Renovales fué rico, como puede llegar á serlo un pintor. Entonces construyó lo que los envidiosos llamaban «su panteón»: un hotel soberbio, tras las verjas del Retiro.
Sintió el deseo vehemente de fabricarse un nido á su gusto é imagen, como esos moluscos que con el jugo de su cuerpo se fabrican el caparazón que les sirve de vivienda y defensa. Despertó en él esa ansia de ostentación, de originalidad aparatosa, fanfarrona y cómica que duerme en el pensamiento de todo artista. Primero soñó con una reproducción del palacio de Rubens, en Amberes: logias abiertas que servían de estudios, frondosos jardines cubiertos de flores en todo tiempo, y circulando por sus avenidas gacelas, jirafas, pájaros de plumaje luminoso cual voladores ramilletes, y otros animales exóticos que servían de modelos al gran pintor en su afán de copiar la Naturaleza con toda su magnificencia.
Pero el madrileño solar de unos cuantos miles de pies, yermo, blancuzco, limitado por una mísera valla y con la sequedad propia de Castilla, le hizo abandonar este ensueño. Ya que no era posible el alarde rubensesco, se refugiaría en el clasicismo, y levantó en el fondo de un pequeño jardín una especie de templo griego que había de servir de vivienda y estudio. Sobre el frontón triangular alzábanse tres trípodes á modo de flameros, que daban á la vivienda un aspecto de tumba monumental. Pero el maestro, para evitar toda equivocación á los que se detenían al otro lado de la verja, hizo esculpir en la piedra de la fachada guirnaldas de laurel, paletas rodeadas de coronas, y en medio de este aparato de ingenua modestia, una breve inscripción, en letras de oro, de regular tamaño: «Renovales.» Ni más ni menos que una tienda. Dentro, en dos estudios donde nadie pintaba, y que precedían al verdadero estudio de trabajo, exhibíanse los cuadros terminados sobre caballetes cubiertos con telas antiguas, y los visitantes admiraban una teatral balumba de armaduras, tapices, viejos estandartes pendientes del techo, vitrinas cargadas de venerables bagatelas, profundos divanes con sombrajes de telas orientales sostenidas por lanzas, cofres centenarios y bargueños abiertos brillando con el oro pálido de su cajonería.
Equivalían estos estudios, donde nadie estudiaba, á los salones de espera lujosos y en fila del doctor que hace pagar cien pesetas por la consulta; á las antesalas de cuero sombrío y venerables cuadros del jurisconsulto ilustre y probo que no abre la boca sin llevarse un pedazo de la fortuna del cliente. Los que aguardaban en estos dos estudios, grandes como naves de iglesia, con esa majestad silenciosa que se desprende de la pátina de los siglos, sufrían la preparación necesaria para admitir los enormes precios que les pedía el maestro.
Renovales había llegado y podía descansar tranquilamente, según decían sus admiradores. Y sin embargo, el maestro estaba triste: su carácter, agriado por oculto malestar, estallaba en ruidosas cóleras.
Bastaba para enfurecerle el más leve ataque de un enemigo insignificante. Los discípulos creían que era esto efecto de los años. Las luchas le habían envejecido hasta el punto de que con sus grandes barbas y su espalda un poco arqueada, parecía diez años más viejo.
En este templo blanco, sobre cuyo frontón flameaba su nombre con oro de gloria, era menos feliz que en las modestas viviendas de Italia ó en el buhardillón cercano á la Plaza de Toros. De aquella Josefina de sus primeros tiempos de matrimonio sólo quedaba una lejana sombra. La maja desnuda de las dulces noches de Roma y Venecia, no era más que un recuerdo. Al volver á España se había evaporado la falsa robustez de su maternidad.
Adelgazaba como si la consumiese un fuego oculto: derretíase en interna combustión el grasoso almohadillado que rellenaba su cuerpo con graciosas ondulaciones. Comenzaba á marcar el esqueleto sus agudas aristas y obscuras oquedades bajo la piel pálida y flácida. ¡Pobre maja desnuda! El marido la compadecía, atribuyendo su decadencia á las luchas y preocupaciones que habían sufrido al establecerse en Madrid.
Por ella deseaba vencer y hacerse rico, proporcionándola el soñado bienestar. Su enfermedad tenía un origen moral: era neurastenia, honda tristeza. La pobre sufría, indudablemente, al verse en aquel Madrid, donde había vivido con relativa brillantez, condenada á una existencia de pobre, habitando una casa mísera, luchando con la escasez de dinero y teniendo que ocuparse en las más vulgares faenas. Se quejaba de extraños dolores; sus piernas perdían toda fuerza; se desplomaba sobre una silla, permaneciendo inmóvil horas y más horas, llorando sin saber por qué. Digería mal; durante semanas enteras repelía su estómago todo alimento. Por las noches agitábase en la cama sin poder dormir, y apenas apuntaba el día ya estaba de pie, corriendo la casa con una actividad de duende, revolviéndolo todo, buscando querella á la criada, al marido, á ella misma, hasta que, de pronto, caía en el anonadamiento desde lo alto de su excitación, é iniciaba el primer llanto.
Estas crisis domésticas quebrantaban el ánimo del pintor, pero las acogía con paciencia. Á su antiguo amor uníase ahora una dulce conmiseración viéndola tan débil, sin otros restos de su antigua belleza que los ojos, hundidos en sus azuladas órbitas, brillantes con el misterioso fuego de la fiebre. ¡Pobrecilla! La miseria la había puesto así. Su marido consideraba su debilidad con cierto remordimiento. Su suerte era la del soldado que se sacrifica por la gloria de su general. Renovales había vencido, pero dejando á sus espaldas á la mujer amada, caída en la lucha por ser más débil.
Admiraba, además, su abnegación maternal. El vigor que á ella le faltaba lo tenía Milita, aquella criatura que llamaba la atención por su robustez y sus colores. La voracidad de este organismo fuerte y avasallador había absorbido toda la vida de la madre.
Cuando el artista fué rico é instaló su familia en el nuevo hotel, creyó que Josefina iba á resucitar. Los médicos confiaban en un rápido cambio. El primer día que pasearon los dos por los salones y estudios de la nueva casa, inventariando con mirada satisfecha los muebles y los ricos objetos antiguos y modernos, Renovales cogió del talle á la débil muñeca, inclinando la cabeza sobre ella, acariciando su frente con las recias barbas.
Todo era suyo, el hotel y sus lujosas decoraciones; de ella también el dinero que aun le quedaba y el que seguiría ganando. Ella era la señora, la dueña absoluta; podía gastar cuanto quisiera, allí estaba él para hacer frente á todo. Podía distinguirse por su lujo, tener carruajes, dar envidia á sus antiguas amigas, enorgullecerse de ser la mujer de un pintor famoso, mucho más que otras que habían pescado con el matrimonio una corona condal... ¿Estaba contenta?
Ella decía que sí, moviendo la cabeza débilmente, y hasta se empinó sobre las puntas de los pies para besar agradecida aquella boca que parecía arrullarla á través de las nubes de pelos; pero su gesto era triste y sus desmayados movimientos de flor marchita, como si no existiese alegría mundanal que pudiera sacarla de este desaliento.
Á los pocos días, pasada la primera impresión del cambio de vida, volvieron á repetirse en el lujoso hotel las mismas crisis que tantas veces habían conmovido anteriores viviendas.
Renovales la encontraba en el comedor con la cabeza entre las manos, llorando, sin querer explicarle la causa de sus lágrimas. Cuando intentaba cogerla entre sus brazos, acariciándola como á una niña, la mujercita se encrespaba lo mismo que si recibiese una injuria.
—Déjame—gritaba, fijando en él unos ojos hostiles.—No me toques... Vete.
Otras veces la buscaba por la casa, preguntando en vano á Milita, que, habituada á las crisis de su madre y sostenida por su egoísmo de muchacha fuerte, no hacía gran caso de ella y seguía jugando con sus innumerables muñecas.
—No sé, papaíto; debe estar llorando arriba—contestaba con naturalidad.
Y en algún rincón del piso alto, en el dormitorio, junto á la cama, ó entre las ropas del cuarto de vestir, la encontraba el marido sentada en el suelo, la mandíbula apoyada en las manos, los ojos fijos en la pared, como si contemplase algo invisible y misterioso que sólo ella podía ver. Ahora no lloraba; sus ojos estaban secos, agrandados por una expresión de espanto, y era en vano que el esposo intentase atraerla. Permanecía inmóvil, fría, insensible á sus caricias, como si fuese un extraño, como si entre los dos existiera una indiferencia inabordable.
—Quiero morir—decía con voz grave y concentrada.—No hago falta en el mundo: quiero descansar.
Esta resignación fúnebre convertíase poco después en furiosa acometividad. Renovales nunca se daba cuenta de cómo se iniciaba el conflicto. La más insignificante de sus palabras, un gesto, su mismo silencio, bastaban para atraer la tormenta. Josefina comenzaba á hablar con acento agresivo, dando á sus palabras la cortante frialdad de una navaja. Censuraba al pintor por lo que hacía y lo que no hacía, por sus costumbres más insignificantes, por lo que pintaba, y de pronto, extendiendo el radio de sus injurias, queriendo abarcar en ellas al mundo entero, prorrumpía en denuestos contra las distinguidas personas que formaban la clientela del marido, proporcionándole enormes ganancias. Podía estar satisfecho de los retratos de aquellas gentes: ellos, unos señores despreciables, malas personas, ladrones casi todos. Su madre, que estaba bien enterada de este mundo, le había contado muchas historias. Á ellas aun las conocía mejor; casi todas habían sido sus compañeras de colegio ó sus amigas. Se habían casado para poner en ridículo á sus maridos; todas tenían historia; eran perdidas peores que las que montaban la guardia de noche en las aceras. Aquella casa, con toda su fachada de laureles y sus letras de oro, era un burdel. El mejor día se plantaba ella en el estudio y las echaba á la calle para que las retratasen en otra parte.
—¡Por Dios, Josefina!—murmuraba angustiado Renovales.—No digas esas cosas; no pienses esas barbaridades. Parece imposible que hables así. La niña nos oye.
Josefina, agotada ya su ira nerviosa, prorrumpía en llanto y Renovales tenia que abandonar la mesa para acompañarla á la cama, donde se tendía gritando por centésima vez su deseo de morir.
Esta vida le era aún más intolerable por su fidelidad conyugal, por aquel amor mezclado de costumbre y rutina que le mantenía sólidamente adherido á su esposa.
Por las tardes, á última hora, se reunían en su estudio varios amigos, entre los cuales figuraba el famoso Cotoner, que había trasladado su residencia á Madrid. Cuando envueltos en la luz del crepúsculo que iba penetrando por la enorme vidriera, sentíanse inclinados á las confidencias amistosas, Renovales hacía siempre la misma declaración:
—De muchacho me he divertido como cualquiera; pero desde que me casé no conozco otra mujer que la propia. Lo digo con orgullo.
Y el hombretón erguía su alto cuerpo y se acariciaba hacia arriba las barbas, satisfecho de su fidelidad conyugal, como otros lo estaban de sus buenas fortunas en amor.
Cuando se hablaba en su presencia de mujeres hermosas ó se examinaban retratos de las grandes beldades extranjeras, el maestro no ocultaba su aprobación:
—¡Muy hermosa! ¡Muy bonita... para pintarla!
Sus entusiasmos por la belleza no iban más allá de los límites del arte. Sólo existía una mujer en el mundo, la suya; las demás eran modelos.
Él, que llevaba en su pensamiento una orgía de carne y adoraba la desnudez con unción religiosa, guardaba todos sus homenajes de hombre para la mujer legítima, cada vez más enferma, más triste, esperando con paciencia de enamorado un momento de calma, un rayo de sol entre las incesantes tormentas.
Los médicos, confesándose inhábiles para curar este desarreglo nervioso que consumía el organismo de la esposa, confiaban en un cambio inesperado y recomendaban al marido una extremada dulzura. Esto servía para aumentar su paciente mansedumbre. Atribuían el trastorno de sus nervios al parto y la lactancia, que habían quebrantado su débil salud; sospechaban además la existencia de alguna causa desconocida, que mantenía á la enferma en interminable excitación.
Renovales, que estudiaba á su mujer con el anhelo de recobrar la paz doméstica, adivinó de pronto la verdadera causa de su enfermedad.
Milita iba creciendo: ya era una mujer. Tenia catorce años y vestía de largo, atrayendo las miradas de los hombres con su belleza sana y fuerte.
—Cualquier día se nos la llevan—decía riendo el maestro.
Y su mujer, al oirle hablar de matrimonio, haciendo conjeturas sobre su futuro yerno, cerraba los ojos, para decir con voz reconcentrada, reveladora de invencible tenacidad:
—Se casará con quien quiera... menos con un pintor. Antes prefiero verla muerta.
Renovales adivinó entonces la verdadera enfermedad de su mujer. Eran celos, unos celos inmensos, mortales, anonadadores; era la tristeza de verse enferma. Estaba segura de su esposo; conocía sus afirmaciones de fidelidad conyugal. Pero el pintor, al hablar de sus entusiasmos artísticos en presencia de ella, no ocultaba su adoración á la belleza, su culto religioso á la forma. Aunque callase, ella penetraba en su pensamiento; leía en él este fervor que databa de la juventud y había ido aumentándose con los años. Al contemplar las estatuas de soberana desnudez que adornaban los estudios, al pasar sus ojos por los álbums y cartones, donde la luz de la carne brillaba con resplandor divino entre las sombras del grabado, ella las comparaba mentalmente con su cuerpo enflaquecido por la enfermedad.
Los ojos de Renovales, que parecían beber con adoración los brazos de armoniosas líneas, los pechos torneados y firmes como copas de alabastro, las caderas de voluptuosa caída, las gargantas de aterciopelada redondez, las piernas de esbelta majestad, eran los mismos que contemplaban por la noche su tronco débil, surcado por la saliente escalinata de las costillas; los blasones femeniles, antes firmes á voluptuosos, colgantes como harapos: sus brazos, en los que la debilidad moteaba la piel con manchas amarillas; sus piernas, cuya delgadez esquelética sólo estaba interrumpida por el abultamiento saliente de las rótulas. ¡Mísera de ella!... Aquel hombre no podía amarla. Su fidelidad era compasión, tal vez rutina, virtud inconsciente. Nunca se creería amada. Con otro hombre aun era posible esta ilusión, pero él era un artista; adoraba de día la belleza, para tropezar por la noche con la fealdad del agotamiento, con la miseria física.
La atormentaban incesantemente los celos, amargando su pensamiento, devorando su vida; unos celos inconsolables, por lo mismo que no encontraban nada real en que apoyarse.
Sentía una tristeza inmensa al reconocer su fealdad, una envidia insaciable contra todos, un deseo de morir, pero matando antes al mundo para arrastrarlo en su caída.
Las ingenuas caricias de su esposo la irritaban como un insulto. Tal vez creía amarla; tal vez se aproximaba á ella de buena fe; pero leía en su pensamiento y encontraba en él á la irresistible enemiga, á la rival que la anonadaba con su belleza. Y esto no tenía remedio. Estaba unida á un hombre que sería fiel, mientras viviese, á la religión de lo hermoso, sin apostatar jamás de ella. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de aquellos días en que defendía del marido su cuerpo primaveral que intentaba pintar! Si ahora volviesen á ella la juventud y la belleza, arrojaría impúdicamente todas las envolturas, se plantaría en medio del estudio con la arrogancia de una bacante, gritando:
—Pinta; hártate de mi carne, y siempre que pienses en tu eterna querida, en esa que llamas la Belleza, procura verla con mi misma cara; que tenga mi mismo cuerpo.
Era una inmensa desgracia vivir unida á un artista. Jamás casaría á su hija con un pintor: antes verla muerta. Los que llevaban dentro el demonio de la forma, sólo podían vivir tranquilos y felices con una compañera eternamente joven, eternamente bella.
La fidelidad de su marido, la desesperaba. Aquel artista casto, estaba rumiando siempre en su pensamiento el recuerdo de bellas desnudeces, imaginaba cuadros que no se atrevía á pintar por miedo á ella. Con su penetración de enferma parecía leer estos anhelos en la frente de su esposo. Mejor hubiese preferido una infidelidad cierta: verle enamorado de otra mujer, enloquecido por una pasión sexual. De este viaje, fuera de los límites del matrimonio, podría volver, fatigado y humilde, pidiéndola perdón; pero del otro, no volvería nunca.
Renovales, al adivinar esa tristeza, emprendió con ternura la curación moral de su mujer. Evitó hablar en presencia de ella de sus adoraciones artísticas; encontró terribles defectos á las damas hermosas que le buscaban como retratista; ensalzaba la belleza espiritual de Josefina; la pintaba, trasladando al lienzo sus mismas facciones, pero hermoseadas con sutil habilidad.
Ella sonreía, con esa eterna condescendencia que tiene la mujer para las más estupendas y escandalosas mentiras, siempre que la halaguen.
—Eres tú—decía Renovales:—tu misma cara, tu gracia, tu distinción. Aun creo que te he hecho menos hermosa.
Seguía sonriendo, pero de pronto su mirada endurecíase, apretaba los labios y la sombra se remontaba poco á poco por su rostro.
Clavaba sus ojos en los del pintor como si registrase su pensamiento.
Todo mentira. Su marido la halagaba, creía amarla, pero sólo su carne permanecía fiel. La enemiga invencible, la eterna amante, era señora de su pensamiento.
Atenazada por esta infidelidad mental y por la rabia que la producía su impotencia, iba formándose en su sistema nervioso una de aquellas tempestades que estallaban en lluvias de lágrimas y truenos de insultos y recriminaciones.
La vida del maestro Renovales era un infierno, cuando poseía ya la gloria y la riqueza, con las que había soñado tantos años, cifrando en ellas su felicidad.
IV
Eran las tres de la tarde cuando el ilustre pintor volvió á su casa después del almuerzo con el húngaro.
Al entrar en el comedor, antes de dirigirse al estudio, vió á dos mujeres que, con el sombrero puesto y el velillo ante el rostro, parecían disponerse á salir. Una de ellas, tan alta como el pintor, se arrojó á su cuello con los brazos abiertos.
—Papá, papaíto, te hemos esperado hasta cerca de las dos. ¿Has almorzado bien?...
Y le acariciaba con ruidosos besos, rozando sus frescas mejillas de rosa en las barbas canas del maestro.
Renovales sonreía bondadosamente bajo este chaparrón de caricias. ¡Ah, su Milita! Era la única alegría de aquella vivienda triste y ostentosa como un panteón. Ella era la que dulcificaba el ambiente de tedio agresivo que la enferma parecía esparcir en torno de él. Contempló á su hija, adoptando un cómico aire de galán!
—Muy bonita, sí, señor; está usted muy bonita hoy. Es usted un verdadero Rubens, señorita; un Rubens en moreno. ¿Y adónde vamos á lucir el garbo?...
Paseaba su mirada satisfecha de creador por este cuerpo fuerte y sonrosado, en el cual delatábase la crisis de la juventud con cierta delgadez pasajera, producto de un rápido crecimiento, y un círculo profundo en torno de los ojos. Su mirada húmeda y misteriosa era la de una mujer que empieza á enterarse de su significación en la vida. Vestía con cierta elegancia exótica: su traje tenía un aire varonil; su corbata y su cuello hombrunos, armonizaban con la viveza rígida de sus movimientos, con sus botinas inglesas de ancho tacón, con la soltura violenta de sus piernas, que al marchar abrían las faldas como un compás, más atentas á la rapidez y al taconeo fuerte que á la gracia del paso. El maestro admiraba su belleza saludable. ¡Qué magnífico ejemplar!... Con ella no se extinguiría la raza. Era él, toda él: de haber nacido hembra, sería semejante á su Milita.
Ésta seguía hablando, sin separar los brazos de los hombros del padre, fijos en el maestro sus ojos, que tenían un temblor de oro líquido.
Iba á su paseo diario con Miss; una marcha de dos horas por la Castellana, por el Retiro, sin sentarse, sin detenerse un instante, dando de paso una lección peripatética de inglés. Sólo entonces volvió Renovales la vista para saludar á Miss, una mujer obesa, con la cara roja y arrugada, mostrando al sonreir una dentadura que tenía el brillo amarillento de las fichas de un dominó. En el estudio, Renovales y sus amigos reían muchas veces del aspecto de Miss y de sus manías; de su peluca roja puesta sobre el cráneo con el mismo descuido que un sombrero; de su dentadura postiza y escandalosa; de sus capotas que fabricaba ella misma utilizando los cintajos y harapos que caían en sus manos; de su inapetencia crónica, que la hacía nutrirse con cerveza, teniéndola en perpetua turbación, que se manifestaba en exageradas reverencias.
Su gordura fofa de bebedora, mostrábase alarmada por la proximidad de este paseo, que era su tormento diario, esforzándose dolorosamente por seguir las zancadas de la señorita. Al ver que el pintor la miraba, púsose aún más roja é hizo tres grandes reverencias.
—¡Oh, míster Renovales! ¡Oh, sir!...
Y no le llamó lord, porque el maestro, después de saludarla con un movimiento de cabeza, se olvidó de ella, volviendo á hablar con su hija.
Milita se interesaba por el almuerzo de su padre con Tekli. ¿Conque había bebido Chiantti? ¡Ah, egoísta! ¡Con tanto que le gustaba á ella!... Había hecho mal en avisar tan tarde. Afortunadamente estaba Cotoner en casa, y mamá le había obligado á quedarse para no almorzar solas. El viejo amigo se había metido en la cocina, preparando uno de aquellos platos cuyo guiso había aprendido en sus tiempos de paisajista. Milita observaba que todos los paisajistas eran algo cocineros. Su vida al aire libre, las necesidades de su existencia errante por ventas y cabañas, desafiando la escasez, les aficionaban insensiblemente á esta habilidad.
Habían almorzado muy bien. Mamá había reído con las gracias de Cotoner, que siempre estaba alegre; pero á los postres, cuando llegó Soldevilla, el discípulo predilecto de Renovales, se había sentido mal, desapareciendo para ocultar sus ojos llenos de lágrimas, su pecho angustiado por los sollozos.
—Estará arriba—dijo la joven con cierta indiferencia, habituada ya á estas crisis.—Adiós, papaíto; un beso. En el estudio tienes á Cotoner y á Soldevilla. Otro beso... Deja que te muerda.
Y después de clavar con suavidad sus dientecitos en una mejilla del maestro, la joven salió seguida de Miss, que bufaba prematuramente pensando en el fatigoso paseo.
Renovales quedó inmóvil, como si no quisiera sacudir este ambiente de cariño en que le envolvía su hija. Milita era suya, toda suya. Amaba á su madre, pero su afecto resultaba frío comparado con la pasión vehemente que sentía por él, esa predilección vaga é instintiva que las hijas sienten por los padres, y que es como un esbozo de la adoración que ha de inspirarles después el hombre amado.
Pensó un momento en buscar á Josefina para consolarla, pero tras corta reflexión desistió de este propósito. No sería nada; su hija estaba tranquila; un arrechucho, como los de costumbre. Subiendo se exponía á una escena terrible que le amargase la tarde, quitándole los deseos de trabajar, desvaneciendo aquella alegría juvenil que llevaba en el alma después de su almuerzo con Tekli.
Se dirigió al último estudio, el único que merecía este nombre, pues era donde él trabajaba, y vió á Cotoner sentado en un sillón conventual, con el asiento combado por el peso de su abultada persona, los codos apoyados en los brazos de roble, el chaleco desabotonado para dejar en libertad el repleto abdomen, la cabeza hundida en los hombros, la cara roja y sudorosa, los ojos entornados por la suave embriaguez de su digestión en aquel ambiente caldeado por una enorme estufa.
Cotoner estaba viejo; tenía el bigote blanco y la cabeza calva, pero su cara sonrosada y lustrosa era de una frescura infantil. Respiraba la placidez del célibe casto que sólo ama la buena mesa y aprecia la somnolencia digestiva de la boa como la mayor de las felicidades.
Se había cansado de vivir en Roma. Escaseaban los encargos. Los papas vivían más años que los patriarcas bíblicos; los retratos al cromo del Pontífice le hacían una competencia ruinosa. Además, estaba viejo y los pintores jóvenes que llegaban á Roma no le conocían; eran gentes tristes que le miraban como á un bufón, y sólo abandonaban su seriedad para burlarse de él. Su tiempo había pasado. El eco de los triunfos de Mariano allá en la tierra había tirado de él, decidiéndole á trasladarse á Madrid. Lo mismo se vivía en todas partes. También en Madrid tenía amigos. Y había continuado aquí su vida de Roma, sin ningún esfuerzo, sintiendo ciertos anhelos de gloria en su exigua personalidad de jornalero del arte, como si sus relaciones con Renovales le impusieran el deber de buscar en la pintura un lugar cercano al suyo.
Había vuelto á los paisajes, sin obtener triunfos mayores que la ingenua admiración de las lavanderas y los ladrilleros que en las cercanías de Madrid formaban semicírculo ante su caballete, diciéndose que aquel señor, que llevaba en la solapa el botón multicolor de sus diversas condecoraciones pontificales, debía ser un pájaro gordo, alguno de los grandes pintores de que hablaban los periódicos. Renovales le había alcanzado dos menciones honoríficas en la Exposición, y tras esta victoria, compartida con todos los muchachos que empezaban, Cotoner se tendió en el surco, descansando para siempre, dando por cumplida la misión de su existencia.
La vida en Madrid no se le presentaba más difícil que en Roma. Dormía en casa de un sacerdote, al que había conocido en Italia, acompañándolo en sus correrías por las oficinas pontificales. Este capellán, que estaba empleado en los escritorios de la Rota, tenia á gran honor el hospedar al artista, recordando sus relaciones amistosas con los cardenales y creyéndole en correspondencia con el mismo Papa.
Habían convenido una cantidad por el hospedaje, pero el clérigo no mostraba prisa en cobrarla: ya le encargaría algún cuadro para unas monjas de las que era confesor.
La comida ofrecía aún menos dificultades para Cotoner. Tenía repartidos los días de la semana entre varias familias ricas, de ferviente religiosidad, á las que había conocido en Roma durante las grandes peregrinaciones españolas. Eran mineros opulentos de Bilbao; propietarios agrícolas de Andalucía; viejas marquesas que pensaban mucho en Dios, siguiendo sus costumbres de vida opulenta, á las que daban un tono severo con la pátina de la devoción.
El pintor sentíase bien agarrado á este pequeño mundo, grave, religioso y que comía bien. Era para todos el «buen Cotoner». Las señoras sonreían agradecidas cuando las obsequiaba con algún rosario ú otro objeto de devoción traído de Roma. Si mostraban deseos de obtener alguna dispensa del Vaticano, las ofrecía escribir á «su amigo el cardenal». Los maridos, contentos de tener un artista en casa á tan poca costa, le consultaban el plano de una capilla nueva, el diseño de un altar, y en sus fiestas onomásticas recibían con gesto protector algún regalo de Cotoner; una manchita, un paisaje sobre tabla, que exigía muchas veces explicaciones previas para conocer su significación. En las comidas era la alegría de esta gente de sanos principios y mesuradas palabras, relatando originalidades de los «monseñores» y «eminencias» que había conocido en Roma. Estos chistes los aceptaban con cierta unción, por escabrosos que fuesen, viniendo de tan respetables personajes.
Cuando por enfermedad ó viaje se rompía el orden de las invitaciones y Cotoner carecía de convite, se quedaba á comer en casa de Renovales, sin previa invitación. El maestro quiso instalarlo en su hotel, pero él no aceptó. Amaba mucho á toda la familia: Milita jugaba con él como si fuese un perro viejo; Josefina le tenía cierto afecto, porque le recordaba con su presencia los buenos tiempos de Roma. Pero Cotoner, á pesar de esto, mostraba cierto miedo, adivinando las tormentas que ennegrecían la vida del maestro. Prefería su existencia libre, á la que se adaptaba con una ductilidad de parásito. Al final de las comidas escuchaba, con movimientos de aprobación, las graves pláticas de sobremesa entre doctos sacerdotes y graves devotas, y una hora después bromeaba impíamente en cualquier café con pintores, cómicos y periodistas. Conocía á todo el mundo: le bastaba hablar dos veces con un artista, para tutearle y jurar que le quería y admiraba con toda su alma. Al entrar Renovales en el estudio, sacudió su torpeza digestiva y estiró las cortas piernas para tocar el suelo y salir del sillón.
—¿Te han contado, Mariano?... ¡Un plato magnifico! Les he hecho un gazpacho de pastor... ¡Se han chupado los dedos!
Hablaba con entusiasmo de su obra culinaria, como si concentrase en esta habilidad todos sus méritos. Después, mientras Renovales entregaba el sombrero y el gabán al criado que le seguía, Cotoner, con una curiosidad de amigo íntimo, deseoso de conocer todos los detalles de la existencia de su ídolo, le hizo preguntas sobre su almuerzo con el extranjero.
Renovales se tendió en un diván, profundo como un nicho, entre dos bibliotecas, y flanqueado por montones de cojines. Al hablar de Tekli, recordaron á sus amigos de Roma, pintores de diversas nacionalidades, que veinte años antes marchaban con la frente alta, siguiendo como hipnotizados la estrella de la esperanza. Renovales, en su orgullo de luchador, incapaz de hipocritas modestias, declaraba que él era el único que había llegado. El pobre Tekli era un profesor: su copia de Velázquez resultaba un trabajo paciente de bestia artística.
—¿Tú lo crees?—preguntó Cotoner con gesto de duda.—¿Tan mal lo hace?...
Procuraba por egoísmo no hablar contra nadie; dudaba del mal; creía ciegamente en el elogio, conservando de este modo su reputación de bueno, que le daba acceso en todas partes, facilitando su vida. La imagen del húngaro estaba fija en su memoria, haciéndole pensar en una serie de almuerzos, antes de que aquél abandonase Madrid.
—Buenas tardes, maestro.
Era Soldevilla, que con las manos cruzadas bajo el faldón de la americana, abombando el pecho para lucir mejor el chaleco de terciopelo granate, y la cabeza en alto, atormentada por la desmesurada altura del cuello rígido y nítido, salía de detrás de un biombo. Su delgadez y lo exiguo de su estatura estaban compensadas por la longitud de sus bigotes rubios, que se empinaban en torno de la naricilla sonrosada, como si quisieran confundirse con los bandós de su peinado, lacios y desmayados sobre la frente. Este Soldevilla era el discípulo favorito de Renovales, «su debilidad», según decía Cotoner. El maestro había reñido grandes batallas por alcanzarle la pensión en Roma; después le había premiado en varias exposiciones.
Le miraba como si fuese su hijo, atraído tal vez por el contraste entre su rudeza y la debilidad de aquel dandy de la pintura, siempre correcto, siempre amable, que consultaba para todo á su maestro, aunque después no hiciese gran caso de sus consejos. Cuando hablaba mal de los compañeros de arte, lo hacía con una suavidad venenosa, con una finura mujeril. Renovales reía de su aspecto y de sus costumbres, y Cotoner le hacía coro. Era una porcelana, siempre brillante; no se encontraba en él la más leve mota de polvo; debía dormir en una rinconera. ¡Ah, los pintores del día! Los dos artistas viejos recordaban el desarreglo de su juventud; su bohemia descuidada, con grandes barbas y enormes sombreros; todas sus bizarras extravagancias para distinguirse de los demás mortales, formando un mundo aparte. Sentíanse malhumorados, como en presencia de una abdicación, ante los pintores de la última hornada, correctos, prudentes, incapaces de locuras, copiando las elegancias de los ociosos, con un aire de funcionarios del Estado, de oficinistas que manejaban el pincel.
Soldevilla, á continuación de su saludo, aturdió al maestro con un desmesurado elogio. Estaba admirando el retrato de la condesa de Alberca.
—Una maravilla, maestro. Lo mejor que ha pintado usted... y eso que está á medio hacer.
Este elogio conmovió á Renovales. Se levantó para apartar de un empujón el biombo, y arrastró un caballete que sostenía un gran lienzo, hasta colocarlo frente á la luz que penetraba por el ventanal de cristales.
Sobre un fondo gris erguíase, con la majestad de la belleza habituada á la admiración, una dama vestida de blanco. El esprit de plumas y brillantes parecía temblar sobre sus rizos, de un rubio leonado; el pecho marcaba el arranque de las redondeces de sus montículos entre las blondas del escote; las manos, enguantadas hasta más arriba del codo, sostenían una el rico abanico y otra una capa obscura, forrada de raso color de fuego, que se deslizaba de sus hombros desnudos, próxima á caer. La parte baja de la figura estaba indicada solamente por trazos de carbón sobre la blancura del lienzo. La cabeza, casi terminada, parecía mirar á los tres hombres con sus ojos orgullosos, algo fríos, pero de una falsa frialdad, delatando, detrás de su pupila, apasionamientos ocultos, un volcán muerto que resucitaba á sus horas.
Era una mujer alta, esbelta, de adorables y justas carnosidades, que parecía sostenerse en el esplendor de una segunda juventud con la higiene y las comodidades de su elevada posición. Los extremos de sus ojos estaban achicados por un pliegue de fatiga.
Cotoner la contemplaba desde su asiento con una calma de hombre casto, comentando su belleza tranquilamente, sintiéndose á cubierto de toda tentación.
—Es ella, la has clavado, Mariano. Ella misma... ¡Ha sido una gran mujer!
Renovales pareció ofendido por este comentario.
—Lo es—dijo con cierta hostilidad.—Lo es todavía.
Cotoner no era capaz de discutir con su ídolo y se apresuró á rectificarse:
—Es una buena moza; muy guapa, sí, señor, y muy elegante. Dicen también que tiene talento y que es incapaz de dejar sufrir á los que la adoran. ¡Poquito se habrá divertido esta señora!...
Renovales volvió á encresparse como si le hiriesen estas palabras.
—¡Bah! mentiras, calumnias—dijo con voz fosca:—invenciones de ciertos señoritos que al verse despreciados la cuelgan esas infamias.
Cotoner volvió á deshacerse en explicaciones. Él no sabía nada: lo había oído decir. Las señoras en cuya casa comía, hablaban mal de la de Alberca... pero tal vez fuesen murmuraciones de mujeres. Se hizo el silencio, y Renovales, como si desease torcer el curso de la conversación, se encaró con Soldevilla.
—¿Y tú, no pintas? Siempre te veo por aquí á la hora de trabajar.
Sonreía con cierta malicia al decir esto, mientras el joven se excusaba ruborizándose. Trabajaba mucho, pero todos los días sentía la necesidad de dar una vuelta por el estudio del maestro antes de dirigirse al suyo.
Era una costumbre de sus tiempos de principiante, de aquella época, la mejor de su vida, en que aprendía junto al gran pintor, en otro estudio menos lujoso que éste.
—¿Y Milita? ¿la has visto?—prosiguió Renovales con sonrisa bonachona, en la que había una punta de malicia.—¿No te ha tomado hoy el pelo por esa nueva corbata que quita la vista?
Soldevilla también sonrió. Había estado en el comedor con doña Josefina y Milita, y ésta se había burlado de él como siempre. Pero era sin malicia: ya sabía el maestro que Milita y él se trataban como hermanos.
Más de una vez, cuando ella era pequeña y él un chicuelo, la había servido de caballo, trotando por el viejo estudio, llevando á la espalda aquel gran diablo que le tiraba del pelo y le abofeteaba con sus manecitas.
—Es muy mona—interrumpió Cotoner.—Es la muchacha más graciosa y más buena que conozco.
—¿Y el simpar López de Sosa?—preguntó el maestro otra vez con tono de malicia.—¿No ha venido hoy ese chauffeur que nos vuelve locos con sus automóviles?
Desapareció la sonrisa de Soldevilla. Púsose pálido y brillaron sus ojos con verdoso fulgor. No; no había visto á ese caballero. Según decían las señoras, andaba muy ocupado en la reparación de un automóvil que se le había roto en el camino del Pardo. Y como si el recuerdo de este amigo de la familia fuese penoso para el joven pintor y deseara evitar nuevas alusiones, se despidió del maestro. Iba á trabajar; aun podían aprovecharse dos horas de sol. Pero antes de salir dedicó nuevos elogios al retrato de la condesa.
Quedaron solos los dos amigos en un largo silencio. Renovales, sumido en la penumbra de aquel nicho de telas persas en que se empotraba su diván, contemplaba el retrato.
—¿Ha de venir hoy?—preguntó Cotoner señalando al lienzo.
Renovales hizo un gesto de disgusto. Hoy ú otro día; con esta mujer era imposible un trabajo serio.
La esperaba aquella tarde, pero no le causaría extrañeza que faltase á la sesión. Llevaban cerca de un mes sin poder pintar dos días seguidos. Tenía muchas ocupaciones: presidía sociedades para la enseñanza y la emancipación de la mujer; proyectaba festivales y tómbolas; una actividad de señora aburrida, un aturdimiento de pájaro loco que la hacía querer estar en todas partes á un mismo tiempo, sin voluntad para marcharse, una vez lanzada en la corriente del femenil chismorreo. De pronto, el pintor, con los ojos fijos en el retrato, tuvo un impulso de entusiasmo.
—¡Qué mujer, Pepe!—exclamó.—¡Qué mujer para pintarla!...
Sus ojos parecían desnudar á la beldad que se erguía en el lienzo con toda su prosopopeya aristocrática. Intentaban penetrar el misterio de aquella envoltura de encajes y sedas; ver el color y las lineas de unas formas que apenas se marcaban con suave bulto al través del vestido. Á esta reconstrucción mental ayudaban los hombros desnudos y el arranque de los amorosos globos que parecían temblar con dureza elástica en el filo del escote, separados por una línea de suave penumbra.
—Eso mismo le he dicho á tu mujer—afirmó el bohemio con sencillez.—Si tú pintas señoras hermosas como la condesa, es por pintarlas, sin que se te ocurra ver en ellas más que una modelo.
—¡Ah! ¡Conque mi mujer te ha hablado de esto!...
Cotoner se apresuró á tranquilizarle, temiendo ver turbada su digestión. Nada; nerviosidades de la pobre Josefina, que, en su enfermedad, todo lo veía negro.
Había aludido durante el almuerzo á la de Alberca y su retrato. No parecía quererla, á pesar de ser su compañera de colegio. Le ocurría lo que á las otras mujeres: la condesa era un enemigo que las inspiraba miedo. Pero él la había tranquilizado, acabando por arrancarla una risa débil. No había que hablar más de esto.
Pero Renovales no participaba del optimismo de su amigo. Adivinaba el estado de ánimo de su mujer; comprendía ahora el motivo que la había hecho huir de la mesa, refugiándose arriba para llorar y desearse la muerte. Abominaba de Concha como de todas las mujeres que entraban en su estudio... Pero esta impresión triste no fué muy duradera en el pintor; estaba habituado á las susceptibilidades de su esposa. Además, se tranquilizó pensando en su fidelidad conyugal. Tenía limpia la conciencia, y Josefina podía creer lo que quisiera. Sería una injusticia más, y él estaba resignado á sufrir su esclavitud sin quejarse.
Para distraerse comenzó á hablar de pintura. Le animaba el recuerdo de su conversación con Tekli, el cual venía de correr Europa, y estaba enterado de lo que pensaban y pintaban los más famosos maestros.
—Yo me hago viejo, Cotoner. ¿Crees que no lo conozco? No, no protestes; ya sé que no soy viejo: cuarenta y tres años. Quiero decir que me he encarrilado y no salgo de mi paso. Hace tiempo que no hago nada nuevo; siempre doy la misma nota. Ya sabes que ciertos sapos, envidiosos de mi fama, me echan en cara ese defecto, como un salibazo venenoso.
Y el pintor, con el egoísmo de los grandes artistas, que siempre se creen olvidados y que el mundo les regatea la gloria, lamentábase de la servidumbre que le imponía su buena suerte. ¡Ganar dinero! ¡Qué terrible cosa para el arte! Si el mundo fuese gobernado por el sentido común, los artistas de talento estarían mantenidos por el Estado, el cual proveería generosamente á todas sus necesidades y caprichos. No habría que preocuparse de la vida. «Pinte usted lo que quiera y como le dé la gana.» Entonces se harían grandes cosas y adelantaría el arte con pasos de gigante, no teniendo que envilecerse en una adulación á la vulgaridad pública y á la ignorancia de los ricos. Pero ahora, para ser pintor célebre, había que ganar mucho dinero, y éste sólo se conseguía con los retratos, abriendo tienda, pintando al primero que se presenta, sin derecho á escoger. ¡Maldita pintura! En el escritor era mérito la pobreza; representaba virtud é integridad. Pero el pintor había de ser rico: su talento se juzgaba por las ganancias. El renombre de sus cuadros iba unido á la idea de miles de duros. Al hablar de su trabajo se decía siempre «gana tanto», y para sostener esta riqueza, compañera indispensable de la gloria, había que pintar á destajo, halagando á la vulgaridad que paga.
Renovales se movía con nerviosa excitación en torno del retrato. Algunas veces, este trabajo de jornalero glorioso aun era tolerable al pintar mujeres hermosas y hombres cuya frente estaba animada por el interno resplandor de la inteligencia. ¿Pero y los políticos vulgares; los ricos con aspecto de mozos de cordel; las señoras hinchadas y de cara muerta que había tenido que retratar? Cuando se dejaba vencer por su amor á la verdad y copiaba el modelo tal como lo veía, proporcionábase un enemigo más, que pagaba refunfuñando é iba por todas partes diciendo que Renovales no era tan grande como le creían. Para evitar esto pintaba mintiendo, valiéndose de los procedimientos empleados por otros artistas mediocres, y esta bajeza atormentaba su conciencia como un despojo que hacía sufrir á sus inferiores, dignos de respeto por lo mismo que estaban menos dotados que él para la producción artística.
—Además, esto no es la pintura, toda la pintura. Nos creemos artistas porque sabemos reproducir una cara, y la cara no es más que una parte del cuerpo. Temblamos ante el desnudo; lo hemos olvidado. Hablamos de él con respeto y temor, como de una cosa religiosa, digna de adoración, pero que no vemos de cerca. Una gran parte de nuestro talento es talento de hortera. Telas, muchas telas; trajes. Hay que envolver bien el cuerpo, del que huimos como de un peligro...
Cesó en sus paseos agitados, deteniéndose ante el retrato, fijando en él su mirada.
—Figúrate, Pepe—dijo en voz baja, mirando antes instintivamente hacia la puerta, con aquel eterno miedo á ser oído por su esposa en estos entusiasmos artísticos.—Figúrate... si esta mujer se desnudase; si yo pudiera pintarla tal como es seguramente...
Cotoner rompió á reir con una expresión de fraile malicioso.
—Una gran cosa, Mariano, una obra maestra. Pero no querrá. Tengo la certeza de que se negaría á desnudarse, y eso que debe haberlo hecho delante de más de uno.
Renovales agitó sus brazos y levantó los ojos con expresión de protesta.
—¿Y por qué no quieren?... ¡Qué rutina! ¡Qué vulgaridad!
En su egoísmo de artista, imaginábase creado el mundo sin otro objeto que el de mantener á los pintores y al resto de la humanidad que debía servirle de modelo, y se escandalizaba de este pudor incomprensible. ¡Ay! ¿dónde encontrar ahora las beldades griegas, plácidas modelos de los escultores; las damas venecianas, de palidez ambarina, pintadas por el Ticiano; las flamencas graciosas de Rubens y las bellezas picantes y diminutas de Goya? La hermosura se había eclipsado para siempre tras los velos de la hipocresía y del falso pudor. Se dejaban contemplar hoy por un amante, mañana por otro; entregaban á los innumerables galanes algo más que la exhibición de sus formas, y sin embargo, enrojecían recordando á las hembras de otros tiempos, menos impuras, que no vacilaban en someter á la pública admiración la obra perfecta de Dios, la castidad del desnudo.
Renovales volvió á tenderse en el diván, y desde su penumbra habló confidencialmente á Cotoner, con voz tenue, mirando algunas veces hacia la puerta como si temiese ser oído.
Hacía tiempo que soñaba con una obra maestra. La tenía completa en su imaginación, hasta en sus menores detalles. Veíala, cerrando los ojos, tal como había de ser, si es que llegaba á pintarla. Era Friné, la famosa beldad de Atenas, mostrándose desnuda á los peregrinos aglomerados en la playa de Delfos. Toda la humanidad doliente de Grecia marchaba por la orilla del mar hacia el famoso templo, buscando la intervención divina para el alivio de sus males: paralíticos de miembros retorcidos, leprosos de repugnante hinchazón, hidrópicos grotescos; pálidas mujeres con las entrañas roídas por las enfermedades del sexo; ancianos trémulos; jóvenes desfigurados por las anomalías de un nacimiento monstruoso; cabezas enormes, caras contraídas por muecas horripilantes; brazos consumidos, como huesos escuetos; piernas informes de elefante; todos los esbozos de la Naturaleza despistada, los gestos llorosos y desesperados del humano dolor. Al ver en la orilla á Friné, gloria de la Grecia, cuya belleza era un orgullo nacional, los peregrinos se detienen y la contemplan volviendo la espalda al templo, que, sobre el fondo de las tostadas montañas, destaca sus columnatas de mármol; y la hermosa, conmovida por esta procesión del dolor, quiere alegrar su tristeza, lanzar en sus míseros surcos un puñado de salud y belleza, y se arranca los velos, haciéndoles la regia limosna de su desnudez. El cuerpo blanco, luminoso, destaca la armoniosa curva del vientre y la punta aguda de sus firmes senos sobre el azul obscuro del mar. El viento arremolina sus cabellos, como serpientes de oro sobre los hombros de marfil; las ondas, al morir cerca de sus pies, la envían estrellas de espuma que, con su caricia, estremecen su piel desde la nuca de ámbar á los talones sonrosados. La arena mojada, tersa y brillante como un espejo, reproduce invertida y confusa la soberana desnudez, en líneas serpenteadas que adquieren al perderse el temblor del iris. Y los peregrinos, caídos de rodillas, en el éxtasis de la admiración, tienden los brazos hacia la diosa mortal, creyendo que la Belleza y la eterna Salud salen á su encuentro.
Renovales se incorporaba cogiendo un brazo á Cotoner al describir su futuro cuadro, y el amigo asentía gravemente, impresionado por el relato.
—¡Muy hermoso!.. ¡Sublime, Marianito!
Pero el maestro volvía á caer en el desaliento después de esta ráfaga de entusiasmo.
Aquella obra era muy difícil. Tendría que ir á instalarse en la orilla del Mediterráneo, en una playa solitaria de Valencia ó Cataluña; tendría que levantar un barracón en el mismo límite donde el agua muere en la arena con brillante espejismo, y allí llevar mujeres tras mujeres, cien si era preciso, para estudiar su blanca desnudez sobre el azul del mar y del cielo, hasta que encontrase el cuerpo divino de la soñada Friné.
—Muy difícil—murmuraba Renovales.—Te digo que es muy difícil. ¡Hay tantos inconvenientes con que luchar!...
Cotoner inclinó su cabeza con expresión confidencial.
—Y además, está la maestra—dijo en voz queda, mirando á la puerta con cierto miedo.—Me parece que Josefina no aceptará con mucho gusto ese cuadro y su gran baraja de modelos.
El maestro bajó la cabeza.
—¡Si supieras, Pepe! ¡Si vieses mi vida diaria!...
—Lo sé todo—se apresuró á decir Cotoner.—Mejor dicho, lo adivino. No me cuentes nada.
Y en su apresuramiento por repeler las tristes confidencias del amigo, había mucho de egoísmo, el deseo de no perturbar su plácida calma con dolores ajenos que sólo le inspiraban un lejano interés.
Renovales habló tras un largo silencio. Pensaba frecuentemente en si el artista debía ser soltero ó casado. Otros, débiles y de indeciso carácter, necesitaban el apoyo de la compañera, el ambiente de la familia.
Recordaba con fruición los primeros meses de su matrimonio; pero éste le había pesado después como una cadena. No renegaba del amor; necesitaba para vivir de la dulce compañía de la mujer, pero con intermitencias, sin la cárcel interminable de la vida común. Los artistas como él debían ser libres; estaba seguro de ello.
—¡Ay, Pepe! Si yo me hubiese conservado como tú, dueño de mi tiempo y de mis obras, sin tener que preocuparme de lo que dirá mi gente al verme pintar esto ó aquello, ¡qué grandes cosas llevaría hechas!
El viejo fracasado iba á decir algo cuando se abrió la puerta del estudio y entró el criado de Renovales, un hombrecillo de grandes mejillas rubicundas y voz atiplada que, según decía Cotoner, tenía el aire de un mandadero de monjas.
—La señora condesa.
Cotoner abandonó de un salto su sillón. Estos modelos no gustaban de ver gente en el estudio. ¿Por dónde escapaba?... Renovales le ayudó á buscar su sombrero, su abrigo, su bastón, que había dejado con su habitual abandono en diversos rincones del estudio.
El maestro le empujó por una puerta que daba al jardín. Después, al quedar solo, corrió á colocarse ante un viejo espejo veneciano, contemplándose un instante en su luna azulada y profunda, alisándose con los dedos la crespa y encanecida cabellera.
V
Entró con gran estrépito de blondas y sedas, acompañado su menudo paso por el fru-fru de las ropas interiores, esparciendo un perfume de variadas esencias, semejante á la respiración de exótico jardín.
—Buenas tardes, mon cher maître.
Mirándole con sus impertinentes de concha, pendientes de una cadena de oro, adquiría el ámbar gris de sus ojos, al través de los vidrios, una fijeza insolente, un gesto extraño, con algo de caricia y burla al mismo tiempo.
Debía perdonarle su tardanza. Ella lamentaba estas faltas de atención, pero era la mujer más ocupada de Madrid. ¡Las cosas que había hecho después del almuerzo!... Firma y examen de papeles con la secretaria de la «Liga Feminista»; conferencia con el carpintero y el maestro de obras (unos tíos ordinarios que se la comían con los ojos), encargados de levantar las tribunas para el gran festival á beneficio de las obreras abandonadas; visita al presidente del Consejo de ministros, un señor algo verde, á pesar de su gravedad, que la recibía con aires de galán rococo, besándole la mano como en un minueto.
—Hemos perdido la tarde, ¿verdad, maître? Apenas queda sol para trabajar. Además, no he traído la doncella para que me ayude.
Señalaba con sus impertinentes la puerta de un gabinete que servía de tocador y vestuario á las modelos, y donde ella guardaba el traje de soirée y el manto de color de fuego con que la retrataba.
Renovales, después de mirar furtivamente á la entrada del estudio, tomó un aire de arrogancia, de galantería fanfarrona, como en los tiempos de su juventud romana, libre y ruidosa.
—Por eso que no quede, Concha. Si usted lo permite, yo le serviré de doncella.
La condesa prorrumpió en una risa ruidosa, echando el busto atrás, mostrando su blanca garganta que ondulaba con los estremecimientos de alegría.
—¡Ay, qué gracia! ¡Y qué atrevido se nos hace el maestro!... Usted no entiende de esas cosas, Renovales. Usted sólo sabe pintar: no tiene práctica...
Y en su acento finamente irónico, había algo de compasión para el artista, alejado de las cosas mundanales y cuya virtud conyugal todos conocían. Esto pareció ofenderle, y habló á la condesa con gran brusquedad, mientras cogía la paleta y preparaba los colores. No era preciso que cambiase de traje; emplearía la poca luz que quedaba trabajando en su cabeza.
Concha se quitó el sombrero, y después, ante el mismo espejo veneciano en que se había mirado el pintor, comenzó á retocarse el peinado. Sus brazos arqueábanse en torno de la cabellera rubia, mientras Renovales contemplaba la gentileza de su dorso, viendo al mismo tiempo de frente su cara y su pecho en el fondo del vidrio. Canturreaba arreglándose el pelo, con los ojos fijos en la reproducción de sus ojos, sin que nada la distrajese de esta operación importante.
Aquel rubio luminoso y audaz debía ser teñido. El pintor estaba seguro de ello, pero no por esto le parecía menos hermoso. También iban teñidas de rubio las beldades de Venecia de los pintores antiguos.
La condesa se sentó en un sillón á corta distancia del caballete. Sentíase fatigada, y ya que sólo había de pintar su rostro, no tendría la crueldad de hacerla permanecer de pie como en los días de gran sesión. Renovales contestaba con monosílabos y encogimientos de hombros. Bien estaba así: ¡para lo que iban á hacer!... Una tarde perdida. Se limitaría á trabajar en el pelo y la frente; podía descansar mirando adonde quisiera.
El maestro, por su parte, tampoco sentía deseos de trabajar. Le perturbaba una cólera sorda; estaba irritado por el acento irónico de la condesa, la cual veía en él un hombre aparte, un ser raro, incapaz de hacer lo que aquellos señoritos imbéciles que formaban su corte, y muchos de los cuales, según la pública murmuración, eran sus amantes. ¡Extraña mujer, provocativa y fría! Sentía deseos de caer sobre ella, en su furia de macho ofendido, de golpearla, de tratarla con el mismo desprecio que si fuese una mujerzuela, para hacerla sentir su varonil superioridad.
De todas las señoras que llevaba retratadas, ninguna había turbado como ésta su calma de artista. Sentíase atraído por su gracia loca, por su ligereza casi infantil, y al mismo tiempo le inspiraba odio por el tono compasivo con que le trataba. Era para ella un buen hombre, vulgarísimo, que por raro capricho de la Naturaleza poseía el don de pintar bien.
Renovales la devolvía este desprecio insultándola en su pensamiento. Era cualquier cosa la tal condesa de Alberca. Con razón hablaban de ella. Tal vez, al presentarse en el estudio, siempre de prisa y sofocada, venía de una entrevista á solas con alguno de aquellos jovenzuelos que rondaban esperanzados en torno de su naciente y provocativa madurez.
Pero bastaba que Concha le hablase con dulce abandono, comunicándole las tristezas que decía sentir y permitiéndose ciertas confianzas, como si la uniese á él una amistad antigua, para que al instante el maestro cambiase de pensamientos. Era una mujer superior, ideal, condenada á vivir en el vano ambiente aristocrático. Todas las murmuraciones sobre ella eran calumnias, mentiras de envidiosos. Debía ser la compañera de un hombre superior, de un artista.
Renovales conocía su historia; se envanecía de las confidencias amistosas que había tenido con él. Era hija única de un gran señor, jurisconsulto solemne y moderado rabioso, ministro en los gabinetes más retrógrados del reinado de Isabel II. Se había educado en el mismo colegio que Josefina, y á pesar de ser cuatro años mayor, guardaba un vivo recuerdo de su bulliciosa compañera. «Para mala y traviesa, Conchita Salazar; era un demonio.» Así oyó su nombre Renovales por primera vez. Luego, al trasladarse de Venecia á Madrid el artista y su mujer, se enteraron de que había cambiado su apellido por el de condesa de Alberca, casándose con un señor que podía ser su padre.
Era un antiguo cortesano que cumplía con gran escrupulosidad las obligaciones de grande de España, celoso de su servidumbre cerca de los reyes. Su ambición era llegar á poseer todas las condecoraciones de Europa, y apenas le agraciaban con alguna, se hacía retratar cubierto de bandas y cruces, vistiendo el uniforme de una de las tradicionales Órdenes militares. Su esposa reía al verle pequeño, calvo y solemne, con altas botas, sable rastrero y pecho cubierto de baratijas, apoyando en su corto muslo un casco de blancos plumajes.
Durante la vida de aislamiento y privaciones que arrostraron Renovales y su mujer, los periódicos llevaban hasta la misera casa del artista los ecos de los triunfos de la «bella condesa de Alberca». No había relato de fiesta aristocrática en que no figurase su nombre en primera línea. Además, la llamaban «ilustrada», haciéndose lenguas de su cultura literaria, de la educación clásica que debía á su «ilustre padre», ya difunto. Y con estas noticias públicas, llegaban hasta el artista, en las alas susurrantes de la madrileña murmuración, otras que suponían á la condesa de Alberca consolándose alegremente del error cometido al casarse con un viejo.
En Palacio la habían puesto en entredicho por esta fama. El marido figuraba en las solemnidades regias, pues no todos los días se presentaba ocasión de lucir su cargamento de honorable bisutería; pero ella se quedaba en casa, abominando de estas ceremonias. Renovales la había oído afirmar muchas veces, vestida lujosamente y con valiosas alhajas en las orejas y el pecho, que ella se reía de su mundo, que estaba en el secreto... ¡que era anarquista! Y oyéndola reía, como reían todos los hombres de lo que llamaban las cosas de la de Alberca.
Cuando triunfó Renovales, volviendo como maestro ilustre á aquellos salones, por los que había, pasado en su primera juventud, sintió la atracción de la condesa que, en su calidad de gran dama «intelectual», tenía empeño en rodearse de hombres célebres. Josefina no le acompañó en esta vuelta al mundo. Sentíase enferma; la fatigaba el roce con las mismas gentes y en los mismos sitios; carecía de fuerzas hasta para emprender los viajes que le recomendaban los médicos.
La condesa amarró al pintor á su séquito, mostrándose ofendida cuando dejaba de presentarse en su casa las tardes en que recibía á sus amigos. ¡Qué ingratitud con una admiradora tan ferviente! ¡Tanto que la placía á ella exhibirlo ante sus amigas, como si fuese una joya nueva! «El pintor Renovales: el famoso maestro.»
En una de estas tardes de recepción, el conde abordó al pintor, con su gravedad de personaje abrumado por los honores del mundo.
—Concha desea un retrato hecho por usted, y yo quiero darla gusto en todo. Usted dirá cuándo puede comenzar. Ella teme proponérselo y me ha dado el encargo. Ya sé lo que usted lleva á otros por su trabajo. Píntela usted bien... que quede contenta...
Y al notar cierto movimiento de Renovales, ofendido por esta llaneza del gran señor, añadió, como si le hiciese una nueva merced:
—Si queda usted bien en lo de Concha, me pintará después á mí. Sólo aguardo el Gran Crisantemo del Japón. En Estado me dicen que llegarán los títulos un día de estos.
Renovales comenzó el retrato de la condesa. Se prolongaba la obra por culpa de aquella aturdida, que siempre llegaba tarde con pretexto de sus ocupaciones. Muchos días el artista no daba una sola pincelada: pasaban las horas charlando. Otras veces el maestro escuchaba en silencio, mientras ella, en su incesante verbosidad, burlábase de las amigas y relataba sus defectos secretos, sus costumbres más íntimas, sus amoríos misteriosos, con cierta fruición, como si todas las mujeres fuesen sus enemigos. En mitad de una de estas confidencias deteníase para decir con gesto pudoroso y entonación irónica:
—¡Pero estaré escandalizando á usted, Mariano!... ¡Usted que es un buen marido, un padre de familia, un varón virtuoso!...
Renovales sentía entonces tentaciones de ahogarla. Se burlaba de él; lo consideraba un hombre distinto de los demás, una especie de fraile de la pintura. Deseoso de herirla, de devolverla el golpe, la atajó una vez brutalmente, en mitad de sus despiadadas murmuraciones:
—Pues de usted también hablan, Concha. También dicen... cosas poco gratas para el conde.
Esperaba un estallido de indignación, una protesta, y lo que resonó en el silencio del estudio fué una risa alegre, desenfrenada, que se prolongó largo rato, cortándose varias veces para volver á comenzar. Después se mostró melancólica, con esa tristeza dulce de las mujeres «no comprendidas». Era muy desgraciada, Mariano. Á él se lo podía revelar todo, porque era un buen amigo. Se había casado siendo una niña: una terrible equivocación. En el mundo existía algo más que el deslumbramiento de la fortuna, el esplendor del lujo y aquella corona de conde que había perturbado su cerebro de colegiala.
—Tenemos derecho á un poco de amor; y si no es amor, á un poco de alegría. ¿No lo cree usted, Mariano?
¡Vaya si lo creía!... Y de tal modo lo afirmaba, mirando á Concha con ojos alarmantes, que ésta acabó por reir de su ingenuidad, amenazándole con una mano.
—Cuidado, maestro; que Josefina es mi amiga, y si usted se resbala, se lo cuento todo.
Renovales irritábase contra este pensamiento de pájaro, siempre inquieto, saltador y caprichoso, que tan pronto se posaba junto á él comunicándole el calor de la intimidad, como volaba lejos azorándole con sus aleteos burlones.
Algunas veces presentábase agresiva, molestando al artista desde sus primeras palabras, como acababa de ocurrir en esta tarde.
Permanecieron largo rato silenciosos; pintando él con aire distraído, contemplando ella la marcha del pincel, hundida en un sillón, en la dulce calma de la inmovilidad.
Pero la de Alberca era incapaz de permanecer mucho tiempo callada. Poco á poco se enfrascó en su charla habitual, sin hacer caso del mutismo del pintor, hablando por la necesidad de animar con sus palabras y sus risas el conventual silencio del estudio.
El pintor le oyó el relato de sus trabajos como presidenta de la «Liga Feminista», de las grandes cosas que se proponía hacer en la santa empresa de la emancipación de su sexo. Y de paso, arrastrada por su afán de ridiculizar á todas las mujeres, burlábase donosamente de sus colaboradoras en la grande obra: literatas desconocidas, maestras amargadas por su fealdad, pintoras de flores y palomas; una turba de pobres mujeres con sombreros extravagantes y faldas que parecían colgadas de una percha; bohemia femenil, rebelde y rabiosa contra su suerte, que se enorgullecía de tenerla por directora y á cada dos palabras la soltaban todas ellas un tratamiento sonoro de «condesa» para halagarse á sí mismas con el honor de esta amistad. Á la de Alberca la divertía mucho su séquito de admiradoras; reía de sus intransigencias y propósitos.
—Sí; ya sé lo que es eso—dijo Renovales rompiendo su largo mutismo.—Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que odian.
La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz de algunas de sus acólitas. Como las más de ellas eran feas, abominaban de la hermosura femenil como un signo de debilidad. Querían la mujer del porvenir sin caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los trabajos de fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la reproducción. ¡Guerra á la grasa femenil!...
—¡Qué horror! ¿No le parece á usted, Mariano?—continuaba ella.—¡La mujer, lisa y escueta por delante y por detrás, con el pelo cortado y las manos duras, en competencia con el hombre para toda clase de luchas! ¡Y á esto llaman emancipación!... Buenos son ustedes: á los pocos días de vernos en esa facha, nos dirigirían á bofetadas.
No; ella no era de éstas. Deseaba el triunfo de la mujer, pero aumentando aún más sus encantos y seducciones. Si las quitaban la hermosura, ¿qué quedaría de ellas? La quería igual al hombre en inteligencia, pero superior á él por la magia de su belleza.
—Yo no aborrezco al hombre, Mariano. Yo soy muy mujer, y me gusta... ¿por qué he de negarlo?
—Lo sé, Concha; lo sé—dijo el pintor con aviesa intención.
—¿Qué ha de saber usted? Mentiras, murmuraciones que se ensañan en mí, porque no soy hipócrita ni tengo á todas horas un gesto grave.
Y arrastrada por ese deseo de ser compadecidas que sienten las mujeres de fama problemática, habló una vez más de su triste situación. Al conde ya lo conocía Renovales: un buen señor algo maniático, que sólo pensaba en sus baratijas honoríficas. La rodeaba de atenciones, velaba por su bienestar, pero no era nada para ella. Faltábale lo más importante: el corazón... el amor.
Hablaba elevando los ojos, con un anhelo de idealidad que hubiese hecho sonreir á otro que no fuese Renovales.
—En esta situación—decía con voz lenta y la mirada perdida,—no es extraño que una mujer busque la felicidad donde la encuentre. Pero yo soy muy desgraciada, Mariano; yo no sé lo que es amor; yo no he amado nunca.
¡Ay! Ella hubiese sido dichosa uniéndose á un hombre superior. Ser la compañera de un gran artista, de un sabio, habría hecho su felicidad. Los hombres que la rodeaban en los salones eran más jóvenes, más fuertes que el pobre conde, pero mentalmente aún valían menos que él. No era ninguna virtud, lo reconocía; con un amigo como el pintor no osaba mentir. Había tenido sus distracciones, sus caprichos, como muchas que pasaban por virtudes inexpugnables; pero de estas faltas salía siempre con una impresión de desencanto y disgusto. Sabía que el amor era una realidad para otras, pero ella no lograba encontrarlo.
Renovales había cesado de pintar. Ya no entraba por el ventanal la luz del sol. Los vidrios tenían una opacidad de tono violáceo. El crepúsculo invadía el estudio, y en su penumbra brillaban tenuamente, como chispas mortecinas, aquí una punta de marco, más allá el oro viejo de un estandarte bordado; en los rincones el pomo de una espada, el nácar de una vitrina.
Sentóse el pintor cerca de la condesa, sumiéndose en aquella atmósfera de perfumes que la rodeaba como un nimbo de acre voluptuosidad.
Él también era desgraciado. Lo declaraba sinceramente, creyendo de buena fe en la melancólica desesperación de la dama. Faltaba algo en su vida; se hallaba solo en el mundo. Y como viese en el rostro de Concha un gesto de asombro, se golpeó el pecho enérgicamente.
Sí, solo. Adivinaba lo que ella iba á decirle. Tenía á su mujer, tenía á su hija... De Milita no quería hablar: la adoraba; era su alegría. Al sentirse cansado del trabajo, experimentaba una sensación de dulce reposo pasando sus brazos en torno de su cuello. Pero él aun era joven para contentarse con estas alegrías del amor paternal. Deseaba algo más, y no podía encontrarlo en la compañera de su vida, siempre enferma, con los nervios en perpetua crisis. Además, no le comprendía; no le comprendería nunca: era una carga que abrumaba su talento.
Su unión sólo estaba basada en la amistad, en la gratitud por las penalidades que habían soportado juntos. También él había sufrido un engaño tomando por amor lo que sólo era un impulso de la afinidad juvenil. Él necesitaba una verdadera pasión; vivir en contacto con un alma gemela de la suya; amar á una mujer superior que le comprendiese y le animase en sus audacias, que supiera sacrificar sus preocupaciones burguesas á las exigencias del arte.
Hablaba con vehemencia, fijos sus ojos en los de Concha, que brillaban al recibir de frente la luz del ventanal.
Pero Renovales se vió cortado por una risa irónica, cruel, al mismo tiempo que la condesa echaba atrás su sillón como huyendo del artista, que lentamente se inclinaba hacia ella.
—¡Que se resbala usted, Mariano! ¡Que le veo venir! Un poco más, y me suelta usted su declaración... ¡Señor, qué hombres! Es imposible hablar con ellos como una buena amiga, concederles cierta confianza sin que al momento hablen de amor. Si le dejo á usted, antes de un minuto me dice que soy su ideal... que me adora.
Renovales, que se había apartado de ella recobrando su severidad, sintióse herido por esta risa burlona, y dijo con voz queda:
—¿Y si fuese cierto?... ¿Y si yo la amase?...
Volvió á sonar la risa de la condesa, pero forzada, falsa, con un tono que parecía arañar el pecho del artista.
—¡Lo que yo esperaba! ¡La consabida declaración! Con esta va la tercera que me hacen hoy. ¿Pero es que no se puede hablar con un hombre más que de amor?...
Puesta ya de pie, buscaba con la vista el sombrero, no recordando el lugar donde lo había dejado.
—Me voy, cher maître. Es peligroso quedarse aquí. Procuraré venir más pronto y que no nos sorprenda el crepúsculo. Es la hora traidora: el momento de las grandes tonterías.
El pintor se opuso á su marcha. Aun no había llegado su coche; podía esperar unos instantes más. La prometió permanecer tranquilo; no hablarla, ya que esto la disgustaba.
La condesa se quedó, pero no quiso sentarse en el sillón. Dió algunos pasos por el estudio y acabó por abrir la tapa de un armónium colocado cerca del ventanal.
—Vamos á hacer un poco de música; esto nos tranquilizará. Usted, Mariano, quietecito en su silla y sin acercarse. Á ver si es usted buen chico...
Posáronse sus dedos en el teclado, movieron sus pies los pedales y el Largo religioso, de Haendel, grave, místico, soñador, se extendió dulcemente por el estudio. La melodía esparcíase por la nave, envuelta ya en la penumbra; filtrábase entre los tapices, prolongando su alado susurro por los otros dos estudios, como si fuese el canto de un órgano tocado por invisibles manos, en una catedral desierta, á la hora misteriosa del anochecer.
Concha sentíase conmovida, con femenil sentimentalismo, con la superficial y caprichosa sensibilidad que le hacía ser considerada, por sus amigos, como una gran artista. La música la enternecía; hacía esfuerzos para que no saltasen lágrimas sus ojos, sin saber por qué.
De pronto cesó de tocar y volvió la cabeza con inquietud. El pintor estaba detrás de ella; creyó sentir en su nuca el soplo de su respiración. Quiso protestar, colocarle á distancia con una de sus risas crueles, pero no pudo.