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La Montálvez

Chapter 23: II
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About This Book

La narración sigue a un marqués ya entrado en años que se casa con la hija de un rico contratista y anhela un heredero varón; al nacer una hija surgen burlas sociales y desengaño. La niña es entregada a una nodriza en la sierra y regresa una cría robusta y campesina cuyo comportamiento inquieta la casa cortesana y no logra crear vínculo con su madre aristocrática. La obra explora tensiones familiares, pretensiones de clase y el choque entre la vitalidad rural y la refinada urbanidad, al tiempo que satiriza la vanidad, el cotilleo y los códigos ostentosos del rango en lo íntimo y lo público.

Parte II


I

Este era un Círculo o sociedad que había en Madrid por entonces (creo que ya no hay de esas cosas allí), en el cual círculo sólo tenían ingreso los aspirantes que pudieran acompañar a su instancia una ejecutoria de sangre azul, y, a ser posible, una buena garantía de responsabilidad pecuniaria; porque con ser de gran monta los gastos reglamentarios de cada socio, llegaban hasta lo incalculable los imprevistos. Como que se trataba allí de matar los interminables ocios de la vida entre los hombres del blasón y del dinero..., ¡que ya es matar!

Ocupaba la sociedad una gran casa, de suelo a cielo, en una gran calle de lo mejor entre lo más caro de la villa y corte; y en la gran casa había grandes cocinas, grandes cuadras y grandes cocheras, con muchos y muy lujosos carruajes, abajo; y grandes salones de conversación, de juegos lícitos y de lectura; grandes salas para otros usos, hasta sala de esgrima, y grandes comedores y cuartos de tocador y gabinetes para vestirse, para escribir y para jugar a lo que no debía verse, arriba; y lo de arriba y lo de abajo, y lo de acá y lo de acullá, con todo el lustre de decorado y servidumbre que la institución y sus destinos requerían.

Claro está que una cosa de tal índole no podía ser bautizada a la española: por eso se llamaba Sport-Club, nombre que, tras de ser inglés, dejaba traslucir ciertas aficiones de la gente de adentro a un espectáculo que no se concibe en España más que en caricatura. Lo mismo que si en Londres estableciera la «alta sociedad inglesa, un Club con el nombre de Círculo taurófilo, o de aficionados al toreo, para que me entiendan mejor los que no tienen muy hecho el oído a estas jergas grecolatinas. En fin, bien o mal bautizado, ello es que había en aquel entonces en Madrid ese Sport-Club, y que, a juzgar por lo que en él se contenía y pasaba, era como la casa de todos los que no la tenían, o no querían tenerla, o la frecuentaban muy poco. Por el Club iban sus socios a todas partes, y de cualquier parte que vinieran daban en el Club. Lo que hacen los simples mortales con el propio domicilio.

Comenzando a contar por los balcones de la fachada principal, que eran otros tantos «coches parados» a ciertas horas de la tarde, en aquel edificio había estimulantes para todos los gustos de los concurrentes desocupados: revistas verbales de paseos, salones y espectáculos..., se entiende, de lo tocante a las hermosas damas de «su mundo» que se hubiesen exhibido en ellos; murmuraciones subsiguientes con ampollas; lecturas breves, bien ilustradas y muy picantes; El Fígaro de París, con sus crónicas escandalosas del demi-monde, por Gacela; la esgrima del florete, de la espada o del sable, no como ejercicio higiénico, sino como artículo de posible necesidad entre gentes que vivían a dos pasos del campo del honor; para el que fuera inclinado a los placeres del estómago, el restaurant: los licores, los vinos exquisitos, las pastas más regaladas..., cuanto se pidiera por la boca; para los temperamentos profundamente enervados por la holganza regalona, el juego; si no entretenían bastante el tresillo o el ecarté, el monte o el bacarrat o el treinta y cuarenta; si abundaba el dinero en casa, para que la emoción resultase, se apuntaba fuerte; y si no lo había y apuraban los compromisos, fuerte también para salir de ellos cuanto antes, o acabar de hundirse en la ruina; en efectivo, si lo había a mano; o en cosa que lo representase, si quedaba crédito bastante, en opinión de aquellos caballeros que se agrupaban allí para desplumarse mutuamente con todas las reglas y cortesías del oficio; para el gomoso enamorado o el hombre presumido, si tenían en poco la librea de la sociedad para ponerse en pública exhibición, estaría a la puerta de la casa y en hora conveniente el exótico cuartago con el blasón de familia en cada metal de sus arreos, en el cual bucéfalo cabalgaría el elegante para dirigirse al Retiro, medir aquella pista a zancadas unas cuantas veces, y desfilar al anochecer por la Castellana a medio galope de podenco; y lo que digo del caballo acontecía con el coche.

Más tarde, y después de comer en el Club y de vestirse allí también, al teatro más de su gusto, con el billete de abono de la misma sociedad, o a los salones de su preferencia, o a lo uno y a lo otro, porque para todo daban las noches y las costumbres de su mundo. Después de los salones y del teatro, al Club, otra vez indefectiblemente: a cenar, si había ganas, o a tomar un piscolabis, si no las había, y a «cambiar sus impresiones», que no faltaría con quién. Allí estarían ya, dejando escapar las suyas, recientemente adquiridas, el mozuelo imberbe, más cargado de vicios que de años, y el viejo disipado centelleando lascivias y torpezas por sus ojuelos lacrimosos, y mascullando obscenidades entre los pedruscos de su dentadura postiza. Desde allí, ¡vaya usted a saber a dónde irían aquellos caballeros hasta las tres de la tarde, hora en que reaparecían un momento en la vía pública... para volver otra vez al Sport-Club, a observar, a murmurar, a comer, a jugar, a vestirse, etc., etc.! Y los más de ellos eran casados o «hijos de familia».

Amén de estos recreos al pormenor, y los que no se puntualizan aquí, porque no hay para qué puntualizarlos, la sociedad tenía otros en común, como ciertas algaradas de estruendo, ora en el Hipódromo en los días de carreras, ora en la del Prado y de la Castellana, disfrazados los socios de canes lanudos, y amontonados y latiendo en sus perreras, en las tardes de Carnaval. Esto era el colmo de lo chic, de lo pschut y de lo becarre.

Andando el tiempo, no pudo el Club con la carga de sus gastos, y le fue necesario barrenar sus estatutos para atraerse la ayuda de la aristocracia de las talegas, siempre que ésta supiera competir con la de adentro, cuando menos en saber gastarlas y lucirlas. A montones parecieron los aspirantes. Podrá faltarles abolengo conocido a las notabilidades de esta especie; pero vicios y afición a exornarlos con todos los recursos del dinero... ¡a buena parte iban con la cláusula los de la pata del Cid!

Lo que nunca se ha puesto en claro es de qué enfermedad vino a morir el Sport-Club, cuando con este ingreso de ricos despilfarradores parecía haber asegurado su existencia por largos años. Porque el Sport-Club de que yo voy hablando dejó de existir hace mucho tiempo. Y es bueno que conste así.

Pues bien: en el Sport-Club, a las dos de la mañana, y en una sala de las más concurridas a aquellas horas en que duermen y reposan las gentes ordinarias que todavía conservan los resabios del trabajo y del hogar, departían afectuosamente, arrimados a una mesa, Manolo Casa-Vieja y Paco Ballesteros, después de haber tomado chocolate a la vainilla el uno, y el otro buena ración de biftec con media botella de Burdeos. Ballesteros era recién llegado a Madrid: se había encontrado aquella noche con su antiguo amigo Casa-Vieja en el teatro Real, y se habían venido juntos al Sport, del cual era socio el último, y lo había sido el primero antes de su salida de España.

Andarían allá, ten con ten, en edad: de treinta y dos a treinta y cinco. Casa-Vieja era blanco, de pelo castaño y lacio, de mirar displicente; no feo, pero muy marchito de cara, en la cual descollaba un gran bigote, desmayado también, y del color del escaso pelo de la cabeza. El cuerpo, bien conformado y correctísimamente vestido, por el modo de caer en la silla y el ritmo de todos sus movimientos, acusaba la propia dejadez reflejada en los ojos y en el gesto. Parecía, en suma, y lo era en verdad, lo que se llama un hombre gastado fuera de sazón.

Su amigo Ballesteros era lo contrario en lo físico y en lo moral, sin ser menos perdido: moreno lavado, de barba recia muy recortada, y negra como los ojos y el pelo; vivo de mirada y de frase, suelto y expresivo de ademanes, y bien trazado de contornos.

Formaban ambos un contraste completo. Casa-Vieja hablaba casi todo lo que tenía que hablar, que era lo menos que podía, con el sombrero sobre la sien izquierda, la mejilla derecha en la mano del mismo lado, el codo correspondiente sobre el velador, el enorme puro, con sortija, en la boca, cuando no en la otra mano, y la mirada errabunda y desdeñosa, sin interés ni codicia por nada. Ballesteros hablaba con los dos antebrazos sobre la mesa, y con los ojos clavados en el medio perfil de la cara de su amigo.

—Figúrate—llegó a decir aquél a éste—si tendré ansia de saber cosas de mi tierra y de mis gentes. ¡Once años bien cumplidos fuera de la patria, con pocas noticias de ella, y ésas vagas y a retazos, que es peor que no saber nada! Luego, con el arrastrado oficio que uno trae y la vida que uno se busca para ir tirando con él sin morirse de pesadumbre..., ya ves tú, se borra muy pronto de la memoria todo lo que no cala muy adentro. Por desgracia tuya y fortuna mía, eres la primera crónica que pesco a mano desde mi llegada a Madrid; porque no miento si te juro que me largué al Real con el polvo del camino, después de cumplir con la dispersa familia con dos apretones de manos y tres abrazos a escape.

—¡Crónica yo!—respondió Casa-Vieja, quitándose el cigarro de la boca para sacudirle la ceniza—. Si la quieres negra... Aquí no se gasta otra cosa. Pero, ante todo, vamos a ver, ¿qué demonios has hecho tú por ahí fuera, sin maldita la necesidad la mayor parte del tiempo? Porque la madre patria ha podido pasarse muy bien sin tus servicios diplomáticos..., llamémoslos así.

—Y yo mucho mejor sin ella, Manolo: créeme. Pues me cogió la gorda, la de Septiembre, en Londres. Vino el Gobierno provisional, y conseguí, es decir, me consiguieron aquí que se me revalidara la credencial de agregado, trasladándome a París..., ¡miel sobre hojuelas!, y allí serví al nuevo orden de cosas con la misma lealtad y el propio celo con que había servido al anterior. De París fui a Lisboa, y en Lisboa juré a don Amadeo, y le serví con igual celo y la propia lealtad que a todo lo precedente..., hasta que se proclamó la República.

—Y dimitiste, como buen aristócrata.

—Pues ahí verás tú: me dimitió ella, como era de esperar, siendo yo de los que se mudan la camisa todos los días. Sin embargo, hubo por acá tentativas de reválida, que no colaron. Ya ves que soy franco. Hasta que llegó la restauración y volvimos con ella a nuestros destinos todos los leales.

—Conformes, hasta en eso de la lealtad; pero entre la proclamación de la República y el estampido de Sagunto pasó tiempo sobrado para que te dieras una vuelta por tus lares.

—¿A qué, Manolito de mi alma? ¡Me iba tan bien por ahí afuera! Eso sí: todos los días me despertaba con los mejores propósitos. «Hay que volver a la patria, a la querida patria», me decía yo muy a menudo; «al suelo nativo», que dicen los cultos. Pero ¡buena estaba la querida patria entonces para que volvieran a su regazo hijos de tan blando corazón como yo!... Porque tú no puedes figurarte lo que a mí me afligen estas inacabables desventuras de nuestra hidalga tierra, «la tierra proverbial de los caballeros», como siguen afirmando los españoles seriamente cultos. Por otra parte, la familia no me tiraba gran cosa que digamos... Bien sabes tú la vida que traía mi ilustre padre. Mis hermanas estaban casadas, y mi hermano Ramiro gastando el último soplo de vida en endosar honradamente sus deudas a sus colaterales, y en despabilar a la última de las mujeres que a tal extremo le habían llevado en lo mejor de la vida.

Añade a todo esto que, al largarse de España don Amadeo, triunfaba yo de las esquiveces de una princesa polaca que había conocido en París, ¡obra magistral de la naturaleza... y del arte! Tuve que volver con ella a la gran capital, al «cerebro de Europa». Allí, tres meses de invernada. Después fuimos a Florencia, y a Roma, y a Berlín... y a los quintos infiernos... y hasta que nos cansamos de viajar juntos, y nos separamos. Buena ocasión aquella para tornar a los patrios lares, con un poco de ánimo para ello; pero ocurrió entonces lo de la austriaca...

—¿Cuál de la austriaca?

—Ciertos disgustos pasajeros con un... magyar de guardarropía; tres meses de largos viajes con ella..., y así sucesivamente, hasta la restauración.

—¿Con la misma austriaca?

—Y con otras... por el estilo.

—¡Gran vida!

—Pero muy cara, créelo. Me ha derretido un costado y la mitad del otro. Ahora me doy al ahorro, haciendo la vida del hombre bueno. Vivo, hasta nuevo traslado, en Viena, como un tudesco ejemplar; ya ves, hasta me resuelvo a tornar a la patria querida con una licencia de dos meses... y el propósito de que me asciendan a primer secretario... Et voi-là tout. Y ahora que conoces mi historia, venga algo de la tuya. Te casaste, ¿verdad?

—¡Uffff!...

—Y ¿qué es de tu mujer?

—Por ahí anda.

—Poco entusiasmado te veo.

—Todo lo que cabe en justicia... No congeniamos..., como era de esperar. Ella tenía sus resabios de casta, y yo los míos; y como no me gusta incomodarme, poco a poco y con cierta diplomacia nos fuimos restituyendo mutuamente la querida libertad, hasta hacer cada uno la vida que más le agrada.

—¿Tienes hijos?

—Sí, tuve... dos o tres: tres fijamente.

—Es decir, ¿que se te han muerto?

—No he dicho tal: viven los ángeles de Dios, pero con su madre.

—¿Luego no hacéis vida común?

—Hasta cierto punto: bajo el mismo techo, pero con distintas horas y diferentes costumbres. Quise decirte que los chicos están al cuidado de su madre y sin apego maldito a mí.

—Y eso ¿no te produce celos de padre amoroso?

—¿Para qué ni por qué? Antes, me alegro de ello, porque me exime de toda responsabilidad en lo que ha de suceder mañana.

—¿Qué temes que suceda mañana?

—No temo, sino que doy por hecho que esos pedacitos de mi corazón, de todas maneras han de salir unos perdidos, como tú y como yo. No puede dar otra cosa el terreno...

—Oye un instante; ese que entra, ¿no es, Monteoscuro?

—El mismo señor duque.

—Y ¿qué se hace ahora?

—Lo de costumbre: gastarse las rentas alegremente. En este momento histórico se las chupa una ribeteadora, que de seguro da en todo quince y raya a tus princesas, por hermosas, elegantes y despilfarradoras que puedan ser. Últimamente le ha sacado a tenazas un chateau en Bélgica. Es una sanguijuela que se pasa de fina.

—¿Y su mujer?

—Pues su mujer acepta heroicamente las situaciones como se las presentan, y le venga como el diablo le da a entender. Lo peor para ella es que se va envejeciendo demasiado, y esta fatal circunstancia le dobla las dificultades, porque carga sobre la infeliz la mayor parte del trabajo.

—Y a propósito de estas cosas, ¿qué ha sido de nuestro contemporáneo Sierra-Calva?

—¡Valiente estúpido!

—Lo fue siempre, bien me acuerdo.

—Pues así acabó.

—¿Ha muerto?

—Valiérale más. Se casó, siendo una criatura, con una huérfana insípida, educada entre monjas.

—Me acuerdo también de ello... Decían que era muy rica.

—Y lo decían con razón. ¡Pues esa fue la madre del borrego! Un casamiento de conveniencia... para él, que ya tenía una mina de oro solamente en lo heredado de su padre. Al año de casado murió su madre. Otro platal a la hucha. Nunca podrás formarte idea de las barbaridades a que se entregó al verse dueño de tanto dinero y de una mujer que no sabía más que rezar y afligirse por los desenfrenos de su marido..., porque fue un cerdo, créeme; un glotón soez de todos los vicios. Tuvo, a los dos años, un hijo medio podrido, que no vivió más que el tiempo necesario para heredar a su madre. Pues hoy Sierra-Calva no tiene que comer si no se lo prestan los amigos.

—Pero ¿en qué lo ha gastado tan pronto?

—Ya te lo he dicho: en barbaridades, en mujeres de desecho, en mamarrachadas de habanero cursi, en francachelas con toreros de invierno y chulas de la peor especie..., en todo lo más bajo y soez que puedas imaginarte... y en jugar. Aquí, aquí, solamente aquí, en este augusto templo que hemos erigido los varones de la sangre azul para dar culto a ciertas nobles necesidades de nuestras refinadas costumbres, le limpiaron un caudal.

—Según eso, ¿continúa en la casa la afición?

—Y para continuar. Aquí no se hace otra cosa, y se despluma en un credo al lucero del alba. No sé qué demonio de escoba misteriosa hay en estos ámbitos para el dinero. En cuanto entras en ellos con guita, te la barren, a pocos deseos que traigas de probar fortuna. Créete que, en buena ley, esto debía arder por los cuatro costados.

—¿Por qué lo frecuentas, si tan malo te parece?

—Porque no sé otra cosa; porque somos así todos los que aquí venimos.

—¡Ay, Manolo! Todavía no sabéis vivir en España los hombres del «gran mundo»; tomáis ciertas cosas demasiado a pechos, y hay en vosotros exceso de rutina.

—Te equivocas; nosotros sabríamos vivir al pelo, como los más listos de allá fuera; lo que hay es que nos falta teatro para tantos vicios como tenemos. Esto es poco y angosto todavía; y si has de moverte dentro de ello, tienes que pasar cien veces por un mismo sitio y codearte a cada paso con unas mismas personas.

—Dime otra cosa...: debe de haber mucha gente tronada de la nuestra, con ese vivir en perpetuo despilfarro, sin apego a ninguna ocupación seria...

¡«Mucha gente tronada»!... Toda la que bulle y anda en el ajo de nuestras aventuras; y si hay alguna excepción entre ella, es por un milagro de Dios. Aquí todo el mundo gasta mucho más de lo que puede. Y ¡ay del que se quede rezagado por cansancio, o por deseo de no ser tan mentecato en esta puja de locas disipaciones! Le arrollan..., o le silban, que es peor. Y es natural, ¡qué diablo! Quien debía dar la nota dulce y armónica en este desconcierto de malas pasiones, es la mujer; y bien sabes tú qué agallas tiene la nuestra. Por eso ya no hay familia sino entre las gentes obscuras y de poco más o menos.

—A propósito de hembras denodadas y valerosas: estando yo en Bruselas, en comisión del servicio, llegó allí Sagrario Miralta. No hacía dos años aún que se había casado. ¡Qué moza, Manolo! ¡Y qué intención... y qué arte!... En ocho días no dejó un flamenco en su sano juicio. Casi hubo que echarla de allí por obra de caridad y cuestión de orden público No acabó de confesármelo ella; pero me consta que se llevó la palma de sus preferencias un potentado y hermosísimo albanés, con zaragitelles y todo. Iba (no el albanés, sino Sagrario) acompañada de su marido, que volvía de Spá. ¡Cómo estaba el infeliz! Había que cogerle con tenazas. ¿A quién demonios se le ocurre unir a julio con febrero? Ese casamiento no debía valer. Fortuna que Gonzalo parecía entonces bien provisto de correa para llevar en santa calma todo lo que acontecía. ¿Qué es de ellos?

—Sagrario, como decía el otro, sigue continuando; y si me apuras un poco, más hermosa que cuando tú la viste en Bruselas, a pesar de los años que van corridos; y en cuanto a Gonzalo, hace ya larga fecha que tuvo la buena ocurrencia de morirse.

—¡Se murió!...

—Después de inficionar a Archena y de beberse medio Panticosa. Nada le alcanzó. Pues figúrate lo que será su mujer, viuda, libre, rica y casi jamona, sabiendo lo que era de casada.

—¿Sigue dando juego?... ¿Se crece al castigo, como decís los aficionados?

—¡Horrores, Paco..., verdaderos horrores!

—¿Y su amiga Leticia?

—Viuda también, y tal para cual. Sólo que ésta, con ser tan voraz y antojadiza como la otra, es más discreta y disimulada.

—¿Y de qué murió su marido?

—De un balazo.

—¡Demonio!

—Y por la espalda. Nada más merecido. Estuvo en el fregado del sesenta y seis, la cuartelada de San Gil, con el honrado intento de ganarse el tercer entorchado y la cartera de Guerra...; por de contado, detrás de la cortina, como siempre... y fuera de su casa y bien disfrazado. Después del fracaso de la intentona, y andando ya O'Donnell barriendo las calles de Madrid a metrallazos, no creyéndose bastante seguro en su escondite, salió en busca de otro, con su disfraz de carbonero; y en este viaje le alcanzó una peladilla y le tendió boca abajo. Por disposición testamentaria, hecha pocos días antes a ruegos de su mujer, hereda ésta su enorme fortuna; y no quiero decirte qué vida se estará dando con ella y con lo mucho que ya tenía propio. Pues con ser tanto en conjunto, aseguran que no le alcanza, ¡y que se mete en cada lío, y manipula cada enjuague!... También hay quien dice que es avara, y que lo de los apuros es un pretexto para disculpar los enjuagues y los líos, que ya son famosos en Madrid. ¡Vaya usted a averiguar lo cierto en ese arcano viviente con puntas de Mesalina!

—Leticia y Sagrario, las inseparables amigas, me traen el recuerdo de otra amiga de las dos, que me gustaba a mi mucho, por cierto:

Nica Montálvez, la hija del estúpido marqués...

—Reventó de vanidad en un banquete.

—¿Quién? ¿La hija?

—El padre.

—Ya lo sabía yo, con algo más que no me han explicado bien o se me ha olvidado. ¿Qué le pasó a la hija?

—Esa es una historia de fondos tan indecentes y criminales como las otras; pero menos antipática por lo que toca a la protagonista. Esta criatura fue de lo más honrado de la clase, dicho sea sin ofensa de nadie, y nació para buena, y aun creo que lo habría sido, a no caer entre un padre tonto y una madre sin educación y sin entrañas, y una caterva de pillos y de bribones. Era moza de talento y afamada de insensible con los hombres que la galanteaban. Por lo menos, tenía el buen gusto de reírse de todos ellos sin hacer maldito el caso de ninguno. Sospecho que tú puedes certificar, por la parte que te alcanzó...

—Certificó.

—Hasta que dio con un mozo que le pareció muy otra cosa que todos los demás, y se rompió el hielo. El mozo era Pepe Guzmán. Otra prueba de su buen gusto. Cuando más en punto estaba el idilio, se presentó el traidor de la comedia: un banquero estúpido y feo y más ladrón que Brunelo, con dos avaricias insaciables: la del dinero y la de los blasones. Ambas cosas debían de abundar en casa de Nica Montálvez, sobre todo desde la muerte de su abuelo, un traficante muy listo que dejó al imbécil de su yerno una renta de cincuenta mil duros. El susodicho traidor, que aunque robaba al Estado por el ministerio de Hacienda, no lograba desembrollar la suya, porque lo que es obra del diablo no tiene compostura por ninguna parte, empezando por engolosinar al marqués en los negocios, para tantearle la bolsa (que estaba ya menos repleta de lo que el pícaro creía), acabó por deslumbrar a la marquesa metiéndole por los ojos cada diamante como un puño y cada leontina como un cable, y echando por la bocaza, a todas horas, espantos de millonadas. En seguida se alió con ella para que le ayudara a conquistar la mano de su hija. Y la conquistó al cabo, ¡pásmate! Pudo consistir en la fuerza del empuje de los dos aliados, en debilidad o terror de la víctima, o en encogimiento, por cálculo, de Pepe Guzmán... o en las tres cosas juntas; pero la verdad es que el banquero se salió con la suya, aunque un poco tarde, y aceptando unas condiciones, impuestas por la interesada, de padre y muy señor mío. Se celebró la boda fríamente y sin viaje de novios, y comenzaron las catástrofes. La marquesa, como si sólo aguardara a tener por yerno, a don Mauricio Ibáñez, se murió a los pocos días de ser su suegra. Entonces cayó el banquero sobre el caudal hereditario con ansias de buitre en ayunas, y vio y palpó que sólo quedaban ruinas de lo que él había soñado filón inagotable de onzas acuñadas. A todo esto, vivía como un extraño en casa de su mujer, la cual, con una premeditación que delataba el consejo y la ayuda de Guzmán, tomando por pretexto una de las impuestas condiciones y ciertos autógrafos del banquero, testimonios irrecusables de los enredos de éste con una pingona de tres al cuarto, al día siguiente al de la boda, es decir, a la primera y única noche de novios, «ahora—le dijo, con las pruebas del enredillo en la mano—hasta el valle de Josafat. Usted a un extremo de la casa y yo al otro, y como si nunca nos hubiéramos visto». Cuentan que el banquero pudo haber replicado algo muy contundente para la conciencia de Nica; pero, o no lo respondió, o no lo supo, o su mujer hizo muy poco caso de la réplica; porque el hecho es que la decisión de Nica se cumplió en todas sus partes. Nadie los vio juntos nunca. Cada cual tenía sus negocios y sus horas.

Entre tanto, Pepe Guzmán continuaba siendo amigo de la casa y visitándola de vez en cuando. ¡Y pásmate ahora otra vez!: a los ocho meses de casada, tuvo la hermosa Nica Montálvez una niña como unas perlas. Entonces andaba viajando Guzmán; y se cuenta que al volver a Madrid, teniendo ya la niña cerca de un año, en la primera visita que hizo Pepe a su amiga, le colocó ésta delante de un espejo y puso al lado de su cara la cara de la niña. Asómbrate ahora por tercera vez: las dos caras se parecían como un huevo grande a un huevo chico.

—Si el caso pide asombro, creo yo que el asombrado debió ser Guzmán.

—Pues aseguran que no se asombró cosa maldita.

—¡Y querías que me asombrara yo! Quien debió llegar hasta el éxtasis del asombro fue el padre.... quiero decir, el marido de la madre.

—Ese no podía asombrarse de nada desde que había aceptado las estupendas condiciones matrimoniales que le impuso la novia, y veía pagado el timo que pensó dar en aquella casa, con otro tan morrocotudo que le había dado a él la difunta marquesa. No solamente estaba su caudal mermado en lo más jugoso y medio en quiebra el resto, sino en manos de un administrador que se pasaba de listo y de aprovechado. De modo que no fueron de gran resistencia los puntales que pudo sacar de allí el banquero para sostener la balumba de sus trapisondas de agiotista. Por único consuelo se daba como un desesperado a la borrachera de su segunda ambición, y tenía la corona de marqués hasta en los faldones de la camisa; pero el afán de sostener este nuevo lustre de clase, así como su crédito en la Bolsa, le costaba enormes dispendios que le hundían en mayores abismos.

Así fue tirando hasta que triunfó la revolución de septiembre. Entonces sonó, o creyó él oír que sonaba muy recio, la trompeta de su mala fama; era cobarde, como todos los de su ralea; Madrid estaba sin gobierno y con todas las pasiones buenas y malas en mitad del arroyo; apoderose de él un pánico invencible, y de la noche a la mañana se escapó de aquí, dejando sus negocios en quiebra y hechos un bardal. A duras penas logró después su mujer salvar del concurso sus bienes dotales y cuanto en buena ley podía y debía salvar. Fue a parar a donde van todos los pícaros gordos que huyen de la justicia de su patria: a los Estados Unidos; y allí murió dos años después, de un torozón que le evitó ser linchado, y cuando comenzaba a recoger el fruto de una empresa que había fundado en compañía de otros dos estafadores a la alta escuela.

—¿De manera que también Nica Montálvez está viuda?

—También viuda y también muy guapa.

—¿Y continúa bajo la protección del amigo Guzmán?

—Protección... algo lejana, sí, porque hay motivos para ello. En esa mujer hay, indudablemente, un fondo honrado y decente; pero al cabo es hembra, hija de su madre y curada por ésta, aunque a la fuerza, de ciertos escrúpulos. Por de pronto, es manirrota para el dinero, y mayores son las ansias que siente de gastarlo, cuanto más negras las dificultades que la pinta Simón, el sempiterno mayordomo de la casa. Al principio andaba por ella Pepe Guzmán anticipándose delicadamente a las grandes crisis; pero llegó a parecerle un tantico pesada la delicadeza, y se dedicó a viajar más a menudo y más largamente que antes. Estas ausencias pusieron a Nica en gravísimos apuros en muy señaladas ocasiones. En Madrid... y en el mundo entero hay quien sabe explotar a maravilla esta clase de conflictos; y la marquesa de Montálvez, que estaba obligada a mirar por el patrimonio de su hija y sabía muy bien cuán cerca estaba de cero la temperatura amorosa de Guzmán, no teniendo para qué pararse en barras de menos con amigos y protectores que la habían enseñado a saltar sobre lo más, hizo alguna vez lo que tantas otras mujeres: dejarse explotar por los explotadores de conflictos económicos, lo más decorosamente posible; quiero decir, quitando la odiosidad de lo útil con el pretexto de lo agradable. ¿Me comprendes?

—¡Pues digo!... ¿Y estás seguro tú de que sean ciertas esas explotaciones... decorosas?

—Segurísimo; así como de que han sido muy contadas.

—¿Dónde está, pues, ese fondo «honrado y decente, que la concedías antes?

—Donde debe estar. Ponme una santa rodeada de perdidas y de bribones; persíganla sin tregua ni descanso con ejemplos y sofismas; denle el veneno hasta en el aire que respire.... y la misma santa caerá, cuanto más una criatura de la cepa de esa infeliz.

—Concedido... por un momento. ¿Lo sabe Pepe Guzmán?

—Lo sabe, y no se extraña de ello... ni debe extrañarse, puesto que él la preparó para esas caídas y para otras que lógicamente han de seguirlas, sin un milagro de Dios. Hasta ahora no es Nica Montálvez, en ese particular, una mujer viciosa; pero llegará a serlo, por educación, como sus amigas lo son y lo han sido por naturaleza. Lo que hace Guzmán es alejarse de ella cuanto puede, pero sin perderla de vista.

—¿Luego algo le queda todavía en el fondo del corazón?

—Por ella, nada absolutamente; pero le queda, a no dudar, por la niña.

—¿De modo que la niña vive aún?

Y es la criatura más angelical, de alma y de cuerpo, que pueda haber sobre la tierra..., y al mismo tiempo el mejor testimonio de que existe en su madre ese fondo de honradez en que no te atreves a creer tú. Cómo y lo que la marquesa quiere a esa niña; la escrupulosidad que pone en su incesante cuidado de que no manche sus alitas de ángel ni un átomo del polvo de las impurezas de aquella casa; de que tenga a su madre por la más amorosa y honrada de todas las madres, y de que no sepa cómo se vive en el mundo a que nació destinada, es imposible que puedas imaginártelo. Se necesita tener un alma de oro para sentir estas delicadezas en medio de tantos vicios... Y basta de crónica, amigo Paco, que ya me has hecho hablar en una hora mucho más de lo que he hablado en todo el año. Créete que me he hecho muy avaro de palabras, desde que he caído en la cuenta de que no las merecen la mayor parte de los hombres a quienes trato. ¡Dichoso tú si piensas todavía de otro modo!

Diciendo esto, se iba incorporando Casa-Vieja y levantándose de su asiento. En seguida pidió su abrigo.

—Ahora...—añadió perezosamente.

—¿A casita?—le interrumpió con socarronería su amigo.

—A terminar mi ronda, si no te opones. Después... el demonio dirá, si es que el demonio no tiene a mengua el meterse en nuestros fregados.

—Pues yo me quedo para ir a las tres y media al ministerio de Estado, donde me ha dado cita el ministro.

—Hasta la vista, entonces, y bien venido.

—Hasta la vista, Manolo, y bien hallado.

II

Todos los informes dados por Manolo Casa-Vieja a su amigo Paco Ballesteros sobre lo ocurrido a los personajes de nuestro relato, desde que los despedimos en el último capítulo de la primera parte de él, eran la pura verdad. En los Apuntes autógrafos que me sirven de guía, constan también, aunque en otra forma menos interesante, por descolorida y difusa; razón por la cual, y por el sabroso aderezo que llevan en el diálogo de los dos amigos, le he reproducido al pie de la letra, con preferencia al otro texto, para llenar un requisito que había de llenarse más temprano o más tarde, y es bien que se haya llenado donde se llenó, porque esa luz de más tendremos para llegar más fácilmente a donde vamos...

Por de pronto, a casa de nuestra amiga la marquesa de Montálvez, que ya no es la indigesta, doliente y envejecida matrona de antes ni vive en el suntuoso principal de la calle de Alcalá, donde tantas veces penetramos el lector y yo: ahora se trata de su hija, la cual, si ha perdido mucho en frescura con el cambio de vida y el roce de los años, ha ganado otros atractivos no menos poderosos con la vigorosa acentuación de sus formas, que ha modificado su belleza, pero sin destruirla, y vive en la calle del Barquillo, desde la fuga del banquero, en otro principal bastante más barato y más pequeño, o mejor dicho, bastante menos caro y menos grande que el de la calle de Alcalá. No hay dentro de aquél el lujo llamativo y hasta charro que hubo dentro de éste; pero, en cambio, hay mayor elegancia y mejor gusto, sin que falte nada de cuanto debe haber, así en cantidad como en estilo, en la morada de una mujer de los vuelos de nuestra heroína.

La cual ha vuelto a adquirir la expresión risueña, el mirar malicioso y el picante gracejo de sus mejores días, señales evidentes de que su espíritu ha recobrado también la serenidad y el vigoroso temple que pasajeras vicisitudes le habían hecho perder; y es la verdad, así como lo es también que esta reconstitución moral irradia sobre el físico de la marquesa ciertas luces de estival hermosura, que justifican bien el elogio que de ella nos hizo Manolo Casa-Vieja; es, en suma, y como diría un distinguido barbián del Sport-Club, «una gran mujer que comienza a ajamonarse, pero sin el menor síntoma de embastecerse».

Aunque con menos estruendo que en la calle de Alcalá, vivía en grande en la del Barquillo. Se quedaba en casa una vez por semana, y otras dos comían con ella algunos amigos. Más de tarde en tarde, y alternando con las de Sagrario y de Leticia, espléndidas soirées en sus salones; turnos en el Real y días de moda en otros teatros, como en tiempos de su madre; y viajes de verano, como entonces, aunque con mayor libertad y mejor aprovechado todo; completa y bien adiestrada servidumbre, dos carruajes serios (landó y berlina) y uno de fantasía, con dos troncos de media sangre; y a este tenor la mesa y el arreo. Un dato que el lector apreciará como mejor le parezca: conserva a su servicio la misma doncella que dormía en el cuarto contiguo a su tocador, en la casa de la calle de Alcalá, aquella noche que se menciona en el último párrafo de la primera parte de esta verídica historia.

En opinión de su mayordomo, tampoco el presupuesto de gastos de la marquesa cabía en el de sus ingresos, aunque los primeros estuvieran reducidos a menos de la mitad de los del tiempo de su padre, porque también habían disminuido los segundos en más de otro tanto; pero o se era o no se era una gran dama de las principalísimas de la corte, o se vivía o no se vivía a la altura de las demás congéneres; pues adelante con los gastos, que ni siquiera era de buen tono eso de apurarse por dinero una mujer de su clase y de su estampa. Además, ella no sabía otra cosa. Eso la habían enseñado, en eso había nacido y en eso tenía que morir. Mirar por la hacienda de vez en cuando; sondar sus llagas, y hasta ver por dónde se la puede hincar el diente sin producir otras nuevas ni enconar las antiguas, menos mal, y eso ya lo hacía ella por la cuenta que le tenía; pero reducirse, pero obscurecerse, pero arrumbarse cuando era viuda, cuando era libre, a lo mejor de la vida, cuando su estrella, cuando su sino o el mismo Lucifer encarnado en las gentes que debieron defenderla y ampararla, la habían arrancado del fondo de su alma, con horribles dolores, el sentimiento del bien, la noción de lo justo y de lo honrado, la conciencia entera..., hasta la idea de Dios, ¡qué locura! En último caso, por donde fueran otras, iría ella; y lo que otras hicieran, lo haría ella también. Todo menos detenerse.

Tal era la conducta, tales eran los pensamientos y tales los propósitos de la mujer mundana (en el mejor sentido del vocablo). Ahora vengan aquí todos los fisiólogos de la tierra, y hasta esos otros señores que han dado de poco acá en la flor de empeñarse en convencernos de que los que matan y los que roban, todos los criminales, en fin, son unos pobres locos irresponsables ante las leyes divinas y humanas, porque loco es igualmente el vate que crea y canta, y hasta, por la regla, lo soy yo también mientras me entretengo en emborronar estas hojas; vengan aquí, repito, los unos y los otros señores, y díganme, en presencia del ejemplar exhibido, cómo pueden en una sola pieza una mujer de su temple y una madre como la que a ver vamos.

Ya nos dijo Manolo Casa-Vieja que era de admirar «cómo y lo que quería» a su hija la marquesa de Montálvez; y era de admirar, en efecto. Desde que la vio en el mundo, desde que la tuvo en sus brazos, su primer pensamiento fue el que asaltaría a un infeliz menesteroso metido hasta la cintura en una charca infecta, y a quien le cayera de pronto entre las manos el pan de toda su vida, en un tesoro envuelto en armiños: «Señor, ¿en dónde pondré yo esto para que ni se corrompa ni se me manche?» Ese fue el pensamiento de la marquesa entonces, y ese continuó siendo después a todas horas y todos los días; porque la charca de sus aprensiones no tenía límites, y más se ensanchaba a sus ojos cuanto más andaba por ella y más iba creciendo su hija. ¿Dónde ponerla para que no se la corrompieran o se la mancharan? Y miraba con espanto a su propio hogar, que le parecía lo más cenagoso y lo más profundo de la charca; y todo se le ocurría, menos el fácil recurso de cerrar sus puertas a la peste de afuera, purificarse ella misma arrojando de su cerebro la podredumbre de sus ideas y trocarlas por otras más dignas de aquel purísimo sentimiento que la naturaleza había infundida en su corazón.

Y este es el fenómeno que yo sometería al examen de los susodichos señores, tan dados a compaginar contrasentidos y desembrollar monstruosidades.

En cuanto la niña comenzó a dar claras señales de que ya alboreaba en los limbos de su cabecita la luz de la inteligencia, su misma madre, trayendo a la memoria lo que casi tenía olvidado por desuso, o adquiriéndolo con prolijos afanes donde lo había, la enseñaba a rezar las primeras oraciones que balbuce la infancia en los crepúsculos del sueño, iluminada la mente candorosa con la visión plácida y celeste de la Virgen Purísima y del Ángel de la Guarda. No fiándose de nadie, y mucho menos de su doncella, a costa de imponderables indagaciones y pesquisas adquirió una niñera por el estilo de la que ella había tenido, y a esta niñera encomendó el cuidado incesante de su hija. Ambas habían de vivir en casa, apartadas de todo trato y comercio con la servidumbre de ella, y de todo roce con el ceremonial mundano que en ella se seguía. Y es de advertir que cuando de tarde en tarde visitaba Pepe Guzmán a la marquesa, lejos de tachar por extremado aquel celo de la madre, se le estimulaba con preguntas y advertencias que no suelen hacer los hombres corridos, por el bien del primer rapazuelo con quien topan. También se preocupaba mucho el despreocupado galán con los lodazales y las charcas.

—Es cosa peregrina—le dijo la marquesa en una de estas ocasiones—ver al lobo pidiendo que se encierren las ovejas.

—Pues ya ves que se dan casos—respondió Guzmán.

—Sí, en casos de hartura..., como el de un lobo que yo conozco.

—Lo cual no es exacto.... y bien lo sabes tú.

—Séalo o no, siempre será para mí muy de lamentar que no le tocara a la madre tan buen consejero como el que le ha caído en suerte a la hija.

—Pues mira, y a propósito de buenos consejos: no dejes de sacarla de aquí en cuanto tenga edad para ello. Tienes la casa demasiado llena de lobos..., empezando por ti, para que pueda vivir en ella sin dar con alguno esa inocente corderilla. Créeme: estos aires no son los mejores para hacer sangre honrada a los niños.

—¡Ah, si yo pudiera hacer correr los años a mi gusto!

—Pero en tu mano está purificar los aires, que es lo mismo.

—¡Tunante!

—¿Por qué me lo llamas?

—Porque lo eres..., con algo más que no quiero llamarte ahora, porque te lo está llamando la conciencia con mejor derecho.

—¡Injusta! Y ahora, en castigo de tus durezas, mándala venir para que yo la dé un beso.

—¿De lobo?

—Corriente; pero con el corazón entre los labios.

—¡Que no pudiera acabar yo de aborrecerte!

Y vino la niña. Luz se llamaba, y jamás hubo nombre mejor colocado. Todo era luz en aquella criatura: un rayo de sol de primavera sobre un vaso de cristal lleno de rosas y azucenas; luz de las glorias de Murillo, henchidas de ángeles con cabelleras de oro y blancas alitas transparentes; luz irradiaban sus ojos azules; luz sus mejillas nacaradas; luz sus rizadas guedejas rubias; luz los húmedos corales de sus labios sonrientes; luz las mutiladas palabras de su fresca boca; luz el argentino timbre de su voz infantil; y una aureola de luz del amanecer de un día de mayo era la indescriptible expresión de angélica inocencia, de dulce ingenuidad que resultaba del conjunto de todas las perfecciones de aquella cabeza, colocada sobre un cuerpecito que parecía delineado por las hadas de los cuentos orientales.

Guzmán se quedó extático delante de la hermosa criatura: devorábala con los ojos como si no se atreviera a tocarla. Al fin, la tomó en sus brazos; separó después los dorados rizos que caían sobre su frente, y estampó en ella un beso en que debió tomar el corazón mayor parte que los labios, por lo que fue de sonoro, de apretado... y de repetido. Después pidió a Luz que le besara a él; y Luz, buscando lo más despejado de barbas en la mejilla más cercana a su boca, besó allí una, dos y hasta tres veces, y hasta mil hubiera besado sin satisfacer todavía el deseo del cortesano Guzmán, que más que de ello tenía entonces, por su cara dulzona y zarandeando la niña en el aire, de padrazo ramplón del vulgo pedestre. Por último, lejos de soltar a Luz, corrió a ponerse con ella delante de un espejo. La marquesa, que sin decir una palabra, aunque expresando un libro entero con los ojos, había estado muy atenta a la escena de los besos, en cuanto vio lo que estaba haciendo Guzmán, le quitó la niña de sus brazos; llamó a la niñera y se la entregó para que la sacara de allí. Tanto miedo tenía a una imprudencia de su amigo.

Cuando estuvo a solas con él, le dijo:

—De lo que tú buscabas en el espejo, va quedando ya muy poco, y me alegro.

—Te equivocas también en eso: queda todo lo que cabe entre lo divino y lo humano, entre el cielo y la tierra. ¡Qué criatura, Nica! Dios debe de habértela dado, o para tu gloria, o para tu castigo. Cuida de elegir a tiempo y lo mejor.

—¡Miren el diablo metido a fraile!

—Hasta en el diablo cabe un buen consejo.

—¡Pregúntamelo a mí, consejero diabólico! Pero cuando a mí me tuesten por ese pecado, ¿qué será de tu pellejo?

—Dime tú, entre tanto, ¿por qué te alegrabas de que fuera borrándose aquella supuesta semejanza?

—Porque en cuanto desaparezca del todo, me será más fácil aborrecerte.

—Y ¿por qué deseas aborrecerme?

—Porque es de necesidad que yo te aborrezca.

—No será por el estorbo que te hago.

—Pero sobra con el daño que me has hecho.

—Es mayor el beneficio que me debes, si sabes utilizarle. Con que, en buena justicia, no puedes aborrecerme, aunque llegues a olvidarme.

—¡Eso sí que no es tan fácil, embustero, como lo ha sido para ti!

—¡Ojalá tuvieras razón!

—Pero no será el milagro obra mía.

—Y en este ejemplo, ¿qué más da el tronco que la rama? Todo es árbol.

No solían profundizar mucho más que esto las breves conversaciones entre la marquesa y Guzmán, en las pocas visitas que éste la hacía. Jamás le había dirigido ella un cargo serio y formal, con tantos motivos como tenía para hacérsele, ni él la había dado las menores señales de estar arrepentido, ni de creerse culpable siquiera: al principio, por entereza y altivez de la una, y por malicias y conveniencias del otro; después, porque caídas las cosas del lado a que se habían inclinado entonces, ¡y caídas tan abajo!, el uno y la otra tenían grandes motivos para no volver los ojos hacia atrás, y frescura sobrada para tratar el caso medio en broma, cuando el caso llegaba por si sólo a clavárseles en la lengua.

Es muy difícil de presumir qué conducta hubiera seguido Guzmán con la marquesa si, al verse ésta viuda y libre, se hubiera contenido en los límites que parecían trazarle sus honrados antecedentes, aquel amor nobilísimo y extremado que sentía por su hija, y el sentimiento que la movía a defenderla de la peste de su propia casa. Pero está fuera de duda que sus desatinados vuelos por el ancho espacio de su recién adquirida libertad, y aquellas «muy contadas», pero nuevas fragilidades de que hablaba Casa-Vieja a su amigo Ballesteros, desencantaron de tal modo a Guzmán, que sin el vínculo (también mencionado por el displicente orador del Sport-Club) que le dejaba ligado por el corazón a la marquesa, hubiera llegado muy pronto hasta olvidarse de ella.

Por eso se trataban en la tessitura que hemos visto. Quizás quedaba en ella mayor cantidad de chispas de aquel fuego sacro de otros tiempos, que en él, en quien sólo había un puñado de cenizas calientes; pero en los dos era el mismo el propósito de no intimar gran cosa en el trato, no solamente porque así convenía a los fines pudibundos de la madre en cuanto se relacionaba con la hija, sino por recíproco impulso de las respectivas conciencias, a cual más remordida y desencantada. Guzmán iba allí a lo que hemos visto, y nada más; y eso porque sentía en su alma cierto extraño apetito que no se calmaba sino con aquel sencillo manjar, que él pagaba, no siéndole permitidos mayores lujos, con los más caros y caprichosos juguetes que hallaba en Madrid o en cualquiera parte del mundo por donde anduviera.

Tomando pretexto del ardiente amor de la marquesa a su hija, solía en ocasión oportuna extender sus discretas advertencias al capítulo de los gastos ruinosos.

—Eres una manirrota—la decía—, como toda tu casta, y vas a dejar a tu hija en la miseria, después de quererla tanto, o te falta juicio, o te sobra amor. Elige.

—Me falta juicio—respondió la marquesa.

—Pues recóbrale.

—Que me le devuelva quien me enseñó a perderle. No te canses en predicarme, porque por donde quiera que tomes el punto, estás desautorizado para ello.

—Déjate de cuchufletas, y atente a lo que te importa. El gastar más de lo que se tiene, obliga a malvender lo que queda..., y algo más que no se recobra con nada. Yo no tengo derecho para aconsejarte que te pongas a ración, porque de lo tuyo gastas; pero sí para recomendarte que no te dejes robar de usureros y de cómplices suyos, que quizás comen de tu pan. Esto se consigue siempre que se quiere.

Respondía ella que todo se arreglaría del mejor modo posible; y con otra cuchufleta, más o menos punzante para su amigo, daba por terminada su conversación con él.

—Entretanto, iba creciendo la niña, y con ello los sobresaltos de la madre; porque, a mayor inteligencia, correspondían mayores riesgos en aquel semillero de peligros. A Sagrario y a Leticia las temía de lumbre; y cada vez que una de ellas sentaba a Luz sobre sus rodillas para besarla, resonaban los besos en sus oídos como el chapoteo de las ondas cenagosas, y hasta veía la tersa y pura frente de la niña salpicada del fango de la charca.

Cuando Luz llegó a tener siete años, su madre no pudo esperar más. ¡Eran tan precoces la inteligencia y el juicio en aquella criatura! Había que decidirse a sacarla de casa. ¿A dónde? Bien pensado lo tenía ella. A un colegio..., que no fuera colegio precisamente, donde se la guardaran, por de pronto, durante el día, y la enseñaran lo que ella dispusiera, más por entretenimiento que por cultivo; donde hallara un cariño y unos cuidados y unas compañías que sustituyeran, en todo lo posible, el amor y el amparo de su madre, y, sobre todo, donde no corriera los riesgos que la amenazaban en su propio hogar.

Pero ¿querría la niña? ¿Podría, aunque quisiera, aclimatarse a aquel extraño modo de vivir?

Por de pronto, quiso, sin revelar esfuerzos de voluntad ni violencias del espíritu; y buscando entonces su madre con perseverancia, halló cuanto creía necesitar, y bien cerca de su casa. Parecíale que se quedaba sin corazón cuando llegó la hora de salir de ella con su hija, por más que sólo debían estar separadas, por algún tiempo, durante el día; pero no era esto lo que la apenaba, sino la idea de lo extraño, de lo desconocido para la pobre Luz, que jamás había volado fuera del nido materno sin la sombra y el amparo de las alas de su madre. Y ¿qué valía este sacrificio comparado con los que tendría que hacer después? ¡Adelante, y con los ojos cerrados, que para otras empresas mayores y más negras los había cerrado también!

Todo cuanto tenía que prevenir y encarecer sobre el carácter y necesidades de la educanda, se lo había prevenido y encarecido ya cien veces a la señora bajo cuya dirección, amparo y vigilancia iba a ponerse Luz. Pues todavía, después de entregársela, la llamó aparte para decirla una vez más:

—No me la atosiguen, no la atareen demasiado. Pocos libros, poca gramática por ahora..., es mejor el Catecismo, pero bien explicado..., hasta que conozca a Dios, al verdadero Dios, al Dios de los pobres; al Dios que los riñe, los castiga y los premia según sus leyes inmortales, que no se mudan ni se corrompen como las leyes del Dios de ciertos personajes. Que no sepa aquí en qué mundo ha nacido, ni cómo es ese mundo, ni qué vida hacen las gentes en él. Búsquenla para amigas y compañeras las niñas más humildes de nacimiento y de carácter; no para que ella se crezca a su lado, sino para que sufra el contagio de sus pensamientos y de sus obras, hasta que las imite y las iguale. Todo lo demás lo hará ella por sí sola, porque es incapaz de obra mala ni de torpe pensamiento... Pero puede morirse... ¡Dios misericordioso, lo que me duele hasta suponerlo!..., o, cuando menos, puede enfermar, si su naturaleza de ángel no encuentra aquí lo que necesita para vivir risueña... Pues bien: el jugo, el rocío de esa azucena, es el amor, el cariño siquiera. ¡Que no le falte un solo momento!

Y cariño y amor tuvo Luz en aquella casa, y vida tan acomodada a sus inclinaciones, y amistades y compañías tan de su gusto, perfectamente ajustado a los deseos de la marquesa, que, mucho antes de lo que ésta pensaba, logró que se quedara en el colegio como educanda interna. Ella la visitaba casi todos los días, y eran muy contados los en que la sacaba para comer en casa, pero solas las dos a la mesa.

Cuando Luz vivía a su lado, tenía que llevarla consigo en sus viajes de veraneo, por no saber dónde dejarla más segura. Pero esta atadura cortaba sus vuelos de peregrina elegante, y dejaba su paladar de cortesana a media miel. Ahora sería muy distinto el caso. Con el seguro refugio de su hija, era ella más libre para ese y otros menesteres de su vida; y mañana, cuando Luz necesitara otro refugio más lejano y por largo tiempo, lo sería más aún.

Apunto estas reflexiones, porque son las primeras que la marquesa se hizo en cuanto dejó de padecer con el recelo de que su hija no llegara a aclimatarse a la vida de colegiala. Cotéjense estos pensamientos de madre cariñosa con aquellos otros de mujer desjuiciada; considérese que son dos eslabones gemelos de una misma cadena de ideas, y vuelvan a venir aquí los fisiólogos de marras para apuntar este nuevo fenómeno en su libro de curiosidades psicológicas.

Y como lo pensó lo hizo la marquesa durante los tres años, bien corridos, que pasó su hija en aquel colegio de Madrid. Recorrió medio mundo, sin más trabas ni cortapisas que las instintivas repugnancias de su naturaleza, que no era del temple de la de Sagrario.

En sus últimas excursiones a Francia había buscado mucho, y hallado al fin, en una de sus ciudades, más nombradas, otro refugio donde guardar su tesoro por largo tiempo, cuando le sacara del escondite de Madrid.

Esta ocasión se iba acercando por instantes. Luz había cumplido ya los diez años, y necesitaba completar su educación... y alejarse mucho de su casa, hasta que, determinado y bien definido su carácter, y en completo desarrollo su inteligencia, cultivada en sano terreno, hallara en sí misma la posible fortaleza para luchar contra el enemigo que la aguardaba en el mundo de su madre. Porque ésta, lejos de curarse de sus aprensiones, cada día las agrandaba en su imaginación. En Luz, por raro y singular capricho de la naturaleza, se iban desenvolviendo a un mismo tiempo las bellezas del cuerpo y las del alma: todo crecía en ella con prodigioso equilibrio, sin descomponerse ni desfigurarse. La marquesa no podía considerarlo sin admiración, pero tampoco sin miedo. ¿Hasta dónde podía llegar aquella criatura? ¡Qué flor, y en qué terreno!

Acordada hasta la fecha del viaje con la niña a Francia, la marquesa, por una sucesión de pensamientos muy lógica, volvió su consideración al estado de su hacienda. Había que resolverse a mirar por ella con mayor detenimiento que hasta allí. Las advertencias de Guzmán sobre este caso le parecían muy atendibles. Hablaría con él y se acomodaría a sus dictámenes.

Llegada muy pronto esta ocasión, Guzmán insistió en que el mayordomo sempiterno era la mayor sanguijuela que había en casa.

—¿Cómo se explican entonces sus resistencias a proporcionarme extraordinarios cuando se los pido?

—Creyendo que esas resistencias son la capa con que se encubre para hacer su juego a mansalva. Ponderando mucho las dificultades, se justifican las innecesarias hipotecas, que han sido vuestra ruina y la de todos los perdularios. Para obtener cuatro en el momento, se hipoteca una cosa que vale doce o diez y seis. Llega el vencimiento; no hay con qué pagar lo prestado (lo cual sucede siempre que quieren los mayordomos, con la disculpa de los dispendios de sus señores), y se vende la hipoteca al desbarate. Esto es lo que se buscaba. Ya tiene el prestamista una finquita que vale doce o diez y seis, por poco más de cuatro; la cual finquita se distribuye después, en partes proporcionales, entre el que preparó el negocio y el que le remató; es decir, entre el mayordomo y el usurero...; más claro: entre Simón y su cómplice.

—Pero se le descubrirla el juego hecho así, por la prenda misma.

—No hay tal. Simón tomará su parte en dinero, para invertirlo en lo que mejor le parezca... Por eso es hoy más rico que tú.

—Pero un ladrón, si eso fuera cierto.

—¡Psch!; no sé yo hasta qué punto obliga a serlo la ocasión en que se le está poniendo en esta casa tantos Años hace. Sea lo que fuere, y ya que no te resignas a no gastar más que tus rentas, ni te sea fácil desprenderte por ahora de ese hombre, a cuya mano estás hecha, es indispensable, ante todo, que sepas lo que tienes y lo que debes; y después, que cuando necesites dinero, te le dé un prestamista honrado, entendiéndote con él directamente y con la garantía de tu crédito.

—¿Y hay prestamistas honrados?

—Pocos, y yo conozco uno de ellos.

—Pues venga ese.

Guzmán sacó de su cartera una tarjeta; escribió con lápiz al respaldo de ella el nombre y las señas del domicilio del sujeto, y se la entregó a su amiga, diciéndola:

—Ahí está.

La marquesa leyó: «Don Santiago Núñez. Imperial, 15, 2º, derecha». Después dijo a su amigo:

—Está bien. Pues ahora voy a comenzar... por el principio. Las cosas, o hacerlas bien, o no hacerlas.

Y mandó llamar a Simón.

Se marchó Guzmán, y entró a muy poco rato el mayordomo.

III

Así estaban las cosas, con un pasito más que luego conoceremos, al invitar yo en los comienzos del capítulo precedente al lector amable y pío, a que me acompañara al nuevo domicilio de la marquesa de Montálvez. Reprodúzcole aquí la invitación; y puesto que no la desaira, vamos adentro con todas las cortesías y comedimientos del caso.

Hela aquí, bien iluminada por la luz directa de la calle, aunque templada por la interposición de vidrieras y cortinajes entreabiertos, en el instante de atravesar el saloncillo que separa su gabinete de la elegante pieza que le sirve de despacho. A ver si hay castellana de leyenda que mejor arrastre la fimbria de su vestido; ni que con más lindo ni mejor calzado pie hunda más gallardamente el espeso vellón de una alfombra; ni cuerpo en que mejor caiga una bata de paño de seda gris con encajes de Bruselas; ni curvas de más valiente trazo para lucir las hechuras de una prenda semejante; ni cabeza más airosa sobre cuello mejor colocado.

El despacho era una monada, por lo pequeño y lo primoroso. Parecía el interior del estuche de una joya. Oro, blanco, rosa y azul. No había más colores allí. Azul y oro, en el tapizado de las paredes; oro y blanco, en los muebles de menuda talla, estilo Luis XVI, y rosa, blanco y azul, en alfombras y colgaduras.

En la penumbra del cortinón medio recogido de la puerta de escape hacia el interior de la casa, aguardaba una persona, a la cual mandó entrar la marquesa un momento después de sentarse en el precioso sillón de su mesa de escribir. La persona que aguardaba en la penumbra del cortinón, manoseando suavemente un rollo de papeles, era Simón, que no se dobló en dos mitades al acercarse a su señora, como se doblaba al ponerse delante del difunto marqués, ni se notaron en su cara ni en su voz los reflejos y las inflexiones de entonces. Los tiempos habían cambiado y las circunstancias también; y lo que halagaba mucho ciertas debilidades del padre, no lo aceptaba, por instintivas resistencias, la hija. Simón lo sabía sin que nadie se lo hubiera dicho, y lo había tomado muy en cuenta para ajustar su conducta a los nuevos gustos. En lo demás, el mayordomo, fuera de las canas que habían acabado de blanquearle la cabeza, y cierto sello de contrariedad mal disimulada que se pintaba en su fisonomía, era el hombre de siempre, hasta con la misma ropa.

—La señora marquesa—dijo con voz segura, pero mansa y reverentemente, cuando se le autorizó para hablar—está servida en el encargo que se dignó encomendarme antes de ayer.

En esto, desarrollaba los papeles que traía en la mano, y volvía a arrollarlos en sentido inverso para que perdieran el vicio: eran unos cuantos pliegos en folio, metidos bajo una carpeta bien rotulada. En seguida puso el cuadernillo en manos de su señora.

—¿Está aquí todo lo que yo he pedido?—preguntó la marquesa volviendo la primera hoja.

—Todo—respondió el mayordomo, inclinando el busto sobre el papel y apuntando a la página con la diestra, medio extendido el brazo, siempre a cierta distancia respetuosa—. En el primer pliego hallará la señora marquesa la lista de todas las propiedades y valores de su pertenencia. (La marquesa volvió otra hoja.) En el segundo papel consta, por separado, cuáles de esas propiedades están libres y cuáles no, y qué gravamen pesa sobre cada una de las que no lo están. (Otra hoja vuelta por la señora.) En el tercer pliego verá la señora marquesa un estado comprensivo de la situación actual de los bienes libres, en producto, con algunas observaciones para la debida inteligencia. (Nueva hoja vuelta por la marquesa.) En el folio siguiente está bien especificado, y partida por partida, el número de cargas que pesan sobre los bienes hipotecados, su importe anual y vencimiento de la correspondiente hipoteca. (La marquesa volvió el quinto folio.) Y, por último, en la hoja restante, una sencilla comparación de lo que se debe, con los productos líquidos de lo que hay; y al pie, la diferencia a favor de la señora marquesa. Ajustándome a su expreso mandato, lo he puesto así, cosa por cosa y en papel separado cada una. Me alegraré de haber acertado.

—En efecto—dijo la marquesa—, está todo como yo lo mandé. Puede ocurrir hacer uso de algo de ello, y no hay necesidad de que nadie se entere de lo restante...¡qué tiene que ver! En substancia, y sin meterme ahora a sondar estas llagas de mi hacienda, que ya se hará también, resulta de este triste expediente que mis rentas hoy, reales y efectivas, no pasan de... doscientos sesenta...

—De trece mil duros mal contados—interrumpió Simón, sabiendo que el duro era la unidad monetaria que usaba la marquesa en sus cálculos y libramientos.

—¿Y con esta miseria hay que vivir y recobrar lo hipotecado, si no me resigno a perderlo?

—Es seguro, por triste que parezca.

—¡Bien se ha robado en esta casa, Simón, desde la muerte de mi pobre abuelo!

Simón aguantó esta acometida al pecho, con la imperturbabilidad de un soldado ruso; y como si el golpe nada tuviera que ver con él, dijo a su señora compungiendo bastante la voz:

—¡Cuántas veces previne al difunto señor marqués y a la también ya difunta señora marquesa, que cierto sistema de gastos llevaba los caudales a las manos de los usureros, y que caer en estas manos era punto menos que caer en una lumbre!... Después, quisiera yo que recordara la señora lo que costó la irremediable desgracia de su igualmente finado esposo: allí quedó mucho entre los escombros, y casi otro tanto en poder de la justicia, que no deja de ser fuerte de manos para agarrarse al dinero. También espero de la señora marquesa el favor de no haber olvidado algunas indicaciones que oportunamente me he atrevido a hacerla, en cumplimiento de mi honrado deber... De modo, y salvo el merecido respeto, que a este caudal todos han sido a rozarle (valga la comparación, si no ofende) y nadie a reponerle; y así, como sabe muy bien la señora marquesa, hasta las peñas se acaban.

La marquesa miraba de hito en hito a Simón mientras éste iba hablando; pero en Simón caían aquellas miradas, que no eran de miel, como chispas de pedernal en un montón de nieve. En seguida le dijo:

—Insisto en que se ha robado mucho en esta casa; mucho más de lo que se ha gastado en ella..., y hasta sé cómo se ha robado...

—Perdone la señora marquesa que, como administrador...

—El administrador, para cumplir con su deber, no ha hecho bastante con administrar... a su modo, sino que ha debido impedir que otros roben a sus amos..., a los que le daban de comer..., a los que le han hecho rico..., más rico que yo.

—¡Señora!...

—Lo dicho, señor administrador..., y dejemos aquí este punto escabroso, por ahora; que, entre los dos, no es a mí a quien más conviene que no pase adelante la porfía.

—Siempre acatando humildemente los mandatos de mis señores y dueños; pero, salvo el respetable parecer de la señora marquesa, quisiera yo..., me atrevería yo, mejor dicho, a suplicarla que se dignara tener en cuenta que cuando a un hombre, ya encanecido, le abonan treinta y ocho años, bien largos, de incesantes, aunque modestos servicios en una sola casa como me abonan a mí, se puede disculpar..., creo que es de necesidad y de justicia, que este hombre se muestre lastimado de cualquier expresión...

—¿Le han dolido a usted algunas de las mías?

—Si la señora marquesa me lo permite, le responderé que sí.

—Pues me alegro; y si el dolor es tal que no puede resistirle sin el remedio que pretende y yo no le he de proporcionar, queda usted libre, desde este instante, de ponerse en situación más independiente y segura. ¿Me comprende usted?

—Paréceme que he penetrado la idea; y por lo mismo, quiero decir, por el alcance que tiene, me atrevo a recelar que es la señora marquesa la que no me ha comprendido a mí... No quise llegar tan allá...

—Pues como si hubiera querido, o para cuando llegue..., y sin llegar, valga lo dicho, téngalo en cuenta y acabemos.

—Ordene la señora marquesa..., menos que se despoje a este viejo edificio de sus hiedras.

—¡También sentimental y culto! Pues me gusta la imagen, vea usted; aunque yo quizás la hubiera presentado al revés, por parecerme así más verdadera... Abreviando, señor administrador: lo que ordeno es que desde mañana, desde hoy mismo, no ha de haber en mi casa otro dueño de mi hacienda que yo. Usted continuará administrándola como hasta aquí, pero nada más que administrándola. ¿Comprende usted lo que esto quiere decir? Las cuentas, bien justificadas, cada tres meses; y para lo restante, quiero decir, para lo imprevisto, para lo extraordinario que pueda ocurrir, yo sola y como mejor me parezca.

—¡Oh!, si treinta años hace se hubiera tomado en esta casa tan sabia determinación, ¡qué ahorro de sinsabores para el leal administrador!

—¡Y qué ahorros para mí!... Pero ya no tiene remedio, y más vale tarde que nunca. A otra cosa. ¿Qué dinero tiene usted disponible?

—¿Para cuándo?

—Para dentro de seis u ocho días.

—Lo más indispensable para los gastos ordinarios de la señora marquesa..., si alcanza.

—Está bien. ¿Queda usted enterado de todo cuanto le he advertido?

—Perfectamente, señora marquesa.

—Pues hemos concluido.

Y con esto y un ademán muy expresivo, hizo entender al sensible mayordomo que estaba de más allí. El cual mayordomo salió del despacho por la puerta de escape, casi andando hacia atrás, y sin que a la vista más sutil le fuera posible leer en su cara enjuta la impresión que le habían causado más adentro las palabras Y la determinación de su ama y señora.

Ésta, en cuanto se quedó sola, escribió una carta en un papel muy majo, muy recortadito en forma apaisada, muy perfumado y con la correspondiente corona por membrete; la metió en un sobre por el estilo, cerrole y copió en él lo mismo que había escrito con lápiz Pepe Guzmán dos días antes al dorso de su tarjeta. Llamó y acudió en seguida un criadito muy guapo y muy bien embutido en su media librea. Le entregó la carta y le dijo:

—Inmediatamente... y que aguardo la respuesta.

Que tardó una hora larga en llegar; porque el señor don Santiago Núñez estaba con un ataque reumático hacía una semana, y, aunque ya se levantaba, no podía salir a la calle: gracias que arrastrando, arrastrando, lograba llegar desde el dormitorio a su despacho. La rodilla, la pícara rodilla derecha, que no acababa de jugar los goznes como la otra, tenía toda la culpa. Pero si la señora marquesa tenía algún asunto apremiante que tratar con él, allí le encontraría a su disposición, a todas las horas del día y de la noche, la persona a quien la misma señora marquesa tuviera la dignación de encomendar el encargo..., porque él se creería muy honrado y satisfecho en servir a la señora marquesa, que tan recomendada le había sido por el señor de Guzmán... Y todo esto y todo aquello y algo más, se creyó obligado don Santiago Núñez a decírselo a la señora marquesa, y se lo dijo en una carta escrita a pulso y con reglero..., porque «a todo señor, todo honor».

Y la marquesa, aunque algo contrariada por la noticia, sin apurarse gran cosa por la dificultad, arrojó la carta sobre el escritorio; volvió a llamar, acudió el mismo criadito de antes, y le dijo levantándose:

—La berlina en seguida.

Mientras se la preparaban, volvió a su gabinete y llamó a su doncella para que la vistiera para salir.