ACTO SEGUNDO
Portal de una casa de labor. Puerta grande al foro, que da al campo. Reja a los lados. Una puerta a la derecha y otra a la izquierda.
ESCENA I
RAIMUNDA, la ACACIA, la JULIANA y ESTEBAN. Esteban, sentado en una mesa pequeña, almuerza. La Raimunda, sentada también, le sirve. La Juliana entra y sale sirviendo a la mesa. La Acacia, sentada en una silla baja, junto a una de las ventanas, cose, con un cesto de ropa blanca al lado.
Raimunda.
¿No está a tu gusto?
Esteban.
Sí, mujer.
Raimunda.
No has comido nada. ¿Quieres que se prepare alguna otra cosa?
Esteban.
Déjate, mujer, si he comido bastante.
Raimunda.
¡Qué vas a decirme! (Llamando). ¡Juliana, trae pa acá la ensalada! Tú has tenido algún disgusto.
Esteban.
¡Qué, mujer!
Raimunda.
¡Te conoceré yo! Como que no has debido ir al pueblo. Habrás oído allí a unos y a otros. Quiere decirse que determinamos, muy bien pensao, de venirnos al Soto por no estar allí en estos días, y te vas tú allí esta mañana sin decirme palabra. ¿Qué tenías que hacer allí?
Esteban.
Tenía... que hablar con Norberto y con su padre.
Raimunda.
Bueno está; pero les hubieras mandao llamar y que hubieran acudío ellos. Podías haberte ahorrao el viaje y el oír a la demás gente, que bien sé yo las habladurías de unos y de otros que andarán por el pueblo.
Juliana.
Como que no sirve el estarse aquí sin querer ver ni entender a ninguno, que como el Soto es paso de toos estos lugares a la redonda, no va ni viene uno que no se pare aquí a oliscar y cucharetear lo que a nadie le importa.
Esteban.
Y tú que no dejarás de conversar con todos.
Juliana.
Pues no, señor, que está usted muy equivocao, que no he hablao con nadie, y aun esta mañana le reñí a Bernabé por hablar más de la cuenta con unos que pasaron del Encinar. Y a mí ya pueden venir a preguntarme, que de mi madre lo tengo aprendío, y es buen acuerdo: al que pregunta mucho, responderle poco, y al contrario.
Raimunda.
Mujer, calla la boca. Anda allá dentro. (Sale Juliana). Y ¿qué anda por el pueblo?
Esteban.
Anda... que el tío Eusebio y sus hijos han jurao de matar a Norberto; que ellos no se conforman con que la Justicia le haya soltao tan pronto; que cualquier día se presentan allí y hacen una sonada; que el pueblo anda dividido en dos bandos, y mientras unos dicen que el tío Eusebio tiene razón y que no ha podido ser otro que Norberto, los otros dicen que Norberto no ha sío, y que cuando la Justicia le ha puesto en la calle es porque está bien probao que es inocente.
Raimunda.
Yo tal creo. No ha habido una declaración en contra suya: ni el padre mismo de Faustino, ni sus criados, ni tú, que ibas con ellos.
Esteban.
Encendiendo un cigarro íbamos el tío Eusebio y yo; por cierto que nos reíamos como dos tontos, porque yo quise presumir con mi encendedor y no daba lumbre, y entonces el tío Eusebio fue y tiró de su buen pedernal y su yesca, y me iba diciendo muerto de risa: «Anda, enciende tú con eso, pa que presumas con esa maquinaria sacadineros, que yo con esto me apaño tan ricamente...». Y ese fue el mal; que con esta broma nos quedamos rezagaos, y cuando sonó el disparo y quisimos acudir, ya no podía verse a nadie. A más que, como luego vimos que había caído muerto, pues nos quedamos tan muertos como él y nos hubieran matao a nosotros, que no nos hubiéramos dao cuenta. (La Acacia se levanta de pronto y va a salir).
Raimunda.
¿Dónde vas, hija, como asustada? ¡Sí que está una pa sobresaltos!
Acacia.
Es que no saben ustedes hablar de otra cosa. ¡También es gusto! No habrá usted contao veces cómo fue y no lo tendremos oído otras tantas.
Esteban.
En eso lleva razón... Yo, por mí, no hablaría nunca; es tu madre.
Acacia.
Tengo soñao más noches... Yo, que antes no me asustaba nunca de estar sola ni a oscuras, y ahora hasta de día me entran unos miedos...
Raimunda.
No eres tú sola; sí que yo duermo ni descanso ni de día ni de noche. Y yo sí que nunca he sido asustadiza, que ni de noche me daba cuidao de pasar por el campo santo, ni la noche de Ánimas que fuera, y ahora todo me sobrecoge: los ruidos y el silencio... Y lo que son las cosas: mientras creímos todos que podía haber sido Norberto, con ser de la familia y ser una desgracia y una vergüenza pa todos, pues quiere decirse que como ya no tenía remedio, pues..., ¡qué sé yo!, estaba más conforme... Al fin y al cabo, tenía su explicación. Pero ahora..., si no ha sido Norberto, ni nadie sabemos quién ha sido y nadie podemos explicarnos por qué mataron a ese pobre, yo no puedo estar tranquila. Si no era Norberto, ¿quién podía quererle mal? Es que ha sido por una venganza, algún enemigo de su padre, quién sabe si tuyo también..., y quién sabe si no iba contra ti el golpe, y como era de noche y hacía muy oscuro, no se confundieron, y lo que no hicieron entonces lo harán otro día, y... vamos, que yo no vivo ni descanso, y ca vez que sales de casa y andas por esos caminos me entra un desasosiego... Mismo hoy, como ya te tardabas, en poco estuvo de irme yo pa el pueblo.
Acacia.
Y al camino ha salido usted.
Raimunda.
Es verdad; pero como te vi desde el altozano que ya llegabas por los molinos y vi que venía el Rubio contigo, me volví corriendo pa que no me riñeras. Bien sé que no es posible; pero yo quisiera ir ahora siempre ande tú fueras, no desapartarme de junto a ti por nada de este mundo; de otro modo, no puedo estar tranquila, no es vida esta.
Esteban.
Yo no creo que nadie me quiera mal. Yo nunca hice mal a nadie. Yo bien descuidao voy ande quiera, de día como de noche.
Raimunda.
Lo mismo me parecía a mí antes, que nadie podía querernos mal... Esta casa ha sido el amparo de mucha gente. Pero basta una mala voluntad, basta con una mala intención, y ¡qué sabemos nosotros si hay quien nos quiere mal sin nosotros saberlo! De ande ha venío este golpe puede venir otro... Pero ¿es posible que nadie sepa nada, que nadie haya visto nada? Cuando nada malo se trama, todos son a dar razón de quién va y quién viene; sin nadie preguntar, todo se sabe; y cuando más importa saber, nadie sabe nada, nadie ha visto nada...
Esteban.
Mujer, ¿qué particular tiene que así sea? El que a nada malo va, no tiene por qué ocultarse; el que lleva una mala idea, ya mira de esconderse.
Raimunda.
¿Tú quién piensas que pue haber sido?
Esteban.
¿Yo? La verdad..., pensaba en Norberto, como todos; de no haber sido él, ya no me atrevo a pensar de nadie.
Raimunda.
Pues mira: yo bien sé que vas a reñirme; pero ¿sabes lo que he determinao?
Esteban.
Tú dirás...
Raimunda.
Hablar yo con Norberto. He mandao a Bernabé a buscarlo. Pienso que no tardará en acudir.
Acacia.
¿Norberto? ¿Y qué quiere usted saber de él?
Esteban.
Eso digo yo. ¿Qué crees tú que él puede decirte?
Raimunda.
¡Qué sé yo! Yo sé que él a mí no puede engañarme. Por la memoria de su madre he de pedirle que me diga la verdad de todo. Aunque él hubiera sido, ya sabe él que yo a nadie había de ir a contarlo. Es que yo no puedo vivir así, temblando siempre por todos nosotros.
Esteban.
¿Y tú crees que Norberto va a decirte a ti lo que haya sido, si ha sido él quien lo hizo?
Raimunda.
Pero yo me quedaré satisfecha después de oírle.
Esteban.
Allá tú; pero cree que todo ello solo servirá para más habladurías si saben que ha venido a esta casa. A más, que hoy ha de venir el tío Eusebio, y si se encuentran...
Raimunda.
Por el camino no han de encontrarse, que llegan de una parte ca uno..., y aquí la casa es grande y ya estarán al cuidao. (Entra la Juliana).
Juliana.
Señor amo...
Esteban.
¿Qué hay?
Juliana.
El tío Eusebio que está al llegar, y vengo a avisarle por si no quiere usted verlo.
Esteban.
Yo, ¿por qué? Mira si ha tardao en acudir. Tú verás si acude también el otro.
Raimunda.
Por pronto que quiera...
Esteban.
¿Y quién te ha dicho a ti que yo no quiero ver al tío Eusebio?
Juliana.
No vaya usted a achacármelo a mí también, que yo por mí no hablo. El Rubio ha sido quien me ha dicho que usted no quería verle, porque está muy emperrao en que usted no se ha puesto de su parte con la Justicia, y por eso han soltao a Norberto.
Esteban.
Al Rubio ya le diré yo quién le manda meterse en explicaciones.
Juliana.
Otras cosas también había usted de decirle, que está de algún tiempo a esta parte que nos quiere avasallar a todos. Hoy, Dios me perdone si le ofendo, pero me parece que ha bebío más de la cuenta.
Raimunda.
Pues eso sí que no pue consentírsele. Me va a oír.
Esteban.
Déjate, mujer... Ya le diré yo luego...
Raimunda.
Sí que está la casa en república; bien se prevalen de que una no está pa gobernarla... Es que lo tengo visto: en cuantito que una se descuida... ¡Buen rato de holgazanes están todos ellos!
Juliana.
No lo dirás por mí, Raimunda, que no quisiera oírtelo.
Raimunda.
Lo digo por quien lo digo, y quien se pica ajos come.
Juliana.
¡Señor, Señor! ¿Quién ha visto esta casa? No parece sino que todos hemos pisao una mala hierba; a todos nos han cambiao: todos son a pegar unos con otros y todos conmigo... ¡Válgame Dios y me dé paciencia para llevarlo todo!
Raimunda.
¡Y a mí pa aguantaros!
Juliana.
Bueno está. ¿A mí también? Tendré yo la culpa de todo.
Raimunda.
Si me miraras a la cara sabrías cuándo habías de callar la boca y quitárteme de delante sin que tuviera que decírtelo.
Juliana.
Bueno está. Ya me ties callada como una muerta y ya me quito de delante. ¡Válgame Dios, Señor! No tendrás que decirme nada. (Sale).
Esteban.
Aquí está el tío Eusebio.
Acacia.
Les dejo a ustedes. Cuando me ve se aflige..., y como está que no sabe lo que le pasa, a la postre siempre dice algo que ofende. A él le parece que nadie más que él hemos sentido a su hijo.
Raimunda.
Pues más no digo; pero puede que tanto como su madre y le haya llorao yo. Al tío Eusebio no hay que hacerle caso; el pobre está muy acabao. Pero ties razón, mejor es que no te vea.
Acacia.
Estas camisas ya están listas, madre. Las plancharé ahora.
Esteban.
¿Has estao cosiendo pa mí?
Acacia.
Ya lo ve usted.
Raimunda.
¡Si ella no cose!... Yo estoy tan holgazana... ¡Bendito Dios, no me conozco! Pero ella es trabajadora y se aplica. (Acariciándola al pasar para el mutis). ¿No querrá Dios que tengas suerte, hija? (Sale la Acacia). ¡Lo que somos las madres! Con lo acobardada que estaba yo de pensar y que iba a casárseme tan moza, y ahora... ¡Qué no daría yo por verla casada!
ESCENA II
RAIMUNDA, ESTEBAN y el TÍO EUSEBIO.
Eusebio.
¿Ande anda la gente?
Esteban.
Aquí, tío Eusebio.
Eusebio.
Salud a todos.
Raimunda.
Venga usted con bien, tío Eusebio.
Esteban.
¿Ha dejao usted acomodás las caballerías?
Eusebio.
Ya se ha hecho cargo el espolique.
Esteban.
Siéntese usted. Anda, Raimunda, ponle un vaso del vino que tanto le gusta.
Eusebio.
No, se agradece; dejarse estar, que ando muy malamente y el vino no me presta.
Esteban.
Pero si este es talmente una medicina.
Eusebio.
No, no lo traigas.
Raimunda.
Como usted quiera. ¿Y cómo va, tío Eusebio, cómo va? ¿Y la Julia?
Eusebio.
Figúrate; la Julia... Esa se me va etrás de su hijo; ya lo tengo pronosticao.
Raimunda.
No lo quiera Dios, que aún le quedan otros cuatro por quien mirar.
Eusebio.
Pa más cuidaos; que aquella madre no vive pensando siempre en todo lo malo que pueda sucederles. Y con esto de ahora... Esto ha venido a concluir de aplanarnos. Tan y mientras confiamos que se haría justicia... Es que me lo decían todos y yo no quería creerlo... Y ahí le tenéis al criminal en la calle, en su casa, riéndose de todos nosotros; pa afirmarme yo más en lo que ya me tengo bien sabido: que en este mundo no hay más justicia que la que ca uno se toma por su mano. Y a eso darán lugar, y a eso te mandé ayer razón, pa que fueras tú y les dijeses que si mis hijos se presentaban en el pueblo, que no les dejasen entrar por ningún caso, y si era menester que los pusieran presos; todo antes que otro trastorno pa mi casa; aunque me duela que la muerte de mi hijo quede sin castigar, si Dios no lo castiga, que tie que castigarla o no hay Dios en el cielo.
Raimunda.
No se vuelva usted contra Dios, tío Eusebio, que aunque la Justicia no diera nunca con el que le mató tan malamente a su hijo, nadie quisiéramos estar en su lugar dél. ¡Allá él con su conciencia! Por cosa ninguna de este mundo quisiera yo tener mi alma como él tendrá la suya; que si los que nada malo hemos hecho ya pasamos en vida el purgatorio, el que ha hecho una cosa así tie que pasar el infierno; tan cierto puede usted estar como hemos de morirnos.
Eusebio.
Así será, como tú dices; pero ¿no es triste gracia que por no hacerse justicia como es debido, sobre lo pasao tenga yo que andar ahora sobre mis hijos pa estorbarles de que quieran tomarse la justicia por su mano y que sean ellos los que a la postre se vean en un presidio? Y que lo harán como lo dicen. ¡Hay que oírles! Hasta el chequetico; va pa los doce años; hay que verle apretando los puños como un hombre y jurando que el que ha matao a su hermano se las tie que pagar, sea como sea... Yo le oigo y me pongo a llorar como una criatura..., y su madre no se diga. Y la verdad es que uno bien quisiera decirles: «¡Andar ya, hijos, y matarle a cantazos como a un perro malo y hacerle peazos aunque sea y traérnoslo aquí a la rastra!...». Pero tie uno que tragárselo too y poner cara seria y decirles que ni por el pensamiento se les pase semejante cosa, que sería matar a su madre y una ruina pa todos...
Raimunda.
Pero, vamos a ver, tío Eusebio, que tampoco usted quiere atender a razones: si la Justicia ha sentenciado que no ha sido Norberto, si nadie ha declarao la menor cosa en contra suya, si ha podido probar ande estuvo y lo que hizo todo aquel día, una hora tras otra, que estuvo con sus criados en los Berrocales; que allí le vio también y estuvo hablando con él don Faustino, el médico del Encinar mismo, a la hora que sucedió lo que sucedió..., y diga usted si nadie podemos estar en dos partes al mismo tiempo... Y de sus criados podrá usted decir que estarían bien aleccionaos; por más que no es tan fácil ponerse tanta gente acordes pa una mentira; pero don Faustino bien amigo es de usted y bastantes favores le debe..., y como él otros muchos que habían de estar de su parte de usted, y todos han declarao lo mismo. Solo un pastor de los Berrocales supo decir que él había visto de lejos a un hombre a aquellas horas, pero que él no sabría decir quién pudiera ser, pero por la persona y el aire y el vestido, no podía ser Norberto.
Eusebio.
Si a que no fuera él yo no digo nada. Pero ¿deja de ser uno el que lo hace, porque haiga comprao a otro pa que lo haga? Y eso no pue dudarse... La muerte de mi hijo no tie otra explicación... Que no vengan a mí a decirme que si este, que si el otro. Yo no tengo enemigos pa una cosa así. Yo no hice nunca mal a nadie. Harto estoy de perdonar multas a unos y a otros, sin mirar si son de los nuestros o de los contrarios. ¡Si mis tierras paecen la venta de mal abrigo! ¡Si fuea yo a poner todas las denuncias de los destrozos que me están haciendo todos los días! A Faustino me lo han matao porque iba a casarse con la Acacia; no hay más razón, y esa razón no podía tenerla otro que Norberto. Y si todos hubieran dicho lo que saben, ya se hubiera aclarao todo. Pero quien más podía decir no ha querido decirlo...
Raimunda.
Nosotros, ¿verdad usted?
Eusebio.
Yo a nadie señalo.
Raimunda.
Cuando las palabras llevan su intención no es menester nombrar a nadie ni señalar con el dedo. Es que usted está creído, porque Norberto sea de la familia, que si nosotros hubiéramos sabido algo, habíamos de haber callao.
Eusebio.
Pero ¿vas tú a decirme que la Acacia no sabe más de lo que ha dicho?
Raimunda.
No, señor; que no sabe más de lo que todos sabemos. Es que usted se ha emperrao en que no puede ser otro que Norberto; es que usted no quiere creerse de que nadie pueda quererle a usted mal por alguna otra cosa. Nadie somos santos, tío Eusebio. Usted tendrá hecho mucho bien, pero también tendrá usted hecho algún mal en su vida; usted pensará que no es pa que nadie se acuerde, pero al que se lo haiga usted hecho no pensará lo mismo. A más, que si Norberto hubiera estao enamorao de mi hija hasta ese punto, antes hubiera hecho otras demostraciones. Su hijo de usted no vino a quitársela; Faustino no habló con ella hasta que mi hija despidió a Norberto, y le despidió porque supo que él hablaba con otra moza, y él ni siquiera fue para venir y disculparse; de modo y manera que si a ver fuéramos, él fue quien la dejó a ella plantada. Ya ve usted que nada de esto es pa hacer una muerte.
Eusebio.
Pues si así es, ¿por qué a lo primero todos decían que no podía ser otro? Y vosotros mismos, ¿no lo ibais diciendo?
Raimunda.
Es que así, al pronto..., ¿en quién otro podía pensarse? Pero si se para uno a pensar no hay razón pa creer que él y solo él pueda haberlo hecho. Pero usted no parece sino que quiere dar a entender que nosotros somos encubridores, y sépalo usted, que nadie más que nosotros quisiéramos que de una vez y se supiera la verdad de todo; que si usted ha perdido un hijo, yo también tengo una hija que no va ganando nada con todo esto.
Eusebio.
Como que así es. Y con callar lo que sabe, mucho menos. Ni vosotros...; que Norberto y su padre, pa quitarse sospechas, no queráis saber lo que van propalando de esta casa; que si fuera uno a creerse de ello...
Raimunda.
¿De nosotros? ¿Qué puen ir propalando? Tú que has estao en el pueblo, ¿qué icen?
Esteban.
¡Quién hace caso!
Eusebio.
No, si yo no he de creerme de naa que venga de esa parte; pero bien y que os agradecen el no haber declarao en contra suya.
Raimunda.
¿Pero vuelve usted a las mismas? ¿Sabe usted lo que le digo, tío Eusebio? Que tie una que hacerse cargo de lo que es perder un hijo como usted lo ha perdío, pa no contestarle a usted de otra manera. Pero una también es madre, ¡caray!, y usted está ofendiendo a mi hija y nos ofende a todos.
Esteban.
¡Mujer! No se hable más... ¡Tío Eusebio!
Eusebio.
Yo a nadie ofendo. Lo que digo es lo que dicen todos: que vosotros por ser de la familia, y todo el pueblo por quitarse de esa vergüenza, os habéis confabulao todos pa que la verdad no se sepa. Y si aquí todos creen que no ha sido Norberto, en el Encinar todos creen que no ha sido otro. Y si no se hace justicia muy pronto, va a correr mucha sangre entre los dos pueblos, sin poder impedirlo nadie, que todos sabemos lo que es la sangre moza.
Raimunda.
¡Si usted va soliviantando a todos! ¡Si pa usted no hay razón ni justicia que valga! ¿No está usted bien convencío de que si no fue que él compró a otro pa que lo hiciera, él no pudo hacerlo? Y eso de comprar a nadie pa una cosa así... ¡Vamos que no me cabe a mí en la cabeza!... ¿A quién puede comprar un mozo como Norberto? Y no vamos a creer que su padre dél iba a mediar en una cosa así.
Eusebio.
Pa comprar a una mala alma no es menester mucho. ¿No tienes ahí, sin ir más lejos, a los de Valderrobles, que por tres duros y medio mataron a los dos cabreros?
Raimunda.
¿Y qué tardó en saberse? Que ellos mismos se descubrieron disputando por medio duro. El que compra a un hombre pa una cosa así viene a ser como un esclavo suyo pa toda la vida. Eso podrá creerse de algún señorón con mucho poder, que pueda comprar quien le quite de en medio a cualquiera que pueda estorbarle. Pero Norberto...
Eusebio.
A nadie nos falta un criado que es como un perro fiel en la casa pa obedecer lo que se le manda.
Raimunda.
Pue que usted los tenga de esa casta y que alguna vez los haya usted mandao algo parecido, que el que lo hace lo piensa.
Eusebio.
Mírate bien en lo que estás diciendo.
Raimunda.
Usted es el que tie que mirarse.
Esteban.
Pero ¿no quies callar, Raimunda?
Eusebio.
Ya lo estás oyendo. ¿Qué dices tú?
Esteban.
Que dejemos ya esta conversación, que todo será volvernos más locos.
Eusebio.
Por mí, dejao está.
Raimunda.
Diga usted que usted no pue conformarse con no saber quién le ha matao a su hijo, y razón tie usted que le sobra; pero no es razón pa envolvernos a todos; que si usted pide que se haga justicia, más se lo estoy pidiendo yo a Dios todos los días, y que no se quede sin castigar el que lo hizo, así fuera un hijo mío el que lo hubiera hecho.
ESCENA III
Dichos y el RUBIO.
Rubio.
Con licencia.
Esteban.
¿Qué hay, Rubio?
Rubio.
No me mire usted así, mi amo, que no estoy bebío... Lo de esta mañana fue que salimos sin almorzar y me convidaron, y un traguete que bebió uno, pues le cayó a uno mal, y eso fue todo. Lo que siento es que usted se haiga incomodao.
Raimunda.
¡Ay, me paece que tú no estás bueno! Ya me lo había dicho la Juliana.
Rubio.
La Juliana es una enreaora. Eso quería ecirle al amo.
Esteban.
¡Rubio!... Después me dirás lo que quieras. Está aquí el tío Eusebio. ¿No lo estás viendo?
Rubio.
¿El tío Eusebio? Ya le había visto... ¿Qué le trae por acá?
Raimunda.
¿Qué te importa a ti que le traiga o le deje de traer? ¡Habrase visto! Anda, anda y acaba de dormirla, que tú no estás en tus cabales.
Rubio.
No me diga usted eso, mi ama.
Esteban.
¡Rubio!...
Rubio.
La Juliana es una enreaora. Yo no he bebío... y el dinero que se me cayó era mío; yo no soy ningún ladrón; ni he robao a nadie... Y mi mujer tampoco le debe a nadie lo que lleva encima... ¿Verdad usted, señor amo?
Esteban.
¡Rubio!... Anda ya, y acuéstate y no parezcas hasta que te hayas hartao de dormir. ¿Qué dirá el tío Eusebio? ¿No has reparao?
Rubio.
Demasiao que he reparao... Bueno está... No tie usted que ecirme nada... (Sale).
Raimunda.
Pa lo que dice usted de los criados, tío Eusebio... Sin tenerle que tapar a uno nada, ya de por sí saben abusar... Dígame usted si tuviera uno cualquier tapujo con ellos... Pero ¿pue saberse qué le ha pasao hoy al Rubio? ¿Es que ahora va a emborracharse todos los días? Nunca había tenido él esa falta. Pues no vayas a consentírsela, que como empiece así...
Esteban.
¡Qué, mujer! Si porque no tie costumbre es por lo que hoy se ha achispao una miaja... A la cuenta, mientras yo andaba a unas cosas y otras por el pueblo, le han convidao en la taberna... Ya le he reñido yo, y le mandé acostar; pero a la cuenta no ha dormío bastante y se ha entrao aquí sin saber entoavía lo que se habla... No es pa espantarse.
Eusebio.
Claro está que no. ¿Mandas algo?
Esteban.
¿Ya se vuelve usted, tío Eusebio?
Eusebio.
Tú verás. Lo que siento es haber venío pa tener un disgusto...
Raimunda.
Aquí no ha habido disgusto ninguno. ¡Qué voy yo a digustarme con usted!
Eusebio.
Así debe de ser. ¡Hacerse cargo, con lo que a mí me ha pasao! Esa espina no se arranca así como así; clavada estará, y bien clavada, hasta que quiera Dios llevársele a uno de este mundo. ¿Tenéis pensao de estar muchos días en el Soto?
Esteban.
Hasta el domingo. Aquí no hay nada que hacer. Solo hemos venido por no estar en el pueblo en estos días; como al volver Norberto too habían de ser historias...
Eusebio.
Como que así será. Pues yo no te dejo encargao otra cosa: cuando estés allí, que estés a la mira por si se presentan mis hijos, que no me vayan a hacer alguna que no quiero pensarlo.
Esteban.
Vaya usted descuidao: pa que hicieran algo estando yo allí, mal había yo de verme.
Eusebio.
Pues no te digo más. Estos días los tengo entretenidos trabajando en las tierras de la linde del río... Si no va por allí alguien que me los soliviante... Vaya, quedar con Dios. ¿Y la Acacia?
Raimunda.
Por no afligirle a usted no habrá acudío... Y que ella también de verle a usted se recuerda de muchas cosas.
Eusebio.
Ties razón.
Esteban.
Voy a que saquen las caballerías.
Eusebio.
Déjate estar. Yo daré una voz... ¡Francisco! Allá viene. No vengas tú, mujer. Con Dios. (Van saliendo).
Raimunda.
Con Dios, tío Eusebio, y pa la Julia no le digo a usted nada..., que me acuerdo mucho de ella, y que más tengo rezao por ella que por su hijo, que a él Dios le habrá perdonao, que ningún daño hizo pa tener el mal fin que tuvo... ¡Pobre! (Han salido Esteban y el tío Eusebio).
ESCENA IV
RAIMUNDA y BERNABÉ.
Bernabé.
¡Señora ama!
Raimunda.
¿Qué? ¿Viste a Norberto?
Bernabé.
Como que aquí está; ha venido conmigo. ¡Más pronto! Él, de su parte, estaba deseandito de avistarse con usted.
Raimunda.
¿No os habréis cruzao en el camino con el tío Eusebio?
Bernabé.
A lo lejos le vimos llegar de la parte del río; conque nosotros echamos de la otra parte y nos metimos por el corralón, y allí me dejé a Norberto agazapao, hasta que el tío Eusebio se volviera pa el Encinar.
Raimunda.
Pues mira si va ya camino.
Bernabé.
Ende aquí le veo que ya va llegando por la cruz.
Raimunda.
Pues ya puedes traer a Norberto. Atiende antes. ¿Qué anda por el pueblo?
Bernabé.
Mucha maldá, señora ama. Mucho va a tener que hacer la Justicia si quiere averiguar algo.
Raimunda.
Pero allí nadie cree que haya sido Norberto, ¿verdad?
Bernabé.
Y que le arrean un estacazo al que diga otra cosa. Ayer, cuando llegó, que ya venía medio pueblo con él, que salieron al camino a esperarle, todo el pueblo se juntó pa recibirle, y en volandas le llevaron hasta su casa, y todas las mujeres lloraban, y todos los hombres le abrazaban, y su padre se quedó como accidentao...
Raimunda.
¡Pobre! ¡No, no podía haber sido él!
Bernabé.
Y como se susurra que los del Encinar y se han dejao decir que vendrán a matarlo el día menos pensao, pues toos los hombres, hasta los más viejos, andan con garrotas y armas escondías.
Raimunda.
¡Dios nos asista! Atiende: el amo, cuando estuvo allí esta mañana, ¿sabes si ha tenío algún disgusto?
Bernabé.
¿Ya le han venío a usted con el cuento?
Raimunda.
No...; es decir, sí, ya lo sé.
Bernabé.
El Rubio, que se entró en la taberna y paece ser que allí habló cosas... Y como le avisaron al amo, se fue allí a buscarle y le sacó a empellones, y él se insolentó con el amo... Estaba bebío...
Raimunda.
¿Y qué hablaba el Rubio, si pue saberse?
Bernabé.
Que se fue de la lengua... Estaba bebío... ¿Quiere usted que le diga mi sentir? Pues que no debieran ustedes de parecer por el pueblo en unos cuantos días.
Raimunda.
Ya puedes tenerlo por seguro. Lo que hace a mí, no volvería nunca... ¡Ay, Virgen!, que me ha entrao una desazón que echaría a correr too ese camino largo adelante y después me subiría por aquellos cerros, y después no sé yo ande quisiea esconderme, que no parece sino que viene alguien detrás de mí, peor que pa matarme... Y el amo... ¿Ande está el amo?
Bernabé.
Con el Rubio andaba.
Raimunda.
Ve y tráete a Norberto. (Sale Bernabé).
ESCENA V
RAIMUNDA y NORBERTO
Norberto.
¡Tía Raimunda!...
Raimunda.
¡Norberto!... ¡Hijo!... Ven que te abrace.
Norberto.
Lo que me he alegrao deque usted quisiea verme. Después de mi padre y de mi madre, en gloria esté, y más vale, si había de verme visto como me han visto todos..., como un criminal, de nadie me acordaba como de usted.
Raimunda.
Yo nunca he podido creerlo, aunque lo decían todos.
Norberto.
Bien lo sé, y que usted ha sío la primera en defenderme. ¿Y la Acacia?
Raimunda.
Buena está; pero con la tristeza del mundo en esta casa.
Norberto.
¡Decir que yo había matao a Faustino! Y pensar que si no puedo probar, como pude probarlo, lo que había hecho todo aquel día; si, como lo tuve pensao, cojo la escopeta y me voy yo solo a tirar unos tiros, y no puedo dar razón de ande estuve, porque nadie me hubiea visto, me echan a un presidio pa toda la vida.
Raimunda.
¡No llores, hombre!
Norberto.
Si esto no es llorar; llantos los que tengo lloraos entre aquellas cuatro paeres de una cárcel, que si me hubiean dicho a mí que tenía que ir allí algún día... Y lo malo no ha concluío. El tío Eusebio y sus hijos y todos los del Encinar sé que quien matarme... No quien creerse de que yo estoy inocente de la muerte de Faustino, tan cierto como mi madre está bajo tierra.
Raimunda.
Como nadie sabe quién haya sío... Como nada ha podido averiguarse..., pues, ya se ve, ellos no se conforman... Tú, ¿de nadie sospechas?
Norberto.
Demasiao que sospecho.
Raimunda.
¿Y no le has dicho nada a la Justicia?
Norberto.
Si no hubiea podido por menos pa verme libre, lo hubiea dicho todo... Pero ya que no haiga habío necesidá de acusar a nadie... Así como así, si yo hablo... harían conmigo igual que hicieron con el otro.
Raimunda.
Una venganza, ¿verdad? Tú crees que ha sío una venganza... ¿Y de quién piensas tú que pue haber sío? Quisiera saberlo, porque, hazte cargo, el tío Eusebio y Esteban tien que tener los mismos enemigos; juntos han hecho siempre bueno y malo, y no puedo estar tranquila... Esa venganza tanto ha sío contra el tío Eusebio como en contra de nosotros; pa estorbar que estuviean más unidas las dos familias; pero pueden no contentarse con esto, y otro día pueden hacer lo mismo con mi marido.
Norberto.
Por tío Esteban no pase usted cuidao.
Raimunda.
¿Tú crees...?
Norberto.
Yo no creo nada.
Raimunda.
Vas a decirme todo lo que sepas. A más de que, no sé por qué, me paece que no eres tú solo a saberlo. Si será lo mismo que ha llegao a mi conocimiento... Lo que dicen todos...
Norberto.
Pero no es que se haiga sabío por mí... Ni tampoco pue saberse; es un runrún que anda por el pueblo naa más. Por mí naa se sabe.
Raimunda.
Por la gloria de tu madre vas a decírmelo todo, Norberto.
Norberto.
No me haga usted hablar. Si yo no he querido hablar ni a la Justicia... Y si hablo me matan, tan cierto que me matan.
Raimunda.
Pero ¿quién pue matarte?
Norberto.
Los mismos que han matao a Faustino.
Raimunda.
Pero ¿quién ha matao a Faustino? Alguien comprao pa eso, ¿verdad? Esta mañana en la taberna hablaba el Rubio...
Norberto.
¿Lo sabe usted?
Raimunda.
Y Esteban fue a sacarle de allí pa que no hablara...
Norberto.
Pa que no le comprometiera.
Raimunda.
¿Eh? ¡Pa que no le comprometiera!... Porque el Rubio estaba diciendo que él...
Norberto.
Que él era el amo de esta casa.
Raimunda.
¡El amo de esta casa! Porque el Rubio ha sío...
Norberto.
Sí, señora.
Raimunda.
El que ha matao a Faustino...
Norberto.
Eso mismo.
Raimunda.
¡El Rubio! Ya lo sabía yo... ¿Y lo saben todos en el pueblo?
Norberto.
Si él mismo se va descubriendo; si ande llega principia a enseñar dinero, hasta billetes... Y esta mañana, como le cantaron la copla en su cara, se volvió contra todos y fue cuando avisaron a tío Esteban y le sacó a empellones de la taberna.
Raimunda.
¿La copla? Una copla que han sacao... Una copla que dice... ¿Cómo dice la copla?
Norberto.