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La Montaña

Chapter 15: CAPÍTULO XIII
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About This Book

Un narrador abatido abandona la ciudad en busca de soledad y se instala en las altas cumbres, donde recupera fuerzas y desarrolla un amor profundo por el paisaje: cumbres, laderas, hielos, plantas y rocas. Tras aproximarse a un pastor que le enseña nombres, rutas y leyendas locales, combina la observación de animales y vegetación con reflexiones sobre los procesos geológicos y la relación entre la naturaleza y la vida humana.

CAPÍTULO XIII

#Los hacinamientos de rocas y los torrentes#

Todos esos fenómenos que se verifican diariamente parecen de poquísima importancia para la historia de la tierra. ¿Qué representa, efectivamente, el trabajo del ventisquero durante un día de verano? Su masa, que adelanta por continuo esfuerzo, apenas ha recorrido algunos centímetros; dos ó tres rocas se han desprendido dé la pared para caer en el movible campo de hielo; se ha ensanchado algo más el arroyo que se lleva las aguas procedentes de la fusión, y los guijarros más numerosos tropiezan unos con otros con mayor estruendo en el cauce. Lo demás conserva su acostumbrada apariencia. En ninguna parte parece llevar adelante con mayor lentitud la naturaleza su obra de perpetua renovación.

Y, sin embargo, esas transformaciónillas de cada día, de cada minuto, acaban por producir cambios inmensos en el aspecto de la tierra, verdaderas revoluciones geológicas. Esos cascotes, esos fragmentos de roca que caen de las quebraduras superiores al cauce de hielo, se amontonan poco á poco al pie de las paredes como enormes murallas de piedra; caminan lentamente con la masa helada que los lleva, pero otros escombros, desprendidos de los mismos lados de la montaña, ocupan el lugar que han dejado aquellos. Así es que largos convoyes de rocas, desordenadamente hacinadas, siguen el andar del ventisquero. Súmanse al río de hielo ríos de piedras que bajan de todo derruido promontorio, de todo círculo surcado por el alud.

Llegado á la salida de los altos desfiladeros, en una zona de temperatura más suave, el ventisquero no puede continuar en estado cristalino: se convierte en agua y suelta su carga de piedras. Todas éstas se desploman, formando caos inmenso, como una barricada en el valle; y en la extremidad de muchos ventisqueros se ven verdaderas montañas de piedras mal sostenidas en sus escarpas. Si después de una larga serie de años de nieve se hincha y se alarga la masa del ventisquero, volverá á coger esas montañas de piedras y las llevará más lejos. Cuando después, y bajo la influencia de más benigna temperatura de inviernos menos pródigos en nieve se funda el ventisquero en toda su parte inferior dejando vacíos la oquedad de roca que le servía de cauce, el hacinamiento de peñascos, libre de la presión que le empujaba hacia adelante, quedará aislado á cierta distancia del ventisquero; detrás de él se verá la piedra desnuda, lisa, cepillada por el enorme peso que recientemente la cubría y sembrada en algunos sitios del barro rojizo producido por los guijarros y el casquijo que se estrellaron en ella. Otro hacinamiento de escombros se formará poco á poco delante de la escarpa del ventisquero.

Pues bien; á enormes distancias del valle, que pueden medirse, pasado éste, por decenas de leguas, se observan huellas indiscutibles de la antigua acción de los hielos. Llanuras enteras, llenas de agua en otro tiempo, han sido cegadas por el lodo y los guijarros que el ventisquero impulsaba hacia adelante; los rebordes de las montañas y las colinas aparecen desgastados; finalmente, rocas esparcidas ó hacinadas han quedado abandonadas á lo lejos, hasta en pendientes de montañas pertenecientes á otros sistemas. Se conoce con facilidad el origen de estas piedras en su composición química, en la disposición de sus cristales ó en sus fósiles. Tienen tal precisión á veces sus caracteres distintivos, que se puede determinar el elevado círculo de donde se separó el errante pedazo. ¿Cuántos años, cuántos siglos habrá durado ese viaje? Indudablemente ha sido larguísimo, si lo juzgamos por las enormes rocas que transportan hoy los ventisqueros y cuyo andar se ha medido. Algunos de esos peñascos que viajan han adquirido celebridad por las observaciones de los sabios y se los ve con gusto, como si de amigos se tratara.

Esas piedras varadas en la llanura, esos montones de barro transportados tan lejos, todas esas huellas al paso de antiguos ventisqueros, nos permiten imaginar cuales han sido las grandes alternativas de clima y las inmensas modificaciones del relieve y el aspecto terrestre durante las sucesivas edades del planeta. En los pasados tiempos que nos revelan esos escombros, vemos á nuestra montaña y á las vecinas erguirse á mucha mayor altura que la actual. Sus vértices dominaban las más altas nubes, y todos los vapores que viajaban por el espacio se depositaban como nieve ó como helado cristal en sus enormes pendientes. Sus círculos de pastos, las verdes cañadas, las vertientes llenas hoy de bosques, estaban cubiertas por uniforme capa de hielo. Nada aparecía aún en el valle: ni cascadas, ni praderas, ni arroyos, ni lagos. El inmenso río helado, no menos recio que las actuales hiladas del monte, llenaba todas las depresiones, y después, al salir de los alfoces, se extendía á lo lejos, en la llanura, dominando cañadas y cerros. Tal era, en tiempo de nuestros antepasados, la imagen que les presentaba la montaña cargada de hielo: los tataranietos de nuestros hijos, que vivan en la indefinida lontananza de los siglos, verán cuadros completamente distintos. Tal vez entonces, completamente fundido el ventisquero, corra en su lugar arroyuelo humilde, ni que quede otra huella de aquél que una ligera convexidad del terreno. La actual llanura, transformada por los cambios de nivel, habrá producido montes que gradualmente se irán elevando.

Y mientras pensamos en la historia de la montaña y su ventisquero, en lo que fueron y en lo que llegarán á ser, sale el torrente, susurrando, de los hielos y vase por el mundo á contribuir á la labor de la renovación continua de la tierra. El agua, blanquecina ó lechosa por las innumerables moléculas de roca triturada que lleva en suspensión, no es más que el mismo ventisquero, que ha pasado súbitamente al estado líquido. Y no es chico, sin embargo, el contraste entre la masa sólida, con sus grietas, sus montones de piedras, sus pendientes fangosas sus grutas, y el agua que brota alegremente luminosa y serpentea con claro murmullo entre las flores. Uno de los más curiosos espectáculos de la montaña es esta brusca aparición del arroyo que durante todo el curso por las regiones superiores ha corrido por la sombra, acrecentándose con los millones de gotitas desprendidas de las hendiduras de las bóvedas. La caverna, de la cual se escapa el torrente, cambia diariamente de forma según los derrumbamientos ó la fundición del hielo: no obstante, es fácil penetrar á cierta distancia en la gruta y admirar sus estalactitas, sus paredes translúcidas, su azulada luz, sus cambiantes reflejos. Lo extraño y vago del espectáculo, la emoción que sobrecoje el alma, le hacen creer á uno que le han conducido á lugar sagrado. Tres veces, mil veces benditos se creen los peregrinos indios que, después de haber llegado á las fuentes del Ganges, se atreven aún á penetrar bajo la tenebrosa bóveda de donde brota el río santo.

Con gran regularidad, causada por la de las estaciones, llevan los torrentes del ventisquero á la llanura el agua fecundante y los barros de aluvión, que provienen del enorme taller triturador que funciona incesantemente bajo el ventisquero. Durante la estación del frío en nuestras zonas templadas, cuando cae la lluvia en los campos con más frecuencia y en lugar de evaporarse emprende el camino hacia los ríos, hállase más apretadamente el ventisquero. Se adhiere por todas partes á la bóveda que le sirve de cauce y no deja salir de ella más que una tenue corriente, á veces se cierra enteramente y ni una gota de agua baja de la montaña. Pero á medida que vuelve el calor y la alegre vegetación pide mayor cantidad de agua para sus hojas y sus flores, á medida que se hace más activa la evaporación y tiende á bajar el nivel de los ríos, aumentan los torrentes glaciales, parecen ríos temporales y proporcionan la necesaria humedad á los campos sedientos. Así se establece utilísima compensación para la prosperidad de las comarcas regadas por corrientes de agua que alimentan los ventisqueros en parte. Cuando los afluentes, acrecidos por la lluvia, corren abundantemente, los torrentes de la montaña llevan muy escaso caudal líquido, pero se desbordan en cambio, cuando las otras corrientes de agua están casi secas. Gracias á ese fenómeno de compensación, conserva cierta igualdad el río al cual van á parar todas las diversas aguas.

En la economía general de la tierra, el ventisquero, inmóvil aparentemente, de fuerza tan lenta y tan tranquila, es un gran elemento de regularización. Es raro que introduzca algún imprevisto desorden en la naturaleza, como puede ocurrir, por ejemplo, cuando un ventisquero lateral, empujando un largo muro de escombros ó adelantándose á través de un riachuelo salido del ventisquero primitivo, acumula las aguas y forma así un lago incesantemente crecido. Resiste el dique durante mucho tiempo á la presión de la masa líquida, pero á consecuencia de una fusión considerable de nieves, de un retroceso del ventisquero, ó de desmoronamientos lentamente producidos por las aguas, puede ceder de pronto la barrera de hielo y peñascos. Entonces se convierte el lago en alud terrible; mezclada el agua con piedras, témpanos y todos los restos arrancados á la orilla, se precipita rabiosamente en el valle inferior; arranca los puentes, destruye los molinos, arrasa las habitaciones, desarraiga los árboles de las pendientes bajas, y revolviendo hasta las praderas, como lo haría la reja de un arado inmenso, las arrolla al pasar y las confunde con el caos de tal diluvio. Inmenso es el desastre en los valles que la inundación recorre, y transmítese su relato de generación en generación.

Pero esos sucesos son raros y hasta se hacen imposibles para lo porvenir en los países civilizados, porque las amenazadas poblaciones cuidan de precaver el peligro abriendo subterráneos de desahogo para los depósitos lacustres que se forman detrás de un dique movible de hielo ó de piedra. Previstos así sus desmanes, el ventisquero es un bienhechor de las regiones que han de recorrer sus aguas. El las riega en la estación más temible por la sequía, las renueva con aluviones de tierra vegetal fresca aún y con todos sus elementos de nutrición química. El ventisquero es en realidad un lago, un mar de agua dulce que contiene billones de metros cúbicos; pero ese lago, suspendido en las laderas de los montes, se vierte lentamente y como con medida. Contiene bastante agua para inundar todos los campos inferiores, pero reparte sus tesoros discretamente. Esa helada masa, que ofrece la apariencia de la muerte, contribuye no poco á la vida y á la fecundidad de la tierra.

CAPÍTULO XIV

#Los bosques y los pastos#

Con sus nieves y con sus hielos derretidos, que sirven para aumentar el caudal de torrentes y ríos en verano, conserva la montaña la vegetación hasta enormes distancias de su base, pero se queda con humedad bastante para alimentar á su propia flora de bosques, céspedes y musgos, muy superior, por el número de las especies, á la flora de igual extensión en la llanura. Desde abajo, no divisa la mirada los pormenores del cuadro que presenta la verdura de la montaña, pero abarca todo el magnífico conjunto y disfruta de los mil contrastes que la altura, las fragosidades del suelo, la inclinación de las pendientes, la abundancia del agua, la vecindad de las nieves y las demás condiciones físicas producen en la vegetación.

En la primavera, cuando renace todo, da gusto ver el verdor de hierbas y follaje dominar la blancura de las nieves. Los tallos del prado que pueden respirar otra vez y ver la luz de nuevo, pierden su tono rojizo y su apariencia calcinada y adquieren primero un color amarillento y después verde hermoso. Multitud de flores esmaltan la pradera: véase aquí únicamente ranúnculos, anémonas ó prímulas que brotan formando ramilletes: más allá desaparece el verde bajo la blancura nívea del gracioso y poético narciso, ó al vivo color del azafrán, que es flor desde la raíz hasta la corola.

Cerca de las corrientes de agua abra su delicada flor la parnasia y en otras partes florecillas blancas y azules, rojas ó amarillas, se multiplican y forman tales muchedumbres, que dan su color á toda la pendiente vegetal, y desde las vertientes opuestas se puede conocer qué especie de planta domina en la pradera, á medida que la nieve retrocede hacia las alturas ante la alfombra de florida verdura. Pronto toman parte los árboles en la fiesta. Abajo, en las primeras pendientes, los árboles frutales, después de haberse librado de la nieve del invierno, se cubren con la nieve de las flores. Más arriba, castaños, hayas y diversos arbustos, se cubren de hojas de verde claro; de un día á otro, parece que la montaña se ha revestido con un tejido maravilloso de terciopelo y seda. Poco á poco sube hacia las cimas el nuevo verdor de bosques y de malezas; escala cañadas y barrancos para conquistar las quebraduras superiores junto al ventisquero. En lo alto, todo inesperado y alegre aspecto. Hasta las rocas sombrías, que parecían negras por su contraste, con las nieves, adornan sus fragosidades con matas verdes. También ellas participan de la primaveral alegría.

Menos suntuosos por la exuberancia del verdor y la prodigiosa multitud de flores, son, sin embargo, los pastos altos más agradables que las praderas bajas; más íntima y benigna es la alegría de sus masas de verdor. Es más grato pasearse por la corta hierba y entrar en conocimiento con las flores que brotan á millares de la alfombra verde. Incomparable es el brillo de sus corolas. El sol les envía rayos más cálidos, de más poderosa y rápida acción química, y elabora en la savia substancias colorantes de más perfecta belleza. El químico y el botánico, armados de sus lentes, comprueban el fenómeno como es debido; pero sin necesidad de instrumentos bien ve el paseante, á la simple vista, que ninguna flor de la llanura tiene un azul tan profundo como el de la diminuta genciana. Las plantas, en su prisa por vivir y gozar, adquieren mayor hermosura; adórnanse con más vivos colores, porque la estación de la ventura será corta; cuando haya desaparecido el verano, la muerte las sorprenderá.

Deslumbra la vista el brillo que despiden las anchas extensiones de hierba salpicada con las estrellas de color sonrosado subido del sueño, con los azules manojos de miosotis, con las anchas flores del aster de los Alpes, cuyo corazón es de oro. En las pendientes más secas, en medio de las rocas áridas, crecen el negro orquiso con fragancia de vainilla, y el pie de león, cuya flor nunca se marchita, y es símbolo de eterna constancia.

De esas plantas de brillantes flores, algunas no temen la vecindad de la nieve y el agua helada. No siente el frío; al lado de los cristales de nieve circula libremente la savia en los tejidos de la delicada soldanela, que inclina sobre la nieve su corola de tan puro y suave matiz: cuando brilla el sol, de ella puede decirse mejor que de la palmera de los oasis que tiene el pie en el hielo y en el fuego la cabeza. En la salida misma de las nieves, el torrente, cuya agua lechosa parece hielo apenas derretido, rodea con sus brazos un florido islote, encantador ramillete de tallos que se estremecen sin cesar. Más lejos, el cauce nevado que la sombra de una roca defendió de los rayos solares, está esmaltado completamente de flores: la benigna temperatura que despiden ha derretido la nieve á su alrededor. Parece que brotan de una copa de cristal de fondo azulado por la sombra. Otras flores de mayor sensibilidad no se atreven á entrar en inmediato contacto con la nieve, y cuidan de rodearse de muelle funda musgosa. Así hace la clavellina roja de los vértices nevados, y semeja un rubí colocado en almohadón de terciopelo en medio de un lecho de blanco plumón.

En las pendientes de la montaña, los bosques alternan con las manchas de césped, pero nunca al azar. La presencia de árboles grandes indica siempre, en la vertiente que los produce, tierra vegetal de bastante espesor y abundante agua de riego: de modo que, gracias á la distribución de bosques y praderas, pueden leerse de lejos algunos secretos de la montaña, siempre que el hombre no haya intervenido brutalmente derribando los árboles y modificando el aspecto del monte. Regiones enteras hay en que el hombre, ávido de riquezas, ha talado todos los árboles: no ha quedado ni un tronco, porque las nieves, á las cuales no detiene ya la barrera viva, resbalan libremente en la temporada de los aludes. Descarnan el suelo, lo raspan hasta la roca, llevándose consigo todos los residuos de las raíces.

La antigua veneración casi ha desaparecido. En otro tiempo, el leñador apenas se atrevía á la selva montañesa: el viento que en ella gemía se le figuraba voz de los dioses. Había seres sobrenaturales ocultos bajo la corteza, y la savia del árbol era también sangre divina. Cuando tenían que tocar con el hacha uno de aquellos troncos, lo hacían temblando, y el montañés de los Apeninos decía: «Si eres dios ó diosa, perdóname»; y recitaba devotamente las plegarias propias del caso, pero no se quedaba muy tranquilo después de sus genuflexiones.

Al blandir el hacha, veía agitarse las ramas encima de su cabeza. Parecíale que las rugosidades de la corteza adquirían expresión de ira y se animaban con terrible mirada. Al primer golpe, parecía la húmeda madera como sonrosada carne de ninfa. «El sacerdote lo ha permitido, pero ¿qué dirá la propia divinidad? ¿No retrocederá el hacha de pronto, para hendir el cuerpo de quien la esta manejando?»

Aún quedan hoy mismo árboles adorados: el montañés ignora por qué, y no gusta de que le pregunten sobre ello; pero en muchos sitios existen encinas respetadas, rodeadas de vallas por los indígenas, para protegerlas contra los animales y los viajeros errantes. En Bretaña, cuando un hombre estaba en peligro de muerte y no se hallaba cerca ningún sacerdote, podía confesarse al pie de un árbol: las ramas le oían, y su rumor llevaba al cielo la última oración del moribundo.

De todos modos, aunque quede algún tronco respetado en memoria del tiempo viejo, no inspira ya el bosque aquel terror sagrado. Ahora los leñadores no se andan con tantos miramientos como sus antepasados, especialmente cuando no derriban bosques que sirven de valladar á los aludes. Basta con que puedan explotarlos útilmente, es decir, ganando con la venta de la madera más de lo que les cuesta la corta y el transporte. Numerosas selvas conservan su prístina virginidad por lo difícil que es al explotador llegar hasta ellas y sacar los árboles cortados. Pero cuando el camino es cómodo, cuando la montaña ofrece buenos resbaladeros, por los cuales se puede hacer bajar con un solo impulso los troncos pelados, cuando al pie de la pendiente el torrente del valle tiene bastante fuerza para arrastrar los árboles en balsas hasta la llanura ó para dar movimiento á poderosas sierras mecánicas, en gran peligro están los bosques de caer á manos de los leñadores. Si son explotados con inteligencia, si se regulan cuidadosamente las talas, de modo que siempre quede en pie bastante árbol para los años sucesivos, y se desarrolle en el suelo forestal la mayor fuerza posible de producción, puede congratularse la humanidad de las nuevas riquezas que se le procuran. Pero cuando se corta y destruye de una vez todo el bosque, como en un acceso de frenesí, dan intenciones de maldecir á quien tal dispuso.

La belleza de los bosques que aún quedan en las pendientes de la montaña hace que echemos de menos, con mayor pena, los que nos han robado violentos especuladores. Abajo, junto á la llanura, han sido respetados los bosques de castaños, gracias á las hojas, recogidas por los aldeanos para la cuadra, y á los frutos que éstos mismos comen en las noches de invierno. Pocas selvas, ni aun en las regiones tropicales, donde alternan los grupos de árboles de más diferentes especies, presentan más pintoresca variedad que los bosques de castaños. Las pendientes de césped extendidas al pie de los árboles están bastante libres de malezas para que la mirada pueda alcanzar numerosas perspectivas por debajo de las ramas. En muchos sitios deja pasar la verde bóveda la luz del cielo: la sombra gris y el rayo suavemente dorado oscilan según el movimiento del follaje: musgos y líquenes que cubren con sus tapices la rugosa corteza, acrecen la suavidad de luces y sombras fugitivas. Los mismos árboles, bien irguiéndose aislados, bien formando grupos, difieren de aspecto y de forma. Casi todos, por los surcos de la corteza y la dirección de sus ramas, parecen haber sufrido un movimiento de torsión de izquierda á derecha; pero mientras unos tienen el tronco bastante liso y bifurcan regularmente sus ramas, otros tienen extrañas jorobas, nudos y verrugas caprichosamente adornadas con hojas. Hay árboles viejos de enorme tronco que han perdido sus ramas mayores á consecuencia de las tempestades y las han sustituído con tallitos puntiagudos como lanzas: otros conservan completo el ramaje, pero están podridos por dentro; royóles el tronco el tiempo, abriéndoles profundas cavernas y no dejándoles á veces más que una ligera capa de madera cubierta de corteza para sostener todo el peso de la vegetación superior. Vése de cuando en cuando en el suelo huella de una cepa de poderosa dimensión: desapareció el árbol, pero alrededor de aquella ruina vegetal crecen otros castaños, unidos antes al gigantesco pilar y aislados ahora, encogidos, limitados á su ruin individualidad. De modo que el bosque presenta diversidad grandísima. Al lado de árboles bien crecidos, de aspecto soberbio y porte majestuoso, hay grupos cuyas extrañas formas evocan en la imaginación los monstruos del sueño ó de la fábula. Mucho más semejantes unas á otras son las hayas, que también gustan de asociarse y formar bosques, como los castaños. Casi todas son rectas como columnas, y la extensión abierta entre los fustes permiten á la vista alcanzar largas distancias. Las hayas son lisas, de brillante corteza cubierta por el liquen, y de verde musgo en la base; mazorquillas de hojas adornan la parte baja del tronco, pero los ramajes se extienden á quince metros de altura y se unen de árbol en árbol en continua bóveda, perforada por rayos paralelos que forman dibujos en la hierba. El aspecto de la selva es severo y hospitalario al mismo tiempo.

Suave claridad, compuesta de hacecillos brillantes y á la cual comunican entonación verde las hojas, llena los paseos y se mezcla con la sombra para producir una impresión de luz cenicienta, sin crudeza de matices, pero también sin obscuridad. Tal claridad hace ver bien cuanto vive al pie de los árboles grandes; los insectos que se arrastran, las florecillas que se balancean, los hongos y musgos que alfombran tierra y raíces, y sobre los mismos árboles, líquenes blancos y dorados que se mezclan y confunden con los rayos de luz. Según las estaciones, cambia incesantemente de apariencia el bosque de hayas. En otoño, el follaje adquiere diversos tonos, dominando los matices obscuros y rojizos; marchitase después y cae á tierra y la cubre con espesa capa de hojarasca que zumba al menor soplo de aire. Penetra libremente la luz solar en el bosque por entre las desnudas ramas, pero penetran también nieves y brumas. Permanece triste y sombrío el bosque hasta la primavera, cuando las primeras flores se abren junto á los charcos de nieve derretida, cuando las sonrosadas yemas irradian sobre todo el ramaje como una vaga luz auroral.

Más sombría y de más terrible apariencia es la selva de abetos que crece á la misma altura que las hayas en la vertiente de la montaña, pero con diferente expansión. Parece guardar un terrible secreto: brotan de sus ramas rumores sordos y después se extinguen para renacer de nuevo, como el murmullo lejano de las olas. Arriba es, en las copas, donde el ruido se propaga; abajo todo está inmóvil, impasible y siniestro. Las ramas, cargadas de negro follaje, se inclinan hasta el suelo, y estremece el pasar bajo aquellas bóvedas sombrías. Cuando el invierno cargue de nieve las robustas ramas, no se doblarán, y sólo dejarán caer en el césped plateado polvo. Parece que poseen estos árboles tenaz voluntad, tanto más poderosa, cuanto que les une á todos el mismo pensamiento. Trepando por la selva hacia la cumbre de la montaña, se ve que los árboles tienen que luchar cada vez más para conservar su existencia en la atmósfera, que se va enfriando. Su corteza es más rugosa, su tronco menos recto, sus ramas más nudosas, su follaje menos abundante y más duro. Sólo pueden resistir á las nieves, á las tempestades y al frío por el abrigo que se dan unos á otros. Aislados, perecerían; unidos en el bosque, continúan viviendo, Pero si por la parte de la cima los árboles que forman el primer valladón de defensa llegan á ceder en cualquier punto, pronto conmoverá y derribará la tormenta á sus compañeros. Preséntase el bosque como un ejército, formando á sus árboles en batalla, como si fueran soldados. Únicamente dos ó tres abetos, más robustos que los restantes, se han adelantado, semejantes á campeones. Sólidamente arraigados en la roca, bien plantados, acorazados con rugosidades y nudos como con una armadura, desafían á las borrascas y sacuden de cuando en cuando sus penachos de bohojasHe visto á uno de sus héroes que se había apoderado de una punta aislada y dominaba desde allí inmensa extensión de cañadas y barrancos. Sus raíces, que no había podido cubrir la poco profunda tierra vegetal, envolvían á la roca hasta larga distancia: rastreras y tortuosas como serpientes, se reunían en un tronco bajo y nudoso que parecía tomar posesión de la montaña; las ramas del árbol luchador se habían torcido ante los ataques del viento, pero sólidas y recogidas sobre si mismas, podían arrostrar aún el esfuerzo de cien tempestades.

Por encima de los bosques de abetos y de su vanguardia expuesta á todas las tempestades, todavía crecen árboles, pero son de especie que, en vez de elevarse hacia el cielo, se arrastran por la tierra y se escurren miedosamente por las fragosidades para huir del frío y del viento. Se desarrolla en ellos la anchura: las ramas, que serpentean como raíces, se repliegan sobre éstas y aprovechan su escaso calor. Así se juntan unos á otros los carneros para calentarse durante las noches de invierno, Achicándose, ofreciendo poco cuerpo á la tormenta, poca superficie al frío, los enebros de la montaña consiguen conservar su existencia, se le ve aún arrastrarse hacia las nevadas cimas á centenares de metros por encima del abeto más atrevido en el asalto. También los arbustos como el rosal de los Alpes y el brezo logran subir á grandes alturas, gracias á la forma esférica ó de cúpula que tienen todas sus ramas apretadas una contra otra. El viento resbala en estas bolas vegetales. Pero ya más arriba tienen que renunciar á luchar contra el frío y dejar sitio á los musgos que se extienden por el suelo y á los líquenes que se incorporan á la roca. La vegetación salió de la piedra, y á la piedra vuelve.

CAPÍTULO XV

#Los animales de la montaña#

Rica por su vegetación en selvas, arbustos, praderas y musgos, la montaña parece pobre de animales: estaría casi completamente desierta si el pastor no le llevara sus rebaños de vacas y ovejas que se ven de lejos, sobre el verdor de los pastos, como puntitos rojos ó blancos, y si los celosos perros de ganado no corrieran continuamente á derecha é izquierda, haciendo repetir sus ladridos á los ecos. Esos son inmigrantes temporales que en primavera subieron de las llanuras bajas, á las cuales volverán en invierno, como no se les oculte en el fondo de los establos en las aldeas del valle. Los únicos hijos de la montaña que se encuentran al trepar por las pendientes son insectos que atraviesan los senderos, escurriéndose entre la hierba, ó zumbando por el aire; mariposas entre las cuales se nota al erebo negro de metálicos reflejos y al magnífico Apolo, viviente flor que revolotea entre otras flores acá y acullá, algún reptil que desaparece entre unas piedras. Pocas aves cantan en los bosques silenciosos.

No obstante, la montaña, fortaleza natural que se yergue entre las llanuras, tiene también sus huéspedes: unos, temerosos fugitivos, que buscan inaccesible refugio; otros, ladrones atrevidos, animales rapaces que desde sus atalayas examinan el horizonte á lo lejos antes de emprender sus excursiones de pillaje.

Cosa extraña y que da á comprender la cobardía de los hombres: las bestias montaraces que destrozan y matan á las demás son precisamente las más admiradas. Se les daría con gusto la realeza, y en mitos, fábulas, leyendas y hasta en algún libro viejo de historia natural, se les da el nombre de reyes.

Empecemos por el águila y otras aves de rapiña y carniceras que todos los señores de la tierra han elegido como emblema, poniéndoles á veces dos cabezas, como si quisieran ellos tener dos bocas para devorar. Es hermosa ciertamente el águila cuando se planta altanera sobre peñasco inaccesible á los hombres, y más magnífica todavía cuando se cierne tranquilamente en los aires, soberana del espacio. Pero poco importa su belleza. Si el rey la admira, el pastor la odia, y le ha declarado guerra mortal, por enemiga del rebaño. Pronto no habrá águilas, buitres ni gipactos más que en los museos: ya no se ve en muchas montañas ni un nido, ó el único que queda no guarda más que un pajarraco solitario y desconfiado, viejo, medio tullido y comido por los parásitos.

También el oso es un devorador de carneros, y tarde ó temprano el pastor lo exterminará en las montañas. A pesar de su prodigioso vigor, del arte con que tritura los huesos, no es el favorito de los reyes, que no deben de encontrarlo bastante elegante para figurar en sus blasones: en cambio, muchos pueblos le quieren por sus cualidades y hasta el cazador que le persigue siente por él, aun sin querer, cierta simpatía. El ostiak, después de haberle dado el último golpe y haberlo tendido, cubierto de sangre en la nieve, se arrodilla ante el cadáver para implorar su perdón y le dice: «Te he matado, pero teníamos hambre mi familia y yo, y eres tan bueno, Dios mío, que habrás de perdonar mi crimen.» Sin embargo, no nos hace á nosotros el efecto de un dios, pero parece honrado, cándido y benévolo. ¡Qué bien practica las virtudes familiares! ¡Qué bueno es para sus cachorros, y qué alegres, saltarines y caprichosos son éstos! Las costumbres patriarcales de que con tanto encomio se nos habla, hay que ir á buscarlas á la caverna del oso ó á su enorme nido, cómodamente tapizado de musgo. Verdad es que el animal da de cuando en cuando algún mordisco á los carneros del pastor, pero generalmente es la misma sobriedad. Se contenta con mascar hojas, pacer arándanos, saborear panales de miel: á veces se arriesga á bajar á la playa para ir á comer tranquilamente uvas y peras en la planta que las produce.

Tsendi, naturalista suizo, afirma bajo palabra de honor que si el buen animal se encuentra en el camino á alguna chica con su cesto de fresas, se conforma con colocar delicadamente la pata en el cesto para pedir su parte. Y cuando entra al servicio del hombre es servicial y magnánimo: tiene buen humor y desdeña las injurias. Siento mucho, sin poderlo remediar, que desaparezca de nuestras montañas el oso, cuyas patas suele clavar orgullosamente el cazador en la puerta del hórreo. Quedará suprimida la raza, pero creo que, con más inteligencia, se hubiera podido domesticar asociándole á nuestras labores.

En cambio nadie echará de menos al lobo cuando haya desaparecido completamente de la montaña. Ese sí que es un bicho sanguinario, pérfido, maléfico, cobarde y vil por todos cuatro costados. No piensa más que en desgarrar á la víctima y en beberse la sangre que brota caliente de la herida. Todos los animales le odian, y á todos los odia él, pero no se atreve á atacar más que á los débiles ó á los heridos. Sólo el frenesí del hambre puede impulsarle á meterse con otro más fuerte. En cambio se apresura á lanzarse sobre la presa ya caída, sobre un enemigo que no puede defenderse. Hasta cuando un lobo acaba de caer, vivo todavía, herido por la bala del cazador, arrójanse todos sus compañeros sobre él para rematarlo y disputarse sus restos. Roma la sangrienta ha dejado recuerdo cargado con todas las maldades imaginables: arrasó ciudades á millares, destrozó hombres á millones, se hartó de todas las riquezas terrestres, fué la reina del antiguo mundo por infamias innumerables; por perfidias y por violencias, y á pesar de todos sus crímenes todavía se ha calumniado á sí misma, tomando á una loba por abogada y madre. El pueblo cuyas leyes, bajo apariencia distinta, nos rigen hoy, era realmente feroz y duro, pero no tan malo como pudiera hacerlo creer el símbolo, que eligió.

Para el que gusta de la montaña, es muy grato saber que el lobo, sér odioso, es animal de las grandes llanuras. La destrucción de las arboledas natales y el creciente número de los cazadores le han obligado á refugiarse en los alfoces de las alturas, pero no ha dejado de ser un intruso. Sus condiciones naturales son á propósito para dar carreras de cincuenta leguas por las estepas ó para trepar por las rocas. El animal á quien la forma de su cuerpo y la elasticidad de sus músculos dieron mayores facilidades para brincar de peña en peña y saltar las grietas es la graciosa gamuza, el antílope de nuestras comarcas. Ese es el verdadero habitante de la montaña. Ningún precipicio le espanta, ninguna pendiente nevada le asusta; trepa en dos brincos por fragosidades vertiginosas que el cazador más valiente no se atrevería á escalar: colócase de un salto en rebordes menos anchos que sus cuatro patas, reunidas en un solo soporte, y aunque es animal terrestre, parece alado. Además, es benigno y sociable: con gusto se confundiría con nuestros rebaños de cabras y ovejas: pocos esfuerzos serían necesarios para que aumentara el número de nuestros animales domésticos; pero es más fácil matarlo que domarlo, y las pocas gamuzas que quedan están reservadas para dar gusto al cazador. Probable es que desaparezca pronto la raza, y al fin y al cabo más vale morir libremente que vivir en la esclavitud.

Más arriba aún que la gamuza, en vericuetos y peñas rodeadas de nieve por todas partes, han escogido albergue otros animales. Uno de estos es una especie de liebre que sabe cambiar de librea todas las estaciones, de manera que su piel se confunde con el suelo que la rodea, y así se escapa á la perspicaz vista del águila. En invierno, cuando todo está cubierto de nieve, su piel es tan blanca como los copos: en primavera, cuando matas y guijarros aparecen á trechos entre la capa de nieve, el pelaje del animal se matiza con manchas grises: en verano, es del color de las piedras y del césped abrasado, y después, en otro brusco cambio de estación, cambia también bruscamente de pelo.

Aún mejor protegida, la marmota pasa el invierno en la profunda madriguera, en donde la temperatura es igual siempre, á pesar de las espesas capas de nieve que cubren el suelo, y durante meses enteros suspende el curso de su vida hasta que el perfume de las flores y los rayos primaverales la despiertan de su sueño letárgico.

Finalmente, uno de esos roedorcillos activos y despiertos siempre que se encuentran en todas partes, se ha decidido llegar á la cumbre de la montaña, abriendo túneles y galerías por debajo de la nieve: es el campañol. Cubierto con tan helada capa, busca por el suelo su escaso alimento, y lo encuentra, lo cual es maravilloso.

Tal es la fecundidad de la tierra, que produce para la incesante batalla de la vida poblaciones de devoradores y de víctimas que combaten en la obscuridad á más de mil metros sobre el límite de las nieves perpetuas. Esa terrible lucha por la existencia, cuyo odioso espectáculo me había echado de las llanuras, se encuentra también arriba, en las capas de tierra helada.

Muchas veces se cierne el ave de rapiña en regiones aun más altas, pero es para viajar de una á otra pendiente de la montaña ó para vigilar la extensión en lontananza y descubrir una presa. Mariposas y libélulas, arrebatadas por la alegría de revolotear al sol, se elevan á veces hasta la zona más alta de la montaña, y sin prever el frío de la noche siguen subiendo hacia la luz; con mucha frecuencia vénse arrastrados los pobres animalillos, así como moscas y otros insectos, hacia las cumbres superiores por vientos de tormenta, y sus despojos alfombran, mezclados con el polvo, la superficie de la nieve. Pero además de esos forasteros que voluntariamente ó por fuerza visitan las regiones del silencio y de la muerte, existen indígenas que se encuentran allí realmente en su casa, sin que les parezca demasiado frío el aire ó demasiado helado el suelo. Extiéndese á su alrededor la callada inmensidad de las nieves, paro hay puntas de rocas que, de trecho en trecho, son para ellos los oasis en medio del desierto, y sin duda allí, en medio de los líquenes, encuentran el alimento necesario á su subsistencia. De todos modos, milagroso es que lo hallen, y los naturalistas se asombran al comprobarlo.

Arañas, insectos ó aradores de las nieves, todos estos animalejos deben de conocer el hambre, y quizás los diversos fenómenos de su vida se verifiquen con extraordinaria lentitud. En ese imperio de la escarcha, las crisálidas deben permanecer mucho tiempo entumecidas en su sueño de aparente muerte.

No sólo se revela la vida junto á la nieve, sino que hasta la propia nieve vive en ciertos sitios, tal es en ella el pulular de animalillos. Se divisan desde lejos, en la extensión blanca, grandes manchas rojas ó amarillas. Los montañeses dicen que es nieve podrida. Los sabios, armados con el microscopio, dicen que son billones y billones de seres que se agitan, viven, se quieren, se reproducen y acaban por comerse unos á otros.

CAPÍTULO XVI

#El escalonamiento de los climas#

Los naturalistas que recorren la montaña estudiando los seres vivientes que la habitan, plantas ó animales, no se limitan á estudiar las especies en su forma y en sus costumbres actuales: quieren conocer también la extensión de su dominio, la distribución general de sus representantes en las pendientes y la historia de su raza. Consideran á los innumerables seres de una misma especie, hierbas, insectos ó mamíferos, como á un individuo inmenso, cuyas moradas todas en la superficie de la tierra y cuya duración en la serie de las edades deben ser conocidas.

Escalando una vertiente de la montaña, el viajero observa al principio cuán poco numerosas son las plantas que le acompañan hasta la cumbre. Las que ha visto en la falda y en las primeras quebraduras, no las vuelve á ver en las más elevadas pendientes; y si algunas quedan, desaparecen junto á las nieves para que las sustituyan otras especies. Es un cambio continuo en el aspecto de la flora, conforme su aproxima uno á las altas cumbres. Hasta cuando la planta de las colinas inferiores continúa apareciendo al lado del sendero contiguo á la nieve, parece que cambia poco á poco. Abajo ya se marchitaron sus flores, cuando en las alturas apenas están en capullo: allí ha pasado ya por el verano: aquí todavía está en la primavera.

Claro es que no puede medirse exactamente la altura en que tal planta deja de crecer y tal otra empieza á mostrarse. Mil condiciones de terreno y de clima contribuyen continuamente á mover, ensanchar y estrechar los límites que separan el dominio natural de las diferentes especies. Cuando cambia el terreno, cuando sucede la roca á la tierra vegetal ó la arcilla á la arena, numerosas plantas suceden también á otras. Igual contraste se presenta cuando el agua empapa la tierra ó cuando falta en el suelo sediento, cuando el viento sopla libremente en todo su furor ó cuando encuentra algo que sirva de obstáculo á su violencia. A la salida de los callejones en que se abisman las tempestades, hay pendientes tan barridas por su áspero aliento, que árboles y arbustos se detienen ante él, como se pararían ante una muralla de hielo. En otras partes varía la vegetación según lo escarpado de las fragosidades. En los acantilados verticales no hay más que musgos: únicamente las malezas pueden agarrarse á las inclinadas paredes de los precipicios. Si la pendiente es menos rápida, pero aun inaccesible para el hombre, se arrastran los árboles entre las rocas y se agarran á las hendiduras con sus raíces; en las planicies se enderezan, en cambio, los tallos y se extiende el follaje. Varía la esencia de los árboles generalmente tanto como su altura. Donde la diferencia de las pendientes fué originada por la de las hiladas roquizas que los agentes atmosféricos han atacado con desigualdad, ofrece la montaña una sucesión de escalones paralelos de vegetación del efecto más extraño. Piedras y plantas cambian á la vez en regulares alternativas.

De todos los contrastes de vegetación, el más importante en su conjunto es el que produce la diferencia de exposición á los rayos solares. Al penetrar en un valle regular, dominado por uniformes vertientes, una al Norte y otra al Mediodía, puede verse cuánto modifica la vegetación en ambas pendientes la diferencia de luz y de calor; á veces es absoluto el contraste y presenta dos regiones terrestres que parecen hallarse á centenares de leguas una de otra. A un lado están los árboles frutales, los cultivos, las praderas opulentas: enfrente no hay campos ni jardines: no se ven más que bosques y pastos. Hasta las selvas que crecen una frente á otra en las dos vertientes, encierran especies diversas. Allá arriba, bajo la pálida claridad que refleja el cielo del Norte, hay abetos de ramas obscuras: á la claridad vivificadora del mediodía, viven tan á gusto como en una espaldera los alerces de delicado verdor. Como las plantas que buscan para florecer los rayos del sol, el hombre ha elegido para morada suya las pendientes que miran al Mediodía. Por aquel lado las casas están contiguas al camino en línea casi continua, y las queseras se esparcen como rocas grises en los altos pastos. Sobre la vertiente fría que está enfrente sólo se ve alguna casuca albergada en los pliegues de un barranco.

Las pendientes de la montaña son diferentes por el aspecto, el clima y la vegetación, pero tienen un fenómeno común, y es que al subirlas parece que se dirige uno á los polos de la tierra: si se trepa cien pasos más arriba parece verse transportado el viajero á cincuenta kilómetros más lejos del Ecuador. Hay cima que se ve erguirse encima de la cabeza del espectador y cuya flora se asemeja á la de Escandinavia; pasada esta punta para elevarse más arriba, se entra en Laponia y á una altura mayor se encuentra la vegetación del Spitzberg. Cada montaña es, por sus plantas, como un resumen de todo el espacio que se extiende desde su base hasta las regiones polares, á través de los continentes y los mares. En sus relatos dan á veces los botánicos testimonio del júbilo, de la emoción que sienten cuando, después de haber escalado rocas vivas, de haber recorrido las nieves, de haber andado á lo largo de abiertas grietas, llegan á un espacio libre, á un jardín, cuyas floridas plantas les recuerdan algunas tierras queridas del Norte lejano, quizá de su patria, situada á millares de kilómetros de distancia. Realizóse para ellos el prodigio de las Mil y una noches: con sólo algunas horas de caminata, hételos transportados á otra naturaleza, á un nuevo clima.

Todos los años, algunos desórdenes violentos, pero temporales, trastornan esta regularidad del escalonamiento de la flora. Paseándose por recientes derrumbaderos ó junto á los montones de tierra traídos desde lo alto de las montañas por las aguas torrenciales, el botánico observa frecuentes perturbaciones en la distribución de las tribus vegetales. Esos fenómenos le interesan, porque, á fuerza de estudiar las plantas, se acaba por simpatizar con ellos. Este espectáculo que le hace palpitar el corazón reconoce por causa la forzada expatriación de hierbas y musgos violentamente arrastrados á un clima para el cual no nacieron. Al caer ó al resbalar desde las fragosidades superiores, las rocas se han llevado flores, simientes, raíces, tallos enteros. Semejantes á los fragmentos de un planeta lejano que hicieran desembarcar en la tierra á habitantes de otros mundos, esas rocas caídas de la cumbre también sirven de vehículo á colonias de plantas. Asombradas las pobrecillas de respirar otra atmósfera, de encontrarse en otras condiciones de frío y de calor, de sequedad y de humedad, de sombra y de luz, procuran aclimatarse en su nueva patria. Algunas de ellas consiguen sostenerse contra la muchedumbre de plantas indígenas que los rodea, pero la mayor parte, por más que se agrupan y se aprietan unas contra otras como refugiadas á quienes odia todo el mundo (y que se quieren más unas á otras por lo mismo), vénse condenadas á perecer en breve plazo. Asaltadas por todas partes por los antiguos propietarios del terreno, acaban por abandonar el sitio que el derrumbamiento de su roca madre le había hecho conquistar violentamente. El botánico, que las estudia en su nuevo ambiente, las ve perecer poco á poco. Después de algunos años de residencia, ya no se componen las colonias más que de un corto número de individuos enfermizos, que acaban por ser ahogados también. Así es, como, en nuestra humanidad, van muriendo sucesivamente colonos extranjeros, en medio de un pueblo que los odia y un clima que les es contrario.

A pesar de las irregularidades temporales, el escalonamiento de la flora en las laderas de las montañas conserva, pues, el carácter de una ley constante.

¿De dónde procede este extraño reparto de plantas por la superficie del globo? ¿Por qué especies originarias de las más lejanas comarcas se han juntado formando colonias en las altas fragosidades de los montes? Indudablemente las semillas de algunas de ellas habrán podido ser transportadas por las aves y por los vientos tempestuosos, pero la mayor parte tienen simientes que no sirven para alimento de aves y pesan demasiado para adherirse á las plumas de sus patas. Entre las plantas de regiones frías que colonizan la montaña, hay familias enteras que nacen de cebollas, y seguramente ni el viento ni las aves han podido llevarlas atravesando continentes y mares.

Es necesario por consiguiente que las plantas se hayan propagado de trecho en trecho, por invasiones graduales, como acontece en nuestros campos y praderas. Las colonias que hoy se ven en los altos jardines rodeados de nieve, han subido lentamente desde la llanura, mientras otras plantas de la misma especie, andando en sentido contrario, se dirigían hacia las regiones polares, en las cuales habitan en la actualidad. Sin duda era entonces el clima de nuestros campos tan frió como lo es hoy el de las grandes cimas y la zona boreal; pero poco á poco se hizo más benigna la temperatura: las plantas á quienes agrada el áspero aliento del invierno tuvieron que huir, unas hacia el Norte, otras hacia las pendientes de los montes. De las dos fajas fugitivas, separadas por una zona siempre creciente, ocupada por especies enemigas, la que se retiraba hacia la montaña veía disminuir el espacio ante ella, en proporción á la suavidad del clima: ocupó primero las estribaciones de la falda, después las pendientes medias, después las altas cimas, y ahora tienen algunas como refugio último las crestas supremas de la montaña. Si el clima vuelve á enfriarse á consecuencia de algún cambio cósmico, emprenderán de nuevo las plantas su viaje hacia la llanura: victoriosas otra vez, arrojarán á otra parte á las especies que necesitan más suave temperatura. Según las alternativas de los climas y sus ciclos inmensos, los ejércitos de plantas adelantan ó retroceden por la superficie del globo, dejando detrás grupos de rezagados que nos revelan cuál fué en otro tiempo la marcha del cuerpo principal.

Los mismos fenómenos ocurren en las tribus de los hombres que en la de los animales y plantas. Durante las oscilaciones del clima, pueblos de diferentes razas que no podían adaptarse á tan variable medio, se dirigían lentamente hacia el Norte ó el Sur, ahuyentados por el exceso del calor ó del frió. Desgraciadamente, la historia, que aún no había nacido, no ha podido contarnos todo el ir y venir de aquellos pueblos, y por otra parte, en sus mayores emigraciones, obedecen siempre los hombres á un conjunto de pasiones múltiples que no saben analizar. Muchas tribus han andado así y han cambiado de morada, sin darse cuenta de lo que las impulsaba hacia adelante. En seguida contaban en sus tradiciones que las había guiado una estrella ó una columna de fuego, ó que habían seguido el vuelo de un águila ó que habían ido colocando sus pies en las huellas del casco de un bisonte.

Si la historia enmudece ó dice pocas palabras sobre las marchas y contramarchas que los cambios de climas han impuesto á los pueblos, basta en cambio con mirar, para ver cómo responde la diferencia de los hombres en las laderas opuestas de casi todas las montañas, á la diversidad de temperatura y de medio ambiente. Cuando á cada lado del monte es poco sensible el contraste de los climas, ya porque la dirección de toda la hilera de alturas es de Norte á Sur, ya porque vientos del mismo origen y cargados de igual cantidad de humedad rieguen ambas vertientes, pueden entonces los hombres de una misma raza distribuirse libremente en una y otra parte, entregarse á los mismos cultivos, á iguales industrias, practicar análogas costumbres. La muralla que se yergue entre ellos, interrumpida quizá por varias brechas, no es un muro de separación. Pero si la montaña y toda la serie de cimas que le corresponden tienen una vertiente vuelta hacia el Norte y sin vientos fríos, y la opuesta recibe de lleno los suaves rayos del Mediodía, ó bien por una parte los vapores del mar se resuelven en torrentes, mientras por la otra están siempre secas las hondonadas, ciertamente que la flora, la fauna y la humanidad de ambas vertientes ofrecerán el más notable contraste. Cada paso que da el viajero, después de haber doblado el vértice, le presenta una nueva naturaleza: penetra en un mundo donde hace descubrimiento sobre descubrimiento. Párase ante una hierba olorosa que nunca había visto: una extraña mariposa revolotea ante él: mientras estudia las nuevas especies de plantas ó animales ó procura darse cuenta del conjunto de los rasgos de aquella naturaleza desconocida, se le acerca un pastor, hombre de otra raza y de otra civilización: hasta su idioma es distinto.

Separando dos zonas de climas, la cresta de la montaña también separa dos pueblos, y este es un fenómeno constante en cuantos países de la tierra donde la conquista no ha mezclado ó suprimido brutalmente las razas; y aun á pesar de las violencias de la conquista, ese contraste normal entre las poblaciones de ambas vertientes se ha restablecido con frecuencia. Ejemplo de ello presenta la historia de Italia. El esplendor de aquel país fascinó á los bárbaros del Norte y del Noroeste. Muchas veces, franceses y alemanes, atraídos por la riqueza del territorio, por los tesoros de las ciudades, por el sabor de los frutos, por todas sus bellezas naturales, se precipitaron en armadas muchedumbres sobre las llanuras que rodea el grandioso hemiciclo de los Alpes. Por más que han matado, incendiado y destruido, por más que han ocupado el sitio de los vencidos, por más que han edificado ciudades y han construido ciudadelas, la población nativa ha acabado por triunfar de ellos. Y los extranjeros, ya celtas, ya teutones, han tenido que volver á pasar los Alpes.

Así es que los montes, rugosidades relativamente insignificantes en la superficie del globo, sencillos obstáculos, que el hombre puede atravesar en un día, tienen gran importancia histórica como fronteras naturales entre naciones diversas. Ese papel en la vida de la humanidad, menos lo deben á la falta de caminos, á lo fragoso de sus vericuetos, á su zona nevada y de rocas infecundas, que á la diversidad y á veces á la enemistad de las poblaciones domiciliadas en las dos opuestas faldas. La historia de lo pasado nos enseña que todo límite natural, colocado entre pueblos por un obstáculo difícil de salvar, montaña, meseta, desierto ó río, es al mismo tiempo frontera moral para los hombres. Como en los cuentos de hadas, se fortificaba con invisible muro, erigido por el odio y el desprecio. El hombre que llegaba allende los montes, no era sólo un extranjero, sino un enemigo. Odiábanse los pueblos, pero á veces un pastor, mejor que todos los de su raza, cantaba bajito algunas palabras de cándido afecto, mirando por encima de la montaña. Él sabía, por lo menos, salvar la elevada barrera de nieves y de rocas. Su corazón sabía considerar como patria ambas vertientes. Un antiguo canto de nuestros Pirineos cuenta este triunfo en un sentimiento dulce sobre la naturaleza y sobre las tradiciones de odios nacionales:

  ¡Baicha-bous, montagnos! ¡Planos, havussa bous!
  ¡Daqué pousqui bede oun sonn mas amous
!

  ¡Bajáos, montañas! ¡alzáos, llanuras!
  ¡Y que yo ver pueda do están mis amores!

CAPÍTULO XVII

#El montañés libre#

Las rugosidades formadas en la superficie terrestre por montañas y valles son por consiguiente un hecho capital en la historia de los pueblos, y explica á veces sus viajes, sus emigraciones, sus conflictos y sus diversos destinos. Así es como una topera, que surge en un prado, en medio de poblaciones de insectos solícitos que andan yendo y viniendo, cambia inmediatamente todos los planos y hace desviar en sentido inverso la marcha de las tribus viajeras.

Separando con su enorme masa las naciones que por una y otra parte sitian sus vertientes, la montaña protege también á los habitantes, generalmente poco numerosos, que han ido á buscar asilo á los valles. Los abriga, los hace suyos, les da costumbres especiales, cierto género de vida, particular carácter. Sea cual fuere su raza originaria, el montañés se ha hecho tal como es, bajo la influencia del medio que le rodea. La fatiga del trepar y del bajar penosamente, la sencillez del alimento, el rigor de los fríos invernales, la lucha contra la intemperie han hecho de él un hombre aparte, le han dado una actitud, un andar, un juego de movimientos muy diferente de los usados entre sus vecinos de la llanura. Le han dado además un modo de pensar y de sentir que le distingue. Han reflejado en su espíritu, como en el del marino, algo de la serenidad de los grandes horizontes: también en muchos sitios le han asegurado el tesoro inapreciable de la libertad.

Una de las causas que más han contribuído á sostener la independencia de ciertos pueblos montañeses, es que para ellos el trabajo solidario y los esfuerzos de conjunto son una necesidad. Todos son útiles para cada uno, y cada uno para todos. El pastor que va á los pastos altos á guardar los rebaños de la comunidad, no es el menos necesario á la prosperidad general. Cuando ocurre un desastre, ayúdanse todos mutuamente para enmendar el daño. Si el alud se ha desplomado sobre algunas cabañas, todos trabajan en el desescombro. Si la lluvia ha desmoronado los campos, que se cultivan en gradas sobre las pendientes, todos se ocupan en recoger la tierra que se ha venido abajo y subirla en espuertas hasta la vertiente de donde se cayó. Si el torrente desbordado ha cubierto de piedras las praderas, todos se afanan en limpiar el césped de tales escombros que lo ahogan. Cuando en invierno es peligroso arriesgarse entre la nieve, cuentan unos con la hospitalidad de los otros. Todos son hermanos y pertenecen á la misma familia. Así es que cuando los atacan, resisten de común acuerdo, movidos, digámoslo así, por un solo pensamiento. Por otra parte, la vida de combates sin tregua contra toda clase de peligros y quizá también el aire puro y saludable que respiran los convierten en hombres atrevidos y desdeñosos de la muerte. Trabajadores pacíficos, á nadie atacan, pero saben defenderse.

La montaña protectora les da medios para precaverse contra la invasión. Defiende el valle con estrechos desfiladeros de entrada, en que algunos hombres bastan para detener á grandes grupos: oculta sus fértiles valles en los huecos de grandes terraplanes cuyas fragosidades parecen inaccesibles. En ciertos sitios está perforada por cavernas que se comunican entre sí y pueden servir de escondrijos.

En la pared de un desfiladero que visitaba yo con frecuencia, había una de esas fortalezas ocultas. Con gran trabajo pude llegar á la entrada agarrándome á las asperezas de la roca y á algunas ramas de boj que habían arraigado en las hendiduras. Mucho más difícil hubiera sido escalarla para los asaltantes. Peñascos amontonados en la boca de la gruta estaban dispuestos á rodar, saltando de punta en punta, hasta el torrente. A cada lado de la entrada, la roca, absolutamente recta y lisa, no hubiera dejado pasar ni á una serpiente: encima, el acantilado que la dominaba, protegía la abertura como pórtico gigantesco, y, además, medio la cerraba un gran muro. La gruta era inexpugnable, á no ser por sorpresa. Los enemigos tenían que conformarse con vigilarla de lejos, pero cuando no oían salir de ella ningún rumor, cuando se arriesgaban á encaramarse hasta allí para contar los cadáveres, encontraban las galerías subterráneas completamente vacías. Los habitantes se habían escurrido de caverna en caverna hasta otra salida secreta oculta entre malezas. Había que empezar de nuevo la caza, que á veces se terminaba por desdicha, capturando á las víctimas. El hombre es una presa para el hombre.

En ciertos sitios en que la montaña no presenta cavidades propicias, una roca aislada en el valle, una roca de planos perpendiculares era la que servía para fortaleza. Cortada verticalmente por los tres lados que rodea el torrente en su base, sólo era accesible por una sola vertiente, y por aquella parte, el grupo de montañeses que quería hacer de ella atalaya y castillo, no tenía más que proseguir el trabajo emprendido por la naturaleza. Escarpaba la roca, la hacía intransitable al paso humano y dejaba una sola entrada subterránea perforada á pico en el espesor de la peña. Metidos en su guarida, los habitantes de la fortaleza obstruían la abertura con un peñasco, y ya no les podía visitar más que algún ave. La arquitectura no hacía gran falta aquella ciudadela, y sin embargo, alguna vez, por una especie de coquetería, el montañés adornaba la arista del precipicio con un muro almenado, que permitía á sus hijos jugar sin riesgo en toda la extensión de la meseta, y desde cuyas alturas podía espiar á gusto cuanto se divisara en las cercanas pendientes. En muchas comarcas montañesas de Oriente, cuyos valles están poblados de razas enemigas unas de otras, y en las cuales el homicidio se considera por consiguiente como leve culpa, hay muchas rocas fortalezas habitadas aún. Cuando llega un huésped al pie de la escarpa, anuncia su presencia á gritos. Poco después baja una cesta de una trampa abierta en la roca: se instala allí el viajero, y los brazos de sus amigos de arriba izan lentamente la pesada cesta, que da vueltas por el aire.

Si las rocas abruptas de los altos valles sirvieron para defender á las poblaciones pacificas contra toda invasión, en cambio los montecillos del llano sirvieron muchas veces de atalaya y lugar de rapiña á algún rapaz barón.

Muchos, pueblos aun en nuestro país, demuestran con su arquitectura que no hace todavía mucho tiempo había allí guerra permanente, y que á cada momento había que temer ataques de señores ó de bandoleros. No hay casas aisladas en las pendientes indefensas; todos los tugurios, semejantes á carneros espantados por la borrasca, se han reunido en un solo grupo, vasto montón de piedra. Desde abajo parece aquello una continuación de la roca, una escotadura de la cima, ora deslumbrante de claridad, ora ennegrecida por la sombra. Súbese allí por senderos vertiginosos que diariamente tienen que bajar los aldeanos para cultivar sus campos, y que tienen que subir de nuevo todas las noches, después del largo trabajo diario. Una sola puerta da entrada al pueblo, y en las torres laterales quedan aún huellas del rastrillo y de otros medios de defensa; ninguna ventana se abre sobre la inmensa extensión de los valles cercanos. Las únicas aberturas son las aspilleras por donde pasaban en otro tiempo los venablos ó los cañones de los fusiles. Aun hoy, los descendientes de aquellos desgraciados, sitiados de generación en generación, no se atreven á construir sus habitaciones en medio del campo. Podrían hacerlo, pero la costumbre (la más obedecida de todas las tiranías) los tiene encerrados en la antigua cárcel.

Libres eran los altos valles de la montaña, libres los montañeses, pero fuera de los pasos estrechos donde nunca se arriesgan impunemente los agresores. Un promontorio casi aislado sostenía el castillo del barón. Desde allá arriba, el bandolero ennoblecido por sus propios crímenes y los de sus antepasados podía vigilar las llanuras cercanas y los barrancos y desfiladeros de la montaña. Como una serpiente enroscada en una peña yergue la inquieta cabeza para acechar un nido lleno de pajarillos, el bandolero observa desde lo alta de la torre del homenaje: no se atreve á atacar á los montañeses en su valle, pero está seguro de sorprender y cautivar á los que se arriesguen por la llanura.

El castillo del noble desvalijador de caminantes está hoy arruinado. Un sendero pedregoso, obstruído por los zarzales, ha sustituído el camino por donde los guerreros hacían caracolear á sus alegres caballos al emprender la marcha, por donde subían los mercaderes encadenados y los mulos cargados de botín. En el sitio donde estuvo el puente levadizo se ha cegado el foso con piedras, y después el viento y los pies de los transeuntes le han llevado un poco de tierra vegetal, donde han arraigado saúcos. Los muros están casi todos derruidos, y enormes fragmentos, semejantes á peñascos, yacen por el suelo. Por otras partes, piedras desmoronadas llenan á medias el foso que cubre espesa alfombra de pamplina. El patio grande, en el cual se juntaban en otro tiempo los hombres de armas antes de las expediciones de pillaje, está lleno de escombros y de hoyos: difícil es abrirse camino á través de tupidos grupos de arbustos y de hierbas altas: se teme pisar alguna víbora oculta entre dos piedras ó caer en la boca, abierta aún, de una mazmorra. Andemos, sin embargo, mirando atentamente al suelo. Llegamos al fondo del pozo, rodeado aún afortunadamente por un resto de brocal: nos asomamos con espanto á la negra abertura del abismo é intentamos sondear su profundidad á través de las escolopendras y helechos entrelazados. Parécenos vislumbrar abajo el reflejo de un rayo extraviado en ese precipicio; parécenos oir un murmullo ahogado que sube hacia nosotros. ¿Es una corriente de aire que se arremolina en la sima? ¿Es un manantial, cuya agua se filtra entre las piedras y cae gota á gota? ¿Es una salamandra que cae al agua y la hace chapotear? ¿Quién sabe? La leyenda nos dice que en otro tiempo los ruidos confusos que salían de esas profundidades eran gritos de desesperación, sollozos de víctimas. El agua del pozo cubre un lecho de osamentas.

Aparto con esfuerzo mis ojos del microscopio que los fascina, y los dirijo á la masa cuadrada de la torre del homenaje, que brilla á toda luz. Las otras torres se han derrumbado; únicamente queda ésta en pie, y hasta conserva algunas almenas de su corona. Los muros, dorados por el sol, están tan lisos como al día siguiente del primer banquete celebrado por el señor en el salón. No hay en ella rendija ni rozadura apenas: únicamente el maderamen y los herrajes de las estrechas ventanas semejantes á aspilleras han desaparecido. A cinco metros sobre el suelo se alza en el espesor de la muralla lo que fué puente de entrada; ancha piedra saliente forma su umbral, y la parte superior de la ojiva está adornada con tosca escultura que ostenta un caprichoso monograma y las huellas de la antigua divisa del barón. La escalera movible que se enganchaba en el umbral ya no existe, y el celoso arqueólogo que quisiera leer ó más bien adivinar las pocas palabras orgullosas esculpidas en la piedra, tiene que coger una escalera de mano. Para introducirse en la torre, adoptaron los aldeanos medio más violento: han perforado el muro al nivel del suelo. Penoso trabajo fué éste, pero quizá les animaba la venganza contra aquel torreón, donde muchos de los suyos hablan perecido entre tormentos ó de hambre: quizá se figurasen también que iban á encontrar un tesoro escondido.

Entro con cierto temor por esta brecha: el aire interior, con el cual no se mezcla nunca un rayo de sol, me hiela antes de entrar. Sin embargo, la luz baja hasta el fondo de la torre: el techo está hundido: los entarimados han ardido en algún antiguo incendio, y se ven de trecho en trecho restos de vigas ennegrecidas. Todos esos residuos, piedra, madera y ceniza, se han convertido poco á poco en una especie de pasta que el agua del cielo, bajando allí como al fondo del pozo, conserva húmeda siempre. Pegajoso limo cubre esa tierra blanda, en la cual resbala el pie que pongo en ella con repugnancia. Paréceme estar ya encerrado en el horrible calabozo y respiro con asco su aire rancio y mefítico, y, sin embargo, aquel aire es puro, comparado con el olor de moho y osamentas que sale de la abertura mellada de la mazmorra. Me asomo al negro agujero é intento divisar algo, pero nada veo. Necesitaría tener la mirada aguzada por larga obscuridad para columbrar los reflejos extraviados en las tinieblas. ¡Siniestra oquedad! Ignoro de cuántos asesinatos has sido cómplice, pero me estremezco de miedo al verte y como en demanda de fuerzas; miro hacia el cielo azul, al cual sirven de marco las cuatro murallas de la torre. Un mochuelo asustado se agita allí arriba, lanzando desagradable chillido.

Una escalera practicada en el espesor del muro, permite subir hasta las almenas. Hay muchos peldaños desgastados y convierten á la escalera en un plano inclinado difícil de subir, pero apoyándome en las paredes, agarrándome á las asperezas, resbalando en el polvo para incorporarme después, acabé por llegar á lo más alto de la torre. La piedra es ancha y no había peligro alguno; sin embargo, apenas me atreví á dar algunos pasos, por temor de que me venciera el vértigo. Estaba á gran altura, en la región de aves y nubes, entre dos abismos; á un lado está la negra sima de la torre; al otro la profundidad luminosa de las rocas y las vertientes alumbradas por el sol. El promontorio que sostiene el torreón parece otra torre de muchos centenares de metros de elevación. Y el río que serpentea en torno á su base no parece más que su foso de defensa. Cuentan que uno de los antiguos señores del lugar satisfacía á veces el capricho de hacer saltar á sus prisioneros desde la azotea del torreón. Reservaba á sus más odiados enemigos la muerte lenta en el fondo de las mazmorras, pero los cautivos contra los cuales no tenía ningún motivo de odio, tenían que demostrar, al precipitarse desde la torre, el ánimo y gallardía con que sabían morir. Por la noche se hablaba de ello alrededor de la humeante mesa, riendo al recordar las contorsiones de cuantos retrocedían espantados al borde del abismo, y encomiando á los que de un brinco se habían lanzado sin ajeno impulso en el vacío. El noble señor murió en un convento vecino en olor de santidad.

Agrúpanse desordenadamente al pie del peñasco las humildes casuchas con techo de pizarra ó de cáñamo, del antiguo lugar esclavizado. Muchos son los cambios que se han verificado, no sólo en las instituciones y costumbres, sino también en el alma humana, desde que el señor tenía así á sus súbditos bajo sus miradas y bajo sus plantas, desde que el heredero de su nombre crecía pensando en en que todos los seres mal vestidos que veía moverse allá abajo, todos aquellos hombres serían, cuando él quisiera, carne para su espada. Imposible habría sido, aun para el más bueno, para el de mejores sentimientos de los hijos del noble, que no sintiera su pecho henchirse de feroz orgullo al contemplar todo aquel horizonte de tierras sometidas, aquel pueblo abatido, á aquellos villanos abyectos agitándose en el estiércol. Aunque hubiera querido imaginar que los hombres tienen al nacer igual derecho á la felicidad, aunque se hubiese considerado como nacido del mismo lodo, habría bastado para desengañarle una sola mirada dirigida al espacio desde la soberbia azotea de su torre para creer en la igualdad (no de la alegría, sino de la desesperación ó del remordimiento), tendría que dejar su castillo, meterse en el sombrío convento del augusto valle y golpearse la frente contra el pavimento de las iglesias.

En nuestros días, el descendiente de aquellos caballeros antiguos no tiene que convertirse en carcelero de su pueblo, ni tiene que vigilar á los habitantes con suspicaz mirada, como no sea propietario de una fábrica y pueblen los aldeanos sus talleres. La quinta que se ha mandado edificar en la vertiente de un cerro puede decirse que está oculta. Una cortina de árboles corpulentos tapa el más cercano grupo de casas, y si algunas aldeas lejanas se ven de trecho en trecho, no son más que manchas del paisaje, trazos del gran cuadro. Ya no es el castellano el dueño y para nada le serviría dar á su morada una posición dominadora. Más le vale una soledad donde pueda gozar en paz de la naturaleza.

Y es que, desde que pasó la Edad Media, ya no constituyen aldeas y castillo un mundo aparte: voluntariamente ó por fuerza, han entrado en otro más grande, en una sociedad cuyas luchas tienen mayor amplitud, en que los progresos tienen mucho mayor alcance. El reino chico cuyo dueño absoluto era el señor, ya no es más que un distrito cualquiera, y el descendiente de los antiguos barones para nada le sirve el enmohecido mandoble de sus antepasados. A veces intenta conservar alguno de los privilegios aparentes ó reales que le quedan del poder de sus abuelos: en otras ocasiones se resigna á su papel de súbdito ó de ciudadano, mezclándose con la muchedumbre. De todos modos, los combates y conquistas de sus antecesores han sido útiles á otros, sea á pueblos, sea á reyes. Si aquellos guerreros, después de largas luchas con los montañeses, lograron vencerlos en sus guaridas, y llevaron hasta las nevadas crestas los linderos de sus dominios, tuvieron que sufrir luego el ataque de otro invasor, y la frontera que habían dado á sus posesiones se pierde en la inmensa extensión de un imperio poderoso.

Un nombre raro, que se encuentra en varios sitios de la montaña, me ha hecho pensar en las cosas de lo pasado. En una hondonada, ligera depresión del suelo, brilla en lontananza como diamantito movible, un manantial que jamás se vería si el sol no revelase su existencia con uno de sus rayos. Me acerco á él, veo doblarse y erguirse alternativamente los tallos de hierba bajo la argentina gota que pasa: gorjean en torno algunos pájaros, y el césped que baña sus raíces en el agua oculta extiende sus tallos verdes y sus florecillas muy por encima de la hierba ajada de los pastos. Esa corta extensión de verdor, que divisan de lejos los pastores en la superficie gris y quemada de la vertiente, es la Fuente de los tres Señores.

¿Cuál era el origen de tan extraño nombre? ¿Cómo había tomado el de tres potentados fuente tan humilde? Cuenta la leyenda de la montaña que en época muy antigua, cuando fortalezas rodeadas de fosos se erguían en todos los promontorios de los desfiladeros, tres condes que por casualidad no guerreaban, se encontraron un día de caza cerca de la fuentecilla. Larga carrera en persecución de jabalíes y ciervos los había cansado, y el sudor les caía de la frente. Una turba de criados, que andaban solícitos á su alrededor, ofrecíales á porfía vino y aguamiel, pero el hilillo de agua que brotaba de una rendija de la roca les pareció más agradable bebida que los licores escanciados en jarros de plata. Inclináronse uno tras otro sobre el remanso de la fuente, apartaron con la mano las hierbas que flotaban en la superficie y bebieron en la hoya, como pastores ó como cervatillos de la montaña. Después se miraron, se dieron la mano de amigos y se pusieron á departir alegremente recostados en la hierba. Hacía buen tiempo, tocaba casi el sol ya el horizonte, algunos celajes diseminados proyectaban sombras en las amarillas mieses de la llanura y leves humaredas se desprendían á trechos en los pueblecillos. Los tres condes estaban de buen humor. Hasta entonces sus inmensos dominios no habían tenido exactos linderos en la montaña. Decidieron que desde entonces la fuente que con helado chorro le había apagado la sed sería el límite de separación de los tres condados. Uno seguiría la orilla derecha, otro la izquierda del arroyuelo y el tercero ocuparía la loma tendida desde el manantial á la cima cercana, y desde allí á la vertiente opuesta. Y como consagración del tratado que acababan de convenir, los tres señores mojaron las diestras manos con algunas gotas de la fuente, y cada uno salpicó con ellas el césped de su dominio.

Pero el buen tiempo no es duradero y los condes no conservan mucho su sonrisa y compañerismo. Peleáronse los tres amigos y estalló la guerra. Matáronse mutuamente vasallos, burgueses y villanos en hondonadas y bosques para que cambiara de sitio la linde de los tres condados. La llanura fué asolada, y durante varias generaciones corrieron torrentes de sangre por la posesión de aquella gota de agua que brota allá arriba en pacíficas alturas. Pactóse paz por fin, y si han vuelto á empezar las guerras, no se han encendido entre los tres barones, ni por la conquista de una fuente, sino entre poderosos soberanos y por la posesión de inmensos territorios con montañas, ríos, bosques y ciudades populosas. Ya no se destrozan una á otra gentes mal armadas, sino centenares de miles de hombres, provistos de los más científicos medios de destrucción los que chocan y se destruyen recíprocamente. Seguramente la humanidad progresa, pero al ver tan espantosos conflictos, hay que dudar algunas veces.

Entonces nos parecen dichosísimas las poblaciones retiradas en los valles altos que nunca han padecido los males de la guerra: á lo menos, á pesar del flujo y reflujo de los ejércitos en marcha, han acabado por conservar su independencia primitiva. Bastantes pueblos de la montaña, protegidos por enormes masas de roca unidas unas á otras, han tenido la felicidad de permanecer libres. Ya saben que no deben únicamente al heroísmo de sus corazones, á la fuerza de sus brazos, á la unión de sus voluntades el no haberse visto esclavizados por sus poderosos vecinos. También tienen que agradecérselo á los grandes Alpes: esas han sido las firmísimas columnas que han defendido la entrada del templo.