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La maja desnuda

Chapter 20: V
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About This Book

La narración sigue a un pintor consagrado que regresa al Museo del Prado y rememora sus orígenes, repasando con ironía la academia, la fama y las rutinas del oficio. Entre paseos por salas, escenas al aire libre y recuerdos de juventud, emergen reflexiones sobre el arte, el deseo y la tensión entre tradición y modernidad. La prosa alterna descripciones detalladas de ambientes y personajes con episodios de vida artística, mostrando cómo la memoria, la ambición y la observación de la sociedad moldean su visión estética y humana.

El padre tenía para ella generosidades de amante. Sentíase capaz de derramar á sus pies todo lo que había amontonado en largos años de trabajo. ¡Que viviese feliz, ya que amaba á su marido! Las inquietudes de ella le hacían sonreir con desprecio. ¡El dinero! ¡La hija de Josefina, triste por tales necesidades, teniendo él en su casa tantos papeles sucios, mugrientos, insignificantes, por cuya adquisición había penado, y que ahora miraba con indiferencia!... De estas entrevistas salía siempre entre vehementes abrazos y bajo una lluvia de besos ruidosos de aquella grandullona, que expresaba su alegría manoseándolo irrespetuosamente, como si fuese un niño.

—Papaíto, ¡qué bueno eres!... ¡Cuánto te quiero!

Una noche, Renovales, al salir de casa de su hija acompañado de Cotoner, dijo á éste con cierto misterio:

—Ven por la mañana. Te enseñaré aquéllo. Aun está atrasado, pero quiero que lo veas... Sólo tú. Nadie podrá juzgar mejor.

Después añadió con una satisfacción de artista:

—Antes sólo podía pintar lo que veía... Ahora soy otro. Me ha costado mucho, ¡mucho!... pero tú juzgarás.

Y había en su voz la alegría de las dificultades vencidas, la certidumbre de una grande obra.

Cotoner acudió al día siguiente, con el apresuramiento de la curiosidad, y entró en el estudio cerrado para todos.

—¡Mira!—dijo el maestro con ademán soberbio.

El amigo miró. Frente á la luz había un lienzo en un caballete; un lienzo gris en su mayor parte, sin otro color que el del preparado, y sobre éste, rayas confusas y entrelazadas, delatando cierta indecisión ante los diversos contornos de un mismo cuerpo. Á un lado una mancha de colores, que era lo que el maestro señalaba con su mano: una cabeza de mujer, que se destacaba vigorosa sobre el crudo fondo de la tela.

Cotoner quedó absorto. ¿Aquello lo había pintado realmente el gran artista? No veía la mano del maestro. Aunque él fuese un pintor insignificante, tenia buen ojo y adivinaba la indecisión, el miedo, la torpeza, la lucha con algo irreal que se escapa, negándose á entrar en el molde de la forma. Saltaba á la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada exageración; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas había algo notable: una mirada que venía de muy lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar el lienzo.

—Me ha costado mucho. Ninguna obra me hizo sufrir tanto. Esto es la cabeza nada más. ¡Lo más fácil! Después vendrá el cuerpo; una desnudez divina, como nunca se haya visto. Y tú solo la verás; ¡sólo tú!

El bohemio ya no miraba el cuadro. Contemplaba con extrañeza al pintor, asombrado de aquella obra, desconcertado por su misterio.

—Ya ves, ¡sin modelo! ¡Sin la realidad delante!—continuó el maestro.—No he tenido más guía que esos: pero es el mejor, el definitivo.

Esos eran todos los retratos de la muerta, descolgados de las paredes, colocados en caballetes ó en sillas, formando un apretado círculo en torno del lienzo empezado.

El amigo no pudo contener su asombro, no pudo fingir más tiempo, vencido por la sorpresa:

—¡Ah! ¡Pero es!... ¡Pero... has querido pintar á Josefina!

Renovales se echó atrás con violenta sorpresa. Josefina, sí; ¿quién había de ser? ¿Dónde tenía los ojos? Y su mirada iracunda trastornó á Cotoner.

Éste volvió á contemplar la cabeza. Sí; era ella, con una belleza que parecía de otro mundo; extremada, espiritualizada, como si perteneciese á una humanidad nueva, libre de groseras necesidades, en la que se hubiesen extinguido los últimos restos de la animalidad ancestral. Contemplaba los numerosos retratos de otros tiempos, y reconocía sus rasgos en la nueva obra; pero animados por una luz que venía de dentro y cambiaba el valor de los colores, dando al rostro una novedad extraña.

—¡La reconoces por fin!—dijo el maestro, que seguía ansiosamente la impresión de su obra en los ojos del amigo.—¿Es ella? Di, ¿no te parece igual?

Cotoner mintió con cierta conmiseración. Sí, era ella; por fin la veía bien. Ella, pero más hermosa que en vida... Josefina nunca había sido así.

Ahora era Renovales el que miró con extrañeza y lástima. ¡Pobre Cotoner! ¡Infeliz fracasado, paria del arte, que no había podido salir de la muchedumbre anónima y carecía de otra sensibilidad que la del estómago!... ¡Qué sabía él de aquellas cosas! ¡Por qué consultarle!...

No había reconocido á Josefina, y sin embargo, este lienzo era su mejor retrato; el más exacto.

Renovales la llevaba en su interior; la contemplaba sólo con recogerse en su pensamiento. Nadie podía conocerla mejor que él. Los demás la tenían olvidada. Así la veía... y así había sido.

IV

La condesa de Alberca logró introducirse una tarde en el estudio del maestro.

La vió llegar el criado, como otras veces, en un coche de alquiler, atravesar el jardín, subir las escaleras del vestíbulo y entrar en el recibimiento, con un paso agitado de mujer resuelta que marcha ante ella rectamente y sin vacilación. Intentó cerrarle el paso con respeto, yendo de un lado á otro, saliéndola al encuentro cada vez que avanzaba ladeándose para burlar este obstáculo. ¡El señor trabajaba! ¡El señor no recibía! ¡Era una orden severa y sin excepción!... Pero ella siguió adelante, con el ceño duro, una luz de fría cólera en los ojos, una resolución manifiesta de abofetear al criado si era preciso, de pasar por encima de su cuerpo.

—Vamos, buen hombre, apártese usted.

Y su entonación de gran señora, altiva é irritada, hizo temblar al pobre sirviente, que no sabía ya cómo oponerse á esta invasión de faldas rumorosas y fuertes perfumes. En una de sus evoluciones, la bella señora tropezó con una mesa de mosaico italiano, en cuyo centro estaba el antiguo jarrón. Su mirada descendió instintivamente, hasta el fondo de la vasija.

Fué un instante nada más, pero bastó á su curiosidad femenil para reconocer los sobrecillos azules, de blanca orla, que asomaban las puntas cerradas ó mostraban los lomos intactos, entre el montón de cartulinas. ¡Esto más!... Su palidez se hizo intensa, tomó un tinte verdoso, y con tal impulso siguió adelante la dama, que el criado no pudo detenerla y quedó á su espalda desalentado, confuso, temiendo la cólera del señor.

Renovales, alarmado por el fuerte taconeo en la madera del pavimento y el roce de unas faldas rumorosas, se dirigió hacia la puerta, en el mismo instante que la condesa hacia su entrada con expresión teatral.

—Soy yo.

—¿Usted?... ¿Tú?...

La turbación, la sorpresa, el miedo á esta entrevista, hicieron balbucear al maestro.

—Siéntate—dijo con frialdad.

Se sentó en un diván y el artista permaneció de pie ante ella.

Miráronse con cierta extrañeza, como si no se reconociesen después de esta ausencia de semanas que pesaba en su memoria como si fuese de años.

Renovales la miraba fríamente, sin que su cuerpo se estremeciera á impulsos del deseo, como si fuese una visita vulgar de la que necesitaba librarse cuanto antes. Le extrañaban su palidez verdosa, la boca apretada por un mohín de disgusto, la mirada dura, de brillo amarillento, la nariz que parecía encorvarse buscando el labio superior. Estaba irritada, pero al fijar los ojos en él, perdieron éstos su dureza.

Su instinto de mujer se tranquilizó al contemplarle. También él parecía otro, en el abandono de su aislamiento; el pelo alborotado, la barba enmarañada, revelando el descuido de la preocupación, la idea fija y absorbente, que hace olvidar el aseo de la persona.

Se desvanecieron instantáneamente sus celos, la cruel sospecha de sorprenderle, apasionado de otra mujer, con una veleidad de artista. Ella conocía los signos exteriores del enamoramiento; la necesidad que siente el hombre de embellecerse, de hacerse grato, extremando los cuidados de su adorno.

Con ojos de satisfacción revisaba su abandono, fijándose en las ropas sucias, en las manos descuidadas, en las uñas largas manchadas de color, en todos los detalles que revelaban falta de aseo, olvido de la persona. Indudablemente era una locura pasajera de artista, un capricho tenaz de laborioso. Su mirada brillaba con una luz de fiebre, pero no revelaba lo que ella había sospechado.

Á pesar de esta certidumbre tranquilizadora, como Concha iba dispuesta á llorar y traía sus lágrimas preparadas, aguardando impacientes en el borde de los párpados, se llevó las manos á sus ojos, encogiéndose en un extremo del diván, con gesto trágico. Era muy desgraciada; sufría mucho. Había pasado unas semanas horribles. ¿Qué era aquello? ¿Por qué desaparecería sin una explicación, sin una palabra, cuando ella le amaba mas que nunca, cuando sentía impulsos de abandonarlo todo, de dar un escándalo enorme, viniendo á vivir con él para ser su compañera, su esclava?... Y sus cartas, sus pobres cartas, abandonadas, sin abrir, como si fuesen molestas peticiones de una limosna. ¡Ella, que había pasado las noches en vela, poniendo sobre los pliegos toda su alma!... Y había en su acento un estremecimiento de despecho literario; la amargura de que hubieran quedado en el misterio todas las cosas bonitas que alineaba con sonrisa de satisfacción, después de largas reflexiones... ¡Los hombres! ¡Su egoísmo y su crueldad! ¡Qué torpeza adorarles!

Seguía en su llanto, y Renovales la miraba como si fuese otra mujer. Le parecía ridícula en este dolor que trastornaba su rostro, que lo afeaba, borrando su sonriente impasibilidad de hermosa muñeca.

Intentó excusarse, pero sin calor, sin deseos de convencer, para no mostrarse cruel en su silencio. Trabajaba mucho, era ya hora de volver á su antigua existencia de fecunda labor. Ella olvidaba que era un artista, un maestro de cierto nombre, que tenía sus deberes con el público. No era como aquellos señoritos que podían dedicarla el día entero y pasar la existencia á sus pies, cual un paje enamorado.

—Hay que ser serios, Concha—añadió con una frialdad pedantesca.—La vida no es un juego. Yo debo trabajar y trabajo. Hace no sé cuántos días que no salgo de aquí.

Ella se irguió irritada, apartó las manos de sus ojos, le miró, recriminándole. Mentía; había salido de su encierro, sin ocurrirsele nunca llegar por un momento á su casa.

—Buenos días nada más... Que yo te viese un instante, Mariano; el tiempo necesario para convencerme de que eres el mismo, de que sigues queriéndome. Pero has salido muchas veces; te han visto. Yo tengo mi policía, que me lo cuenta todo. Eres demasiado conocido para que la gente no se fije en ti... Has estado por las mañanas en el Museo del Prado. Te han visto horas enteras contemplando como un bobo un cuadro de Goya; una mujer desnuda. ¡Tu manía que vuelve otra vez, Mariano!... Y no se te ha ocurrido venir á verme; no has contestado á mis cartas. El señor se siente orgulloso, satisfecho de que le amen, y se deja adorar como un ídolo, seguro de que más le querrán cuanto más grosero sea... ¡Ay, los hombres! ¡Los artistas!...

Gemía, pero su voz ya no conservaba el tono de irritación de los primeros momentos. La certidumbre de que no había de luchar con la influencia de otra mujer, amansaba su orgullo, no dejando en ella más que una queja dulce de víctima que desea sacrificarse de nuevo.

—Pero siéntate—exclamó en medio de sus sollozos, indicándole un lugar en el diván, junto á ella.—No estés de pie; parece que deseas que me vaya...

El pintor se sentó, pero con cierta timidez, huyendo el contacto de su cuerpo, evitando el encuentro de aquellas manos que, instintivamente, iban á él y ansiaban un pretexto para asirle. Adivinaba su deseo de llorar sobre uno de sus hombros, olvidándolo todo, desvaneciendo con una sonrisa sus últimas lágrimas. Así había ocurrido en otras ocasiones, pero Renovales, conociendo el juego, se echaba atrás con cierta rudeza. Aquello no debía comenzar otra vez; no podía repetirse, aunque él quisiera. Había que decir la verdad á toda costa; acabar para siempre; echarse de los hombros el pesado fardo.

Habló con voz fosca, titubeando, la mirada en el suelo, sin atreverse á levantar los ojos por miedo á los de Concha, que adivinaba fijos en él.

Hacía muchos días que pensaba escribirla..¡El miedo á no consignar claramente sus pensamientos!... ¡Cierto pavor que le hacía dejar la carta para el día siguiente!... Ahora se alegraba de que hubiese venido; celebraba la debilidad de su criado al dejarla franca la puerta.

Debían hablar como buenos camaradas que examinan juntos el porvenir. Era hora de dar fin á las locuras. Sería lo que Concha deseaba en otros tiempos: amigos, buenos amigos. Ella era hermosa, tenía aún la frescura de la juventud, pero el tiempo no transcurre en vano y él se sentía viejo: contemplaba la vida desde cierta altura, como se contemplan las aguas de un río, sin mojarse en ellas.

Concha le escuchaba con asombro, resistiéndose á comprender sus palabras. ¿Qué escrúpulos eran éstos?... Después de ciertas divagaciones, el pintor habló con un tono de remordimiento de su amigo el conde de Alberca, un hombre respetable por su misma simplicidad. Su conciencia se sublevaba ante la sencilla admiración del grave señor. Era una infamia este engaño audaz en su misma casa, bajo el mismo techo. Él no tenía fuerzas para continuar: debían purificarse del pasado con una buena amistad; decirse adiós como amantes, sin rencor y sin antipatía, agradecidos mutuamente por la dicha pasada, llevándose, como muertos queridos, los agradables recuerdos...

La risa de Concha, nerviosa, sardónica, insolente, cortó la palabra del artista. Su cruel jocosidad excitábase al pensar que era su marido el pretexto de esta ruptura. ¡Su marido!... Y volvía á reir con carcajadas que delataban la insignificancia del conde, la falta absoluta de respeto que inspiraba á su mujer, la costumbre de ajustar su vida á sus caprichos, sin pensar nunca en lo que aquel hombre pudiera decir ó pensar. Su marido no existía para ella; jamás le había temido; nunca había pensado que pudiera servirle de obstáculo, y ¡el amante le hablaba de él, presentándolo como una justificación de su alejamiento!...

—¡Mi marido!—repetía entre los estremecimientos de su risa cruel.—¡Pobrecillo! Déjale quieto: él nada tiene que hacer entre nosotros... No mientas, no seas cobarde. Habla; otras cosas llevas en el pensamiento. Yo no sé las que son, pero las presiento, las veo desde aquí. ¡Si quisieras á otra!... ¡Si quisieras á otra!

Pero se interrumpía en esta exclamación sorda de amenaza. Le bastaba mirarle para convencerse de que era imposible. Su cuerpo no olía á amor; todo en él revelaba la paz de una carne en reposo, sin impulsos ni deseos. Era tal vez un capricho de su imaginación, una anormalidad de desequilibrado, lo que le impulsaba á repelerla. Y animada por esta creencia, se abandonó, olvidando su enfado, hablándole en tono cariñoso, acariciándole con un ardor en el que había á la vez algo de madre y de amante.

Renovales la vió pronto junto á él, enlazando los brazos á su cuello, hundiendo las manos con delectación en el revoltijo de su cabellera.

No era orgullosa: los hombres la adoraban, pero su corazón, su cuerpo, toda ella, era para su pintor, para aquel ingrato que tan mal correspondía á su cariño, que la iba á envejecer con tantos disgustos... Súbitamente enternecida, le besaba la frente, con una expresión generosa y pura. ¡Pobrecito! ¡Trabajaba mucho! Todo lo que tenía era cansancio, trastorno, exceso de producción. Había que dejar quietos los pinceles, vivir, quererla mucho, ser felices, tener en reposo aquella frente, siempre contraída por móviles arrugas, como un cortinaje tras el cual pasaba y repasaba, en perpetua revolución, un mundo invisible.

—Deja que te bese otra vez esa frente bonita, para que callen y duerman los duendes que tienes dentro.

Y besaba de nuevo la frente bonita, deleitándose en acariciar con sus labios los surcos y prominencias de esta extensión irregular, atormentada como un terreno volcánico.

Por mucho tiempo su voz mimosa, de exagerado ceceo infantil, resonó en el silencio del estudio. Sentía celos de la pintura, señora cruel, exigente y antipática, que parecía enloquecer á su pobre nene. El mejor día, ilustre maestro, prendía fuego al estudio con todos sus cuadros. Se esforzaba por atraerle á ella, por sentarlo en sus rodillas, meciéndolo como si fuese un niño.

—Á ver, don Marianito: haga usted una risa á su Conchita. ¡Ríase usted, granuja!... ¡Ríete ó te pego!

Él reía, pero con sonrisa forzada, intentando resistirse al cariñoso manoseo, fatigado de estas infantiles simplezas que en otros tiempos eran su placer. Permanecía insensible á aquellas manos, á aquella boca, al calor de aquel cuerpo que rozaba el suyo, sin despertar la más leve emoción. ¡Y él había amado á aquella mujer! ¡Y por ella había cometido el crimen feroz é irreparable, que le haría arrastrar eternamente la cadena del remordimiento!... ¡Qué sorpresas las de la vida!...

La frialdad del pintor acabó por comunicarse á la de Alberca. Pareció despertar del ensueño en que ella misma se mecía. Se apartó del amante, examinándolo fijamente, con ojos imperiosos, en los que comenzaba á brillar de nuevo una chispa de orgullo.

—¡Di que me quieres! ¡Dilo en seguida! ¡lo necesito!

Pero en vano extremaba su ademán autoritario; en vano aproximaba sus ojos á los de él, como si quisiera asomarse á su interior. El artista sonreía débilmente, murmuraba palabras evasivas, negábase á seguirla en estas exigencias.

—Dilo á gritos; que yo lo oiga... Di que me quieres. Llámame Friné, lo mismo que cuando me adorabas de rodillas, besando mi cuerpo.

El nada dijo. Parecía avergonzado por el recuerdo; bajaba la cabeza para no verla.

La condesa se levantó con nervioso impulso. La cólera la hizo plantarse en medio del estudio, con las manos crispadas, el labio inferior temblón, los ojos con un brillo verdoso. Sentía deseos de destrozar algo, de caer en el suelo con violentas contorsiones. Dudaba entre romper una ánfora árabe, próxima, ó abalanzarse sobre aquella cabeza inclinada, clavando en ella sus uñas. ¡Miserable! ¡Tanto que le había amado; tanto que le quería aún, sintiéndose ligada á él por la vanidad y la costumbre!...

—¡Di si me quieres!—gritó.—¡Dilo de una vez!... ¿si ó no?...

Tampoco obtuvo respuesta. El silencio era penoso. Creyó de nuevo en otro amor, en una mujer que había venido á ocupar su puesto. ¿Pero quién era? ¿dónde encontrarla? Su instinto femenil le hizo volver la cabeza, extender la mirada por la próxima puerta, viendo el estudio inmediato, y tras él, el último, el verdadero taller donde trabajaba el maestro. Avisada por misteriosa intuición, echó á correr hacia aquella nave. ¡Allí!... ¡Tal vez allí! Los pasos del pintor sonaron tras ella. Había salido de su desaliento al verla huir; la perseguía con un apresuramiento de terror. Concha presintió que iba á saber la verdad; una verdad cruel, con toda la crudeza de un descubrimiento á plena luz. Quedó inmóvil, con las cejas fruncidas por un gran esfuerzo mental, ante aquel retrato que parecía reinar en el estudio, ocupando el mejor caballete, en lugar preferente, á pesar del desierto gris de su lienzo.

El maestro vió en la cara de Concha la misma expresión de duda y extrañeza de su amigo Cotoner. ¿Quién era aquélla?... Pero la vacilación fué más breve: su orgullo de mujer aguzaba sus sentidos. Vió más allá de aquella cabeza desconocida el coro de antiguos retratos que parecía guardarla.

¡Ay! ¡sus ojos de inmensa extrañeza! ¡la mirada de frío asombro que clavó en el pintor, examinándole de cabeza á pies!...

—¿Es Josefina?...

Él inclinó la frente, con muda respuesta. Pero le pareció una cobardía su silencio; sintió la necesidad de gritar, en presencia de aquellos lienzos, lo que afuera no había osado decir. Era un deseo de halagar á la muerta, de implorar su perdón, confesando su amor sin esperanza.

—Sí; es Josefina.

Y lo dijo avanzando un paso, gallardamente, mirando á Concha como si fuese un enemigo, con cierta hostilidad en los ojos que no pasó inadvertida para ella.

No se dijeron más. La condesa no podía hablar. Su sorpresa rebasaba los límites de lo verosímil, de lo conocido.

¡Enamorado de su mujer... y después de muerta! ¡Encerrado como un asceta, para pintarla con una hermosura que nunca había tenido!... La vida ofrecía grandes sorpresas, pero esto, seguramente, no se había visto nunca.

Creyó que caía y caía, empujada por el asombro, y al término de esta caída se encontró otra, sin una queja, sin un estremecimiento de dolor, pareciéndole extraño todo cuanto la rodeaba; la habitación, el hombre, los cuadros. Aquello iba más allá de sus sentimientos. Una hembra sorprendida allí, le hubiese hecho llorar, rugir de dolor, revolcarse en el pavimento, amar aún más al maestro, con el atizamiento de los celos. ¡Pero encontrarse con la rivalidad de una muerta! ¡Y además de muerta... su mujer!... El caso le pareció de una ridiculez sobrehumana: sentía deseos locos de reir. Pero no rió. Recordaba la mirada anormal que había sorprendido en el artista al entrar en el estudio; creía ver ahora en sus ojos una chispa de aquel mismo fulgor.

De pronto sintió miedo; miedo á la soledad sonora de aquella nave; miedo al hombre que la contemplaba en silencio, como si no la conociese, y hacia el cual experimentaba Concha la misma extrañeza.

Aun tuvo para él una mirada de conmiseración, de esa ternura que siente toda mujer ante la desgracia, aunque aflija á un desconocido. ¡Pobre Mariano! Todo había acabado entre ellos. Evitó el tuteo; le tendió los dedos de su diestra enguantada, con un ademán de gran señora inabordable. Habían pasado mucho tiempo en esta situación, en la que sólo hablaban sus ojos.

—Adiós, maestro; ¡cuidarse!... No se moleste acompañándome; conozco el camino. Siga su trabajo: pinte mucho...

Taconearon sus pies nerviosamente al alejarse sobre el pavimento encerado, que ya no habían de pisar nunca. El revoloteo de su falda esparció por última vez en el estudio su estela de perfumes.

Renovales respiró con más libertad al verse solo. Terminaba para siempre el error de su vida. De esta entrevista no le quedaba otro escozor que la indecisión de la condesa ante el retrato. La había reconocido antes que Cotoner, pero también había vacilado. Nadie se acordaba de la muerta; sólo él guardaba su imagen.

Aquella misma tarde, antes de que llegase su viejo amigo, recibió el maestro otra visita. Su hija se presentó en el estudio, adivinándola Renovales antes de que entrase, por el estrépito de alegría y de vida exuberante que parecía marchar ante sus pasos.

Venia á verle; le había prometido una visita desde muchos meses antes. Y el padre sonrió con indulgencia, recordando ciertas quejas de la última entrevista. ¿Nada más venía por verle?...

Milita se hizo la distraída, examinando el estudio que no había visitado en mucho tiempo.

—¡Calla!—exclamó.—¡Si es mamá!

Miraba el retrato con cierto asombro, pero el artista se mostró satisfecho de la prontitud con que la había reconocido. ¡Al fin, su hija! ¡El instinto de la sangre!... El pobre maestro no vió la ojeada á los otros retratos que había guiado á la joven en su inducción.

—¿Te gusta? ¿Es ella?—preguntó ansioso como un principiante.

Milita respondía con cierta vaguedad. Sí, estaba bien; tal vez un poco más hermosa que había sido. Ella no la conoció nunca así.

—Es verdad—dijo el maestro.—Tú no la viste en sus buenos tiempos. Pero así era antes de que tú nacieses. Tu pobre madre era muy hermosa.

Pero la hija no mostró gran emoción ante esta imagen. Le parecía extraña. ¿Por qué estaba la cabeza en un extremo del lienzo? ¿Qué pensaba añadir? ¿Qué significaban aquellos trazos?... El maestro se excusó con cierto rubor, temiendo comunicar su pensamiento á la hija, súbitamente dominado por una pudibundez paternal. Ignoraba aún lo que haría; tenía que decidirse por un vestido que encajase bien. Y en un acceso de súbita ternura, se humedecieron sus ojos y besó á su hija.

—¿Te acuerdas mucho de ella, Milita?... ¿Verdad que era muy buena?

La hija sintióse contagiada por la tristeza del padre, pero fué un momento nada más. Su vigor, su salud, su alegría de vivir, repelían pronto las impresiones tristes. Sí, muy buena; se acordaba de ella con frecuencia... Tal vez decía verdad: pero estos recuerdos no eran profundos ni dolorosos: la muerte le parecía una cosa sin sentido, un incidente remoto y poco temible que no turbaba la serena calma de su equilibrio físico.

—¡Pobre mamá!—añadió á guisa de oración.—Para ella fué un consuelo el marcharse. ¡Siempre enferma, siempre triste! ¡Con una vida así, más vale morir!...

Había en sus palabras cierta amargura; el recuerdo de una juventud compartida con aquella eterna enferma, de humor desigual, y en un ambiente entristecido por la sequedad hostil con que se trataban los padres. Además, su gesto era glacial. Todos hemos de morir: que los débiles se vayan antes, y dejen el sitio á los fuertes. Era el egoísmo inconsciente y cruel de la salud. Renovales veía de pronto el alma de su hija, por este desgarrón inesperado de su franqueza. La muerta los conocía bien á los dos. Era suya, toda suya. Él también poseía este egoísmo del fuerte que le había hecho aplastar la debilidad y la delicadeza, puestas á su amparo. Á la pobre Josefina sólo le quedaba él, arrepentido y en eterna adoración. Para los demás, no había pasado por el mundo: ni en su hija perduraba el dolor de su muerte.

Milita volvió la espalda al retrato. Se olvidaba de su madre y de la obra de papá. ¡Chifladuras de artista! Ella había venido á otra cosa.

Se sentó junto á él, casi lo mismo que horas antes se había sentado otra mujer. Acariciábale con su voz cálida, que tomaba cierta entonación de arrullo felino. Papá, papaíto... era muy desgraciada... Venía á verle, á contarle sus pesares.

—Sí; dinero—dijo el maestro algo molesto por la falta de emoción con que hablaba de su madre.

—Dinero, papaíto, ya lo sabes; ya te lo dije el otro día. Pero no es eso sólo. ¡Rafael... mi marido! ¡esto es una vida imposible!

Y relataba las insignificantes contrariedades de su existencia. Para no creerse en prematura viudez, tenía que acompañar á su marido en el automóvil, interesarse en sus excursiones que antes le parecían una diversión y ahora le resultaban intolerables.

—Una vida de peón caminero, papá; siempre tragando polvo, contando kilómetros. ¡Á mí que me gusta tanto Madrid! ¡que no puedo vivir fuera de él!...

Se había sentado en las rodillas de su padre, le hablaba con los ojos puestos en los suyos, acariciándole la cabellera, tirándole de los bigotes, con travesuras de niña... casi lo mismo que la otra.

—Además, es roñoso; por él iría como una cursi; todo le parece demasiado... Papaíto, sácame de este apuro; son dos mil pesetas nada más. Con esto me arreglo, y no te molestaré con nuevos empréstitos... Anda, papaíto dulce. Mira que las necesito en seguida, que por no incomodarte he aguardado hasta el último momento.

Renovales se agitaba molestado por el peso de su hija; una soberbia moza que caía sobre él con abandonos de niña. Irritábale su confianza filial. Su perfume de mujer le hacía recordar aquel otro que turbaba sus noches, esparciéndose por la soledad de las habitaciones. Parecía haber heredado la carne de la muerta.

La rechazó con cierta rudeza, y ella tomó esta repulsión por una negativa á sus súplicas. Se entristeció su cara, pusiéronse llorosos sus ojos, y el padre se arrepintió de su brusquedad. Le extrañaban sus incesantes peticiones de dinero. ¿Para qué lo quería?... Recordaba los grandes regalos de su boda, aquella abundancia principesca de ropas y alhajas que se había exhibido allí mismo, en los estudios. ¿Qué le faltaba á ella?... Pero Milita miraba á su padre con asombro. Había transcurrido más de un año desde entonces. Bien se veía que papá era un ignorante en estos asuntos. ¡Iba ella á usar los mismos vestidos, los mismos sombreros, iguales adornos, en un periodo larguísimo, interminable... de más de doce meses? ¡Qué horror! ¡Qué cursilería! Y aterrada por tanta monstruosidad, comenzaron á asomar sus tiernas lagrimitas, con gran inquietud del maestro...

Calma, Milita; no había por qué llorar. ¿Qué deseaba? ¿dinero?... Al día siguiente la enviaría todo el que necesitase. Guardaba poco en casa; tenía que pedirlo al Banco... operaciones que ella no comprendería. Pero Milita, alentada por su victoria, insistió en la petición con una tenacidad desesperante. La engañaba; no se acordaría de ella al día siguiente; conocía bien á su padre. Además, necesitaba el dinero en seguida; compromisos de honor (y lo afirmaba con gravedad), miedo á las amigas por si se enteraban de sus deudas.

—Ahora mismo, papaíto. No seas malo; no te diviertas en hacerme rabiar. Debes tener dinero: mucho dinero. Tal vez lo llevas encima... Á ver, papaíto malo, déjame que te registre, déjame ver la cartera... No digas que no; sí que la llevas... ¡sí que la llevas!

Hundía sus manos en el pecho de su padre, desabrochando su chaquetón de trabajo, cosquilleándole audazmente por llegar al bolsillo interior. Renovales se defendía con cierta flojedad. Tonta; perdía el tiempo; ¿dónde estaría la cartera?... Él no la llevaba nunca en ese traje.

—¡Si está aquí, mentirosín!—gritó con alegría la hija, persistiendo en su registro.—¡La toco!... ¡Ya la tengo!... Mírala.

Era cierto. El pintor no se acordaba de que la había cogido por la mañana para pagar una cuenta, guardándola luego distraídamente en su chaquetón de pana.

Milita la abrió con una avidez que hizo daño á su padre. ¡Ay, aquellas manos de mujer, temblonas al buscar el dinero! Se tranquilizó pensando en la fortuna que había reunido, en los papeles de diversos colores que guardaba en un mueble. Todo ello sería para su hija, y esto tal vez la salvase del peligro á que la arrastraba su ansia de vivir entre las vanidades y oropeles de la femenina esclavitud.

En un instante sus manos se apoderaron de un buen número de billetes de diversos tamaños, formando un rollo que oprimió fuertemente entre sus dedos.

Renovales protestaba.

—Suelta, Milita, no seas niña. Me dejas sin dinero. Mañana te lo enviaré; deja eso ahora... Es un saqueo.

Ella le evitaba; se había puesto de pie; manteníase á distancia, elevando su mano por encima del sombrero para poner á salvo su botín. Reía con grandes carcajadas de su travesura... ¡Ni uno pensaba devolverle! No sabía cuántos eran; los contaría en su casa; saldría del paso por el momento, y al día siguiente le pediría lo que faltase.

El maestro acabó por reir, sintiéndose contagiado por su regocijo. Perseguía á Milita con el deseo de no alcanzarla; la amenazaba con grotesca severidad; la llamaba ladrona, lanzando voces de socorro, y así corretearon de uno á otro estudio. Antes de desaparecer, se detuvo Milita en la última puerta, levantando con autoridad un dedo enguantado de blanco.

—Mañana, el resto; no hay que olvidarlo... Mira, papaíto, que esto es muy serio. Adiós; te espero mañana.

Y desapareció, dejando en su padre algo de la alegría con que se habían perseguido.

El crepúsculo fué triste. Renovales permaneció sentado ante las imágenes de su mujer, contemplando aquella cabeza disparatadamente hermosa, que á él le parecía el más fiel de los retratos. Su pensamiento fué hundiéndose en la sombra que surgía de los rincones, envolviendo los lienzos. Sólo temblaba en los vidrios una luz pálida, brumosa, cortada por las lineas negras de las ramas exteriores.

Solo... solo para siempre. Tenía el cariño de aquella muchachota que acababa de irse, alegre, insensible á todo lo que no halagase su vanidad juvenil, su hermosura saludable. Tenia la adhesión de perro viejo de su amigo Cotoner, que no podía vivir sin verle, pero era incapaz de dedicarle su existencia por entero, y la compartía entre él y otras amistades, celoso de conservar su libertad de bohemio.

Y esto era todo... Bien poca cosa.

Próximo á la vejez, contemplaba una luz cruda y rojiza que parecía irritar sus ojos, el camino de desolación, yermo y monótono que le aguardaba... y á su final, la muerte. ¡La muerte! Nadie la ignoraba; era la única certeza; y sin embargo, transcurría la mayor parte de la vida sin pensar nunca en ella, sin verla.

Era como una de esas epidemias, en países lejanos, que devoran las existencias á millones. Se habla de ella como de un hecho cierto, pero sin estremecimiento de horror, sin temblores de miedo. «Está demasiado lejos; tardará mucho en llegar.»

Había nombrado muchas veces á la muerte, pero con los labios, sin que su pensamiento abarcase la significación de la palabra, sintiéndose vivir al mismo tiempo, aferrado á la existencia por las ilusiones y los deseos.

La muerte estaba al final de la ruta: nadie podía evitar su encuentro, pero todos tardaban en verla. Las ambiciones, los deseos, los amores, las crueles necesidades animales, distraían al hombre en su marcha hacia ella; eran como los bosques, los valles, el cielo azul y los ríos de tortuoso espejo, que entretenían al caminante, ocultándole el término del paisaje, el límite fatal, la negra garganta sin fondo á la que conducían todos los caminos.

Él estaba en las últimas jornadas. El sendero de su existencia se hacía desolado y triste; la vegetación se empequeñecía; las grandes arboledas trocábanse en líquenes boreales, ralos y miserables. Llegaba hasta él un hálito glacial del lóbrego desfiladero; le veía en el fondo; marchaba irremisiblemente hacia su garganta. Los campos de ilusión, con sus alturas luminosas, que antes cerraban el horizonte, quedábanse atrás y era imposible retroceder. En este camino nadie volvía sobre sus pasos.

Había gastado media vida luchando por la riqueza y por la gloria, esperando cobrar alguna vez los réditos de ésta con los placeres del amor... ¡Morir! ¿Quién pensaba en esto? Era entonces una amenaza remota y sin sentido. Se creía provisto de una misión providencial: la muerte no se atrevería con él, no llegaría hasta que su trabajo estuviese terminado. Le quedaban muchas cosas que hacer... Y bien; todo estaba hecho ya, no existían para él deseos humanos. Todo lo tenía... Ya no se levantaban ante sus pasos torres quiméricas que asaltar. En el horizonte, limpio de obstáculos, sólo se presentaba la gran olvidada... la muerte.

No quería verla; aun le quedaba una gran jornada en este camino que puede crecer, prolongarse, según las fuerzas del caminante, y sus piernas eran vigorosas.

Pero ¡ay! marchar, marchar años y años, con la vista fija en la lóbrega garganta, contemplándola siempre al término del horizonte, sin poder arrancarse un instante á la certeza de que estaba allí, era un martirio sobrehumano, que le obligaría á acelerar el paso, á correr para acabar cuanto antes.

¡Nubes engañosas que encapotasen el horizonte, ocultando esta realidad que amarga el pan, que entenebrece el ánimo y hace maldecir la inutilidad de haber nacido!... ¡Mentirosos y gratos espejismos que hacen surgir un paraíso de los sombríos yermos de la última jornada! ¡Ilusión, á mí!...

Y el triste maestro agrandaba con el pensamiento el último fantasma de su deseo; colgaba de la imagen amada de la muerta todos los delirios de su imaginación, deseando infundirla nueva vida con una parte de la suya. Cogía á puñados el barro del pasado, la masa del recuerdo, para hacerla más grande, ¡muy grande! que ocupara todo el camino, que cerrase el horizonte como un cerro inmenso, que ocultase hasta el último instante el lóbrego desfiladero término de la jornada.

V

La conducta del maestro Renovales fué motivo de extrañeza, y hasta de escándalo, para todos sus amigos.

La condesa de Alberca mostraba especial cuidado en hacer saber á todos que no la unían con el pintor otras relaciones que las de una amistad cada vez más glacial y ceremoniosa.

—Está loco—decía.—Es un hombre acabado. No queda de él más que un recuerdo de lo que fué.

Cotoner, en su amistad inquebrantable, indignábase al oir ciertos comentarios sobre el ilustre maestro.

—No bebe. Todo lo que dicen por ahí, son mentiras: la eterna leyenda de los hombres célebres...

Él tenia su opinión sobre Mariano: conocía su deseo de una existencia agitada, de imitar en plena madurez las costumbres de la juventud, con un hambre de todos los misterios que creía ocultos en esta mala vida, de la que había oído hablar, sin atreverse hasta entonces á mezclarse en ella.

Cotoner acogía con indulgencia las nuevas costumbres del maestro. ¡Infeliz!

—Estás poniendo en acción las aleluyas de «El hombre malo»—decía á su amigo.—Tienes la voracidad del hombre virtuoso cuando deja de serlo, cerca ya de la vejez. Te pones en ridículo, Mariano.

Pero á impulsos de su fidelidad, se dejaba arrastrar por el maestro en su nueva existencia. Por fin había accedido á vivir con él. Ocupaba, con sus pobres trastos, un gabinete del hotel y cuidaba de Renovales, rodeándolo de una solicitud paternal. El bohemio mostraba por él cierta compasión. Era la historia de siempre: «el que no la hace á la entrada, la hace á la salida», y Renovales, después de una existencia de seriedad y trabajo, lanzábase á la vida desordenada, con aturdimiento de adolescente, admirando los placeres vulgares, revistiéndolos de las seducciones más ilusorias.

Muchas veces, Cotoner le acosaba con sus quejas. ¿Para qué le había llevado á vivir con él?... Le abandonaba días enteros; quería salir solo; le dejaba en el hotel como un mayordomo de confianza. El viejo bohemio enterábase minuciosamente de su vida. Muchas veces, los alumnos de Bellas Artes, agrupados al anochecer junto al portalón de la Academia, le veían pasar por la acera de la calle de Alcalá, embozado en su capa, con un afectado misterio que atraía la atención.

—Ahí va Renovales. Ese es; el de la capa.

Y le seguían, con la curiosidad que inspira un nombre célebre, en sus idas y venidas por la anchurosa calle, con revuelos de palomo silencioso, como si esperase algo. Algunas veces, cansado sin duda de estas evoluciones, se metía en un café, y la curiosa admiración le seguía, pegando los ojos á los cristales de los huecos. Le veían caído en la banqueta, con aire de desaliento, contemplando sus vagos ojos la copa que tenía delante; siempre lo mismo: cognac. De pronto la bebía de golpe, pagaba y salía rápidamente, con la precipitación del que ha tragado un medicamento. Y otra vez continuaba sus paseos de exploración, con los ojos ávidos, mirando por encima del embozo á todas las mujeres que pasaban solas, volviéndose para seguir la marcha de unos tacones torcidos, el aleteo de unas enaguas morenas, con manchas de barro. Al fin se alejaba con repentina resolución; desaparecía casi pegado á la cola de alguna hembra, siempre del mismo aspecto. Los muchachos conocían las preferencias del gran artista: mujercitas pequeñas, débiles, enfermizas, de una gracia de flor mustia, con ojos grandes, mates y dolorosos.

Una leyenda de extraña aberración se iba formando en torno de él. Sus enemigos la repetían en los estudios: la gran masa, que no puede imaginarse á los hombres célebres con la misma vida que los demás, y los quiere caprichosos, atormentados por hábitos de extraordinaria monstruosidad, comenzaba á hablar con delectación de las manías del pintor Renovales.

En todas las tiendas de carne humana, desde los pisos discretos de apariencia burguesa esparcidos en las vías más respetables, á los antros húmedos y malolientes que arrojan por la noche sus géneros á la calle de Peligros, circulaba la historia de cierto señor, provocando grandes risas. Llegaba embozado, misterioso, siguiendo con apresuramiento el almidonado estrépito de unas faldas pobres que marchaban ante él. Atravesaba el lóbrego portal con cierto miedo, subía la tortuosa escalera que parecía oler á residuos de vida, apresuraba la aparición de las desnudeces con mano ávida, como si le faltase el tiempo, como si creyera morir antes de realizar su deseo, y de pronto las pobres hembras que soportaban con cierta inquietud su silencio febril y el hambre de fiera que lucía en sus ojos, sentían tentaciones de reir, viéndole caer desalentado en una silla, en contemplativo silencio, sin oir las palabras brutales que lanzaban ellas asombradas de la situación; sin hacer caso de sus gestos é invitaciones, saliendo únicamente de este estupor cuando fría y un tanto ofendida, intentaba la hembra recobrar sus ropas. «Más, un momento más.» Casi siempre terminaba esta escena por un gesto de disgusto: una amargura de decepción. Otras veces los maniquíes carnales creían ver en sus ojos una expresión dolorosa, como si fuese á llorar. Huía después apresuradamente, oculto en su capa, con repentina vergüenza, con el firme propósito de no volver, de resistirse á aquel demonio de hambrienta curiosidad que llevaba dentro y no podía ver en la calle un cuerpo femenil sin sentir un deseo vehemente de desnudarlo.

Á oídos de Cotoner llegaban vagamente estas noticias. ¡Mariano! ¡Mariano! Él no osaba echarle en cara las vergüenzas de su vida nocturna: temía una explosión del violento, carácter del maestro; había que dirigirle con prudencia. Pero lo que más provocaba las censuras del viejo amigo, era la gente de que se rodeaba el artista.

El falso reverdecimiento de su vida le hacía buscar la compañía de los jóvenes, y Cotoner se daba á todos los demonios, cuando á la salida de los teatros le encontraba en un café, rodeado de sus nuevos camaradas, todos los cuales podían ser sus hijos. Eran en su mayoría pintores, gente que empezaba; unos con cierto talento, otros sin más mérito que su mala lengua: todos satisfechos de la amistad con el hombre célebre, gozándose, con un orgullo de enanos, en tratarle como si fuese un camarada, bromeando sobre sus debilidades. ¡Ira de Dios!... Algunos más audaces, hasta le devolvían su tuteo de maestro, tratándole como á una ruina gloriosa, permitiéndose comparaciones entre su pintura y la que ellos harían cuando pudiesen. «Mariano, el arte va ahora por otros caminos.»

—¡Pero no te da vergüenza!—exclamaba Cotoner.—Pareces un maestro de escuela rodeado de pequeños. Hay para pegarte. ¡Un hombre como tú, aguantando las insolencias de esa gentecilla!

Renovales mostraba una bondad inconmovible. Eran muy simpáticos; le divertían; encontraba en ellos la alegría de la juventud. Iban juntos á los teatros, á los music-halls: conocían mujeres, sabían dónde se ocultaban los buenos modelos: con ellos podía entrar en muchos sitios adonde no se atrevía á ir solo. Sus años, su fealdad grave, pasaban inadvertidos entre esta alegre juventud.

—Me sirven—decía con un guiño de inocente malicia el pobre grande hombre.—Me divierto y me hacen conocer muchas cosas... Además, esto no es Roma: no hay apenas modelos: cuesta mucho encontrarlas y estos chicos son mis guías.

Y hablaba á continuación de sus grandes proyectos artísticos; de aquel cuadro de Friné, con su desnudo inmortal, que había vuelto á surgir en su pensamiento; de aquel retrato amado que seguía en el mismo sitio sin que el pincel pasase de la cabeza.

No trabajaba. Su antigua actividad, que hacía de la pintura un elemento preciso de su existencia, desbordábase ahora en palabras, en deseos de verlo todo, para conocer «nuevos aspectos de la vida».

Soldevilla, el discípulo predilecto, veíase acosado por las preguntas del maestro, cuando de tarde en tarde presentábase en su estudio.

—Tú debes conocer buenas mujeres, Soldevillita: tú has corrido mucho, con esa cara de querubín... Me has de llevar contigo: me has de presentar.

—¡Maestro!—exclamaba asombrado el joven.—¡Si aun no hace medio año que me he casado! ¡Si no salgo de casa por la noche!... ¡Qué bromas tiene usted!

Renovales le respondía con una mirada de desprecio. ¡Un vividor el tal Soldevilla! Ni juventud... ni alegría. Todo lo echaba en chalecos multicolores y cuellos altos. ¡Y qué hormiguita! Se había casado con una mujer rica, ya que no pudo atrapar á la hija del maestro. Además, un desagradecido. Ahora se juntaba con sus enemigos, convencido de que ya no podía sacar más de él. Le despreciaba; ¡lástima de protección que le había acarreado tantos disgustos!... No era un artista.

Y el maestro volvíase con nuevo cariño hacia sus compañeros nocturnos, aquella juventud alegre, maldiciente y falta de respeto. Á todos ellos les reconocía talento.

La fama de esta vida extraordinaria llegaba hasta su hija con la sonoridad enorme que adquiere todo lo que perjudica á un hombre famoso.

Milita fruncía el ceño, haciendo esfuerzos por contener la risa que le causaba lo extraño de este cambio. ¡Su padre metido á calavera!

—¡Papá!... ¡papá!—exclamaba con una entonación cómica de reproche.

Y papá excusábase, como un muchachuelo travieso é hipócrita, aumentando con su turbación las ganas de reir de su hija.

López de Sosa mostrábase indulgente con su ilustre suegro. ¡Pobre señor! ¡Toda la vida trabajando y con una mujer enferma, muy buena, muy simpática, pero que amargaba su vida! Bien había hecho en morirse, y no hacía menos bien el artista en indemnizarse un poco del tiempo perdido.

Con esa masonería instintiva de los que llevan una existencia fácil y placentera, el sportman defendía á su suegro, lo apoyaba, le parecía más simpático, más allegado á él, por sus nuevas costumbres. No siempre había de estar encerrado en su estudio, con aire irritado de profeta, hablando de cosas que pocos entendían.

Se encontraban los dos hombres por la noche en las funciones de última hora de los teatros, en la postrera sección de los music-halls, cuando las canciones y los temblores de las piernas en alto eran acompañados por el público con una tempestad de berridos y patadas. Se saludaban: preguntaba el padre por Milita, sonreíanse con la simpatía de buenos compadres, y cada uno se reunía á su grupo: el yerno con sus compañeros de círculo, en un palco, vistiendo todavía el frac de las reuniones respetables de que venían; el pintor en las butacas, con unos cuantos de los jóvenes melenudos que eran su escolta.

Renovales veía con cierta satisfacción á López de Sosa saludar á las cocottes más elegantes y de mayor precio, sonreir á las divettes, con la confianza de un buen amigo.

Aquel chico estaba admirablemente relacionado, y él acogía esto como un honor indirecto para su personalidad de padre.

Cotoner se veía arrastrado muchas veces por el maestro fuera de su órbita de graves y substanciosas comidas y tertulias entonadas, que seguía frecuentando para no perder unas amistades que eran su único capital.

—Esta noche vienes conmigo—le decía el maestro misteriosamente.—Comeremos donde quieras y después te enseñaré una cosa... una cosa...

Y le llevaba á oir una pieza en un teatro, permaneciendo inquieto, impaciente, hasta que se desplegaba la fila de coristas en la escena. Entonces daba con el codo á Cotoner, sumido en su asiento, con los ojos muy abiertos, pero dormido interiormente, en la dulce somnolencia de una buena digestión.

—Mira... fíjate; la tercera de la derecha, la pequeñita... la que lleva el mantón amarillo.

—La veo, ¿y qué?—decía el amigo con voz agria por este rudo llamamiento.

—Fíjate bien; ¿á quién se parece? ¿Á quién te recuerda?

Cotoner respondía con un bufido de indiferencia. Á su madre se parecería. ¿Qué le importaban á él tales semejanzas? Pero el asombro le sacaba de su quietismo, al oir que Renovales la encontraba un raro parecido con su mujer, indignándose contra él porque no lo reconocía.

—Pero, Mariano... ¿dónde tienes los ojos?—exclamaba con no menos acritud.—¿Qué tiene esa larguirucha, con cara de hambre, de la pobre difunta?... Tú en ver un espárrago triste le plantas un nombre: Josefina... y no hay más que hablar.

Aunque Renovales se irritase en el primer momento, ante la ceguera de su amigo, acababa al fin por convencerse. Se había engañado, ya que Cotoner no encontraba la semejanza. Debía acordarse de la muerta mejor que él; la pasión no turbaba su recuerdo.

Pero á los pocos días asediaba otra vez á Cotoner con aire misterioso: «Una cosa... tengo que enseñarte una cosa.» Y dejando la compañía de aquellos efebos alegres que irritaban á su viejo amigo, llevaba á éste á un music-hall y le enseñaba otra hembra escandalosa, que levantaba la seca pierna ó movía el vientre, delatando bajo la máscara de colorete la demacración de la anemia.

—¿Y ésta?—imploraba el maestro con cierto temor, como si dudase de sus ojos.—¿No te parece que tiene algo? ¿No te la recuerda?

El amigo estallaba en indignación.

—Tú estás loco. ¿En qué se parece aquella pobrecita, tan buena, tan dulce, tan distinguida, á ese... perro sin vergüenza?

Renovales, después de varios fracasos, que le hacían dudar de la fidelidad de sus recuerdos, no osaba ya consultar á su amigo. Apenas intentaba llevarle á un nuevo espectáculo, Cotoner se echaba atrás...

—¿Otro descubrimiento?... Vamos, Mariano; quítate esas ideas de la cabeza. Si la gente se enterase, te creería trastornado.

Pero desafiando su cólera, el maestro insistió una noche con gran tenacidad para que le acompañase á ver á la «Bella Fregolina», una muchacha española, que cantaba en un teatrillo de los barrios bajos, y cuyo nombre de guerra, en letras de á metro, ostentábase en las esquinas de Madrid. Llevaba más de dos semanas de contemplarla todas las noches.

—Necesito que la veas, Pepe. Un momento nada más. Te lo suplico... Creo que ahora no dirás que me equivoco.

Cotoner cedió, vencido por el tono suplicante de su amigo. Aguardaron mucho tiempo la presentación de la «Bella Fregolina», viendo bailes, escuchando canciones con acompañamiento de mugidos del público. Aquella maravilla se reservaba para lo último. Por fin, con cierta solemnidad, entre un murmullo de expectación, preludió la orquesta una música conocida de todos los entusiastas de la divette, un rayo de luz sonrosada cruzó el pequeño escenario, y salió la «Bella».

Era una muchacha pequeña, esbelta, de una delgadez rayana en la demacración. Su cara, de cierta belleza dulce y melancólica, era lo más notable de su cuerpo. Por debajo del vestido negro con hilos de plata, que se abría en ancha campana, mostrábanse sus piernas de frágil esbeltez, con la carne puramente necesaria para cubrir el hueso. Sobre las gasas del escote, la piel pintada de blanco elevábase con ligerísima protuberancia en los pechos, marcando luego las tirantes aristas de las clavículas. Lo primero que se veía de ella eran los ojos, unos ojos límpidos, grandes, virginales, pero de virgen perversa, por donde pasaban las expresiones lividinosas, sin alterar su cándida superficie. Se movía como una novicia, los brazos pegados al talle, los codos salientes, encogida y ruborosa, y en esta posición, iba cantando con voz de falsete enormes obscenidades que contrastaban con su aparente timidez. En esto estribaba su mérito, y el público acogía sus palabras monstruosas con rugidos de júbilo, dándose por satisfecho con esto, sin exigirla que levantase los pies ó moviese el vientre, respetando su rigidez hierática.

El pintor al verla aparecer dió con un codo á su amigo. No osaba hablar esperando su opinión ansiosamente. Con el rabillo de un ojo le seguía en su examen.

El amigo se mostró clemente:

—Sí... tiene algo. Los ojos... la figura... el gesto: la recuerda; es muy parecida... ¡Pero esa mueca de mona que hace ahora! ¡Esas palabrotas!... No; con todo eso pierde la semejanza.

Y como si le irritase que aquella chicuela, sin voz y sin decoro, se asemejase á la dulce muerta, subrayaba con admiración irónica todas las cínicas expresiones en que terminaban sus couplets.

—¡Muy bonito!... ¡Muy distinguido!...

Pero Renovales, sordo á estas ironías, ensimismado en la contemplación de la «Fregolina», seguía empujándole y murmurando:

—Es ella, ¿verdad?... Igual; el mismo cuerpo... Y además, Pepe; esa chica tiene cierto talento... tiene gracia.

Cotoner movía la cabeza irónicamente. Sí, mucha. Y al oir que Mariano, una vez terminado el espectáculo, mostraba deseos de quedarse á la otra sección y no se movía de su butaca, pensó en abandonarle. Por fin se quedó, arrellanándose en el asiento, con el propósito de dormitar arrullado por la música y los berridos del público.

Una mano impaciente del maestro le sacó de su dulce abstracción. «Pepe... Pepe.» Movió la cabeza y abrió los ojos malhumorado. «¿Qué le ocurría?» En la cara de Renovales vió una sonrisa melosa, traidora; algún disparate que le quería proponer con la mayor dulzura.

—Se me ocurre que podríamos entrar un momento en el escenario: la veríamos de cerca...

El amigo le contestó con indignación. Mariano se creía un pollo, no se daba cuenta de su aspecto. Aquella ciudadana se reiría de ellos; tomaría el aire de la casta Susana, asediada por los dos viejos...

Calló Renovales, pero al poco rato volvió á sacar al amigo de su vaga somnolencia.

—Podías entrar tú solo, Pepe. Tú entiendes más que yo de estas cosas; eres más atrevido. Podías decirla que deseo pintar su retrato. ¡Ya ves, un retrato con mi firma!...

Cotoner rompió á reir, admirando la simpleza de buen príncipe con que el maestro le daba este encargo.

—Gracias, señor; muy honrado por tanta confianza, pero no voy... ¡Grandísimo tonto! ¿Pero tú crees que esa chicuela sabe quién es Renovales, ni lo ha oido nombrar en su vida?...

El maestro se asombró con una simplicidad infantil.

—Hombre, yo creo que el apellido Renovales... que lo que han dicho los periódicos... que mis retratos... En fin, di que no quieres.

Y se calló, ofendido de la negativa de su compañero y de que dudase de que su gloria había llegado hasta aquel rincón. La amistad abusa, con inesperados desdenes, con grandes injusticias.

Al terminar el espectáculo, el maestro sintió la necesidad de hacer algo, de no irse sin enviar á la «Bella Fregolina» un testimonio de su presencia. Compró á una vendedora de flores un cesto muy adornado, que se llevaba á casa con la tristeza del mal negocio. Debía entregarlo inmediatamente á la señorita... «Fregolina».

—Sí, á la Pepita—dijo la mujer con aire de inteligencia, como si la uniese á ella cierta intimidad.

—Y le dice usted que es del señor Renovales... de Renovales el pintor.

La mujer movió la cabeza repitiendo el nombre. Estaba bien: Renovales. Lo mismo que si le hubiese dicho otro nombre cualquiera. Y sin ninguna emoción tomó los cinco duros que le daba el pintor.

—¡Cinco tiros!... ¡Imbécil!—murmuró el amigo perdiendo todo respeto al maestro.

No se dejó arrastrar más el buen Cotoner. En vano le hablaba con entusiasmo Renovales, todas las noches, de aquella muchacha, sintiéndose impresionado por sus transformaciones. Ahora se presentaba con un vestido de rosa pálido, casi semejante á ciertas ropas guardadas en los armarios de su hotel. Aparecía con un sombrero de flores y cerezas, mucho más grande, pero algo parecido á cierto sombrerillo de paja que podía él encontrar entre la confusión de los viejos adornos de la muerta. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de la pobre Josefina! Era un atizamiento de recuerdos que se renovaba todas las noches.

Falto del auxilio de Cotoner, iba á ver á la «Bella» con algunos de los jóvenes de su irrespetuosa corte. Estos muchachos hablaban de la divette con un desprecio respetuoso, como la zorra de la fábula contemplaba las lejanas uvas, consolándose con su acidez. Alababan su belleza, vista de lejos; era lilial según ellos; tenía la santa hermosura del pecado. Estaba fuera de su alcance; ostentaba valiosas joyas, y según sus noticias, tenía poderosos amigos, todos aquellos señoritos que ocupaban los palcos á última hora, vestidos de frac, y la aguardaban á la salida para llevarla á cenar.

Renovales consumíase de impaciencia, no encontrando el medio de acercarse á ella. Todas las noches repetía su envío de canastillas de flores, de grandes ramos. La divette debía estar enterada de la procedencia de tales obsequios, pues con sus ojos buscaba entre el público á aquel señor feo y un tanto viejo, dignándose dedicarle una sonrisa.

El maestro vió una noche á López de Sosa saludar á la cupletista. Su yerno podía ponerle en relaciones con ella. Y audazmente, con un impudor de apasionado, le esperó á la salida para implorar su auxilio.

Quería pintarla; era una modelo magnífica para cierta obra que llevaba en el pensamiento. Lo dijo con cierto rubor, tartamudeando, pero el yerno rió de su timidez, mostrándose dispuesto á protegerle.

—¡Ah, la Pepita! Una gran mujer, y eso que ahora está en decadencia. Con esa cara de colegiala, ¡si usted la viese en una juerga! Bebe como un mosquito... ¡Una fiera!

Pero luego, con expresión grave, expuso los inconvenientes. Estaba con un amigo suyo; un muchacho de provincias, ganoso de notoriedad, que perdía una parte de su fortuna en el juego del Casino, dejando tranquilamente que devorase la otra aquella chicuela, que le daba cierto renombre. Él la hablaría; eran antiguos amigos; nada malo, ¿eh, papá?... No sería difícil convencerla. La tal Pepita tenía predilección por todo lo raro; era algo... romántica. Él le explicaría quién era el gran artista, encareciendo el honor de servirle de modelo.

—Por dinero no lo dejes—murmuró el maestro con angustia.—Todo lo que ella quiera. No temas mostrarte generoso.

Una mañana Renovales llamó á Cotoner para hablarle con grandes extremos de alegría.

—¡Va á venir!... ¡Va á venir esta misma tarde!

El viejo paisajista hizo un mohín de extrañeza. «¿Quién?»

—La «Bella Fregolina»... Pepita. Me avisa mi yerno que la ha convencido; vendrá esta tarde á las tres. Él mismo la acompañará.

Luego tuvo una mirada de desolación para su taller de trabajo. Estaba abandonado desde hacía algún tiempo; había que arreglarlo. Y el doméstico por un lado y los dos artistas por otro, comenzaron apresuradamente el aseo de la gran nave.

Los retratos de Josefina y el lienzo con sólo su cabeza, fueron amontonados en un rincón, cara á la pared, por las febriles manos del maestro. ¿Para qué aquellos fantasmas si iba á presentarse la realidad?... En su lugar colocó un gran lienzo blanco, contemplando su virgen superficie con ojos de esperanza. ¡Las cosas que iba á hacer aquella tarde! ¡Qué fuerza sentía para el trabajo!...

Al quedar solos los dos artistas, Renovales se mostró inquieto, incontentable, pareciéndole siempre que faltaba algo para esta visita, en la que pensaba con escalofríos de inquietud. Flores; había que traer flores; llenar todos los vasos antiguos del estudio, crear un ambiente de suave perfume.

Y Cotoner recorrió el jardín con el criado, puso á saco la serre y volvió á entrar con una brazada de flores, obediente y sumiso como un amigo fiel, pero con un reproche irónico en los ojos. ¡Todo aquello por la «Bella Fregolina»! El maestro estaba trastornado; había vuelto de golpe á la infancia. ¡Con tal que esta visita le quitase su obsesión, que era casi una locura!...

Después pidió más. Había que preparar en una mesa del estudio dulces, Champagne, todo lo mejor que encontrase Cotoner. Éste habló de enviar al criado, quejándose de los trabajos que le acarreaba la visita de aquella muchacha, de la sonrisa cándida y las obscenidades enormes, con los codos pegados al talle.

—No, Pepe—suplicó el maestro.—Ve tú; no quiero que el criado se entere. Después habla... mi hija le acosa con preguntas.

Cotoner se fué con gesto de resignación, y al volver una hora después, vió á Renovales en el cuarto de los modelos poniendo en orden varias ropas.

El viejo amigo alineó sobre la mesa sus paquetes. Puso los dulces en platos antiguos y sacó las botellas de sus envolturas.

—El señor está servido—dijo con un respeto irónico.—¿Quiere algo más el señor?... Toda la familia está en revolución por esa alta dama: tu yerno te la trae; yo te sirvo de criado... sólo falta que llames á tu hija para que la ayude á desnudarse.

—Gracias, Pepe; muchas gracias—exclamó el maestro con ingenua efusión, sin sentirse molestado por sus burlas.

Á la hora del almuerzo, Cotoner le vió entrar en el comedor, muy peinado, muy acicalado, el bigote rizado á tenacilla, vistiendo su mejor traje y con una rosa en la solapa. El bohemio rió con grandes carcajadas. ¡Aquello más!... Estaba loco; se iban á burlar de él.

Apenas tocó los platos. Después paseó sólo por el estudio. ¡Con qué lentitud transcurría el tiempo!... Miraba á cada una de sus vueltas por los tres salones las manecillas de un antiguo reloj de porcelana de Sajonia, puesto sobre una mesa de mármol de colores, reflejando su parte trasera en un profundo espejo veneciano.

Ya eran las tres... El maestro se preguntó con inquietud si no vendría. Las tres y cuarto... las tres y media. No, no vendría; había pasado la hora. ¡Aquellas mujeres, que vivían rodeadas de compromisos y exigencias, sin tener por suyo un instante de su vida!...

De pronto oyo pasos y entró Cotoner.

—Ya está ahí; ahí la tienes... Salud, maestro... ¡Divertirse! Me parece que has abusado bastante de mí y que no exigirás que me quede.

Se fué haciendo con las manos irónicos signos de despedida, y poco después Renovales oyó la voz de López de Sosa, aproximándose lentamente, explicando á su acompañante aquellos cuadros, aquellos muebles que cautivaban su atención.

Entraron. La «Bella Fregolina» mostraba asombro en sus ojos; parecía intimidada por el silencio majestuoso del estudio. ¡Aquel hotel tan grande, tan señorial, tan distinto de todos los que ella había visto!... ¡Aquel lujo antiguo, sólido, histórico, con sus muebles raros que la infundían pavor!... Miró á Renovales con respeto. Le parecía más distinguido, más aseñorado que aquel otro hombre entrevisto vagamente en las butacas de su teatrillo. Le inspiraba miedo, como si fuese un gran personaje, distinto á cuantos hombres había ella tratado. Á esta inquietud se unía cierta admiración. ¡El dinero que tendría aquel prójimo, viviendo con tal aparato!...

Renovales también la miraba emocionado, al tenerla tan cerca.

En el primer instante sintió cierta duda. ¿Realmente se parecía á la otra?... Le desconcertaba la pintura de su rostro; la capa de colorete blanco, con líneas negras en los ojos, que se delataba al través del velo. La otra no se pintaba. Pero al fijarse en sus ojos, surgió de nuevo la conmovedora semejanza, y partiendo de éstos, fué reconstituyendo el rostro adorado, bajo la capa de grasas de color.

La divette examinaba los lienzos que cubrían las paredes. ¡Qué bonito! ¿Y todo aquello lo hacía este señor?... Ella deseaba verse así, arrogante y hermosa en el fondo de un cuadro. ¿De veras deseaba pintarla? Y se erguía con vanidad, satisfecha de que la creyesen hermosa, de gozar la emoción, hasta entonces no deseada, de ver reproducida su imagen por un gran artista.

López de Sosa excusábase con su suegro. Habían tardado por culpa de ella. Con mujeres como ésta nunca había prisa. Se acostaba al amanecer: la había encontrado en la cama...

Luego se despidió, comprendiendo lo embarazosa que resultaba su presencia. Pepita era una buena muchacha; estaba deslumbrada por sus palabras y por el aspecto de la casa. Podía hacer de ella lo que quisiese.

—Vaya, chica, ahí te quedas. El señor es mi papá; ya te lo he dicho. Á ver si eres buena niña.

Y se fué, seguido de la risa forzada de los dos, que celebraron con una alegría embarazosa esta recomendación paternal.

Quedaron en un silencio largo y penoso. El maestro no sabía qué decir. Sobre su voluntad pesaban la timidez y la emoción. Ella no se mostraba menos conmovida. Aquella nave tan grande, tan silenciosa, tan imponente, con su lujo macizo y soberbio, distinto de todo lo que ella había visto, la intimidaba. Sentía el vago temor que precede á una operación desconocida. La turbaban además los ojos ardientes de aquel hombre, fijos en ella, con un temblor en las mejillas y un movimiento de los labios, como si éstos sintieran los tormentos de la sed...

Pronto se repuso de su timidez. Estaba habituada á estos momentos de vergonzoso mutismo que preceden al encuentro en la soledad de dos personas extrañas. Conocía estas entrevistas, que empiezan con cierta vacilación y acaban en ruidosas intimidades.

Miró en torno de ella con una sonrisa de profesional, deseando terminar cuanto antes la molesta situación.

—Cuando usted quiera. ¿Dónde me desnudo?

Renovales se estremeció al oir su voz, como si hubiese olvidado que podía hablar aquella imagen. Le extrañó también la llaneza con que ahorraba explicaciones.

Su yerno hacía bien las cosas: la había traído aleccionada, insensible á toda sorpresa.

El maestro la condujo á la habitación de los modelos y quedó fuera, prudentemente, volviendo la cabeza sin saber por qué, para no ver por la puerta entreabierta. Transcurrió un largo silencio, cortado por el suave fru-fru de las ropas caídas, por el clic metálico de botones y corchetes. De pronto la voz de ella llegó hasta el maestro, ahogada, lejana, con cierta timidez.

—¿Las medias, también?... ¿Es preciso que me las quite?

Renovales conocía esta resistencia de todas las modelos al desnudarse por vez primera. López de Sosa, extremando su buen deseo de complacer á papá, la había hablado de prestar su cuerpo por entero, y ella se desnudaba, sin pedir más explicaciones, con la calma del deber aceptado, creyendo que era absurda su presencia allí para otra cosa que no fuese esto.

El pintor salió de su mutismo; gritó con inquietud. No debía quedarse desnuda. En el cuarto tenía lo necesario para vestirse. Y sin volver la cabeza, introduciendo un brazo por la puerta entreabierta, le mostraba á ciegas lo que él había dejado. Allí tenía un vestido rosa, un sombrero, zapatos, medias, una camisa...

Pepita protestó al reconocer estas prendas, mostrando aversión á cubrir sus carnes con ropas intimas, que parecían usadas y viejas.

—¿La camisa también? ¿También las medias?... No; con el vestido basta.

Pero el maestro suplicaba impaciente. Era necesario todo: lo exigía su pintura. El largo silencio de la muchacha, delató la conformidad con que iba endosándose estas prendas antiguas, dominando su repugnancia.

Cuando salió del cuarto, sonreía con cierta lástima, como si se burlase de ella misma. Renovales se hizo atrás, conmovido por su propia obra, deslumbrado, sintiendo que le zumbaban las sienes, creyendo que cuadros y muebles se agitaban, queriendo rodar en torno de él.

¡Pobre «Fregolina»! ¡Adorable mamarracho! Sentía grandes ganas de reir, pensando en la tempestad de berridos que estallaría en su teatro al verla aparecer en escena vestida de este modo, en las burlas de los amigos si se presentase, en una de sus cenas, adornada con estas ropas de veinte años antes. Ella no había conocido estas modas y le parecían de una antigüedad remota. El maestro se apoyó emocionado en el respaldo de un sillón.

—¡Josefina! ¡Josefina!

Era ella, tal como la guardaba en su memoria; la del dulce verano de las montañas romanas, con su traje de color rosa y aquel sombrero campestre que la daba el aire gracioso de una aldeana de opereta. Aquellas modas, de las que se reía ahora la juventud, eran para él las más hermosas, las más artísticas que había producido el gusto femenil, las que le recordaban la primavera de su vida.

—¡Josefina! ¡Josefina!

Permaneció mudo, pues estas exclamaciones nacían y morían en su pensamiento. No osaba moverse ni hablar, como si temiera ver desvanecida esta aparición de ensueño. Ella, sonriente, gozábase en el efecto que su aparición causaba en el pintor, y al verse reflejada por un lejano espejo, reconocía que en este raro adorno de su persona no estaba del todo mal.