En uno de estos viajes tropezó con Soldevilla, el amado discípulo. No le había visto en mucho tiempo. Parecía triste, pero se consolaba mirándose el chaleco; una novedad que había dado golpe entre la gente joven; de terciopelo negro, labrado á flores, y con botones de oro.
El maestro creyó que debía consolarle: ¡pobre muchacho! Por primera vez le dió á entender que «estaba en el secreto».
—Yo quería otra cosa para mi hija, pero no ha podido ser. ¡Á trabajar, Soldevillita! ¡Ánimo! Nosotros no debemos tener otra querida que la pintura.
Y satisfecho de este consuelo bondadoso, volvió al lado de la condesa.
Á mediodía terminó la fiesta. López de Sosa y su mujer volvieron á presentarse en traje de viaje: él con un abrigo de piel de zorro, á pesar del calor, gorra de cuero y altas polainas; ella con un largo impermeable hasta los pies y la cabeza oculta en un turbante de velos espesos, como una odalisca fugitiva.
Á la puerta les esperaba la última adquisición del novio: un vehículo de ochenta caballos que había comprado para su viaje de boda. Pasarían la noche á algunos centenares de kilómetros, en el riñón de Castilla la Vieja, en una finca heredada de sus padres, que nunca había visitado.
Boda modernista, como decía Cotoner; la intimidad amorosa en plena carretera, sin otro testigo que las discretas espaldas del chauffeur. Al día siguiente pensaban salir á correr Europa. Llegarían hasta Berlín; tal vez fuesen más lejos.
López de Sosa repartió vigorosos apretones de manos, con la arrogancia de un explorador, y salió para revisar su automóvil antes de partir. Milita se dejó abrazar, llevándose en su envoltura de velos las lágrimas de la madre.
—¡Adiós! ¡Adiós, hija mía!...
Y se acabó la boda.
Quedaron solos Renovales y su mujer. La ausencia de la hija, pareció agrandar su soledad, ensanchando la distancia entre ellos. Se miraban con extrañeza, huraños y tristes, sin una voz que, surgiendo entre su silencio, les sirviera de puente para cambiar algunas palabras. Iba á ser su existencia como la de los presidiarios que se odian y marchan juntos, unidos por la misma cadena, en penosa promiscuidad, teniendo que confundir los más bajos menesteres de la vida.
Los dos pensaron, como remedio á este aislamiento que les infundía miedo, en llevar á vivir con ellos á los recién casados. El hotel era grande, tenía espacio para todos. Pero Milita se opuso, con dulce tenacidad, y su esposo le hizo coro. Necesitaba vivir cerca de sus cocheras, de su garage. Además, ¿dónde establecería él, sin escándalo del suegro, las preciosidades que coleccionaba, su gran museo de cabezas de toros y trajes ensangrentados de matadores célebres, que era la admiración de sus amigos y objeto de gran curiosidad para muchos extranjeros?...
Al quedar solos el pintor y su mujer, les pareció que en un mes habían envejecido muchos años: encontraron su hotel más enorme, más desierto, con la sonoridad y el silencio de los monumentos abandonados. Renovales quiso que Cotoner se trasladase al hotel; pero el bohemio se excusó con cierto temor. Comería con ellos; pasaría gran parte del día en su casa; eran su única familia; pero él deseaba conservar su libertad; no podía prescindir del trato con sus numerosas amistades.
Bien entrado el verano, el maestro indujo á su mujer á realizar el mismo viaje de otros años. Irían á una playa andaluza poco conocida; un pueblecillo de pescadores en el que el artista había pintado muchos de sus cuadros. Se aburría en Madrid. La condesa de Alberca estaba en Biarritz con su marido. El doctor Monteverde se había marchado también, arrastrado por ella.
Hicieron el viaje, pero éste no duró más de un mes. Apenas si el maestro pudo llenar dos lienzos. Josefina sintióse enferma. Al llegar á la playa, su vida sufrió una saludable reacción. Se mostraba más alegre; permanecía horas enteras sentada en la arena, tostándose al sol, con una impasibilidad de enferma hambrienta de calor, contemplando el mar con ojos inexpresivos, cerca de su marido que pintaba rodeado de un semicírculo de gentes miserables. Parecía más alegre, cantaba, sonreía algunas veces al maestro, como si lo perdonase todo y quisiera olvidar; pero de pronto había caído sobre ella una sombra de tristeza; su cuerpo se sintió paralizado otra vez por la debilidad. Cobró aversión á la playa alegre, á la dulce vida al aire libre, con esa repugnancia de ciertos enfermos á la luz y el ruido, que les hace ocultarse en las profundidades del lecho. Suspiró por su triste casa de Madrid. Allí estaba mejor; sentíase más fuerte, rodeada de recuerdos; se creía más segura del negro peligro que rondaba en torno de ella. Además, ansiaba ver á su hija. Renovales debía telegrafiar á su yerno. Ya habían corrido bastante por Europa; que volviesen; ella necesitaba ver á Milita.
Regresaron á Madrid á fines de Septiembre, y poco después se unieron á ellos los recién casados, satisfechos de su excursión, y más satisfechos aún de verse en tierra conocida. López de Sosa había sufrido conociendo gentes más poderosas que él, que le humillaban con el lujo de sus trenes. Su mujer deseaba vivir entre personas amigas para que admirasen su bienestar. Dolíase de la falta de curiosidad de aquellos países donde nadie se preocupaba de ella.
Josefina pareció animarse con la presencia de su hija. Ésta llegaba muchas tardes, ostentando su lujo, que aun parecía más estrepitoso en aquel Madrid veraniego, abandonado por la gente elegante, y se llevaba á su madre, paseándola en automóvil por las inmediaciones de la capital, corriendo los caminos llenos de polvo. Otras veces era Josefina la que, en un arranque de voluntad, vencía la torpeza de su cuerpo, yendo á casa de su hija (un piso principal de la calle de Olózaga) y admirando el confort moderno de que vivía rodeada.
El maestro parecía aburrido. No tenía retratos que pintar; le era imposible hacer nada en Madrid, saturado aún de la luz esplendente y los intensos colores de la playa mediterránea. Además, le faltaba la compañía de Cotoner, pues éste se había ido á una pequeña ciudad castellana, de histórica ranciedad, donde recibía con cómica altivez los honores debidos al genio, viviendo en el palacio del prelado y asesinando con una restauración infame varios cuadros de la catedral.
La soledad aguzaba en Renovales el recuerdo de la de Alberca. Ésta, por su parte, con gran abundancia epistolar, hacíase presente todos los días en la memoria del pintor. Le había escrito al pueblecillo de la costa y le escribía ahora á Madrid, queriendo saber cuál era su vida, interesándose por los más insignificantes detalles, relatándole la suya con una exuberancia que llenaba pliegos y pliegos, encerrando bajo cada sobre una verdadera historia.
El pintor seguía la existencia de Concha minuto por minuto, como si la estuviese presenciando. Le hablaba de Darwin, ocultando bajo este nombre á Monteverde; se quejaba de su frialdad, de su indiferencia, de aquel aire de conmiseración con que acogía su apasionamiento. «¡Ay, maestro, soy muy desgraciada!» Otros días la carta era triunfal, optimista: la condesa mostrábase radiante, y el pintor leía entre líneas su satisfacción, adivinaba su embriaguez tras aquellas entrevistas audaces, en la propia casa, desafiando la ceguera del marido. Y ella se lo contaba todo, con una confianza impúdica y desesperante, como si fuese de su mismo sexo, como si no pudiera sentir la más leve emoción ante estas confidencias.
En las últimas cartas mostrábase Concha loca de alegría. El conde estaba en San Sebastián para despedirse de sus reyes: una alta misión diplomática. Aunque no era de la carrera, le habían escogido como representante de la más solemne nobleza española, para llevar el Toisón á un principillo de uno de los más diminutos estados alemanes. El pobre señor, ya que no alcanzaba la áurea distinción, consolábase llevándola á otros con gran pompa. Renovales presentía en todo esta la mano de la condesa. Sus cartas irradiaban la alegría. Iba á quedarse sola con Darwin, pues el noble señor estaría ausente mucho tiempo. ¡La vida marital con el doctor, sin riesgos ni inquietudes!...
Renovales sólo leía estas cartas por curiosidad; ya no despertaban en él una emoción intensa y duradera. Se había acostumbrado á su situación de confidente: se enfriaba su deseo con la franqueza de aquella mujer que se libraba á él, comunicándole todos sus secretos. Su cuerpo era lo único que le quedaba por conocer; su vida interna la poseía como ninguno de sus amantes, y comenzaba á sentirse fatigado de esta posesión. La distancia y la ausencia le infundían una fría serenidad. Al acabar la lectura de estas cartas pensaba siempre lo mismo. «Está loca; ¿qué me importarán á mí sus secretos?...»
Transcurrió una semana sin que recibiese noticias de Biarritz. Los periódicos hablaban del viaje del respetable conde de Alberca. Ya estaba en Alemania, con todo su cortejo, preparándose á colocar el noble cordero sobre los principescos hombros. Renovales sonreía maliciosamente, sin emoción, sin envidia, al pensar en el silencio de la condesa. Su soledad la había traído, sin duda, grandes ocupaciones...
De pronto, una tarde tuvo noticias de ella del modo más inesperado. Salía Renovales de su hotel, á la puesta del sol, para dar un paseo por los altos del Hipódromo, á lo largo del Canalillo, contemplando Madrid desde esta eminencia, cuando en la puerta de la verja, un muchachillo de rojo dolmán, mandadero de una agencia, le tendió una carta. El pintor hizo un gesto de sorpresa al reconocer la letra de Concha. Cuatro renglones apresurados, nerviosos. Acababa de llegar aquella tarde en el exprés de Francia, con su doncella Mary. Estaba sola en casa. «Venga usted... Corra... Noticias graves; voy á morir.» Y el maestro corrió, aunque no le impresionase gran cosa este anuncio de muerte. Ya sería algo menos. Estaba acostumbrado á las exageraciones de la condesa.
La casa señorial de los Alberca tenía la sonoridad, la penumbra y el ambiente polvoroso de los edificios abandonados. No quedaba en ella otra servidumbre que el portero. Junto á la escalera jugueteaban sus hijos, como si aun no estuviesen enterados de la llegada de la señora. Arriba, los muebles estaban enfundados de gris; las lámparas con envoltorios de tela; los bronces y las lunas de los espejos, mates y como muertos bajo una capa de polvo. Mary le abrió la puerta, guiándole al través de los salones obscuros, de fétida atmósfera, con los balcones cerrados, faltos de cortinajes y sin otra luz que la que entraba por las rendijas.
En un gabinete tropezó con varias maletas, todavía llenas, caídas y olvidadas en la precipitación de una llegada anormal.
Al término de esta peregrinación, casi á tientas por la casa abandonada, vió una mancha de luz, la puerta del dormitorio de la condesa, la única habitación con vida, iluminada por el lejano resplandor del sol poniente. Concha estaba allí, junto á la ventana, hundida en un sillón, con el ceño fruncido, la mirada perdida, coloreada de un tono anaranjado por la luz moribunda.
Al ver al pintor, púsose de pie con un movimiento de resorte, extendió los brazos y corrió á él, como si la persiguiesen.
—¡Mariano! ¡Maestro! ¡Se fué!... ¡Me abandona para siempre!...
Su voz era un alarido: se abrazaba á él, hundiendo su cabeza en uno de sus hombros, mojándole la barba con las lágrimas que comenzaban á surgir de sus ojos cayendo gota á gota.
Renovales, á impulsos de la sorpresa, la repelió dulcemente, y la hizo volver al sillón.
—¿Pero quién se ha ido? ¿Quién es ese?... ¿Darwin?
Sí; él. Todo había acabado. La condesa apenas podía hablar; un hipo doloroso cortaba sus palabras. La rabia de verse abandonada y su orgullo pisoteado, revolvíanse haciendo temblar su cuerpo. Había huido en plena dicha, cuando ella creía tenerle más seguro, cuando gozaban de una libertad que nunca habían conocido. El señor estaba cansado; la amaba aún—según decía en una carta,—pero deseaba verse libre para continuar sus estudios. Huía agradecido á sus bondades, ahíto de tanto amor, para ocultarse en el extranjero y ser un grande hombre, no pensando más en mujeres. Así decía en los breves renglones que la había enviado al desaparecer. ¡Mentira, todo mentira! Ella adivinaba otras cosas. El miserable se había escapado con una cocotte, tras la cual se le iban los ojos en la playa de Biarritz. Una fea, de gracia canallesca, que debía enloquecer á los hombres con misteriosas variedades del pecado. ¡Las personas decentes cansaban á aquel señorito! Debía también sentirse ofendido porque no le alcanzaba la cátedra, porque no le habían hecho diputado. ¡Señor! ¿Qué culpa tenía ella de estos fracasos? ¿No había hecho todo lo posible?...
—¡Ay, Mariano! Yo creo que voy á morir. Esto no es amor; ya no le quiero: ¡le detesto! Es rabia, indignación, deseos de coger á ese mequetrefe... ansias de ahogarle. ¡Con tantas locuras que he hecho por él!... Señor, ¡dónde tenía yo los ojos!
Al verse abandonada no había sentado más que un deseo: correr en busca del buen amigo, del consejero, del hermano; ir á Madrid para ver á Renovales y contárselo todo, ¡todo!, impulsada por su necesidad de confesarse con él, de comunicarle hasta ciertos secretos cuyo recuerdo la hacía enrojecer.
No tenía en el mundo nadie que la amase desinteresadamente, nadie á excepción del maestro: y con la misma precipitación que si se viera abandonada en medio del desierto y de la noche, había corrido hacia él, pidiendo calor y amparo.
Este anhelo de ser protegida, recrudecíase en presencia del pintor. Volvía á ir á él, con los brazos abiertos, colgándose de su cuello, gimiendo con un terror de histérica, como si se creyera rodeada de peligros.
—Maestro: sólo le tengo á usted. ¡Mariano, usted es mi vida! ¿No me abandonará nunca? ¿Será siempre mi hermano?...
Renovales, aturdido por la precipitación de esta escena, por el impulso de aquella mujer que siempre le había repelido, y ahora de pronto se pegaba á él, no pudiendo sostenerse más que cogida á su cuello, intentaba desligarse de los brazos que le oprimían.
Después de la primera sorpresa persistía en él cierta frialdad. Sentíase molestado por esta desesperación orgullosa, que era obra del otro.
La deseada, la hembra del ensueño, venia á él, parecía abrirse con histérico bostezo, ansiosa de devorarle, sin darse cuenta tal vez de lo que hacía, empujada por la inconsciencia de su estado anormal; pero él se echaba atrás, con repentino miedo, indeciso y cobarde ante la acción, dolido de que la realidad de sus anhelos se presentara, no voluntariamente, sino á impulsos del desengaño y el abandono.
Concha se apretaba contra él, ansiosa de sentir la protección de su cuerpo vigoroso.
—¡Maestro! ¡amigo! ¡Usted no me abandonará! ¡Usted es bueno!...
Y cerrando los ojos, que ya no lloraban, besábale el musculoso cuello, elevaba la mirada húmeda, buscando su rostro en la penumbra. Apenas se veían: la habitación estaba en misterioso crepúsculo, con todos los objetos sumidos en la indecisión de un ensueño: la hora peligrosa que les había atraído por vez primera en la soledad del estudio.
De pronto, ella se separó con repentino terror, huyendo del maestro, refugiándose en las sombras más densas, perseguida por unas manos ávidas.
—¡No; eso no! ¡Nos traerá desgracias! Amigos... ¡amigos nada más, y por siempre!
Su voz, al decir esto, era sincera, pero débil, desfallecida; voz de víctima que se resiste é intenta defenderse sin fuerzas. El pintor, perdido en la sombra, sintió la bestial satisfacción del guerrero primitivo, que tras las largas hambres en el desierto, hartábase de las abundancias de la ciudad asaltada, entre rugidos salvajes.
Cuando despertó era de noche. La luz de los reverberos de la calle entraba por las ventanas con resplandor rojizo y lejano.
El artista se estremeció con una impresión de frío, como si emergiese de una onda, olorosa y susurrante, que le había envuelto, no recordaba cuánto tiempo. Sentíase débil, anonadado, con la inquietud del niño después de una mala acción.
Concha se lamentaba junto á él. ¡Qué locura! Todo había sido contra su voluntad: presentía grandes desgracias. Su miedo turbaba el placentero abandono, que la hacía permanecer inmóvil en las últimas dulzuras del sacrificio.
Ella fué la primera en recobrar la serenidad. Su silueta se elevó sobre el fondo luminoso de una ventana. Llamaba al pintor, que permanecía avergonzado en la sombra.
—Al fin... había de ser—dijo con firmeza.—Era un juego peligroso, y no podía terminar de otro modo. Ahora comprendo que te quería; que eras tú el único á quien yo puedo querer.
Renovales estaba junto á ella. Sus dos figuras marcaron una silueta única sobre el fondo luminoso de la ventana, con un estrujón supremo, como si quisieran confundirse, refugiarse una en otra.
Las manos de ella separaron suavemente los mechones que ocultaban la frente del artista... Le contempló con arrobamiento. Después le besó dulcemente en la boca, con caricia interminable, susurrando leves palabras.
—Marianito, maestro del alma... Te amo, te admiro. Seré tu esclava... No me dejes nunca... Te buscaría de rodillas... Tú no sabes cómo voy á quererte... No te me escaparás: tú lo has querido... pintor de mis entrañas... feo adorable... gigantón... ídolo mío.
V
Una tarde, á fines de Octubre, Renovales notó en su amigo Cotoner cierta inquietud.
El maestro bromeaba con él, haciéndole relatar sus trabajos de restaurador en el antiguo templo. Había vuelto más grueso, más alegre, con cierto lustre grasoso y sacerdotal. Se había traído, según decía Renovales, toda la salud de los canónigos. La mesa del obispo, con sus abundancias suculentas, era un dulce recuerdo para Cotoner. La ensalzaba y la describía, elogiando á aquellos buenos señores que, como él, vivían exentos de pasiones, sin otra voluptuosidad que la de una refinada nutrición. El maestro reíase imaginando la sencillez de los sacerdotes que por las tardes, después del coro, formaban grupo ante el andamio de Cotoner, siguiendo con admiración la labor de sus manos; el respeto de los familiares y demás gente palaciega, pendiente de los labios de don José, asombrados de tanta sencillez en un artista que era amigo de los cardenales y había hecho sus estudios nada menos que en Roma.
Al verle el maestro aquella tarde, grave y silencioso después del almuerzo, quiso saber cuál era su preocupación. ¿Se habían quejado de sus restauraciones? ¿Ya no le quedaba dinero?... Cotoner movió su cabeza. No era asunto suyo. Le preocupaba el estado de Josefina. ¿No se fijaba en ella?...
Renovales levantó los hombros. Era lo de siempre: la neurastenia, la diabetes, todas aquellas dolencias ya crónicas y de las que no quería curarse, desobedeciendo á los médicos. Estaba más enflaquecida, pero sus nervios parecían calmados; lloraba menos: manteníase en un mutismo triste, sin otro deseo que verse sola y permanecer en un rincón, mirando ante ella, sin ver nada.
Cotoner volvió á mover la cabeza. No era extraño el optimismo de Renovales.
—Llevas una vida muy rara, Mariano. Desde que regresé de mi viaje, eres otro; no te conozco. Antes no podías vivir sin pintar, y ahora pasan semanas enteras sin coger un pincel. Fumas, cantas, te paseas por el estudio, y de repente echas á correr, sales de casa y vas... adonde vas; adonde sé yo, y tal vez lo sospecha tu mujer... Parece que nos divertimos, maestro... ¡Y á los demás que los parta un rayo! Pero, hombre, baja de las nubes; fíjate en lo que te rodea; ten un poco de caridad.
Y el buen Cotoner lamentábase con vehemencia de la vida que llevaba el maestro; vida agitada por repentinas impaciencias y bruscas salidas, de las que regresaba distraído, con una débil sonrisa en los labios y una mirada vaga, como si saborease en interna contemplación la fiesta de recuerdos que traía en su memoria.
El viejo pintor mostrábase alarmado por la delgadez creciente de Josefina: una consunción feroz, que aun encontraba materias que destruir en su organismo, roído por varios años de enfermedad. La pobre mujercita tosía, y esta tos, que no era seca, sino prolongada en varios tonos y bruscas sacudidas, alarmaba á Cotoner.
—Debían verla los médicos otra vez.
—¡Los médicos!—exclamaba Renovales.—¿Y para qué? Toda una facultad ha pasado por aquí, y como si nada. No obedece; se niega á todo, tal vez por desesperarme, por llevarme la contraria. No hay peligro: tú no la conoces. Ahí, donde la ves tan débil, tan poquita cosa, vivirá más que tú, más que yo.
En su voz había temblores de cólera, como si le enfureciese el ambiente uraño de aquella casa, en la que no encontraba otra distracción que los gratos recuerdos que traía de fuera.
La insistencia de Cotoner acabó por obligarle á llamar á un médico amigo suyo.
Josefina se irritó, adivinando los cuidados que inspiraba su salud. Ella se sentía fuerte. No era más que un catarro; el invierno que llegaba. Y en sus miradas al artista había reproche é insulto, por esta atención, que consideraba una hipocresía.
Cuando después de examinar á la enferma se trasladaron al estudio, quedando frente á frente el pintor y el médico, éste se mostró indeciso, como si temiese formular sus ideas. Nada podía decir con certeza; era fácil engañarse en aquel organismo pobre que sólo se mantenía por una reserva vital extraordinaria... Después apeló al procedimiento evasivo de su profesión. Convendría sacarla de Madrid... otros aires... otra vida.
Renovales protestó. ¡Adónde ir, comenzado ya el invierno, cuando en pleno verano había querido ella volver á su casa! El médico levantó los hombros y redactó una receta, notándose en su gesto el deseo de escribir algo, de no marcharse sin dejar un papel como rastro de su paso. Explicó al marido varios síntomas, para que los observase en la enferma, y se fué, repitiendo su encogimiento de hombros, que revelaba indecisión y desaliento.
—¡Pchs! ¡Quién sabe!... ¡Tal vez! El organismo tiene reacciones inesperadas: reservas maravillosas para defenderse...
Estos consuelos enigmáticos alarmaron á Renovales. Espiaba con disimulo á su mujer, estudiando su tos, examinándola atentamente cuando ella no le veía. Ya no pasaban juntos la noche. Desde el casamiento de Milita, el padre ocupaba la habitación de ésta. Habían roto la esclavitud del lecho común que atormentaba su descanso. Renovales remediaba este alejamiento entrando en el dormitorio de Josefina por las mañanas.
—¿Has pasado la noche bien? ¿Quieres algo?
Los ojos de la mujer le acogían con una mirada de extrañeza, de hostilidad.
—Nada.
Y acompañaba este laconismo, revolviéndose en el lecho, para dejarle á su espalda con gesto despectivo.
El pintor acogía sus muestras de hostilidad con mansa resignación. Era su deber: ¡tal vez podía morirse! Pero esta posibilidad de la muerte no le conmovía, le dejaba frío, y se irritaba contra sí mismo, como si dentro de su pensamiento existiesen dos personalidades distintas... Se echaba en cara su crueldad, aquella glacial indiferencia ante la enferma, que sólo le producía un pasajero remordimiento.
Una tarde, en casa de la de Alberca, después de los audaces abandonos con los que parecían desafiar la santa calma del prócer, vuelto ya del viaje, el pintor habló tímidamente de su mujer.
—Vendré menos; no lo extrañes. Josefina está muy enferma.
—¿Mucho?—preguntó Concha.
Y en la chispa que pasó por su mirada, creyó ver Renovales algo conocido; un resplandor azul que había danzado ante él en la obscuridad de sus noches, con brillo infernal, turbando su conciencia.
—No: tal vez no sea nada. Yo creo que no es de peligro.
Sentía la necesidad de mentir. Se consolaba quitando importancia á la enfermedad. Creía descargarse, con este engaño voluntario, de la inquietud que le aguijoneaba. Era la mentira del que se sincera, fingiendo ignorar, la importancia del daño causado.
—No es nada—decía á su hija, que, alarmada por el aspecto de mamá, venía á pasar con ella todas las noches.—Un constipado; ronquera de invierno. Eso desaparecerá así que llegue el buen tiempo.
Hacía encender todas las chimeneas de la casa: una atmósfera de horno esparcíase por las habitaciones. Afirmaba á gritos, sin emoción alguna, que su mujer sólo sufría un resfriado, y al hablar con esta certeza, una voz extraña parecía gritarle dentro del cráneo: «Mentira; se muere. Se muere y tú lo sabes.»
Los síntomas de que le había hablado el médico, iban presentándose uno tras otro, con fatídica regularidad, en un engranaje mortal. Al principio sólo notó en ella una fiebre viva y continua, que parecía aumentarse á la caída de la tarde, con profundos estremecimientos. Después observó sudores, de una abundancia aterradora; sudores nocturnos que dejaban impresa en las sábanas la huella de su cuerpo. Y á este cuerpo mísero, cada vez más frágil, más esquelético, como si el fuego de la fiebre devorase hasta la última partícula de su grasa y sus músculos, no le quedaba otra envoltura y defensa que la piel, que también parecía liquidarse en eterna humedad. La tos era frecuente; rasgaba á todas horas con su escala de ronquidos fatigosos el silencio del hotel, y la débil mujercita se incorporaba buscando dónde ocultar los residuos de la erupción dolorosa que conmovía sus pulmones. Se quejaba de un continuo dolor en la base del pecho. Su hija la hacía comer, á costa de ruegos y caricias, llevándola la cuchara á la boca como si fuese una niña; pero la tos y la náusea cortaban la nutrición, espeliendo el alimento. Su lengua estaba seca. Se quejaba de una sed infernal que parecía devorarle las entrañas.
Así transcurrió un mes. Renovales, en su afán optimista, esforzábase por creer que la enfermedad no iría más lejos.
—No se muere, Pepe—decía con tono enérgico, como dispuesto á pelearse con el que se opusiera á esta afirmación.—No se muere, doctor. ¿No lo cree usted así?
El doctor contestaba con su eterno encogimiento de hombros. «Tal vez... Es posible.» Y como la enferma se negase con tenacidad á todo examen interior, iba enterándose de los síntomas por las revelaciones de la hija y el marido.
Á pesar de su esquelética delgadez, aumentaban de volumen algunas partes de su cuerpo. El vientre era mayor: las piernas ofrecían extraña particularidad: una, delgadísima, enjuta, marcando bajo la piel las estrecheces y amplificaciones de los huesos, sin el más leve almohadillado de grasa; la otra, enorme, de una gordura que jamás había tenido, con la piel tirante y blanca, marcando en ella las venas sus serpenteados de intenso azul.
Renovales hacía preguntas al doctor con gran ingenuidad. ¿Qué opinaba de estos síntomas? Y el médico bajaba la cabeza. No sabía; había que esperar: la Naturaleza tiene sus sorpresas. Pero después, como animado por repentina decisión, pretextó el deseo de escribir una receta, para hablar á solas con el marido en su estudio de trabajo.
—La verdad, Renovales... Me pesa esta comedia misericordiosa, buena para otros; pero usted es un hombre... Es una tisis galopante; tal vez asunto de días, tal vez asunto de pocos meses; pero se muere y yo no conozco el remedio. Si usted quiere, busque á otros.
¡Se muere!... Renovales quedó anonadado por la sorpresa, como si nunca hubiese creído en la posibilidad de este final. ¡Se muere!... Y después de la salida del médico, que se alejó con pasó más firme, como el que acaba de librarse de un grave peso, el pintor repitió mentalmente estas palabras, sin que le produjesen otro efecto que dejarlo absorto, en estúpida insensibilidad. ¡Se muere! ¿Pero era que realmente podía morir aquella mujercita, que tanto había pesado sobre su vida y cuya debilidad le inspiraba miedo?...
De pronto se vió paseando por el estudio, repitiendo en alta voz:
—¡Se muere! ¡Se muere!
Se lo decía á sí mismo para conmoverse, para prorrumpir en gemidos de dolor: pero su sensibilidad permanecía muda.
Josefina iba á morir; ¡y él estaba sereno! Sintió deseos de llorar: quiso llorar, con la voluntad imperiosa del que necesita cumplir un deber. Parpadeó, hinchando su pecho, conteniendo el aliento, esforzándose por abarcar con la imaginación esta desgracia; pero sus ojos permanecieron secos; sus pulmones aspiraron el aire con delicia; su pensamiento, duro y refractario, no se estremeció con ninguna imagen dolorosa. Era un pesar exterior, superficial, que no encontraba más que palabras, gestos y desordenados paseos: el interior seguía insensible, como si la certidumbre de aquella muerte lo hubiese congelado en plácida indiferencia.
Le atormentó la vergüenza de su monstruosidad. El mismo impulso que obligaba á los ascetas á imponerse mortales castigos por los pecados de su imaginación, le arrastró á él, con la fuerza del remordimiento, á la habitación de la enferma. No saldría de allí, arrostraría su desprecio silencioso, la acompañaría hasta el último momento, olvidando el sueño y el hambre. Sentía la necesidad de purificarse, con algo noble y generoso, de esta ceguera de su alma que le daba miedo.
Milita ya no pasó las noches al cuidado de su madre y pudo volver á su casa, con escasa satisfacción del marido, que sentía cierto placer con este retorno inesperado á su existencia de soltero.
Renovales no dormía. Después de media noche, cuando se marchaba Cotoner, paseaba en silencio por las habitaciones profusamente iluminadas; rondaba cerca del dormitorio; entraba en él para ver á Josefina en su lecho, sudorosa, agitada de vez en cuando por crueles toses, sumida en un sopor de muerte y tan enflaquecida, tan pequeña, que apenas si las ropas de la cama marcaban su insignificante bulto, como el cuerpo de un niño. Después el maestro pasaba el resto de la noche en un sillón, fumando, con los ojos muy abiertos, pero sumido el cerebro en la torpeza de la somnolencia.
Su pensamiento volaba lejos. Era en vano que se avergonzase de su crueldad: parecía hechizado por un poder misterioso, superior á sus remordimientos. Olvidaba á la enferma; se preguntaba lo que haría Concha á aquellas horas; la veía con la imaginación, desnuda y en impúdico abandono; recordaba las palabras, los estremecimientos, los gritos de sus entrevistas. Y cuando con gran esfuerzo se arrancaba á estos ensueños, iba como por expiación hasta la puerta de la enferma y escuchaba su aliento angustioso, poniendo el rostro compungido, pero sin poder llorar, sin aquella tristeza que en vano deseaba sentir.
Á los dos meses de enfermedad, Josefina no pudo permanecer en el lecho. Su hija la sacaba de él sin ningún esfuerzo, con la misma ligereza que si fuese una pluma, y permanecía en un sillón, pequeñísima, insignificante, desconocida, con un rostro descarnado que no presentaba de frente más que los grandes redondeles de los ojos y la nariz afilada como la hoja de un cuchillo.
Cotoner tenía que reprimir sus lágrimas al verla.
—¡No queda nada de ella!—decía al alejarse.—¡Nadie la conocería!
Su tos dolorosa sembraba en torno de ella el veneno de la muerte. Á su boca asomaba una espumilla blanca que parecía solidificarse en las comisuras de los labios. Sus ojos se agrandaban, adquirían una luz extraña, como si viesen más allá de las personas y las cosas. ¡Ay, estos ojos! ¡Qué estremecimiento de pavor despertaban en Renovales!...
Una tarde se fijaron en él, con la mirada intensa y tenaz que siempre le había aterrado. Eran ojos que le agujereaban la frente, que revolvían sus pensamientos.
Estaban solos; Milita se había ido á su casa; Cotoner dormitaba en un sillón del estudio. La enferma parecía más animada, con deseos de hablar, contemplando con cierta lástima al marido, sentado junto á ella, casi á sus pies.
Iba á morir; tenía la certeza de su muerte. Y una postrera rebelión de la vida que se resiste á extinguirse, el horror de la nada, hizo subir las lágrimas á sus ojos.
Renovales protestó con vehemencia, queriendo disfrazar su mentira entre gritos. ¿Morir?... ¡No había que pensar en eso!... Viviría; aun le quedaban muchos años de existencia feliz.
Ella sonrió como si le compadeciese. No admitía el engaño: sus ojos iban más allá que los de él; adivinaba lo impalpable, lo invisible que rondaba en torno de ella. Habló débilmente, pero con esa inexplicable solemnidad de la voz que emite sus últimos sonidos, del alma que se exterioriza por vez postrera.
—Moriré, Mariano, más pronto de lo que crees... más tarde de lo que yo deseo. Moriré, y tú quedarás tranquilo.
¡Él! ¡Él desearla la muerte!... Su sorpresa y su remordimiento le hacían ponerse de pie, bracear con fieros ademanes de protesta, agitarse con la misma violencia que si unas manos invisibles acabaran de desnudarle con rudo tirón.
—Josefina, no delires. Cálmate; ¡por Dios, no digas esos disparates!
Ella sonreía con una mueca dolorosa, horrible; pero luego su mísero rostro se hermoseaba con la serenidad del que se va, sin pesadillas ni delirios, en plena normalidad cerebral. Le hablaba con la inmensa conmiseración, con la piedad sobrehumana del que contempla el mísero río de la vida, saliéndose de su corriente, tocando ya con el pie las riberas de eterna sombra, de eterna paz.
—No quería irme sin decírtelo: muero sabiéndolo todo. No te muevas... no protestes. Bien conoces el poder que tengo sobre ti. Más de una vez te he visto mirarme aterrado, por la facilidad con que leo tus pensamientos... Hace años me convencí de que todo había acabado entre nosotros. Hemos vivido como buenos animalitos de Dios, comiendo juntos, durmiendo juntos, ayudándonos por necesidad; pero yo me asomaba á tu interior, miraba tu corazón... ¡nada! ni un recuerdo, ni una chispa de amor. He sido tu hembra, la buena compañera que cuida la casa y evita al hombre las preocupaciones pequeñas de la vida. Has trabajado mucho para envolverme en el bienestar, para que callase satisfecha y te dejara tranquilo. ¿Pero amor?... Nunca... Muchos viven como nosotros... muchos; casi todos. Yo no he podido; creía que la vida era otra cosa y no siento irme... No te enfurezcas, no grites. Tú no tienes la culpa, pobre Mariano... Fué un error el casarnos.
Se excusaba dulcemente, con una bondad que no parecía de este mundo, pasando generosa sobre las crueldades y los egoísmos de una vida que iba á dejar. Hombres como él eran excepcionales; debían vivir solos, en una existencia aparte, como los árboles grandes que absorben todo el jugo del suelo y no dejan crecer una sola planta en lo que abarcan sus raíces. Ella no tenía la fuerza del aislamiento: era débil; necesitaba para vivir la sombra de la ternura, la certeza de ser amada. Debía haberse unido á un hombre como todos; un ser simple lo mismo que ella, sin otros anhelos que los modestos apetitos de la vulgaridad. El pintor la había arrastrado en su ruta extraordinaria, fuera de los caminos fáciles y comunes que siguen los demás, y ella caía en mitad de la marcha, vieja en plena juventud, vencida por haberle acompañado en esta jornada superior á sus fuerzas.
Renovales agitábase en torno de ella con incesante protesta.
—¡Pero qué tonterías dices! ¡Deliras! Yo te he querido siempre, Josefina; te quiero...
Los ojos de ella tomaron una extraña dureza. El fulgor de la cólera pasó por sus pupilas.
—Calla, no mientas. Conozco un montón de cartas que tienes en el estudio, ocultas tras los volúmenes de tu librería. Las he leído una por una; he ido siguiendo su llegada; conocí tu escondrijo cuando sólo guardabas tres. Ya sabes que adivino todo lo tuyo; que tengo sobre ti cierto poder; que no puedes ocultarme nada. Conozco tus amores...
Renovales sintió que le zumbaban las sienes, que el suelo se escapaba bajo sus pies. ¡Qué asombrosa brujería!... Hasta las cartas, cuidadosamente ocultas, las había descubierto aquella mujer con su instinto adivinatorio.
—¡Mentira!—gritó enérgicamente para ocultar su turbación.—¡Nada de amor! Si las has leído, tú sabes lo que es tan bien como yo: pura amistad; cartas de una amiga que está algo loca.
La enferma sonrió con tristeza. Al principio era amistad, menos aún que esto, maligno entretenimiento de hembra caprichosa que gozaba jugueteando con un hombre célebre, infundiéndole los entusiasmos de un adolescente. Conocía á la compañera de su infancia; tenía la certeza de que no pasaría de ahí; por eso se apiadaba del pobre grande hombre, en plena imbecilidad amorosa. Pero después había ocurrido seguramente algo extraordinario, algo que no se explicaba y que había trastornado sus previsiones. Ahora su marido y Concha eran amantes.
—No lo niegues, es inútil. Esta certeza es la que me mata. Lo adiviné al ver que te quedabas abstraído, con una sonrisa de felicidad, como si saboreases tus pensamientos. Lo adiviné en la alegría con que cantabas por las mañanas al despertar, en el perfume de que venías impregnado, y que te seguía por todas partes. No necesitaba encontrar más cartas. Me bastaba olerte, percibir ese perfume de infidelidad, de carne de pecado, que te acompaña siempre. Tú, pobre hombre, entrabas en casa creyendo que todo se quedaba más allá de la puerta, y el olor de ella te sigue, te denuncia... Aun parece que lo percibo.
Y dilataba su nariz, aspirando el aire con gesto de dolor, cerrando los ojos, como si quisiera huir de las imágenes que este perfume evocaba en ella. El marido persistió en sus protestas al convencerse de que no poseía otras pruebas de su infidelidad. ¡Todo mentiras! ¡Todo delirios!...
—No, Mariano—murmuró la enferma.—Ella está dentro de ti; te llena la cabeza: desde aquí la veo. Antes ocupaban su sitio mil fantasías disparatadas, ilusiones de tu gusto, mujeres desnudas, liviandades que eran tu devoción. Ahora es ella la que lo llena todo; es tu deseo hecho carne... Quedaos y sed felices. Yo me voy... falta sitio en el mundo para mí.
Calló un momento y á sus ojos subieron las lágrimas otra vez, con el recuerdo de los primeros años de vida común.
—Nadie te ha querido como yo, Mariano—dijo con nostálgica dulzura.—Te miro ahora como si fueses un extraño, sin cariño y sin odio. ¡Y sin embargo, no ha habido en el mundo una mujer que amase á su marido con mayor apasionamiento!
—Yo te adoro, Josefina. Te amo lo mismo que cuando nos conocimos. ¿Te acuerdas?
Pero en su voz, á pesar de la emoción que pretendía darla, sonaba la falsedad.
—No te esfuerces, Mariano, es inútil; todo acabó. Ni tú me quieres, ni queda en mí nada de lo que fué...
En su rostro había un gesto de extrañeza, de asombro; parecía espantada de su misma serenidad que le hacía perdonar, de esta indiferencia final para el hombre que tanto la había hecho sufrir. En su imaginación, veía un jardín inmenso; flores que parecían inmortales, y se secaban y caían al llegar el invierno. Después su pensamiento seguía más allá, por encima de los fríos de muerte. Las nieves se liquidaban, brillaba otra vez el sol; llegaba la nueva primavera, con su cortejo de amores, y las ramas secas reverdecían con una segunda vegetación.
—¡Quién sabe!—murmuró la enferma con los ojos cerrados.—Tal vez, después que yo muera, te acordarás de mi... Tal vez me quieras algo... y me recuerdes... y sientas agradecimiento hacia la que tanto te amó. Lo que se pierde es lo que se desea...
Calló la enferma, anonadada por tanto esfuerzo; se sumió en aquel sopor fatigoso, que para ella equivalía al descanso. Renovales, después de esta conversación, se vió en un estado de vil inferioridad ante su mujer. Lo sabía todo y le perdonaba. Había seguido el curso de sus amores, carta por carta, gesto por gesto, adivinando en sus sonrisas los recuerdos de la infidelidad, oliendo á todas horas el cuerpo de la otra en el perfume que impregnaba sus ropas; husmeando tal vez, durante noches enteras de cruel desvelo, aquella esencia de pecado, inadvertida para los demás, pero que ella percibía con la agudeza de sus sentidos. ¡Y callaba! ¡Y moría sin protesta! ¡Y él no caía á sus pies, pidiéndola perdón! ¡Y permanecía insensible, sin una lágrima, sin un suspiro!
Tuvo miedo de verse á solas con ella. Milita volvió á quedarse en la casa para cuidar á su madre. El maestro se refugiaba en su estudio; quería olvidar, trabajando, á aquel cuerpo moribundo que se extinguía bajo el mismo techo.
Pero en vano arrojaba colores en la paleta, y cogía los pinceles, y preparaba lienzos. No hacía más que embadurnar; le era imposible seguir adelante, como si de pronto hubiese olvidado su arte. Volvía la cabeza con inquietud, creyendo que Josefina iba á entrar de pronto, continuándose aquella entrevista en la que había puesto al descubierto su grandeza de alma y la ruindad de él. Necesitaba volver á sus habitaciones, ir de puntillas hasta la puerta del dormitorio, para convencerse de que estaba allí, cada vez más exigua, escuchando á su hija con una sonrisa de calavera que ajustaba la piel á las obscuras oquedades de sus huesos.
Su demacración era espantosa: no encontraba límites. Cuando parecía haber llegado al último extremo, todavía sorprendía con nuevos encogimientos, como si tras la desaparición total de la carne fuese liquidándose el mísero esqueleto.
Algunas veces atormentábala el delirio, y su hija, conteniendo las lágrimas, acogía con palabras de aprobación los disparatados viajes que proyectaba, sus propósitos de irse muy lejos, para vivir con Milita en un jardín, donde no encontrasen hombres, donde no existiesen pintores... ¡nada de pintores!
Aun vivió unos quince días. Renovales, con cruel egoísmo, ansiaba descansar, lamentándose de esta existencia anormal. Si había de morir, ¡por qué no acababa cuanto antes, devolviendo la tranquilidad á todos los de la casa!...
Ocurrió el suceso una tarde, á la hora en que el maestro, tendido en un diván de su estudio, releía las dulces quejas de una cartita perfumada. ¡Tantos días sin verle! ¿Cómo seguía la enferma? Reconocía que su deber estaba allí: la gente murmuraría si la visitaba. Pero ¡ay! ¡era tan penosa esta separación!...
No pudo acabar de leer. Entró Milita en el estudio, con expresión azorada, llevando en los ojos ese terror, ese asombro que infunde la presencia de la muerte, el roce de su paso, aunque se aguarde su llegada.
Su voz tenía bruscas sacudidas. Mamá... estaba hablando con ella, la halagaba con la esperanza de un próximo viaje... y de pronto un ronquido... la cabeza inclinándose antes de caer sobre el hombro... un momento... nada... ¡lo mismo que un pajarito!
Renovales corrió al dormitorio, tropezándose con su amigo Cotoner, que salía del comedor, corriendo también. La vieron en un sillón, encogida, plegada, con esa flacidez mortal que convierte el cuerpo en blando pingajo. Todo había acabado.
Milita tuvo que coger á su padre; sostenerlo con su vigor de muchacha fuerte; ser ella la que guardase la serenidad y la energía en el crítico momento. Renovales se dejaba manejar por su hija; apoyaba el rostro en un hombro de ella, con dolor sublime, teatral, una hermosa desesperación de artista, conservando aún en su mano, distraídamente, la carta de la condesa.
—Valor, Mariano—decía el pobre Cotoner con voz cargada de lágrimas.—Hay que ser hombres... Milita, lleva á tu padre al estudio... Que no la vea...
El maestro se dejó conducir por su hija, suspirando con fuertes resoplidos, queriendo llorar, con inútiles esfuerzos. Las lágrimas no llegaban. Su atención no podía concentrarse: la distraía una voz interior, la voz de las grandes tentaciones.
Había muerto y quedaba libre. Seguiría su camino, ligero, dueño de sí mismo, sin fatigosa impedimenta. ¡Á él la vida con todos sus goces; el amor sin miedos ni escrúpulos; la gloria con sus dulces réditos!...
Iba á comenzar una segunda existencia.
TERCERA PARTE
I
Hasta principios del invierno siguiente, no volvió Renovales á Madrid. La muerte de su mujer le dejó estupefacto, como si dudase de su realidad, como si sintiera extrañeza al contemplarse solo y dueño de sus acciones. Cotoner, viéndole sin deseos de trabajar, tendido en los divanes del estudio, con un gesto vago, cual si soñase despierto, interpretaba su estado como un inmenso dolor sordo y silencioso. Además, le molestaba que la condesa, apenas muerta Josefina, frecuentase el hotel para visitar al ilustre maestro y á su querida Milita.
—Debes irte—aconsejaba el viejo artista.—Eres libre; lo mismo vivirás en cualquier parte que aquí. Te conviene un viaje largo: eso te distraerá.
Y Renovales emprendió su viaje con la alegría de un estudiante, libre por vez primera de la vigilancia de la familia. Solo, rico y dueño de sus actos, se creyó el ser más feliz de la tierra. Su hija tenía á su marido, formaba familia aparte; él se veía en grato aislamiento, sin preocupaciones, sin deberes, sin otros lazos que los dulcísimos de aquellas cartas interminables de Concha, que le salían al encuentro en su viaje. ¡Oh, libertad feliz!...
Vivió en Holanda, estudiando sus museos, que no conocía; después, en un capricho de pájaro errante, descendió á Italia, saboreando algunos meses de vida fácil, sin trabajo, visitando estudios, recibiendo los honores debidos á un maestro célebre, en los mismos sitios donde había luchado pobre y desconocido. Luego se trasladó á París, acabando por atraerle la condesa, que estaba en Biarritz veraneando con su esposo.
El estilo epistolar de Concha se hacía más apremiante; mostraba nuevas exigencias al prolongarse el periodo de separación. Debía volver; ya había viajado bastante. Ella se aburría no viéndole; le amaba, no podía vivir sin él. Además, como supremo recurso, le hablaba de su marido, del conde, que, en su eterna ceguera, unía sus súplicas á las de su esposa, rogándola que invitase al artista á pasar una temporada en su hotel de Biarritz. El pobre maestro debía sentirse muy triste en su viudez, y el prócer bondadoso tenía empeño en consolar su soledad. En su casa le distraerían; serían para él una nueva familia.
El pintor vivió gran parte del verano y todo el otoño en el ambiente grato de aquel hogar, que parecía creado para él. La servidumbre le respetaba, adivinando en Renovales al verdadero amo. La señora, delirante por la larga ausencia, mostrábase tan audaz en sus arrebatos, que el artista tenía que contenerla, recomendando prudencia. El noble conde de Alberca le rodeaba de una simpática conmiseración. ¡Pobre é ilustre amigo! ¡Verse privado de su compañera! Y el hombre de las condecoraciones demostraba, con noble gesto, el horror que le infundía la posibilidad de verse viudo, sin aquella esposa que tan dichoso le hacía.
Al comenzar el invierno volvió Renovales á su hotel. Ni la más leve emoción experimentó al verse en los tres grandes estudios, al recorrer aquellas habitaciones que parecían más heladas, más grandes, más sonoras, ahora que no se conmovían con otros pasos que los suyos. Creyó que no había transcurrido un año. Todo estaba lo mismo, como si su ausencia sólo fuese de unos cuantos días. El amigo Cotoner había cuidado bien la casa, haciendo trabajar al matrimonio que ocupaba la portería y al antiguo doméstico encargado de la limpieza de los estudios, única servidumbre que Renovales conservaba. Ni polvo sobre los objetos, ni atmósferas densas de larga clausura en las habitaciones. Todo aparecía brillante, limpio, como si la vida no se hubiera interrumpido en aquella casa. El sol y el aire habían penetrado á raudales por las ventanas, disolviendo aquella atmósfera de enfermedad que Renovales había dejado al irse, y en la que creía percibir el roce del invisible ropaje de la Muerte.
Era una casa nueva, semejante en su forma á la que había conocido antes, pero con la frescura y la sonoridad de los edificios recién construidos.
Fuera de su estudio, nada le recordaba á la esposa muerta. Evitó entrar en su dormitorio; no preguntó siquiera quién guardaba la llave. Durmió en el cuarto que había sido de su hija, en su camita de soltera, con la satisfacción de llevar una vida modesta y sobria en aquel hotel de señorial aspecto.
Tomaba su almuerzo en el comedor, en un extremo de la mesa, sobre una servilleta, cohibido por las dimensiones y el lujo de esta pieza, que ahora le parecía enorme é inútil. Miraba distraído un sillón, cercano á la chimenea, donde muchas veces se había sentado la muerta. El asiento, con los brazos abiertos, parecía esperar aquel cuerpecillo estremecido por encogimientos de pájaro. Pero el pintor no sentía emoción alguna. Ni siquiera podía recordar fielmente en su imaginación la cara de Josefina. ¡Había sufrido tantas transformaciones!... La última, aquella máscara esquelética, era la que evocaba mejor; pero le repelía, en su egoísmo de hombre feliz y fuerte, que no quiere entristecerse con penosos recuerdos.
No veía su imagen en ninguna parte de la casa. Parecía haberse evaporado para siempre, sin dejar el menor roce de su cuerpo en las paredes que tantas veces habían servido de apoyo á su andar vacilante, en los pisos que apenas si sentían el peso de sus débiles pies. Nada: estaba bien olvidada. En el interior de Renovales no quedaban otros vestigios de los largos años de unión, que un sentimiento penoso, un recuerdo molesto, que le hacía gustar con mayor placer su nueva existencia.
Sus primeros días, en la soledad de la casa, fueron de intensos y nuevos goces. Después del almuerzo se tendía en un diván del estudio, contemplando las espirales azules de su cigarro. ¡Libertad completa! ¡Solo en el mundo! La vida entera para él, sin preocupación alguna, sin miedos. Podía ir y venir sin que unos ojos espiasen sus acciones, sin que una boca amarga turbase con reproches su plácida calma. Aquella puertecilla del estudio, que antes miraba con zozobra, no se abriría más para dar paso al enemigo. Podía cerrarla aislándose del mundo; podía abrirla haciendo entrar por ella, en ruidoso chorro de escándalo, todo cuanto se le antojase; batallones de bellezas desnudas, para pintarlas en revuelta bacanal; extrañas bayaderas de ojos negros y vientre descubierto que danzasen con mórbido abandono sobre los tapices del estudio: todas las ilusiones desordenadas de su deseo, las monstruosas fiestas de imaginación con que había soñado en sus tiempos de servidumbre. Él no sabía ciertamente dónde encontrar todo esto, ni tenía gran empeño en buscarlo; pero le bastaba la certeza de poderlo realizar sin obstáculo alguno.
Esta conciencia de su libertad absoluta, en vez de impulsarle á la acción, le mantenía en dulce quietud, satisfecho de poder hacerlo todo, sin que su voluntad osase intentar nada. En otros tiempos agitábase furioso, lamentando sus cadenas. ¡Las cosas que pintaría él, de ser libre! ¡Los escándalos que provocaría con sus audacias! ¡Ay, si no estuviese unido á una mezquina burguesa que intentaba reglamentar su arte con la misma corrección y dignidad que tenía para las visitas ó para los gastos de la casa!...
Y ahora que la burguesa no existía, el artista quedaba en grata somnolencia, contemplando los lienzos empezados un año antes, mirando como un enamorado tímido á su paleta abandonada, diciéndose con una falsa energía: «De mañana no pasa; mañana empiezo.»
Y al día siguiente llegaba mediodía, y con él el almuerzo, antes de que Renovales hubiese llegado á coger el pincel. Leía periódicos extranjeros, revistas de arte, enterándose con curiosidad profesional de lo que exponían y trabajaban los pintores famosos de Europa. Recibía la visita de ciertos compañeros humildes, y ante ellos se lamentaba de la insolencia de la juventud, de sus avances irrespetuosos, con una sequedad de artista ilustre que empieza á envejecer, y cree que con él se extingue el talento y nadie vendrá detrás de sus pasos. Luego le embargaba la modorra de la digestión, lo mismo que á Cotoner, y sentía dulces desfallecimientos, la felicidad de no hacer nada. Para vivir bien, tenía riquezas de sobra. Su hija, que era su única familia, encontraría á su muerte más de lo que esperaba. Había trabajado bastante. La pintura, lo mismo que todas las artes, era una mentira bonita, por cuyos progresos se agitaban los hombres como locos, hasta odiarse con impulsos de muerte. ¡Qué necedad! Era mejor permanecer en dulce calma, saboreando la alegría de la propia existencia, embriagándose en los sencillos goces animales, sintiéndose vivir. ¿Qué importaban unos cuantos cuadros más en aquellos enormes palacios llenos de lienzos, desfigurados por los siglos, que no conservaban tal vez una sola pincelada como la dieron sus autores? ¿Qué le importaba á la humanidad, que cambia de sitio cada docena de siglos, y ha visto caer las grandes soberbias de los hombres fabricadas con mármoles y granitos, que un tal Renovales produjera unos hermosos juguetes de tela y colores, que podía destruir una colilla de cigarro, ó roer en unos cuantos años un soplo de viento, una gota de agua filtrándose por la pared?...
Pero este pesimismo desvanecíase cuando alguien le llamaba «ilustre maestro», ó así que veía su nombre en un periódico y un discípulo ó un admirador mostraba curiosidad por su trabajo.
Ahora descansaba. Aun no estaba repuesto de la emoción sufrida. ¡La pobre Josefina!... Pero iba á trabajar mucho; se sentía con nuevas fuerzas para obras más grandes que las ya conocidas. Y después de estas exclamaciones, le acometía un deseo loco de trabajo y enumeraba los cuadros que llevaba en su pensamiento, insistiendo en su originalidad. Eran problemas audaces de color, nuevos procedimientos técnicos que se le ocurrían. Pero estos propósitos no rebasaban el límite de la palabra; no llegaban jamás al pincel. Parecían rotos ó enmohecidos los resortes de su voluntad, antes vibrantes y vigorosos. No sufría, no deseaba. La muerta se había llevado su fiebre de trabajo, su inquietud de artista, dejándolo en este limbo de bienestar y tranquilidad.
Por las tardes, cuando lograba arrancarse á la dulce torpeza, á la ligera punta de embriaguez que le retenía inmóvil, iba á ver á su hija, si es que estaba en Madrid, pues con gran frecuencia acompañaba á su marido en sus excursiones de automovilista. Después acababa la tarde en casa de la de Alberca, donde permanecía muchas veces hasta media noche.
Comía allí casi todos los días. La servidumbre miraba á don Mariano con respeto, adivinando el lugar que ocupaba cerca de la señora. El conde, acostumbrado al trato del artista, mostraba tanto empeño en verle como su esposa. Hablaba con entusiasmo del retrato que había de hacerle Renovales, para que formase pareja con el de Concha. Sería más adelante, cuando conquistase ciertas condecoraciones extranjeras que faltaban en su catálogo de glorias. Y el artista sentía cierto remordimiento al escuchar las simplezas del buen señor, mientras su esposa, con una audacia loca, le acariciaba con los ojos, se inclinaba hacia él, como si fuese á desplomarse en sus brazos, y buscaba su contacto por debajo de la mesa.
Luego, apenas se ausentaba el marido, se iba sobre Mariano con los brazos abiertos, hambrienta, desafiando la curiosidad de los criados. Le parecía más dulce el amor amenazado de peligros. Y el artista se dejaba adorar con cierto orgullo. Él, que al principio de esos amores era el que suplicaba y perseguía, encerrábase ahora en una pasividad superior, aceptando los homenajes de Concha, anhelante y vencida.
Falto Renovales de entusiasmo para el trabajo, se refugiaba para sostener su renombre en los honores oficiales que se conceden á los maestros respetados. Dejaba para el día siguiente la obra nueva, la magna obra que debía levantar nuevos voceríos de admiración en torno de su nombre. Pintaría su famoso cuadro de Friné en una playa, cuando llegase el verano y pudiera huir á la costa solitaria, llevando con él á la belleza perfecta que le serviría de modelo. Tal vez convenciese á la condesa. ¡Quién sabe!... Sonreía con cierta satisfacción, cada vez que escuchaba de sus labios el elogio de sus bellas desnudeces. Pero entretanto exigía el maestro que la gente se acordase de su nombre por sus trabajos anteriores, que le admirara por las obras que había producido.
Irritábase contra los periódicos, que ensalzando á la gente joven, sólo se acordaban de él para citarle de paso, como una gloria consagrada, como un señor que hubiese muerto y tuviera sus lienzos en el museo del Prado. Le agitaba esa cólera sorda del cómico, que agoniza de envidia, viendo la escena ocupada por otros.
Quería trabajar; iba á trabajar inmediatamente. Pero así como transcurría el tiempo, sentía una creciente pereza cerebral que le imposibilitaba para la acción; un entorpecimiento de manos, que ocultaba hasta á sus más íntimos, avergonzado al recordar su ligereza y facilidad de otros tiempos.
—Esto pasará—se decía con la confianza del que no duda en su talento.
En uno de sus caprichos imaginativos, se comparaba con los perros inquietos, fieros y acometedores cuando los atormenta el hambre, y blandos y pacíficos si los rodea el bienestar. Él necesitaba sus tiempos de avidez é inquietud, cuando lo deseaba todo, cuando no disponía de la paz del trabajo, y tras los disgustos conyugales acometía al lienzo como si fuese un enemigo, lanzándole el color furiosamente, en bofetadas de luz. Aun después de ser rico y célebre, había tenido algo que pedir. «¡Si yo tuviese tranquilidad! ¡Si fuese dueño de mi tiempo! ¡Si viviese solo, sin familia, sin preocupaciones, como debe vivir el verdadero artista!» Y bien; se cumplían sus anhelos; nada tenía que esperar, pero sentía una pereza semejante al agotamiento, con esta ausencia de todo deseo, como si la cólera y la inquietud fuesen para él un espolonazo interno de la inspiración.
Le atormentaba el hambre de celebridad; creía haber muerto obscuramente al transcurrir los días sin que le nombrasen. Se imaginaba que la juventud le volvía la espalda para mirar en distinta dirección, almacenándole entre los consagrados, admirando á otros maestros. Su orgullo de artista le hizo buscar ocasiones de notoriedad, con la inocencia de un principiante. Él, que tanto se había burlado del mérito oficial y de los rediles de las Academias, se acordó de pronto que hacía varios años le habían elegido miembro de la de Bellas Artes después de uno de sus triunfos.
Cotoner mostró asombro al ver la importancia que daba de pronto á esta distinción no solicitada, de la que se había reído siempre.
—Eran bromas de joven—dijo el maestro con gravedad.—La vida no puede tomarse siempre á risa. Hay que ser serios, Pepe; vamos para viejos, y no siempre hay que burlarse de cosas que en el fondo son respetables.
Además, se acusaba de grosería. Aquellos dignos personajes, á los que había comparado muchas veces con toda clase de animales, extrañarían que transcurriesen los años sin que él se preocupara de ocupar su sitio. Había que ir á la recepción académica. Y Cotoner, por encargó suyo, corrió con todos los preparativos; desde llevar la noticia á aquellos señores, para que fijasen la fecha de la artística solemnidad, hasta ocuparse del discurso del nuevo académico. Porque Renovales se enteró con cierto temor de que había de leer un discurso... ¡Él, que acostumbrado al manejo del pincel y por la descuidada educación de su niñez, cogía la pluma con cierta torpeza y hasta en sus cartas á la de Alberca prefería representar con graciosas figuras sus frases de pasión, á encerrarlas en letras!...
El viejo bohemio le sacó del apuro. Conocía bien á su Madrid. Los bastidores de esa vida que se exterioriza en las columnas de los periódicos no tenían misterios para él. Renovales leería un discurso tan magnífico como los de otros.
Y una tarde le llevó al estudio á un tal Isidro Maltrana, joven pequeñín, feo, con enorme cabeza y un aire de aplomo y audacia que disgustó en el primer momento á Renovales. Iba bien trajeado, pero con las solapas sucias de ceniza y el cuello del gabán moteado de caspa. El pintor notó que olía á vino. Al principio le tributó pomposamente el título de maestro, pero á las pocas palabras ya le llamaba por su apellido, con una llaneza desconcertante. Se movía en el estudio como si fuese suyo, como si toda su vida la hubiese pasado en él, sin admirar sus bellezas decorativas.
No tenía inconveniente en encargarse del discurso. Era su especialidad. Las recepciones académicas y los trabajos para los señores del Congreso constituían su mejor finca. Comprendía que el maestro necesitase de él. ¡Un pintor!...
Y Renovales, á quien comenzaba á hacerse simpático el tal Maltrana, á pesar de su osadía, se irguió con la majestad de su renombre. Si se tratase de hacer un cuadro para aquel acto, allí estaba él. ¡Pero un discurso!...
—Convenidos: tendrá usted el discurso—dijo Maltrana.—Es tarea fácil, conozco la receta. Hablaremos de las sanas tradiciones; abominaremos de ciertas audacias y novedades de la juventud inexperta, que estaban muy en su lugar hace veinte años, cuando usted comenzaba, pero que ahora son extemporáneas... ¿Le parece á usted bien un palito al modernismo?
Renovales sonrió, encantado de la llaneza con que hablaba este joven de su próxima obra y movió una mano con significativo balanceo. ¡Hombre! Así, así... Un justo medio estaría bien.
—Comprendido, Renovales: halagar á los viejos y no reñir con los jóvenes. Es usted un maestro de veras. Quedará usted contento.
Con una serenidad de tendero, antes de que el pintor hablase de la retribución, abordó él este asunto. Eran dos mil reales; ya se lo había dicho á Cotoner. La tarifa pequeña; la que había fijado para las personas que apreciaba.
—Hay que vivir, Renovales... Tengo un hijo.
Y su voz se tornó grave al decir esto; su rostro, feo y cínico, se ennobleció un instante, reflejando las inquietudes del amor paternal.
—Un hijo, querido maestro, por el que hago todo lo que se presenta. Si es preciso robaré. Es lo único que tengo en el mundo. La madre murió de miseria en el hospital. Yo soñaba con ser algo, pero un rorro no deja pensar en tonterías. Entre la esperanza de ser célebre y la certeza de comer... lo primero es comer.
Pero esta ternura del hombrecillo duró poco. Volvió á recobrar su gesto audaz de mercenario, que atravesaba la vida acorazado en su cinismo, desengañado por la desgracia, poniendo precio á todos sus actos. Quedaban convenidos en la cantidad: la recibiría cuando entregase el discurso.
—Y si usted lo imprime, como espero—dijo al irse,—yo me ocuparé de las pruebas sin pedir suplemento. Eso porque se trata de usted; porque soy su admirador.
Renovales pasó varias semanas preocupado por su recepción, como si fuese el suceso más importante de su vida. La condesa se interesaba igualmente en los preparativos. Ella haría que fuese una solemnidad elegante; algo parecido á las recepciones de la Academia Francesa, descritas en periódicos y novelas. Asistirían todas sus amigas. El gran pintor leería su discurso, contemplado por cien miradas interesantes, entre el aleteo de los abanicos y el rumor de las conversaciones. Un éxito inmenso que haría rabiar á muchos artistas, ansiosos de crearse relaciones en el gran mundo.
Pocos días antes de la solemnidad, le entregó Cotoner un paquete de papeles. Era una copia del discurso, en magnífica letra; ya estaba pagado. Y Renovales, con instinto de cómico, deseoso de hacer buena figura, pasó una tarde dando zancadas de estudio en estudio, con el cuaderno en una mano y acompañando con enérgicos ademanes de la otra los párrafos leídos en alta voz. ¡Tenía talento aquel Maltranita descarado! Era una obra que entusiasmaba su simpleza de artista, ajeno á todo lo que no fuese pintar; una serie de trompetazos gloriosos en los que se mezclaban nombres, muchos nombres; admiraciones en retórico trémolo; síntesis históricas tan redondas, tan completas, que no parecía sino que la humanidad había vivido desde el principio del mundo pensando en el discurso de Renovales y midiendo sus actos, para que éste les diese una determinada interpretación.
Sentía el artista escalofríos de sublimidad, repitiendo en elocuente carretilla los nombres griegos, muchos de los cuales le sonaban, no sabiendo ciertamente si eran de grandes escultores ó de poetas trágicos. Después adquiría cierto aplomo al encontrarse con Dante y Shakespeare. Á éstos los conocía mejor; sabia que no habían pintado, pero que debían figurar en todo discurso digno de respeto. Y al llegar á los párrafos sobre el arte moderno, le parecía tocar tierra firme sonriendo con cierta superioridad. Maltranita no entendía gran cosa de esta materia; apreciaciones superficiales de profano; pero escribía bien, muy bien; él no lo hubiese hecho mejor... Y estudió su discurso, hasta el punto de repetir muchos párrafos de memoria, preocupándose además de la pronunciación de los nombres enrevesados, tomando lecciones de los amigos que consideraba de mayor cultura.
—Es por el buen parecer—decía con sencillez.—Es porque, aunque yo no sea más que un pintor, no consiento que me tomen el pelo.
El día de la recepción almorzó mucho antes de mediodía. Apenas tocó los platos; le causaba cierta inquietud esta ceremonia, que no había visto nunca. Á su zozobra se unía la molestia que experimentaba cada vez que había de atender al cuidado de su persona.
Los largos años de existencia matrimonial le habían habituado á no preocuparse de las necesidades menudas y ordinarias de la vida. Si tenía que presentarse con un traje que no era el ordinario, las manos de la madre ó de la hija arreglaban hábiles y ligeras el adorno de su persona. Aun en los momentos de mayor hostilidad, cuando él y Josefina apenas se hablaban, notaba en torno el escrupuloso orden de aquella excelente directora de la casa, que le allanaba los obstáculos, evitándole vulgares inquietudes.
Cotoner estaba ausente; el criado había ido á casa de la condesa para entregarla unas invitaciones reclamadas á última hora para ciertas amigas. Renovales se decidió á vestirse solo. Su yerno y su hija vendrían por él, á las dos. López de Sosa tenía empeño en llevarle hasta la Academia en automóvil, buscando, sin duda con esto, un pequeño rayo de los esplendores de gloria oficial que iban á derramarse sobre su suegro.
Renovales se vistió, después de bregar con las pequeñas dificultades de la falta de costumbre. Mostraba la torpeza de un niño, falto de los auxilios de la madre. Cuando al fin se contempló con cierta satisfacción en un espejo, con el frac puesto y la corbata regularmente anudada, lanzó un suspiro de descanso. ¡Por fin!... Ahora las placas, la banda. ¿Dónde encontraría estos honoríficos juguetes?... Desde la boda de Milita no se los había puesto: la pobre muerta los habría guardado. ¿Dónde encontrarlos? Y con precipitación, temiendo que transcurriese el tiempo y le sorprendiesen sus hijos sin haber terminado el adorno de su persona, comenzó á buscar, de habitación en habitación, sofocado, jurando de impaciencia, con el atolondramiento de andar á ciegas sin recordar nada preciso. Entró en el cuarto que servía de vestuario á su esposa. Tal vez tuviese guardadas en él las condecoraciones. Abrió con nervioso tirón las puertas de los grandes armarios que cubrían las paredes... Ropas y más ropas.
Al olor balsámico de las maderas, que hacía pensar en la silenciosa calma de los bosques, uníase un perfume sutil y misterioso, perfume de años, de bellezas muertas, de recuerdos extinguidos; algo semejante á la sensación que dan al olfato las flores secas. Desprendíase este olor de las masas de telas colgadas; vestidos blancos, negros, rosa, azules, con los colores apagados y discretos, los encajes mustios y amarillentos, guardando en sus pliegues algo de perfume vital del cuerpo que habían cubierto. Todo el pasado de la muerta estaba allí. Con cierta preocupación supersticiosa, había almacenado los trajes de las diversas épocas de su existencia, como si temiese el desprenderse de ellos, arrojar una parte de su vida, un fragmento de su piel.
El pintor miraba algunos de estos trajes con la misma emoción que si fuesen viejos y olvidados amigos, que se presentaban de pronto, con la sorpresa de lo inesperado. Una falda rosa, le recordaba los buenos tiempos de Roma; un traje completo azul, le hacía ver con la imaginación la plaza de San Marcos y creía sentir el aleteo de los palomos y oir como un zumbido lejano la ruidosa cabalgata de las Walkyrias. Los trajes sombríos y pobres, del cruel período de lucha, colgaban en el fondo de un armario, como hábitos de mortificación y sacrificio. Un sombrero de paja, alegre como un susurro de bosque estival, cargado de flores rojas, de pámpanos, de cerezas, parecía sonreirle desde lo alto de un estante. ¡Ay, también lo conocía! Muchas veces se había clavado en la frente su filo dentado de paja, cuando á la puesta del sol, en los caminos de la campiña romana, se agachaba él, teniendo en un brazo el talle de su mujercita, buscando su boca que se estremecía con dulce cosquilleo, mientras á lo lejos, en la bruma azulada, sonaban las esquilas de los rebaños y los lamentos musicales de los guardadores de búfalos.
También le hablaba del pasado, evocando las muertas alegrías, aquel perfume juvenil, envejecido en su encierro, que salía á oleadas de los armarios, con la impetuosidad de un vino venerable escapando á borbotones de la botella empolvada. Sus sentidos se estremecían; una embriaguez sutil penetraba en su olfato. Creía haber caído en un lago de perfumes que le abofeteaba con sus ondas, jugueteando con él, como si fuese un cuerpo inerte. Era el olor de la juventud que volvía; el incienso de los tiempos felices, más débil, más sutil, con la nostalgia de los años muertos. Era el perfume de las magnolias carnales: de la sedosa y leve vegetación puesta al descubierto por los brazos cruzados bajo la cabeza; de aquel vientre recogido y blanco, con esplendor nacarado de luna, que una noche, en Roma, le había hecho suspirar con admiración:
—Te adoro, Josefina. Eres hermosa como la majita de Goya... Eres la maja desnuda.
Conteniendo su respiración como un nadador, buceaba en la profundidad de los armarios, tendiendo sus manos ávidas, con el deseo de salir de allí, de volver cuanto antes á la superficie, al aire puro. Tropezaba con cajas de cartón, paquetes de cintas y viejos encajes, sin encontrar lo que buscaba; y cada vez que sus brazos trémulos agitaban las viejas ropas, el oleaje de las faldas parecía, abofetearle con una bocanada de este perfume muerto, indefinible, que aspiraba más con su imaginación que con su olfato.