WeRead Powered by ReaderPub
La maja desnuda cover

La maja desnuda

Chapter 11: II
Open in WeRead

About This Book

La narración sigue a un pintor consagrado que regresa al Museo del Prado y rememora sus orígenes, repasando con ironía la academia, la fama y las rutinas del oficio. Entre paseos por salas, escenas al aire libre y recuerdos de juventud, emergen reflexiones sobre el arte, el deseo y la tensión entre tradición y modernidad. La prosa alterna descripciones detalladas de ambientes y personajes con episodios de vida artística, mostrando cómo la memoria, la ambición y la observación de la sociedad moldean su visión estética y humana.

—Mariano—murmuró,—á su asiento: á ser buen muchacho y obediente. ¡Mire usted que me enfado!

Pero permaneció inmóvil, después de haber dado media vuelta en su taburete, quedando de frente al ventanal, apoyando un codo en el teclado.

Estuvieron mucho tiempo silenciosos; ella en esta posición; él de pie, contemplando su rostro, que no era ya más que una mancha blanca en la creciente penumbra.

La vidriera destacábase ahora con una opacidad azulada. Las ramas del jardín cortábanla como tortuosos y movibles trazos de tinta. En la profunda calma del estudio sonaban los crujidos de los muebles; esa respiración de la madera, del polvo y los objetos en el silencio y la sombra.

Los dos parecían cautivados por el misterio de la hora, como si la muerte del día anestesiase su pensamiento. Sentíanse mecidos en un ensueño vago y dulce.

Ella tuvo un estremecimiento de voluptuosidad.

—Mariano, aléjese usted—dijo con voz lenta, como si le costase un gran esfuerzo.—Esto es muy bonito... parece que me encuentro en un baño... un gran baño que me penetra hasta el alma. Pero esto no está bien. Encienda usted, maestro. ¡Luz, luz! Esto no es correcto.

Mariano no la escuchaba. Se había inclinado sobre ella, cogiéndola una mano, fría, insensible, como si no se diese cuenta de la presión de la suya. Después, en un arranque súbito la besó, y faltó poco para que la mordiese.

La condesa pareció despertar y se irguió altiva, ofendida.

—Es una niñería, Mariano. Es un abuso.

Pero en seguida rió, con su risa cruel, como si sintiera lástima ante la confusión que mostraba Renovales viendo su enfado.

—Queda usted absuelto, maestro. Un beso en la mano no significa nada. Es un gesto protocolario... Son muchos los que me la besan.

Y esta indiferencia fué un amargo castigo para el artista, que consideraba su beso como una toma de posesión.

La condesa siguió buscando en la obscuridad, repitiendo con vocecilla irritada:

—¡Luz, haga usted luz! ¿Pero dónde está la llave?

Se hizo la luz sin que Mariano se moviese, sin que ella encontrase el tan buscado resorte. Brillaron en lo alto del estudio tres focos eléctricos y sus coronas de agujas blancas sacaron de la sombra los marcos dorados, los brillantes tapices, las armas relucientes, los muebles vistosos, las pinturas de vivos colores.

Los dos parpadearon, cegados por el repentino resplandor.

—Buenas noches—dijo del lado de la puerta una voz melosa.

—¡Josefina!...

La condesa corrió hacia ella, abrazándola con gran efusión, besando sus mejillas rojizas y descarnadas.

—¡Qué á obscuras estabais!—prosiguió Josefina con una sonrisa que conocía bien Renovales.

Concha la aturdió con el chaparrón de su palabrería. El ilustre maestro se había negado á encender; le gustaba el crepúsculo; ¡cosas de artista! Habían hablado mucho de su querida Josefina, mientras ella aguardaba la llegada del coche. Y decía esto besando á la mujercita, separándose un poco para contemplarla más á su gusto, repitiendo con vehemencia:

—¡Pero qué guapa estás hoy! Te encuentro mejor que hace tres días.

Josefina no cesaba de sonreir. Muchas gracias... El coche esperaba á la puerta. Se lo había dicho el criado cuando ella bajaba atraída por el eco lejano del armónium.

La condesa mostró prisa por irse. Recordaba de pronto un sinnúmero de cosas que debía hacer; enumeraba las personas que la aguardaban en su casa. Josefina la ayudó á colocarse el sombrero y el velo, y todavía, á través de éste, la dió la condesa varios besos de despedida.

—Adiós, ma chere. Adiós, mignone. ¿Te acuerdas del colegio? ¡Ay, cuán felices éramos allí!... Adiós, maître.

Todavía se detuvo en la puerta para besar una vez más á Josefina.

Y como final, antes de desaparecer, exclamó en un tono quejumbroso de víctima que desea ser compadecida:

—Te envidio, cherie. Tú, al menos, eres feliz: has encontrado un marido que te adora... Maestro, cuídela usted mucho: mímela para que se ponga buena y guapa... Cuídela usted, ó reñiremos.

VI

Renovales acabó de leer en la cama, según su costumbre los periódicos de la noche, y antes de apagar la luz miró á su mujer.

Estaba despierta. Sobre los embozos de la cama vió sus ojos desmesuradamente abiertos, fijos en él con una tenacidad hostil, y los rabitos de su pobre cabellera, que se escapaban lacios y tristes por entre las blondas de la gorra de noche.

—¿No duermes?—preguntó el pintor con una entonación cariñosa, en la que había algo de inquietud.

—No.

Y tras este monosílabo duro, dió una vuelta en la cama, volviéndole la espalda.

Quedó Renovales en la obscuridad, con los ojos abiertos, algo inquieto por el temor que le inspiraba aquel cuerpo, oculto bajo la misma sábana, tendido á corta distancia de él y que evitaba todo roce, achicándose con manifiesta repulsión.

¡Pobrecilla! El bueno de Renovales sentíase atenaceado por un doloroso remordimiento. Su conciencia era una bestia feroz que se había despertado iracunda é implacable, destrozándolo con las dentelladas del desprecio. No significaban gran cosa los sucesos de aquella tarde: un momento de abandono, una debilidad. Seguramente que la condesa ya no se acordaba de ello, y él, por su parte, tenía el propósito de no reincidir.

¡Bonita situación para un padre de familia, para un hombre que había ya pasado su juventud, comprometerse en empresas amorosas, ponerse melancólico á la hora del crepúsculo, besando una mano blanca, con posturas de trovador apasionado! ¡Vive Dios! ¡Cómo se hubieran reído los amigos al verle en esta actitud!... Había que limpiarse de este romanticismo que le dominaba en ciertos momentos. Cada hombre debía seguir su destino, aceptando la vida tal como se presentaba. Él había nacido para virtuoso; debía conformarse con la relativa paz de su vida doméstica; aceptar sus escasas dulzuras como una compensación de los tormentos morales que le hacía sufrir la enfermedad de su compañera. Se contentaría con las fiestas de su pensamiento; con aquellos atracones ilusorios de belleza que se daba en los banquetes servidos por su imaginación. Mantendría su carne en una fidelidad matrimonial que equivalía á perpetua privación. ¡Pobre Josefina! Su remordimiento, por un instante de debilidad que él consideraba como un crimen, impulsábale á aproximarse á su compañera de lecho, cual si buscase en su calor y su contacto un mudo perdón.

El cuerpo, ardoroso por una lenta fiebre, se alejó al sentir su roce; se apelotonó, como esos moluscos tímidos que se achican y ocultan al más leve tocamiento... Estaba despierta. No se oía su respiración; parecía muerta en la profunda obscuridad, pero el marido adivinaba sus ojos abiertos, su ceño contraído, y sentía el pavor del que presiente un peligro en el misterio de la sombra.

Renovales también permaneció inmóvil, evitando un nuevo encuentro con este cuerpo que le repelía mudamente. La firmeza de su arrepentimiento le proporcionaba cierto consuelo. Jamás volvería á olvidarse de su mujer, de su hija, de su respetabilidad de hombre grave.

Desecharía para siempre estos anhelos de juventud, esta audacia, esta hambre de gozar todas las dulzuras de la vida. Su suerte estaba echada; seguiría siendo el de siempre. Pintaría retratos y todo lo que le encomendasen; daría gusto al público, ganaría más dinero; procuraría amoldar su arte á las exigencias celosas de su mujer para que viviese tranquila; se burlaría de ese fantasma de la ambición humana que llaman gloria. ¡La gloria! ¡Una lotería sin más probabilidades de suerte que los gustos de las gentes que aun estaban por nacer! ¿Quién conocía las aficiones artísticas del porvenir? Tal vez apreciase como bueno lo que él producía ahora á disgusto; tal vez reiría con desprecio de lo que él deseaba pintar. Lo único importante era vivir tranquilo, los más años que pudiese, rodeado de dulce paz. Su hija se casaría. Tal vez fuese su marido el amado discípulo, aquel Soldevilla, tan modosito, tan cortés, que andaba loco tras la revoltosa Milita. Y si no era éste, sería López de Sosa, un mentecato enamorado de sus automóviles, que gustaba más á Josefina que el discípulo, por no haber incurrido en el pecado de mostrar talento y dedicarse á la pintura. Tendría nietos, le blanquearía la barba, ofrecería la majestad de un Padre Eterno, y Josefina, cuidada por él, reanimada por un ambiente de cariño, llegaría también á la vejez, libre de sus nervios, equilibrada por la insensibilidad de los años, que anula los desarreglos del sexo.

El pintor sentíase halagado por este cuadro de felicidad patriarcal. Se iría del mundo sin haber mordido los mejores frutos que ofrece la vida, pero con la paz de un alma que tampoco conoce las grandes vehemencias pasionales.

Mecido por estas ilusiones, el artista fué sumiéndose en el sueño. Veía en la sombra la imagen de su tranquila ancianidad, con arrugas sonrosadas y cabellera de plata: á su lado una viejecita vivaracha, sana y graciosa, peinada con bandós de brillante nieve, y en torno de ellos un corro de niños, muchos niños, unos urgándose las narices, otros revolcándose en el suelo, con la panza al aire, como gatitos revoltosos; los mayores, lápiz en mano, haciendo la caricatura de la valetudinaria pareja, y todos gritando á coro con un llamamiento de ternura: «¡Abuelitos ricos! ¡Abuelitos monos!...»

En su imaginación adormecida se esfumaba y borraba este cuadro. Ya no veía las figuras, pero el grito cariñoso seguía sonando en sus oídos cada vez más lejano.

Después volvía á crecer y se aproximaba lentamente, pero era una queja, un lamento tembloroso, un alarido como el de la bestia que siente en la garganta el cuchillo del sacrificador.

El artista, aterrado por este gemido, creyó que un animal obscuro, un monstruo de la noche, se agitaba junto á él, rozándolo con sus antenas, empujándole con las huesosas puntas de sus articulaciones.

Despertóse, y turbio aún su cerebro por las nieblas del sueño, lo primero que sintió fué un estremecimiento de miedo y sorpresa, extendiéndose de su nuca á sus pies. El monstruo invisible estaba junto á él, moribundo, pataleante, hiriéndole con las angulosidades de su cuerpo. El alarido rasgaba la obscuridad con estertor agónico.

Renovales, á impulsos del miedo, despertó por completo. Aquel lamento era de Josefina. Su mujer rodaba en la cama, rugiendo al beber penosamente el aire.

Crujió la llave de la luz y el resplandor blanco y crudo de la lámpara mostró á la mujercita, en el desorden de su crisis nerviosa: los flacos miembros contraídos dolorosamente; los ojos desmesuradamente abiertos, mates y con un estrabismo de agonía; la boca llorosa, goteando por sus comisuras una espumilla de rabia.

El marido, aturdido por este despertar, intentó cogerla en sus brazos, oprimirla dulcemente, como si su calor pudiese devolverla la calma.

—Déja... me—rugió ella con voz entrecortada.—Suelta... Te aborrezco...

Y era ella la que, pidiendo que la soltase, se aferraba á él, clavando los dedos en su cuello, como si quisiera extrangularle. Renovales, insensible á este apretón, que no hacía gran mella en su cuello atlético, murmuraba con triste bondad:

—¡Aprieta!... No temas hacerme daño. ¡Desahógate!

Sus manos, cansadas de oprimir inútilmente aquella carne musculosa, abandonaron su presa con cierto desaliento. Aun duró un buen rato la crisis, pero sobrevino el llanto, quedando la mujer anonadada, inerte, sin otras manifestaciones de vida que el estertor de su pecho y el incesante gotear del doble hilo lacrimoso.

Renovales había saltado de la cama, yendo por la habitación, en su grotesco atavío de dormir, buscando por todos lados, sin saber lo que buscaba, murmurando palabras cariñosas para tranquilizar á su esposa.

Ésta interrumpía sus gemidos, pugnando por introducir cada sílaba á través del estertor. Hablaba con la cabeza oculta entre los brazos. El pintor se detuvo á oirla, asombrado de las palabras soeces que se deslizaban de los labios de su Josefina, como si el pesar, al remover su alma, sacase á flote las groserías é impurezas oídas en la calle y depositadas en el fondo de su memoria.

—¡La tía... tal! (Y aquí soltaba la palabra clásica, con naturalidad, como si toda su vida hubiese hablado así.) ¡La sinvergüenza! La...

Y seguía lanzando un rosario de interjecciones que escandalizaban al marido, por salir de aquella boca.

—¿Pero de quién hablas? ¿Qué persona es esa?

Ella, como si sólo aguardase estas preguntas, se incorporó en la cama, púsose de rodillas, mostrando su triste osamenta, mirándole fijamente, moviendo sobre el frágil cuello su cabeza, en torno de la cual se arremolinaban los cortos y lacios mechones de la cabellera.

—¿De quién ha de ser? De la de Alberca... ¡De ese grandísimo plumero! ¡Hazte de nuevas! ¡Tú no sabes nada! ¡Pobrecito!

Renovales esperaba esto, pero al oirlo, tomó una actitud arrogante, fortalecido por sus propósitos de enmienda y por la certeza de que decía verdad. Se llevó la mano al corazón en actitud teatral, echando atrás su melena, sin reparar en lo grotesco de su figura, que se reflejaba en los espejos del dormitorio.

—Josefina, te juro por lo más que amo en el mundo, que no es cierto lo que supones. Nada tengo que ver con Concha. ¡Por nuestra hija te lo juro!

La mujercita se irritó aún más.

—No jures, no mientas... no nombres á mi hija. ¡Embustero! ¡Hipócrita! Todos sois iguales.

¿La creía una tonta? Estaba enterada de cuanto ocurría en torno de ella. Él era un libertino, un mal esposo: lo había conocido á los pocos meses de matrimonio; un bohemio sin otra educación que las perversas tertulias de los de su clase. Y la otra era cualquier cosa; lo peorcito de Madrid: por algo se reían en todas partes del conde... Mariano y Concha se entendían; tal para cual; se burlaban de ella en su propia casa, á obscuras en el estudio.

—Es tu querida—decía con fría cólera.—Vamos, hombre, confiésalo; repite todas esas desvergüenzas del derecho al amor y el derecho á la alegría de que hablas con tus amigotes en el estudio; esas infamias hipócritas para justificar el desprecio á la familia, al matrimonio... á todo. Ten el valor de tus actos.

Pero Renovales, aturdido por esta palabrería feroz, que caía sobre él como una lluvia de latigazos, sólo sabía repetir, con la mano en el corazón y el gesto noblemente resignado del que sufre una injusticia:

—Soy inocente. Te lo juro. No hay nada de lo que supones.

Y pasando al otro lado de la cama, intentaba coger de nuevo entre sus brazos á Josefina, creyendo calmarla, ahora que parecía menos furiosa y el llanto cortaba sus airadas palabras.

Trabajo inútil. El frágil cuerpo escurríase entre sus manos, repeliéndolas con una sensación de horror y repugnancia.

—Déjame; no me toques. Me das asco.

Se engañaba su marido si creía que ella era enemiga de Concha. ¡Bah! Conocía bien á las mujeres. Hasta aceptaba (ya que tan tenaz era en sus juramentos de inocencia) que no existía nada entre los dos. Pero sería por ella, que estaba harta de adoradores, y á impulsos de una antigua amistad no quería amargar la existencia de Josefina. Era Concha la que había resistido y no él.

—Te conozco. Ya sabes que adivino tus pensamientos, que leo en tu frente. Eres fiel por cobardía, por falta de ocasión. Pero el pensamiento lo llevas cargado de obscenidades; tu interior me da asco.

Y antes de que pudiese protestar, su mujer le atacaba nuevamente, soltando de una vez todas las observaciones que había hecho, pesando sus actos y palabras con la sutileza de una imaginación enferma.

Echábale en cara la expresión de arrobamiento de sus ojos cuando veía á las damas hermosas colocarse ante su caballete para ser retratadas; los elogios á la garganta de una, á los hombros de otra: la unción casi religiosa con que examinaba las fotografías y los grabados representando beldades desnudas, pintadas por otros artistas, á los que él pretendía seguir en sus impulsos de libertinaje.

—¡Si yo te dejase! ¡Si yo desapareciese!... Tu estudio sería un burdel; no podría entrar en él una persona decente; siempre tendrías al fresco alguna mujer, copiando sus vergüenzas.

Y en el temblor de su voz irritada revelábase la ira, la amarga decepción de presenciar á todas horas este culto de la belleza, este elogio continuo á la hermosura, sin fijarse en que ella estaba presente, envejecida antes de tiempo, enferma, con la fealdad de la miseria física, y que cada uno de estos entusiasmos la hería como un reproche, marcando un abismo entre su triste condición y el ideal que llenaba la mente de su esposo.

—¿Crees que no sé lo que piensas?... Me río de tu fidelidad. ¡Mentira! ¡Hipocresía! Así como te haces viejo, te domina un deseo rabioso. Si pudieses, si tuvieras valor, correrías tras esas bestias de hermosas carnes que tanto elogias... Eres un ordinario. No hay en ti más que grosería y materialidad. ¡La forma! ¡La carne! ¿Y á esto llaman artista?... Mejor hubiera sido casarme con un zapatero, con uno de esos hombres buenos y simples que los domingos van con su pobre mujercita á comer en los merenderos y la adoran no conociendo á otra.

Renovales comenzaba á sentirse irritado por este ataque, que ya no se basaba en sus actos, sino en su pensamiento. Aquello era peor que el Santo Oficio. Le había espiado á todas horas; siempre atenta y observadora, recogía sus menores palabras y gestos; penetraba en su pensamiento, haciendo materia de celos sus preocupaciones y sus entusiasmos.

—Calla, Josefina... Eso es indigno. No podré pensar, no podré producir... Me espías y persigues hasta en mi arte.

Ella levantaba los hombros con desprecio. ¡Su arte! Se burlaba de él.

Y volvía á insultar á la pintura, arrepintiéndose de haber unido su suerte á la de un artista. Los hombres como él no debían casarse con mujeres decentes, con las que se llaman mujeres de su casa. Su destino era permanecer solos, ó agregarse á hembras sin escrúpulo, enamoradas de su cuerpo, capaces de exhibirlo en medio de la calle, con el orgullo de su desnudez.

—Yo te he querido, ¿sabes?—decía fríamente.—Te he querido, pero ya no te quiero. ¿Para qué? Sé que aunque me lo jures de rodillas, nunca me serás fiel. Estarás cosido á mis faldas y tu pensamiento irá lejos, muy lejos, acariciando esas vergüenzas que adoras. Tienes un serrallo en la cabeza. Creo vivir sola contigo, y al mirarte, la casa se puebla de mujeres, que me rodean, que lo llenan todo y se burlan de mí; todas hermosas, como bestias del demonio; todas desnudas, como tentaciones... Déjame, Mariano; no te acerques. No quiero verte. Apaga la luz.

Y viendo que el artista no obedecía su mandato, ella misma dió vuelta á la llave, oyéndose en la obscuridad el chasquido de sus huesos al arrebujarse en las ropas del lecho.

Renovales quedó en densa sombra, y á tientas buscó la cama, acostándose también. Ya no suplicaba; permanecía mudo, irritado. Habíase desvanecido la tierna compasión que le hacía soportar las agresivas nerviosidades de su mujer. ¿Qué más quería de él?... ¿Hasta donde iba á llegar?... Llevaba una vida de asceta, conteniendo sus apasionamientos de hombre sano, guardando por costumbre y por respeto una casta fidelidad, buscando un alivio en los fogosos extravíos de su imaginación... ¡y aun esto era un crimen! Con la agudeza de su pensamiento de enferma, penetraba ella en él, adivinando sus ideas, siguiendo su curso, rasgando el velo de misterio tras el cual ocultaba aquellos banquetes de ilusiones, en los que entretenía sus horas de soledad. ¡Hasta á su cerebro llegaba esta persecución! No podían sufrirse con paciencia los celos de aquella mujer, amargada por la pérdida de su frescura juvenil.

Ella reanudaba su llanto en la obscuridad. Gemía convulsivamente, agitando las ropas con el estertor de su pecho.

La cólera hacía insensible y duro al marido.

—¡Gime, pobrecita!—pensaba con cierta fruición.—Llora hasta deshacerte; no seré yo quien te diga una palabra.

Josefina, cansada de su mutismo, intercalaba palabras entre los lamentos. ¡Se burlaban de ella! ¡Vivía en perpetuo ridículo!... Los amigos que escuchaban al ilustre maestro, las señoras que visitaban su estudio, ¡cómo reirían al oirle sus arrebatados elogios á la belleza ante su mujer enferma y arruinada! ¿Qué era ella en aquella casa, panteón espantoso, nido de tristezas? Una pobre ama de llaves que cuidaba del bienestar del artista. Y el señor creía cumplir todos los deberes no manteniendo una querida, saliendo poco de casa, pero maltratándola con sus palabras, que la hacían objeto de ludibrio. ¡Si viviese su madre!... ¡Si sus hermanos no fuesen unos egoístas, que rodaban por el mundo, de embajada en embajada, contentos de la vida, dejando sin contestación sus cartas llenas de quejas y teniéndola por loca, al ver que se lamentaba de poseer un esposo ilustre y de ser rica!

Renovales, en la obscuridad, se llevaba las manos á la frente con gesto de desesperación, enfurecido por el sonsonete de tanta injusticia.

—¡Su madre!—pensaba.—Bien está la insufrible señora para siempre en su agujero. ¡Sus hermanos! Unos sinvergüenzas que siempre que pueden me piden algo... ¡Señor! ¡Paciencia para sufrir á esta mujer; resignación y calma para conservar mi frialdad, para que no olvide que soy un hombre!

La despreciaba en su pensamiento para mantener de este modo su impasibilidad. ¡Bah! ¡Una mujer... una enferma! Todos en el mundo arrastran su cruz, y la suya era Josefina.

Pero ésta, como si adivinase los pensamientos de su compañero de lecho, cesó de llorar y le habló con voz lenta, en la que temblaba una ironía cruel:

—De la de Alberca no esperes nada—dijo de pronto con femenil incoherencia.—Te advierto que tiene los adoradores por docenas: juventud y elegancia, que para las mujeres es algo más que el talento.

—¿Y á mi qué?—rugió en la obscuridad la voz de Renovales, con una explosión de cólera.

—Te lo digo para que no te forjes ilusiones... Maestro, va usted á sufrir un fracaso. Estás muy viejo, buen hombre; los años pasan... Tan viejo y tan feo que, si te hubiese conocido así, no sería tu mujer á pesar de toda tu gloria.

Después de este golpe, satisfecha y tranquila, cesó de llorar y pareció dormirse.

El maestro permaneció inmóvil, tendido de espaldas, con la cabeza apoyada en los brazos y los ojos muy abiertos, viendo poblarse la obscuridad de puntos rojos, que se ensanchaban en incesante rotación, formando anillos inflamados y flotantes. La cólera había sacudido sus nervios; la puñalada final no le dejaba dormir. Sentíase inquieto, desvelado por este cruel desgarrón en su amor propio. Creía tener en su cama, á corta distancia de él, á su mayor enemigo. Odiaba este cuerpecillo ruin que casi podía tocar con un ligero movimiento, como si encerrase la bilis de todos los adversarios con los que había chocado en su vida.

¡Viejo! ¡Despreciable! ¡Inferior á aquellos señoritos que pululaban en torno de la de Alberca; él, un hombre conocido por toda Europa y en cuya presencia palidecían emocionadas, mirándole con ojos de adoración, todas las señoritas que pintan abanicos y acuarelas de pájaros y flores!...

—Ya te lo diré más adelante, pobre mujer—pensaba, mientras una risa feroz deslizábase invisible en la sombra.—Ya verás si la gloria es algo y si me encuentran tan viejo como tú crees.

Con una alegría de adolescente recordaba la escena del crepúsculo, el beso en la mano de la condesa, su dulce abandono, aquella mezcla de resistencia y de agrado que le abría el camino para ir más adelante. Saboreaba estos recuerdos con la fruición de la venganza.

Después, su cuerpo, al moverse, tropezó con el de Josefina, que parecía dormir, y experimentó cierta repulsión, como si rozase un animal hostil.

Era su enemigo: había torcido y desorientado su vida de artista y entristecía su vida de hombre. Creíase ahora capaz de haber producido las obras más asombrosas, de no conocer á aquella mujercita que gravitaba sobre él con aplastante pesadumbre. Su censura muda, la fiscalización de sus ojos, aquella moralidad estrecha y mezquina de señorita bien educada, cerrábanle el paso, haciéndole salir de su camino. Sus cóleras, sus crisis nerviosas le desorientaban, achicándolo, robándole fuerzas para el trabajo. ¿Y siempre habría de vivir así?... Pensó con horror en los largos años que aun quedaban delante de él; en el camino que le ofrecía la vida, monótono, polvoriento, de agria cuesta, sin una sombra, sin un descanso, marchando trabajosamente, falto de entusiasmos y bríos, tirando de la cadena del deber, á cuyo extremo se arrastraba el enemigo, siempre quejumbroso, siempre injusto, con la egoísta crueldad del enfermo, espiándolo con ojos inquisitoriales á las horas en que se repliega el pensamiento, á las horas en que surge el sueño, violando su descuido, forzando su inmovilidad, robándole sus ideas más intimas para después pasárselas ante los ojos con insolencia de ladrón triunfante. ¡Y esto había de ser toda su vida!... ¡Cristo! No; mejor era morir.

Entonces surgió en las negruras de su cerebro, como una chispa azul, de lúgubre fulgor, un pensamiento, un deseo, que hizo correr por su cuerpo el escalofrío de la estupefacción y la sorpresa:

—¡Si se muriese!...

¿Por qué no?... Siempre enferma, siempre triste, parecía obscurecer su pensamiento con las alas de su alma, unas alas de cuervo, de tétrica agitación. Él tenia derecho á la libertad, á romper la cadena, porque era el más fuerte. Había pasado la vida deseando la gloria, y la gloria era un engaño si no proporcionaba más que el frío respeto de las gentes, si no podía cambiarse por algo más positivo. Aun le quedaban muchos años de existencia intensa; aun podía regodearse con un atracón colosal de placeres; aun podía vivir como ciertos artistas que él admiraba, ebrios de dulzuras mundanales, trabajando en loca libertad.

—¡Ay! ¡Si se muriese!...

Recordaba ciertos libros que había leído, en los cuales otros personajes imaginarios deseaban también la muerte ajena para satisfacer con más amplitud sus apetitos y pasiones.

De pronto creyó despertar, salir de un mal sueño, arrancarse con honda emoción de una pesadilla aterradora. ¡Pobre Josefina!... Le horrorizaba su pensamiento: sentía el fúnebre deseo abrasar su conciencia, como un hierro ardiente que levanta chirridos con su contacto. No era ternura lo que le hacía volver hacia su compañera, eso no; la guardaba rencor. Pero pensaba en sus años de sacrificio; en las privaciones que había sufrido al seguirle en su lucha con la miseria, sin una queja, sin una protesta, en los dolores de su maternidad, en el sustento que había dado á su hija, aquella Milita que parecía haber robado todo el vigor de su cuerpo y tal vez era causa de su decadencia. ¡Qué horror, desear su muerte!... ¡Que viviera! Él lo sufriría todo con la paciencia del deber. ¿Morir ella? Nunca; antes deseaba morir él.

Pero en vano pugnó el artista por olvidar su pensamiento. El deseo atroz, monstruoso, una vez despertado, se resistía, negándose á retroceder, á ocultarse, á morir en las tortuosidades cerebrales de donde había surgido. En vano se arrepentía de esta perversidad y se avergonzaba de su idea feroz, queriendo aplastarla para siempre. Parecía que dentro de él había surgido una segunda persona, rebelde á sus mandatos, ajena á su conciencia, insensible y dura á los escrúpulos compasivos, y esta personalidad, este dominio, seguía cantando en su oreja con acento alegre, como si le prometiese todas las voluptuosidades de la vida:

—¡Si se muriese!... ¿eh, maestro?... ¡Si se muriese!...

SEGUNDA PARTE

I

Al llegar la primavera, López de Sosa, el «intrépido sportman», según le llamaba Cotoner, presentábase todas las tardes en el hotel de Renovales.

Fuera de la verja quedaba el automóvil de cuarenta caballos, su última adquisición, de la que hablaba con orgullo; un vehículo enorme, charolado de verde, que avanzaba y retrocedía bajo la mano del chauffeur, mientras el dueño cruzaba el jardín de la casa del pintor.

Renovales le veía entrar en su estudio, vestido de azul, con una gorra de visera brillante sobre los ojos, afectando el aire resuelto de un marino ó de un explorador.

—Buenas tardes, don Mariano. Vengo por las señoras.

Y bajaba Milita envuelta hasta los pies en un gabán gris, cubriendo su cabellera con una gorra blanca, en torno de la cual se arrollaba el largo velo azul. Tras ella aparecía la madre, vestida del mismo modo, pequeña é insignificante al lado de aquella muchacha que parecía abrumarla con su salud y su gallardía.

Renovales elogiaba mucho estos paseos. Josefina se quejaba de las piernas; una repentina debilidad la hacía algunas veces permanecer en un sillón días enteros. Refractaria á todo movimiento, le gustaba correr inmóvil en aquel carruaje que devoraba las distancias, llegando á puntos lejanos de Madrid sin esfuerzo alguno, como si no se hubiera movido de su casa.

—Divertirse mucho—decía el pintor con cierta alegría al quedar solo, completamente solo, sin la inquietud de percibir cerca de él la hostilidad conyugal.—Á usted se las confío, Rafaelito; nada de locuras, ¿eh?

Y Rafaelito esbozaba un gesto de protesta, como escandalizado de que alguien pudiese dudar de su pericia. Con él no había cuidado.

—¿Y usted no viene, don Mariano? Deje usted los pinceles. No vamos más que al Pardo.

El pintor se excusaba; tenía mucho que hacer. Estaba enterado de lo que era aquello y no le placía ir tan aprisa. Le disgustaba tragarse el espacio con los ojos casi cerrados, no viendo apenas la campiña esfumada por la velocidad, entre nubes de polvo y piedra machacada. Prefería contemplar el paisaje tranquilamente, sin prisa, con la calma reflexiva del que estudia. Además era refractario á lo que no fuese de su tiempo; iba para viejo, y estas novedades estupendas no le iban.

—Adiós, papá.

Milita, levantándose el velo, avanzaba sus labios rojos y sensuales, mostrando al sonreir su dentadura nítida. Después de este beso venía el otro, ceremonioso, frío, cambiado con la indiferencia de la costumbre, sin más novedad que la de huir su boca Josefina como si quisiera evitar todo contacto intimo.

Salían los tres, apoyándose la madre en el brazo de Rafaelito, con cierta pereza, como si apenas pudiese arrastrar su flaco cuerpo, y con una palidez que no animaba el más leve arrebol de la circulación de la sangre.

Al quedar solo en su estudio, experimentaba Renovales la alegría de un muchacho en asueto. Trabajaba con mayor ligereza, cantaba á gritos, complaciéndose en escuchar los ecos que despertaba su voz en las sonoras naves. Muchas veces, al entrar Cotoner, le sorprendía entonando con impúdica serenidad alguna de las canciones licenciosas que había aprendido en Roma, y el pintor de los Papas, sonriente como un fauno, le hacía coro, aplaudiendo al final estas picardías de estudio.

Tekli, el húngaro, que algunas tardes les acompañaba, había partido para su país con su copia de Las Meninas, después de llevarse las manos de Renovales varias veces al corazón, con grandes extremos afectuosos, llamándole maestrone. El retrato de la condesa de Alberca ya no estaba en el estudio. Rodeado de un marco coruscante, exhibíase en el salón de la ilustre dama, recibiendo la adoración de su tertulia de admiradores.

Algunas tardes, después que las señoras abandonaban el estudio y se alejaba el sordo rodar del automóvil con grandes mugidos de bocina, el maestro y su amigo hablaban de López de Sosa. Un buen muchacho, algo tonto, pero excelente persona. Este era el juicio de Renovales y su viejo amigo. Estaba orgulloso de sus bigotes, que le daban cierto parecido con el emperador alemán, y al sentarse tenía buen cuidado de exhibir sus manos, poniéndolas en evidencia sobre las rodillas, para que apreciasen todos su vigorosa enormidad, sus salientes venas y sus dedos fuertes, con una ingenua satisfacción de cavador. Su conversación giraba siempre en torno de empresas vigorosas, y ante los dos artistas pavoneábase como si perteneciese á otra raza, hablando de sus hazañas de esgrimidor, de sus triunfos en los asaltos, de los kilos que levantaba sin el más leve esfuerzo, de las sillas que podía saltar sin rozarlas siquiera. Muchas veces interrumpía á los dos pintores cuando elogiaban á los grandes maestros del arte, para comunicarles el último triunfo de cualquier automovilista célebre en la conquista de la disputada copa. Sabía de memoria los nombres de todos los campeones europeos que habían alcanzado el laurel de la inmortalidad, corriendo, saltando, matando pichones, dándose patadas ó manejando hierros.

Renovales le había visto entrar en su estudio una tarde, trémulo de emoción, con los ojos brillantes, mostrándole un telegrama.

—Don Mariano, ya tengo un Mercedes. Me avisan su envío.

El pintor hizo un gesto de ignorancia. ¿Quién era aquel sujeto que llevaba un nombre femenil? Y el elegante Rafaelito sonrió con lástima.

—La mejor marca; Mercedes, superior á Panard; eso todo el mundo lo sabe. Fabricación alemana; unos sesenta mil francos. No habrá otro en Madrid.

—Pues que sea en hora buena.

Y el artista, después de encogerse de hombros, siguió pintando.

López de Sosa era rico. Su padre, un antiguo fabricante de conservas, le había dejado una fortuna que administraba prudentemente, no jugando (eso jamás), no manteniendo queridas (le faltaba tiempo para tales superfluidades), sin otro placer que los sports, que fortalecen el cuerpo. Tenía una cochera para él solo, donde albergaba los carruajes de tiro y los automóviles, mostrándolos á los amigos con una satisfacción de artista. Era su museo. Además, poseía varios troncos de caballos, pues las aficiones modernas no le hacían olvidar sus antiguos gustos, y tomaba tan á pechos sus méritos de automovilista como sus pasadas glorias de cochero. De tarde en tarde, en los días de gran corrida de toros, ó cuando se celebraban en el Hipódromo carreras sensacionales, alcanzaba un triunfo de pescante, guiando seis jacas llenas de borlas y cascabeles, que parecían pregonar con su estrepitosa marcha la gloria y la riqueza de su dueño.

Enorgullecíase de su vida virtuosa, sin una calaverada, sin un amorcillo, dedicada por entero al sport y la ostentación. Sus rentas eran inferiores á los gastos. El numeroso personal de la cuadra-garage, los caballos, la gasolina y los adornos de su persona, devoraban una parte de su capital. Pero López de Sosa manteníase impávido en este principio de ruina, que no pasaba inadvertido para él, muchacho juicioso y excelente administrador en medio de su despilfarro. Era la calaverada de su juventud; ya limitaría sus gastos cuando se casase. Dedicado por las noches á la lectura, no pudiendo dormir tranquilamente si no hojeaba antes sus clásicos (periódicos de sport, catálogos de automóviles, etc.), todos los meses hacía nuevas adquisiciones en el extranjero, girando miles y miles de francos y lamentándose como un hombre serio de la alza de los cambios, de los exorbitantes derechos de aduanas, de la torpeza de estos malos gobiernos, que ponen trabas al adelanto del país. Cada automóvil aumentaba considerablemente su precio al pasar la frontera. ¡Y después de esto aun pedían los políticos progreso y regeneración!...

Había sido educado por los padres de la Compañía en la Universidad de Deusto y tenía su título de abogado. Mas no por esto era devoto. Él era liberal; amaba lo moderno. Nada de fanatismos ni hipocresías. Había dicho adiós para siempre á los buenos padres, así que murió el suyo, que era entusiasta de ellos; pero les conservaba cierto respeto por haber sido sus maestros y reconocía en ellos unos grandes sabios. Pero la vida moderna era otra cosa; él leía con entera libertad; leía mucho, tenía en su casa una biblioteca, compuesta lo menos de un centenar de novelas francesas. Adquiría todos los volúmenes que llegaban de París, con una hembra puesta al fresco en la cubierta, y en cuyo interior, so pretexto de relatar las costumbres griegas, romanas ó egipcias, se encontraban un sinnúmero de buenas mozas en pelota ó efebos al natural, sin otros adornos de civilización que las cintas y gorros que cubrían sus cabezas.

Pedía libertad, mucha libertad; pero los hombres estaban divididos para él en dos castas: las personas decentes y las que no lo son. Entre los primeros figuraban en masa todos los muchachos de la Gran Peña, los viejos del Casino, con algunos de los personajes cuyos nombres figuraban en los periódicos, signo indiscutible de su valer. El resto era la canalla que lo llenaba todo; despreciable y cursi en las calles de las ciudades; repugnante y antipática en los caminos; la que insultaba con toda la grosería de su mala crianza y lanzaba amenazas de muerte cuando un chicuelo venía á colocarse bajo las ruedas del automóvil con la maligna intención de dejarse aplastar, metiendo en un conflicto á una persona decente, ó cuando alguna blusa blanca, haciéndose la sorda á los llamamientos de la bocina, no quería apartarse y se sentía alcanzada... como si un hombre que gana dos pesetas quisiera ser superior á las máquinas que cuestan muchos miles de francos. ¡Qué hacer de un pueblo tan ignorante y ordinario! ¡Y aun hablaban algunos miserables de derechos y revoluciones!...

Cotoner, que cuidaba su trajecillo con inauditas fatigas, manteniéndolo presentable para sus visitas y comilonas, preguntaba á López de Sosa con cierto asombro sobre los progresos de su vestuario.

—¿Cuántas corbatas tiene usted ahora, Rafael?

Unas setecientas: las había contado recientemente. Y avergonzado de no poseer todavía el ansiado millar, hablaba de surtirse en su próximo viaje á Londres, cuando se disputaran la copa los primeros automovilistas británicos. Sus botas las recibía de París, pero las fabricaba un zapatero de Suecia, el mismo que calzaba á Eduardo de Inglaterra; los pantalones los contaba por docenas y nunca se ponía uno más allá de ocho ó diez veces; la ropa blanca pasaba á poder de su ayuda de cámara apenas usada; sus sombreros eran todos londonienses. Se hacía por año ocho levitas, que envejecían muchas veces sin llegar al estreno: las tenía de varios colores, con arreglo á las circunstancias y á las horas en que debía usarlas. Una especial, de largos faldones y un negro mate, sombrío y austero, copiada de las ilustraciones extranjeras que representaban desafíos, era su uniforme de los momentos solemnes, la que vestía cuando algún amigo le buscaba en la Peña para que le asistiese y representase, con su pericia de hombre escrupuloso en asuntos de honor.

Su sastre admiraba su talento, su magistral golpe de vista para escoger las telas y decidir el corte entre los innumerables figurines. Total, que invertía unos cinco mil duros por año en sus trajes, y decía con sencillez á los dos artistas:

—¡Qué menos puede gastar una persona decente para estar presentable!...

López de Sosa visitaba la casa de Renovales como amigo después de haberle pintado éste su retrato. Á pesar de sus automóviles, de sus trajes y de escoger sus relaciones entre las gentes que ostentaban títulos nobiliarios, no conseguía echar raíces en lo que él llamaba gran mundo. Sabía que á sus espaldas le designaban con el apodo de «Bonito en escabeche», aludiendo á las fabricaciones paternas, y que las señoritas que le tenían por amigo rebelábanse ante la idea de casarse con el «Chico de las conservas», que era otro de sus falsos nombres. La amistad de Renovales fué para él un motivo de orgullo.

Había solicitado que hiciese su retrato, pagándolo sin regateo, para que figurase en la Exposición; una manera de distinguirse como cualquiera otra, de introducir su insignificancia entre los hombres de alguna celebridad pintados por el artista. Después intimó con el maestro, hablando en todas partes de su «amigo Renovales» con cierta llaneza, como si fuese un camarada que no podía vivir sin él. Esto le realzaba mucho ante sus conocimientos. Además, sentía una admiración ingenua por el maestro desde una tarde en que algo fatigado por el relato de sus azañas de esgrimidor, abandonó los pinceles, y descolgando unas espadas viejas, tiró con él varios asaltos. ¡Vaya con don Mariano! ¡Y cómo se traía sus cositas aprendidas allá en Roma!...

Frecuentando el hotel del artista, acabó por sentirse impulsado hacia Milita: vió en ella la mujer deseada para su matrimonio. Á falta de más sonoros títulos, ser yerno de Renovales era algo. Además, el pintor gozaba fama de rico; se hablaba de sus enormes ganancias y aun le quedaban por delante muchos años de trabajo para acrecentar esta fortuna, que había de ser para su hija.

López de Sosa comenzó á hacer la corte á Milita apelando á sus grandes medios; presentándose cada día con distinto traje, llegando todas las tardes, ya en un carruaje de vistoso tiro, ya en uno de sus automóviles. El elegante muchacho conquistó la tolerancia de la madre, lo que no era poco. Un marido así convenía á su hija. ¡Nada de pintores! Y el pobre Soldevilla en vano arboraba las más vistosas corbatas y exhibía escandalosos chalecos; su rival le aplastaba, y lo que era peor, la señora del maestro, que le tenía antes cierto afecto maternal y le tuteaba por haberle conocido casi un niño, acogíale ahora fríamente, como si desease intimidarle en sus pretensiones sobre Milita.

Ésta fluctuaba sonriente y burlona entre ambos adoradores. Lo mismo parecía importarle uno que otro. Desesperaba al pintor, al compañero de su infancia, maltratándole unas veces con sus bromas, atrayéndolo otras con efusivas intimidades, como en la época que jugaban juntos, y al mismo tiempo elogiaba la elegancia de López de Sosa, reía con él y hasta recelaba Soldevilla que se escribían cartas como si ya fuesen novios.

Renovales celebraba la gracia con que su hija llevaba anhelantes é indecisos en torno de ella á los dos muchachos. Era temible; un chico con faldas, más varonil que sus dos adoradores.

—La conozco, Pepe—decía á Cotoner.—Hay que dejarla hacer su voluntad. El día que se decida por uno ó por otro, habrá que casarla en seguida. No es de las que esperan. Si no la casamos pronto y á gusto, es capaz de escaparse con el novio.

El padre justificaba esta impaciencia de Milita. ¡Pobrecilla! ¡Para lo que veía en su casa! La madre siempre enferma, azorándola con sus llantos, sus gritos y sus crisis nerviosas: el padre trabajando en el estudio, y por toda compañía la antipática Miss. Había que dar gracias á López de Sosa porque las sacaba de casa, volviendo Josefina un tanto calmada de estas carreras vertiginosas.

Prefería Renovales á su discípulo. Era casi su hijo, había reñido grandes batallas por darle pensiones y premios. Un tanto disgustadillo le tenía por ciertas menudas infidelidades, pues al verse con cierto nombre, alardeaba de independencia, elogiando á espaldas del maestro todo lo que éste creía vituperable. Pero aun así, le agradaba la idea de que pudiese casarse con su hija. El yerno pintor; los nietos pintores; la sangre de Renovales perpetuándose en una dinastía de artistas que llenase la historia con resplandores gloriosos.

—Pero ¡ay, Pepe! Me temo que la niña se irá con el otro. ¡Al fin, mujer! Las hembras sólo aprecian lo que se ve; la gallardía, la juventud.

Y las palabras del maestro denotaban cierta amargura, como si pensase en algo muy distinto de lo que decía.

Después examinaba los méritos de López de Sosa, como si ya se hubiese introducido en la familia.

—Un buen muchacho, ¿verdad, Pepe?... Algo imbécil para nosotros; incapaz de hablar diez minutos sin que bostecemos; excelente persona... pero no es de nuestra promoción.

Renovales hablaba con cierto desprecio de la juventud vigorosa, sana y con el cerebro virgen de todo cultivo, que acababa de asaltar la vida, invadiéndolo todo. ¡Qué gente! Mucha gimnasia, mucha esgrima, patadas á una pelota enorme, mazazos á caballo, carreras locas en automóvil: desde los reyes al último retoño de burgués, todos se lanzaban á esta vida de goces infantiles, como si la misión del hombre sólo consistiera en endurecer los músculos, sudar é interesarse en las peripecias de un juego. La actividad huía del cerebro, para localizarse en los tentáculos del cuerpo. Eran fuertes, pero la inteligencia permanecía en barbecho; envuelta en una bruma de credulidad infantil. Los nuevos hombres parecían plantarse para siempre en los catorce años; no iban más allá, satisfechos con las voluptuosidades del movimiento y la fuerza. Muchos de aquellos mocetones eran vírgenes ó casi vírgenes, á la edad en que en otros tiempos se estaba de vuelta, con el hastío del amor. Ocupados en correr, sin dirección ni objeto, no tenían tiempo ni calma para pensar en la hembra. El amor iba á declararse en huelga, no pudiendo resistir la competencia de los sports. Los jóvenes vivían aparte, ellos entre ellos, encontrando en el esfuerzo atlético una satisfacción que les dejaba ahitos y sin curiosidad para los demás placeres de la vida. Eran niños grandes, de puños fuertes: podían luchar con un toro y veían con timidez la aproximación de una mujer. Toda la savia de su vida se escapaba en los ejercicios violentos. La inteligencia parecía haberse aglomerado en sus manos, dejando vacío el cráneo. ¿Adonde iba la gente nueva?... Tal vez á formar otra humanidad más sana, más fuerte, sin amor, sin apasionamientos, sin otras aproximaciones que el ciego impulso de la reproducción. Tal vez este culto á la fuerza, esta vida continua de hombres entre hombres, desnudándose en la promiscuidad de los ejercicios, admirando el músculo hinchado y la vigorosidad saliente, se desviara en repugnante aberración, y todo ello parase en resucitar los tiempos clásicos con sus atletas que, habituados al desprecio de la mujer, se envilecían imitando sus pasividades.

—Nosotros éramos de otro modo, ¿eh, Pepe?—decía Renovales guiñando un ojo con expresión maliciosa.—De muchachos cuidábamos menos el cuerpo, pero le dábamos mayores satisfacciones. No éramos tan puros, pero nos preocupaba algo más alto que el automóvil ó la copa de honor: teníamos ideales.

Volvía después á hablar de aquel señorito que pretendía introducirse en su familia, y se burlaba de su mentalidad.

—Si Milita se decide por él, yo no me opongo. Lo que importa en estos casos es entenderse. Él es un buen chico; casi podría ir al matrimonio con flores de azahar. Pero no sé si pasada la impresión de la novedad volverá á entregarse á sus aficiones y la pobre Milita sentirá celos de esos artefactos que le comen una parte de la fortuna.

Algunas tardes, antes de que acabase la luz, Renovales despedía al modelo, si es que lo tenía, y abandonaba los pinceles, saliendo del estudio. Al volver presentábase con sombrero y gabán.

—Pepe, vamos á dar una vuelta.

Cotoner sabía hasta dónde llegaba esta vuelta.

Seguían la verja del Retiro, bajaban la calle de Alcalá, caminando lentamente entre los grupos de paseantes, algunos de los cuales volvíanse á sus espaldas para señalar al maestro. «Ese más alto es Renovales, el pintor.» Á los pocos minutos aceleraba el paso Mariano con nerviosa impaciencia, dejaba de hablar, y Cotoner le seguía con gesto malhumorado, cantando entre dientes. Al llegar á la Cibeles ya sabía el viejo pintor que se aproximaban al término del paseo.

—Hasta mañana, Pepe; me voy por aquí. Tengo que ver á la condesa.

Un día no se limitó á esta concisa despedida. Después de alejarse algunos pasos volvió hacia su compañero, para hablarle con cierta vacilación:

—Oye: si Josefina te pregunta adónde voy, no digas nada... Ya sé que eres discreto, pero ella es de cuidado. Te digo esto para evitarme explicaciones. Las dos no se llevan bien... ¡Cosas de mujeres!

II

Al principio de la primavera, cuando Madrid creía de buena fe haber entrado en la buena estación y los impacientes sacaban á luz sus sombreros veraniegos, volvió inesperadamente el invierno con un retroceso traidor, entenebreciendo el cielo, cubriendo con una sábana de nieve la tierra resquebrajada por el calor solar, los jardines en los que apuntaban las hojas de la vegetación primaveral y se esparcían las primeras flores.

La chimenea volvió á encenderse en el salón de la de Alberca, buscando su calor todos los señores que formaban su tertulia los días en que la «ilustre condesa» se quedaba en casa, no teniendo reunión que presidir ni visitas que hacer.

Renovales, al llegar una tarde, habló con entusiasmo del aspecto que ofrecía la Moncloa cubierta de nieve. Venía de allá; un hermoso espectáculo; el bosque, sumido en el silencio invernal, sorprendido por el blanco sudario, cuando comenzaba á crujir con el primer hervor de la savia. ¡Lástima que la manía fotográfica poblase el bosque de tantos buenos señores, que iban de una parte á otra con sus maquinillas, ensuciando la pureza de la nieve!

La condesa mostró una curiosidad infantil. Quería ver aquello: iría al día siguiente. En vano sus amigos la disuadieron hablando del próximo cambio del tiempo. Al otro día saldría el sol, se derretirían las nieves; esas tormentas inesperadas tenían la inestabilidad caprichosa del clima de Madrid.

—No importa—dijo Concha con tenacidad.—Se me ha metido en la cabeza ir á la Moncloa. Hace años que no la veo. ¡Con esta vida tan ocupada!...

Iría á ver el deshielo por la mañana... Por la mañana no. Se levantaba tarde, y había de recibir á todas aquellas señoras del feminismo que venían á consultarla. Por la tarde: iría después del almuerzo. ¡Lástima que el maestro Renovales trabajase á esa hora y no pudiera acompañarla! ¡Él que sabía ver el paisaje tan admirablemente, con sus ojos de artista, y la había hablado muchas veces de la puesta del sol vista desde el palacete de la Moncloa; un espectáculo casi igual al que se contempla en Roma desde el Pincio á la caída de la tarde!... El pintor sonrió galantemente. Procuraría estar al día siguiente en la Moncloa; ya se encontrarían.

La condesa pareció alarmarse de pronto por esta promesa y lanzó una mirada al doctor Monteverde. Pero sufrió una decepción, en su deseo de verse tachada de ligera é infiel, al notar que aquél permanecía indiferente.

¡Dichoso doctor! ¡Y cómo le odiaba el maestro Renovales! Era un jovenzuelo hermoso y frágil como una figulina de porcelana; un conjunto de bellezas extremadas hasta el punto de dar á su rostro una exageración caricaturesca. El pelo, partido en dos bandós sobre la pálida frente, negro, muy negro y brillante, con reflejos azulados; los ojos, de una suavidad aterciopelada, mostrando en su dilatado corte la mancha carmesí del lacrimal sobre el nítido marfil de las córneas; unos verdaderos ojos de odalisca: los labios rojos, enseñando su color de sangre por entre la celosía del erizado bigote; la tez de una palidez de camelia, y la dentadura con un brillo temblón semejante al del nácar. Concha le miraba con arrobamiento devoto; hablaba con los ojos puestos en él, consultándole con la mirada, lamentando internamente su falta de despotismo, deseando ser su sierva, verse corregida por él en todos los caprichos de su carácter veleidoso.

Renovales lo despreciaba, dudando de su virilidad, haciendo los más atroces comentarios con su rudeza de lenguaje.

Era doctor en Ciencias y esperaba que se declarase vacante una cátedra de Madrid para hacer oposiciones á ella. La condesa de Alberca le tenía bajo su alta protección, hablando con entusiasma de Monteverde á todos los señores graves que ejercían influencia en la vida universitaria. Prorrumpía en los más desaforados elogios del doctor en presencia de Renovales. Era un sabio, y á ella la entusiasmaba que toda su sabiduría no le privase de vestir con refinada elegancia y ser hermoso como un ángel.

—Para dentadura bonita la de Monteverde—decía mirándolo en plena tertulia al través de sus impertinentes.

Otras veces, siguiendo el curso de sus ideas, interrumpía la conversación, sin fijarse en la incoherencia de sus palabras:

—¿Pero han reparado ustedes en las manos del doctor? ¡Más finas que las mías! Parecen manos de dama.

El pintor se indignaba ante estas demostraciones de Concha, que muchas veces eran en presencia de su marido.

Le asombraba la calma del hombre de las condecoraciones. ¿Pero aquel señor estaba ciego? Y el conde, con una bondad paternal, decía siempre lo mismo:

—¡Esta Concha! ¡qué franquezas tiene! No haga usted caso, amigo Monteverde. Son cosas de mi mujer, niñadas.

El doctor sonreía, halagado por este ambiente de adoración de que le rodeaba la condesa.

Había escrito un libro sobre el origen natural de los organismos animales, del que hablaba con entusiasmo la hermosa señora. El pintor contemplaba con asombro y envidia el cambio de sus gustos. Nada de música, ni de versos, ni de artes plásticas, que antes eran la preocupación de su inteligencia de pájaro, atraída por todo lo que brilla y suena. Ahora miraba las artes como lindos é insignificantes juguetes que sólo podían divertir la infancia de la humanidad. Los tiempos cambiaban; había que ser serios. Ciencia, mucha ciencia; ella era la protectora, la buena amiga, la consejera de un sabio. Y Renovales encontraba sobre mesas y sillones libros famosos, con la mitad de las hojas sin cortar, manejados febrilmente, abandonados por el tedio y la falta de comprensión, después de una primera acometividad de curiosidad.

Sus tertulianos, casi todos señores viejos, atraídos por la hermosura de la condesa y enamorados de ella sin esperanza, sonreían oyéndola hablar de la ciencia con tanta gravedad. Los que tenían un nombre en la política se admiraban ingenuamente. ¡Cuántas cosas sabía aquella mujer! Muchas las ignoraban ellos. Los otros señores, médicos de fama, catedráticos, gentes de estudio, que hacía tiempo no estudiaban, aprobaban también con cierta complacencia. Para una mujer no estaba del todo mal. Y ella, llevándose los lentes á los ojos de vez en cuando para paladear la belleza de su doctor, hablaba con una lentitud pedantesca del protoplasma, de la reproducción de las células, del canibalismo de los fagocitos, de los monos catarinos, antropoides y pitecoides, de los mamíferos discoplacentarios y del Pithecanthropus, tratando los misterios de la vida con amistosa confianza, repitiendo sus extraños nombres científicos, como si fueran los de personas de la buena sociedad que hubiesen comido con ella la noche anterior.

El lindo Monteverde estaba, según ella, por encima de todos los sabios de fama universal.

Los libros de éstos, con admirarlos tanto el doctor, la daban jaqueca á ella, que inútilmente quería apoderarse del misterio de sus renglones. En cambio había leído un sinnúmero de veces el libro de Monteverde, mágica obra cuya adquisición recomendaba á todas sus amigas, las cuales, en materia de lectura, no iban más allá de las novelas de los periódicos de modas.

—Es un sabio—dijo la condesa una tarde al hablar á solas con Renovales.—Empieza ahora, pero yo le empujaré y llegará á ser un genio. Tiene un talento inmenso. ¡Si usted hubiese leído su libro!... ¿Conoce usted á Darwin? ¿Verdad que no? Pues es más que Darwin; mucho más.

—Lo creo—dijo el pintor.—Ese Monteverde es hermoso como un bebé y Darwin era un tío feo.

La condesa dudó entre ponerse seria ó reir, y acabó por amenazarle con sus impertinentes.

—Calle usted, mala persona. ¡Al fin, pintor! Usted no puede comprender las amistades tiernas, las relaciones puras, la fraternidad basada en el estudio.

¡Con qué dolor reía el maestro de tanta pureza y fraternidad! Él veía claro, y Concha por su parte no era un modelo de prudencia para ocultar sus sentimientos. Monteverde era su amante, como antes lo había sido un músico, durante cierta época en que la condesa no hablaba más que de Beethoven y de Wagner, como si fuesen visitas de su casa; y mucho antes un duquesito, guapo mozo, que daba becerradas por invitación, matando los inocentes bueyes después de saludar con ojos amorosos á la de Alberca, que echaba fuera del palco su busto envuelto en la mantilla blanca y adornado de claveles. Sus amores con el doctor eran casi públicos. No había más que ver el encarnizamiento con que le despedazaban los señores de la tertulia, afirmando que era un necio y su libro un traje de Arlequín, una serie de retazos ajenos, mal hilvanados, con la audacia del ignorante. También á éstos les mordía la envidia, estremecidos en sus amores seniles y silenciosos por el triunfo de aquel jovenzuelo que les arrebataba el ídolo, adorado con una devoción contemplativa que reanimaba su senectud.

Renovales indignábase contra sí mismo. En vano quería vencer á la costumbre que guiaba sus pasos todas las tardes hacia la casa de la condesa.

—Ya no vuelvo más—se decía con rabia al verse en su estudio.—¡Bonito papel haces, Mariano! Sirves de coro con todos esos viejos imbéciles á un dúo de amor... ¡Valiente punto la tal condesa!

Pero al día siguiente volvía, pensando con cierta esperanza en la pretenciosa superioridad de Monteverde, en el aire desdeñoso con que recibía las adoraciones de su amante. Ya se cansaría Concha de esta muñeca con bigotes, volviendo los ojos á él, que era un hombre.

El pintor se daba cuenta de la transformación de su carácter. Era otro y hacía esfuerzos para que no se percatasen en su casa de este cambio. Reconocía mentalmente que estaba enamorado, con la satisfacción del hombre maduro que ve en esto un signo de juventud, el retoñamiento de una segunda vida. Se había sentido impulsado hacia Concha por el deseo de romper el tedio de su existencia, de imitar á los otros, de gustar la acidez de la infidelidad, haciendo una ligera escapada fuera de las murallas severas é imponentes que cerraban el yermo del matrimonio, cada vez más cubierto de zarzas y malezas. La resistencia de ella le exasperaba, aumentando su deseo. No sabía ciertamente qué era lo que sentía; tal vez una atracción material y con ella el enconamiento del amor propio, la amargura de verse rechazado al descender de las alturas de la virtud en las que se había mantenido con orgullo salvaje, creyendo que todos los goces de la tierra le esperaban, deslumbrados por su gloria, y que sólo tendría que extender los brazos para que corrieran á él.

Sentíase humillado por el fracaso; le agitaba sorda rabia al comparar su cabello cano y sus ojos circundados de nacientes arrugas, con aquel niño bonito de la ciencia que parecía enloquecer á la condesa. ¡Ay las mujeres! ¡Sus entusiasmos intelectuales, sus aspavientos de admiración ante la celebridad!... ¡Todo mentira! Sólo adoran el talento bien presentado, en una envoltura juvenil y hermosa...

Á impulsos de su carácter tenaz, Renovales tomó á empeño el vencer esta resistencia. Se acordaba sin remordimiento de la escena con su mujer en la obscuridad del dormitorio; de sus palabras desdeñosas, que le anunciaban el fracaso cerca de la condesa. El desprecio de Josefina era un nuevo espolazo que le hacía seguir en este camino.

Concha le alejaba y le atraía al mismo tiempo. Era indudable que el amor del maestro halagaba su vanidad. Reíase de sus declaraciones apasionadas, tomándolas á broma, contestándolas siempre en el mismo tono. «¡Formalidad, maestro! Eso no le está bien á usted. Usted es un grande hombre: un genio. Deje ese aire de estudiante enamorado para los muchachos.» Pero cuando él, enfurruñado por la fina burla, se juraba mentalmente no volver, ella parecía adivinarlo y se mostraba cariñosa, atrayéndolo con un interés que hacía presagiar al pintor la proximidad de su triunfo.

Si él callaba ofendido, ella era la que hablaba de amor, de pasiones eternas entre seres de gran intelectualidad, basadas en la armonía de los pensamientos; y no cesaba en esta peligrosa plática, hasta que el maestro, con súbita confianza, avanzaba de nuevo, ofreciendo su amor, para verse acogido por aquella sonrisa bondadosa é irónica á la vez, que parecía tratarle como á un niño grande falto de juicio.

Y así vivía el maestro, fluctuando entre la esperanza y la desesperación, tan pronto acogido como rechazado, pero siempre incapaz de desasirse de aquella mujer, como si le oprimiera un maleficio. Buscaba, con astucias de colegial, ocasiones para verse á solas con ella; inventaba pretextos para ir á su casa en horas extraordinarias, cuando no estaban los de la tertulia, y palidecía de coraje al tropezarse con el lindo doctor, y notar en torno de él esa sensación de vacío y malestar que envuelve al importuno en su presentación inesperada.

La vaga esperanza de encontrar á la condesa en la Moncloa, de pasear con ella toda una tarde, libre de aquel círculo de señores insufribles que la rodeaban con su babosa adoración, le tuvo inquieto toda la noche y la mañana siguiente, como si realmente le aguardase una cita de amor. ¿Iría? ¿No sería aquella promesa más que un capricho prontamente olvidado?... Envió una carta á un ex-ministro, al que estaba retratando, para que aquella tarde no viniese al estudio, y después del almuerzo montó en un coche de alquiler, exigiendo al cochero que arrease al caballo, que le llevara volando, como si temiese llegar tarde.

Sabía que aun faltaban horas para que ella acudiese, si es que acudía; pero una impaciencia loca y sin fundamento agitaba al artista. Creía, sin saber por qué, que llegando con anticipación aceleraba la presencia de la condesa.

Echó pie á tierra en la plazoleta, frente al pequeño palacio de la Moncloa. El carruaje se alejó hacia Madrid, cuesta arriba, por una avenida que ocultaba su término tras una bóveda lejana de ramaje seco.

Renovales paseó solo por la plazoleta. Brillaba el sol en un pedazo de cielo azul, limitado por oleajes de nubes. En los lugares adonde no alcanzaban sus rayos, sentíase frío. Corría el agua al pie de los árboles, después de gotear desde sus ramas y escurrirse en hilos por los troncos, con la abundante fluidez del deshielo. El bosque parecía llorar de gozo bajo la caricia del sol, que deshacía los últimos restos de su blanca mortaja.

El majestuoso silencio de la Naturaleza abandonada á su propio poder, rodeaba al artista. Los pinos se movían en largas ráfagas, poblando el espacio de estremecimientos de arpa. La plazoleta permanecía en la sombra glacial de los árboles. Arriba, sobre el frontón del palacete, buscando el sol por encima de las copas de los pinos, revoloteaban en espiral unas cuantas palomas en torno de la vieja asta de bandera y de los bustos clásicos ennegrecidos por la intemperie. Después, cansadas de volar, se abatían sobre los balcones de herraje oxidado, añadiendo un adorno blanco y palpitante, un festón de plumas y susurros al viejo edificio. En medio de la plazoleta, un cisne de mármol, con el cuello violentamente tendido hacia el cielo, lanzaba en el espacio un chorro, cuyo murmullo parecía aumentar la impresión de frío glacial que se sentía en la sombra.

Renovales comenzó á pasear, aplastando en los sitios sombríos la escarcha helada que crujía bajo sus pies. Se asomó al balaustre circular de hierro que cierra una parte de la plazoleta. Por entre la celosía del negro ramaje, en el que comenzaban á apuntar los primeros brotes, vió la cordillera que limita el horizonte: los montes del Guadarrama, fantasmas de la nieve, que se confundían con las masas de nubes. Más acá, los montes del Pardo marcaban sus obscuras cúspides, negras de pinos, y á la izquierda extendían las lomas de la Casa de Campo sus laderas, en las que comenzaba á verdear, con tonos amarillentos, la vegetación primaveral.

Á sus pies esparcíanse los campos de la Moncloa, los jardincillos de arcaica construcción, la arboleda de los Viveros orlando el curso del río. Por los caminos de abajo pasaban coches de lujo, reflejando el sol en su charolada superficie como una borla de fuego. Las praderas, el follaje de los bosques, todo parecía lavado y brillante después de la reciente mojadura. La eterna nota verde de infinitas variaciones, desde el negro al amarillo, sonreía al sentir el contacto del sol tras el refresco de la nieve. Á lo lejos, rasgando el espacio con la enorme sonoridad de las tardes tranquilas, retumbaban continuos disparos de escopeta. Cazaban en la Casa de Campo. Entre las columnatas de los troncos y las verdes sábanas de las praderas, brillaba el agua herida por el sol; trozos de estanque, fragmentos de canal, charcas formadas por el deshielo, como filos temblones y luminosos de espadas gigantescas perdidas en la hierba.

Renovales apenas miró el paisaje; no le decía nada aquella tarde. Otras eran sus preocupaciones. Vió descender por la avenida una berlina elegante y abandonó el mirador para salir á su encuentro. ¡Ella que llegaba!... Pero la berlina pasó junto á él sin detenerse, con lento y majestuoso rodar, y vió al través de sus vidrios una señora vieja, envuelta en pieles, con los ojos hundidos y la boca torcida, moviendo su cabeza, temblorosa de senectud, al compás de la marcha. Se alejó el carruaje hacia la pequeña iglesia inmediata al palacio y el pintor volvió á quedar solo.

¡Ay! No vendría. Comenzaba á decirle el corazón que su espera era inútil.

Unas niñas, con los zapatos rotos y flotantes sobre el cuello sus lacias melenillas dadas de aceite, comenzaron á correr por la plazoleta. Renovales no vió de dónde habían salido. Tal vez eran las hijas del guardián del palacete.

Por la avenida avanzaba un guarda con la escopeta pendiente del hombro y la bocina al costado. Más allá se aproximaba un hombre vestido de negro con aspecto de doméstico, escoltado por dos perros enormes, dos daneses majestuosos, de un gris azulado, que marchaban con cierta dignidad, prudentes y mesurados, pero orgullosos de su estampa, que metía miedo. Carruaje no se veía ninguno. ¡Vive Dios!...

Sentado el maestro en uno de los bancos de piedra, acabó por sacar el pequeño álbum que llevaba siempre con él. Dibujaba las figuras de las niñas en sus correteos alrededor de la fuente. Era un medio para que la espera fuese menos larga. Una tras otra dibujó todas las niñas; después las sorprendió en varios grupos, pero acabaron por desaparecer detrás del palacio, descendiendo hacia el Caño Gordo. Renovales, falto de distracción, abandonó su banco y dió varios paseos, golpeando el suelo ruidosamente. Tenía los pies helados; el frío y la espera le ponían de un humor terrible. Después fué á colocarse en otro banco, cerca del criado vestido de negro, que tenía á los dos perros junto á sus rodillas. Estaban inmóviles sobre sus patas traseras, descansando con la dignidad de personas mayores, mirando con sus ojos grises, de inteligente parpadeo, á aquel señor que los contemplaba atentamente y después movía su lápiz sobre el cuaderno apoyado en una rodilla. El pintor dibujó los dos perros en diversas posturas, entregándose á este trabajo con tal entusiasmo, que llegó á olvidar el motivo que le había llevado allí. ¡Ah, las adorables bestias! Renovales amaba los animales en los que la hermosura va unida á la fuerza. De vivir solo, entregado á sus gustos, hubiera convertido su hotel en una casa de fieras.

Se fué el criado con sus perros y volvió el artista á quedar solo. Pasaron varias parejas con lento paso, en alarmante intimidad, perdiéndose tras el palacio, hacia los jardincillos de abajo. Después un grupo de seminaristas, dejando detrás de ellos, con el revoloteo de las sotanas, ese hedor especial de carne sana, casta y sucia, que es el perfume de los cuarteles y los conventos... ¡Y la condesa sin llegar!

El pintor fué de nuevo á acodarse en el balaustre del mirador. Sólo esperaría media hora más. Declinaba la tarde; el sol aun se mantenía alto, pero de vez en cuando se entenebrecía el paisaje. Las nubes, contenidas en los rediles del horizonte, habían quedado en libertad y rodaban por el campo del cielo tomando fantásticas formas, trotando ávidas en tumultuosa dispersión, como si quisieran tragarse la bola de fuego que resbalaba lenta sobre un pedazo de raso azul.

De pronto Renovales sintió en su espalda algo así como un choque, en el sitio del corazón. Nadie le había tocado; era un aviso de sus nervios, que parecían más excitados, más fieros, desde hacía algún tiempo. Ella estaba cerca, llegaba, tenía la certeza. Y al volverse la vió, muy lejos aún, descendiendo por la avenida, vestida de negro, con una chaqueta de piel, las manos en un pequeño manguito y el velillo sobre los ojos. Su alta y elegante silueta marcábase sobre la tierra amarillenta, al pasar de un tronco á otro. Un carruaje, el suyo, volvíase cuesta arriba para esperarla tal vez en lo alto, junto á la escuela de Agricultura.

Al encontrarse en mitad de la plazoleta, ella le tendió su manecita enguantada, tibia por el encierro del manguito, y los dos se dirigieron conversando hacia el mirador.

—Vengo furiosa... un disgusto de muerte. No pensaba venir; no me acordaba de usted; palabra. Pero al salir de casa del presidente pensé en el maestro. Tenía la seguridad de encontrarle aquí y he venido para que se me quite el mal humor.

Al través del velo vió Renovales sus ojos, que brillaban con cierta hostilidad, su linda boca contraída en las comisuras por un pliegue rabioso.

Hablaba con rapidez, deseosa de echar fuera la cólera que hinchaba su pecho, sin fijarse en lo que la rodeaba, como si se hallase en su salón, donde todo le era familiar.

Había ido á ver al presidente para recomendarle su asunto; un deseo del conde, de cuya realización pendía su felicidad. El pobre Paco (era su marido) soñaba con el Toisón de Oro. Sólo esto le faltaba para coronar la torre de cruces, llaves y bandas que iba elevando en torno de su persona, desde la barriga al cuello, no dejando un milímetro de su tronco sin este revestimiento glorioso. ¡El Toisón de Oro y luego morir!... ¿Por qué no habían de dar gusto á Paco, un hombre tan bueno, incapaz de hacer daño á una mosca? ¿Qué les costaba concederle este juguete, haciéndole feliz?...