquí.

Bajó Roberto el camino y se acercó a la verja.

Comenzó la lección de doctrina; salía del patio un rumor de rezo, lento y monótono.

Manuel se tendió de espaldas en el suelo. Desde allá surgía Madrid, muy llano, bajo el horizonte gris, por entre la gasa del aire polvoriento. El cauce ancho del Manzanares, de color de ocre, aparecía surcado por alguno que otro hilillo de agua negra. El Guadarrama destacaba de un modo confuso la línea de sus crestas en el aire empañado.

Roberto paseaba por delante del patio. Seguía el rumor de los mendigos recitando la doctrina. Una vieja, con un pañuelo rojo en la cabeza y un mantón negro que verdeaba, se sentó en el desmonte.

—¿Qué es eso agüela? ¿No le han querido abrir la puerta?—gritó el de la gorra.

—No... ¡Las tías brujas esas!

—No tenga usted cuidado, que hoy no dan nada. El viernes que viene es el reparto. Ya le darán a usted lo menos una sábana—añadió el de la gorra con aviesa intención.

—Si no me dan más que una sábana—chilló la vieja torciendo la jeta—, les digo que se la guarden en el moño. ¡Las tías zorras!...

—Ya la han tañado a usted, agüela—exclamó uno de los golfos tendidos en el suelo—. Usted lo que es, es una ansiosa.

Celebraron los circunstantes la frase, que procedía de una zarzuela, y el de la gorra siguió explicando a Manuel particularidades de la Doctrina.

—Hay algunas y algunos que se inscriben en dos y en tres secciones para coger más veces limosnas—dijo—. Nosotros, mi padre y yo, nos inscribimos una vez en cuatro secciones con nombres distintos... ¡Vaya un lío que se armó! Y ¡menudo choteo que tuvimos con las marquesas!

—Y ¿para qué querías tanta sábana?—le preguntó Manuel.

—¡Toma!, para pulirlas. Se venden aquí en la misma puerta a dos chulés.

—Yo voy a comprar una—dijo un cochero de punto que se acercó al corro—; la unto con aceite de linaza, luego la doy barniz, y hago un impermeable cogolludo.

—Pero las marquesas, ¿no notan que la gente vende en seguida lo que ellas dan?

—¡Qué han de notar!

Para los golfos todo aquello no era mas que un piadoso entretenimiento de las señoras devotas; hablaban de ellas con amable ironía.

No llegó a durar una hora la lección de doctrina.

Sonó una campana; se abrió la puerta de la verja; se disolvieron y confundieron los grupos; todo el mundo se puso de pie, y comenzaron a marcharse las mujeres con sus sillas, colocadas en equilibrio sobre la cabeza, gritando, empujándose violentamente unas a otras; dos o tres vendedoras pregonaron su mercancía mientras salía aquella muchedumbre de andrajosos apretándose, chillando, como si escaparan de algún peligro. Unas viejas corrían pesadamente por la carretera; otras se ponían a orinar acurrucadas, y todas vociferaban y sentían la necesidad de insultar a las señoras de la Doctrina, como si instintivamente adivinasen lo inútil de un simulacro de caridad que no remediaba nada. No se oían mas que protestas y manifestaciones de odio y desprecio.

—¡Moler! Con las mujeres de Dios...

—Ahora quien que se confiese una.

—Esas tías borrachas.

—¡Anda que confiesen ellas y la maire que las ha parío!

—Que las den morcilla a todas.

Después de las mujeres salían los hombres, los ciegos, los tullidos y los mancos, sin apresurarse, hablando con gravedad.

—¡Pues no quien que me case!—murmuraba un ciego, sarcásticamente, dirigiéndose a un cojo.

—Y tú ¿qué dices?—le preguntaba éste.

—¿Yo? ¡Que naranjas de la China! Que se casen ellas si tien con quién. Vienen aquí amolando con rezos y oraciones. Aquí no hacen falta oraciones, sino jierro, mucho jierro.

—Claro, hombre..., parné, eso es lo que hace falta.

—Y todo lo demás... leñe y jarabe de pico...; porque pa dar consejos toos semos buenos; pero en tocante al manró, ni las gracias.

—Me parece.

Salieron las señoras con sus libros de rezos en la mano; las viejas mendigas las perseguían y las atosigaban con sus peticiones.

Manuel miraba a todas partes por si encontraba al estudiante; al fin lo vió cerca de la sobrina de don Telmo. La rubia se volvió a mirarle, y subió en un coche. Roberto la saludó y el coche echó a andar.

Volvieron Roberto y Manuel por el camino de San Isidro.

Seguía el cielo nublado, el aire seco; la procesión de mendigos avanzaba en dirección a Madrid. Antes de llegar al puente de Toledo, en la esquina del camino alto de San Isidro y de la carretera de Extremadura, en una taberna muy grande entraron Roberto y Manuel. Roberto pidió una botella de cerveza.

—¿Vives ahí en la misma casa en donde está la zapatería?—preguntó Roberto.

—No; vivo en el paseo de las Acacias, en una casa que se llama el Corralón.

—Bueno, te iré a ver allá; y ya sabes, siempre que vayas a algún sitio donde se reúna gente pobre o de mala vida avísame.

—Le avisaré a usted. Ya he visto cómo le miraba a usted la rubia. Es bonita.

—Sí.

—Y tiene un coche pistonudo.

—Ya lo creo.

—Y ¿qué? ¿Es que se va usted a casar con ella?

—¿Qué sé yo? Ya veremos. Vamos, aquí no se puede estar—dijo Roberto—y se acercó al mostrador a pagar.

En la taberna, un gran número de mendigos, sentados en las mesas, engullían pedazos de bacalao y piltrafas de carne; un olor picante de gallinejas y de aceite salía de la cocina.

Salieron. El viento seguía soplando, lleno de arena: volaban locamente por el aire hojas secas y trozos de periódicos; las casas altas próximas al puente de Segovia, con sus ventanas estrechas y sus galerías llenas de harapos, parecían más sórdidas, más grises, entrevistas en la atmósfera enturbiada por el polvo. De repente, Roberto se paró, y, poniendo la mano en el hombro de Manuel, le dijo:

—Hazme caso, porque es la verdad. Si quieres hacer algo en la vida, no creas en la palabra imposible. Nada hay imposible para una voluntad enérgica. Si tratas de disparar una flecha, apunta muy alto, lo más alto que puedas; cuanto más alto apuntes más lejos irá.

Manuel miró a Roberto con extrañeza, y se encogió de hombros.

CAPÍTULO IV

La vida en la zapatería.—Los amigos de Manuel.

Hizo calor en aquellos meses de septiembre y octubre; en el almacén de zapatos no se podía respirar.

Todas las mañanas, Manuel y Vidal, mientras iban a la zapatería, hablaban de mil cosas, se comunicaban sus impresiones; el dinero, las mujeres, los planes para el porvenir, eran los motivos constantes de sus charlas. A los dos les parecía un gran sacrificio, algo como una eventualidad desgraciada de su mala suerte, pasar días y días metidos en un rincón arrancando suelas usadas.

Las tardes lánguidas convidaban al sueño. Sobre todo, después de comer, Manuel sentía un sopor y un abatimiento profundo. Desde la puerta del almacén se veían los campos de San Isidro inundados de luz; en el Campillo de Gil Imón las ropas puestas a secar centelleaban al sol.

Oíase cacareos de gallos, gritos lejanos de vendedores, silbidos, apagados por la distancia, de locomotoras. El aire vibraba seco, abrasado. Algunas vecinas salían a peinarse a la calle, y los colchoneros vareaban la lana, a la sombra, en el Campillo, mientras las gallinas correteaban y escarbaban en el suelo.

Después, al caer de la tarde, el aire y la tierra quedaban grises, polvorientos; a lo lejos, cortando el horizontes, ondulaba la línea del campo árido, una línea ingenua, formada por la enarcadura suave de las lomas; una línea como la de los paisajes dibujados por los chicos, con sus casas aisladas y sus chimeneas humeantes. Sólo algunas arboledas verdes manchaban a trechos la llanura amarilla, tostada por el sol y bajo el cielo pálido, blanquecino, turbio por los vapores del calor; ni un grito, ni un leve ruido hendía el aire.

Transparentábase, al anochecer, la niebla, y el horizonte se alargaba hasta verse muy a lo lejos vagas siluetas de montañas no entrevistas de día, sobre el fondo rojo del crepúsculo.

Cuando en la zapatería dejaban el trabajo, solía ser ya de noche. Bajaban el señor Ignacio, Leandro, Manuel y Vidal a la ronda y volvían a casa.

Las luces de gas brillaban a largos trechos en el aire polvoriento; filas de carros pasaban con lentitud, y a lo largo de las rondas marchaban en cuadrillas los obreros de los talleres próximos.

Y constantemente, al ir y al venir, la conversación de Manuel y Vidal versaba sobre lo mismo: las mujeres, el dinero.

No tenía ninguno de los dos una idea romántica, ni mucho menos, de las mujeres. Para Manuel, una mujer era un animal magnífico, con la carne dura y el pecho turgente; Vidal no sentía este entusiasmo sexual; experimentaba por todas las mujeres un sentimiento confuso de desprecio, de curiosidad y preocupación.

En cuestión de dinero, los dos estaban conformes en que era lo más selecto y admirable; hablaba, sobre todo Vidal, del dinero con un entusiasmo feroz; pensar que pudiese haber algo, bueno o malo, que no se consiguiera con jierro, era para él el colmo de los absurdos. Manuel deseaba el dinero para correr el mundo y ver pueblos, y más pueblos, y andar en barco. Vidal soñaba con llevar la buena vida en Madrid.

A los dos o tres meses de estancia en el Corralón, Manuel se hallaba tan acostumbrado a su trabajo y a su vida, que no comprendía que pudiese hacer otra cosa. No le daban aquellas barriadas miserables la impresión de tristeza sombría y adusta que producen al que no está acostumbrado a vivir en ellas; al revés, se le antojaban llenas de atractivos. Conocía a casi toda la gente del barrio. Vidal y él se escapaban de casa con cualquier pretexto, y los domingos se reunían con el Bizco en casa del Cabrero, y marchaban por los alrededores: a las Injurias, a las Cambroneras, a las ventas de Alcorcón, al Campamento y a los ventorros del camino de Andalucía, en donde se juntaban con merodeadores y randas, y jugaban con ellos al cané o a la rayuela.

A Manuel no le gustaba la compañía del Bizco; éste no quería reunirse mas que con ladrones. A Manuel y a Vidal constantemente los llevaba a sitios donde pululaban bandidos y tipos de mala traza, pero Manuel no se decidía a oponerse a lo que pensaba Vidal.

El lazo de unión entre Manuel y el Bizco era Vidal. El Bizco odiaba a Manuel y éste sentía odio y repugnancia por el Bizco y no le ocultaba su repulsión. Era un bruto, una alimaña digna de exterminio. Lujurioso como un mono, había forzado algunas chiquillas de la casa del Cabrero a puñetazos; solía robar a su padre, un miserable tejedor de caña, dinero para ir a algún bajo prostíbulo de las Peñuelas o de la calle de la Chopa, en donde encontraba mujeronas pintarrajeadas, con la colilla en los labios, que a él le parecían princesas. Su cráneo estrecho, su mandíbula fuerte, su morro, la mirada torva, le daban un aspecto de brutalidad y animalidad repelentes. Hombre primitivo, afilaba su puñal, comprado en el Rastro, y lo guardaba como una cosa sagrada. Si cogía a algún gato o perro por su cuenta, lo mataba a pinchazos, gozando en martirizar al animal. Hablaba torpemente, rellenando sus frases con barbaridades y blasfemias.

No se sabe quién indujo al Bizco a tatuarse los brazos, o si la idea se le ocurrió a él; probablemente el tatuaje, visto en alguno de los bandidos con quien se juntaba, le induciría a él a hacer lo mismo. Vidal le imitó, y los dos se dedicaron en una época a tatuarse con entusiasmo. Se pinchaban con un alfiler hasta hacerse un poco de sangre y después mojaban las heridas con tinta.

El Bizco se pintó cruces, estrellas y nombres en el pecho; Vidal, a quien no le gustaba pincharse, puso su nombre en un brazo y el de su novia en el otro; Manuel no quiso marcarse, primeramente, porque le daba miedo la sangre, y además porque la idea se le había ocurrido al Bizco.

Sentían los dos, uno para el otro, una hostilidad sorda.

Manuel, siempre en acecho, se encontraba dispuesto a hacerle frente; el Bizco, sin duda, notaba el desprecio y el odio en los ojos de Manuel, y esto le confundía.

Para Manuel, la superioridad de un hombre estaba en el talento y, sobre todo, en la maña; para el Bizco, el valor y la fuerza constituían las únicas cualidades envidiables: el mérito mayor para él era ser muy bruto, como decía con entusiasmo.

Por esta condición de habilidad y de maña, que Manuel en tanta estima tenía, admiraba a los Rebolledos, padre e hijo, los cuales habitaban también en el Corralón. Rebolledo padre, contrahecho de cuerpo, enano y jorobado, barbero de oficio, solía afeitar al sol en la Ronda, cerca del Rastro. Tenía el tal enano una cara muy inteligente, ojos profundos; gastaba bigote y patillas, y melena azulada y grasienta. Vestía de luto; en verano y en invierno llevaba gabán, y no se sabe por qué misterios de la química, el gabán negro verdeaba ostensiblemente, mientras que el pantalón, también negro, tiraba a rojo.

Por las mañanas, Rebolledo salía del Corralón cargado con un banco y una palomilla de madera, de la que colgaba una bacía de azófar y un rótulo. Al llegar a un punto de la tapia de las Américas, sujetaba la palomilla y a su lado el rótulo, un anuncio humorístico, cuya gracia, probablemente, sólo él comprendía, y que cantaba así:

Barbería Modernista
Barbería Antisética.
Pasar cabayeros, Reboyedo afeita
y
da dinero.

Los Rebolledos, padre e hijo, eran muy habilidosos; hacían juguetes de alambre y de cartón, que vendían luego a los vendedores de las calles; tenían su casa, un cuartucho del primer patio, convertido en taller, y allí un tornillo de presión, un banco de carpintero y una serie de baratijas rotas, sin aplicación, al parecer, posible.

Con esta frase indicaban en el Corralón el agudo ingenio de Rebolledo:

—Ese enano—decían—tiene en la cabeza un arca de Noé.

Rebolledo padre había construído para su uso particular una dentadura postiza. Cogió un servilletero de hueso, lo cortó en dos partes desiguales, y con la mayor de éstas, limando por un lado y por otro, logró adaptársela a la boca. Luego, con una sierrecilla hizo los dientes, y para imitar la encía recubrió una parte del antiguo servilletero de lacre. Rebolledo se quitaba y se ponía la dentadura con una maravillosa facilidad y comía con ella perfectamente, siempre que tuviera qué, como decía él.

El hijo del enano, Perico de nombre, prometía ser más avispado aun que el padre. Entre las hambres que pasaba y las tercianas pertinaces, estaba flaco y de color de limón. No era contrahecho, como el padre, sino esbelto, delgado, con los ojos brillantes y los movimientos vivos y desordenados. Parecía, como suele decirse, un ratón debajo de una escudilla.

Una de las pruebas de su ingenio era un apagavelas mecánico que había construído con una caja de betún para limpiar las botas.

Sentía Perico un gran entusiasmo por las paredes blancas, y allí donde encontraba alguna dibujaba con carbón procesiones de hombres, mujeres, caballos y perros, casas echando humo, soldados, barcos en el mar, la lucha de los hombres flacos con los hombres gordos, y otros pasos igualmente divertidos.

La obra maestra de Perico en dibujo era el tríptico de Don Tancredo, pintado al carbón en la callejuela de entrada de la Corrala. La obra produjo la admiración y el asombro de todos los habitantes de la casa. La primera parte del tríptico representaba al valiente sugestionador de toros marchando a la plaza a caballo, en medio de un gran golpe de jinetes; la leyenda decía: «Don Tancredo ba a los toros». En la segunda parte del tríptico, el rey del valor estaba con su sombrero de tres picos, cruzado de brazos frente a la fiera; la leyenda cantaba: «Don Tancredo en su pedestal». Debajo del tercer dibujo se leía: «El toro uye»; y la representación de esta última escena era admirable; se veía escapar al toro como alma que lleva el diablo, por entre los toreros, a los cuales se les veía la nariz de perfil y al mismo tiempo la boca y los dos ojos de frente.

A pesar de sus triunfos, Perico Rebolledo no se envanecía ni se consideraba superior a los hombres de su época; su mayor placer era sentarse a lado de su padre en el patio de la Corrala, entre máquinas de reloj viejas, manojos de llaves y otra porción de cosas negras y descabaladas, y pensar y cavilar las aplicaciones de un cristal de unas gafas, por ejemplo, o de un braguero, o del cuerpo de bomba de una lavativa, o de cualquier otro trasto roto o descompuesto.

Padre e hijo pasaban la vida soñando maquinarias; para ellos no había nada inservible: la llave que no abre puerta alguna; la cafetera de viejo sistema, estrafalaria como un instrumento de física; el quinqué de aceite con máquina, todo se guardaba, se descomponía y se utilizaba. Rebolledo, padre e hijo, gastaban más ingenio para vivir miserablemente que el que emplean un par de docenas de autores cómicos, de periodistas y de ministros para vivir con esplendidez.

Amigos de Perico Rebolledo eran los Aristas, que luego intimaron con Manuel.

Los Aristas, dos hermanos, hijos de una planchadora, estaban de aprendices en una fundición de metales de la Ronda. El más pequeño de los dos se pasaba la vida en una continua cabriola, dando saltos mortales, encaramándose por los árboles, andando con los pies para arriba y haciendo flexiones en todos los montantes de las puertas.

El hermano mayor, un muchacho zanquilargo y tartamudo, a quien llamaban en broma el Aristón, era el chico más fúnebre del planeta; tenía una necromanía aguda; todo lo relacionado con ataúdes, muertos, capillas ardientes y cirios le entusiasmaba. Hubiera querido ser enterrador, cura de una sacramental, guarda de un cementerio; pero su sueño, lo que más le encantaba, era una funeraria; pensaba, como en un bello ideal, en las conversaciones que debía de tener el amo de una tienda de pompas fúnebres con el padre o con la viuda inconsolable, al ofrecerle coronas de siemprevivas, al ir a tomar las medidas a un muerto, al pasearse entre los ataúdes. Hacer cajas mortuorias de hombres, mujeres y chicos, y acompañarles luego al cementerio. Para el Aristón, las cosas relacionadas con la muerte eran las más importantes de la vida.

Por estos contrastes del destino, que casi siempre pone las etiquetas cambiadas a las cosas y a los hombres, el Aristón estaba de comparsa en un teatro del género chico, por consideración a su padre, que fué tramoyista, y el tal oficio le disgustaba, porque en el teatro adonde iba no se moría nadie en la escena, ni salía gente de luto, ni se lloraba. Y mientras el Aristón no pensaba mas que en cosas fúnebres, el otro hermano soñaba con circos y trapecios y volatineros, y esperaba que alguna vez la suerte le proporcionaría el medio de cultivar sus facultades de gimnasta.

CAPÍTULO V

La Taberna De La «Blasa»

Las disputas frecuentes entre Leandro y su novia, la hija del Corretor, servían muy a menudo de comidilla a los inquilinos de la Corrala. Leandro era malhumorado y camorrista; se le despertaban los instintos brutales rápidamente; a pesar de que casi todos los sábados, por la noche, iba a las tabernas y cafetines dispuesto a armar broncas con matones y gente cruda, no le había sucedido hasta entonces ningún accidente desagradable. A su novia, en parte, le gustaba este valor; pero a la madre de la Milagros le producía verdadera indignación, y recomendaba a todas horas a su hija que diera a Leandro una despedida terminante.

La muchacha despedía a su novio; pero luego, al verle volver humilde y dispuesto a aceptar toda condición, se mostraba menos rigurosa.

Esta confianza en su fuerza hacía a la muchacha ser despótica, caprichosa y voluble; se divertía dando celos a Leandro; había llegado a un estado especial, mezcla de cariño y de odio, en el cual el cariño quedaba dentro y el odio fuera, manifestándose en una crueldad sañuda, en la satisfacción de mortificar constantemente a su novio.

—Un día lo que tú debías hacer—dijo el señor Ignacio a Leandro, indignado con las coqueterías de la muchacha—es cogerla en un rincón y allá hartarte..., y después darla una paliza y dejarla el cuerpo hecho una breva...; al día siguiente te seguía como un perro.

Leandro, tan valiente con los matones, al lado de su novia resultaba un doctrino; algunas veces pensó en el consejo de su padre; pero nunca hubiese tenido ánimos para llevarlo a cabo.

Un sábado por la tarde, después de una agria disputa con la Milagros, Leandro invitó a Manuel a dar una vuelta de noche en su compañía.

—¿Adónde iremos?—le preguntó Manuel.

—Al café de Naranjeros, o al cafetín de la Esgrima.

—Donde te parezca.

—Daremos una vuelta por esos chabisques e iremos luego a la taberna de la Blasa.

—¿Va por ahí gente del bronce?

—Claro que va, de lo más granado.

—Entonces avisaré a don Roberto, a aquel señorito que me vino a buscar para ir a la Doctrina.

—Bueno.

—Después del trabajo fué Manuel a la casa de huéspedes y habló con Roberto.

—Pasar por el café de San Millán a eso de las nueve de la noche—dijo Roberto—; allí estaré yo con una prima mía.

—¿La va usted a llevar allá?—preguntó asombrado Manuel.

—Sí; es una mujer original, una pintora.

Manuel cenó en la Corrala y contó a Leandro lo que le había dicho Roberto.

—¿Y esa pintora es guapa?—pregunto Leandro.

—No sé; no la conozco.

—¡Maldita sea la...! Daría cualquier cosa porque viniera, hombre.

—Y yo.

Fueron ambos al café de San Millán, se sentaron y esperaron con impaciencia. A la hora indicada apareció Roberto con su prima, a la que llamó Fanny. Era ésta una mujer de treinta a cuarenta años, muy delgada, de mal color y de tipo varonil y distinguido; tenía algo de la belleza desgarbada de un caballo de carrera; la nariz corva, la mandíbula larga, las mejillas hundidas y los ojos grises y fríos. Vestía una chaqueta de tafetán verde obscuro, falda negra y un sombrero pequeño.

Leandro y Manuel la saludaron con gran timidez y torpeza; dieron la mano a Roberto, y hablaron.

—Mi prima—dijo Roberto—tiene gana de ver algo de la vida de estos pobres barrios.

—Pues cuando ustedes quieran—contestó Leandro—. Eso sí, les advierto a ustedes que hay mala gente por allá.

—¡Oh, yo voy prevenida!—dijo la dama con ligero acento extranjero, mostrando un revólver de pequeño calibre.

Pagó Roberto, a pesar de las protestas de Leandro, y salieron todos del café. Desembocaron en la plaza del Rastro, bajaron por la Ribera de Curtidores hasta la ronda de Toledo.

—Si quiere ver la señora la casa donde vivimos nosotros, es ésta—dijo Leandro.

Pasaron al interior del Corralón; un grupo de chiquillos y de viejas se les acercó, asombrados de ver a aquellas horas a una mujer con tan extrañas trazas, y acosaron a preguntas a Manuel y a Leandro. Este quería que supiese la Milagros como había estado allí con una dama, y fué acompañando a Fanny y enseñándola los cuchitriles del corralón.

—Aquí miseria es lo único que se ve—decía Leandro.

—¡Oh, sí, sí!—contestaba la dama.

—Ahora, si ustedes quieren, vamos a la taberna de la Blasa.

Salieron del Corralón hasta tomar el arroyo de Embajadores, y siguieron a lo largo de la empalizada negra de un lavadero. Hacía una noche obscura; empezaba a lloviznar. Tropezaron con la vía de circunvalación.

—Tengan ustedes cuidado—dijo Leandro—, que hay un alambre.

Le puso el pie encima. Cruzaron todos la vía y pasaron por delante de unas casas blancas hasta entrar en el barrio de las Injurias.

Se acercaron a una casita baja con un zócalo obscuro; una puerta de cristales rotos, empañados, compuestos con tiras de papel, iluminados por una luz pálida, daba acceso a esta casa. En la opaca claridad de la vidriera se destacaba a veces la sombra de alguna persona.

Abrió la puerta Leandro, y entraron todos. Un vaho caliente y cargado de humo les dió en la cara. Un quinqué de petróleo, colgado del techo, con una pantalla blanca, iluminaba la taberna, pequeña y de techo bajo.

Al entrar los cuatro, todos los concurrentes se les quedaron mirando con expresión de extrañera; hablaron entre ellos y después siguieron unos jugando, otros viendo jugar.

Fanny, Roberto, Leandro y Manuel se sentaron a la derecha de la puerta.

—¿Qué van a tomar?—dijo la mujer del mostrador.

—Cuatro quinces—contestó Leandro.

Llevó la mujer vasos en una bandeja sucia y los colocó en la mesa, Leandro sacó sesenta céntimos.

—Son a diez—dijo la mujer en tono malhumorado.

—¿Por qué?

—Porque esto es el extrarradio.

—Bueno; cobre usted lo que sea.

La mujer dejó veinte céntimos en la mesa y volvió al mostrador. Era ancha, tetuda, de obesidad enorme, con la cabeza metida entre los hombros, con cinco o seis papadas en el cuello; despachaba de cuando en cuando una copa, que cobraba de antemano, y hablaba poco, con displicencia, con un gesto invariable del malhumor.

Tenía aquel hipopótamo malhumorado al lado derecho un depósito de hoja de lata con su grifo para el aguardiente, y al izquierdo un frasco de peleón y un jarro desportillado con un embudo negro encima, adonde echaba el sobrante de las copas de vino.

La prima de Roberto sacó un frasco de esencias, lo ocultó en la mano cerrada, y de vez en cuando aspiraba las sales.

Al otro lado de donde estaban Roberto, Fanny, Leandro y Manuel, un corro de unos veinte hombres se amontonaban alrededor de una mesa jugando al cané.

Cerca de ellos, acurrucadas en el suelo, junto a la estufa, recostadas en la pared, se veían unas cuantas mujeres feas, desgreñadas, vestidas con corpiños y faldas haraposas, sujetas a la cintura por cuerdas.

—¿Qué son estas mujeres?—preguntó la pintora.

—Son golfas viejas—contestó Leandro—de esas que van al Botánico y a los desmontes.

Dos o tres de aquellas infelices llevaban en sus brazos niños de otras mujeres que iban a pasar allí la noche; algunas dormitaban con la colilla pegada en el extremo de la boca. Entre la fila de viejas había algunas chiquillas de trece a catorce años, monstruosas, deformes, con los ojos legañosos; una de ellas tenía la nariz carcomida completamente, y en su lugar un agujero como una llaga; otra era hidrocéfala, con el cuello muy delgado, y parecía que al menor movimiento se le iba a caer la cabeza de los hombros.

—¿Tú has visto las tinajas que hay aquí?—preguntó Leandro a Manuel—, Ven a verlas.

Se levantaron los dos y se acercaron al grupo de los jugadores. Uno de éstos interrumpía el paso.

—¿Hace usted el favor?—le dijo Leandro con marcada impertinencia.

El hombre separó la silla malhumorado. Las tinajas no ofrecían nada de particular; eran grandes, empotradas en la pared, pintadas de minio; cada una de ellas llevaba un letrero de la clase de vino que contenía y un grifo.

—Y ¿qué tiene esto de raro?—preguntó Manuel.

Leandro sonrió; volvieron a pasar por el mismo sitio, a molestar al jugador y a sentarse en la mesa.

Roberto y Fanny hablaban en inglés.

—Ese a quien hemos hecho levantar—dijo Leandro—es el baratero de esta taberna.

—¿Cómo se llama?—preguntó Fanny.

—El Valencia.

El aludido, que oyó su apodo, se volvió y contempló a Leandro; la mirada de los dos se cruzó un momento desafiadora; el Valencia desvió los ojos y siguió jugando. Era hombre fuerte, corpulento, de unos cuarenta años, de cara juanetuda, pelo rojizo y expresión de sarcasmo desagradable. De vez en cuando echaba una mirada severa al grupo formado por Fanny, Roberto y los otros dos.

—Y ese Valencia, ¿quién es?—preguntó la dama en voz baja.

—Es esterero de oficio—contestó Leandro alzando la voz—, un gandul que saca las perras a los chavalejos de mal vivir; antes fué de los del pote, de esos que van a las casas los domingos, llaman, y si ven que no hay nadie, meten la palanqueta en la cerradura y crac... Pero ni para eso tenía alma, porque es más blanco que el papel.

—Sería curioso averiguar—dijo Roberto—hasta qué punto la miseria ha servido de centro de gravedad para la degradación de estos hombres.

—¿Y ese viejo de barba blanca que está a su lado?—preguntó Fanny.

—Ese es un apóstol de los que curan con agua; dicen que sabe mucho... Tiene una cruz en la lengua; pero creo que se la ha pintado él mismo.

—¿Y esa otra?

—Esa es la Paloma, la gamberra del Valencia.

—¿Prostituta?—preguntó la dama.

—Desde hace lo menos cuarenta años—contestó Leandro riendo.

Todos contemplaron a la Paloma con atención; tenía una cara enorme, blanda, con bolsas de piel violácea, una mirada tímida, de animal; representaba cuarenta años lo menos de prostitución, con sus enfermedades consiguientes; cuarenta años de noches pasadas en claro, rondando los cuarteles, durmiendo en cobertizos de las afueras, en las más nauseabundas casas de dormir.

Entre las mujeres había también una gitana, que de cuando en cuando se levantaba y cruzaba la taberna con un jacarandoso contoneo.

Pidió Leandro unas copas de aguardiente; pero era tan malo, que nadie lo pudo beber.

—Tú—dijo Leandro a la gitana, ofreciéndole la copa—. ¿Quieres?

—No.

La gitana puso sus manos sobre la mesa, unas manos cortas, rugosas, incrustadas en negro.

—¿Quiénes son estos payos?—preguntó a Leandro.

—Son amigos. ¿Quieres o no?—Y le volvió a ofrecer la copa.

—No.

Luego, con una voz aguda, gritó:

—Apóstol, ¿quieres una copa?

Se levantó del grupo de los jugadores el Apóstol. Estaba borracho y no podía andar; tenía los ojos viscosos, de animal descompuesto; se acercó a Leandro y tomó la copa, que tembló entre sus dedos; la acercó a los labios y la vació.

—¿Quieres más?—le dijo la gitana.

—Sí, sí—murmuró.

Luego se puso a hablar, enseñando los raigones de los dientes amarillos, sin que se le entendiera nada; bebió las otras copas, apoyó la mano en la frente, y despacio fué a un rincón, se arrodilló y se tendió en el suelo.

—¿Quieres que te la diga, princesa?—preguntó la gitana a Fanny, agarrándole la mano.

—No—replicó secamente la dama.

—¿No me darás unas perrillas para los churumbeles?

—No.

Escarriá, ¿por qué no me das unas perrillas para los churumbeles?

—¿Qué son churumbeles?—preguntó la dama.

—Los hijos—contestó, riendo, Leandro.

—¿Tienes hijos?—le dijo Fanny a la gitana.

—Sí.

—¿Cuántos?

—Dos. Míralos aquí.

Y la gitana vino con un chiquitín, rubio, y una niña de cinco a seis años.

La dama acarició al chiquitín; luego sacó un duro de un portamonedas, y le dió a la gitana.

Esta comenzó a hacer aspavientos y zalamerías y a mostrar el duro a todos los de la taberna.

—Vamos—dijo Leandro—, sacar aquí un machacante de esos es peligroso.

Salieron los cuatro de la taberna.

—¿Quieren ustedes que demos una vuelta por el barrio?—preguntó Leandro.

—Sí; vamos—dijo la dama.

Recorrieron juntos las callejuelas de las Injurias.

—Tengan ustedes cuidado, que en medio va la alcantarilla—advirtió Manuel.

Seguía lloviendo; se internaron los cuatro en patios angostos, en donde se hundían los pies en el lodo infecto. Sólo algún farol de petróleo, sujeto en la pared de alguna tapia medio caída, brillaba en toda la extensión de la hondonada, negra de cieno.

—¿Volvemos ya?—preguntó Roberto.

—Sí—respondió la dama.

Tomaron por el arroyo de Embajadores, y subieron por el paseo de las Acacias. Arreciaba la lluvia; alguna que otra luz mortecina brillaba a lo lejos; en el cielo, obscurísimo, se destacaba, de una manera vaga, la silueta alta de una chimenea...

Acompañaron Leandro y Manuel hasta la plaza del Rastro a Fanny y a Roberto, y allí se despidieron, cambiando un apretón de manos.

—¡Qué mujer!—exclamó Leandro.

—Es simpática, ¿eh?—preguntó Manuel.

—Sí es. Daría cualquier cosa por tener algo que ver con ella.

CAPÍTULO VI

Roberto en busca de una mujer.—El «Tabuenca» y sus artificios.—Don Alonso o el «Hombre boa».

Unos meses después se presentó Roberto en la Corrala, a la hora en que Manuel y los de la zapatería tornaban de su trabajo.

—¿Tú conoces al señor Zurro?—preguntó Roberto a Manuel.

—Sí; aquí al lado vive.

—Ya lo sé; quisiera hablarle.

—Pues llame usted, porque debe estar.

—Acompáñame tú.

Llamó Manuel, les abrió la Encarna y pasaron adentro. El señor Zurro leía un periódico a la luz de un velón en su cuarto, un verdadero almacén repleto de bargueños viejos, arcas apolilladas, relojes de chimenea y otra porción de cosas. Se ahogaba allí cualquiera; no se podía respirar ni dar un paso sin tropezar con algo.

—¿Es usted el señor Zurro?—preguntó Roberto.

—Sí.

—Yo venía de parte de don Telmo.

—¡De don Telmo!—repitió el viejo, levantándose y ofreciendo una silla al estudiante—. Siéntese usted. ¿Cómo está ese buen señor?

—Muy bien.

—Es muy amigo mío—siguió diciendo el Zurro. ¡Vaya! Ya lo creo. Pero usted me dirá lo que desea, señorito. Para mí basta que venga usted de parte de don Telmo, para que yo haga lo que pueda por servirle.

—Lo que yo deseo es informarme del paradero de una muchacha volatinera que vivió hace cinco o seis años en una posada de estos barrios, en el mesón del Cuco.

—¿Y usted sabe cómo se llamaba la muchacha?

—Sí.

—¿Y dice usted que vivió en el mesón del Cuco?

—Sí, señor.

—Yo conozco alguno que vive ahí—murmuró el ropavejero.

—Sí; es verdad—repuso la Encarna.

—Aquel hombre de los monos, ¿no vivía allá?—preguntó el señor Zurro.

—No; era la Quinta de Goya—contestó su hija.

—¡Pues, señor!... Espere usted un poco, joven...; espere usted.

—¿No será el Tabuenca el que vive allá, padre?—interrumpió la Encarna.

—Ese es; ese mismo. El Tabuenca. Vaya usted a verle. Dígale usted—añadió el señor Zurro, dirigiéndose a Roberto—que va de mi parte. Es un tío de mal genio, muy cascarrabias.

Se despidió Roberto del ropavejero y de su hija, y salió con Manuel a la galería de la casa.

—¿Y dónde está el mesón del Cuco?—preguntó.

—Por ahí, por las Yeserías—le dijo Manuel.

—Acompáñame; luego cenaremos juntos—dijo Roberto.

—Bueno.

Fueron los dos al mesón, colocado en un paseo a aquellas horas desierto. Era una casa grande, con un zaguán a estilo de pueblo y un patio lleno de carros. Preguntaron a un muchacho. El Tabuenca acababa de llegar—les dijo—. Entraron en el zaguán, iluminado por un farol. Allí había un hombre.

—¿Vive aquí uno a quien llaman el Tabuenca?—preguntó Roberto.

—Sí. ¿Qué hay?—dijo el hombre.

—Pues que quisiera hablarle.

—Puede usté hablar, porque el Tabuenca soy yo.

Al volverse éste, la luz del farol de petróleo, colgado en la pared, le dió en la cara, y Roberto y Manuel le miraron con extrañeza. Era un tipo apergaminado, amarillento; tenía una nariz absurda, una nariz arrancada de cuajo y substituída por una bolita de carne. Parecía que miraba al mismo tiempo con los ojos y con los dos agujeros de la nariz. Estaba afeitado, vestido decentemente y con una boina de visera verde.

El hombre oyó con displicencia lo que le indicó Roberto; después encendió un cigarro y tiró lejos el fósforo. A causa, sin duda, de la exigüidad de su órgano nasal, se veía en la necesidad de tapar con los dedos las ventanas de la nariz para poder fumar.

Roberto creyó que el hombre no había entendido su pregunta, y la repitió dos veces. El Tabuenca no hizo caso; pero, de repente, presa de la mayor indignación, tiró el cigarro con furia y empezó a blasfemar con una voz gangosa, una voz de gaviota, y a decir que no comprendía por qué le molestaban con cosas que a él no le importaban nada.

—No chille usted tanto—le dijo Roberto, molestado con aquella algarabía—; van a creer que hemos venido a asesinarle a usted, lo menos.

—Chillo, porque me da la gana.

—Bueno, hombre, bueno; chille usted lo que quiera.

—A mí no me dices tú eso, porque te ando en la cara—gritó el Tabuenca.

—¿Usted a mí?—replicó riéndose Roberto—; y añadió dirigiéndose a Manuel—: Me hacen la santísima los hombres sin nariz, y a este tío chato le voy a dar un disgusto.

Se retiró el Tabuenca, decidido, y salió al poco rato con un bastón de estoque, que desenvainó; Roberto buscó por todas partes algo para defenderse, y encontró una vara de un carretero; el Tabuenca tiró una estocada a Roberto, y éste la paró con la vara; volvió a tirarle otra estocada, y Roberto, al pararla, rompió el farol del portal y quedaron a obscuras. Roberto comenzó a hacer molinetes con su vara, y debió de dar una vez a el Tabuenca en algún sitio delicado, porque el hombre empezó a gritar horriblemente:

—¡Asesinos! ¡Asesinos!

En esto se presentaron unas cuantas personas en el zaguán, y entre ellas un arriero gordo, con un candil en la mano.

—¿Qué pasa?—preguntó.

—Estos asesinos, que me quieren matar—gritó el Tabuenca.

—No hay nada de eso—repuso Roberto con voz tranquila—, sino que hemos venido a preguntarle una cosa a este tío, y, sin saber por qué, ha empezado a gritar y a insultarme.

—Y te andaré en la cara—interrumpió el Tabuenca.

—Pues venga usted de una vez; no se quede con las ganas—replicó Roberto.

—¡Granuja! ¡Cobarde!

—Usted sí que es cobarde. Tiene usted tan pocos riñones como poca nariz.

El Tabuenca engarzó una porción de insultos y blasfemias, y, volviendo la espalda, se fué.

—¿Y a mí quién me paga el farol?—preguntó el arriero.

—¿Cuánto vale?—dijo Roberto.

—Tres pesetas.

—Ahí van.

Ese Tabuenca es un boceras—dijo el arriero del candil, al recibir el dinero—. ¿Y qué es lo que querían ustedes?

—Preguntarle por una mujer que vivió aquí hace años y que era volatinera.

—Eso, don Alonso, el Titiri, quizá lo sepa. Si quieren, díganme ustedes adónde van, y yo le encargaré al Titiri que les busque.

—Bueno; pues dígale usted que le esperamos en el café de San Millán, a las nueve—dijo Roberto.

—¿Y cómo le vamos a conocer a ese hombre?—preguntó Manuel.

—Es verdad—dijo Roberto—; ¿cómo le vamos a conocer?

—Muy fácilmente. Él suele andar, de noche, por los cafés con un aparato de esos para oír canciones.

—¿Un fonógrafo?

—Eso es.

En esto apareció en el portal una vieja, que vino gritando:

—¿Quién ha sido el hijo de la grandísima perra que ha roto el farol?

—Calla, calla—le contestó el arriero—, que está todo arreglado.

—¡Hala, vamos!—dijo Manuel a Roberto.

Los dos salieron de la posada y echaron a andar de prisa. Entraron en el café de San Millán. Roberto pidió de cenar. Manuel conocía al Tabuenca de verle por las rondas, y explicó a Roberto la clase de tipo que era mientras cenaban.

El Tabuenca vivía de una porción de artificios construídos por él. Cuando notaba que el público se cansaba de una cosa, sacaba otra al mercado, y así iba tirando. Uno de estos artificios era una rueda de barquillero, que daba vueltas por un círculo de clavos, entre los cuales había escritos números y pintados colores. Esta rueda la llevaba su dueño en una caja de cartón, que tenía dos tapas, divididas en cuadritos con números y colores, donde se apuntaba, y que correspondían a los números puestos alrededor de los clavos. Solía llevar el Tabuenca en una mano la caja cerrada y en la otra una mesita de tijera. Colocaba sus trastos en el rincón de una calle, hacía girar la rueda y, con una voz gangosa, murmuraba:

—¡Ande la reolina! Hagan juego, señores... Hagan juego. Número o color... número o color... hagan juego.

Cuando había ya bastantes puestas, lo que era frecuente, daba el Tabuenca a la rueda del barquillero, diciendo al mismo tiempo su frase: «¡Ande la reolina!» Saltaba la ballena en los clavos, y antes que se detuviera, ya sabía el hombre el número y el color que ganaban, y decía: «El siete encarnado», o «el cinco azul», y siempre acertaba...

Mientras Manuel hablaba, Roberto parecía pensativo.

—¿Ves?—dijo de pronto—estas dilaciones son las que aburren; se tiene un caudal de voluntad en billetes, en onzas, en grandes unidades, y se necesita la energía en céntimos, en perros chicos. Lo mismo sucede con la inteligencia; por eso fracasan muchos ambiciosos, inteligentes y enérgicos. Les falta las fracciones, les falta también, en general, el talento para disimular sus fuerzas. Poder ser estúpido en algunas ocasiones, sería más útil probablemente que poder ser discreto en otras tantas.

Manuel, que no comprendía el motivo de aquel chaparrón de frases, se quedó mirando atónito a Roberto, quien volvió a sumirse en sus cavilaciones.

Permanecieron los dos silenciosos largo tiempo, cuando entró en el café un hombre alto, flaco, de pelo entrecano y bigote gris.

—¿Será este el Titiri, ese don Alonso?—preguntó Roberto.

—Quizá.

El hombre flaco pasó por delante de todas las mesas, mostrando una cajita, y diciendo: «Novedé, novedé».

Iba a salir cuando le llamó Roberto.

—¿Usted vive en el mesón del Cuco?—le preguntó.

—Sí, señor.

—¿Es usted don Alonso?

—Para servirle.

—Pues le estábamos esperando. Siéntese usted; tomará usted café con nosotros.

El hombre se sentó. Tenía un aspecto cómico, mezcla de humildad, de fanfarronería y de jactancia triste. Miró el plato que acababa de dejar Roberto, en donde quedaba todavía un trozo de carne asada.

—Perdón—le dijo a Roberto—. ¿Usted no piensa concluir este trozo? ¿No? Entonces... con su permiso—y cogió el plato, el tenedor y el cuchillo.

—Le traerán a usted otro bisteck—dijo Roberto.

—No, no. Si es un capricho; me ha parecido que esta carne debía estar buena. ¿Me quieres dar un pedazo de pan?—añadió, dirigiéndose a Manuel—.Gracias, joven, muchas gracias.

Tragó el hombre la carne y el pan en un momento.

—¿Qué? ¿Queda un poco de vino?—preguntó, sonriendo.

—Sí—contestó Manuel, vaciando la botella en la copa.

Ol rait—dijo el hombre al bebería—. ¡Señores! A su disposición. Creo que querían preguntarme algo.

—Sí.

—Pues a su disposición. Me llamo Alonso de Guzmán Calderón y Téllez. Aquí donde me ven ustedes, he sido director de un circo en América, he viajado por todas las tierras y todos los mares del mundo; ahora estoy sufriendo un temporal deshecho; por las noches ando de café en café con este fonógrafo, y por la mañana llevo un juego de esos de martingala, que consiste en una torre Infiel con un espiral. Por debajo de la torre hay un cañón con resorte que lanza una bola de hueso por la espiral arriba, y cae luego en un tablero lleno de agujeros y de colores. Esa es mi vida. ¡Yo! ¡El director de un circo ecuestre! He venido a parar en esto, en ayudante del Tabuenca. ¡Qué cosas se ven en el mundo!

—Quería yo preguntarle—interrumpió Roberto—si por haber vivido en el mesón del Cuco conocía usted a una tal Rosita Buenavida, volatinera.

—¡Rosita Buenavida! ¿Dice usted que esa mujer se llamaba Rosita Buenavida?... No, no recuerdo... Tuve en mi compañía una Rosita, pero no se llamaba Buenavida; mejor se hubiera llamado Mala vida y costumbres.

—Quizá varió de apellido—dijo Roberto impacientado—. ¿Qué edad tenía la Rosita que conoció usted?

—Pues le diré a usted; yo fuí a París el sesenta y ocho, contratado al circo de la Emperatriz. Yo era entonces contorsionista, y en los carteles me llamaban el Hombre-Boa; luego me hice malabarista, y adopté el nombre de don Alonso. Alonso es mi nombre. A los cuatro meses, Pérez y yo, Pérez ha sido el gimnasta más grande del mundo, fuimos a América, y dos o tres años después conocía a Rosita, que entonces tendría veinticinco o treinta.

—De manera que la Rosita que usted dice tendría ahora sesenta y tantos—dijo Roberto—; la que yo busco tendrá a lo más treinta.

—Entonces no es ella. ¡Caramba, cuánto lo siento!—murmuró don Alonso, agarrando el vaso de café con leche y llevándoselo a los labios, como si tuviera miedo de que se lo fuesen a quitar—. ¡Y qué bonita era aquella chiquilla! Tenía unos ojos verdes como los de un gato. Una monada, una verdadera monada.

Roberto había quedado pensativo; don Alonso prosiguió hablando, dirigiéndose a Manuel:

—No hay vida como la del artista de circo—exclamó—. No sé la profesión de ustedes, y no quiero rebajarla; pero donde esté el arte... ¡Aquel París, aquel circo de la Emperatriz, no los olvidaré nunca! Verdad es que Pérez y yo tuvimos suerte: hicimos furor allá, y no digo nada lo que eso supone. ¡Oh! Era una cosa... Una noche, después de trabajar, se encontraba uno con un recado: «Se le espera en el café tal». Iba uno allá y se encontraba uno con una mujer de la jai laif, una mujer caprichosa, que convidaba a cenar... y a todo lo demás. Pero vinieron otros gimnastas al circo de la Emperatriz; nosotros dejamos de ser novedad, y el empresario, un yanqui que tenía una porción de compañías, nos dijo a Pérez y a mí si queríamos ir a Cuba. Alante—dije yo—, Ol rait.

—¿Ha estado usted en Cuba?—preguntó Roberto, saliendo de su abstracción.

—¡He estado en tantos sitios!—contestó, con aire de superioridad, el antiguo Hombre-Boa—. Nos embarcamos en el Abre—siguió diciendo don Alonso—en un barco que se llamaba la Navarr, y estuvimos en La Habana durante unos ocho meses; trabajando allí, nos salió un negocio de una lotería, y Pérez y yo ganamos veinte mil pesos oro.

—¡Veinte mil duros!—dijo Manuel.

—¡Cabalito! A la semana siguiente ya los habíamos perdido, y nos encontrábamos Pérez y yo sin un centavo. Pasábamos unos días alimentándonos de guayaba y de ñame, hasta que encontramos en el muelle de La Habana unos gimnastas que estaban más arruinados que el verbo y nos reunimos a ellos. Era gente que no trabajaba mal; había acróbatas, clauns, pantomimistas, barristas y una equiyer francesa; formamos una compañía e hicimos una turné por los pueblos de la isla; pero una turné morrocotuda. ¡Cómo nos obsequiaban en aquella tierra! «Pase, mi amigo, y tomará una copa». «Muchísimas gracias». «No me desaire el señó; vamo a tomá una copa en eta cantina, ¿no?...» Y la bebida andaba que era un gusto. Como yo era el único de la cuadrilla que sabía hacer cuentas, he tenido educación—añadió don Alonso—, mi padre fué militar, me nombré director. En uno de los pueblos reforcé la compañía con una bailarina y un Hércules. La bailarina se llamaba Rosita Montañés; de ésta me he acordado cuando me hablaban ustedes de esa Rosita que buscan. La Montañés era española y estaba casada con el Hércules, un italiano, Napoleó Pitti, de nombre. El matrimonio llevaba como secretario a un galleguito muy inteligente, pero detestable como artista, y la Rosita y él se la pegaban al Hércules. No era esto difícil, porque Napoleó era uno de los hombres más brutos que he conocido; como fuerte no había otro: tenía una espalda como una pared maestra; las orejas aplastadas por los puñetazos del boxeo; era un barbarote, y es lo que se dice: «al hombre por la palabra y al buey por el asta»; y el galleguito le llevaba al Hércules por el asta. El condenado marusiño me engañó a mí también, aunque no como al Hércules, pues siempre he sido soltero, gracias a Dios, parte por aprensión y parte por cálculo; y mujeres no me han faltado—dijo don Alonso, con jactancia.

¿En qué iba? ¡Ah, sí! Yo no sabía el inglés; la condenada lengua esa, aunque no es muy difícil, no me entraba; tenía necesidad de un intérprete, y nombré al gallego secretario de la compañía y taquillero. Así, juntos, estuvimos cerca de un año, y al cabo de este tiempo llegamos a una isla inglesa que está cerca de la Jamaica. El gobernador de la isla, un inglés más barbián que el mundo, con unas patillas que parecían de fuego, me llamó al desembarcar; y como no había sitio para que trabajáramos nosotros, habilitó la escuela municipal, que era un palacio, y mandó tirar todos los tabiques y hacer la pista y las gradas. En el pueblo sólo los negros iban a aquella escuela; y estas criaturas, ¿para qué quieren saber leer y escribir?

Llevábamos allá un mes, y, a pesar de que no pagábamos el local, de que solía estar lleno todas las tardes, y de que no teníamos apenas gastos, no ganábamos. ¿En qué consistirá?—me decía yo continuamente—. Un misterio.

—¿Y en qué consistía?—preguntó Manuel.

—Ahora voy. Antes hay que explicar que el gobernador de las patillas rojas se enamoró de la Rosita, y, sin andarse por las ramas, se la llevó a su palacio. El pobre Hércules mugía, rompía los platos con los dedos y desahogaba su dolor y su rabia haciendo barbaridades.

El gobernador, muy campechano, nos invitaba al galleguito y a mí a su palacio, y allí, en un jardín que tenía con cedros y palmeras, solíamos preparar el programa de las funciones y nos entreteníamos en tirar al blanco, mientras fumábamos unos tabacos admirables y bebíamos copas de ron. Hacíamos la corte a Rosita, y ella se reía como una loca, y bailaba el tango, la cachucha y el vito, y le faltaba al inglés una barbaridad de veces; un día me dijo el gobernador, que me trataba como a un amigo: «Ese secretario de usted le roba.» «Creo que sí», le contesté. «Esta noche tendrá usted la prueba».

Concluímos la función; me fuí a casa, cené e iba a acostarme, cuando viene un negrito y me dice que le siga; bueno: lo hago; salimos los dos: nos acercamos al circo, y en una cantina próxima veo al gobernador y al jefe de policía del pueblo. Hacía una noche de luna muy hermosa; en la cantina no había luz; esperamos, y esperamos, y de pronto aparece un bulto, y se cuela por una ventana del circo. «For uer»—murmuró el gobernador—. Esto quiere decir: ¡Alante!—añadió don Alonso.