XII
Sobre este apreciable matrimonio apenas se veía la huella del tiempo corrido desde que el lector le conoció, con motivo de una visita que le hizo la marquesa de Montálvez. Un poco más enjuto y encanecido don Santiago, y menos entregada a su vicio calcetero la indestructible y petrificada doña Ramona. En todo lo restante, lo mismo que siempre: los mismos entretenimientos, las mismas costumbres y hasta los mismos muebles en el despacho del antiguo droguero... y las mismas alternativas reumáticas, aunque algo más acentuadas de gotosas cada vez, en la misma simpática persona; en el cual despacho acababan de desayunarse marido y mujer en el momento en que vuelvo a poner al lector en su presencia.
La noche antes había llegado Ángel a casa más desasosegado y distraído que de costumbre: cenó poco, habló menos y sin venir al caso; tan pronto sonreía como se le nublaba el gesto y se estremecía todo... Y así se fue a la cama.
De eso estaban hablando cabalmente su padre y su madre todavía, cuando se les presentó Ángel muy risueño, pero no muy tranquilo, a juzgar por ciertas señales. El tal mozo era la alegría de la casa, y no hay para qué decir cómo fue recibida allí su sonrisa, después de los extraños celajes de la noche anterior. Pero extraña era también, en las costumbres domésticas de Ángel, la visita al despacho de su padre a aquellas horas; y en ello convinieron don Santiago y su mujer con una mirada que cambiaron entre los dos, y que al propio tiempo quería decir: «¿qué diablos le pasará a este chico?»
Y el chico comenzó a dar cuenta de lo que le pasaba, poniendo en manos de su madre después de estamparla un beso en la frente, como lo tenía por costumbre, y de recibir otro en cada mejilla, el retrato de Luz.
—Vea usted eso—dijo con voz temblorosa y sonriendo al entregárselo.
La Esfinge tomó la tarjeta, púsola a conveniente luz, y clavó en el retrato la vista a través de sus anteojos, con una fijeza tan inalterable y dura, que Ángel hubiera jurado que le hacía daño en el pecho y que por eso latía su corazón tan desacompasadamente.
Don Santiago, vencido por la impaciencia, levantose del sillón, y por encima del hombro de su mujer se puso a contemplar también el retrato. Y así se estuvieron un par de minutos sin decir palabra: la Esfinge, con su ceño indescifrable; su marido, con la boca desplegada y los ojos muy abiertos, y Ángel mirando al uno y a la otra, temblándole las piernas y con el corazón dale que dale.
Al fin se movió doña Ramona para alejar un poco más la fotografía; y, sin dejar de contemplarla, exclamó con un entusiasmo que no era de esperar en ella:
—¡Dios mío, qué criatura más angelical!
—¡De verdad es primorosa!—dijo don Santiago cogiendo la tarjeta y acercándose al balcón para examinar el retrato más a su gusto.
—¡Y qué humildemente vestida y peinada está!—añadió la Esfinge al soltar de su mano la tarjeta.
—¡Y qué dulzura de semblante y qué mirar de Niño-Dios!—dijo don Santiago desde el hueco donde estaba embutido ya.
Ángel sintió en su pecho cuatro porrazos seguidos y tremendos, uno por cada exclamación, que le retumbaron en la cabeza. Pero aquellos golpes no le dolían ni le incomodaban.
—Corriente—dijo en seguida su madre, mirando al extasiado mozo, y como si respondiera a las palabras de él cuando la entregó el retrato—; y ¿qué significa... esto?
Entonces Ángel se sentó a su lado; y con muchas zalamerías, convirtiendo con gracia y con habilidad el tema de la media naranja, tan repetido en su casa, en disculpa y germen de todo lo sucedido después, comenzó la historia de ello; pero desde muy atrás: desde el punto y hora en que conoció a Luz a la puerta de las Calatravas, callándose discretamente apellidos y seriales para que no saliera lo tapado antes del momento en que debía salir.
Ya estaban los padres de Ángel enterados de casi todo lo que deseaban saber: por qué trasnochaba; por qué se vestía con tanto esmero; por qué andaba como desvaído a veces, y a veces hecho un cascabel, y hasta sabían por qué había llegado a casa la noche antes tan atolondrado y nervioso. Y no sólo lo sabían, sino que lo aprobaron y aun lo aplaudieron.
Corriente; pero ¿a qué puertas había ido a llamar Ángel? ¿Quién era ella?
Y Ángel, que no tenía motivos racionales para callarlo ya, lo dijo hasta con entusiasmo.
La Esfinge dejó caer de sus manos la media que había cogido para entretenerse mientras hablaba Ángel, y don Santiago, que, aunque, vuelto a su sillón, todavía lanzaba ojeadas al retrato de Luz colocado sobre la mesa, volvió la mirada, mirada de angustia y desconsuelo, hacia su mujer, cuyo rostro daba frío, pero frío de tumbas y de subterráneos.
—¡Hijo mío!—exclamó llevándose las manos de esqueleto entrelazadas hasta cerca de su boca—, si lo que nos has descubierto es la verdad; si la quieres como nos aseguras, más te valiera no haber nacido; y ya que naciste, más nos valiera a todos que te hubieras muerto sin penas, a la edad en que se llevó Dios a tus hermanos.
Ángel pensó entonces que la luz del sol se apagaba para él, y que la tierra se hundía bajo sus plantas. Contaba con que su madre había de poner tachas a Luz tan pronto como conociera de qué tronco procedía, porque las tachas de este linaje eran la manía de la obcecada señora; pero en aquellas palabras, en aquella actitud, en la angustia bien visible de su padre, había mucho más que un resabio que se vence con la reflexión y la fuerza del cariño: había escollos infranqueables, simas negras en que ya se vela precipitado el pobre chico con la carga dulcísima de sus primaverales ilusiones. El instinto de la vida, porque lo contrario era su muerte, le dio alientos para asomar los ojos al abismo y medir con la mirada su verdadera profundidad. Pidió a su madre la razón de sus palabras, tan preñadas de obstáculos desconocidos para él, y su madre, más justiciera que compasiva, ahondó el abismo clavando a la marquesa de Montálvez en la picota de su indignación y acribillándola allí con una granizada de crueles vituperios.
Quedábale al hijo el pobre recurso de atenuar la gravedad de los cargos con la supuesta propensión de su madre a pensar mal de ciertas señoras, y eso trató de hacer; y como también contaba con el amparo de su padre, a él volvió los ojos suplicantes, mientras hablaba lo poco que se le ocurría.
Y el padre, aunque no estaba menos angustiado que su hijo, también tuvo una nueva puerta que cerrarle y un nuevo clavo que hundir en su corazón.
—No, no es eso que tu crees, hijo mío. ¡Ojalá lo fuera! Tu madre, desgraciadamente, no habla ahora sin muy graves fundamentos. Yo no iré, sin embargo, en ciertas cosas, tan lejos como va ella; pero estamos enteramente conformes en cuanto a lo principal, que es muy grave; tanto, que necesitas conocerlo, y lo vas a conocer sin tardanza, por mucho que te duela oírlo y a mí me aflija el contártelo.
Y aquí comenzó el buen hombre a referir cosas que dejaban espantado al pobre mozo, no sólo por lo que de espantable llevaban las cosas en sí mismas, sino también por oírlo de unos labios de los cuales había esperado él, no heridas nuevas, sino bálsamo para curar las que le habían hecho las palabras de su madre.
—Pero esas noticias—dijo con voz poco segura Ángel, resuelto a defender uno a uno todos los portillos de su arruinada fortaleza—, pueden ser inexactas..., lo serán indudablemente. Yo sé cómo se vive en casa de esa señora: allí no hay rasgos ni vestigios de esas enormidades que usted me ha referido; se hace una vida sosegada y metódica, una verdadera vida de familia..., se reza.
—Sí—clamó entonces la voz lúgubre de la Esfinge—: también el diablo, harto de carne, se metió a fraile; pero diablo fue siempre.
—Se rezará, no lo dudo—dijo don Santiago interrumpiendo a su mujer—, y se hará la vida ejemplar que tú has visto, hijo mío; pero lo hecho, hecho está, y la obra del demonio a la vista queda para escándalo de las gentes honradas, aunque la pecadora se vuelva a Dios cuando ya no sirve para el mundo. Con todo, entiéndelo bien, yo no te culpo ni te acrimino: eres mozo sin experiencia, y te enamoraste a los primeros pasos que diste fuera de tu hogar: no es extraño que hayas sido y todavía seas ciego y sordo, y que no veas ni oigas lo que tanto suena y has tenido delante de los ojos. Yo también dudé al principio, porque conocía a esa señora..., la conocí aquí mismo, ahí donde estás tú sentado; y aunque la vi derrochadora, no la creí capaz de otros pecados más feos. Tuve varios negocios con ella, y éstos me obligaron a visitarla en su casa muchas veces; y en su casa andaba una víbora de las que muerden el seno que las ha dado calor: un mayordomo que, según informes que después adquirí, había perdido la confianza de su señora, con grandes motivos para ello. Este mayordomo, nada conforme con que la marquesa tratara directamente conmigo negocios que antes arreglaba él a su gusto con usureros, para estafarla entre todos, fingiendo llorarme lástimas de ella como para interesarme más, pero con bien contrarias intenciones, me fue imponiendo minuciosamente de los percances más gordos de su azarosa vida. Ya era administrador y mayordomo de la casa cuando nació la marquesa: ¡figúrate si, estaría bien enterado! Sin embargo, me resistía a creerle; pero como me importaba salir de dudas, por la índole misma de los negocios que traíamos entre manos esa señora y yo, acudí a otras fuentes; y bien pronto me convencí de que el pícaro administrador todavía se había quedado corto en sus informes. Tan sonada era en Madrid la fama de la marquesa, que todos los informantes se extrañaban de que no la conociera yo. ¿Qué había de conocer metido en estos rincones, tan apartados del bullicio de las gentonas como del otro mundo! Lo del banquero, lo sabía; es decir, sabía que era un bribón y que se había largado de la noche a la mañana temiendo que le desollaran vivo en la Puerta del Sol; pero ¿qué me importaba a mí si era casado o soltero, ni cómo recordar el título con que se pavoneaba últimamente, si es que alguna vez le oí pronunciar, que lo dudo? En cuanto a lo del señor de Guzmán, ¿cómo sospecharlo siquiera? Una vez me la recomendó como persona de responsabilidad y amiga suya; pero ¿qué había en esto de particular ni de sospechoso, sobre todo después de haber observado que los informes eran exactos, porque la marquesa ha ido cumpliendo fielmente todos sus compromisos conmigo? ¿Qué me tocaba a mí hacer, aun después de descubierto el potaje, sino mostrarme ignorante con la marquesa y seguir tratando con ella siempre que lo ha necesitado, por respeto al señor de Guzmán, a quien tampoco he dicho una palabra? Tu madre y yo hemos hablado muchas veces aquí de esos fregados; pero no eran asunto que debía quitarme el sueño, ni cosa de llamarte a ti para que te fueras enterando... ¡Ojalá lo hubiéramos hecho!... Y he aquí, hijo mío, por qué no te culpo de lo que te pasa, y las razones que tengo para apoyar a tu madre en lo que te ha dicho.
El pobre Ángel tenía la cabeza hecha un laberinto de fuego y de visiones diabólicas; pero entre todo y sobre todo lo que se revolvía y abrasaba, alzábase flotante y como la esperanza de un celestial consuelo, la imagen de Luz; de Luz, que no estaba, que no podía estar manchada con el fango de aquel lodazal en que había nacido. ¿Qué justicia, qué ley autorizaría la infamia de castigar en un ángel las culpas de una mujer pecadora!
Y en este sentido y con toda la energía de su alma dolorida, habló a su padre, porque nada esperaba de la inclemente rigidez de su madre.
Don Santiago, más compasivo, le respondió, descubriendo en su voz y en sus miradas la honda pesadumbre que le afligía:
—Yo tampoco soy de los que creen que los vicios se heredan como las enfermedades, ni de los que tienen por justo que paguen los hijos inocentes las faltas cometidas por sus padres; pero se dan casos a menudo en que se teme lo peor, como si fuera lo probable, y la necesidad se impone con su fuerza de consideraciones y respetos humanos, y obliga a proceder ajustándose más a las leyes del mundo que a los mandatos del corazón. Porque así somos, hijo mío, y por nuestra culpa..., porque nuestras son las leyes que nos amarran a los escrúpulos de los demás. Cierto que las hacemos y las promulgamos con el piadoso fin de molestar al prójimo; pero hechas quedan y a las barbas nos saltan en cuanto los delincuentes somos nosotros. Y nada más justo.
—Bien está eso—interrumpió Ángel, que no podía con el martirio de sus impaciencias—; pero en el caso mío...
—A él iba sin parar—contestó su padre, saliéndole al encuentro—. El caso tuyo...
—El caso tuyo—dijo la tremenda voz de la Esfinge, haciendo callar a la de su marido—es de los que reclaman todo el valor que cabe en el corazón de un mozo de vergüenza para irle olvidando, porque no tienen otro remedio.
—El caso tuyo—insistió don Santiago, queriendo atenuar el efecto causado en el hijo por las durezas de la madre—, no es para resuelto en cuatro palabras en un momento de fiebre como la que te abrasa ahora, hijo mío, de pies a cabeza: es para meditado en frío y con calma..., cómo le has de meditar tú seguramente, tomando los puntos donde deben tomarse: no en las alturas de la pasión, sino abajo, abajo en este pícaro suelo que se pisa, y entre la gente con quien uno se codea en cuanto sale de casa.
—Pero ¿cómo!, ¿cómo!—preguntó Ángel, anhelando llegar cuanto antes a lo desembarazado y concreto.
—A eso vamos, hijo, a eso vamos—le repitió suavemente su padre—. Déjate de andar a vueltas con lo de que si el mundo es justo o es injusto en esto o en lo otro; o si las madres pecadoras por aquí, y si las hijas inocentes por allá, y considera lisa y llanamente lo que a ti te pasa. Hay una joven que no tiene pero en lo tocante a ella misma: es muy guapa, muy recogida, muy bien educada..., una santa de Dios, vamos. De esta joven te enamoras tú, y ella se enamora de ti. Deseáis casaros, y resulta, en primer lugar, que no es hija de su padre..., quiero decir...
—Tiene derecho perfecto al apellido que usa.
—Por la ley, pero no por la naturaleza; y esto lo sabe todo Madrid, el Madrid que bulle en lo alto, y habla recio y escribe, y es oído y leído, y murmura y desuella al sursumcorda, y da y quita reputaciones a su antojo. La madre que hizo esa fechoría tuvo por marido, es decir, por padre legal de la novia, a un estafador, huido de su patria después por temor a la justicia; y esto lo sabe también ese Madrid que murmura y alborota; la misma mujer, que fue desleal, infiel, antes de casada, continuó siendo esposa adúltera; y cuando enviudó, no tuvo el diablo por dónde desecharla. Y eso también es público en el Madrid que hace y deshace reputaciones... ¿Te vas enterando?
—Adelante—dijo el pobre mozo con heroica resolución, medio tragado ya por la boca del negro abismo.
—Pues bueno—añadió su padre espantado de que tuviera que ser él quien le empujara para arrojarle hasta el fondo—: a pesar de todos estos inconvenientes, te decides a casarte porque Luz es una santa, según hemos convenido. Luz, por hermosa y por hija de su madre, es muy visible en el mundo, en el Madrid que murmura y despelleja, y te la tomas del brazo para entrar con ella en ese paraíso que habéis soñado los dos... Mira, Ángel, será injusto, será inicuo, todo lo que tú quieras; pero es la pura verdad que ese Madrid maldiciente y sinvergüenza; ese Madrid que acaso tiene la culpa de que la marquesa de Montálvez no sea una mujer sin tacha, arroja sobre su hija, y como regalo de boda, todos los escándalos de la madre, y, por consiguiente, sobre su marido, sobre ti, que eres un hombre de bien (y, por serlo, vas por donde vas y con quien vas), todos los sambenitos de tu mujer, entre algazara y chacota. Ahora bien: por grande que sea tu obcecación; por hermoso que se te pinte en los ojos lo que hay del lado de allá de la puerta, ¿te atreverás a entrar por ella con tal fardo de ignominias a la espalda? Esto es lo que has de meditar, hijo mío, con la cabeza fría y el corazón sosegado.
Ángel no quiso oír más ni añadir una palabra. ¡Tan honda y tan negra le iba pareciendo la sima! La Esfinge, implacable, trató de ennegrecerla y ahondarla todavía más. Su marido se lo impidió con una mirada que tuvo toda la fuerza de un discurso para su corazón de madre. Ángel se levantó aturdido y mudo para retirarse de allí, y al mismo tiempo extendió el brazo para recoger el retrato de Luz, que estaba sobre la mesa.
—Tómale, hijo mío—le dijo su padre adivinándole la intención y apoderándose de la tarjeta antes que él—. Pero aguarda un poco. (Don Santiago volvió a contemplar el retrato.) Sí..., ¡clavada!... Bien decía yo antes para mí: «¿a quién que yo conozco se parece esta cara?» ¡Claro!, ¿a quién había de parecerse?... ¡Si me asombra que por este rastro, y sabiendo lo que ya sabía, no hubiera yo dado en el quid antes que tú me le descubrieras!...
—Esos parecidos—dijo la Esfinge—son el sello que pone la mano de Dios en las obras del demonio, como esa desdichada criatura, para aviso de las gentes honradas...
—¡Mujer!...
—Para que duela lo digo, Santiago, para que duela..., porque esa clase de heridas no se curan con bálsamos dulces: se curan a fuego, entre martirios como el que estoy padeciendo yo viendo al hijo de mis entrañas, al regalo de mis ojos, entre las uñas de Satanás. ¿Merecía él ese destino? ¿Le hemos criado tú y yo para eso?
—No, mujer, no—díjola don Santiago en santa calma—; pero a un solo fin se puede ir por diversos caminos... Déjame por donde voy ahora, que yo sé que no voy mal y que he de llegar antes y mejor que por donde tú quieres que vaya.
Luego, volviéndose a Ángel, que continuaba mudo y cada vez más aturdido, dijole entregándole el retrato:
—Tómale, hijo, ya que le deseas..., como es natural; pero procura no tenerle delante cuando medites sobre lo que te he dicho, para resolver lo que te conviene.
Ángel recogió la tarjeta, y salió, con ella en la mano, del despacho de su padre; y es cosa averiguada que en cuanto se vio solo y encerrado en su gabinete, desahogó las fatigas de su pecho regando con lágrimas ardientes y devorando a besos resonantes aquella imagen fidelísima de la más hechicera «obra del demonio».
XIII
Y mientras besaba el retrato y le mojaba con lágrimas, el pobre chico pensaba..., ¿en qué había de pensar sino en la desdichada semejanza de su conflicto con el conflicto de la novela que había intentado escribir él? ¿Quién le hubiera dicho cuando se perdía en la maraña de aquella ficción; cuando exponía las dificultades a la marquesa (que debieron de saberla a rejalgar), y a la inocente Luz, que le oía embelesada; cuando, ¡mil veces necio, y estúpido y mentecato!, apuraba la materia delante de ellas, por la pueril vanidad de encarecer el valor de la obra de su ingenio, que había de ser él, el propio Ángel Núñez, vivo y efectivo, quien tuviera que resolver el problema, no como novelista, sino como persona comprometida en un lance verdadero, exactamente igual al lance de su novela?
¡Resolver el conflicto! Pero, después de bien mirado el caso, ¿dónde estaba el conflicto? El conflicto existe cuando el ánimo no ve salida clara para la angustia que le acongoja; pero en el caso de él no cabían dudas ni vacilaciones, porque había una puerta franca y expedita, nada más que una, una sola: la única que podía haber. ¿Cómo no vio el torpe novelista lo que tan palpable debió estar delante de sus ojos? Ella y nada más que ella, con ella y para ella por todos los días de la vida. Eso era el deber, eso el honor y eso la felicidad.
Y Ángel, discurriendo de esta suerte, beso va y lágrima viene sobre el retrato de Luz. Así pasó muy largo rato y desahogó lo más negro y lo más amargo, de sus penas. Eran las primeras que tenía en su vida, y además muy dolorosas y profundas. Hay que hacer justicia al pobre chico.
Cuando se halló más desahogado y tranquilo, guardó el retrato donde solía y comenzó a pasear a lo largo de su gabinete y a reflexionar como su padre deseaba, «con la cabeza fría y el corazón sosegado». Porque Ángel se consideraba ya en aquellos instantes con el juicio y la sangre en su ordinario nivel.
Después de orear un poquito más todavía el meollo por este procedimiento de exploraciones generales alrededor del abismo, que ya no le asustaba tanto como antes:
—Veamos ahora—se dijo—las cosas a su verdadera luz, y ajustemos la cuenta partida por partida y como deben ajustarse todas las cuentas en casos de mucho apuro, como este. En primer lugar, los informes que le han dado a mi padre sobre la marquesa, pueden muy bien no ser exactos: no lo son; desde luego lo afirmo; y lo afirmo porque la verdad se desfigura, y siempre en mal sentido, a medida que va pasando de boca en boca. Eran, pues, ya exagerados los informes cuando mi padre los adquirió. Mi padre me los transmitió a mí bajo una mala impresión y teniendo gran interés en que me causaran el peor efecto posible; luego es indudable que mi padre exageró mucho y por su propia cuenta lo que había recibido muy exagerado ya. Esto es la evidencia misma.
Pero resulta de estos mismos informes que hay un milagro entre los muchos que le cuelgan a la marquesa, en el cual no caben ni el más ni el menos, porque, por su propia índole, tiene que verse y que sonar lo mismo a todas luces y en todas las bocas: el lío de la semejanza de Luz y del amigo de su madre; es decir, la causa de este parecido con todas sus concausas y accidentes. ¿Es verdad lo que sobre todo ello se asegura? ¿Cómo se prueba que lo sea, ni con qué derecho se intenta probarlo? ¿Adónde iríamos a parar si bastara un indicio como ese, que puede ser obra de la casualidad, para que sea meritorio poner en pleito el honor de un matrimonio y de toda una familia? Puede, por consiguiente, en justicia y en conciencia, negarse el hecho nefando, y yo le niego.
Otra mácula que ya está más a la vista y no puede negarse: que el padre legal de Luz fue un banquero tramposo que huyó de Madrid por temor de que le despellejaran en la calle. ¡Válgame Dios con los pudibundos y asombradizos! ¡No parece sino que el señor don Mauricio Ibáñez ha sido el único ricacho tramposo y estafador! ¿Pues no hemos convenido, tiempo hace, y cansado estoy de oírlo y de leerlo, con ser tan mozo como soy, en que andan por esas calles de Dios docenas de acaudalados personajes con títulos y condecoraciones, influyentes poderosos, que debieran estar en presidio arrastrando una cadena? ¿No se citan sus nombres y se les apunta con el dedo, y, sin embargo, viven y triunfan y hasta regatean el saludo a los hombres de bien, porque se consideran a mayor altura que ellos, en virtud de que así se lo hace creer, con sus acatamientos, e incensadas, el mismo público que desde lejos y en voz baja los condena a presidio con grillete? Y estos ladrones consentidos y acatados, ¿no tienen mujer con historia negra, e hijas con parecidos extraños? Y estas hijas, sin ser santas ni servir ninguna de ellas para descalzar a mi inocente Luz, ¿no se ven bien codiciadas de los guapos mozos, y a sabiendas, y no se casan sin que las gentes se escandalicen ni se junte el cielo con la tierra? Pues mi caso y el de Luz no llegaría, ni con cien leguas, al menos cenagoso de estos casos.
Las restantes máculas de la marquesa, ¿por qué no han de ser, no ya exageraciones, sino imposturas de las gentes? ¿No acaba mi padre de afirmar, con el piadoso fin de intimidarme, que hay un Madrid que hace y deshace famas y reputaciones? Y ¿qué sabe el inexperto señor si en el presente caso se ha deshecho con calumnias lo que estaba bien hecho con virtudes? Si tan notorios han sido los pecados de la marquesa, ¿cómo no he dado yo con algún rastro de ellos en su casa? ¿Cómo la frecuentan personas tan distinguidas y juiciosas, y se juzgan muy honradas con el trato y la amistad de la abominable pecadora? No tienen, pues, estos hechos todo el fundamento que necesitan para ser creídos; pueden negarse..., los niego en absoluto.
Y ahora veamos el supuesto conflicto mío por otra cara. Cierto que, decidido yo a casarme por cálculo y a sangre fría, al echarme a la calle en busca de mujer, no hubiera trepado a las alturas del «gran mundo», ni elegido entre las que tienen madres de las que pueda decirse lo que se dice de la madre de Luz; pero aquí han pasado las cosas muy de otro modo: yo no he salido de mi casa para olfatear una novia por esas calles de Dios. Luz y yo nos encontramos por obra de una casualidad, o porque estaba decretado así...; creo que fue porque estaba decretado. El hecho es que nos encontramos, que nos comprendimos y que nos amamos, y que Luz, que me había deslumbrado por hermosa, acabó de enloquecerme por buena, por inocente..., por santa. Resulta ahora que esta Luz sin tacha es hija de una madre llena de pecados, y que aunque la hija los ignora y es incapaz de cometer otros semejantes, yo debo renunciar a ella por los que su madre ha cometido. Ésta es la teoría de mi padre, fundada en una ley que, según parece, rige en el mundo entre las gentes que se creen honradas.
Pues supongamos que yo llego a considerarme obligado también a acatarla, y que, en virtud de ello, me decido a apartarme de Luz y a romper todo trato con ella, precisamente cuando está aguardando a que yo le señale la hora de estrechar todavía más el que tenemos. Para poner en práctica esta resolución, se necesita, o que comience yo por no volverla a ver desde ahora, o que invente un pretexto rebuscado, o que la descubra toda la verdad. Con lo primero, la daría una puñalada a obscuras y a traición; con lo último, se moriría de espanto y de vergüenza. De todas suertes la mataba. Pero, aunque no la matase, ¿no sería cualquiera de estos procederes míos cien veces más vil y más odioso que todos los pecados juntos de la marquesa, suponiéndolos ciertos y comprobados? ¡Y mi padre, tan honrado y tan bueno, no lo ve así! ¿En quién estará la ceguera?... En él, en él solo, que no ha meditado el caso «en frío y con calma», como quiere que yo lo medite y como, ya lo estoy meditando... También él le meditará así, y entonces estaremos de acuerdo los dos. ¿Pues no hemos de estarlo! Mi madre seguirá en sus trece y tocará el cielo con las manos; pero es mi madre, y todo su corazón le parece poco para quererme; es buena y compasiva en el fondo; jamás ha puesto a prueba el arraigo de esas repugnancias que son su manía; le pondrá ahora, porque se trata, de mí, y verá claro y se convencerá..., ¿pues no ha de convencerse!... Y no habrá conflicto, porque no puede haberle; y las cosas irán como y por donde iban ayer, que es como y por donde deben ir.
En esto oyó que se hablaba recio en el despacho de su padre. Entreabrió la puerta de su gabinete y escuchó. Su madre quería llevar las cosas a sangre y fuego; tenía a pecado imperdonable las blanduras y contemplaciones de su marido. «Cortar, cortar por lo sano, antes que la gangrena lo inficione todo.» Don Santiago la recordaba su obligación de ser clemente con su hijo, sin dejar por eso de ser madre celosa y justa: llevando las resistencias tan a punta de lanza, hasta podía enfermar el pobre chico con la batalla que traía en la cabeza.
Se sonrió un poco Ángel oyendo esto, porque consideró lo ridículo que estaría él si las circunstancias le obligaran a hacer el papel de niño mimoso contrariado. Al mismo tiempo cerró la puerta, porque aquellas durezas de su madre, mal de su grado, ahondaban demasiado en el abismo que él tenía ya a medio llenar.
Volvió a pasear por su cuarto y a meditar, pero sobre otro tema diferente.—¿Qué le tocaba hacer a él por de pronto? Porque, aun suponiendo que la gran dificultad se resolviera a su gusto, esa labor no era de pocos días, y Ángel había dejado su negocio con Luz pendiente de una decisión que debía comunicarla al otro día, que ya era hoy para él. Fue demasiado optimista en medio de su fiebre amorosa, no previendo algo siquiera de lo que estaba ocurriéndole; pero, ocurrido ya, ¿qué podría decirle a Luz sin que ella le leyera sus disgustos en la cara, ni presumiera tropiezos que la indujeran a descubrir otros mayores? No había que pensar en acercarse a ella mientras los horizontes de sus ideas no se despejaran algo más. Necesitaba irse acostumbrando a verlo posible para darlo por hecho, y con esto solo ya tenía lo sobrado para estar sereno. Cuestión de aquel día, quizás del siguiente..., porque era mucho lo que confiaba en su padre. Entre tanto, disculparía su ausencia de casa de Luz advirtiéndola que estaba ligeramente enfermo, muy constipado: esa era la disculpa usual y corriente para todos los que deben y no quieren o no pueden ir a alguna parte.
Mas no le bastaba con esto: sus cálculos estaban bien formados; pero eran cálculos al fin, que podían fallar, contra tantas probabilidades de que no fallaran: su situación, por consiguiente, era grave, gravísima; y lo probaba, además, aquella tirantez de espíritu en que él vivía, aquella opresión de su pecho, aquel nudo de su garganta que le parecía el manantial de donde fluían las lágrimas que le brotaban de los ojos en cuanto los ponía en la imagen de Luz, o el pensamiento en que pudiera perderla para siempre; y por ser tan grave la situación, no era para arrostrada por él, a solas con su inexperiencia y cargado de pesadumbres. Necesitaba auxilios y consejos. Pero ¿dónde hallarlos? Sus pocos amigos eran tan inexpertos como él, además de que él no había de profanar tan santas penas confiándolas a chicuelos presuntuosos. Se acordó de Guzmán, que ya estaba en autos; pero después de lo que había sabido, ¿con qué cara iba él a aquel señor con tales coplas! Porque Ángel, al hablar de su pleito, tenía que exponerle con todos sus pelos y señales, y hasta se prometía, jugando bien este recodo, ganar informes exactos sobre la conducta pasada de la marquesa. De modo que su confidente, tras de conocerla mucho, no debía estar ligado a ella por vínculos que quitaran prestigio a sus dictámenes ni los hicieran sospechosos.
Y he aquí el camino por donde Ángel fue a parar con el pensamiento a Leticia. Leticia, en opinión de Ángel, era «una gran señora», de mucho entendimiento, y amiga y contemporánea de la marquesa; se interesaba vivamente por la suerte de Luz, y parecía quererle mucho; a él, a Ángel, no se diga..., hasta vergüenza le daba no haber correspondido, con una triste visita siquiera, al cariñoso empeño con que ella se las pedía cada vez y donde quiera que le encontraba... Cabalmente la víspera, yendo él por la Carrera de San jerónimo hacia el Prado, subía ella en carruaje. Pues se detuvo cuando Ángel la saludó, y hablaron allí largo rato... y sobre Luz la mayor parte del tiempo, por saber ella lo que este tema le gustaba a él. De modo que tenía muchísima razón la buena señora cuando, al despedirse y después de haberle ofrecido de nuevo su casa, le llamó, con una sonrisita y un ademán muy maliciosos, «¡ingrato!» ¿Quién, pues, como Leticia, para oírle con cariño, informarle sin pasión y aconsejarle con acierto?
En estas y otras tales, ya llegó la hora de comer, y Ángel tuvo que sentarse a la mesa. Comió poco y no habló nada, porque tampoco le hablaron a él. Por la tardé se vistió con gran esmero, y salió decidido a visitar a la amable señora para confiarla sus cuitas.
Y andando, andando, cuanto más andaba más remolón se iba haciendo; porque según oreaba los propósitos con el aire de la calle, menos cuerdos le parecían. No era tan urgente el caso que no le diera un respiro de veinticuatro horas; y en veinticuatro horas podía cambiar de aspecto un conflicto como el suyo, y hacer inútil la consulta que él iba a hacer: y había una noche entera y larga de por medio; y una noche así daba para todo: para que le hablaran en su casa o para hablar él a los demás; y si nada de esto sucedía, para engolfarse en un mar de pensamientos un hombre que no duerme.
No hizo la visita, y la aplazó para el día siguiente, si la conceptuaba necesaria. Al anochecer mandó a Luz dos carillas de renglones llenos de dulzuras, para enterarla de que estaba constipado.
Después se fue a casa. En la cual nada ocurrió para bien ni para mal de su pleito: nada le dijeron; nada dijo tampoco. ¿A quién le tocaba sacar la conversación, y quién huía más de ella?
A la hora acostumbrada se acostó; pensó un poco en lo que Luz pensaría de su constipado, y, ¡cosa rara!, se durmió como un bendito... hasta el amanecer.
El despertar fue terrible, ¡eso sí!... Todo lo ganado antes del sueño en una batalla de muchas horas contra las negras ideas, se pierde en un instante al despertar. Esto lo saben todos los hombres que han tenido tempestades en la cabeza. Ángel, que era uno de éstos, se halló entre sus manos las ruinas del edificio que había construido con amargos sudores antes de dormirse. En reconstruirle se le pasó la mañana. Y gracias que lo consiguió; porque no todos lo consiguen.
A la hora de comer, tampoco adelantó un paso su negocio; y en ciertas situaciones de la vida, no adelantar equivale a retroceder. Había que hacer la visita.
A media tarde se vistió, aún con mayores atildaduras que el día antes.
¡A casa de su buena amiga sin parar!
XIV
Llegó sereno, llamó con brío, preguntó lo que es de costumbre; y sin aguardar la respuesta, para ganar tiempo y economizar trámites, dio su nombre y apellido antes que se los pidieran. Como si sonaran allí a muy conocidos, abriéronle la puerta de par en par; rogáronle que entrara; le condujeron a un salón que estaba enfrente, y le pidieron el favor de que aguardara unos instantes.
El tal salón era un completo museo de riquezas de buen gusto; pero Ángel no tenía los suyos en disposición de entretenerse contemplando aquellas pompas de la vanidad mundana. Miraba sin ver lo que tenía delante de los ojos, y sólo estaba atento a los minutos que corrían sin que saliera la señora cuyos pareceres iba buscando él allí; porque hasta temía que con una larga espera en tan extraño lugar se le fueran entibiando los propósitos y acobardando los bríos.
Y minuto tras minuto, corrió más de media hora hasta que llegó, no Leticia, sino una doncella para rogar al guapo mozo que la siguiera a donde su señora tendría el gusto de recibirle.
Siguiola Ángel muy complacido en que de cualquier modo se pusiera término a sus impaciencias; y atravesando salas y pasadizos, detuviéronse ante una puerta medio oculta entre, los paños de un doble cortinaje, quiero decir uno por dentro y otro por fuera. Recogió más una de las mitades de éste la doncella, y apareció Leticia haciendo lo mismo por la parte de adentro. Avanzó Ángel, muy cortés, entre las elegantes angosturas del boquete, y en cuanto pasó al otro lado se corrieron de nuevo las cortinas, y hasta oyó que se cerraba la puerta.
Se quedó muy sorprendido delante de Leticia: parecía una sultana; y esta idea se la sugirió al gallardo visitante, no tan sólo el tipo de la visitada, que adquiría mayor acento oriental con la caprichosa y rica bata que vestía y el estilo de todos sus restantes ornamentos, sino también el lugar en que se hallaba: un salón con anchos divanes, grandes cojines, maderas olorosas, alfombras turcas, cueros marroquíes, espejos venecianos, bronces desnudos, tibores japoneses y ¡qué sé yo! Aquello era un harén preparado al gusto europeo: sólo faltaban los pebeteros y las pipas de largos tubos de seda; y así y todo, trascendía el aposento, a molicie africana.
Leticia condujo a uno de los divanes al sorprendido mancebo, que también tenía mucho de oriental entonces con lo lánguido y ojeroso que le habían dejado sus pesadumbres, y se sentó a su lado. Casualidad sería; pero al sentarse quedó fuera de la fimbria de su bata medio piececito primorosamente calzado con una babucha de raso, muy escotada, sobre una media de seda azul con rayas blancas.
Hubo en seguida lo de «yo no debía recibirle a usted, porque es usted un ingrato», y lo de «usted me estima en mucho más de lo que yo merezco»; «usted no viene aquí por tal y cual cosa»; «pues sepa usted que no he venido sino por esto y por lo otro»; «que sí», «que no», etcétera, etc.; porque, mutatis mutandis, en estos preludios de visita siempre se dice lo mismo y no se adelanta un paso, por más que muden los tiempos y se ilustren los actores. Pero, en fin, hablando, hablando, Ángel sorteó con habilidad los estorbos de la introducción, y llegó lo antes que pudo al tema de sus angustias.
Tardó bastante, pero lo expuso bien, sin ocultar un ápice de cuanto sabía. De todo habló, unas veces conmovido y otras veces animoso, pero siempre con buen arte; y Leticia, mientras le estaba oyendo, parecía devorarle con los ojos. Tanto le interesaba la relación.
—Y bien—le dijo, muy cariñosa, cuando ésta fue acabada—, ¿qué me toca hacer a mí en ese triste proceso? ¿De qué modo puedo yo tener la suerte de hacer algo por la causa de usted?
—Por de pronto—respondió Ángel—, diciéndome (porque usted debe saberlo, o no lo sabe nadie) qué hay de cierto en lo que se refiere de la marquesa de Montálvez; si es o no tan... pecadora como se la pinta.
Leticia bajó algo la cabeza, sin dejar de sonreírse, y se rascó un poquitín la sien derecha con un dedo, muy mono por cierto. Después se enderezó; y mirando valientemente a los ojos mismos, grandes, negros y melancólicos, de su interlocutor, respondiole:
—En eso de rumores públicos, ¡es tan difícil saber a qué atenerse! ¡Se abusa tanto de ellos!... A Cristo le crucificaron, conque figúrese usted.
Y Ángel tuvo que sonreírse, porque a ello le obligaron esta salida y la singular expresión de que fue acompañada.
—No es broma, aunque lo parezca—añadió Leticia—. Las gentes son así: por natural inclinación, muy malas; y el resobado símil de la bola de nieve, es la pura verdad a cada hora del día. No afirmaré que mi amiga sea una santa; ¿quién lo es ya hoy, tal y como van las cosas en el mundo! Pero entre no ser santa y lo que de ella se dice... El caso de Guzmán, por ejemplo..., ¿en qué le fundan? En amistades íntimas del tiempo de las mocedades de los dos, ¡como si Guzmán no hubiera sido antes amigo de otras mujeres!, y en cierta semejanza de fisonomía, que yo no veo, entre Luz y él, y que, aunque exista, nada resuelve... Luz se parece a Guzmán por una casualidad, como pudo parecerse al Nuncio. ¿Y también en este caso íbamos a suponer...? ¡Pues decente estaría! En fin, que lo de Guzmán puede ser y puede no ser. Yo creo que no lo es. Lo de su marido... ¿Le eligió ella, por ventura? ¿No se le impusieron? Y ¿en qué se diferencia ese pobre hombre, tan difamado, de otros muchos ladrones muy respetables que yo conozco? Pues únicamente en que fue más torpe que éstos en el oficio de robar. De modo que, a juzgar por lo que se ve en estos y otros varios ejemplos que citar pudiera, la opinión pública sólo castiga a los grandes bribones cuando no saben serlo. ¡Y a este tribunal sin conciencia ha de someter usted los honrados consejos de la suya?
—Pues eso mismo pienso yo—exclamó Ángel, enardecido con aquel dictamen tan favorable a su causa.
—Y piensa usted como un sabio—añadió Leticia—y, además, como un valiente; porque valor se necesita para seguir pensando bien entre gentes que piensan y obran tan mal.
—Y de todo lo restante que se refiere de la marquesa—dijo el impresionable mozo, más impaciente por llegar a donde deseaba cuanto más llano le ponía el camino su amable interlocutora—, ¿puede presumirse también...?
—¿Que tiene escasos fundamentos de verdad?
—Eso mismo...
—Con grandísimas razones. ¿Quién lo ha visto? ¿Quién puede certificar de ello?... Mire usted: la mayor parte de lo que se dice en ese sentido, procede de aspirantes desairados; el resto lo inventan los que ni para ese triste papel sirven. Los afortunados, cuando los hay, se guardan muy bien de decirlo; porque si los hubiera, lo publicaran, serían unos majaderos; y la marquesa tiene sobrado buen gusto para que, resuelta a perderse, se dejara caer en tales manos.
—Eso me parece a mí también.
—Y eso es lo que debe parecerle a usted, porque es de sentido común. Así sucede tan a menudo que de ciertas mujeres pecadoras todo se cuenta menos la verdad... Porque hay mujeres pecadoras, ¡y muy pecadoras, amigo mío!
—¿Quién lo duda!
—Y las hay de todos los linajes: por pasión, por temperamento, por lujo, por moda..., hasta por necesidad; pero ninguna es tan necia que publique sus propios pecados por el gusto de dar cebo a las lenguas maldicientes, y la menos aprensiva trata, por egoísmo de viciosa, de no quitar al pecado el incentivo del secreto. De igual modo tienen que proceder sus cómplices; porque si la misma causa no les indujera a ello, les obligaría, como ya le dije a usted, la necesidad de ser reservados si querían ser favorecidos. También esto es de sentido común. Hay excepciones en la regla, como en todas las demás; pero las excepciones solas no dan bastante materia, en el caso de mi amiga, para formar un proceso tan voluminoso como el que el público le ha formado a ella..., y a otras amigas suyas también. De modo que, por el precepto establecido, si en la vida de la marquesa de Montálvez hay pecados de esa especie, o son muy pocos, o no los conoce el público.
—¿Y eso es lo que debo creer?—preguntó Ángel con el ansia de todos los que temen que no sea bastante cierto lo que se les asegura.
—Pues ¿para qué se lo estoy contando?—respondiole Leticia riéndose muy de veras.—¿O piensa usted que me divierto en engañarle?
—¡Eso no!—repuso el vehemente mozo, temiendo haber dicho una impertinencia—, porque es usted demasiado buena para hallar gusto en tales entretenimientos.
—Gracias por la fineza.
—Lo digo como lo siento,... y, si no, ¿cómo la hablara yo de estas cosas?
—Es la verdad. Pues adelante.
Ya estaba resuelto aquel punto, y muy a satisfacción del interesado. Faltaba otro de mayor entidad para él; porque el primero le daba apoyos en que fundar buenas esperanzas, pero no le sacaba del atolladero en que se veía, y de esto era necesario tratar inmediatamente.
Mientras en su casa se llegaba a juzgar a la marquesa de Montálvez con el mismo criterio bondadoso con que ellos dos acababan de juzgarla, ¡que ya era esperar!, ¿qué hacía el novio de Luz? ¿Continuar acatarrado? ¿Visitarla como antes? Y en este caso, ¿la hablaba o no del punto que quedó pendiente la última vez que se habían visto? Y si la hablaba de él, ¿qué la decía? ¿Con qué mentiras la engallaba?
Estos y otros parecidos fueron los nuevos puntos sometidos por Ángel al dictamen de su experta amiga.
La cual, después de enterada, tomó de pronto una actitud enteramente distinta de las que había tomado hasta entonces; se acercó más a su embelesado interlocutor, y eso que ya estaban bien juntos, y le habló así:
—Vamos a ver eso con mucha serenidad. Lo primero que hay que hacer aquí es ponerle a usted en el peor de los casos; quiero decir, en el que llama usted peor.
—¿Y usted no?
—Allá veremos. No hay modo de convencer a sus padres de usted de que la marquesa de Montálvez no sea la mujer más perdida y más escandalosa del mundo, o se convencen de que es una señora como otra cualquiera; pero se empeñan en que basta su mala fama para que usted no deba casarse, y no se case, con su hija, lo cual es lo mismo para usted. De todos modos se oponen, y hasta le amenazan con las iras del cielo si no son obedecidos en sus píos y honrados mandatos, y usted, que es buen hijo y, aunque otra cosa piensa ahora, algo temeroso de la opinión pública, se encoge y tiembla y padece, porque no tiene resolución para atropellar los obstáculos devolviendo tesón por tesón y amenaza por amenaza... ¿No es esto?
—Cabalmente.
—Y usted padece, tiembla y se encoge, porque en la batalla se juega a Luz, que es hermosa y dulce y hasta santa, según dicen, y no se resigna usted a perder ese tesoro... Vamos a ver, ¿y qué que se pierda?
—¡Señora!...
—Lo dicho: ¿y qué que se pierda? Es usted muy joven todavía, y por eso ignora lo que influye el punto de vista en el conocimiento de las cosas. El amor de Luz es el primero que usted siente, y cree imposible hasta la vida si ese amor se le malogra. Todos los hombres creen y sienten lo mismo la primera vez que se enamoran; pero después, andando los años, van cambiando de parecer, y el obstáculo que de novicios se les antojó desventura sin ejemplo, ya con muchas barbas, le consideran como una dádiva de su buena suerte. No lo dude usted: hay algo de inhumano en eso de amarrar a un mozo que comienza a vivir al macizo carro del matrimonio, y decirle: «tira, y anda por ese camino áspero y obscuro que tienes delante, y por donde jamás has andado», porque se cree que el amor lo suple todo, y esto es una lamentable equivocación. En primer lugar, el amor del alma se confunde muy a menudo con los antojos del cuerpo; pero, aunque no se confunda, el amor, o lo que sea, se acaba luego, porque no duran más los incentivos que le producen; o si se conservan, pierden el encanto por la costumbre de verlos; el resultado es el mismo; lo que se llama amor, desaparece, y la venda se cae; y entonces, cuando los ojos contemplan asombrados lo muchísimo desconocido que tienen delante, la codicia de ello inflama los apetitos, y el hombre más sesudo y morigerado olvida sus deberes y se hace un glotón de cuanto ve. Es decir, cae, y de mala manera, que es mucho peor que caer..., porque también los vicios tienen su estética... ¿Se sorprende usted de lo que digo?... Pues está usted en la obligación de resignarse, porque yo no me comprometí a halagar sus ilusiones, sino a darle mi parecer después de examinar el punto por todas sus caras. Ahora estamos en la fea... Ya le veremos por otra mejor, si es que la tiene.
Ángel estaba, en efecto, sorprendido, y aun admirado, de ver por dónde tomaba la cuestión su consejera, y hasta de la cara que ésta ponía cuando le hablaba, que no era cara de susto, ciertamente: ¿adónde diablos iría a parar por aquellos caminos, tan distantes de los deseos del enamorado mozo? Ya se vería. Y comenzó a verlo en el acto, porque en el acto le dijo Leticia, después de contemplarle en silencio unos instantes, y como substancia y producto lógico de sus apuntadas reflexiones:
—Creo, pues, que no se halla usted en edad ni en condiciones de casarse.
El aludido brincó sobre el diván, y, sin poder contenerse, dijo con marcado disgusto:
—¡Pero eso es peor aún que defender la causa de mis contrarios!...
—Esto es defender lealmente la causa de usted—respondió Leticia con acento y mirar blandos y cariñosos—. Y si no, a la prueba... Pero déjeme usted concluir sin enfadarse. Contando con que usted, si no me lo dice, piensa, por sellarme la boca, que sin casarse con Luz, porque la ama, no comprende la vida, me anticipo yo a sostener que un amor, aunque sea como el de usted, se cura con otro... Esto, como regla general; pero concretándome al caso presente..., ¡usted, tan joven, tan... (no quiero que me llame lisonjera) tan bien dispuesto para el mundo, rico, independiente, con tan larga y risueña vida por delante!...
Aquí empezó Ángel a sentirse incómodo y desasosegado. Quiso interrumpir a Leticia sin acabar de comprenderla todavía; pero Leticia le contuvo con un ademán enérgico y estas nuevas palabras:
—¡Usted, repito, con todas esas ventajas, llorar como una desventura el recelo de que se le malogren unos intentos como los que le preocupan! Yo doy hasta por indiscutible que el amor de Luz sea el más hechicero de todos los amores... de la misma clase; pero—y con esto vuelvo a lo que quedó pendiente—¿sabe usted todavía lo que son otros amores? ¿Sabe usted que no son los más sabrosos los que más lo parecen a la simple vista?
Ángel llegó a sentir latidos en las sienes y a cobrar cierto miedo al hablar incisivo y al mirar fulgurante de Leticia; la cual, como si se envalentonara con los encogimientos de su interlocutor, se tiró más a fondo, de esta suerte:
—Usted no sabe aún que los amores, como otras muchas cosas, se mejoran con la salsa de la experiencia; quiero decir que para un paladar de buen gusto, son más sabrosos los más experimentados...
Y como al decir esto Leticia, su voz, su mirada, sus ademanes y el agitado ondular de su alto seno revelaran una emoción y un fuego que no pedía el punto que se había comenzado a tratar allí, Ángel receló ya de todo..., hasta de la bata y de las babuchas de Leticia; del motivo de su tardanza en recibirle, y de la ocurrencia de recibirle entre el aparato moruno de aquella estancia misteriosa; y dejándose llevar de tan malos pensamientos, también sospechó de los que pudo tener aquella dama para insistir un día y otro en que él la visitara a menudo, y aun entrevió los motivos de que la marquesa de Montálvez no tratara a aquella amiga con la afabilidad que a otras suyas... ¿Quién sabe hasta dónde fueron a parar las sospechas del ingenuo mozo en brevísimos instantes!
Lo cierto es que los escozores le llegaron tan al alma, que, sin poder contenerse, se alzó del diván. Entonces Leticia, leyéndole en la actitud lo que le estaba pasando por dentro, quiso salvar su ociosa imprudencia, si es que la había cometido, que yo no lo sé, cambiando súbitamente de aspecto y diciéndole con la mayor serenidad y sin levantarse:
—¡Si no hemos concluido todavía!
A lo que respondió el otro con voz glacial:
—Ya lo veo; pero como el punto que usted toca no es el que yo deseaba ventilar... Sin duda, me ha comprendido usted mal, o yo no he sabido explicarme bien. De cualquier modo, mil perdones por el tiempo que la he robado, y mil gracias por sus bondades.
Hízola una fría reverencia y se fue, estremecido de espanto al considerar que quizás había arrojado todo el rico tesoro de sus cuitas en un hediondo basurero.
Leticia le siguió con la vista; y si el pobre mozo hubiera vuelto la suya entonces, más grandes habrían sido sus terrores al leer lo que expresaban los ojos y el continente de su afectuosa consejera.
XV
Desde que la Marquesa de Montálvez era juiciosa y administraba sus caudales por sí misma, tenía un regaladísimo placer en encerrarse en su despacho, hojear sus libros de cuentas, tomar notas, calcular gastos e ingresos, apuntar cantidades en dos columnas, sumarlas, restar una suma de otra, y ver al fin que, sin privarse de nada de lo necesario, le resultaban sobrantes para imprevistos, después de destinar un buen puñado para amortizar censos procedentes de su mala vida pasada. «Es preciso verme, pensaba algunas veces la marquesa riéndose de sí propia, aquí, y en el oratorio rezando con mi hija, para creerlo. ¡Vaya si he dado vuelta y soy mujer arregladita y hacendosa! ¡Si hasta me creo capaz de llegar a ser mística y avara! Explíquese usted estos arrechuchos de la vida, o estos misterios del corazón humano, como diría Aljófar, que, aunque desdentado y ronco, todavía canta y engulle.»
Y volvía a sonreírse, y continuaba haciendo cálculos y sumando guarismos.
En eso se entretenía y casi del mismo modo pensaba la mañana siguiente al día en que ocurrió lo que se refiere en el capítulo anterior.
Después que despachó su tarea, se dio a pensar en su hija, que en aquellos momentos estaba en su tocador. Luz andaba algo preocupada con la indisposición de Ángel: cosas de chicuelas enamoradas.—La marquesa ignoraba lo del grave punto que había quedado pendiente la antevíspera entre los dos interesados. De otro modo, quizás hubiera dado mayor importancia a las preocupaciones de Luz, mejor dicho, a la ausencia de Ángel; porque en Luz no cabían recelos de cierta especie.—Si ella (la marquesa) estaba satisfechísima del novio que le había tocado en suerte a su hija, Guzmán no lo estaba menos; pero entrambos temían, porque si siempre se teme cuando se desea, en aquel caso estaban más en su punto los temores por motivos que el lector, conoce bien. Y ¿qué hacer? ¿Hay negocio en la vida que no esté sujeto al vaivén de las contrariedades y de la fortuna? Y, sin embargo, muchos se logran como fueron calculados. ¿Por qué no había de ser uno de ellos el negocio de Luz?
Dándolo por hecho, como lo daba casi siempre, la marquesa puso su consideración en el cuadro venturoso de la vida de aquella pareja incomparable, lejos, muy lejos, todo lo más lejos que ella pudiera, de la peste del «gran mundo». Luz le detestaba, y Ángel no le conocía. No cabía temor de que se necesitaran esfuerzos para apartarlos de él; y en apartándose, el ejemplo de los demás impulsaría hacia lo bueno al que de los dos tuviera la desdicha de sentir tentaciones de no serlo. La vida de familia, el ambiente del hogar, el apego a los hijos, la atención esclava del detalle doméstico, y Dios en el corazón más que en la lengua... Este era todo el saber, toda la ciencia que daba por fruto en los matrimonios hombres útiles y mujeres honradas. Y ellos seguirían esa, misma ley, y serían dichosos, y ella lo vería; y si algún día los vientos de la maldad llevaban hasta los oídos de Luz el ruido de los pecados de la madre, o no los daría crédito la hija, o si se le daba, ya habría en su corazón la necesaria fortaleza para perdonarla después de llorarlos. Pero no irían nunca tan allá esos aires de muerte, porque no abundaban las almas de Lucifer capaces de conducirlos. Por de pronto, las cosas iban del mejor modo posible, y la marquesa reconocía que Dios era demasiado bueno con ella dándola lo que la daba por fin y remate de una vida como la suya.
Lo que sucedió poco después, va a referirlo la marquesa misma:
«Se abrió rápidamente la puerta de escape, y apareció Luz delante de mí, de la manera más extraña: el pelo destrenzado y flotante sobre la espalda, y recogido lo demás en ancho lazo sobre cada sien; el blanco peinador mal ceñido a su cuerpo; entre las manos, convulsas, un papel, y la cara..., ¡oh!, el espanto, la ira, el dolor, la sorpresa, el desconsuelo... todo esto se podía leer en su cara transfigurada, y en su actitud resuelta e indecisa al mismo tiempo.
»Me quedé estupefacta al verla así, y ella permaneció un instante sin acertar a pronunciar una sílaba y mirándome con la agonía en los ojos.
»De pronto díjome con voz muy desconcertada, pero con gran energía:
»—Ya sé por qué no ha vuelto desde entonces...
»—Y ¿qué es lo que sabes, hija mía?—preguntela con el alma suspensa.
»—¡Todo..., todo! Pero es una cosa enorme... que yo no quisiera creer..., que no la creo—respondió estremeciéndose; y en seguida, con un timbre de voz indefinible, porque me sonaba a todo lo siniestro, desde la maldición hasta el quejido, preguntome, con sus ojos anhelantes fijos en los míos asombrados—: Dime, madre, ¿es verdad que tú eres... mala?
»—¡Mala yo, hija de mi vida!—exclamé bajo la sensación de un escalofrío mortal—. Pues ¿no me conoces todavía? ¿No sabes lo que te quiero..., cómo te trato?...
»—¡No es eso, no, lo que yo te pregunto!—añadió con una entereza y una decisión que me aterraron—: te pregunto si es verdad que eres mala, pero mala... de otro modo..., ¡mala mujer!
«¡Ciega yo, torpe mil veces, que, con pensar tanto en ello a todas horas, no sospeché de qué se trataba entonces hasta que sonaron en mi oído estas tremendas palabras!
»Dicen que dos grandes poetas han apurado todos los horrores que caben en la imaginación para pintar los tormentos que padecen los condenados en el infierno. Es imposible que entre tantos suplicios imaginados haya uno solo comparable al que yo padecí en aquel terrible instante. Espantábame el siniestro resonar de aquella afrentosa pregunta en una boca tan casta; pero aún me atormentaba más la vergüenza de merecerla.
»No sé si por eludir la contestación con una evasiva, tregua ilusoria de un condenado a muerte delante ya del patíbulo, o porque así lo pedía el tumulto de mis ideas, dejando a la pobre niña en las garras de sus dudas mortales, atrevime a preguntarla, aparentando un valor que no tenía:
»—¿Quién te ha dicho eso?
»—Esta carta—me respondió, entregándome el papel que traía en la mano.
»—¿Cuándo la has recibido y de quién es?
»—No tiene firma ni fecha, y la he recibido poco antes de entrar aquí. Me la trajeron de su parte; de parte de él...
»—Justo, para que, como cosa suya, cayera en tus manos y no en las mías. ¿Y tú crees que sea obra de Ángel?
»—Ángel podía llegar a olvidarme, pero no a herirme de este modo.
»¡Y todo este diálogo, con mucho más que no hay para qué reproducir, le sostenía yo para ir alejando el instante de fijar la vista en el papel, que me abrasaba las manos! Fuera de quien fuera, ¿qué más daba, si era la delación de mis delitos al juez que más me intimidaba en el mundo!
»Al fin, puse mis ojos en la carta, y tuve alientos para enterarme de todo su contenido. ¡Qué infamia! ¡Y yo dudaba poco antes que hubiera almas bastante viles para cometerlas tan grandes como aquella!
»La letra estaba desfigurada; pero así y todo, yo veía en aquellos renglones contrahechos, sobre la fina superficie del papel, un cierto tufo diabólico, un rastro que me delataba una mano conocida que no acababa yo de descubrir.
»Pero allí constaba todo, ¡todo! ¡Y con qué astucia más infernal! El móvil de la carta parecía ser un hermoso sentimiento de cariño a los dos enamorados. Luz podía estar inquieta por las ausencias no explicadas de Ángel; podía hasta desconfiar de su lealtad; y por eso y porque se suponía a Luz enterada de la historia de su madre, se la hacia saber lo que le pasaba al pobre chico. Sus padres me conocían al pormenor, ya hacía tiempo; y al hablarles el hijo de sus propósitos de casamiento con Luz, le habían presentado como obstáculos insuperables..., y aquí empezaba la lista minuciosa de todos mis pecados, reales y supuestos; con un lujo de colorido sobre sus calidades y resonancia, que no había más que pedir. El oprobio de mi casamiento se escapaba del papel. Donde más se podía escandalizar la inocencia y el candor de la hija, allí se hundía el trazo para afrentar más a la madre. Y esta sarta de iniquidades se hacía para venir a parar a que, no siendo el asunto tan grave como a Ángel se le antojaba, muy pronto se vencería el estorbo, reflexionando los padres que faltas como las mías eran demasiado corrientes y toleradas en el mundo, para que se opusieran como impedimento a la felicidad de dos enamorados tan dignos de ser felices.
»Todo esto leí; de todo esto me enteré, gastando en ello todas las fuerzas de mi voluntad. Pero era preciso hablar, responder de algún modo a aquellos cargos terribles; y para esta empresa ya no tuve alientos. Luz, entretanto, continuaba pidiéndome una respuesta con los ojos. ¡No los apartaba de mí! Estaba trémula, convulsa, la desdichada.
»¡Cómo ciega y aturde el peso de una conciencia cargada de iniquidades! Yo, la mujer desenvuelta, fría y despreocupada de los salones; la dama de los grandes recursos para la intriga; la afamada humorista de las ocurrencias felices, ni siquiera di en el sencillo intento de deshacer con una negativa terminante aquella tempestad de desdichas que bramaba sobre mi cabeza..., porque me hubiera bastado eso solo para conseguirlo: después me he convencido de ello pensándolo con serenidad. Pero entonces, en las pocas preguntas y en la actitud indescriptible de mi hija, yo no sé qué oí, qué vi de extraño, de sobrenatural, como si fuera el rayo de la justicia de Dios que comenzara a castigarme.
»Y me aterré más todavía; y cuando Luz, pareciéndole siglos los instantes que yo tardaba en responderla, me dijo, con la voz de su angustia desesperada: «¡Habla, aunque sea para acabarme de matar!, yo enmudecí y bajé la cabeza, cerrando los ojos. Quería ocultarme en aquella ilusoria obscuridad, ya que el suelo no se abría bajo mis pies para devorarme. Oí entonces sollozos y quejidos: la agonía de un alma. ¡Desventurada! ¡Cuánto perdía con aquel silencio mío, que era la declaración de los escándalos de su madre!
»El remordimiento, el dolor de herirla tan hondo y en tantos sitios a la vez, produjo en mí una súbita reacción. Ardíame la sangre que momentos antes era hielo desleído; zumbábanme las sienes, y el corazón no me cabía en el pecho; abrí otra vez los ojos, y tuve que cerrarlos de repente, porque los sentí deslumbrados por las mismas llamas infernales que me abrasaban el rostro. Un ciego impulso de mi amor de madre me arrastró hacia Luz con los brazos extendidos; pero otro impulso más fuerte de la conciencia me detuvo allí... No me atrevía a abrazarla, porque abrazarla era poner en contacto su inmaculada pureza con las escorias inmundas que imaginaba yo ver salir a borbotones de mi pecho. En tan negro desamparo, elevé mi pensamiento hacia Dios; y tampoco hallé el consuelo que buscaba, porque no tuve fuerzas para llegar a tan alto en tan mala compañía. La conciencia de mis culpas me cerraba todos los caminos que yo intentaba seguir mendigando un instante de sosiego. ¡Como si le mereciera! Entonces, en el paroxismo de mi desconsuelo, sin mirar a Luz, sin ver si quedaba viva o muerta, huí de su lado y corrí a esconderme, con el peso de todos los tormentos en el alma y sin el consuelo de una lágrima en los ojos.
»No sé cuanto tiempo permanecí en mi gabinete aturdida bajo aquel torbellino de pensamientos desquiciados y de visiones febriles, porque no hay medida para los huracanes del espíritu. El infeliz que los padece siente los estragos, pero no estima las horas. Y eso me pasó a mí.
»Cuando el cansancio de tan ruda batalla prestó un poco de sosiego a mi discurso, comprendí que, con haber pensado tanto, no había pensado en nada útil, y que era preciso pensar en algo, buscar una puerta para salir de aquel antro sombrío, si es que el antro tenía salida que no fuera para conducirme a otro más tenebroso.
»Y discurrí, y fatigué la enardecida máquina de mis ideas..., todo para la pobre víctima de mis enormes faltas: yo, su verdugo, no tenía derecho ni a disculparme para moverla a que me las perdonara. ¡Pero era tan estrecho el círculo en que se revolvían mis pensamientos por la naturaleza misma de las cosas meditadas!, ¡había un enlace tan íntimo entre lo que era irremediable y lo que podía tener algún remedio! Al fin, la necesidad, la obligación de hacer algo, me sugirió una idea que ya había entrevisto yo flotando a ratos en el oleaje de la pasada tempestad. No era todo lo que se necesitaba en una obscuridad como la mía; pero era algo, era un proyecto, una salida, un camino, el único camino que veía, y me decidí a seguirle sin perder un solo instante.
»Llamé, pedí el carruaje y comencé a vestirme para salir... ¡No me atreví a preguntar por mi hija, y no la echaba de la memoria un solo instante! ¿Qué haría, la desdichada, desde que yo la había dejado en el suplicio de su honda pesadumbre y sin alientos para llorar! Quería verla, necesitaba verla, porque su dolor me atormentaba más que los míos; pero me faltaba valor para ello: temía agravar sus angustias con mi presencia..., y temía, hasta el espanto, leer mi desprestigio en sus ojos. Quien haya tenido hijas buenas y enamoradas de su madre, que diga si hay puñal que más hondo hiera, ni azote que más afrente que la mirada que yo temía.
»Me vestí muy pronto y salí de puntillas hasta el gabinete de Luz, que no distaba mucho del mío. La puerta no estaba bien cerrada y había un resquicio entre las dos hojas. Miré por él, latiéndome el corazón y temblándome todo el cuerpo; y la vi, allá en el fondo y en el mismo desaliño en que yo la había dejado en mi despacho, recostada en un sillón; el rostro, descolorido; los ojos, enrojecidos y secos; la mirada, perdida en el cúmulo de los pensamientos; la expresión, de honda tristeza, y las manos, abandonadas sobre el regazo. ¡Qué dolor!... ¡y qué corazón había elegido para anidar! ¡Y todo aquel estrago era obra mía; de mis maldades, de mis escándalos!
»Esta idea me hirió como un rayo: sentí la sacudida en el pecho, y una oleada de lágrimas inundó mis ojos: ¡el primer beneficio que me otorgaba el duelo implacable de aquel día! Porque no oyera Luz mis sollozos, intenté cerrar la puerta; pero notó su débil rechinar y volvió la cara. Por si me había visto, me resolví a entrar, dispuesta a todo. De cualquier manera, yo no podía vivir así.
»No se mostró sorprendida al verme, ni me miró con dureza. Esto solo me dio un gran consuelo y fuerzas bastantes para atreverme a sentarme a su lado; pero no supe qué decirla. Temblaba yo como una hoja de otoño próxima a caer de la rama sin jugos.
»Estando en estas indecisiones, reparó ella en mí traje, y me preguntó con voz algo empañada y muy débil:
»—¿Vas a salir?
»—Sí, hija mía—respondí.
»—¿Adónde?
»—Muy cerca..., para un asunto que nos interesa..., que te interesa a ti, sobre todo.
»Se encogió de hombros y volvió la cara hacia el balcón. La silla que yo ocupaba era más alta de asiento que su butaca: de modo que su cabeza quedaba algo más baja que la mía. Siempre que yo me separaba de Luz con cualquier motivo, nos dábamos un beso... ¡Qué hambre tenía yo del beso de aquel día! No atreviéndome a pedírsele ni pudiéndome resignar a irme sin él, quise robarle con una astucia, a la cual se prestaba la diferencia de alturas de nuestros asientos. Me fui deslizando del mío poco a poco, y bajando, bajando, hasta verme de rodillas delante de ella. ¡Aquel era mi puesto!, ¡así debía estar yo, y más abajo todavía, y pisoteada por sus pies! Fingí hacer lo que hacía para observar más a mi gusto su cara.
»—Estás casi en ayunas—la dije—, y necesitas tomar algo que te conforte... ¿Quieres que almorcemos antes de salir yo?..., porque ya es hora.
»—Estoy muy bien—me respondió impasible.—No necesito nada, sino quietud... y silencio.
»—De manera que yo he venido a molestarte... Perdóname por la buena intención que tuve... Como voy a salir..., me dejé llevar de la costumbre: ya sabes cuál es...
»Y la miraba a través del velo de la mantilla que me había echado sobre la cara.
»—No me molestas—me dijo sin acercar la suya tanto como yo quería.
»—Pero tampoco me necesitas, ¿no es cierto?—repliqué devorándola con los ojos.
»—Y ¿sé yo—respondiome sacudida por una gran emoción—qué es lo que deseo ni qué es lo que necesito; qué es lo que menos me daña ni lo que más me conviene!... ¡Si todo me parece ahora del mismo sabor!
»Acudí presurosa a contener aquel torrente de dolor que se desbordaba, con los pocos recursos de que podía disponer.
»—Cierto, cierto—la dije, acariciando una de sus manos, que había cogido entre las mías—, y yo soy una imprudente, una egoísta, preguntando esas cosas... Ya vendrá tiempo de tratarlas como se debe; y para que llegue cuanto antes, voy a salir en seguida... Porque ya te dije que iba a salir..., ¿lo has olvidado?
»—No.
»En esto avisaron que el coche aguardaba.
»Ya lo oyes—la dije, acercando más todavía mi cara a la, suya—, y si he de volver pronto... Conque ánimo, que Dios, aunque aprieta, nunca ahoga... En cuanto vuelva, dentro de una hora lo más, te informaré de todo lo que me haya ocurrido... Será bueno para ti..., para las dos, no lo dudes. Entre tanto, dejaré advertido que te den una sopita clara..., un caldo siquiera..., porque no puedes estar así... ¡Ea!, adiós, hija mía...
»Pero yo no me incorporaba ni alejaba mi cara de la suya.
»—Adiós—me dijo, al fin, estampando un beso, frío y maquinal, en mi frente.
»Pero así y todo, me pareció aquel beso un regalo celestial; hízome la impresión de un rocío benéfico en la sequedad de mis amarguras; y dejándome llevar de los impulsos del corazón, tomé la cara de Luz entre mis manos y se la cubrí de besos y de lágrimas. No pensé ya en que pudiera mancharla el rastro de mis liviandades. El llanto de mis remordimientos lo lavaría todo; y, además, yo necesitaba aquello para vivir.
»Salí en seguida con mayores alientos y mejores esperanzas; hice a mi doncella los encargos que juzgué convenientes para atender al cuidado de Luz, y bajé al portal. El aire, el sol, el ruido y el movimiento de la calle me produjeron una impresión tristísima. Parecíame que el velo de mi mantilla no era bastante tupido para evitar que las gentes leyeran en mi cara lo que me estaba pasando.
»Al entrar en la berlina, dije al lacayo en el momento de ir a cerrar la portezuela:
»—Imperial, 15.»