—Ya no hay amigos, Mariano—decía la condesa con amargura.—Ese presidente es un tonto que olvida á sus antiguas amistades al verse jefe del gobierno. ¡Yo, que le he conocido suspirando cerca de mí como un tenor de zarzuela, haciéndome el amor (sí, á usted se lo digo) y queriendo matarse al ver que le despreciaba por cursi y por tonto!... Esta tarde, lo de siempre; mucho cogerme la mano, mucho de poner los ojos en blanco, «querida Concha», «hermosa Concha» y otras frases de merengue: lo mismo que cuando canta en el Congreso como un canario viejo. Total, que no puede ser lo del Toisón; que él lo siente mucho, pero en Palacio no quieren.
Y la condesa, como si viese por vez primera el lugar en que estaba, dirigió sus ojos iracundos á las obscuras lomas de la Casa de Campo, donde seguían sonando disparos.
—¡Después dicen si una piensa de este modo ó del otro! Yo soy anarquista, ¿me oye usted, Mariano? Cada vez me siento más revolucionaria. No se ría usted, que no es cosa de broma. El pobre Paco, que es un cordero de Dios, se asusta al oirme. «Mujer, piensa en lo que somos. Debemos estar bien con la casa grande.» Pero yo me sublevo; conozco el personal: un atajo de indecentes. ¿Por qué no ha de tener mi Paco el Toisón, si el pobrecito lo necesita? Crea usted, maestro, que me da rabia este país tan cobarde y tan mansurrón. Debía repetirse aquí el 93 de Francia. Si yo fuese sola, sin todas esas zarandajas del nombre y la posición, haría hoy algo sonado. Echaría una bomba... Una bomba, no; cogería un revólver y...
—¡Fuego!—dijo el pintor con voz enérgica al mismo tiempo que rompía á reir.
Concha se hizo atrás con un gesto de enfado.
—Nada de bromas, maestro. ¡Mire usted que me voy! ¡Mire usted que le pego!... Esto es más serio de lo que usted cree. ¡Para bromitas está la tarde!
Pero desmintiendo con su carácter variable la gravedad que pretendía dar á sus palabras, la condesa sonrió levemente, como si le acariciase un buen recuerdo.
—No todo han sido fracasos—dijo tras una larga pausa.—Yo no me voy con las manos vacías. El presidente, que no me quiere tener por enemiga, me ha ofrecido una compensación, ya que lo del borrego es imposible. Un acta de diputado en la primera elección parcial que se anuncie.
Los ojos de Renovales abriéronse con asombro.
—¿Y para qué quiere usted eso, criatura? ¿Á quién va á dársela?
—¡Á quién!—remedó Concha con grotesca expresión de asombro.—¡Á quién! ¡Á quién ha de ser, grandísimo tonto!... No va á ser á usted, que no entiende de esto ni de nada, aparte de sus pinceles... Es para Monteverde, para el doctor, que hará grandes cosas.
La carcajada sonora del artista retumbó en el silencio de la plazoleta.
—¡Darwin diputado de la mayoría! ¡Darwin diciendo sí y no!...
Y tras estas exclamaciones continuó sus risotadas de cómico asombro.
—Ríase usted, feo; abra más esa bocaza; mueva sus barbas de apóstol. ¡Qué gracioso está usted! ¿Y qué tiene eso de particular?... Pero no se ría usted más. ¡Mire usted que me pone nerviosa! ¡Mire usted que me voy si continúa así!...
Quedaron silenciosos largo rato. La condesa no tardó en olvidar sus preocupaciones con la movilidad y la ligereza que obtenía toda impresión en su cerebro de pájaro. Miró en torno de ella con ojos desdeñosos, deseando mortificar al pintor. ¿Y era aquello lo que tanto entusiasmaba á Renovales? ¿No había más?...
Lentamente comenzaron su paseo, descendiendo á los viejos jardines escalonados detrás del palacio. Bajaron entre pendientes cubiertas de musgo, por suaves declives rayados del negro pedernal de los peldaños.
El silencio era profundo. Susurraba el agua del deshielo al caer de los troncos, formando arroyuelos que serpenteaban cuesta abajo, casi invisibles bajo la hierba. En algunas umbrías aun quedaban, como vedijas de blanca lana, montones de nieve, resistiéndose á la general licuefacción. Sonaba el chillido estridente de los pájaros, como el arañazo de un diamante sobre el cristal. En el borde de las escalinatas, los basamentos de piedra roída y negruzca recordaban las invisibles estatuas y los jarrones que habían sostenido. Los pequeños jardines, recortados en formas geométricas, extendían en cada meseta las grecas obscuras de su tapiz de follaje. En las plazoletas cantaba el agua, chorreando en estanques de oxidadas barandillas, ó desplomándose en el triple plato de altas fuentes que animaban la soledad con su interminable lamento. El agua por todas partes: en el aire, en el suelo, susurrante, glacial, aumentando la fría impresión de aquel paisaje, en el que el sol parecía una pincelada roja sin calor.
Pasaron bajo arcos de verdura, entre árboles enormes y moribundos, cubiertos hasta el tope por los serpenteantes anillos de hiedra, rozando los troncos seculares, chapados por la humedad con costras verdosas y amarillas. Los senderos estaban limitados á un lado por las cuestas, en cuya cumbre sonaba un invisible cencerreo, viéndose aparecer de vez en cuando, sobre el fondo azul del espacio, la maciza silueta de una vaca de lento andar. Al lado opuesto, una barandilla rústica de troncos pintados de blanco cerraba el sendero, y tras ella, en lo hondo, extendíanse los obscuros parterres con su melancólica soledad y sus chorros que lloraban día y noche en un ambiente de vejez y abandono. Las zarzas de apretado tejido, esparcíanse de árbol en árbol por las laderas. Los esbeltos cipreses, los pinos rectos y gallardos, de finísimo tronco, formaban una espesa columnata, un enrejado que filtraba la luz del sol, una luz de apoteosis, falsa, teatral, rayando el suelo de fajas de oro y barras de sombra.
El pintor elogiaba con entusiasmo estos lugares. Era el único rincón para artistas que podía hallarse en Madrid. Allí había trabajado el gran don Francisco. Parecía que, tras una revuelta del sendero, iban á tropezarse con Goya, sentado junto al caballete, frunciendo el ceño malhumorado ante alguna duquesa gentil que le servía de modelo.
Los trajes modernos parecían desentonar en este fondo. Renovales declaraba de rigor, para tal paisaje, una casaca brillante, peluca empolvada, medias de seda y marchar junto á una falda escurrida, con el talle bajo los pechos.
La condesa sonrió escuchando al pintor. Miraba en torno de ella con gran curiosidad: no estaba mal aquel paseo: creía verlo por primera vez él. ¡Muy bonito! pero ella no era mujer de campo.
El mejor paisaje para su gusto eran las sedas de un salón, y en cuanto á árboles, le gustaban más los de las decoraciones del teatro Real con acompañamiento de música.
—Me fastidia el campo, maestro. Me pone triste. La Naturaleza, si la dejan sola y entregada á sí misma, es muy ordinaria.
Entraron en una plazoleta ocupada por un estanque á ras de tierra, con pilastras que revelaban la antigua existencia de una barandilla. El agua, engrosada por la filtración de las nieves, desbordábase fuera del marco de piedra, extendiéndose en delgada sábana, para rodar cuesta abajo. La condesa se detuvo, temiendo mojarse los pies. El pintor abrió la marcha, apoyando sus plantas en los sitios menos húmedos, tomándola una mano para guiarla, y ella le siguió, riendo de este obstáculo y recogiéndose las faldas.
Al continuar su camino por otro sendero, Renovales conservó agarrada aquella manecita suave, percibiendo su dulce calor al través del guante. Ella la abandonaba, como si no se diese cuenta de este contacto, pero con una lejana expresión de malicia en sus labios y sus ojos. El maestro parecía indeciso, con cierto embarazo, como si no supiese cómo empezar.
—¿Siempre igual?—preguntó con voz débil.—¿No hay un poco de caridad?
La condesa prorrumpió en una carcajada sonora.
—Ya salió; me lo esperaba; por eso me resistía á venir. En el carruaje me he dicho varias veces: «Hija mía, haces mal en ir á la Moncloa; te vas á aburrir; te espera la declaración número mil.»
Luego adoptó un tono de cómica indignación.
—Pero maestro, ¿es que no puede hablarse con usted de otra cosa? ¿Es que las mujeres estamos condenadas á no poder tratar á un hombre sin que se crea obligado á lanzarnos una declaración?
Renovales protestó. Podía decir esto á cualquier otro, á él no, pues estaba enamorado. Lo juraba; se lo diría de rodillas para que lo creyese; ¡enamorado como un loco! Pero ella le remedaba grotescamente, llevándose una mano al pecho y riendo de un modo cruel.
—Sí; conozco la canción; es inútil que la repita; me la sé de memoria. «Un volcán en el pecho... imposible vivir... Si no me amas me mato...» Lo mismo dicen todos; no he visto una falta mayor de originalidad... Maestro, ¡por Dios! no se ponga usted cursi. ¡Un hombre como usted diciendo esas cosas!...
Renovales quedó aturdido por este remedo burlón. Pero Concha, como si se apiadara de él, se apresuró á añadir en tono cariñoso:
—¿Qué necesidad tiene usted de enamorarme? ¿Se imagina usted que le apreciaré menos si prescinde de esa obligación que creen tener todos los hombres que me rodean?... Yo le quiero á usted, maestro; necesito verle; sentiría mucho que riñésemos. Le quiero como á un amigo; el mejor de todos, el primero. Le quiero porque es usted bueno; un niño grandote; un bebé barbudo que no sabe ni pizca así del mundo, pero tiene mucho talento, ¡mucho!... Tenía ganas de que nos viésemos á solas un buen rato para hablarle con toda libertad, para decirle esto. Le quiero como no quiero á nadie. Siento al lado de usted una confianza como ninguno me la inspira. Buenos amigos; hermanos, si usted quiere... ¡Pero no ponga usted esa carátula triste! ¡Alégrese un poco! ¡Suelte esa carcajada que me alegra el alma, ilustre maestro!
Pero el maestro permanecía hosco, mirando al suelo, enredando con cierta furia los dedos de su diestra en la maraña de sus barbas.
—Todo eso son mentiras, Concha—dijo rudamente.—La verdad es que usted está enamorada; que la tiene loca ese trasto de Monteverde.
La condesa sonrió como si la halagase la brusquedad de estas palabras.
—Pues bien; sí, Mariano. Nos queremos; yo creo amarle como no he amado á ningún hombre. Á nadie se lo he dicho: usted es el primero que lo oye de mí, porque es usted mi amigo, porque con usted no sé lo que me pasa, que se lo digo todo. Nos queremos; mejor dicho, soy yo la que le quiere mucho más que él á mí. Hay en mi amor algo de agradecimiento. Yo no me forjo ilusiones, Mariano. ¡Treinta y seis años! Sólo á usted me atrevo á confesar la edad. Todavía estoy presentable; me defiendo bien; pero él es mucho más joven. Unos años más, y casi podría ser su madre...
Calló un momento, como asustada por esta diferencia de edad entre su amante y ella, pero luego añadió con repentina confianza:
—Él también me quiere, lo reconozco. Soy para él la consejera, la inspiradora; dice que conmigo se siente con nuevas fuerzas para el trabajo; que será un grande hombre, gracias á mí. Pero yo le quiero más, mucho más; hay una desigualdad en nuestro cariño casi tan grande como en nuestras edades.
—¿Y por qué no me ama usted á mí?—dijo el maestro con voz lacrimosa.—Yo la adoro; se trocarían los papeles. Sería yo quien la rodease de una idolatría eterna, y usted se dejaría adorar, se dejaría acariciar como un ídolo, viéndome con la frente junto á sus pies.
Concha rió de nuevo, remedando grotescamente la voz sorda, el ademán apasionado y los ojos vehementes del artista.
—«¿Y por qué no me ama usted?...» ¡Maestro, no sea usted niño! Esas cosas no se preguntan; en el amor no se manda. No le quiero como usted desea, porque no puede ser. Conténtese con ser el primero de mis amigos. Sepa que me permito con usted confianzas que tal vez no tengo con Monteverde. Sí; le digo á usted cosas que nunca le diré á él...
—¡Pero lo otro!—exclamó el pintor con rabia.—Lo que yo necesito; su cuerpo, del que siento hambre; su hermosura; el verdadero amor...
—Maestro, conténgase—dijo ella con afectada pudibundez.—¡Que le conozco! ¡Que va usted á soltar esas indecencias que se le ocurren siempre que desnuda con los ojos á una mujer!... ¡Que me voy por no oirle!...
Luego añadió con una gravedad maternal, como si quisiera corregir al vehemente maestro:
—Yo soy menos loca de lo que creen. Pienso prudentemente en las consecuencias de mis actos... Mariano, mírese usted bien, fíjese en lo que le rodea. Una mujer; una hija que el mejor día se le casa; la perspectiva próxima de ser abuelo. ¡Y aun piensa usted en locuras! Yo no podría acceder á lo que usted me propone, aunque le amase... ¡Qué horror! ¡Engañar á Josefina, mi amiga del colegio! La pobrecita, tan dulce, tan buena... siempre enferma. No, Mariano; nunca. Sólo se pueden arrostrar esos compromisos cuando el hombre es libre. Yo no me sentiría con fuerzas para amarle á usted. Amigos, nada más que amigos...
—Pues no lo seremos—exclamó Renovales con impetuosidad.—Me alejaré para siempre de su casa; no la veré á usted más; haré lo imposible por olvidarla. Es un suplicio insufrible. Viviré más tranquilo no viéndola.
—No se irá usted—dijo Concha dulcemente, con la seguridad de su fuerza.—Se quedará á mi lado como siempre, si es que me quiere, y yo tendré en usted el mejor de los amigos... No sea usted criatura, maestro; verá usted como nuestra amistad es algo dulce que no comprende ahora. Tendré para usted lo que no conocen los demás: intimidad, confianza.
Y al decir esto ponía en el brazo del pintor una de sus manecitas, se apoyaba con cierto abandono, fijando en sus ojos unas pupilas en las que lucía algo enigmático y misterioso.
El sonido de una bocina llegó hasta ellos: un rumor de velocidad rasgaba el aire con sordo voltear de ruedas. Pasó por abajo un automóvil á toda marcha, siguiendo la carretera. Renovales intentó reconocer á los muñequillos que montaban este vehículo, empequeñecido como un juguete por la distancia. Tal vez fuese López de Sosa el que guiaba y su mujer y su hija aquellas dos figurillas, envueltas en velos, que ocupaban los asientos.
La posibilidad de que Josefina pasase por el fondo del paisaje sin verle, sin advertir que él estaba allí, olvidado de todo, enamorado y suplicante, le paralizó, con la emoción del remordimiento.
Permanecieron mucho rato inmóviles, silenciosos, apoyados en la baranda de troncos, mirando al través de la columnata de árboles el sol brillante, de un rojo de cereza, que descendía inflamando el horizonte con resplandores de incendio. Las nubes plomizas, viéndolo próximo á morir, le acometían con traidora voracidad.
Concha contemplaba la puesta del sol con el interés que ofrece un espectáculo visto muy de tarde en tarde.
—Mire usted, maestro, aquella nube enorme. ¡Qué negra! Parece un dragón... No; es un hipopótamo; fíjese en sus patas redondas como torres. ¡Cómo trota! Se va á comer el sol. ¡Que se lo come!... ¡Ya se lo tragó!
Se ensombrecía el paisaje. El sol había desaparecido en el interior de aquel monstruo que llenaba el horizonte. Su lomo ondulado erizábase de plata, y como si no pudiera contener el ardoroso astro, estallaba su vientre, dejando caer una lluvia de pálidos rayos. Después, abrasado por esta digestión, desvanecíase en humo, rasgábase en negras vedijas, y otra vez aparecía el rojo disco, bañando de oro cielos y tierra, poblando de inquietos peces de fuego el agua de los estanques.
Renovales, apoyado en la baranda, con un codo junto á la condesa, aspiraba el perfume de ésta, sintiendo el cálido contacto y las durezas salientes de un lado de su cuerpo.
—Volvamos, maestro—dijo ella con cierta inquietud.—Siento frío... Además, con un acompañante como usted, es imposible permanecer tranquila.
Y apresuraba el paso, adivinando con su experiencia de los hombres el peligro de permanecer en la soledad al lado de Renovales. Presagiaba en su rostro pálido y emocionado una próxima audacia, el avance brutal é impetuoso.
En la plazoleta del Caño Gordo se cruzaron con una pareja que descendía lentamente, muy pegados los dos, no atreviéndose á enlazar sus brazos todavía, pero dispuestos á cogerse del talle apenas desaparecieran en el próximo sendero. El joven llevaba la capa bajo el brazo, con la arrogancia de un galán de comedia antigua; ella, pequeñita y pálida, sin otra belleza que la de la juventud, se arrebujaba en un pobre mantón y caminaba con los ojos cándidos puestos en los de su compañero.
—Algún estudiante con su modista—dijo Renovales al dejarlos á su espalda.—Éstos son más felices que nosotros, Concha: su paseo será más dulce.
—Nos hacemos viejos, maestro—dijo ella con una entonación de falsa tristeza, excluyéndose de la vejez, cargando todo el peso de la edad sobre su acompañante.
Renovales se revolvió con los últimos ardores de su protesta.
—¿Y por qué no he de ser yo tan feliz como ese chico? ¿No tengo derecho á ello?... Concha, usted no sabe quien soy; usted lo olvida, acostumbrada como está á tratarme como un chiquillo. Soy Renovales el pintor, el célebre maestro: me conocen en todo el mundo.
Y hablaba de su gloria con brutal inmodestia, irritado cada vez más por la frialdad de aquella mujer; exhibiendo su renombre como un manto de luz, que debía cegar á las hembras haciéndolas caer á sus pies. ¿Y un hombre como él tenía que verse pospuesto por aquel doctorcillo ridículo?...
La condesa sonreía con expresión de lástima. Sus ojos mostraban también cierta conmiseración. ¡Tonto! ¡Niño! ¡Qué simplezas tenían los hombres de talento!
—Sí; usted es grande, maestro. Por eso me enorgullezco con su amistad. Hasta reconozco que me da cierta importancia... Le quiero; siento por usted admiración.
—Admiración no, Concha: ¡amor!... ¡Ser uno de otro!... Amor completo...
Ella seguía riendo.
—¡Ay, hijo! ¡Amor!...
Sus ojos parecían hablarle irónicamente. No conocía á las mujeres. El amor no distingue de talentos; es un ignorante y por eso se vanagloria de su ceguera. Sólo percibe el aroma de la juventud, de la vida en flor.
—Seremos amigos, Mariano: amigos nada más. Usted se acostumbrará encontrando dulce nuestro afecto... No sea usted material; parece imposible que sea usted un artista. Idealismo, maestro; mucho idealismo.
Y siguió hablándole desde lo alto de su conmiseración, hasta que se separaron cerca del sitio donde la esperaba el coche.
—Amigos, Mariano. Nada más que amigos... pero de veras.
Al alejarse Concha, anduvo Renovales en la penumbra del crepúsculo, hasta salir de la Moncloa, gesticulando y cerrando los puños. Viéndose solo volvía á renacer su cólera é insultaba mentalmente á la condesa, libre ya de la supeditación amorosa que sufría en su presencia. ¡Cómo se divertía con él! ¡Cómo reirían sus enemigos al verle sometido y sin voluntad, en manos de aquella mujer que había sido de tantos! El orgullo le hacía insistir en su deseo de conquistarla, fuese como fuese, aun á costa de humillaciones y brutalidades. Era un empeño de honor hacerla suya, aunque sólo fuese por una vez, y luego vengarse repeliéndola, arrojándola á sus plantas, diciendo con gesto de soberano: «Esto hago yo con los que se me resisten.»
Pero luego se dió cuenta de su debilidad. Siempre sería vencido por aquella hembra que le miraba fríamente, que era incapaz de perder su calma y le consideraba como un ser inferior. El desaliento le hizo pensar en su casa, en la enferma, en los deberes que le ligaban á ella, y sintió la amarga voluptuosidad del que se sacrifica, cargando con su cruz.
Estaba decidido. Huiría de aquella mujer. No la vería más.
III
Y no la vió; no la vió en dos días. Pero al tercero llegó á sus manos una cartita azul, de sobre prolongado, saturada de un fuerte perfume que tenia la virtud de estremecerle.
La condesa se quejaba de su ausencia con cariñosos lamentos. Necesitaba verle, tenía que decirle muchas cosas. Una verdadera carta de amor, que el artista se apresuró á ocultar, temiendo que su lectura hiciera suponer lo que no era cierto aún.
Renovales se mostró indignado.
—Iré á verla—se dijo, paseando por el estudio;—pero será para decirla cuatro frescas, para acabar de una vez. Si cree que va á jugar conmigo, se equivoca; no sabe que yo, cuando quiero, soy de piedra.
¡Pobre maestro! Mientras en un extremo de su pensamiento formulaba sus fieros propósitos de hombre de piedra, en el otro, una voz dulce cantaba con el arrullo de la ilusión:
—Ve pronto; aprovecha el tiempo. Tal vez se ha arrepentido. Te espera: va á ser tuya.
Y el artista corrió ansioso á casa de la condesa. Nada. Se quejó de su ausencia con una tristeza mimosa. ¡Ella que le quería tanto!... Necesitaba verle; no podía permanecer tranquila creyendo que le guardaba enojo por lo de la otra tarde. Y pasaron cerca de dos horas en el gabinete que la servia de despacho, hasta que al caer la tarde comenzaron á llegar los graves amigos de la condesa, su tertulia de mudos adoradores, presentándose el último Monteverde, con la calma del que no teme peligro alguno.
El pintor salió de aquella casa sin otra novedad que dos besos en una mano de la condesa. La caricia protocolaria, y nada más. Cada vez que intentaba ir más allá, remontándose á lo largo del brazo, la hermosa señora le contenía con un gesto imperioso.
—¡Que me enfado, maestro, y no le recibo más á solas!... ¡Que falta usted á lo convenido!
Renovales protestaba. Nada habían convenido, pero Concha lograba calmarle instantáneamente preguntando por Milita, haciendo elogios de su hermosura, pidiendo noticias de la pobre Josefina, tan buena, tan simpática, interesándose por su salud y anunciando una próxima visita. Y el maestro quedaba cohibido, atormentado por el remordimiento, no atreviéndose á nuevos avances, hasta que se desvanecía la penosa impresión.
Volvió Renovales á casa de la condesa, como siempre. Sentía la necesidad de verla; se había acostumbrado á los vehementes elogios que aquella boca hacía de sus méritos de artista.
Algunas veces despertaba su carácter impetuoso de otros tiempos, y sentía el deseo de desprenderse de esta cadena vergonzosa. Aquella mujer le tenía como embrujado: llamábale para nada; parecía gozarse con hacerle sufrir; le necesitaba como un juguete. Con un cinismo tranquilo hablaba de Monteverde y de sus amores, lo mismo que si el doctor fuese su esposo. Necesitaba confiar á alguien los incidentes de su vida oculta, con esa franqueza imperiosa que arrastra los delincuentes á la confesión. Poco á poco iniciaba al maestro en sus secretos pasionales, relatando sin rubor los incidentes más íntimos de aquellos encuentros, que muchas veces eran en la propia casa. Abusaban de la ceguera del conde, el cual parecía como atontado por su fracaso del Toisón: gozaban un deleite malsano con la zozobra de ser sorprendidos.
—Á usted se lo digo todo, Mariano. No sé lo que me ocurre con usted. Le quiero como á un hermano. Un hermano, no... más bien, una amiga; una amiga de confianza.
Al verse solo Renovales abominaba de la franqueza de Concha. Era lo que la gente creía; muy simpática, muy bonita, pero sin ningún escrúpulo moral. En cuanto á él, insultábase en el bizarro lenguaje de sus tiempos de bohemio, comparándose con todos los animales cornudos que podía recordar.
—No vuelvo más. Es una vergüenza. ¡Bonito papel estás haciendo, maestro!
Pero apenas se mantenía ausente dos días, presentábase Mary, la doncella francesa de la de Alberca, con la cartita perfumada, ó llegaba ésta por el correo interior, destacándose subversiva, escandalosa, entre los otros sobres de la correspondencia del maestro.
—¡Esa mujer!—exclamaba Renovales apresurándose á ocultar el llamativo billete.—¡Qué falta de prudencia!... El mejor día va á fijarse Josefina en estas cartitas.
Cotoner, en su ciega admiración al ídolo que consideraba irresistible, imaginábase á la de Alberca loca de amor tras el maestro, y movía la cabeza tristemente.
—Esto acabará mal, Mariano. Debes romper con esa señora. ¡La paz del hogar! Te esperan muchos disgustos.
Las cartas siempre eran iguales. Interminables lamentaciones por sus cortas ausencias. «Cher maître, no he podido dormir esta noche pensando en usted...» y acababa firmando «su admiradora y buena amiga Coquillerosse», un nombre de guerra que había adoptado para su correspondencia con el artista.
Le escribía desordenadamente, á horas extrañas, siguiendo los impulsos de su imaginación y sus nervios en perpetua anormalidad. Unas veces fechaba sus cartas á las tres de la madrugada: no podía dormir, saltaba del lecho, y para entretener su insomnio llenaba cuatro pliegos de su menuda letra, dirigidos al buen amigo, con una facilidad de pluma desesperante, hablándole del conde, de lo que decían sus amigas, comunicándole las últimas murmuraciones que circulaban contra los de «la casa grande», lamentándose de las frialdades de su doctor. En otras ocasiones eran cuatro lineas lacónicas, desesperadas; un llamamiento angustioso. «Venga usted en seguida, querido Mariano. Un asunto urgentísimo.»
Y el maestro, abandonando sus trabajos, corría á primera hora á casa de la condesa, recibiéndole ésta en la cama, en su dormitorio cargado de perfumes, donde no había entrado en muchos años el hombre de las condecoraciones.
Llegaba ansioso el pintor, inquieto por la posibilidad de terribles acontecimientos, y Concha, agitándose entre las bordadas sábanas, recogiéndose los dorados mechones que se escapaban de las blondas de su gorra, hablaba y hablaba con la incoherencia de un canto de pájaro, como si el silencio nocturno produjese en ella una indigestión de palabras. Se le habían ocurrido grandes ideas: había pensado durante el sueño una teoría científica completamente original, que haría las delicias de Monteverde. Y gravemente se la explicaba al maestro, el cual movía su cabeza sin entender una palabra, pensando que era un dolor ver una boca tan hermosa empleada en soltar tantas necedades.
Otras veces le hablaba del discurso que estaba preparando para cierto festival de la Asociación Feminista, la obra magna de su presidencia: y sacando de entre las sábanas sus brazos ebúrneos, con una tranquilidad que trastornaba á Renovales, cogía de la vecina mesa unos pliegos garrapateados con lápiz, pidiendo al buen amigo que le dijese quién era el pintor más grande del mundo, pues había dejado un claro para llenarlo con este nombre.
Después de una hora de charla incesante, mientras el artista la devoraba en silencio con los ojos, llegaba por fin al asunto urgente, al llamamiento desesperado que había hecho abandonar sus trabajos al maestro. Eran siempre motivos de vida ó muerte; compromisos, en los que iba su honor. Unas veces que pintase cualquier cosita en el abanico de una señora extranjera deseosa de llevarse de España algo del gran maestro. Se lo había pedido la interesada en una soirée diplomática la noche antes, por conocer su amistad con Renovales. En otras ocasiones le llamaba para pedirle una manchita, un apunte, cualquier cosa de las que rodaban por los rincones de su estudio, para una tómbola benéfica de la Asociación á beneficio de las pobres que habían perdido su virtud, y á las cuales la condesa y sus amigas mostraban empeño en redimir.
—No ponga usted esa cara, maestro; no sea usted tacaño. Son los inconvenientes de la amistad. Todos creen que yo tengo gran poder sobre el ilustre artista, y me piden, y me ponen en cien compromisos... No le conocen; no saben lo perverso, lo rebelde que es usted, ¡mala persona!
Y se dejaba besar la mano sonriendo con cierta lástima. Pero al sentir el cálido contacto de su boca y el cosquilleo de su barba en la blanca carnosidad del brazo, se agitaba, defendiéndose entre risas y estremecimientos.
—Déjeme usted, Mariano. ¡Que grito! ¡Que llamo á Mary! Ya no le recibo más en mi dormitorio. Es usted indigno de confianza... ¡Quietecito, maestro, ó se lo cuento todo á Josefina!
Algunas veces, al acudir Renovales alarmado por sus llamamientos, la encontraba pálida, con círculos amoratados en los ojos, como si hubiese pasado la noche llorando. Al ver al maestro volvían á saltar sus lágrimas. Eran disgustos de amor, honda pena por la frialdad de Monteverde. Pasaba días enteros sin verla; rehuía los encuentros con ella. ¡Ay, los sabios! Hasta había llegado á decirla que las mujeres son un estorbo para los estudios serios. ¡Y ella loca por él, sumisa como una sierva, aguantando las genialidades del señor, adorándole con ese apasionamiento fogoso de la mujer que es más vieja que su amante y se da cuenta de su inferioridad!
—¡Ay, Renovales! No se enamore usted nunca; es un infierno. No sabe usted la felicidad que goza no conociendo estas cosas.
Pero el maestro, insensible á sus lágrimas, enfurecido por estas confidencias, paseaba gesticulando, lo mismo que si estuviera en su estudio, y hablaba á la condesa con brutal confianza, como á una hembra que ha revelado todos sus secretos y debilidades. ¡Tapones! ¿Y qué le importaba á él todo eso? ¿Para oir tales cosas le había llamado?... Ella se lamentaba con suspiros infantiles desde el fondo de su lecho. Estaba sola en el mundo; era muy desgraciada. No tenía más amigo que el maestro; era su padre, su hermano; ¿á quién si no á él iba á relatar sus penas? Y animándose con el silencio del pintor, el cual acababa por conmoverse ante sus lágrimas, cobraba audacia y formulaba sus deseos. Debía ver á Monteverde, soltarle un buen sermón, hablarle al alma para que fuese bueno y no la hiciese sufrir. Él le respetaba mucho; era uno de sus más grandes admiradores: tenía ella la certeza de que bastarían cuatro palabras del maestro para que volviese como un cordero. Debía hacerle ver que no estaba sola; que tenía quien la defendiese; que nadie podía burlarse de ella impunemente.
Pero antes de que terminase sus ruegos, andaba el pintor en torno del lecho, los brazos en alto, echando ternos con la vehemencia de su exaltación.
—¡Tapones! ¡Esto me faltaba! El mejor día me pedirá usted que le cepille las botas. ¿Pero está usted loca, criatura? ¿Qué se ha figurado usted? Para... sufridos ya tiene usted bastante con el conde. Déjeme tranquilo.
Pero ella se arrebujaba en la cama llorando con ruidoso desconsuelo. ¡Ya no quedaban amigos! El maestro era como los otros: en no plegarse á sus deseos se acababa la amistad. Todo palabras, juramentos, y después, ni el más pequeño sacrificio.
Se incorporaba de pronto, mostrando entre las blondas misteriosas blancuras, ceñuda, irritada, con una frialdad de reina ofendida. Ya le había conocido; se había engañado contando con él. Y como Renovales, confuso por este enfado, intentase excusarse, ella le atajaba con arrogancia.
—¿Quiere usted ó no quiero? Á la una... á las dos...
Sí; haría lo que ella quisiera; veíase tan bajo, que ya no le importaba rodar un poco más. Sermonearía al doctor, echándole en cara su torpeza al despreciar tanta felicidad. (Esto lo decía él con toda su alma, poniendo en su voz temblores de envidia.) ¿Qué más deseaba su hermosa déspota? Podía pedir sin miedo. Si era necesario, retaría al conde á singular combate con todas sus condecoraciones y lo mataría para que ella quedase libre y pudiera juntarse con el doctorcillo.
—¡Guasón!—exclamaba Concha, sonriente por su triunfo.—Es usted simpático como nadie, pero muy malo. Acérquese usted, mala persona.
Y levantando con la manecita un mechón de su cabellera de sauce, le besó en la frente, riendo del estremecimiento que su caricia despertaba en el pintor. Éste sintió que le temblaban las piernas; después, sus brazos intentaron estrechar aquel cuerpo tibio, perfumado, que parecía escurrirse dentro de sus finas envolturas.
—¡Que ha sido en la frente!—gritó Concha en son de protesta.—¡Caricia de hermanos, Mariano! ¡Quieto!... ¡Que me hace daño!... ¡Que llamo!
Y llamó, reconociendo de pronto su debilidad, viéndose próxima á caer vencida bajo el apretón loco y dominador. Sonó el estremecimiento eléctrico en las profundidades tortuosas de pasillos y gabinetes y se abrió la puerta, entrando Mary vestida de negro, con alto delantal y rizado gorro, discreta y silenciosa. Su carita pálida y sonriente estaba acostumbrada á verlo todo, á adivinarlo todo, sin que se reflejase en ella la más leve impresión.
La condesa tendió su mano á Renovales con afectuosa tranquilidad, como si la entrada de la doncella interrumpiese su despedida. Lamentaba que se marchase tan pronto: á la noche le vería en el Real.
Cuando el pintor aspiró el viento de la calle y se codeó con la gente, creyó despertar de una pesadilla. Tenía asco de sí mismo. «Te luces, maestro.» Su debilidad, que le hacía plegarse á todas las exigencias de la condesa, su vil aceptación á servir de intermediario entre ella y el amante, le daban ahora náuseas. Pero aun sentía en la frente el roce del beso; aun percibía aquel ambiente del dormitorio cargado de la nocturna transpiración de carne perfumada. El optimismo se apoderó de su pensamiento. No marchaba mal el asunto; aquel camino, aunque desagradable, le llevaría á la realización de su deseo.
Muchas noches Renovales iba al teatro Real, por obedecer á Concha, que deseaba verle, y pasaba actos enteros en el fondo de su palco, conversando con ella. Milita reía de este cambio en las costumbres de su padre, que se acostaba temprano en otros tiempos, para trabajar de buena mañana. Era ella la que, encargada de las cosas de la casa, por la eterna enfermedad de mamá, ayudaba al maestro á ponerse el frac, y además le peinaba, arreglándole el lazo de la corbata entre mimos y risas.
—Papaíto, te desconozco: estás hecho un calaverón. ¿Cuándo me llevas contigo?...
Él se excusaba gravemente. Eran deberes de la profesión; á los artistas les conviene hacer vida de sociedad. En cuanto á llevarla con él... otro día. Por ahora necesitaba ir solo; tenía que hablar con mucha gente en el teatro.
Otra modificación se verificó en él, provocando los regocijados comentarios de Milita. Papá se rejuvenecía.
Cada semana sus cabellos perdían en longitud, bajo irreverentes tijeretazos: su barba disminuía, hasta el punto de no quedar más que una ligera vegetación de aquel bosque enmarañado que le daba un aspecto feroz. No quería confundirse por su aspecto con los demás; debía conservar un poco de su exterior de artista, para que la gente no pasase junto al gran Renovales sin conocerle; pero procuraba, dentro de este deseo, aproximarse y mezclarse con la juventud bien vestida y elegante que rodeaba á la condesa.
Esta transformación tampoco pasó inadvertida para otros. Los alumnos de Bellas Artes se lo mostraban con el dedo desde el paraíso del Real, ó se detenían en las aceras al verle por la noche, con el brillante tubo de seda coronando la tonsurada melena y exhibiendo entre el abierto gabán el nítido peto de su uniforme de fiesta. La cándida admiración de los muchachos se imaginaba al gran maestro tronando ante un caballete, salvaje, feroz, intratable como Miguel Angel en el encierro de su estudio. Por esto, al verle bajo tan distinto aspecto, le seguían sus ojos con expresión de envidia. «¡Cómo se divierte el maestro!» Y se imaginaban á las grandes damas disputándoselo, creyendo de buena fe que ninguna podía resistir á un hombre que pintaba tan bien.
Los enemigos, los artistas consagrados que marchaban tras él, rugían en sus conversaciones. «¡Farsante, egoísta! No estaba satisfecho de ganar tanto dinero, y ahora hacía el gomoso entre la aristocracia, para coger más retratos, para sacar á su firma todo lo que pudiese.»
Cotoner, que se quedaba algunas noches en el hotel para hacer compañía á las señoras, le veía partir con triste sonrisa, moviendo la cabeza. «Mal: su Mariano se había casado demasiado pronto. Lo que no había hecho en su juventud, por la fiebre del trabajo y la gloria, lo hacía ahora, próximo á la vejez.» En muchas partes reían ya de él, adivinando su pasión por la de Alberca, aquel amor sin resultados prácticos, que le hacían convivir con ella y Monteverde, tomando aires de mediador bondadoso, de padre tolerante y bueno. El ilustre maestro, al despojarse de su carátula feroz, era un pobre hombre, del que se hablaba con lástima: le comparaban con Hércules, vestido de mujer é hilando á los pies de la bella seductora.
Había contraído con Monteverde una estrecha amistad, en fuerza de tropezarlo cerca de la condesa. Ya no le parecía tonto y antipático. Encontraba en él algo de su amante, y le era grata por esto su compañía. Experimentaba esa atracción plácida y sin celos que inspira á ciertos hombres el marido de su amante. Sentábanse juntos en los teatros, paseaban en amigable conversación, y el doctor iba muchas tardes al estudio del artista. Desconcertaban con esta intimidad á las gentes, que ya no sabían con certeza quién era el amo de la de Alberca y quién el aspirante, llegando á creer que por un mutuo acuerdo y turno pacífico, vivían los tres en el mejor de los mundos.
Monteverde admiraba al maestro, y éste, por sus años y la superioridad de su renombre, tomaba sobre él una autoridad paternal. Le reñía cuando la condesa se mostraba quejosa de él.
—¡Las mujeres!—decía el doctor con gesto de cansancio.—Usted no sabe lo que son, maestro; sólo sirven de estorbo, para obstruirle á uno su carrera. Usted ha triunfado porque no se dejó dominar por ellas, porque nadie le conoció nunca una querida, porque es usted un hombre admirable, un varón fuerte.
Y el pobre varón fuerte contemplaba fijamente á Monteverde, dudando si se burlaba. Sentía tentaciones de aporrearlo, viéndole despreciar lo mismo que ansiaba él con vehemente deseo.
Concha tenia con el maestro mayores intimidades. Le confesaba lo que nunca se había atrevido á decir al doctor.
—Á usted se lo digo todo, Marianito. No puedo vivir sin verle. ¿Sabe usted lo que pienso? Que el doctor es algo así como mi marido y usted es el amante de corazón... No se altere usted... no se mueva, ó llamo. He dicho de corazón. Le quiero á usted demasiado para pensar en esas groserías que usted desea.
Algunas veces Renovales la encontraba excitada, nerviosa, hablando con voz ronca, moviendo los finos dedos como si quisiera arañar al aire. Eran los días terribles que alteraban toda la casa. Mary corría, con su paso silencioso, de salón en salón, perseguida por el repiqueteo de los timbres; el conde se escurría hacia la calle como un colegial medroso. Concha se aburría, sentíase cansada de todo, abominaba de su existencia. Al presentarse el pintor, le faltaba poco para arrojarse en sus brazos:
—Sáqueme usted de aquí, Marianito; me aburro, me muero. Esta vida es para matarse. ¡Mi marido!... ese no se cuenta. ¡Mis amigas!... unas necias que me despellejan apenas las dejo. ¡El doctor!... un insubstancial, una veleta loca. Todos esos señores de mi tertulia, unos imbéciles. ¡Maestro, téngame lástima! Lléveme lejos de aquí. Usted debe conocer otro mundo; los artistas lo saben todo...
¡Ay, si ella no estuviera tan vista y al maestro no lo conociese todo Madrid! En su nerviosa excitación formulaba los más locos proyectos. Deseaba salir de noche del brazo de Renovales, ella con mantón y pañuelo á la cabeza, él con capa y sombrero gacho. Sería su chulo; ella imitaría el garbo y el taconeo de las mujeres de la calle, y marcharían juntitos, como dos palomos de la noche, á los sitios más malos; y beberían, armarían camorra, él la defendería como un valiente, é irían á pasar la noche en la prevención.
El pintor mostrábase escandalizado. ¡Qué locura! Pero ella insistía en sus deseos.
—Ríase usted, maestro; abra esa bocaza... feísimo. ¿Qué tiene de particular lo que digo? Usted, con todos sus pelos y chambergos de artista, es un burgués, un alma tranquila incapaz de nada original para distraerse.
Al acordarse de aquella pareja que habían visto una tarde en la Moncloa, mostrábase melancólica y sentimental. También le parecía bonito «hacer la griseta»; pasear del brazo del maestro, como si fuesen una modistilla y un empleadillo; acabar la excursión en un merendero; y él la mecería en el verde columpio, mientras ella gritaba de placer, subiendo y bajando, con las faldas arremolinadas en torno de sus pies... Esto no era ningún disparate, maestro. ¡Placer más sencillo... más bucólico!...
¡Lástima que los dos fuesen tan conocidos! Pero lo que sí harían, cuando menos, era disfrazarse una mañana y correr los barrios bajos; ir al Rastro, como una pareja recién unida que desea poner casa: el socio y la socia. En aquella parte de Madrid no los conocería nadie. ¿Conformes, maestro?...
Y el maestro lo aprobaba todo. Pero al día siguiente Concha le recibía con cierta turbación, mordiéndose los labios, hasta que por fin prorrumpía en carcajadas, recordando los disparates que le había propuesto.
—¡Cómo se reiría usted de mí!... Hay días en que estoy loca.
Renovales no ocultaba su asentimiento. Sí; estaba algo loca. Pero esta locura, que le hacía sufrir alternativas de esperanza y desesperación, atraíale más, con sus alegres disparates y sus pasajeros enfados, que aquella otra que le perseguía en su casa, lenta, implacable, silenciosa, apartándose de él con invencible repugnancia, pero siguiéndole á todos lados, con ojos de malsana luz siempre lagrimeantes, que tomaban la agudeza hostil del acero apenas iniciaba, por compasión ó remordimiento, la más leve intimidad.
¡Oh, la pesada é insufrible comedia! Ante su hija y los amigos tenían que hablarse, y él, apartando la mirada para no tropezar con sus ojos, colmábala de atenciones, la reñía dulcemente por su rebeldía á los consejos de los médicos. Al principio hablaban éstos de neurastenia: ahora era la diabetes la que aumentaba la debilidad de la enferma. El maestro lamentábase de la pasiva resistencia que oponía á todos los métodos curativos. Los seguía durante algunos días, para despreciarlos después con impasible obstinación. Ella estaba mejor que creían. Lo que ella tenía no lo curaban los médicos.
Por la noche, al penetrar en el dormitorio, un silencio de muerte caía sobre ellos; una muralla de plomo parecía elevarse entre sus cuerpos. Ya no tenían que mentir; se miraban frente á frente, con muda hostilidad. Su vida nocturna era un tormento; pero ninguno de los dos osaba modificar su existencia. Sus cuerpos no podían abandonar la cama común; encontraban en ella el molde de los años. La rutina de su voluntad les sujetaba á esta habitación y á su mobiliario, con el recuerdo de los tiempos felices de la juventud.
Renovales caía en el profundo sueño del hombre sano, fatigado por el trabajo. Sus últimos pensamientos eran para la condesa. La veía en esa penumbra brumosa que cubre la entrada de lo inconsciente; dormíase pensando en lo que podría decirla al otro día, soñaba conforme á su deseo, viéndola de pie sobre un pedestal, con toda la majestad de su desnudez, venciendo al mármol de las estatuas más famosas con la vida de su carne. Al despertar de pronto y extender sus brazos, tropezaba con el cuerpo de la compañera, pequeño, rígido, ardiente por el fuego de la calentura ó glacial con un frío de muerte. Adivinaba su insomnio. Pasaba la noche sin cerrar los ojos, pero no se movía, como si todo su vigor se concentrase en algo que contemplaba con fijeza hipnótica en la obscuridad. Parecía un cadáver. Era el obstáculo, el lastre de plomo, el fantasma que aterraba á la otra cuando en ciertos instantes de vacilación se inclinaba hacia él, próxima á caer... Y el terrible deseo, el pensamiento monstruoso, asomaba otra vez su horrorosa fealdad, anunciando que no había muerto, que sólo se había ocultado en la madriguera cerebral para surgir más cruel, más insolente.
—¿Por qué no?—argüía el despiadado demonio, esparciendo en su imaginación el polvillo de oro de las ilusiones.
Amor, gloria, alegría, una existencia nueva de artista; el rejuvenecimiento del doctor Fausto; todo podía esperarlo si la muerte piadosa venía á ayudarle, cortando la cadena que le emparejaba con la tristeza y la enfermedad.
Pero inmediatamente surgía la protesta del horror. Aunque vivía como un incrédulo, conservaba un alma religiosa, que en los momentos difíciles de su existencia le impulsaba á aclamarse á todos los poderes sobrehumanos y maravillosos, como si éstos tuvieran el deber ineludible de acudir en su auxilio. «Señor, quitadme este horrible pensamiento. Alejad la mala tentación. Que no muera; que viva, aunque yo perezca.»
Y al día siguiente, con la agitación del remordimiento, iba en busca de ciertos médicos, amigos suyos, para consultarles minuciosamente. Ponía en movimiento la casa, organizando la curación con arreglo á un vasto plan, distribuyendo las medicinas por horas. Después, tranquilo ya, volvía á su trabajo, á sus preocupaciones de artista, á sus anhelos de hombre, sin acordarse de sus propósitos, creyendo salvada definitivamente la vida de su mujer.
Ésta se presentó en su estudio una tarde después del almuerzo, y el pintor, al verla, sintió cierta inquietud. Hacía mucho tiempo que Josefina no entraba allí á las horas en que él trabajaba.
No quiso sentarse; se detuvo junto al caballete, hablando, sin mirar á su marido, con voz lenta y humilde. Á Renovales le daba miedo esta sencillez.
—Mariano, vengo á hablarte de la niña.
Quería casarla. Algún día había de ser, y cuanto antes mejor. Ella moriría pronto y deseaba salir del mundo con la tranquilidad de ver á su hija bien colocada.
Renovales creyó del caso protestar ruidosamente, con toda la vehemencia del que no está muy seguro de lo que dice. ¡Tapones! ¡Morirse! ¿Y por qué había de morir? ¡Ahora que estaba mejor que nunca! Lo único que le faltaba era atender las indicaciones de los médicos.
—Moriré pronto—repitió fríamente.—Moriré y tú quedarás tranquilo. Bien lo sabes.
El pintor quiso protestar con mayores aspavientos de indignación, pero sus ojos se encontraron con la mirada fría de su mujer. Entonces se limitó á levantar los hombros con ademán resignado. No quería discutir; necesitaba conservarse tranquilo. Tenía que pintar; había de salir, como todas las tardes, para asuntos importantísimos.
—Está bien; continúa. Milita se casa, ¿y con quién?...
Por el deseo de mantener su autoridad, de mostrar cierta iniciativa y por su antiguo afecto al discípulo, se apresuró á hablar de éste. ¿Era Soldevilla el candidato? Un buen muchacho y de porvenir. Adoraba á Milita; había que ver la tristeza del pobrecillo cuando ésta le trataba mal. Haría un excelente marido.
Josefina cortó esta charla del esposo con voz fría y tajante:
—No quiero pintores para mi hija; bien lo sabes. Bastante hay con lo de su madre.
Milita se casaría con López de Sosa. Era cosa aceptada por ella. El muchacho la había hablado, y seguro de su aprobación, dirigiría su demanda al padre.
—¿Pero ella le quiere? ¿Tú crees, Josefina, que estas cosas pueden arreglarse á tu gusto?
—Si le quiere; está conforme y desea casarse. Además, es hija tuya; lo mismo aceptaría al otro. Lo que ella desea es libertad, verse lejos de su madre, no vivir en la tristeza de mis enfermedades... Ella no lo dice, no sabe siquiera que lo piensa, pero yo lo adivino.
Y como si al hablar de su hija no pudiera mantener la frialdad que tenía con el marido, se llevó una mano á los ojos, recogiendo las silenciosas lágrimas.
Renovales apeló á la brusquedad para salir del paso. Todo eran locuras, invenciones de su cabeza enferma. Debía pensar en curarse y no en otra cosa. ¡Á qué estas lágrimas! ¿Quería casar á su hija con aquel señorito de los automóviles? Pues á ello. ¿No quería? Pues que la chica se quedase en casa.
Ella mandaba; nadie la ponía obstáculos. ¡Que se celebrara la boda cuanto antes! Él era un cero y no había por qué consultarle. Pero tranquilidad, ¡tapones!... Tenía que trabajar; tenía que salir. Y cuando vió que Josefina abandonaba el estudio para llorar libremente en otro sitio, dió un bafido de satisfacción, contento de salir tán bien librado de esta escena difícil.
Le parecía bien López de Sosa. ¡Excelente muchacho!... Y lo mismo cualquier otro. Él no disponía de tiempo para fijarse en tales cosas. Sus preocupaciones eran distintas.
Aceptó al futuro yerno, y muchas noches se quedó en casa para dar cierto aire patriarcal á las veladas de familia. Milita y su prometido hablaban en un extremo del salón. Cotoner, en plena beatitud digestiva, se esforzaba por arrancar con sus palabras una pálida sonrisa á la señora del maestro, que permanecía en un rincón, trémula de frío. Renovales, en traje de casa, leía los periódicos, acariciado por ese ambiente dulce de hogar tranquilo. ¡Si le viese la condesa!...
Una noche sonó en el salón el nombre de la de Alberca. Repasaba Milita de memoria, con avidez juvenil, la lista de las amigas de la casa, grandes señoras que no dejarían pasar su próximo matrimonio sin un regalo magnifico.
—Concha no viene—dijo la joven.—Hace mucho tiempo que no la vemos por aquí.
Hubo un silencio penoso, como si el nombre de la condesa enfriase la atmósfera. Cotoner canturreó entre dientes, fingiéndose distraído: López de Sosa buscó un cuaderno de música sobre el piano, hablando de él para desviar la conversación. También éste parecía enterado.
—No viene porque no debe venir—dijo Josefina desde su rincón.—Ya procura tu padre verla todos los días para que no nos olvide.
Renovales levantó la cabeza con expresión de protesta, como si le despertasen de un plácido sueño. Los ojos de Josefina estaban fijos en él, pero sin cólera, burlones y crueles. Reflejaban el mismo desprecio con que le había herido en aquella noche triste. Ya no dijo más, pero el maestro leía en aquellos ojos:
«Es inútil, buen hombre. Estás loco por ella, la sigues, pero ella es para otros. La conozco bien... Todo lo sé. ¡Ay! ¡Cómo ríen las gentes de ti! ¡Cómo me río yo!... ¡Cómo te desprecio!»
IV
Á principios del verano se verificó la boda de la hija de Renovales con el elegante López de Sosa. Los periódicos publicaron columnas enteras hablando de este acontecimiento, por el cual, según la expresión de ciertos cronistas, «se unía la gloria y el esplendor del arte con el prestigio de la aristocracia y la fortuna». Nadie se acordaba ya del apodo de Bonito en escabeche.
El maestro Renovales hizo bien las cosas. No tenía más que una hija y deseaba casarla con regio aparato; que Madrid y España entera se enterasen de este suceso, cayendo sobre Milita un rayo de la gloria conquistada por su padre.
La lista de los regalos fué grande. Todas las amistades del maestro, elegantes damas, próceres de la política, artistas famosos y hasta personas reales, figuraron en ella con su correspondiente obsequio. Había para llenar una tienda. Los dos estudios de honor quedaron convertidos en galerías de bazar, con interminables mesas cargadas de objetos; una exposición de telas y dijes, visitada por todas las amigas de Milita, aun las más lejanas y olvidadas, que venían á felicitarla con palidez de envidia.
La condesa de Alberca envió también un regalo, enorme, estrepitoso, como si no quisiera pasar inadvertida entre los amigos de la casa. El doctor Monteverde estaba representado por un objeto modesto, aunque jamás había visto á los novios ni le ligaba á la familia otra relación que su amistad con el maestro.
La boda se celebró en el hotel, habilitando para capilla uno de sus estudios. Cotoner corrió con todo lo referente á la ceremonia, muy satisfecho de demostrar su influencia cerca de los personajes de la Iglesia.
Renovales se preocupó del aliño del altar, queriendo que se notase, hasta en los menores detalles, la mano de un artista. Sobre un fondo de antiguos tapices colocó un viejo tríptico, una cruz medioeval, todos los objetos de culto que llenaban su estudio como adornos decorativos, y limpios de polvo y telarañas iban á recobrar por unos instantes su importancia religiosa.
Las flores invadieron con su ola multicolor el hotel del ilustre maestro. Las quería Renovales en todas partes; las había pedido á Valencia y á Murcia, sin reparar en la cantidad; se extendían por los marcos de las puertas y las líneas de las cornisas: se amontonaban formando gigantescos ramos en las mesas y los rincones. Hasta se balanceaban en paganas guirnaldas de una á otra columna de la fachada, excitando la curiosidad de los transeuntes aglomerados al otro lado de la verja; mujeres de mantón, muchachos con grandes cestas á la cabeza, que permanecían embobados por la novedad, esperando que ocurriese en aquella casa algo extraordinario, siguiendo las idas y venidas de los criados que entraban atriles de música y un par de contrabajos ocultos en fundas charoladas.
De buena mañana andaba Renovales de un lado á otro, con dos bandas sobre la pechera y una constelación de astros dorados y centelleantes, cubriendo todo un lado de su frac. Cotoner también se había puesto las insignias de sus varias órdenes pontificias. El maestro se contemplaba con cierta satisfacción en todos los espejos, admirando igualmente á su amigo. Había que ponerse guapos; una fiesta como esta ya no la verían más. Hacía preguntas incesantemente á su compañero, para convencerse de que nada faltaba en los preparativos. El maestro Pedraza, gran amigo de Renovales, dirigía la orquesta. Se habían reunido todos los músicos mejores de Madrid, profesores del Real en su mayoría. El coro era bueno, pero como voces notables sólo había podido echar mano de los artistas que residían fijamente en la capital. La época no era la mejor; los teatros estaban cerrados...
Cotoner seguía exponiendo sus trabajos. Á las diez en punto llegaría el Nuncio, monseñor Orlandi, gran amigo de él; un barbián, todavía joven, al que había conocido en Roma de prelado doméstico. Bastaron cuatro palabras de Cotoner para que se dignase concederle el honor de casar á los chicos. Los amigos son para las ocasiones. Y el pintor de los papas, satisfecho de salir de su insignificancia, iba de salón en salón, disponiéndolo todo, seguido del maestro, que aprobaba sus órdenes.
En un estudio los músicos y las mesas para el lunch. Las otras naves para los invitados. ¿Faltaba algo?... Los dos artistas contemplaban el altar, con sus tapices de apagados colores y sus candelabros, cruces y relicarios, de un oro mate y viejo que parecía tragarse la luz sin devolverla. Nada faltaba. Telas antiguas y guirnaldas de flores cubrían las paredes, ocultando los estudios de color del maestro, ciertos cuadros sin acabar, obras profanas que no podían tolerarse en el ambiente discreto y entonado de aquella nave convertida en capilla. El suelo estaba cubierto en parte por alfombras vistosas, persas y morunas. Frente al altar dos reclinatorios, y tras ellos, para los invitados de más importancia, todos los asientos lujosos del estudio: sillones blancos del siglo XVIII, con escenas pastoriles bordadas, tijeras griegas, sitiales de roble tallado, asientos venecianos, sillas sombrías de interminable respaldo; una bizarra confusión de almacén de antigüedades.
De pronto Cotoner dió un paso atrás, como escandalizado. ¡Qué distracción! ¡Buena la habrían hecho de no fijarse él!... En el fondo del estudio, frente al altar que cortaba una gran parte de la vidriera, y recibiendo directamente la luz de ésta, destacábase una mujer enorme, blanca, desnuda, con una mano velando su sexo y la otra cruzada ante el saliente pecho. Era la Venus de Médicis, una pieza soberbia de mármol que Renovales había traído de Italia. La pagana belleza parecía desafiar, con su blancura luminosa, el amarillo mortecino de los sacros objetos alineados en el extremo opuesto. Habituados á verla los dos artistas, habían pasado varias veces junto á ella, sin reparar en su desnudez, que parecía más insolente y triunfadora al convertirse el estudio en oratorio.
Cotoner rompió á reir.
—¡Qué escándalo si no la vemos!... ¡Qué hubiesen dicho las señoras! Mi amigo Orlandi creería que lo habías hecho tú, con cierta intención, pues te tiene por algo verde... Anda, hijo; busquemos algo con que tapar á esta dama.
Encontraron, después de mucho buscar en el desorden de los estudios, una tela india de algodón, pintarrajeada de elefantes y flores de loto; la extendieron sobre la cabeza de la diosa, cubriéndola hasta los pies, y allí quedó como si fuese un misterio, una sorpresa para los invitados.
Iban llegando éstos. Fuera del hotel, junto á la verja, sonaba el piafar de los caballos y el estrépito de las portezuelas al cerrarse. Lejos rodaban otros carruajes, con rumor cada vez más próximo. En el vestíbulo sonaba el roce de la seda arrastrando por el suelo y los criados iban de un lado á otro recogiendo los abrigos y poniéndoles números como en los teatros, para almacenarlos en un gabinete, convertido en guardarropa. Cotoner dirigía á la servidumbre de cara rasurada ó luengas patillas, vestida con fracs descoloridos. Renovales, en tanto, sonreía, encorvándose con graciosas inclinaciones, saludando á las señoras que llegaban con mantillas blancas ó negras, estrechando las manos de los hombres, algunos de los cuales ostentaban vistosos uniformes.
El maestro sentíase conmovido por este desfile que cruzaba con cierta ceremonia sus salones y estudios. Sonábanle en los oídos, como una música acariciadora, el arrastre de las faldas, el rumor de los abanicos al agitarse, los saludos de las gentes, los elogios que le dirigían por su buen gusto. Llegaban todos con la misma satisfacción de ver y ser vistos que les acompañaba á los estrenos teatrales y á las funciones de gran gala. Música buena, asistencia del Nuncio, preparativos del gran lunch que parecían olfatear, y además la certeza de ver su nombre impreso al día siguiente, de encontrarse tal vez retratado en algún periódico de monos. La boda de Emilia Renovales era un acontecimiento.
Entre la ola de gente elegante que se deslizaba sin cesar, invadiéndolo todo, veíanse algunos jóvenes llevando en alto, con apresuramiento, sus máquinas fotográficas. ¡Tendrían instantáneas! Los que guardaban cierto resquemor contra el artista, acordándose de lo caro que les había costado su retrato, le perdonaban ahora generosamente, excusando su rapacidad. Era un maestro que vivía como un gran señor... Y Renovales iba de un lado á otro, estrechando manos, haciendo cortesías, hablando con cierta incoherencia, no sabiendo adónde acudir. Durante un momento que permaneció en el vestíbulo, vió un trozo de jardín lleno de sol, cubierto de flores, y al otro lado de la verja una masa negra: la multitud admirada y risueña. Aspiró el perfume de las rosas y de las esencias femeniles, sintiendo descender por su pecho la voluptuosidad del optimismo. La vida era una gran cosa. La pobre muchedumbre, agolpada fuera, le hizo recordar con cierto orgullo al hijo del herrero. ¡Dios! ¡Y cómo había subido!... Sentía agradecimiento hacia aquella gente rica y ociosa que sustentaba su bienestar: esforzábase por que nada la faltase y abrumaba á Cotoner con sus recomendaciones. Éste se revolvía contra el maestro con la arrogancia del que ejerce autoridad. Su puesto estaba dentro, cerca de los invitados. Debía dejarle á él, que sabía sus obligaciones. Y volviendo la espalda á Mariano, daba órdenes á los criados y enseñaba el camino á los que llegaban, bastándole una mirada para reconocer su clase. «Por aquí, señores.»
Era un grupo de músicos, y lo encaminaba por un pasillo de la servidumbre para que llegase á sus atriles sin mezclarse con los invitados. Después reñía á una tropa de marmitones, que traían con retraso las últimas remesas del lunch, y avanzaban entre la concurrencia levantando sobre las cabezas de las señoras los grandes cestos de mimbres.
Cotoner abandonó su puesto al ver surgir de la escalinata un sombrero de felpa, con borlas de oro, sobre una cara pálida: después una sotana de seda con botones y fajín morados, flanqueada de otras dos, negras y modestas.
—¡Oh, monsignore! ¡Monsignore Orlandi! ¿Va bene? ¿Va bene?
Le besó la mano, arqueándose con una gran reverencia, y después de enterarse de su salud con ansioso interés, como si no le hubiese visto el día anterior, rompió la marcha, abriéndole paso en los salones llenos de gente.
—¡El Nuncio! ¡El Nuncio de Su Santidad!
Los hombres, con un recogimiento de personas decentes que saben respetar las potestades, cesaban de reir, de hablar con las señoras, y se inclinaban gravemente, recogiendo al paso aquella mano fina y pálida, una mano de dama antigua, para besar la enorme piedra de su anillo. Ellas contemplaban un momento, con ojos húmedos, á monseñor Orlandi, un prelado distinguidísimo, un diplomático de la Iglesia, un noble de la vieja nobleza romana, alto, enjuto, con fina palidez de hostia, el pelo negro, los ojos imperiosos, y en ellos un brillo intenso de llama.
Tenía en sus movimientos una gentileza arrogante que recordaba la apostura de los toreros. Las bocas femeninas se posaban ávidas en su mano, mientras él contemplaba con ojos enigmáticos la fila de nucas adorables inclinadas á su paso. Cotoner seguía avanzando, abriéndole paso, orgulloso de su papel, conmovido por el respeto que infundía su ilustre amigo el barbián. ¡Qué gran cosa la religión!...
Lo acompañó hasta la sacristía, que era el cuarto donde se desnudaban y vestían las modelos. Quedó á la parte de fuera, discretamente; pero á cada instante salía en su busca uno ú otro de los familiares, jovenzuelos vivarachos, de movilidad femenil y lejano perfume, que consideraban con cierto respeto al artista, creyéndole un personaje. Llamaban al signore Cotoner, pidiéndole que les ayudase á buscar ciertas cosas que monseñor había enviado el día antes, y el bohemio, para evitarse nuevas reclamaciones, acabó por entrar en el cuarto de las modelos, colaborando en el sacro tocado de su ilustre amigo.
En los salones se arremolinó la concurrencia; cesaron las conversaciones y una avalancha de gente, después de agolparse ante una puerta, se abrió dejando paso.
Avanzó la novia, apoyada en el brazo de un imponente señor, que era el padrino, toda blanca; blanco de marfil el traje, blanco de nieve el velo, blanco de nácar las flores. No había en ella otro color vivo que el rosa saludable de sus mejillas y el rojo tostado de sus labios. Sonreía á un lado y á otro, sin cortedad, sin timidez, satisfecha de la fiesta y de ser ella su principal objeto. Después pasaba el novio, dando el brazo á su nueva madre, la esposa del pintor, más pequeña que nunca, encogida en su vestido de ceremonia, que le venía grande, aturdida por este suceso ruidoso que rasgaba la dolorosa calma de su existencia.
¿Y el padre?... Renovales faltó á la ceremoniosa entrada: estaba ocupadísimo atendiendo á los invitados; le retenía en un extremo del salón una risa graciosa, medio oculta tras un abanico. Se había sentido tocado en un hombro, y al volverse vió al solemne conde de Alberca llevando del brazo á su esposa. El conde le había felicitado por el aspecto de sus estudios: todo muy artístico. La condesa le felicitaba también, en tono zumbón, por la importancia que aquel suceso tenía en su vida. Llegaba el momento de retirarse, de decir adiós á la juventud.
—Le arrinconan á usted, querido maestro. Pronto le van á llamar abuelo.
Reía gozándose en la turbación y el rubor que le causaban estas palabras compasivas. Pero antes de que Mariano pudiera contestar á la condesa, se sintió arrastrado por Cotoner. ¿Qué hacía allí? Los novios estaban en el altar; Monseñor comenzaba sus oficios; el asiento del padre permanecía vacío. Y Renovales pasó media hora de tedio, siguiendo con mirada distraída las ceremonias del prelado. Lejos, en el último estudio, rompieron los instrumentos de cuerda en ruidoso acorde, y se desarrolló una melodía de mundano misticismo, extendiendo sus ondas sonoras, de habitación en habitación, en un ambiente cargado de perfume de rosas ajadas.
Luego, una voz dulce, coreada por otras más roncas, comenzó á entonar una plegaria que tenía el voluptuoso ritmo de las serenatas italianas. Una emoción de pasajero sentimentalismo, pareció conmover á los invitados. Cotoner, que vigilaba cerca del altar para que nada faltase á Monseñor, sentíase enternecido por la música, por el aspecto de aquella muchedumbre distinguida, por la gravedad teatral con que el prócer romano sabía ejecutar las ceremonias de su profesión. Mirando á Milita tan hermosa, arrodillada y con los ojos bajos en la envoltura de su velo de nieve, el pobre bohemio parpadeaba para contener sus lágrimas. Sentía la misma emoción que si se le casase una hija; ¡él, que no había tenido ninguna!
Renovales se incorporaba, buscando los ojos de la condesa por encima de las mantillas blancas y negras. Unas veces los encontraba fijos en él, con expresión burlona; otras los veía buscando á Monteverde en la masa de señores que llenaba la puerta.
Hubo un momento en que el pintor atendió á la ceremonia. ¡Cuán larga era!... La música había cesado; Monseñor, de espaldas al altar, avanzaba algunos pasos hacia los recién casados, extendiendo las manos, como si fuese á hablarles. Se hizo un profundo silencio y la voz del italiano comenzó á sonar en este recogimiento, con una pastosidad cantante, vacilando ante algunas palabras, supliéndolas con otras de su idioma. Expuso sus deberes á los cónyuges y se extendió, con cierta animación oratoria, al elogiar su origen. De él dijo poco: era un representante de las clases elevadas, de donde surgen los conductores de hombres; ya conocía sus deberes. Ella era la descendiente de un gran pintor de fama universal: de un artista.
Y al nombrar al arte, el prelado romano enardecíase, como si elogiase su propia estirpe, con el profundo y firme entusiasmo de una vida transcurrida entre las espléndidas decoraciones semipaganas del Vaticano. «Después de Dios, no hay nada como el arte...» Y tras esta afirmación, con la que creaba á la novia una nobleza superior á la de muchas de aquellas gentes que la contemplaban, elogió las virtudes de sus padres. Tuvo acentos admirables para el amor puro y la fidelidad cristiana, lazos con los que llegaban unidos, Renovales y su mujer, á las puertas de la vejez, y que seguramente les acompañarían hasta la muerte. El pintor bajó la cabeza, temiendo encontrar las miradas burlonas de Concha. Sonaron los lamentos ahogados de Josefina, con la cara oculta en la blonda de su mantilla. Cotoner creyó del caso apoyar con discretas afirmaciones de cabeza los elogios del prelado.
Después la orquesta tocó ruidosamente la Marcha nupcial, de Mendelssohn; crujieron las sillas al ser echadas atrás, abalanzáronse las señoras hacia la novia, y un zumbido de felicitaciones, formuladas á gritos, por encima de las cabezas, y de estrujones por quién llegaría antes, apagó el vibrar de las cuerdas y el sordo rugido del metal. Monseñor, perdida su importancia al terminar la ceremonia, se dirigió con sus familiares al cuarto de las modelos, pasando inadvertido entre los grupos. La novia sonreía resignada, entre el círculo de brazos femeninos que la estrujaban y de bocas amigas que caían sobre ella con interminable besuqueo. Mostraba asombro por la sencillez del acto. ¿Ya no quedaba más? ¿Realmente estaba casada?...
Cotoner vió á Josefina abriéndose paso, mirando con cierta impaciencia entre los hombros de las gentes, con la cara animada por una oleada de sangre. Su instinto de arreglador le avisó la proximidad de un peligro.
—Cójase de mi brazo, Josefina. Vamos fuera á respirar. Esto está imposible.
Tomó su brazo, pero en vez de seguirle le arrastró entre las gentes que se agolpaban en torno de su hija, hasta que se detuvo viendo, por fin, á la condesa de Alberca. El prudente amigo se estremeció. Lo que él creía; buscaba á la otra.
—¡Josefina... Josefina!....¡Que estamos en la boda de Milita!...
Pero su recomendación fué inútil. Concha, al ver á su antigua amiga, corrió á ella. «¡Querida! ¡Tanto tiempo sin verte! Un beso... otro.» Y la besó ruidosamente, con grandes transportes de efusión. La mujercita sólo tuvo un intento de resistencia; pero se entregó, desalentada, sonriendo con tristeza, vencida por la costumbre y la educación. Devolvió aquellos besos fríamente, con gesto de indiferencia. No odiaba á Concha. Si su marido no iba á ella, iría á otra; la enemiga temible, la verdadera, estaba dentro de él.
Los novios, cogidos del brazo, risueños y algo fatigados por la vehemencia de las felicitaciones, atravesaron los grupos, desapareciendo seguidos de los acordes de la marcha triunfal.
Calló la música, y la gente asaltó aquellas mesas cubiertas de botellas, fiambres y dulces, tras las cuales corrían azorados los criados, no sabiendo cómo atender á tanta manga negra, á tanto brazo blanco, que agarraban los platos de filete dorado y los cuchilletes de nácar cruzados sobre los manjares. Era un motín sonriente y bien educado, pero que se empujaba, pisando las colas de los vestidos, haciendo jugar los codos, como si al terminar la ceremonia todos se sintiesen atenaceados por el hambre.
Con el plato en la mano, sofocados y jadeantes tras el asalto, se esparcían por los estudios, comiendo hasta en el mismo altar. No había criados para tanto llamamiento: los jóvenes, arrebatando las botellas de Champagne, iban de un lado á otro sirviendo copas á las señoras. Con discreta alegría se saqueaban las mesas. Cubríanlas los domésticos apresuradamente, y con no menos rapidez venían abajo las pirámides de emparedados, de frutas, de dulces, y desaparecían las botellas. Los taponazos sonaban dobles ó triples á un tiempo, con incesante tiroteo.
Renovales corría como un criado, cargado de platos y copas, yendo desde las mesas rodeadas de gente, á los rincones donde estaban sentadas algunas damas amigas. La de Alberca tomaba aires de dueña; le hacía ir y venir con incesantes peticiones.