—Todo lo que tú quieras, Simón, todo lo que tú quieras; pero no se trata ahora de esas cosas, sino de hacer lo que té he dicho en el plazo que te he marcado.
—Vuecencia será servido en ese mandato como en todos lo que se digne manifestarme; pero creo, salvo el mejor parecer de Vuecencia, que es de alguna necesidad poner en su conocimiento las dificultades que hay que vencer para dar ahora cumplimiento a los deseos naturalísimos de Vuecencia.
—No veo esa necesidad, Simón. ¿Dónde está ella? O se puede, o no se puede: has dicho que sí... Pues huelgan los comentarios.
—Pero, con permiso de Vuecencia, supongo yo que esas dificultades que hoy pueden vencerse, a costa de grandes esfuerzos, en un caso idéntico sean invencibles mañana.
—¿Y qué?
—Que en un extremo así, convendría estar al tanto de ciertos antecedentes, para no extrañar...
—¡Para no extrañar!...
—Para no atribuir a falta de celo en el administrador (pongo por caso, con el respeto debido) lo que es obra de... vamos, de la marcha natural..., supongamos, de la cosa misma.
—Pues no te entiendo, Simón.
—Recordará Vuecencia que en varias ocasiones he solicitado el honor de que me permitiera explicarle, manifestarle..., vamos, ponerle a la vista el estado verdadero... de las cosas, como quien dice.
—Cierto. ¿Y qué?
—Que Vuecencia ha tenido siempre la bondad de desatender mis ruegos.
—En lo que te he dado, Simón, la mayor prueba que puedo darte de mi absoluta confianza en la administración de mis caudales.
—Precisamente, señor, del deseo de corresponder dignamente a la inmerecida honra que me dispensa Vuecencia en esa prueba, nace el empeño de enterarle...
—¡De enterarme!... ¿Y de qué, buen Simón? ¿De que no van mis negocios en próspera fortuna? ¿De que este cortijo, y la otra casa, y tales acciones no valen lo que valían, porque los arrendamientos, y el inquilinato, y el estado general de los negocios, y el aspecto alarmante de la política así lo disponen?... ¿No es esto? ¿Ves cómo yo penetro con una sola mirada hasta el interior de las cosas, y vivo en perfecto conocimiento de ellas, sin que nadie se tome, el trabajo de pesarlas y de medirlas delante de mí? ¿Y qué le vamos a hacer si el cuadro no es tan risueño como tú y yo deseáramos? Pues paciencia, Simón, paciencia, y aguardemos días mejores, que ya vendrán. Felizmente, mi caudal no es de apariencia: es sólido y es abundante, a Dios gracias, y da para todo; quiero decir, para aguardar los vivificantes calores del estío, bien a cubierto de los mortíferos hielos invernales.
—Si no he comprendido mal el símil de Vuecencia, ese es precisamente el punto en que tengo la desgracia de discrepar de su sabio parecer.
—¿A ver cómo?
—Vuecencia sabe que sus caudales no son los que eran algunos años hace; que han disminuido..., que...
—Adelante, Simón.
—Pero desconoce el detalle, el estado en que se encuentra lo que queda de ellos; porque, si se me permite manifestarlo, los gastos de la casa y las quiebras habidas en ciertos negocios no han guardado la debida proporción con la merma de los haberes. El hacer dinero en ciertas ocasiones, cuesta más caro que en lo ordinario; y esta carestía se aumenta según que las necesidades se van haciendo más visibles y más frecuentes..., porque bien sabe Vuecencia que la usura es desconfiada, y hay que satisfacerla, y..., vamos, que abusa más de lo que debiera. Así sucede que va Vuecencia a tapar un agujero, y para taparle se forma otro; y tapa éste, y resulta otro más grande; y, tapa aquí y destapa allá, piérdese algo el buen tino, y al menor descuido salta una criba entera, que, créalo Vuecencia, no es la mejor capa para esperar un hombre, abrigado con ella, los calores del verano; sobre todo, si dan en apretar mucho, como aquí sucede, los fríos del invierno.
—No basta la buena intención que a ti te guía, mi fiel Simón, para fallar, con el acierto debido, pleitos de determinada naturaleza...
—Es la pura verdad, señor; pero cuando los números hablan... Si donde hay veinte disponibles se gastan cuarenta, resulta una falta de otros veinte.
—Si no te conociera, pensaría que llevabas tu atrevimiento hasta el extremo de intentar ponerme a ración...
—¡Señor!...
—¡No te sobresaltes, que ya hice la merecida salvedad; pero no insistas en ese tema, porque las necesidades domésticas y sociales de una familia tan conspicua como la mía, y las de un hombre como yo, no pueden sujetarse al régimen admitido para el común de las gentes, ni al criterio de un sencillo y honrado administrador como tú!...
—Las palabras y los deseos de Vuecencia—dijo aquí el aludido, plegándose casi en dos mitades iguales—son órdenes y enseñanzas para este su humilde servidor; pero como, por lo mismo, le debo toda la verdad de lo poco que se me alcanza, quisiera advertir a Vuecencia, con el debido respeto, que no me refería tanto a lo que pudiera llamarse gastos de representación de esta ilustre familia, cuyo necesario esplendor eso y mucho más reclama, cuanto a otros independientes de ellos, y que no son los que menos agujeros han abierto en la criba a que tuve el honor de referirme antes.
—¿A qué otros gastos te refieres?
—A los grandes desembolsos que le han costado a Vuecencia los negocios que ha emprendido en compañía de don Mauricio Ibáñez...
—¡Bah!..., gajes del oficio, Simón: hay que estar a las duras y a las maduras.
—Cierto; pero a Vuecencia siempre le han tocado las duras.
—También a él...
—Pero ese es su oficio; aquí cae y allí se levanta: de eso vive; al paso que Vuecencia...
—¿Otro consejito, Simón?
—¡Dios me libre de la tentación de cometer ese nuevo pecado! Sólo que pensaba yo que en ese punto, bien cabía, sin ofensa de los respetos que debo, una indicación...
—Y ¿cuál es?
—Que sería más de sentir que el dinero perdido por Vuecencia, como socio del banquero en determinados casos, el que pudiera perder en la misma compañía, de muy distinta manera.
—¿Qué quieres decirme, Simón?
—Que estoy muy bien enterado de que en el señor don Mauricio no es oro todo lo que reluce.
—¿Estás en tu juicio? ¡El banquero de más crédito de todos los banqueros de España! ¡El hombre que abarca los negocios más vastos y complicados; que manda en el Ministerio de Hacienda como en su propia casa!
—Pues ese que manda en el Ministerio de Hacienda (¡y así va ella!) no tiene los asuntos tan limpios y desembarazados como creen las gentes y deseara él.
—¿Cómo puede ser eso?...
—Será, con permiso de Vuecencia, porque el diablo reclame lo suyo, o por otra causa; pero ello es. Y cómo el que se ahoga se agarra a lo primero que alcanza con las manos, y Vuecencia tiene poca práctica para esos fregados, porque ha nacido para cosas más altas y más nobles..., cumplo con un deber, hasta de conciencia, dándole respetuosamente este aviso.
—Tú has pisado hoy malas yerbas, Simón... Ya hablaremos oportunamente de esas y otras cosas, con la necesaria tranquilidad. Ahora cumple el encargo que te he dado, y nada más. Cabalmente me hallas hoy en la peor de las condiciones para ocuparme en negocios que me obliguen a fatigar la cabeza con discursos ni con preocupaciones.
—¿Se encuentra mal Vuecencia?
—No muy bien: he sentido un fuerte desvanecimiento al levantarme... y anoche había sentido otro al acostarme.
—Debilidades del estómago...
—Eso creo yo... Pero resérvalo, de todos modos. No he querido decir nada a la marquesa, por no alarmarla. ¡Ah, los frutos del ambiente de esa condenada casa de locos ambiciosos e intrigantes! ¿Qué han de sacar de ella los hombres desinteresados y conciliadores como yo, sino grandes desencantos y trastornos cerebrales? ¡No sabes con qué ansia aguardo el momento de salir a respirar aires libres y más sanos, fuera de la atmósfera candente en que nos abrasamos aquí los desdichados a quienes el patriotismo obliga a encadenar hasta sus afectos más íntimos al presidio de los negocios del Estado!... Tienes mi permiso para retirarte, Simón... ¡Ah!, se me olvidaba..., y vaya la noticia por lo que has de gozarte en ella, no porque yo le dé la menor importancia, ni deje de considerar el suceso como un tardío acto de desagravio, por parte del desagradecido Gobierno: lo de mi senaduría es cosa acordada, al fin.
—Reciba Vuecencia por anticipado la más humilde, pero la más cordial de las felicitaciones.
—Esas, para la patria, Simón, que tan necesitada está de reparaciones de esa índole, aunque te suene el reparo a vanagloria. De todas suertes, gracias por la cariñosa enhorabuena... y Dios te guarde.
XII
En ningún capítulo de los Apuntes que me sirven de guía en este relato hay mayores despilfarros inútiles de tiempo y de imaginación, que en el que la redactora da cuenta del viaje proyectado algunos renglones más atrás. Es, en su mayor parte, un verdadero artículo de Revista, escrito, por una observadora tan impresionable como inexperta, a través de sus debilidades de sexo y de sus preocupaciones demasiado subjetivas. Échase de ver desde luego en tan prolija tarea, que en las últimas entrevistas de Verónica con Pepe Guzmán, el empeñado duelo no pasó de un nuevo cambio de estocadas, como si cada combatiente pusiera mayor ahínco en defenderse que en herir, desde que por primera vez cruzaron los aceros en la boda de Sagrario. Pesa, mide y compara, con escrupulosidad de alquimista, cada gesto y cada frase del receloso galán; asómale la impaciencia a cada momento en los puntos de su pluma; traslúcesele el desasosiego a cada instante; danle motivo todo lugar y cualquier suceso para recordar al invulnerable y discurrir sobre estas cosas, y aun protesta de que en tan invencible y tenaz empeño no entra para nada el interés amoroso; que todo es obra de la curiosidad, tan vehemente y disculpable en las mujeres en casos tales, y que su corazón continúa siendo víscera simplemente, sin un latido ni una sensación de más ni de menos que lo regular y ordinario. Podrá ser aprensión mía; pero es la verdad que leyendo estas largas disertaciones, se me vienen a la memoria los niños que se tapan los ojos para no ser vistos.
La primera etapa de los expedicionarios fue París, según costumbre, y la estancia allí, la más larga de todas las del viaje. Consultó la enferma con las eminencias del «arte de curar», y ninguna de ellas dejó de prometerla un pronto y radical alivio... ni de aconsejar a su familia que la volvieran cuanto antes a su casa, porque quietud, sosiego y «auras domésticas», era lo que principalmente requería la incurable enfermedad de aquella señora... En fin, lo que la había aconsejado en Madrid su médico de cabecera. Pero declara ya su hija terminantemente que su madre no viajaba con la esperanza de curarse, sino con el propósito de divertirse así; y añade que este reparo se opuso al dictamen, tan bien expuesto y mejor cobrado, de las eminencias; que éstas le aceptaron por suyo reverentemente, y que se le ofrecieron a la marquesa bien diluido en un risueño plan de correrías por los balnearios y sitios de recreo más elegantes y aristocráticos de Europa (igual a lo acordado por las eminencias de Madrid después de haber conocido los deseos de la enferma), y que se determinó que fuera Interlacken, donde nunca había estado, la segunda etapa de la recreativa expedición. Verónica hubiera preferido otro rumbo: Vichy, por ejemplo; y no porque Pepe Guzmán se hubiera despedido para aquellas aguas, que tomaba todos los años para curar ciertos desarreglos de su estómago, puesto que la había dado su palabra de encontrarse con ella «donde menos lo pensara», sino porque... «cada cual tiene sus gustos».
Pero si dejó de ver en el Pirineo francés a su amigo tan estimado, en el corazón de la Suiza se halló con otro que no valía menos, según la fama, si se pesaban ambos en oro. Porque allí estaba don Mauricio el Solemne, una semana hacía, a curarse sus achaques nerviosos con aquellas duchas de hielo derretido. Este pretexto alegó, al menos, para explicar al marqués su estancia inesperada allí: inesperada, porque de todo había hablado a su ilustre amigo al despedirse de él en Madrid, menos de que padeciera tales achaques, ni de que intentara curarlos de aquel modo ni en aquel sitio. Cierto que no estaba el banquero en el pleno goce de su natural imperturbabilidad cuando estas cosas decía, como no lo había estado cuando se halló de improviso en el mismo hotel que habitaba, con la presencia de sus egregios amigos; que a este mismo «fenooómeeno» se agarró él como prueba de la existencia de la enfermedad, y que afirmó que la había cogido repentinamente una noche, muy pocas antes, en lo alto de la calle de Alcalá, hablando, desabrigado, con el ministro de Hacienda. Pero tan mal le iba con el tratamiento aquel, en mal hora aconsejado por su médico de cabecera, que tenía resuelta su marcha a París en el mismo día, no obstante el nuevo y poderoso atraaztivo que tenían para él aquellos lugares «desde que los honraban tan excelentes y tan inolvidables amigos». Esto de «inolvidables» se lo espetó a Verónica en un memorial de mirada triste, con el correspondiente tirón de patilla; el cual memorial fue contestado con una sonrisa... de las de Verónica, la cual sonrisa debió sentarle al recurrente como si le afeitaran en seco.
Y como lo dijo lo hizo, Salió en posta de Interlacken aquel mismo día, sin aguardar a sentarse a la mesa; y detrás de él y con el mismo rumbo, una dama solitaria, de gran porte y «cierta traza», que había llegado con el banquero mismo, y comía a su lado, y a su lado habitaba en el hotel; es decir, tabique en medio.
—¡Y pensará el simplón que no le he sorprendido el contrabando!—díjose, muy aparte, el marqués, cuando se enteró de todos estos tejemanejes—. ¡A mí con esas disculpas de colegial! ¡Al que ha sido cocinero antes que fraile! ¡Semejante majaderote! ¡Como si tuviera el lance nada de particular, o nos interesara a nosotros cosa alguna!
Y no se habló más de este suceso en la familia del marqués, ni había para qué tampoco.
Escaseaba mucho todavía la gente de lustre en aquel sitio; y con esto y con no sentarle bien el clima a la marquesa, condújosela a otro más de su gusto. Y no digo a cuál, porque si fuera a seguirla paso a paso en el camino de aquellos sus antojos de rica vanidosa, incurriría yo en el mismo defecto que he tachado en el correspondiente capítulo de los Apuntes.
Mas por grandes que sean mis propósitos de reducirme todo lo posible en mi tarea, no he de omitir la mención siquiera de lo que más halagaba y seducía los apetitos del marqués durante su peregrinación por tantos y tan culminantes lugares: las celebridades políticas de todos los Estados europeos, que veraneaban dispersas, y con las cuales se topaba acá y allá, con sus respectivos cortejos de admiradores y de parásitos; los estadistas de segunda categoría, harto más ceremoniosos y teatrales que los de primera: los unos haciendo vida aparte y dejándose sentir, como el sol, desde muy lejos, o entre nubes; los otros, invadiéndolo todo con su pompa de relumbrón, presidiendo las mesas, los bailes, las jiras y hasta las salas de duchas o de inhalaciones... o la ruleta; pero los otros y los unos asediados por legiones de babiecas y por el espionaje de los reporters, para apuntar lo que dicen, lo que piensan, lo que comen, si se bañan, si se ríen, si meditan, si se enfadan, o si tosen o estornudan, y estamparlo como noticias de sensación en los periódicos de mayor renombre, con las más peregrinas conjeturas sobre el influjo del suceso en la política internacional. Y a los casinos llegaban estos y otros cien periódicos más de todas las naciones, y en todos ellos danzaban las noticias y las conjeturas, con otras semejantes y nuevos comentarios de propia cosecha, anunciando entrevistas, desentrañando frases, prediciendo resultados y dejando muy tirante la curiosidad de los lectores con la promesa de nuevos acontecimientos para el día siguiente.
Y el marqués devoraba estos periódicos, y contemplaba en éxtasis a aquellos hombres que tanto les daban que decir; y se comparaba con ellos, y no se vela más bajo, ni menos ostentoso, ni menos solemne, ni menos «honorable»: ninguno tomaba tan en serio como él eso de «los organismos políticos», «las energías de la patria», «el sentimiento público», «la alteza y respetabilidad de los cuerpos colegisladores» y otras cosas tales; ninguno le ganaba en desinterés, ni en celo, ni en instinto político, y pocos, muy pocos, llegarían a aventajarle en el modo y manera de utilizar con honra propia y decoro del sistema «la tribuna del Parlamento». Esto era «obvio, de toda notoriedad e inconcuso», y, sin embargo, su nombre no aparecía jamás entre aquellos otros, tan traídos y tan llevados, ni había un papanatas que le siguiera, ni un mal periodista que le preguntara su parecer sobre la política del Czar y las últimas circulares de nuestro ministro de Estado. Citábasele alguna vez entre los bañistas más distinguidos, recién llegados; cortejaban a su hija algunos insípidos gomosos, porque era guapa y afamada de rica, y pare usted de contar. Pero ¿qué diablos valía todo esto para un hombre de su estirpe, de sus nobles ambiciones y..., sí, señor, de su significación e importancia, por donde quiera que se le considerase? Caprichos, veleidades de la fortuna, del «hado» quizás..., porque el marqués estaba persuadido de que a los «hombres públicos» los forman las circunstancias, un momento de la vida, un «choque fortuito», de la piedra contra el acero, que hacía brotar la luz de repente. Así entendía el «hado» el buen marqués.
Entre tanto, lejos de desalentarse en su empresa, cada día buscaba con mayor empeño ese instante, ese fortuito choque, y no perdía ocasión de arrimarse a los privilegiados para hombrearse con ellos y meter la cuchara en sus conversaciones. Y así pasaba el tiempo en las etapas de su viaje, y aun en todos sus viajes de veraneo, si no satisfecho de los resultados obtenidos, porque el choque no se verificaba ni la luz se producía, consolado, al menos, con la ilusión de que las gentes, viéndole tan bien acompañado, le tomarían por lo que no era, es decir, por lo que deseaba ser.
Corriendo los días y rodando los expedicionarios, tan pronto en un puerto de mar como en una estación de secano, arrastrándose más que caminando la marquesa, a quien apenas bastaba una semana de reposo por cada hora de jornada, ninguno de los tres recogía el fruto sazonado de sus ilusiones: el padre, por lo que se ha visto; la madre, por lo que fácilmente se adivina, por enormes que sean las dosis de vanidad y de tonta presunción de que la supongamos henchida, y la hija, porque a medida que el tiempo pasaba sin que se cumpliera la promesa que en Madrid había hecho Pepe Guzmán de encontrarse con ella «donde menos lo pensara», crecían sus impaciencias «por el natural e insignificante deseo de salirse con la suya»; y la suya era que no se encontraría en parte alguna de su expedición veraniega con Pepe Guzmán; y no encontrándose con él, estaba autorizada para decirle, en broma, por supuesto, en cuanto le viera en Madrid: «¡valiente palabra es la palabra de usted!» Y con esta sola preocupación, se pagaba bien poco de todo lo que hallaba al paso; de preparar el éxito de sus exhibiciones en playas, alamedas y espectáculos, y mucho menos del tributo ofrecido a su belleza por la turba de tenorios contrahechos que a eso van a los «centros elegantes», y aun por otros admiradores de más seso y mejor arte.
En Baden-Baden halló el rastro de su amiga Sagrario, que andaba recorriendo el mundo en su viaje de novia. Había dejado allí fama de hermosa, de elegante, y, sobre todo, de desenvuelta. Se hablaba mucho, muchísimo, de sus hechicerías, entre los hombres, y de su «provocativo sans façon», entre las mujeres. Cuando tenía el sitio hecho un volcán de intrigas, de deseos, de cálculos y de murmuraciones, desapareció repentinamente con su marido, porque éste, que no salía de la ruleta, perdió en una noche cuarenta mil duros, sobre otros veinte mil que tenía perdidos ya; y no se había casado ella con Gonzalo Quiroga para eso, sino para cosa muy diferente. Esto se decía y se propalaba por aquellos ámbitos henchidos de la fragancia de todas las pasiones, buenas y malas, pero muy elegantes, y de nada se asombró la recién llegada madrileña, porque lo uno lo consideraba verosímil y hasta necesario, y de lo otro sabía que era la pura verdad.
Sucesos hartos más graves la aguardaban en Spá. Por de pronto, se encontró allí con amigos de su mayor intimidad; como que eran Leticia, su marido y el subsecretario de Gobernación; y ya se supondrá que no cuento este hallazgo entre los sucesos graves a que me he referido, aunque alguna gravedad revestía la altivez del continente de la primera, frente a la actitud algo airada y como rencorosa del tercero; pero más grave fue una estocada que este funcionario español atizó, en la madrugada del día siguiente, a un príncipe ruso bruñido a la francesa, que campaba en el sitio por su riqueza, por su boato y hasta por su estampa original y castiza. Tampoco fue lo grave la estocada porque pusiera en riesgo de muerte al príncipe ruso, pues no llegó tan adentro «la acerada punta», sino por el ruido que hizo y lo que dio que hablar a las gentes, y que temer a la impávida Leticia, y que hacer a la misma Verónica para ayudar a su amiga a convencer al subsecretario de que ciertos sucesos, aunque se vean con los ojos y se palpen con las manos, no son lo que aparentan, sino quimeras de la imaginación ofuscada.
Pero lo más original y lo verdaderamente grave del suceso, mirado a cierta distancia, fue que el general Ponce, es decir, el marido de Leticia, apadrinó al subsecretario en su duelo con el ruso; en honor de la verdad, no porque llevara el apadrinado su frescura al extremo de solicitar del otro un favor tan señalado, sino porque el arisco veterano, al saber de qué se trataba, por rumores llegados hasta él, «como amigo, como soldado y como español», no quiso que nadie se anticipara a prestar ese servicio a su ilustre compatriota. No hay para qué advertir que este detalle sonó en la colonia elegante y desocupada mucho más recio que la estocada y los motivos de ella. En cuanto al general, cumplido su deber de amistad, de soldado y de español, y altamente satisfecho de su conducta, se volvió a sus reales, es decir, a pasarse todo el día y parte de la noche con un periodista madrileño, desollando al ministro de la Guerra y proporcionando la metralla con que el primero le fusilaba, un día sí y otro no, desde las columnas de su periódico. Ni más vela, ni en otra cosa pensaba, ni de otros jugos se nutría la fibra de su naturaleza.
Pensó Verónica, como lo hubiera pensado cualquier otra mujer de honrado temple, que después de aquel ruidoso acontecimiento su amiga abandonaría a Spá con cualquier pretexto; pero no la conocía bastante, con creer conocerla muy a fondo. En el de Leticia existían alientos para resistir aquel empuje y mucho más.
—Mi fuga—dijo a su amiga, hablando con ella de estas cosas—sería la confirmación de los rumores. Otra mujer en mi caso, aun pensando esto mismo que yo pienso, huiría por no atreverse a quedárse; pero a mí no me espanta la fiera, y ya verás cómo la domino.
Y nunca se la había visto en público tan serena, tan elegante, tan hermosa, ni tan envidiada, como se la vio después del «grave suceso», ni se había mostrado delante de la gente tan expresiva ni tan afable con el subsecretario de Gobernación, ni tan atenta y cortés con el príncipe ruso, que, por cierto, no tardó tres días en largarse de allí.
No tuvo Verónica motivos para dolerse de la resolución tomada por su amiga, pues su compañía y su serenidad la sirvieron de mucho en el verdaderamente «grave suceso» que aconteció en breve, seguido de otro tan grave como él. Y fue que hallándose departiendo el marqués y el general, momentos antes de sentarse a la mesa, y paseándose a lo largo del salón contiguo al comedor, y estando la porfía en lo más candente, es decir, sosteniendo el segundo que todas las desventuras de España procedían de la incapacidad y de los desaciertos del ministro de la Guerra y de todos sus antecesores, y templando el primero sus crudezas con reposadas y campanudas reflexiones sobre el necesario «concurso de las fuerzas vitales del país» y «el engranaje de la máquina gubernamental», de pronto le faltó la palabra precisa; valiose de otra menos propia y muy mal pronunciada; esparciese sobre el sonrosado color de su rostro un tinte lívido; lanzó un áspero quejido por su boca, que se torcía por momentos, y reviré los ojos; y a no haberle recibido el general entre sus brazos, hubiera dado el pobre marqués con su oronda humanidad en el santo suelo.
Lo que allí sucedería después, no hay para qué referirlo. Conducido a su habitación y puesta en movimiento media casa, sometiósele al tratamiento que la ciencia tiene menos desacreditado para esos lances, y se esperó el resultado de él y el de la primera consulta que celebró un rebaño de doctores que fueron acudiendo alrededor del paciente, los más de ellos sin que nadie los llamara. Tras una hora de encierro en el cuarto inmediato al del enfermo, a quien rodeaban su familia gemebunda y cuantos españoles hubo en las inmediaciones, fueron apareciendo uno a uno los doctores, en larga y solemne procesión; cediéronles los profanos el sitio en derredor del lecho; tomó la palabra el menos joven y más estirado de los médicos; dijo que estaban perfectamente de acuerdo todos los profesores allí reunidos, lo mismo sobre el pronóstico que sobre el diagnóstico de la enfermedad que aquejaba al señor marqués; que aprobaban lo que hasta entonces habían dispuesto los dignísimos compañeros que se les habían anticipado en el honor de prestar los primeros auxilios al ilustre paciente; que volverían a reunirse dentro de dos horas, y que buen ánimo, entre tanto, para conllevar la inevitable pesadumbre por lo ocurrido...; con lo cual, y una ceremoniosa inflexión de cuello y de espinazo, salió de la estancia seguido de sus comprofesores, lo mismo que habían entrado, uno a uno y con la respectiva inflexión de cuello y de espinazo, graves, muy graves todos, y a cual más atildado y taciturno.
Afortunadamente, lo del marqués no fue tanto como parecía. Rehízose un poco su naturaleza a las pocas horas; al amanecer conoció a su familia y a sus amigos; articuló algunas palabras; movió los miembros, antes paralizados, y al mediodía del siguiente pronosticó el senado de doctores, en su tercera consulta, que, sin una complicación inesperada, el ilustre enfermo entraría muy pronto en una franca y satisfactoria convalecencia.
Ya las nubes de la tristeza se rasgaban y difundían hasta transparentarse en aquella mansión, poco antes de lágrimas y sobresaltos, cuando la marquesa, que se había quedado en la cama aquel día para restaurar un poco las fuerzas de su trastornada máquina, puestas en los límites de la extenuación con los recientes sustos y el anterior ajetreo de su larga peregrinación, sintió de pronto tales espasmos, convulsiones y desfallecimientos, que pensó que su vida terminaba en aquel trance, y lo mismo pensaron su atribulada hija y las gentes que con ella acudieron a socorrerla. Por consiguiente, nuevos apresuramientos, nueva irrupción de doctores, nuevas consultas y nueva serie de larguísimas horas de angustias y sobresaltos para la pobre joven, que, en aquella apuradísima situación en que se veía, se juró a sí propia emprender la vuelta a Madrid por el camino más corto, tan luego como los enfermos se hallaran en condiciones de ponerse en viaje, si Dios no había decretado que le hicieran al otro mundo sin salir de la cama.
Pero también se resolvió en el mejor de los sentidos la crisis alarmante de la marquesa; sólo que, al paso que el restablecimiento de su marido llevaba trazas de ser completo y sin dejar el menor rastro de la enfermedad vencida, el de ella caminaba paso a paso, y mal seguros, con muchos tropezones y algunas caídas. Al fin, llovía sobre mojado, y en cada nuevo embate de la enfermedad se llevaba ésta mayor tajada entre las uñas.
Durante la convalecencia de los dos enfermos, Leticia y Verónica, como si quisieran resarcirse de los afanes y tristezas que habían sufrido juntas como dos hermanas, mejor que como dos amigas, hablaron mucho, de muchísimas cosas: de todo menos del príncipe ruso y de su duelo con el subsecretario de Gobernación, y de Pepe Guzmán, que no asomaba por ningún sendero a cumplir la palabra empeñada con Verónica. Entre tanto, el tal subsecretario, el general y el periodista español, no se apartaban un punto del marqués, que ya estaba en voz nuevamente y comenzaba a hacer pinitos parlamentarios. Estaba muy satisfecho del interés que se habían tomado por su salud el canciller de acá, el embajador de allá, un ministro del kedive de Egipto y cien eminencias más que veraneaban por allí. Esto le confortaba y le reconstituía.
Y hablando, hablando Leticia y su amiga, sacó la primera a relucir a don Mauricio el Solemne.
—Poco antes de llegar tú—dijo a Verónica—, se presentó aquí de improviso; se encontró con nosotros al día siguiente; y como si le hubiera contrariado el encuentro, aquella misma tarde salió para París.
—¿Solo?—preguntó sonriendo Verónica.
—Solo—respondió sonriendo también su amiga—. Porque por más que se afirmó entre los maldicientes lo contrario, yo creo que nada tenía que ver con él una dama muy aparatosa, de cierto pelaje, que le siguió muy de cerca al marcharse, lo mismo que le había seguido al llegar.
—¿Alta y rubia?—volvió a preguntar Verónica, recordando quizás las señas de la de Interlacken.
—Morena y baja—respondió Leticia.
—¡Qué voracidad de hombre!—pensó la otra sin pedir ni dar más explicaciones.
Con los equipajes hechos, los convalecientes medio embanastados; en fin, casi con el pie en el estribo ya para volver a Madrid los tres expedicionarios de nuestra historia, dijo Leticia a su amiga al despedirse de ella:
—Sé que el banquero don Mauricio bebe los vientos por ti... ¿No te gusta que te lo diga?... Lo siento, y perdona; pero escucha. Es un tipo, bien a la vista está; pero tiene prendas que no puede ni debe desconocer una mujer como tú. Por tanto, como buena amiga y porque te quiero mucho, te aconsejo que si pide tu mano, no se la niegues.
—Gracias—respondió la aconsejada, pagando con un beso en cada mejilla de la consejera otros dos que ésta le había estampado en las suyas, con las últimas palabras del consejo, como si hubiera querido pintárselas allí para que no las olvidara.
¡También Leticia! ¿Era aquello una burla o una pesadilla? El mismo consejo que Sagrario, menos en lo referente a Pepe Guzmán. ¿Por qué esta omisión? ¿Fue por ignorancia o por malicia? ¡Ah!, ¡de qué buena gana la hubiera hecho ella entonces, y aun antes de entonces, por curiosidad, se entiende, nada más que por curiosidad, una pregunta! «Vamos, Leticia, con toda franqueza..., como si te confesaras conmigo, ¿hasta qué punto llegaron tus amistades con él?...» Porque era mucho lo que, de algún tiempo a aquella parte, la mortificaba esta sencilla curiosidad.
XIII
La marquesa llegó a Madrid hecha una lástima; pero el marqués, como si nada le hubiera pasado. Algo claudicaba del lado derecho, reparándole bien, y se le torcía la boca al sonreírse, y un tanto desmemoriado se encontraba en lo tocante a fechas y nombres propios; pero este levísimo rastro de su pasado accidente se borraría muy pronto, como se habían ido borrando otras huellas, harto más hondas, del propio mal.
De muy distinto modo lo veía su hija, que, aun sin lo advertido por los doctores de Spá, tenía en su buen entendimiento la luz necesaria para no engañarse; y con esto, y con la evidencia de que el estado de su madre era gravísimo, también; con las tristes deducciones que le resultaban de estas innegables premisas; la relativa soledad en que se encontraba en Madrid, a donde los apuntados sucesos la habían obligado a volver antes de lo calculado, y, por consiguiente, hallándose todavía rodando fuera de la patria todos los amigos de «su mundo»; la negrura de los espacios a que la condujeron sus cavilaciones pertinaces, y, ¿por qué negarlo?, hasta la ausencia del único hombre de fuste que en aquel caso pudiera ser para ella un prudente consejero, y cuanto en este hilo de su discurso fue ensartando la mano de Satanás, porque otra más honrada no podía complacerse en hacer un rosario tan largo y de tan fríos desalientos, llegó a apoderarse de la infeliz una verdadera melancolía; siendo muy de notar que antes se le aumentaba que se le disminuía con los cálculos risueños y los propósitos mundanos, que eran los temas exclusivos de la conversación de los convalecientes con ella. La cual tiene abnegación bastante para declarar sin rebozo en este pasaje de sus Apuntes, que intervenía muy poco o nada su corazón de hija en la manifestación de aquel fenómeno. No la impresionaban las ilusiones de sus padres por el contraste que formaban con su certeza de que era muy breve el espacio que las separaba de la sepultura de los ilusos, puesto que no era el dolor de perderlos lo que sentía en sus temores de quedarse huérfana a la hora menos pensada. El fenómeno era producto de un trastorno nervioso, de un estado histérico, sometido al influjo de un orden de sentimientos muy distintos: los enumerados ya, y un recelo pavoroso de lo desconocido. Su afecto de hija no profundizaba más que lo que da de sí el hábito de vivir en comunidad, no muy íntima, con otras personas. Muy poco y bien triste le parece esto a ella misma; pero tranquiliza su conciencia con la cuerda reflexión de que lo extraño hubiera sido lo contrario, con una educación como la que había recibido y unos ejemplos como los que le habían dado en su propia casa.
Veamos qué cálculos y propósitos eran los que preocupaban a los marqueses en los momentos en que todo el tiempo de que disponían debiera parecerles corto para liquidar sus largas cuentas con Dios. Los de la marquesa se enderezaban a dar a sus salones, en el próximo invierno, el último barniz de que carecían para brillar entre los más esplendorosos de la corte: quería construir un elegante teatro doméstico, en el cual las damas y los galanes más distinguidos de la aristocracia representasen lo selecto del repertorio... francés, en lengua francesa por de contado. Esto era el colmo, por entonces, y aun creo que lo es por ahora, del rumbo y de la distinción de los salones del buen tono madrileño. El intento, si se realizaba, costaría un sentido; pero ¿qué tenía que ver ella con ese prosaico y vulgar detalle? ¿No era rica? ¿No daban sus caudales para todo? ¿No era el intento noble y, amén de noble, impuesto por la ley inexorable... «de las cosas»? Pues habría teatro doméstico, y lindo y elegante, como el mejor de su especie; y para lograrlo así y lo más pronto posible, conferenciaba a menudo con el mismo arquitecto que le había trazado y dirigido las obras de su casa, y con su hija para la formación, digámoslo así, de la troupe aristocrática que había de debutar en él, a más tardar en la próxima noche de Año Nuevo. Y bien sabido se tenían Verónica y su padre que los intentos de la marquesa no podían traducirse en broma jamás. Siempre fueron órdenes sus lacónicas frases, y leyes inapelables sus deseos. Esto, en buena salud; ¡qué no sucedería cuando las molestias de la enfermedad la obligaban a ser más antojadiza y exigente?
En cuanto a los planes de su marido, casi está por demás advertir que no salían del trillado campo de sus anhelos senatoriales. Cierto que le constaba con toda evidencia que su senaduría era una de las de la hornada que de un momento a otro lanzaría el Gobierno a los estantes de la Gaceta; y sobre este importante preliminar, por tantos años perseguido, nada tenía ya que temer; pero no se trataba de eso, sino de algo que debía seguir inmediatamente al acontecimiento, como el estampido a la expansión de la pólvora inflamada en un arma de fuego. ¿Cómo le celebraría él, cuándo y en dónde? ¿A qué y con quiénes le obligaba esa distinción, que no por ser justa y merecida y aun algo tardía, dejaba de haber sido piedra de toque de muchas y buenas amistades... y de asombrosos temples de paciencia?
Esto le preocupaba, y a este tema se redujeron sus conversaciones familiares por muchos días. Al fin resolvió, sin que nadie se le opusiera, que daría un banquete de circunstancias en su propia casa, tan pronto como los ausentes personajes volvieran a Madrid y entrara en sus ordinarios quicios la vida política y social de la corte; y que en ese banquete pronunciaría él un discurso, en el cual «quedara bien definida su significación al lado del Gobierno de Su Majestad», y puesta bien de relieve, con la autoridad de su ejemplo y la elocuencia de su palabra, «la necesidad de robustecer el prestigio de los poderes públicos con el concurso de todas las fuerzas vivas de todos los hombres independientes y desapasionados del país, tan trabajado y maltrecho por obra de todo linaje de mezquinas intrigas y de pasiones bastardas».
Tal había de ser el tema de su acto político; y en desenvolverle, pulirle y entonarle debidamente, creyendo como artículo de fe que había de tener «inmenso alcance y altísima resonancia», se pasaba el buen marqués las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, como el otro loco (y perdone su ilustre y bien acreditada fama la comparación) con los libros de caballerías.
Es de advertir, asimismo, que el banquete, no sólo había de celebrarse en su propia casa, sino también disponerse y servirse con elementos y accesorios de la casa misma; condición sabiamente acordada por el marqués, que, contando con que no faltarían los obligados sahumerios de la prensa al menú y al aparato de la mesa, no quería ceder a un fondista, aunque se llamara Lhardy, ni ese rayo de esplendor que también cabía en el nimbo de su cabeza casi augusta.
Ello es que pasando días y semanas; estando perjeñado el discurso y a medio digerir; puestos en ejecución los planes de la marquesa y los planos de su arquitecto, y por los suelos algunos tabiques de la casa; en Madrid casi todos los encopetados touristas veraniegos; cada hombre político en su sitio; Verónica no tan aburrida ni nerviosa como a su llegada; Pepe Guzmán bien perdonado de su falta, en virtud de razones bien expuestas y mejor recibidas; la marquesa incapacitada de moverse de un sillón en cuanto la sacaban, con trabajos, de su lecho, y el marqués con su credencial de senador entre las manos, llegó el mes de octubre, y con él la ebullición de la vida madrileña, quiero decir, la de la gente de dinero y lustre en los campos colindantes de los placeres y de la política; y llegando el mes de octubre, que era el que esperaba el marqués con grandes ansias, dio por bien digerido su discurso, y consagró todo el muy escaso que le quedaba sano a disponer el programa de la fiesta.
Dejemos por cosa innecesaria la historia de este parto laborioso, y pasemos de un salto, que el lector dará con gusto, por lo que le abrevia el camino, a los linderos del comedor de nuestro personaje, desde donde podemos contemplar, sin ser vistos, el cuadro resultante de tantas, tan profundas y tan conmovedoras cavilaciones, con lo demás que se siguió como fin y remate de la fiesta.
Como el banquete era político, aunque de otro modo le calificara el marqués por pura modestia, no se dio asiento en él a las señoras. Pasaban de cincuenta los comensales del otro sexo, rigorosamente vestidos de sociedad, lo mismo que los criados que les servían los manjares y los vinos, y figuraban entre los primeros las tres cuartas partes de los ministros, incluso el presidente; los de ambos «cuerpos colegisladores»; varios diputados de empuje, con grupito; la flor y nata de los ancianos del senado; el Capitán general y el Gobernador civil de Madrid..., y así sucesivamente; porque una cosa es que todos estos y otros personajes estimaran al anfitrión en lo que verdaderamente valía, y otra muy diferente los rumbosos festivales que sabía disponer en su casa para prestigio de ella y regalo de sus amigos. Como de los más estimados, inútil es advertir que no se quedaron sin cubierto aquella noche ni Pepe Guzmán ni el banquero don Mauricio.
Al tratar la prensa periódica al día siguiente de este suceso, grandes cosas dijo de la magnificencia del cuadro, tal como aparecía en conjunto a la vista del recién llegado observador, y grandes despilfarros de incienso dedicó al buen gusto y a la riqueza de la ilustre familia; pero preciso es confesar que por aquella vez, si los «órganos de la opinión pública» pecaron de entrometidos y de aduladores, en manera alguna de inexactos, como no fuera por quedarse cortos en sus reseñas y ponderaciones. Fue aquel, en efecto, un alarde felicísimo de saber hacer esas cosas por todo lo alto. Era el comedor lo que se llama «un ascua de oro»; expresiva metáfora en que cabe cuanto el lector pueda imaginarse en profusión de luces sobre lámparas y candelabros de ricos y variados metales, vajillas estupendas, cristalería de inverosímil nitidez y ligereza, vasos de porcelanas valiosísimas cargados de raras flores; en fin, lo mejor entre lo más caro del profuso acopio de que se dio cuenta en otro lugar de este relato, y lo adquirido después a peso de oro, destacándose sobre fondos obscuros, salpicados de brillantes toques metálicos, e interrumpidos en cada puerta por los desmayados paños de las pesadas y ricas colgaduras.
Bien poseído estaba el marqués de la suntuosidad del aparato escénico, así como de la intachable corrección con que iban sirviéndose a sus comensales los prodigios de su cocinero y los tesoros de su bodega; y por estarlo tanto, andaba más atento a inquirir si ese mismo sentimiento se traslucía en los gestos de sus comensales o en las palabras sueltas del incesante rumor que henchía la estancia, que a responder atinadamente a las frases con que algún colateral, creyendo acertar mejor así, intentaba llevar su atención al asunto ocasional del banquete.
Desde muy temprano había sentido él síntomas premonitorios de estas emociones. Inusitadas desconfianzas en su servidumbre, recelos injustificables hasta de la habilidad de su envidiado cocinero, le traían sin punto de reposo de un lado para otro y de acá para allá; mortificaba a su familia con consultas impertinentes y con advertencias pueriles, y aturdía a su ayuda de cámara pidiéndole prendas de vestir que tenía a la vista o entre las manos. Jamás había incurrido en estas vulgaridades de tendero rico el señor marqués, ni su familia le había visto tan polilla ni tan desmañado. A ratos se encerraba en su despacho y ensayaba a toda voz desde el sillón de su mesa, con la salvadera en la mano, los párrafos culminantes de su discurso. Le salía tal cual; pero le costaba mucho trabajo estamparle bien en la memoria. A la hora de vestirse, la emoción crecía, la memoria se le embrollaba más, y los nervios, vibrantes y desconcertados, no le permitían ejecutar obra alguna con acierto, ni cortar lo más sencillo por donde señalaba. Pero ¿qué había de sucederle con el trajín de tantas horas y las preocupaciones de tantos días, que le habían puesto la cabeza como una zambomba en ejercicio?
¡Cosa rara!: fueron menores sus desconciertos y más llevaderas sus impresiones, en las proximidades del momento crítico, del instante que más le deslumbraba a él cuando le consideraba desde lejos; y en cuanto se sentó a la mesa del festín, era ya dueño absoluto de sus nervios, de su memoria y de toda su ordinaria y olímpica serenidad. Algo de esto pasa con todo linaje de peligros: parecen más imponentes cuando se piensa en ellos, que cuando se arrostran. El hecho es que el señor marqués, aunque muy débil de fuerzas físicas, entró en la batalla con ánimo sereno y marcial talante.
Ya hemos visto cómo se iba portando en ella. Pero faltaba el lance, el episodio decisivo. También llegó, al sonar el primer taponazo del Champagne. El presidente del Consejo de ministros, que ocupaba el asiento frontero al del anfitrión, se puso de pie y con una copa en la diestra, rebosando de espuma. Comenzaban los brindis.
Aquí fue donde la naturaleza deleznable del marqués sintió ciertas sacudidas eléctricas que le produjeron inevitables alucinaciones y desfallecimientos. Eran de esperarse. ¿Qué cosas le diría aquel «prócer, gigante de la palabra y de la política?» No fueron grandes ni muchas, ciertamente: cuatro frases de cajón enderezadas a ensalzar los merecimientos (que no enumeré) del ilustre anfitrión, para el cargo con que el Gobierno, por un acto de estricta justicia, le había recompensado; otras tantas de felicitación al Gobierno mismo por este rasgo de cordura y de integridad de principios y una ligera alusión a la robusta vitalidad del Gabinete, indignamente presidido por el preopinante, merced a «su política salvadora» y, «ante todo y sobre todo, a la ilimitada confianza con que correspondía a sus sacrificios y desvelos la Corona».
Sin cesar la indispensable salva de aplausos, se alzó el ministro de la Gobernación. Dijo casi lo mismo que su presidente, pero con más sal y pimienta. De ésta dedicó la mayor parte a las impaciencias del partido que se juzgaba heredero inmediato del Poder. Era harto incisivo y mordaz Su Excelencia; y por eso sus flagelantes alusiones al enemigo mortal fueron recibidas con coros de carcajadas y con tempestades de aplausos.
Creyó el Capitán general que era él a quien le tocaba remachar el clavo con que el ministro de la Gobernación había fijado en la picota de sus ironías al insidioso partido «que no reparaba en medios para lograr sus impopulares fines», y se levantó casi airado, y, sin casi, marcial y decidido, a declarar (olvidándose completamente del motivo fundamental del banquete y de la presencia del rumboso obsequiante) que, mientras a su autoridad estuviera encomendada la conservación del orden público en su distrito, ¡ay del insensato que alzara en él siquiera un dedo para alterarle! ¡Ay del temerario que se echara a la calle «con bastardos planes» y los manifestara con una sola palabra, con un gesto siquiera!
Lo cual obligó al ministro de la Guerra después de consagrar cuatro piropos de cortesía al estupefacto anfitrión, a «fijar el alcance de las patrióticas declaraciones, del Capitán general, añadiendo, por su parte, que con un ejército tan leal y disciplinado como el invencible ejército español, particularmente desde que estaba bajo su cuidado y vigilancia, nada tenían que temer los poderes públicos, aun cuando hubiera partidos (que no los había dentro de la legalidad) «capaces de pensar en locas aventuras».
Pero estaba allí el general Ponce de Lerma, conde de Peñas Pardas, y no podía dejar sin réplica las declaraciones del ministro, aunque con las salvedades a que le obligaban el motivo y la ocasión del acto de Su Excelencia. Bien estaba el intento de mantener el orden a todo trance, y mucho mejor la confianza manifestada en la lealtad «jamás desmentida» del ejército, base y garantía de la paz y del sosiego públicos, no obstante el eterno trabajo empleado para corromperle por los que intentan hacer de él instrumento de sus «bastardas y descomedidas ambiciones»; pero había que tener en cuenta, ¡muy en cuenta!, que, en determinadas ocasiones, un celo excesivo, imprudente, sólo conducía a exacerbar las impaciencias y a despertar propósitos aún dormidos. En fin, que no bastaban las buenas intenciones si no iban acompañadas de una gran prudencia, de un juicio bien reposado y, sobre todo, de la más completa idoneidad para el alto cargo que se desempeñaba. En cuanto a que el ejército nunca hubiera estado mejor organizado ni regido que en aquella ocasión, «lo negaba en absoluto»...
Aquí terció el presidente del Consejo para encauzar, con el prestigio de su investidura y la habilidad de su palabra experta, el asunto de las peroraciones, algo desbordado por los irreflexivos entusiasmos de los unos y por los descomedimientos apuntados, síntomas de otros más graves, del implacable enemigo de todos los ministros de la Guerra. Lo que allí se dijera había de trascender muy lejos, que para eso había periodistas a la mesa; y era de necesidad, por tanto, que las palabras salieran pesadas y medidas de la boca de los oradores.
Pero aunque la intervención del presidente fue cortés y comedida, el general no quiso añadir una frase más, en bien ni en mal, a las que había pronunciado, y se sentó de pronto con los bigotes erizados y enseñando los dientes, como un mastín después de haber llevado una paliza.
Borraron la impresión de este incidente los atildados e insubstanciales brindis que le siguieron de los presidentes de ambas Cámaras. Los dos graves señores, ajustándose estrictamente al carácter y al motivo palmario de la fiesta, consagraron lo principal de sus discursos a mayor honra y gloria del festejante, y lo accesorio, vago e incoloro, a la política. Esto acabó de fijar el camino indicado por el presidente del Consejo para los discursos de los comensales.
Siguiéronle rigurosamente los pocos estómagos agradecidos que hablaron después, hombres de corta talla política y de escasa significación literaria; y ya se daba por terminada la serie, preparándose griegos y troyanos a escuchar con la boca abierta la última, la más solemne de las palabras, la que estaba obligado y dispuesto a pronunciar el héroe de la fiesta, en cuyo aspecto se reflejaban harto claramente las hondas impresiones que le combatían el espíritu en aquel trance de prueba, cuando se levantó don Mauricio Ibáñez. Llevaba su correspondiente bomba bien cargada, y estaba decidido a lanzarla en medio del concurso, con el mismo derecho que el más obligado de los concurrentes: que fuera la última de todas, corriente, y ya eso se lo había aconsejado su modestia; pero dejar de lanzarla, ¿qué se diría de él? Representaba allí el dinero, es decir, la fuerza de las fuerzas y la energía de «las energías del país», y su voz, expresión sincera de su adhesión incondicional al Gobierno, y de su amistad intensísima e imperecedera a la familia del «prócer generoso» que le escuchaba, debía resonar también en aquellos ámbitos. Así lo pensaba el banquero, aunque lo dijo de otro modo con una copa en la diestra, y la zurda en la patilla de este lado. Estuvo menos infeliz que de costumbre en el «meerooodeo» de recursos oratorios para llenar su cometido. Sólo dos veces sacó a plaza a los meeroodeadoores, y no llegaron a tres las en que necesitó agarrarse a su muletilla para terminar un período. En el sahumerio a «la familia del prócer», se elevó hasta lo épico; tanto, que no acertaba a bajarse. Pero bajó, aunque maltrecho y desvanecido; y sentose, con aplauso de todos los circunstantes.
Y llegó el instante que esperaba el marqués, buen rato hacía, con nerviosa ansiedad. Notaba sin extrañeza el pobre hombre que se le reproducían los fenómenos internos que había sentido por la mañana, con el concurso de otros que le eran enteramente desconocidos; y digo sin extrañeza, porque todo aquel revoltijo de sensaciones y de desconciertos le parecía poco, como obra de la extraordinaria situación en que se hallaba colocado. Contaba con algo por el estilo al disponer el programa del festín, y aun en los comienzos de éste anduvieron bastante ajustados a la palpable realidad sus cálculos de tantos días; pero el vuelo inesperado que tomaron las peroraciones de tantos y tan ilustres comensales; aquel mezclarse los panegíricos de sus virtudes cívicas y políticas, de sus altísimos merecimientos personales, con las cuestiones más candentes de la actual gobernación del Estado, en boca de los hombres que tenían en sus manos los destinos de la patria; aquel cielo de esplendores y de gloria; aquella radiante apoteosis a que se le elevaba de pronto y por tales gentes; todo aquello, que levantaba cien codos por encima de sus cálculos, aunque no de sus «nobles ambiciones», era más que suficiente para dar al traste con la serenidad de un estoico, cuanto más con la de un hombre como él, tan trabajado por «los acontecimientos» y hasta por los achaques y los años. Pero en una naturaleza como la suya, estas impresiones, estos desconciertos, no acusaban un estado patológico de los que minan y destruyen, sino un aspecto del espíritu, de los que nutren y vivifican.
Así discurría el «honorable marqués», en el momento de levantarse para «ejecutar el acto», que le estaba encomendado, no sólo por su propia iniciativa, sino por la situación en que le habían puesto los discursos de los demás; y sino así precisamente, porque le bullían las ideas en el cerebro con marcada incoherencia, con la intención de discurrir de la misma manera, cuando menos. Notó al incorporarse que le flaqueaban las piernas y que su mano torpe sostenía mal la copa que maquinalmente había empuñado; lo cual no era de extrañar tampoco, porque, con el calor de la sala, sentía la cabeza atolondrada y el pecho muy oprimido. Rehízose en virtud de un gran esfuerzo de la voluntad, y logró colocarse en actitud conveniente, y hasta dar a su persona el aire ceremonioso y teatral que le era propio en idénticas situaciones; pero al decir la primera palabra, notó con espanto que se le había olvidado por entero su discurso, lo mismo que si se le hubieran borrado con una esponja en la memoria. ¡Cosa más rara aún!: no encontró estampado en ella más recuerdo que el de la huida del banquero de Interlacken, con la rubia que le seguía de cerca; y de ese asunto iba a hablar, y de él hubiera hablado inmediatamente, por una perversión instantánea de su juicio, como si esa fuera la única idea que quedara en el mundo y para ventilarla se hubiera congregado tanta gente en su casa, a no hallar en la lengua insuperables dificultades de expresión.
Esta novedad le causó tal alarma, que produjo en todo su organismo un gran sacudimiento, despertósele con él, por un instante, la inteligencia; vio a su luz la extensión y gravedad del apuro, y crecieron con ello sus congojas. Observó que aumentaba la angustia de su pecho, como si se le oprimieran verdugos con ligaduras de acero; que «allá dentro» se formaba algo, como burbuja enorme, que se transformaba en oleada de sudor frío, que intentaba subir, y subía; y pasar por el istmo de la garganta, forcejeando allí para conseguirlo, porque no cabía..., y pasaba también, pero sin cesar de pasar; que subía otro tramo, y al llegar a los oídos silbaba y hervía y aporreaba; y que subiendo, subiendo, se precipitaba con el estruendo y la fuerza de un desbordado torrente, en las profundidades del cráneo...
Entonces, los que contemplaban al marqués, esperando sus primeras palabras, viéronle inclinar la cabeza hacia atrás, soltar la copa que empuñaba su mano trémula, y, exhalando un alarido salvaje, desplomarse en el suelo, sobre el cual rebotó su colodrillo pelado y reluciente, sin que nadie hubiera podido recibirle entre sus brazos, porque entre los primeros síntomas del acceso, tan fáciles de confundir con los de una grande emoción, y la caída, no transcurrió mucho más tiempo que el que transcurre entre el fulgor que deslumbra desde el seno de la nube, y el rayo que mata.
XIV
Si el marqués pudo darse cuenta de que se moría cuando se estaba muriendo de veras, y si, penetrado de esta idea, se conceptuaba relativamente dichoso, porque le sorprendía la muerte en la más alta y esplendorosa ocasión de todas las ocasiones de su larga y aprovechada vida (muerte de guerrero ilustre, sobre el campo de batalla y bajo una balumba de gloriosos laureles), cosas son muy difíciles de averiguar; pero que si, después de muerto, se le hubiera permitido recobrar la vida para contemplar la despedida que le hicieron sus deudos y amigos, otra explosión de su vanidad hubiera vuelto a quitársela de repente, desde luego puede afirmarse, conociendo, como conocimos nosotros, aquella naturaleza que se nutría de oropeles y se emborrachaba con relumbrones. ¡Tales y tantos fueron los que se consagraron a honrar su memoria entre los vivos!
No cupo mayor pompa en el escenario en que se representan esas farsas en honor de las notabilidades de alquimia, y todo se hizo ajustado al más solemne y ostentoso ceremonial: la exposición del cadáver en la capilla ardiente, entre largos blandones y negras colgaduras de tosca bayeta; el triste clamóreo de la prensa periódica rindiendo «el último tributo de justicia al prócer insigne, al varón íntegro, al padre amoroso, al ciudadano ejemplar, al celoso representante de la patria, al protector generoso de las artes y de las letras, al orador de honrada palabra», etc., etc., y haciendo la pintura de su muerte inesperada, con descripciones minuciosas de lugares y accesorios, y con glosas y comentarios de los elogios que momentos antes del triste suceso habían dedicado al aún vivo personaje los hombres más «conspicuos» de la política, de las armas, de las letras y de la banca; el simbólico catafalco, cargado de emblemas y atributos, tocando casi en las bóvedas del templo, entre una hoguera de luces sobre ricos y enormes candelabros; las naves atestadas de «mundo»: allí los vistosos uniformes de las más altas jerarquías políticas y militares; allí la severa etiqueta civil, las gentes de la aristocracia y de los «salones elegantes», y allí, en fin, en apretados grupos, las matronas del «gran mundo» ricamente ataviadas de negro, con la mirada repartida entre el devocionario y la concurrencia, agitando maquinalmente los abanicos mientras, desde el coro, llenaba de resonantes armonías los ámbitos de la iglesia, la mejor capilla de Madrid.
El entierro no había sido menos ostentoso. Detrás del carro fúnebre, teatral y ridículo artefacto, también el duelo, a pie, salpicado de grandes uniformes; después, la interminable fila de carruajes, con casi otras tantas libreas diferentes, desde las de los «cuerpos colegisladores», hasta la de don Mauricio el Solemne; y, por último, a uno y otro lado de la fila, otras filas más espesas y compactas de curiosos desocupados, y en todos los balcones de la carrera más espectadores y espectadoras en apiñados racimos.
En el Senado, la obligada declaración de «profundó sentimiento», tras un pomposo elogio de los méritos y virtudes del difunto, hecho por el presidente. En el Congreso de Diputados, poco menos; y tomando motivo de estos actos, nuevos ditirambos de la prensa periódica al «llorado prócer». Por último, su retrato en la primera plana de La Ilustración, con la correspondiente biografía un poco más adentro... y una elegía elegantemente triste del poeta Aljófar.
Tenía razón el buen marqués, creyendo que «a los hombres públicos los forman las circunstancias, el hado, un momento de la vida». Lo malo para él fue que ese momento no le llegó hasta la hora de su muerte. Pero del mal el menos: sí vivió sin levantar un punto sobre la talla de los hombres vulgares, por morir a tiempo logró asociar a las vanidades de su familia el esfuerzo de la cosa pública, para merecer los honores póstumos tributados a los grandes hombres.
Por eso dije al principio que si el marqués hubiera resucitado para ver esto, hubiera vuelto a morirse de una explosión de vanidad satisfecha; y añado ahora, que sin que alcanzara a evitarlo la reflexión (si por ventura se la hacía, aunque bien a la vista estaba el hecho) de que entre las grandes conquistas de su muerte no había una sola lágrima con que humedecer la efímera hojarasca de su tumba.
No hay para qué hablar del fúnebre aparato escénico a que obligaba, de puertas adentro, la mal fingida pesadumbre de la familia. Lo que importa para nuestro sencillo relato es saber que el ajetreo, más que la pena, agravó por unos días la enfermedad de la marquesa, y que, pasado el novenario y vuelta la vida a regularizarse, aunque dentro del nuevo orden de cosas, los tertulianos de confianza quedaron reducidos, en número, a los más íntimos de entre los íntimos, por expreso deseo de la viuda, que debía quitar toda ocasión de profanar la santidad de sus tristezas con recreos demasiado alegres... mientras no los autorizara la costumbre; pero que, entre tanto, no quería verse sola.
Entre los electos quedaron todos nuestros conocidos de la antigua tertulia. En las primeras noches no se trataron en la reducidísima asamblea congregada en el gabinete de la dolorida viuda, otros asuntos que los que tuvieran alguna relación, por remota que fuese, con «el inolvidable suceso»; verbigracia, su resonancia en la opinión pública; este dicho o el otro comentario, en son de alabanza, por supuesto; los funerales, el entierro, la estadística de los concurrentes, de los carruajes y de las libreas; los pésames oficiales recibidos... ¡hasta de Palacio!, los telegramas, las cartas, las tarjetas, los recados; cuántos y cuántas, de quiénes y de dónde; las visitas, en cuerpo y alma, de este Grande y de aquel senador, del ministro X y del general Z, de la duquesa H y de la princesa J..., y así hasta el infinito; pues como «todo Madrid» anduvo metido en el ajo, según resultó de la cuenta, ya hubo paño en que cortar para entretenimiento de la viuda y no desagrado de la hija; en modo alguno por honrar más la memoria del muerto, que les tenía sin cuidado, sino porque con todo ello se halagaba la vanidad de su familia, en lo cual estaban perfectamente acordes ésta y los tertulianos, aunque no lo declaraban por derecho.
Cuando se agotaron estos temas por cansancio, y porque se agotaron también muy pronto afuera y adentro los motivos que les daban color de actualidad, es decir, cuando la persona y la muerte y los pomposos funerales del marqués se borraron, para siempre, de la memoria de los vivos, la tertulia fue invadiendo poco a poco el terreno mundano; y saqueando en él una noticia ahora y un escandalillo después, repartíase todo como pan bendito entre los tertulianos, que hincaban los dientes en la respectiva tajada, con el aguzado apetito de quien no le ha satisfecho en quince días. La primera vez que se habló allí de impresiones y aventuras del reciente veraneo, tuvo Verónica la curiosidad de preguntar en crudo al banquero que cómo le habían sentado las aguas de Interlacken para su dolencia, «cogida de repente en lo alto de la calle de Alcalá». El hombre se puso verde y amarillo con la pregunta; y ya se tiraba de la patilla para sacar la respuesta, cuando Leticia acabó de atolondrarle afirmando muy seria que los aires de Spá le habían sentado mucho mejor que aquellas aguas.
Oír el general Ponce nombrar a Spá y no traer a cuento el desafío del subsecretario con el príncipe ruso, era cosa imposible. Como que ese y el de Peñas Pardas eran los únicos encuentros en que se había hallado en toda su vida. Describió el lance con gran lujo de pormenores; y júzguese de la impresión que causarla en la tertulia el relato de un suceso que era popularísimo en Madrid, con todos sus precedentes y motivos. Leticia aguantó el golpe con la serenidad de una estatua de piedra, con gran asombro del banquero, que se gozaba en el castigo que hallaba su injustificada mordacidad con él, en la imprudente alusión de su propio marido.
En cuanto a Verónica, ofendido y todo por ella don Mauricio, no pudo éste menos de admirar la destreza con que estuvo al quite de aquella feroz embestida del general, y sacó del angustioso apuro a su mujer, llevando la conversación a otro terreno. En el cual se mencionaron los sesenta mil duros perdidos en Baden-Baden por Gonzalo Quiroga, y los triunfos de Sagrario en las mismas aguas, y se discurrió largamente sobre lo que acontecería después al elegante matrimonio, cuyo paradero se ignoraba a la sazón, aunque se sabía que había estado también en Constantinopla por exigencia terminante de Sagrario.
De este aire y de este corte fueron los asuntos que ocuparon a los contadísimos tertulianos de la marquesa durante muchas noches; y como éstos eran pocos y rara vez asistían juntos, porque había que atender a todo, y los modos de entretenerse allí tan limitados, el tedio llegó a invadirlos y tuvo la marquesa que templar un tantico la rigidez de su programa fúnebre, echando otra leva entre sus íntimos y tolerando en casa ciertos recreos de poca baraúnda.
En esto del tedio, hay algo que advertir por lo que toca al banquero, por de pronto. No se divertía don Mauricio gran cosa que digamos; pero de aquella misma insubstancialidad de conversaciones, de aquella pequeñez de concurrencia, sacaba él atrevimientos y familiaridades de que estaba muy necesitado para contrarrestar los invencibles titubeos de su naturaleza. El haber sido testigo presencial de la muerte del marqués, y hasta «la casualidad» de haberle «precedido», inmediatamente «en el uso de la palabra», le proporcionaron motivos para entretener largamente a aquellas señoras con minuciosos pormenores sobre el lamentable acontecimiento, cuando no se hablaba en la casa de otro asunto. Esto solo le envalentonó mucho y le despejó el camino por donde fue aproximándose poco a poco al trato casi familiar con la viuda y con su hija. Pensaba que tenía una gran «misión de consuelo» y hasta de amparo que cumplir allí, desde que vio el buen éxito de sus fúnebres narraciones, y ya se movía con desembarazo delante de Verónica, hablaba con ella sin que se le atravesaran las palabras en el gaznate, y dedicaba largos ratos a conversar con la marquesa en voz baja y, al parecer, en la mayor intimidad. Por este lado, pues, el banquero no tenía motivos para lamentarse de la insipidez de la tertulia.
Harto más arraigado estaba e invencible parecía el tedio de Verónica. Desde la muerte de su padre, o mejor dicho, desde que pasaron con los primeros días siguientes a ella los estrépitos del ceremonial del duelo y los trámites minuciosos de la preparación de los lutos, que le tuvieron cautiva la atención, había vuelto a caer en aquellas tristezas que le asaltaron de pronto al volver de su viaje de verano. Las causas, según su propio discurso, eran las mismas de entonces, en lo fundamental del fenómeno; pero, según mi desapasionado entender y con los autos a la vista, puede haber un error muy considerable en aquel diagnóstico, por lo que toca a las fuentes mediatas de la enfermedad. En la primera invasión de ella declaraba la enferma que podía haber contribuido mucho a su alivio la presencia del único hombre de fuste y de consejo que conocía entre los amigos de su casa. En la recaída tiene a este hombre a su lado, que se afana por entretenerla, que la aconseja bien y lleva sus miramientos y delicadezas al extremo de olvidar, o de aparentar que olvida, que hay entre ambos un duelo galante convenido y aun comenzado. Nunca la conversación de Guzmán ha sido tan varia, ni se le ha visto tan decidido a utilizar las provisiones de su memoria de artista y los recursos de su juicio de filósofo práctico, para que no decaiga el interés de sus relatos y comentos... Porque es indudable que Pepe Guzmán está convencido, o parece estarlo, de que las preocupaciones y tristezas de Verónica tienen el arraigo en el pasado suceso, en el temor de otro semejante y en algo que se relaciona inmediatamente con todo esto, que es lo mismo que la propia enferma acepta como fundamento y origen de su enfermedad; y sin embargo, y mientras él la habla y en tanto discurre por aquellas alturas, ella, con una impaciencia y un disgusto que disfraza con síntomas de su desconcierto nervioso, va pasando: «¡no es eso!..., ¡no es eso!» Y cuando él se despide, muy ufano, ella se queda más contrariada; no porque vuelve a verse sola, sino porque tampoco entonces se la ha hablado de algo de que debiera hablársela; «porque Pepe Guzmán tiene que convencerse de que en la situación de ánimo en que ella se encuentra, no pueden interesarla relaciones de casos extraños, por bien hechas que estén». Y Pepe Guzmán suele responder a estas anhelaciones faltando dos y tres noches seguidas a la tertulia.
Con lo cual se exacerban los males de Verónica, que tienen su asiento en la desarreglada máquina nerviosa, y recuerda, es decir, vuelve a pensar que hay entre ambos un grave asunto pendiente, del que parece haberse olvidado él, o lo que es peor, que trata de olvidarse; y entonces juzga que su conducta es muy poco galante, quizás desleal, si bien se mira. Hay en el caso hasta señales de menosprecio y desdén hacia ella, y esto, esto solo, es lo que la desazona, en el estado de irritabilidad en que se halla por un capricho de su naturaleza. Que se reanude el litigio, que se ventile entre los dos, o que no se ventile por completo; pero que se ponga en tramitación de nuevo, y eso esparcirá muchos de sus nublados y dará alguna entonación al cordaje destemplado de su máquina... Todo eso la debe el desertor, hasta por obra de misericordia. ¿Llegará a pagárselo? Y si no se lo paga por buenas, ¿debe reclamárselo ella... de cierto modo? ¿Autoriza esta conducta la importancia de lo tramitado hasta allí? Y en caso negativo, ¿no se encuentra ella en condiciones excepcionales que justificarían eso y mucho más?... Se miraba al espejo, y veía las huellas de sus extrañas melancolías en la palidez de su rostro, destacándose con doblada intensidad sobre el fondo negro mate de su luto rigoroso; y como nadie la oía, se confesaba a sí propia que valía más así, con su palidez interesante, sin haber perdido la corrección y turgencia de sus formas, que con la peste de salud y bienestar que se reflejaba antes en su cara. Esto no podía desconocerlo Pepe Guzmán, que era hombre de buen gusto. Además, a una mujer agobiada, como ella, por las tristezas, le era sumamente fácil ir eslabonando, en la larga cadena de sus preocupaciones, esbozados sentimientos de todas castas; apuntar insinuaciones, conmover hasta con el acento y la actitud... Pero ¿no resultaría esto ridículamente sentimental, impropio de una mujer de su carácter y de sus precedentes, y no produciría, por tanto, el efecto contrario al que se buscaba? ¡Tendría que ver un resultado así! ¡Cabalmente era Pepe Guzmán el hombre cortado para tomar en serio esas farsas de los galanteos románticos del año treinta y siete!
Pero algo había que hacer, si el otro no lo hacía espontáneamente; porque aquello no podía quedar así, en la situación de ánimo en que ella se encontraba. Antes lo necesitaba para satisfacción de su femenil curiosidad; entonces le era indispensable para curarse de aquella inquietud nerviosa que no admitía otra medicina y era un simple fenómeno de su ridícula enfermedad.
Tales son los hechos que arrojan los autos, en virtud de los cuales bien cabe deducir, como antes afirmé, sin gran temor de equivocarse, que se pudo engañar la enferma en el diagnóstico de su recaída, hasta el punto de ver las cosas enteramente al revés de como pasaban.
Y continúo ahora diciendo que Pepe Guzmán volvía a la tertulia tan fino, tan cortés, tan elegante y tan buen mozo como siempre; tan atento, deferente y cariñoso con Verónica; pero que del litigio pendiente con ella, ni una palabra; y que Verónica, en quien se aumentaban las impaciencias con las dificultades, llena de heroicos propósitos de tirarle de la lengua cuanto más él la escondía, nunca hallaba ocasión de practicarlos, por sus invencibles temores a salirse de la raya.
Así fueron corriendo los días y las semanas y aun los meses; llegó a ajustarse la tertulia, aunque siempre de confianza, a otro ceremonial menos insípido, y casi bastó para ello la vuelta de Sagrario, que traía impresiones que relatar, hasta de entrevistas con el Gran Turco, mientras su marido, más gangoso que nunca, y alicorto y desvaído, como gallo desplumado, apenas daba señales de lo poco que antes fue, para sacar algunas veces de sus centros al solemne don Mauricio, que no se desconcertaba allí tan fácilmente como solía; jugaban ya las cotorronas al tresillo, y, con excepción de la música y del baile, se hacía allí a todo lo del año pasado entre los íntimos, siendo la enfermedad gravísima de la marquesa obstáculo que no estorbaba para nada, porque, de puro sabido, nadie reparaba en él.
Una noche, conversando Pepe Guzmán con su amiga, y cuando ya ésta comenzaba a curarse de sus impaciencias mortificantes con la cuerda reflexión de que no hay tesoro que merezca este nombre si cuesta adquirirle más de lo que vale, con la serenidad y el aplomo de quien cumple así lo establecido en un programa, hizo él malicioso y experto galán punto redondo en los temas vagos que hasta allí le habían servido desde algunos meses antes para entretener las displicencias de Verónica, y la condujo de repente al terreno que tanto ambicionaba ella; quiero decir, volviendo al símil tan repetido, que la retó de nuevo y que hasta se puso en guardia.
La retada sintió entonces una fuerte sacudida en lo más hondo y sensible de su pecho, y algo como reacción de todo su organismo físico y moral; chispeáronle los ojos, asomó la sonrisa a sus labios, y con la decisión de un valiente avezado a jugarse la vida en esos lances, aceptó el reto sin excusa y ocupó su terreno sin tardanza. Llegaron a cruzarse los aceros; pero en el instante en que parecía que iba a empeñarse la lucha con todo encarnizamiento, suspendió Pepe Guzmán sus acometidas, miró el reló, tendió la diestra a Verónica, puesto en actitud de marcharse, y la dijo con singular expresión de acento y de mirada:
—Tenemos que hablar de estas cosas muy despacio. Hasta mañana.
Y se marchó, tan fino, tan elegante y tan «correcto» como había entrado.