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La Montaña

Chapter 24: CAPÍTULO XXII
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About This Book

Un narrador abatido abandona la ciudad en busca de soledad y se instala en las altas cumbres, donde recupera fuerzas y desarrolla un amor profundo por el paisaje: cumbres, laderas, hielos, plantas y rocas. Tras aproximarse a un pastor que le enseña nombres, rutas y leyendas locales, combina la observación de animales y vegetación con reflexiones sobre los procesos geológicos y la relación entre la naturaleza y la vida humana.

CAPÍTULO XVIII

#El cretino#

Al lado de esos hombres fuertes, de esos valientes de sólido pecho y penetrante mirada que trepan con paso firme por las rocas, arrástranse asquerosas masas de carne viva, los cretinos de pendientes paperas. Y muchas de esas masas hay que ni siquiera pueden arrastrarse; permanecen sentados en sillas fétidas, moviendo á un lado y á otro el cuerpo y la cabeza, cayéndoles la baba por los pegajosos harapos. Esos seres no saben andar, y algunos de ellos no han sabido aprender el arte primordial de llevarse la comida á la boca: se les da de comer, se les ceba, y cuando notan que el alimento ingerido baja al estómago, exhalan ligeros gruñidos de contento. Esos son los últimos representantes de la humanidad, «cuyo rostro fué creado para contemplar los astros.» ¡Qué enorme intervalo salvado entre la cabeza ideal del Apolo Pitio y la del pobre cretino, de ojos, sin mirada y risa que parece mueca! Más hermosa es todavía la cabeza del reptil, porque ésta corresponde á su tipo, y no esperamos verla de otra manera, mientras la cara del idiota es una forma espantosamente degenerada. A pesar de habernos parecido un hombre desde lejos, ni siquiera aparece la inteligencia del animal en sus facciones.

Para mayor dolor, los sentimientos rudimentarios que se revelan en el ser desdichado, no siempre son buenos. Algunos cretinos son malísimos: rechinan los dientes, lanzan rugidos feroces, hacen airados ademanes con los torpes brazos, patean el suelo, y si no se lo impidieran, se comerían la carne y se beberían la sangre de quienes los cuidan con abnegación: nada importa esa rabia á los montañeses, buenos y cándidos. No por eso han dejado de dar á los pobres idiotas el nombre de cretinos, de crestias ó de inocentes, figurándose que tales seres, incapaces de razonar sus actos y de llegar á la comprensión del mal, disfrutan del privilegio de no tener ningún pecado en la conciencia. Cristianos desde la cuna, á la fuerza tienen que ir derechos al cielo. Por lo mismo, prostérnase la multitud ante locos y alucinados en los países musulmanes, y se considera muy glorificado aquel á quien ensucian con su saliva ó sus excrementos, puesto que, bajo humana forma, viven fuera de la humanidad; sin duda están sumidos en divino sueño.

Por otra parte, algunos de estos desdichados son verdaderamente buenos y gustan de hacer bien, en el límite de sus fuerzas. Había yo bajado un día al valle para subir por la otra pendiente á los pastos de una meseta, en cuyo centro había divisado las aguas de una laguna. Había dejado detrás de mí, sin detenerme en ella, una chocilla húmeda rodeada por algunos alisos, y seguía con decidido paso un sendero indicado vagamente por pasos de animales á la orilla de una corriente rápida. Hallábame ya á más de un tiro de piedra de la choza, cuando oí detrás de mi precipitado y pesado paso; al mismo tiempo, un resuello gutural, casi un estertor, salía de aquel ser que me perseguía y me daba alcance. Volvíme y ví una pobre cretina, cuya papera, bazuqueada por la carrera, oscilaba pesadamente de uno á otro hombro. Gran trabajo me costó reprimir una expresión de horror viendo á aquella masa humana acercarse á mi, teniéndose alternativamente en una y otra pierna. El monstruo me hizo seña de que esperara, y después se paró delante de mí, contemplándome fijamente los estúpidos ojos y dándome con el resuello en la cara. Señaló con gesto negativo el desfiladero en el cual iba yo á entrar y juntó las manos para indicarme que cortaban el paso peñascos verticales. «¡Allí, allí!», dijo, designando un sendero mejor trazado que se encarama dando vueltas en una pendiente y llega á una meseta para rodear el infranqueable desfiladero del fondo. Cuando me vió seguir su cuerdo consejo y empezar á subir la cuesta, lanzó dos ó tres gruñidos de satisfacción, me acompañó con la mirada durante algún tiempo y después se marchó tranquilamente, contenta por haber hecho una buena obra. Confieso que estaba yo menos contento y hasta profundamente humillado. Un ser maltratado por la naturaleza, horrible, una especie de cosa sin forma y sin nombre, no había parado hasta sacarme de un lance apurado, y yo, hombre lleno de altivez, dotado de cierta razón por la naturaleza, y llegado por ella al sentimiento de la responsabilidad moral, había dejado mil veces, sin hacerles advertencia alguna, meterse á otros hombres, hasta á los que llamaba amigos, en pasos bastante más terribles que el desfiladero de una montaña. La idiota, la cretina, me había enseñado mi deber. De modo que, en aquello que me parecía inferior á la humanidad, encontraba una benevolencia de la cual carecen muchas veces los que se tienen por grandes y por fuertes. Ningún ser es bastante bajo para no merecer amor y hasta respeto. ¿Quién tiene razón, el espartano de la antigüedad que arrojaba á una sima los recién nacidos defectuosos, ó la madre que, aunque sea llorando, amamanta y acaricia al hijo idiota y deforme? Claro es que nadie censurará á las madres que luchan contra toda esperanza para disputar á sus hijos á la muerte, pero es necesario que la sociedad acuda en auxilio de esos desdichados, con la ciencia y con el cariño, para curar á los que pueda, dar toda la ventura posible á aquellos cuyo estado no deja esperanzas y velar para que las prácticas higiénicas y la comprensión de las leyes fisiológicas reduzcan cada vez más el número de semejantes nacimientos.

Una educación continua puede desbaratar esas toscas naturalezas, y cuando al afecto de la madre sucede la solicitud de un compañero que consigue que haga algún trabajo grosero el pobre inocente, éste se desarrolla poco á poco y acaba por llevar en la cara algo como reflejo de inteligencia. Entre los innumerables cuadros que quedaron grabados en mi memoria cuando recorrí la montaña, hay uno que aún me conmueve, pasados tantos años. Era al anochecer, en los últimos días del verano. Acababan de segar por segunda vez las praderas del valle, y veía pilillas de heno esparcidas, cuya suave fragancia me traía el viento.

Andaba por un camino sinuoso, disfrutando de la frescura de la tarde, del olor de la hierba, de la hermosura de las cumbres iluminadas por el sol poniente. De pronto, en una revuelta del camino encontréme en presencia de un grupo que me llamó la atención. Un cretino de enorme papera estaba enganchado con cuerdas á una especie de carro cargado de heno. No le costaba trabajo arrastrar el pesado vehículo, y no veía ni los baches, ni los peñascos diseminados, tirando como una fuerza ciega. Pero llevaba al lado á un hermanito suyo, niño esbelto y agraciado, cuyo rostro era todo mirada y sonrisa. Éste veía y pensaba por el monstruo. Con una señal, con tocarlo un poco, le hacia variar á la derecha ó á la izquierda para evitar los obstáculos y apresuraba ó acortaba su andar: formaba con el idiota una pareja, siendo uno el alma y otro el cuerpo. Cuando pasaron por mi lado el niño me saludó con amabilidad, y empujando á Cáliban con el codo, le hizo quitarse la gorra y volver hacia mí sus ojos sin expresión. Parecióme, sin embargo, que veía aparecer en ellos como vislumbre de un sentimiento humano de respeto y de amistad. Yo saludé con una especie de veneración á aquel grupo conmovedor, símbolo de la humanidad en su camino hacia lo porvenir.

Abandonado á sí mismo, y sin disfrutar otras luces que las del instinto animal, el cretino puede alguna vez hacer cosas que serían superiores á la fuerza de un hombre inteligente y consciente de su valer. Me contaba á veces mi compañero el pastor cómo había caído en una grieta del ventisquero, y cuando hablaba de ello, todavía se dibujaba el espanto en su semblante. Estaba sentado en una escarpa, junto al borde del ventisquero, cuando al desmoronarse una piedra le hizo perder el equilibrio, y sin poder valerse resbaló por una hendidura que se abría entre la roca y la compacta masa de hielo, hallándose de pronto como en el fondo de un pozo, en el cual apenas vislumbraba un reflejo de la claridad del cielo. Estaba aturdido, magullado, pero no se había roto ningún miembro. Impulsado por el instinto de la conservación, pudo agarrarse á la pared de roca y subir de aspereza en aspereza hasta algunos metros de la boca. El sol, los pastos, las ovejas y su perro estaban ante su vista, y éste le miraba con ardientes ojos. Pero, llegado á aquel reborde, no podía subir más el pastor: la roca, lisa por todas partes, no ofrecía ningún punto de apoyo. El perro estaba tan desesperado como su amo: acurrucándose de trecho en trecho, al borde del precipicio, dió algún ladrido corto y luego salió de pronto como una flecha hacia el valle. Nada tenía ya que temer el pastor, pues sabía que el perro iría á buscar socorro y pronto volvería con gente provista de cuerdas. Sin embargo, mientras duró la espera, pasó por las horribles angustias de la desesperación. Parecíale que el fiel animal no acababa de volver: se veía ya muerto de hambre en la peña y pensaba horrorizado en que quizá las águilas fueran á arrancarle trozos de carne antes de estar muerto. Y, sin embargo, recordaba lo que, en semejante situación, había hecho un inocente. Caído al fondo de una grieta, de la cual le era imposible salir, el cretino no se había fatigado en inútiles esfuerzos: esperó con paciencia, pateando el suelo para conservar el calor animal y así se aguantó toda la tarde y toda la noche y toda la mitad del día siguiente. Oyó entonces llamarle por su nombre á los que le buscaban, contestó, y en seguida lo sacaron de la sima. Únicamente se quejó de haber pasado mucho frío.

Pero sean cuales fueren los privilegios é inmunidades del cretino, aunque el desdichado no tenga que temer los cuidados y las decepciones del hombre que tiene que abrirse camino en el mundo por sí mismo, hay que intentar que el cretino sea arrancado á su inocencia y á sus asquerosas enfermedades para darle, al mismo tiempo que la salud del cuerpo, el sentimiento de su propia responsabilidad moral. Es necesario que penetre en la sociedad de los hombres libres, y, para curarle y dignificarle, lo primero es conocer las causas de su degeneración. Sabios hay que, inclinados sobre sus retortas y sus libros, exponen diversos pareceres: dicen unos que la deformidad de la papera procede sobre todo de la falta de iodo en el agua potable, y que por el cruzamiento, la deformidad moral acaba por juntarse á la del cuerpo. Otros creen que papera y cretinismo nacen de que el agua procedente de la nieve no ha tenido tiempo para agitarse y airearse lo suficiente cuando llega al pueblo, ó de que ha pasado por rocas que contienen magnesia. Cierto es que el agua mala puede contribuir muchas veces á que nazcan y se desarrollen enfermedades; pero ¿será ese sólo el origen?

Basta entrar en una cabaña de esas donde nacen y vegetan los idiotas para ver que su lamentable situación procede también de otras causas. El tugurio es sombrío y ahumado: devoran gusanos cofres, mesas y vigas: en los rincones donde no puede penetrar del todo la mirada, se vislumbran formas indecisas, cubiertas de basura y telarañas. La tierra que sirve de pavimento permanece siempre húmeda y como viscosa, por todas las aguas sucias que la llenan de grasa. El aire que se respira en tal guarida es acre y fétido. Flotan en él á un tiempo los hedores del humo, del tocino rancio, del pan de muchos días, de la madera carcomida, de la ropa sucia, de las emanaciones humanas. De noche se cierran todas las aberturas para que no penetre en la habitación el frío exterior. Abuelos, padres é hijos duermen todos en una especie de armario con tablas cuyas cortinas se cierran de día, y en el cual, durante el sueño nocturno, se acumula un aire denso y mucho más impuro que el del resto de la cabaña. Y hay más: durante los fríos del invierno, la familia, para tener más calor, se va del piso bajo y baja á la cueva, que al propio tiempo sirve de cuadra. En un lado están los animales tumbados en la paja sucia, y en el otro yacen hombres y mujeres entre sábanas nada limpias. Un sucio reguero separa ambos grupos de vertebrados mamíferos, pero el aire respirable es común á todos; y ni este aire que penetra por estrechos tragaluces puede renovarse durante semanas enteras, por las nieves que cubren el terreno. Hay que abrir especie de chimeneas, por las cuales baja únicamente un lívido reflejo de luz. En esas cuevas el día parece una noche del polo.

No es asombroso que en semejantes mansiones nazcan chiquillos escrofulosos, raquíticos y contrahechos. Desde su primera semana, muchos recién nacidos se ven sacudidos por terribles convulsiones que la mayor parte no pueden resistir: en ciertos países, las madres están tan seguras de que sus hijos han de morirse, que no los consideran como nacidos hasta «que han pasado el terrible desfiladero de la enfermedad de los cinco días.» Muchos de los que se salvan de ésta, pasan luego toda la vida entre la enfermedad y la locura. Tan convenientes son para desarrollar la fuerza y la destreza del hombre sano el aire libre de la montaña y el trabajo en el campo, como propios á empeorar el estado de los cretinos el espacio estrecho y la húmeda obscuridad de la cabaña. Al lado de un hermano que llega á ser el más guapo y robusto joven, se arrastra otro, especie de excrecencia carnosa horriblemente viva.

Ya se ha pensado en muchos sitios en construir hospicios para esos desventurados: nada falta en esos edificios nuevos. Circula libremente el aire puro, el sol ilumina todas las habitaciones, el agua es pura y sana, los muebles y especialmente las camas ostentan exquisita limpieza: los inocentes tienen vigilantes que los cuidan como nodrizas y profesores que procuran hacer entrar un rayo de luz intelectual en aquellas duras molleras. Lógrase eso á veces, y el cretino puede nacer gradualmente á una vida superior. Pero importa más trabajar en precaver el mal que en reparar el ya existente. Las chozas infestadas, tan pintorescas á veces en el paisaje, deben desaparecer para que las sustituyan casas cómodas y sanas. Deben entrar libremente aire y luz en todas las habitaciones humanas. Debe observarse en todas partes una buena higiene para el cuerpo, unida á perfecta dignidad moral. De ese modo adquirirán los montañeses en varias generaciones una completa inmunidad de todas esas enfermedades que ahora degradan á tan gran número de ellos. Entonces sus habitantes serán dignos del medio que los rodea, podrán contemplar satisfactoriamente las altas cumbres nevadas y decir como los griegos: «Esos son nuestros antepasados, y nos parecemos á ellos.»

CAPÍTULO XIX

#La adoración de las montañas#

La adoración de las montañas existe todavía entre nosotros más viva de lo que se la cree. Muchas veces un aldeano, al descubrirse la cabeza, me ha señalado el sol con el dedo y me ha dicho solemnemente: «Aquel es nuestro Dios.» Y yo también (casi no me atrevo á decirlo), más de una vez, al contemplar las augustas cimas que dominan valles y llanuras, me he sentido dispuesto á calificarlas cándidamente de divinas.

Iba yo un día pacíficamente por un pendiente desfiladero, obstruído por piedras sueltas. Encallejonábase allí el viento y me daba de cara, trayéndome con cada soplo una niebla de lluvia y nieve medio derretida. Ceniciento velo ocultaba las rocas y sólo podía yo divisar á trechos vagas masas negras y amenazadoras que, según lo espeso de la bruma, se acercaban y alejaban alternativamente. Hallábame transido de frío, entristecido, mal humorado. De pronto hízome levantar la vista una claridad reflejada por innumerables gotas. Habíase desgarrado la nube de agua y nieve encima de mi cabeza. El cielo azul se me aparecía radiante y allá arriba resaltaba la serena cumbre de la montaña. Las nieves, bordadas por las aristas de las rocas como con delicados arabescos, brillaban con argentino resplandor y el sol las orlaba con un ribete de oro. Puros eran los contornos de la cima y limpios como los de una estatua se dibujaban luminosos en la sombra, pero la soberbia pirámide parecía hallarse completamente separada de la tierra. Tranquila y fuerte, inmutable en su reposo, parecía flotar en el cielo. Pertenecía á otro mundo y no á este planeta envuelto en nubes y brumas como en sórdidos trapajos. En aquella aparición, creí yo ver algo más que la morada de la dicha, algo más que el Olimpo, mansión de los inmortales. Pero una nube maliciosa cerró de nuevo la salida por donde había yo visto la montaña. Halléme de nuevo entre viento, nieve y lluvia y consoléme con decir: ¡un Dios se me ha aparecido!

En el origen de los tiempos históricos, todos los pueblos, niños sencillos de mil cabezas, miraban así hacia las montañas; veían en ellas á las divinidades, ó á lo menos sus tronos apareciendo y ocultándose alternativamente bajo el cambiante velo de los celajes. En aquellas montañas veían casi todos el origen de su raza; allí juzgaban que residían sus tradiciones y sus leyendas; allí esperaban la futura realización de sus ambiciones y de sus sueños; de allí suponían que había de bajar el salvador, el ángel de la gloria ó de la libertad. Tan importante era el papel de las altas cumbres en la vida de las naciones, que se podría relatar la historia de la humanidad por el culto de los montes. Son éstos como grandes hitos de etapas colocados de distancia en distancia en el camino de los pueblos.

En los valles de las grandes montañas del Asia central dicen los sabios que fué donde aquellos antepasados nuestros, á quienes debemos los idiomas europeos, llegaron á constituirse por vez primera en tribus cultas, y en la base meridional de las montañas más altas del mundo es donde viven los indios, aquellos arios á quienes su antigua civilización concede una especie de derecho de primogenitura. Sus cantos de otros tiempos no dicen con qué sentimiento de adoración celebraban las «ochenta y cuatro mil montañas de oro» que ven alzarse bañadas en luz por encima de bosques y llanuras. Para muchos de ellos, los enormes montes del Himalaya, de nevada cumbre, de grandes ríos de hielo, son los mismos dioses en el pleno goce de sus fuerzas y de su majestad. El Gaurisankar, cuyo vértice perfora el cielo, y el Chamalari, menos alto pero más colosal, en apariencia, por su aislamiento, son doblemente adorados, como la Gran Diosa unida al Gran Dios. Aquellos hielos son el lecho de cristal y de diamante; aquellas nubes de oro y púrpura son el velo sagrado que los rodea. Allá en lo alto está el dios Siva, que destruye y crea: allí también la diosa Chama, la Gauri, que concibe y pare. De ella descienden los ríos, las plantas, los animales y los hombres.

En aquella prodigiosa selva de las epopeyas y tradiciones indostánicas, han germinado otras leyendas relativas á las montañas del Himalaya y todas nos las muestran viviendo con vida sublime, ya como diosas, ya como madres de continentes y pueblos. Tal es la poética leyenda que nos describe á la tierra como una gran flor de loto cuyos pétalos son las penúnculas extendidas sobre el Océano y cuyos estambres y pistilos son las montañas de Meru, generatrices de toda vida. Los ventisqueros, los torrentes y los ríos que bajan de las alturas para llevar á las tierras los benéficos aluviones, son también seres animados, dioses y diosas secundarios que ponen á los humildes mortales de las llanuras en relación indirecta con las divinidades supremas que reinan por encima de las nubes en el espacio luminoso.

No sólo el monte Meru, punto culminante del planeta, sino también todas las cordilleras, todas las cimas de la India eran adoradas por los pueblos que viven en sus pendientes y en su falda. Montañas de Vindyah, de Satpurah, de Aravalli, de Nilagherry, todas tenían sus adoradores. En las tierras bajas, donde los fieles no tenían montañas que contemplar, construían templos que por sus calles de caprichosas pirámides, enormes pedazos de granito, representaban las veneradas cimas del monte Meru. Quizá fué un análogo sentimiento de adoración á las grandes cumbres el que impulsó á los antiguos egipcios á edificar las pirámides, montañas artificiales que se levantan dominando la llana superficie de arena y légamo.

La isla de Ceilán, Lanka «la resplandeciente», bienaventurado país al cual, según la leyenda oriental, fueron enviados los primeros hombres por la misericordia divina, después de ser expulsados del Paraíso, también alza hacia el firmamento montañas sagradas. Tal es, además de otras, la cima aislada en medio de las llanuras, la ciudad santa de Anaradjapura. Es el Mihintala. En aquella roca se detuvo, hace veintidós siglos, el vuelo de Mahindo, el convertidor indio que se había lanzado desde las llanuras del Ganges para atraer á los naturales á la religión de Budha. Hoy se ha edificado un templo en la cima donde puso el pie el santo. Alta y enorme es la pagoda y, sin embargo, tal es la solicitud de los peregrinos, que muchas veces las han cubierto, desde el suelo al remate, con un tapiz de jazmines. Un carbúnculo, color de fuego, brillaba en lo más alto del monumento, reflejando á lo lejos los rayos del sol, y hubo un rajah que mandó extender desde la cima de la montaña hasta las llanuras una alfombra de doce kilómetros de longitud para que no manchase los pies de los fieles una tierra impura, procedente de un suelo profano.

Y no obstante, este monte sagrado de Mihintala no es tan glorioso como el pico de Adán, que ven los marinos en medio de las olas cuando se acercan á la isla de Ceilán. La huella de un pie gigantesco que pertenece, según dicen, á un hombre de diez metros de altura, está impresa en la roca, en la punta que remata la cumbre. Esa huella, según mahometanos y judíos, es la de Adán, el primer hombre que subió al pico para contemplar la inmensa tierra, los vastos bosques, los montes y las llanuras, las orillas y el Océano con sus islas y sus escollos. Según los de Ceilán y los indios, no es un hombre, sino un Dios, el que dejó ese rastro de su paso. Según los brahmanes, ese dios dominador era Siva: según los budhistas, era Budha: según los gnósticos de los primeros siglos cristianos, era Jehová. Cuando los portugueses desembarcaron en la isla de Ceilán y la conquistaron, degradaron (digámoslo así) la montaña, que, según su manera de pensar, no podía compararse con la de Tierra Santa: consideran que la señal misteriosa es la huella del pie de santo Tomás ó de un antiguo misionero, apóstol secundario, el eunuco de Caudaces. Menos respetuoso aún, un armenio, Moisés de Chorene, entusiasta por su noble montaña del Ararat, ve en la cima del pico de Adán la huella de Satanás, el eterno enemigo. Finalmente, los viajeros ingleses que, más numerosos cada día, suben todos los años á la montaña santa, creen que la «divina huella» no es más que un agujero vulgar, groseramente redondeado. Verdad es que semejantes extranjeros son mirados con desprecio por los convencidos peregrinos que van á prosternarse á la cima, á besar devotamente la huella y á depositar sus ofrendas en casa del sacerdote. Todo les parece testimonio de la autenticidad del milagro. A algunos metros por bajo de la cima brota un manantial: el báculo del dios le hizo surgir del suelo. Muchos árboles crecen en las pendientes, y estos árboles (así se les antoja á los fieles), inclinan su ramaje hacia la cumbre para vegetar y crecer adorándola. Las rocas del monte están sembradas de piedras preciosas: son las lágrimas que brotaron de los ojos del dios al ver los padecimientos y los crímenes de los hombres. ¿Cómo no han de creer en el prodigio, viendo todas esas riquezas que han dado origen á los fabulosos relatos de las Mil y una noches? Los arroyos que corren por la montaña no arrastran, como nuestros torrentes, despreciables guijarros y arena: llevan consigo polvo de rubíes, granates y zafiros: el bañista que nada entre sus ondas puede revolcarse, como las sirenas, en un lecho de piedras preciosas.

Las razas del extremo Oriente, cuya civilización ha seguido marcha distinta á la de los pueblos de raza aria, también han adorado montañas. Lo mismo en la China y el Japón que en la India, las altas cimas sostienen templos consagrados á los dioses, ó se las considera como á genios tutelares ó vengativos. Los pueblos procuran que su historia proceda de estas montañas divinas por tradiciones y leyendas.

Las montañas históricas más antiguas son las de la China, porque el imperio del Medio es uno de los primeros pueblos que han llegado á la conciencia de sí mismos, el primero que ha escrito su propia historia de un modo continuo. Cinco son sus montes sagrados, que se elevan todos en comarcas célebres por su agricultura, su industria, las muchedumbres que se agitan en su falda ó los acontecimientos que han ocurrido en sus cercanías. La montaña más santa, la de Tai-Chan, domina todas las demás cimas de la rica península de Chan-Tung, entre los dos golfos del Mar Amarillo. Desde la cumbre, á la cual se llega por un camino empedrado y peldaños abiertos en la roca, se divisan, extendidas á los pies del observador, las ricas llanuras que atraviesa el Hoang Ho, corriendo ora hacia uno, ora hacia otro golfo, apagando con su agua la sed de multitudes de hombres más numerosas que las espigas en un campo.

El emperador Chung trepó á esa cima hace cuatrocientos treinta años, según lo recuerdan los anales clásicos del país. Confucio también quiso subir, pero la pendiente es muy áspera; el filósofo no pudo con ella, y todavía se enseña el sitio en que emprendió la bajada á la llanura. Todos los dioses grandes y los genios principales tienen templos y oratorios en la santa montaña, así como las Nubes, el Cielo, la Osa Mayor y la Estrella Polar. Los diez mil genios detienen el vuelo allí para contemplar la tierra y las ciudades de los hombres. «El viento del Tai-Chan es igual al del cielo. Es el dominador del mundo. Recoge las nubes y nos envía las lluvias. Decide los nacimientos y las defunciones, el infortunio, la desventura, la gloria y la vergüenza. De los picos que se elevan al cielo, es el más digno de ser visitado.» Por eso los peregrinos acuden numerosísimos allá para implorar todas las gracias, y el sendero está sembrado de cavernas donde yacen mendigos de asquerosas llagas que horrorizan al transeunte.

Con más razón que los chinos, porque sus montañas volcánicas son de una perfecta belleza de forma, los japoneses miran con adoración las cumbres nevadas. No hay ídolo en el mundo que pueda compararse á su magnífico Furiyama, á la «montaña simpar» que se yergue casi aislada en medio del campo, cubierta abajo de selvas, vestida de nieves arriba. Humeaba en otro tiempo el volcán y arrojaba lavas y fuego; reposa ahora, pero tiene en aquel archipiélago numerosas montañas hermanas que vierten todavía ríos de fuego en la estremecida tierra. Entre esos montes hay uno, el más terrible, al cual se creyó aplacar arrojándole como ofrenda millares de cristianos. Así fué como en el Nuevo Mundo, dícese también que se quiso calmar al Monotombo, lanzando en él á los sacerdotes que se habían atrevido á predicar contra él, diciendo que no era tal Dios, sino boca del infierno. Por otra parte, los volcanes no suelen esperar que les arrojen víctimas: ya saben ellos encontrarlas cuando hienden la tierra, vomitan lagos de lodo, cubren con ceniza provincias enteras y hacen perecer de una vez á toda la población de un país. Bastante es eso para que los adore todo aquel que se incline ante la fuerza. El volcán devora, luego es Dios.

Así se ha apoderado del hombre la religión de las montañas (como todas las demás), por los diversos sentimientos de su ser. Al pie de la montaña que vomita lava, el terror le ha prosternado con la cara hundida en el polvo: en los campos sedientos, el deseo es quien le ha hecho mirar suplicante á la nieve, madre de los arroyos: el agradecimiento le ha dado adoradores en aquellos que encontraron seguro refugio en el valle ó en el escarpado promontorio: finalmente, la admiración ha debido de dominar á los hombres á medida que se desarrollaba en ellos el sentimiento de lo bello y hasta cuando estaba adormecido, en estado de instinto. Y ¿cuál es la montaña que no tiene á un tiempo hermosos aspectos y seguros asilos y que no es terrible ó benéfica y muchas veces ambas cosas juntamente? Los pueblos, andando por el mundo, podían relacionar fácilmente todas sus tradiciones á la montaña que dominaba su horizonte y darle culto. En cada estación de su largo viaje se edificaba un nuevo templo. En otro tiempo, las tribus errantes en las mesetas de Persia veían surgir siempre al anochecer una montaña entre las polvorientas llanuras: era el monte Telesmo, el divino «Talismán» que seguía á sus adoradores en sus peregrinaciones por el mundo. Y cuando, después de larga emigración, la montaña columbrada á lo lejos no era engañador espejismo, sino verdadera cumbre con nieves y rocas, ¿quién habría podido dudar del viaje hecho por el dios para acompañar á su pueblo?

Así es como la montaña, cuya punta acogió á los refugiados del diluvio, no ha cesado de andar por los continentes. Una versión samaritana del Pentateuco sostiene que el arca de Noé se detuvo en el pico de Adán: las otras versiones afirman que el verdadero pico fué el Ararat; pero, ¿qué Ararat es ese? ¿Es el de Armenia ú otra cualquiera montaña, en la cual hayan sido encontrados por pastores algunos despojos del sagrado barco? Por todas partes reclaman los pueblos orientales ese honor para la montaña protectora cuyas aguas riegan sus propios campos. Aquel es el monte desde el cual volvió á bajar la vida á la tierra, siguiendo el camino de las nieves y el curso de los arroyos. No han faltado pruebas, por supuesto, para establecer la veracidad de todas esas tradiciones. Se han encontrado montones de pradera petrificada bajo los hielos y en las mismas rocas se encontraron huellas enmohecidas de aquellos «anillos del diluvio» que, según nuestros modernos sabios, son amonitas fósiles. Por eso más de cien montañas de Persia, de Siria, de Arabia, del Asia Menor se ha indicado como desembarco del patriarca, segundo padre de los hombres. También Grecia hablaba de su Parnaso, cuyas piedras, lanzadas al limo del diluvio, se convertían en hombres. Hasta en Francia hay montañas donde se paró el arca; una de esas cumbres divinas es Chamechaude, cerca de la gran Cartuja de Grenoble: otra es Puy de Progne, dominador de las fuentes del Ande.

El mito es, pues, constante; de las altas cimas es de donde han bajado los hombres. Desde esas fragosidades, trono de la divinidad, ha salido la gran voz que dictó sus deberes á los mortales. El Dios de los judíos residía entonces en la cumbre del Sinaí, entre nubes y relámpagos, y hablaba con la voz del rayo al pueblo reunido en la llanura. Lo mismo Baal Moloch y todos los dioses sanguinarios de aquellos pueblos del Oriente se aparecían á sus fieles en la cúspide de los montes. En la Arabia Pétrea, en los países de Edom y de Moab no hay una altura, una colina ni una roca que no sostenga su tosca pirámide de piedra, sobre cuyo altar derramaban sangre los sacerdotes para tener propicio al dios. En Babel faltaba la montaña, y se la sustituyó con aquel famoso templo que debía llegar al cielo. El poeta ha reconstruido aquel gigantesco edificio, no tal como fué, sino tal como lo imaginaban los pueblos.

La más alta montaña, era un sillar para aquella granítica muralla.

Con su envidioso odio á los cultos extranjeros, los profetas judíos maldijeron más de una vez los «altos lugares» en que los pueblos vecinos colocaban á sus ídolos, pero no procedían ellos de otra manera y miraban á las montañas para evocar á los ángeles que los socorrían: sobre una montaña se elevaba su templo: también conversaba Elías con Dios sobre una montaña. Y cuando el Galileo se transfiguró y se cernió en la luz increada con los dos profetas Moisés y Elías, desde el monte Thabor se elevó. Cuando murió entre dos ladrones, en la cima de una montaña le crucificaron, y cuando vuelva, según la profecía, rodeado de santos y de ángeles, y asista al castigo de sus enemigos, también lo hará en una montaña, pero al tocarla con la planta la romperá. Otra montaña, otra cima ideal que sostenga una ciudad de oro y diamantes surgirá en el espacio luminoso y allí vivirán siempre los elegidos, cerniéndose en los aires alrededor de las cumbres alegres, muy por encima de esta tierra de cuidados y de desdichas.

CAPÍTULO XX

#El Olimpo y los dioses#

Así como la gloria de la imperceptible Grecia sobrepuja en brillo á la de todos los imperios de Oriente, así el Olimpo, la más alta y bella de las montañas sagradas de los helenos, ha llegado á ser en la imaginación de los pueblos el monte por excelencia: ninguna cima, ni la del Meru, ni las del Elburs, el Ararat ó el Líbano, despierta en el espíritu humano tantos recuerdos de grandeza y de majestad. Pocas ha habido, por supuesto, tan admirablemente situadas para atraer la mirada y servir de señal á las razas que recorrían el mundo. Colocado en el ángulo del mar Egeo y dominando todas las cúspides cercanas desde la mitad de su altura, veían los marinos el Olimpo desde enormes distancias. Desde las llanuras de Macedonia, desde los ricos valles de Tesalia, desde los montes Othrys, Findo, Bermio y Athos, se ve en el horizonte su triple cúpula y sus pendientes «de mil rugosidades», de las cuales habla Homero. La fertilidad de los campos extendidos en su falda llamaba á sí desde todas partes á las muchedumbres que allí iban á encontrarse, ya para mezclarlas, ya para matarse unas á otras. Finalmente, el Olimpo domina los desfiladeros que forzosamente habían de seguir las tribus ó los ejércitos en marcha, de Asia á Europa ó de Grecia á los países bárbaros del Norte. Se alza como hito militar en la carretera que seguían entonces las naciones.

Muchas otras montañas del mundo helénico debían á sus nieves resplandecientes el nombre de Olimpo ó luminosa, pero ninguna lo merecía tanto como la de Tesalia, cuya cumbre servía de trono á los dioses.

Y es que el mismo pueblo heleno había pasado su infancia nacional en el valle y las llanuras, tendido á la sombra de la gran montaña. De Tesalia procedían los helenos del Atica y del Peloponeso: allí habían combatido con los monstruos sus primeros héroes y allí sus primeros poetas, guiados por la voz de las musas Piérides, habían compuesto himnos y cánticos de victoria y de júbilo. Inundando pueblos en lejanas comarcas, recordaban las tribus griegas la divina montaña que en sus cañadas les había dado vida y alimento.

Casi todos los grandes acontecimientos de la historia mítica se habían verificado en aquella parte de Grecia, y entre ellos, el más importante, el que decidió del mando en cielo y tierra. El Olimpo era la ciudadela elegida por los nuevos dioses, y en derredor habían acampado las divinidades antiguas, los titanes monstruosos hijos del Cáos. De pie en los montes Othrys, que se desenvuelven al Sur en vasto semicírculo, los gigantes agarraban enormes rocas, montañas enteras y las arrojaban contra el Olimpo medio desarraigado. Para erguirse más arriba, hacinaron los viejos titanes monte sobre monte que les sirviera de pedestal, pero la gran cumbre nevada los dominaba siempre y los rodeaba con nubes sombrías de donde brotaban los rayos. Los gigantes, alimentados con las propias fuerzas de la tierra, llevaban en la voz los rugidos del huracán y en los brazos el vigor de la tormenta: con sus cien manos lanzaban al azar el pedrisco de rocas, pero luchaban con el ciego furor de los elementos contra dioses jóvenes é inteligentes. Sucumbieron, y bajo los escombros del monte quedaron aplastados con ellos pueblos enteros. No de otro modo los caprichos de los reyes han sido causa de la destrucción de naciones, como por equivocación.

Habían cesado hacia tiempo los prodigiosos combates del Olimpo, cuando los pueblos jonios y dorios tuvieron poetas para cantar sus propias hazañas y más tarde historiadores para relatarlas. Entonces Zeus, padre de dioses y de hombres, residía en paz en la montaña sagrada: á un lado estaba Heza, la diosa mujer siempre y siempre virgen. En torno estaban los otros inmortales de rostro eternamente alegre y bello. Luminoso éter bañaba la cumbre del Olimpo y jugueteaba en la cabellera de los dioses: nunca perturbó la tormenta el descanso de aquellos dichosos seres, ni lluvia, ni nieve caía sobre la espléndida cúspide. Las nubes amontonadas por Zeus se enrollaban á sus pies, alrededor de los peñascos que formaban el soberbio cimiento de su trono. A través de los intersticios de aquel velo que abrían y cerraban las Horas á gusto del sueño, contemplaba éste el mar, la tierra, las ciudades y los pueblos. Sobre la cabeza de aquellos hombres que se agitaban, suspendía el inflexible destino, decidía la vida ó la muerte, distribuía á su antojo benéfica lluvia ó rayo vengador. Ninguna lamentación de abajo turbaba á los dioses en su quietud eterna. El néctar era siempre delicioso, la ambrosía exquisita. Saboreaban el olor de las hecatombes, oían como una música el concierto de las voces suplicantes. Debajo de ellos se extendía como espectáculo infinito el cuadro de las luchas y de la miseria humana: veían chocar las armas, sumergirse las armadas, convertirse en fuego y humo las ciudades, extenuarse de fatiga á los infelices labradores, mirmidones casi invisibles, para alcanzar cosechas que había de robarles un poderoso; hasta bajo el techo de las casas, veían llorar á las mujeres y gemir á los niños. A lo lejos, su enemigo Prometeo lamentábase, aherrojado en una peña del Cáucaso. Tales eran las venturas de los dioses. ¿Hubo algún heleno, pastor, sacerdote ó rey que se atreviera á trepar por las pendientes de Olimpo que dominan los altos pastos de las cañadas y las lomas? ¿Atrevióse alguien á poner el pie sobre la cumbre para encontrarse de pronto en presencia de los dioses terribles? Refieren los escritores antiguos que hubo filósofos que no temieron escalar el Etna, con ser mucho más elevada que el Olimpo, pero no mencionan á ningún mortal que tuviese la audacia de subir á la montaña divina, ni siquiera en la época científica, cuando la filosofía enseñaba que Zeus y los otros inmortales eran meras concepciones del espíritu humano.

Más tarde, otras religiones de pueblos diversos que viven en las llanuras cercanas se apoderaron de la montaña santa y la consagraron á nuevas divinidades. En vez de Zeus, adoraron los cristianos griegos en ella á la Santísima Trinidad: en sus tres principales cúspides miran todavía los tres grandes tronos del cielo. Uno de sus más elevados promontorios, que sostenía tal vez en otro tiempo el templo de Apolo, lo domina ahora un monasterio de San Elías: una de sus cañadas, que recorrían las bacantes cantando Evoke en honor de Dionysos ó Baco, la habitan los monjes de San Dionisio. Sucedieron sacerdotes á sacerdotes, y el respeto supersticioso de los modernos á la adoración de los antiguos, pero quizá la cumbre más alta, permanece aun hoy virgen de huella humana. La suave luz que resplandece en sus rocas y en sus nieves no ha iluminado aún á nadie desde que se fueron los dioses griegos.

Hace pocos años, todavía habría sido difícil al europeo llegar hasta el vértice de la montaña, porque los kleptos helenos, de infalible puntería, ocupaban todos los desfiladeros: allí se habían fortificado como en una ciudadela enorme, y desde allí, renovando la lucha de los dioses contra los titanes, emprendían expediciones contra los turcos del monte Orsa. Orgullosos de su valor, creíanse invencibles como la montaña que los albergaba: personificaban el propio Olimpo. «Soy (decía uno de sus cantos), soy el Olimpo, ilustre en todas las épocas y célebre en todas las naciones: cuarenta y dos picos coronan mi cabeza y setenta y dos fuentes corren por mis hondonadas, y en mi cima más alta se posa un águila que lleva en sus garras la cabeza de un héroe denodado.» Aquella águila era sin duda la del antiguo Zeus: todavía se alimenta hoy con la carne del hombre muerto por su semejante.

La imaginación popular corre libremente cuando se trata de los dioses que ha creado. Durante el curso de los siglos, varía sus nombres, sus atributos y su poder, según las alternativas de la historia, los cambios del lenguaje, las variantes individuales ó nacionales de la tradición; al fin y al cabo les da muerte como les dió vida, y los sustituye con nuevas divinidades. Poco le cuesta, por lo tanto, hacerlos viajar de monte en monte. Así es que cada cima tenía su dios y hasta su pléyade de reses celestiales. Zeus vivía en el monte Ida, así como en el Olimpo de Grecia, en los de Creta y Chipre y en las rocas de Egina. Apolo tenía su morada en el Parnaso y en el Helicón, en el Cileno y en el Taigeto, en todos los montes diseminados que se elevan fuera del mar Egeo. Las cimas que iban á dorar los rayos de la aurora, cuando las llanuras inferiores estaban todavía á obscuras, tenían que estar consagradas al dios del sol. Así, casi todas las cúspides aisladas de la Hélada llevan hoy el nombre de Elías. El profeta judío ha llegado á ser, en virtud de su nombre y por un sagrado juego de palabras, el heredero de Helios, hijo de Júpiter.

«Ved ese trono, centro de la tierra», dice Esquilo, hablando de Delfos. En muchos otros sitios, según la fantasía del poeta ó la imaginación popular, se erguía la columna central. Pindaro la veía en el Etna: los marineros del Archipiélago la ponían en el monte Athos: el gran hito que se veía siempre por encima del agua, ya dejando las orillas de Asia, ya navegando por los mares de Europa. Decíase que aquella montaña era tan alta, que el sol se ponía en su pico tres horas más tarde que en las llanuras de su falda, y que desde su altura se alcanzaban los mismos límites de la tierra. Cuando la Hélada, antes libre, fué esclavizada por el macedonio, cuando fué la propiedad de un dueño, hubo un adulador bastante vil, un hombre bastante rastrero para rogar á Alejandro (el cual se había proclamado Dios) que empleara un ejército en transformar el monte Athos en una estatua del nuevo hijo de Zeus «más poderoso que su padre». La imposible obra habría podido tentar á un dios hecho de pronto, loco de orgullo, pero éste no se atrevió á emprenderla. Los marinos que navegaban al pie de la gran montaña continuaron viendo en ella á un antiguo dios, hasta el día en que empezó otro ciclo de la historia con nuevo culto y nuevas divinidades. Refirióse entonces que el monte Athos era precisamente aquella montaña á la cual transportó el diablo á Jesús el Galileo para mostrarle todos los reinos de la tierra extendidos á sus pies: Europa, Asia y las islas del mar. Todavía lo creen los habitantes del monte, y no es muy posible, en efecto, encontrar una cima en que la vista domine panorama, si no tan vasto, á lo menos tan bello y tan variado.

Fuera del mundo helénico en que la imaginación popular era tan poética y tan fecunda, verán también los pueblos en sus montañas tronos de los dueños del cielo y de la tierra. No sólo las grandes cumbres de los Alpes eran adoradas como mansión de los dioses y por si mismas, sino que, hasta en las llanuras del Norte de Alemania y de Dinamarca, colinitas que elevan sus lomas por encima de los páramos uniformes, eran Olimpos no menos venerados que lo era el de Tesalia para los griegos. Hasta en la fría Islandia, tierra de brumas y de hielos eternos, los adoradores de los soberanos celestes se volvían hacia las montañas de lo interior, creyendo ver en ellas la residencia de sus dioses. Indudablemente, si hubieran podido trepar hasta la cima de las cuestas surcadas de sus volcanes, si hubiesen contemplado el horror de sus cráteres donde luchan incesantemente lavas y nieves, no habrían pensado en hacer de aquellos lugares terribles el encantador alcázar de sus felices divinidades. Pero no veían las montañas más que de lejos: divisaban sus blancas cimas á través de desgarradas nubes y se las figuraban tanto más bellas cuanto más salvajes y más difíciles de recorrer eran las llanuras de la base. Aquellos montes, separados de la tierra de los humanos por valladares de infranqueables precipicios, eran la ciudad de Asgard, en la cual vivían los dioses alegremente, bajo un cielo clemente siempre, y la gran nube de vapores que surgía de la cumbre y se extendía en ancho espacio por los cielos, no era una columna de ceniza, sino el enorme Fresno Idgrasíl, á cuya sombra descansaban los dueños del universo.

CAPÍTULO XXI

#Los genios#

Lentamente se transforman las religiones. Los cultos del mundo antiguo, extinguidos al parecer hace tanto tiempo, existen aún, bajo las exterioridades de nuevos cultos. Han cambiado con frecuencia los nombres de los dioses, pero el altar sigue siendo el mismo. Los mismos son ahora los atributos de la divinidad que hace dos mil años, y la fe que la invoca conserva la «santa simplicidad» de su fanatismo. En los valles agrestes del Olimpo, por donde saltaban las bacantes desmelenadas, murmuran hoy oraciones los monjes. En el santo monte Athos, al cual adoraban desde la superficie de las rumorosas olas marinos de todas las razas y todos los idiomas, se alzan 935 iglesias en honor de todos los santos: el dios de los cristianos ha heredado á Zeus, que había sucedido á dioses mas antiguos. También el templo de Minerva, en Siracusa, cuya lanza de oro saludaban los marineros desde lejos, derramando en las aguas una copa de vino, se ha convertido en capilla de la Virgen. Todos los promontorios marítimos y toda cima de colina, toda montaña coronada por un templo, tierra adentro, ha conservado adoradores, aunque haya cambiado el nombre. Recorre un viajero la isla de Chipre, buscando el templo de Venus Afrodita. «Ya no la llamamos Afrodita (dice devotamente la mujer á quien ha interrogado); ahora la llamamos la Virgen Crisapólita.»

Pero no sólo han continuado los pueblos cristianos venerando las montañas santas de griegos y romanos, sino que han extendido á su manera su culto por todas las comarcas en que habitan. Lo mismo que nuestros antepasados de los tiempos de la leyenda, antecesores nuestros más próximos que vivían en la Edad Media, no podían contemplar la montaña sin que su imaginación hiciera, vivir seres superiores en los valles misteriosos y en las cimas radiantes. Verdad es que aquellos seres no tenían derecho al dictado de dioses; maldecidos por la iglesia, se transformaban en diablos, en demonios maléficos, ó tolerados por ella, se convertían en genios tutelares, dioses de contrabando, invocados únicamente á hurtadillas.

Júpiter, Apolo y Venus habían descendido de su trono y se habían refugiado en el fondo de antros: aquellos cuyo augusto rostro irradiaba la luz, quedaban condenados á vivir para siempre en las tenebrosas cavernas. Las fiestas del Olimpo se habían transformado en aquelarres á los cuales iban asquerosas brujas cabalgando en escobas á evocar al diablo en las noches borrascosas. Además, el clima frío, el nublado cielo de nuestras comarcas del Norte habían de contribuir en gran parte á la reclusión de los antiguos dioses. Entre nieves y vientos, en medio de las tempestades, ¿cómo habían de poder solazarse en alegres banquetes, saborear la ambrosía y tañer la áurea lira? Apenas se podía soñar con su presencia en aquellos palacios fantásticos edificados en un momento por los rayos del sol en las resplandecientes cúspides y no menos rápidamente desaparecidos como ensueños ó vanos espejismos.

Dioses y genios son las personificaciones de cuanto tiene y de cuanto desea el hombre. Todos sus terrores y todas sus pasiones tomaban en otro tiempo sobrenatural forma. Así es que uno de los espíritus de la montaña son magos formidables que abrasan la hierba de los pastos, matan el ganado, malefician á los caminantes, cuando otros, en cambio, son seres benévolos, cuyos favores conquista una jarra de leche vertida ó un sencillo conjuro. Al buen genio se dirige el pastor para que acreciente sus rebaños con chotos y corderos vigorosos y perfectos. A él especialmente acuden jóvenes y viejos, hombres y mujeres, para pedirle lo que desgraciadamente sería para todos la alegría suprema de la vida, oro, riquezas, un tesoro. Cuéntannos antiguas tradiciones como los genios de la montaña se meten por las venas de la tierra para introducir en ellas cristales y metal, para mezclar diversamente minerales y tierras. Otras leyendas dicen cómo y á qué hora hay que golpear la piedra sagrada que tapa las riquezas, qué señales hay que hacer, qué extrañas sílabas hay que pronunciar. Pero si algo se olvida, si en vez de un sonido se oye otro, todos los conjuros son ineficaces.

He visto enormes excavaciones practicadas por montañeses en lo más alto de una punta de rocas oculta por las nieves durante nueve meses del año. Aquella punta estaba consagrada á un santo que, como protector del monte, había sucedido á un dios pagano. Todos los veranos volvían los buscadores de tesoros á ahondar en la cima, sirviéndose de las palabras y de los gestos sacramentales. No encontraban más que hojas de esquisto debajo de otras hojas iguales, pero no faltaba ávido cazador que siguiese trabajando, y procuraba evocar al genio con nueva fórmula, con grito victorioso.

Más interesantes que estos dioses guardadores de tesoros son aquellos que en las cavernas de la montaña tienen el encargo de conservar el genio de toda una raza. Ocultos en el espesor de una roca, representan al pueblo entero, con sus tradiciones, su historia y su porvenir. Viejos como el monte, durarán tanto como él, y mientras vivan ellos vivirá la raza cuyos grupos andan esparcidos por los valles cercanos. Por eso miran los vascos con orgullo el pico de Anie donde su dios se esconde tanto más viviente, cuanto más desconocido para el sacerdote. «Mientras estés ahí (le dicen), aquí estaremos nosotros.» Y poco les falta para creerse eternos, cuando hasta su lenguaje desaparecerá mañana.

Al mismo orden de ideas populares pertenecen las leyendas de los guerreros ó profetas que, durante siglos enteros, esperan un día grande ocultos en alguna gruta profunda de la montaña. Tal es el mito de aquel emperador alemán que meditaba, apoyado en una mesa de piedra y cuya blanca barba, sin cesar de crecer, se había arraigado en la roca. A veces un cazador ó un bandolero penetraba en la caverna y turbaba el descanso del poderoso anciano. Este levantaba lentamente la cabeza, hacía una pregunta al tembloroso visitante y después volvía á su interrumpida meditación, diciendo al suspirar: «¿Todavía no?» ¿Qué esperaba para morir en paz? Indudablemente el eco de alguna gran batalla, el hedor de un río de sangre humana, una inmensa degollación en honor de su imperio. ¡Ah! ¡Ojalá se haya dado ya esa última batalla y se haya convertido en un montón de cenizas el siniestro emperador!

Mucho más conmovedora y hermosa es la leyenda de los tres suizos que también esperan un día grande en el espesor de una alta montaña de los antiguos cantones. Son tres, como los tres que juraron conquistar la libertad en la pradera del Grutli, y los tres se apellidan Tell, como el que derribó al tirano. También están adormecidos: también meditan, pero el fondo de su ensueño no es la gloria, sino la libertad, y no sólo la libertad suiza, sino la libertad de todos los hombres. De cuando en cuando, levántase uno para mirar el mundo de lagos y praderas, pero vuelve tristemente hacia sus compañeros y suspira al decir: «Todavía no.» El día de la gran liberación no ha llegado. Esclavos aún, no han dejado los pueblos de adorar el sombrero de sus amos.

CAPÍTULO XXII

#El hombre#

Esperemos, de todos modos, confiadamente: el día grande vendrá. Vánse los dioses y llévanse consigo á los reyes, tristes representantes suyos en la tierra. Aprende despacio el hombre á hablar el lenguaje de la libertad: aprenderá también á practicarla.

Las montañas que tienen, á lo menos, el mérito de ser hermosas, forman parte del número de esos dioses que van perdiendo ya sus adoradores. Sus truenos y sus aludes no son ya para nosotros los rayos de Júpiter: sus nubes dejaron ya de ser los vestidos de Juno: ya subimos sin temor á los valles altos, residencia de los dioses ó guarida de genios. Las cumbres, formidables en otro tiempo, son hoy atractivo de millares de trepadores que han emprendido la tarea de que no quede peñón ni campo de hielo virgen de paso humano. En nuestras comarcas occidentales de Europa, casi todas las cúspides han sido conquistadas sucesivamente: las de Asia, Africa y América lo serán con el tiempo. Ya que ha terminado casi la era de los grandes descubrimientos geográficos y se conoce la tierra en su conjunto, salvo en algunos trechos, numerosos viajeros, obligados á contentarse con gloria menor, dispútanse la honra de ser los primeros en subir á montañas aun no visitadas. Hasta á Groenlandia han ido á buscar cimas desconocidas los aficionados á ascensiones.

Parece que muchos de esos que cada año, en el buen tiempo, intentan trepar á alguna cima alta y de difícil acceso, suben impulsados por fútil vanidad. Buscan, según se dice, un medio penoso, pero seguro, de que los periódicos repitan su nombre, como si con una ascensión de esas hicieran algo útil á la humanidad. Llegados á la cumbre, redactan, con las manos entumecidas por el frío, un acta de su gloria, destapan ruidosamente botellas del espumoso vino, disparan pistoletazos como verdaderos conquistadores y tremolan banderas frenéticamente. Donde la cima de la montaña no está revestida de nieve, colocan en ella un montón de piedras, á fin de encontrarse á algunos centímetros más de altura. Considéranse reyes y señores del mundo, ya que la montaña toda es su pedestal para ellos y ven los reinos yaciendo á sus pies. Extienden la mano como para cogerlos. No de otro modo un poeta campesino, invitado por primera vez á visitar un real sitio, pidió permiso para sentarse un momento en el trono. Cuando lo logró, apoderóse de él el vértigo del mando, y viendo revolotear á una mosca cerca de él, exclamó: «¡Ah! ¡Como ahora soy rey, te aplasto!» y espachurró al pobre insecto contra el brazo del dorado sillón.

Sin embargo, el hombre modesto, el que no pregona su ascensión, ni ambiciona la gloria efímera de haber subido á algún pico de difícil acceso, también experimenta una gran alegría cuando huella una elevada cumbre. Saussure no ha pasado tantos años con la mirada fija en la cúpula del Monte Blanco, ni ha intentado su ascensión tan repetidas veces con el único fin de ser útil á la ciencia. Cuando, después de Bahuat, llegó á la nieve hasta entonces inmaculada, no tuvo sólo el gusto de poder hacer observaciones nuevas: debió de entregarse también á la inocente dicha de haber conquistado por fin el rebelde monte. El cazador de animales y el de hombres también se alegran cuando, después de porfiada persecución por bosques y barrancos, ribazos y valles, se encuentran frente á su víctima y consiguen alcanzarla con sus balas. Ni fatigas ni riesgos les han hecho cejar, porque una esperanza los sostenía, y cuando descansan junto á la derribada presa, olvidan cuanto han padecido. Como el cazador, el trepador de cimas disfruta de este júbilo de la conquista después del esfuerzo, pero además siente la dicha de no haber arriesgado más que su vida propia. Ha conservado puras las manos.

En las grandes ascensiones, el peligro es inminente muchas veces y á cada momento se expone uno á la muerte, pero siempre sigue adelante y se siente sostenido é impulsado por una gran alegría al considerar que se sabe evitar el peligro con la solidez de los músculos y la serenidad del ánimo. Hay que sostenerse muchas veces en una pendiente de nieve helada, en la cual un paso mal dado cuesta la caída al precipicio. Otras veces hay que arrastrarse por un ventisquero, agarrándose á una aspereza de la nieve que, si se rompe, ocasiona el desplome en una sima, cuyo fondo no se ve. También hay que escalar paredes de rocas, cuyas salientes apenas tienen la anchura suficiente para apoyar en ellas el pie, y están cubiertas por una capa de escarcha que parece palpitar bajo el agua glacial que corre por encima. Pero tales son el valor y la tranquilidad del espíritu, que ni un músculo se permite un movimiento falso, y todos armonizan sus esfuerzos para evitar el peligro. Resbala un viajero sobre una roca de pizarra lisa y muy pendiente, cortada bruscamente por un precipicio de cien metros de altura. Baja con rapidez vertiginosa por el plano inclinado, pero se extiende también para ofrecer mayor superficie al roce y tropezar con todas las ligeras asperezas de la peña; utiliza con tal habilidad los brazos y las piernas á manera de frenos, que se detiene en el borde del abismo. Precisamente corre por allí un arroyuelo antes de formar cascadas y como el viajero tenía sed, bebe tranquilamente, con la cara en el agua, antes de pensar en levantarse para volver á emprender la marcha por rocas menos peligrosas.

El trepador tiene más amor á la montaña, cuanto más expuesto ha estado á perecer, pero el sentimiento del peligro vencido no es la única alegría de la ascensión, especialmente para el hombre que, durante su vida, ha tenido que sostener rudos combates para cumplir con su deber. Aunque no quiera, ha de ver en el camino no recorrido, con difíciles pasos, nieves, grietas, obstáculos de todo género, una imagen del penoso camino de la virtud: esta comparación de las cosas materiales con el mundo moral se impone á su espíritu y le hace pensar: «A pesar de la naturaleza, he alcanzado éxito próspero: la cumbre está bajo mis plantas: verdad es que he sufrido, pero vencí, y cumplí mi deber.» Este sentimiento hace toda su fuerza en aquellos que han de llevar á cabo realmente la misión científica de escalar una cima peligrosa, ya para estudiar rocas y fósiles, ya para enlazar una red de triángulos y levantar el plano de una comarca. Estos tienen derecho á su propio aplauso después de haber conquistado la altura: si en su viaje les ocurre una desgracia, merecen el dictado de mártires. La humanidad agradecida debe recordar sus nombres, bastante más nobles que los de tantos supuestos grandes hombres.

Tarde ó temprano las edades heroicas de la exploración de las montañas acabarán como las de la exploración de la llanura, y el recuerdo de los trepadores famosos se convertirá en leyenda. Unas tras otras habrán sido escaladas todas las montañas de las regiones populosas: construíanse senderos cómodos y después grandes carreteras desde la falda á la cúspide para facilitar la ascensión hasta á los hombres ociosos y estragados: se dispararán barrenos entre las grietas de los ventisqueros para enseñar á los papanatas la contextura del cristal: se establecerán ascensores mecánicos junto á las paredes de los montes inaccesibles en otro tiempo, y los que viajan por recreo se harán subir á lo largo de los vertiginosos muros fumándose un cigarro y hablando de cosas escandalosas.

¡Pero si ya se sube á las cumbres en ferrocarril! Ahora han discurrido los inventores locomotoras de montaña para que podamos respirar el aire libre del cielo durante la hora de digestión que sigue á la comida. Los americanos, gente práctica hasta en la poesía, han inventado este nuevo sistema de ascensión. Para llegar pronto y sin cansancio al vértice de su más venerada montaña, á la cual han dado el nombre de Washington, héroe de la independencia, la han enlazado con la red de sus ferrocarriles. Rocas y pastos están rodeados de una espiral de rieles que suben y bajan alternativamente los trenes silbando y desenrollando sus anillos como gigantescas serpientes. Hay una estación en la cima y también fondas y kioscos de estilo chinesco. El viajero que va en busca de emociones encuentra allí bizcochos, licores y poesías á la salida del sol.

Lo que han hecho los americanos en el monte Washington, lo han imitado á escape los suizos en el Righi, en el centro del panorama grandioso de lagos y montañas. También lo han hecho en el Utli; lo harán en otros, llevando sus cumbres, como si dijéramos, al nivel de la llanura. La locomotora pasará de valle en valle y por encima de los picos, como pasa un barco subiendo y bajando encima de las olas del mar. Cuanto á las altas cúspides de los Andes y del Himalaya, sobradamente elevadas en la región del frío para que el hombre pueda subir á ellas directamente, ya vendrá día en que se las arregle para alcanzarlas. Ya le han llevado los globos á dos ó tres kilómetros más de altura: otras naves aéreas irán á dejarle encima del Gaurisankar, sobre la «Gran Diadema del Cielo brillante».

En esa gran labor de arreglo de la naturaleza no basta con hacer fácil la subida á los montes; en caso necesario se intenta suprimirlos. No contentos con hacer escalar á sus carreteras los montes más arduos, los ingenieros perforan las rocas que le estorban para que pasen sus vías de hierro de valle á valle. A pesar de cuantos obstáculos ha puesto á su camino la naturaleza, el hombre pasa y hace una tierra nueva apropiada á sus necesidades. Cuando necesita un gran puerto para refugio de sus navíos, coge un promontorio de la orilla del mar y lo tira roca por roca al fondo del agua para convertirlo en rompe-olas. ¿Por qué, si se le antojara, no había de coger montañas grandes, para triturarlas y diseminar sus restos por el suelo de las llanuras?

Y el caso es que ya se ha emprendido ese trabajo. Cansados los mineros de California de que los arroyos les vayan trayendo la arena con partículas de oro, se les ha ocurrido atacar la misma montaña. En muchos sitios destrozan el duro peñón para sacarle el metal, pero el trabajo es difícil y costoso. La tarea es más fácil cuando han de habérselas con terrenos de transporte, como arena movible y guijarros. De modo que se han instalado enfrente de la montaña con enormes bombas para incendios, ahondando sin cesar las escarpas con continuo chorro de agua y demoliendo así poco á poco la montaña para extraerle todas las moléculas de oro. También en Francia ha brotado la idea de desmoronar de la misma manera una parte del inmenso hacinamiento de aluviones antiguos acumulados en mesetas delante de los Pirineos: por medio de canales, todos esos residuos, transformados en limo fertilizador, servirían para elevar y fecundar las secas llanuras de las Saudas.

Esos progresos son ciertamente considerables. Ya pasaron los tiempos en que los únicos caminos de la montaña eran rodadas tan estrechas que dos peatones que fueran en sentido contrario no podían dejarse paso y tenía que pasar uno por encima del otro, tumbado en el sendero. Todos los puntos de la tierra van siendo accesibles, hasta para los inválidos y los enfermos; al mismo tiempo, todos los recursos van siendo utilizables y la vida del hombre se prolonga con todas las horas robadas al periodo de esfuerzos, mientras su haber se acrecienta con todos los tesoros arrancados á la tierra. Como todas las cosas humanas, traerán consigo esos progresos los correspondientes abusos: y alguna vez habrá quien esté á punto de maldecirlos, como ya se han lanzado maldiciones en otro tiempo contra la palabra, la escritura, el libro y hasta el pensamiento. Digan lo que quieran los aficionados al tiempo viejo, la vida que es tan dura para la mayor parte de los hombres, se irá haciendo cada vez más fácil. Velemos para que una educación fuerte arme al joven con enérgica voluntad y le haga siempre capaz de heroico esfuerzo, único medio de sostener el vigor moral y material de la humanidad. Sustituyamos con pruebas metódicas el rudo combate de la existencia con el cual tenemos que comprar hoy la fuerza de ánimo. Antes, cuando la vida era una incesante batalla del hombre contra el hombre y contra la fiera, al adolescente se le miraba como á un niño, mientras no llevara algún trofeo sangriento á la choza paterna. Tenía que probar la fuerza de su brazo, la solidez de su valor antes de atreverse á tomar la palabra en el consejo de los guerreros. En los países donde el peligro, más que en combatir al enemigo, consistía en tener que sufrir hambre, frío, intemperie, el candidato al título de hombre era abandonado en el bosque sin alimento, sin vestidos, expuesto al cierzo y á las picaduras de los insectos: tenía que permanecer allí, inmóvil, altivo y plácido el rostro, y después de varios días de espera había de tener aún bastantes fuerzas para dejarse atormentar sin quejarse y asistir á una abundante comida sin adelantar la mano para coger su parte. Hoy no se imponen ya á nuestros jóvenes tan bárbaras pruebas, pero hay que saber hacer elevadas y firmes las almas de los niños, no sólo contra las desgracias posibles, sino también, y más aún, contra las facilidades de la vida, si queremos evitar la decadencia y el embrutecimiento. Trabajemos para hacer dichosa á la humanidad, pero enseñémosle al mismo tiempo á triunfar de su propia dicha con la virtud.

En esta capital, labor de la educación de los hijos, y por consiguiente, de la humanidad futura, la montaña tiene que representar un papel importante. La verdadera escuela debe ser la naturaleza libre con sus hermosos paisajes para contemplarlos, con sus leyes para estudiarlas, pero también con sus obstáculos, para vencerlos. No se educan hombres animosos y puros en salas estrechas con ventanas enrejadas. Déseles, al contrario, la alegría de bañarse en los lagos y en los torrentes de la montaña, hágaseles pasear por los ventisqueros y los campos de nieve, lléveselos á escalar las elevadas cumbres. No sólo aprenderán fácilmente lo que no les podría enseñar ningún libro, no sólo recordarán todo lo que hayan aprendido en aquellos días felices en que la voz del profesor se confundía para ellos en una misma impresión, con la vista de paisajes encantadores, sino que también se habrán encontrado frente al peligro y lo habrán arrostrado alegremente. El estudio será un placer para ellos y su carácter se formará en la alegría. No puede dudarse de que estamos en vísperas de llevar á cabo los cambios más importantes en el aspecto de la naturaleza, así como en la vida de la humanidad: ese mundo exterior que tan poderosamente hemos modificado ya en su forma, lo transformaremos para nuestro uso más enérgicamente aún. Según van creciendo nuestro saber y nuestro poder material, la voluntad humana se manifiesta más imperiosa frente á la naturaleza. Actualmente, casi todos los pueblos que se llaman civilizados emplean todavía la mayor parte de su sobrante anual en preparar los medios de matarse mutuamente y de asolar los territorios ajenos, pero cuando, con mejor consejo, lo apliquen á aumentar la fuerza productiva del suelo, á utilizar en comunidad todas las fuerzas de la tierra, á suprimir todos los obstáculos naturales que opone á la libertad de nuestros movimientos, cambiará ante la vista la apariencia del planeta que en su torbellino nos lleva. Cada pueblo dará, digámoslo así, nueva vestidura á la naturaleza que le rodee. Con campos y caminos, moradas y construcciones de todo género, por la agrupación impuesta á los árboles, por el ordenamiento general de los paisajes, la población dará la medida de su ideal propio. Si posee en realidad el sentimiento de la belleza, hará á la naturaleza más hermosa: pero si la gran masa de la humanidad tuviera que seguir como es hoy, grosera, egoísta y falsa, continuará grabando tristes huellas en la tierra. Entonces será una verdad el grito del poeta: «¿A dónde huiré? ¡La naturaleza se afea!»

Sea como fuere la humanidad en lo porvenir, cualquiera que deba ser el aspecto del medio que ha de crearse, la soledad, en lo que queda de la naturaleza libre, se hará cada vez más necesaria al hombre que, lejos del conflicto de deseos y de opiniones, quiera fortalecer su pensamiento. Si los sitios más hermosos de la tierra llegaran á convertirse un día en punto de reunión de los ociosos, á aquellos que gustan de vivir en la intimidad con los elementos, no les quedaría otro recurso que huir en una barca al alta mar ó esperar el día en que puedan cernirse como el ave en las profundidades del espacio, pero siempre echarían de menos los frescos valles de las montañas, los torrentes que brotan de la inmaculada nieve, las blancas ó sonrosadas pirámides que se yerguen en lo azul del cielo. Afortunadamente, la montaña es siempre el retiro más benigno para quien huye de los caminos abiertos por la moda. Durante mucho tiempo podremos apartarnos del mundo frívolo y reconcentrarnos en la verdad de nuestro pensamiento, alejados de esa corriente de opiniones vulgares y ficticias que turban y descaminan hasta á los espíritus más sinceros.

¡Qué asombro, qué insólita impresión sentí en todo mi ser cuando, traspuesto el umbral del último desfiladero de la montaña, me volví á ver en la gran llanura de indistintas y fugitivas lontananzas de ilimitado espacio! Ante mí estaba el mundo inmenso. Podía yo ir hacia el punto del horizonte al cual me impulsara el capricho, y, sin embargo, por más que andaba, me parecía que no cambiaba de sitio, de tal modo había perdido la naturaleza que me rodeaba su encanto y su variedad. Ya no oía el torrente, ya no veía rocas ni nieves; la monótona campiña era la misma siempre. Libres eran mis pasos, y sentíame no obstante más prisionero que en la montaña. Cualquier árbol, cualquier arbusto bastaban á ocultarme el horizonte: todos los caminos estaban cerrados en ambas partes por setos ó vallas.

Al alejarme de los amados montes, que parecían huir lejos de mí, miraba á veces hacia atrás para contemplar sus curvas empequeñecidas. Confundíanse poco á poco las pendientes en una misma masa azulada: dejaban de verse las anchas cortaduras dé los valles: perdíanse las cimas secundarias: únicamente se dibujaba en el fondo luminoso el perfil de las altas cúspides. Por fin, la bruma de polvo y de impurezas que se eleva desde las llanuras me ocultó las pendientes bajas: quedaba tan sólo una especie de decoración cimentada en nubes y á penas podía encontrar mi mirada alguna de las cumbres pisadas en otro tiempo. Después los vapores cubrieron todos los contornos; rodeóme por todas partes la llanura de invisibles límites. Desde entonces quedaba detrás de mí la montaña y volvía yo al gran tumulto de los humanos. Pero á lo menos he podido conservar en la memoria la suave impresión de lo pasado. Veo surgir nuevamente ante mis ojos el amado perfil de los montes, vuelvo á entrar con el pensamiento en las umbrosas cañadas, y durante algunos instantes puedo disfrutar apaciblemente de la intimidad con la roca, el insecto y el tallo de hierba.

FIN

INDICE

Capítulos

     I.—El asilo
    II.—Las cumbres y los valles
   III.—La roca y el cristal
    IV.—El origen de la montaña
     V.—Los fósiles
    VI.—La destrucción de las cimas
   VII.—Los desprendimientos
  VIII.—Las nubes
    IX.—La niebla y la tormenta
     X.—Las nieves
    XI.—El alud
   XII.—El ventisquero
  XIII.—Los hacinamientos de rocas y los torrentes
   XIV.—Los bosques y los pastos
    XV.—Los animales de la montaña
   XVI.—El escalonamiento de los climas
  XVII.—El montañés libre
 XVIII.—El cretino
   XIX.—La adoración de las montañas
    XX.—El Olimpo y los dioses
   XXI.—Los genios
  XXII.—El hombre