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La Niña de Luzmela

Chapter 17: XI
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About This Book

Un hombre mayor vive en una antigua casa señorial y ha adoptado a una niña huérfana, Carmencita, cuya calma y encanto transforman la atmósfera del hogar. La narración explora la relación afectuosa y ambivalente entre el protector, enfermo y soñador, la niña de conducta serena y la fiel criada que la cuida, mientras afloran la inquietud por la salud del hombre, el misterio sobre los orígenes de la niña y las fricciones ocasionadas por visitas familiares. Abundan temas de ternura paternal, melancolía, enigma del pasado y el contraste entre la decadencia de la casa y la frescura infantil.

X

Creyó doña Rebeca oportuno dar dinero a su hijo Andrés, con más largueza que de costumbre, para que se fuera contento por muchos días; pero él apuñando el pago de la ausencia, no se alejó sin rezongar y sin echar sobre Carmen una mirada licenciosa.

Afortunadamente, la muchacha, distraída por los extraordinarios sucesos de aquel día, no había notado la brutal impresión que estaba causando en Andrés.

A la hora oportuna bajaron las señoras a la estación, y Carmen se quedó sola. Ella nunca salía sino a la huerta o al campo…. ¿Qué iba a hacer en lugares de pública reunión una chiquilla recogida de caridad y siempre enlutada y triste? La niña había llegado a creer que doña Rebeca tenía razón en disponer así de sus florecientes diez y siete años, y no intentaba nunca quebrantar este decreto, martirial y absurdo, que la recluía siempre en grave soledad.

Apenas salieron la madre y la hija, Carmen oyó que Julio aullaba en su dormitorio, y temiendo que saliera a asustarla desde algún rincón con sus ojos crueles, bajó al zaguán y se puso a escuchar el silencio de la tarde.

Sintióse a poco, por el jardín adelante, un rumor de palabras.

Sobre la dura voz de Narcisa y la chillona de su madre, otra, sonora y firme, se alzaba risueña.

Carmen se asomó a mirar.

Allí estaba Fernando, esbelto, seductor, con su cara pálida y fina, su bigote negro, sus ojos endrinos y soñadores.

Tenía despejada la frente, rizo el cabello obscuro, y sensual la boca, sonreidora y correcta.

Entró el viajero en el zaguán, y quedóse la muchacha fascinada, dudando si en efecto sería aquel Fernando Alvarez de la Torre hijo de doña Rebeca.

Pero lo era, porque viéndola él replegada contra el muro, preguntó a su madre:

—¿Esta es la hija del tío Manuel?

Y sin esperar respuesta, la abrazó con efusión, la miró con entusiasmo y declaró al fin:

—¡Es muy bonita…, muy bonita!

Carmen estaba encantada, Narcisa furiosa, y doña Rebeca parecía abstraída en perplejidades y temores, con un aire lánguido de víctima, muy mal avenido con su figurilla inquieta y alocada. Sentía un enfermizo reblandecimiento de amor maternal hacia el marino, y veía avecindarse en torno suyo los iracundos celos de Narcisa.

Esta perspectiva, ¿la entristecía o la alegraba?… Era difícil averiguarlo, porque su aspecto, adolecido, parecía poco sincero. ¿Acaso no estaba ella en su elemento cuando más fuertes se desencadenaban en la casona las tempestades familiares?…

Se habían quedado todos sumidos en un silencio molesto, durante el cual la galante sonrisa de Fernando siguió fija en el turbado rostro de la niña de Luzmela, y entonces la señora instó a su hijo a subir, ponderando con entrecortada voz, muy fingida y lacrimosa, los anhelos que sentía de verle a su lado y recrearse con su presencia.

Tan pronto como ellos desaparecieron, Narcisa empezó a trastear con bruscos ademanes; quitaba y ponía sillas de un lado a otro, empujaba a puntapiés el equipaje de su hermano, y silbaba unas amargas murmuraciones.

—Ya tenemos en casa el viril; ya está aquí el oráculo; se completó la sección de estorbos…. Entre chiquillas de la calle y señoritos guapos vamos a estar divertidos….

Carmen, sin atender a Narcisa, estaba sintiendo todavía cómo la acariciaba dulcemente la sonrisa serena del marino.

En pocas horas cambió Fernando el semblante sombrío de la casa.

Cantó, abrió los balcones con estrépito, y una brisa otoñal, odorante y pura, refrescó las habitaciones lóbregas, cerradas por el desuso mucho tiempo.

No quiso la que le habían preparado, sino otra mayor, con mejores vistas y peores muebles.

La casona, inmensa, tenía amplios aposentos desmantelados y medio ruinosos.

Todas aquellas ventanas carcomidas y gimientes las abrió el marino de par en par, y el sol se tendió perezoso en las estancias, y entraron con él en la casa los rumores soberbios del río y el garganteo melódico de los malvises.

Estaba la mies en derrota; los ganados, libres, sesteaban soñolientos, se refocilaban en bárbaras persecuciones, o pacían en lentas cabezadas los brotes sirueños.

Tintineaban las esquilas en la mansa levedad del ambiente, y todo el valle se hermoseaba con traje de alegría en la paz geórgica de la tarde.

Fernando prodigaba sus admiraciones a los encantos de aquel panorama delicioso, y saciando sus ojos de hermosura, rememoraba los años infantiles, pródigos en aventuras y promesas.

Mientras tanto, doña Rebeca había dejado de reñir a voces; Julio apenas salía de sus escondites, y Andrés no había vuelto a aparecer por la casona.

Narcisa, más convencida que nunca de la importancia de su persona y de la sublimidad de su talento, se engolfaba en lamentaciones augurales, presagiando que el regreso tan festejado del marino había de traer graves perjuicios al esclarecido solar de Rucanto….

Con el reciente trasiego de muebles, Narcisa tomó pretextos para lanzar de su cuarto la camita de Carmen, y la niña, muy contenta, eligió para colocarla un retirado gabinete desalhajado y achacoso, pero con recia llave en la cerradura y ancha ventana abierta al campo, sobre el camino de Luzmela.

Entonces, aprovechando los favorables vientos de paz que reinaban en la casa, se atrevió a bajar del sobrado la abandonada imagen del Niño Jesús. La puso encima de una rinconera adherida al muro espeso del dormitorio, y se complació en su compañía y en su devoción con místicos arrobos.

Parecióle que el vestidito de la imagen estaba un poco sucio y se lo lavó, para volvérselo a poner muy bien alisado y pomposo.

Buscaba todos los días algunas flores que ofrecerle y cada noche, antes de acostarse, le besaba con fervor en las divinas lágrimas.

Una mañana de aquellas estaba peinando la acrespada peluca del Niño con su mano alba y tersa, cuando sintió una inquietud medrosa que le hizo volver la cara.

Por la puerta entornada, los ojos felinos de Julio la perseguían, apostados en la oscuridad como una maldición.

XI

Fernando se complacía en manifestar a Carmen una simpatía franca, llena de atenciones.

Cuidábase poco de su madre y de su hermana, sin preocuparse de merecer su beneplácito.

Desde la primera mirada, vió cómo ellas aborrecían a la niña de Luzmela, y, sin protestar de esta monstruosidad, él se puso a quererla, porque le pareció digna de cariño.

Doña Rebeca tragaba saliva, renegaba de todo lo criado, a media voz, y, quedito, en los pasillos y en los rincones, le decía a Carmen injurias y refranes con perversa impunidad.

Una calma aparente reinaba en la casona, porque Narcisa, sabiendo que le era imposible contrarrestar la influencia que Fernando ejercía en su madre, se contentaba con zaherirlos a los dos a cierta distancia del marino, apagando la voz y mordiendo las desesperaciones de su envidia.

El fracaso de sus tentativas conquistadoras cerca de Salvador la tenía frenética.

Había creído que, por miedo o por conveniencia, Carmen iba a cumplir a satisfacción la extraña embajada; que no era lerda la niña ni le faltaba ingenio para enredar una madeja de amores. Pero no había querido, no, ¡la pícara, la taimada!…

Uno de aquellos días en que tuvo ocasión de echarle a la muchacha en cara lo que ella llamaba su «ingratitud», tantos cargos terribles la hizo y de tales apariencias de indignación adornó su resentimiento, que la niña llegó a creer en la posibilidad de su culpa.

Mostróse muy apurada entonces, y Narcisa, abusando de aquella turbación inocente, derrochó sobre la muchacha las recriminaciones y acudió después a las amenazas.

Carmen, llena de temor, trató de calmarla, insinuando alguna promesa.

—El me dijo—balbució—que no pensaba casarse…; pero creo que lo dijo en broma…; quedó en venir pronto….

La presunta novia apaciguó un tanto sus furores para manifestar:

—No; si a mí por él no me importa un bledo…: tengo pretendientes de sobra. Lo que siento es tu mala voluntad, tu poca complacencia…. Se trataba solamente de conocer sus intenciones…, de saber por qué nos visita tanto…. Por ti no será…: ¡dicen que sois hermanos!…

La niña, recobrándose, contestó al punto:

—Si fuese cierto, por mí vendría….

—O no, que a los hermanos no les da tan fuerte. Ya ves lo que se molestan por mí los míos…, ¡como yo por ellos!…

No oyó Carmen estas últimas palabras, embebida en la ilusión de pensar que Salvador pudiera ser su hermano.

La otra argulló todavía:

—El bien me mira….

Distraída afirmó la muchacha:

—Sí…, él bien te mira….

—Bueno; pues quiero conocer sus propósitos, porque así estamos perdiendo el tiempo, y yo me perjudico.

Aun dijo Carmen, perpleja:

—Tú te perjudicas….

—Pues es preciso que te enteres pronto y bien de su intención…, con disimulo…, y si no, ¡pobre de ti!

La niña, como un eco, repitió mentalmente:

—¡Pobre de mí!

XII

Y sin embargo, Carmen ya no era tan pobre; tenía un amigo influyente en la casona donde antes sólo tuvo un Niño Jesús de madera y un gato feo y ruin.

Con lozana alegría empezaba a florecer su corazón amoroso; y seducida por aquellos primeros favores de la suerte, se sintió tan deseosa de paces y treguas en la batalla de su senda oprimida, que pensó en congraciar con un ardid a la terrible señorita de la casa, escribiendo a Salvador dos renglones que pudieran convertirse en alguna esperanza para la cazadora de novios.

Y ella, tan sin artificios ni dobleces, imaginó en seguida un medio fácil y seguro de hacer llegar su misiva a las manos del médico.

Era un sábado, y doña Rebeca daba algunas limosnas en ese día, por vieja rutina de la casa. Solía la niña repartirlas, y tenía un pobre favorito muy socorrido por ella en sus prósperos días de Luzmela.

Aguardóle, y, con misterio, le dió su papel para Salvador.

En él decía:

«Estoy bien y mucho más contenta; no dejes de venir pronto a vernos y procura estar amable con Narcisa: es un favor que te pido».

Después que el emisario partió, gozoso de servir a su bella protectora, Carmen se quedó arrepentida de inducir a Salvador a una farsa con aquel impremeditado ruego.

Quiso tranquilizarse pensando:—No será más que una medida para que ahora me dejen en paz; él lo hará con gusto cuando yo le explique…. —Pero ¿qué le explicaría?… Carmen enrojeció a solas, y sintió en su corazón un acelerado latido.

Quedóse pensativa….

Entretanto, Andrés se había avistado ya con su hermano.

Llegó el malviviente a la casona un poco menos feroz que otros días.

El y Fernando se saludaron como si la víspera se hubieran visto.

El marino se contentó con decir:

—Estás viejo, hombre….

Andrés le atravesó con sus ojos bizcos, inexpresivos y torpes, y dijo un poco sarcástico:

—Tú estás más joven.

Se volvieron la espalda. Fernando cantaba una barcarola. Andrés buscaba a su madre para pedirle dinero.

En el corredor se tropezó con Carmen; parecía haberse olvidado de ella, y al verla dió un gruñido y trató de hacerla una caricia.

Sobrecogida, no pudo evitar un ligero grito al esquivar su cuerpo inmaculado de las manazas brutales del hombrón.

Salieron doña Rebeca y Narcisa de sus habitaciones, como dos víboras de sus escondrijos, silbando:

—¡Loca!… ¡Si está loca!… ¿Qué escándalo es éste?…

Andrés, detenido en medio del corredor, perseguía a la joven con una mirada estuosa y voraz, y las señoras de la casa, asomadas unas a cada puerta, atisbaban procaces y malignas.

Fernando, desde la entrada del comedor, sonrió sobre aquella escena amarga, sin sorpresa ni indignación aparentes, y le dijo a Carmen, que se le había acercado medrosa:

—Anda, vente conmigo un poco a la huerta….

Se hizo el silencio en torno a aquella voz armoniosa que ejercía un milagroso imperio en la familia, y Carmen, bajo la protección de aquel influjo bienhechor, se apresuró a obedecer.

Salieron a la huerta por la puerta vidriera del pasillo.

La miraba el marino intensamente, con una delicia manifiesta; ella sentía una turbación extraña.

Iban al mismo paso descuidado, por el sendero, y le dijo él:

—No tengas cuidado ninguno mientras esté yo aquí….

Después, de pronto, murmuró:

—¡Qué bonita eres y qué buena!

Ella, toda estremecida, se quedó silenciosa; su corazón aleteaba con unas agitaciones inefables.

Fernando suspiró. Se inclinó para arrancar entre la hierba unas borrajas, ya casi marchitas, y con otra voz distinta, fraternal y confidencial, preguntó:

—¿No tienes más que este vestido, Carmen?

—Este, y otro más viejo….

—Y, ¿cuándo te quitas el luto?

—Cuando «ellas» manden….

El tiró las flores distraído y repuso:

—Le quitarás ahora para todos los Santos….

Entonces la niña le miró maravillada, tan llena de admiración, que él, otra vez con acento ardiente, le volvió a decir:

—¡Qué buena eres… y qué hermosa! Te quiero mucho, Carmencita, ¿me quieres tú algo?

Haciendo esfuerzos por serenarse, balbució ella con timidez encantadora:

—Algo, sí….

—¡Divina…, divina!—murmuró el marino, casi en un soliloquio; y devoraba con delectación el rubor de la muchacha y su emoción profunda….

Cuando volvieron de aquel breve paseo, Andrés se había marchado sin esperar a comer; Narcisa tenía un pliegue enigmático en su frente orgullosa, un poco deprimida, y doña Rebeca parecía que había llorado.

Carmen, embebida en algún pensamiento celestial, sin duda, mostraba una expresión nueva y radiante, y Julio, que la perseguía con ojos interrogadores, no quiso comer sin la sal de las lágrimas con que la niña de Luzmela solía sazonar las familiares viandas.

XIII

Estaba Salvador muy asombrado de los renglones de Carmen. Pensó en ir a Rucanto al día siguiente con pretexto de saludar a Fernando, y le parecieron largas las horas hasta que llegase la de ver a su amiga.

Se recibió su visita en la casona con mucho agasajo.

Doña Rebeca hízose toda un puro caramelo, y Narcisa, que tardó en presentarse un buen rato, llegó emperejilada y grave. Era delgadísima y componía mañosamente el desgarbo de sus formas mediante postizos fementidos. Vestía con lujo, y llevaba en la cara vulgar una expresión dura, y muchos polvos de color de rosa.

Fernando y Salvador se abrazaron cordialmente; contaban una misma edad y habían hecho juntos algunas memorables jornadas infantiles.

Cuando entró Narcisa en la sala, Salvador no pudo remediar cierto azoramiento mortificante, que ella interpretó a su antojo.

Llevaba el médico en la solapa una blanca margarita del jardín de
Luzmela.

La señorita de la casa admiró con insinuante ponderación la gracia de la florecilla, y el joven, por no saber qué hacer ni qué decir, se la quitó del ojal, ofreciéndosela.

Fué aquel un momento incomparable para Narcisa; tomó en triunfo la flor, y se la prendió en el pecho, rebosante de gozo….

Fernando convidó al médico a comer, y las señoras asintieron a la invitación con tan buena voluntad, que Salvador no pudo evadirse de aceptarla, aunque estuviese muy disgustado allí. No era experto en artes de coquetería femenil, y los manejos astutos de Narcisa le ponían nervioso.

Además, se hallaba impaciente por que Carmen le revelase el motivo de su extraña súplica, mientras ella parecía completamente olvidada de dar a su amigo esta explicación. Tenía en aquella hora una actitud singular y extraña que acrecentaba su belleza dulcísima. Abstraída y silenciosa, mostrábase ajena a todo lo que no fuera oculto embeleso de su alma.

Salvador la observaba lleno de incertidumbre; y sólo pudo averiguar, al cabo, que de tarde en tarde la muchacha alzaba el vuelo de sus pestañas sedeñas hacia los ojos fulgurantes de Fernando….

Cuando, a media tarde, volvía Salvador en su caballo hacia Luzmela, una pena asordada y mordiente lastimaba su corazón, y la gloria del valle y la canción del río, caían sin encantos en la sombra de su espíritu.

XIV

En uno de aquellos días, el marino pasó en la capital algunas horas.

A su regreso colocó sobre la mesa del comedor unos paquetes.

Narcisa corrió a curiosearlos y se complació a la vista de unas elegantes telas de finos colores.

Muy amable, dijo a su hermano:

—Has hecho compras, ¿eh?

Y él, con su galante sonrisa, respondió:

—Sí; unos trajes para Carmencita. Por ahorraros molestias, yo mismo avisé a la modista de Villazón, que vendrá mañana para que la niña elija modelos.

Narcisa se puso verde.

Con las manos estremecidas sobre las telas, estuvo un momento dudando si podría tragar su despecho. Tenía asomadas a los labios desdeñosos unas agrias frases de reproche y ofensa, y, con ellas extendidas por toda su cara descompuesta, salió de la estancia dando un tremendo portazo que alzó en todas las habitaciones un eco penetrante.

Fernando, sin perder su risueña actitud, volvióse hacia Carmen, que estaba inmóvil y pasmada, para decirle:

—¿Te gustan los colores?—y le señalaba las telas desdobladas.

La muchacha no se atrevía a responder ni casi a mirar.

El se le acercó afectuoso y la obligó a levantar la cabeza, rozándole con la mano suavemente la redonda barbilla.

Con acento contenido y amoroso le suplicó, casi al oído:

—¿No te he dicho que mientras yo esté en Rucanto no debes temer nada?

Tenía Carmen cuajados de lágrimas los ojos y era presa de una emoción confusa, entre grata y doliente.

Llena de sinceridad infantil interrogó ansiosa:

—Y ¿estarás aquí mucho?…

Había tal anhelo revelado y temeroso en esta pregunta, que el impávido marino, tan señor de sí mismo y tan risueño, sintió una verdadera emoción de piedad y de ternura.

La estaba mirando a los preciosos ojos ardientes, cuando contestó:

—Estaré… todo el tiempo que tú quieras….

—Entonces, siempre….

—Pues… siempre…. Ya sabes tú que te quiero mucho, ¿verdad?… Eres una santa, niña, una santa muy hermosa.

Ella, con la incomparable sorpresa de aquel lenguaje cálido y ferviente, llena de efusión murmuró:

—Tú eres bueno….

Bajo la influencia de aquel minuto grande y puro de su vida, repuso
Fernando:

—No; no soy bueno…; seré, si tú quieres, «menos malo»…; pero, aunque no soy capaz de nada sublime, tampoco de nada infame.

Y como si quisiera justificar sus palabras, dejó de sugestionar a la niña con su voz conqueridora y con su mirada magnética; la hizo llegarse a mirar los vestidos, y quiso hablar de ellos en conversación amistosa y festiva.

Pero Carmen seguía extasiada ante una revelación luminosa que la poseía toda de extraña y honda felicidad.

XV

Se supo en la casona y aun en los alrededores, que doña Rebeca y su hijo mayor habían tenido una larga y solemne entrevista.

Y aunque parecía imposible que la señora fuese capaz de sostener una conversación seria, sin exaltaciones y mudanzas, sin giros insensatos ni absurdas interpretaciones, ello fué cierto que Fernando la sometió a esta penitencia y que empleó en tal empeño toda la fuerza moral con que dominaba a su madre.

Se supo, también, que, al final de esta memorable confidencia, había sido llamada Narcisa, y que después de escuchar, con mal contenida impaciencia, las admoniciones de su hermano, más autoritarias que suplicantes, salió diciendo, evasivamente y con saña:

—Cásate con ella y te la llevas a navegar; mientras tanto, mamá dispone al fin de su herencia, que ya es hora, y paga lo que debe y salimos a flote…. Eso es lo mejor que podías hacer; ya que tanto te interesa la chica, a la vez que la sacas de penas, nos sacas a todos…. Tú que eres el mayor y el preferido, debes ayudar a tu madre….

Se supo, en fin, que entre otras muchas cosas acordes y sensatas, inusitadas en aquella casa de locos y de suicidas, Fernando dijo con acento honrado:

—Yo no soy capaz de hacerla feliz…; yo no la merezco….

Maravilló mucho que doña Rebeca escuchase el severo sermón de su hijo sin tirarse de los pelos ni recitar siquiera un mal refrán, y que, por remate de cuentas, Carmen estrenase en paz sus lindos trajes y saliese a paseo a la Estación, después de la misa mayor del día de los Santos.

La miraron aquella mañana en el pueblo como a una desconocida; parecía otra.

Llevaba con exquisita gracia su modesto traje de señorita; se había recogido sencillamente los cabellos, cuyos ensortijados aladares daban a sus sienes puras la idealidad de una corona.

Pero lo más sorprendente, lo más admirable de la niña era aquella su incopiable expresión de delicioso ensueño, que encendía en sus labios sonrisas misteriosas y en sus ojos intensas y divinas luces.

Salvador la encontró al salir de la iglesia; iba Carmen con doña Rebeca y el marino.

La señora llevaba un semblante dolorido y amargo como si estuviera bajo el peso de alguna gran desgracia.

Fernando parecía un poco triste; su habitual sonrisa era algo forzada.

Sólo Carmen iba poseída de íntimo gozo lleno de fulgores.

Se quedó Salvador absorto contemplándola, y el dolor causado por ella en el corazón del joven hacía días, se agudizó y le hizo palidecer.

Nada de esto advirtió la muchacha, engolfada en su interno delirio.

Fueron juntos los cuatro hacia la Estación, al paso menudo de doña
Rebeca, que acentuaba su actitud de víctima musitando entre suspiros:

De fuera vendrá quien de casa nos echará…; unos nacen con estrella….

Fernando y Carmen se adelantaron un poco, enveredados a la par por la mies adelante.

Mostrábase el otoño benigno y dulce, y era la mañana serena y luminosa.

Tenía el ambiente una cristalina diafanidad, una templanza gozosa.

Las praderas, enverdecidas con un pálido color de esmeralda, ofrecían suavidad fonge y amable, y en los hondones del terreno alzaban los arroyos su plácido son.

Los bosques, despojados a medias, daban al paisaje una nota melancólica de marchitez poética, y su mantillo abundoso en amustiadas hojas, ponía un contraste pintoresco sobre el terciopelo verde de las campas.

La hoz trágica, abierta en el horizonte, levantaba sus montañas bravas y oscuras hasta el cielo, vestido de índigo color, terso y puro, sin un solo jirón de nube triste.

Carmen vivía con nuevas y potentes sensaciones toda aquella vida apacible y fecunda del valle.

Derramaba la sorpresa de sus ilusiones en las caricias con que miraba al cielo y al campo, al bosque y a la montaña, para luego recoger de toda aquella belleza más infinitos anhelos de vida imperecedera, de eterna esperanza de felicidad.

Cuando oyó a su lado la voz amorosa de Fernando, aquella voz que sabía tener para ella acentos subyugadores, irresistibles, se ruborizó de dulcísimo placer.

Él no podía apartar los ojos de la joven.

Parecía que, mirándola, luchaba con una tentación dominante, y que, débil y antojadizo, se dejaba vencer de la mágica tentación.

Hablaron en voz baja, con las miradas confundidas y los corazones agitados.

Hacían una pareja encantadora.

Mientras tanto, Salvador, acompañando a doña Rebeca, iba gustando una cruel amargura insoportable.

Carmen no le parecía la misma.

No era su hermanita de Luzmela ni su protegida de Rucanto.

Era ya una mujer, era una novia; y lo era a los ojos de todos, a pleno sol, en plena posesión de todas las sensaciones divinas del amor, entregando su alma a otro hombre sin volverse a mirar si él padecía, si él se quedaba solo en el mundo, abandonado del único objeto de su vida….

Oía el médico, vagamente, el acento lamentoso con que doña Rebeca le iba diciendo:

—Pues sí, allí se quedó, la pobre, trajinando; vino a «misa primera»…; es muy hacendosa, muy formalita…; ahora hay mucho quehacer en casa; ¡con Fernando y la ropa nueva de Carmen!… Porque es lo que yo digo: tú que no puedes….

Cuando llegaron al andén, donde después de misa solía pasear el señorío, Salvador se apresuró a despedirse con el pretexto de tener que visitar algunos enfermos.

Entonces, reparando el marino en la profunda alteración de sus facciones, observó:

—Tú también pareces enfermo….

El médico perdió su aplomo hasta el punto de no saber qué contestar, y la despedida resultó fría y penosa.

XVI

Todo el resto de aquel día se pasó en Rucanto en una tesitura violentísima, pero sin una voz levantada, sin un insulto echado a volar.

Aquella calma amenazante parecía el presagio de una borrasca.

Doña Rebeca y Narcisa se eclipsaron en sus habitaciones, después de una comida silenciosa y triste.

Julio no se había levantado de la cama, y Carmen y Fernando todo lo hablaban con los ojos, en mudas contemplaciones, con una ansiedad llena de homenajes.

Uno y otro habían dejado casi intactos los platos en la mesa.

Como iban siendo breves las tardes, apenas dieron en el huerto unos paseos ya cayó la luz, y el paisaje se hizo impreciso y todo se enmudeció en la vega, a no ser la fresca voz del río elevada en gregario constante como un inmenso arrullo encalmado.

Los dos jóvenes entraron entonces en la salita baja y se acercaron a la reja que daba al jardín sobre el vano de la ventana.

Fernando buscó un taburete para sentarse a los pies de la niña, y como si cediera a un impulso contenido y frenético, con una embriaguez de palabras ardorosas, la habló de amarla mucho y amarla siempre.

Ella aturdida, hechizada, se dejó inflamar en aquel fuego divino que ya había prendido en su corazón, y respondió a la querella amorosa con una encantadora reciprocidad de promesas.

Él decía con una vehemencia arrebatadora; ella con una ingenuidad tan blanda y dulce que su voz regalada parecía un suspiro.

Hicieron su novela.

Se casarían, y él la llevaría en su barco por la llanura inmensa del mar bueno, de su amigo el mar.

Sería su viaje de novios como un vuelo sin fatiga por un desierto azul; sería la posesión pacífica y suprema de todos los goces del amor, en un olvido absoluto de la tierra, en una excelsa meditación sin turbaciones, en una vida nueva, sin límites, sin horizontes, inmensamente feliz.

Carmen veía cómo el cielo todo bajaba a su corazón confiado y noble; veía cómo era verdad que había en el mundo amor y ventura.

Fué aquel un idilio intenso, ferviente, vibrante, erigido en una hora de gloria humana, en que todas las ilusiones de Carmen florecieron con divinas rosas….

Una cosa acre, fría, inclemente, rodó encima de aquel himno armonioso.

Era la voz de Narcisa que pedía la cena.

Carmencita, incapaz de bajar de un solo paso desde el cielo rútilo y floreciente hasta el lóbrego comedor de la casona, se deslizó hacia su dormitorio para recogerse un momento y componer su semblante transfigurado.

Iba casi a tientas por salas y pasillos penumbrosos, a los cuales la luna se asomaba un poco por las vidrieras desnudas.

No sabía la joven de cierto si pisaba en el tillo crujiente o en una nube esplendorosa y flotante, o ya en el barco milagroso de Fernando…. Iba alucinada, henchida de felicidad….

Al llegar cerca de su cuarto, sin miedo a nada ni a nadie del mundo, desasida de la tierra, elevada a todas las excelsitudes de la gloria, una sombra siniestra cruzó a su lado; la vió desvanecerse hacia el fondo oscuro del corredor. Con el corazón acelerado, entró en su aposento, y, buscando cerillas en su mesa, encendió una luz.

Miró en seguida a todos lados con zozobra, y encontró a su pobre Niño Jesús, colgado ignominiosamente de un clavo por los escasos cabellos rubios.

Corrió a libertarle de aquella burla sacrílega y vió con desconsuelo que habían tratado de sacarle los ojos.

Los tenía heridos, como si se los hubiesen pinchado con un punzón. En uno de ellos el cristal estaba roto con una incisión que laceraba toda la cándida pupila.

Carmen no sabía qué pensar de aquel ominoso atentado contra la sagrada imagen.

¡Había dado un tropezón tremendo desde su nube o su barco contra la siniestra sombra hundida en el corredor!…

Un minuto más que hubiera ella tardado, y el pobre Santo, indefenso, hubiera perdido sus dos ojitos clementes, llenos de lágrimas.

Irguióse la muchacha, indignada, con el Niño en los brazos, y le besó con ternura compasiva, dispuesta a defenderle y amarle contra todas las sombras perversas de Rucanto.

Cerró su puerta con llave para bajar al comedor, y al entrar en él vió que Julio, a quien ella creía enfermo, estaba allí, espiándola con ojos acerados; y como fulgurase sobre ella una mirada sañuda, semejante a una maldición, acercándosele, serena y valiente, le miró retadora hasta hacerle inclinar la cabeza.

XVII

Carmen pasó la noche en vigilia febril.

El sueño de las altas horas le pesaba en los párpados, rendidos; pero acunada por la nave milagrera de su novio y perseguida por la imagen fatídica de Julio, no podía dormir ni sosegar, hasta que, ya alboreciendo, se sumió en un leve descanso lleno de estremecimientos.

Despertóse bien entrada la mañana y le pareció oír lamentos y carreras, como en los días aciagos de aquella casa.

No se inquietó gran cosa, pensando que la presencia benigna del marino encalmaría bien pronto aquella tempestad.

Empezó a vestirse lentamente delante de un espejito tan pequeño que se iba viendo en él «por entregas», y reparando en ello se sonreía.

Estaba llena de sonrisas Carmen aquella mañana…. Una sonrisa para el espejo donde, inclinándose, vió su cara preciosa un poco descolorida; otra sonrisa para la ventana, ya acariciada por el sol pálido de noviembre…; otra, para el cielo; los ojos garzos y acariciadores de la niña subieron hasta él dulcemente al través de los vidrios empañecidos por la helada…. Estaba todo azul; ¿no había de estarlo?… Azul tenue el cielo, dorado desvaído el sol, verde apagado la campiña…; ¡qué bonitos colores tenía la vida aquella mañana!

Y en el firmamento apacible cabalgaba una nubecilla blanca y graciosa que parecía una vela marina hinchada por el viento…; ¿si sería un barco?…

Carmen quedó absorta en una deliciosa meditación. Estaba abrochando los botones del peinador y volvió a mirar hacia el espejito, donde ahora se reflejaban sus dos manos nacarinas ajustando la tela sobre el pecho.

Y en esto llamaron a su puerta.

—Señorita, señorita…, tenga.

Y le dieron una carta.

—¡Cosa más sorprendente!…

La sirviente se quedó allí, mirándola con rara curiosidad, y la joven, asombrada, preguntó:

—¿De quién es?

—Del señorito Fernando; me la dió para usted antes de marcharse.

—Pero, ¿se ha marchado?

—Y bien de madrugada…; tomó el primer tren.

Carmen se apoyó en el borde de su cama deshecha y tibia, y con las bellas manos temblorosas abrió la carta.

Leyó con ojos de sonámbula, desmesurados y turbios.

«Carmencita: Niña santa y hermosa, que me has querido en la hora más grata de mi vida, te digo adiós con mucha prisa y con mucha pena: con prisa porque debo separarme de ti cuanto antes; soy malo y temo hacerte mucho mal…; con pena porque me duele el corazón al dejarte…. Sólo tengo una cosa buena: que me conozco. Esta única virtud la pongo humildemente a tu servicio por encima de mis tentaciones y de mis ansias…. Olvídame: hazte la cuenta de que nuestro barco de novios ha naufragado y tú te salvaste pura y sana, en la playa del olvido…. Si hoy te hago sufrir un poco, perdóname pensando que he tenido lástima de ti y me trato sin compasión al decirte adiós…. Fernando.»

La niña de Luzmela alzó los ojos de la carta y paseó por el cuarto una sonrisa estúpida, que fué a posarse como una mariposa atontada sobre el Niño Jesús lastimado, erguido en su rinconera.

Se quedó Carmen mirándole como si nunca le hubiera visto…; ¡qué feo estaba y qué ajada la ropa! Pero ¿adónde miraba ahora el Niño Jesús?… No se sabía…. ¿Hacia la ventana?… No…. ¿Hacia la puerta?… Sí; hacia la puerta…. ¿A ver?

Carmen volvió la cara y allí estaba todavía la criada, boquiabierta, haciéndose la remolona, con una mano en el picaporte y otra en la cintura, como si esperase algún recado….

La señorita la miró sin dejar de sonreir, con una helada expresión que daba espanto, y la moza dijo:

—Con que se despide don Fernandito, ¿eh?

Entonces, Carmen, estremecida, agitó maquinalmente la mano que tenía inerte sobre la falda, con la carta abierta, y respondió:

—Sí….

La mozena dió dos pasos dentro de la habitación, y confidencialmente relató:

—Estos señoritos son el diablo…. Ya ve, a usted la cortejaba, como quien dice, y lo mismo hacía con Rosa la del Molino.

Carmen movió lentos los labios para decir:

—Rosa….

—Sí; usted «no caerá»…. Como usted apenas sale de casa, no conoce a la mocedad de Rucanto…. Pues es una, aparente ella, pinturosa de la rama y de mucho empaque….

Carmen volvió a decir, como en un delirio:

—¡Rosa!…

Y a tal punto oyéronse más lamentables y distintos unos grites agudos en el fondo de la casa.

La criada salió corriendo por el pasillo adelante y Carmencita volvió a posar los ojos, errantes y nublados, sobre el Niño Dios de madera.

Ya el niño no miraba a la puerta…. ¿Adónde miraría?…

La muchacha, sumida en la insensatez confusa de sus pensamientos, sintió clavársele en el cerebro aquella curiosidad inexplicable, que le dolía como una punzada violenta.

¿Adónde miraba el Niño Jesús?

Con un andar forzoso y mecánico se le acercó lentamente.

El niño no miraba a parte alguna.

Estaba tuerto, estaba herido, estaba triste y despeinado…, con el traje en desorden….

Después de contemplarle un rato en atenta inmovilidad, Carmen se agachó un poco para mirar otra vez su cara en el espejo.

También ella estaba despeinada y triste, con los labios blancos, las ojeras negras, los ojos huraños, el vestido a medio ceñir…. ¡Qué feos estaban el pobre Niño de madera y la pobre niña de carne!…

Y se sonrió otra vez como una idiota.

Por su puerta entreabierta entró en aquel momento un agrio rumor semejante al graznido del cárabo.

Todo el cuerpo de Carmencita tembló, y sin dudar ni un segundo, sin volver la cabeza, despierta a la realidad de los sucesos, en una brusca sacudida de su ser, murmuró:

—Es Julio, que ríe.

XVIII

Doña Rebeca se rebullía en su cuarto con las crenchas blancas tendidas en enredada madeja, con los brazos secos alzados como las quimas de un árbol marchito que se elevase al cielo pidiendo venganza.

Gesticulaba y maldecía y decía refranes a destajo….

Encima de una silla, con la tapa levantada y el seno vacío, se estaba muy echada para atrás, y muy burlona, una cajita de hierro, cuyo contenido se había llevado tranquilamente el joven Fernando, el hijo predilecto y mimado de la señora. Ella misma le había dado la llave de la caja, diciéndole muy acaramelada y blandamente:

—No quiero hacerte de menos, hijo; tú eres aquí el amo; para eso eres el mayor, un hombre de carrera, tan cabal y buen mozo….

Y el buen mozo tomó para su viaje los fondos de la familia, todos los ahorros de la renta, destinados a pagar deudas apremiantes, y «el quinto» de Julio, y salarios y obligaciones urgentes de la casa.

En las entrañas hueras de la caja dejó Fernando un billete que no era, por cierto, de Banco, y que decía:

«Tengo que marchar inmediatamente, sin tiempo para despedirme, y llevo este dinero porque lo necesito y porque algo he de disfrutar yo de la herencia de tío Manuel….»

Doña Rebeca, ante la insolencia provocativa de aquella arrasada, se desató en improperios contra el hijo guapo de su corazón, y pensando con terror en el desquite que Narcisa se iba a tomar a costa de aquel despojo, entonó la salmodia estupenda de sus refranes:

—Al arca abierta, el justo peca…. Del enemigo, el consejo…. Fíate de la Virgen….

¡Era toda un puro berrinche la señora de Rucanto!

Narcisa, enterada del suceso, tuvo la más despiadada y cruel sonrisa para la boca abierta de la madre y de la caja, y encogiéndose de hombros comenzó a congratularse de haber acertado en sus pronósticos. Y todos sus ademanes y sus dichos eran una jactancia orgullosa de sibila, una mofa hiriente y sangrienta para la desmelenada señora….

Julio no paró mientes en los gritos de las damas ni en la desaparición de la bolsa, sino en la cartita que la criada, guiñando maliciosa, llevó al cuarto de la novia. Aquel acontecimiento había hecho reir a Julio a carcajadas por primera vez en varios años.

Todo se desquició lúgubremente en la casa de Rucanto desde aquel punto y hora.

Ya no hubo un minuto de paz ni siquiera aparente; ya, sin la blanda influencia de Fernando, se volvió a endurecer la vida áspera y zahareña de aquella gente; ya, sin dinero y con trampas y apuros, volvió la estrechez de los días negros a caer implacable sobre el trágico caserón.

Cuando Andrés se enteró por Narcisa de la hazaña de su hermano, dió de puñetazos a los muebles y de patadas a las puertas, y crujieron maderas y cristales, temblaron las habitaciones y rodaron las blasfemias de una estancia en otra con un eco sacrílego y temerario.

Doña Rebeca, tiritando de miedo ante aquel furor, huyó como alma diablesca por los misteriosos escondrijos de la casona.

En el paroxismo de su ira oyó Andrés el nombre de Carmencita.

—¿No sabes?—le decía su hermana, serena en medio de aquella borrasca—: «la dejó plantada».

El bárbaro mozo se calmó de repente, deteniendo el trueno de su voz ante la imagen seductora de la niña.

—¿Dónde está?—preguntó ansioso.

—No sé; ahí, por algún rincón; está muy triste.

—Quiero verla—rugió el monstruo.

Y se puso a buscarla por la casa adelante.

Iba diciendo siempre:

—Quiero verla, ¿dónde está?

Narcisa le contempló con sorpresa primero; después, con gozo; luego, con una crueldad brava y horrible.

Corrió tras él y le dijo con voz opaca, llena de perfidia:

—¿La quieres?… Yo te la buscaré…. Te la doy para ti…, te la regalo….

Y los dos se lanzaron a la caza de Carmencita, oteando febriles como dos canes buscones.

No la encontraban.

Andrés se iba impacientando.

Para animarle, Narcisa le sirvió una incendiaria copa de ron. Luego que la hubo apurado de un trago valiente, dijo Andrés:

—¡Otra!…

Y la terrible señorita se la volvió a llenar.

Todavía Andrés presentó la mano extendida, insistiendo:

—¡Más!

Y todavía la hermana volvió a escanciarle.

Siguieron buscando. El mozo, tremulento, daba tumbos y juraba balbuciente; ella se reía y le iba proponiendo:

—Te casas con ella si quieres…, y si no…, no te casas….

Al atravesar la antesala encontraron a doña Rebeca, toda despavorida y angustiada, apretando convulsa un puño de pesetas.

La contempló Narcisa, ceñuda, como indagando de dónde había sacado «aquello»; pero ella se apresuró a depositar el tesoro en los hondos bolsillos de Andrés, prometiéndole:

—Ya te daré más…, mucho más….

Andrés se olvidó de Carmencita.

Metió su zarpa agresiva en el bolsillo repleto, y haciendo sonar las monedas con demente regocijo, hizo un ademán grosero y ganó la puerta de la calle, meciéndose en balances peligrosos y borbotando desatinos.

Le contempló Narcisa con desprecio olímpico, murmurando:

—Ni para eso me sirve este bruto; pero si no es hoy será otro día….

XIX

¿Dónde estaba aquella tarde de infames maquinaciones la niña dulce y buena de los ojos garzos?…

No había encontrado ningún regazo suave donde llorar, ningún amable retiro donde consolarse.

Estaba escondida como un delito, oculta como una pena, en el cuartito del sobrado, recostada con fatiga y desaliento en el quicio de la ventanuca.

El gato, espeluznado, la rondaba mimoso, y ella, lentamente, le pasaba la mano por el lomo.

Ya no estaban los cielos azules, ni los campos verdosos, ni las horas doradas por el sol.

La tarde, cargada de tristezas, subía por el valle con trabajo, luchando con la neblina y con la lluvia. Venteaba, y todos los árboles, deshojados, accionaban con trágicos ademanes, alzando hacia las nubes grises sus brazos desnudos. Gemía la lluvia en incansable lloriqueo y todo era desolación y acabamiento en el paisaje, lo mismo que en el alma inocente de la niña de los ojos garzos.

Nublados de lágrimas, miraban aquellos ojos hacia el pueblo de Luzmela.
Pero Luzmela se había hundido en la espesura sombría de la tarde.

Sólo en algunos momentos, entre la niebla jironada, aparecía austero y lejano el perfil de la torre señorial.

Entonces Carmencita se enjugaba los ojos con presteza y miraba, miraba toda anhelante.

Y aunque ya la niebla se hubiera cerrado tragándose otra vez la silueta grave de la torre, la muchacha veía siempre a Luzmela, haciendo de la graciosa aldea de sus amores una evocación intensa y fervorosa….

Allí, la iglesia, con su maciza planta de basílica, su puerta de arco de medio punto, sus saeteras y su campanario tosco, rematado por una cruz de piedra…; allí, el caserío breve y blanco, humilde y placentero…; allí, el palacio, con su patriarcal solana, su balconaje de hierro y su escudo nobiliario, y adosada al palacio, señoreándole y prestándole aspecto de fortaleza, la torre, sobre cuyos labrados dinteles campeaba la piadosa divisa Credo in unum Deum. La aldea había tomado su nombre del palacio, que, rodeado de fincas rústicas, extendía sus dominios por la pujante ladera hasta el espeso ansar ribereño del Salia. Todo el valle era tributario de la casa noble de Luzmela. El palacio rico y el caserío pobre se confundían en una misma cosa: un cuerpo equilibrado y robusto, regido por el alma piadosa del dueño del solar.

—Allí, en Luzmela, todo era paz y amor—pensaba la niña soñadora—, así como aquí, en Rucanto, todo es odio y venganza.

Y tembló la pobre.

Prestó oído atento…. ¿Reñían?… ¿La llamaban?… No; estaba muda la casona; Carmen podía seguir soñando.

Soñaba con la mirada desvaída y los labios entreabiertos…, estremecida de frío…, con las mejillas húmedas de llanto.

Preguntaba, desorientado, su corazón:

—Pero ¿quién soy yo? ¿Cómo me llamo yo? ¿Qué hago en esta casa?… Padrino, ¿eres tú mi padre?… Y mi madre, ¿quién es?… ¿Es una madre muy triste que anda por el mundo buscándome?… ¿Era acaso una mujer muy blanca, muy bella, que se murió sonriendo?… ¡No sé, no sé quién era mi madre, ni quién mi padre, ni quién yo sea!…

Y de pronto se le iluminó la cara con un fugaz resplandor de alegría, mientras aun su corazoncito soliloquió:

—¡Ah, pero tengo un hermano!… Tengo a Salvador; lo había casi olvidado…. Di, Salvador, ¿eres tú hermano mío?… Yo quiero que lo seas…, yo quiero irme contigo, Salvador….

Y se quedó escuchando, como si su amigo fuese a responder, como si fuese a llegar en aquel momento.

Pensaba en él la niña con una dulce seguranza, con un suave y cordial afecto.

Salvador era para ella el recuerdo vivo de su felicidad huída, la personificación de sus bellos años infantiles. Le veía inclinado con afanoso interés sobre el padrino doliente; le veía alegrando siempre la sala silenciosa del palacio con el repique sonoro de sus espuelas y la jovial resonancia de su risa saludable…; le veía amable y servicial con los pobres del contorno, con los criados de la casa; siempre amoroso y complaciente con ella, la hija del misterio, convertida entonces en reina de un hogar.

Carmencita se exaltaba en la memoración de aquellas horas apacibles de su vida, de las cuales sólo le quedaba aquel testigo: Salvador.

La barba rubia del médico le recordaba a la niña la de los santos que veía en los altares: era una barba riza y suave que estaba pidiendo un nimbo celestial para la cabeza serena y dulce de aquel hombre todo bondad.

Y Carmen, desde la imagen benigna de Salvador lanzaba su pensamiento vertiginosamente a la imagen seductora y pérfida de Fernando, y se estremecía con temblamientos angustiosos. Fernando le parecía un sueño delicioso y doloroso que le mordía el corazón. Abría los ojos despavoridos encima de aquella memoria incitante, y no sabía qué cosa le atraía más a la visión tentadora, si era el gozo de amarla o el quebranto de perderla.

Y cuando lograba sacudir de encima aquella imagen, con un poderoso arranque de su alma y de su cuerpo, volvía a llamar a Salvador en su auxilio; pero, sin acordarse nunca de que él era un hombre propenso al amor, con unos ojos sinceros y acariciadores que la miraban, como interrogándola, como averiguando…. No; ella sólo pensaba…. ¿Salvador, eres tú hermano mío?…

XX

En vano Carmencita hubiera hecho a gritos aquella pregunta desde la tronera de la casona. Salvador no hubiera cruzado el camino al alcance de su voz apesarada.

Salvador estaba muy lejos de la paz gimiente del valle y del cantar ronco del Salia.

Después de aquel memorable día de Todos los Santos en que el médico vió a la niña enamorada de otro hombre, midió varias noches los salones solitarios de Luzmela con sus pasos automáticos y sonoros, y se agitó insomne y nervioso, muchas horas, en el monumental lecho de roble donde don Manuel de la Torre murió sin consuelo.

Y una mañana muy nublada y tormentosa, Salvador llamó a Rita y le dijo:

—Esta tarde salgo de viaje.

Rita, que andaba cavilosa leyendo misteriosos motivos en la pena visible del médico, preguntó alarmada:

—¿Adónde, señorito?

—Voy a París, como otros años.

—Pero siempre iba en primavera…. ¿Con este tiempo ha de salir de casa?… ¿No oye cómo «suena la nube»?… Habrá temporal…. El viento levanta tolvaneras por esos caminos…. ¿Tanta prisa tiene por marchar?…

—Prisa tengo, mujer; no puedo esperar ni un solo día….

Rita, convencida de la decisión del joven interrogó con blandura:

—¿Despidióse de la niña?

Él se volvió a otro lado para responder.

—Ya me despedí.

—¿Y queda contenta?

—Muy contenta…; como nunca….

—¿Está seguro, señorito?

—Segurísimo…. Anda, Rita, prepárame el equipaje…: pon lo que te parezca…; poca cosa, una maleta pequeña.

—¿Va entonces por poco tiempo?

—No lo sé todavía…; ya veré.

Y se encerró en su cuarto, en un paseo incansable, como de fiera enjaulada.

Rita, sintiendo aquellos pasos violentos que desde hacía días retumbaban en los aposentos callados con isócrono rumor de máquina, movía la cabeza y suspiraba, mientras colocaba en una maleta camisas y calcetines y prendas interiores de abrigo.

Por la tarde, ya ensillado el caballo del señorito, próxima la hora del tren que había de tomar fuera del pueblo, rondaba Rita el cuarto del viajero, muy compungida.

Al salir le dió el médico la mano, y le dijo revelando preocupación secreta:

—Si ocurre algo en Rucanto me escribes o me telegrafías, ya te diré adonde.

Se despidieron.

Toda la servidumbre se asomaba al zaguán; los mozos de las cuadras se hacían los encontradizos en la corralada, y Rita, detrás del señorito, se enjugaba los ojos en silencio. Partió Salvador, diciéndoles a todos con la mano un adiós afectuoso; llevaba en el semblante extraña expresión de angustia.

XXI

Al siguiente día, el trasatlántico francés San Germán, que zarpaba del puerto de Santander, llevaba sobre cubierta un melancólico pasajero de barba rubia, que desafiando la crudeza de la temperatura y la desapacibilidad de la tarde, parecía embelesado en la contemplación de las aguas y de la costa.

Iba pensando aquel pasajero: ¡Pero qué triste es el mar, Dios mío, y la tierra qué triste es!

Se puso entonces a mirar el cielo, y después de una meditación extática dijo, más con el corazón que con los labios: ¡Y el cielo también es triste!…

Ya de noche, Salvador, que era el pasajero de las contemplaciones doloridas, apoyado en la borda, escuchaba absorto la respiración sollozante del mar. La costa se había borrado en la lejanía y la sombra había caído densa sobre el impetuoso Cantábrico, envolviendo al barco en el espíritu aterido y misterioso de la noche.

Al lado del joven pensativo resonaron unos pasos, que llevaban el compás, gratamente, a una linda barcarola.

Salvador volvió la cabeza hacia aquel lado y aguzó en la oscuridad su mirada.

Vió la talla aventajada de un hombre, y le pareció a su vez que aquel hombre le miraba con atención….

Y tanto se miraron uno a otro, que dos nombres, pronunciados con sorpresa, rodaron sobre la cubierta, entre la monstruosa palpitación del buque, y fueron a extinguirse en el rumor profundo de las olas.

—¡Salvador!

—¡Fernando!

—¿Adónde vas?

—Al Havre…; ¿y tú?

—Exactamente, chico, al Abra de la Gracia, que diríamos los españoles traduciendo…. ¡Pero qué encuentro más original!… Yo te hacía en Luzmela.

—Y yo a ti en Rucanto.

—Mi viaje ha sido imprevisto.

—El mío también.

—Asuntos profesionales, ¿eh?; empeños arduos y piadosos de ciencia y humanidad, ¿no?

—Sí…, cosas de humanidad…; y a ti, ¿qué te trae por estos mares?

—¡Ah!, cosas triviales, sin importancia, amigo. A mí, cualquier viento me hace girar como a una veleta…. Las velas de «este navío» se hinchan con todas las brisas que pasan.

Estaba Fernando tan risueño y gentil como de costumbre, tan dueño de la situación como solía estarlo.

Salvador, en cambio, tenía conmovido todo el cuerpo a impulsos de toda el alma. Barajaba, con loca precipitación, el viaje sorprendente del marino con el enamoramiento de Carmen, y en su espíritu se hacía una noche tan cerrada como aquella que envolvía a los dos mozos sobre la cubierta oscilante del San Germán.

Por un momento tuvo el médico la desatinada idea de suponer que el marino llevaba a la muchacha en su compañía; pasó como un rayo por su imaginación febril la posible realización de un rapto o de una fuga, y, mirando a su rival a un paso de distancia, le preguntó con insensato afán:

—¿Y Carmen?

Esta pregunta, así aislada y ansiosa, podía haber sido una revelación para Fernando; pero no fué sino un motivo de dulce sonrisa, y contestó apacible:

—Pues tan buena, y tan bonita.

Como si Salvador hubiera querido preguntarle únicamente: ¿qué tal dejaste a la novia?

Aguijoneado por la impaciencia, y sin saber ya lo que decía, añadió el médico:

—Habrá sentido mucho tu partida.

El otro, con ínfulas de filósofo, puso otra sonrisa benévola sobre estas palabras:

—¿Mucho?… Las niñas de diez y ocho años nunca «sienten» mucho, por muy románticas que sean….

—¿Es ella romántica?

—Todas las buenas lo son.

Salvador, asombrado, dijo:

—Sí, ¿eh?

—Pues claro, hombre; la bondad de las mujeres es puro romanticismo. Yo conozco mucho el género; las mujeres son mi flaco…: lo tengo en la masa de la sangre, chico; ya ves, mi padre…, mis abuelos…, mi tío….

Salvador callaba mirando a Fernando de hito en hito con ardiente ansiedad.

El marino, con los ojos vagamente perdidos en el misterio del mar, siguió contando:

—Pues sí: es romántica y tentadora la niña de Luzmela…; te confieso que hasta se me pasó por la cabeza casarme con ella, y hasta se lo propuse en una divina hora de debilidad amorosa…. Tuve su alma en mis manos, una almita dulce y santa, llena de atractivos…; fuí romántico yo también, adorando a aquel ángel que vive en mi casa por un crimen de lesa humanidad. La misericordia y la simpatía me fueron metiendo a Carmen en el corazón; luego ella, con una adorable ingenuidad, hizo el resto, y llegué a sentirme apasionado por mi prima…, porque es mi prima, se lo he conocido en lo ardiente de la mirada, ¿sabes?

Salvador dijo que sí con la cabeza.

Y Fernando interrumpió su relato para interrogar:

—¿No estaríamos mejor en el salón de fumar? Aquí hace mucho frío.

—Vamos donde quieras.

Se cogió el marino del brazo del médico, y se hundieron ambos en la breve puertecilla de la cámara.

Dentro del fumador se sentía más intenso trepidante el resuello del buque y quedaba confusa y apagada la voz grave del mar.

Sentados en las blandas almohadillas de un diván, los dos amigos encendieron sus cigarros en silencio, y luego el marino, sin petulancia, con una sinceridad admirable, reanudó su relato:

—Pues Carmencita me quería, chico; ¡vaya una tentación! Pero yo no soy malo del todo, Salvador; yo soy lo mejorcito de la familia, ¿sabes?, y me dije: yo, a esta chiquilla la hago desgraciada si me quedo aquí…; yo pierdo a esta niña, porque en el más honrado de los casos, casándome con ella, la pierdo…: ¡valiente marido haría yo, prendado cada semana de una moza del contorno!… ¿No sabes tú que yo me enamoro todas las semanas?… Pues sí, hijo, no lo puedo remediar…. Ya ves, amando a Carmencita por todo lo alto, me amartelé atrozmente con Rosa la del Molino…. ¿La conoces?

Salvador hizo otro signo de asentimiento.

—Bueno; pues no me negarás que es una mujer con «todas las agravantes», una «super-hembra» con una «arboladura», y un «calado»…; vamos, te digo ¡que la mar y los peces de colores!…

Y Fernando dió una larga chupada a su cigarro, lanzó el humo leve al techo artesonado del saloncito y se quedó mudo y sonriente, como en la grata contemplación de una gaya imagen.

Después de un éxtasis breve y dulce, suspiro y dijo:

—No quise yo meterme en líos, allí a la vera de mi casa; bastantes escándalos hemos dado en el pueblo los señores de aquel solar…. ¡Luego, Carmencita!… Aquel era para mí otro cuidado más fino, otra mira más noble, Salvador…; me asusté al pensar que podía hacerla llorar y sufrir toda la vida, y tuve el valor de renunciar al divino manjar de su cariño. Yo me conozco; muchas veces me he juzgado ya enamorado de veras, y me he equivocado siempre. En materia de amores, parece que pesa sobre mí la maldición del judío. ¡Voy errante a través de las mujeres y en ninguna me puedo detener…! He engañado a muchas, ¡a muchas!…, porque yo tengo partido, ¿sabes?…, yo tengo labia… y hasta parezco listo; hombre, ¿no te da risa?…

¡Vaya si al médico le daba risa….

Siguió su cuento Fernando.

—¿Pero a Carmencita la había yo de engañar?… ¡Vamos, hombre, de eso no es capaz este cura!… Ya te he dicho que yo no soy siempre malo….

¡Qué había de serlo! A Salvador le estaba pareciendo un ángel del paraíso.

El marino se volvió hacia su amigo, para preguntarle alegremente:

—¿Pero no dices nada? ¿Qué te sucede?

—Estoy pensando en todas esas cosas que me cuentas…. Son muy interesantes.

Y para disimular un poco su ensimismamiento, añadió:

—Conque tú, ahora, al Havre….

—Sí, hijo mío, camino de París. Voy a divertirme un poco antes de volver a navegar…. Las francesas…. ¡oh las francesas!… Las puras mieles, Salvador; ya las conoces….

—Sí, ya las conozco—murmuró el médico.

Y dijo, de pronto, Fernando:

—Pero tú no eres de mi cuerda; no te divierten mis aventuras ni te enardecen mis proyectos…. Para ti la mujer es una cliente, un caso patológico…. Ya sé que eres un San Antonio sin tentaciones…. Apuesto a que no has reparado en Rosa la del Molino, ni en la propia Carmencita; y, mira, esa era para ti que ni pintada…; ¿por qué no la pretendes?

Desemblantado y confuso, contestó Salvador:

—No me querría….

—¿Cómo que no? Deja a un lado la modestia, hombre; tú no eres «costal de paja»; un mozo de carrera y de fortuna, de tu reputación y de tu prestigio; ¡pues ahí es nada! Eres digno de ella, Salvador, seríais una primorosa pareja; y luego, chico, sacabas un alma del purgatorio, porque te confieso que la niña de Luzmela lo pasa muy mal con mi gente…, pero muy mal…, como lo oyes. Yo no sé su tutor qué hace, ni acabo de entender ese lío del testamento de su padre; pero creo que alguien tendrá obligación de mirar por esa criatura, y esa obligación no se cumple…. Mira, hay en mi casa para ella hasta el peligro bárbaro de Andrés, ¿sabes?… Andrés la mira con buenos ojos…, es decir, con los malos ojos turnios que tiene y que no delatan ni una sola intención derecha. Luego, mi hermana la tiene una envidia feroz…, y mi madre…, yo no debía hablar mal de mi madre, ¿verdad?, pues sólo te diré de ella que no está en su sano juicio. He hecho por Carmencita cuanto he podido. Mientras estuve allí la defendí contra todos y la proporcioné algunas alegrías…. Ahora tal vez ha llorado un poco por mi causa; no acierto nunca a hacer las cosas con perfección; pero te aseguro, Salvador, que me he portado con ella todo lo mejor que he podido…. ¡como que estoy una barbaridad de contento y orgulloso!… Choca esos cinco, hombre….