Raimunda.
Los del Soto somos nosotros, así nos dicen, es esta casa... Y la del Soto no pue ser otra que la Acacia... ¡Mi hija! Y esa copla... es la que cantan todos... Le dicen la Malquerida... ¿No dice así? ¿Y quién la quiere mal? ¿Quién pue querer mal a mi hija? La querías tú y la quería Faustino... Pero ¿quién otro pue quererla y por qué le dicen Malquerida?... Ven acá... ¿Por qué dejaste tú de hablar con ella, si la querías? ¿Por qué? Vas a decírmelo too... Mira que peor de lo que ya sé no vas a decirme nada...
Norberto.
No quiera usted perderme y perdernos a todos. Nada se ha sabío por mí: ni cuando me vi preso quise decir naa... Se ha sabío yo no sé cómo, por el Rubio, por mi padre, que es la única persona con quien lo tengo comunicao... Mi padre sí quería hablarle a la Justicia, y yo no le he dejao, porque le matarían a él y me matarían a mí.
Raimunda.
No me digas naa; calla la boca... Si lo estoy viendo todo, lo estoy oyendo todo... ¡La Malquerida, la Malquerida! Escucha aquí. Dímelo a mí todo.... Yo te juro que pa matarte a ti tendrán que matarme a mí antes. Pero ya ves que tie que hacerse justicia, que mientras no se haga justicia el tío Eusebio y sus hijos van a perseguirte, y de esos sí que no podrás escapar. A Faustino lo han matao pa que no se casara con la Acacia, y tú dejaste de hablar con ella pa que no hicieran lo mismo contigo. ¿Verdad? Dímelo todo.
Norberto.
A mí se me dijo que dejara de hablar con ella porque había el compromiso de casarla con Faustino, que era cosa tratada de antiguo con el tío Eusebio, y que si no me avenía a las buenas, sería por las malas, y que si decía algo de todo esto... pues que...
Raimunda.
Te matarían. ¿No es eso? Y tú...
Norberto.
Yo me creí de todo, y la verdad, tomé miedo, y pa que la Acacia se enfadara conmigo, pues principié a cortejar a otra moza que naa me importaba... Pero como luego supe que naa era verdad, que ni el tío Eusebio ni Faustino tenían tratao cosa ninguna con tío Esteban... Y cuando mataron a Faustino..., pues ya sabía yo por qué lo habían matao: porque al pretender él a la Acacia, ya no había razones que darle como a mí; porque al tío Eusebio no se le podía negar la boda de su hijo, y como no se le podía negar, se hizo como que se consentía a todo, hasta que hicieron lo que hicieron, que aquí estaba yo pa achacarme la muerte. ¿Qué otro podía ser? El novio de la Acacia, por celos... Bien urdío sí estaba. ¡Valga Dios que algún santo veló por mí aquel día! Y que el delito pesa tanto, que él mismo viene a descubrirse.
Raimunda.
¡Quie decirse que todo ello es verdad! ¡Que no sirve querer estar ciegos pa no verlo! Pero ¿qué venda tenía yo elante los ojos?... Y ahora todo como la luz de claro... Pero ¡quién pudiera seguir tan ciega!
Norberto.
¿Ande va usted?
Raimunda.
¿Lo sé yo? Voy sin sentío... Si es tan grande lo que me pasa, que paece que no me pasa nada. Mira tú, de too ello, solo me ha quedao la copla, esa copla de la Malquerida... Ties que enseñarme el son pa cantarla... ¡Y a ese son vamos a bailar toos hasta que nos muramos! ¡Acacia, Acacia, hija!... ¡Ven acá!
Norberto.
¡No la llame usted! No se ponga usted así, que ella no tie culpa.
ESCENA VI
Dichos y la ACACIA.
Acacia.
¿Qué quie usted, madre? ¡Norberto!...
Raimunda.
¡Ven acá! ¡Mírame fijo a los ojos!
Acacia.
Pero ¿qué le pasa a usted, madre?
Raimunda.
¡No, tú no pues tener culpa!
Acacia.
Pero ¿qué le han dicho a usted, madre? ¿Qué le has dicho tú?
Raimunda.
Lo que saben ya toos... ¡La Malquerida! ¡Tú no sabes que anda en coplas tu honra!
Acacia.
¡Mi honra! ¡No! ¡Eso no han podío decírselo a usted!
Raimunda.
No me ocultes naa. Dímelo too. ¿Por qué no le has llamao nunca padre? ¿Por qué?
Acacia.
Porque no hay más que un padre; bien lo sabe usted. Y ese hombre no podía ser mi padre, porque yo le he odiao siempre, ende que entró en esta casa pa traer el infierno consigo.
Raimunda.
Pues ahora vas a llamarle tú y vas a llamarle como yo te digo: padre... Tu padre. ¿Entiendes? ¿Me has entendío? Te he dicho que llames a tu padre.
Acacia.
¿Quie usted que vaya al campo santo a llamarle? Si no es el que está allí, yo no tengo otro padre. Ese... es su marido de usted, el que usted ha querido, y pa mí no pue ser más que ese hombre, ese hombre: no sé llamarle de otra manera. Y si ya lo sabe usted too, no me atormente usted. ¡Que le prenda la Justicia y que pague too el mal que ha hecho!
Raimunda.
La muerte de Faustino, ¿quies decir? Y a más.... dímelo too.
Acacia.
No, madre; si yo hubiera sío consentidora, no hubieran matao a Faustino. ¿Usted cree que yo no he sabío guardarme?
Raimunda.
¿Y por qué has callao? ¿Por qué no me lo has dicho a mí too?
Acacia.
¿Y se hubiera usted creído de mí más que de ese hombre, si estaba usted ciega por él? Y ciega tenía usted que estar pa no haberlo visto. Si elante de usted me comía con los ojos; si andaba desatinao tras mí a toas horas; y ¿quiere usted que le diga más? Le tengo odiao tanto, le aborrezco tanto, que hubiera querío que anduviese entavía más desatinao, a ver si se le quitaba a usted la venda de los ojos, pa que viera usted qué hombre es ese, el que me ha robao su cariño, el que usted ha querío tanto, más que quiso usted nunca a mi padre.
Raimunda.
¡Eso no, hija!
Acacia.
Pa que le aborreciera usted como yo le aborrezco, como me tie mandao mi padre que le aborrezca, que muchas veces lo he oído como una voz del otro mundo.
Raimunda.
¡Calla, hija, calla! Y ven aquí, junto a tu madre, que ya no me queda más que tú en el mundo, y ¡bendito Dios que aún puedo guardarte! (Entra Bernabé).
Bernabé.
¡Señora ama, señora ama!...
Raimunda.
¿Qué traes tú tan acelerao? De seguro nada bueno.
Bernabé.
Es que vengo a darle aviso de que no salga de aquí Norberto por ningún caso.
Raimunda.
¿Pues luego?...
Bernabé.
Están apostaos los hijos del tío Eusebio con sus criados pa salirle al encuentro.
Norberto.
¿Qué le decía yo a usted? ¿Lo está usted viendo? ¡Vienen a matarme! ¡Y me matan, tan cierto que me matan!
Raimunda.
¡Nos matarán a toos! Pero eso tie que haber sío que alguien ha corrío a llamarlos.
Bernabé.
El Rubio ha sío, que le he visto yo correrse por la linde del río hacia las tierras del tío Eusebio; el Rubio ha sío quien les ha dao el soplo.
Norberto.
¿Qué le decía yo a usted? Pa taparse ellos quieren que los otros me maten, pa que no haiga más averiguaciones; que los otros se darán por contentos creyendo que han matao a quien mató a su hermano... ¡Y me matarán, tía Raimunda, tan cierto que me matan!... Son muchos contra uno, que yo no podre defenderme, que ni un mal cuchillo traigo, que no quiero llevar arma ninguna por no tumbar a un hombre, que quiero mejor que me maten antes que volverme a ver ande ya me he visto... ¡Sálveme usted, que es muy triste morir sin culpa, acosao como un lobo!
Raimunda.
No ties que tener miedo. Tendrán que matarme a mí antes, ya te lo he dicho... Entra ahí con Bernabé. Tú coge la escopeta... Aquí no se atreverán a entrar, y si alguno se atreve, le tumbas sin miedo, sea quien sea. ¿Has entendío? Sea quien sea. No es menester que cerréis la puerta. Tú aquí conmigo, hija. ¡Esteban!... ¡Esteban!... ¡Esteban!...
Acacia.
¿Qué va usted a hacer? (Entra Esteban).
Esteban.
¿Qué me llamas?
Raimunda.
Escucha bien. Aquí está Norberto, en tu casa; allí ties apostaos a los hijos del tío Eusebio pa que lo maten, que ni eso eres tú hombre pa hacerlo por ti y cara a cara.
Esteban.
(Haciendo intención de sacar un arma). ¡Raimunda!
Acacia.
¡Madre!
Raimunda.
¡No, tú no! Llama al Rubio pa que nos mate a toos, que a toos tiene que matarnos pa encubrir tu delito... ¡Asesino, asesino!
Esteban.
¡Tú estás loca!
Raimunda.
Más loca tenía que estar; más loca estuve el día que entraste en esta casa, en mi casa, como un ladrón, pa robarme lo que más valía.
Esteban.
Pero ¿pue saberse lo que estás diciendo?
Raimunda.
Si yo no digo naa, si lo dicen toos, si lo dirá muy pronto la Justicia, y si no quieres que sea ahora mismo, que no empiece yo a voces y lo sepan toos... Escucha bien: tú que los has traído, llévate a esos hombres que aguardan a un inocente pa matarlo a mansalva. Norberto no saldrá de aquí más que junto conmigo, y pa matarle a él tien que matarme a mí... Pa guardarle a él y pa guardar a mi hija me basto yo sola, contra ti y contra toos los asesinos que tú pagues. ¡Mal hombre! Anda ya y ve a esconderte en lo más escondido de esos cerros, en una cueva de alimañas... Ya han acudido toos, ya no puedes atreverte conmigo... ¡Y aunque estuviera yo sola con mi hija! ¡Mi hija, mi hija! ¿No sabías que era mi hija? Aquí la ties. ¡Mi hija! ¡La Malquerida! Pero aquí estoy yo pa guardarla de ti, y hazte cuenta de que vive su padre... ¡Y pa partirte el corazón, si quisieras llegarte a ella!
TELÓN