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La Niña de Luzmela

Chapter 35: VII
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About This Book

Un hombre mayor vive en una antigua casa señorial y ha adoptado a una niña huérfana, Carmencita, cuya calma y encanto transforman la atmósfera del hogar. La narración explora la relación afectuosa y ambivalente entre el protector, enfermo y soñador, la niña de conducta serena y la fiel criada que la cuida, mientras afloran la inquietud por la salud del hombre, el misterio sobre los orígenes de la niña y las fricciones ocasionadas por visitas familiares. Abundan temas de ternura paternal, melancolía, enigma del pasado y el contraste entre la decadencia de la casa y la frescura infantil.

Salvador chocó, no «los cinco», sino «los diez», tendiendo las dos manos al marino con muda gratitud.

Había atendido a la última parte de aquella franca confidencia con una inquietante perplejidad, sumiéndose en temores agrios y mordientes, con la conciencia alterada por la zozobra cruel de haber abandonado a Carmen en medio de los peligros siniestros de la casona de Rucanto. Hubiera querido unas alas para tenderlas hacia aquella niña querida que lo era todo para él en el mundo….

Tuvo que hacerse una dura violencia y seguir departiendo con su amigo sobre aquel inesperado viaje de los dos.

Afortunadamente, Fernando hizo el gasto de la conversación, y con su peculiar desenfado fué refiriendo jovialmente todas las fases de su escapatoria, sin omitir aquella de la desahogada caricia hecha por su mano a la cajita de hierro.

Con acento un poco cínico, comentarió, riéndose:

—Está mal hecho…, ya lo sé, ¡qué demonio!; pero yo necesitaba salir de Rucanto a escape, sin despedidas ni explicaciones; me hacía falta dinero, y ya, de coger algo, cogí todo lo que había…; ¡que se arreglen como puedan!… Venía yo de muy mal humor…; sacrificarse duele, hombre; hace mala sangre y pone la vida oscura. Yo pensé: llevando guita abundante, puedo distraerme un poco…; olvidaré sin dolor a la niña de Luzmela y a Rosa la del Molino…; ¿y no es también de justicia que yo pruebe el dinero de tío Manuel?

—Claro que sí—dijo Salvador distraído.

—Pues aquí me tienes, médico, caminito de París…; ¿y tú?

Salvador, vacilante, repuso:

—Probablemente también iré a París; pero por de pronto me detendré en el Havre unos días. ¿Tú vas derecho a la capital?

—A toda prisa, hijo; me interesa poco el gran puerto que los revolucionarios llamaron Havre-Marat….

Ya crecida la noche, se despidieron Salvador y Fernando en el charolado pasadizo de sus camarotes; pero el médico, apenas soportados unos minutos dentro de la minúscula pieza, se aventuró de nuevo por los intrincados corredores de la cámara y ganó la cubierta, presuroso y anhelante, con paso de fantasma, sin alzar ningún ruido bajo la suela de goma de sus zapatos marineros.

Un desasosiego punzante le empujaba a moverse y a levantar sus ojos en callada consulta hacia el cielo.

Estaba toda la luz estelar presa en la extrema cerrazón de la noche, y en vano Salvador trataba de avizorar, con atónita mirada, el secreto sagrado de la altura. Su alma, serena y apacible en las corrientes diarias de la vida, se sentía en aquella hora atribulada con honda ansiedad.

Avaro de vivir para sus esperanzas, suponía que la muerte le acechaba, volando astuta en el seno del abismo, y a cada vuelta estridulante de la hélice se acongojaba pensando cómo la fatalidad le alejaba del rincón de su valle, donde la mujer de sus amores padecía y lloraba, tal vez llamándole, atormentada y perseguida…. Un pesimismo desesperante le hacía escuchar ecos de naufragio y agonía, y prestando atento el oído con demente zozobra, percibía distinta y trépida una voz de desgracia que nacía en el fondo gimiente de las olas y culebreaba entre la madeja de los mástiles, hasta extinguirse como un suspiro en la sombra infinita de la noche….

No sabía de cierto Salvador si era aquélla la voz querellosa y tímida de su amada, o un hálito de misteriosa tragedia que iba a perderse a un desierto playal en las alas negras del viento….

Escuchaba y temblaba, y tenía llenos de lágrimas los ojos interrogadores, donde fulgía una varonil expresión enamorada y ferviente….

TERCERA PARTE

I

Carmencita tendía desolada sus manos en las tinieblas, a tientas en su senda, otra vez nublada por densa nube. Así andando, despavorida entre la sombra, llegó a la parroquia de la aldea, y se arrodilló delante de un confesonario.

Dijo sus dolores al padre cura, y el buen señor, compadecido, le dió unos consejos llenos de santa intención, y le dió, también, un librito de letra diminuta, escrito por un tal Kempis.

Al dársele, díjole el sacerdote con sentenciosa convicción:

—Le abrirás «a bulto» y leerás todos los días los renglones que la Providencia te ponga delante de los ojos…: esa es la fija…; así Dios te adivinará las necesidades diarias de tu vida y te dará paz y consuelo.

Obedeció sumisa la muchacha, y de hinojos, abatida y suspirante, leyó el primer día:

«Muchas veces por falta de espíritu se queja el cuerpo miserable. Ruega, pues, con humildad al Señor que te dé espíritu de contrición y di con el profeta:

«Dame, Señor, a comer el pan de mis lágrimas, y a beber con abundancia el agua de mis lloros….»

Aquella tarde fué Rita a Rucanto, impaciente por ver a su niña y saber si era cierto que estaba tan contenta como el médico había dicho.

Encontró abierta la casa, y a su llamada nadie respondía.

Fué subiendo la escalera lentamente y se deslizó un poco azorada por los pasillos.

Un silencio temeroso le salió al paso, y ya iba a retroceder asustada, cuando oyó unos quejidos lastimeros detrás de una puertecilla.

Eran ayes y juramentos de una voz estridente y amarga.

Empujó Rita la puerta con recelo, cautelosamente, y vió en un cuarto hondo y destartalado una cama estremecida por un cuerpo tremuloso.

Sobre la almohada, de limpieza equívoca, se balanceaba una cabeza parda y amarilleaba un rostro en el cual refulgían las llamas diabólicas de unos ojos…. Aquel enfermo era el que gemía con acento maldiciente y desatinado.

Iba Rita a entornar la puerta, llena de pavor, cuando vió a los pies del lecho alzarse una figura delicada y gentil, que avanzaba hacia ella con los brazos abiertos, y a poco tuvo a Carmen acariciada sobre su corazón viejo y bondadoso.

Salieron las dos por el corredor adelante, y la anciana iba preguntando, atónita:

—Pero, ¿qué tiene Julio?

—No sé—dijo la mansa voz de Carmencita—; ya oyes cómo se queja; está muy malo del cuerpo, sin duda…, y el alma … ya ves cómo la tiene: sólo salen de ella palabras horribles….

—¿Y por qué estás tú con él?

—Porque le tengo compasión…; nadie le quiere ni le cuida….

—¿Y «ellas»?

—Están muy enojadas…; no tienen dinero….

—Me dijeron que el marino se había marchado.

Carmen, con la voz vacilante y el semblante muy blanco, dijo:

—Sí….

—¿Y es cierto que se llevó los cuartos?

—Dicen eso…; yo no lo sé….

Desconocía Rita la página amorosa de Carmen, rápida y casi secreta, y observando con inquietud la turbación de la joven continuó:

—Parece que andaba liado con Rosa la del Molino….

Se quedó callada la niña, mirando con mucha insistencia al ruedo de su vestido.

Habían llegado a su cuarto, y sentadas en las dos únicas sillas del aposento, hablaron de Salvador.

Carmen, que ya tenía noticias de su partida, se maravilló de que no hubiera ido a despedirse de ella.

Entonces se quedó Rita muy asombrada, y descubrió por primera vez una mentira de señorito.

—Aquí hay gato encerrado—pensó, y trató de obtener de la muchacha alguna luz para alumbrar aquel misterio.

Pero ella habló de Salvador con grato afecto, sin revelar ninguna cosa extraña.

Rita hizo girar por el cuarto sus ojos de présbita, curiosos y esforzados, y se condolió:

—Hija, qué habitación tan ruina tienes…; ¿no hay otra mejor para ti?

—Yo escogí ésta; aquí estoy bien.

—No te criaste así, que tenías en tu cama colgaduras de damasco y en tu gabinete sitiales de tisú y mesas con mármoles….

Carmencita tendió por su rostro una sonrisa llena de lágrimas.

La vieja, angustiada, le acarició las manos, y al punto exclamó:

-¡Qué frío tienes!… ¿No llevas bastante abrigo? ¿Estás tú también enferma?

La acogió en su regazo como para darla calor, y comenzó a besarla.

Carmen rompió a llorar con espasmo anhelante.

A Rita le resbalaban por las arrugas de las mejillas unos lagrimones como puños, y, con hipo de sollozos, le decía a la niña:

—Salvador vendrá en seguida; te llevaremos a Luzmela…; no llores, santa mía, no llores, paloma….

Pero Carmen se repuso valerosa, enjugó su llanto con mano firme, alzó la frente y dijo con serenidad:

—¿Para qué ir a Luzmela si aquí también está Dios?… Mira, allí tengo
mi Niño Jesús…; vino una sombra una noche y me lo puso feo; pero es
Dios…; tiene el vestido sucio y el pelo enmarañado…; pero es
Dios….

La anciana sirviente repuso atontecida:

—Niña, Dios no tiene la cara fea ni la ropa sucia…. ¿qué disparates cuentas?

Y, levantándose, fuese a mirar la imagen sostenida en la rinconera.

—¡Ave María!—murmuró—: vaya un santo…; ¡si parece un «enemigo»!…
¿Y qué sombra le puso así?

—La de Julio….

-¡Válgame Cristo! Tú vives entre herejes…. ¿Y cuándo dices que fué eso, hijuca?

—Una noche….

Y la muchacha se quedó muda, obsesa en un pensamiento, llena la cara de una tristeza remota. Tenía cruzadas sobre la falda con indolencia las manos frías y pálidas, y miraba a Rita con expresión apagada, con una sonrisa mustia que causaba dolor.

Contemplándola la buena mujer, sintióse más alarmada y condolida, y corrió a decirle:

—Tú no estas bien aquí…. Tú te vendrás «con nosotros»; es preciso cuidarte y alegrarte. En esta casa no tienes bienestar ni cariño…. Yo creo que hasta padeces frío y hambre y sed….

La niña se levantó a su vez de la silla, fuese a la rinconera donde estaba el santo, y tomó de ella un librito que tenía por registro la hoja seca de una flor. Desplegó aquella página señalada, y, con voz lenta y dulce, leyó a la asombrada mujer:

«Dadme, Señor, a comer el pan de mis lágrimas y a beber con abundancia el agua de mis lloros….»

Después añadió:

—Esta es mi oración de este día…; ¿cómo puedes suponer que yo tenga hambre y sed, puesto que tengo lágrimas abundantes?…

Un poco más tarde volvía Rita hacia Luzmela, sola y acongojada, repitiendo:

—Está poseída…, está poseída ella también, lo mismo que su padre….
¡Dios lo remedie!…

II

Había pisado Salvador la tierra de Francia con un impetuoso deseo de atravesarla a escape en busca otra vez de la tierra española.

Dejó partir a Fernando solo, porque trataba de ocultarle su repentino regreso, y en el muelle se despidieron con un abrazo cordial.

Iba Fernando a buscar el primer tren que saliera para París; Salvador quedaba esperando que aquel tren partiera para tomar el inmediato en la misma dirección.

Cuando ya los dos amigos se habían separado, el marino se volvió de pronto para decir, jovial y sonriente, con su voz pastosa, suave como el terciopelo:

—Oye: cuando vuelvas al valle, llevas de mi parte «ésto».

Y lanzó al aire dos besos sonoros, en la punta de los dedos, añadiendo:

—Uno, para Rosa la del Molino, y otro, para la niña de Luzmela….

Fulguró el médico sobre Fernando una mirada iracunda, apagada sobre la radiante sonrisa que iluminó toda la figura donjuanesca y marcial del marino….

Y los dos, amistosamente, se dijeron adiós con la mano por última vez.

Salvador paseó unas cuantas calles del gran puerto francés, con aquel paso automático y febril con que había medido en Luzmela las estancias mudas del palacio.

Parado delante de la Bolsa, se puso a contar las cúpulas del edificio con obstinado empeño: una… dos… tres… cuatro… hasta seis; y se alejó, repitiendo mentalmente: seis cúpulas…, seis cúpulas…. Siguió caminando a toda prisa, y en la plaza de Gambetta se encaró con las estatuas de Bernardin de Saint Pierre y de Delavigne, como si les fuese a echar un discurso. Después de una larga contemplación, les volvió la espalda con sumo desdén y se puso a liar un cigarrillo.

En seguida echó a correr a la estación, sin acordarse de que no había comido en muchas horas ni de que sentía en el estómago el agudo malestar del hambre.

Tomó el tren y rodó por Francia como una masa inerte, con todas las sensaciones dormidas bajo el deseo único de tener alas o de suplirlas con una desenfrenada carrera que le llevase, en un vuelo inaudito, a la casa temible de Rucanto.

Pasó como un relámpago por París.

El espectáculo, apenas entrevisto, de la gran capital le dió aquella vez la impresión de una inmensa sonrisa fría y galante; tal vez la sonrisa de Fernando, diciéndole:

—Este beso para la niña de Luzmela….

Atravesó Versalles, la de los jardines de ensueño, cuna de reyes, de amores y de escándalos…. Salvador no estaba muy enterado de estos lances de historia cortesana; conocía vagamente un poco de todo ello, y apenas si aquellas memorias se asomaron un minuto a la niebla de sus pensamientos. Él sabía de cierto únicamente su ciencia de médico y su amor de hombre…, su amor sobre todo.

Estaba seguro de adorar a Carmen con ciega pasión, y no le importaba cómo ni cuándo de un cariño fraternal y suave había brotado aquel hondo y vehemente amor. No hacía tampoco averiguaciones sobre este punto; ¿acaso los males del alma debían analizarse «científicamente», como los males del cuerpo? No; Salvador no trataba de escudriñar aquella sagrada dolencia que atormentaba su espíritu con dulcísimo amargor; dejaba su pasión quieta, clavada en su vida como un dardo de fuego, única y decisiva en su destino. Le bastaba sentirla luminosa en su conciencia, ardiente y pura en su corazón.

Atravesó como en un sueño Chartres, Nort, Burdeos, Bayona…. Empezó a respirar por fin el «aire internacional» de los Pirineos, y se dilató su pecho con un aliento profundo de esperanza.

Llegando a España, recorrió con toda la rapidez posible la tierra que le llevaba a su valle norteño.

Cuando se sintió cobijado por las montañas y los celajes de su país, tuvo a la vez una viva emoción de temor y de alegría. Fuese a rendir su viaje a la estación de Rucanto, y, sin detenerse un punto, se dirigió a la casa de doña Rebeca.

Al hacer sonar el recio aldabón de la portalada se quedó asombrado y trémulo. ¿Qué iba a decir? ¿Por quién preguntaría? ¿Cómo estaba él allí, anhelante y resuelto, rendido de rodar por mares y tierras con desatinado afán?… ¿Con qué derecho llamaba en aquella puerta con aire tan firme y arrogante?…

No tuvo tiempo de más cavilaciones, porque giró ante él la hoja enorme pintada de rojo, bajo el dintel labrado, y la propia Carmencita se apareció a sus ojos, siempre dulce y grave.

Mirándole con despacio, clamó absorta:

—¡Salvador!

Él, mudo, fascinado, le abrió los brazos con tan férvida expresión de ternura, que la muchacha se refugió en ellos ansiosamente, y en ellos se quedó largo rato; ¡un instante para el enamorado galán!…

Bajo los arcos abiertos del portalón se sentaron en un banco de roble algo cojo.

Carmen manifestó la sorpresa que le causaba aquel regreso, tan imprevisto por ella como lo fué la partida de su amigo; le encontraba el semblante desencajado y todo el aspecto de fatiga y ansiedad.

Él miraba con sobresalto la desalentada expresión de la joven, su blancura enfermiza de lirio y el opaco fulgor de sus ojos.

Con voz de secreto le decía:

—Vengo a buscarte.

Contestó Carmen, muy sorprendida:

—¿Cómo a buscarme?

—Sí, acordemos en seguida un medio de que salgas de aquí.

—Pero, ¿por qué, Salvador?

—¿Y todavía me preguntas por qué…? Yo sé que aquí estás muy mal; que sufres mucho…; que corres graves peligros….

—¿Quién te ha dicho eso?

Él, mirándola santamente, como cuando era chiquitina, le respondió:

—Un pajarito…; ¿dijo verdad?…

Y se quedó pensando, ¿no es, acaso, Fernando «un pajarito»?…

Pero ella movía la cabeza y replicaba:

—Algo de mentira dijo…. Además, aquí estoy cumpliendo la voluntad de
Dios.

—La voluntad de Dios es que yo vele por tu seguridad y por tu dicha.

—¿Por mi dicha? interrogó incrédula Carmen.

—Sí, vengo a libertarte de los suplicios que aquí padeces; pero es preciso que tú consientas en ello…; ¿no consientes?

Ella, con lento ademán, sacó del bolsillo su breviario diminuto, y desdoblando la hoja que aquel día estaba señalada por la flor marchita, leyó con voz de rezo, un poco temblorosa:

«El mundo pasa y sus deleites…. Y así el que se aparta de sus amigos y conocidos, consigue que se le acerque Dios y sus santos ángeles…. Gran cosa es estar en obediencia, vivir debajo de un superior, y no tener voluntad propia….»

Plegó Carmen el libro y quedóse muda, mirando a Salvador.

Él, todo alarmado, lleno de sorpresa, preguntó:

—¿Y qué es «eso»?

—Esto es la oración que tengo hoy que rezar; esto es lo que Dios me manda hacer….

—¿Dios te manda estar supeditada toda la vida a doña Rebeca?

—Sí….

¿Y también al bárbaro de Andrés? Carmen, inmutada, dijo:

—A ese no.

—Pues él es aquí el amo….

—Pocas veces está en casa….

—Con una vez sola que venga y quiera «mandar en ti»….

Ella se asió con terror del brazo de su amigo.

—No, por Dios…; no digas eso….

—Es mi deber decírtelo…; ¿quién te dió ese libro?

—El padre cura….

—¿A ver?… Yo también quiero buscar una oración para mí.

Y tomando Salvador el libro, abrióle al azar y leyó:

«Si me oyeres y siguieres mi voz podrás gozar de mucha paz…. Mi paz está entre los humildes y mansos de corazón….»

Doblando el libro, le dijo a la muchacha:

—Ya ves, mi oración es más consoladora que la tuya; tómala para ti y medita si tienes tú en esta casa la paz de Dios, la santa paz que Él vino a traer a los hombres, y si vives entre mansos y humildes de corazón….

Carmen, agitada, combatida, inclinaba la frente, y tenía en los ojos, profundos y tristes, una llama de incertidumbre.

Se sintió arriba crujir el tillado, y un pasito rápido y breve se oyó en la escalera.

Salvador le dijo a la niña con acento de súplica y de mando:

—Te libertaré; vendré por ti muy pronto; espérame y ten ánimos….

Le estrechó las manos con afán, y ella callada y distraída, le presentó la frente.

Puso el médico en aquella carne virginal el ascua de sus labios, y salvó los umbrales de la portalada antes de que doña Rebeca se presentase en el portal….

III

Rodó un coche dando tumbos por la áspera cambera lindante con la casona, y en las habitaciones de la misma hubo un revuelo de faldas y un atisbo fisgón a la vera de los balcones.

Llamaron en la puerta roja dos golpes secos y vibrantes, tan solemnes, que parecían decir, como en las actuaciones judiciales:

—Abrid, en nombre de la ley….

A doña Rebeca le temblaron los pellejos a falta de otra cosa, y la poca carne con que Narcisa contaba para adorno de su persona se puso toda de gallina, muy áspera y granujienta; Julio se revolvió en la cama hostil quejoso, y la niña de Luzmela se sintió poseída de una vaga inquietud.

Después de carreras, exclamaciones y cabildeos, bajó la criada a abrir la puerta, y subió al punto diciendo:

—Que aquí está el tutor de la señorita Carmen.

La señora de la casa, tan espavecida corno si la hubiesen dicho: «Dése usted presa», contestó con un leve esbozo de sonrisa:

—Que pase…, que pase….

Repicaron pausadamente unas botas por el pasillo, y entró en la sala, sombrero en mano, vestido de negro, con rostro afable, algo impasible, el señor don Rodrigo Calderón, solariego del cercano valle del Nidal.

Con acento muy frío y muy cortés, y lenguaje abierto y conciso, expuso a doña Rebeca el motivo de su visita.

Le habían asegurado que su pupila, la señorita Carmen, estaba muy mal hallada en compañía de la señora, y maltratada por ésta y por sus hijos…, y la señora comprendería que era preciso aclarar aquel asunto cuanto antes y resolver en consecuencia con enérgica resolución.

Doña Rebeca apenas podía interrogar disimulando su despecho y su pánico:

—¿Y quién nos calumnia?… ¿Quién ha dicho?…

—Persona que merece mi confianza; y la señora hará el favor de llamar a su pupila para que diga en concreto la verdad.

Salió doña Rebeca como un cohete, y en cuanto echó a Carmen la vista encima, le echó también los brazos al cuello.

La muchacha, horrorizada, iba a pedir socorro, cuando se sintió halagada y besada con besos húmedos y repugnantes.

La bruja, lagotera y melosa, contaba, lloriqueando:

—Le han dicho a don Rodrigo mal de nosotros, hija mía; defiéndenos tú que eres una santa…, sálvanos de este disgusto tan grande…. Ya ves mi situación…: sin dinero, con un hijo a las puertas de la muerte….

Y besa que te besa, le ponía a Carmencita la cara hecha una compasión, entre gotas de llanto y rezumos de baba.

Limpiándose las mejillas con su pañuelo, fuése la muchacha a la sala, llena de zozobra, detrás de doña Rebeca.

Muy urbano y sereno, don Rodrigo la cometió a un interrogatorio prolijo y grave acerca del trato que recibía y de si convivía gratamente con aquellos señores. Y Carmen, en medio de sus angustias, fué hábil y prudente para mentir poco y disculpar a la gente de la casona, viniendo a declarar, en suma, que era su voluntad seguir viviendo con aquella familia.

Satisfecho el hidalgo, muy correcto y galante, dijo que la señora debía disimular lo desagradable de su visita, pero que era su deber velar por aquella niña y que se congratulaba de que fuesen infundadas las acusaciones que se le habían hecho…. Tal vez un exceso de solicitud…, o alguna mala interpretación, había dado lugar a aquel «incidente», que él lamentaba…. La señora perdonaría….

Y como si tuviera mucha prisa, se despidió y repicó otra vez delicadamente sus botas por el pasillo.

Salió entonces Narcisa de un escondite con su librote debajo del brazo y en la boca un surtidor de insolencias.

Se encaró con su madre para decirle:

—Todo esto es obra del medicucho ese, de acuerdo con la santita…. ¿No te dije que aquella conferencia que tuvieron los dos la otra tarde traería cola?… Todavía vamos a ver aquí una boda entre hermanos…. ¡Qué escandalosos!

La señora, atajándola, interrumpió:

—«Tu prima» se ha portado muy bien en esta ocasión…. No consiento que la faltes.

Y almibarada y ponderativa, tornó a regalar a Carmen con caricias y frases de gratitud.

En seguida salió de la sala, no ya con su paso saltarín de todos los días, sino con una carrera liviana y veloz, una especie de trotecillo fantástico.

Narcisa hizo también mutis, como en las comedias, por una puerta lateral, con su novela en la mano y en la sonrisa ática una despectiva expresión.

Quedóse Carmen sola, sentada en el sofá de terciopelo carmesí, muy fofo y deslucido. Sobre la blancura agria de la cal destacaban en las paredes unas láminas cromadas, con marcos de madera un poco apolillados. En lontananza una consola sostenía sendos fanales colmados de flores de trapo, incoloras y deformes. El tillo sin un solo tapiz, combado y lustroso, daba una impresión de frío y ancianidad, como de espalda inclinada y desnuda en un viejo achacoso. Algunas sillas, compañeras del sofá, se replegaban contra los muros con vergonzosa timidez.

Hundida en su asiento, la niña de Luzmela posaba una mirada átona y errante sobre la tristeza helada del salón enorme, y oyó vagamente alzarse en el silencio sepulcral de la casa un tarareo gangoso seguido de una escala vocal rota y aceda.

Carmen pensó: doña Rebeca canta y corre y se ríe…. ¡Lo mismo que el padrino!…

Y cerró los ojos, cansados de mirar realidades y visiones de tragedia….

Entretanto, Salvador, que esperaba a don Rodrigo a la salida del pueblo, escuchaba con desesperación las terminantes explicaciones del caballero, que, un poco impertinente y sagaz, comentariaba su visita insinuando:

—Acaso usted juzga con animosidad a la señora…, acaso siente usted por la señorita un interés excesivo….

Y siguió el coche su camino, tras una afable despedida del caballero, que volvía a encerrarse en su empinado y estrecho valle del Nidal….

En medio de la senda, bajo la luz lívida del atardecer, Salvador, desorientado, inconsolable, murmuraba:

—Padece ella también la terrible psicastenia hereditaria…; es neurópata, con la monomanía del martirio…; está loca…, loca de remate…. ¿Y no la podré salvar?

IV

Subía enero su cuesta invernal, desbordado en inclemencias, con los vientos desmelenados y las aguas roncas y turbias, borbollantes, fuera de sus cauces rotos… Subía, espantoso y fiero, con una nube torva en la frente y las recias abarcas chocleando sobre los lodazales del camino.

En la casona, enero reinaba exterminador, silbando por las innúmeras rendijas de las ventanas; y en la cocina, enorme y abandonada, entraba por la bocaza bruna de la chimenea y se complacía en apagar el rescoldo mezquino del llar, casi cegado por un montón de helada ceniza.

Ya en aquel fogón descascarado no se guisaba en profundas cacerolas ni se trasteaba en continuo ajetreo. No había más que una sirviente inútil con quien doña Rebeca reñía de la mañana a la noche; escaseaban las viandas, y apenas si unas ascuas rusientes daban allí una idea remota de hogar.

El cuarto de Carmencita era un páramo. Los escasos muebles parecían perdidos a la sombra de las paredes, en una línea confusa como de horizonte. Por los cristales agujereados entraba el soplo gélido de los huracanes, y la colcha rameada de la camita temblaba estremecida por aquellas ráfagas yertas, que adquirían voz de sortilegio y de amenaza.

Algunos lamentos de aquella voz siniestra, llegándose al rincón del Niño Jesús, le henchían la túnica, deshilachada y sin aliño, y le hacían balancearse sobre la rústica peana como en un pánico acunamiento de terremoto. El techo de cal, reblandecido en húmedas manchas, dejaba filtrar al aposento las gotas de la lluvia, recogidas en el suelo sobre algunos cacharros sin nombre ni forma, ollas extrañas y panzudas de centenaria fecha.

Aquel lento gotear de enero dentro del cuarto tenía un son de quejido y de miseria que laceraba el corazón….

Todo era tedio y dolor en la casona.

Doña Rebeca rebuscaba en armarios, bargueños y arcaces algunos papeles escritos y sellados que parecían importarle mucho. Abría legajos, escudriñaba carpetas, y todo lo revolvía y desparramaba fuera de su sitio. Estas maniobras las acompañaba de paseítos menudos, adagios y murmuraciones. A intervalos reñía con la criada, y otras veces se evaporaba, como por arte de duendería.

Narcisa se había llevado a su aposento las alfombras de la sala y un brasero de cobre, donde, con insolente egoísmo, acaparaba toda la leña combusta del hogar para confortarse y satisfacerse. Había hecho provisión abundante de novelas terribles, y leía a la sazón, con tenacidad salvaje, una con santos de colores y un título que decía: La Condesa ensagrentada…. Allí se hacía servir la comida, y, ceñuda y brava, apenas salía de su escondrijo. Un despecho picante y rabioso le mordía el corazón, viendo quebrarse en añicos sus ilusiones de boda con Salvador, y viendo cómo el médico alimentaba, con crecientes demostraciones, el interés que siempre le había inspirado la niña de Luzmela.

Carmen compartía sus horas densas y amargas entre las cavilaciones incoherentes en su cuarto y las calladas esperas a los pies de la cama de Julio.

La primera vez que entró a verle fué una tarde en que el enfermo se estuvo desgañitando en un clamor de angustia: «¡Agua…, agua!», como si tuviera las entrañas adurentes y en el pecho lamentable un volcán enceso.

Todo callaba en torno a la voz implorante, que llegó a hacerse desmayada y balbuciente como la de un niño.

Doña Rebeca y Narcisa se habían sumido en una de sus frecuentes desapariciones, y la criada tampoco aparecía por ninguna parte.

Entonces Carmencita entró tímidamente en el aposento del mozo, llevando en la mano un vaso de agua de piedad.

La miró Julio, pasmado en medio de un quejido, y bajando los ojos, desde los serenos de la niña hasta la limosna refrigerante del agua, bebió ansioso y dejó de quejarse.

Carmen, llena de misericordia, se sentó callandito cerca de la cama, y allí se estuvo con las manos cruzadas sobre el regazo, con una blanda actitud de meditación y de tristeza….

El enfermo, de tarde en tarde, abría los ojos para mirarla sin encono y sin perfidia, como nunca la había mirado; y desde aquel día Carmen le cuidaba dulcemente, y le hablaba algunas breves frases consoladoras. Él, para contestarla, parecía como si hiciese un esfuerzo, tratando de adulcir la amargura de su voz, y ya nunca volvió a aojarla con expresión satánica de maleficio. Cuando le acometían las crisis tremendas de temblores y ayes, Carmen rezaba suavemente, con el bello semblante compungido, y sobre las palabras impías del enfermo tendían sus plegarias un callado vuelo de tórtola, que parecía purificar aquel pesado ambiente de dolor y de terror….

Había caído la niña de Luzmela en una languidez insana y penosa.

Todo su cuerpo apabilado se desmadejaba en trágico abandono. En sus ojos divinos ya no lucían ensueños ni ilusiones, ni en sus labios había sonrisas gloriosas, ni aleteaba en su pensamiento el ave azul de la esperanza.

Se habían apagado todas las luminarias que la diosa juventud encendió triunfante en su corazón enamorado; habían enmudecido para ella todas las promesas del porvenir y se le habían cerrado todos los horizontes de sol, todos los caminos de rosas….

De aquel libro pequeño, que le dió condolido el padre cura, tomaba todos los días unas palabras y trataba de hacerse con ellas una vida humilde, llena de evangélica conformidad; pero aquel esfuerzo la dejaba siempre la boca amarga y el alma trémula, y la voz y los ojos llenos de lágrimas.

Toda estaba envuelta en una melancolía fatal, en una indiferencia morbosa que la iba consumiendo.

Su belleza tomaba un aspecto de ocaso prematuro que inspiraba compasión.

Abandonado el esmero de su persona, inerte, con una atonía enfermiza v dolorosa, parecía una planta afotista sin flores ni galas.

Y en medio de aquella languidez espiritual y de aquella debilidad física, el deseo de ser santa ardía en su corazón con encendimiento tenaz, atormentándole con la punzada hiriente de una idea fija.

Era aquella la única luz que, con parpadeo vacilante, brillaba en su existencia.

V

Pasó un mes lento y sordo, a media luz, con las nubes a ras de la tierra, y llegó marzo alzando un poco la frente sobre las montañas gigantes que ensombrecían la vega.

Cuando marzo llegó, el enfermo de la casona se estaba muriendo. El médico que le asistía solicitaba «una consulta» con acento augural, y doña Rebeca había llamado a Salvador pensando: éste no me cobra nada….

Entró el señor de Luzmela en el cuarto de Julio, con el alma abierta, un alma que rondaba en infatigable guardia de honor en torno a la niña triste de los ojos garzos. Ella estaba allí, tímida y culpada, ante la mirada elocuente de su amigo. Delante de él se abrían en el corazón de Carmen todas las grietas profundas del dolor, porque aquel corazón atormentado pedía paz y calma y suspiraba por descansar en otro corazón blando y generoso; pero cada día una nueva meditación religiosa traía sobre aquellas ansias su mandato austero y rígido, helado como los soplos invernales que gemían en la casona al través de todas las rendijas de los muros y de las puertas. Y al sentirse empujada al descanso y a la dulzura, Carmen subía su sacrificada voluntad a la excelsitud del propósito encendido en su alma, y sus labios, plegados en muda queja, musitaban:—Quiero ser santa…, quiero serlo.

La miraba Salvador aquella tarde sin reproches ni desvíos, adivinando toda la tormenta ruda y callada de aquel inocente espíritu. Una compasión inmensa le dolía en el corazón y le ponía en los ojos un fulgor ardiente de ternura.

Todo el aspecto de la muchacha era una viva lamentación de pena y de trabajo; el médico veía con espanto que Carmen finaba lentamente, en un profundo descuido de la vida.

Nada se dijeron al verse en el cuarto de Julio; se buscaron los ojos, y ella bajó los suyos, cobarde y sobrecogida.

Después de examinar al enfermo, salieron los dos médicos a conferenciar a la sala; hablaron de «salicidad» y de «patomanía» y se condolieron, con un poco de amargo desdén, del temperamento proclive y relajado de aquella familia…. En el comedor les esperaba doña Rebeca, y entonces Carmen se acercó a Salvador como aguardando algunas palabras amistosas. Pero él sabía que, al hablarla, le iba a temblar mucho la voz, y se quedó callado y contemplativo, rimando, en una mirada codiciosa y compasiva, todo el poema desesperanzado de sus amores.

Ella, por quebrar aquel silencio triste entre los dos, le dijo:

—¿Se muere Julio?

Respondió él únicamente:

—Sí….

—¿Y de qué se muere?

Pensativo y como lastimado por aquel interés de la muchacha hacia el enfermo, Salvador repuso entre dientes:

—De… perversidad.

Carmen bajó hacia el suelo los párpados, cargados con la sombra divina de las pestañas, y murmuró:

—¡Pobre!…

Se quedó luego suspensa, sin alzar los ojos ni la voz, con los brazos caídos. Parecía más alta, y, en la luz muriente de la tarde, daba una nota de emoción dulcísima, una delicada nota de sentimiento pasional….

Doña Rebeca, con mucho aparato de sollozos, se enteraba del próximo fin de su hijo y pensaba con terror en los gastos del entierro.

Ya los médicos se despedían, andando despacito con la señora a lo largo del corredor, cuando Salvador, vuelto hacia Carmen, que se quedaba sola, le dijo:

—No sentirías tanto mi muerte como la de Julio….

—¡Tu muerte!—exclamó ella.

Pero Salvador ya se alejaba, sin aguardar contestación, y Carmen se volvió al lado del moribundo, pensando en su amigo con agitación extraña, con vago arrepentimiento, mientras que doña Rebeca y su hija se oscurecían hacia un rincón, en amarga disputa….

Ya la muerte había llegado a la alcoba de Julio y se había aposentado encima de la cama. Estaba sola con su víctima, y Carmen la saludó muy cortésmente haciéndose sobre las sienes la señal de la cruz.

Aunque la niña no conocía a la vieja de la guadaña, al punto que entró en el aposento «la sintió» y dijo:

—Ya está aquí.

No creyó ella que llegase tan pronto, y pensó, un momento, en avisar a la familia del agonizante; pero en seguida se acogió a la dulce idea de procurar que fuese apacible aquella última hora del infeliz peregrino, y que no le amedrentasen los gritos desatinados de las señoras de la casa.

Quedóse mirando con respeto la figura triste de aquel hombre, detenido por la muerte en la más lozana senda de la vida, y recordó una elocuente oración de su libro que rezaba:

-«¡Oh, día clarísimo de la eternidad que no le oscurece la noche, sino que siempre le alumbra la suma verdad; día siempre alegre, siempre seguro y sin mudanza!… ¡Oh, si ya amaneciese este día y se acabasen todas estas cosas temporales!…»

Carmen se sumergió en la mística contemplación de aquel día y le pareció que se le iba acercando con una amaneciente claridad, espesa y húmeda como vaho de lágrimas. Sintió un dolor lancinante en el corazón y otro en la cabeza, y pensó: ¿también yo tendré, como el padrino, rota una cosa en la frente y otra en el pecho?…

Las escenas lejanas de la muerte del de Luzmela se le aparecieron en una confusión tenebrosa, y se quedó «mirándolas» con los ojos abiertos y parados sobre la vidriera plegada del balcón.

Creyó sentir entonces que una cosa dura golpeaba los cristales con siniestro aleteo…. ¿Si sería la nétigua?

Se acercó a observar, andando de puntillas con infantil sigilo. No era la nétigua.

Sobre las nubes grises ningún ave tendía las alas.

Había una infinita melancolía de desierto en la mansedumbre apacible del atardecer.

Se apagaba el día en una quietud, en una soledad como de tumba sin flores ni plegarias.

El cielo, bajo, inmóvil, deslucido, daba la impresión indecisa de un alma sin anhelos, de un corazón sin latidos.

Y encima de un cristal, un listón desprendido de la cornisa golpeaba lento cuando le estremecía, al pasar, una brisa sin rumores que bajaba de la montaña….

Carmen, suspirando, se sentó en el borde del lecho al lado de «la intrusa», y se puso a rezar por el alma del agonizante.

Ya Julio no se quejaba. Había caído en prolongado estado comatoso, y rígido, yerto, se acercaba al día siempre seguro y sin mudanza de la eternidad.

Moría sin fatiga ni dolor, como en un dulce descanso de aquella enfermedad misteriosa y horrible que había sido toda ella un estertor violento y una fatal agonía. Tenía los ojos entoldados por la nube fatídica del no ser, y la boca seca y dura, abierta en una mueca desgarrante. El delirio espantoso que padeció en los últimos días impidió que se le administrasen los Sacramentos, salvaguardia de las sagradas promesas de salvación. Un sacerdote había llegado aquella tarde con los Santos Oleos, y luego de haber ungido al moribundo, se había marchado entristecido de no poder decirle cosa alguna a la pobre alma viajera.

Sólo Carmen hablaba con la fugitiva en un coloquio de férvida compasión. Le decía, sin voz, en secreto de inefable gracia: ¿Por qué has dado tantos gritos malos, alma de Julio?… ¿Por qué has dicho tantos pecados y tantas palabras feas?… ¿Por qué te has asomado a mirarme con odio, y por qué me has amenazado y me has perseguido?… ¿Por qué, di, maltrataste a mi Niño Jesús aquella noche?…

Todavía iba a preguntar ¿por qué te reiste como un demonio cuando
Fernando me engañó?

Pero sin hacer aquella última interrogación se levantó solícita y atenta, porque había crujido la hoja del jergón bajo el cuerpo trémulo del agonizante.

Carmen, poseída de piedad, comenzó a decirle con su voz hialina, como susurro de arroyo:

—Yo te perdono, Julio; yo tengo mucha lástima de ti…; yo te quiero…; y Dios también te quiere y te perdona…; no te mueras con rencor ni con maldad…; reza…, reza el nombre de Jesús…; ya amanece tu día, Julio….

Tembló otra vez la cama, y dos gotas de turbio cristal rodaron por las mejillas lívidas de Julio. Sus labios de cirio se contrajeron con una postrera desgarradura, y Carmencita, inclinándose sobre aquella despedida suprema, le besó en la frente con una caricia sedosa y pura, llena de celestial encanto….

Cayó en la habitación el manto de la noche sin estrellas ni luna, y el listón desprendido de la cornisa golpeó en el cristal con lento soniquete….

VI

En el palacio de Luzmela anidaban el dolor y la zozobra, en ayuntamiento infeliz.

Salvador, incapaz de contener por más tiempo en su corazón la marejada viva de sus tormentos amorosos, se los había confiado a la anciana Rita, en una buena hora de alivio y descanso, llevado a la intimidad, blandamente, por el afecto y confianza que le inspiraba la excelente mujer, y por el agobio violento de su carga de pesares.

Después de la confidencia, se quedó Rita llena de inquietud y de pena.
Movía la cabeza de arriba a abajo con una expresiva manifestación de
asombro desconsolado, como diciendo:—¡Válgame Dios!… ¡Válgame
Dios!…

Mientras tanto el médico se paseaba, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos errantes en las pálidas flores de la alfombra….

Tardó Rita en ordenar sus pensamientos, que saltarines y revoltosos, iban de aquí para allá lastimando el cerebro fatigado de la pobre vieja. Hizo un gran esfuerzo para arreglar aquel barullo mortificante de ideas desmandadas, y fué colocando cada cosa en su sitio dentro de su cabeza, con toda la serenidad posible, diciéndose a la vez: «De modo que el señorito quiere a la señorita para casarse con ella; que la niña no le quiere a él y está empeñada en hacerse santa y mártir en la casona, sufriendo a los mismísimos diablos… y que además se muere porque está comalida y allí no tiene tresno ni cosa que lo valga….»

Y, en alta voz, mirando compasiva al abstraído paseante, inquirió:

—Y don Rodrigo, el del Nidal, ¿no tiene poderío para terciar entre usted y la niña y hacerla salir de aquella cueva de lobos?

Rompió su caminata Salvador y se dejó caer, fatigado, en una silla, para responder:

—Ya acudí a don Rodrigo y estuvo en Rucanto; pero Carmen no quiso decir la verdad; ciega en la manía de sufrir, disimuló el martirio que padece en términos de engañar a su tutor; él es algo indiferente, no le gusta mucho molestarse, y se alegró de poder volverse a casa muy tranquilo, sin más diligencias…. ¡Todo el mal está en que Carmen no me quiere!

Y estas últimas palabras temblaron en el silencio del salón saturadas de tristeza.

Anhelaba Rita consolarle…. ¡Le tenía tan en el alma! Cariciosa, le dijo:

—La niña le quiere…; hablóme de usted, poco hace, con mucha ley…; pero para quererle como cortejo tendrá algún reparo…. ¡Como se ha dicho que si usted y ella eran hijos del señor!…

El médico, conmovido por súbita esperanza, con inseguro acento murmuró:

—Pero ella sabe que no somos hermanos….

Y se quedó seducido por la magia de una ilusión confusa, pensando: ¡Si
Carmen me fuera esquiva sólo por ese temor!…

Después, como hablándose a sí mismo, fué diciendo:

—Ese libro que le dió el padre cura la confunde.

—Sí—dijo Rita—; es un libruco pequeño…. ¿Verdad?… También a mí «me le sacó» y me relató en él unas cosas muy apuradas «de comer y beber lloros»…. ¡Válgame Dios!…

—El libro es hermoso…, un magnífico libro, Rita; pero ella está muy débil y enferma para una medicina tan amarga, y toma del libro, cada día, lo que tiene más de cauterio y revulsivo para curar los males en almas fuertes y viriles…. Así se pone peor…, así se está matando….

—¿Pero está picada del pecho, señorito?

—Picada está de locura….

Y Salvador, alzándose de la silla, volvió a cruzar el salón al compás de sus cavilaciones, mientras Rita suspiraba al son de las suyas….

VII

Aprovechó el médico la ocasión de haber sido llamado a la cabecera de Julio para menudear sus visitas a Rucanto, y doña Rebeca le recibía muy amable.

Narcisa, en cambio, le ponía una cara feroz y le zahería con irónicas frases, que alcanzaban con su acritud a la niña de Luzmela.

Pasaba Salvador grandes fatigas en aquellas ocasiones; pero las soportaba con resignación y hasta con alegría, compensado por el incomparable placer de hablar a Carmen y de mirarla.

Había tratado de averiguar si en la casona se tenían noticias de Fernando, temiendo que la voluntad tornadiza del marino le hubiera inducido a volver el pensamiento al punto donde, con rara liberalidad, dejó quietas sus últimas tentaciones de amor. Pero, con gozo, vino a convencerse de que el ambulario mozo se había sumido de nuevo en la aventura de su vida errante, sin dejar en el camino otra huella que la que deja un ave en el espacio con sus alas, o en el mar una onda con sus espumas…. Tampoco de Andrés había en Rucanto más que remotas nuevas en aquella temporada. Se le había visto en el alto puerto de Cumbrales, en montaraz vagancia con los pastores, y luego decían que «se había corrido» hacia Reinosa, con una cuadrilla de gitanos.

Cobró con esto Salvador un asomo de tranquilidad y un respiro en el anhelo con que llegaba a la casona, siempre que a ello se atrevía.

Una de aquellas tardes que fué, encontró sola a Carmencita, y apenas se saludaron, le preguntó Salvador:

—¿Todavía lees aquel libro que te hace desvariar?

Ella dijo, con su voz de melodía triste:

—Todavía….

—Pues yo voy a traerte otro libro santo muy alegre, con tapas azules y letras de oro, si me prometes que leerás en él un poco todos los días.

—Si dices que es santo….

—Ya lo creo; es el Evangelio…, ¡figúrate!

—Tráemele pronto….

—Mañana.

Se quedaron callados, mirándose. Ella tenía un destello de curiosidad en los garzos ojos entristecidos. Él, con los suyos, le estaba diciendo un delirante discurso inflamado y sumiso. De pronto, la niña se le acercó confidencial, con una íntima confianza rota por ella entre los dos, tiempo hacía, y le dijo:

—¿No sabes que la pobre doña Rebeca no tiene ni un céntimo?… Ahora, conmigo, es mucho mejor que antes….

Salvador, precipitadamente, interrogó:

—¿Quieres tú dinero?

Ruborizada, torpe, confesó:

—Quisiera tener un poco para dárselo.

—¿Pero tú no necesitas nada para ti?

—Para mí no.

—Yo veo que te hacen falta muchas cosas, Carmen.

Ella repitió con desaliento:

—Ninguna cosa me hace falta….

Ya Salvador tenía en las manos su cartera, y tomando algunos billetes que contenía, los puso sobre el regazo de la muchacha.

—Yo te daré—le dijo con ardor—todo lo que necesites…, todo lo que quieras…, todo lo que tengo….

Ella, al mirarle, todavía encendida y confusa, le contestó:

—Gracias…; ¡eres tan bueno!…

—¿No sabes que lo mío todo es tuyo?

Se sonrió Carmen preguntando:

—¿Por qué ha de ser eso?

—Porque Dios lo ha querido así…, y si yo tenía algo que era mío únicamente…, ya te lo di hace tiempo; te lo di en absoluto, para siempre, y me he quedado sin nada…. ¡Si tú quisieras!…

—¿Qué?—preguntó la niña.

Y entró Narcisa como un huracán, vociferando:

—Mamá está un poco mala, y yo no puedo estarme aquí llevándoles a ustedes la cesta…. Con que….

Carmen y Salvador se pusieron en pie, sobrecogidos, y los billetes que la muchacha tenía sobre el regazo cayeron desparramados por el suelo.

—¿Qué es eso?—preguntó colérica la de la casona, con el gozo cruel de haber descubierto una intriga tenebrosa.

—Esto es… nada que a usted le importe—contestó el médico, alterado.

Y Carmen, atolondrada, se quedó quieta y muda.

—Esta casa—increpó entonces Narcisa, como un basilisco—no se ha prestado nunca a… porquerías…. Ya está usted aquí de más, señor de Fernández….

Y se acercó a él tratando de cogerle por un brazo.

Hizo Salvador un movimiento de repugnancia como si se le aproximara un reptil, la midió con mirada despreciativa y colérica y salió de la sala muy altivo, sonriéndose, con una audacia nueva en él, tan provocativa, que Narcisa le persiguió diciéndole desvergüenzas, extinguido ya el resto de pudor que hasta aquel día la contuvo en su tentación de insultarle a la cara.

Y Carmen recogiendo del suelo los billetes, fuése a llevárselos a doña
Rebeca, que de cierto parecía que andaba algo malucha.

VIII

Abril florecía. Tenían sus auroras nuevas un pálido rosicler de esperanza; gentileaban las margaritas en las praderas, blanqueándolas con remedos de nieve; habían nacido muchas mariposas, y en los nidos recientes las hembras padecían la fiebre dulce y santa de la procreación….

Todo el valle se henchía en gestación potente, y ya el alba de una vida de milagro y de gloria vestía de flores los espinos y les ungía de perfumes…. Espejándose en el valle fecundizado, el corazón de la niña de Luzmela se dilataba también en un inconsciente afán de florecimiento, con barrunto de brotes y bella nostalgia de capullos. Los diez y ocho años de Carmencita pedían lo suyo, aun en el apagado lenguaje de un cuerpo abatido y un alma herida.

Perdido el tino del sendero, cansada v doliente, la muchacha se agarraba ahora a su pedazo de vida negra, con instinto de juventud y de esperanza, como si no tuviera las manos desgarradas de los zarzales del camino…; ¡y era que en la hermosura pródiga de su tierra hasta las zarzas echaban flores!…

No sabía Carmen si quería a Fernando; no sabía tampoco si le olvidaba; sólo supo que la vida la llamaba a gritos desde los campos y desde los bosques, desde las huertas y desde los nidos, desde el cielo irisado en amaneceres risueños y desde los espinos en flor.

Y ella volvía la cara hacia aquel lado donde la primavera nacía cantando amores, y sentía todo su ser congestionado por el hechizo de vivir y por la ilusión de amar….

Cuando se daba cuenta de haberse entregado a estos éxtasis humanos, seducida por las voces sordas de la Naturaleza, un espíritu de religiosa austeridad la hacía estremecerse, y su alma, poseída del afán del martirio y de la santidad, respondía con todas sus escasas fuerzas al reclamo implacable de aquel afán.

Era entonces cuando buscaba enardecida los libros devotos para aplacar en los manantiales de su doctrina la sed y la fatiga del corazón.

En aquel libro de tapas azules y letras de oro que Salvador le enviara en secreto, con una carta insinuante y tierna, había leído Carmen con emoción:

«No traigas yugo con los impíos, porque ¿qué comunicación tiene la justicia con la injusticia? O, ¿qué compañía la luz con las tinieblas? O, ¿qué concordia Cristo con Belial?… ¿Qué parte tiene el fiel con el infiel?… Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo que es inmundo».

Maravillada de la limpieza y altura de estas máximas del Evangelio, Carmen sentía crecer su repugnancia instintiva hacia la existencia y los seres de la casona, y miraba al cielo puro con un inconfeso anhelo de volar, con un callado presentimiento de las alas ligeras y giros alegres, abstrayéndose con delicia en la contemplación de las mariposas y de las aves suspirando con hastío en su cárcel sombría de Rucanto.

En una de aquellas divinas horas de resurrección de tierras y corazones, Carmen subió a su observatorio del sobrado para mirar a la naciente primavera cara a cara y calentar al sol su alma aterida.

Todo el paisaje, en la calma de la tarde abrileña, cantaba un hosanna de triunfo; y del celaje diáfano, de la vegetación lujuriosa, de las hiendas humeantes y de las glebas en oreo se alzaba en voz sin acentos, valiente y subyugadora, un férvido ¡aleluya! que a la niña de los ojos garzos le apresó el alma. Cautiva la tenía, puesta en una milagrosa sonrisa que había florecido en sus labios, cuando sintió tras de si un jadeo de carne brava y un resuello caliente y brutal.

Sin tiempo para volverse a mirar se encontró prisionera en unos brazos duros y torpes, y el aliento de Andrés, apestando a vino, la encendió la cara.

No supo si fueron los labios del mozo una cosa rusiente que le dolió en el cuello, ni supo de dónde había sacado ella un grito de furiosa rebeldía y una fuerza salvaje para desasirse de aquel abrazo exultante y ansioso.

Andrés, impulsado hacia atrás por las dos manos breves y nerviosas de la niña, dió un traspié no muy gallardo y soltó una palabrota soez.

Ella tocó casi el dintel de la habitación, y en aquel momento las dos hojas de la puertecilla se plegaron rápidas como por infernal conjuro y se corrió un pesado cerrojo, cerrándolas en firme, al son de una implacable risa de mujer….

Había llegado Andrés a la casona aquella mañana, desarrapado y sucio, borracho y rendido de fatiga en los bárbaros azares de sus aventuras. Su hermana le instó a dormir y a descansar sin descubrir su presencia; y espiando a Carmencita, la vió subir al sobrado, y fuése a despertar a la fiera, azuzándola con el nombre de la muchacha y con la promesa de que arriba la hallaría sola y suya…, regalada…, ofrecida…, esperándole….

Le empujó hacia la escalera, poniéndose un dedo en los labios en señal de silencio y prudencia, y Andrés subió en calcetines y en mangas de camisa, como le había sorprendido durmiendo aquella tentación monstruosa….

Al ver el mozo cómo la puerta cerrada le aseguraba la presa, se rehizo sobre sus piernas, no muy fuertes, y avanzó de nuevo hacia Carmen con los brazos extendidos.

La alcanzó; la tuvo ceñida y manoseada brutalmente; la tuvo saturada por su aliento avinagrado, maculada por sus besos voraces y estuosos…. Ya se reía, con una risa sádica y proterva, una risa de victoria y ufanía…. Pero la muchacha se defendía, convulsa y desesperada, con denuedo asombroso y tenaz que centuplicaba sus fuerzas y ponía en sus ojos profundos una lumbre de sagrado furor.

Con la suprema vibración de todos sus nervios, Carmen se desprendió por segunda vez de las garras feroces, y en aquel minuto de libertad providente le puso al mozo las dos manos en el pecho y le dió un empujón con todo el vigor juvenil de su noble sangre sublevada y de sus músculos en tensión.

Andrés, no muy libre de los vapores del vino, cansado y temblequeante, rodó por el suelo, levantando sobre el tillado trépido una nube de polvo.

El golpe recio de la caída retumbó por la casa abajo como el eco sordo de un trueno. El hombrón, pataleando, con la boca llena de blasfemias y los puños crispados, trataba de levantarse, y Carmen medía, con mirada de loca, la altura de la ventana.

Desdicha, el gato errante y hambriento, que había presenciado aquella escena, huía por los aleros ondulantes con un galope de terror; y en un alambre tendido sobre el hueco de la tronera, dos golondrinas, recién llegadas, coqueteaban en un delicioso palique discutiendo sus proyectos de anidar….

Andrés ya se incorporaba rugiente, mascullando amenazas espantosas; y la muchacha, sin dar un grito, con los labios secos y los ojos llenos de llanto, le esperaba inmóvil, apoyando en la ventana sus brazos doloridos, sumida en un desesperado propósito.

Se abrió entonces la puerta, tras un violento coloquio de dos voces agudas y punzantes, y doña Rebeca apareció en el umbral, oportuna y piadosa por primera vez en su vida. Carmen tenía, detrás de sus lágrimas, una desgarradora expresión de extravío.

Se abalanzó hacia la puerta entornada y la traspuso, haciendo vacilar a la señora. En la escalera tropezó a Narcisa y la empujó, dejándola pegada a la pared, con la boca abierta. Atravesó la casa en una desalentada carrera, bajó al corral y a poco la portalada roja se cerraba con estrépito detrás de la niña de Luzmela.

En pleno campo corrió sin tino, huyendo siempre….

En la casona, sobre la cumbre del tejado, Desdicha maullaba con lastimera voz y las dos golondrinas rimaban dulcemente su poema de amor en el vano de la tronera.